Cierta mañana el camión apenas si puede pasar por el estrecho camino hacia el pueblo. Los pasajeros se inclinan sobre la madera y aprecian el precipicio. El olor a polvo seco y a calor está por todos lados, mientras rebota en el silenco el sonido de las ruedas del camión pasando esa estrechez, dejando atrás el acantilado, cada vez más cerca de Jaquí.
Colgadas sobre aquellas paredes de adobe sin pintar, siempre hay un calendario. Y aquellas camas–catres les decía el abuelo–por lo general necesitan una afinada de los resortes y un poco más de relleno en los colchones.
Ella, la selvática que lo había conducido con delicadeza, hasta con cariño, por las escaleras hacia su habitación, ahora lo estaba mirando como si fuera un estorbo, y parecía suplicarle que la exima del suplicio, que se largue para dejarla dormir. Él–no sabía por qué, tal vez por alguna coincidencia que tenía que ver con esa noche, por toda la chicha fermentada o tal vez por culpa de esas velas que le alumbraban el camino en la iglesia antes de que fueran a buscarlo para traerlo hasta allí–no se venía, y todo el placer que podía haber sentido se le transformaba en culpa. Prestaba más atención al calendario colgado en la pared, a la imagen religiosa dibujada sobre los números del mes, que lo miraba acusándolo, como diciéndole que ya tuvo su oportunidad, o que nunca la tendría; que lo estaban observando fuerzas más grandes que aquellas patéticas maniobras que él hacía en la cama con esa muchacha, con ese culo perfecto en el que buscaba perderse para olvidarse del amor y de su incapacidad para conseguir a la mujer que deseaba.
Amor, palabra manoseada ¿Acaso no amaba también esa fuerza que salía desde el centro de su organismo y la penetraba?¿Acaso no amaba la indiferencia con que podía encaramarse sobre otro cuerpo para simplemente olvidar la imagen que lo torturaba?
Entonces sonaron los golpes en la puerta, anunciando que el valor de sus monedas–sus veinticinco monedas– se había terminado, que debía volver a la calle aún semioscura, a una mañana donde seguía transcurriendo la oscuridad de una relación que jamás entendió bien. Tenía que salir a los pasillos de aquella casa refugiada en el anonimato de las afueras del pueblo, donde el enemigo lo esperaría con aquella media risa de doble filo con que lo había tentado aquella tarde por las calles empedradas de la comarca y lo había abrazado mientras tomaban uno y otro vaso de un líquido fermentado y amargo; demostrándole su absoluto dominio de la situación y lo desatinado de su intromisión en esa vida de pareja construída con sufrimiento, poco a poco, a lo largo de tantos años.
Porque ¿Quién era él para creer que podía venir desde la ciudad, desde donde se habían escapado ellos, a gritarle por su incapacidad para mantenerla? A ella que, para que lo sepas, no solo ha cambiado tu vida sino la mía. En esta aventura somos solo dos y no puedo aceptar ni traiciones ni terceros, ni amenazas de retirada, porque este amor tortuoso pertenece a dos amables y tortuosos individuos. Así que no retires tu mano, abraza tu vaso y en estas calles llénalo otra vez del fermento espumoso, de esta savia que ha enceguecido a una raza durante tantos siglos, para que no entienda que su banco de oro está siendo saqueado, porque mi reino no es de este mundo, indio, mi reino es del oro y de la plata.
Y él se imaginó entonces que incluso el Inca había comprobado como el placer de la chicha cerraba los ojos del pueblo: mientras el Imperio seguía extendiéndose, ellos trabajaban, tomaban sin quejarse y de pronto llegaba a esas tierras la iglesia y lo confundía todo. Se prendían las miles de velas antes de que salieran las andas de la Virgen a caminar por el pueblo y la chicha seguía colmando los vasos y, esa madrugada, la selvática lo invitaba a darle la mano y seguirlo hasta el segundo piso, para entender el poder de sus juventud, de su semen que –por fin, presionado por los golpes en la puerta que le exigían que cumpla su parte del trato, que deje dormir a la muchacha–se desparramaba sobre su cuerpo como la sangre de un animal herido.
Entonces él se apartó de ella, se vistió y salió otra vez a los pasillos para entender que era un hombre vencido, que tal vez debería acostumbrarse mejor a las derrotas, a los caminos truncos; acostumbrarse a pagarle mejor a esas muchachas que lo jalaban con cariño por las escaleras oscuras hacia sus dormitorios.
