El toro ha caído al suelo con estrépito y a su caída se han iluminado los postes que llevan hasta el paredón.
Allí han asesinado a muchos de los avaros, los han metido en bolsones de yute y han vaciado las metralletas en su carne.
Las bolsas de los avaros ruedan cubiertas de sangre por las calles mal iluminadas de la ciudad, algunos detectives empiezan a seguir sus rastros pero ninguno puede dar con las huellas de las manos detrás de los gatillos. Todos llegan hasta el sonido del toro y en vez de contentarse con un espectáculo tan horrendo y vistoso al mismo tiempo, se vuelven avaros y quieren solucionar los crimenes.
Siempre terminan sorprendidos en una esquina y en bolsas de yute, donde esperan la muerte hasta el amanecer.
Érase una vez un hombre, cómodo de brazos y de ojos, bello de piel y armado de voluntad ligera. Difícil de convencer, valiente, vigoroso y talentoso para resoplar vida y espantar los muertos.
Vivía en una isla y resoplaba por las mañanas su café, adornaba de humo caliente las escaleras de los autobuses, las gangrenadas estaciones del metro. Cogido de los pasamanos turbios de los carros de los trenes frenéticos, caminaba por las calles llenas de humanos como él. Vivía bien, comía bien, amaba los libros y los paisajes urbanos, las pequeñas cosas que sucedían entre las comisuras de los edificios, a las sombras de las nubes que entretenían sus mañanas pausadas de media semana.
Sus pasos eran pequeños y su tiempo bien dispuesto le daba para conseguir dinero, conseguir placer, entretener el alma y el cuerpo. Ambos eran poco exigentes: su angustia de conocimiento se calmaba entre las mil y una historias de los anaqueles pesados de las bibliotecas; y el cuerpo se aligeraba de culpa con charlas largas con mujeres hermosas, tardes de cine y camas tibias donde purgaba las pasiones con fervor de aficionado y; algunas veces, la sangre se le calmaba sólo con la contemplación del pasado, la revisión de viejas fantasías, la paciente búsqueda entre memorias amarillas en otros continentes y en otros años de su vida.
¿Ambicioso? No lo era. Si bien le gustaba imaginarse todopoderoso y eligiendo sus playas y sus vuelos de verano. Sabía que las pocas cosas que lo hacían realmente feliz no tenían precio y estaban muy al alcance de su mano. Era independiente y fraterno, simple en sus gustos y en su apreciación de la vida que lo había tratado mejor que lo que él la había tratado a ella: todas sus cicatrices eran auto infligidas, marcas con algo que decir, pacientes testigos de sus búsquedas.
El hombre conoció a una mujer. Vestido de largo traje y con libro en los bolsillos, una noche el hambre lo colocó en el lugar indicado y encontró a la muchacha que dirigía a las multitudes y examinaba a los viajeros. Se acostaron en Navidad, le hizo feliz su olor a hembra y a ella le encantaron las cosquillas que ablandaron las dudas de su departamento. Examinaron las cuerdas del puente de Brooklyn viendo pasar los galeones para turistas. Se dieron la mano al final del camino, cuando ella respiró deseo en su oreja por última vez. Enderezó sus huesos y le prometió mejorar sus opciones en un próximo encuentro. El amor se convirtió en su excusa.
Érase una vez un hombre que nunca usaba los dedos para saber de dónde venía el viento. Una isla lo veía salir por las mañanas agarrado de los bolsillos del pantalón, lidiar sin pasiones por los asientos vacíos de los autobuses, concentrado más en la lectura; y caminando por las veredas ligeras al lado de las tiendas, los cafecitos, las puestas de sol que devoraba algún río más allá de las puntas de los edificios que lo cobijaban.
Érase un hombre convencido de que nunca jamás podría ser una isla.
