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The New York Street

Un blog lleno de historias

mes

enero 2007

El mito del eterno Macondo


En el galeón español regresan de los Estados Unidos los inmigrantes asustados. Se fueron agarrándose a su última esperanza, pero ahora regresan absolutamente desesperanzados a terminar su vejez.

Sin embargo el destino, que va en círculos, les tenía preparada una última sorpresa. Cuando el capitán del galeón, un marsellés de mal carácter, intentaba ganar una atajo para desembarcar la carga en el Perú rapidito y seguir viaje hacia las minas del sur, se le atracaron los mástiles en una maraña de lianas y vegetación salvaje.

Al bajar del barco para comprobar la magnitud de los daños, los marineros se encontraron con una turba de inmigrantes hambrientos y haraposos que habían partido 2 años antes, huyendo de los fantasmas y los gallos de pelea, en busca del camino del mar.

Pero el mar no estaba por ningún lado. Lo único que quedaba de todo el desastre era el velamen del destrozado galeón y un montón de jaulas vacías con las que los maquinistas coreanos, en complicidad con el capitán, querían hacerse un sencillito extra a su regreso a los Estados Unidos, capturando loros en peligro de extinción y monos tití.

Todo lo demás era espacio y silencio, que sería llenado de mineral una vez que el barco anclara en las costas doradas del sur.

Como el marsellés ni los coreanos parecían saber en lo que se habían metido, los dos peruanos, con ayuda de los más forzudos de los haraposos aventureros, se hicieron del dominio del galeón y procedieron al reparto equitativo de los víveres y de las gaseosas.

Cuando no quedó más que repartir, los peruanos y los aventureros– todos hombres honrados de la costa de Barranquilla–(¡ve tu a saber como terminaron los coreanos y el marsellés metiéndo al galeón por el Caribe!) decidieron seguir por una trocha misteriosa entre la ciénaga, donde creyeron que se pudo haber escondido el mar.

A los pocos días llegaron a un terreno que les pareció propicio y uno de los peruanos, que tenía sueño fácil, despertó sudando y gritando que había visto la imagen de un cóndor gigante cargando entre sus garras dos carneros dorados bañados en sangre.

El líder de los barranquilleros, que parecía tener talento para descifrar los sueños y que además parecía haberle cogido afecto a los peruanos, les dijo a los otros “Hasta aquí nomás llegamos. Acá se funda la ciudad”.

Sin embargo no aceptó el nombre que, según el peruano, le había gritado el cóndor mientras él dormía: Resinacocha.

El líder de los colombianos ya tenía el nombre pensado desde hace bastante tiempo y hasta parece que había escrito un par de cuentos acerca de una ciudad con ese nombre.

Hincó un huesito de pollo en la ciénaga y allí volvió a fundar Macondo.

(Escrito en Austin, Texas. January 31st, 2007)

Reading Faulkner’s Light in August from the manuscript


Hace poco más de un año, leí Light in August, (Luz de Agosto) la primera novela de Faulkner que leía en su idioma.
Esta tarde, metido en la biblioteca del Harry Ransom Center, el más importante centro de recopilación de documentos manuscritos en el mundo (todo Joyce, Borges, Faulkner, Beckett, Virginia Woolf, Tennesee Williams, la bilbioteca personal de Pound, cartas de Oscar Wilde, etc, etc) tuve el placer inesperado de encontrar una cajita con folders de manuscritos originales de Faulkner y encontré el folder de Light in August y me puse a leerlo por unos minutos.

Tipeado por Faulkner, el papel original donde escribió esa novela, con el personaje (Lena Grove) que Vargas Llosa considera una de las creaciones femeninas más importantes de la literatura.

Hace apenas un semestre estaba hablando en mi clase en Lehman de los problemas de blancos con sangre mezclada, durante la época de la segregación racial y mencioné el caso de Christmas, el personaje principal de Luz de Agosto. Y aquí está, a dos pasos de donde estoy sentado, el pedazo de papel donde fue creado Christmas. Alucinante. (Voy a tratar de que me muestren los manuscritos de Joyce)

Macondo sagrado y profano

Este es el texto que presentaré en la conferencia de ILASSA (Latin American Studies) en la Universidad de Texas en Austin, el próximo 1 de febrero. El texto ha sido revisado dos veces, pero es probable que haya algún otro tipo de revisión. El 2007 no sólo se cumplen 40 años de la publicación de Cien años de soledad sino también el centenario del nacimiento de Mircea Eliade, erudito rumano que dedicó toda su vida al estudio del comportamiento religioso del ser humano y medios de contacto con lo religioso o lo sobrenatural como el shamanismo o el yoga. Actualmente Francis Ford Coppola está terminando la pre-producción de su última película, inspirada en un cuento de Eliade y La Real Academia española está por lanzar una edición especial para celebrar los 40 años de Cien años de soledad.