Allí en la sala de baile, satisfecho, lo esperaba su enemigo. Lo recibió victorioso, con esa media risa con la que alguna vez le enseñó la media pintura de su vida, la que nunca pensaba terminar y que escondía detrás de unas sábanas descoloridas para que su mujer creyera que vivía con un artista. Le dijo que su vida era el arte, si bien su mejor arte era esa forma de mirarlo, sometiéndolo.
Ahora las luces de la mañana entraban por las ventanas irregulares del prostíbulo, para decirle que otra vez había sido vencido. Alguien, muy dentro de sí mismo, le gritaba una línea que no sabía si atribuirle a la descarga en el dormitorio, a la paciente intoxicación de la tarde, o a alguna tara adquirida en una educación religiosa y larga que nunca servía para vencer al enemigo: «No se coman los unos a los otros».
Los dos cruzaron la pista de baile vacía, aquella donde una hora antes la muchacha apareció reluciente y despertada para conducirlo a su habitación, por algunos minutos, para susurrarle al oído que no todo estaba perdido, que las fuerzas de otros abismos lo iban a sostener mientras durase su peregrinación. Pero que no podían ayudarlo a cruzar el infierno, aquella era tarea de hombres, no de niños.
-Llegada a Cuzco
-Recuerdos de primera vez que se conocieron (pintura, fotografía)
-Recuerdos de la noche anterior
-Viaje al centro de Lima, traiciones..
-Dinero, trabajo, pasaje conseguido con nuevo crédito
-Llegada y reencuentro
-La pintura
-El enemigo, la pintura, el ocio, el goce de la vida
-Las ventas en la calle
-Discusiones sobre el amor
-Bus a un mercado cercano
-Trastabillar hacia las chicherias más cercanas
-Declararle su amor-Fumar un puro-concursar-ganar dinero-ganar premios
-Encontrar una pedazo de teja y escribir un poema
-Cantar con ella en una esquina, una cancion de la que no han oido los poetas, temas que no se consiguen en los lugares oficiales, lo caleta y lo publico, lo pacharaco, lo oficial, lo escondido y poco conocido, lo auténtico
-El enemigo la tiene aprisionada, es suya. No hay amor imposible, salida de una relación, las sábanas de un sábado, ella es suya, es su mujer. Tragedia de una relación que no funciona y no puede sino funcionar de ese modo
-Bailar en una chicheria, el enemigo la apreta a ella mientras los borrachos te abrazan y te sientes el perdedor más grande del mundo. Otros pintores se emborrachan, guardan su distancia, pero también son tu competencia con sus corazones deseosos de su aventura de sus brazos que saben envolver.
-Regresar al refugio de los corazones rotos
-Detrás de una cortina ella propone que se unan al grupo que parte a una sesión de ayahuasca en las montañas
-Y la trata de besar con un disco de Spinetta.
-Su amigo la lleva a ver a la Blonda, detrás de las cortinas pide un six pack de Cusqueña y explica que todo se ha cancelado, que no podrán tener una sesión con alguien que desea vender su peyote. Ella lo quiere grita el borracho, usted tiene que entender que lo quiere.
-Se acerca por detrás y le tapa los ojos y entonces todo empieza
-Caminando por las calles cuesta arriba, un paquete con dos fotografías envueltas en papel-lavandería
-Dinero que no llega y sus llamadas que rebotan como rebota la lluvia en las callejuelas mojadas
-Posiciones políticas-apolíticas-el mundo después de la politica, los sobrevivientes
-Sobrevivientes:todo lo que significa, llegar al mundo abierto en dos, y en las dos partes estar como haiendo equilibrio, a punto de caer…
-Por un pedazo de postre, cruzar el terreno baldío, la gran catástrofe que fue esa ciudad de millones de culebras, guardando las formas, evitando comerse los unos a los otros.
-La geografía, renacer, hace una vida nueva EVITEN COMERSE LOS UNOS A LOS OTROS
-El sexo, la inexperiencia, regresando de la noche de la chicha, en una callecita, encontraron, el enemigo llevandolo de la mano hacia un taxi y en ese taxi una redondela fuera de la ciudad hacia una puerta metálica, y un bar de luces semiapagadas, un baile en forma de cicatriz, los golpes en la puerta que valen monedas doradas, y no valen, y su cara sencillamente preguntando si ya podía irse, si la podía dejar dormir.
