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The New York Street

Un blog lleno de historias

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Lima

Ciudad de los Reyes

Foto de Edgar Asensio.

Mi recuerdo más antiguo en la ciudad de Lima es una foto en blanco y negro en el Parque Washington en 1972, donde mi madre–con un peinado que le debía demasiado a la moda nuevaolera  (una peluca como aquella que lucían las coristas de B-52)–sostiene entre sus brazos una manta de tela con la que arropa a un bebé rollizo, llorón y con pelo muy negro estilo puercoespín. A un lado está mi padre, con los botones de la camisa a punto de explotar, aún mostrando ese grueso bigote colorado que llevó toda mi infancia y que se afeitaría cuando el cabello se le empezó a llenar de canas.

El Parque Washington es una pequeña plaza en en el barrio de Santa Beatriz, a la altura de las primeras cuadras de la Avenida Arequipa, entrando a lo que se conoce como el Centro Histórico. Allí mi padre, que se había recién graduado de ingeniero y trabajaba para el Ministerio de Vivienda, alquiló un pequeño departamento durante un año, mientras esperábamos que se terminara la construcción de la que sería nuestra casa de siempre: un lote de la calle Los Químicos en la Urbanización de la Cooperativa de Ingenieros, en el entonces muy aislado distrito de La Molina, al este de la ciudad.

No queda ninguna otra fotografía de aquellos días, ni  tengo otro recuerdo de aquel parque (a no ser por aquellas tardes de domingo, ya adolescente, en las que junto a mi hermano y amigos huíamos en turba, seguidos por las cachiporras de los policías, al término de algún clásico del fútbol jugado en el Estadio Nacional). Mis siguientes memorias de la ciudad son casi todas de La Molina, de aquel barrio entre campos de cultivo: Mi madre entraba conduciendo su escarabajo blanco hasta la casucha del guardián de un terreno a la espalda de nuestra casa. Allí comprábamos fresas. Era tierra zanjada y las frutas se recogían directamente de las zanjas. Nos la pesaba en una balanza de metal azul oxidada (recuerdo los dedos callosos del campesino jugando con la pesita mientras mi madre reclamaba o regateaba el precio y la calidad de las fresas);  y luego mi madre manejaba las dos cuadras hasta la casa para enseñarnos que antes de comer una fresa debíamos remojarlas en agua yodada en el lavatorio de la cocina. En ese fresal, años después, se contruiría el edificio central de las oficinas de la IBM del Perú, al cual nuestro barrio le debe, en el lapso de nueve años, dos ruidosos atentados senderistas.

Tal vez porque las mañanas en La Molina siempre suelen estar acompañadas de un sol brillante, mi otro recuerdo permanente de la ciudad–por contraste–está asociado al cielo oscuro de la costa. A mamá le gustaba llevarnos a las playas de la Costa Verde,  donde se tumbaba a leer bajo la sombrilla mientras nosotros hacíamos agujeros y castillos en la orilla. Antes de regresar a casa, nos acompañaba a cruzar la rotosa pista del circuito de playas, para que nos desprendiéramos de la arena en los chorrillos de agua que caían por los acantilados. Era verano, pero recuerdo muy bien esa neblina espesa: trepada, abrazada a los edificios más altos de Miraflores. Era una visión a la que se llegaba conduciendo por la recién construída Via Expresa, que entonces todos llamábamos por su apodo: el Zanjón.

Mi siguiente recuerdo de Miraflores es el de la Avenida Larco. Era un edificio oscuro y era invierno. Avanzaba por unos pasillos angostos con paredes de color blanco oscuro y allí estaba ese olor penetrante de los cuartitos de las nebulizaciones, que mi madre necesitaba para que no empeoraran sus ataques de asma. En una de las esquinas de Larco había un local del Banco Hipotecario y muchas veces estuve allí, esperando en el auto, mientras mi madre retiraba o depositaba dinero, observando detrás del parabrisas a los viandantes: miraflorinos de pantalones setenteros y apretados; o  mujeres de chompas hasta el borde del cuello y lentes oscuros grandazos de tonos pardos.

Al Centro de Lima solo entrábamos por las mañanas para dejar a mi padre en su trabajo. Él ya se había convertido en uno de los ingenieros de la sección de tasaciones del Banco de la Vivienda. Su entrada a las 8 de la mañana siempre iba acompañada por prisas entre el peaje de la Avenida Circunvalación (donde yo y mi hermano nos disputábamos por quedarnos con los coloridos tickets de peaje en forma de billetes que entregaban en la caseta) y la entrada al Centro, por una callecita empedrada y muy estrecha. De esos viajes recuerdo sobre todo el cielo negro y los cerros, donde se apiñaban las casuchas. No conocía a nadie que viviera allí. La única palabra que asociaba con ese paisaje, era «pobreza».

En la zanja de la Avenida Circunvalación se amontonaba la basura. Eran cerros de desperdicios entre los que deambulaban perros y gente. Había muchos niños correteando entre aquellos montículos hediondos (siempre cruzábamos esa zona con las ventanas bien cerradas). A veces los chiquillos cruzaban la pista, corrían entre los automóviles sin dejar de sonreir: bajo el humo oscuro del cielo, con el paisaje al fondo de los cerros negros y las fábricas de color negro donde se acumulaba el fierro oxidado.

De vez en cuando los papeles flotaban en el aire, entre los autos. Y yo los miraba, sin pensar en nada.

Los Duros en Revista de Occidente

Portada de la edición Enero 2012 de Revista de Occidente

La prestigiosa Revista de Occidente, fundada en 1923 por José Ortega y Gasset, ha publicado en su edición de enero de 2012 mi cuento Los Duros, una versión muy revisada de la que se publicó el 2011 en Luvina de Guadalajara. Esta mañana me ha sorprendido acercarme al casillero en mi oficina en la universidad y encontrar los ejemplares de cortesía que me ha enviado el director de la revista. Ha sido una muy buena manera de empezar a trabajar este 2012.

Sé que la revista se puede conseguir en Internet y en todos los Institutos Cervantes del mundo, pero si lo desean leer acá les adjunto el texto–esta vez definitivo– del cuentito de marras. Espero que les guste.

Los Duros

–¿Te acuerdas de Cuki? preguntó Nicolás.

Estaba parado frente a la puerta de la casa de ella, esperando una respuesta. Se arrepintió de la pregunta. Muy tonta. Un perro: después de tantos años de lo único que se le ocurría hablar era de un perro. Miró la calle: nadie caminaba por las aceras. En otros barrios los jóvenes se apropiaban de las veredas. Había pandillas que secuestraban esquinas y creaban espacios para la amistad y el amor. Este era un típico barrio sin vida. Miró otra vez alrededor: paredes altas, cercos eléctricos, calles anchas y vacías. Pero sí había historias. Historias que merecían ser contadas, como ésta que sostenía entre sus manos: la historia de “Los Duros”.

Los Duros (Duro-zows-ky) tenían un perro que se llamaba Cuki. “Galletita en inglés” les explicaron los Duros a sus vecinos, los Segura. Los pelos le tapaban ambos ojos pero eso no impedía que Cuki cruzara la calle corriendo, ciego detrás de sus amos.

Los Duros fueron los únicos amigos de los Segura en aquél vecindario: la Urbanización de la Cooperativa de los Ingenieros. Allí había calles que rendían tributo a los ingenieros agrónomos, otras a los ingenieros químicos. A nadie se le ocurrió discriminar a los ingenieros sanitarios. De ese modo nació el nombre la calle más larga e iluminada de aquella urbanización. Frente a frente, sobre Los Sanitarios, vivían los Segura y los Duros.

El señor Durozowsky era polaco. Un ingeniero forestal corpachón y barbudo. Cuando hablaba siempre parecía estar rumiando algo, con una sarta de groserías en un español que arrastraba las erres. La señora Durozowsky era una profesora con gafas gruesas, a quien los Segura jamás vieron sin algún libro entre las manos. El  señor Segura era ingeniero civil, retaco, con un bigotazo negro y una generosa panza. Tenía un singular talento para responderle al polaco con doble sentido pero sin usar nunca una mala palabra. La señora Segura era una prolija ama de casa con ojos inquietos, lectora voraz de la página de consejos nutritivos de la revista Buen Hogar.

El señor Segura y el señor Durozowsky se encontraron por primera vez en la época en que había que estacionar el auto a un kilómetro del proyecto de la urbanización –en un claro entre unas plantaciones de maíz– y hacerse camino a machetazos. Duro le invitó a Segura una cerveza que llevaba en su Combi. Le dijo que viajaba por todo el mundo. Segura sacó un destapador de la guantera de su Volkswagen Escarabajo. Respondió que él viajaba por todo el Perú.

De una mata de maíz a otra, enfangándose los zapatos, contando los pasos y buscando en sus planos las líneas azules de sus futuras casas, descubrieron que iban a ser vecinos. Se abrazaron y se dijeron convencidos: “Nuestros hijos serán amigos”.

Nicolás Segura, el mayor de la familia, nació la mañana en que los obreros plantaban los fierros del primer piso de la que sería su casa. Tadeusz Durozowsky, el primogénito de los Duros, vino al mundo una semana después. Kike Segura nació al año siguiente, mientras se inundaban los techos con cemento. Ryszard, el segundo Duro, un mes luego. Los Segura y los Duros se mudaron a Los Sanitarios el mismo día, tras la segunda mano de pintura, antes de un gran terremoto. Comprobaron que la Urbanización de los Ingenieros duraría siglos: sus casas se remecieron pero siguieron en su sitio.  Ambas madres se encontraron en el centro de Los Sanitarios. Los mayores,Tadeusz y Nicolás, de pie a su lado, en pantaloncitos; Kike y Riszard, los segundos, envueltos en pañales, en sus brazos. Los padres se invitaron cervezas esa noche y brindaron por las construcciones antisísmicas y la ingeniería moderna.

El Cuki llegó por la época en que nació Cyprian, el tercer Duro. Era una bolita de pelo. Tadeuz y Ryszard cruzaron Los Sanitarios para mostrarles el perro a sus vecinos y la señora Segura casi lo pisa. Su barrigota de embarazada le impidió verlo. De ella estaba por salir Diana, la Segura menor.

Las madres cruzaban Los Sanitarios para compartir en sus salas los detalles de la vida asoleada de su vecindario rodeado de cerros, de paredes altas, de casas apiñadas una contra otra. Se quejaban de la lejanía de los supermercados, de la distancia de la playa. La señora Durozowsky le recomendaba a su amiga un buen libro; la señora Segura le proporcionaba a su vecina los últimos datos para preparar una sopa rica en proteínas y baja en grasas. Los niños se escabullían a los jardines: unos cuadraditos de césped donde jugaban a enterrar juguetes, a trepar árboles y a masacrar chanchitos de tierra.

Los televisores permanecían apagados y bajo llave porque ambas madres coincidían en que eran perniciosos. A cambio, les ofrecieron a sus hijos bicicletas. Querían que con ellas conquistaran el mundo. Tadeusz y Riszard, los Duros mayores, siempre se enfadaban con Cyprian, quien chiquitito y montado sobre su bicicleta de rueditas pretendía acompañarlos en sus expediciones. Nicolás y Kike Segura, se escapaban de Diana, asustados de sus pequeñas ambiciones en triciclo. Una vez descubrieron a Cyprian y a Diana siguiéndolos. Los Segura tuvieron que volver para encerrar a su hermana; y Los Duros regresaron a su hermano Cyprian. Antes de abandonarlo en la casa bajo llave, Tadeusz le destrozó las ruedas de su bicicletita a patadas, mientras le gritaba que aprendiera “a montar como hombre”.

Algunas mañanas, Nicolás y Kike jugaban Lego en la casa de Los Duros. Pasaban el día construyendo naves espaciales en el cuarto del mayor, Tadeusz. La diversión terminaba cuando Cyprian aparecía para robarse las piezas. Tadeusz lo arrastraba, pateándolo y jalándolo de un brazo hasta sacarlo de la habitación. Mientras Tadeusz ponía el seguro, Cyprian golpeaba furioso la puerta hasta ponerse a llorar. Después desaparecía, pero al día siguiente regresaba a escondidas y estrellaba contra el piso, una por una, todas las naves intergalácticas.

Había un enorme ficus plantado en el jardín frente a la casa de los Duros. Este era el corazón de sus fiestas de cumpleaños. Entonces los Durozowsky envejecían un año y el mayor de los Segura, Nicolás, se volvía hombrecito jugando a las escondidas; contando del uno al veinte con los ojos cerrados contra el tronco del ficus, para luego salir hacia los recovecos de la calle Los Sanitarios, en búsqueda de Halina.

Halina: la reina de sus sueños infantiles. Era la prima hermana de los Duros y vivía en el mismo barrio, a dos cuadras de Los Sanitarios, en la calle Los Mineros. Halina tenía el cabello largo, rubio y a menudo bastante sucio. Su mirada era azul y sus dos dientes frontales parecían estar siempre a punto de escaparse de aquella boca que Nicolás anhelaba chapar. Tanto la amaba que solo se atrevía a mirarla tres veces al año –en los cumpleaños de los tres Duros– después de contar del uno al veinte contra ese ficus cuyo tronco latía como loco. Hizo algunas locuras: le agarró las manos, le tocó los hombros. Cierta tarde en que ella corría hacia el árbol para salvarse, apretó con desamparo su cintura mientras Cuki lo ladraba. No se atrevió a más: no estaba preparado para los amores polacos.

El padre de los Duros viajaba con mucha frecuencia a Costa Rica. Se había impuesto la misión de salvar sus bosques. La noche anterior, su maleta dormía en la Combi. Los Duros lo llevaban hasta el aeropuerto con horas de anticipación, lo despedían delante del mostrador de Costa Rica Airlines, y regresaban a casa. La señora Dura se sentaba a leer en el sofá de la sala, hasta el regreso de su marido.

Los hijos mayores, Nicolás y Tadeusz, estaban entrando a la misma escuela secundaria cuando el Perú le quedó chico al señor Duro. Consiguió un trabajo muy bien pagado para proteger los bosques de Costa Rica desde una oficina en Washington DC. El señor Segura cruzó Los Sanitarios con un whiskey de despedida y en la sala de Los Duros compartió con su amigo hielos e impresiones: El país se estaba yendo al diablo. Había que escaparse antes de que zozobrara el barco.

Al regresar del aeropuerto, tras despedir a sus amigos, Nicolás, Kike y Diana se sentían como los familiares de esos sicilianos de las películas que se iban para América. Estaban convencidos de que Los Duros aprenderían a jugar al béisbol y no regresarían jamás al Perú.

Cuki se quedó en la casa de los Duros, al cuidado de los inquilinos. Su prima Halina tampoco se movió de aquel barrio. Sin embargo, a falta de los cumpleaños de Los Duros, Nicolás solo la vería crecer desde lejos, alrededor de la calle Los Mineros ––dando interminables vueltas frente a su casa, espiando desde la bicicleta–– aquellos años en que Halina empezaba a lavarse más el cabello y a ponerse politos más anchos.

Nicolás y Tadeusz, los hermanos mayores, establecieron una correspondencia furiosa entre Perú y Estados Unidos, con cartas inundadas de confesiones. La vida de Nicolás Segura se hacía más fácil con ese amigo al que, gracias a la distancia, no le daba vergüenza contarle traumas típicos de adolescentes.

“No tienes idea de lo que te has salvado. La fiesta de pre promoción, la última porquería inventada por las madres de familia para acelerar el matrimonio de sus hijas bonitas y matar la poca dignidad de los tímidos del colegio”. “Tuve suerte, Tadeusz”, le decía Nicolás en una de sus cartas. “En el último minuto conocí a esta chica: Lupe. Bellísima y graciosíma. La vi en una fiesta en casa de mis parientes (mi tío Pancho, el aprista ¿te acuerdas?), así que le pregunté, entre broma y broma, si quería ir a mi fiesta de pre-pro. Me dijo que sí. Estuvo muy linda en la fiesta, con un vestido apretado (tiene unas tetazas). Bailamos toda la noche, la pasé espectacular”. A Nicolás sí le dio vergüenza contarle a Tadeusz las barbaridades que se le ocurrían hacer con los pechazos de Lupe, porque se sentía culpable de imaginarse las mismas fantasías tremebundas con los senos de su prima Halina.

Cada situación embarazosa en el colegio se transformaba en una carta de Nicolás a Tadeusz: “Nos están enseñando computación. No entiendo nada. Hay que aprenderse un montón de comandos solo para cambiar de párrafo. Prefiero mi máquina de escribir. La estoy utilizando mucho estos días, para escribir una historia. Te la voy a mandar”.

Así le llegó a Tadeusz una fotocopia de su epopeya “No a los Mercados del Pueblo”. Era una novelita en la cual las instalaciones de su colegio privado eran confiscadas por las fuerzas estatizadoras del gobierno del país. El supremo padre director del colegio era forzado a vender paquetes de calzoncillos arcoiris –siete colores, uno para cada día de la semana–; y la sagrada biblioteca era transformada en carnicería. En la novela, alumnos y profesores se organizaban militarmente y conseguían recuperar el colegio, tras derrotar al gobierno estatizador.

A Nicolás la secundaria se le terminó sin cariño: “No te he contado sobre la fiesta de promoción, Tadeusz. Nada bueno. Unos amigos me chantaron a una compañera que se cambió de colegio. No era fea, pero engordó. Parecía un tamal. No lo supe hasta que la fuimos a recoger a su casa y ya no me quedaba otra. ¡Qué diferencia con Lupe! Le pedí a Lupe que me acompañe pero no podía. Ahora tiene enamorado. Al menos me emborraché. Ya se acabó el colegio, pero ahora comienza lo más jodido. ¿Te dije que me matriculé en una academia preuniversitaria? Queda lejísimos del barrio, tengo que levantarme a las seis de la mañana para llegar a la clase.”

Es que la Urbanización de los Ingenieros siempre estuvo lejos de todo; y Los Sanitarios fue aquella calle que daba risa encontrarla en las invitaciones y daba rabia nunca encontrarla en los mapas. Las tarjetas de cumpleaños de los Segura siempre estaban acompañadas por un pequeño croquis: aquí termina la Javier Prado, ésta es la avenida La Molina, ésta es la extensión de la Javier Prado, aquí está el edificio de la IBM, al frente de la IBM están Los Sanitarios. No servía de mucho: los invitados siempre se perdían.

Cuando se fueron los Duros a Estados Unidos, Cuki ya no cruzaba la calle para visitar a los Segura. Los inquilinos lo encerraban. Nicolás lo escuchaba ladrar detrás de la puerta, cuando partía por las mañanas hacia la academia preuniversitaria. Sin embargo, Cuki aprovechaba cuando la familia abría el garaje para fugarse. Corría infatigable detrás de los carros y las bicicletas que pasaban frente a su casa. Hasta una tarde fatal en la cual, ya viejo, creyéndose aún el dueño y señor de Los Sanitarios, Cuki salió disparado para corretear a un automóvil. Lo arrollaron y se dieron a la fuga. Solo le alcanzaron las fuerzas para arrastrarse hasta el borde de la pista. Con la autorización de los inquilinos, los tres hermanos Segura enterraron a Cuki debajo del ficus, bajo el mismo pedazo de tierra donde Nicolás contaba del uno al veinte durante los cumpleaños de Los Duros, mientras Cuki lo ladraba –tal vez sospechando ya, que se tramaba algo con Halina.