Macondo sagrado y profano. Presencia del pensamiento antropológico de Mircea Eliade en el mundo de Cien años de soledad.

Por Ulises Gonzales

En el mundo de Cien años de soledad conviven dos tiempos. Uno es el tiempo histórico y el otro el tiempo mítico o tiempo sagrado, como prefiere llamarlo Mircea Eliade. Este se opone al tiempo moderno, o profano. Jacques Joset, en el prólogo a la edición de Cátedra, manifiesta que “el tema básico de la obra es el enfrentamiento del tiempo cíclico, el de los grandes mitos (…) y la cronología histórica” 1. Me voy a ceñir al estudio del tiempo mítico de Cien años de soledad. Si bien esto ya se ha hecho, el análisis que hoy propongo se concentra estrictamente en el uso de los conceptos de Eliade, trabajados tanto en El mito del eterno retorno2 como en Lo sagrado y lo profano 3.

Realizo este análisis con la intención de explicarme a mí mismo, pero con la expectativa de que mi análisis beneficie a otros, los muchos puntos de contacto que he encontrado entre la novela de García Márquez y los estudios de Eliade.

Un empujón adicional para esta lectura de Cien años de soledad a través de la mirada de Eliade, fueron estas palabras de Barthes en Crítica y verdad: “una obra es eterna, no porque imponga un sentido único a hombres diferentes, sino porque sugiere sentidos diferentes a un hombre unico” 4 La lectura de Cien años de soledad, a través de los conceptos antropológicos de Eliade, creo que arroja un enriquecedor nuevo sentido a esta novela, y nos permite entender mejor, por qué 40 años después de haber sido escrita, ella sigue gozando de un valor y de una fuerza extraordinaria.

Este trabajo también es un homenaje en el sentido inverso. Es decir, utilizo la obra maestra de la literatura latinoamericana del siglo XX, para demostrar el tremendo valor de los conceptos antropológicas de Eliade, el erudito que más estudió las relaciones entre el ser humano, el universo religioso y el mundo sobrenatural. Es una grata coincidencia, que sea precisamente en el año que marca el primer centenario de su nacimiento.

Para definir muchos de los conceptos que utiliza Eliade en sus teorías, utilizaré pasajes de Cien años de soledad.

Uno de los conceptos más importantes para Eliade es el concepto de mito. Eliade define al mito como una historia sagrada, que sucedió al principio del tiempo y que el hombre religioso está interesado en repetir porque lo acerca a ese momento primordial. Este concepto es muy importante en una novela en la cual las repeticiones se suceden una tras otra.

La permanente repetición de aventuras, de símbolos, e incluso de los nombres de los personajes nos remite siempre al tiempo mitológico. Así Macondo, antes de la violenta irrupción del tiempo histórico es una especie de Paraíso donde “el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.”5

Es igual de importante la definición de Eliade del concepto de tiempo cíclico. Eliade dice que los hombres renuevan el tiempo por medio de rituales. El tiempo es “una sucesión de eternidades” que se producen una y otra vez por medio de estos rituales. El personaje que constantemente nos recuerda que manejamos un tiempo cíclico es Úrsula. Ella es quien empieza a preveer la victoria final del tiempo histórico, incluso mucho antes que el último de los Buendía termine con la traducción de los pergaminos de Melquiades.

Como propone Joset, “el último Aureliano comprende que la historia ha vencido” (CAS, 31) Sin embargo, es Úrsula, mucho antes que Aureliano, quien se da cuenta de la ventaja que ha ganado el tiempo histórico sobre el tiempo sagrado. En un momento de lucidez, a pesar de la ceguera, Úrsula descubre que la torpeza con la que se movía en su vejez “no era la primera victoria de la decrepitud y la oscuridad sino una falla del tiempo” (CAS, 365.)

Es también Úrsula, quien comprueba una y otra vez, que las historias de sus nietos y bisnietos sólo son repeticiones de las vidas de sus antepasados. Ya ciega, cuando José Arcadio Segundo desparece porque los sicarios de la compañia bananera lo buscan para matarlo, ella piensa: “Lo mismo que Aureliano (…) es como si el mundo estuviera dando vueltas.” (CAS, 413) Y poco antes de su muerte, se estremece “con la comprobación de que el tiempo no pasaba, como ella lo acababa de admitir, sino que daba vueltas en redondo” (CAS, 456) a lo que Joset anota que esa es la demostración de que “la figura del tiempo en Cien años de soledad sería más bien un espiral” (CAS, 456)

Otro concepto decisivo es la diferenciación entre el espacio religioso y el espacio profano. Este es uno de los temas más fascinantes en los estudios antropológicos de Eliade. El hombre religioso diferencia espacios y tiempos, y necesita otorgarle a los espacios sagrados un valor añadido. Tiempo y espacio no son homogéneos para el hombre religioso.

