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The New York Street

Un blog lleno de historias

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Historias

El salto y la vista

Parque Salazar de Miraflores

La abogada empezó a cruzarse menos en su camino en la oficina. Queso había dado por concluído ese tema. Había empezado a tener otro tipo de sueños: la Gringa. ¿Sabía acaso la familia que Yuyo ya no estaba con ella? No podía preguntar así de un día para otro. Tenía que esperar un momento que no le pareciera sospechoso a nadie, buscar el tono para decirlo sin que atrajera más atención de la necesaria. Caminó con la Gringa por el malecón, regresando del bar de las camisas bien puestas y los bluejeans ajustados. La Gringa se asomó a la barandilla, observó al mar. ¿Qué es la muerte, Queso? ¿Por qué estamos tan obsesionados con detenerla? ¿No sería mejor que cada uno se enfrentara a ella con sus propias convicciones? ¿O que dado el caso la invitara a venir? Ella había pasado todas las tardes por aquel camino, regresando del laboratorio. Tras estar inclinada por horas de horas en un cuarto oscuro, revelando aquellas fotos que le servían para olvidarse de que la vida no tenía sentido. Se olvidaba del mundo y luego caminaba al lado de la baranda y miraba el mar. Parecía tan sencillo subir sobre ella y arrojarse.

El gerente de la compañía ha tenido un hijo. Le regaló un habano. Así que, pensó Queso, ya que voy a ver a la Gringa esta noche,  su primera cita, tal vez quería acompañarlo a fumárselo. Estuvieron en una banca del parque Salazar jugando con los fósforos. ¿Sabes que van a cerrar el parque la próxima semana? Van a construir un centro comercial. Restaurantes, cines, bares con vista al mar. Ya era hora. Queso trató de descubrir lo que pensaba la Gringa de todo aquello, pero ella estaba concentrada en encender el habano. No dejaba que la mire a los ojos. Todo está cambiando, Queso. La ciudad que conocimos los dos, no la vamos a reconocer cuando seamos adultos. Esta banca es probable que ya no exista. Escuché que le quieren poner una cúpula al puente para que la gente no salte. Entonces ya nadie va a poder asomarse a la barandilla y mirar. Si tengo hijos, jamás podré enseñarles lo mucho que significaba para mí apoyarme sobre este fierro y dejar que la brisa me toque, que el viento de las olas llegara hasta donde yo estaba parada; creyéndome tan libre como para imaginar que podía lanzarme. ¿Ves ese camino entre la hierba detrás del murito donde termina el parque? La Gringa opina que entre aquella hierba debe haber nidos de ratas. El Queso cuenta que una noche, él y sus hermanos bajaron por aquél camino, siguiendo la huella entre la grama. Dice que llegaron hasta un rinconcito sobre las columnas que sostienen al puente. Dice que se sentaron a tomar un six pack de cervezas que habían comprado y podían sentir la vibración de los autos cuando pasaban encima. Nunca vio una rata. La Gringa le dijo que en Londres, durante su primer año viviendo allí, jamás vio una rata en el subterráneo. Hasta que una amiga le explicó que allí estaban siempre y que el problema era que ella no se había fijado bien. La amiga se la llevó hasta el borde de uno de los andenes de la estación y le enseñó una rata pasando por debajo de los rieles, comiéndos los restos de una manzana. Después de ese día, la Gringa empezó a ver ratas por todos lados. Una pasó frente a la banca donde estaba sentada. Gritó y un muchacho negro que pasaba encaró a la rata y la pateó hacia los rieles. La rata blanca giró en el aire, dio una vuelta olímpica perfecta y cayó sobre sus cuatro patas para seguir corriendo y merodeando entre los rieles. La Gringa no se había percatado hasta ese momento, de que posible vivir sin enterarse de nada de lo que sucedía alrededor. Se podía seguir viviendo sin ver cosas tan evidentes como las traiciones o las mentiras. Solo bastaba no prestarles suficiente atención, concentrarse en otras tareas, llenar la cabeza de preocupaciones diferentes. Fue en esos años en que La Gringa empezó a desarrollar una cierta sensibilidad para sentirse culpable por las cosas evidentes en las que nunca se había fijado antes y de las cuales empezaba a darse cuenta. Acostada en la cama de su cuarto en Camden, pasó noches completas con los ojos abiertos y empezó a ver cosas de su familia, de sus relaciones personales, de sus parejas, y de Yuyo; que jamás había visto viviendo en Lima. Y comenzó a sentirse culpable por ellas, por nunca haberles prestado atención y por haberlas evadido. Todavía ignoraba muchas cosas. Pero si la Gringa se daba cuenta que había ignorado algo, entonces se le desarrollaba un sentimiento de culpa que la atormentaba por dentro, que la privaba del sueño, que la perseguía durante el día y no la abandonaba durante un largo período de tiempo.

Aquella fue la primera vez en que la Gringa le habló de los planes de irse a vivir al Cuzco con Yuyo. “Tal vez lo haremos, así ya no estemos” dijo la Gringa. Aquél debió haber sido el primer aviso serio para el Queso. La Gringa no iba a volver con él, pero vivir allá era un tema que habían conversado tanto y planificado tanto tiempo atrás que les parecía imposible no realizar. Rentarían una casita antigua con espacio para un taller y para un laboratorio fotográfico, ella se matricularía a estudiar pintura en Bellas Artes y conseguiría trabajo de investigación en un instituto de la imagen. Trabajarían diseñando y pintando los muros de restaurantes y de pubs del Cuzco o venderían sus cuadros a los turistas. Yuyo ya tenía elaborada una serie de más de cien temas para los cuales solo necesitaba un poco más de tiempo libre y la energía de esa ciudad. Organizarían a los pintores, fotógrafos y otros artistas gráficos cuzqueños y celebrarían festivales. Vivirían 100% del arte. Así no fueran ya más pareja, así otros sueños como los de casarse o tener hijos se tuvieran que dejar de lado. La Gringa extrañaría sus trabajitos de modelo en Lima, que le daban un buen ingreso, pero que la hacían sentir tan mal cuando pensaba en la cantidad de horas que estaba desperdiciando sin hacer las cosas artísticas que a ella le gustaban, sin tomar fotos, sin entrar al cuarto oscuro. Es decir, aquella vida en el Cuzco era la promesa que se tenía que cumplir, antes de claudicar todos los sueños por la manía de ser adultos, de volverse uno más. ¿Acaso Queso no había renunciado a su trabajo anterior porque también quería dedicarse a tiempo completo a dibujar, a terminar sus historietas, a publicar esa revistita que tuvo mucha circulación entre los kioskos de la Avenida Brasil? Un año entero lo iban a dedicar a intentar ser artistas.

