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The New York Street

Un blog lleno de historias

mes

marzo 2011

La Gringa

1.

¿Por qué le decían Gringa, si no lo era? ¿Por qué le decían blanca? Si su sangre y su piel tenían un poco de india, de negra, de blanca mezclada con todo. Así que había que aceptar nunca ser parte de ellos, venir de una clase acomodada, ser gringa porque eso significaban sus ojos, sus modales, su forma de vestir, la música que escuchaba, los libros que leía. Mira, si escuchara a Madonna y a Michael Jackson, hasta a Cobain, mira, te atraco. Pero si yo sólo escucho a Charly, a Spinetta, a Fito. Si ni siquiera sé leer en inglés y me encanta Argüedas, Cortázar, Benedetti…

El Queso aprovechó el siguiento trago de su vaso de chilcano de pisco para mirarla otra vez, para ubicarla en esas calles donde ella caminaba todos los días, entre esos muros de nueve y dieciséis ángulos por donde la Gringa se paseaba con su cámara fotográfica intentando retratar la hora de su vida. Con esa mochilita donde cargaba sus lentes, su ojo de pez, su teleobjetivo, sus filtros, intentando retratarlos, ser fiel a sí misma, mirar más allá de donde le habían enseñado sus ojos maleducados en Lima, en colegio de niñas ni más ni menos, en una academia privada, en sus caminatas de medianoche por el malecón, aproximándose a la baranda, dejando que su cuerpo se meciera y su cabello flotara hacia el Océano Pacífico. Allí nadie la hubiera llamado Gringa, tenía razón en quejarse. ¿Por qué pues? ¿Por qué aceptar esa otra forma de racismo? ¿Por qué doblarse ante la ignorancia, ante la falta de interés por saber que este país no era solo de indios, que le pese a quien le pese existía, para bien o para mal toda una corriente de inmigración europea desde los 1500, que así ellos hayan saqueado y sembrado sus iglesias sobre las paredes de los incas, este país era más colores que marrón ¿No tenía derecho a reclamar ser llamada por su nombre? ¿Qué justicia tenía pasar tanto tiempo tratando de descifrar una cultura si te miraban todos y te catalogaban inmediatamente como extranjera. Si por lo menos te llamaran limeñita, sin ofender, pero al menos entonces podrías defenderte, asumir los vicios de venir de la capital y las culpas del abandono de la montaña por la ciudad, de la centralización, de tantos siglos en los cuales nadie se fijó que el país estaba más allá de esos cerros que rodeaban el centro de Lima. Pero por favor, el país también estaba entre estos cerros, pegado a ese mar donde ella se asomaba a mirar, a imaginar, algunas veces, que podía dejarse caer, flotar, volar hasta el suelo. Y Queso la miraba otra vez, estaban cerrando ya, le estaban pasando el papelito con la cuenta, lo estaban invitando a moverse de aquella mesa en el rincón del bar donde se había instalado tan cómodo a contemplar a La Gringa, a contemplar el pasado, su pasado, el de él, porque nunca hubo nada entre ambos, si bien todo estuvo claro de su lado, jamás se arregló esa situación tan poco franca con la que él diez años atrás (exactamente la misma fecha, pensó el Queso, exactamente, pensó otra vez y ya no supo si era el pisco que le hacía imaginar fechas o era verdad, que alguna vez, en el vértigo de una mañana él decidió comprar un pasaje e ir a visitarla). La miró de nuevo y se imaginó cómo podía caminar la Gringa con su mochilita entre tanta piedra, tanta mirada, entrando en esa caverna convertida en casa social, club y discoteca donde solían sentarse ella y el Yuyo a mirar el techo, a decirse lo hicimos, estamos viviendo nuestro sueño, hemos dejado Lima y nos hemos ido a vivir en esta ciudad y todo va a salir bien como en la canción de Charly: Seremos ambos pasajeros en trance. La Gringa un poquito más flaca que al despedirse del laboratorio que su padre la dejó armar en la casa, de sus hermanos que consintieron en acompañarla hasta el aeropuerto y a darle el adiós a esa mala idea, tal vez ya viéndose otra vez recibiéndola, cargada de una maleta muy poco pesada y tantos recuerdos un poco incómodos, un poco fuera de lugar recordar. Así entraron, ambos viviendo la novela y Queso en Lima, recordando un intento de besarla, atormentado porque sus labios quisieron acercarse y ella miró para el otro lado, donde el último disco de Spinetta sonaba a varias revoluciones por minuto y decía muchas más cosas que las que él estaba preparado para oir. La Gringa y su Yuyo vivieron la novela. Entonces, una mañana cualquiera, hace exactamente diez años, cuando Queso ya había aceptado órdenes y contraórdenes y escuchado sugerencias y buenos consejos y apelaciones al sentido común, en aquella telenovela donde él era la víctima y ellos los felices herederos de las llaves de la felicidad; Queso se revolvió entre las sábanas y se levantó queriendo volver a mirarla. Quería escaparse de todo entre sus ojos, sucumbir a cierto modo como pronunciaba ella sus ideas, al ritmo con el cual mecía su cintura cuando caminaba con él y le enseñaba ese paseíto entre Miraflores y Barranco por donde ella caminaba siempre para ver el mar. Y fue. Hubiera llegado a tiempo y a la hora al aeropuerto, pero tenían que suceder otras cosas: Se le ocurrió al Queso preguntarle por teléfono si la Gringa deseaba que le llevara algo, si extrañaba alguna cosa de Lima. Y a la Gringa se le vino el antojo del turrón de Doña Pepa, que se puede conseguir en cualquier bodega de Lima durante el mes de octubre de los milagros, pero antes y después de octubre solo se consigue en esa tiendita frente al colegio de la Gringa. En esa callecita por donde iba su movilidad, la que la dejaba en las mañanas con su falda azul y blusa blanca, las tiritas afuera y la chompa de mangas demasiado largas; “aunque tal vez–le comentó una señora de pantalones apretados que pasaba frente a la puerta metálica cerrada porque la tiendita solo abría hasta las seis– ¿ha intentado en el Centro?¿En la Avenida Tacna?” Y si bien el Queso sabía que en la Avenida Tacna era donde hacía muchas décadas se había jodido el Perú y que por allí sus compañeros de la universidad empezaban a hacer sus prácticas en la sección de deportes del diario Expreso, no tenía mucha idea de cómo se llegaba manejando hasta la avenida Tacna. Pero llegó. Allí estaba en letras gigantes y moraditas la tienda central de los turrones San José, que son–como todos los peruanos sabemos–los más suavecitos, aquellos que cualquier Gringa que se preciara, se antojaría de comer en esa temporada fría y de lluvia serrana a donde el Queso quería ir porque no soportaba no poder verla. Así y todo hubiera llegado en punto al aeropuerto del Cuzco si hubiese seguido de largo por la Via Expresa y no se le hubiese ocurrido visitar a una amiga a mitad de camino, sin saber nada de aquella ruta por la que nunca viajaba–porque, para ser francos, a los pitucos de la Universidad de Lima les interesaba muy poco manejar hasta el Centro de Lima, mucho menos de noche, para comprar turrón. Entonces chocó, lo chocaron mas bien, por detrás. Me chocaron, Gringa. Ahí se empezó a descomponer toda la idea de llegar a tiempo al Cuzco.Y así regresó muy tarde a la casa, después de pelearse al costado de la Vía Expresa con el conductor del otro automóvil porque él no quería tener la culpa de chocarlo por detrás. Porque ese malcriado no quería pagar por los faros rotos. Se acostó muy tarde y no se pudo levantar al amanecer. Así que llegó un avión después, cuando la Gringa ya se había marchado del aeropuerto, entre esas callecitas de piedra donde ella y Yuyo vendían cerámicas, pedacitos de yeso con motivos pre-incaicos, soñando todavía en que se podía construir un paraíso entre los museos de piedra, entre las paredes de esa ciudad que se parecía tan poco a su infancia, a su adolescencia. Creyendo con firmeza que podían aprender y fundar algo que se llamara hogar, futuro, familia, etc. Entonces Queso miró otra vez sobre su mesa en el rincón del bar, ese papelito que decía “Pagapé”. Antes de pagar, Queso se terminó el último trago de su chilcano de pisco y sugirió que lo más apropiado era moverse a otro local ¿no? Total la noche es tan joven. Y ya vas llegando, vas llegando otra vez al tema de fondo. La identidad que no tienes, que construyes, la identidad que se basa en demasiadas cosas al mismo tiempo pero que algunos quisieran fundamentar solo en el color de la piel, documentar basándose tan solo en el lugar de nacimiento, como si no fuera duro para quienes nacen en una nación resquebrajada desde tanto tiempo atrás, moverse en ese universo nacional donde a uno por no ser como tienes que ser, es decir cobrizo, ni escuchar la misma música que todos ellos escuchan en la radio, es decir cumbia, chicha o como quieras llamar a esa mezcla nueva y tan moderna; se pierde la peruanidad. Tanto hablan de mezclas, oye; y se dice tanto sobre el mestizaje,  entonces ¿Por qué yo tengo que ser “Gringa”? Y sin dejar de reconocer las ventajas cuando uno viaja, de poder mezclarse mucho mejor en una ciudad europea, en los Estados Unidos, donde solo ser cobrizo ya implica pertencer a una cultura que no es muy occidental. ¿No será mucho peor, digo yo Gringa–dice el Queso–parecer indio y no serlo? Es decir, si tu aspecto fuera peruano-peruano, no sería mucho más fregado viajar y que todo el mundo te pregunte si tocas quena, si escuchas música andina, si hablas quechua. Porque conozco amigos que escuchan la misma música que yo, que leen lo mismo que yo leo y viven en el mismo círculo que yo vivo, pero parecen más peruanos que yo ¿Entiendes? ¿No será más feo? Como tanta gente que se va a Italia o a Alemania a vivir, que exigen su nacionalidad por el pasaporte y reclamando derechos de sus ancestros para luego llegar a las calles de Berlín y no saber qué decir, o pisar el aeropuerto de Roma creyendo que va a ser fácil comunicarse en español, entendiendo a último momento que aquellas clasecitas que les sugirieron tomar en el Antonio Raimondi no hubieran estado nada mal…La identidad ¿Qué identidad tienes tú, Queso? Peruano, mezclado, se nota ¿o no? Mira esta nariz, mira esta boca, de indio como de blanco, qué ridículo que sería llamarte blanco, desconocerte como peruano. Y sin embargo le ha pasado, Gringa. Ha llegado a un tren, rumbo a Arica y unos hombres se le han acercado a pedirle que él “por ser chileno” les pase algún bulto por la frontera. Y no le creen, lo miran como bicho raro, aún después de haberles enseñado el DNI. Soy tan peruano como ustedes señoras y señores. Que tengas que llegar a ese punto, qué bravo. Que no te consideren su compatriota porque eres tan diferente de ellos, y en ese punto, bueno, basta comprobar la experiencia de subirse a una combi, cualquier combi. A ti te debe haber pasado: levantar la cabeza de repente, mirar alrededor y darte cuenta que el único en toda la combi que tiene tu color de piel eres tú, que todos son mucho más cobrizos. Entonces la entiendes. Para la Gringa debe ser peor, porque teniendo la piel tan blanca, los ojos tan verdes, el cabello tan amarillo, mezclada en estas callecitas, caminando como ella camina, como si el mundo jamás se fuera a terminar, como si todos tuviéramos que esperar a que ella pasara, pero a la vez con esa urgencia inmensa por entender su situación en ese rompecabezas, queriendo ser parte de un proyecto más grande y sintiendo la frustración de no poder considerarse ante los ojos de ellos, de los que pasan por su costado en el Cuzco, ni siquiera peruana. Ser extranjera de arranque. De qué te sirve entre ellos saber que eres tan nacional como ellos si sabes que te miran distinto. Y tú miras distinto también, pero quisiera creer que es porque tienes el ojo artístico, de fotógrafa. Al menos así siempre lo he entendido yo, dice el Queso. Desde que la vio en esa primera exposición de sus trabajos de diseñadora gráfica, parada en esa esquina, con una copa de vino en la mano. Tantas veces la había visto ya en esa posición. Por ejemplo, cuando la Gringa se cachueleaba como super modelo, con ese vestido blanco, al lado de un automóvil ultra moderno, repartiendo volantes sobre la marca, información adicional sobre el motor. Sin embargo, hasta ese día la había visto siempre como la novia de su primo hermano, la enamorada eterna del colegio, la artista que había conocido el Yuyo en esas fiestas de promoción a las que se colaba aprovechando que tenía una mancha de amigos que corrían tabla cuando se iba con ellos no a correr tabla sino a mirar el mar, a encontrar inspiración, para poder pintar ese cuadro inmenso que Yuyo, su primo hermano, sabía que un día iba a pintar, que iba a empezar a bocetear de joven y solo iba a culminar de viejo, poco antes de que le avisaran que se lo tenían que llevar de emergencia al hospital para que se muera: “Un cuadro eterno, Queso”–le dijo una tarde allí en el Cuzco, cuando Queso ya no lo miraba con ojos de primo hermano sino como a un rival.