Estos diferenciación entre lo sagrado y lo profano resulta muy útil en el análisis de la novela de García Márquez. Los habitantes de Macondo viven en un tiempo mítico y por lo tanto se mantienen siempre atentos a los espacios y momentos sagrados.

El espacio sagrado por excelencia, el que define a todos los personajes, es la casa de los Buendía. “Su casa fue desde el primer momento la mejor de la aldea, las otras fueron arregladas a su imagen y semejanza” (CAS, 92) y todos los personajes de la novela tienen una relación especial con la casa, que cumple en la historia la función de un templo que nace con la estirpe y desaparece con ella.

La casa cumple la función de otra clase importante de símbolo, la de ser el centro del universo. El simbolismo de la casa de los Buendía, entendido a través de los descubrimientos antropológicos de Eliade, es el mismo que cumplen en ciertas religiones las montañas sagradas y los templos. El centro del mundo es el punto en el que el cielo y la tierra se encuentran. Este centro cumple la función de umbral y a la vez de eje del tiempo. No es gratuito que, a pesar de las guerras y revoluciones, todos los Buendía (con excepción de las desheredadas: Rebeca y Meme) regresen a morir en la casa de Macondo. Tampoco resulta sorprendente que la casa sea un espacio natural para los aparecidos, los fantasmas y las premoniciones.

En la casa de los Buendía, hay otro espacio sagrado que juega un papel importantísmo dentro de la narración: el gigantesco castaño enmedio del patio, que no es otra cosa que el centro del centro del mundo.

En Cien años de soledad, como en todas las historias que han bebido de la tradición clásica, tienen especial relevancia los lugares marcados por la presencia de árboles, como el centro de la casa de Macondo, como aquél castaño gigantesco (y con el adjetivo gigantesco, García Márquez pareciera querer significar que este árbol existía incluso antes que la casa) al cual vivirá amarrado durante muchos años el viejo José Arcadio, contra el cual muere el coronel Aureliano Buendía y donde seguirá apareciéndosele a Úrsula el fantasma de su esposo.

Los árboles sobreviven a la historia porque, dentro del concepto del tiempo sagrado –según Cirlot señala en su Diccionario de símbolos6– son uno de los más esenciales de los símbolos tradicionales. Los árboles representan al cosmos. Eliade explica, al igual que Cirlot, que para las religiones primitivas más importantes, los árboles, por su naturaleza autoregenerativa y su natural vinculación con la fertilidad, son la representación de la inmortalidad y a la vez los ejes entre el mundo real y el sobrenatural. (Cirlot, 347)

Uno de los pasajes en que se puede ver mejor el carácter mítico del árbol, su importancia como contacto entre el mundo de los vivos y el de los muertos, es aquél de la muerte del coronel Aureliano Buendía, quien luego de ver pasar al circo por las calles de Macondo “metió la cabeza entre los hombros, como un pollito, y se quedó inmóvil con la frente apoyada en el tronco del castaño” (CAS, 383).

El árbol tiene tanta importancia en Cien años de soledad que se mencionará en el epígrafe a los manuscritos de Melquiades, el que describe cómo se cerrará el círculo de los Buendía: “el primero de la estirpe está amarrado en un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas” (CAS, 547). Esta importancia mítica del árbol es reforzada en las memorias de García Márquez. El escritor dice que el castaño de los Buendía refleja a otro que crecía en el patio de su casa en Aracataca, que era un árbol “al margen del mundo y del tiempo”. 7

Es otro espacio sagrado importante el galeón español que el José Arcadio original encuentra varado en medio de la ciénaga. Es importante como punto de ubicación (otras expediciones, dirigidas por otros Buendía, habrán de volver a encontrarlo). Además cumple con el papel de ser punto de conexión dentro del tiempo sagrado. Los fundadores de Macondo, que viven en un tiempo mítico, no están sino imitando la travesía de otros mitológicos aventureros. El galeón cumple la doble función de “marcar” un tiempo sagrado y a la vez un espacio sagrado, ambos trascendentales para los habitantes de Macondo.

El hombre religioso siempre marca los espacios sagrados. Hay diversos ejemplos de marcadores en la novela, como lo son la estatua de yeso de San José que, como señal sobre el patio principal, marca la ubicación de un tesoro de monedas de oro, escondido desde los tiempos de la fundación. Otro espacio sagrado es el cuartito de trabajo, en el fondo del patio de los Buendía, donde José Arcadio instala el laboratorio de alquimia que transformaría a la aldea, donde Melquiades escribe los pergaminos en sánscrito que contarían la historia de la estirpe y donde el ultimo Buendía lee el trágico destino de su familia.

