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The New York Street

Un blog lleno de historias

«Eat. Drink. Be Irish»17 de marzo

Foto Jamienyc/Flickr

Una horda de jóvenes vestidos de verde. Antenitas de vinyl verdes. Tréboles de papel color verde, camisetas verdes y de pronto un gordo sonriente que camina con su madre ( o su hermana mayor) y ambos con un polo blanco y un lema estampado en el algodón: «Eat Drink Be Irish» (letras verdes).

Saint Patrick’s Day.  Alguien se equivocó de santo allá en Lima, este es el patrón que nos tocaba. Todos y cada uno de los miembros de la legión que se desparramaba esta mañana por el estacionamiento de la estación de trenes de Croton Harmon tenía una cara que decía: «Hoy voy a emborracharme hasta vomitar». ¿Nada nuevo no? Tengo muchos amigos que salían todos los fines de semana con esa misma cara, sin santo patrono por el cual brindar.

En el bar de nuestra ciudad las puertas se abren hoy a las 7 de la mañana para ofrecer «Kegs and Eggs» un apetitoso desayuno irlandés combinado con una de las más sabrosas cervezas: Guiness. Una espléndida ocasión para acordarnos de todo lo que le debemos a Irlanda. Bastó leerme la última novela de Vargas Llosa para saber que si no hubiera sido por la furiosa tarea de un irlandés en la Amazonía peruana, Roger Casement, miles de indígenas de tribus selváticas hubieran perecido quién sabe durante cuantos años más, ante la vista y paciencia de los pobladores de Iquitos quienes aún siguen añorando la dorada época del caucho cuando aquella era una ciudad llena de moda y privilegios basadas en la explotación de los nativos, esos seres humanos que despectivamente aún muchas personas en el Perú llaman «los chunchos».

Pero como fan de la buena literatura, le debo muchísimo a Irlanda. Empezando por ese magnífico libro satírico: Gulliver’s Travels de Jonathan Swift, hasta esa maravillosa novela llamada The Portrait of an Artist as a Young Man de James Joyce. Y seguro que mucha de la buena poesía que se ha escrito en el siglo XX ha sido un tipo de respuesta a W.B. Yeats–empezando por Joyce y terminando con Seamus Heaney (con quien tuve una suerte de complicada experiencia al escucharlo leer en Manhattan), quien aún me fascina cuando lo escucho en CD leyendo su versión del  Beowulf.

Además ¿Qué tipo de persona sería yo si no hubiera escuchado a U2? With Or Without You, Where the Streets Have No Name y Sunday Bloody Sunday son casi las únicas canciones cuya letra en inglés me memoricé cuando era un púber y aún las considero mis «canciones emblemas» para el amor, para la soledad y la libertad; y para la ira contra las injusticias (en ese orden). Los vi el año pasado en New Jersey y disfruté cada una de las canciones como un chancho. Y por último, Ulysses de Joyce, esa novela que estamos leyendo en el Graduate Center todos los lunes con el profesor Epstein y que me hace evocar cada semana a Dublín, con Epstein muy cocho–demasiado–recitándonos todos los chistes, explicándonos todos los dobles sentidos y cantándones las canciones satíricas populares que enriquecen y complican al mismo tiempo el texto de Joyce; o recordándonos su primer paseo por Dublín (allá por 1950), su ascenso a la torre Martello, sus paseos por Sandymount Strand, sus aventuras por las callejuelas de Dublín, que hoy no se deben parecer en nada a las que caminaba Mr. Leopold Bloom.

Así que le debemos mucho a Irlanda, aunque sea esa sana tradición de emborracharnos en olor de santidad. Feliz Saint Patrick’s Day. Come, diviértete y emborráchate. Sé irlandés or Póg mo thóin

(Actualización (12:49 p.m.):el cartero ha llegado a la casa con un sombrero verde tamaño extra large, con un trébol amarillo pegado al frente. Y después de entregar la correspondencia supongo que se irá a chupar. El cartero también tiene derecho.)

En un bus

Podría empezar con la primera vez que la vi.

Hacía calor y su blusa dejaba ver  el color de su ropa interior. Llevaba una falda ajustada y unas medias oscuras que apretaban sus piernas. Se llamaba Paola. Me lo dijo cuando nos presentaron en el autobús.

A mi lado se había sentado un vendedor locuaz. Conocía el país de palmo a palmo y de lo único de lo que hablaba era de las mujeres que lo esperaban en cada pueblo.