Así que en esa exposición, bajo la luz blanca de aquella galería donde ambos estaban exponiendo sus diseños, cuando Queso la seguía viendo como la novia de Yuyo, se acercó a saludarla como se saluda agradecido a la mujer hermosa que se acerca cruzando la sala para darte un enorme abrazo y probarle a todos esos otros hombres que te están viendo desde sus esquinas de artistas incómodos, poco convencidos, inseguros, que no eras un “Loser” más, que no estás allí para levantarte a nadie, para ver qué liga, para mirar distraidamente si alguna chica se acerca a ver tus diseños de principiante colgados en la pared de la galería, para en secreto inflar el pecho y darte ínfulas y llenarte de dicha y amor por una extraña a la que tal vez, tal vez, te acerques a insinuar que tú eres el artista. No, esta vez allí estaba la Gringa para cruzar a toda prisa la sala y darle un abrazo como ese de las películas; y él mirándola, a su futura prima, buscando a Yuyo en algún rincón, para ir a tomarse unos tragos después de esta aburrida presentación ¡Quién quiere ver los cuadros de uno colgados! Habiendo tantos lugares para ir acá en Miraflores, o en San Isidro, o en La Noche de Barranco, listo para decirles que él los invita, porque sabes que si bien los papás de Yuyo, sus tíos, tienen algo de plata, su primo desde que se ha dedicado al arte camina siempre con una mano adelante y otra detrás, pero feliz, pensando en ese cuadro eterno que va a pintar un día con los colores del crepúsculo del mar de Lima; mientras que al Queso, la buena fortuna lo está llamando por fin, después de haber pasado un par de años sin suerte, por fin te han contratado, de presidente editorial nada menos, productor general de los proyectos artísticos de esa gran empresa gráfica, y ahora que los cheques le empiezan a aparecer gorditos y puntuales en su cuenta de ahorros, pues tal vez será la hora de invitarle unos tragos al primo, aunque sea unos años mayor que tú. Al primo y a la futura prima que por lo que parece ha decidido ponerse seria mezclando su fotografía y el diseño digital, tan seria que la han premiado, con una medallita que va a adornar la sala de la casa de sus padres, o tal vez a mezclarse primero entre las sábanas de ese cuarto catastrófico y tan de artista donde a veces los sábados Yuyo lo deja entrar, tal vez solo para que vea lo feliz que se puede ser sin dinero pero durmiendo al lado de la Gringa el fin de semana. A sentarse los tres en ese colchón radioactivo, donde todavía se respira un verano más o menos hippie, y al fin y al cabo son todos de la familia, son todos Carbajal ¿no Queso? Allí lo está buscando a su primo, el del cabello más largo de la familia, el de la sonrisa, el de las borracheras que jamás se acaban, que nunca terminan si no ha llegado una o dos veces el alba y que pueden prolongarse en varios lugares diferentes de la ciudad para conversar de la vida, del arte, de Charly “Porque Charly se tira un pedo y yo me lanzo a olerlo primo”. Así que tal vez los pueda invitar esta noche a los dos ¿Vamos?

–Hemos terminado, Queso. Hace tres meses que no estamos.

Y esas palabras tal vez explican todo. El por qué Queso está allí, con ella, diez años después. Se explica el cuándo y el cómo se entremezclan las cosas y se complican como nunca se había imaginado antes. Explica también el choque, el turrón, la caminata por el malecón donde el Queso se asomó al mar al costado de la Gringa y le dio ganas de en algún momento saltar a volar juntos. Explica la llegada en el segundo avión, la identidad, la enemistad con un primo hermano que siempre será tu primo hermano, aunque él quisiera otra cosa, aunque hubiera mil perdones, excusas de por medio, incluso oportunidades y sacrificios, llanto, desesperación, viajes interprovinciales e intercontinentales para olvidar. Caminan por el malecón después de pagar, la noche es muy joven, es cierto, y la Gringa está contando otra vez un poco lo que pasó hasta entonces, cómo así llegó a este lugar donde está ahora–con dos hijos, divorciándose–como así la encuentra después de tanto tiempo. Que sí, que quería verla, que le interesaba saber cómo se sentía. Cómo un día miró Queso la herida, y se dio cuenta de que había sanado y que tal vez, como le dijeron tantos amigos consejeros, no debió meterse en una relación en la que no tenía ningún sentido una tercera persona, un ángulo incorrecto desde todo punto de vista. Han caminado unas cuadras, el Queso ofrece tomar un taxi para ir hasta el mirador desde donde, tal vez, todavía se podrían sentar en una mesa y observar el mar. Sabe que no está pidiendo nada de más, que la Gringa sabe que las estrellas son generosas y que son otras circunstancias. Han salido de la galería y Queso ya sabe que ella no es más la novia del Yuyo. Y la Gringa está ofreciéndole a Queso salir uno de estos días al cine, ir a ver alguna película, tomarse unos tragos. Queso era muy joven y estúpido entonces, como todos los artistas frustrados de 23 años que han crecido en cierto círculo social de clase media blanca, limeñito, blanquiñoso, dejémoslo ahí, para no volver a insistir en el tema de la identidad. Y también tiene él sus rollos andando por otro lado que no le conviene ni discutir, que no debería discutir, pero por qué no. Así que salen, hace 10 años, y se van conversando por el costado del mar; y 10 años depués se van conversando por el costado del mar, entre esos diez años y este momento, entre esa Gringa y esta Gringa, entre esa noche y esta noche, todo está por explicarse.

