
Uno cree que ya lo sabe todo, que más o menos se imagina como puede ser tal o cual cosa. Y de pronto vas al ballet. No es cualquier ballet, sino el American Ballet Theatre , una de las mejores compañías del mundo (segunda tal vez, luego del ballet ruso). Y la bailarina principal se llama Gillian Murphy, que entre quienes saben es considerada poco menos que una diosa. Y la obra es Cinderella de Prokofiev. Producción de estreno de ABT. Y jamás vi a nadie hacer arte bailando, volando por los aires, tocando el suelo sin tocarlo. Casi como la ópera pero en puntitas de pies. Anoche en el Metropolitan Opera, en Lincoln Center, aprendí a apreciar otro arte. Y me acordé del poema de Wiesse con epígrafe a Romeo y Julieta de Prokofiev, bailando el argentino Bocca y la italiana Alessandra Ferri.
Se puede escribir poesía bailando. Gillian Murphy y David Hallberg en los papeles principales. Y las hermanastras en puntitas de pies y demasiado tabas, robándose las risas y los aplausos, así como los hombres calabaza marcando la llegada de la medianoche y las hadas entregándole a la Cenicienta el más hermoso de los regalos: una zapatilla de cristal
Quienes esperaban que las nubes negras se marcharan hacia el oriente se sintieron defraudados. Siguieron su curso inevitable hacia el Sheep Meadow de Central Park y dejaron caer
la tormenta con furiosa elocuencia. Pero el lunes, que había empezado con una auspiciosa mañana de sol en Brighton Beach y un frustrado partido en el centro tenístico de la 96, siguió en el departamento de Naufel.
Tunecino, Naufel emigró de París a Manhattan hace algunos años con sus baquetas, panderetas, cello, piano, guitarra y quién sabe cuantos otros instrumentos, tal vez escondidos debajo de la cama o guardados en alguno de esos espacios de almacenaje para alquilar.
Sobre las cinco y media el primo Manolo y yo aparecimos, quemados por el sol de Brooklyn, sobre la acera de la 66 y Broadway. Nos esperaba Laura, cuyo cabello rubio y sus ojos
verdes eran lo único que susurraban algo acerca de su herencia y nacionalidad helvética. Su acento era español, de la costa brava; sus memorias eran del mundo. Las que más nos interesaron – y que compartió con nosotros durante toda la noche– eran peruanas. Sus padres vivieron en el norte, como empleados de Nestlé. Su padre les recordaba, hasta antes de morir, a ella y a su hermana, que es chiclayana pero vive desde niña en Europa, que tal vez las mejores olas del mundo son peruanas. Laura tiene recuerdos recientes del Perú. Paseó por los tres pisos de La Noche la última vez que estuvo en Barranco y ahora está empeñada en hacer funcionar una organización que ha tomado como ejemplo la empresa de reciclaje de sólidos de una humilde y emprendedora mujer de la selva.
Rachel también esperaba en la vereda de Laura, con tomatitos cortados en rodajas y fruta fresca. Luego se unió a la mancha furiosa Sabine, hija de peruanos pero neoyorquina desde niña, consultora de profesión, que anunció con bombos y platillos (literalmente, pues ya conté que la casa de Naufel está llena de instrumentos musicales) que se iba en un mes a Brasil a vivir por un año. Había fiebre brasilera en el departamento. Manolo cargaba un polo de Buzios, Naufel ni bien llegó a su casa se colocó la camiseta de la selección pentacampeona y nos saludó la noche con samba y clases de pandereta carioca en video on-line. Para hacer más brasilera la noche, conseguí en la deli del primer piso dos cajitas de 6 (six pack le llamamos algunos) de cerveza Brahma. Hubo un pedido de receso entre trago y trago, y subimos a la azotea del edificio donde la vista del paisaje de los rascacielos, mezclado con las historias de Laura, de Sabine, de su hermano Manfred, de Naufel, de Rachel, de Manolo, de Sarah, la alemana que bailaba como colombiana, generaron amable sensación de camaradería. Herson, dominicano, el que mejor bailaba en la fiesta, aseguró que conocía a pocos peruanos pero que todos parecían estar en permanente juerga.