–¿Te gusta la azafata? me preguntó. Sin darme tiempo a decir que sí, la llamó y nos presentó. Ella me dedicó una sonrisa y sus bucles negros taparon una parte de su rostro.

–¡Mira que señor culo que tiene! Y creo que le gustas…

Reí, haciéndome el desentendido. Conforme seguimos viaje, a Paola se le fue desarreglando el uniforme y pronto la vi con un botón desabrochado, por donde se veía su largo cuello y el principio de su busto.

Tras unas horas de viaje, me trajo un regalo. Había  comprado unas cañitas dulces. Frente a la mirada inquisidora de mi compañero de asiento, Paola me las entregó, diciendo que pocas veces le tocaban pasajeros tan simpáticos.

–»Ay, le gustas, le gustas, hermanito», me dijo mi compañero,  mientras me codeaba y yo mordía mis cañas una a una, mirándola pasar.

Así se pasó la tarde en el bus. Bajó un poco el calor y Paola se acercó una vez más a buscarme conversación. Le conté algo sobre mi vida pero la presencia de mi compañero –que fingía leer un periódico– me avergonzaba.

Nos quedaban unas cinco horas más de viaje cuando nos detuvimos a cenar. Era un restaurante campestre muy descuidado, al lado del camino, enmedio de una selva de bananos. Mi compañero dijo que le había alegrado el viaje y que quería invitarme la comida. Escogió una mesa y nos sentamos. Mucha gente ordenaba al mismo tiempo, el servicio se demoraba,  y entonces aproveché para escaparme hacia los baños. Fui buscándola. No pensé encontrarla cerca de la puerta de los servicios, ni que ella me pusiera un papelito doblado en la mano y que con voz discreta me dijera: “Léelo cuando tengas un tiempo ¿sí?”

Me metí al baño, corrí el seguro y desdoblé el papel. Lo leí:

“Eres el pasajero más lindo que he atendido en mis viajes, espero que nos mantengamos en contacto y que podamos ser amigos”

No pude cenar pensando en cómo deshacerme de mi compañero de asiento. Apenas si escuché sus historias: todas tenían que ver con mujeres preciosas, amantes que lo esperaban en pueblos de miseria con la cama destendida y la comida lista. Paola estaba sentada al otro rincón del comedor, en una mesa especial con el chofer y la tripulación. Cuando llegó la hora de subirnos al autobús, allí estaba ella otra vez, mirándome con calor.

Oscureció pronto. Me hice a la idea de que sería otro viaje sin contratiempos. Pensé que unas horas después entraríamos al terminal terreste y yo proseguiría con mi viaje. Tal vez ella me daría un teléfono y podríamos vernos luego. Mi compañero de asiento estaba distraído haciendo anotaciones en una libreta. Sospeché que Paola estaría en los últimos asientos, al lado de los lavatorios. Pedí permiso y fui hacia allá.

Estaba sentada pero no sola. Conversaba con uno de sus compañeros. Abrí la puerta del baño y me metí.

Sentía el traqueteo del carro mientras espiaba por la ventanita del lavabo el paisaje de plantaciones entre las cuales se abría paso la carretera. Pensé complacido en que por lo menos me había atrevido. No podía hacer otra cosa que esperar llegar a la ciudad.  Traté de animarme: si tenía suerte tal vez saldría de los baños y la encontraría sola. Pero si aquello sucediera ¿Qué le diría? Resignado a cualquier cosa, abrí la puerta y salí.

Allí estaba Paola, sola. Iba sentada en ese último asiento del autobús, pegada a la ventanilla. La saludé, ella hizo un ademán con los ojos y me senté a su lado.

–He leído tu carta. Quería decirte, que tú también me gustas mucho.

No era un discurso planificado, fui sincero y directo. No había planeado besarla ni que ella aceptara mi lengua que presionaba contra su paladar. Tampoco planifiqué que mis manos siguieran su propia dirección, apropiándose de sus pechos, ni que continuaran camino –provocándole un estremecimiento– hacia ese destino debajo de su falda. Mi boca sostenía la suya en un beso que nos arrancaba todo el aire.

Unas horas antes, había estado en ese mismo autobús sin saber cómo iniciar una conversación. Ahora, luego que mis dedos encontraron la ruta, le pregunté sin reparos si le gustaría complacer un deseo.La escuché murmurar algo que yo desconté como una afirmación. Luego sentí el calor de su boca, grande y tornasolada, donde se derramaron mis primeras tímidas gotas.

