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The New York Street

Un blog lleno de historias

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Historias

Los bárbaros

Barbaros

Era una clase de teoría literaria. Era el Profesor Oswaldo Zavala mencionando a Alfonso Reyes, a Caliban, a Foucault-Barthes-Steiner-Eco convertidos en fans enamorados de Borges.

Alguien mencionó a Kavafis (recordé la novela de Coetzee) y en algún lugar del cerebro apareció la imagen: una revista que se llamaría Los bárbaros. ¿Qué día fue? Ayer les enseñaba a los sectarios el cartel original. Es un aviso en blanco y negro que pegué en la sala de lectura del departamento, con los nombres de todos ellos: mis primeros colaboradores. Me parece que era fines de noviembre. La fecha límite de entrega era el 31 de diciembre: el fin del último año sin ellos.

El 21 de marzo Los bárbaros abrieron los ojos y el mundo parecía un laberinto.

La fecha límite para el número 2 es el 30 de junio. Su aparición está proyectada para algún día a finales de agosto.

La gran belleza

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Una fiesta no lo es si no dura hasta el amanecer. Necesito ver el rostro de mis invitados cuando desaparece la luna. Ver esta ciudad rodeado de amigos, dejándome llevar por la dulce alegría de saberme vivo. Sabernos vivos. Hay una magia adicional cuando un grupo termina entregándose al baile, recorriendo los espacios entre las mesas entregados a la necedad, la sinrazón. Que los pies nos conduzcan al abandono. Después, por la mañana, mientras la ciudad duerme, quiero caminar por la calles que me han otorgado la vida.

Conforme los años pasan, empiezan las voces del desaliento. El “sí, me gusta este estilo de vida, y sin embargo…”, como si fuera un pecado descartar el futuro, no asumirse como miembro responsable de una sociedad. Los amigos que nos acompañan, cada cual buscando caminos distintos, tratando de abandonarse al delirio de la fiesta, y escarbando en los tiempos muertos para dejarnos ver que a pesar de la alegría, algo les molesta. Todos tienen una verdad acerca de su historia, todos quieren creer que han hecho lo necesario para no mirar atrás, antes de la muerte, y sentir el peso inmenso de la culpa.

En ciudades de momentos cincelados por los siglos es posible encontrar llaves de laberintos y palacios a los que sólo entran unos pocos. Ser de aquellos pocos fue siempre mi convicción. Decir lo que pensamos y aún tener esa libertad de caminar por cada habitación de nuestra ciudad sin que nadie sea capaz de cerrarnos el acceso. ¿Quien podría disfrutar mejor de esas vistas congeladas en el tiempo sino yo mismo? Escogiendo a mi acompañante, que sonreirá asombrada, porque nunca pensó que la ciudad tenía dueños.

Y entonces, una mañana de mucho solo, descubro (estoy seguro que ya lo sabía, pero esos resquicios de duda…) que todas son poses. Que los que se levantan a las 6 para tomar el tren de las 7 tampoco lo harían si es que no les atormentase la culpa. Que el sentido del deber los mantiene en un estado de insatisfacción, que quisieran hacer otra vez lo que nosotros hacemos, no pensar tanto en el ¿qué pasaría? y mucho más en la necesidad –que ahogan en promesas cívicas y religiosas cada vez que aparece – de abandonarse, de dejarse llevar, de ser felices sin pensar en nada más.

A veces encontramos en el camino a quienes el sacrificio les ha sido útil. Ellos llevaron una vida inspirada que consideran repleta de significado. A veces es un desconocido que nos sorprende con un comentario favorabla acerca de una novela. Nos halaga, si bien sabemos que no volveremos a escribir, que en ese momento se hizo porque estábamos enfermos con el amor ¿Ahora? Llenos de dudas, que se borran si es que creemos en lo que decimos creer: nuestra vida significa esto: ser el centro, vivir para los amigos, que nos adoren y nos adoremos juntos esperando las canas, las arrugas, el silencio final.

¿Y el gran invitado es feliz? No sé. Se tiende al lado de mujeres que no terminan de llenarlo, sigue pensando en una imagen dolorosa de adolescencia: esas rocas por donde caminaba descalzo, sin pensar en otra cosa que meterse al mar. En el sol que cae sobre las piedras mientras el océano se balancea como en una olla a punto de rebalsar. El horizonte. ¿Si se hubiera quedado con ella?¿Qué se hubiera sentido despertar por las mañanas al lado de una mujer que amas?

No quisiera mirar tantas veces atrás. Dedicado al placer, entregado a una vida donde él es el centro, donde tiene la capacidad de organizar las fiestas y también de arruinarlas. De no pensar en otra cosa que en sí mismo: somos todos ridículos, con nuestras ambiciones minúsculas, con nuestros vicios y secretos. Y claro, siempre tiene que volver a pensar en ella. En el día de sol cuando saltaba entre las rocas, salía del mar, la miraba y estaba cubierto de amor. Se lo ocurre que podría seguir escribiendo, que es posible para él una vida sin fiestas, con un poco más de significado. Es posible esa gran belleza.

