Writer. Editor of the literary journal Los Bárbaros (New York) and Las Furias (París). Editor at Chatos Inhumanos Publishing House (New York). Professor at the Journalism and Media Studies Department, Lehman College, CUNY, Bronx.
La Rucoleta: no sé dónde escuché por primera vez ese sobrenombre derivado del nombre de mi colegio. Supongo que al finalizar la secundaria. En nuestros retiros espirituales todos los colegios de Lima pasaban por la paleta creativa y eran rebautizados.
Años después, una noviecita se me ofendió cuando le dije que ella había estudiado en el Regina Pachis. Supongo que por la misma experiencia habrá pasado mi hermana y sus amigas mujeres, cuando los enamorados «listos» de otros colegios les preguntaran si ellas eran estudiantes de La Rucoleta. Es que en la escuela secundaria, todas nuestras conversaciones tenían que girar o entrar de lleno en una deliciosa charla monotemática: el sexo.
Era el tiempo del descubrimiento del desodorante, de las confrontaciones hormonales y el bigotito ralo, cuando la jungla negra se apropiaba de todo el espacio vacío de nuestra ropa interior. Recuerdo mi pavor intenso cuando después de varias horas de vigoroso ejercicio, de improviso brotó algo caliente y mi cama se cubrió de vergüenza.
En aquella época–difíciles 80s–era difícil encontrar material educativo. Me llenan de nostalgia las fotografías de algunas muchachitas hermosas en revistas del hogar que coleccionaba mi madre (¿Se habrá dado cuenta de que le faltaban ciertas páginas?) La imaginación era la más intensa productora de imágenes. Estas servían para calmar aquella etapa de locura temporal llamada pubertad.
Era un proceso complicado. Por ejemplo: recuerdo a una compañera que se sentaba frente a mi carpeta. Entre sonrisa y sonrisa creí estar enamorándome de ella. Una vez se puso un clavel en la oreja y volteó a preguntarme si me gustaba. Me gustaba. Por esas tardes, en una conversación informal de hora de almuerzo–masticando alguna salchipapa con bastante ketchup y mostaza–escuché que uno de mis compañeros contaba que mi musa se le ponía a los más bravos de su barrio. «Es una ruca. Se la ha chupado a varios» dijo él –jurando con los dedos cruzados sobre la boca, para que no quedaran dudas. Cuando volví a ver a la muchacha, lo que me interesaba de ella ya no era el destello que despedían sus ojos, sino esas curvas debajo de la blusa, aquellas formas redondeadas debajo de la falda gris. No podía mirar su boca sin que me diera calentura.
Durante algunos meses mis noches eran ella. Hasta que en algún recreo, otro compañero desvió mi atención. Me pidió que me sentara junto a él (¡caleta, caleta!) sobre una banca de madera: frente a nuestra banca, cruzando el patio; con los tirantes sueltos, las medias bajas y las piernas completamente abiertas, una de mis compañeras nos invitaba a prestarnos unos prismáticos y meternos de cabeza en la zanja prometida. ¿Cómo podía hacernos esto? A nosotros, a quienes la genética tenía condenados a ser–siglos después de la invención de la civilización–marionetas de nuestro instinto de conservación. Agarrados a la banca con ambas manos, pretendiendo ensayar distintas poses para ver mejor sin llamar su atención, observábamos muy agudos aquellas piernas largas que se abrían de par en par. Interpretábamos la sonrisa de la muchacha como una propuesta cochina. Su sonrisa sería la luz en la oscuridad de nuestra habitación: contra esa boquita de 13 años iría–entre sueños–el intenso chorro blanco de nuestra desesperanza.
Una tarde nos avisaron que se realizarían examenes médicos obligatorios. Nos formaron en grupos y nos hicieron esperar al lado de la oficina del tópico. Los compañeros que salían del tópico nos daban claves de lo que nos iba a pasar: nos desnudarían, nos tocarían, examinarían nuestro recto y nos harían preguntas incómodas. Recuerdo que un compañero dijo que el doctor le había preguntado si se masturbaba: «¿Qué es eso?», dije yo, genuino ignorante. «Si te corres la paja» me explicó el compañero, y yo comprendí, muy avergonzado, que aquél día me harían confesar el delito, el crimen al que había forzado mi cuerpo durante quién sabe cuantas miles de ocasiones. Llegado mi turno, ya desnudo, noté que el doctor, tras examinarme, hacía aspas o cruces al lado de una lista de palabras en jerga médica. Entonces me preguntó: «¿Te masturbas?» Y yo, sin saber nada aún de mis Derechos Miranda, negué enfáticamente. El médico marcó una cruz al lado de una frase inescrutable y yo supe ( o creí saber) que había descubierto mi mentira.
Tiempo después, casi al terminar la media, un amigo me mostró lo que había escrito contra la madera de su carpeta. Ya habíamos discutido mucho el tema y habíamos concluído–solo en base a su larga experiencia–que el único colegio con mujeres realmente bellas, era uno al cual él, por intemedio de un primo con las hormonas más alborotadas de Lima, tenía acceso casi ilimitado. Eran todas rubias, delgadas y maravillosas, como las modelos de piernas abiertas de Penthouse que su padre escondía bajo un montón de ropa en un armario. Mi amigo había escrito en la carpeta: «Más vale correrse un pajazo en la carpeta, que tirarse a una chica de la Rucoleta».
Recuerdo bien la risa estúpida con la que él celebraba su rima original y consonante. También recuerdo mi cara cojudísima celebrando su eslógan (¿por qué mi amigo siempre tendría tan malas notas en literatura?) y la baba que tragué cuando me ofreció que él y su primo–que ya los conocía todos–podían invitarme a un prostíbulo.
No acepté. Hasta hoy me arrepiento (a pesar de que a mi amigo le conocí épocas oscuras en las que se le pegaron bichos y debió afeitarse de los pies a la cabeza). No acepté por miedo. También, por cierta creencia estúpida de que mi primera experiencia tendría que ser sin pagar, con una chica bonita como aquella que se sentaba delante mi carpeta; o una que al menos me abriera las piernas con una sonrisa de gusto, como aquella en el patio del recreo.
No fue así. Poco tiempo después acabó el colegio y yo–tímido y desesperado–robé cien viejos soles del bolsillo de mi padre y me fui de putas.
Mi recuerdo más antiguo en la ciudad de Lima es una foto en blanco y negro en el Parque Washington en 1972, donde mi madre–con un peinado que le debía demasiado a la moda nuevaolera (una peluca como aquella que lucían las coristas de B-52)–sostiene entre sus brazos una manta de tela con la que arropa a un bebé rollizo, llorón y con pelo muy negro estilo puercoespín. A un lado está mi padre, con los botones de la camisa a punto de explotar, aún mostrando ese grueso bigote colorado que llevó toda mi infancia y que se afeitaría cuando el cabello se le empezó a llenar de canas.