Recuerdo con claridad el ritmo frenético de esas horas, la calentura que me estremecía esa noche. Paola ya no era ella: en la oscuridad del autobús la vi bajarse las medias y la sentí dejarse caer sobre mí.

Apenas había luz, si bien se podían ver las espaldas y las cabezas de los pasajeros en los asientos. No supe si dormían, ajenos a lo que pasaba en la última fila; o si es que prefierieron ignorarnos. En ese momento, mientras ella y yo practicábamos un rito al que algún tipo de deidad nos había predestinado, nadie pareció percatarse de nosotros.

Un timbre sonó de improviso y una luz se encendió entre los asientos, muy adelante. Paola se subió las medias, se acomodó la blusa, la falda, y me susurró al oído: ya vuelvo. Se fue por el pasillo regalándome una visión. Regresó luego de unos minutos para acomodarse con velocidad. Y mientras copulábamos como salvajes, yo apreciaba las curvas fascinantes de su espalda, esforzándome por fotografiarlas para siempre en mi memoria,  repitiéndome a mi mismo: Nunca lo olvides. Estos recuerdos son los que hacen feliz a un hombre durante toda su vida.

Terminamos. Nos besamos. Se arregló la blusa y me ayudó a organizar el desorden dentro de mi pantalón. En la oscuridad la vi mirarme a los ojos. Un haz de luz entró por las cortinas arrejuntadas de nuestros asientos. Entonces ella me dijo: «Estamos llegando».

El desembarco

Eneas enmedio de la batalla

William Styron se llamaba, era arrogante y medía siete pies. Cuando sus manos azotaron las aguas de Normandía llevaba diez días desde que probara el último postre de manzanas de su madre y sin embargo su gusto aún era espléndido y su fuerza descomunal. Había crecido entre los atardeceres fértiles del lago Huron y los campos de frejoles negros donde aprendió el arte de la caza. Su padre le había enseñado a matar y también lo llevó hasta el puerto para despedirlo cuando marchó con su regimiento hacia la guerra. “Hazlo por tu patria, William” dijo el viejo Styron y William dejó atrás la leche de la madre, aspiró por última vez el aroma de la nación americana y subió con sus botas relucientes al barco. Irradiaba valor entre esas cejas tibias bajo las cuales descansaban sus ojos.

Habían pasado muchas tardes desde aquella primera en que empezaron a cruzar el océano y William había aprendido a ganarse el respeto de los hombres y sobre todo la amistad de un compañero del que ahora era inseparable. El fiel George Plimpton, querido, loco, siempre dispuesto a dejarse embaucar por la tosca felicidad animal y pueblerina de William. Buen jugador de fútbol como William si bien lo suyo no eran los deportes–en los que también destacaba sobre los demás hombres–, sino la guerra. Los compañeros miraban a William hacerse de las armas y aprendían, lo escuchaban hablar de América y aprendían. Se necesitaba tener la cabeza bien centrada y no tenerle miedo al futuro para hacer lo que él hizo: Decidió ser el primero en saltar a la playa de Normandía.

Y allí venían los americanos, haciendo bailar el agua de la playa,  jubilosos en el ánimo de la victoria, sintiendo la presencia de sus héroes cerca de sus hombros, levantando la vista gloriosa hacia su estandarte, bendiciendo las estrellas y las bandas, el trapo azul, blanco y rojo. Saltó y corrió hacia la playa sin que lo rozaran las balas, recordó que su madre lo había bendecido para que ésto no suceda. Con esa certeza levantó su arma, buscando los venados de Michigan escondiéndose detrás de las dunas de Normandía, y empezó a disparar. Así una bala fue a dar en la nuca del general Richard Kruspe, padre ejemplar, buen soldado, héroe nazi, que creyó volver a ver a su familia hasta que el trueno salido del cañón de William alcanzó sus muelas y la lengua se le volteó entre los dientes. De nuevo Styron dirigió su arma y sintió la voz de su madre, que amó a Lincoln alguna vez, que llenó la casa con retratos de Roosevelt, fuerte, mostrándole la dirección de las balas que salieron hacia los ojos del jugador de dados teniente Rudolf Diesel, buen amigo pero mal amante, y entraron por ambos y terminaron con sus sueños de bicicleta en las colinas de la alta Bavaria, con sus recuerdos al lado de su novia y su primer encuentro con Hitler, que le dedicó una sonrisa y le acarició el cabello. Diesel cayó pesadamente con la mandíbula partida y cubierto de sangre sobre la arena empapada de la playa. William siguió haciendo sonar sus botas sobre el agua, que se abría espantada a su paso; y apuntó a la garganta del capitán Lotte Reiniger, creyente del poder curativo de la cebada, que pensaba en los ojos de una puta francesa cuando lo alcanzó la bala y ésta penetró bajo el paladar y en el hueso del cerebro, hizo un hueco en el cráneo y salió hacia el cielo con las voces de sus memorias de una noche parisina y de cenas familiares con chocolate caliente. Cayó pesado el cuerpo de Lotte, que había ganado kilos desde la ocupación pero aún pensaba regresar a su vida militar en Nederselters; se torcieron un poco sus huesos y crujieron mientras caía reventado sobre la sangre de otros hombres que morían con él, otros buenos nazis, buenos alemanes.

