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The New York Street

Un blog lleno de historias

Autor

ulisesgonzales

Writer. Editor of the literary journal Los Bárbaros (New York) and Las Furias (París). Editor at Chatos Inhumanos Publishing House (New York). Professor at the Journalism and Media Studies Department, Lehman College, CUNY, Bronx.

La Catedral

Nunca había mirado de aquella manera la Catedral. Creo que malinterpreté su físico exhuberante y me concentré demasiado en el contenido. En la oscuridad entre sus paredes y el altar.

Jamás me fijé con detenimiento en las puntas que cortaban la neblina de agosto, ni en sus campanas que conectaban a quienes fueron testigos de todas las barbaridades que se cometieron frente a ella.

Alguna vez los tiranos piadosos que tuvimos, se persignaron mirando como se alzaba su arquitectura. Y sus malos pensamientos fueron barridos por el repique aburrido de sus siglos.

Nunca me fijé, hasta hoy, amedrentado por esta novela, en las amenazas que alzaban sus puntas contra el cielo. La batalla desigual contra la garúa que había librado esta Catedral de Lima, flor virreinal.

Reglas

Oye la lenta agonía del destripador
préstale atención al dulce solaz de las muchachas
que soban sus recuerdos contra los libros.
No dejes de volar en cuerdas principales
en aguacates con condimento en limosinas hechas de dinero
ajeno.

No revises el pasado que duele a lunes
ni entretengas fábulas de animales vikingos
No hagas trampa en los negocios con los esquimales
y duerme bien, sin tregua.

Escapa una vez al día,
y levanta las plantas de los pies, huele la tierra
de los comercios amargos. No desenvaines la espada
si no sabes lo que vas a cortar.

Deja correr el agua con que lavas el arúgula
y a principios del mes saca a pasear al inocente
al hijo de todos los hijos
Piérdete en el pasillo del delito ajeno
Busca un hobbie
habla francés.

Los deseos

De niño tarareaba, como todos, esa canción que habla de los pasajeros en trance. Los aeropuertos me fascinaban por su posibilidad de convertirse en entradas al más allá. Sin embargo era un ignorante en aeropuertos. La escasez de dinero me había convertido en visitante asiduo de sus parientes pobres: las estaciones de buses. Había estado esperando en ellos, desesperando en ellos, durmiendo en ellos.

Irme lejos. Esa era la más grande posibilidad de quien viaja. Huir de las responsabilidades y de los parientes. Demostrar que era un rebelde, que la vida estaba escrita en las canciones de protesta. Así me metí a un bus por primera vez. Y allí juré que viajando, me quería morir.

¿Por qué viajas tanto? Me preguntó una vez una mujer en bikini. Casi me estaba ofreciendo un concubinato feliz en el verano. Y yo tenía otros planes. ¿Por qué viajas tanto? ¿A dónde esta vez? ¿Con qué dinero? No me creyó que los viajes felices cuestan poco, que la falta de dinero te acerca a los pueblos, te hace ver lo mejor de las personas, despierta la solidaridad del vecino y de los camioneros. Ella no podía salir ni a la playa sin la billetera llena. Felizmente tenía un trabajo pagado en la televisión, y sus ojitos prometían una carrera larga de actriz de telenovelas. Los míos estaban llenos de miseria de estar aquí. Ganas de experimentar.

Difícil de explicar. Lo mío era deseo de conocer el mundo. De gritar he conocido tal y cual cosa, he visto a un hombre vestido de mujer en esta playa, he visto a un mendigo calentándose la sopa en esta calle; he conversado con una diosa morena a oscuras, y ella no conocía mi idioma. Para estar libre de ver es que viajaba solo. Esto me permitía vivir sin testigos, y menos pendiente de los pecados.

En una silla vieja

En una silla vieja un libro busca dueño. Si lo ves flotar colócalo otra vez encima del ropero y préstale atención las siguientes treinta y tres horas.

En una tienda de ropa un manicomio ha cerrado la puerta trasera, se han escapado los contadores con el dinero.

En un país los rubios se han cortado el pelo y no han dejado nada de propina. Los negros han vendido su ganado y han comprado quinelas.

En una luz viajan dos mosquitos con corazón dorado.

Leyendo (y subrayando) a Rushdie

La mejor hora para escribir es la mañana. Después de un baño de agua muy fría.
Quiero visitar Kuelap. Esta mañana, esta tarde, no tengo ganas de escribir. Discuto acerca del cansancio, las ganas.
Ojos, Todos los ojos son el cielo.
Veo las vacaciones, en el pasado. Escribo. Pongo un punto.
A veces veo tan lento.
Leo. Eso sí se puede hacer con el cansancio, dejarse llevar hacia Bombay, escuchar el ajetro de las calles y de la biografía ficticia de Rushdie, de esa nariz mitológica que olfatea el mundo.
Crónica sobre Ted Kennedy en el Time. Mira el mar, recuerda el lugar en Cape Cod donde nadaba con sus hermanos. El sueño sigue, la esperanza.
El narrador de Midnight’s Children y su esposa, cosa que ya veo en Caída del sujeto.
Mando unos poemas a Lima, una novela, juicio al editor, al poeta, al mundo de las publicaciones. Tantas cosas se pueden guardar en un baúl. ¿Los recuerdos? La noche de ayer y las de siempre. Cansancio que baja por el cuerpo, dulces sueños.
Final de agosto y apenas si cabe una luz.