Poco después de la muerte de Cuki, en un avión desde Washington DC, apareció Cyprian, el menor de los Duros. Tadeusz lo previno a Nicolás en una carta: “Se ha peleado con mis papás. Le ha venido de golpe toda la rebeldía y dice que quiere terminar el colegio en el Perú, con sus amigos de la promoción”. Los inquilinos consintieron en que Cyprian viviera con ellos, por unos meses. Así que allí apareció Cyprian una mañana, cruzando Los Sanitarios. Con un metro más de estatura y con una barba roja y desordenada que le cubría la infancia y parte de su adolescencia. Venía tan ansioso por acoplarse otra vez a los usos peruanos, que en su primera semana en Lima se metió en el cuerpo una tifoidea de cebiche de carretilla que lo dejó delgadísimo. Aguantó bien la fiebre. La señora Segura le preparaba sopas nutritivas y ella con Diana iban a su casa llevándoselas. El doctor le prohibió el alcohol. Tres meses después, Cyprian estaba curado y se tomó sus tres primeras botellas de ron con Coca-Cola. Entonces se creyó inmortal.

Diana Segura tenía la misma edad pero ninguna de las libertades de su amigo. Aún tenía que escabullirse del cerco protector que sus padres montaban alrededor de la casa, asustados de que Diana ya tuviera media docena de pretendientes. Diana cruzaba Los Sanitarios sin avisarle a nadie, para interrogar a Cyprian, para que éste le explique en privado cómo era ese país del que regresaba –y ese universo de fotos con que Cyprian empapeló las paredes de su cuarto, donde él parecía una especie de rocanrolero hippie. Entonces Diana supo que Cyprian –a quien ella solo recordaba montado sobre una bicicleta de rueditas y vestido con pantaloncitos cortos– cultivaba en su habitación una planta mágica. El Duro le ofreció a Diana ser su chamán particular, en sesiones especiales para ver el pasado y mejorar el futuro. En estas reuniones secretas, los hijos menores de ambas familias aprendieron los secretos de la pubertad.

Esos días explotó la bomba. El grupo terrorista Sendero Luminoso no estaba muy contento con la rapidez con la que el gobierno de turno estaba desarticulando su organización. Así que decidió reventarles a los de la IBM, al frente de Los Sanitarios, un automóvil con 300 kilos de anfo y de dinamita. Tal como habían resistido muchos años atrás los embates de un gran terremoto, los muros de ambas casas probaron ser a prueba de bombas. Los que se desplomaron fueron todos los vidrios de Los Sanitarios y, durante algunos días, la ignorada calle estuvo en los mapas.

“Toda la ciudad de Lima pasó a curiosear”,  le contó Nicolás en una carta a su amigo Tadeusz.  “Me encontré con una compañera del colegio y con su mamá, en el centro de mi sala. Me dijeron que pasaban en el auto y se les ocurrió entrar a las casas a mirar. Un pedazo del motor se estrelló contra nuestra pared, hizo un forado, rebotó y estuvo botando humito un buen rato en el medio del jardín. La IBM no quiere pagarnos ni un sol, y Defensa Civil solo nos ha dado cinco planchas de triplay.”

La familia Durozowsky había soportado entonces otra bomba mucho más devastadora que la de la IBM. Tadeusz se lo contó a su amigo Nicolás en una carta: “Mi papá nos dijo que hace muchos años que tiene otra relación con una señora de Costa Rica. Se fue de la casa y ahora todo está de cabeza. Ryzard y mi mamá se regresan pronto a vivir en Lima. Nicolás, tengo que acabar este semestre, pero ni bien termine yo también me regreso al Perú.” A los señores Segura no pareció sorprenderles demasiado la noticia: ya sospechaban que en Costa Rica no había tantos árboles que salvar.

Nicolás había adquirido la costumbre de robarse la camioneta de su padre por las noches. Se iba a visitar a una noviecita chiclayana y flaca, medio poeta, que le tocaba guitarra y con quien cantaba nueva trova hasta el amanecer. Nicolás devolvía la camioneta por la mañana, apurado; y se escapaba hacia la universidad, para evitar los colerones de su padre y sus: “nunca necesité de un auto para enamorar a tu madre”. Hasta que uno de aquellos días, al amanecer, mientras metía la camioneta en el garaje, vio a Ryszard, el segundo de los hermanos Duros, parado al lado del ficus, fumándose un cigarrillo: era su primera mañana en Lima. También llevaba una barba rojiza y desordenada. Acababa de llegar a su casa desde el aeropuerto, junto a su madre. Nicolás dio media vuelta a la camioneta y se lo llevó para que reconozca la ciudad. Fueron a una cantina. “Mi viejo entenderá”, le dijo a Ryszard, mientras le explicaba el asunto de la camioneta robada.

Tadeusz, en unas cartas cargadas de condenas a la adolescencia y al sistema gringo, le había contado a Nicolás sus aventuras de dormitorio. Al parecer –según le confirmó Ryszard aquella mañana– era cierto lo que se veía en las películas: los chicos podían ingresar o salir de los cuartos de sus mujeres por las escaleras de incendios o colgándose de las ramas de los árboles. Nicolás, en otra carta, le confesó a su amigo que había perdido su virginidad en un prostíbulo, en el entretiempo de las clases de su academia preuniversitaria. También le contó, en dos cartas extensas, de su relación romántica con la poetisa chiclayana, confesándole a su amigo que allí donde él quería ir, su enamorada no lo dejaba llegar. “No me puedes tocar ni las tetas hasta que nos casemos”, le había dicho ella, cuando Nicolás se arriesgó y metió ambas manos debajo de su camiseta.

“Tadeusz viene a fin de año” le dijo Ryszard al depedirse, casi al mediodía, mientras Nicolás dejaba la camioneta en el garaje y se escapaba hacia la universidad.

Y así fue. Pronto llegó la carta de Tadeusz anunciando su regreso. Volvía con un bachillerato en antropología, ansioso por retomar la vida en su país. Nicolás decidió que el día de la llegada de su amigo, se robaría la camioneta para recibirlo.

Llegó la hora. Nicolás ya arrancaba la camioneta apurado cuando vio, cruzando Los Sanitarios, el auto de Los Duros. La señora le hacía señas. Ella no podía ir al aeropuerto a recoger a su hijo. “¿Quieres ir con ellos?” le preguntó, señalando el auto. Allí estaban Ryszard sentado al volante, Cyprian de copiloto y, en el asiento de atrás, con las manos cruzaditas sobre sus blue jeans bien apretados; y con el cabello largo y limpio amarrado en una colita, estaba sentada Halina.

En el aeropuerto, esperaron a Tadeusz apoyados contra la barandilla de las llegadas internacionales. “En el cuarto de Ryszard encontré una historia tuya sobre tu colegio. Me he reído mucho” dijo Halina. Nicolás notó que sus dientes frontales habían retrocedido y dejaban ver mejor la carnecita de sus labios. Sintió que la vida le daba otra oportunidad.

Llegó Tadeusz. Nicolás y su amigo se abrazaron con fuerza. Conversaron mientras caminaban hacia el estacionamiento y mientras encajaban su enorme equipaje, a la fuerza, en la maletera. Tadeusz le dijo que sus planes eran obtener un doctorado en Lima y ponerse a trabajar en algún proyecto de desarrollo social con las comunidades del campo. No quería irse del país. “El Perú está cambiando. Ahora hay futuro” dijo Tadeusz; y Nicolás asintió –pensando en la captura de los cabecillas de Sendero Luminoso y en los buenos indicadores económicos de fines del siglo XX.

En el auto en que regresaban al barrio de Los Ingenieros, Nicolás les sugirió ir a un bar, a tomar unos tragos y a brindar por el futuro de las dos familias en el Perú. A recordar los viejos tiempos de Los Sanitarios. “Tú dirás”, aprobaron Los Duros.

Y se fueron. En ese auto donde apenas si entraban. Ryszard manejaba, su hermano Tadeusz iba de copiloto –después de mandar atrás a Cyprian, a quien no le molestaba ceder el asiento a su hermano mayor si tenía la ventana para seguir fumando. Al centro iba Nicolás; y a su lado, pegadita, iba Halina.

**

Unos años después del regreso del mayor de los Duros; Nicolás, el mayor de los Segura, se largó del Perú. Consiguió –por intermedio de un tío metido en el gobierno– una beca para estudiar literatura una pequeña ciudad al este de los Estados Unidos. En ese lapso sucedió la primera gran crisis entre ambas familias: el señor Segura encontró a su hija Diana y a Cyprian besándose en el patio de la casa. Todo no hubiera pasado de una pequeña reprimenda, si el señor Segura no hubiera descubierto, escondido detrás de las cortinas de la sala, que el cigarrillo que Cyprian y Diana se pasaban entre beso y beso no era de tabaco. Botó a Cyprian de su casa. También se consiguió el teléfono de su padre en Costa Rica para gritarle en el auricular que su hijo menor no solo se había convertido en un borracho sino también en un fumón. “La borrrragcherrga y la fumaderrrga son cojudeces de adolescentes” dijo el señor Duro, pero el señor Segura le prometió, que si lo volvía ver a Cyprian rondando a Diana, no solo iba a golpear a su hijo; sino que se subiría al avión e iría a Costa Rica para “sacarte la mugre, porque además de ser un hueveras infiel, eres un padre irresponsable”. El señor Segura le encargó a Kike reforzar la vigilancia de su hermana Diana y le prohibió a toda la familia, –incluída a su esposa– visitar a los vecinos.

Desde los Estados Unidos, Nicolás entabló con su amigo Tadeusz una intensa correspondencia electrónica. Nicolás le contó a Tadeusz acerca de sus enormes dificultades para aprender el inglés; y de los trabajos de supervivencia que ejercía en Estados Unidos. “He sido parqueador de autos, mesero, lavador de platos, limpiador de baños y vendedor de ollas”. Nicolás estaba convencido: apenas terminara los estudios regresaría a Lima. Quería escribir una novela y dedicarse a enseñar literatura en una buena universidad.

La noche de su regreso, a escondidas de su padre, Nicolás Segura cruzó Los Sanitarios con una botella. Tadeuz lo abrazó con fervor. Conversaron a lo largo de la noche. Coincidieron en que estaban viejos pero en el fondo seguían siendo los mismos cojudos que crecieron frente a frente en la misma calle. Nicolás le pudo enumerar algunas experiencias con muchachas: sus escaleras de incendios y sus cuartos universitarios. Tadeusz mencionó de casualidad aquella vez en que él regresó al Perú y la tarde que pasaron en un bar, conversando acerca de su futuro. Nicolás reconoció que le daba vergüenza, pero que apenas si podía recordar lo que pasó. Terminó muy mal, vomitó toda la noche. “Halina está viviendo otra vez en Los Mineros”, dijo Tadeusz. Le contó que su prima había estado estudiando en Buenos Aires; pero que había vuelto para buscar trabajo en Lima.

–No se ha casado ni tiene enamorado ¿Por qué no la visitas? En ese bar estuviste abrazándola todo el tiempo ¿De verdad no te acuerdas?

**

Y era cierto que la abrazaba. Como si pretendiera reconstruir el rompecabezas del tiempo perdido, Nicolás les contaba a Los Duros detalles de sus fiestas de cumpleaños: cuando jugaban juntos a las escondidas y su pecho latía contra el tronco del ficus. En esa mesa del bar, entre brindis y brindis, cada cual más efusivo, Nicolás les recordaba sus aventuras en bicicletas; les hablaba de la despedida en el aeropuerto, del dolor que sintieron los hermanos Segura haciéndole adiós al avión en que se marchaban a Washington DC.  Nicolás casi lloraba cuando les confesó a sus amigos cuanto le habían hecho falta, que la vida en esos años no fue la misma sin ellos. Que fueron muy tristes los funerales de Cuki. Y después, unos segundos antes de enterrar la cabeza entre sus brazos y quedarse dormido, pasó los dedos entre los cabellos limpios de Halina, la besó en los labios y le ofreció que escribiría, dedicándosela a ella, una nueva historia. Le dijo que la llamaría “Los Duros”. También le prometió que, apenas la terminara, la iría a buscar. Y que entonces, venciendo el miedo, la invitaría a salir.

¿Sabes que yo le puse el nombre de Cuki? dijo Halina.

Nicolás recuperó el aire. Las calles del barrio seguían en silencio. A ella se le veía más bonita. Más mujer.

–No tenía ni idea.

–Mis primos tenían una sarta de nombres horribles: Mercurio, Burbuja, Lobo (¿puedes creerlo?) Cuki era el nombre del perrito de mi papá, antes de que nos mudáramos a este barrio. Soy muy buena poniendo nombres. Y apodos también.

–No me digas

–¿Quieres que te diga cuál era el apodo que te puse a ti? Te lo puse por esa época en que te la pasabas rondando por la calle frente a mi casa, montado en tu bicicleta. Eras todo un espía.

Nicolás sintió que su rostro enrojecía. Y supo entonces, con una vaga certeza de escritor primerizo y romántico, que la historia de los Segura y los Duros –después de tantos años y de tantas vueltas– tendría final feliz.

La niñez

Los Alpes. Nicole Lafourcade (Flickr)

Mi niñez fue aburrida. Qué carajos, ya lo dije. Mi niñez fue una torpeza con blancos y negros y muchos grises. Alguien de niño debió entregarme otro libro que no fuera Un capitán de quince años. Alguien debió darme Joyce, sentarme en un rincón y ponerme a leer que se puede escapar de tu ciudad para ser escritor.

Alguien, alguno de los tantos hombres y mujeres que abusaron de mi infancia para jugar conmigo, para hacerme niño, para reiterar que era incapaz de cosas de grande, debió –seriamente, con mucha boca, con un libro a la mano– disuadirme de engañar al tiempo y empezar a planear mi vocación.

Algún mensajero, de esos de los que están llenos las biografías de los literatos famosos, debió sacarme apurado de ésta y aquella torpeza de cinemas donde comí canchita dulce por primera vez, y  frente al cinematógrafo, explicarme de qué se trataba Ingmar Bergman. Alguien pudo haber reemplazado esos casetes mal grabados con hits del momento con esas piezas clásicas hermosas y trascendentales que hoy escucho y no sé nada.

¿Quiero que aquella sea mi biografía? ¿Prefiero esa posibilidad a la dejadez total que fue mi infancia, a los caminos que encontré después de reventar unos cuantos pares de zapatos? Todo lo que quiero fue posible. Todo lo posible yo lo quiero. Me enredo y desenredo y vuelvo a creer en mí, en la verdad inquieta que me espera mañana.

Mi niñez fue aburrida, pero fue niñez.

Si quieres leer a Julio Ramón

Nunca fui fanático de Ribeyro.

Recordaba, con claridad, ciertas imágenes de Por las azoteas, que leí de niño en el colegio; y otras menos claras  de La insignia, Silvio en el rosedalLos gallinazos sin plumas, que releí después de ver la película de Lombardi (Caídos del Cielo) inspirada en el cuento. Pero ninguno de sus cuentos me había impactado como la delirante Muerte de Sevilla en Madrid o Con Jimmy en Paracas de Alfredo Bryce. Así que cuando emigré, mi edición barata de  La palabra del mudo se quedó tomando polvo en una repisa de mi pequeño librero en Lima.

La única vez en que algo escrito por Ribeyro me llenó de emoción fue durante un retiro espiritual alcohólico en una playa del sur. Yo tenía 20 años y entre los pocos libros que encontré para matar el tiempo en una casa donde solo se hablaba de alcohol, de sexo y de cigarrillos fue Solo para fumadores. Me impactó, y alguna vez intenté buscarlo para releerlo, sin suerte. Supongo que tampoco le puse tantas ganas. Como les dije: Ribeyro no era lo mío. Si me preguntaban de cuentistas en español yo me limitaba a repetir que El rostro de tu sangre en la nieve y El verano feliz de la señora Forbes eran los dos mejores cuentos que había leído jamás.

Mi percepción de Ribeyro cambió a fines del 2009. Estaba en la librería del Fondo de Cultura en la Feria Internacional del Libro mexicana, buscando un tomo de ensayos de Alfonso Reyes, cuando de casualidad encontré Antología personal, la selección que Ribeyro realizó y prologó muy pocos meses antes de su muerte en 1994.  La compré. Tal vez porque ya había escuchado hablar demasiadas cosas buenas de Ribeyro, o tal vez porque estaba más viejo y sabía un poquito más.

Me lei Antología personal de un tirón en el avión que me regresaba de Guadalajara a Nueva York, sin pasarme una sola página de los ensayos, de los cuentos, de las prosas apátridas, de los fragmentos del diario y de las obritas de teatro. Me leí todo y todo me gustó. Ahi estaba la apabullante Solo para fumadores, pero también estaba Silvio en el Rosedal que terminé de leer preguntándme como había podido menospreciar a esta pequeña obra maestra en mi adolescencia.

En agosto me publicaron un cuento en una revista universitaria mexicana y un profesor y destacado crítico español que suele interesarse por mis escritos, tuvo a bien leerlo y decirme como si me lanzara un gran elogio: «Me ha gustado. Me hizo recordar mucho al estilo de Ribeyro».

Por supuesto que me sentí halagado pero su opinión no me pareció del todo correcta. Al fin y al cabo lo único que había leído recientemente de Julio Ramón eran esas pocas páginas de su Antología.

Si hubiese alguna influencia en ese cuento, tendría que ser la del librito de crónicas imaginarias de Juan Villoro llamado Tiempo transcurrido porque después de leerlo, mientras me hamaqueaba frente al sol y el mar de Tanaka, recuerdo  haber empezado a jugar con la idea de retratar ese momento épico en que mi padre y el padre de mis vecinos, los Durojeanni, entraron entre los maizales de la entonces casi despoblada Avenida Javier Prado Este, haciéndose camino a machetazos hasta el terreno donde se construiría nuestra urbanización.

Sin embargo unos días después, este profesor que me había sacado en cara la influencia de Ribeyro, me encontró en el pasillo de Lehman College para darme las fotocopias de ese cuento que a él tanto le gustaba y que era el que  más le recordaba el estilo de mi cuento Los Duros. El cuento de Ribeyro se llamaba Los eucaliptos.

Me encerré en mi despacho a leerlo.

Y allí estaba: toda la influencia de un cuento que yo no había leído jamás. Un cuento bellísimo, casi un poema escrito en prosa que tocaba el tema de la transformación de la ciudad de Lima, de las calles y de los personajes que se había atragantado la metrópoli mientras crecía de manera vertiginosa. Allí estaba la clase media limeña lidiando con la hora peruana, la informalidad, la diferencia de clases y la amistad al lado de las huacas, del mar y entre los árboles.

Así que cuando hace una semana decidí prepararles a mis estudiantes de español una clase de comprensión de lectura, no solo escogí un cuento de Ribeyro («El banquete»), sino que durante muchas horas me dediqué a recopilar fotos, videos e información sobre Julio Ramón Ribeyro. Leí todo lo que encontré de su obra en Internet, las muchas reseñas de todo tipo; y me encargué a Lima los dos tomos de La palabra del mudo.

En muchas de las fotos que escogí para las diapositivas que presenté ante mis estudiantes en la clase, Ribeyro  sale con su amigo el cigarrillo, en otras con su amante: la máquina de escribir. En muchas de las fotos él mira a la cámara como si mirara a otro lado, como ese personaje de Los eucaliptos que observa pensativo la calle de un barrio que se ha transformado para siempre frente a sus ojos.

Y me pregunto si así miraré yo a Lima. Con esos ojos que por más que quisieran no podrían olvidar.