Sentía una gran desesperanza. Por primera vez la Gringa hablaba de aquello. Yuyo no estaba vendiendo sus cuadros, no encontraban más trabajo que algunas cositas sueltas, cachuelos por aquí y por allá. La Gringa estaba tratando de que la contraten como responsable del archivo fotográfico de la Casa de la Cultura y estaba en conversaciones, pero eso podía demorar ¿Y mientras tanto? Su papá le había mandado un poco de plata, pero le daba vergüenza pedirle más. Ella se había mudado con la historia de que en el Cuzco todo sería más fácil, que la vida de artista estaría combinada con una vida económica, sin penurias y sin hambre. Era temporada de lluvias y no hay ningún turista que compre artesanías. En el teléfono se podía escuchar el crepitar de las gotas furiosas contra las piedras de las calles alrededor de la Plaza de Armas. Había silencios que él interpretaba como estrofas inexplicables, canciones que podrían explicar todo, himnos al amor que él también conocía pero de los cuales en ese instante no se sabía ninguna de las letras. ¿Era así? ¿De eso se trataba ser feliz? Los tres estaban buscando la felicidad por caminos distintos. Había tanta poesía en esa historia de irse a vivir el sueño de artistas, de rentar una casita con patio, una pequeña comunidad artística a tiro de piedra de la fortaleza de Sacsahuamán, vivir de las cacerías de los gringos entre las calles del Cuzco por artículos interesantes, por arte que no fuera el típico y convencional cholito con la llamita, la chompa con diseños de montañas, de alpacas. La Gringa y el Yuyo acuclillados sobre un plástico azul debajo de la piedra de los doce ángulos, ofreciendo pedacitos de pinturas, muñequitos que hacían con arcilla, reproducciones de las fotografías que tomaba la Gringa y abstracciones con motivos incas. Detalles que podían quedar bastante muy bien en una sala con ventana en un departamento pequeño en Auckland: como el departamento que dice que tiene Olga, una muchacha flaca y de intensos ojos marrones, que le da su tarjeta, no a la Gringa, sino a Yuyo. Y Yuyo que se la mete con rapidez al bolsillo y le sonríe, y le pregunta algo sobre Nueva Zelanda en inglés. Yuyo que le explica a la Gringa que Olga tal vez quiera comprarle más de esos cuadritos que ha diseñado ella. Inspirada en diseños míos, Queso. Eso le dice en el teléfono la Gringa, un poco harta de las bromas, pero sin estar muy segura de estar haciendo lo posible, mientras se escuchan en el auricular los chorros de agua de lluvia que se deslizan por las tejas rojas de los techos y golpean con estrépito el cuadrado de la plaza. Felizmente hay un locutorio en cada esquina, Queso. A éste número me puedes llamar porque ya me conocen; les puedes dejar un mensaje para mí, les puedes dejar dicho a qué hora me vas a llamar y yo te espero. Queso: Espero que tú me llames. Entonces, piensa el Queso, aquello tampoco era la felicidad. Él estaba haciendo muy bien en olvidarse del arte. Ya ni siquiera boceteaba en sus horas libres, la computadora la estaba utilizando para descubrir las infinitas posibilidades del Photoshop, del Illustrator, del Quark Xpress y la empresa le estaba pagando un sueldo sustancial, con la promesa de nuevos proyectos que empezaban  a llegar, que con la promesa de la vida después de la muerte, de la revolución modernizadora de las empresas que llegaban y empezaban a invertir en el país, Queso podía imaginarse que iba a ascender, que el dinero en dólares iba a llegar y que su promesa de quedarse a vivir para siempre en el país con un trabajo bien pagado era una realidad. Esa también era la felicidad, la estabilidad, la seguridad de que no te puede faltar comida, que si abren una nueva cebichería en un  antiguo garaje puedes ir a almorzar, llamar por el celular a tus amigos que también están colocándose en puestos importantes, que ya tienen sus tarjetas que dicen Gerente general, Editor general, Jefe de redacción, Presidente del directorio.  Si bien a veces, como hace unos años, cuando dejó su primer trabajo, se encontraba con pintas en las paredes como aquella de la Avenida Benavides: “No dejes que se mueran tus sueños, imbécil” ¿Y no era su sueño ser artista? ¿Hacer sus historietas? ¿Era acaso éste su sueño: Despertarse a las siete de la mañana para ir a trabajar, de lunes a viernes, engordar en los nuevos garajes convertidos en restaurantes, luego vagar por las calles hasta algún bar, tomar unas copas, después largarse en su auto nuevo, en su cuatro por cuatro, a bostezar en la Javier Prado hasta el nuevo departamento, el de tus sueños, con guachimán y cochera privada? Y extrañando en el teléfono a la Gringa.  A ella que estaba viviendo su sueño, corriendo bajo esa lluvia intensa que atoraba de barro los desagües del Cuzco, hacia esa casita de adobe y quincha a donde llegaba empapada, protegiendo con ambas manos al maletincito con la cámara fotográfica. A la Gringa que sacaba del bolsillo de sus jeans, debajo del impermeable, esa llave oxidada y grande, la llave que abría el cerrojo de ese portón de madera pintado de celeste. Para correr otra vez y meterse a su cuarto, alrededor de ese patio de piso de piedra donde una vez  ella y Yuyo llegaron de Lima, para celebrar la realización de sus sueños de pareja adolescente, que todo lo puede, que no se amilana ante nada, que no puede dejar que la falta de dinero les arrebate esa llamita que arde dentro de sus corazones de artistas. Porque Cuzco es el ombligo de los sueños, allí se llega a buscar la armonía con el centro magnético de la tierra. En esa casita celeste de piedra, no está Yuyo esta noche. La Gringa siente más pesadas esas botas de cuero que se compró en Inglaterra. Dentro de su cuarto, se sienta sobre el colchón de su cama y las mira, todas salpicadas de barro; se saca las botas haciendo fuerza contra los maderos de su cama, esa cama debajo de una bóveda de vidrio por donde se pueden ver las estrellas que bailan sobre el Cuzco. Ya se ha olvidado que Queso le ha ofrecido volver, porque no tiene sentido. Si ya vino una vez, si ya se dio cuenta que esta historia no tiene salida ni final feliz. Allá en Lima se puede dejar llevar por la corriente, seguir su sueño de ser ejecutivo de su propia empresa editorial, tener en sus manos las decisiones de publicar a tal o cual autor, de hacer libros retrospectivos de los historietistas que admira, de Juan Acevedo, que ya le ha dicho en una reunión que estaría encantado de publicar tantas tiras de los 70s y de los 80s que están por allí desparramadas. Juan, artista a tiempo completo, de izquierda, con compromisos sociales y ojos de uva, bien blanco, cabello castaño claro. Queso se preguntaba si no tendría los mismos problemas de identidad de La Gringa, claro que él había solucionado todo volviéndose famoso, volviéndose el responsable de un arte que hablaba desde el Perú y sobre el Perú; que militaba con los objetivos de transformación en los que él creía. Que casi eran los mismos de la Gringa y de Queso, si bien Queso engordaba comiendo jaleas en ex-garajes y haciendo nada que se pareciera ni remotamente al arte de Juan, vendiendo sus ideas y sus sueños por un cheque gordo al final del mes, su ambición de ser feliz siendo artista por la seguridad del carro y del depa, en busca de la bella mujer.