Pero la lluvia. ¡Oh, la lluvia mi lluvia! Ya nos había corrido de Central Park y nos terminó por correr de vuelta hacia el departamento (muchas escaleras en pendiente abajo) de Naufel. Había esta vez fiebre futbolera. Entre la voz de Laura que describía las diferencias sociales en Miraflores, Marko consideraba sus favoritos para el mundial y Linda, la ecu
atoriana, confesaba lo complicado que puede resultar ganarle a Alemania en su casa.
No sé como se nos hizo tan tarde, pero alguien propuso cerca de la medianoche, caminar hasta las mejores hamburguesas de la ciudad, en la 71 con Columbus. No sé por qué comí una hamburguesa, ni puedo explicar por qué acepté subirme al taxi que nos llevó directamente hasta el bar Baraza en el East Village. Lo más sorprendente es que los únicos desertores habían sido Sarah (la alemana que bailaba como colombiana) y uno de los amigos de Naufel, que al parecer vivía demasiado cerca como para caminar 15 cuadras en busca de una hamburguesa. Manolo cree que el fin de la fiesta fue su culpa. No lo creo. Una resbaladita y un poco de chela sobre el sofá es un pecado que comete cualquiera. Manfred, el hermano menor de Sabine, a pesar de su escasa aptitud para el baile (tan pobre como la mía), tampoco desertó. Linda, al parecer, suele desaparecer y dejar a sus admiradores en suspenso. No se puede negar su ilustre mirada y singular belleza, tampoco se puede negar que las posibilidades de Ecuador en el Mundial son escasas. Parece que hasta el más alemán de los alemanes se siente tentado esta vez a apostar por Brasil.
En el Baraza hubo unos cuantos güiskachos y cervezas. Un poco de baile, lo que la gente daba. Y la gente ya no daba para más: A Laura las sandalias le habían destrozado los pies, a Manolo la erisipela le impedía cargar con su raqueta, a Rachel el estómago le estaba jugando una mala pasada y a Marko el sueño lo atacó en forma de mareo y sillón de emergencia. Yo hice lo que pude, nadie me creía que tenía que terminar un ensayo de 20 páginas sobre Whitman: nunca hubo más principio que ahora/ni más juventud ni vejez que ahora/Ni habrá
más perfección que ahora, /ni más infierno ni cielo que ahora.
Llegué a casa como a las 2. Son las 8 de la noche y aún no acabo el ensayo sobre Whitman. Pero de nada sirve elaborar. Como dice Whitman: éso, los doctos y los ignorantes lo saben.
Acaba de terminar. Qué conciertazo. Uno de los mejores que he visto en Nueva York. Lleno total en el Joe´s Pub del Village y respeto absoluto del público–estadounidenses en su mayoría. Fascinante la combinación de ritmos negros y andinos, la facilidad con que se le van los pies a Susana, su control de la voz, del susurro al grito en unos segundos. Fabulosa. Y el otro y el otro y los aplausos. Y las velas, y la percusión, para aplaudir de pie. Y Susana bailando y metiéndose en el corazón de todos, suavecito nomás. Las luces del Village reciben el calor del verano, el primer día en que se siente la temperatura fuerte y la lluvia juntas. Unas cervecitas en el McSorleys para acompañar el vino del Joe’s Pub. Qué bonita noche.
Hay un hueco en el muro, carajo dejen de ver ese video, ya lo vi como quinientas veces ,estoy harto de ver videos sobre Japón, ahora que si te pones a pensar qué cosa es eso de ver primero fotos de Valparaíso y luego escuchar videos japoneses.