Salir de viaje

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A esa aventura llegó como siempre había llegado en las mañanas al colegio: su madre, encargada de conducir a la familia cuando los tiempos eran estrechos y se imponía una misión imposible en Lima, puso dos llantas del auto sobre una vereda e improvisó un atajo frente a un atolladero de triciclos cerca de la Avenida Iquitos.

Los portones de la compañía de autobuses ya se estaban abriendo–con amontonamiento de fruteros ambulantes, vendedoras de cigarrillos al detalle y pasajeros de último minuto: esos que esperaban que el autobús volteara la esquina para ocupar a mitad de precio los asientos vacíos. Su padre se paró frente al autobús e hizo aspavientos para que el chofer le abriera la puerta a su hijo (su madre gritaba desde el auto: ¡Gordo, que no se vayan!)  y el hijo de 21 años sacó de la maletera un mochilón, se lo montó sobre la espalda, subió al bus y se sentó en el asiento reservado al lado de una amiga que lo miraba sin mucha sorpresa: conocía a esa familia y sabía que llegaba siempre tarde pero llegaba.

En aquel viaje cruzaron el desierto de Atacama, tomaron el tren al sur y tiraron dedo hasta Ancud en Chiloé, bailaron Lobo hombre en París en la discoteca más austral del mundo (la misma madrugada en que casi son arrollados por un caballo), cruzaron los Andes conversando con quienes los llevaron, presenciaron una granizada comiendo pizza y durmieron sobre un colchón de hippies con el dolor de una conjuntivitis en las afueras de una ciudad extraña. Entonces, una mañana, pusieron los pies en Buenos Aires.

Las fechas de salida de nuestra vida deberían de perdurar en la memoria. Salir de viaje tendría que ser siempre un día memorable.

Nada puede superar–aún–la mañana en que el muchacho llegó con anticipación al terminal (que en Brasil tiene el magnífico nombre de rodoviaria) y decidió su destino apuntando con el dedo a unas letras que formaban el bello nombre: Río de Janeiro. Desde entonces, en cada partida, él pretende repetir la experiencia y simular que sale hacia una gran aventura: la que alcance un lugar desconocido donde su vida, de manera inesperada, cambiará de rumbo.

Sábado 9 de marzo

Los momentos con buenos amigos siempre son gratos. Lo inusual es recorrer tres estados en un día para verlos.

Rescataré el placer de cruzar una y otra vez los puentes que conectan ambos lados del Hudson. Desde Peekskill en Nueva York hasta Dumont y Hasbrouck Heights en New Jersey y Pound Ridge en Connecticut. Vino aireado en la mañana, cerveza en botella por la tarde con carne recién sacada de la parrilla y champagne en copas de cristal, con panes con queso blando, antes de la medianoche.

Nos desviamos entre autopistas y avanzamos por senderos agotados por las señales que previenen que cruzan los animales. Pasamos entre desaliñadas calles suburbanas y por caminos embellecidos con bosques. Charlamos sobre la indigestión de los bebés,  arneses, cables y el miedo al vacío en museos científicos, cacería de venados –infructuosas– con flechas  en la penumbra, proyectos para importar faisanes por Fedex, estrategias para invadir un pueblo con gallinas que comen garrapatas; y poner a pastar alpacas en el jardín de nuestras casas.

Recibimos el autógrafo de una primera novela, ayudamos a voltear la carne en una parrillada de un sábado cálido y soleado. Nos llenamos la cabeza con imágenes en lagunas de Wisconsin, castillos en Dobbs Ferry y caminatas a solas por Venecia.

Discutimos sobre David Lodge, King Lear, los impuestos, los niños y la recuperación del mercado inmobiliario. Conocimos a tres perros: Fergus, Reagan y Duke. Vimos a dos gatos, ambos inexpresivos y distantes, merodeando por sus territorios sin consultarle a nadie.

La conversación con los amigos expande los límites de un fin de semana, promueve planes e invita a nuevos viajes.

Caspa en el tenedor

La mujer se metió por el callejón al lado del bar. Dos hombres conversaban apoyados contra los ladrillos del edificio y uno de ellos la tomó del brazo. “Está borracha” dijo el que la había agarrado, el más gordo. La mujer apenas si podía sostenerse.

Vestía una falda negra muy apretada a las piernas y  los tacones bastante altos. Yo había salido a fumarme un cigarrillo. Me acerqué no porque pensara en defenderla o en que podría suceder algo malo (todo eso lo pensé después) sino porque ella decía algo en español y los hombres reaccionaban como si no la comprendieran.  “Caspa en el tenedor” decía ella. No intentaba zafarse. Es más: era como si contara con aquel brazo para no caer.

Cuando me vieron, el gordo le dijo algo a su amigo y soltó la muñeca. Casi se cae. Entonces, ella volteó hacia mí.