Foto:Flickr.com
Una sábana roja y una sábana blanca. Ojeras al levantarse. El enjuage bucal. Las bragas, la blusa rosada, el lino de los pantalones ajustados. Llueve ¿Cuántas veces ha visto llover en esta ciudad? Nunca. Así que no debe estar lloviendo, debe ser un lapsus del clima,una anormalidad de aquellas que sólo suceden en Lima.
Calienta el café. Sentada en la cocina trata de recordar la noche, su respiración entrecortada, la suya, sus besos, los suyos. Hay que ver las maravillas y las pesadillas que provocan dos jarras de cerveza. Y sin embargo, se había tragado conscientemente todas sus mentiras, había sonreído con cada estafa, después de cada piropo subido de tono. Había deseado, lógico, desde que lo había visto sentado en la mesa después del concierto, había deseado acercársele y mientras hablaban había empezado a imaginar la historia de su romance. Breve, pero intenso. El mejor director de televisión que había pisado el suelo patrio, la mejor productora que había parido esta tierra. Dos seres con ambición por primera vez juntos en la cama. Tenía que ser una experiencia con la combinación más letal de dos torrentes de adrenalina.
Sus amigas habían desaparecido entre sonrisas y besos, no le habían tomado ninguna seriedad a su pedido de que se quedaran. Los dejaron solos en el centro de la noche. Las callecitas empedradas del bulevard, las gradas resbalosas y la madera enmohecida del puente. Un calor cargado de voces que les llegaba desde los puestos de picarones y el ruido del mar. Hay tres maneras de enfrentarse a los problemas, las tres son saladas: las lágrimas, el sudor y el mar. Y se vio a si misma, debajo de la lamparita de noche en la madrugada, subrayando el párrafo de Dinesen, mientras miraba el océano y se daba cuenta de que dependía de su voluntad y de su ambición, el dejar de llorar.
–Tengo que irme, dijo el galán, el estafador, el chanta, el miserable. Apenas si se había calentado. Apenas si entraba en forma, preparada para la segunda, la tercera, la cuarta ronda. Y el mejor director de televisón le editaba la faena con brusquedad. Buscó y encontró, el anillo dorado que no había tenido ni siquiera la decencia de sacarse. Que ella tampoco había querido ver a la luz de la cruz de Chorrillos que le hacía recordar un matrimonio formal y emparentado de flores, toldo árabe en jardín interminable, un verano en Europa con promesas eternas y la madera del cajón y la bóveda del mausoleo donde el cuerpo de su amado se habría descompuesto con rapidez. Han pasado tres años. Ya está el café.
Estaba lloviendo. Eso si era novedad. Nunca, nunca había visto llover en Lima. Grabación a las once. Se colgó del hombro su mejor cartera, no se olvidó el celular. De la mesita al lado de la puerta del apartamento, recogió sus mejores lentes oscuros. Tenía que abrir otra vez la puerta, salir a la calle, manejar hasta el canal. Pensó: tengo que viajar.
A Teodosio Moreno, algunas veces, cuando se deja vencer por la necesidad animal de la carne económica de Lima, y desbarata la billetera en polillas de diferentes colores en los prostíbulos y cabaretes de Miraflores, San Isidro y Barranco ( en ese orden), le da por llamar a sus viejos amigos del colegio e invitarlos a perder la noche frente a una botella de wisky.
Se gasta mil quinientos, dos mil dólares en el fin de semana y regresa otra vez a su rutina de académico, a sus reuniones de facultad, a la enojosa tarea de pertenecer (sin quererlo) a esa pequeña mafia de intelectuales latinoamericanos neoyorquinos que decide lo que es y lo que no es literatura en español en los Estados Unidos.
La última vez, sus amigos le preguntaron por qué no se mudaba definitivamente. Saboreando el último sorbo de wisky en su vaso, a Tedosio le salieron estas palabras:
-El Perú es un país tan interesante, que resulta una pena si no lo puedes observar con la perspectiva especial que sólo te da la distancia.