El Parque Washington es una pequeña plaza en en el barrio de Santa Beatriz, a la altura de las primeras cuadras de la Avenida Arequipa, entrando a lo que se conoce como el Centro Histórico. Allí mi padre, que se había recién graduado de ingeniero y trabajaba para el Ministerio de Vivienda, alquiló un pequeño departamento durante un año, mientras esperábamos que se terminara la construcción de la que sería nuestra casa de siempre: un lote de la calle Los Químicos en la Urbanización de la Cooperativa de Ingenieros, en el entonces muy aislado distrito de La Molina, al este de la ciudad.
No queda ninguna otra fotografía de aquellos días, ni tengo otro recuerdo de aquel parque (a no ser por aquellas tardes de domingo, ya adolescente, en las que junto a mi hermano y amigos huíamos en turba, seguidos por las cachiporras de los policías, al término de algún clásico del fútbol jugado en el Estadio Nacional). Mis siguientes memorias de la ciudad son casi todas de La Molina, de aquel barrio entre campos de cultivo: Mi madre entraba conduciendo su escarabajo blanco hasta la casucha del guardián de un terreno a la espalda de nuestra casa. Allí comprábamos fresas. Era tierra zanjada y las frutas se recogían directamente de las zanjas. Nos la pesaba en una balanza de metal azul oxidada (recuerdo los dedos callosos del campesino jugando con la pesita mientras mi madre reclamaba o regateaba el precio y la calidad de las fresas); y luego mi madre manejaba las dos cuadras hasta la casa para enseñarnos que antes de comer una fresa debíamos remojarlas en agua yodada en el lavatorio de la cocina. En ese fresal, años después, se contruiría el edificio central de las oficinas de la IBM del Perú, al cual nuestro barrio le debe, en el lapso de nueve años, dos ruidosos atentados senderistas.
Tal vez porque las mañanas en La Molina siempre suelen estar acompañadas de un sol brillante, mi otro recuerdo permanente de la ciudad–por contraste–está asociado al cielo oscuro de la costa. A mamá le gustaba llevarnos a las playas de la Costa Verde, donde se tumbaba a leer bajo la sombrilla mientras nosotros hacíamos agujeros y castillos en la orilla. Antes de regresar a casa, nos acompañaba a cruzar la rotosa pista del circuito de playas, para que nos desprendiéramos de la arena en los chorrillos de agua que caían por los acantilados. Era verano, pero recuerdo muy bien esa neblina espesa: trepada, abrazada a los edificios más altos de Miraflores. Era una visión a la que se llegaba conduciendo por la recién construída Via Expresa, que entonces todos llamábamos por su apodo: el Zanjón.
Mi siguiente recuerdo de Miraflores es el de la Avenida Larco. Era un edificio oscuro y era invierno. Avanzaba por unos pasillos angostos con paredes de color blanco oscuro y allí estaba ese olor penetrante de los cuartitos de las nebulizaciones, que mi madre necesitaba para que no empeoraran sus ataques de asma. En una de las esquinas de Larco había un local del Banco Hipotecario y muchas veces estuve allí, esperando en el auto, mientras mi madre retiraba o depositaba dinero, observando detrás del parabrisas a los viandantes: miraflorinos de pantalones setenteros y apretados; o mujeres de chompas hasta el borde del cuello y lentes oscuros grandazos de tonos pardos.
Al Centro de Lima solo entrábamos por las mañanas para dejar a mi padre en su trabajo. Él ya se había convertido en uno de los ingenieros de la sección de tasaciones del Banco de la Vivienda. Su entrada a las 8 de la mañana siempre iba acompañada por prisas entre el peaje de la Avenida Circunvalación (donde yo y mi hermano nos disputábamos por quedarnos con los coloridos tickets de peaje en forma de billetes que entregaban en la caseta) y la entrada al Centro, por una callecita empedrada y muy estrecha. De esos viajes recuerdo sobre todo el cielo negro y los cerros, donde se apiñaban las casuchas. No conocía a nadie que viviera allí. La única palabra que asociaba con ese paisaje, era «pobreza».
En la zanja de la Avenida Circunvalación se amontonaba la basura. Eran cerros de desperdicios entre los que deambulaban perros y gente. Había muchos niños correteando entre aquellos montículos hediondos (siempre cruzábamos esa zona con las ventanas bien cerradas). A veces los chiquillos cruzaban la pista, corrían entre los automóviles sin dejar de sonreir: bajo el humo oscuro del cielo, con el paisaje al fondo de los cerros negros y las fábricas de color negro donde se acumulaba el fierro oxidado.
De vez en cuando los papeles flotaban en el aire, entre los autos. Y yo los miraba, sin pensar en nada.
Hace muchos meses que no pasaba frente al edificio de la New York Public Library y hace mucho tiempo que quería entrar a las salas renovadas y a la exposición que celebra el centenario de la institución.
Esta semana, haciendo un espacio entre una y otra obligación, me metí a la NYPL y escribí este texto que ha salido publicado en mi blog Newyópolis de la revista FronteraD.
Ojalá puedan también darse un tiempo para visitar la exhibición:
Hay un libro que me lamió las heridas. Eran heridas de transición, causadas por un peregrinaje que desembocaría en Nueva York. Lo empecé a leer en Lima, poco antes del 10 de julio de 2000; y lo continué (en breves visitas de algunas horas, entre otros viajes) en bibliotecas públicas de A Coruña, San Sebastián, Porto, Lisboa y Londres. Había dado con el libro buscando un texto. Se titulaba «Perú Promesa» y contaba las andanzas de un muchacho que descubría, viajando por ciudades distintas y conociendo a personas diversas, su amor por la patria. El texto, que venía en un libraco gigante de fotos, de aquellos que solo caben sobre una mesa en medio de la sala, años después pasó a formar parte de esa intensa crónica de una desventura política llamada «El pez en el agua».
En diciembre de 2000 estaba sin un sol en los bolsillos –hasta cierto punto gozando de las irresponsabilidades del apátrida– y deambulaba por primera vez por las calles de Manhattan. Esa mañana fría de intenso sol subí los escalones de un edificio flanqueado por dos leones y me metí a buscar «mi» libro en la New York Public Library. Vargas Llosa cuenta en sus memorias que algunos de sus mejores textos vieron la luz en estos claustros de la sabiduría occidental llamados bibliotecas públicas. Fue por eso que en mis caminatas londinenses enfilé una tarde hacia la London Library y me encontré con arcos y pasillos de una biblioteca en plena renovación, pero también con una fascinante exposición de grabados de Doré y de Goltzius. Newyópolis no podía ser menos.
En sucesivas visitas, que yo sentía como urgentes peregrinaciones, sentado en la fastuosa sala de lectura de la NYPL, volví a encontrarme con mi libro lamedor de heridas. Allí sentado, puse en la balanza las ventajas y desventajas de vivir solo en una metrópoli angloparlante a los 28 años; y también –rodeado de libros a los que se accedía sin ningún dinero– se me ocurrió que en esa ciudad podía llegar a ser feliz. Casi podría decir, que le debo la vida que he llevado a la Biblioteca Pública de Nueva York. Por eso hace algunos días, en la disyuntiva de quedarme unas horas más en Manhattan o regresar a la oficina en el Bronx a preparar una clase, opté por enfilar hacia los renovados escalones, pasar entre Paciencia y Fortaleza y meterme de nuevo entre los elegantes pasillones de mármol y sólida madera: la NYPL había cumplido cien años de vida en el 2011 y (entre el ajetreo de las clases y otras actividades extra-curriculares) yo no había podido visitar la sala donde se exponen (hasta marzo) algunas de las piezas más importantes de la inmensa colección de documentos de la NYPL, a modo de fiesta conmemorativa.