Como supo pronto que de su arte él no podía vivir, se dedicó a viajar. Aprovechar bien doce meses, recorrer la montaña en autobús, a pie. Despertó a media noche al lado del mar en Máncora–después de celebrar la llegada del año nuevo, el final de sus doce meses de experimentación–y empezó a caminar hacia unas luces que se podían ver desde la playa, una casa de adobes donde él había estado hasta que lo agarró el cansancio y se fue a buscar su bolsa de dormir sobre la arerna. Al lado de la casa, conversaban dos de sus mejores amigos, sentados sobre cajas de cerveza, debajo de las ramas de un algarrobo. Un árbol que tenía más de cien años, un vecino más al que nadie se atrevía a molestar. Conversaban de los viajes que iban a realizar, de proyectos de ir a Europa, de comprarse un terreno cerca de Las Pocitas, de incrementos de sueldo. Queso escuchó, esos futuros que llegaban a sus oídos junto con el silbido del viento, vio madurar frente a él lo que aquellos muchachos llamaban un año próspero. Él también quería ir a Europa, comprarse un terrenito frente al mar, tal vez no tan lejos, cerca de Lima. Queso iba a recordar para siempre aquél algarrobo, donde la luz del sol del nuevo año parecía tener un color diferente, un color naranaja salpicado de rojo que se reflejaba en los rostros del grupo sentado al lado del tronco, bajo la copa del árbol. Lo iba a recordar porque esa mañana decidió dedicar el nuevo año a buscar un trabajo donde pudiera ahorrar, juntar lo necesario para un pasaje de avión que lo llevara a Europa, tener la plata que le permitiera ir de ciudad en ciudad subido en un tren y ver las callecitas empedradas de Roma, trepar hasta la cima de la torre Eiffel, y contemplar toda la tarde el río Arno desde el puente viejo de Florencia. Queso consiguió ese nuevo año el nuevo empleo, perfecto para la ocasión, para los ahorros, para los sueños. Ni bien entrado a la oficina le presentaron a la abogada y ella hizo un tema del mes escoger el restaurante donde Queso decidió invitarla a comer así tuviera que gastarse más de la mitad del dinero que había recibido. Así tuviera que aceptar que fuera ella la que condujera porque ofreció ir en transporte público y ella le dijo que “jamás, óyelo bien Queso, jamás me subiré a una combi” Entonces Queso empezó a jugar  a eso y la abogada parecía comprender bien sus instintos artísticos, no le disgustaba incluir conversaciones sobre tal o cual director de cine que ella consideraba aborrecible porque no tenía ninguna sensibilidad europea, encargándose de dejar en claro que conversaba solo para no hacerlo sentir mal, porque le agradaba su compañía. ¿Cuánto le agradaba? preguntó Queso, esa noche que los dos partían un bisteck que le costaría a Queso otra tajada del cheque. Valió la pena porque la abogada le estaba contando que su padre era diplomático, su madre era diplomática y los tres viajaban por todo el mundo, cambiaban de casa cada dos años. Pero no en el Perú donde ya estaba viviendo más de diez y quería quedarse. Un portón eléctrico con vigilante en la puerta, un vigilante que seguía el auto a paso rápido cuando la puerta ya se había cerrado y le abría la puerta a la abogada y saludaba a su amigo. Una casa donde todo tenía que suceder en silencio. Ella bajaba la voz y hasta los pasos se amortiguaban con el grosor de las alfombras. Entonces la abogada sacó una botella de vino, le sirvió un vaso de Pinot Grigio helado, le confesó que le agradaba mucho salir con él–ante la insistencia de Queso. Le dijo que se había convertido en su mejor amigo y que, por lo tanto, tenía que empezar a contarle de sus salidas furtivas con el dueño de la compañía donde trabajaban, que él era casado, pero la invitaba a la oficina con cualquier pretexto para besarse y le dijo que al comienzo ella se había resistido y había pedido renunciar pero que él se había comportado como todo un caballero.

Tres días después de aquella confesión, Queso estaba parado en una galería de arte, con una copa de vino helado en la mano, cuando la Gringa apareció para sacarlo de la duda. En el nuevo universo, la Gringa también tenía sus sueños de artista y estos no sucedían en Lima ni en Europa. En ese universo, Queso trabajaba diez, doce horas al día y juntaba dinero para un viaje de un mes de vacaciones recorriendo Europa, mientras la Gringa vivía con Yuyo, el ex enamorado, su sueño de vivir en el Cuzco dedicada a su arte. Esos dos universos eran imposibles de juntar. Si bien cabía la posibilidad que marchasen uno al lado del otro ¿no es cierto? Si no, cómo puedes explicar Gringa que estemos otra vez aquí, diez años después, olvidando de lo que pasó, de que nada resultó como tú lo habías querido,  que yo me largué no solo de esta ciudad sino del destino que no me ofrecía lo que yo quería tener. Porque parecía que algo se iba a reventar dentro mío, tal vez solo una esperanza es verdad, pero yo había vivido hasta entonces como el más tonto de los esperanzados y tal vez Heráclito y Bellow tenían razón y mi futuro era mi carácter, y mi carácter Gringa, es así.

Y Queso no tuvo más que decir, no quiso decir más porque sentía que si alguna vez había triunfado la amistad fue esa noche. Ni antes ni después. Y que todo lo que tuvo que decirle antes de largarse del Cuzco, aquella mañana después de la sesión de San Pedro a donde los llevó la Mami, estuvo bien. Fue acertado abrirle su corazón y decirle a La Gringa que ella tenía que intentar otra vez con Yuyo, ser paciente, tratar de quererlo otra vez, seguir sus sueños. Antes de marcharse al aeropuerto se lo repitió, para que la Gringa no creyera que después de lo que pasó esa noche él se había olvidado. Le repitió las mismas palabras que parecían dictadas por esas estrellas que llenaban la noche sobre el patio de la casita taller: ella y el Yuyo habían decidido anclar para dedicarse a soñar. En Lima solo lo esperaba esa oficina, diez horas al día de trabajo. Si bien ya no se cruzaba tan seguido con la abogada y ella al final había perdido la costumbre de dejarle mensajitos idiotas en el celular. ¿Fue un buen consejo?