Tanto le gustó su respuesta, que decidió invitarle a sus amigos una ronda más.
Le habla a los paraderos, le conversa a las bermas centrales y tiene largas charlas con los carteles al lado de las avenidas. Los peatones no le prestan demasiada atención, lo ven detenerse por las mañanas en su convertible, bajar la luna y empezar la cháchara de cada mañana.
A veces la policía se acerca, le pide que avance, que no bloquee el tráfico. Sin embargo ya las oficiales de turno lo conocen, le sonrien, tratan de no decirle nada sino es indispensable, saben que si se lo piden, él pedirá disculpas muy cortesmente y seguirá de largo. A algunas les gusta. Tiene la corbatita bien hecha, siempre bien peinado y parece joven. Una edad no muy determinada que lo puede hacer parecer de veintitantos como de treintaytantos.
La guardia Rosa no sabe nada del loco del convertible hasta que le asignan ese cruce un fin de semana y lo ve al muchacho pegarse a la vereda, bajar la luna y empezar una charla de negocios con el paradero. Trata de no distraerse. Ve que las combis se hacen a un lado, lo ignoran y siguen de largo. Diez minutos después, cuando se desocupa, se acerca con la intención de botarlo o de extenderle una multa. El muchacho se distrae un segundo para admirar el uniforme pegadito y curvoso de la guardia Rosa. Se enamora de su nariz pecosa, de su cabello enrulado y su ligero acento norteño. Le mete floro: (de dónde saliste tú muñequita…) y la oficial le zampa una multa en el acto y le pide furiosa que se mueva. Cortesmente el muchacho se retira después de preguntarle su nombre. «Rosa» le dice ella, sin mirarlo, mientras regresa a su caseta sobre el cruce de las dos avenidas.
Esa tarde al llegar a la estación, la espera un enorme ramo de flores con su nombre. Dos compañeras se acercan para decirle que el loquito del convertible había aparecido personalemente y que les dijo que le avisaran «por favor, que la esperaría en la cebichería a la vuelta de la esquina».
Rosa no creía en escenas románticas. Siempre se había esforzado por ser una buena policía. Aún recordaba el mal gusto en la boca-literalmente- de un capitán casado y panzón que con el cuento de haberse enamorado de ella, la acorraló en el baño de mujeres del puesto y luego amenazó con embarrarla si se quejaba o abría la boca. Su primer enamorado la había dejado cuando decidió vestir el uniforme y ella por decisión propia se había distanciado de las polladas y fiestas patronales donde solía ir de enamorada. Una oficial machona se le había acercado muy fresca a interrogarla si era lesbiana.
Pero qué más da pensó Rosa. Fue a la cebichería y conoció al loquito del convertible. Parecía un tipo normal. Escribía. Historias cortas para él, y reportajes en inglés para una revista de deportes de aventura australiana. Hablaba con las cosas. Desde siempre, se lo había recetado un sicólogo para curarse la depresión.
Rosa se enamoró de él. A los siete meses de estar saliendo salió embarazada y ante su sorpresa el loquito del convertible le dijo que se casara con él. Le hablaba todos los días a la barriga de Rosa y manejaba su convertible por la ciudad conversando con los troncos y los matorrales. Una tarde le pidió que dejase la policía y se fuese a vivir con él a su casa en los cerros, tras una cerca enorme, al lado de un piscina y vista privilegiada de la ciudad.
Los tres fueron muy felices.
El vaso de agua se ha desvanecido. Treinta muchachos y muchachos y nadie sabe a donde fueron a parar las llaves de la única cama.
Rodrigo le dice a Jimena que la desea y ella no sabe que hacer porque la habitación está cerrada. Hay trece casos similiares alrededor suyo. Alguien se ha encerrado en el baño y entre el ruido ligero de la música se siente que algo sucede.