Vi luces, sonidos, estrellas. De los edificios cercanos cayeron ramos de uvas. Mi mano tembló y mis ojos se llenaron de lágrimas ¿Por qué? ¿Cómo así me encontraba con la mujer que más había amado en un lugar así? No me reconoció. Dicen que la felicidad completa siempre viene en un solo sentido: América conoció a Europa pero Europa jamás supo de qué se trataba América. Así había sido nuestra vida. Por éso yo había emigrado. Ella, al parecer, había llegado siguiéndome. Fallé en decir algo. Ella se tambaleó y los dos hombres se alejaron con discresión hacia la oscuridad donde antes habían estado conversando. Me acerqué. Ella me echó los brazos a los hombros y tropecé de golpe con su aliento alcohólico, con el perfume de su cabello.

Ella no podía hablar. Yo era incapaz de decirle todo. Allí decidí mentirle. La subí a un taxi y nos fuimos a mi casa, al pequeño condominio en una calle de los suburbios donde había encontrado un trabajo estable y una familia (mis dos perros). Al taxista le tuve que repetir dos veces la dirección. Aclaré que le pagaría con la tarjeta de crédito y le daría una buena propina. Añadí que el viaje de ida y de vuelta no podía tomarle más de dos horas. Aceptó. Ella durmió todo el camino: apoyada en mí. Su boca estaba semi abierta, su baba mojaba mi camisa. Yo estaba en shock. En ese viaje en taxi, mis dos décadas de vida en los Estados Unidos se convirtieron en un completo espejismo. Mis cincuenta años recién cumplidos eran una broma pesada. A su lado, me convertí de nuevo en un adolescente, ése joven que la miraba al borde de un río, apoyado en su falda, pidiéndole un beso.

La recosté en mi cama, sin tocarle la ropa. Apagué la luz y me eché al lado de la cama, en el suelo. Estaba muy asustado pero traté de dormir. Una voz, la de ella–o la que ella fue–, me decía (en aquél margen que uno no sabe si se trata de los sueños o de la realidad)  que la vida continuaba. Esa voz me enumeraba las mentiras que yo me había repetido en veinte años de optimismo y de “nueva” vida. La voz me preguntaba si estaba preparado para volver a verla, si mi vida podría dar los mil vueltas necesarias para regresar a donde estuve antes de conocerla. Por fin, pensado en las posibilidades infinitas que nos esperaban al amanecer, yo me dormí.

Y al despertar me di cuenta, por supuesto: esa mujer no era ella.

Ella era boca

Quise ser piel y enjuagarme

Con tu ropa.

Y a las nueve, apagar la luz.

Quise ser sobre todo

Él en ti

Ser los dos

Pero no se pudo

La lluvia no permitía las corridas

(Podías resbalar)

Pongo a quemar las cartas que me diste ayer.

Y escucho lo que dicen aquí, en Guayaquil.

En tu carne

¿Me escuchas?

Creo que te has quedado dormida

Tengo un rizo tuyo perdido entre mis dientes

Te quiero con toda el alma

Quito, 8 de mayo 2000

Siempre al borde del mar

Siempre empezaba la marea brava mientras nosotros empaquetábamos nuestras cosas para irnos de la playa. El mar crecía de a pocos, con empujoncitos. De vez en cuando llegaba algún gruñido que era producto del impaciente rebote de las olas contra las peñas. Nosotros seguíamos pescando, fijándonos si teníamos tensa la cuerda, si habíamos dejado los peces lo suficientemente lejos de la marea, si los niños no se estaban metiendo en problemas. Era muy fácil meterse en problemas en aquella playa. Bastaba pisar la piedra incorrecta, resbalar en un instante de descuido y aterrizar aterido y violento sobre las rugosas rocas.

Me gustaba observar el mar. El cielo se iba haciendo rojizo con calma a lo largo de la tarde: lento, sin agitación, espontáneo. Nadie esperaba otra cosa que aquella maravilla y el cielo se sabía seguro de todos sus poderes. El color bañaba el mar de rojo y entonces todo se pintaba de aquellos tonos. Las aves se apuraban en bandadas hacia sus nidos, los lobos suspiraban hacia la roca grande donde se tendían a secarse antes de dormir, nosotros tensábamos el cordel una vez más y por encima del hombro hacíamos el plan mental para nuestra retirada. De repente llegaba la marea con un ronquido amenazante. Alguno de los niños se salvaba de tropezar y empezaba a mirar con miedo a la espuma blanca que los acorralaba. Nos observábamos con una sonrisa satisfecha y empezábamos a envolver en una red de recuerdos nuestro día de pesca.  El regreso hacia la casa era con linternas. Había siempre un aroma a calor salado, a una inteligente combinación de realidad y de sueños.

Pensé que así sería para siempre.

El lugar había sido heredado durante siglos por generaciones de familias que se acostumbraron a disponer de la tierra y el mar circundante a voluntad. Había papeles de los comuneros que promulgaban al pueblo entero como propietario pero –como siempre– eran unos pocos los que habían escogido los mejores solares y levantado techo sobre piedras a prudente distancia del agua. Mi familia había llegado por primera vez detrás de los caballos de un abuelo que era propietario de la mitad del pueblo. Yo nací en una época en que no quedaba nada de aquella historia de opulencia.