La clase: siento haber estado como ido, el café parece que ya no me hace nada, en eso estaba pensando esta mañana. La verdad que no planifiqué levantarme a las siete y media pero una vez que lo hice me pareció lógico bañarme y venirme a Lehman. No caminé porque tenía flojera y quería usar la Metrocard que compré en la madrugada: sí funciona.
Muchos buses amarillos en el camino, ¡qué temprano se levantan los niños para ir al colegio! Recuerdo cuando yo iba al colegio y eran las 8:05 y ni siquiera habíamos bajado a tomar desayuno. Pero tiene su gracia viajar en el bus, no caminar sino vivir como viven los demás, ir en el mismo bus que los demás, observar como se comporta la gente.
Además hay un hueco en la pared, pero no me interesa tanto tocar ese tema ahora, más bien ver lo que dice Carling. Siempre quiso decir eso: no falto a una clase desde antes que ustedes hubieran nacido. 25 años. Me imagino que su frase abarca a casi todos en la clase, excepto a mí, tal vez al gordo que se para quedando dormido. Lo veo, a diferencia de otras clases esta vez no ronca. El triángulo en la pizarra es el principio: Yates, Joyce, Woolf. Me alegro de haber comenzado a leer el Ulises, debería leer otra vez el ensayo de Loayza sobre Ulises antes de ir a verlo.
¿Cómo estará Camilo? Es una joda que no tenga teléfono. Carling dice que viene de un funeral. Me acerco al final de la clase a preguntarle pero es imposible siempre hay gente que se demora más de la cuenta hablando con él y no me da ganas de esperar. Como ese pato que estaba en la mañana esperando a la entrada del Computer Center, parecía que quería que le abran la puerta, usar el Internet. La gente estaba semi dormida y el pato tal vez estaba viviendo una pesadilla, quién sabe.
Tengo que leer el hoyo en la pared pero me imagino que será algo parecido a esto. Al menos ya escribí el poema que quería basado en el poema que leímos en clase de Yeats. No hay mejor poeta en el siglo XX. Así de categórico. Así que tengo que leer Yeats, es increíble que tenga su libro en mi casa y apenas si he hojeado un poco, igual que el Ulises, me puse la tarea de leer aunque sea unas líneas todos los días y mira donde me he quedado.
Ahora mismo debería estar escribiendo el ensayo que tengo pendiente sobre Walden, pero me imagino que es lo que Camilo dice: soy un diletante. No tengo que pensar en esa chica, sus besos son como apagados. Pero no voy a decir su nombre, aún tengo cierto deseo de privacidad, lo que supongo que está bien. Algo anda mal en mi cabeza ciertamente, algo falla. Así me he sentido las útlimas dos semanas, tal vez tres. ¿La mejor película? He visto muchas, pero la mejor: Hamlet , la de Laurence Olivier. En blanco y negro. Al menos creo que me está mejorando el sentido del humor. Qué lindos ojos los de ella. Qué lindos, dime si no es una muñeca. ¿Y la chica de la clase? Qué mirada, tenía como dos puntitos de luz en cada ojo. Hamlet, otra vez. Tengo que hablar de Hamlet. Brillante. El fantasma, la luz, la actuación de Olivier, la puesta en escena. Me quedo con el personaje de Richard III, sólo con él, pero como película Hamlet me parece mejor acabada. Ahora no tengo nada que decir. A veces me pasa, tenía tantas cosas de las cuales hablar y todo por culpa del hueco en la pared. Me imagino que acá tengo que detenerme.
Postdata: El reservorio de agua está vació desde hace casi un año. No es justo. Otras cosas que no son justas: todas las cosas que tengo pendientes por hacer. Dos cafés y todavía tengo sueño. Otra vez, nada. Hueco en la pared. Leer más Yeats, ensayo de Carlin, Walden, Poe, Pound. Vacío en el estómago. ¿Vendrá ella? ¿Qué hago? Hueco en la pared, más bien hueco en mi cabeza. Hueco en el estómago. Muchas lecciones que prefiero olvidar.