El bastón de Virginia Woolf
Ya han escrito muchos acerca de esta exposición del centenario de la NYPL. Es verdad que para quien es lector aficionado la simple vista del bastón de Virginia Woolf, sencillo artilugio de madera encontrado en el río horas después del suicidio, es un hecho mágico. Allí está el pedazo de madera, flotando en una caja de plástico transparente, al lado del diario abierto de su dueña, en una entrada escrita a cuatro días de su última gran decisión. Era como un capítulo de To the Lighthouse, excepcional narración sobre la permanencia y la eternidad. Mirar el bastón de Woolf (o una mesa más allá, el abridor de cartas de Charles Dickens, adornado con la pata de su gato Bob) significaba, para mí, volver a las reflexiones en silencio de Mr. Ramsey en To the Lighthouse quien ante la incógnita de la eternidad se preguntaba de qué podía servir la obra de los grandes artistas si al final todos ellos estaban destinados a perderse en la niebla del olvido.
Cada vez que preparo mi clase, dejo (para uso de los estudiantes) archivos, diagramas y resumenes en un programa llamado Blackboard, bajo un botoncito en mi pantalla llamado «Documentos». Casi nunca me pongo a pensar en una palabra como aquella, tan ubicua en la vida académica. Sin embargo, en el contexto de esta exposición de la NYPL la palabra «Documento» equivale a la corona de laureles en los tiempos romanos, a las bulas papales cuando estas podían dividir el mundo en dos, a las tablas de la ley enfrentadas a la mirada desubicada del pueblo elegido (y todos estos ejemplos, mire usted, son «documentos»). Desde las bóvedas de la biblioteca aparecen en esta exhibición toda clase de documentos para recordarnos que nuestra memoria está, mal que bien, compuesta por una serie de ellos.
Si eres intelectual sin remedio, te interesará el borrador de la carta de aceptación del Nobel, garabateado con lápiz y letra de colegial por Ernest Hemingway en las hojas finales de un libro de tapa dura: «Tantos escritores que lo merecen no lo han recibido, así que debo enfrentar este premio con mucha humildad.» También mirarás con tremenda curiosidad el cofre transparente donde se exhibe una de las pocas Biblias de Gutemberg. Esta bellísima edición ya prometía en latín todas las transformaciones sociales que vendrían con la invención de la imprenta. Tampoco me cabe duda de que obsevarás con detalle, desde todos los ángulos, la menuda letra de Jorge Luis Borges, en ese cuadernito barato que en la tapa dice «Lanceros argentinos» donde éste escribió con letra muy chiquita su cuento La biblioteca de Babel.
Si bien yo ya había visto en imprenta las correcciones de Pound a Eliot, tiene un atractivo singular ver a cinco dedos de distancia esa página mecanografiada por T.S Eliot donde «el mejor orfebre» tachoneó, garabateó y sugirió los cambios que, aceptados por Eliot, convertirían a The Waste Land en uno de los poemas más significativos del siglo XX.
Sin embargo, como «documentos» es una palabra muy amplia, la exposición se va por otros ángulos. Para quien comparte intereses por la ciencia o por la historia, serán maravillosas las fotografías de la Tierra captadas por los primeros astronautas; los delicados dibujos de Audobon de las aves de los Estados Unidos; el autorretrato de Rembrandt, a quien creemos conocer mejor que a muchos grandes artistas porque dejó una enorme cantidad de rostros autorretratados mirándonos desde museos diversos; la primera impresión de la carta de Colón a los Reyes Católicos explicándoles detalles sobre la personalidad de los indios que había encontrado en su viaje; el diario del periplo por el África de MalcolmX; los prendedores que se engancharon a la camisa quienes participaron en las marchas por los derechos civiles de Martin Luther King; los primeros dibujos del perfil del Gran Cañón del Colorado; el boceto del acta de independencia de los Estados Unidos, los mini-libros anti-Nazis que los rusos escondían mañosamente en latas de pasta de tomate para que fueran leídas por los alemanes contrarios a Hitler; posters al estilo Warhol en favor de la reforma agraria peruana de 1968 (que nunca vi en otro lado); y dibujos alegóricos pacifistas de Goya publicados póstumamente.
Además también hay cartas de Picasso, piedras con grabados cuneiformes, un mandil de los del Ku-Klux-Klan, una guía de emergencia para homosexuales capturados por la policía neoyorquina en los disturbios anti-gay de los 60s; videos de los ensayos de algunas de las danzas más representativas de la carrera de Jerome Robbins; los muñequitos originales que inspiraron la creación de Winnie The Pooh y –qué coincidencia–un fantástico grabado de Henrik Goltzius (tal vez de la misma serie que vi el año 2000 en la biblioteca de Londres) representando la caída de Ícaro.
Cuando salí a la calle, Manhattan todavía estaba allí. Era más oscuro –está anocheciendo a las 5 de la tarde– y ya no quedaba tiempo para ir a la oficina en el Bronx, solo para un retorno fugaz en el tren a casa. Bajé los largos peldaños de piedra y pasé otra vez entre ellos dos: lucen más elegantes ahora que han sido renovados, pero de cierta forma se les ve menos fieros a los famosos leones. Creo, casi puedo jurar, que me dijeron hasta pronto.
In Peru when you are still in your mom’s belly, your father has already decided which is going to be your favorite soccer team. Parents welcome you to the world with a little uniform of their team. That’s life in countries where Fútbol is the only passion.
As the years went by, I discovered the exhilarating experience of sharing the passion for my soccer team with my friends, and even with strangers (whom you only met once a week at the stadium) when all together and sweaty, you embrace and jump and yell and sing until you lose your voice, raving for your team.
When I came to live in New York I thought I was never going to able to find a sport like Fútbol. I went twice to the baseball Stadiums–once to the Yankees, once to the Mets. I enjoyed a Rangers game and even raved a little bit for the Devils, but hockey was not the same.
Until something happened four years ago.
It was a winter night and I was one of the many strangers in an Irish bar in the Bronx, watching in awe, with my mouth open, how the Giants defeated the unbeatable Patriots. That night, I felt electricity running in the marrow of my bones, touching all the nerves of my body when the Giants made it happen. I yelled, I jumped, I was so happy.
Yesterday night I discovered myself jumping like a kid when Mario Manningham got that impossible ball. I jumped and yelled, full of joy, when our players managed to block the Patriots from getting that almost-perfect, last-minute ball. We are the champions my friend. Again.
Yesterday night, watching that game, it felt as good as I when I was a kid, jumping in that Estadio Nacional de Lima. I never considered myself a football fan. But maybe I am becoming one: a New York Giants Fan.
Se ha roto al oír el estrepitoso sonido del silencio
Y entre la tumba de concreto
He gritado.
La profesora de los ojos negros
Se ha espantado
Sus lentes cayeron hechos trizas
Sobre los últimos capítulos
De mi extraordinaria pesadilla.