Entonces lo vio acercarse a la playa Wermer Kohlmeyer, que venía ese día al encuentro de su muerte. Diecinueve años después que lo anunciaron a la vida las campanadas de la iglesia de Santa María en Geifswald; y en lugar de correr como el cobarde Karl Mai, hijo de Mittweida; Wermer le salió a encarar y le puso el fusil a Styron mirándole la cara. Pero había algo en la voluntad americana de Styron que no dejó que la bala lo alcanzase, o era como decía la profecía que bien conocía su madre,  que si bien su hijo William dejaría el cuerpo en esa guerra no era aún su hora; o fue quizá el aura invencible de los pioneros polacos que poblaron los Grandes Lagos y que guiaban la mano de William en su nueva lucha de independencia contra los soberbios prusianos,  que mejoraron los reflejos aprendidos entre las matas de maíz persiguiendo a los venados en Michigan, oliéndoles el rastro, los que espantaron las balas de Wermer para que Styron pudiese reaccionar y cargar su fusil contra el alemán, que no entendió como este gigante americano pudo evitar morir y lo esperó con los brazos a un lado, resignado, como se debe esperar la llegada inevitable de la muerte cuando se tiene suficiente valor, hasta que William Styron apuntó al pecho y las balas corrieron hacia el corazón del músculo sangrante y cortaron en dos los ríos rojizos que alimentaban su cuerpo, las venas tiernas del muchacho que había aprendido a ser más fuerte y más hábil en las peleas del sábado sobre los pajonales del establo con sus siete hermanos y que en las aulas de filosofía y de historia halló las razones para amar a su ejército y a su país, como lo quería su padre Gerd Kohlmeyer, próspero mercader de sal y como lo quiso antes que él su bisabuelo Sepp Kohlmeyer, herrero de los ejércitos prusianos, de quien decía la leyenda de la ciudad que había salvado de morir al rey, cuando éste intentaba escapar con su caballo tras una escaramuza de los suecos pomeranios.

Así cayó en la tierra pesadamente el cuerpo de Wermer Kohlmeyer y su angustia se sintió en las campanadas tristes de la siguiente misa de domingo en la iglesia de Santa María, que bañaron la tristeza de su familia, las memorias amables de sus maestros en Greifswald y se escucharon sobre las ondas lívidas de las cercanas aguas del Báltico, junto con las noticia de la irrupción de América en la guerra y los vívidos fantasmas de la derrota del 18.

Ya entonces, ciego de victoria, pisando con sus botas los restos de alemanes que murieron al principio de la incertidumbre con gestos en el rostro reconciliables seguramente con las dudas de su buen catolicismo; el giganteWilliam Styron miró detras suyo y vio los dientes bien alineados de George Plimpton, sus hombros dulces que giraban detrás de él esperando su abrazo y le sonrió para decirle que estaba salvado, que habían alcanzado la playa y que otra vez, mientras esperaban la llegada de la muerte, podían ser felices.

La gravedad (todo es tan relativo), 13 de marzo

Portada de la novela de Thomas Pynchon

Entre aquellos inofensivos–tan norteamericanos–letreritos verdes de la carretera también se puede morir. Horrible muerte por degollamiento-mutilación-instantánea. Quién lo diría. Allí están los carteles parados al lado de la autopista 95 esperando a sus víctimas. Esta vez fueron 14 noctámbulos regresando de un casino en Connecticut.

Manejando  hacia la salida 11 de la 287, rumbo a Port Chester. Voces en el teléfono desde Cajamarca: el carnaval. Las horas que pasan mientras leo y me piden un café, dos cafés. Las hojas que se pasan, los cuadraditos capítulo tras capítulo. Es Gravity’s Rainbow: matemáticas, fórmulas, personajes entrecruzados, trozos de vidas, símbolos de la guerra, voces, canciones, búsquedas entre los escombros, recuerdos, pedazos que arman el todo pero que se pueden leer como pedazos y como todo. ¿Qué son las memorias? ¿Qué son los recuerdos? ¿Qué es una risa? En la pista, frente a casa, en mi barrio, juego baloncesto y fútbol con un niño. Disparo con una pistola de plástico que arroja aritos de colores.