Miraron el mar, mientras que el mesero del restaurante les decía, bajando los ojos como disculpándose por querer irse temprano a su casa: “Solo les puedo servir un último trago a los señores porque estamos cerrando” Se fijaron en la bahía de Miraflores. Aprendieron que aquella era la mejor hora para venir a este lugar. Era, tal vez, la única hora del día en la cual podían escoger esa mesa­–la mejor del restaurante–la única desde donde se podía ver las luces de Chorrillos y Barranco, los barcos adormecidos reflejando la luna, anclados al lado del Regatas. Y a esa hora, sin sentirse culpable de nada, ni por estar quitándole a nadie la mejor vista, con el mar a la espalda. Esa muchacha le sonreía mientras él le recordaba alguna frase que intercambiaron cuando caminaron la primera vez por el malecón. Queso pidió un chilcano de pisco y ella otra cerveza. La amistad había vencido, pensó Queso. ¿De qué otro modo se podía explicar que él estuviera otra vez al lado de ella, conversando de toda la vida como si no hubiera pasado nada? Sin ningún deseo de besarla, apreciando las dificultades de la Gringa; mientras ella escuchaba las insignificancias de una vida que era bastante feliz. “Nunca dudé que ibas a conseguir una muchacha linda” Fue una noche con bastantes silencios. El Queso sintió que cada silencio era como una fachada sostenida por toneladas de voces que llegaban del pasado, de recuerdos que se expresaban como mejor podían. La Gringa lo miró mientras sorbía el primer trago de su cerveza. Así nomás, dijo ella, mirándolo a los ojos con una sonrisa desde atrás del pico de su botellita, dejando que el mesero se alejara de su mesa con pasos torpes y con la cabeza baja, como disculpándose porque la Gringa no usaba el vaso mal lavado que le había dejado al lado, o tal vez por las luces que se habían bajado de intensidad porque el restaurante ya estaba cerrando, porque era casi la una de la madrugada y a ellos dos se le estaban acabando las opciones. Una amiga que estaba sufriendo, pensó Queso. Mucho más que lo que él sufrió cuando le llegó ese sobre con los detalles bordados y vio ese pedazo de cartulina blanca en la que sus tíos y los padres de la Gringa los invitaban al matrimonio de sus queridos hijos Yuyo y la Gringa. Sírvase pasar a los salones después de la ceremonia. Mucho más tristeza, con seguridad–pensó Queso–que aquél minuto luego de abrir el sobre, en la oficina, cuando tras echarle una mirada a su saldo en el banco llamó a la agencia de viajes y compró un pasaje para Europa. “Ese día, tiene que ser para ese día. ¿No hay vuelos para París?¿Para donde entonces? Está bien. Un pasaje para Lisboa, a las diez de la mañana. Escala en Nueva York, claro, muy bien”. Ahora ella le podía hablar de sus hijas, del dolor que le significaba el abandono de su padre. Le podía decir que ellas se estaban olvidando, que ya no preguntaban tanto por él. La Gringa le podía contar con detalles cómo la más pequeña, la que más se parece  a Yuyo está yendo a clases de ballet, y le gusta. Y que la menorcita dibujaba muy bien. ¿Y ella? Ella estaba viviendo nomás. Siempre tenía que hablar con voz de tragedia ¿no?¡Dramaqueen! Así la llamaban los otros miembros de la familia ¿Y las fotos? ¿Estás haciendo fotografía? La Gringa le podía contar que estaba en este proyecto con un artista inglés, que había venido dos veces a Lima para verla.

Podía escucharla sin sentir remordimiento. Es más, muy convencido de que la decisión de irse a vivir a Europa sin mucho dinero no fue tonta, ni apresurada. Que aquel viaje apresurado contribuyó a que se solucionaran ciertos temas. El matrimonio de Yuyo y la Gringa fue la mejor solución. ¿Se acordaba ella de lo que le dijo Queso antes de partir del Cuzco, la última vez? No, no se acordaba. Y Queso se sorprendió de que incluso aquello no le afectara. Que lo que él consideraba su diálogo perfecto en la despedida, a lo Casablanca, ella lo hubiera confundido en diez años de problemas. Porque tú no eres Humprey Bogart, Queso. Ella no era la mujer con la que tenías que saltar agarrado de la mano desde el puente, y tampoco existió jamás un mar perfecto al cual desbarrancarse gritando un poema de Keats.

La brisa, casi con ternura, complementaba el paisaje de la madrugada. ¿Quieres probar? Ella se acercó a probar un sorbo del chilcano de pisco. Dos vidas no tienen que estar condenadas al sufrimiento. Aquello es lo que hubiera sucedido. Queso se hubiera metido en sus proyectos, ella se hubiera inmiscuido en los proyectos del Queso  (que eran: viajar, vivir pobre, sufir hambre, casi morir atropellado, despertar a media noche pensando en regresar, viajar en trenes con temor a ser atrapado y deportado, fumar todo tipo de porquerías en España, encontrar a una muchacha en un bosque de Leiría: ¿De dónde eres? ¿Quebec? Siempre he querido ir a Quebec. ¿Trabajas en Portugal? Mucho mejor, yo vivo en Porto. Haciendo libros para la comunidad, un proyecto muy bonito. ¿Tú eres enfermera? Tengo un dolor en el pecho, no sé qué tomar. Jamás hubiera encontrado a esa muchacha en Leiría, en ese bosque a la medianoche, si no recibía ese parte de matrimonio y decidía viajar.

Terminó su chilcano y la Gringa se acabó la botella de cerveza. ¿Dónde vamos? Aún hay lugares abiertos en Barranco y un taxi está casi esperándolos. El taxista abre la puerta. Ese no, dice la Gringa, como si supiera que aquél no era el auto donde el destino los estaba esperando, cruzando esa calle, ese barrio, ese semáforo en rojo. Esos son muy caros. “Mira, tomemos uno en la calle, ese que viene”. ¿Tico? No quiero un Tico. Súbete nomás. Y ella al subir al taxi le coge con suavidad el poto y Queso piensa que solo los buenos amigos se pueden coger el poto de aquella manera tan suave y sin doble intención. Se sube al taxi y arrancan hacia Barranco.

Visitando la playa, publicado en FronteraD.