¿Tuvo el amor algo que ver? Es que acaso era parte de la misma búsqueda. Juan había encontrado lo que quería, él era feliz con la tinta negra desparramándose sobre sus dedos, construyendo ese mundo de cuadraditos, de rectangulitos, de crash boom y zap, donde El Cuy, el Perro, La Araña No, avanzaban por sus aventuras en un país construido a medida del sentido del humor comprometido con la historia de amor de su autor. Queso y la Gringa y el Yuyo eran personitas insignificantes buscando todavía el camino, encontrándolo y perdiéndolo otra vez, sin compromisos, egoistas en el sentido de que su arte era una tema que les servía para ocultar que no tenían el valor de enfrentarse a temas más grandes, a las dificultades de una pareja, a la necesidad de seguridad. Juan tampoco había tenido una vida sin accidentes, su vida sentimental era parecida al caos de la informalidad, sus batallas no siempre se libraban con la seguridad de la estabilidad económica a fin de mes. Lo podían llmar para un trabajo como podían también ignorarlo. Si él se hubiera sentado al lado de Yuyo para que le explique su idea del cuadro eterno, del crepúsculo que se va pintando toda la vida y se termina con un último brochazo antes que lo vengan a buscar para morirse, tal vez Juan le hubiera dado un buen golpe, no le habría molestado reirse en su cara, pedirle que se pusiera serio, que se ensuciara un poco las uñas de las manos, que la vida no era así, tan fácil. Tal vez les daría crédito por intentarlo, por sentarse a vivir entre las piedras, a vender su arte debajo de una roca sin más comida que una lata a mediodía, sin más esperanzas que las de una luz que un día se despegaría del techo, les alumbraría el rostro y los haría reconocidos como dioses, como los nuevos Humareda, Chávez, Szyslo, los predestinados a modificar el arte peruano en el siglo XXI, los iluminados. Tal vez Juan tampoco tendría piedad de los sueños de la Gringa, de verla correr entre los chorros de agua y los relámpagos por esa callecita inclinada donde los indios vomitaban al bajar del cerro para ir hacia el mercado, hacia sus fiestas, hacia esa ciudad que ya se parecía cada vez menos a la de su infancia, ahora llena de negocios, de turistas, como esa Gringa que acampa con su marido, sentados sobre un plástico azul, y vende pedacitos de pinturas a extranjeras que deciden inclinarse, mirar más de una vez, imaginarse esos retazos de arte inca colgados de las paredes de sus amigos en una ciudad europea. Y Olga, la turista australiana, que decide invitar al artista, tomarse unas cervezas, saber otra vez qué espera Yuyo de ella, escuchar tal vez la historia, muy seductora, de un cuadro de un crepúsculo perfecto. Acaso le quedaba a Queso la excusa del destino. Que como la identidad era impredecible y veleidosa, que la puso a la Gringa en una galería bajo la luz perfecta hace diez años, que la hizo verlo a él, desamparado y artista también, correr a abrazarlo, invitarse a seguir caminando con ella por el malecón, a volver a esas calles como amigos, porque “ya hace varios meses que no estoy con Yuyo”. Si solo entonces Queso hubiera sabido la razón por la que ella y su primo ya no estaban, si hubiera sospechado que todo no puede ser tan simple ni tan superficial como las rupturas que él imaginaba. Y si tan solo hubiera escuchado las voces que le sugirieron alejarse. Queso puede decir bastantes cosas, el destino es una máquina con auto generador, con cables sueltos. Cómo iba a saber él que después de la galería ella lo iba a llamar, que lo iba a invitar a verse. Y la Gringa no sospechaba siquiera, o tal vez sí, porque la Gringa podía leer los ojos con la misma facilidad con que leía la fortuna en los dados, que Queso tenía el corazón peor que roto por aquella aventura con la abogada de la compañía. La Gringa no podía tener idea de las sospechas, de las dudas, de la miseria que le carcomía el corazón al Queso, cuando ella lo llamó para decirle si quería ir al cine. Y Queso, que se había precipitado hacia el teléfono, pensando que era la abogada, que tal vez lo llamaba para disculparse, para decirle que si le había hecho daño de algún modo no había sido intencional, que la perdonara, que estaba otra vez a punto de enamorarse de él pero que tenía que tenerle un poquito más de paciencia “porque las mujeres somos así”. Así hubiera sido culpa del Queso malinterpretar la invitación al cine con el destino. Un clavo que saca otro clavo, hubieran dicho con cierta calle y certeza sus amigos del trabajo. A los que no podía contarles nada porque a la abogada todos la conocían y tal vez no eran tan tontos y ya se habían dado cuenta de que él babeaba por ella. Y llegó el Queso al Cuzco,  por segunda vez, para encontrarse con la Gringa a la salida de una lavandería, con la ropa caliente y bien doblada en un cesto de mimbre. Él no cargaba sino una pequeña maleta con una muda de ropa y dos fotografías de formato grande envueltas en papel Kraft que había recogido de la casa de la Gringa, que ella esperaba vender a un bar que estaba por abrir al costadito del Kamikaze, ese hueco legendario del Cuzco subterráneo. Dos fotografías que había compuesto durante intensas semanas de laboratorio en San Isidro, dos juegos de espejos y luz en blanco y negro, que compuso pensando en una galería pero que estaba dispuesta ahora a vender por cien soles para que adornaran la pared a la entrada del bar. Allí donde entran tantos turistas y tal vez, quién sabe, alguno se le puede ocurrir levantar los ojos, mirar a los espejos y la luz en ese papel fotográfico en blanco y negro y después preguntar de dónde ha llegado el talento a esta fotógrafa que juega tan bien con los espejos y con la luz. Y ese turista tal vez tendría gran necesidad por dos fotografías como aquella para su estudio en Tel Aviv, tal vez tendría contactos con una compañía de arquitectos que estaba interesada en fichar a fotógrafas como aquella, de piernas largas, de ojos azules, de deseos perdidos en una tormenta de lluvia y en callecitas de piedra. La mamá de la Gringa había hecho esperar a Queso en la sala. Lo había mirado con curiosidad. Tal vez quería contarle toda la historia, darle detalles. Al Queso se le ocurrió que la mamá estaba estudiándolo para saber si “este tipo traerá a la Gringa de vuelta a Lima”. Si él le sacará de la cabeza esas ideas tan tontas de vivir la vida del artista. Si él la ayudaría a sentar cabeza y formar un hogar, tantas cojudeces que se le ocurrían entonces al Queso desde su perspectiva de ejecutivo de la editorial. Sin embargo la mamá no quería decirle eso. Queso sólo lo entendió después, ya mirando para atrás, coleccionando las piezas del rompecabezas una por una. La mamá de la Gringa lo que hubiera querido es sentarse con él, en la salita de la casa, y explicarle las mismas razones que Queso ya había escuchado antes en boca de otros, los mismo motivos por los cuales no debía aproximarse demasiado a esos dos, por las cuales tenía que dejarlos solos y no entrometerse. Si la mamá le hubiera tenido suficiente confianza, hubiese abierto una botellita, se habría sentado con él en la sala y, antes de entregarle las fotografías en el papel Kraft, le hubiera contado la historia completa que entonces Queso no conocía, le hubiera dado los datos que necesitaba para no perderse en ese segundo avión que lo llevaba para ningún lado. La mamá de la Gringa le hubiese amarrado los cordones de los zapatos para que no se caiga otra vez, añadiendo que su historia con la abogada podía ser mucho menos peligrosa que este viaje, que esas dos fotografías envueltas en papel Kraft, que él llevaba con la misma ilusión con la cual antes le había llevado el turrón de Doña Pepa. Ya sabes que gracias a ese viaje, Queso chocó su auto. A pesar de las horas que discutieron los detalles y las responsabilidades de pago, a pesar que el tipo de atrás, el que no supo frenar, le ofreció su tarjeta y un taller donde podía planchar todo y darle nuevos faros, allí estaba todavía su carro con la abolladura y el faro roto, con los cablecitos colgando. Pero la mamá de la Gringa apenas lo conocía así que no le invitó una botella. Supuso que si Queso era primo hermano de Yuyo, ya tenía que conocer también la historia. Ella no sabía que, a diferencia de su familia de tantas mujeres, donde se saben tan de prisa las traiciones y los amarres y los amores frustrados; en la de Yuyo, de pasado más bien provincial y recatado, temas como aquél no se ventilan nunca. Tal vez si le hubiera tenido más confianza al Queso lo habría sentado por algunos minutos en esa sala y le hubiera explicado ¿no? Allí no te puedes meter porque simplemente no entras ¿no? Lo que están haciendo está condenado al fracaso pero tienen que fracasar para que se den cuenta ¿no? La cabeza de mi hija siempre estuvo llena de fantasías y de aventuras y tiene que vivirlas todas antes de dedicarse al tipo de vida que él le podía ofrecer ¿no? Porque se la podía ofrecer ¿no? La Gringa le había hablado bien de él, de su trabajo, de la posición, del dinero que estaba haciendo, y sin embargo la mamá sólo veía un carro con una abolladura y unos cables colgando, estacionado frente a su casa ¿Su carro?¿No tenía plata para plancharlo, para comprarse otro faro? De todos modos, amigo, déjeme que lo llame amigo porque no me nace, no puedo llamarlo Queso como lo llama mi hija, porque queso, pues, no sé, es una palabra tan cargada de otro sentido ¿Como si tú fueras de la sierra, no? Pero si eres blanquito y puedes pasar piola en cualquiera de las fiestas de nuestra familia, donde tenemos otras primas que tienen la misma edad que la Gringa y tal vez ellas…Ellas que sí se fijan un poquito más en la estabilidad, en la responsabilidad, en la seguridad. Que sí aspiran a formar un hogar como el de nuestros padres, con una casa, un trabajo permanente, que no aspiran a pasar hambre en el Cuzco, a vivir a salto de mata, rematando fotografías que les ha costado meses (¡meses!) y mucho dinero terminar. Porque yo recuerdo haber ido a depositar en el banco para que mi hija pague sus matrículas del taller de fotografía, cuando regresó de Europa. Pero en fin, eso ya se lo habrá contado ella. Para qué aburrirlo, para qué. Semanas y semanas yendo a ese laboratorio al costado del malecón, encerrada en el cuartito oscuro, metida en un gran proyecto, mintiéndose a si misma, sin atreverse a llamar a Yuyo ni a sus primas, porque qué le iban a decir ellas. Qué explicación podía pedir la Gringa, si allá en Europa, ella también… Pero con su prima…lo más inexplicable. Así, encerrada en ese cuartito oscuro, la Gringa se tuvo que hacer miles de preguntas, debió respirar más del aire envenenado por los químicos que el recomendado por los doctores, pero salió de esas semanas con las dos impresiones, con esos espejos y esa luz que los atravezaba en el papel, que quería reflejar todas las inseguridades y el futuro que ella esperaba y que no se iba a materializar, tal vez jamás, porque no estaban preparados, ni ella ni él. No sabían qué hacer con tanto arte libre. No sabría que después de aquellas sesiones en el laboratorio se la llevaron de emergencia a la clínica, que recobró el sentido varias horas después, que su padre envejeció cuchocientos años allí al lado de su cama, perdiendo todas las ganas de cualquier colerón que se le podría haber ocurrido antes, cuando le dieron la noticia de la prima, pero no ahora. Su niña, su Gringa estaba en cuidados intensivos y él estaba dispuesto a todo lo que tuviera que hacer para mantenerla viva. Así que la madre no le contó como apareció otra vez Yuyo por la cama del hospital, cuando toda la familia se dio cuenta cuenta que aquél era el único modo de devolverle los ánimos a la Gringa. Y Yuyo se comió el orgullo y la desesperación de haberla visto partir a Europa dejándole nada más que un palpitante mostruo, un músculo rojo que botaba sangre y que aceptó rendirse a la evidencia de no verla jamás. No sólo eso: un músculo asqueroso que creyó que era una perfecta idea volver a visitar la casa, tal vez sólo para darle gusto a las primas que lo adoraban, al pobre flaco que es artista al fin y al cabo, que ha sido abandonado, que no recibe ninguna carta desde le otro lado del océano, que tiene que resignarse a vivir las tardes mirando ese crepúsculo magnífico que pintará todos los días hasta el día que lo busque la muerte. El papá de la Gringa ha tenido que aceptar salir de la clínica a dar una vuelta, para que pueda entrar Yuyo a verla, a inclinarse sobre ella para darle un beso en la frente, a dejar un ramo de rosas al lado de la cama, a prometer volver durante la semana. El papá ha tenido que aceptar que Yuyo estuviera al lado de su hija, apretándole la mano, cuando se la llevaron de vuelta a la casa por fin recuperada. Él ha tenido que aceptar que vuelvan a salir juntos, que parezcan normales otra vez esos fines de semana en los que ella se desaparecía de la familia para participar con él en esas borracheras de amigos que duraban hasta la tarde siguiente, hasta que la familia Carbajal, el tío Uriel que siempre fue aficionado a las cucharas, cantara a dúo con su hijo en la guitarra: “Un fracaso más que importa…” Mientras tanto, en la casa de al lado, la prima de la Gringa, adolorida, esperaba. La mamá de la Gringa le hubiera contado la historia completa, pero ella creía que Queso ya lo sabía y que hubiera sido perder el tiempo en un tema que no tenía sentido. Así que solo le dio las fotografías y le deseó suerte, desde la sala se despidió de él, porque no tenía ganas de volver a verlo subirse a ese  automóvil abollado, sin faro y con los cablecitos colgando. ¿Sabes cuando me enfurece más que me llamen Gringa, Queso? Cuando me doy cuenta de todo el tiempo que le he dedicado a estudiar a este país, a memorizarme nombres, historia, fechas, al cerciorarme, vez tras vez, de que el único país en el que yo sueño con ser reconocida es en éste. Que no me importa la fama o el prestigio artístico en cualquier otra ciudad del mundo, sino en Lima. Porque me gustaría llevar a mis padres, que los entrevisten, que les hagan hablar sobre las cosas que yo hacía cuando era chiquita, cómo cogía de la tierra y limpiaba la primera cámara que tuve, como me encerraba durante horas frente a una ventana para tomarle fotos a los cachorritos de nuestra perra. No quiero que pasen los años y descubrir que el Perú me va a seguir mirando como extranjera, como si yo no fuera parte de este sistema, de este universo; como si yo no girara como todos alrededor del mismo problema, de la misma cagada, a decir verdad, porque el arte en este país… Pero qué sabía Queso cuando la vio en esa galería, cuando aceptó salir con ella y entendió que lo que estaba pasándole no era otra cosa sino la misma fuerza de las circunstancias y una ceguera circunstancial que podría volverse defintiva, si, como Queso lo hizo, en vez de aprovecharse de la situación, él decidía enamorarse, si en vez de difrutar, él decidía sufrir. Y si sintió en algún momento algún escrúpulo, aquél se le fue después de salir con ella, cuando la Gringa apareció de la nada una noche de cine, y después decidió acompañarlo por el malecón, enseñarle como se bamboleaba en la baranda frente al mar, confesarle sus inseguridades y bajonazos en esa relación larguísima y aparentemente sin futuro con Yuyo. Caminaron más hacia el oeste, por el borde de los acantilados, y Queso señaló el local, las luces, los ruidos, donde el fin de semana anterior la abogada lo había llevado para enseñarle cómo eran sus noches en el distrito bohemio: nada de artistas, nada de apariencias extrañas ni caras mal afeitadas. Por el contrario, esas camisas bien puestas y los blue jeans de moda, al cuete, la tela linda de las blusas, los tragos caros. Y Queso cometió el error de llevar a La Gringa de la mano hasta ese lugar, porque intentaba conjurar el mal rato de la semana anterior con una revancha, porque quiso pensar que la calle de sus amigos era muy necesaria y que un clavo saca otro clavo, sin percatarse de que la Gringa no sólo era un clavo mucho más largo, filudo, que tenía la punta más oxidada, que ella era una invitación al tétanos. Entró con ella. Barranco estaba en las calles. Dentro del local, entre aquella semioscuridad y esa música de moda, entre esas luces de fondo y espíritu de oficina colectivo, escogió una mesa que no fue la del sábado anterior, lejos de aquella silla donde la abogada le había pedido que se siente. Entonces procedió a explicarle a la Gringa, con muchos pelos y detalles,  su relación desafortunada. Porque Queso no estaba pensando con la cabeza, porque carecía de los recursos, de toda esa calle que sus amigos le espetaban en la cara. Desconocía esa virtud, era un antisocial, una célula perdida cuando entraba en contacto con esos jóvenes que sí se sentían cómodos dentro de aquella farsa de club de moda. Detalles, detalles, Queso le dio todos los detalles a la Gringa y ella le dijo que esa relación estaba podrida, que tenía que olvidarse de ella, recomenzar todo otra vez. Así nomás, con valentía. Entonces se hizo más oscuro y empezaron a salir del club y alguien se acercó por la espalda de Queso y le puso la mano sobre los ojos, como una venda. Queso retiró las manos, sin poder responder a la pregunta: “¿Quién soy?” Ella era, la abogada. Queso hizo las presentaciones y le pareció que la sonrisa nerviosa de la abogada era de impotencia; mientras que los ojos de la Gringa, fijos e inexpresivos contra el rostro de la otra, eran una señal. La abogada le sugirió que ambos podían unirse a su mesa, donde un grupo de encorbatados bohemios discutían las proezas de la vida política nacional. Queso se disculpó nervioso, tenía que irse, otra noche tal vez. La Gringa le agarro la mano, miró a la abogada desde esos ojos claros y esa piel limpia de amiga que quería tal vez remediar, que deseaba solo ayudar, sin proponerse ser otra cosa que un punto y coma en la vida de Queso, sin proponerse ser el párrafo inicial de otra historia en su vida. Agarró esa mano que hasta entonces la abogada tenía cogida delicadamente, como invitándolo al Queso a dejarse de tonterías y a seguirla hasta aquél rincón donde la abogada y otros dos muchachos parecían estar pasándola muy bien. La Gringa fue la que le dijo: “Disculpa, pero ya nos tenemos que ir”. Agarró a Queso de la mano y lo jaló hasta la puerta del local. “¿Ves? Punto final”, dijo la Gringa.  Eso fue hace diez años. Exactamente diez años, cuando el Cuzco aún no existía, ni los viajes para olvidar, ni la distancia que lo cura todo. Pero habían pasado diez años desde aquellos eventos. Ahora la noche era tan joven, la Gringa estaba otra vez con él, mirando más allá, con tantas cosas de más, tanto lastre en la maleta. Caminaron juntos otra vez, sobre la avenida Larco que aún no se iba a dormir, en dirección al mar, buscando unos minutos más para recordar.