Los Duros

La semana anterior la revista literaria Luvina de la Universidad de Guadalajara, México –la misma que organiza todos los años la muy concurrida Feria Internacional del Libro– publicó en su edición Otoño 2011  el cuento Los Duros, una primera versión de una historia que he venido trabajando desde el 2010.

Aquí pueden entrar a Los Duros de Luvina; pero también les dejo en este blog la última versión de la historia.

Hay diferencias en la voz del narrador, en el principio y en el desenlace. Me parece que hay un mejor trabajo de los elementos de ficción en esta última. Pero es difícil para mí juzgar–porque leyéndola me doy cuenta que el narrador en  primera persona tiene un efecto muy distinto en Los Duros de Luvina– si una versión es mejor que la otra. Lo dejo a su consideración. Solo espero que alguna les guste.

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Los Duros

–¿Te acuerdas de Cuki? preguntó Nicolás.

Estaba parado frente a la puerta de la casa de ella, esperando una respuesta. Se arrepintió de la pregunta. Muy tonta. Un perro: después de tantos años de lo único que se le ocurría hablar era de un perro. Miró la calle: nadie caminaba por las aceras. En otros barrios los jóvenes se apropiaban de las veredas. Había pandillas que secuestraban esquinas y creaban espacios para la amistad y el amor. Este era un típico barrio sin vida. Miró otra vez alrededor: paredes altas, cercos eléctricos, calles anchas y vacías. Pero sí había historias. Historias que merecían ser contadas, como ésta que sostenía entre sus manos: la historia de “Los Duros”.

Los Duros (Duro-zows-ky) tenían un perro que se llamaba Cuki. “Galletita en inglés” les explicaron los Duros a sus vecinos, los Segura. Los pelos le tapaban ambos ojos pero eso no impedía que Cuki cruzara la calle corriendo, ciego detrás de sus amos.

Los Duros fueron los únicos amigos de los Segura en aquél vecindario: la Urbanización de la Cooperativa de los Ingenieros. Allí había calles que rendían tributo a los ingenieros agrónomos, otras a los ingenieros químicos. A nadie se le ocurrió discriminar a los ingenieros sanitarios. De ese modo nació el nombre la calle más larga e iluminada de aquella urbanización. Frente a frente, sobre Los Sanitarios, vivían los Segura y los Duros.

El señor Durozowsky era polaco. Un ingeniero forestal corpachón y barbudo. Cuando hablaba siempre parecía estar rumiando algo, con una sarta de groserías en un español que arrastraba las erres. La señora Durozowsky era una profesora con gafas gruesas, a quien los Segura jamás vieron sin algún libro entre las manos. El  señor Segura era ingeniero civil, retaco, con un bigotazo negro y una generosa panza. Tenía un singular talento para responderle al polaco con doble sentido pero sin usar nunca una mala palabra. La señora Segura era una prolija ama de casa con ojos inquietos, lectora voraz de la página de consejos nutritivos de la revista Buen Hogar.

El señor Segura y el señor Durozowsky se encontraron por primera vez en la época en que había que estacionar el auto a un kilómetro del proyecto de la urbanización –en un claro entre unas plantaciones de maíz– y hacerse camino a machetazos. Duro le invitó a Segura una cerveza que llevaba en su Combi. Le dijo que viajaba por todo el mundo. Segura sacó un destapador de la guantera de su Volkswagen Escarabajo. Respondió que él viajaba por todo el Perú.

De una mata de maíz a otra, enfangándose los zapatos, contando los pasos y buscando en sus planos las líneas azules de sus futuras casas, descubrieron que iban a ser vecinos. Se abrazaron y se dijeron convencidos: “Nuestros hijos serán amigos”.

Nicolás Segura, el mayor de la familia, nació la mañana en que los obreros plantaban los fierros del primer piso de la que sería su casa. Tadeusz Durozowsky, el primogénito de los Duros, vino al mundo una semana después. Kike Segura nació al año siguiente, mientras se inundaban los techos con cemento. Ryszard, el segundo Duro, un mes luego. Los Segura y los Duros se mudaron a Los Sanitarios el mismo día, tras la segunda mano de pintura, antes de un gran terremoto. Comprobaron que la Urbanización de los Ingenieros duraría siglos: sus casas se remecieron pero siguieron en su sitio.  Ambas madres se encontraron en el centro de Los Sanitarios. Los mayores,Tadeusz y Nicolás, de pie a su lado, en pantaloncitos; Kike y Riszard, los segundos, envueltos en pañales, en sus brazos. Los padres se invitaron cervezas esa noche y brindaron por las construcciones antisísmicas y la ingeniería moderna.

El Cuki llegó por la época en que nació Cyprian, el tercer Duro. Era una bolita de pelo. Tadeuz y Ryszard cruzaron Los Sanitarios para mostrarles el perro a sus vecinos y la señora Segura casi lo pisa. Su barrigota de embarazada le impidió verlo. De ella estaba por salir Diana, la Segura menor.

Las madres cruzaban Los Sanitarios para compartir en sus salas los detalles de la vida asoleada de su vecindario rodeado de cerros, de paredes altas, de casas apiñadas una contra otra. Se quejaban de la lejanía de los supermercados, de la distancia de la playa. La señora Durozowsky le recomendaba a su amiga un buen libro; la señora Segura le proporcionaba a su vecina los últimos datos para preparar una sopa rica en proteínas y baja en grasas. Los niños se escabullían a los jardines: unos cuadraditos de césped donde jugaban a enterrar juguetes, a trepar árboles y a masacrar chanchitos de tierra.

Los televisores permanecían apagados y bajo llave porque ambas madres coincidían en que eran perniciosos. A cambio, les ofrecieron a sus hijos bicicletas. Querían que con ellas conquistaran el mundo. Tadeusz y Riszard, los Duros mayores, siempre se enfadaban con Cyprian, quien chiquitito y montado sobre su bicicleta de rueditas pretendía acompañarlos en sus expediciones. Nicolás y Kike Segura, se escapaban de Diana, asustados de sus pequeñas ambiciones en triciclo. Una vez descubrieron a Cyprian y a Diana siguiéndolos. Los Segura tuvieron que volver para encerrar a su hermana; y Los Duros regresaron a su hermano Cyprian. Antes de abandonarlo en la casa bajo llave, Tadeusz le destrozó las ruedas de su bicicletita a patadas, mientras le gritaba que aprendiera “a montar como hombre”.

Algunas mañanas, Nicolás y Kike jugaban Lego en la casa de Los Duros. Pasaban el día construyendo naves espaciales en el cuarto del mayor, Tadeusz. La diversión terminaba cuando Cyprian aparecía para robarse las piezas. Tadeusz lo arrastraba, pateándolo y jalándolo de un brazo hasta sacarlo de la habitación. Mientras Tadeusz ponía el seguro, Cyprian golpeaba furioso la puerta hasta ponerse a llorar. Después desaparecía, pero al día siguiente regresaba a escondidas y estrellaba contra el piso, una por una, todas las naves intergalácticas.

Había un enorme ficus plantado en el jardín frente a la casa de los Duros. Este era el corazón de sus fiestas de cumpleaños. Entonces los Durozowsky envejecían un año y el mayor de los Segura, Nicolás, se volvía hombrecito jugando a las escondidas; contando del uno al veinte con los ojos cerrados contra el tronco del ficus, para luego salir hacia los recovecos de la calle Los Sanitarios, en búsqueda de Halina.

Halina: la reina de sus sueños infantiles. Era la prima hermana de los Duros y vivía en el mismo barrio, a dos cuadras de Los Sanitarios, en la calle Los Mineros. Halina tenía el cabello largo, rubio y a menudo bastante sucio. Su mirada era azul y sus dos dientes frontales parecían estar siempre a punto de escaparse de aquella boca que Nicolás anhelaba chapar. Tanto la amaba que solo se atrevía a mirarla tres veces al año –en los cumpleaños de los tres Duros– después de contar del uno al veinte contra ese ficus cuyo tronco latía como loco. Hizo algunas locuras: le agarró las manos, le tocó los hombros. Cierta tarde en que ella corría hacia el árbol para salvarse, apretó con desamparo su cintura mientras Cuki lo ladraba. No se atrevió a más: no estaba preparado para los amores polacos.

El padre de los Duros viajaba con mucha frecuencia a Costa Rica. Se había impuesto la misión de salvar sus bosques. La noche anterior, su maleta dormía en la Combi. Los Duros lo llevaban hasta el aeropuerto con horas de anticipación, lo despedían delante del mostrador de Costa Rica Airlines, y regresaban a casa. La señora Dura se sentaba a leer en el sofá de la sala, hasta el regreso de su marido.

Los hijos mayores, Nicolás y Tadeusz, estaban entrando a la misma escuela secundaria cuando el Perú le quedó chico al señor Duro. Consiguió un trabajo muy bien pagado para proteger los bosques de Costa Rica desde una oficina en Washington DC. El señor Segura cruzó Los Sanitarios con un whiskey de despedida y en la sala de Los Duros compartió con su amigo hielos e impresiones: El país se estaba yendo al diablo. Había que escaparse antes de que zozobrara el barco.

Al regresar del aeropuerto, tras despedir a sus amigos, Nicolás, Kike y Diana se sentían como los familiares de esos sicilianos de las películas que se iban para América. Estaban convencidos de que Los Duros aprenderían a jugar al béisbol y no regresarían jamás al Perú.

Cuki se quedó en la casa de los Duros, al cuidado de los inquilinos. Su prima Halina tampoco se movió de aquel barrio. Sin embargo, a falta de los cumpleaños de Los Duros, Nicolás solo la vería crecer desde lejos, alrededor de la calle Los Mineros ––dando interminables vueltas frente a su casa, espiando desde la bicicleta–– aquellos años en que Halina empezaba a lavarse más el cabello y a ponerse politos más anchos.

Nicolás y Tadeusz, los hermanos mayores, establecieron una correspondencia furiosa entre Perú y Estados Unidos, con cartas inundadas de confesiones. La vida de Nicolás Segura se hacía más fácil con ese amigo al que, gracias a la distancia, no le daba vergüenza contarle traumas típicos de adolescentes.

“No tienes idea de lo que te has salvado. La fiesta de pre promoción, la última porquería inventada por las madres de familia para acelerar el matrimonio de sus hijas bonitas y matar la poca dignidad de los tímidos del colegio”. “Tuve suerte, Tadeusz”, le decía Nicolás en una de sus cartas. “En el último minuto conocí a esta chica: Lupe. Bellísima y graciosíma. La vi en una fiesta en casa de mis parientes (mi tío Pancho, el aprista ¿te acuerdas?), así que le pregunté, entre broma y broma, si quería ir a mi fiesta de pre-pro. Me dijo que sí. Estuvo muy linda en la fiesta, con un vestido apretado (tiene unas tetazas). Bailamos toda la noche, la pasé espectacular”. A Nicolás sí le dio vergüenza contarle a Tadeusz las barbaridades que se le ocurrían hacer con los pechazos de Lupe, porque se sentía culpable de imaginarse las mismas fantasías tremebundas con los senos de su prima Halina.

Cada situación embarazosa en el colegio se transformaba en una carta de Nicolás a Tadeusz: “Nos están enseñando computación. No entiendo nada. Hay que aprenderse un montón de comandos solo para cambiar de párrafo. Prefiero mi máquina de escribir. La estoy utilizando mucho estos días, para escribir una historia. Te la voy a mandar”.

Así le llegó a Tadeusz una fotocopia de su epopeya “No a los Mercados del Pueblo”. Era una novelita en la cual las instalaciones de su colegio privado eran confiscadas por las fuerzas estatizadoras del gobierno del país. El supremo padre director del colegio era forzado a vender paquetes de calzoncillos arcoiris –siete colores, uno para cada día de la semana–; y la sagrada biblioteca era transformada en carnicería. En la novela, alumnos y profesores se organizaban militarmente y conseguían recuperar el colegio, tras derrotar al gobierno estatizador.

A Nicolás la secundaria se le terminó sin cariño: “No te he contado sobre la fiesta de promoción, Tadeusz. Nada bueno. Unos amigos me chantaron a una compañera que se cambió de colegio. No era fea, pero engordó. Parecía un tamal. No lo supe hasta que la fuimos a recoger a su casa y ya no me quedaba otra. ¡Qué diferencia con Lupe! Le pedí a Lupe que me acompañe pero no podía. Ahora tiene enamorado. Al menos me emborraché. Ya se acabó el colegio, pero ahora comienza lo más jodido. ¿Te dije que me matriculé en una academia preuniversitaria? Queda lejísimos del barrio, tengo que levantarme a las seis de la mañana para llegar a la clase.”

Es que la Urbanización de los Ingenieros siempre estuvo lejos de todo; y Los Sanitarios fue aquella calle que daba risa encontrarla en las invitaciones y daba rabia nunca encontrarla en los mapas. Las tarjetas de cumpleaños de los Segura siempre estaban acompañadas por un pequeño croquis: aquí termina la Javier Prado, ésta es la avenida La Molina, ésta es la extensión de la Javier Prado, aquí está el edificio de la IBM, al frente de la IBM están Los Sanitarios. No servía de mucho: los invitados siempre se perdían.

Cuando se fueron los Duros a Estados Unidos, Cuki ya no cruzaba la calle para visitar a los Segura. Los inquilinos lo encerraban. Nicolás lo escuchaba ladrar detrás de la puerta, cuando partía por las mañanas hacia la academia preuniversitaria. Sin embargo, Cuki aprovechaba cuando la familia abría el garaje para fugarse. Corría infatigable detrás de los carros y las bicicletas que pasaban frente a su casa. Hasta una tarde fatal en la cual, ya viejo, creyéndose aún el dueño y señor de Los Sanitarios, Cuki salió disparado para corretear a un automóvil. Lo arrollaron y se dieron a la fuga. Solo le alcanzaron las fuerzas para arrastrarse hasta el borde de la pista. Con la autorización de los inquilinos, los tres hermanos Segura enterraron a Cuki debajo del ficus, bajo el mismo pedazo de tierra donde Nicolás contaba del uno al veinte durante los cumpleaños de Los Duros, mientras Cuki lo ladraba –tal vez sospechando ya, que se tramaba algo con Halina.

Poco después de la muerte de Cuki, en un avión desde Washington DC, apareció Cyprian, el menor de los Duros. Tadeusz lo previno a Nicolás en una carta: “Se ha peleado con mis papás. Le ha venido de golpe toda la rebeldía y dice que quiere terminar el colegio en el Perú, con sus amigos de la promoción”. Los inquilinos consintieron en que Cyprian viviera con ellos, por unos meses. Así que allí apareció Cyprian una mañana, cruzando Los Sanitarios. Con un metro más de estatura y con una barba roja y desordenada que le cubría la infancia y parte de su adolescencia. Venía tan ansioso por acoplarse otra vez a los usos peruanos, que en su primera semana en Lima se metió en el cuerpo una tifoidea de cebiche de carretilla que lo dejó delgadísimo. Aguantó bien la fiebre. La señora Segura le preparaba sopas nutritivas y ella con Diana iban a su casa llevándoselas. El doctor le prohibió el alcohol. Tres meses después, Cyprian estaba curado y se tomó sus tres primeras botellas de ron con Coca-Cola. Entonces se creyó inmortal.

Diana Segura tenía la misma edad pero ninguna de las libertades de su amigo. Aún tenía que escabullirse del cerco protector que sus padres montaban alrededor de la casa, asustados de que Diana ya tuviera media docena de pretendientes. Diana cruzaba Los Sanitarios sin avisarle a nadie, para interrogar a Cyprian, para que éste le explique en privado cómo era ese país del que regresaba –y ese universo de fotos con que Cyprian empapeló las paredes de su cuarto, donde él parecía una especie de rocanrolero hippie. Entonces Diana supo que Cyprian –a quien ella solo recordaba montado sobre una bicicleta de rueditas y vestido con pantaloncitos cortos– cultivaba en su habitación una planta mágica. El Duro le ofreció a Diana ser su chamán particular, en sesiones especiales para ver el pasado y mejorar el futuro. En estas reuniones secretas, los hijos menores de ambas familias aprendieron los secretos de la pubertad.

Esos días explotó la bomba. El grupo terrorista Sendero Luminoso no estaba muy contento con la rapidez con la que el gobierno de turno estaba desarticulando su organización. Así que decidió reventarles a los de la IBM, al frente de Los Sanitarios, un automóvil con 300 kilos de anfo y de dinamita. Tal como habían resistido muchos años atrás los embates de un gran terremoto, los muros de ambas casas probaron ser a prueba de bombas. Los que se desplomaron fueron todos los vidrios de Los Sanitarios y, durante algunos días, la ignorada calle estuvo en los mapas.

“Toda la ciudad de Lima pasó a curiosear”,  le contó Nicolás en una carta a su amigo Tadeusz.  “Me encontré con una compañera del colegio y con su mamá, en el centro de mi sala. Me dijeron que pasaban en el auto y se les ocurrió entrar a las casas a mirar. Un pedazo del motor se estrelló contra nuestra pared, hizo un forado, rebotó y estuvo botando humito un buen rato en el medio del jardín. La IBM no quiere pagarnos ni un sol, y Defensa Civil solo nos ha dado cinco planchas de triplay.”

La familia Durozowsky había soportado entonces otra bomba mucho más devastadora que la de la IBM. Tadeusz se lo contó a su amigo Nicolás en una carta: “Mi papá nos dijo que hace muchos años que tiene otra relación con una señora de Costa Rica. Se fue de la casa y ahora todo está de cabeza. Ryzard y mi mamá se regresan pronto a vivir en Lima. Nicolás, tengo que acabar este semestre, pero ni bien termine yo también me regreso al Perú.” A los señores Segura no pareció sorprenderles demasiado la noticia: ya sospechaban que en Costa Rica no había tantos árboles que salvar.

Nicolás había adquirido la costumbre de robarse la camioneta de su padre por las noches. Se iba a visitar a una noviecita chiclayana y flaca, medio poeta, que le tocaba guitarra y con quien cantaba nueva trova hasta el amanecer. Nicolás devolvía la camioneta por la mañana, apurado; y se escapaba hacia la universidad, para evitar los colerones de su padre y sus: “nunca necesité de un auto para enamorar a tu madre”. Hasta que uno de aquellos días, al amanecer, mientras metía la camioneta en el garaje, vio a Ryszard, el segundo de los hermanos Duros, parado al lado del ficus, fumándose un cigarrillo: era su primera mañana en Lima. También llevaba una barba rojiza y desordenada. Acababa de llegar a su casa desde el aeropuerto, junto a su madre. Nicolás dio media vuelta a la camioneta y se lo llevó para que reconozca la ciudad. Fueron a una cantina. “Mi viejo entenderá”, le dijo a Ryszard, mientras le explicaba el asunto de la camioneta robada.

Tadeusz, en unas cartas cargadas de condenas a la adolescencia y al sistema gringo, le había contado a Nicolás sus aventuras de dormitorio. Al parecer –según le confirmó Ryszard aquella mañana– era cierto lo que se veía en las películas: los chicos podían ingresar o salir de los cuartos de sus mujeres por las escaleras de incendios o colgándose de las ramas de los árboles. Nicolás, en otra carta, le confesó a su amigo que había perdido su virginidad en un prostíbulo, en el entretiempo de las clases de su academia preuniversitaria. También le contó, en dos cartas extensas, de su relación romántica con la poetisa chiclayana, confesándole a su amigo que allí donde él quería ir, su enamorada no lo dejaba llegar. “No me puedes tocar ni las tetas hasta que nos casemos”, le había dicho ella, cuando Nicolás se arriesgó y metió ambas manos debajo de su camiseta.