De joven nunca tuve problemas escogiendo dónde me gustaría pasar el verano. Mi familia tiene acceso, desde hace más de un siglo, a una playa casi privada. Las familias de los veraneantes vienen del mismo pueblo, y todos ellos están emparentados de uno u otro modo.

La playa se llama Silaca y queda a poco más de 590 kilómetros de Lima.

De Silaca guardo muchas memorias. Casi todas maravillosas. Muchas de ellas están condensadas en este cuentito llamado “Visitando la playa” que he revisado y reescrito varias veces desde el año 2005. Es un cuento escrito en un estilo muy clásico, sin más pretensiones que rendirle un homenaje a un paisaje y a la familia de mi madre, que siempre me recibió con los brazos abiertos, que me alimentó, que me cuidó y que aguantó los errores que cometía este limeñito sin conocimiento de los códigos del pueblo, que llegaba allí para alimentar sus fantasías de escritor. Hoy, este cuento  ha sido publicado por el generoso equipo editorial de la revista española online Frontera D, que reviso regularmente desde que hace ya algún tiempo me llegara un cuento publicado en ella por Edmundo Paz Soldán.

El epígrafe de mi cuento es de Hamlet:  el drama de un joven privilegiado lleno de dudas y de inseguridades. Así es el personaje principal de Visitando la playa y así me veo yo en ese tiempo, cuando visitaba esa playa, olvidándome de la Lima donde la mayor parte de mis amigos pasaban otro tipo de vacaciones; sintiéndome privilegiado por acceder a ese universo donde podía experimentar otras sensaciones; amar y desear de un modo distinto que en la ciudad.

Ahora, ya publicado, estoy seguro de que no lo volveré a revisar. Esta versión en FronteraD es la definitiva.  Ojalá les guste. El cuento viene con una preciosa ilustración de Raúl.

La mami

Se llamaba Mami. Vivía en un caserón virreinal, bello pero endeble. Luego de tantos terremotos uno se preguntaba por qué jamás se había venido abajo. La mami era adinerada, decían, pero vivía con medios bastante discretos en aquella mansión desde donde daba consejos. Se la entregó en consignación un cusqueño millonario que la conoció en Lima. Al poco tiempo de vivir en ella, la Mami convirtió a esa casona en un refugio: allí llegaban muchachos que iban al Cuzco buscando la energía mística de la ciudad imperial. Mami los recibía en su habitación, apoyada contra las almohadillas, sobre una cama de metal dorado sobre la cual se amontonaban una capa sobre otra de sábanas y edredones de seda; telas de colores–tesoros familiares que ella heredó de sus antepasados franceses–que a Queso le evocaron dormitorios de realezas europeas.

La primera vez que fueron a verla–casi antes de la medianoche–, Yuyo entró a su habitación, mientras Queso y la Gringa esperaban sentados en dos sillitas de una antecámara. La Gringa intentaba resolver un problema de hilos enredados de la chompa que tenía puesta, mientras Queso observaba con ansiedad los desperfectos del piso de madera negra y de los rincones donde se juntaban las paredes con los techos altos.

Queso no se había recuperado aún del todo de su excursión de la tarde a las chicherías de la ciudad. Tenía el estómago descompuesto, y hubiera preferido echarse a dormir, pero ya estaba hecha la cita con la Mami, y tanto la Gringa como Yuyo querían que la conozca.

Se escuchó una carcajada en la recámara y unos pasos lentos y graves que se acercaban a la  puerta. Esta se abrió con una fuerza medida. La Mami tenía un ímpetu atemperado, demostraba interés y franqueza sin dejar de lado una cuota de misterio, que le serviría de recurso–pensó Queso–cuando le tocara dar consejos sin haber comprendido el problema del todo. Tenía ojos muy grandes y azules. Su ropa parecía la continuación de su cama: trozos de telas vaporosas, combinaciones de colores superpuestos según el ánimo de su espíritu. Su edad era bastante indefinida. Podía tener 60 como 40 y tantos. Su piel delataba muchos cuidados, sin embargo cuando sonreía–después de cada breve frase, de cada consejo rápido–saltaban todas las arrugas alrededor de su boca y de  sus ojos. La piel de sus manos era la de una anciana. Sus dedos se veían frágiles: volaban en gestos cuando ella hablaba, daban la sensación de abandonarse al destino.

Salió de su habitación para darle un abrazo redondo a la Gringa, sin decir palabras; y otro en triángulo al Queso, bendiciéndolo y dándole la bienvenida al Cuzco

–¿Quieren cerveza? dijo después de saludarlos.

Sin esperar la respuesta, avanzó hasta el umbral que daba al patio y dijo un nombre. Apenas terminaba de resonar su voz, cuando chirriaron los goznes de una de las tantas puertas que rodeaban el patio. Desde ella apareció un muchacho de aspecto bellísimo: cabello largo, rizado y muy claro, con anteojos de borde negro; que se acercó corriendo para saludarla. Le dijo a la Mami que ya se había acabado la cerveza, que solo quedaban unas botellas de whisky y de vodka. La mami volvió al cuarto. Desde donde estaban parados la vieron abrir uno de los cajones de su mesa de noche y regresar con un billete. Despachó al muchacho con instrucciones para un six pack de cerveza: “Cusqueña por favor, y trata de que te la den helada. Nunca tienen cerveza helada en estas tiendas”. Después los hizo pasar a su cuarto. El Queso y la Gringa se acomodaron al lado de las esquinas de la cama y Yuyo se dejó caer de espaldas sobre el colchón, muy cerca de la Mami. Ella le acariciaba el cabello, y él parecía gozar del cariño de sus dedos largos:

–A veces–dijo la Mami–uno se va al mercado en busca de un mandado. Un tomate, digamos. Salgo en busca de un tomate, así y asá, un tomate perfecto para preparar una ensalada, digamos. Entonces uno se va hacia el mercado, cruzando la plaza de lado a lado, pensando en el tomate. No se fija en el cielo azul, bellísimo después de toda la temporada de lluvias. Tampoco se fija en la Catedral, en la complejidad de su piedras talladas que arrojan unas sombras preciosas bajo el sol. Uno se va a buscar el tomate perfecto, y en el camino al mercado no ve ni las piedras incaicas, ni las flores que parecen abrirse para él, ni la señorita de ojos grandes y dulces que lo mira pasar, que hace un gesto de acercarse, pero que lo ve pasar tan rápido en busca de su tomate que se detiene y ya no lo saluda. Entonces uno llega al mercado y se va al puesto de los tomates, y no se fija ni en las lechugas, ni en los rábanos, ni en las hogazas de pan recién hecho, ni en las frutas deliciosas que esperan ser cogidas, mordidas y entregarle a tu boca toda su dulzura. No. Digamos que uno estira la mano y coge su tomate y se regresa feliz a la casa, apurado sin mirar a ningún lado, a nada, a nadie. Así es nuestra vida a veces. Está llena de cosas interesantes, de descubrimientos, de aventuras excitantes, que no vemos, que ignoramos, que desperdiciamos por tener un solo objetivo en la cabeza. Es una vida pobre. No porque tenga que ser así, sino porque nosotros lo decidimos así, cuando nos negamos a fijarnos en nada más que en lo que queremos.