Tras el vidrio que separa a los niños del colegio
Se comenzó a separar el mundo.
Una inmensa grieta
Se suspende sobre el aire
Una gota de lluvia se esconde
En el abismo
Por ahí se sumerge el examen
La profesora, su pupitre, el colegio,
Yo.
¡Sobre las últimas palabras
del Apocalipsis estalla mi voz!
Revienta y el estruendo de otras olas
La poseen.
Se ha acabado el colegio: ¡Misericordia!
Allí abajo en la gruta que se ha hecho,
Me espera un cuervo,
Un lapicero, un profesor,
Un gallinazo, un perro,
Una hoja del examen de admisión.
Lima, 19 de noviembre 1989
*Este poema fue escrito poco antes del último día de clases al terminar la secundaria. Lo he encontrado este verano, entre otros papeles bastante viejos.
Portada de la edición Enero 2012 de Revista de Occidente
La prestigiosa Revista de Occidente, fundada en 1923 por José Ortega y Gasset, ha publicado en su edición de enero de 2012 mi cuento Los Duros, una versión muy revisada de la que se publicó el 2011 en Luvina de Guadalajara. Esta mañana me ha sorprendido acercarme al casillero en mi oficina en la universidad y encontrar los ejemplares de cortesía que me ha enviado el director de la revista. Ha sido una muy buena manera de empezar a trabajar este 2012.
Sé que la revista se puede conseguir en Internet y en todos los Institutos Cervantes del mundo, pero si lo desean leer acá les adjunto el texto–esta vez definitivo– del cuentito de marras. Espero que les guste.
Los Duros
–¿Te acuerdas de Cuki? preguntó Nicolás.
Estaba parado frente a la puerta de la casa de ella, esperando una respuesta. Se arrepintió de la pregunta. Muy tonta. Un perro: después de tantos años de lo único que se le ocurría hablar era de un perro. Miró la calle: nadie caminaba por las aceras. En otros barrios los jóvenes se apropiaban de las veredas. Había pandillas que secuestraban esquinas y creaban espacios para la amistad y el amor. Este era un típico barrio sin vida. Miró otra vez alrededor: paredes altas, cercos eléctricos, calles anchas y vacías. Pero sí había historias. Historias que merecían ser contadas, como ésta que sostenía entre sus manos: la historia de “Los Duros”.
Los Duros (Duro-zows-ky) tenían un perro que se llamaba Cuki. “Galletita en inglés” les explicaron los Duros a sus vecinos, los Segura. Los pelos le tapaban ambos ojos pero eso no impedía que Cuki cruzara la calle corriendo, ciego detrás de sus amos.
Los Duros fueron los únicos amigos de los Segura en aquél vecindario: la Urbanización de la Cooperativa de los Ingenieros. Allí había calles que rendían tributo a los ingenieros agrónomos, otras a los ingenieros químicos. A nadie se le ocurrió discriminar a los ingenieros sanitarios. De ese modo nació el nombre la calle más larga e iluminada de aquella urbanización. Frente a frente, sobre Los Sanitarios, vivían los Segura y los Duros.
El señor Durozowsky era polaco. Un ingeniero forestal corpachón y barbudo. Cuando hablaba siempre parecía estar rumiando algo, con una sarta de groserías en un español que arrastraba las erres. La señora Durozowsky era una profesora con gafas gruesas, a quien los Segura jamás vieron sin algún libro entre las manos. El señor Segura era ingeniero civil, retaco, con un bigotazo negro y una generosa panza. Tenía un singular talento para responderle al polaco con doble sentido pero sin usar nunca una mala palabra. La señora Segura era una prolija ama de casa con ojos inquietos, lectora voraz de la página de consejos nutritivos de la revista Buen Hogar.
El señor Segura y el señor Durozowsky se encontraron por primera vez en la época en que había que estacionar el auto a un kilómetro del proyecto de la urbanización –en un claro entre unas plantaciones de maíz– y hacerse camino a machetazos. Duro le invitó a Segura una cerveza que llevaba en su Combi. Le dijo que viajaba por todo el mundo. Segura sacó un destapador de la guantera de su Volkswagen Escarabajo. Respondió que él viajaba por todo el Perú.
De una mata de maíz a otra, enfangándose los zapatos, contando los pasos y buscando en sus planos las líneas azules de sus futuras casas, descubrieron que iban a ser vecinos. Se abrazaron y se dijeron convencidos: “Nuestros hijos serán amigos”.
Nicolás Segura, el mayor de la familia, nació la mañana en que los obreros plantaban los fierros del primer piso de la que sería su casa. Tadeusz Durozowsky, el primogénito de los Duros, vino al mundo una semana después. Kike Segura nació al año siguiente, mientras se inundaban los techos con cemento. Ryszard, el segundo Duro, un mes luego. Los Segura y los Duros se mudaron a Los Sanitarios el mismo día, tras la segunda mano de pintura, antes de un gran terremoto. Comprobaron que la Urbanización de los Ingenieros duraría siglos: sus casas se remecieron pero siguieron en su sitio. Ambas madres se encontraron en el centro de Los Sanitarios. Los mayores,Tadeusz y Nicolás, de pie a su lado, en pantaloncitos; Kike y Riszard, los segundos, envueltos en pañales, en sus brazos. Los padres se invitaron cervezas esa noche y brindaron por las construcciones antisísmicas y la ingeniería moderna.
El Cuki llegó por la época en que nació Cyprian, el tercer Duro. Era una bolita de pelo. Tadeuz y Ryszard cruzaron Los Sanitarios para mostrarles el perro a sus vecinos y la señora Segura casi lo pisa. Su barrigota de embarazada le impidió verlo. De ella estaba por salir Diana, la Segura menor.
Las madres cruzaban Los Sanitarios para compartir en sus salas los detalles de la vida asoleada de su vecindario rodeado de cerros, de paredes altas, de casas apiñadas una contra otra. Se quejaban de la lejanía de los supermercados, de la distancia de la playa. La señora Durozowsky le recomendaba a su amiga un buen libro; la señora Segura le proporcionaba a su vecina los últimos datos para preparar una sopa rica en proteínas y baja en grasas. Los niños se escabullían a los jardines: unos cuadraditos de césped donde jugaban a enterrar juguetes, a trepar árboles y a masacrar chanchitos de tierra.
Los televisores permanecían apagados y bajo llave porque ambas madres coincidían en que eran perniciosos. A cambio, les ofrecieron a sus hijos bicicletas. Querían que con ellas conquistaran el mundo. Tadeusz y Riszard, los Duros mayores, siempre se enfadaban con Cyprian, quien chiquitito y montado sobre su bicicleta de rueditas pretendía acompañarlos en sus expediciones. Nicolás y Kike Segura, se escapaban de Diana, asustados de sus pequeñas ambiciones en triciclo. Una vez descubrieron a Cyprian y a Diana siguiéndolos. Los Segura tuvieron que volver para encerrar a su hermana; y Los Duros regresaron a su hermano Cyprian. Antes de abandonarlo en la casa bajo llave, Tadeusz le destrozó las ruedas de su bicicletita a patadas, mientras le gritaba que aprendiera “a montar como hombre”.