-Regresar por las calles empedradas hacia la cima, de la mano del enemigo, pensando en que tiene que verla, que tiene que verla y conversar, y le agarra de la mano y siente el amor y la pérdida y bajo el portal una teja rota que la lluvia borra, la tiza, el arte, ese cuadro escondido en el fondo del armario, ese que nunca voy a terminar, que no voy a volver a ver, que voy a pintar.
En un estrado que se eleva sobre el campo de un estadio de fútbol con entradas agotadas, el guitarrista de una banda de rock and roll hace gemir a las cuerdas de su guitarra, con la sangre acogotada en las puntas de sus dedos que acarician con violencia.
El hombre se retuerce y suda. Suda sus mechones de pelo que no disimulan la calvicie; y la flacidez de su carne blanca y sin sol. Miramos todo, porque la magia de las pantallas gigantes nos permite ser testigos de cada detalle de su desgarradora carrera por el pasillo que comunica al estrado principal con ese pedestal mecánico que se eleva y lo pone sobre las cabezas de miles de asistentes que seguramente que lo aman.¿Cómo no amarte Angus Young?
A un lado del estrado, junto a un bajista con serios problemas de caída del cabello; el vocalista de esta banda–implacable perfil de estómago curvoso, fofa triple papada–contorsiona un cuerpo que pareciera pertenecerle a uno de esos felices sexagenarios limeños que te recuerdan con pasos enfáticos pero cansados como bailaban ellos cuando escucharon por primera vez un disco de Billy Holiday y sus Cometas.Cuesta creer que esa voz puede salir del cuerpo cansado de Brian Johnson.
Estos dos individuos han sido capturados antes en video y en audio. Se llaman AC/DC. Yo he gritado con ellos, en casete y en disco compacto–últimamente en iPod–e incluso los he escuchado en vinilo a escondidas y a oscuras, temeroso porque las malas lenguas decían que eran satánicos.
Esa noche de estadio-completamente lleno, hace 8 años que no hacen gira en los Estados Unidos–dos horas de tráfico y de túnel desde Manhattan; sus miserias rockanroleras me obligan a pensar que el ritmo más vital del siglo XX se nos puso viejo.
Una opinión personal: no vayan a verlos. Escuchen todos sus discos, griten sus letras que incriminan a un mundo que no se sabe divertir lo suficiente.
Pero verlos en vivo–sólo sombras de aquella imagen de una banda con cuya música tantos humanos habremos saltado sobre las cubrecamas adoloridas de nuestra adolescencia–es un mal viaje.
Estamos celebrando una fiesta más en la casa, llena de familia italiana. Mientras coloco la alfombra azul, especial, un poco sucia con pedacitos de hojas y suciedad del campo, encuentro varias monedotas de oro, muy gruesas, el doble que fichas de sapo; y lingotes de chocolate envueltos en papel dorado, que recojo y junto, entrego a la mesa grande, donde están los abuelos invitados especiales-pienso que las pueden usar como propina al final del show- y me quedo con algunas, dos montoncitos que acomodo en la mesa donde me ha tocado sentarme a ver el show, y que espero repartir al final del dia. Me pongo a ver el show, un famoso grupo de septuagenarios que entran al patio e interpretan una sola cancion, grandes artistas que debe ser costoso contratar.
Está todo el patio muy lleno de gente, ademas de la familia italiana se aparecen los Basson que deja a su familia sentada y se va a dormir al segundo piso. Entra gente de la calle, familias de ricachones que casi nunca se han acercado a nuestra casa en la escuela, ni nos conocen más que de oídas. Estas mamis e hijos malcriados, levantan con la comida como desesperados, se sirven como cerdos, barren con todo como si no hubiera suficiente para todos.