El camión de mi padre era demasiado viejo y tenía el casco inferior carcomido por la herrumbre. Las piedras del camino que descendía desde la carretera nos condenaban a los pasajeros a subirnos y bajarnos cada vez que parecía que esta máquina herida por los años y el descuido, se montaba sobre alguna roca y parecía que seguir con nosotros encima equivalía a partirla en dos.

Mi padre tenía una mala manera de mirarnos cuando eso sucedía, como si las incapacidades de su camión se le pudieran adjudicar a su hombría. Su espeso bigote negro era borrado de repente por el brillante rencor que iluminaba sus pupilas. Temblábamos con los insultos dirigidos hacia mi madre y a sus hijos. Él retrocedía, levantando más polvareda de la necesaria, y atacaba el camino con el motor generando un grito de guerra truculento, casi afónico.

En las últimas curvas, la bajada le daba velocidad y mi padre podía fingir una entrada exitosa al verano. Durante la temporada estábamos prohibidos de subirnos al camión. No podíamos dejar la playa. Los pocos viajes que él hacía eran para cuidar sus chacras y los realizaba solo. Nadie en el pueblo sospechó que si nos íbamos últimos, bien comenzado marzo, era porque a mi padre le asqueaba la idea de que su camión se quedase inútil, frente a otra gente, atollado en las curvas del camino de regreso.

Ese camión nos bastó para ir a la playa mientras no fue alcalde. Cuando lo eligieron, después de una campaña en que parecía estar aspirando a una versión de la sonrisa eterna,  lo primero que hizo, además de cerrar la boca–le quedaba mal y él lo sabía–fue tirarse el dinero para los arreglos de la carretera y encargarse a Lima un camión nuevo. Creo que sabía que todos lo sabían. También estoy seguro de que la opinión del pueblo le importaba una mierda.

Canela

Saúl carga la cara mal afeitada. Cabalga su yegua albina siguiendo la línea irregular de las laderas traicioneras al borde del Chañaral. Ha matado la mayor parte del día tendido sobre la grama de sus sembríos y le parece que se merece el descanso, que el maldito sol le está jugando un truco. Su yegua aligera el paso, escudriña la tierra, rebusca con las pezuñas entre las piedras: mata el tiempo, también.

Al final Saúl ve aparecer a Lorena, a paso lento entre los granados de la casa hacienda, cruzando la acequia frente a las matas de membrillos, avanzando sobre la reseca costra del cauce del río, sin ningún temor: Lorena, la que busca y encuentra, la que lleva la voz, envuelta en un vestido que la cubre como si fuese sólo un vapor, una idea. Viene a darle alcance. Saúl inspecciona el cielo. Todo está planeado y sin embargo aún le tiemblan las manos, le siente el frío a esa caspa de agua que le moja la palma.

Cuando ella está más cerca, lo necesario para verle las líneas del rostro, Saúl hace girar al animal sólo para que Lorena lo admire. Ya no es posible admirar a esas horas. Todo ha sido teñido de un tono anaranjado y triste. Lorena lo observa, aguarda a que Saúl acomode la grupa de la yegua y le ofrezca la mano para treparla. Saúl la seca al pasar, la palma contra los pelos del lomo. Sin embargo no puede evitar que Lorena toque su nerviosismo, su milímetro de duda húmeda en esa palma que todavía le teme a las consecuencias, a pesar de encontrarse cuarteada, recia y muy bien entrenada en el campo.

Así cabalgan ahora ambos, apretados sobre el lomo, al lado del río Chañaral, por el cauce seco, entre las rocas.

–¿Eso es todo? le pregunta Lorena, cuyo cuerpo se convierte poco a poco en sólo una sombra, en una mancha negra que avanza por la banda del río, muy adelante del perfil de la hacienda que desaparece en la oscuridad de la quebrada, muy hacia el fondo.

“Eso es todo”, piensa Saúl. Asiente en silencio. Siguen por la quebrada, aceptando el paso con el que la yegua los decide llevar. Se les hace de noche en la pampa. La cruzan en silencio, escuchando aquí y allá los quejidos de los zorros y las pataletas de los guanacos. Antes de la hora de la cena ya están entrando en el pueblo, pegados a las pircas de las chacras. No hay luz eléctrica y faltan almas en esas calles.

Cortan camino por el lado de la iglesia, hasta la sombra de una casa que hasta hace algunas semanas estaba tapada por el polvo y las telas de araña. La yegua se acomoda por un portón de acero e ingresa con ellos a las caballerizas. Huele a alfalfa. Mientras Saúl amarra a la yegua, ya apenas si se puede ver. Le levanta el vestido a Lorena. Sus dedos se meten entre las piernas y palpan una humedad más desesperada que la suya.

–Hace tiempo que nadie me toca, dice Lorena, sabiendo que él no necesita la explicación. En la oscuridad, gracias a un hilo de luz de luna, aún se puede adivinar al lado de la yegua, la forma de la cama de heno. Allí se tienden. Él quiere demorarse en las lamidas. Le teme al apuro y a la impaciencia, pero ella le exige que proceda.