Algunas mañanas, Nicolás y Kike jugaban Lego en la casa de Los Duros. Pasaban el día construyendo naves espaciales en el cuarto del mayor, Tadeusz. La diversión terminaba cuando Cyprian aparecía para robarse las piezas. Tadeusz lo arrastraba, pateándolo y jalándolo de un brazo hasta sacarlo de la habitación. Mientras Tadeusz ponía el seguro, Cyprian golpeaba furioso la puerta hasta ponerse a llorar. Después desaparecía, pero al día siguiente regresaba a escondidas y estrellaba contra el piso, una por una, todas las naves intergalácticas.
Había un enorme ficus plantado en el jardín frente a la casa de los Duros. Este era el corazón de sus fiestas de cumpleaños. Entonces los Durozowsky envejecían un año y el mayor de los Segura, Nicolás, se volvía hombrecito jugando a las escondidas; contando del uno al veinte con los ojos cerrados contra el tronco del ficus, para luego salir hacia los recovecos de la calle Los Sanitarios, en búsqueda de Halina.
Halina: la reina de sus sueños infantiles. Era la prima hermana de los Duros y vivía en el mismo barrio, a dos cuadras de Los Sanitarios, en la calle Los Mineros. Halina tenía el cabello largo, rubio y a menudo bastante sucio. Su mirada era azul y sus dos dientes frontales parecían estar siempre a punto de escaparse de aquella boca que Nicolás anhelaba chapar. Tanto la amaba que solo se atrevía a mirarla tres veces al año –en los cumpleaños de los tres Duros– después de contar del uno al veinte contra ese ficus cuyo tronco latía como loco. Hizo algunas locuras: le agarró las manos, le tocó los hombros. Cierta tarde en que ella corría hacia el árbol para salvarse, apretó con desamparo su cintura mientras Cuki lo ladraba. No se atrevió a más: no estaba preparado para los amores polacos.
El padre de los Duros viajaba con mucha frecuencia a Costa Rica. Se había impuesto la misión de salvar sus bosques. La noche anterior, su maleta dormía en la Combi. Los Duros lo llevaban hasta el aeropuerto con horas de anticipación, lo despedían delante del mostrador de Costa Rica Airlines, y regresaban a casa. La señora Dura se sentaba a leer en el sofá de la sala, hasta el regreso de su marido.
Los hijos mayores, Nicolás y Tadeusz, estaban entrando a la misma escuela secundaria cuando el Perú le quedó chico al señor Duro. Consiguió un trabajo muy bien pagado para proteger los bosques de Costa Rica desde una oficina en Washington DC. El señor Segura cruzó Los Sanitarios con un whiskey de despedida y en la sala de Los Duros compartió con su amigo hielos e impresiones: El país se estaba yendo al diablo. Había que escaparse antes de que zozobrara el barco.
Al regresar del aeropuerto, tras despedir a sus amigos, Nicolás, Kike y Diana se sentían como los familiares de esos sicilianos de las películas que se iban para América. Estaban convencidos de que Los Duros aprenderían a jugar al béisbol y no regresarían jamás al Perú.
Cuki se quedó en la casa de los Duros, al cuidado de los inquilinos. Su prima Halina tampoco se movió de aquel barrio. Sin embargo, a falta de los cumpleaños de Los Duros, Nicolás solo la vería crecer desde lejos, alrededor de la calle Los Mineros ––dando interminables vueltas frente a su casa, espiando desde la bicicleta–– aquellos años en que Halina empezaba a lavarse más el cabello y a ponerse politos más anchos.
Nicolás y Tadeusz, los hermanos mayores, establecieron una correspondencia furiosa entre Perú y Estados Unidos, con cartas inundadas de confesiones. La vida de Nicolás Segura se hacía más fácil con ese amigo al que, gracias a la distancia, no le daba vergüenza contarle traumas típicos de adolescentes.
“No tienes idea de lo que te has salvado. La fiesta de pre promoción, la última porquería inventada por las madres de familia para acelerar el matrimonio de sus hijas bonitas y matar la poca dignidad de los tímidos del colegio”. “Tuve suerte, Tadeusz”, le decía Nicolás en una de sus cartas. “En el último minuto conocí a esta chica: Lupe. Bellísima y graciosíma. La vi en una fiesta en casa de mis parientes (mi tío Pancho, el aprista ¿te acuerdas?), así que le pregunté, entre broma y broma, si quería ir a mi fiesta de pre-pro. Me dijo que sí. Estuvo muy linda en la fiesta, con un vestido apretado (tiene unas tetazas). Bailamos toda la noche, la pasé espectacular”. A Nicolás sí le dio vergüenza contarle a Tadeusz las barbaridades que se le ocurrían hacer con los pechazos de Lupe, porque se sentía culpable de imaginarse las mismas fantasías tremebundas con los senos de su prima Halina.
Cada situación embarazosa en el colegio se transformaba en una carta de Nicolás a Tadeusz: “Nos están enseñando computación. No entiendo nada. Hay que aprenderse un montón de comandos solo para cambiar de párrafo. Prefiero mi máquina de escribir. La estoy utilizando mucho estos días, para escribir una historia. Te la voy a mandar”.
Así le llegó a Tadeusz una fotocopia de su epopeya “No a los Mercados del Pueblo”. Era una novelita en la cual las instalaciones de su colegio privado eran confiscadas por las fuerzas estatizadoras del gobierno del país. El supremo padre director del colegio era forzado a vender paquetes de calzoncillos arcoiris –siete colores, uno para cada día de la semana–; y la sagrada biblioteca era transformada en carnicería. En la novela, alumnos y profesores se organizaban militarmente y conseguían recuperar el colegio, tras derrotar al gobierno estatizador.
A Nicolás la secundaria se le terminó sin cariño: “No te he contado sobre la fiesta de promoción, Tadeusz. Nada bueno. Unos amigos me chantaron a una compañera que se cambió de colegio. No era fea, pero engordó. Parecía un tamal. No lo supe hasta que la fuimos a recoger a su casa y ya no me quedaba otra. ¡Qué diferencia con Lupe! Le pedí a Lupe que me acompañe pero no podía. Ahora tiene enamorado. Al menos me emborraché. Ya se acabó el colegio, pero ahora comienza lo más jodido. ¿Te dije que me matriculé en una academia preuniversitaria? Queda lejísimos del barrio, tengo que levantarme a las seis de la mañana para llegar a la clase.”
Es que la Urbanización de los Ingenieros siempre estuvo lejos de todo; y Los Sanitarios fue aquella calle que daba risa encontrarla en las invitaciones y daba rabia nunca encontrarla en los mapas. Las tarjetas de cumpleaños de los Segura siempre estaban acompañadas por un pequeño croquis: aquí termina la Javier Prado, ésta es la avenida La Molina, ésta es la extensión de la Javier Prado, aquí está el edificio de la IBM, al frente de la IBM están Los Sanitarios. No servía de mucho: los invitados siempre se perdían.