Voces

Esa noche de julio un relámpago cortó el cielo en tres partes. Cada una de ellas estaba identificada por colores y estos eran–extraño, muy extraño–el verde, el amarillo y el rojo de nuestra bandera. Esa noche supe, asomado contra el alféizar de la ventana que miraba al río, mientras identificaba la corriente embravecida y la comparaba con el vuelo desordenado de chaucas y arrendajos que chillaban asustados en busca de guarida; que las tormentas a mí me hablaban en un lenguage cifrado (yo había nacido con un huracán). Acababa de cumplir seis años.

Después de aquella noche, mi padre –entusiasmadísimo porque mi autismo se desvanecía cuando el cielo se iluminaba–clavó dos alcayatas cerca de la ventana y de ellas colgó una hamaca para que me pudiera tumbar a observar las tormentas sin empaparme. Aquél se volvió un ritual común durante los veranos, cuando el clima solía ser más violento. Él inclinado sobre los libros que descifraba, y yo interpretando los relámpagos. Vivimos en ese apartamento hasta que cumplí los nueve.

Después de un verano intenso en signos, nos mudamos a una casita en la pampa y allí empecé a mejorar. Mi habitación estaba diseñada con una cúpula transparente: bastaba echarme sobre la cama para presenciar el apocalipsis. Allí las tormentas venían acompañadas con el granizo y descubrí palabras de la tormenta, manifestaciones de la naturaleza comunicándose conmigo. A los 13 ya se había desarrrollado mi lado matemático, me aceptaron en una clínica de la capital para muchachos con capacidades especiales y a mi padre solo lo vi de vez en cuando: él se tenía que quedar en la pampa entre sus libros, agachado entre enciclopedias y tomos cientificos que parecían ser capaces de absorber su memoria con la misma rapidez con la que le entregaban datos complejos y acertijos.

A los 14 volví a a ver María, mi madre, que me había abandonado al nacer, asustada por ciertas marcas en la atmósfera–que ella interpretó con fatalidad–y por la involución de mi padre, desbarrancado en esa «ciencia por la ciencia» que a María–más apegada a la interpretación empírica–la oprimía. Fue muy dulce conmigo. Lloró al borde de mi cama. Me pidió perdón. Fui capaz de desarrollar una fórmula para sentir amor de madre pero aún no podía pronunciarla. Las enfermeras fueron las únicas que se dieron cuenta del cambio significativo y anotaron con delicadeza en mi expediente que aquella noche tuve mi primera erección. Aquél fue el primer síntoma físico de mis facultades.

María se dedicaba a muchas causas. Sobrevivía gracias al dinero de compañías interesadas en la caridad. Ella conferenciaba con los ejecutivos, armada con evidencias como flores muertas, especies dañadas por la exposición al sol y cuadros estadísticos radicales. Después de sus rondas de las mañanas iba a verme a la clínica, almorzaba conmigo, regresaba después de la tarde para contarme cientos de historias. Esas apariciones de mi madre contenían fórmulas extrañas, alegorías que sirvieron para desarrollar mi sensibilidad. Sin ellas jamás habría salido del todo de mi condición.

Llegaron mis 15 años y las enfermeras anotaron más detalles. Mi evolución fue espectacular: me comuniqué a través de gestos, me sonrojé, manipulé a mi madre, mentí a mi padre sobre cosas que eran obvias para que ellas lo anoten, escribí mis primeras fórmulas en un papel.  La comunidad notó mi presencia pero no apareció.

Fueron dos años de cambios. Mi padre aceptó mudarse al lado de la clínica para participar del fenómeno. María abandonaba sus reuniones antes del almuerzo para pasar más tiempo conmigo. Una de las enfermeras se apasionó tanto por mí que perdió la objetividad y los papeles y casi arruina el registro de mi caso. Me mandó flores desde algún laboratorio donde se encerró para olvidarme.

A los 17 años yo ya estaba mejor preparado y la comunidad envió a su primer emisario: un muchacho chino con un cargo menor. Me hizo una pregunta y yo le respondí con una fórmula complicada. Se excusó. Al día siguiente apareció frente a mi cama el presidente de la comunidad (y la prensa se estacionó frente a las puertas de la clínica). El presidente se paró frente a mi cama sosteniendo en un papel las revelaciones que yo había declarado el día anterior. Me hizo saber que aquellas posibilidades aún no habían sido inventadas. Me dio a entender que incluso él, amante de la ciencia, no se había atrevido a jugar con aquellos logaritmos y cifras por miedo a descubrir la naturaleza negativa. Dijo que mi fórmula era bellísima y que si era capaz de escribirla a los 17 años no había la menor duda de que yo era él. Y se fue.

Así supe que yo era él. Amigo de los relámpagos, único entre los únicos. La comunidad me presta mucha atención y me espera. Sabe que ha llegado mi tiempo y que las voces completas pronto serán escuchadas. Aunque para decir la fórmula yo tenga que matarlos a todos. Pero aquél detalle ínfimo poco les importa.