Es una reunión a todo dar, al parecer los padres de familia se han pasado la voz porque llegan de todos lados, entran y se ponen a servirse comida, gente que ni saluda. Cuando termina la música me dejo de apoyar en la mesa y me doy cuenta que mis monedas- lingotes y chocolates dorados se los han robado las criaturas bien vestiditas de terno y me entra una rabia porque igual pensaba regalarlas, y me las agarro contra un niño sentado a mi mesa, lo agarro del cuello de su camisa y le pregunto si no le han enseñado modales, que podía por lo menos preguntar, no robar. Estoy furioso, subo al segundo piso a calmarme, y veo a Basson de reojo en una cama del segundo piso, mientras paso por el frente de un cuarto, la puerta esta abierta y Basson está acurrucado durmiendo en una cama muy pequeña para su talla(habran pasado dos horas y toda su familia esta en el patio divirtiendose) En el baño me relajo y vuelvo a bajar, alguien en otra mesa hace un comentario acerca de que en shorts se me ve mejor que a su esposa cuando tenia ella la misma edad. Los cantantes italianos solo han interpretado una canción, y se han ido, al parecer la dueña de la casa los ha visto y ha creido que eran una buena manera de reconciliarse con algunos de sus invitados, traerlos para que canten una buena canción italiana. Sólo una canción aparentemente ya es carísimo. Hemos llegado a la reunión puntualisimos y todo ha empezado puntual.
2.
Estamos en Silaca y he pensado en cavar otro pozo, para hacer más fácil el proceso de bañarse. Dos bañistas se lanzan desde la entrada al patio de cabeza para probar si el pozo está bien construido o no, se lanzan y parece que donde caen no hay suficiente profundidad. Repiten dos veces esa acción de lanzarse de cabeza. Se paran y corren de regreso sobre las piedritas del fondo del mar mientras el mar se retira (yo los veo como si estuviera en la perspectiva de un hombre metido al otro lado de la piscina, sólo veo sus pies que se lanzan. y luego los veo caminando de regreso para volver a intentar lanzarse. Alguien comenta que tal vez el nuevo pozo haya cambiado el modo como entra el mar a la bahia de Silaca, que el pozo ha destruido otros pozos. Pero otra persona afirma que no, que si los viejitos quieren ir a Pozo de las Viejas pueden hacerlo caminando pegaditos a la izquierda, sin cruzar por el medio (donde ahora entra el agua al pozo )
Vagamente, en el sueño, recuerdo caminar por la cocina de la casa, perdido entre pasillos intentando llegar al patio donde estaban todos.
3.
Estaba conversando con María la muchacha, y conversábamos que todo el mundo se había ido del Perú, su hermana también, había ido a Nigeria, pero la habían tratado muy mal, se había escapado y ahora trabajaba en la Tuscanía. Casi se pone a llorar, decía que no le iba tan bien, en cuanto a dinero, y era la típica conversación, que trabajaba un montón y la plata apenas si alcanzaba…
En la vereda está su silueta con aspecto de embarazo, apenas si puede andar unos pasos pero así y todo ha aceptado ser nuestra guía. Los dos la queremos besar.
Hay ciertas personalidades que cubren toda una vida, se mantienen firmes en tus recuerdos personales y construyen su camino hacia el inconsciente donde se cuelan en tus mejores sueños, ni aún en ellos se dejan besar. O no sabes todavía como hacerlo.
Hay paz en esos recuerdos de caminatas por el desierto argentino, por los recodos de los caminos portugueses, donde la maleta vieja y barata se deshacía sobre un hombro cansado. Cierto apremio sobre circunstancias en las cuales debí haber actuado diferente o puse en riesgo mi vida. Aquellas memorias vuelven una y otra vez, tal vez sea urgente consagrarle un cuento a esa noche durmiendo en una vereda al lado del teatro en Porto o al cruce del bosque a la noche de Leiria.
Tengo todo el personaje de una novela en la cabeza y cuando me siento preparado para escribirlo no se aparece, tal vez sea un problema de técnica.
Me han dejado recuerdos del 28 de julio. Uno que otro saludo, dos intentos frustrados de borrachera patria. Y aquí en este rincón de la isla no hay siquiera un buen plato de cebiche.
Sigo leyendo bajo la sombra verde en la arena, admirando como el sol no quema, como se renueva tan fresca el agua del mar, las siluetas de las bañistas. Es una playa casi virgen. Hugh ha entrado a servirse café en el barco donde esperaba encontrar gonorreas y comida vomitiva, ha querido transfomarse en Marlowe y no le ha salido bien la transformación. Su ukelele lo sigue en su aventura marina. Los marineros aún se asombran de que un niño bien trabaje para ellos y les limpie la cubierta.