Eliade afirma que los seres humanos que viven en un tiempo sagrado, viven pendientes de los dictados de los dioses. Los antepasados, los dioses y los semidioses, son quienes los vigilan, los observan y los protegen, pero también los castigan. Este es precisamente el tiempo mítico en el que viven los personajes de la novela, pendientes de los mensajes cifrados en los sueños, de la lectura de las cartas, de los mensajes desde el mundo sobrenatural que se manifiestan en fenómenos cotidianos: La elección del lugar donde sería fundada la “ciudad de los espejos” es producto de un sueño y la decision de José Arcadio de dejar su pueblo en busca del mar es el resultado de las apariciones de un muerto.

Un gran número de las grandes decisiones de la novela que afectan el destino de Macondo son tomadas basándose en signos de lo sobrenatural, ya sea en la lectura de las barajas, en las predicciones de los gitanos, o en las interpretaciones de los cambios meteorológicos.

Toda la suerte del coronel Aureliano Buendía, su futuro y su muerte, se puede leer en las barajas de Pilar Ternera, que es su primera amante y la madre de su primer hijo pero también la intermediaria entre él y los designios de la providencia. Muchos de los diálogos de Úrsula son conversaciones privadas con Dios, mayormente quejas por el comportamiento de los de su estirpe. Úrsula puede adivinar también el futuro de su clan apoyándose en ciertas circunstancias de la naturaleza.

Es por ello que a los Buendía no les extraña demasiado si Remedios la Bella, a quien el narrador califica en varios pasajes como un ser sobrenatural, termina elevándose hacia el cielo como si aquél fuera su hábitat natural. Su calidad semidivina está demostrada en situaciones cotidianas como su incapacidad para las labores terrenales y su completa inutilidad para sentir algun tipo de atracción hacia los hombres.

La ascención de Remedios la Bella a los cielos es una prueba de que esta sociedad arcaica, a pesar de haber transcurrido casi un siglo y sobrevivido a la irrupción en la novela del tiempo histórico, convive paralelamente en un tiempo sagrado donde la conexión entre cielo y Tierra está permanentemente abierta y se permite la libre circulación entre uno y otro espacio. En este tiempo mítico, los seres con características de dioses pueden vivir por temporadas entre los humanos y regresar a su hábitat cuando los dioses lo creen conveniente.

Gracias al pasaje de la ascención a los cielos de Remedios la Bella, cobran mayor importancia las últimas palabras de la novela, pues si bien las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra, algunos de sus integrantes sí han de merecer una segunda oportunidad en el cielo, a donde irá a parar Remedios y, presumiblemente, todos los espíritus y fantasmas de los Buendía.

Como hemos visto, el contacto de Macondo con lo divino se da también a través de la repetición y el ejemplo de los mayores porque, según afirma Eliade en Lo sagrado y lo profano “imitando a los ancestros se hace un verdadero hombre” (pág. 100). Durante toda la novela los personajes principales de Cien años de soledad, anota Úrsula, sólo repiten la vida de sus ancestros. Así todos los José Arcadio actuarán y enfrentarán la vida como el fundador de Macondo y todos los Aurelianos como el coronel Buendía.

Los Aurelianos serán contemplativos, dueños de miradas que provoquen miedo y prevengan calamidades; disciplinados cuando se trate de asumir empresas magníficas e incapaces de otra vida que no sea la vida solitaria. Los José Arcadio gozarán de su inevitable soledad enmedio de las multitudes y encontrarán desenfrenado placer en las aventuras descabelladas y en las empresas imposibles. El hecho de que un nombre–José Arcadio o Aureliano– pueda definir el carácter de un personaje dentro de este tiempo mítico se entiende mejor con el concepto que Eliade propone para el término “signo”.

Eliade define a los signos como símbolos cargados de mensajes. Para él la misión de un símbolo va mucho más allá de las limitaciones impuestas por este “fragmento” que es el individuo o por cualquiera de los temas concernientes al individuo. El símbolo tiene la misión de integrar este fragmento en entidades de mayor alcance, sea la sociedad, la cultura o el universo.

Cirlot en su Diccionario de símbolos se interesó particularmente en esta definición de Eliade, remarcando que si bien el fragmento es la representación de un todo, bien puede restituirse el todo original a partir de ese fragmento. Este concepto de símbolo encaja a la perfección en la arquitectura de la novela de García Márquez.

Gracias al concepto de Eliade podemos entender que Macondo sea el símbolo que signifique el universo. Así, las 32 guerras del coronel Aureliano Buendía resuenan en el lector como todas las guerras de la historia; la incursión de Mr. Herbert y los crímenes perpetrados por su compañía bananera retumban como el símbolo de toda la historia del imperialismo en Latinoamérica; los descubrimientos del primer José Arcadio gritan como el eco de toda la historia de la ciencia y de los grandes descubrimientos; y la destrucción final de Macondo sacude al lector con la misma fuerza con la que lo sacudirían las trompetas que anunciarán el Apocalipsis.