Cuando veo grupos de músicos como estos en el subway me arrepiento de no haber aprendido nunca a tocar un instrumento. Sonaba bellísimo a pesar del ruido de la gente y los trenes que pasaban. La funda donde recogían el dinero estaba llena de plata. Con qué gusto la gente les daba dinero.
Anoche regresando en el tren había un homeless, un moreno de como de setenta años, con trencitas rasta sentado en el piso del tren tocando un órgano y cantando rap con la voz carrasposa. El rap era ingenioso, muy gracioso, (sobre su condición de homeless y que las tripas le sonaban y que quería comerse una hamburguesa con queso del Mac Donalds, bueno no suena tan gracioso escrito acá). La gente volteaba para mirarlo y sacaba monedas cagándose de risa. Llenó su vasito de monedas bien rápido.
Hace unas semanas otro homeless entró al tren, con pinta de estar fumadazo pero feliz, y una cartulina que se doblaba en dos. Había escrito sobre la cartulina : I am homeless, I need money for food. Pero si desplegaba el doblez, se leia «or for weed«. Y doblaba y desdoblaba enseñando (rápidamente) el «money for food…or weed» , movia las cejas y sonreía igualito que Stan Laurel de El Gordo y el Flaco. Le llovía dinero (ahí tengo otra opción para pasar mi vejez en Nueva York).
Hace unas semanas dos tipos estaban repartiéndose un fajazo de billetes de a un dólar como a las once y media de la noche, regresando en el tren D. Los miré y pensaba: estos deben ser parqueadores de carros. Y me sentía identificado (una de las partes más jodidas luego de trabajar más de doce horas parqueando autos es la repartición de los cientos de billetitos en partes iguales). Hasta que llegaron a su estación y uno de los tipos agarró su bastón de ciego y salió del vagon jalado por el otro: Eran un mendigo cieguito y su ayudante. Y les aseguro que se repartían, mínimo, cien dólares de «ganancia».
Esta tarde vi Días de Santiago en DVD. Me habían hablado mucho de la película-quise verla en el BAM de Brooklyn en diciembre pero justo ese día se les ocurrió comenzar su huelga a los trabajadores del metro- pero no imaginé que fuera TAN buena. 
Como le decía a Vero en un mail: esta película me ha devuelto la fe en el cine peruano. Esta es la mejor demostración que se pueden hacer grandes películas sin demasiado presupuesto y que no siempre las actuaciones de los protagonistas tienen que ser tan misias que se nota que son actores improvisados. Lo importante señores cineastas es la historia, la trama, el argumento y las buenas ideas.
Estoy terminando de leer Walden de Thoreau (un buen escritor del renacimiento de EEUU, amigo de Emerson, que decidió irse a vivir durante dos años (1846-1847) en una cabaña construída por él mismo en los bosques de Nueva Inglaterra). Al parecer su libro-que escribió basado en su diario de esos dos años de alejamiento de la civilización- influenció a Tolstoi y a Ghandi, entre otros. Ahora, esta noche tal vez, tengo que comenzar a leer Paradise Lost de Milton. Stephen Sheppard dice que es buena, he hojeado unos capítulos y sí pues, no parece aburrida. Ahora el problema va a ser que me siente a escribir un ensayo sobre Walden antes del lunes. ¡Necesito más tiempo!
Anoche me llamó Lornald para decirme que acababa de terminar el Bewolf. Le dije que yo lo había comprado hace un mes con la intención de leerlo pero la dueña de la librería de libros usados en Amsterdam Avenue, una viejita bien simpática y bonachona, me dijo, mientras me cobraba el libro, que ella tenía una versión en CD del Bewolf, leído por Seamous Heaney. La vieja me cagó el cerebro. No voy a leer el Bewolf hasta que consiga el CD y para eso, puede pasar un poco de tiempo. Lo bueno es que esta semana se terminó la nueva edición del Bronx Journal así que supongo que estaré más desocupado durante la semana, como para leer y escribir.