Cuando se fueron los Duros a Estados Unidos, Cuki ya no cruzaba la calle para visitar a los Segura. Los inquilinos lo encerraban. Nicolás lo escuchaba ladrar detrás de la puerta, cuando partía por las mañanas hacia la academia preuniversitaria. Sin embargo, Cuki aprovechaba cuando la familia abría el garaje para fugarse. Corría infatigable detrás de los carros y las bicicletas que pasaban frente a su casa. Hasta una tarde fatal en la cual, ya viejo, creyéndose aún el dueño y señor de Los Sanitarios, Cuki salió disparado para corretear a un automóvil. Lo arrollaron y se dieron a la fuga. Solo le alcanzaron las fuerzas para arrastrarse hasta el borde de la pista. Con la autorización de los inquilinos, los tres hermanos Segura enterraron a Cuki debajo del ficus, bajo el mismo pedazo de tierra donde Nicolás contaba del uno al veinte durante los cumpleaños de Los Duros, mientras Cuki lo ladraba –tal vez sospechando ya, que se tramaba algo con Halina.
Poco después de la muerte de Cuki, en un avión desde Washington DC, apareció Cyprian, el menor de los Duros. Tadeusz lo previno a Nicolás en una carta: “Se ha peleado con mis papás. Le ha venido de golpe toda la rebeldía y dice que quiere terminar el colegio en el Perú, con sus amigos de la promoción”. Los inquilinos consintieron en que Cyprian viviera con ellos, por unos meses. Así que allí apareció Cyprian una mañana, cruzando Los Sanitarios. Con un metro más de estatura y con una barba roja y desordenada que le cubría la infancia y parte de su adolescencia. Venía tan ansioso por acoplarse otra vez a los usos peruanos, que en su primera semana en Lima se metió en el cuerpo una tifoidea de cebiche de carretilla que lo dejó delgadísimo. Aguantó bien la fiebre. La señora Segura le preparaba sopas nutritivas y ella con Diana iban a su casa llevándoselas. El doctor le prohibió el alcohol. Tres meses después, Cyprian estaba curado y se tomó sus tres primeras botellas de ron con Coca-Cola. Entonces se creyó inmortal.
Diana Segura tenía la misma edad pero ninguna de las libertades de su amigo. Aún tenía que escabullirse del cerco protector que sus padres montaban alrededor de la casa, asustados de que Diana ya tuviera media docena de pretendientes. Diana cruzaba Los Sanitarios sin avisarle a nadie, para interrogar a Cyprian, para que éste le explique en privado cómo era ese país del que regresaba –y ese universo de fotos con que Cyprian empapeló las paredes de su cuarto, donde él parecía una especie de rocanrolero hippie. Entonces Diana supo que Cyprian –a quien ella solo recordaba montado sobre una bicicleta de rueditas y vestido con pantaloncitos cortos– cultivaba en su habitación una planta mágica. El Duro le ofreció a Diana ser su chamán particular, en sesiones especiales para ver el pasado y mejorar el futuro. En estas reuniones secretas, los hijos menores de ambas familias aprendieron los secretos de la pubertad.
Esos días explotó la bomba. El grupo terrorista Sendero Luminoso no estaba muy contento con la rapidez con la que el gobierno de turno estaba desarticulando su organización. Así que decidió reventarles a los de la IBM, al frente de Los Sanitarios, un automóvil con 300 kilos de anfo y de dinamita. Tal como habían resistido muchos años atrás los embates de un gran terremoto, los muros de ambas casas probaron ser a prueba de bombas. Los que se desplomaron fueron todos los vidrios de Los Sanitarios y, durante algunos días, la ignorada calle estuvo en los mapas.
“Toda la ciudad de Lima pasó a curiosear”, le contó Nicolás en una carta a su amigo Tadeusz. “Me encontré con una compañera del colegio y con su mamá, en el centro de mi sala. Me dijeron que pasaban en el auto y se les ocurrió entrar a las casas a mirar. Un pedazo del motor se estrelló contra nuestra pared, hizo un forado, rebotó y estuvo botando humito un buen rato en el medio del jardín. La IBM no quiere pagarnos ni un sol, y Defensa Civil solo nos ha dado cinco planchas de triplay.”
La familia Durozowsky había soportado entonces otra bomba mucho más devastadora que la de la IBM. Tadeusz se lo contó a su amigo Nicolás en una carta: “Mi papá nos dijo que hace muchos años que tiene otra relación con una señora de Costa Rica. Se fue de la casa y ahora todo está de cabeza. Ryzard y mi mamá se regresan pronto a vivir en Lima. Nicolás, tengo que acabar este semestre, pero ni bien termine yo también me regreso al Perú.” A los señores Segura no pareció sorprenderles demasiado la noticia: ya sospechaban que en Costa Rica no había tantos árboles que salvar.
Nicolás había adquirido la costumbre de robarse la camioneta de su padre por las noches. Se iba a visitar a una noviecita chiclayana y flaca, medio poeta, que le tocaba guitarra y con quien cantaba nueva trova hasta el amanecer. Nicolás devolvía la camioneta por la mañana, apurado; y se escapaba hacia la universidad, para evitar los colerones de su padre y sus: “nunca necesité de un auto para enamorar a tu madre”. Hasta que uno de aquellos días, al amanecer, mientras metía la camioneta en el garaje, vio a Ryszard, el segundo de los hermanos Duros, parado al lado del ficus, fumándose un cigarrillo: era su primera mañana en Lima. También llevaba una barba rojiza y desordenada. Acababa de llegar a su casa desde el aeropuerto, junto a su madre. Nicolás dio media vuelta a la camioneta y se lo llevó para que reconozca la ciudad. Fueron a una cantina. “Mi viejo entenderá”, le dijo a Ryszard, mientras le explicaba el asunto de la camioneta robada.
Tadeusz, en unas cartas cargadas de condenas a la adolescencia y al sistema gringo, le había contado a Nicolás sus aventuras de dormitorio. Al parecer –según le confirmó Ryszard aquella mañana– era cierto lo que se veía en las películas: los chicos podían ingresar o salir de los cuartos de sus mujeres por las escaleras de incendios o colgándose de las ramas de los árboles. Nicolás, en otra carta, le confesó a su amigo que había perdido su virginidad en un prostíbulo, en el entretiempo de las clases de su academia preuniversitaria. También le contó, en dos cartas extensas, de su relación romántica con la poetisa chiclayana, confesándole a su amigo que allí donde él quería ir, su enamorada no lo dejaba llegar. “No me puedes tocar ni las tetas hasta que nos casemos”, le había dicho ella, cuando Nicolás se arriesgó y metió ambas manos debajo de su camiseta.
“Tadeusz viene a fin de año” le dijo Ryszard al depedirse, casi al mediodía, mientras Nicolás dejaba la camioneta en el garaje y se escapaba hacia la universidad.
Y así fue. Pronto llegó la carta de Tadeusz anunciando su regreso. Volvía con un bachillerato en antropología, ansioso por retomar la vida en su país. Nicolás decidió que el día de la llegada de su amigo, se robaría la camioneta para recibirlo.