He pasado tantas veces frente a ese libro en Strand y jamás asocié su nombre con la de aquella película en la que Nicolas Cage agota su vida consumiendo licor en un motel barato. Otra prueba de que los libros muestran una cara y esconden otra. Otro dato firme de que la literatura te transforma la vida. Esta tarde he leído en voz alta unos pasajes que ciertamente transmiten toda la belleza de una caminata entre las ramas de una trocha de tierra afirmada, por el campo de México. Así que he recordado los caballos alrededor del pueblo y al mismo tiempo al pescador inglés que me hablaba hace unos meses de matrimonio, acerca de un pueblito cerca de Cabo San Lucas, donde se puede vivir sin que la civilización se entrometa.
Es sol y es playa y es cena a la luz del sol, mirando el jardín, descubriendo si han asesinado a las avispas que constuyeron su panal entre las maderas de la casa, si los vecinos de al lado se van a callar de una vez, si ese Consul que camina entre las polvorientas calles de un poblado mexicano conversa con su delirio, ¿Por qué entonces no podemos comunicarnos con los cerebros confundidos, las miradas esquivas en otros puntos de interés? ¿Hay caminos que cruzan por el infierno?
¿Por qué llama el punto y aparte a la hora nueva, y se desafinan las cuerdas apenas tocan base, apenas llama como puede e invoca a la autoridad, a la moral, a las buenas costumbres y a los compromisos celebrados en la misa?
Somos hombres religiosos, pero hombres y eso nos pone las comillas, los puntos suspensivos, los acentos, las preguntas y respuestas que se manejan en cuartos secretos de algún territorio desconocido, de algún infierno personal donde se ha muerto el piloto y el copiloto no recuerda la contraseña y la palabra clave que permita cambiar de rumbo enmedio del temporal.
Hay bares donde vendan a la justicia y le regalan un tamal para el desayuno, le roban el vuelto y la mandan a su casa con el taxista que cobra comisión, hay cirugía de por medio, crimen pasional.
De todos modos, se detiene el poeta. Aspira el aie puro de este rincón de la isla, de estas siluetas de silenciosa paz frente al mar, de felicidad.
Son dos fotocopias: ella y él, reproducidas en cada detalle del carácter, de la forma de ser. Igualitos, hubiera dicho mi abuela, roncando de risa mientras la familia esperaba que terminara de preparar sus tamalitos verdes.
Ambos eran nietos fuera del matrimonio y amantes de una boda con lluvia que arruinó el toldo árabe y la comida criolla. Debajo de las mesas se escondieron hasta que pasó el temporal y allí le cogió la mano por segunda vez y ella se dejó besar.
Se dejó. No le preocupó que terminara la lluvia y él le propusiera esconderse por el día en una remota casa de playa fuera de la ciudad, no le preocupó el olor de humedad con que se abrió la puerta principal ni el sonido a vacío de los resortes de su cama.Se entregó a él. Caminó por los tramos empolvados del pueblo, bajo las paredes descascaradas. El cielo limpio. Pasaron la noche frente a un fuego a las orillas y regresaron a la humedad del dormitorio para amarse con mayor precisión y conocimiento, para borrar algunas dudas y que ella supiese para siempre que su cuerpo era una caja de sorpresas. Que él tenía razón en pensar que–siendo Escorpio–no se conocía, que tenía la pasión dormida con un sigilo de adolescente.
Ella volvió a la universidad al lunes siguiente. Llovía en la vereda donde tomó el colectivo y el silencio de la caminata hasta la facultad la terminó de absorber. Somos almas gemelas dijeron los recuerdos del sábado. Vamos a durar poco dijeron los silencios del domingo. Tengo que pasar por esto otra vez dijo su cabellera negra, larga, esperando una llamada o un mensaje que nunca llegó.
Fueron almas gemelas, dos fotocopias, dos hijos de la ciudad de las lamentaciones y las azoteas de polvo. Fueron copiados por otros, malinterpretados y finalmente se filmó una película sobre su primer encuentro donde se extraviaron sus nombres. Esa fue la película que nosotros vimos, la que nos obligó a tener hijos, nietos, yernos, para que no prosperara el infortunio del desamor original.
-Pretty legs you have my dear
-Thank you!
Abnormality in the air, a bunch of light excuses to pretend to know better, to leave the sand, to abandon the town and take the phone numbers of everybody around us.
My car is broken, enemies. You can attack at anytime. I’ll be waiting in the back seat, smoking a cigar.