El estudiante es alto y siempre parece que estuviera a punto de estrellarse la cabeza contra un poste. De vez en cuando saca la lengua para refregarse los labios: el frío quema y ella no llega.
Las calles están llenas de animales y de gente. Es sábado en la noche, por aquí y por allá cree ver alguna cara conocida: alguna compañera, la pelirroja que cruza apresurada. El estudiante mueve las manos en los bolsillos, mira hacia la esquina: no vive tan lejos del tren, debe estar a punto de llegar, piensa él.
A los 45 minutos de espera el estudiante se resigna, da la vuelta y empieza a caminar hacia el paradero: suena el celular, mete apurado las manos en uno de los bosillos del sobretodo, mira el nombre en la pantalla del aparato y se desilusiona: ¿Aló?
El estudiante le miente a su amiga la negra: ha cenado con unos amigos, pero puede pasar por su casa a ver unas películas. Echa otra mirada. Una flaca con rostro de animal tejano cruza la calle: tampoco es ella.
La ha abrazado a la negra como siempre, se ha pasado un poco con las manos y esta vez–como ciertas veces– ella lo ha dejado seguir. La compañera argentina no va llegar sino hasta la mañana siguiente, chupa los pezones, le presiona la cabeza y ella acepta.
Se despierta a mitad de la noche para mirarla. Tiene los labios entreabiertos y los ojos apretados como si estuviera sufriendo. Mira el perfil de su cuerpo delicado bajo las sábanas. Hace calor en esa pieza, quisiera abrir la ventana pero tendría que pasar por encima de ella y despertarla. No lo va a hacer. Camina hacia la cocina y se sirve un vaso grande de bebida. Está terminándoselo cuando la puerta de la calle se abre y entra la argentina. El estudiante se fija largamente en su cabello pelirrojo, las pecas en la nariz que lo vuelven loco.
–¿Qué tal estuvo la fiesta? pregunta el estudiante.
Ella responde: un evento social aburrido como los de las tres últimas semanas. Dice que siempre se trata de la misma gente que le habla de las mismas cosas y que, para empeorarlo todo, su novio se ha peleado con ella por una estupidez. Estaba demasiado borracho y se largó de la fiesta dejándola sin dinero para el taxi. Ella dice que ha regresado en el metro y que se ha congelado de frío caminando desde la estación. “¿La negra?” Pregunta ella. El estudiante responde: se ha quedado dormida. La argentina le dice en voz muy baja: ha estado muy mal desde que se separó del grieguito. “Algo me ha contado” dice el estudiante y se termina la gaseosa, como preparándose para volver a la cama.
La argentina le pregunta si quiere tomar un café. El estudiante nota, sorprendido, que entran por la ventana de la cocina las primeras luces azules del día. Acepta.
Mientras llena la cafetera de agua y esta empieza a calentarse, el estudiante la mira. La argentina parece no darse cuenta, sugiere que se sienten en la sala a esperar que caliente. Va a encender la televisión, bajito «para que no se despierte la negra», dice la argentina.
Se calienta el café y se calientan ellos. Dejan la television prendida y como a las once de la mañana la negra abre la puerta de su habitación para apagarla. Hay dos tazas de café sobre la mesa de centro de la sala y la puerta del cuarto de su compañera argentina está cerrada. La ropa del estudiante sigue desparramada en la alfombra de su habitación. La dobla sobre el sillón de la sala: la luz entra por una claraboya celeste y la inunda. Una arañita inmóvil de triste mirada, cuelga sobre un cojín de tela.
En la habitación de la argentina, el estudiante contiene el aliento y escucha los pasos de la negra, alejándose delicados y la puerta de su cuarto que se cierra con suavidad. La argentina ronca dulcemente con los blancos brazos cansados alrededor de él.