En Japón se esperan más desastres. Paz, tranquilidad, rebotes aquí y allá, malas noticias, buenas noticias. Cielo despejado, se va el frío, cambian la hora (ni bien se termina de deshacer el hielo ya hay que adelantar el reloj. Salvajada) ¿Qué es el pánico? ¿Qué es un terremoto? La foto de un anciano con los ojos entrecerrados al lado de los escombros; y la foto de unas ancianas en un botecito remolcado por un grupo de soldados, como si ellas fuesen las guardianas del templo, las portadoras de flores, las madres de la patria. Una voz me habla de Belgrado y de mirar atrás, de volver a hacer lo mismo, de olvidar, de mantener la distancia. Un e-mail en el teléfono–extraña sensación de leer el correo en la pequeña pantalla– me da muy buenas noticias desde una frontera en España.

Ya es de noche, pero de hoy recuerdo bien el silencio del pasto durante la mañana y la tarde, pasto que está allí, a la espera al verano. Recuerdo el cielo sin tormenta, calmado. Un lugar en el espacio, mi lugar. El lugar de tantos otros que miran y no ven lo que yo veo; o que no miran porque no necesitan mirar. Preguntas. A dónde nos llevan las interrogantes, las dudas, las ganas de triunfar, de llegar a donde nadie ha llegado.

Un mapa hecho solo de esperanzas. En esa foto de la ruma de los automóviles–uno sobre otro llenos de lodo– se puede ver miles de horas de trabajo, se pueden ver miles de horas de personas creando, imaginando soluciones a problemas, inventando problemas. «Dios está harto» dice alguien durante el almuerzo mientras observa el lodo que avanza sobre las casas y los puentes en el televisor. El viejo tema de la venganza. Como si ahora importara la venganza, como si pudiera el hombre sentarse a planificar una respuesta diferente a la perversa sensación de que, no importa lo que hagamos, todo está de muchas maneras enlazado con la carta marcada de la suerte.

En The New Yorker leo un artículo sobre uno de los alumnos de William James, Hall, descendiente directo de peregrinos del Mayflower, anfitrión de Freud y de Jung en su primer viaje a los Estados Unidos–fascinado por el psicoanálisis–y un mentiroso empedernido. Se debe a Hall la leyenda de William James encontrándose con Freud y saludándolo como  «un tipo muy sucio». Tal era la percepción de Freud entre los científicos erupeos de la época: el «cochino» de Freud y sus asquerosas teorías de interpretación de los sueños.

Notas sobre el libro de Pynchon: Imágenes, algunas fascinantes; información que se desplaza por la página amarrada con la ficción, con la descripción de estados de ánimo, de personajes que vagan enmedio de la guerra, de paisajes oscuros y mañanas iluminadas pero sin futuro. Como los inviernos fríos pero con sol. Esos soles magníficos que no nos calientan.

El prisionero, 12 de marzo

Photo: Kusi Semninario/Flickr.

Es una habitación sin luz. Más que un cuarto es una prisión, que huele a tierra mojada, a lodo, a montañas. Afuera, la lluvia no para. El sonido del agua sin control lo atolondra, éste se mezcla con el rugido del viento, con el de truenos y tierra que se desborda y precipita quebrada abajo. Debe ser el ruido del purgatorio piensa él. Allí está él esperando su minuto. De pronto, siente que detrás de la puerta de su prisión, alguien rasca la tierra. Empujan un pedazo de papel que se moja y se queda pegado contra el lodo. El prisionero se acerca gateando y lo coje: un pedazo de papel, un mensaje, piensa.

No ha visto comida ni agua en dos noches; tampoco ha escuchado voces humanas desde que lo empujaron a ese agujero de piedras y cerraron la puerta. Pero allí está el mensaje. ¿Esperanza? ¿de qué? ¿Por qué no abrir la puerta y darle la carta? ¿Por qué no decírselo en la cara? Enmedio de la tormenta, en la noche, un mensaje solo puede significar esperanza. Grita, por si el mensajero aún está allí. Se arrepiente de haber guardado silencio, ya el mensajero se ha ido. Solo escucha otra vez el sonido confuso de la naturaleza anunciando desastres.