“Tadeusz viene a fin de año” le dijo Ryszard al depedirse, casi al mediodía, mientras Nicolás dejaba la camioneta en el garaje y se escapaba hacia la universidad.

Y así fue. Pronto llegó la carta de Tadeusz anunciando su regreso. Volvía con un bachillerato en antropología, ansioso por retomar la vida en su país. Nicolás decidió que el día de la llegada de su amigo, se robaría la camioneta para recibirlo.

Llegó la hora. Nicolás ya arrancaba la camioneta apurado cuando vio, cruzando Los Sanitarios, el auto de Los Duros. La señora le hacía señas. Ella no podía ir al aeropuerto a recoger a su hijo. “¿Quieres ir con ellos?” le preguntó, señalando el auto. Allí estaban Ryszard sentado al volante, Cyprian de copiloto y, en el asiento de atrás, con las manos cruzaditas sobre sus blue jeans bien apretados; y con el cabello largo y limpio amarrado en una colita, estaba sentada Halina.

En el aeropuerto, esperaron a Tadeusz apoyados contra la barandilla de las llegadas internacionales. “En el cuarto de Ryszard encontré una historia tuya sobre tu colegio. Me he reído mucho” dijo Halina. Nicolás notó que sus dientes frontales habían retrocedido y dejaban ver mejor la carnecita de sus labios. Sintió que la vida le daba otra oportunidad.

Llegó Tadeusz. Nicolás y su amigo se abrazaron con fuerza. Conversaron mientras caminaban hacia el estacionamiento y mientras encajaban su enorme equipaje, a la fuerza, en la maletera. Tadeusz le dijo que sus planes eran obtener un doctorado en Lima y ponerse a trabajar en algún proyecto de desarrollo social con las comunidades del campo. No quería irse del país. “El Perú está cambiando. Ahora hay futuro” dijo Tadeusz; y Nicolás asintió –pensando en la captura de los cabecillas de Sendero Luminoso y en los buenos indicadores económicos de fines del siglo XX.

En el auto en que regresaban al barrio de Los Ingenieros, Nicolás les sugirió ir a un bar, a tomar unos tragos y a brindar por el futuro de las dos familias en el Perú. A recordar los viejos tiempos de Los Sanitarios. “Tú dirás”, aprobaron Los Duros.

Y se fueron. En ese auto donde apenas si entraban. Ryszard manejaba, su hermano Tadeusz iba de copiloto –después de mandar atrás a Cyprian, a quien no le molestaba ceder el asiento a su hermano mayor si tenía la ventana para seguir fumando. Al centro iba Nicolás; y a su lado, pegadita, iba Halina.

**

Unos años después del regreso del mayor de los Duros; Nicolás, el mayor de los Segura, se largó del Perú. Consiguió –por intermedio de un tío metido en el gobierno– una beca para estudiar literatura una pequeña ciudad al este de los Estados Unidos. En ese lapso sucedió la primera gran crisis entre ambas familias: el señor Segura encontró a su hija Diana y a Cyprian besándose en el patio de la casa. Todo no hubiera pasado de una pequeña reprimenda, si el señor Segura no hubiera descubierto, escondido detrás de las cortinas de la sala, que el cigarrillo que Cyprian y Diana se pasaban entre beso y beso no era de tabaco. Botó a Cyprian de su casa. También se consiguió el teléfono de su padre en Costa Rica para gritarle en el auricular que su hijo menor no solo se había convertido en un borracho sino también en un fumón. “La borrrragcherrga y la fumaderrrga son cojudeces de adolescentes” dijo el señor Duro, pero el señor Segura le prometió, que si lo volvía ver a Cyprian rondando a Diana, no solo iba a golpear a su hijo; sino que se subiría al avión e iría a Costa Rica para “sacarte la mugre, porque además de ser un hueveras infiel, eres un padre irresponsable”. El señor Segura le encargó a Kike reforzar la vigilancia de su hermana Diana y le prohibió a toda la familia, –incluída a su esposa– visitar a los vecinos.

Desde los Estados Unidos, Nicolás entabló con su amigo Tadeusz una intensa correspondencia electrónica. Nicolás le contó a Tadeusz acerca de sus enormes dificultades para aprender el inglés; y de los trabajos de supervivencia que ejercía en Estados Unidos. “He sido parqueador de autos, mesero, lavador de platos, limpiador de baños y vendedor de ollas”. Nicolás estaba convencido: apenas terminara los estudios regresaría a Lima. Quería escribir una novela y dedicarse a enseñar literatura en una buena universidad.

La noche de su regreso, a escondidas de su padre, Nicolás Segura cruzó Los Sanitarios con una botella. Tadeuz lo abrazó con fervor. Conversaron a lo largo de la noche. Coincidieron en que estaban viejos pero en el fondo seguían siendo los mismos cojudos que crecieron frente a frente en la misma calle. Nicolás le pudo enumerar algunas experiencias con muchachas: sus escaleras de incendios y sus cuartos universitarios. Tadeusz mencionó de casualidad aquella vez en que él regresó al Perú y la tarde que pasaron en un bar, conversando acerca de su futuro. Nicolás reconoció que le daba vergüenza, pero que apenas si podía recordar lo que pasó. Terminó muy mal, vomitó toda la noche. “Halina está viviendo otra vez en Los Mineros”, dijo Tadeusz. Le contó que su prima había estado estudiando en Buenos Aires; pero que había vuelto para buscar trabajo en Lima.

–No se ha casado ni tiene enamorado ¿Por qué no la visitas? En ese bar estuviste abrazándola todo el tiempo ¿De verdad no te acuerdas?

**

Y era cierto que la abrazaba. Como si pretendiera reconstruir el rompecabezas del tiempo perdido, Nicolás les contaba a Los Duros detalles de sus fiestas de cumpleaños: cuando jugaban juntos a las escondidas y su pecho latía contra el tronco del ficus. En esa mesa del bar, entre brindis y brindis, cada cual más efusivo, Nicolás les recordaba sus aventuras en bicicletas; les hablaba de la despedida en el aeropuerto, del dolor que sintieron los hermanos Segura haciéndole adiós al avión en que se marchaban a Washington DC.  Nicolás casi lloraba cuando les confesó a sus amigos cuanto le habían hecho falta, que la vida en esos años no fue la misma sin ellos. Que fueron muy tristes los funerales de Cuki. Y después, unos segundos antes de enterrar la cabeza entre sus brazos y quedarse dormido, pasó los dedos entre los cabellos limpios de Halina, la besó en los labios y le ofreció que escribiría, dedicándosela a ella, una nueva historia. Le dijo que la llamaría “Los Duros”. También le prometió que, apenas la terminara, la iría a buscar. Y que entonces, venciendo el miedo, la invitaría a salir.

¿Sabes que yo le puse el nombre de Cuki? dijo Halina.

Nicolás recuperó el aire. Las calles del barrio seguían en silencio. A ella se le veía más bonita. Más mujer.

–No tenía ni idea.

–Mis primos tenían una sarta de nombres horribles: Mercurio, Burbuja, Lobo (¿puedes creerlo?) Cuki era el nombre del perrito de mi papá, antes de que nos mudáramos a este barrio. Soy muy buena poniendo nombres. Y apodos también.

–No me digas

–¿Quieres que te diga cuál era el apodo que te puse a ti? Te lo puse por esa época en que te la pasabas rondando por la calle frente a mi casa, montado en tu bicicleta. Eras todo un espía.

Nicolás sintió que su rostro enrojecía. Y supo entonces, con una vaga certeza de escritor primerizo y romántico, que la historia de los Segura y los Duros –después de tantos años y de tantas vueltas– tendría final feliz.

Es la distancia

A veces no teníamos ni para comprar comida. Nos sentábamos en nuestro plastiquito y poníamos en exhibición sus cuadros de la semana anterior, las reproducciones de mis fotos y una que otra figurita de arcilla. En todo el día nadie se detenía a mirarlos. Y allí estábamos Yuyo y yo, cada vez más tensos. No solo porque no íbamos a no comer nada al volver a casa sino también porque esa Olga lo había invitado a su hotel a conversar de arte ¿Y quién era yo para decirle que no fuera? Sin embargo se me ocurría, allí sentada, sin nada en el estómago, que Yuyo no le estaba poniendo suficientes ganas a ésto porque al fin y al cabo él se iba a ir a pasar la noche con ella y yo era la que me regresaba a casa con el estómago vacío.

Queso sabía cómo era pasar hambre. No la quiso interrumpir.No le pareció apropiado. En Europa él también había pasado hambre. Vagando por Portugal después de haber fracasado en París, de haber sido expulsado de Frankfurt. Cuando no le alcanzaba el dinero para comprar ningún boleto de regreso y ya se iba haciendo a la idea de vivir en la pobreza, de la incertidumbre del día siguiente. Felizmente en Lisboa los metros no tenía que pagarlos. Queso se metía a los vagones. Le parecía la idea más revolucionaria del mundo: que nadie le controlase, que el transporte estuviera al alcance de quienes lo pudieran pagar y también de quienes andaran por aquellos días cortos de efectivo, como él.

Pero la Gringa seguía hablando–ahora ya sentados en un rincón de La Noche–, Queso con otro vaso de chilcano de pisco y ella con otra botella de cerveza, observando a un grupo de adolescentes sentados alrededor de una mesa larga de madera. Queso empezó a estudiarlos ¿Cuál de ellos estaría perdidamente enamorado de cuál de ellas? ¿Quién de ellas le rompería el corazón a quién de ese grupo? Porque estaba seguro que su historia no podía ser mejor ni peor que todas las historias de desamor que había escuchado hasta entonces. Queso habría estado muriéndose de hambre en Europa, pero por culpa del amor otros chiquillos se cortaban las venas. Yuyo ni siquiera ofrecía acompañarla a la casa. De allí nomás cogía su parte de las cosas y las bolsas, y la dejaba a la Gringa sentada sobre los plastiquitos para que regresara con los costales, cuesta arriba hacia la casa. Estaban muy cerca del hotel de Olga, no tenía sentido que él se cansara subiendo hasta la casa, para unos minutos después tener que recorrer todo el camino en sentido contrario. «Esto es lo que siempre he querido», se repetía la Gringa durante la noche mirando las estrellas a través de la claraboya encima de su cama; en silencio porque todos sus casetes y discos los había escuchado hasta la saciedad con Yuyo, y escucharlos la ponían mal. ¿De eso se trataba realizar los sueños? Había motas de polvo flotando frente a sus ojos. Y la Gringa quería autoconvencerse de que no sentía celos.  Y no le bastaba, dijo la Gringa, decirse a sí misma que no tenía ningún derecho a ningún tipo de celos porque ella no era la enamorada de Yuyo. Era solo «su compañera» y eso les aseguraba a ambos absoluta libertad para hacer y deshacer su vida del modo que quisieran. Esas habían sido las reglas que se impusieron antes de mudarse de Lima. Las que iban a asegurarles que su vida–juntos pero separados–transcurriría sin mayores dramas: Yuyo focalizado en sus pinturas, ella en sus fotografías.

El hambre la estaba obligando a desviarse de su meta. La hacía sentirse recelosa de relaciones que no le deberían importar a nadie más que a Yuyo. La Gringa creyó que tal vez era la incertidumbre (¿y si Yuyo se enamora de alguna de esas muchachas y decide abandonar el proyecto? ¿valdría la pena quedarse sola en esa ciudad sin él? Trató de convencerse de que lo que estaba sintiendo era producto del futuro incierto. No pudo. Siguió sin dormir, viendo como esos espíritus negativos flotaban frente a sus ojos: polvo que cae del cielo para enterrarla, dándose cuenta de que lo que sentía en ese momento ya no era hambre, ni celos, sino un tenaz deseo de morirse.

A la mañana siguiente Yuyo apareció en la casa con bolsas de alimentos, latas de comida, huevos, jugos, arroz, menestras y una hogaza de pan. Empezó a cocinar mientras ella escuchaba desde su habitación, olía el aceite mientras él lo calentaba y luego los cuatro pasos desde la cocina y los dos golpes con calma en la puerta de la habitación para decirle a La Gringa que el desayuno estaba listo. Ella se sentó a la mesa y allí en su silla hizo el gesto como de estar sacándose las legañas, e hizo como que se desperezaba mirando los huevos y el arroz en el plato, el pan y la mantequilla a un lado–tal vez ya imaginándose que necesitaba un pedacito de turrón de Doña Pepa en esa mesa–incapaz de arruinarle la sonrisa de felicidad a Yuyo para decirle que no había podido dormir durante toda la noche.

¿No eran celos, sabes Queso? Era mi incredulidad de que Yuyo no se percatara de que había una manera mucho mejor de vivir este sueño. Un sueño perfecto donde ambos teníamos que estar juntos para disfrutarlo con intensidad. Un universo donde a mí no me importara que las ideas para sus cuadros–que yo le dictaba mientras me despertaba en la mañana–, él las copiara al día siguiente sin darme ningún crédito. Porque en ese sueño seríamos los dos parte de lo mismo y nos podríamos morir de hambre y tener otras relaciones, pero sin olvidarnos que los dos eramos parte de la misma unidad, que nos debíamos el uno al otro, más que a nada en el mundo. Era una pena tremenda que él no se diera cuenta de lo que se estaba perdiendo al dejarme ir. No me dolía que me hiciera a un lado, sino que no se diera cuenta de que ninguna realidad iba a ser mejor que aquella donde los dos éramos cómplices, dijo la Gringa mientras sorbía su primera cerveza en La Noche. Y la Gringa desayunaba con Yuyo, pretendiendo que estaba de mejor ánimo. Y Yuyo anunciaba que lo habían invitado a una exposición en Lima, que partía ya y que le iba a dejar comida para toda la semana. A la Gringa le daba igual si le dejaban comida o no. Lo único que la hacía sufrir era ver como Yuyo decidía dejar la posibilidad de un sueño que podía ser perfecto, por la imperfección de una aventura de algunas semanas. No eran celos. En esos pensamientos no había una tercera persona a la cual odiar sino solo Yuyo, solo él. Su figura demacrada, sus ojos hundiéndose más y más y alejándose otra vez, incapaz de quedarse al lado de la Gringa como si todo lo que habían vivido no fuera suficiente para convencerlo de que su felicidad no podía ser sino con ella. Se iba por una semana y regresaba. Tocaba la puerta o iba a buscarla por la ciudad y no le preocupaba encontrarla siempre sola, como si lo supiese, como si no se diera cuenta de que ella no tenía que estar sola, que le estaba dando otra chance, esperando a que Yuyo abra los ojos y se fije en lo que se estaba perdiendo, en la posibilidad que estaba dejando pasar.

Entonces La Gringa conoció al colombiano y le cayó bien. Lo invitó a la casa y se sirvió comida con él y le cayó muy bien, tanto que lo despidió temprano y se excusó de todas las maneras para no verlo por la noche en un bar donde él iba a estar con unos amigos, todos de paso hacia Ecuador. Y cuando apareció Yuyo después de un fin de semana con Olga–que regresó dos días para comprar unas artesanías que no pudo conseguir en ningún otro lado en Sudamérica–, La Gringa le contó a Yuyo sobre este muchacho colombiano (porque ella seguía respetando las reglas de contárselo todo, a pesar de que Yuyo hacía tiempo que las había olvidado y se guardaba grandes trozos de sus horas con Olga solo para él). Y hubo un detalle en su historia, acerca de la sonrisa del muchacho, que hizo que Yuyo se sobresalte y que no escuchase la historia como escuchaba las otras que ella le contaba e hiciera preguntas. No, ninguna pregunta, una leve mueca que no se le movió del rostro ese día ni el siguiente;  justo por los días en los cuales La Gringa le dijo a Yuyo que había estado conversando por teléfono con su primo Queso, que iba a venir a visitarlos.

Es muy difícil hablar de fidelidad cuando has pasado lo que nosotros hemos pasado. Recuerda que Yuyo y yo nos volvimos a juntar cuando estaba enferma en Lima y él vino a visitarme. Él se sentía traicionado por la vida que yo llevaba en Europa, muy lejos de él. Y yo me sentí traicionada de modo inevitable, creía yo, por lo que sucedió entre él y mi prima. Así y todo conseguimos construír una buena relación en los tres años que estuvimos juntos desde que regresé. Claro que los celos…los celos. Él no es de los que explotan de celos y te lo dicen en la cara. Yuyo sigue sonriéndote y comportándose como si nada pasara. Pero cambiaban nuestras rutinas. De pronto ocurrían silencios con mucha frecuencia, él se dedicaba a sus pinturas y yo pasaba a un segundo plano. Celos injustificados: desde que regresé a Lima, con el único hombre con el que estuve fue con él. Bastaba que le mencionara el nombre de uno de mis compañeros de las clases de fotografía, de alguno de los profesores que admiraba mi trabajo o que ofrecía ayudarme a mejorar mi estilo con el revelado. Yuyo se encerraba en sí mismo, ponía sus discos de Sui Generis o de Los Abuelos y ya no éramos uno sino dos. Yuyo se perdía. Así yo estuviera a su lado en la cama. No contestaba mis preguntas, no escuchaba, no respondía. Me miraba. No era un mirada de celos, era una mirada perdida, como si algo lo estuviera agarrando y llevando a un lugar donde yo no podía meterme. Así que una mañana terminé con él. «Nada complicado», me dije. «No podemos seguir así Yuyo. Yo te hablo y tú no me escuchas. No quieres que te ayude, no quieres hablar del futuro. No me deseas.»

Y era una de aquellas mañanas en las cuales él se levantaba de la cama, buscaba un casete que le gustaba, lo ponía y se quedaba sentado en la cama escuchándolo. A veces encendía un cigarrillo y fumaba y escuchaba. Yo le podía decir algo y él hacía un gesto como si estuviera tocando las baquetas, o rasgando la guitarra, o decía “Escucha, escucha” como si todo aquello que él quisiera decirme, todo lo importante que había que decir en ese momento estuviera en la voz de Charly García o de Miguel Abuelo. Una de esas mañanas, ya acostumbrada a ser ignorada, después del desayuno, yo le dije que no tenía sentido que sigamos juntos. Le expliqué, mientras él tomaba su café, como si yo le estuviera diciendo algo más sencillo: me voy de compras, a tomar fotos, qué sé yo. Sonrió y yo odié esa sonrisa que no decía nada. Odié sentirme culpable, porque eso era su sonrisa, su esfuerzo más intenso para que yo me sintiera culpable por hablarle de otros hombres, de mencionar a otros fotógrafos, otros profesores. Me fui y no nos volvimos a ver por varios meses.

Esa fue la época en que tú y yo nos encontramos en la galería, Queso. Esos eran los días en que yo me concentraba en ser una chica normal. Otra vez me dedicaba a mis trabajos, salía a la calle y me iba por lugares donde él y yo no habíamos ido: son tan pocos. A veces creo que cada calle de Lima y del Cuzco tiene alguna memoria de él. Que viví demasiado tiempo a su lado y que solo me queda acostumbrarme a vivir con esos “flashes” con él,  cada vez que camino por Miraflores, por Barranco, por Surco. Acá mismo en La Noche. Me sentaba, cada vez menos, ya no con tanta fuerza, pero igual me sucede: me siento contigo, miro alrededor, y aparecen en mi mente cientos de fotitos con él. Y a veces lamento no haber seguido ese camino. Tal vez hoy me habría olvidado de todo y tendría otro tipo de vida ¿no? Tal vez no.