El estudiante siente mucho calor. Empuja las sábanas de la cama hasta el suelo y se dedica, con paciente cuidado, a contemplar el techo por un rato y a poner otra vez su mente en blanco.
En el Perú si quieres un libro nuevo sólo te queda ir a una librería. En el Bronx solo tienes que ir a una biblioteca pública. Lo mismo si quieres un DVD, un video, un libro de cuentos para tu hijo, una guía turística o un curso de idiomas. Además tienes 120 computadoras para usar Internet y lo mejor de todo, puedes ir 6 días de la semana en el horario de 10 a 8 de la noche y los domingos de 1 a 5 de la tarde. Cuán importantes son las bibliotecas públicas para la educación y la enseñanza. Aquí pueden formarse tanto los estudiantes como los profesores. Se imparten además cursos gratuitos de computación, se dictan charlas de vocación profesional y se da orientación a los desempleados. ¿Y cuánto le cuesta, cuánto le vale? Cero. Como los codiciados números de Crash Boom Zap. Nada. ¿Ahora se entiende el concepto de país civilizado? Y los libros no te los prestan por tres días como recuerdo hacían en la biblioteca PRIVADA de la Universidad de Lima (A la que TIENES QUE estar matriculado y al dia en tus pagos porque sino no te prestan nada). Te los dan por un mes. A menos que estén muy solicitados, entonces es por una semana. Los DVDs te los prestan por una semana y los puedes renovar hasta un mes si nadie los ha reservado. ¿Y cuál es el límite de libros que uno puede llevarse a casa? Cien. (Algunas libreras te dicen sonriendo que no hay límites) ¿No es una maravilla?
La semana pasada se inauguró la nueva biblioteca pública central del Bronx. Tiene cinco pisos y un sistema de préstamo totalmente digitalizado. Ascensores y baños en cada piso y un auditorio para conferencias. El Bronx es el condado más pobre de los cinco que conforman la ciudad de Nueva York (Queens, Manhattan, Staten Island, Bronx y Brooklyn). Es pobre principalmente porque es el más joven. La mayor parte de sus habitantes son inmigrantes en primera o segunda generación. Es gente que ha llegado, en su gran mayoría, de República Dominicana, de Puerto Rico, de Africa y de las islas caribeñas. Pero es gente que está trabajando duro y que está progresando económicamente. En el Bronx también se vive un «Renaissance» como se le suele llamar aquí al «renacimiento» de los vecindarios. Hay muchos BIDs (Business Improvement Districts) que son organizaciones pequeñas, formadas y gestionadas por la ciudad, cuyo fin es reorganizar y crear un ambiente propicio para el desarrollo de negocios de una zona determinada. Generalemente son tres o cuatro manzanas y una o dos avenidas principales las que conforman un BID. El BID se encarga de mejorar el servicio de limpieza de la zona, pintar las fachadas, eliminar grafittis; y también de invitar a compañias y cadenas de tiendas, bancos, etc, para que abran sucursales de sus negocios en esta zona. Son como núcleos de desarrollo. De esos hay muchos en el Bronx. Además el Bronx es. por tradición, un condado de universidades. Aquí no solo está la famosa universidad privada Fordham University, una de las mejores de NY para estudiar derecho; sino también Lehman College, uno de las más prestigiosas del sistema público de CUNY; y las universidades comunitarias Hostos y Bronx Community College. Los «Community Colleges» sólo pueden dar títulos llamados «Asociados» que es un escalón menos que el título de Bachiller que te otorga una universidad. De Hostos y Bronx Community College muchos residentes se trasladan luego a Lehman o las otras universidades del sistema CUNY si quieren obtener su título de bachilleres.
Y cada una de estas universidades tiene bibliotecas con las mismas facilidades que una biblioteca pública. ¿No es genial?¿Puede jactarse de esto siquiera el distrito más próspero de Lima?