El hombre toma el pedazo de papel con manos temblorosas. Sus manos están frías, todo su cuerpo tirita: aún así sufre de angustia. Por más que aguza la vista no puede ver: es en una ratonera, aquí los ojos no sirven. Se arrastra, pega su cuerpo enlodado contra la tierra, acerca el papel contra la ranura debajo de la puerta, por si encuentra ayuda en un rayo. No sucede nada. Solo escucha el sonido de un cauce violento y los troncos, las ramas y las hojas de los eucaliptos batiéndose a duelo contra la tormenta.

Tiene que aguantar su angustia, estirado en el suelo, sintiéndose un animal, consciente de que todo su poder está suprimido: su inteligencia, su buena voz, su capacidad didáctica, su buen juicio, su disciplina, su lealtad. Se aferra otra vez a la hoja de papel y sucede el milagro. Enmedio de las hojas y el viento viene la luz, como un flash consistente e intenso que por unos segundos ilumina, deja ver el arroyo que se mete en su cárcel y define con claridad los caracteres escritos en esa hoja de papel rayada, la letra bien caligrafiada en tinta negra, gruesa:

Chay hatun runakuna niwanchis mana allinkuna kanki nispa.

Paykuna wañuchinakunku ñoqanchisman juchawananchiqpaq.

Llaqtay masiy wayqeykuna chayqa ama t’athqaykisunkichu.

Wakchalla kanchinanchiskama paykunaqa juchachiwasunchis imamantapas.

Llaqtay masi wayqeykuna chayqa ama t’athqaykisunkichu.

Llapallan llaqtanchiskuna ñak’arin chay mana allin runakunawan.

Claros, bien definidos, los signos negros. Signos negros, signos negros: nada más. Siente venir a la desesperanza, cree que no va a poder moverse más aquella noche. Entonces se apaga la luz y aparecen retumbando los truenos que asolan esas sierras y cae por fin toda el agua y se lo lleva. Lo arrasta junto a las piedras y a los eucaliptos que no resisten el embiste, en pedazos, dando tumbos, por todo lo largo y profundo de la quebrada hasta alcanzar el río.

Resinápolis

Roco, el cantante de La Maldita Vecindad, aprueba los calzoncillos de Peter Parker

Tal vez las sábanas estaban calientes y sudadas aquella mañana de un primero de enero. Tal vez. Eso sucede con cierta frecuencia en Lima. No es ilógico suponer que la noche anterior yo había bebido demás. Eso también solía pasar. No recuerdo bien con quién bebí ni qué bebí. No recuerdo los colores de los licores, o de las mezclas, nichts de nichts. Tal vez haya sido un trago barato, y tal vez éste haya sido compartido con mis amigos de la universidad, porque eso era parte de lo que yo también hacía cuando se terminaban los años y yo aún no cumplía los 20.

Pero sí recuerdo que fue una idea feroz la que me hizo levantarme de la cama, coger un cuaderno que estaba a la mano y garabatear un personaje. Le puse granos, le puse lentes oscuros, le puse una camiseta de franela roja que era la que yo más usaba por aquellos años, le puse chancabuques y así nació El hombre Pus. Después bosquejé historias que fueron quedando incompletas, después terminé una, conseguí colaboradores, amigos interesados en dibujar y salió Resina.

Había pasado otro año, las copias iban engrapadas y eran muy malas. En ese primer número había un chamán que fumaba hierba y un dragoncito que quemaba pajaritos con el aliento. Después hubo una edición mejorada, sin nombre en la tapa porque alguien olvidó ponerlo en la imprenta en que nos lo hicieron gratis (la imprenta de la aviación militar peruana, nada menos) y unos años después, yo ya estaba sentado en las escaleras del Centro Cultural de la Católica, afuera del auditorio donde anunciaban a los ganadores del concurso de Calandria, repartiendo la Resina 3.

Pasaron algunos meses, y allí estaba Roco, el gran vocalista de La Maldita Vecindad, agarrando la Resina con una sonrisa, tal vez pensando que el Hombre Araña en calzoncillos había encontrado sus cinco minutos de fama.

Y esa es la historia.

Alguna vez esta historieta se publicó en la revista Shock de Bogotá (lo ví años despúes, rebuscando en los archivos. No sé cómo no se metieron en problems con los derechos de autor) Alguna vez la mencionaron en un artículo de Somos, a propósito de la película cuyo estreno ya venía. Alguna vez alguien escribió una reseña sobre Coiman y  El Hombre Pus en la revista Caleta, que yo siempre leía; y este historietista apareció en una foto bastante posada en la revista Phantom y en el diario El Mundo. Todas ellas, publicaciones que no sobrevivieron al cambio de siglo.