Cuando le vinieron a decir que Lorena se casaba con ese bueno para nada, Saúl cerró la casa y vendió sus últimas reses. Se fue a la costa: buceó para los turistas, entretuvo a las criaturas paseándolas en botes con forma de banano–hizo el ridículo. Al regresar al pueblo, para ordenar sus tierras y regalarlas, lo encontraron los compañeros y le dijeron que Lorena había estado indagando por él.

Por cierta razón que entonces Saúl no entiende del todo, al final del primer chorro desesperado, la hombría se le vuelve a levantar. Saúl apoya las manos contra la piel de Lorena, pensando si le debe pedir permiso. Pero Lorena le exige que proceda, que presienta donde su carne tiembla con más fuerza. Saúl lo hace, sin darle crédito a ese estúpido dolor de viejas tardes cabizbajas, de octubres en los que sólo creía en la venganza.

Lorena tiene piel canela, y eso es todo lo que Saúl andaba buscando.

El salto y la vista

Parque Salazar de Miraflores

La abogada empezó a cruzarse menos en su camino en la oficina. Queso había dado por concluído ese tema. Había empezado a tener otro tipo de sueños: la Gringa. ¿Sabía acaso la familia que Yuyo ya no estaba con ella? No podía preguntar así de un día para otro. Tenía que esperar un momento que no le pareciera sospechoso a nadie, buscar el tono para decirlo sin que atrajera más atención de la necesaria. Caminó con la Gringa por el malecón, regresando del bar de las camisas bien puestas y los bluejeans ajustados. La Gringa se asomó a la barandilla, observó al mar. ¿Qué es la muerte, Queso? ¿Por qué estamos tan obsesionados con detenerla? ¿No sería mejor que cada uno se enfrentara a ella con sus propias convicciones? ¿O que dado el caso la invitara a venir? Ella había pasado todas las tardes por aquel camino, regresando del laboratorio. Tras estar inclinada por horas de horas en un cuarto oscuro, revelando aquellas fotos que le servían para olvidarse de que la vida no tenía sentido. Se olvidaba del mundo y luego caminaba al lado de la baranda y miraba el mar. Parecía tan sencillo subir sobre ella y arrojarse.

El gerente de la compañía ha tenido un hijo. Le regaló un habano. Así que, pensó Queso, ya que voy a ver a la Gringa esta noche,  su primera cita, tal vez quería acompañarlo a fumárselo. Estuvieron en una banca del parque Salazar jugando con los fósforos. ¿Sabes que van a cerrar el parque la próxima semana? Van a construir un centro comercial. Restaurantes, cines, bares con vista al mar. Ya era hora. Queso trató de descubrir lo que pensaba la Gringa de todo aquello, pero ella estaba concentrada en encender el habano. No dejaba que la mire a los ojos. Todo está cambiando, Queso. La ciudad que conocimos los dos, no la vamos a reconocer cuando seamos adultos. Esta banca es probable que ya no exista. Escuché que le quieren poner una cúpula al puente para que la gente no salte. Entonces ya nadie va a poder asomarse a la barandilla y mirar. Si tengo hijos, jamás podré enseñarles lo mucho que significaba para mí apoyarme sobre este fierro y dejar que la brisa me toque, que el viento de las olas llegara hasta donde yo estaba parada; creyéndome tan libre como para imaginar que podía lanzarme. ¿Ves ese camino entre la hierba detrás del murito donde termina el parque? La Gringa opina que entre aquella hierba debe haber nidos de ratas. El Queso cuenta que una noche, él y sus hermanos bajaron por aquél camino, siguiendo la huella entre la grama. Dice que llegaron hasta un rinconcito sobre las columnas que sostienen al puente. Dice que se sentaron a tomar un six pack de cervezas que habían comprado y podían sentir la vibración de los autos cuando pasaban encima. Nunca vio una rata. La Gringa le dijo que en Londres, durante su primer año viviendo allí, jamás vio una rata en el subterráneo. Hasta que una amiga le explicó que allí estaban siempre y que el problema era que ella no se había fijado bien. La amiga se la llevó hasta el borde de uno de los andenes de la estación y le enseñó una rata pasando por debajo de los rieles, comiéndos los restos de una manzana. Después de ese día, la Gringa empezó a ver ratas por todos lados. Una pasó frente a la banca donde estaba sentada. Gritó y un muchacho negro que pasaba encaró a la rata y la pateó hacia los rieles. La rata blanca giró en el aire, dio una vuelta olímpica perfecta y cayó sobre sus cuatro patas para seguir corriendo y merodeando entre los rieles. La Gringa no se había percatado hasta ese momento, de que posible vivir sin enterarse de nada de lo que sucedía alrededor. Se podía seguir viviendo sin ver cosas tan evidentes como las traiciones o las mentiras. Solo bastaba no prestarles suficiente atención, concentrarse en otras tareas, llenar la cabeza de preocupaciones diferentes. Fue en esos años en que La Gringa empezó a desarrollar una cierta sensibilidad para sentirse culpable por las cosas evidentes en las que nunca se había fijado antes y de las cuales empezaba a darse cuenta. Acostada en la cama de su cuarto en Camden, pasó noches completas con los ojos abiertos y empezó a ver cosas de su familia, de sus relaciones personales, de sus parejas, y de Yuyo; que jamás había visto viviendo en Lima. Y comenzó a sentirse culpable por ellas, por nunca haberles prestado atención y por haberlas evadido. Todavía ignoraba muchas cosas. Pero si la Gringa se daba cuenta que había ignorado algo, entonces se le desarrollaba un sentimiento de culpa que la atormentaba por dentro, que la privaba del sueño, que la perseguía durante el día y no la abandonaba durante un largo período de tiempo.