Cuando viajaba mochileando por Europa pude comprender cuán importante era el rol de una biblioteca para la vida de las personas en un país civilizado. En España viví varias semanas prestándome DVDs y videos de las bibliotecas. Como no tenía mucho dinero, revisaba allí todos los periódicos del día, recibía y enviaba mails y leía todo lo que podía. Los españoles tienen una gigantesca base de comics europeos. En una biblioteca de Galicia leí por primera vez «La Balada del Mar Salado» de Hugo Pratt y muchas de las mejores historias de Miguelanxo Prado. En Portugal, donde mi dinero era aún más escaso, me pasé horas estudiando de primera mano la historia de Porto y de Lisboa en las bibliotecas públicas. Además tenían una gran variedad de poesía portuguesa y latinoamericana. En Londres lo mismo. Recuerdo la sucursal donde yo iba, cerca de Picadilly, tenía una importante colección de libros sobre cine. Y la biblioteca principal de Londres tenía una exposición sobre la historia del grabado. Recuerdo particularmente los impresionantes trabajos originales de Doré. 
Aquí en Nueva York, como en Perú, mucha gente no tiene dinero para comprarse libros. Son caros si es que tu prioridad es comer y mantener a una familia. Las bibliotecas son el lugar ideal para alimentar la mente sin tener que gastar nada. Pero pobres y ricos gozan de este servicio. En los barrios más ricos de Manhattan, las distintas sucursales también están llenas de gente, con otros gustos y otras perspectivas, pero la oferta es la misma. Los libros, DVDs y CDs que encuentras en las sucursales del alto Manhattan, también están disponibles en la nueva biblioteca pública del Bronx. Eso es DEMOCRACIA. Es es EDUCACION PARA TODOS. Por eso me parece patético cuando escucho a los políticos peruanos hablar de mejorar la educación. Construyan bibliotecas, gratuitas. donde no haya ni siquiera comisiones de padres de familia corruptas que se interpongan entre el niño y la lectura. Donde los libros estén a la mano del que no tenga nada. Sólo así se puede democratizar el conocimiento en un país.

La idea era reunir a un grupo de personas para leer y conversar sobre la obra más importante de Cervantes. Hace algunos días revisaba unos ensayos en los que el autor especulaba acerca de que los españoles hayan endiosado a Cervantes olvidándose de Quevedo. La imagen de España hubiera sido muy diferente si en lugar del manco los españoles hubieran escogido al desfachatado Quevedo. Borges argumenta que el problema con Quevedo es que no llegó a crear ningún personaje inolvidable. Es cierto que son deliciosos y perdurables algunos de los personajes de La Vida del Buscón, pero ninguno de ellos alcanza la desgarbada talla del caballero Alonso Quijana.
Camilo es el encargado de la charla magistral y yo soy nombrado el empresario encargado de la logística. Fijada la hora a las 7 de la noche en el Graduate Center de la Quinta Avenida y con cuatro deserciones de último minuto, mi labor como empresario se puede clasificar como de moderado fracaso. Solo somos cuatro (incluído Camilo) pero la clase prueba lo que tenía que probar: Camilo tiene que hacer más seguido este tipo de reuniones, tiene talento como maestro y, se puede juntar a un grupo de personas con cierto interés por la literatura si la clase es didáctica. Un grupo de feministas que se reunen en una sala contigua nos regala un poco de vino rumano, Yini trae unos bocaditos y queso. Rachel trae su atención y sus historias sobre el viaje que acaba de realizar a Lanzarote, una de las islas del archipiélago de las Canarias. Las fotos y los videos están muy buenos. Hay una puesta de sol espectacular y unas imágenes fabulosas de este paisaje volcánico declarado patrimonio mundial de la humanidad. Un artista llamado Manrique ha dedicado su vida a cubrir la isla con monumentos que preserven la belleza de la isla de la acción depredadora del turismo. Y lo ha conseguido. Me quedo con el video de Rachel y Pilar bailado vallenato al amanecer, en un paisaje desértico donde se puede ver el mar al fondo y escuchar el sonido del viento furioso soplando al lado de la música. Me hace recordar los amaneceres en Silaca, cuando desembarcaba del Ormeño a las 6 de la mañana para bajar por el enrevesado caminito de tierra colorada hasta el pueblo de la playa. El olor de esas mañanas nunca lo olvido. Camilo dice que la charla le ha refrescado recuerdos de su experiencia con el grupo de lectura de la Comedia en Lima. Una lectura dirigida todas las semanas, durante dos años, es un lujo que no se repite muy seguido.