El vaso de agua descansa vacío sobre el aparador. Alguien respira satisfecho entre las cubrecamas amarillas, sin intención de abrir, con ganas de quedarse allí hasta la mañana. Otra pareja entra apurada al baño, los demás empiezan a formar su cola.
Necesita conversar, decir algo. Por eso marca con desesperación el teléfono y abruma a sus amigos, que ya ni se molestan en contestarle. Antes le abrían las puertas de su casa, la invitaban a cenar. Algunos de ellos la acompañaban a la biblioteca y al cine. Iban de compras, salían a pasear y compartían risas al mediodía y a la medianoche.
Pero de repente ya no quieren contestarle. ¿Se han cansado de verla? se pregunta Miranda. O se han cansado de escucharla, que no es lo mismo. Ella prefiere pensar que simplemente es algo pasajero, que no tiene por qué llorar
A Teresa le gusta hacer el amor en la habitación de las visitas. Hay algo que hace vibrar su piel en ese cuarto semi oscuro donde nadie duerme desde hace tantos años. ¿Qué es lo que mueve a Teresa a regresar una y otra vez a la penumbra de la habitación encerrada con sus amantes? Allí ha estado la cama desde siempre, abandonada. Las pocas veces que se mueven sus resortes son cuando Teresa aparece con la novedad de una pareja y se los lleva por el callejoncito del patio, entre las buganvillas. ¿Tal vez le excite el sonido de la cerradura oxidada? ¿Tal vez le despierte algún instinto dormido el aroma de las sábanas guardadas, el fuerte aroma de humedad? No lo sabemos. Todo parece perfectamente claro en la vida de Teresa, que ha ascendido con prisa en la compañía francesa de empaquetados y comestibles. Aún no tiene treinta años y ya sus amigas le pronostican un futuro brillante. La ven de presidenta de la sucursal de la empresa. Teresa es de modales antiguos, de lenguaje directo y muy bien educada. Es educada incluso cuando guia a sus parejas temporales debajo de las matas entre el patio, hacia el cuartito oscuro y cuando los fuerza a desnudarla de determinada manera, mostrándoles la guapa grupa, arrodillada sobre el colchón de la cama de visitas. Teresa exige que le hagan el amor terriblemente incómodos –los amantes–en ese cuarto donde se le debe haber perdido algo. Fuera de eso, todo es muy normal en la vida de Teresa. Incluso sus orgasmos en aquella cama no se diferencian de los que planifica en los mejores hoteles de la capital, después de las estresantes reuniones de directorio o en las visitas de los presidentes de las sucursales extranjeras. Uno de ellos la ha descubierto mirándolo entre las mociones de uno y otro ejecutivo y la ha seguido hacia los sevicios. Se ha besado con ella como un animal, ha apretado los puntas endurecidas de sus pechos y se ha regodeado en la entrepierna húmeda mientras levantaba a Teresa contra la pared del lavabo. Pero ella no lo ha dejado ir más allá, se ha contenido y le ha pedido entre suspiros muy agitados que se detenga, se ha despegado de su abrazo de saliva y de sus dedos inquietos y engreidos entre los labios, porque necesita llevarlo primero a que conozca un cuarto determinado, el cuarto de visitas de la casa de sus padres.
Con un giro violento le reventó la cabeza con el palo de golf. ¿Por qué? Es lo que todavía se preguntan sus amigos, acostumbrados a sus amables respuestas y a sus aburridas conversaciones literarias. El detective, hombre de cafecito y lengua pausada, el que lo llevó a juicio y le consiguió la pena de muerte fue quien les dijo «a veces pasa», como si se tratase de casualidades con las que debe lidiar todos los días. ¿Y quién sabe? Tal vez. Nadie estaba en la cabeza de Sócrates Gimenez para decirnos lo que le acosó, molestó, lo que lo hizo temblar de furia y decidir estampar el tiro fijo al cráneo con la punta helada de titanio en la sien de su ¿enemigo? Ni siquiera eso, el finadito y Sócrates eran excelentes compañeros.