Alguna vez fui Resina ¡Sí señor! Y mi amigo El Mudo–traidor en las canchas, buen amigo en su Volkswagen amarillo–salió por allí con una chispa de ingenio y le puso el subtítulo: «Historietas para mentes cochinas». Esta revista fue mejorada con el diseño de mi compadre Rafo y las fotografías inspiradas, tomadas sobre una banquita, en el concierto de Leuzemia en El Sargento, de mi amiga Anahí.

Acabo de encontrar esta foto y me ha hecho sonreír. Ya no soy tan resina ¡Qué cagada!

Otro señor elegante que conversa

"Borges in Central Park" by Diane Arbus

Pipino Barrueta se ajustó la bufanda antes de salir de su departamento en Brooklyn. Había que verlo levantando esa chalina, apretándose los anteojos sobre el puente de la nariz e inhalando el aire frío de marzo como si estuviera frente al mar de Puerto Montt y quisiera succionar toda su australidad.

–Tienes que levantarte todos los días y leer a Borges. Subrayar a Borges, copiar a Borges, rezarle a Borges. Solo así conseguirás ser alguien, me dijo Pipino

¡Y yo lo sabía! Pero cómo hacerle caso a Pipino, si yo tenía la semana repleta con lecturas de otras asignaturas para mis exámenes y con el corazón disparado entre una hebrea colorada que leía a Faulkner y que me había despreciado después de hacer gimnasio (y en pantalón de buzo); una china españolísima que me citaba de vez en cuando en el aeropuerto y que a través del teléfono me hacía sufrir; y una colombianita cuatro ojos, lectora voraz de Og Mandino y de Paulo Coelho que despertaba toda mi ternura pero que siempre esquivaba–con delicadeza– mis indirectas.

Pipino no trabajaba, lo cual le daba tiempo suficiente para despaturrarse todo el día sobre su cama-escritorio  en el departamento prestado por uno de los amigos del doctorado;  para apuntar datos trascendentales en sus libretas; y leer, leer y leer.  A Borges supongo–nunca había visto en acción al erudito–, porque los cinco tomos en tapa dura de las obras completas del maese Jorge Luis ocupaban un lugar privilegiado en su habitación, junto con sus discos piratas de Bach.

Esa tarde Pipino me había llamado con urgencia para comernos un chifa y contarme algo importantísimo que había descubierto en un libro de Borges. La idea me fascinó porque yo también había descubierto algo en un libro de Borges, un dato que nadie conocía, que compartí emocionado con Pepino,  y que a la larga resultó que ciertamente nada ni nadie conocía, ni siquiera Borges. Algo que yo había soñado. Aquellos percances solían sucedernos entonces, en esas intensas tertulias literarias de invierno y bufanda entre Brooklyn, Manhattan y el Bronx.

Había un resturante chino barato a dos cuadras del brownstone de Pipino. El único problema es que por lo barato, mucha gente le abría las puertas durante el tiempo en que nos terminábamos el chifa, y el frío nos dejaba cual sudamericanos tiritantes, bien envueltos, eso sí, en nuestras bufandas GAP y en nuestros abrigos Banana Republic. Esa noche, mientras yo raspaba los arrocitos finales de mi special fried rice, Pipino me repitió una lista de autores, me llenó de datos y me contó anécdotas, en las cuales, de una u otra manera, ya fueran las secuelas de safaris accidentales en Kafiristán, o las peripecias de un británico disfrazado de peregrino en los burdeles de La Meca; siempre terminó usando como referente al «divino ciego». No a Tiresias, sino al coprogenitor del encarcelado sabueso Don Isidro Parodi.

Había que verlo a Pipino levantando la bufanda mientras devoraba los arrocitos;  ensañándose con el dedo levantado contra los malos imitadores de Borges. Pero donde más sufría el pobre Pipino–y yo viéndolo a él–era cuando empezaba a mirar a la chinita que atendía el chifa, una jovencita de intensas  trenzas negras, una criatura de sonrisa enigmática, con dedos ágiles para tomar pedidos telefónicos y ensamblar las cajitas donde iban el arroz y los tallarines de los pedidos delivery; que seguro entendía muy pocas palabras de nuestro inglés americano con acento autodidacta.