Equipo de barrio

Photo eriotropus/ Flickr

El equipo de Marcelo, los muchachos que se juntaban cada mañana en la esquina del parque de su barrio eran: El chino Lau, hijo del dueño de la bodega, veloz para los insultos y el encuentro cara a cara; Carlos, que vivía cruzando la calle de Marcelo, sabía repartir la pelota por las bandas, bajaba pronto a defender el arco, no hacía figuras pero sabía dar pases precisos; Víctor, el mayor: sus piruetas con los pies embravecían a los rivales más duros–sobre todo a los panaderos de Santa Felicia–, nunca se quitaba su camiseta con el 10 de la selección y jamás aparecía hasta que Carlos silbaba la seña convenida: un silbido de dos soplos largos y uno corto; Ramirito, hijo de un senador del partido del viejo presidente: vivía en otra urbanización, a cinco minutos en bicicleta, dominaba con limitaciones y a veces sus jugadas arriesgaban la propia valla, pero siempre era titular porque traía su Tango de cuero, que hasta entonces los amigos del barrio sólo habían visto en la televisión; Enrique–con sus breves pelos negros en la barbilla, al que todos llamaban Tío Chivo– era el arquero, nunca se lanzaba en situaciones de riesgo, sin embargo sabía órdenar la defensa y salir del área con la pelota ( y Víctor siempre lo defendía cuando le marcaban un gol cojudo, porque estaba enamorado de su hermana mayor y porque era el único del grupo al que le gustaba tapar); Paulo: el más alto, el más gordo y el más fanfarrón de los niños del barrio, que sabía barrerse en la defensa pero siempre abandonaba el área por irse a atacar y era lento para regresar. A los rivales les encantaba patearlo. Si su equipo iba perdiendo, la mamá de Paulo aparecía en la esquina del parque para gritar: “Pauliiiiito” y el gordo Paulo abandonaba corriendo el parque, detrás de su mamá. El Chino Lau lo despedía insultándolo, jurando que la próxima vez lo reventaría a patadas.

Marcelo y su hermano eran los más pequeños del grupo. En ocasiones normales iban a la defensa, donde hacían lo mejor posible por patear a los rivales y no dejar que la bola llegara hasta el área de Tio Chivo. Cuando eran demasiados, o cuando enfrentaban rivales más fuertes–como Santa Felicia–, Víctor los mandaba a sentar. A ellos y a Paulo. El equipo de Santa Felicia lo integraban mecánicos, panaderos y albañiles, y su capitán era un carnicero que jugaba siempre descalzo y embestía las piernas. A Marcelo nunca lo dejaron jugar contra el equipo de Santa Felicia, así que hasta cierto punto le alegraba que  sus amigos siempre perdieran.

–Los de Santa Felicia huelen a mierda–dijo el chino Lau, una de las tardes en que regresaban a casa derrotados.

­–Lau ¿Por qué siempre tienes que decir mierda? ¿Por qué siempre dices malas palabras?–preguntó Marcelo.

–Algún día tú también dirás muchas lisuras, cojudo. Y ese día te acordarás de mí.

«Eat. Drink. Be Irish»17 de marzo

Foto Jamienyc/Flickr

Una horda de jóvenes vestidos de verde. Antenitas de vinyl verdes. Tréboles de papel color verde, camisetas verdes y de pronto un gordo sonriente que camina con su madre ( o su hermana mayor) y ambos con un polo blanco y un lema estampado en el algodón: «Eat Drink Be Irish» (letras verdes).

Saint Patrick’s Day.  Alguien se equivocó de santo allá en Lima, este es el patrón que nos tocaba. Todos y cada uno de los miembros de la legión que se desparramaba esta mañana por el estacionamiento de la estación de trenes de Croton Harmon tenía una cara que decía: «Hoy voy a emborracharme hasta vomitar». ¿Nada nuevo no? Tengo muchos amigos que salían todos los fines de semana con esa misma cara, sin santo patrono por el cual brindar.

En el bar de nuestra ciudad las puertas se abren hoy a las 7 de la mañana para ofrecer «Kegs and Eggs» un apetitoso desayuno irlandés combinado con una de las más sabrosas cervezas: Guiness. Una espléndida ocasión para acordarnos de todo lo que le debemos a Irlanda. Bastó leerme la última novela de Vargas Llosa para saber que si no hubiera sido por la furiosa tarea de un irlandés en la Amazonía peruana, Roger Casement, miles de indígenas de tribus selváticas hubieran perecido quién sabe durante cuantos años más, ante la vista y paciencia de los pobladores de Iquitos quienes aún siguen añorando la dorada época del caucho cuando aquella era una ciudad llena de moda y privilegios basadas en la explotación de los nativos, esos seres humanos que despectivamente aún muchas personas en el Perú llaman «los chunchos».

Pero como fan de la buena literatura, le debo muchísimo a Irlanda. Empezando por ese magnífico libro satírico: Gulliver’s Travels de Jonathan Swift, hasta esa maravillosa novela llamada The Portrait of an Artist as a Young Man de James Joyce. Y seguro que mucha de la buena poesía que se ha escrito en el siglo XX ha sido un tipo de respuesta a W.B. Yeats–empezando por Joyce y terminando con Seamus Heaney (con quien tuve una suerte de complicada experiencia al escucharlo leer en Manhattan), quien aún me fascina cuando lo escucho en CD leyendo su versión del  Beowulf.

Además ¿Qué tipo de persona sería yo si no hubiera escuchado a U2? With Or Without You, Where the Streets Have No Name y Sunday Bloody Sunday son casi las únicas canciones cuya letra en inglés me memoricé cuando era un púber y aún las considero mis «canciones emblemas» para el amor, para la soledad y la libertad; y para la ira contra las injusticias (en ese orden). Los vi el año pasado en New Jersey y disfruté cada una de las canciones como un chancho. Y por último, Ulysses de Joyce, esa novela que estamos leyendo en el Graduate Center todos los lunes con el profesor Epstein y que me hace evocar cada semana a Dublín, con Epstein muy cocho–demasiado–recitándonos todos los chistes, explicándonos todos los dobles sentidos y cantándones las canciones satíricas populares que enriquecen y complican al mismo tiempo el texto de Joyce; o recordándonos su primer paseo por Dublín (allá por 1950), su ascenso a la torre Martello, sus paseos por Sandymount Strand, sus aventuras por las callejuelas de Dublín, que hoy no se deben parecer en nada a las que caminaba Mr. Leopold Bloom.

Así que le debemos mucho a Irlanda, aunque sea esa sana tradición de emborracharnos en olor de santidad. Feliz Saint Patrick’s Day. Come, diviértete y emborráchate. Sé irlandés or Póg mo thóin

(Actualización (12:49 p.m.):el cartero ha llegado a la casa con un sombrero verde tamaño extra large, con un trébol amarillo pegado al frente. Y después de entregar la correspondencia supongo que se irá a chupar. El cartero también tiene derecho.)

En un bus

Podría empezar con la primera vez que la vi.

Hacía calor y su blusa dejaba ver  el color de su ropa interior. Llevaba una falda ajustada y unas medias oscuras que apretaban sus piernas. Se llamaba Paola. Me lo dijo cuando nos presentaron en el autobús.

A mi lado se había sentado un vendedor locuaz. Conocía el país de palmo a palmo y de lo único de lo que hablaba era de las mujeres que lo esperaban en cada pueblo.

–¿Te gusta la azafata? me preguntó. Sin darme tiempo a decir que sí, la llamó y nos presentó. Ella me dedicó una sonrisa y sus bucles negros taparon una parte de su rostro.

–¡Mira que señor culo que tiene! Y creo que le gustas…

Reí, haciéndome el desentendido. Conforme seguimos viaje, a Paola se le fue desarreglando el uniforme y pronto la vi con un botón desabrochado, por donde se veía su largo cuello y el principio de su busto.

Tras unas horas de viaje, me trajo un regalo. Había  comprado unas cañitas dulces. Frente a la mirada inquisidora de mi compañero de asiento, Paola me las entregó, diciendo que pocas veces le tocaban pasajeros tan simpáticos.

–»Ay, le gustas, le gustas, hermanito», me dijo mi compañero,  mientras me codeaba y yo mordía mis cañas una a una, mirándola pasar.

Así se pasó la tarde en el bus. Bajó un poco el calor y Paola se acercó una vez más a buscarme conversación. Le conté algo sobre mi vida pero la presencia de mi compañero –que fingía leer un periódico– me avergonzaba.

Nos quedaban unas cinco horas más de viaje cuando nos detuvimos a cenar. Era un restaurante campestre muy descuidado, al lado del camino, enmedio de una selva de bananos. Mi compañero dijo que le había alegrado el viaje y que quería invitarme la comida. Escogió una mesa y nos sentamos. Mucha gente ordenaba al mismo tiempo, el servicio se demoraba,  y entonces aproveché para escaparme hacia los baños. Fui buscándola. No pensé encontrarla cerca de la puerta de los servicios, ni que ella me pusiera un papelito doblado en la mano y que con voz discreta me dijera: “Léelo cuando tengas un tiempo ¿sí?”

Me metí al baño, corrí el seguro y desdoblé el papel. Lo leí:

“Eres el pasajero más lindo que he atendido en mis viajes, espero que nos mantengamos en contacto y que podamos ser amigos”

No pude cenar pensando en cómo deshacerme de mi compañero de asiento. Apenas si escuché sus historias: todas tenían que ver con mujeres preciosas, amantes que lo esperaban en pueblos de miseria con la cama destendida y la comida lista. Paola estaba sentada al otro rincón del comedor, en una mesa especial con el chofer y la tripulación. Cuando llegó la hora de subirnos al autobús, allí estaba ella otra vez, mirándome con calor.

Oscureció pronto. Me hice a la idea de que sería otro viaje sin contratiempos. Pensé que unas horas después entraríamos al terminal terreste y yo proseguiría con mi viaje. Tal vez ella me daría un teléfono y podríamos vernos luego. Mi compañero de asiento estaba distraído haciendo anotaciones en una libreta. Sospeché que Paola estaría en los últimos asientos, al lado de los lavatorios. Pedí permiso y fui hacia allá.

Estaba sentada pero no sola. Conversaba con uno de sus compañeros. Abrí la puerta del baño y me metí.