Divino en Bogotá

El Divino corría olas y remataba polos de sus viajes para recursearse cuando regresaba a casa. El último negocio que se le había ocurrido, luego de ver a una morena hacer lo mismo en las calles de Santiago, era ofrecerle fotos a la gente vendiéndose como el hijo de Dios. Dos de sus mejores amigas fueron reclutadas como adoratrices, y lo seguían en la calles cerca de la Carrera Séptima y la Caracas. Ofrecían marcadores de libros con la imagen del Divino, vendían oraciones y arreglaban fotos con él, que se tomaban con la cámara de los clientes, considerando la posición del sol.

A Marcelo se lo presentaron antes de salir en grupo hacia la discoteca El Goce. «El Divino conoce tu país» le dijo la dueña de la casa, Hilda, la muchacha que había conocido la tarde anterior entre los periodistas que esperaban a que terminara el concierto en el Parque Simón Bolívar para entrevistar al cantante de La Pestilencia; y que lo había invitado a pasar unas noches en su pequeño departamento de soltera, sobre la Plaza del Chorro en La Candelaria.

«Estuve en el norte y en la ciudad de la Mugre» dice con seriedad, mientras pasa lo que resta del cigarrito a su adoratriz, que con la mirada concentrada, lo sostiene y se lo lleva. El Divino se ha cambiado la túnica blanca con la que recorre las calles de Bogotá y ahora viste una camiseta estampada de Chicama Beach. Sostiene en la mano derecha una botella de vino. «Espero que te guste la salsa»–dice él–»porque el lugar a donde vamos a ir es el mejor lugar para bailar salsa en todo Bogotá». Marcelo asiente y mira de reojo a una de las adoratrices, que también se ha despojado del vestido vaporoso con el que llegó y luce una camiseta escotada.

Todos caminan entre los empedrados húmedos de las callecitas estrechas de barrio, bajando hacia el corazón de la ciudad, hacia el cruce ruidoso donde una modesta puerta de madera y una luz verde los invita a pasar. «Este es el Goce, ahora a bailar» parecen decir todos, mientras llegan las primeras cervezas a sus manos, porque ellos saben que viaja sin dinero y no necesita pedirles nada. El Divino lo deja bailar con sus adoratrices y hacerle un sanguchito a la del escote atrevido. Se llena la madrugada lentamente, con un baile que respira sudor y vejez neoyorquina, cuando Rubén Blades llega a El Goce con toques de música mágica y Lavoe abre la última página de un periódico de los 70s.

Su amiga Hilda le mencionó una nota sobre la música en Medellín, las tendencias del metal pesado que se han apropiado de la escena bogotana. Nada de aquella influencia se nota en este viejo bastión del último mundo con sabor, nadie piensa en camisetas negras y sudor furioso cuando mueve sus caderas al ritmo del Gran Combo. Se sucede la noche en cansadas metáforas de adolescente que se transforman en adultos y la barba gentil del Divino lo abraza de amistad y le brinda toda la cerveza necesaria, esa ganada a punta de caminatas por la Séptima y fotos-souvenirs.

Cierra El Goce porque hay cierta norma que rige los clubes para que se callen pronto, la ley Zanahoria, y el grupo se antoja por barrios más modernos, dentro de un edificio de elevadores y vidrios nuevos, dentro de un cuarto, en un sótano donde otras bandas alternativas que rinden su pleitesía al rock sobre un escenario diminuto y frente a una bandera colombiana desgastan la madrugada a escondidas. Muy apretados, muy jóvenes, el Divino es uno más de los que disfruta del concierto con las piernas cruzadas sentado sobre el suelo del departamento.

Se marchan entre tropas de otros lados, por calles de las que Marcelo jamás sabrá los nombres. Persigue a una de las amigas que le brinda hogar sobre El Chorro y ella le ofrece una historia sacada de su infancia en Villavicencio, donde la niñez feliz y los estragos de la guerra se confunden con tenias que le arruinan el estómago. A su lado, El Divino marcha entre las dos adoratrices y discute la sencillez del mundo en un monólogo al que ellas parecen adorar. Marcelo sigue el rastro de la mujer de las llanuras y encuentra el camino hasta su cuarto donde toma solo lo necesario. Luego ella le pide que se marche, porque su amiga va a llegar de otra fiesta y duermen juntas, así que Marcelo se extravía casi a oscuras en una sala donde hay demasiada gente durmiendo en el suelo y se acurruca en un espacio en blanco.