A chiquen frairais esmól an a wontonsúp esmól–decía ella en al auricular, mientras armaba las cajitas. Y luego la muchacha giraba hacia la cocina y repetía las órdenes en chino puro y duro.

Sé que Pipino la deseaba con pasión, perdidamente enamorado de su rostro, de su voz y de sus gestos. Era un amor imposible, crudo y sombrío, vasto y oscuro, fundado en una sonrisa al pasar, en cierto brillo en los ojos que él creyo ver la primera vez que pidió un pato pekinés, y que tal vez no supo interpretar. Casi estoy seguro de que Borges, viéndolo en esos trances, hubiera estado orgulloso de él.

Athos en Tanaka

Athos en uno de los pozos de Tanaka

Sacado de «Diario»

5 de enero, 6:31 pm.

Athos brinca y corre con la lengua desparramada y babeante. Salta sobre la arena mojada de la playa mientras que el brillo del sol hace de él solo una sombra. Una sombra que se agita sin control, que fatiga la orilla detrás de las gaviotas, que parecen tentarlo a alcanzarlas. Él cree que casi lo consigue, que depende de su fuerza y de su constancia alcanzar a esos pájaros que levantan vuelo cuando parece que ya los coge…

El escritor observa a cierta distancia y acepta que fue una buena decisión traerlo a la playa. La algarabía de Athos se le antoja como parte de otras sensaciones placenteras y de ideas felices.

Ha sido un buen tramo de caminata desde el pozo–donde se han refrescado, abriendo los ojos bajo el agua helada. El sol, amigo reposado y gualdo, los ha acompañado. Se fija en las huellas que dejan Athos y él sobre la arena y se siente como un cerdo feliz, disfrutando de la desconexión total del verano y de la irresponsabilidad. Además, presiente que aquellos instantes de dejadez completa guardan la semilla de sus próximos libros, que aquella caminata es parte de la investigación, que la alegría de Athos es en gran parte creativa, que sus cabriolas a la caza de las gaviotas también son impulsos de su imaginación.

El ranking del verano 2011

Pelícano sobrevolando el mar de Silaca. Enero 2011

Alguien murmura que faltan solo 15 días para que se acabe el invierno. Yo pienso: ¡Qué bien! Sin embargo me queda la agradable sensación de haberle robado un mes a esta temporada de hielo, gracias a ciertas imágenes del verano en el Perú. Aquí está mi lista de las mejores:

1) La brisa entrando por la ventana de la sala del depa de la tía Chela en Surco.

2)Manejando con Frances hacia la casa de Sandra, pasando frente a los edificios iluminados de la avenida El Golf Los Inkas.

3)La mirada de una amiga, en un encuentro inesperado en el Jockey Plaza. Sorpresa ¿10 años tal vez?

4)Mamá manejando en las calles del Callao. Un poco tensa, sorteando los huecos de la avenida Gambetta.

5)El estante de la Roca, lleno de libros, en su depa en La Punta. Una sensación de vivir con mucho espacio, llena de luz.

6)Las botellas de dos litros llenas de agua, en los techos y en los frontis de casonas antiguas de La Punta.

También tienen aquí mi ranking de las mejores comidas del verano 2011, rankeadas según el recuerdo de las imágenes  y de los sabores asociados a estas:

1)Corvina completa sobre plato de papas fritas en «Doña Flor y sus 40 traileros» en Agua Salada.

2)Cerdo cocinado al barril, servido bajo un enramado en Silaca

3)Un barquillo, recién sacado con el nejo, trepándome sobre las peñas del Pozo de los hombres en Silaca.

4)Arroz con mariscos en La Punta, Don Giuseppe.

5)Picarones con malta Cusqueña en Tradiciones, en La Molina.

6)Cebiche al lado del mar en el Regatas de Chorrillos.

7)Empanadita de carne en el San Antonio de La Molina Vieja

8)Queso fresco jaquino, en el desayuno en Tanaka con aceitunas secas y la salsa huancaína de Naomi.

9)Chelitas  (Cristal) con Nicolás y Roxi en el Maraca de Tanaka.

10)Cena de año nuevo en la casa de Lucho en Tanaka (con un hambre descomunal después de haber viajado toda la tarde)

11)Desayunos en el jardín de la casa de La Molina.

11)Camotitos fritos luego de parar en un grifo de la carretera, en el carro de Toño.

12)Quinua, trigo y sopita preparados por Regina, en Tanaka.

13)Empanadita de carne en la panadería de la avenida Los Ingenieros

14)Tacuchaufa en Miraflores.

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