Llegó la hora. Nicolás ya arrancaba la camioneta apurado cuando vio, cruzando Los Sanitarios, el auto de Los Duros. La señora le hacía señas. Ella no podía ir al aeropuerto a recoger a su hijo. “¿Quieres ir con ellos?” le preguntó, señalando el auto. Allí estaban Ryszard sentado al volante, Cyprian de copiloto y, en el asiento de atrás, con las manos cruzaditas sobre sus blue jeans bien apretados; y con el cabello largo y limpio amarrado en una colita, estaba sentada Halina.
En el aeropuerto, esperaron a Tadeusz apoyados contra la barandilla de las llegadas internacionales. “En el cuarto de Ryszard encontré una historia tuya sobre tu colegio. Me he reído mucho” dijo Halina. Nicolás notó que sus dientes frontales habían retrocedido y dejaban ver mejor la carnecita de sus labios. Sintió que la vida le daba otra oportunidad.
Llegó Tadeusz. Nicolás y su amigo se abrazaron con fuerza. Conversaron mientras caminaban hacia el estacionamiento y mientras encajaban su enorme equipaje, a la fuerza, en la maletera. Tadeusz le dijo que sus planes eran obtener un doctorado en Lima y ponerse a trabajar en algún proyecto de desarrollo social con las comunidades del campo. No quería irse del país. “El Perú está cambiando. Ahora hay futuro” dijo Tadeusz; y Nicolás asintió –pensando en la captura de los cabecillas de Sendero Luminoso y en los buenos indicadores económicos de fines del siglo XX.
En el auto en que regresaban al barrio de Los Ingenieros, Nicolás les sugirió ir a un bar, a tomar unos tragos y a brindar por el futuro de las dos familias en el Perú. A recordar los viejos tiempos de Los Sanitarios. “Tú dirás”, aprobaron Los Duros.
Y se fueron. En ese auto donde apenas si entraban. Ryszard manejaba, su hermano Tadeusz iba de copiloto –después de mandar atrás a Cyprian, a quien no le molestaba ceder el asiento a su hermano mayor si tenía la ventana para seguir fumando. Al centro iba Nicolás; y a su lado, pegadita, iba Halina.
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Unos años después del regreso del mayor de los Duros; Nicolás, el mayor de los Segura, se largó del Perú. Consiguió –por intermedio de un tío metido en el gobierno– una beca para estudiar literatura una pequeña ciudad al este de los Estados Unidos. En ese lapso sucedió la primera gran crisis entre ambas familias: el señor Segura encontró a su hija Diana y a Cyprian besándose en el patio de la casa. Todo no hubiera pasado de una pequeña reprimenda, si el señor Segura no hubiera descubierto, escondido detrás de las cortinas de la sala, que el cigarrillo que Cyprian y Diana se pasaban entre beso y beso no era de tabaco. Botó a Cyprian de su casa. También se consiguió el teléfono de su padre en Costa Rica para gritarle en el auricular que su hijo menor no solo se había convertido en un borracho sino también en un fumón. “La borrrragcherrga y la fumaderrrga son cojudeces de adolescentes” dijo el señor Duro, pero el señor Segura le prometió, que si lo volvía ver a Cyprian rondando a Diana, no solo iba a golpear a su hijo; sino que se subiría al avión e iría a Costa Rica para “sacarte la mugre, porque además de ser un hueveras infiel, eres un padre irresponsable”. El señor Segura le encargó a Kike reforzar la vigilancia de su hermana Diana y le prohibió a toda la familia, –incluída a su esposa– visitar a los vecinos.
Desde los Estados Unidos, Nicolás entabló con su amigo Tadeusz una intensa correspondencia electrónica. Nicolás le contó a Tadeusz acerca de sus enormes dificultades para aprender el inglés; y de los trabajos de supervivencia que ejercía en Estados Unidos. “He sido parqueador de autos, mesero, lavador de platos, limpiador de baños y vendedor de ollas”. Nicolás estaba convencido: apenas terminara los estudios regresaría a Lima. Quería escribir una novela y dedicarse a enseñar literatura en una buena universidad.
La noche de su regreso, a escondidas de su padre, Nicolás Segura cruzó Los Sanitarios con una botella. Tadeuz lo abrazó con fervor. Conversaron a lo largo de la noche. Coincidieron en que estaban viejos pero en el fondo seguían siendo los mismos cojudos que crecieron frente a frente en la misma calle. Nicolás le pudo enumerar algunas experiencias con muchachas: sus escaleras de incendios y sus cuartos universitarios. Tadeusz mencionó de casualidad aquella vez en que él regresó al Perú y la tarde que pasaron en un bar, conversando acerca de su futuro. Nicolás reconoció que le daba vergüenza, pero que apenas si podía recordar lo que pasó. Terminó muy mal, vomitó toda la noche. “Halina está viviendo otra vez en Los Mineros”, dijo Tadeusz. Le contó que su prima había estado estudiando en Buenos Aires; pero que había vuelto para buscar trabajo en Lima.
–No se ha casado ni tiene enamorado ¿Por qué no la visitas? En ese bar estuviste abrazándola todo el tiempo ¿De verdad no te acuerdas?
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Y era cierto que la abrazaba. Como si pretendiera reconstruir el rompecabezas del tiempo perdido, Nicolás les contaba a Los Duros detalles de sus fiestas de cumpleaños: cuando jugaban juntos a las escondidas y su pecho latía contra el tronco del ficus. En esa mesa del bar, entre brindis y brindis, cada cual más efusivo, Nicolás les recordaba sus aventuras en bicicletas; les hablaba de la despedida en el aeropuerto, del dolor que sintieron los hermanos Segura haciéndole adiós al avión en que se marchaban a Washington DC. Nicolás casi lloraba cuando les confesó a sus amigos cuanto le habían hecho falta, que la vida en esos años no fue la misma sin ellos. Que fueron muy tristes los funerales de Cuki. Y después, unos segundos antes de enterrar la cabeza entre sus brazos y quedarse dormido, pasó los dedos entre los cabellos limpios de Halina, la besó en los labios y le ofreció que escribiría, dedicándosela a ella, una nueva historia. Le dijo que la llamaría “Los Duros”. También le prometió que, apenas la terminara, la iría a buscar. Y que entonces, venciendo el miedo, la invitaría a salir.
–¿Sabes que yo le puse el nombre de Cuki? dijo Halina.
Nicolás recuperó el aire. Las calles del barrio seguían en silencio. A ella se le veía más bonita. Más mujer.
–No tenía ni idea.
–Mis primos tenían una sarta de nombres horribles: Mercurio, Burbuja, Lobo (¿puedes creerlo?) Cuki era el nombre del perrito de mi papá, antes de que nos mudáramos a este barrio. Soy muy buena poniendo nombres. Y apodos también.
–No me digas
–¿Quieres que te diga cuál era el apodo que te puse a ti? Te lo puse por esa época en que te la pasabas rondando por la calle frente a mi casa, montado en tu bicicleta. Eras todo un espía.
Nicolás sintió que su rostro enrojecía. Y supo entonces, con una vaga certeza de escritor primerizo y romántico, que la historia de los Segura y los Duros –después de tantos años y de tantas vueltas– tendría final feliz.