Estábamos demasiado enredados el uno con el otro y un día se apareció, volvimos a salir, como amigos, y esa noche después de unas cervezas ya estaba yo riéndome otra vez de sus historias y conversábamos otra vez de ir al Cuzco, de quedarnos allá, de formar una colonia de artistas, de todos los planes donde estaba sobre entendido que él iba a ser un gran pintor y yo iba a ser su mujer. Y parecía correcto, Queso. Entendía que lo que había sucedido era un proceso natural de descanso. Habíamos necesitado una pausa y eso era todo. Podíamos adelantar el siguiente paso. Ninguno habló de regresar. Conversamos de contarnos todo, de ser amigos antes que nada más. Y allí fue donde tú nos encontraste Queso, en el Cuzco, unas semanas antes que él decidiera irse a Chile para visitar su neozelandesa, irse, dejarme, y en esos días en que yo también creí que tenía que dejarlo todo porque ya no aguantaba vivir en Cuzco sin él.

Partida y encuentro

¿Irse o no irse del país? Hubo una época, no muchos años atrás, en la que los abuelos amanecían y miraban la pobreza de la chacra que cosechaban, la humildad de la pequeña casa en la que pasaban sus días y se preguntaban: ¿Me voy a Lima? O el jovencito estaba ya en la edad, terminaba el colegio y las cosechas eran buenas. La pregunta entonces era: ¿Lo mando a Lima? De uno u otro modo, toda o parte de la familia terminaba en la capital. Y de allí nadie regresaba. Algunas veces la idea de emigrar empezaba como una aventura y al cabo de algunos años ya no se podía agarrar una maleta que pesaba demasiado y regresar. Pero Lima se volvió grande e inmanejable. De ser interesante se convirtió en peligrosa y las oportunidades se convertían en batallas desiguales. Irse del país siempre fue una última opción ¿Para qué? Sobre todo si no sabías dónde encontrar gente cariñosa esperándote al aterrizar. ¿Para qué? fue la primera pregunta que se hizo Queso en el avión, antes de aterrizar en Lisboa. Su vida en la oficina era insoportable. Tenía que cruzarse con la abogada al menos dos o tres veces a la semana. Además, si iba a la gerencia general y la secretaria le decía que no podían atenderlo «porque la abogada estaba reunida con el gerente de la compañía»,  Queso desarrollaba en su mente las escenas del porno más crudo mientras miraba la puerta de gerencia. Su trabajo se convertía en diez largas horas de agonía.

Uno de aquellos días, mientras mataba sus minutos de ocio al lado de la ventana de su oficina, observando el nuevo Peugeot que adquirió después de meses de contingencias y mentiras y fotocopias con préstamos de terceros­–porque su sueldo al parecer no era decente y sus facturas en garajes convertidos en cebicherías eran demasiadas–; abrió el parte. Supo lo que estaba dentro del sobre ni bien lo vio. Habían dos, ambos iguales. Uno para la familia. El otro estaba especialmente diseñado para él, de La Gringa. Ella que se había despedido de Queso en el aeropuerto del Cuzco, con la sensación de que tenía un nuevo amigo. Ella había seguido las instrucciones del Queso: el único ser humano en el planeta que no había entendido que la relación entre la Gringa y el Yuyo tenía que ser así: tormentosa, ridícula, tenía que ser un fracaso tras fracaso con explosiones. Una relación en la que jamás había que inmiscuirse, sino alejarse, cuidándose de aquellas chispas capaz de provocar grandes incendios. Diez años después, en el taxi que lo llevaba a Barranco, la Gringa ni se acordaba del breve discurso del Queso debajo de la bóveda de estrellas del Cuzco, sobre las escaleritas de su habitación, frente a patio de piedras. Un discursito ridículo, más bien. Que le había servido al Queso, todos estos años, para vivir con la convicción más o menos estúpida de que Yuyo y la Gringa habían regresado porque él se los había recomendado. La noche antes de tomar el avión a Lima, Queso le dijo a la Gringa que superen las infidelidades, y que ambos se declaren, oficialmente, el uno para el otro.

Así que esos sobres que el cartero lanzó por debajo de la puerta era su oficialización. Metió ambos en el bolsillo y no abrió el suyo hasta llegar a su oficina, después de haber pasado por gerencia, ya con el germen en la cabeza de una idea que se le ocurrió mientras conducía hacia el trabajo. Pasó por gerencia también para comprobar la situación de su abogada. “Están en reunión”, le dijo la secretaria, sentada delante de la puerta, como si no lo supiera. Queso pensó, mientras la miraba, en la vida de esa secretaria, haciendo como que no veía nada, sonriendo, negando la disponibilidad de su jefe. Diciéndole su mensaje casualmente, para que él no se diera cuenta que sospechaba. Si bien Queso sabía que la secretaria sabía.  Queso pensó en todo eso mientras ella le sonreía y le decía que el gerente general de la compañía estaba reunido con la abogada. Tal vez sabiendo, porque las mujeres se cuentan todo y alguien de la oficina le habría contado, no exactamente la abogada –que no conversaba más que con él y con los gerentes–, que ambos habían salido juntos un par de veces, que Queso se moría por ella, que…Entonces Queso siguió de largo, cerró la puerta de su oficina y se sentó a su escritorio mientras miraba por la ventana su nuevo Peugeot, azul como lo había pedido cinco meses atrás, sin sospechar que los papeleos para que le autorizaran el crédito iban a demorarse tanto. Mirándolo, tomó el parte de su bolsillo, lo cogió entre sus manos y lo abrió. Era el certificado de su firme convicción de que el amor lo puede todo. El certificado de su certeza–a pesar de las Olgas y los ingleses, de los pirañitas familiares que se meten donde nadie los ha llamado–de que aquella energía que mueve al mundo los ha llamado «pareja» y nada ni nadie podrá evitar que ellos se junten para siempre. Era también un certificado de la estupidez de Queso. Se imaginó entrando a la iglesia, rodeado de sus primos, de sus tíos, de la madre de la Gringa que lo iba a mirar igual que cuando cargaba aquellas dos fotografías para su hija envueltas en papel Kraft. Todos pensarían que en ese terno impecable parecía un simpático pingüino. Mirarían atrás en el tiempo, no muchos años atrás, ¿dos, tal vez? Y se preguntarían ¿No fue Queso quien les dijo que estaba saliendo con la Gringa? Y algunos de sus primos le dirían después de un par de vasos de whiskey, palmoteándole la espalda, que «por lo menos esa modelito se iba a quedar en la familia» ¿No era ese Queso el mismo que maldijo al Yuyo, borracho, por tratar a su novia, la Gringa, como una cualquiera, por no valorarla? El mismo Queso a quien Yuyo ayudaba a vomitar en sus primeras chupetas, con quien se emborrachaba de corrido desde el 31 de diciembre hasta el 2 de enero– si bien Queso se quedaba dormido en varios puntos de aquella maratón, para volverse a levantar y seguir tomando.  El mismo Queso a quien Yuyo abrazaba una tarde regresando de todos los bares de la ciudad imperial y besaba en el cachete porque pocas veces habían tenido oportunidad de emborracharse tan bien como esa vez.

Queso jamás había pensado en lo que haría de darse esta nueva situación. No estaba prevenido. Tenía que estar con ellos en la iglesia, mirándolos, saludándolos, deseándoles lo mejor. Luego se subiría a su precioso Peugeot azul del año, se iría a casa, dormiría el domingo, el lunes iría a trabajar para tocar la puerta del gerente. La secretaria le sonreiría porque otra vez el gerente ni la abogada lo podían atender. “Están revisando los contratos de las nuevas impresoras” adelantaría la secretaria, como para que se despejaran las dudas y quedara claro que ella estaba al tanto de todas las cosas que sucedían dentro de la compañia. Y Queso–muy decidido– pasaría delante de la secretaria, armado. Si la puerta estaba con seguro, la abriría con una bala y entonces, al ver al gerente general cabalgando las nalgas de la abogada, con los senos apachurrados contra el escritorio, les dispararía y acabaría con su pesadilla.  Sino podía recurrir a este recurso­–porque su carácter le impedía elaborar un poco mejor los detalles de esa solución que Queso llamó en su mente “la extrema”–haría lo que hizo: marcó el teléfono de la agencia de viajes. Pidió un pasaje para Europa. Tenía que ser el mismo día del matrimonio. No sabía nada de Lisboa, solo que podía desde allí coger el tren a París y sabía quién lo iba a recibir en Francia. O en España, o en Irlanda. Para que no existiera la posibilidad de arrepentirse, Queso compró el pasaje por teléfono. Dio su número de tarjeta de crédito, su clave personal. No había cambios ni devoluciones.

Así se embarcó Queso en su viaje al olvido, avergonzado en su propio Padna. Fue gracias a esa mañana, a ese parte con certificado de felicidad incompleta, que se cruzó seis años después en el bosque de Leiría con esa enfermera de Quebec. Aquella enfermera que estaba muy enterada de la pobreza en el Perú, de los problema de epidemias y pandemias, de la falta de educación para prevenir las enfermedades venéreas y que, solo por dos noches se quedaba alojada en el albergue internacional de estudiantes al lado del castillo de Leiría, pero juró que quería conversar un poco más sobre la pobreza en su país y los proyectos que ella llevaba a cabo, y su trabajo social en Portugal con los inmigrantes africanos. “Muchos llegan de Mozambique y de Angola, ya con SIDA. Es imprescindible una campaña educativa.” Karine se llamaba ella. Era de noche y hacía un poco de frío, pero ella vestía unos pantalones cortos reversibles de montañista y una camiseta que decía “pro-inmigrante”. Se iba a un festival de verano en un pueblo, acá muy cerca, cruzando el bosque. ¡Qué casualidad! Yo también. El Queso le contó que un camionero lo había dejado en Leiría en la mañana, que venía de Porto donde trabajaba como diseñador gráfico para esta compañía que creaba libros educativos. Karine había llegado al bosque después de haberle pedido una jalada a un campesino que pasaba en su camioneta. El campesino ofreció llevarla hasta el festival. Pero de modo muy sospechoso, a mitad de camino en la carretera, el campesino le había dicho que primero iba a entrar a su casa a sacar algo, que ella lo iba a acompañar. Que iba a tomar un desvío inesperado. Y Karine dijo que no, casi gritó que la deje allí, enmedio del bosque, que ella iba a caminar. Salió casi corriendo, cayéndose mientras huía de la camioneta del campesino. ¿Es un festival muy famoso no? preguntó ella. «Famosísimo», dijo Queso. Sus compañeros de trabajo en Porto le habían hablado todo el año acerca de ese festival: de las marionetas que representaban a cada pueblo de la zona, de los fuegos artificiales con figuras alegóricas, de las comidas que preparaban los pobladores y ofrecían sin costo a los visitantes. Solo duraba una noche. Siempre la misma noche, llueva o truene, una especie de ofrenda a sus fundadores portugueses.

Queso y Karina caminaron juntos por el bosque, entraron al pueblo y deambularon de grupo en grupo, se juntaron con la masa amontonada frente a carpas y kioskos para ver el espectáculo de las marionetas. Eran pequeñas representaciones de leyendas locales, con los muñecos vestidos a la usanza de la época medieval.  Se repetían con pequeñas variaciones. Y si bien al principio Queso las encontró singulares y divertidas, después de verlas repetirse una y otra vez durante dos horas, terminaron por aburrirlo, y encontró más entretenido observar a los padres con sus hijos jugando en las tómbolas y en los juegos de azar, en los que podías ganar una botella de vino si lanzabas los aros con puntería o un muñeco de peluche si disparabas la escopeta de aire con precisión. Pasada la medianoche empezaron los fuegos artificiales, y Karine le confesó–con una media sonrisa de pavor–que nunca había estado frente a una de estas explosiones de colores y figuras tan conmovedoras. Después de los fuegos artificiales, si bien la feria proseguía y los kioskos de juegos seguían abiertos, la mayor parte de los asistentes empezó a retirarse.  Queso buscó un carro entre los que se marchaban. Un muchacho que viajaba en una camioneta con la esposa y los hijos ofreció llevarlos si no les molestaba viajar en la parte de atrás, al descubierto. Se treparon. Si bien el clima era agradable, el viento a esas horas de la noche era intenso. Queso se quitó su sudadera y la pasó alrededor de los hombros de Karine. La abrazó mientras se tapaban la cara porque la camioneta estaba levantando polvo mientras cruzaba el bosque.  El muchacho los dejó frente a la puerta del edificio donde estaban alojados–una mansión de hacienda que había sido restaurada en su esplendor de riqueza de provincia para transformarla en albergue para mochileros eruropeos–que a esa hora estaba muy oscuro y silencioso, como el resto de la pequeña ciudad de Leiría. Cruzaron la recepción del albergue, en dirección a la zona de las habitaciones, conversando con la voz casi susurrando: “Quiero que me cuentes más de tus proyectos de salud, de prevención de enfermedades. Tal vez yo pueda ayudar con diseño gráfico” dijo Queso. “Sí, sí, me encantaría” “¿Nos podemos encontrar mañana para desayunar?” “Oh sí. Me encantaría” dijo Karine y Queso notó que ella miraba de un modo distinto, con ímpetu, y claro, pensó, si la había encontrado en pantaloncitos y camiseta enmedio de un bosque, yendo a un festival de marionetas.  Se había mandado a caminar enmedio de un bosque, sola, de noche. Cualquier persona que cruzase el océano para ayudar a otros, para dedicar su vida a salvarle la vida a inmigrantes de los cuales jamás había escuchado antes, tenía que ser impetuosa, estar llena de buena energía. Le brillaban las mejillas con un rojo intenso, su rostro casi no tenía ninguna de aquellas marcas que definen la vida. Tenía dos manos muy activas y delicadas, que movía mucho cuando conversaba. El cabello era largo y rubio, lo llevaba amarrado con una liga en colita, unas mechas se salían de la liga y caían sobre el rostro acentuando sus facciones.

Queso acompañó a Karine hasta la puerta de su habitación y se fue a la suya a dormir. Habían pasado seis años desde que salió de Lima. ¿Cómo tomaría Karine su historia? No le importaría. Repasó en su cabeza como habían sucedido las cosas: Él había salido de Leiría, mal orientado, y se había perdido al momento de cruzar el bosque. Karine había conseguido un auto que la llevara y solo ciertas circunstancias la habían obligado a huir y caminar hacia donde Queso marchaba, solo por el bosque. Se habían encontrado al final de dos caminos que partían, uno desde Quebec, con deseo de salvar a los inmigrantes de las pestes y del maltrato europeo; el otro desde su escritorio en Lima con parte matrimonial y su deseo de no hacer el ridículo en una ceremonia religiosa. “Está escrito” pensó Queso, incapaz de conciliar el sueño. Se levantó de su cama, salió al pasillo y fue hacia la habitación de Karine. Al abrir la puerta notó que ella se movía en la cama, pero que no dijo nada. Como si entre las posibilidades para aquella noche hubiera previsto aquél desenlace. Queso se acercó a la cama, Karine le hizo un espacio,  movió la cubrecama  y Queso se echó al lado ella. Se besaron, ambos labios aún estaban fríos. Él deslizó sus manos debajo de la camiseta. Ella movió también las manos, heladas, sobre su cuerpo. Karine se detuvo un instante para palpar algo dentro  del bolsillo de los pijamas de Queso. Preguntó: “¿Qué tienes aquí?” Y Queso le respondió: “Un condón”.

El salto y la vista

Parque Salazar de Miraflores

La abogada empezó a cruzarse menos en su camino en la oficina. Queso había dado por concluído ese tema. Había empezado a tener otro tipo de sueños: la Gringa. ¿Sabía acaso la familia que Yuyo ya no estaba con ella? No podía preguntar así de un día para otro. Tenía que esperar un momento que no le pareciera sospechoso a nadie, buscar el tono para decirlo sin que atrajera más atención de la necesaria. Caminó con la Gringa por el malecón, regresando del bar de las camisas bien puestas y los bluejeans ajustados. La Gringa se asomó a la barandilla, observó al mar. ¿Qué es la muerte, Queso? ¿Por qué estamos tan obsesionados con detenerla? ¿No sería mejor que cada uno se enfrentara a ella con sus propias convicciones? ¿O que dado el caso la invitara a venir? Ella había pasado todas las tardes por aquel camino, regresando del laboratorio. Tras estar inclinada por horas de horas en un cuarto oscuro, revelando aquellas fotos que le servían para olvidarse de que la vida no tenía sentido. Se olvidaba del mundo y luego caminaba al lado de la baranda y miraba el mar. Parecía tan sencillo subir sobre ella y arrojarse.

El gerente de la compañía ha tenido un hijo. Le regaló un habano. Así que, pensó Queso, ya que voy a ver a la Gringa esta noche,  su primera cita, tal vez quería acompañarlo a fumárselo. Estuvieron en una banca del parque Salazar jugando con los fósforos. ¿Sabes que van a cerrar el parque la próxima semana? Van a construir un centro comercial. Restaurantes, cines, bares con vista al mar. Ya era hora. Queso trató de descubrir lo que pensaba la Gringa de todo aquello, pero ella estaba concentrada en encender el habano. No dejaba que la mire a los ojos. Todo está cambiando, Queso. La ciudad que conocimos los dos, no la vamos a reconocer cuando seamos adultos. Esta banca es probable que ya no exista. Escuché que le quieren poner una cúpula al puente para que la gente no salte. Entonces ya nadie va a poder asomarse a la barandilla y mirar. Si tengo hijos, jamás podré enseñarles lo mucho que significaba para mí apoyarme sobre este fierro y dejar que la brisa me toque, que el viento de las olas llegara hasta donde yo estaba parada; creyéndome tan libre como para imaginar que podía lanzarme. ¿Ves ese camino entre la hierba detrás del murito donde termina el parque? La Gringa opina que entre aquella hierba debe haber nidos de ratas. El Queso cuenta que una noche, él y sus hermanos bajaron por aquél camino, siguiendo la huella entre la grama. Dice que llegaron hasta un rinconcito sobre las columnas que sostienen al puente. Dice que se sentaron a tomar un six pack de cervezas que habían comprado y podían sentir la vibración de los autos cuando pasaban encima. Nunca vio una rata. La Gringa le dijo que en Londres, durante su primer año viviendo allí, jamás vio una rata en el subterráneo. Hasta que una amiga le explicó que allí estaban siempre y que el problema era que ella no se había fijado bien. La amiga se la llevó hasta el borde de uno de los andenes de la estación y le enseñó una rata pasando por debajo de los rieles, comiéndos los restos de una manzana. Después de ese día, la Gringa empezó a ver ratas por todos lados. Una pasó frente a la banca donde estaba sentada. Gritó y un muchacho negro que pasaba encaró a la rata y la pateó hacia los rieles. La rata blanca giró en el aire, dio una vuelta olímpica perfecta y cayó sobre sus cuatro patas para seguir corriendo y merodeando entre los rieles. La Gringa no se había percatado hasta ese momento, de que posible vivir sin enterarse de nada de lo que sucedía alrededor. Se podía seguir viviendo sin ver cosas tan evidentes como las traiciones o las mentiras. Solo bastaba no prestarles suficiente atención, concentrarse en otras tareas, llenar la cabeza de preocupaciones diferentes. Fue en esos años en que La Gringa empezó a desarrollar una cierta sensibilidad para sentirse culpable por las cosas evidentes en las que nunca se había fijado antes y de las cuales empezaba a darse cuenta. Acostada en la cama de su cuarto en Camden, pasó noches completas con los ojos abiertos y empezó a ver cosas de su familia, de sus relaciones personales, de sus parejas, y de Yuyo; que jamás había visto viviendo en Lima. Y comenzó a sentirse culpable por ellas, por nunca haberles prestado atención y por haberlas evadido. Todavía ignoraba muchas cosas. Pero si la Gringa se daba cuenta que había ignorado algo, entonces se le desarrollaba un sentimiento de culpa que la atormentaba por dentro, que la privaba del sueño, que la perseguía durante el día y no la abandonaba durante un largo período de tiempo.