Sentía el traqueteo del carro mientras espiaba por la ventanita del lavabo el paisaje de plantaciones entre las cuales se abría paso la carretera. Pensé complacido en que por lo menos me había atrevido. No podía hacer otra cosa que esperar llegar a la ciudad.  Traté de animarme: si tenía suerte tal vez saldría de los baños y la encontraría sola. Pero si aquello sucediera ¿Qué le diría? Resignado a cualquier cosa, abrí la puerta y salí.

Allí estaba Paola, sola. Iba sentada en ese último asiento del autobús, pegada a la ventanilla. La saludé, ella hizo un ademán con los ojos y me senté a su lado.

–He leído tu carta. Quería decirte, que tú también me gustas mucho.

No era un discurso planificado, fui sincero y directo. No había planeado besarla ni que ella aceptara mi lengua que presionaba contra su paladar. Tampoco planifiqué que mis manos siguieran su propia dirección, apropiándose de sus pechos, ni que continuaran camino –provocándole un estremecimiento– hacia ese destino debajo de su falda. Mi boca sostenía la suya en un beso que nos arrancaba todo el aire.

Unas horas antes, había estado en ese mismo autobús sin saber cómo iniciar una conversación. Ahora, luego que mis dedos encontraron la ruta, le pregunté sin reparos si le gustaría complacer un deseo.La escuché murmurar algo que yo desconté como una afirmación. Luego sentí el calor de su boca, grande y tornasolada, donde se derramaron mis primeras tímidas gotas.

Recuerdo con claridad el ritmo frenético de esas horas, la calentura que me estremecía esa noche. Paola ya no era ella: en la oscuridad del autobús la vi bajarse las medias y la sentí dejarse caer sobre mí.

Apenas había luz, si bien se podían ver las espaldas y las cabezas de los pasajeros en los asientos. No supe si dormían, ajenos a lo que pasaba en la última fila; o si es que prefierieron ignorarnos. En ese momento, mientras ella y yo practicábamos un rito al que algún tipo de deidad nos había predestinado, nadie pareció percatarse de nosotros.

Un timbre sonó de improviso y una luz se encendió entre los asientos, muy adelante. Paola se subió las medias, se acomodó la blusa, la falda, y me susurró al oído: ya vuelvo. Se fue por el pasillo regalándome una visión. Regresó luego de unos minutos para acomodarse con velocidad. Y mientras copulábamos como salvajes, yo apreciaba las curvas fascinantes de su espalda, esforzándome por fotografiarlas para siempre en mi memoria,  repitiéndome a mi mismo: Nunca lo olvides. Estos recuerdos son los que hacen feliz a un hombre durante toda su vida.

Terminamos. Nos besamos. Se arregló la blusa y me ayudó a organizar el desorden dentro de mi pantalón. En la oscuridad la vi mirarme a los ojos. Un haz de luz entró por las cortinas arrejuntadas de nuestros asientos. Entonces ella me dijo: «Estamos llegando».

El desembarco

Eneas enmedio de la batalla

William Styron se llamaba, era arrogante y medía siete pies. Cuando sus manos azotaron las aguas de Normandía llevaba diez días desde que probara el último postre de manzanas de su madre y sin embargo su gusto aún era espléndido y su fuerza descomunal. Había crecido entre los atardeceres fértiles del lago Huron y los campos de frejoles negros donde aprendió el arte de la caza. Su padre le había enseñado a matar y también lo llevó hasta el puerto para despedirlo cuando marchó con su regimiento hacia la guerra. “Hazlo por tu patria, William” dijo el viejo Styron y William dejó atrás la leche de la madre, aspiró por última vez el aroma de la nación americana y subió con sus botas relucientes al barco. Irradiaba valor entre esas cejas tibias bajo las cuales descansaban sus ojos.

Habían pasado muchas tardes desde aquella primera en que empezaron a cruzar el océano y William había aprendido a ganarse el respeto de los hombres y sobre todo la amistad de un compañero del que ahora era inseparable. El fiel George Plimpton, querido, loco, siempre dispuesto a dejarse embaucar por la tosca felicidad animal y pueblerina de William. Buen jugador de fútbol como William si bien lo suyo no eran los deportes–en los que también destacaba sobre los demás hombres–, sino la guerra. Los compañeros miraban a William hacerse de las armas y aprendían, lo escuchaban hablar de América y aprendían. Se necesitaba tener la cabeza bien centrada y no tenerle miedo al futuro para hacer lo que él hizo: Decidió ser el primero en saltar a la playa de Normandía.

Y allí venían los americanos, haciendo bailar el agua de la playa,  jubilosos en el ánimo de la victoria, sintiendo la presencia de sus héroes cerca de sus hombros, levantando la vista gloriosa hacia su estandarte, bendiciendo las estrellas y las bandas, el trapo azul, blanco y rojo. Saltó y corrió hacia la playa sin que lo rozaran las balas, recordó que su madre lo había bendecido para que ésto no suceda. Con esa certeza levantó su arma, buscando los venados de Michigan escondiéndose detrás de las dunas de Normandía, y empezó a disparar. Así una bala fue a dar en la nuca del general Richard Kruspe, padre ejemplar, buen soldado, héroe nazi, que creyó volver a ver a su familia hasta que el trueno salido del cañón de William alcanzó sus muelas y la lengua se le volteó entre los dientes. De nuevo Styron dirigió su arma y sintió la voz de su madre, que amó a Lincoln alguna vez, que llenó la casa con retratos de Roosevelt, fuerte, mostrándole la dirección de las balas que salieron hacia los ojos del jugador de dados teniente Rudolf Diesel, buen amigo pero mal amante, y entraron por ambos y terminaron con sus sueños de bicicleta en las colinas de la alta Bavaria, con sus recuerdos al lado de su novia y su primer encuentro con Hitler, que le dedicó una sonrisa y le acarició el cabello. Diesel cayó pesadamente con la mandíbula partida y cubierto de sangre sobre la arena empapada de la playa. William siguió haciendo sonar sus botas sobre el agua, que se abría espantada a su paso; y apuntó a la garganta del capitán Lotte Reiniger, creyente del poder curativo de la cebada, que pensaba en los ojos de una puta francesa cuando lo alcanzó la bala y ésta penetró bajo el paladar y en el hueso del cerebro, hizo un hueco en el cráneo y salió hacia el cielo con las voces de sus memorias de una noche parisina y de cenas familiares con chocolate caliente. Cayó pesado el cuerpo de Lotte, que había ganado kilos desde la ocupación pero aún pensaba regresar a su vida militar en Nederselters; se torcieron un poco sus huesos y crujieron mientras caía reventado sobre la sangre de otros hombres que morían con él, otros buenos nazis, buenos alemanes.

Entonces lo vio acercarse a la playa Wermer Kohlmeyer, que venía ese día al encuentro de su muerte. Diecinueve años después que lo anunciaron a la vida las campanadas de la iglesia de Santa María en Geifswald; y en lugar de correr como el cobarde Karl Mai, hijo de Mittweida; Wermer le salió a encarar y le puso el fusil a Styron mirándole la cara. Pero había algo en la voluntad americana de Styron que no dejó que la bala lo alcanzase, o era como decía la profecía que bien conocía su madre,  que si bien su hijo William dejaría el cuerpo en esa guerra no era aún su hora; o fue quizá el aura invencible de los pioneros polacos que poblaron los Grandes Lagos y que guiaban la mano de William en su nueva lucha de independencia contra los soberbios prusianos,  que mejoraron los reflejos aprendidos entre las matas de maíz persiguiendo a los venados en Michigan, oliéndoles el rastro, los que espantaron las balas de Wermer para que Styron pudiese reaccionar y cargar su fusil contra el alemán, que no entendió como este gigante americano pudo evitar morir y lo esperó con los brazos a un lado, resignado, como se debe esperar la llegada inevitable de la muerte cuando se tiene suficiente valor, hasta que William Styron apuntó al pecho y las balas corrieron hacia el corazón del músculo sangrante y cortaron en dos los ríos rojizos que alimentaban su cuerpo, las venas tiernas del muchacho que había aprendido a ser más fuerte y más hábil en las peleas del sábado sobre los pajonales del establo con sus siete hermanos y que en las aulas de filosofía y de historia halló las razones para amar a su ejército y a su país, como lo quería su padre Gerd Kohlmeyer, próspero mercader de sal y como lo quiso antes que él su bisabuelo Sepp Kohlmeyer, herrero de los ejércitos prusianos, de quien decía la leyenda de la ciudad que había salvado de morir al rey, cuando éste intentaba escapar con su caballo tras una escaramuza de los suecos pomeranios.

Así cayó en la tierra pesadamente el cuerpo de Wermer Kohlmeyer y su angustia se sintió en las campanadas tristes de la siguiente misa de domingo en la iglesia de Santa María, que bañaron la tristeza de su familia, las memorias amables de sus maestros en Greifswald y se escucharon sobre las ondas lívidas de las cercanas aguas del Báltico, junto con las noticia de la irrupción de América en la guerra y los vívidos fantasmas de la derrota del 18.

Ya entonces, ciego de victoria, pisando con sus botas los restos de alemanes que murieron al principio de la incertidumbre con gestos en el rostro reconciliables seguramente con las dudas de su buen catolicismo; el giganteWilliam Styron miró detras suyo y vio los dientes bien alineados de George Plimpton, sus hombros dulces que giraban detrás de él esperando su abrazo y le sonrió para decirle que estaba salvado, que habían alcanzado la playa y que otra vez, mientras esperaban la llegada de la muerte, podían ser felices.

La gravedad (todo es tan relativo), 13 de marzo

Portada de la novela de Thomas Pynchon

Entre aquellos inofensivos–tan norteamericanos–letreritos verdes de la carretera también se puede morir. Horrible muerte por degollamiento-mutilación-instantánea. Quién lo diría. Allí están los carteles parados al lado de la autopista 95 esperando a sus víctimas. Esta vez fueron 14 noctámbulos regresando de un casino en Connecticut.