Aquella fue la primera vez en que la Gringa le habló de los planes de irse a vivir al Cuzco con Yuyo. “Tal vez lo haremos, así ya no estemos” dijo la Gringa. Aquél debió haber sido el primer aviso serio para el Queso. La Gringa no iba a volver con él, pero vivir allá era un tema que habían conversado tanto y planificado tanto tiempo atrás que les parecía imposible no realizar. Rentarían una casita antigua con espacio para un taller y para un laboratorio fotográfico, ella se matricularía a estudiar pintura en Bellas Artes y conseguiría trabajo de investigación en un instituto de la imagen. Trabajarían diseñando y pintando los muros de restaurantes y de pubs del Cuzco o venderían sus cuadros a los turistas. Yuyo ya tenía elaborada una serie de más de cien temas para los cuales solo necesitaba un poco más de tiempo libre y la energía de esa ciudad. Organizarían a los pintores, fotógrafos y otros artistas gráficos cuzqueños y celebrarían festivales. Vivirían 100% del arte. Así no fueran ya más pareja, así otros sueños como los de casarse o tener hijos se tuvieran que dejar de lado. La Gringa extrañaría sus trabajitos de modelo en Lima, que le daban un buen ingreso, pero que la hacían sentir tan mal cuando pensaba en la cantidad de horas que estaba desperdiciando sin hacer las cosas artísticas que a ella le gustaban, sin tomar fotos, sin entrar al cuarto oscuro. Es decir, aquella vida en el Cuzco era la promesa que se tenía que cumplir, antes de claudicar todos los sueños por la manía de ser adultos, de volverse uno más. ¿Acaso Queso no había renunciado a su trabajo anterior porque también quería dedicarse a tiempo completo a dibujar, a terminar sus historietas, a publicar esa revistita que tuvo mucha circulación entre los kioskos de la Avenida Brasil? Un año entero lo iban a dedicar a intentar ser artistas.

Como supo pronto que de su arte él no podía vivir, se dedicó a viajar. Aprovechar bien doce meses, recorrer la montaña en autobús, a pie. Despertó a media noche al lado del mar en Máncora–después de celebrar la llegada del año nuevo, el final de sus doce meses de experimentación–y empezó a caminar hacia unas luces que se podían ver desde la playa, una casa de adobes donde él había estado hasta que lo agarró el cansancio y se fue a buscar su bolsa de dormir sobre la arerna. Al lado de la casa, conversaban dos de sus mejores amigos, sentados sobre cajas de cerveza, debajo de las ramas de un algarrobo. Un árbol que tenía más de cien años, un vecino más al que nadie se atrevía a molestar. Conversaban de los viajes que iban a realizar, de proyectos de ir a Europa, de comprarse un terreno cerca de Las Pocitas, de incrementos de sueldo. Queso escuchó, esos futuros que llegaban a sus oídos junto con el silbido del viento, vio madurar frente a él lo que aquellos muchachos llamaban un año próspero. Él también quería ir a Europa, comprarse un terrenito frente al mar, tal vez no tan lejos, cerca de Lima. Queso iba a recordar para siempre aquél algarrobo, donde la luz del sol del nuevo año parecía tener un color diferente, un color naranaja salpicado de rojo que se reflejaba en los rostros del grupo sentado al lado del tronco, bajo la copa del árbol. Lo iba a recordar porque esa mañana decidió dedicar el nuevo año a buscar un trabajo donde pudiera ahorrar, juntar lo necesario para un pasaje de avión que lo llevara a Europa, tener la plata que le permitiera ir de ciudad en ciudad subido en un tren y ver las callecitas empedradas de Roma, trepar hasta la cima de la torre Eiffel, y contemplar toda la tarde el río Arno desde el puente viejo de Florencia. Queso consiguió ese nuevo año el nuevo empleo, perfecto para la ocasión, para los ahorros, para los sueños. Ni bien entrado a la oficina le presentaron a la abogada y ella hizo un tema del mes escoger el restaurante donde Queso decidió invitarla a comer así tuviera que gastarse más de la mitad del dinero que había recibido. Así tuviera que aceptar que fuera ella la que condujera porque ofreció ir en transporte público y ella le dijo que “jamás, óyelo bien Queso, jamás me subiré a una combi” Entonces Queso empezó a jugar  a eso y la abogada parecía comprender bien sus instintos artísticos, no le disgustaba incluir conversaciones sobre tal o cual director de cine que ella consideraba aborrecible porque no tenía ninguna sensibilidad europea, encargándose de dejar en claro que conversaba solo para no hacerlo sentir mal, porque le agradaba su compañía. ¿Cuánto le agradaba? preguntó Queso, esa noche que los dos partían un bisteck que le costaría a Queso otra tajada del cheque. Valió la pena porque la abogada le estaba contando que su padre era diplomático, su madre era diplomática y los tres viajaban por todo el mundo, cambiaban de casa cada dos años. Pero no en el Perú donde ya estaba viviendo más de diez y quería quedarse. Un portón eléctrico con vigilante en la puerta, un vigilante que seguía el auto a paso rápido cuando la puerta ya se había cerrado y le abría la puerta a la abogada y saludaba a su amigo. Una casa donde todo tenía que suceder en silencio. Ella bajaba la voz y hasta los pasos se amortiguaban con el grosor de las alfombras. Entonces la abogada sacó una botella de vino, le sirvió un vaso de Pinot Grigio helado, le confesó que le agradaba mucho salir con él–ante la insistencia de Queso. Le dijo que se había convertido en su mejor amigo y que, por lo tanto, tenía que empezar a contarle de sus salidas furtivas con el dueño de la compañía donde trabajaban, que él era casado, pero la invitaba a la oficina con cualquier pretexto para besarse y le dijo que al comienzo ella se había resistido y había pedido renunciar pero que él se había comportado como todo un caballero.