Lllegó el six pack de Cusqueña y la Mami destapó cervezas para todos, incluso para el joven de anteojos de borde negro que se acomodó con las piernas cruzadas sobre la alfombra del dormitorio.

–Así era la vida de Sandro–dijo la Mami, señalando a ese muchacho. En Buenos Aires, recibido de doctor en energía nuclear, listo para ser un genio de la ciencia a los 21 años. Entonces se dio cuenta que todo lo que había hecho en la vida era estudiar. Que era un extraño en su familia, que sus hermanos no sabían cómo tratar con él, que para las muchachas parecía un idiota que sólo sabía de ciencia y de números. Se dio cuenta de que tenía todo lo que había deseado y que eso no lo hacía sentirse mejor. ¿Entonces qué hiciste, Sandro?

–Mami, tuviste que decir además que yo pesaba 250 kilos–dijo Sandro.

–No tiene mayor importancia.

–Para mí sí, Mami. Era una pelota de playa. Me había empezado a fijar más en mi cuerpo y lo odiaba. La noche en que me recibí de ingeniero entré en una gran crisis. Me encerré en el baño, me deshice del diploma mientras cagaba, lo partí en pedacitos y lo pasé por el water. Luego me corté las venas. Entonces Sandro les enseñó las dos muñecas con el rastro apenas visible de los dos tajos.

–Y cuando despertó en el hospital dos días después, sus objetivos eran otros–dijo Mami.

–Quería vivir. Me fui de mi casa, encontré amigos–no los mejores, es la verdad. Empecé a hacer cocaína. Perdí muchísimo peso, me fui a vivir con una muchacha adicta, al norte de Argentina. Nueve meses después de mi primer intento de suicidio me internaron otra vez en un hospital donde estuve en coma por una semana. Al salir de allí, tenía pocas esperanzas. Entonces vi a una enfermera, una muchachita trigueña y muy delgada, quien me observaba desde detrás del mostrador del hospital, cuando yo estaba saliendo. Ella me miraba como si me estuviera estudiando. Era una mirada de una compasión aterradora. Yo no me había visto en un espejo en mucho tiempo y no podía juzgar mi apariencia. Sin embargo ya entonces mi peso estaba por los 90 kilos y mi ropa era la que había empacado cuando salí de Baires y pesaba 250. Pero la cocaína me había arrasado el rostro, le había quitado la vida a mis ojos. Estaba listo, otra vez, para matarme. Entonces me detuve a mirar a la enfermera. La tengo que haber mirado con infinita devoción, porque ella se acercó y me dio un número de teléfono. “Si lo llamas, él te va a ayudar. Tu vida al fin tendrá sentido”, me dijo ella.  Pensé que me estaba dando el número de una iglesia, de algún cura. Recuerdo haber metido el papelito con el teléfono en el bolsillo de mis jeans pensando que me iba a decepcionar otra vez. Sin embargo no tenía grandes opciones. Estaba esperando el autobús. Me iba a buscar a la muchacha adicta que lo primero que iba a hacer sería enseñarme de dónde robarnos el dinero para comprar la coca. Yo sabía que no podría hacer aquello por más tiempo. Que después de hacerlo tal vez una vez o dos veces más, agarraría el valor para cortarme las venas o para lanzarme frente a las llantas de un camión. Así que me moví del paradero y me fui hasta un teléfono público en la puerta del hospital. De allí llamé. No era el teléfono de un cura, sino de un chamán.

Sandro miró alrededor. Sabía que su pequeña audiencia estaba intentando imaginarse cómo ese ingeniero nuclear con las muñecas tajadas y 250 kilos llegó a convertirse en lo que era ahora.

­­–El chamán me dijo que estaba esperando mi llamada. No solo eso. Me dijo que mis padres habían muerto en un accidente. Que no debía regresar a Buenos Aires porque mis hermanos estaban trancados en una batalla de mala sangre por el dinero de la herencia y las propiedades. Dijo que iba a recogerme, que lo esperara en dos horas en la gasolinera de la carretera 9. Lo fui a esperar. No solo por lo que sabía de mí–creo que en otro momento de mi vida aquella información me habría hecho huir–; sino porque me dio confianza su voz y porque, como ya dije, mis opciones eran mínimas. En ese momento me chocó percatarme de lo poco que me interesaba mi familia. Palabras como “padres” o “hermanos”, que para muchos tienen un contendido sentimental muy fuerte, para mí eran solo sílabas unidas entre sí. Entendí que lo que necesitaba era llenar mi vida de sentido y que ese chamán me iba a indicar el camino.