Manejando  hacia la salida 11 de la 287, rumbo a Port Chester. Voces en el teléfono desde Cajamarca: el carnaval. Las horas que pasan mientras leo y me piden un café, dos cafés. Las hojas que se pasan, los cuadraditos capítulo tras capítulo. Es Gravity’s Rainbow: matemáticas, fórmulas, personajes entrecruzados, trozos de vidas, símbolos de la guerra, voces, canciones, búsquedas entre los escombros, recuerdos, pedazos que arman el todo pero que se pueden leer como pedazos y como todo. ¿Qué son las memorias? ¿Qué son los recuerdos? ¿Qué es una risa? En la pista, frente a casa, en mi barrio, juego baloncesto y fútbol con un niño. Disparo con una pistola de plástico que arroja aritos de colores.

En Japón se esperan más desastres. Paz, tranquilidad, rebotes aquí y allá, malas noticias, buenas noticias. Cielo despejado, se va el frío, cambian la hora (ni bien se termina de deshacer el hielo ya hay que adelantar el reloj. Salvajada) ¿Qué es el pánico? ¿Qué es un terremoto? La foto de un anciano con los ojos entrecerrados al lado de los escombros; y la foto de unas ancianas en un botecito remolcado por un grupo de soldados, como si ellas fuesen las guardianas del templo, las portadoras de flores, las madres de la patria. Una voz me habla de Belgrado y de mirar atrás, de volver a hacer lo mismo, de olvidar, de mantener la distancia. Un e-mail en el teléfono–extraña sensación de leer el correo en la pequeña pantalla– me da muy buenas noticias desde una frontera en España.

Ya es de noche, pero de hoy recuerdo bien el silencio del pasto durante la mañana y la tarde, pasto que está allí, a la espera al verano. Recuerdo el cielo sin tormenta, calmado. Un lugar en el espacio, mi lugar. El lugar de tantos otros que miran y no ven lo que yo veo; o que no miran porque no necesitan mirar. Preguntas. A dónde nos llevan las interrogantes, las dudas, las ganas de triunfar, de llegar a donde nadie ha llegado.

Un mapa hecho solo de esperanzas. En esa foto de la ruma de los automóviles–uno sobre otro llenos de lodo– se puede ver miles de horas de trabajo, se pueden ver miles de horas de personas creando, imaginando soluciones a problemas, inventando problemas. «Dios está harto» dice alguien durante el almuerzo mientras observa el lodo que avanza sobre las casas y los puentes en el televisor. El viejo tema de la venganza. Como si ahora importara la venganza, como si pudiera el hombre sentarse a planificar una respuesta diferente a la perversa sensación de que, no importa lo que hagamos, todo está de muchas maneras enlazado con la carta marcada de la suerte.

En The New Yorker leo un artículo sobre uno de los alumnos de William James, Hall, descendiente directo de peregrinos del Mayflower, anfitrión de Freud y de Jung en su primer viaje a los Estados Unidos–fascinado por el psicoanálisis–y un mentiroso empedernido. Se debe a Hall la leyenda de William James encontrándose con Freud y saludándolo como  «un tipo muy sucio». Tal era la percepción de Freud entre los científicos erupeos de la época: el «cochino» de Freud y sus asquerosas teorías de interpretación de los sueños.

Notas sobre el libro de Pynchon: Imágenes, algunas fascinantes; información que se desplaza por la página amarrada con la ficción, con la descripción de estados de ánimo, de personajes que vagan enmedio de la guerra, de paisajes oscuros y mañanas iluminadas pero sin futuro. Como los inviernos fríos pero con sol. Esos soles magníficos que no nos calientan.

El prisionero, 12 de marzo

Photo: Kusi Semninario/Flickr.

Es una habitación sin luz. Más que un cuarto es una prisión, que huele a tierra mojada, a lodo, a montañas. Afuera, la lluvia no para. El sonido del agua sin control lo atolondra, éste se mezcla con el rugido del viento, con el de truenos y tierra que se desborda y precipita quebrada abajo. Debe ser el ruido del purgatorio piensa él. Allí está él esperando su minuto. De pronto, siente que detrás de la puerta de su prisión, alguien rasca la tierra. Empujan un pedazo de papel que se moja y se queda pegado contra el lodo. El prisionero se acerca gateando y lo coje: un pedazo de papel, un mensaje, piensa.

No ha visto comida ni agua en dos noches; tampoco ha escuchado voces humanas desde que lo empujaron a ese agujero de piedras y cerraron la puerta. Pero allí está el mensaje. ¿Esperanza? ¿de qué? ¿Por qué no abrir la puerta y darle la carta? ¿Por qué no decírselo en la cara? Enmedio de la tormenta, en la noche, un mensaje solo puede significar esperanza. Grita, por si el mensajero aún está allí. Se arrepiente de haber guardado silencio, ya el mensajero se ha ido. Solo escucha otra vez el sonido confuso de la naturaleza anunciando desastres.

El hombre toma el pedazo de papel con manos temblorosas. Sus manos están frías, todo su cuerpo tirita: aún así sufre de angustia. Por más que aguza la vista no puede ver: es en una ratonera, aquí los ojos no sirven. Se arrastra, pega su cuerpo enlodado contra la tierra, acerca el papel contra la ranura debajo de la puerta, por si encuentra ayuda en un rayo. No sucede nada. Solo escucha el sonido de un cauce violento y los troncos, las ramas y las hojas de los eucaliptos batiéndose a duelo contra la tormenta.

Tiene que aguantar su angustia, estirado en el suelo, sintiéndose un animal, consciente de que todo su poder está suprimido: su inteligencia, su buena voz, su capacidad didáctica, su buen juicio, su disciplina, su lealtad. Se aferra otra vez a la hoja de papel y sucede el milagro. Enmedio de las hojas y el viento viene la luz, como un flash consistente e intenso que por unos segundos ilumina, deja ver el arroyo que se mete en su cárcel y define con claridad los caracteres escritos en esa hoja de papel rayada, la letra bien caligrafiada en tinta negra, gruesa:

Chay hatun runakuna niwanchis mana allinkuna kanki nispa.

Paykuna wañuchinakunku ñoqanchisman juchawananchiqpaq.

Llaqtay masiy wayqeykuna chayqa ama t’athqaykisunkichu.

Wakchalla kanchinanchiskama paykunaqa juchachiwasunchis imamantapas.

Llaqtay masi wayqeykuna chayqa ama t’athqaykisunkichu.

Llapallan llaqtanchiskuna ñak’arin chay mana allin runakunawan.

Claros, bien definidos, los signos negros. Signos negros, signos negros: nada más. Siente venir a la desesperanza, cree que no va a poder moverse más aquella noche. Entonces se apaga la luz y aparecen retumbando los truenos que asolan esas sierras y cae por fin toda el agua y se lo lleva. Lo arrasta junto a las piedras y a los eucaliptos que no resisten el embiste, en pedazos, dando tumbos, por todo lo largo y profundo de la quebrada hasta alcanzar el río.

Resinápolis

Roco, el cantante de La Maldita Vecindad, aprueba los calzoncillos de Peter Parker

Tal vez las sábanas estaban calientes y sudadas aquella mañana de un primero de enero. Tal vez. Eso sucede con cierta frecuencia en Lima. No es ilógico suponer que la noche anterior yo había bebido demás. Eso también solía pasar. No recuerdo bien con quién bebí ni qué bebí. No recuerdo los colores de los licores, o de las mezclas, nichts de nichts. Tal vez haya sido un trago barato, y tal vez éste haya sido compartido con mis amigos de la universidad, porque eso era parte de lo que yo también hacía cuando se terminaban los años y yo aún no cumplía los 20.

Pero sí recuerdo que fue una idea feroz la que me hizo levantarme de la cama, coger un cuaderno que estaba a la mano y garabatear un personaje. Le puse granos, le puse lentes oscuros, le puse una camiseta de franela roja que era la que yo más usaba por aquellos años, le puse chancabuques y así nació El hombre Pus. Después bosquejé historias que fueron quedando incompletas, después terminé una, conseguí colaboradores, amigos interesados en dibujar y salió Resina.

Había pasado otro año, las copias iban engrapadas y eran muy malas. En ese primer número había un chamán que fumaba hierba y un dragoncito que quemaba pajaritos con el aliento. Después hubo una edición mejorada, sin nombre en la tapa porque alguien olvidó ponerlo en la imprenta en que nos lo hicieron gratis (la imprenta de la aviación militar peruana, nada menos) y unos años después, yo ya estaba sentado en las escaleras del Centro Cultural de la Católica, afuera del auditorio donde anunciaban a los ganadores del concurso de Calandria, repartiendo la Resina 3.

Pasaron algunos meses, y allí estaba Roco, el gran vocalista de La Maldita Vecindad, agarrando la Resina con una sonrisa, tal vez pensando que el Hombre Araña en calzoncillos había encontrado sus cinco minutos de fama.

Y esa es la historia.

Alguna vez esta historieta se publicó en la revista Shock de Bogotá (lo ví años despúes, rebuscando en los archivos. No sé cómo no se metieron en problems con los derechos de autor) Alguna vez la mencionaron en un artículo de Somos, a propósito de la película cuyo estreno ya venía. Alguna vez alguien escribió una reseña sobre Coiman y  El Hombre Pus en la revista Caleta, que yo siempre leía; y este historietista apareció en una foto bastante posada en la revista Phantom y en el diario El Mundo. Todas ellas, publicaciones que no sobrevivieron al cambio de siglo.

Alguna vez fui Resina ¡Sí señor! Y mi amigo El Mudo–traidor en las canchas, buen amigo en su Volkswagen amarillo–salió por allí con una chispa de ingenio y le puso el subtítulo: «Historietas para mentes cochinas». Esta revista fue mejorada con el diseño de mi compadre Rafo y las fotografías inspiradas, tomadas sobre una banquita, en el concierto de Leuzemia en El Sargento, de mi amiga Anahí.

Acabo de encontrar esta foto y me ha hecho sonreír. Ya no soy tan resina ¡Qué cagada!

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