Tres días después de aquella confesión, Queso estaba parado en una galería de arte, con una copa de vino helado en la mano, cuando la Gringa apareció para sacarlo de la duda. En el nuevo universo, la Gringa también tenía sus sueños de artista y estos no sucedían en Lima ni en Europa. En ese universo, Queso trabajaba diez, doce horas al día y juntaba dinero para un viaje de un mes de vacaciones recorriendo Europa, mientras la Gringa vivía con Yuyo, el ex enamorado, su sueño de vivir en el Cuzco dedicada a su arte. Esos dos universos eran imposibles de juntar. Si bien cabía la posibilidad que marchasen uno al lado del otro ¿no es cierto? Si no, cómo puedes explicar Gringa que estemos otra vez aquí, diez años después, olvidando de lo que pasó, de que nada resultó como tú lo habías querido,  que yo me largué no solo de esta ciudad sino del destino que no me ofrecía lo que yo quería tener. Porque parecía que algo se iba a reventar dentro mío, tal vez solo una esperanza es verdad, pero yo había vivido hasta entonces como el más tonto de los esperanzados y tal vez Heráclito y Bellow tenían razón y mi futuro era mi carácter, y mi carácter Gringa, es así.

Y Queso no tuvo más que decir, no quiso decir más porque sentía que si alguna vez había triunfado la amistad fue esa noche. Ni antes ni después. Y que todo lo que tuvo que decirle antes de largarse del Cuzco, aquella mañana después de la sesión de San Pedro a donde los llevó la Mami, estuvo bien. Fue acertado abrirle su corazón y decirle a La Gringa que ella tenía que intentar otra vez con Yuyo, ser paciente, tratar de quererlo otra vez, seguir sus sueños. Antes de marcharse al aeropuerto se lo repitió, para que la Gringa no creyera que después de lo que pasó esa noche él se había olvidado. Le repitió las mismas palabras que parecían dictadas por esas estrellas que llenaban la noche sobre el patio de la casita taller: ella y el Yuyo habían decidido anclar para dedicarse a soñar. En Lima solo lo esperaba esa oficina, diez horas al día de trabajo. Si bien ya no se cruzaba tan seguido con la abogada y ella al final había perdido la costumbre de dejarle mensajitos idiotas en el celular. ¿Fue un buen consejo?