Aquella fue la primera vez en que la Gringa le habló de los planes de irse a vivir al Cuzco con Yuyo. “Tal vez lo haremos, así ya no estemos” dijo la Gringa. Aquél debió haber sido el primer aviso serio para el Queso. La Gringa no iba a volver con él, pero vivir allá era un tema que habían conversado tanto y planificado tanto tiempo atrás que les parecía imposible no realizar. Rentarían una casita antigua con espacio para un taller y para un laboratorio fotográfico, ella se matricularía a estudiar pintura en Bellas Artes y conseguiría trabajo de investigación en un instituto de la imagen. Trabajarían diseñando y pintando los muros de restaurantes y de pubs del Cuzco o venderían sus cuadros a los turistas. Yuyo ya tenía elaborada una serie de más de cien temas para los cuales solo necesitaba un poco más de tiempo libre y la energía de esa ciudad. Organizarían a los pintores, fotógrafos y otros artistas gráficos cuzqueños y celebrarían festivales. Vivirían 100% del arte. Así no fueran ya más pareja, así otros sueños como los de casarse o tener hijos se tuvieran que dejar de lado. La Gringa extrañaría sus trabajitos de modelo en Lima, que le daban un buen ingreso, pero que la hacían sentir tan mal cuando pensaba en la cantidad de horas que estaba desperdiciando sin hacer las cosas artísticas que a ella le gustaban, sin tomar fotos, sin entrar al cuarto oscuro. Es decir, aquella vida en el Cuzco era la promesa que se tenía que cumplir, antes de claudicar todos los sueños por la manía de ser adultos, de volverse uno más. ¿Acaso Queso no había renunciado a su trabajo anterior porque también quería dedicarse a tiempo completo a dibujar, a terminar sus historietas, a publicar esa revistita que tuvo mucha circulación entre los kioskos de la Avenida Brasil? Un año entero lo iban a dedicar a intentar ser artistas.

Como supo pronto que de su arte él no podía vivir, se dedicó a viajar. Aprovechar bien doce meses, recorrer la montaña en autobús, a pie. Despertó a media noche al lado del mar en Máncora–después de celebrar la llegada del año nuevo, el final de sus doce meses de experimentación–y empezó a caminar hacia unas luces que se podían ver desde la playa, una casa de adobes donde él había estado hasta que lo agarró el cansancio y se fue a buscar su bolsa de dormir sobre la arerna. Al lado de la casa, conversaban dos de sus mejores amigos, sentados sobre cajas de cerveza, debajo de las ramas de un algarrobo. Un árbol que tenía más de cien años, un vecino más al que nadie se atrevía a molestar. Conversaban de los viajes que iban a realizar, de proyectos de ir a Europa, de comprarse un terreno cerca de Las Pocitas, de incrementos de sueldo. Queso escuchó, esos futuros que llegaban a sus oídos junto con el silbido del viento, vio madurar frente a él lo que aquellos muchachos llamaban un año próspero. Él también quería ir a Europa, comprarse un terrenito frente al mar, tal vez no tan lejos, cerca de Lima. Queso iba a recordar para siempre aquél algarrobo, donde la luz del sol del nuevo año parecía tener un color diferente, un color naranaja salpicado de rojo que se reflejaba en los rostros del grupo sentado al lado del tronco, bajo la copa del árbol. Lo iba a recordar porque esa mañana decidió dedicar el nuevo año a buscar un trabajo donde pudiera ahorrar, juntar lo necesario para un pasaje de avión que lo llevara a Europa, tener la plata que le permitiera ir de ciudad en ciudad subido en un tren y ver las callecitas empedradas de Roma, trepar hasta la cima de la torre Eiffel, y contemplar toda la tarde el río Arno desde el puente viejo de Florencia. Queso consiguió ese nuevo año el nuevo empleo, perfecto para la ocasión, para los ahorros, para los sueños. Ni bien entrado a la oficina le presentaron a la abogada y ella hizo un tema del mes escoger el restaurante donde Queso decidió invitarla a comer así tuviera que gastarse más de la mitad del dinero que había recibido. Así tuviera que aceptar que fuera ella la que condujera porque ofreció ir en transporte público y ella le dijo que “jamás, óyelo bien Queso, jamás me subiré a una combi” Entonces Queso empezó a jugar  a eso y la abogada parecía comprender bien sus instintos artísticos, no le disgustaba incluir conversaciones sobre tal o cual director de cine que ella consideraba aborrecible porque no tenía ninguna sensibilidad europea, encargándose de dejar en claro que conversaba solo para no hacerlo sentir mal, porque le agradaba su compañía. ¿Cuánto le agradaba? preguntó Queso, esa noche que los dos partían un bisteck que le costaría a Queso otra tajada del cheque. Valió la pena porque la abogada le estaba contando que su padre era diplomático, su madre era diplomática y los tres viajaban por todo el mundo, cambiaban de casa cada dos años. Pero no en el Perú donde ya estaba viviendo más de diez y quería quedarse. Un portón eléctrico con vigilante en la puerta, un vigilante que seguía el auto a paso rápido cuando la puerta ya se había cerrado y le abría la puerta a la abogada y saludaba a su amigo. Una casa donde todo tenía que suceder en silencio. Ella bajaba la voz y hasta los pasos se amortiguaban con el grosor de las alfombras. Entonces la abogada sacó una botella de vino, le sirvió un vaso de Pinot Grigio helado, le confesó que le agradaba mucho salir con él–ante la insistencia de Queso. Le dijo que se había convertido en su mejor amigo y que, por lo tanto, tenía que empezar a contarle de sus salidas furtivas con el dueño de la compañía donde trabajaban, que él era casado, pero la invitaba a la oficina con cualquier pretexto para besarse y le dijo que al comienzo ella se había resistido y había pedido renunciar pero que él se había comportado como todo un caballero.

Tres días después de aquella confesión, Queso estaba parado en una galería de arte, con una copa de vino helado en la mano, cuando la Gringa apareció para sacarlo de la duda. En el nuevo universo, la Gringa también tenía sus sueños de artista y estos no sucedían en Lima ni en Europa. En ese universo, Queso trabajaba diez, doce horas al día y juntaba dinero para un viaje de un mes de vacaciones recorriendo Europa, mientras la Gringa vivía con Yuyo, el ex enamorado, su sueño de vivir en el Cuzco dedicada a su arte. Esos dos universos eran imposibles de juntar. Si bien cabía la posibilidad que marchasen uno al lado del otro ¿no es cierto? Si no, cómo puedes explicar Gringa que estemos otra vez aquí, diez años después, olvidando de lo que pasó, de que nada resultó como tú lo habías querido,  que yo me largué no solo de esta ciudad sino del destino que no me ofrecía lo que yo quería tener. Porque parecía que algo se iba a reventar dentro mío, tal vez solo una esperanza es verdad, pero yo había vivido hasta entonces como el más tonto de los esperanzados y tal vez Heráclito y Bellow tenían razón y mi futuro era mi carácter, y mi carácter Gringa, es así.

Y Queso no tuvo más que decir, no quiso decir más porque sentía que si alguna vez había triunfado la amistad fue esa noche. Ni antes ni después. Y que todo lo que tuvo que decirle antes de largarse del Cuzco, aquella mañana después de la sesión de San Pedro a donde los llevó la Mami, estuvo bien. Fue acertado abrirle su corazón y decirle a La Gringa que ella tenía que intentar otra vez con Yuyo, ser paciente, tratar de quererlo otra vez, seguir sus sueños. Antes de marcharse al aeropuerto se lo repitió, para que la Gringa no creyera que después de lo que pasó esa noche él se había olvidado. Le repitió las mismas palabras que parecían dictadas por esas estrellas que llenaban la noche sobre el patio de la casita taller: ella y el Yuyo habían decidido anclar para dedicarse a soñar. En Lima solo lo esperaba esa oficina, diez horas al día de trabajo. Si bien ya no se cruzaba tan seguido con la abogada y ella al final había perdido la costumbre de dejarle mensajitos idiotas en el celular. ¿Fue un buen consejo?

Miraron el mar, mientras que el mesero del restaurante les decía, bajando los ojos como disculpándose por querer irse temprano a su casa: “Solo les puedo servir un último trago a los señores porque estamos cerrando” Se fijaron en la bahía de Miraflores. Aprendieron que aquella era la mejor hora para venir a este lugar. Era, tal vez, la única hora del día en la cual podían escoger esa mesa­–la mejor del restaurante–la única desde donde se podía ver las luces de Chorrillos y Barranco, los barcos adormecidos reflejando la luna, anclados al lado del Regatas. Y a esa hora, sin sentirse culpable de nada, ni por estar quitándole a nadie la mejor vista, con el mar a la espalda. Esa muchacha le sonreía mientras él le recordaba alguna frase que intercambiaron cuando caminaron la primera vez por el malecón. Queso pidió un chilcano de pisco y ella otra cerveza. La amistad había vencido, pensó Queso. ¿De qué otro modo se podía explicar que él estuviera otra vez al lado de ella, conversando de toda la vida como si no hubiera pasado nada? Sin ningún deseo de besarla, apreciando las dificultades de la Gringa; mientras ella escuchaba las insignificancias de una vida que era bastante feliz. “Nunca dudé que ibas a conseguir una muchacha linda” Fue una noche con bastantes silencios. El Queso sintió que cada silencio era como una fachada sostenida por toneladas de voces que llegaban del pasado, de recuerdos que se expresaban como mejor podían. La Gringa lo miró mientras sorbía el primer trago de su cerveza. Así nomás, dijo ella, mirándolo a los ojos con una sonrisa desde atrás del pico de su botellita, dejando que el mesero se alejara de su mesa con pasos torpes y con la cabeza baja, como disculpándose porque la Gringa no usaba el vaso mal lavado que le había dejado al lado, o tal vez por las luces que se habían bajado de intensidad porque el restaurante ya estaba cerrando, porque era casi la una de la madrugada y a ellos dos se le estaban acabando las opciones. Una amiga que estaba sufriendo, pensó Queso. Mucho más que lo que él sufrió cuando le llegó ese sobre con los detalles bordados y vio ese pedazo de cartulina blanca en la que sus tíos y los padres de la Gringa los invitaban al matrimonio de sus queridos hijos Yuyo y la Gringa. Sírvase pasar a los salones después de la ceremonia. Mucho más tristeza, con seguridad–pensó Queso–que aquél minuto luego de abrir el sobre, en la oficina, cuando tras echarle una mirada a su saldo en el banco llamó a la agencia de viajes y compró un pasaje para Europa. “Ese día, tiene que ser para ese día. ¿No hay vuelos para París?¿Para donde entonces? Está bien. Un pasaje para Lisboa, a las diez de la mañana. Escala en Nueva York, claro, muy bien”. Ahora ella le podía hablar de sus hijas, del dolor que le significaba el abandono de su padre. Le podía decir que ellas se estaban olvidando, que ya no preguntaban tanto por él. La Gringa le podía contar con detalles cómo la más pequeña, la que más se parece  a Yuyo está yendo a clases de ballet, y le gusta. Y que la menorcita dibujaba muy bien. ¿Y ella? Ella estaba viviendo nomás. Siempre tenía que hablar con voz de tragedia ¿no?¡Dramaqueen! Así la llamaban los otros miembros de la familia ¿Y las fotos? ¿Estás haciendo fotografía? La Gringa le podía contar que estaba en este proyecto con un artista inglés, que había venido dos veces a Lima para verla.

Podía escucharla sin sentir remordimiento. Es más, muy convencido de que la decisión de irse a vivir a Europa sin mucho dinero no fue tonta, ni apresurada. Que aquel viaje apresurado contribuyó a que se solucionaran ciertos temas. El matrimonio de Yuyo y la Gringa fue la mejor solución. ¿Se acordaba ella de lo que le dijo Queso antes de partir del Cuzco, la última vez? No, no se acordaba. Y Queso se sorprendió de que incluso aquello no le afectara. Que lo que él consideraba su diálogo perfecto en la despedida, a lo Casablanca, ella lo hubiera confundido en diez años de problemas. Porque tú no eres Humprey Bogart, Queso. Ella no era la mujer con la que tenías que saltar agarrado de la mano desde el puente, y tampoco existió jamás un mar perfecto al cual desbarrancarse gritando un poema de Keats.

La brisa, casi con ternura, complementaba el paisaje de la madrugada. ¿Quieres probar? Ella se acercó a probar un sorbo del chilcano de pisco. Dos vidas no tienen que estar condenadas al sufrimiento. Aquello es lo que hubiera sucedido. Queso se hubiera metido en sus proyectos, ella se hubiera inmiscuido en los proyectos del Queso  (que eran: viajar, vivir pobre, sufir hambre, casi morir atropellado, despertar a media noche pensando en regresar, viajar en trenes con temor a ser atrapado y deportado, fumar todo tipo de porquerías en España, encontrar a una muchacha en un bosque de Leiría: ¿De dónde eres? ¿Quebec? Siempre he querido ir a Quebec. ¿Trabajas en Portugal? Mucho mejor, yo vivo en Porto. Haciendo libros para la comunidad, un proyecto muy bonito. ¿Tú eres enfermera? Tengo un dolor en el pecho, no sé qué tomar. Jamás hubiera encontrado a esa muchacha en Leiría, en ese bosque a la medianoche, si no recibía ese parte de matrimonio y decidía viajar.

Terminó su chilcano y la Gringa se acabó la botella de cerveza. ¿Dónde vamos? Aún hay lugares abiertos en Barranco y un taxi está casi esperándolos. El taxista abre la puerta. Ese no, dice la Gringa, como si supiera que aquél no era el auto donde el destino los estaba esperando, cruzando esa calle, ese barrio, ese semáforo en rojo. Esos son muy caros. «Mira, tomemos uno en la calle, ese que viene». ¿Tico? No quiero un Tico. Súbete nomás. Y ella al subir al taxi le coge con suavidad el poto y Queso piensa que solo los buenos amigos se pueden coger el poto de aquella manera tan suave y sin doble intención. Se sube al taxi y arrancan hacia Barranco.

La Gringa

1.

¿Por qué le decían Gringa, si no lo era? ¿Por qué le decían blanca? Si su sangre y su piel tenían un poco de india, de negra, de blanca mezclada con todo. Así que había que aceptar nunca ser parte de ellos, venir de una clase acomodada, ser gringa porque eso significaban sus ojos, sus modales, su forma de vestir, la música que escuchaba, los libros que leía. Mira, si escuchara a Madonna y a Michael Jackson, hasta a Cobain, mira, te atraco. Pero si yo sólo escucho a Charly, a Spinetta, a Fito. Si ni siquiera sé leer en inglés y me encanta Argüedas, Cortázar, Benedetti…