Al igual que las actividades de los personajes, los nombres de ellos también funcionan como signos, es decir símbolos cargados de mensajes, que representan realidades mucho más grandes que el simple fragmento. Realidades cubiertas de significación.

Úrsula Iguarán es quien maneja mejor que todos los códigos de estos signos y la que puede entender mejor que nadie, por qué Aureliano Segundo no debió llamarse Aureliano sino José Arcadio, por qué su carácter corresponde al de un José Arcadio. El signo, en este universo de repeticiones y espejos es más importante que el personaje. En todo caso el personaje necesita del signo para ser completo y se entiende sólo a partir de su complementaridad con el signo. Esto ocurre y es obvio en una sociedad que vive en el tiempo mítico donde cualquier actividad solo se puede entender como una repetición del arquetipo.

En los estudios de Eliade, muchas de estas actividades de repetición de arquetipos se manifiestan en los rituales. En Macondo, los rituales sagrados han sido reemplazados por otros eventos periódicos que cumplen la misma función de catalizar cambios y repetir arquetipos. Uno de ellos es la llegada de los gitanos, el otro es la llegada del circo. Siempre suceden eventos importantes dentro de la narración cuando el circo pone los pies en Macondo. Como en este extraordinario pasaje que marca los momentos finales del coronel Aureliano Buendía:

Vio a los payasos hacienda maromas en la cola del desfile, y le vio otra vez la cara a su soledad miserable (…) Entonces fue al castaño pensando en el circo, y mientras orinaba trató de seguir pensando en el circo, pero ya no encontró el recuerdo (CAS, 382).

Hay signos que definen permanentemente a otros personajes, como la suerte de los 17 Aurelianos con la cruz de ceniza en la frente o el signo de la mano de Amaranta abrasada en el fuego tras el fatal autoreconocimiento de su incapacidad de amar y de su desgraciado papel en el suicidio de Pietro Crespi. Hay signos que se repiten a lo largo de la historia, a los que pueden corresponder diversos significados e interpretaciones, como son la presencia de los pájaros–signo heredero de la larga tradición clásica–y las mariposas amarillas.

Sin embargo el signo más importante de todos, el que define este tiempo sagrado de Cien años de soledad, el que resume toda la soledad de la raza de los Buendía, es la cola de cerdo, símbolo del incesto. La cola de cerdo es la prueba de que el niño ha sido concebido en una relación incestuosa, pero al mismo tiempo, que ha sido fruto del amor.
El nacimiento de un hijo con cola de cerdo es el punto final a una historia que no es otra cosa que la repetición de una inevitable condena que pesa sobre los Buendía, la de estar destinados a desaparecer en el momento mismo en que han aprendido a amar. La cola de cerdo es también la prueba de que los Buendía no sobreviven a la victoria definitiva del tiempo histórico porque nunca pueden abandonar su condición de habitantes del tiempo mítico.

1 Joset, Jacques. En el prólogo a la 14a edición de Cien años de soledad, Cátedra, Madrid, 2003, pág. 31.
2 Eliade, Mircea. The Sacred and the Profane, Harcourt Brace & Co., Orlando, 1987.
3 Eliade, Mircea. The Myth of the Eternal Return, Princeton University Press, Princeton, 1974.
4 Barthes, Roland. Crítica y verdad, Siglo Veintiuno Editores, México, 1989. (pág. 53)
5 García Márquez, Gabriel. Cien años de soledad, Cátedra, Madrid, 2003, pág. 83.
6 Cirlot, J.E. A Dictionary of Symbols, Routledge & Kegan Paul Ltd, London, 1971.
7 García Márquez, Gabriel. Vivir para contarla, Diana, México, 2003, pág. 49.

I’m from Scotland. I need to go home now.


El presidente y otros miembros importantes de su partido estaban vestidos completamente de negro y caminaban a paso lento alrededor de la Plaza de Armas de Lima cargando un ataúd. Era el féretro con el cuerpo del finado Ramiro Prialé. Por alguna razón ese día me había vestido con una horrible camisa de colores hawaianos. Con el cajón al hombro, desde unos cinco metros, el caballo loco me miró extrañadísimo.

El joven médico escocés Nicholas Garrigan aterriza en Uganda en un desesperado viaje que pretende le dé cierto sentido a su vida. Un inesperado encuentro con Idi Amin, se transforma en una fuerte amistad cuando Garrigan le dispara a un animal agonizante, alarmando a la guardia personal del nuevo presidente. A Idi Amin le gustan los escoceses–porque también odian a los ingleses–y convierte al joven Garrigan en su médico personal, su consejero y confidente.