Él llegó puntual,  en una camioneta amarilla y un poco oxidada; una pick up Ford de una cabina. Se llamaba Julián. Además de ser trigueño (extraño color para nosotros los porteños, pero que era tan normal en aquella región alrededor de Jujuy), Julián era alto y con contextura de ropero. Tenía una barba semigris y cuidada, el cabello completamente blanco, muy largo y amarrado en una colita. Lo primero que hizo fue darme un abrazo. Entonces empecé a llorar. Por un rato largo, consciente y muy avergonzado de estar mojándole el hombro con mis lágrimas, pero incapaz de contenerlas. Julián me dijo que allí se acababa una vida y empezaba otra. Me preguntó si no me importaba dejar las propiedas y el dinero–al menos por ahora, dijo–mientras me concentraba en un objetivo más trascendente. Si no me molestaba vivir entre las montañas, lejos de la gente. Le dije que quería cambiar, que no me importaba nada, que quería vivir, pero de otra manera.  Me dio un beso en la frente y me subí a su camioneta. Vivía solo. Yo iba a ser su asistente. Meses después le pregunté por qué me había escogido a mí y no a otro. Me contestó que yo era su misión. Cada cierto tiempo tenía misiones como la mía, que se las mandaba la madre naturaleza. Era energía descompuesta que tenía que ser reparada y puesta en marcha otra vez. Julián me enseñó a leer el cielo, a escuchar a las montañas, a ver ciertas cosas en los ojos de la gente. Estudiábamos al aire y a la tierra. Julián tenía una colección enorme de rock de los 70s y no era raro que nos quedemos por la noche escuchando a Led Zepellin y tomando cerveza. Una noche de esas, me contó cómo se convirtió en chamán. Tuvo una esposa y una niña, pero los perdió por culpa del licor. Entonces vivía en Córdoba. Conoció a una turista norteamericana que viajaba hacia el Perú. Después de pasar una noche juntos, ella lo invitó a acompañarla. Cruzaron Bolivia en un par de semanas, se alojaron unos días en una isla en el Titicaca y al final llegaron al Cuzco. Julián dijo que para entonces ya no eran pareja. Él había vuelto a tomar, dormían en el mismo cuarto pero en camas distintas, y Julián se emborrachaba tanto que ni distinguía a los hombres que se acostaban con la mujer. En un pueblo del valle del Urubamba, un indio lo encontró tumbado a la salida de un bar y se lo llevó cargado. Julián me dijo que despertó de la borrachera en casa de este hombre y pensó en huir. El indio sólo hablaba quechua pero de una manera tan clara que Julián entendió todo. Ese día parecía que iba a granizar y las siembras de su gente estaban a punto de ser cosechadas, el hielo las iba a arruinar. El indio lo estaba invitando a que sea su ayudante y lo acompañara. Julian aceptó. Le dijo que iría con él pero que después se largaría. Así que ambos subieron a un monte cercano donde el indio preparó una infusión con mezclas de hierbas y hojas de coca. Julian me contó que se arrodillaron y el indio empezó a rezar. El indio besó la tierra y abrió el pequeño morral que cargaba cruzado sobre el pecho. Sacó una vara. Se levantó con lentitud y alzando la vara hacia el cielo, hizo un movimiento brusco de un lado a otro: las nubes que tapaban el cielo se movieron, se disolvieron y brilló el sol. Julián se quedó helado. Atribuyó el milagro a su resaca, a las hojas de coca, a las hierbas de la infusión. Sin embargo al regresar, la sala de la humilde casa del indio estaba repleta de las ofrendas: sacos de todo tipo de grano; tamales y otras comidas; gallinas y cuyes amarrados a las patas de las sillas; y porongos repletos de chicha. Julián le dijo al indio que quería aprender. Éste le señaló un cuero de llama tirado sobre la tierra del suelo: su cama . Julián se quedó allí, durante algunos años, como aprendiz.

–Por eso es que cuando yo pude salir; después de aprender, de vivir con Julián durante casi tres años, después de olvidarme de aquella pesadilla que fue mi vida, listo para regresar a Buenos Aires y recomenzar–de cero, sin carga–lo primero que quise hacer, antes de volver, fue venir al Cuzco. Y acá, encontré a la Mami.

–¿Y has buscado al chamán que le enseñó a Julián?–preguntó la Gringa

–Se murió hace varios años. Julián ya me lo había dicho porque al parecer conversan de vez en cuando. Sin embargo fui a su tumba y dejé un regalo.

–Chicos: mañana vamos a ir al valle porque es noche de luna llena–dijo la Mami. Vamos a hacer una sesión de San Pedro ¿Quieren ir?

Tanto y Tanta (Eviten comerse los unos a los otros)

-Llegada a Cuzco
-Recuerdos de primera vez que se conocieron (pintura, fotografía)
-Recuerdos de la noche anterior
-Viaje al centro de Lima, traiciones..
-Dinero, trabajo, pasaje conseguido con nuevo crédito
-Llegada y reencuentro
-La pintura
-El enemigo, la pintura, el ocio, el goce de la vida
-Las ventas en la calle
-Discusiones sobre el amor
-Bus a un mercado cercano
-Trastabillar hacia las chicherias más cercanas
-Declararle su amor-Fumar un puro-concursar-ganar dinero-ganar premios
-Encontrar una pedazo de teja y escribir un poema
-Cantar con ella en una esquina, una cancion de la que no han oido los poetas, temas que no se consiguen en los lugares oficiales, lo caleta y lo publico, lo pacharaco, lo oficial, lo escondido y poco conocido, lo auténtico
-El enemigo la tiene aprisionada, es suya. No hay amor imposible, salida de una relación, las sábanas de un sábado, ella es suya, es su mujer. Tragedia de una relación que no funciona y no puede sino funcionar de ese modo
-Bailar en una chicheria, el enemigo la apreta a ella mientras los borrachos te abrazan y te sientes el perdedor más grande del mundo. Otros pintores se emborrachan, guardan su distancia, pero también son tu competencia con sus corazones deseosos de su aventura de sus brazos que saben envolver.
-Regresar al refugio de los corazones rotos
-Detrás de una cortina ella propone que se unan al grupo que parte a una sesión de ayahuasca en las montañas
-Y la trata de besar con un disco de Spinetta.
-Su amigo la lleva a ver a la Blonda, detrás de las cortinas pide un six pack de Cusqueña y explica que todo se ha cancelado, que no podrán tener una sesión con alguien que desea vender su peyote. Ella lo quiere grita el borracho, usted tiene que entender que lo quiere.
-Se acerca por detrás y le tapa los ojos y entonces todo empieza
-Caminando por las calles cuesta arriba, un paquete con dos fotografías envueltas en papel-lavandería
-Dinero que no llega y sus llamadas que rebotan como rebota la lluvia en las callejuelas mojadas
-Posiciones políticas-apolíticas-el mundo después de la politica, los sobrevivientes
-Sobrevivientes:todo lo que significa, llegar al mundo abierto en dos, y en las dos partes estar como haiendo equilibrio, a punto de caer…
-Por un pedazo de postre, cruzar el terreno baldío, la gran catástrofe que fue esa ciudad de millones de culebras, guardando las formas, evitando comerse los unos a los otros.
-La geografía, renacer, hace una vida nueva EVITEN COMERSE LOS UNOS A LOS OTROS
-El sexo, la inexperiencia, regresando de la noche de la chicha, en una callecita, encontraron, el enemigo llevandolo de la mano hacia un taxi y en ese taxi una redondela fuera de la ciudad hacia una puerta metálica, y un bar de luces semiapagadas, un baile en forma de cicatriz, los golpes en la puerta que valen monedas doradas, y no valen, y su cara sencillamente preguntando si ya podía irse, si la podía dejar dormir.
-Regresar por las calles empedradas hacia la cima, de la mano del enemigo, pensando en que tiene que verla, que tiene que verla y conversar, y le agarra de la mano y siente el amor y la pérdida y bajo el portal una teja rota que la lluvia borra, la tiza, el arte, ese cuadro escondido en el fondo del armario, ese que nunca voy a terminar, que no voy a volver a ver, que voy a pintar.