Enmedio de la noche, siente que alguien lo está protegiendo del frío. Abre un poco los ojos, lo necesario para ver al Divino, que se ha bajado de su sofá para cubrirlo con una manta. «Duerme bien» le dice. Y Marcelo se queda para siempre con el timbre de voz con claridad profética del mensajero.

Amanece pronto en esas esquinas y la luz lo obliga a ponerse de pie. Todos duermen, él no. Marcelo camina sobre los pijamas, los trapos aventados en alcohol, las mujeres que reclaman atención, los pequeños hombres despatarrados en los rincones de la sala en posición fetal. Se deshace por la puerta y sube hasta  la azotea por los recatados escalones de la escalera de caracol del edificio. Una vecina madrugadora baja los escalones con una batea llena de ropa y ni siquiera se molesta en mirarlo. Tal vez lo odia.

Cuando mira en silencio la ciudad, su amiga Hilda aparece por las escaleras y avanza entre los tendederos de ropa para quedarse a su lado, observando una ciudad paciente, bellamente cansada.

Ella le ofrece un cigarro. Marcelo deja que Hilda se lo encienda, mira otra vez los techos de la ciudad. No sabe qué decir, así que sigue observando y aquello lo llena.

Sábado

Hay tantas noches como esta…
Y tantas otras en que el celular espera. Pregunto ¿Solo yo?

Desde un bar una llamada apurada, está terminando de trabajar. Me piden que me relaje, que lea un buen libro «Salman Rushdie me desilusiona un poco», me dice.

Mis piernas cansadas. Mi cercanía a la cama, mis memorias vuelan veloces y se alejan. Me levanto como un autómata pero descansado. Duermo mejor, el aire acondicionado es muy frío, pero en automático se apaga sólo un poquito después de cuando debería apagarse.

Pensaba escribir, usar la noche para condensar alguna cosa o tenderme en la cama a leer, subrayar, alguna palabrita nueva. La única que he aprendido recientemente es «impervious» y ni aún ahora recuerdo su significado. Hace unos meses estaba leyendo a Faulkner y subrayando como loco. Lo mismo con Rushdie, lo mismo con Joyce.

Vargas Llosa: El Pez en el agua. Siete trabajos cuando se casó con Julia, su tía. Y aquí escándalo de primas hermanas. Nada nuevo bajo el sol. Un reportaje sobre «Al fondo hay sitio» la magia de los guiones bien hechos, de los actores que tienen carisma.

Tengo que terminar esa historia de Comanse los unos a los otros. Un solo dia en el Cuzco, centro del imperio, ombligo del mundo.

¿Qué será del mundo? ¿Por qué no va más rápido? ¿Por qué no gira en torno a mí?

Solo vemos lo que nos ponen-o nos ponemos-frente a los ojos.
Definitivamente estar cansado no es una buena receta para escritor. Pero sin bajar la guardia, escribir, escribir, y más allá.

La recompensa está en nosotros mismos. Al menos escribí mi historia sobre el truco, basada en una línea de Borges. Ya.

La camioneta de Rina

Rina pasaba por el pueblo a recoger la ropa sucia. Tenía una camioneta Datsun Station Wagon cubierta de polvo, con la que recorría el camino hasta la ciudad. Hacía el mismo viaje varias veces al mes y la gente, acostumbrada a las cubrecamas y sábanas limpias, se lo agradecía.

Phoenix

Hay un bagel con crema de queso en el recuerdo de esta mañana y la vigilia antes de caminar con la bolsa al hombro y la computadora en las manos por la oscuridad de nuestras dos de la mañana, pasando la estación de servicio silenciosa, los autos con las ventanas abiertas y llenos de música, la muchacha con la cicatriz en la mejilla y una sonrisa que sube al elevador de la estación de tren. ¿Cuántas veces he sido una sombra con maleta caminando hacia una estación?

La llegada a Penn Station me recuerda que es viernes y veo un desfile de tacos mal caminados, de piernas que regresan de las discotecas, tumbadas en el piso esperando que salga el primer tren. Locos al lado de las columnas, hombres de aspecto penoso y más de trescientos kilos que arrastran los pies, contrarrestando esa música surreal de tiendas de moda. Ellas quieren ser más altas y más mujeres, sus piernas se mueven, se juntan con otras tantas en esa espera callada que tal vez no se recupera aún de los ruidos de los clubes, de las luces a oscuras en la pista de baile.

Un muchacho duerme apoyado contra una muchacha que le acaricia el cabello y le frota la espalda. Sus pies torcidos, una pareja de lesbianas abraza con cariño sus piernas cansadas, descansando en los peldaños de las escaleras. El viaje ha sido ese silencio. Un café helado y De Quincey y sus Confessions of an English Opium-Eater que he releído siempre con calma en estaciones de tren.

El boleto me ha llevado en aletargado ritmo de madrugada hacia el aeropuerto y me he quedado dormido ni bien he visto las ruedas del avión despegarse de la pista de Nueva York.

Phoenix desde el aire tiene cerros rojizos de tierra seca, sus calles son cuadriculadas, casas pequeñas extendidas sobre el desierto.

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