Entre colores asfixiantes y tambores sofocantes, con el rostro empapado de sudor y un torcido ideal –alimentado por un sueño en el que le fue revelado que nunca moriría en Uganda–, Forest Whitaker carga sobre sí el peso de toda la película. A sus espaldas se produce la gran matanza. Y Nicholas Carrigan pide por favor, que sólo lo dejen volver a Escocia. La respuesta es no.

Con letras blancas sobre fondo negro, el director nos recuerda que Idi Amin murió de viejo, en el exilio.

Importancia del coronel Aureliano Buendia


Foto del abuelo Ulises García y de sus amigos galleros, en Jaquí, Arequipa, alrededor de 1930.

“Continuando hacia el sur, después de pasar grandes zonas de grama e islotes con lobos marinos y aves guaneras está el balneario de Silaca. Este, es poblado en verano, ancestralmente, por una familia de Jaqui (25 kilómetros tierra adentro).
El balneario de Silaca tiene el aspecto de un pueblo serrano en medio de ruinas y andenería. Allí las pozas tienen nombres como: Los Hombres, Las Sirenas, Las Viejas,Desembarcadero, de Piero, Los Curcos o Jorobados, de La Cruz, Los Compadres, Brujillos, Vladimir y Los Pajaritos. Entre Los Compadres y Brujillos está la punta guanera de Puerto Viejo, el Islote de Lobería, la quebrada e islote de Santa Rosa y la ensenada de Ocopa.”

A mi abuelo también le picaba la bola de carne que le creció en la frente. De repente miró el cielo y, escuchando el eco en las piedras del monte, murmuró: Se murió el compadre.

A veces se acercaba de noche hasta el final del corral, se sentaba a fumar un cigarrillo sobre una piedra enorme, y veía a su padre vestido de blanco bajo las ramas del granado.

A mi abuelo no le gustaba ver a los muertos, así se tratase de sus antepasados, así que regresaba hacia su habitación y se echaba a esperar el sueño leyendo el último número de su suscripción de Selecciones.

A mi abuela le diagnosticaron un tumor maligno en el cerebro que no le permitía ni siquiera levantarse de la cama. Su hijo viajó hasta la casa de un curandero en las montañas de Huancayo, para que el curandero–que trabajaba asociado con el espíritu de un médico famoso– le preguntara el nombre de mi abuela y le dijera que vaya tranquilo porque ella ya se había sanado

(Miles de kilómetros hacia el sur-oeste, en Anqui, la hacienda de mis abuelos en Arequipa, mi abuela se levantó de su cama después de varios meses, como si nada hubiera pasado, y volvió a la rutina de administrar la casa-hacienda.)

A mi tía abuela, la que se murió antes de los cuarenta años, la vieron sentarse en un pozo de Silaca, a conversar con las sirenas. Una de ellas le regaló un anillo mágico que desapareció misteriosamente.

Mi madre subió un día a la azotea de su casa en el pueblo de Jaquí, a más de 20 kilómetros del Oceáno Pacífico, y vio al pueblo navegando enmedio del mar.

Yo vi a mi abuela nombrar a las cosas desde el baño mientras lentamente amarraba el cabello gris con su peineta. Yo vi a mi abuelo tomando sol bajo las buganvillas del parque de Jaquí y a mis primos castigados por comerse un fabuloso pedazo de carne, sujetado por un gancho al techo del patio.

Vi mujeres calatas en blanco y negro y a oscuras, arrodillado frente a una vieja revista escondida debajo de un colchón del cuarto, al lado del fogón de la casa.

Leí una historia parecida a la de mi familia bajo el tronco de un olivo mientras los peones robaban todo lo que podían.

Besé a una prima de labios gruesos entre la ropa tendida en la casa de Silaca.

Acompañé a mi abuela a tomar baños de a sopapos, sentada en el agua brevísima del pozo de las viejas. Saqué muchas lisas y borrachos con mi hermano, lanzando un cordel con baterías de carro como plomada y anzuelo para tiburones, desde la piedra más alta del Desembarcadero.

Me lancé al mar de cabeza desde lo alto de La Lobería y nadé entre los lobos de mar alrededor de las piedras donde mi tía abuela recibió el anillo de las sirenas.

Escuché las historias de las caravanas de mulas, cargadas de vino y de alimentos, sobre las que mis abuelos cruzaban los cerros, durante largas jornadas, emborrachándose para ir a veranear.

Recuerdo aún la casa de portones desvencijados y descascarados muros de adobe, donde entró la diligencia que llevaba a la Guerra del Pacífico al coronel Márquez, con un cargamento de dinamita desde Lima, que nunca llegaría a tiempo para la batalla de Arica porque las abuelas lo obligaron a quedarse para la hora del té.