La vergüenza

La vergüenza ¿Qué cosa era la vergüenza? pensaba Coliflor Rojas, rojo de ella, frente a la tribuna, con los chimpunes asustados, las manos flojas de cólera a la cintura y el que resentía cualquier intento de pararse otra vez, de limpiar su nombre, de arremeter con su cabeza y su corazón en frentazo directo contra todas las alternativas que le brindaba la vida y le negaba esta serpiente desnutrida parada en dos patas rezando por piedad.

Tartufo en Brooklyn

Desde el borde de la acera sobrevino el sonido de los renacuajos asomándose. La ciudad se escondía del viento que golpeteaba las puertas y las ventanas y el pueblo se refugiaba en los hogares sagrados al pie de la leña crepitando y el fuego amable, para escapar de la furia del frío. Nadie más que Tartufo temía tanto al frío en su calle de Brooklyn porque el frío de alguna manera perforaba su piel, se deslizaba dentro de su cuerpo y le calcinaba los órganos. Le aletargaba la memoria y se alejaba dejándolo sin tacto, sin gusto, sin olfato y le disminuía la visión y el oído lentamente. Pronto, gracias al frío, Tartufo sería un completo inútil. Así habían pasado ya cinco inviernos desde que Tartufo se percatara que el frío lo atacaba a él de una manera distinta que a los otros. Y en ese tiempo había aprendido ciertas argucias de superviviencia.
Ya no desperdiciaba su vida en caminatas, pues ellas le robaban la energía que necesitaba para las lecturas.
Tomaba el subterráneo y aprendió de memoria los planos de las estaciones en los cuales podía encontrar amparo, y cuidados en caso de alguna emergencia.

El rey y la suicida

Las losetas aún llevan la sombra donde cayó su cuerpo, ellas y el rey son los únicos que han sido marcados con su historia. Las manchas en el piso se borrarán pronto, la limpieza se encarga de ellas al amanecer. Es la marca en el alma del rey la que me preocupa, allí no tenemos cómo llegar.

La fiesta

Entonces yo era codorniz del grupo de los poetas en la universidad e iba mal vestida a las reuniones, donde leía con fingido desgano aquellos versos que me había costado la noche entera escribir.

Me desagradaba mi aspecto, mas sabía que en ese grupo era bien visto el mal gusto y que incluso el descuido aparente con que me amarraba los cabellos causaba admiración. Estaban todos locos pero los quería. Y a él más que a nadie. El único del grupo que parecía consagrado al objetivo de nunca dedicarme una mirada.

Así fue toda la noche en aquella fiesta. Me vestí peor que nunca pero cuidando que se adivinaran circulares mis pechos. Me ajusté el más desgarrado de los jeans asegurándome que destacaran las nalgas. Nunca me pongo labial pero los llevaba medio abiertos y humedecidos cada vez que pasaba frente a él. Igual nunca me miró. Así que me dediqué a tomar. Tal vez no eres su tipo, me habían dicho mis amigas tratando de suavizarme el rencor. Tal vez si me pusiera esos lentes ridículos de carey negro que usa ella, pensaba yo. Esa poeta que parece atraerlo tanto, la extranjera.

Tenía que escoger una cerveza. La luz y el hielo me paralizaron un instante. Allí estaban todas, alineadas, heladitas. ¿Por qué iba a escoger ésta? ¿Sólo porque estaba más cerca? ¿Porque brillaba más la chapita y el capuchón? ¿Porque la luz la había iluminado de cierto modo? ¿Era acaso cierta posición, cierta gota fría que se había deslizado por el cuello de la botella? Cogí la cerveza, cerré el refrigerador y con ella en la mano me metí a la fiesta.

Dejé que la botella me condujera entre la gente, hacia ese sofá debajo de esos cuadros. El otro poeta maldito de la clase mencionó algo sobre antropología comprometida. Pasé otra vez frente a mi ídolo con la boca bien cerrada. Me dediqué a bailar. El primer hombre fue un amigo de la dueña de la casa, al que apenas conocía. Estudiante de cine, mencionó dos cortometrajes y miró insistentemente mis pechos ¿Se dará cuenta? El segundo hombre fue mucho más discreto, me conversó de un viaje necesario y transformador a unas ruinas en las afueras de la capital, una calamitosa expedición por las carreteras de la sierra. Luego quiso hablarme de política pero le pedí disculpas y me metí a la cocina en busca de otra cerveza.

Allí estaban otra vez. Escogí la que estaba atrás de todas ¿Porque está más helada? ¿Porque nadie ha pensado en ella y no la han tocado? Así era yo, compasiva. La destapé y me metí otra vez a la fiesta.

La extranjera estaba riéndose y me dedicó una mirada. Nunca le había prestado demasiado atención. No era tan fea, mira tú. Tenía bonitos ojos detrás de esos lentes de carey que me horrorizaban. Sus jeans estaban menos rotosos que los míos y no mostraban nada. Su cabello era sedoso, largo, me provocaba tocárselo. Me acerqué y rocé con mi blusa el borde de la suya.

–¿Así son las fiestas en Dinamarca?
–Sí sí. Más o menos iguales. Iguales de borrachos.

Se le veía cómoda, como si estuviera instalada en un pedestal mirándonos. Cómo me habría gustado entrar en esos ojos. ¿Qué imágenes se mezclarían con las que yo veía? Traté de ver mentalmente una fiesta danesa, pero no lo conseguí.

–¿Y dónde aprendiste castellano?
–En un viaje a España primero, viví por un año, terminé la escuela en Zaragoza. Luego, viajando por Sudamérica, viviendo en el Cuzco.
–¿Viviste mucho tiempo en el Cuzco?
–Año y medio.