Sandra escribe un mail diciendo que se le hizo tarde, a Héctor y su amiga se les hizo tarde y estaban un poco lejos. Stephanie recordó una reunión que ya tenía programada. Paola parece que no leyó el correo. De la lectura me quedo con la biografía del Quijote, que en algunos aspectos me hace recordar al triste peregrinaje del Buscón. La ironía de Cervantes está cada dos líneas pero es obvio que se debe leer una edición anotada sino muchos de los chistes se pierden. La chica de los lentes de Saint Marks le dice a Camilo que le gustaría aprender español. A mí me enseña el CD con la lectura de TS Eliot de La tierra baldía (También están Miércoles de ceniza, La canción de amor de J. Alfred Prufrock, Sweeney Among the Nightingales y Journey of the Magi). Pero estoy quebrado, mis últimos centavos se han ido en la impresión de la Guía, que al parecer ya está pasando aduana para embarcarse a EEUU. Por eso solo la rodaja de pizza con su Snapple de Green Tea. Y antes de dormir unas cuantas páginas de Lord Jim, que estoy leyendo muuy lentamente. Rachel me regaló un marcador de libros de Ghana. Antes de apagar la luz lo he dejado en la página 89.
¿Quiénes están a cargo del mundo? dijo el mendigo. La portera del edificio, una hembra negra, gorda, con los labios destrozados por el frio y los dientes careados, respondió: Yo.
Esto lo exasperó. Él estaba seguro que su pregunta era trascendental, que nadie (y mucho menos ella) estaba en el derecho de burlarse.
-Lárgate de acá viejo de mierda, dijo la portera, mientras agitaba su manotas en forma de mangos podridos y espantaba al mendigo fuera del edificio.
-I am a fucking latino writer. I am a fucking latino writer. Gritó. Pero ella no lo escuchaba. Además de ignorarlo se puso los auriculares gigantes y la música se desparramaba más allá de sus alcachofadas orejas hasta los oídos necios del mendigo que seguía quejándose, diciendo que él era un fucking latino writer y que tenían que respetarlo.
La portera seguía escuchando su música. Sacó un sandwich del amplio bolsillo del abrigo, un sandwich de algo que apestaba. El mendigo no podía soportar aquello así que se dio la vuelta y salió.
Hacía frio en la calle. Todo el viento de Central Park le caía en la cara. El viento y una que otra meada con regalito de los pájaros que pasaban de gira todas las mañanas sobre los caballos del parque. La muñeca vino caminando directamente hacia él, con los rulos dorados y la sonrisa inmortal.
-You are a fucking homeless. le dijo. Y el mendigo no pudo entender o no quiso. Obvio, él quería ver la belleza y la inocencia de la niñita rubia, pero no contaba conque era hija de dos padres intelectuales. Allí venían detrás de ella, a cierta distancia, como para no asustar a la pequeña o para no asustar al homeless. Seguramente tendrían preparada para ella una brillante educación privada y ya le habían enseñado la palabra fucking, como algo normal. Estamos en Nueva York pues.
-¿Quiénes controlan el mundo? dijo el mendigo, como probando y tratando de tragarse la tristeza.
-Yo, dijo la niña, agarrándose un rulito, coquetona, como para probarle que además de ser muy lista, también había aprendido español la condenada. Homeless violenta retirada, por la veredita escondida del parque. ***