Yo vi a la tía abuela Adela, entre los restos de la casona colonial, entre los fierros retorcidos y los desperdicios regados, en un patio donde sus sirvientes y ella salían a cagar.

Tacama white


Hace tiempo que no tomaba una botellita de vino Tacama blanco. Fue un regalo de cumpleaños de Seiki, el dueño del Acuario, que estuvo durante varias semanas guardado sobre un estante rodeado de libros, tal vez esperando que madurara para ser degustado en el instante preciso: anoche, con una buena comida casera.

El vino se suma a otras buenas noticias acerca del Perú que me han llegado por estos dias. Una de ellas es la pagina www.peru.info. Todo lo positivo que uno quisiera mostrarle a un extranjero sobre el Peru, se encuentra en esta página web. Desde fotos o postales hasta información detallada de los principales destinos turisticos, videos de destinos de aventura, parajes en la selva, montañas y playas, mapas generales, regionales y locales, y una buena selección de la riqueza culinaria peruana, por ciudades.

Me gustaron mucho los tres comerciales de 30 segundos que preparó JWT para promover el relanzamiento mundial del Peru como destino turistico, sobre todo ese clip de la semana santa en Ayacucho que me hizo recordar cuando, cámara en mano, a las cuatro de la madrugada, me meti en la catedral para fotografiar a los artesanos que encendian cuidadosamente, una por una, las velas del fabuloso candelabro que hacía de manto de la virgen en procesión.

La pagina del Perú, por sí sola, es un excelente motivo para abrir otra botellita de Tacama blanco. ¡Salud!

Pan’s Labyrinth y Guillermo del Toro


El fauno tenía en la mano un sobre lleno de estampados de la época de la Guerra Civil. Sobre las cejas cargaba un tatuaje de un mitológico galeón incrustado en diamantes y sus ojos reposaban sobre los espectadores con la frialdad con la que alguna vez espantaban las moscas unos campesinos bolivianos desheredados en un remoto pueblo cercano al Titicaca.

Llevaba tres misiones a cumplir y era la niña de los ojos perdidos la que tenía que llevarlas a cabo, sin pestañear, con la firmeza que reclamaba su sangre, perteneciente a un linaje casi extirpado de la Tierra hace algunos siglos. Nadie esperaba que fallase, tampoco nosotros, sentados en las butacas con olor a mantecosa canchita y gaseosa helada. Pero no esperaba que espantase a las hadas con tanto desprecio ni que dejase escapar su reino por comer dos uvas de la mesa del monstruo desojado. Son como escenas cortadas, historias terribles engarzadas con el pretexto de la fantasía, un final bañado en sangre con los cuerpos de los rebeldes, terribles en su venganza y en su miseria, cansados de tanto batallar, cuando le hacen saber al capitán que su hijo no sabrá el nombre de su padre y que su final será tan oscuro y sin ruido como el de la mandrágora convertida en cenizas entre las brasas de la chimenea del campamento militar.

El laberinto se cierra otra vez y entre los sueños de ella y las lágrimas de Maribel Verdún, la niña descansa con la furia de la bala atravesándola. Guillermo del Toro escribe, produce y dirige. ¿Dije ya que Volver estaba fantástica? ¿Que un espectador no pudo contener un espasmo de gloria–que arrancó carcajadas en el silencio espectante de la sala- ante el espectáculo en el espejo de las portentosas tetas de Penélope?

Los jurados que decidan el Oscar a la mejor película extranjera se las van a ver difíciles entre las memorias de una madre que no ha muerto, un fantasma que no es sino el capricho de una vieja sacudida pero incapaz de reaccionar y defender a su hija ante la infidelidad y el incesto de su marido; y esta historia de rebeldes y de malos, de faunos y de doncellas perdidas en el laberinto, de libros que escriben historias invisibles, de reinos perdidos y recuperados. Pero Almodóvar ya se lo llevó dos veces asi que casi seguro que el Oscar se va para México, para el Laberinto y para Del Toro, premio merecido y con retraso para el hombre detrás de Hellboy.

Mens sana in corpore sano


No había escrito nada en el blog sobre las interminables mañanas de gimnasio en Lehman College, que empezaron cuando mi madre (siempre las madres) llegó a Nueva York en agosto del 2006 y con una sola frase me tiró al suelo: ¡ESTAS GOOOOOOOORDO!

Así que, empecé a comer mejor e ir al gimnasio. Hace mucho tiempo que no me metía en este tipo de rutina diaria. 30 ó 40 minutos de abdominales, carreras en la faja y un poquito de pesas. En Lima lo combinaba con un par de vueltas a La Molina en bicicleta, pero el clima en este momento no lo permite.