A quién quería engañar. Ella me había visto en las reuniones del grupo, había escuchado mis poemas y sabía que apestaban. Los debía haber escuchado más vívidos y mas limpios en alguna otra ciudad europea. Casi me convencí–mirándola, escuchándola hablar sobre ciertas malas costumbres que aprendió en el sur–, de que ni siquiera mi ídolo le interesaba. Sólo estaba asumiendo su posición de diosa y dejándose adorar.

Se la llevaron a bailar y me quedé sola otra vez. Se la llevó mi segundo hombre, a quien noté dudando en invitarme. Ella es extranjera, me dije. Se sintió atraído por ese modo medio inclinado como ella se para, pensé. Bailaron salsa. Ella como si hubiese nacido bailando. Traté de imaginarme cómo serían las fiestas en Dinamarca, pero no pude.

Allí estaba yo. La poeta desgarbada y pechugona con su cerveza, sola en medio de la sala, gritando: ¡Mírenme! ¿Los otros poetas del grupo? Todos borrachos. ¿Habían escogido ignorarme? Unas horas antes les estuve declamando mis mejores versos y ahora que los necesitaba…

Debo dejar de preocuparme, pensé. Busqué en el fondo del bolsillo y no pude encontrar cigarrillos. En la cocina encontré a mi primer hombre, borracho, asomándose al refrigerador y ofreciéndome una cerveza. No le pude decir que aquél era mi ritual, que me dejase escoger a mí. Seleccionó su botella y la mía, me ofreció un cigarrillo y salimos a la calle a fumar.

Habló de cine y yo le seguí la corriente. Qué poco que sé de filmes europeos. Pero he visto mis películas y puedo llevar una conversación. Luego me senté sobre el borde de la vereda y lo dejé sentarse apretado contra mí. Me hace reír, me está mirando mucho más a los ojos pero sigue buscando por el rabillo los senos. Me echo en el suelo y él se aprovecha y se echa sobre mí y me besa y siente mi aliento fuerte y me trata de acariciar por encima de la blusa pero eso sí, eso sí que no lo dejo. Siento el mareo que me alcanza todo de golpe y su boca que apenas si sabe besar. El fue el primer hombre y yo fui su primera mujer. Estaba amaneciendo cuando entré a la cocina por una vaso de agua y vi a mi primer hombre con la danesa, apachurrados contra una esquina. La diosa danesa se había bajado del pedestal, un poco envidiosa de las sanas diversiones de los hombres.

Yo era una mala poeta y entonces tenía ciertas manías por detalles de mi ropa, de mi personalidad y de los objetos que escogía. Viajé mucho, conocí Europa y viví dos años con un hombre que me hizo mucho daño. Aprendí que vestir de mal gusto era contagioso. Me enamoré por épocas, evitando fiestas como aquella, buscando reuniones donde fuese posible transformarme en una diosa extranjera. Funcionaba. Miraba alrededor:muchachos y muchachas celebrando ritos que yo ya conocía, en lenguas extrañas que provocaban el efecto de hacerme sentir mejor.

También encontré a los tímidos que pasaban por las segundas filas tratando de llamar mi atención. Quise ignorarlos pero nunca fui buena para eso. Siempre me daba por estirar las manos y escogerlos, prefiriéndolos a los que se colocaban ruidosos al frente, invitándome a que los mire. Esos tenían una vida más fácil, ellos no me necesitaban.

Grandioso

El Emperador era paisano de los pescadores. No resultó traumático su encuentro y pronto estaban todos alrededor de él y frente al fuego del crepúsculo, conversando de rutinas del verano, de viejos amigos, de parientes fallecidos.

Les sorprendió la familiaridad con la que él los trataba; y a él le agradó que ellos se olvidaran pronto de las formalidades, entendieran sus bromas y se dejasen tutear. Las mujeres se aparecieron con frutos del campo y gaseosas y se sentaron en segunda fila sobre el toñuz, silenciosas, sin poder creérselo, pensando en las muchachas que se morirían de envidia esa noche cuando regresaran al pueblo y les dijeran: hemos estado con el Emperador.

Se escucharon críticas respetuosas y se dieron consejos que los más inteligentes aprovecharían a lo largo de su vida. Esa era una zona virgen, no la habían manchado de publicidad y de comercio los turistas, así que se podía poner en práctica el sentido común colectivo y empezar pronto los trabajos indispensables para prevenir el caos cuando el irremediable progreso llegara a esas costas.

Se habló de los alcaldes y se escucharon las quejas del último de ellos, aprovechador, aventajado delincuente. Sólo hubo elogios para el recién elegido. Éste había ordenado las cuentas municipales, restaurado los servicios indispensables, conseguido buenos tratos comerciales con las mineras y establecido justicia en el reparto de las aguas. La sabiduría imperial dictó que no miraran atrás pero que fueran prudentes cuando les tocara elegir a nuevas autoridades. Los dioses y el destino les habían enseñado las dos caras del gobierno, les tocaba a ellos aprovechar la lección, recordar para siempre y enseñarle a sus hijos los alcances de corrupción del poder y también el poder tranformador de su buen empleo.

Les prometió destruir los muros que el alcalde había levantado alrededor de su casa, con ladrillos firmes, rompiendo con el estilo de las casas gentiles y la armonía de la playa. Pero no les aconsejó proseguir acciones más severas. Sólo aprender, mirar a una buena autoridad en ejercicio y dejar constancia de aquellas buenas obras. Tal vez su poder le permitiría castigar al alcalde malo, les dijo, pero les sugería dejar la idea del castigo sólo en sus manos.

Antes de irse a dormir les enseñó a mirar las estrellas y a interpretar en ellas la voluntad del universo. Les mostró las coordenadas en las que se acentuaba la prudencia de aventurarse en el mar para la pesca; y también las líneas imaginarias donde la esfera eterna auspiciaba abandonarse a los espíritus del ocio. No todo en la vida es trabajo, les dijo antes de subirse a su litera y dejarse llevar por su hombres hasta el siguiente campamento.

Buenas historias dejó la visita del Emperador y los pescadores aún respetan su figura más que la de quienes lo siguieron: reyes que sólo ven en los periódicos y escuchan en las radios, jefes que hablan de grandes obras, venganzas terribles y proyectos que no realizan nunca.

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