El Queso aprovechó el siguiento trago de su vaso de chilcano de pisco para mirarla otra vez, para ubicarla en esas calles donde ella caminaba todos los días, entre esos muros de nueve y dieciséis ángulos por donde la Gringa se paseaba con su cámara fotográfica intentando retratar la hora de su vida. Con esa mochilita donde cargaba sus lentes, su ojo de pez, su teleobjetivo, sus filtros, intentando retratarlos, ser fiel a sí misma, mirar más allá de donde le habían enseñado sus ojos maleducados en Lima, en colegio de niñas ni más ni menos, en una academia privada, en sus caminatas de medianoche por el malecón, aproximándose a la baranda, dejando que su cuerpo se meciera y su cabello flotara hacia el Océano Pacífico. Allí nadie la hubiera llamado Gringa, tenía razón en quejarse. ¿Por qué pues? ¿Por qué aceptar esa otra forma de racismo? ¿Por qué doblarse ante la ignorancia, ante la falta de interés por saber que este país no era solo de indios, que le pese a quien le pese existía, para bien o para mal toda una corriente de inmigración europea desde los 1500, que así ellos hayan saqueado y sembrado sus iglesias sobre las paredes de los incas, este país era más colores que marrón ¿No tenía derecho a reclamar ser llamada por su nombre? ¿Qué justicia tenía pasar tanto tiempo tratando de descifrar una cultura si te miraban todos y te catalogaban inmediatamente como extranjera. Si por lo menos te llamaran limeñita, sin ofender, pero al menos entonces podrías defenderte, asumir los vicios de venir de la capital y las culpas del abandono de la montaña por la ciudad, de la centralización, de tantos siglos en los cuales nadie se fijó que el país estaba más allá de esos cerros que rodeaban el centro de Lima. Pero por favor, el país también estaba entre estos cerros, pegado a ese mar donde ella se asomaba a mirar, a imaginar, algunas veces, que podía dejarse caer, flotar, volar hasta el suelo. Y Queso la miraba otra vez, estaban cerrando ya, le estaban pasando el papelito con la cuenta, lo estaban invitando a moverse de aquella mesa en el rincón del bar donde se había instalado tan cómodo a contemplar a La Gringa, a contemplar el pasado, su pasado, el de él, porque nunca hubo nada entre ambos, si bien todo estuvo claro de su lado, jamás se arregló esa situación tan poco franca con la que él diez años atrás (exactamente la misma fecha, pensó el Queso, exactamente, pensó otra vez y ya no supo si era el pisco que le hacía imaginar fechas o era verdad, que alguna vez, en el vértigo de una mañana él decidió comprar un pasaje e ir a visitarla). La miró de nuevo y se imaginó cómo podía caminar la Gringa con su mochilita entre tanta piedra, tanta mirada, entrando en esa caverna convertida en casa social, club y discoteca donde solían sentarse ella y el Yuyo a mirar el techo, a decirse lo hicimos, estamos viviendo nuestro sueño, hemos dejado Lima y nos hemos ido a vivir en esta ciudad y todo va a salir bien como en la canción de Charly: Seremos ambos pasajeros en trance. La Gringa un poquito más flaca que al despedirse del laboratorio que su padre la dejó armar en la casa, de sus hermanos que consintieron en acompañarla hasta el aeropuerto y a darle el adiós a esa mala idea, tal vez ya viéndose otra vez recibiéndola, cargada de una maleta muy poco pesada y tantos recuerdos un poco incómodos, un poco fuera de lugar recordar. Así entraron, ambos viviendo la novela y Queso en Lima, recordando un intento de besarla, atormentado porque sus labios quisieron acercarse y ella miró para el otro lado, donde el último disco de Spinetta sonaba a varias revoluciones por minuto y decía muchas más cosas que las que él estaba preparado para oir. La Gringa y su Yuyo vivieron la novela. Entonces, una mañana cualquiera, hace exactamente diez años, cuando Queso ya había aceptado órdenes y contraórdenes y escuchado sugerencias y buenos consejos y apelaciones al sentido común, en aquella telenovela donde él era la víctima y ellos los felices herederos de las llaves de la felicidad; Queso se revolvió entre las sábanas y se levantó queriendo volver a mirarla. Quería escaparse de todo entre sus ojos, sucumbir a cierto modo como pronunciaba ella sus ideas, al ritmo con el cual mecía su cintura cuando caminaba con él y le enseñaba ese paseíto entre Miraflores y Barranco por donde ella caminaba siempre para ver el mar. Y fue. Hubiera llegado a tiempo y a la hora al aeropuerto, pero tenían que suceder otras cosas: Se le ocurrió al Queso preguntarle por teléfono si la Gringa deseaba que le llevara algo, si extrañaba alguna cosa de Lima. Y a la Gringa se le vino el antojo del turrón de Doña Pepa, que se puede conseguir en cualquier bodega de Lima durante el mes de octubre de los milagros, pero antes y después de octubre solo se consigue en esa tiendita frente al colegio de la Gringa. En esa callecita por donde iba su movilidad, la que la dejaba en las mañanas con su falda azul y blusa blanca, las tiritas afuera y la chompa de mangas demasiado largas; “aunque tal vez–le comentó una señora de pantalones apretados que pasaba frente a la puerta metálica cerrada porque la tiendita solo abría hasta las seis– ¿ha intentado en el Centro?¿En la Avenida Tacna?” Y si bien el Queso sabía que en la Avenida Tacna era donde hacía muchas décadas se había jodido el Perú y que por allí sus compañeros de la universidad empezaban a hacer sus prácticas en la sección de deportes del diario Expreso, no tenía mucha idea de cómo se llegaba manejando hasta la avenida Tacna. Pero llegó. Allí estaba en letras gigantes y moraditas la tienda central de los turrones San José, que son–como todos los peruanos sabemos–los más suavecitos, aquellos que cualquier Gringa que se preciara, se antojaría de comer en esa temporada fría y de lluvia serrana a donde el Queso quería ir porque no soportaba no poder verla. Así y todo hubiera llegado en punto al aeropuerto del Cuzco si hubiese seguido de largo por la Via Expresa y no se le hubiese ocurrido visitar a una amiga a mitad de camino, sin saber nada de aquella ruta por la que nunca viajaba–porque, para ser francos, a los pitucos de la Universidad de Lima les interesaba muy poco manejar hasta el Centro de Lima, mucho menos de noche, para comprar turrón. Entonces chocó, lo chocaron mas bien, por detrás. Me chocaron, Gringa. Ahí se empezó a descomponer toda la idea de llegar a tiempo al Cuzco.Y así regresó muy tarde a la casa, después de pelearse al costado de la Vía Expresa con el conductor del otro automóvil porque él no quería tener la culpa de chocarlo por detrás. Porque ese malcriado no quería pagar por los faros rotos. Se acostó muy tarde y no se pudo levantar al amanecer. Así que llegó un avión después, cuando la Gringa ya se había marchado del aeropuerto, entre esas callecitas de piedra donde ella y Yuyo vendían cerámicas, pedacitos de yeso con motivos pre-incaicos, soñando todavía en que se podía construir un paraíso entre los museos de piedra, entre las paredes de esa ciudad que se parecía tan poco a su infancia, a su adolescencia. Creyendo con firmeza que podían aprender y fundar algo que se llamara hogar, futuro, familia, etc. Entonces Queso miró otra vez sobre su mesa en el rincón del bar, ese papelito que decía “Pagapé”. Antes de pagar, Queso se terminó el último trago de su chilcano de pisco y sugirió que lo más apropiado era moverse a otro local ¿no? Total la noche es tan joven. Y ya vas llegando, vas llegando otra vez al tema de fondo. La identidad que no tienes, que construyes, la identidad que se basa en demasiadas cosas al mismo tiempo pero que algunos quisieran fundamentar solo en el color de la piel, documentar basándose tan solo en el lugar de nacimiento, como si no fuera duro para quienes nacen en una nación resquebrajada desde tanto tiempo atrás, moverse en ese universo nacional donde a uno por no ser como tienes que ser, es decir cobrizo, ni escuchar la misma música que todos ellos escuchan en la radio, es decir cumbia, chicha o como quieras llamar a esa mezcla nueva y tan moderna; se pierde la peruanidad. Tanto hablan de mezclas, oye; y se dice tanto sobre el mestizaje,  entonces ¿Por qué yo tengo que ser “Gringa”? Y sin dejar de reconocer las ventajas cuando uno viaja, de poder mezclarse mucho mejor en una ciudad europea, en los Estados Unidos, donde solo ser cobrizo ya implica pertencer a una cultura que no es muy occidental. ¿No será mucho peor, digo yo Gringa–dice el Queso–parecer indio y no serlo? Es decir, si tu aspecto fuera peruano-peruano, no sería mucho más fregado viajar y que todo el mundo te pregunte si tocas quena, si escuchas música andina, si hablas quechua. Porque conozco amigos que escuchan la misma música que yo, que leen lo mismo que yo leo y viven en el mismo círculo que yo vivo, pero parecen más peruanos que yo ¿Entiendes? ¿No será más feo? Como tanta gente que se va a Italia o a Alemania a vivir, que exigen su nacionalidad por el pasaporte y reclamando derechos de sus ancestros para luego llegar a las calles de Berlín y no saber qué decir, o pisar el aeropuerto de Roma creyendo que va a ser fácil comunicarse en español, entendiendo a último momento que aquellas clasecitas que les sugirieron tomar en el Antonio Raimondi no hubieran estado nada mal…La identidad ¿Qué identidad tienes tú, Queso? Peruano, mezclado, se nota ¿o no? Mira esta nariz, mira esta boca, de indio como de blanco, qué ridículo que sería llamarte blanco, desconocerte como peruano. Y sin embargo le ha pasado, Gringa. Ha llegado a un tren, rumbo a Arica y unos hombres se le han acercado a pedirle que él “por ser chileno” les pase algún bulto por la frontera. Y no le creen, lo miran como bicho raro, aún después de haberles enseñado el DNI. Soy tan peruano como ustedes señoras y señores. Que tengas que llegar a ese punto, qué bravo. Que no te consideren su compatriota porque eres tan diferente de ellos, y en ese punto, bueno, basta comprobar la experiencia de subirse a una combi, cualquier combi. A ti te debe haber pasado: levantar la cabeza de repente, mirar alrededor y darte cuenta que el único en toda la combi que tiene tu color de piel eres tú, que todos son mucho más cobrizos. Entonces la entiendes. Para la Gringa debe ser peor, porque teniendo la piel tan blanca, los ojos tan verdes, el cabello tan amarillo, mezclada en estas callecitas, caminando como ella camina, como si el mundo jamás se fuera a terminar, como si todos tuviéramos que esperar a que ella pasara, pero a la vez con esa urgencia inmensa por entender su situación en ese rompecabezas, queriendo ser parte de un proyecto más grande y sintiendo la frustración de no poder considerarse ante los ojos de ellos, de los que pasan por su costado en el Cuzco, ni siquiera peruana. Ser extranjera de arranque. De qué te sirve entre ellos saber que eres tan nacional como ellos si sabes que te miran distinto. Y tú miras distinto también, pero quisiera creer que es porque tienes el ojo artístico, de fotógrafa. Al menos así siempre lo he entendido yo, dice el Queso. Desde que la vio en esa primera exposición de sus trabajos de diseñadora gráfica, parada en esa esquina, con una copa de vino en la mano. Tantas veces la había visto ya en esa posición. Por ejemplo, cuando la Gringa se cachueleaba como super modelo, con ese vestido blanco, al lado de un automóvil ultra moderno, repartiendo volantes sobre la marca, información adicional sobre el motor. Sin embargo, hasta ese día la había visto siempre como la novia de su primo hermano, la enamorada eterna del colegio, la artista que había conocido el Yuyo en esas fiestas de promoción a las que se colaba aprovechando que tenía una mancha de amigos que corrían tabla cuando se iba con ellos no a correr tabla sino a mirar el mar, a encontrar inspiración, para poder pintar ese cuadro inmenso que Yuyo, su primo hermano, sabía que un día iba a pintar, que iba a empezar a bocetear de joven y solo iba a culminar de viejo, poco antes de que le avisaran que se lo tenían que llevar de emergencia al hospital para que se muera: “Un cuadro eterno, Queso”–le dijo una tarde allí en el Cuzco, cuando Queso ya no lo miraba con ojos de primo hermano sino como a un rival.

Así que en esa exposición, bajo la luz blanca de aquella galería donde ambos estaban exponiendo sus diseños, cuando Queso la seguía viendo como la novia de Yuyo, se acercó a saludarla como se saluda agradecido a la mujer hermosa que se acerca cruzando la sala para darte un enorme abrazo y probarle a todos esos otros hombres que te están viendo desde sus esquinas de artistas incómodos, poco convencidos, inseguros, que no eras un “Loser” más, que no estás allí para levantarte a nadie, para ver qué liga, para mirar distraidamente si alguna chica se acerca a ver tus diseños de principiante colgados en la pared de la galería, para en secreto inflar el pecho y darte ínfulas y llenarte de dicha y amor por una extraña a la que tal vez, tal vez, te acerques a insinuar que tú eres el artista. No, esta vez allí estaba la Gringa para cruzar a toda prisa la sala y darle un abrazo como ese de las películas; y él mirándola, a su futura prima, buscando a Yuyo en algún rincón, para ir a tomarse unos tragos después de esta aburrida presentación ¡Quién quiere ver los cuadros de uno colgados! Habiendo tantos lugares para ir acá en Miraflores, o en San Isidro, o en La Noche de Barranco, listo para decirles que él los invita, porque sabes que si bien los papás de Yuyo, sus tíos, tienen algo de plata, su primo desde que se ha dedicado al arte camina siempre con una mano adelante y otra detrás, pero feliz, pensando en ese cuadro eterno que va a pintar un día con los colores del crepúsculo del mar de Lima; mientras que al Queso, la buena fortuna lo está llamando por fin, después de haber pasado un par de años sin suerte, por fin te han contratado, de presidente editorial nada menos, productor general de los proyectos artísticos de esa gran empresa gráfica, y ahora que los cheques le empiezan a aparecer gorditos y puntuales en su cuenta de ahorros, pues tal vez será la hora de invitarle unos tragos al primo, aunque sea unos años mayor que tú. Al primo y a la futura prima que por lo que parece ha decidido ponerse seria mezclando su fotografía y el diseño digital, tan seria que la han premiado, con una medallita que va a adornar la sala de la casa de sus padres, o tal vez a mezclarse primero entre las sábanas de ese cuarto catastrófico y tan de artista donde a veces los sábados Yuyo lo deja entrar, tal vez solo para que vea lo feliz que se puede ser sin dinero pero durmiendo al lado de la Gringa el fin de semana. A sentarse los tres en ese colchón radioactivo, donde todavía se respira un verano más o menos hippie, y al fin y al cabo son todos de la familia, son todos Carbajal ¿no Queso? Allí lo está buscando a su primo, el del cabello más largo de la familia, el de la sonrisa, el de las borracheras que jamás se acaban, que nunca terminan si no ha llegado una o dos veces el alba y que pueden prolongarse en varios lugares diferentes de la ciudad para conversar de la vida, del arte, de Charly “Porque Charly se tira un pedo y yo me lanzo a olerlo primo”. Así que tal vez los pueda invitar esta noche a los dos ¿Vamos?

–Hemos terminado, Queso. Hace tres meses que no estamos.

Y esas palabras tal vez explican todo. El por qué Queso está allí, con ella, diez años después. Se explica el cuándo y el cómo se entremezclan las cosas y se complican como nunca se había imaginado antes. Explica también el choque, el turrón, la caminata por el malecón donde el Queso se asomó al mar al costado de la Gringa y le dio ganas de en algún momento saltar a volar juntos. Explica la llegada en el segundo avión, la identidad, la enemistad con un primo hermano que siempre será tu primo hermano, aunque él quisiera otra cosa, aunque hubiera mil perdones, excusas de por medio, incluso oportunidades y sacrificios, llanto, desesperación, viajes interprovinciales e intercontinentales para olvidar. Caminan por el malecón después de pagar, la noche es muy joven, es cierto, y la Gringa está contando otra vez un poco lo que pasó hasta entonces, cómo así llegó a este lugar donde está ahora–con dos hijos, divorciándose–como así la encuentra después de tanto tiempo. Que sí, que quería verla, que le interesaba saber cómo se sentía. Cómo un día miró Queso la herida, y se dio cuenta de que había sanado y que tal vez, como le dijeron tantos amigos consejeros, no debió meterse en una relación en la que no tenía ningún sentido una tercera persona, un ángulo incorrecto desde todo punto de vista. Han caminado unas cuadras, el Queso ofrece tomar un taxi para ir hasta el mirador desde donde, tal vez, todavía se podrían sentar en una mesa y observar el mar. Sabe que no está pidiendo nada de más, que la Gringa sabe que las estrellas son generosas y que son otras circunstancias. Han salido de la galería y Queso ya sabe que ella no es más la novia del Yuyo. Y la Gringa está ofreciéndole a Queso salir uno de estos días al cine, ir a ver alguna película, tomarse unos tragos. Queso era muy joven y estúpido entonces, como todos los artistas frustrados de 23 años que han crecido en cierto círculo social de clase media blanca, limeñito, blanquiñoso, dejémoslo ahí, para no volver a insistir en el tema de la identidad. Y también tiene él sus rollos andando por otro lado que no le conviene ni discutir, que no debería discutir, pero por qué no. Así que salen, hace 10 años, y se van conversando por el costado del mar; y 10 años depués se van conversando por el costado del mar, entre esos diez años y este momento, entre esa Gringa y esta Gringa, entre esa noche y esta noche, todo está por explicarse.

Sentía una gran desesperanza. Por primera vez la Gringa hablaba de aquello. Yuyo no estaba vendiendo sus cuadros, no encontraban más trabajo que algunas cositas sueltas, cachuelos por aquí y por allá. La Gringa estaba tratando de que la contraten como responsable del archivo fotográfico de la Casa de la Cultura y estaba en conversaciones, pero eso podía demorar ¿Y mientras tanto? Su papá le había mandado un poco de plata, pero le daba vergüenza pedirle más. Ella se había mudado con la historia de que en el Cuzco todo sería más fácil, que la vida de artista estaría combinada con una vida económica, sin penurias y sin hambre. Era temporada de lluvias y no hay ningún turista que compre artesanías. En el teléfono se podía escuchar el crepitar de las gotas furiosas contra las piedras de las calles alrededor de la Plaza de Armas. Había silencios que él interpretaba como estrofas inexplicables, canciones que podrían explicar todo, himnos al amor que él también conocía pero de los cuales en ese instante no se sabía ninguna de las letras. ¿Era así? ¿De eso se trataba ser feliz? Los tres estaban buscando la felicidad por caminos distintos. Había tanta poesía en esa historia de irse a vivir el sueño de artistas, de rentar una casita con patio, una pequeña comunidad artística a tiro de piedra de la fortaleza de Sacsahuamán, vivir de las cacerías de los gringos entre las calles del Cuzco por artículos interesantes, por arte que no fuera el típico y convencional cholito con la llamita, la chompa con diseños de montañas, de alpacas. La Gringa y el Yuyo acuclillados sobre un plástico azul debajo de la piedra de los doce ángulos, ofreciendo pedacitos de pinturas, muñequitos que hacían con arcilla, reproducciones de las fotografías que tomaba la Gringa y abstracciones con motivos incas. Detalles que podían quedar bastante muy bien en una sala con ventana en un departamento pequeño en Auckland: como el departamento que dice que tiene Olga, una muchacha flaca y de intensos ojos marrones, que le da su tarjeta, no a la Gringa, sino a Yuyo. Y Yuyo que se la mete con rapidez al bolsillo y le sonríe, y le pregunta algo sobre Nueva Zelanda en inglés. Yuyo que le explica a la Gringa que Olga tal vez quiera comprarle más de esos cuadritos que ha diseñado ella. Inspirada en diseños míos, Queso. Eso le dice en el teléfono la Gringa, un poco harta de las bromas, pero sin estar muy segura de estar haciendo lo posible, mientras se escuchan en el auricular los chorros de agua de lluvia que se deslizan por las tejas rojas de los techos y golpean con estrépito el cuadrado de la plaza. Felizmente hay un locutorio en cada esquina, Queso. A éste número me puedes llamar porque ya me conocen; les puedes dejar un mensaje para mí, les puedes dejar dicho a qué hora me vas a llamar y yo te espero. Queso: Espero que tú me llames. Entonces, piensa el Queso, aquello tampoco era la felicidad. Él estaba haciendo muy bien en olvidarse del arte. Ya ni siquiera boceteaba en sus horas libres, la computadora la estaba utilizando para descubrir las infinitas posibilidades del Photoshop, del Illustrator, del Quark Xpress y la empresa le estaba pagando un sueldo sustancial, con la promesa de nuevos proyectos que empezaban  a llegar, que con la promesa de la vida después de la muerte, de la revolución modernizadora de las empresas que llegaban y empezaban a invertir en el país, Queso podía imaginarse que iba a ascender, que el dinero en dólares iba a llegar y que su promesa de quedarse a vivir para siempre en el país con un trabajo bien pagado era una realidad. Esa también era la felicidad, la estabilidad, la seguridad de que no te puede faltar comida, que si abren una nueva cebichería en un  antiguo garaje puedes ir a almorzar, llamar por el celular a tus amigos que también están colocándose en puestos importantes, que ya tienen sus tarjetas que dicen Gerente general, Editor general, Jefe de redacción, Presidente del directorio.  Si bien a veces, como hace unos años, cuando dejó su primer trabajo, se encontraba con pintas en las paredes como aquella de la Avenida Benavides: “No dejes que se mueran tus sueños, imbécil” ¿Y no era su sueño ser artista? ¿Hacer sus historietas? ¿Era acaso éste su sueño: Despertarse a las siete de la mañana para ir a trabajar, de lunes a viernes, engordar en los nuevos garajes convertidos en restaurantes, luego vagar por las calles hasta algún bar, tomar unas copas, después largarse en su auto nuevo, en su cuatro por cuatro, a bostezar en la Javier Prado hasta el nuevo departamento, el de tus sueños, con guachimán y cochera privada? Y extrañando en el teléfono a la Gringa.  A ella que estaba viviendo su sueño, corriendo bajo esa lluvia intensa que atoraba de barro los desagües del Cuzco, hacia esa casita de adobe y quincha a donde llegaba empapada, protegiendo con ambas manos al maletincito con la cámara fotográfica. A la Gringa que sacaba del bolsillo de sus jeans, debajo del impermeable, esa llave oxidada y grande, la llave que abría el cerrojo de ese portón de madera pintado de celeste. Para correr otra vez y meterse a su cuarto, alrededor de ese patio de piso de piedra donde una vez  ella y Yuyo llegaron de Lima, para celebrar la realización de sus sueños de pareja adolescente, que todo lo puede, que no se amilana ante nada, que no puede dejar que la falta de dinero les arrebate esa llamita que arde dentro de sus corazones de artistas. Porque Cuzco es el ombligo de los sueños, allí se llega a buscar la armonía con el centro magnético de la tierra. En esa casita celeste de piedra, no está Yuyo esta noche. La Gringa siente más pesadas esas botas de cuero que se compró en Inglaterra. Dentro de su cuarto, se sienta sobre el colchón de su cama y las mira, todas salpicadas de barro; se saca las botas haciendo fuerza contra los maderos de su cama, esa cama debajo de una bóveda de vidrio por donde se pueden ver las estrellas que bailan sobre el Cuzco. Ya se ha olvidado que Queso le ha ofrecido volver, porque no tiene sentido. Si ya vino una vez, si ya se dio cuenta que esta historia no tiene salida ni final feliz. Allá en Lima se puede dejar llevar por la corriente, seguir su sueño de ser ejecutivo de su propia empresa editorial, tener en sus manos las decisiones de publicar a tal o cual autor, de hacer libros retrospectivos de los historietistas que admira, de Juan Acevedo, que ya le ha dicho en una reunión que estaría encantado de publicar tantas tiras de los 70s y de los 80s que están por allí desparramadas. Juan, artista a tiempo completo, de izquierda, con compromisos sociales y ojos de uva, bien blanco, cabello castaño claro. Queso se preguntaba si no tendría los mismos problemas de identidad de La Gringa, claro que él había solucionado todo volviéndose famoso, volviéndose el responsable de un arte que hablaba desde el Perú y sobre el Perú; que militaba con los objetivos de transformación en los que él creía. Que casi eran los mismos de la Gringa y de Queso, si bien Queso engordaba comiendo jaleas en ex-garajes y haciendo nada que se pareciera ni remotamente al arte de Juan, vendiendo sus ideas y sus sueños por un cheque gordo al final del mes, su ambición de ser feliz siendo artista por la seguridad del carro y del depa, en busca de la bella mujer.