Miraron el mar, mientras que el mesero del restaurante les decía, bajando los ojos como disculpándose por querer irse temprano a su casa: “Solo les puedo servir un último trago a los señores porque estamos cerrando” Se fijaron en la bahía de Miraflores. Aprendieron que aquella era la mejor hora para venir a este lugar. Era, tal vez, la única hora del día en la cual podían escoger esa mesa­–la mejor del restaurante–la única desde donde se podía ver las luces de Chorrillos y Barranco, los barcos adormecidos reflejando la luna, anclados al lado del Regatas. Y a esa hora, sin sentirse culpable de nada, ni por estar quitándole a nadie la mejor vista, con el mar a la espalda. Esa muchacha le sonreía mientras él le recordaba alguna frase que intercambiaron cuando caminaron la primera vez por el malecón. Queso pidió un chilcano de pisco y ella otra cerveza. La amistad había vencido, pensó Queso. ¿De qué otro modo se podía explicar que él estuviera otra vez al lado de ella, conversando de toda la vida como si no hubiera pasado nada? Sin ningún deseo de besarla, apreciando las dificultades de la Gringa; mientras ella escuchaba las insignificancias de una vida que era bastante feliz. “Nunca dudé que ibas a conseguir una muchacha linda” Fue una noche con bastantes silencios. El Queso sintió que cada silencio era como una fachada sostenida por toneladas de voces que llegaban del pasado, de recuerdos que se expresaban como mejor podían. La Gringa lo miró mientras sorbía el primer trago de su cerveza. Así nomás, dijo ella, mirándolo a los ojos con una sonrisa desde atrás del pico de su botellita, dejando que el mesero se alejara de su mesa con pasos torpes y con la cabeza baja, como disculpándose porque la Gringa no usaba el vaso mal lavado que le había dejado al lado, o tal vez por las luces que se habían bajado de intensidad porque el restaurante ya estaba cerrando, porque era casi la una de la madrugada y a ellos dos se le estaban acabando las opciones. Una amiga que estaba sufriendo, pensó Queso. Mucho más que lo que él sufrió cuando le llegó ese sobre con los detalles bordados y vio ese pedazo de cartulina blanca en la que sus tíos y los padres de la Gringa los invitaban al matrimonio de sus queridos hijos Yuyo y la Gringa. Sírvase pasar a los salones después de la ceremonia. Mucho más tristeza, con seguridad–pensó Queso–que aquél minuto luego de abrir el sobre, en la oficina, cuando tras echarle una mirada a su saldo en el banco llamó a la agencia de viajes y compró un pasaje para Europa. “Ese día, tiene que ser para ese día. ¿No hay vuelos para París?¿Para donde entonces? Está bien. Un pasaje para Lisboa, a las diez de la mañana. Escala en Nueva York, claro, muy bien”. Ahora ella le podía hablar de sus hijas, del dolor que le significaba el abandono de su padre. Le podía decir que ellas se estaban olvidando, que ya no preguntaban tanto por él. La Gringa le podía contar con detalles cómo la más pequeña, la que más se parece  a Yuyo está yendo a clases de ballet, y le gusta. Y que la menorcita dibujaba muy bien. ¿Y ella? Ella estaba viviendo nomás. Siempre tenía que hablar con voz de tragedia ¿no?¡Dramaqueen! Así la llamaban los otros miembros de la familia ¿Y las fotos? ¿Estás haciendo fotografía? La Gringa le podía contar que estaba en este proyecto con un artista inglés, que había venido dos veces a Lima para verla.

Podía escucharla sin sentir remordimiento. Es más, muy convencido de que la decisión de irse a vivir a Europa sin mucho dinero no fue tonta, ni apresurada. Que aquel viaje apresurado contribuyó a que se solucionaran ciertos temas. El matrimonio de Yuyo y la Gringa fue la mejor solución. ¿Se acordaba ella de lo que le dijo Queso antes de partir del Cuzco, la última vez? No, no se acordaba. Y Queso se sorprendió de que incluso aquello no le afectara. Que lo que él consideraba su diálogo perfecto en la despedida, a lo Casablanca, ella lo hubiera confundido en diez años de problemas. Porque tú no eres Humprey Bogart, Queso. Ella no era la mujer con la que tenías que saltar agarrado de la mano desde el puente, y tampoco existió jamás un mar perfecto al cual desbarrancarse gritando un poema de Keats.

La brisa, casi con ternura, complementaba el paisaje de la madrugada. ¿Quieres probar? Ella se acercó a probar un sorbo del chilcano de pisco. Dos vidas no tienen que estar condenadas al sufrimiento. Aquello es lo que hubiera sucedido. Queso se hubiera metido en sus proyectos, ella se hubiera inmiscuido en los proyectos del Queso  (que eran: viajar, vivir pobre, sufir hambre, casi morir atropellado, despertar a media noche pensando en regresar, viajar en trenes con temor a ser atrapado y deportado, fumar todo tipo de porquerías en España, encontrar a una muchacha en un bosque de Leiría: ¿De dónde eres? ¿Quebec? Siempre he querido ir a Quebec. ¿Trabajas en Portugal? Mucho mejor, yo vivo en Porto. Haciendo libros para la comunidad, un proyecto muy bonito. ¿Tú eres enfermera? Tengo un dolor en el pecho, no sé qué tomar. Jamás hubiera encontrado a esa muchacha en Leiría, en ese bosque a la medianoche, si no recibía ese parte de matrimonio y decidía viajar.

Terminó su chilcano y la Gringa se acabó la botella de cerveza. ¿Dónde vamos? Aún hay lugares abiertos en Barranco y un taxi está casi esperándolos. El taxista abre la puerta. Ese no, dice la Gringa, como si supiera que aquél no era el auto donde el destino los estaba esperando, cruzando esa calle, ese barrio, ese semáforo en rojo. Esos son muy caros. “Mira, tomemos uno en la calle, ese que viene”. ¿Tico? No quiero un Tico. Súbete nomás. Y ella al subir al taxi le coge con suavidad el poto y Queso piensa que solo los buenos amigos se pueden coger el poto de aquella manera tan suave y sin doble intención. Se sube al taxi y arrancan hacia Barranco.

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