Al principio la idea era jugar tenis, pero una pequeña lesión en los músculos de la pierna izquierda, han impedido que me transforme de nuevo en el Agassi que yo era en mi adolescencia (bueno, exagerando. Un poquito. La verdad es que no jugaba tan mal a los 15…)

Regresando a Nueva York después del descanso de año nuevo, y gracias al empujoncito de Frances que es una water rat como yo, empecé a ir diariamente a la piscina temperada de la universidad. Qué placer.

Así que ahora, combinado con el gimnasio, tengo una excelente rutina de 7 a 10 vueltas cada tarde en la piscina olímpica (dependiendo del cansancio). No está nada mal. Uno se siente mejor al terminar de nadar, todo el cuerpo se relaja. Totalmente recomendable.

Claro que hay que seguir trabajando en el peso. Si bien estoy 6 kilos por debajo de lo que pesaba cuando mi madre me atacó con esa frase concluyente. Incluso hasta me bailan los jeans talla 31. Hoy en una revista vimos que el green tea ayuda a bajar el porcentaje de grasa, así que ese va a ser el próximo ingrediente de la dieta diaria, un poquito de té verde todos los dias.

Y ahora que el invierno-gracias al calentamiento global-está bastante moderado,y que la pierna se ha recuperado completamente de la lesión, estamos buscando unas canchitas de tenis en el Bronx para empezar con el raqueteo. Porque no hay deporte más bacán que el tenis, para jugar de a dos.

La mejor manera de empezar el año

Siempre pensé que la mejor manera de empezar el año era en una casita de madera frente al mar. O, en todo caso, en una carpita acogedora frente al mar. Siempre frente al mar.

Que sorpresa darme cuenta que uno de mis mejores fines de año, lo he pasado al lado de las montañas, bastante lejos del mar. Bueno, eso sí, en una casita de madera.

A Frances la conocí en mi clase de graduados en literatura inglesa. Ella es profesora de inglés en la universidad Bronx Community College de CUNY, graduada en educación de Columbia University y actualmente una indecisa que no sabe si hacer su doctorado en educación o en literatura (parece que literatura va adelante en las apuestas).

“La conocí vendiendo ají en La Parada” dice el valsecito criollo. A Frances la conocí mejor cuando la invité a bajar a la cafetería de la facultad a comprar un cafecito antes de la clase. La conocí mucho mejor cuando le pregunté (oh valiente yo) si conocía algún restaurante de sushi en el Bronx. Dio la casualidad que su restaurante favorito es uno japonés en su barrio, Riverdale. Da la casualidad de que uno de los barrios que me gustan más en el Bronx es Riverdale. Así que nuestra primera cena juntos fue un sushi en Palace of Japan en Riverdale. Nuestra primera película fue Volver de Almodóvar en el Lincoln Cinema y la primera vez que nos doblamos de risa juntos fue escuchando El Burrito Sabanero (Tuki, tuki tuki tuki) en un restaurancito de Riverdale.

A pesar de todas esas buenas coincidencias, no pensé que, apenas 12 días después de habernos conocido mejor (es decir: besado, etc, etc, etc) iba a pasar junto a ella uno de los mejores días de año nuevo de mi vida, en una casita de madera en las montañas (de Nueva York), conocidas como los Catskills Mountains, que si bien son una broma de tamaño frente a las cordilleras andinas, igual tienen su encanto.

La mejor mañana fue el desayuno de año nuevo, en la casita de madera, con unos delicados aperitivos en base a caviar y salmón ahumado y un sufflé que al parecer es la envidia de toda la región. El 2 de enero volvimos a NY, pasando antes por un pueblito que se hizo famoso allá por la década de los 70s: Woodstock.

Woodstock es lo más alucinante de la zona, con su colección de casas de hippies diseñadas y construídas por sus dueños, su festival de cine independiente y sus cafés que dejan respirar aire a libertad y a campo, a sólo una hora y media en automóvil desde la ciudad de Nueva York. Camino de regreso, pasamos por Ashokan, un gigantesco reservorio que es el principal surtidor de agua de la ciudad de NY y que parece un fabuloso lago artificial donde, previo permiso y licencia, se puede pescar truchas.

Así empieza el 2007, con una compañera que sonríe con los ojos, que prepara unos panqueques deliciosos, que se ha vuelto adicta a las tardes de natación en la piscina de Lehman y a los sandwiches de prosciutto en Little Italy en el Bronx; y que disfruta leyendo los argumentos de mi monografía sobre Ezra Pound y William Carlos Williams y se emociona cuando la llamo para decirle que encontré un paralelo entre Cien Años de Soledad y unas notas que encontré rebuscando en el diario de Mircea Eliade. Allí está el mar otra vez, alrededor de esta ciudad inmensa. Si no es el mar, es el agua de este río Hudson que veo ahora, en este atardecer desde la ventana de un apartamento en Riverdale, con el sol poniéndose en sus aguas templadas gracias a las temperaturas moderadas de este invierno de mantequilla.

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