¿Tuvo el amor algo que ver? Es que acaso era parte de la misma búsqueda. Juan había encontrado lo que quería, él era feliz con la tinta negra desparramándose sobre sus dedos, construyendo ese mundo de cuadraditos, de rectangulitos, de crash boom y zap, donde El Cuy, el Perro, La Araña No, avanzaban por sus aventuras en un país construido a medida del sentido del humor comprometido con la historia de amor de su autor. Queso y la Gringa y el Yuyo eran personitas insignificantes buscando todavía el camino, encontrándolo y perdiéndolo otra vez, sin compromisos, egoistas en el sentido de que su arte era una tema que les servía para ocultar que no tenían el valor de enfrentarse a temas más grandes, a las dificultades de una pareja, a la necesidad de seguridad. Juan tampoco había tenido una vida sin accidentes, su vida sentimental era parecida al caos de la informalidad, sus batallas no siempre se libraban con la seguridad de la estabilidad económica a fin de mes. Lo podían llmar para un trabajo como podían también ignorarlo. Si él se hubiera sentado al lado de Yuyo para que le explique su idea del cuadro eterno, del crepúsculo que se va pintando toda la vida y se termina con un último brochazo antes que lo vengan a buscar para morirse, tal vez Juan le hubiera dado un buen golpe, no le habría molestado reirse en su cara, pedirle que se pusiera serio, que se ensuciara un poco las uñas de las manos, que la vida no era así, tan fácil. Tal vez les daría crédito por intentarlo, por sentarse a vivir entre las piedras, a vender su arte debajo de una roca sin más comida que una lata a mediodía, sin más esperanzas que las de una luz que un día se despegaría del techo, les alumbraría el rostro y los haría reconocidos como dioses, como los nuevos Humareda, Chávez, Szyslo, los predestinados a modificar el arte peruano en el siglo XXI, los iluminados. Tal vez Juan tampoco tendría piedad de los sueños de la Gringa, de verla correr entre los chorros de agua y los relámpagos por esa callecita inclinada donde los indios vomitaban al bajar del cerro para ir hacia el mercado, hacia sus fiestas, hacia esa ciudad que ya se parecía cada vez menos a la de su infancia, ahora llena de negocios, de turistas, como esa Gringa que acampa con su marido, sentados sobre un plástico azul, y vende pedacitos de pinturas a extranjeras que deciden inclinarse, mirar más de una vez, imaginarse esos retazos de arte inca colgados de las paredes de sus amigos en una ciudad europea. Y Olga, la turista australiana, que decide invitar al artista, tomarse unas cervezas, saber otra vez qué espera Yuyo de ella, escuchar tal vez la historia, muy seductora, de un cuadro de un crepúsculo perfecto. Acaso le quedaba a Queso la excusa del destino. Que como la identidad era impredecible y veleidosa, que la puso a la Gringa en una galería bajo la luz perfecta hace diez años, que la hizo verlo a él, desamparado y artista también, correr a abrazarlo, invitarse a seguir caminando con ella por el malecón, a volver a esas calles como amigos, porque “ya hace varios meses que no estoy con Yuyo”. Si solo entonces Queso hubiera sabido la razón por la que ella y su primo ya no estaban, si hubiera sospechado que todo no puede ser tan simple ni tan superficial como las rupturas que él imaginaba. Y si tan solo hubiera escuchado las voces que le sugirieron alejarse. Queso puede decir bastantes cosas, el destino es una máquina con auto generador, con cables sueltos. Cómo iba a saber él que después de la galería ella lo iba a llamar, que lo iba a invitar a verse. Y la Gringa no sospechaba siquiera, o tal vez sí, porque la Gringa podía leer los ojos con la misma facilidad con que leía la fortuna en los dados, que Queso tenía el corazón peor que roto por aquella aventura con la abogada de la compañía. La Gringa no podía tener idea de las sospechas, de las dudas, de la miseria que le carcomía el corazón al Queso, cuando ella lo llamó para decirle si quería ir al cine. Y Queso, que se había precipitado hacia el teléfono, pensando que era la abogada, que tal vez lo llamaba para disculparse, para decirle que si le había hecho daño de algún modo no había sido intencional, que la perdonara, que estaba otra vez a punto de enamorarse de él pero que tenía que tenerle un poquito más de paciencia “porque las mujeres somos así”. Así hubiera sido culpa del Queso malinterpretar la invitación al cine con el destino. Un clavo que saca otro clavo, hubieran dicho con cierta calle y certeza sus amigos del trabajo. A los que no podía contarles nada porque a la abogada todos la conocían y tal vez no eran tan tontos y ya se habían dado cuenta de que él babeaba por ella. Y llegó el Queso al Cuzco,  por segunda vez, para encontrarse con la Gringa a la salida de una lavandería, con la ropa caliente y bien doblada en un cesto de mimbre. Él no cargaba sino una pequeña maleta con una muda de ropa y dos fotografías de formato grande envueltas en papel Kraft que había recogido de la casa de la Gringa, que ella esperaba vender a un bar que estaba por abrir al costadito del Kamikaze, ese hueco legendario del Cuzco subterráneo. Dos fotografías que había compuesto durante intensas semanas de laboratorio en San Isidro, dos juegos de espejos y luz en blanco y negro, que compuso pensando en una galería pero que estaba dispuesta ahora a vender por cien soles para que adornaran la pared a la entrada del bar. Allí donde entran tantos turistas y tal vez, quién sabe, alguno se le puede ocurrir levantar los ojos, mirar a los espejos y la luz en ese papel fotográfico en blanco y negro y después preguntar de dónde ha llegado el talento a esta fotógrafa que juega tan bien con los espejos y con la luz. Y ese turista tal vez tendría gran necesidad por dos fotografías como aquella para su estudio en Tel Aviv, tal vez tendría contactos con una compañía de arquitectos que estaba interesada en fichar a fotógrafas como aquella, de piernas largas, de ojos azules, de deseos perdidos en una tormenta de lluvia y en callecitas de piedra. La mamá de la Gringa había hecho esperar a Queso en la sala. Lo había mirado con curiosidad. Tal vez quería contarle toda la historia, darle detalles. Al Queso se le ocurrió que la mamá estaba estudiándolo para saber si “este tipo traerá a la Gringa de vuelta a Lima”. Si él le sacará de la cabeza esas ideas tan tontas de vivir la vida del artista. Si él la ayudaría a sentar cabeza y formar un hogar, tantas cojudeces que se le ocurrían entonces al Queso desde su perspectiva de ejecutivo de la editorial. Sin embargo la mamá no quería decirle eso. Queso sólo lo entendió después, ya mirando para atrás, coleccionando las piezas del rompecabezas una por una. La mamá de la Gringa lo que hubiera querido es sentarse con él, en la salita de la casa, y explicarle las mismas razones que Queso ya había escuchado antes en boca de otros, los mismo motivos por los cuales no debía aproximarse demasiado a esos dos, por las cuales tenía que dejarlos solos y no entrometerse. Si la mamá le hubiera tenido suficiente confianza, hubiese abierto una botellita, se habría sentado con él en la sala y, antes de entregarle las fotografías en el papel Kraft, le hubiera contado la historia completa que entonces Queso no conocía, le hubiera dado los datos que necesitaba para no perderse en ese segundo avión que lo llevaba para ningún lado. La mamá de la Gringa le hubiese amarrado los cordones de los zapatos para que no se caiga otra vez, añadiendo que su historia con la abogada podía ser mucho menos peligrosa que este viaje, que esas dos fotografías envueltas en papel Kraft, que él llevaba con la misma ilusión con la cual antes le había llevado el turrón de Doña Pepa. Ya sabes que gracias a ese viaje, Queso chocó su auto. A pesar de las horas que discutieron los detalles y las responsabilidades de pago, a pesar que el tipo de atrás, el que no supo frenar, le ofreció su tarjeta y un taller donde podía planchar todo y darle nuevos faros, allí estaba todavía su carro con la abolladura y el faro roto, con los cablecitos colgando. Pero la mamá de la Gringa apenas lo conocía así que no le invitó una botella. Supuso que si Queso era primo hermano de Yuyo, ya tenía que conocer también la historia. Ella no sabía que, a diferencia de su familia de tantas mujeres, donde se saben tan de prisa las traiciones y los amarres y los amores frustrados; en la de Yuyo, de pasado más bien provincial y recatado, temas como aquél no se ventilan nunca. Tal vez si le hubiera tenido más confianza al Queso lo habría sentado por algunos minutos en esa sala y le hubiera explicado ¿no? Allí no te puedes meter porque simplemente no entras ¿no? Lo que están haciendo está condenado al fracaso pero tienen que fracasar para que se den cuenta ¿no? La cabeza de mi hija siempre estuvo llena de fantasías y de aventuras y tiene que vivirlas todas antes de dedicarse al tipo de vida que él le podía ofrecer ¿no? Porque se la podía ofrecer ¿no? La Gringa le había hablado bien de él, de su trabajo, de la posición, del dinero que estaba haciendo, y sin embargo la mamá sólo veía un carro con una abolladura y unos cables colgando, estacionado frente a su casa ¿Su carro?¿No tenía plata para plancharlo, para comprarse otro faro? De todos modos, amigo, déjeme que lo llame amigo porque no me nace, no puedo llamarlo Queso como lo llama mi hija, porque queso, pues, no sé, es una palabra tan cargada de otro sentido ¿Como si tú fueras de la sierra, no? Pero si eres blanquito y puedes pasar piola en cualquiera de las fiestas de nuestra familia, donde tenemos otras primas que tienen la misma edad que la Gringa y tal vez ellas…Ellas que sí se fijan un poquito más en la estabilidad, en la responsabilidad, en la seguridad. Que sí aspiran a formar un hogar como el de nuestros padres, con una casa, un trabajo permanente, que no aspiran a pasar hambre en el Cuzco, a vivir a salto de mata, rematando fotografías que les ha costado meses (¡meses!) y mucho dinero terminar. Porque yo recuerdo haber ido a depositar en el banco para que mi hija pague sus matrículas del taller de fotografía, cuando regresó de Europa. Pero en fin, eso ya se lo habrá contado ella. Para qué aburrirlo, para qué. Semanas y semanas yendo a ese laboratorio al costado del malecón, encerrada en el cuartito oscuro, metida en un gran proyecto, mintiéndose a si misma, sin atreverse a llamar a Yuyo ni a sus primas, porque qué le iban a decir ellas. Qué explicación podía pedir la Gringa, si allá en Europa, ella también… Pero con su prima…lo más inexplicable. Así, encerrada en ese cuartito oscuro, la Gringa se tuvo que hacer miles de preguntas, debió respirar más del aire envenenado por los químicos que el recomendado por los doctores, pero salió de esas semanas con las dos impresiones, con esos espejos y esa luz que los atravezaba en el papel, que quería reflejar todas las inseguridades y el futuro que ella esperaba y que no se iba a materializar, tal vez jamás, porque no estaban preparados, ni ella ni él. No sabían qué hacer con tanto arte libre. No sabría que después de aquellas sesiones en el laboratorio se la llevaron de emergencia a la clínica, que recobró el sentido varias horas después, que su padre envejeció cuchocientos años allí al lado de su cama, perdiendo todas las ganas de cualquier colerón que se le podría haber ocurrido antes, cuando le dieron la noticia de la prima, pero no ahora. Su niña, su Gringa estaba en cuidados intensivos y él estaba dispuesto a todo lo que tuviera que hacer para mantenerla viva. Así que la madre no le contó como apareció otra vez Yuyo por la cama del hospital, cuando toda la familia se dio cuenta cuenta que aquél era el único modo de devolverle los ánimos a la Gringa. Y Yuyo se comió el orgullo y la desesperación de haberla visto partir a Europa dejándole nada más que un palpitante mostruo, un músculo rojo que botaba sangre y que aceptó rendirse a la evidencia de no verla jamás. No sólo eso: un músculo asqueroso que creyó que era una perfecta idea volver a visitar la casa, tal vez sólo para darle gusto a las primas que lo adoraban, al pobre flaco que es artista al fin y al cabo, que ha sido abandonado, que no recibe ninguna carta desde le otro lado del océano, que tiene que resignarse a vivir las tardes mirando ese crepúsculo magnífico que pintará todos los días hasta el día que lo busque la muerte. El papá de la Gringa ha tenido que aceptar salir de la clínica a dar una vuelta, para que pueda entrar Yuyo a verla, a inclinarse sobre ella para darle un beso en la frente, a dejar un ramo de rosas al lado de la cama, a prometer volver durante la semana. El papá ha tenido que aceptar que Yuyo estuviera al lado de su hija, apretándole la mano, cuando se la llevaron de vuelta a la casa por fin recuperada. Él ha tenido que aceptar que vuelvan a salir juntos, que parezcan normales otra vez esos fines de semana en los que ella se desaparecía de la familia para participar con él en esas borracheras de amigos que duraban hasta la tarde siguiente, hasta que la familia Carbajal, el tío Uriel que siempre fue aficionado a las cucharas, cantara a dúo con su hijo en la guitarra: “Un fracaso más que importa…” Mientras tanto, en la casa de al lado, la prima de la Gringa, adolorida, esperaba. La mamá de la Gringa le hubiera contado la historia completa, pero ella creía que Queso ya lo sabía y que hubiera sido perder el tiempo en un tema que no tenía sentido. Así que solo le dio las fotografías y le deseó suerte, desde la sala se despidió de él, porque no tenía ganas de volver a verlo subirse a ese  automóvil abollado, sin faro y con los cablecitos colgando. ¿Sabes cuando me enfurece más que me llamen Gringa, Queso? Cuando me doy cuenta de todo el tiempo que le he dedicado a estudiar a este país, a memorizarme nombres, historia, fechas, al cerciorarme, vez tras vez, de que el único país en el que yo sueño con ser reconocida es en éste. Que no me importa la fama o el prestigio artístico en cualquier otra ciudad del mundo, sino en Lima. Porque me gustaría llevar a mis padres, que los entrevisten, que les hagan hablar sobre las cosas que yo hacía cuando era chiquita, cómo cogía de la tierra y limpiaba la primera cámara que tuve, como me encerraba durante horas frente a una ventana para tomarle fotos a los cachorritos de nuestra perra. No quiero que pasen los años y descubrir que el Perú me va a seguir mirando como extranjera, como si yo no fuera parte de este sistema, de este universo; como si yo no girara como todos alrededor del mismo problema, de la misma cagada, a decir verdad, porque el arte en este país… Pero qué sabía Queso cuando la vio en esa galería, cuando aceptó salir con ella y entendió que lo que estaba pasándole no era otra cosa sino la misma fuerza de las circunstancias y una ceguera circunstancial que podría volverse defintiva, si, como Queso lo hizo, en vez de aprovecharse de la situación, él decidía enamorarse, si en vez de difrutar, él decidía sufrir. Y si sintió en algún momento algún escrúpulo, aquél se le fue después de salir con ella, cuando la Gringa apareció de la nada una noche de cine, y después decidió acompañarlo por el malecón, enseñarle como se bamboleaba en la baranda frente al mar, confesarle sus inseguridades y bajonazos en esa relación larguísima y aparentemente sin futuro con Yuyo. Caminaron más hacia el oeste, por el borde de los acantilados, y Queso señaló el local, las luces, los ruidos, donde el fin de semana anterior la abogada lo había llevado para enseñarle cómo eran sus noches en el distrito bohemio: nada de artistas, nada de apariencias extrañas ni caras mal afeitadas. Por el contrario, esas camisas bien puestas y los blue jeans de moda, al cuete, la tela linda de las blusas, los tragos caros. Y Queso cometió el error de llevar a La Gringa de la mano hasta ese lugar, porque intentaba conjurar el mal rato de la semana anterior con una revancha, porque quiso pensar que la calle de sus amigos era muy necesaria y que un clavo saca otro clavo, sin percatarse de que la Gringa no sólo era un clavo mucho más largo, filudo, que tenía la punta más oxidada, que ella era una invitación al tétanos. Entró con ella. Barranco estaba en las calles. Dentro del local, entre aquella semioscuridad y esa música de moda, entre esas luces de fondo y espíritu de oficina colectivo, escogió una mesa que no fue la del sábado anterior, lejos de aquella silla donde la abogada le había pedido que se siente. Entonces procedió a explicarle a la Gringa, con muchos pelos y detalles,  su relación desafortunada. Porque Queso no estaba pensando con la cabeza, porque carecía de los recursos, de toda esa calle que sus amigos le espetaban en la cara. Desconocía esa virtud, era un antisocial, una célula perdida cuando entraba en contacto con esos jóvenes que sí se sentían cómodos dentro de aquella farsa de club de moda. Detalles, detalles, Queso le dio todos los detalles a la Gringa y ella le dijo que esa relación estaba podrida, que tenía que olvidarse de ella, recomenzar todo otra vez. Así nomás, con valentía. Entonces se hizo más oscuro y empezaron a salir del club y alguien se acercó por la espalda de Queso y le puso la mano sobre los ojos, como una venda. Queso retiró las manos, sin poder responder a la pregunta: “¿Quién soy?” Ella era, la abogada. Queso hizo las presentaciones y le pareció que la sonrisa nerviosa de la abogada era de impotencia; mientras que los ojos de la Gringa, fijos e inexpresivos contra el rostro de la otra, eran una señal. La abogada le sugirió que ambos podían unirse a su mesa, donde un grupo de encorbatados bohemios discutían las proezas de la vida política nacional. Queso se disculpó nervioso, tenía que irse, otra noche tal vez. La Gringa le agarro la mano, miró a la abogada desde esos ojos claros y esa piel limpia de amiga que quería tal vez remediar, que deseaba solo ayudar, sin proponerse ser otra cosa que un punto y coma en la vida de Queso, sin proponerse ser el párrafo inicial de otra historia en su vida. Agarró esa mano que hasta entonces la abogada tenía cogida delicadamente, como invitándolo al Queso a dejarse de tonterías y a seguirla hasta aquél rincón donde la abogada y otros dos muchachos parecían estar pasándola muy bien. La Gringa fue la que le dijo: “Disculpa, pero ya nos tenemos que ir”. Agarró a Queso de la mano y lo jaló hasta la puerta del local. “¿Ves? Punto final”, dijo la Gringa.  Eso fue hace diez años. Exactamente diez años, cuando el Cuzco aún no existía, ni los viajes para olvidar, ni la distancia que lo cura todo. Pero habían pasado diez años desde aquellos eventos. Ahora la noche era tan joven, la Gringa estaba otra vez con él, mirando más allá, con tantas cosas de más, tanto lastre en la maleta. Caminaron juntos otra vez, sobre la avenida Larco que aún no se iba a dormir, en dirección al mar, buscando unos minutos más para recordar.

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