Una pared de azotea que daba al mar. Detrás de la azotea la arena y el agua golpeando contra la pared, mientras yo me deslizaba en otro sueño con mi copia de La promesa del alba de Romain Gary. Había terminado de leer a Bellow y el cambio era justo y necesario. Caminé al amanecer por la orilla con un perro amigo siguiéndome los pasos. Saltaba mientras yo pensaba en ciertas reflexiones de Humboldt’s Gift y me preparaba para el siguiente día. Olor de aracanto y de sal, recostado en una hamaca, solo, esperando que baje el sol. Palpé el dulce papel, lo besé. Se llamaba Freedom de Jonathan Franzen. Me desperté a medianoche para seguir las páginas. En la mañana reescribí un párrafo solo para entender la mecánica. Así se escriben las líneas de una novela. Acá va un punto aparte, acá se sigue de largo. Había leído que Franzen necesitaba estar desconectado y que consideraba la electricidad y el Internet como la condena del escritor moderno. Seguí leyendo y varias hamacadas más tarde lo terminé. En Lima busqué otra novela de Gary pero no hubo suerte. Estaba en una edición de bolsillo al costado de otro libro que leí a medias: Auto de fe, de Canneti. Esas novelitas que te gustaría coger en alemán original. Me acordé que Masa y poder (en inglés) me está esperando. De Lima me llevé Pan de Knut Hamsun y la bellísima La Playa de Cesare Pavese. Llegando a Nueva York, todavía fresco de las vacaciones tomé un libro fascinante: Summertime de Coetzee (cortesía de mi agente Penguin de la universidad que me engríe y me manda los tomos educativos mezclados con los del placer). A mí me gusta Coetzee y me encantan sus ensayos. Summertime es ensayo, novela y biografía. Hay escenas soberbias como aquella cuando el personaje se queda botado en una excursión por las tierras abandonadas y secas del desierto sudafricano, acompañado de un antiguo–y prohibido–primer amor. La mitad del año me la pasé leyendo y escribiendo cosas dispersas. Recuerdo haber releído Los Culpables y habérsela recomendado a varios amigos sin saber que Villoro vendría el siguiente semestre a Nueva York.
Me fui a Yucatán en agosto y allí–con el Caribe y la arena de compañeros– me leí mientras me bronceaba A Visit from the Goon Squad de Jennifer Egan. En marzo, había leído en Hermano Cerdo que Egan le había quitado el National Book Award a la novela de Franzen. Me gustó el estilo, la frescura y la visión de Egan (muy simpática en persona) pero creo que si no le dieron el NBA a Franzen fue o por cojudez o por envidia: Freedom es «la» novela. Claro, aquí podemos ponernos a discutir si la novela mira para adelante o mira para atrás. Si mira para atrás, la mejor novela es la de Franzen, si mira para adelante, la mejor novela es la de Egan. Yo creo que la novela tiene que mirar para atrás y para adelante. Pero Freedom es magnífica y la prosa de Egan–cierta, justa, trabajada–ciertamente me obligó a llenar su libro de arena para seguir las páginas en la playa, pero no a levantarme en la madrugada para seguir leyéndola, como sí lo hicieron las criaturas obsesionadas y los párrafos musicales de Franzen.
Regresando de Yucatán cogí Palmeras de la brisa rápida de Juan Villoro: la mejor guía para el turista no convencional que viene de remojar los pies en Cancún. Villoro tiene el defecto de repetir las anécdotas; pero también la virtud de darles giros distintos, como si estuviera trabajando en encontrar las mil y una posiblidades de contarnos todas las noches, sin aburrirnos, la misma puta crónica. Aprendí mucho sobre guayaberas, los mayas, mitología y folklore yucateca y cómo ser huachito en Mérida y no morir en el intento. De México, además de fotos nadando con los tiburones y soltando tortugas en la playa, también me traje de un Gandhi (cortesía de El Testigo) una versión popular del fce de La Suave Patria (buena) y las Crónicas literarias (mediocres) de Ramón Lopez Velarde.
La segunda parte del año estuvo llena de novelas cortas latinoamericanas porque me metí a un curso revisionista. Las que recomiendo–leídas en larguísimas odiseas de tren por cortesía de los incompetentes de New Jersey Transit son dos: El pozo de Onetti y Estrella distante de Roberto Bolaño. También releí Los adioses, Crónica de una muerte anunciada y La invención de Morel pero se puede ser latinoamericano y cool y vivir sin ellas. No se puede ser muy cool sin haber leído El Pozo y Estrella distante. Es más, no se puede entender las brujerías cancerígenas y bolivarianas de Hugo Chávez, ni los vómitos que provoca la mención de la palabra dictadura o el nombre de Augusto Pinochet sin haber leído esas dos novelitas.
Otra «novela» que tiene que ver con el mismo tema–la dictadura y el poder–vino de España. Me la recomendó un buen amigo en una escena de Long Island con sonidos de fondo de chillidos de gaviotas y reventazón de olas: Anatomía de un instante de Javier Cercas. La leí en pocos días, atrapado por los hechos que agarran viada y se vuelven violentos y circulares como los de un huracán. Con Cercas aprendí mucho del proceso político español y de cómo abarcar la realidad desde la literatura. Después de leer Anatomía de un instante, tropecé casi de casualidad con el mejor cuento que leí este año: «Los eucaliptos» de Julio Ramón Ribeyro. Precioso.
Después de leer novelitas, leí un novelón: El disparo de argón, de Juan Villoro. Me abrió los ojos. El escritor abraza la ciudad y la despedaza, agarra a los personajes y los transforma en marionetas, coge al lector y lo sube a la montaña rusa en carrito sin revisión técnica. El autor es el técnico de rayos X de la sociedad mexicana. Un poco triste que muchos de sus compatriotas solo hayan leído sus crónicas de futból. También hay dos libros de ensayos de Villoro que se deben al menos leer en toda clase seria de literatura: De eso se trata y Efectos personales. Es el mágico truco de hablar de cosas importantes como si no lo fueran. Ensayos literarios envueltos con papel regalo para el viajero frecuente y para el recién llegado.
Ya cuando acababa el año me acordé de Amazon, que me sirvió para regalarme por menos de dos dólares una edición usada de The Sea de John Banville. No es Coetzee, no es Franzen, es otra cosa. Saber que es irlandés y que escribe novelas policiales con seudónimo debería ser suficiente para entender sus influencias y sus aspiraciones. Otro gran autor con el que no me había metido –y que como dice Marc Anthony valió la pena– fue W.G. Sebald. Ya estaba harto de leer sobre Sebald así que con Amazon encargué dos de sus novelas. De las dos decidí empezar con la más antigua: The Emigrants. Una colección de estampas de alemanes que escaparon de Alemania antes o durante el holocausto. Las voces de quienes sobrevieron la pesadilla e intentaron en otros mundos odiar a su país: a los paisajes, a los recuerdos que los hicieron alemanes. Eran judíos y por lo tanto tenían que olvidarse de su germanidad. Olvidarse de todos los susurros de paz antes de la guerra. En especial, a mí me llegó al alma un pasaje del libro en el cual un personaje llega a los Estados Unidos a visitar a una vieja tía. Mientras conduce su auto alquilado por la Palisades Parkway menciona una antigua residencia en Mamaroneck y un departamentito en el Bronx. Ese personaje (¿Sebald?) cuenta también mi historia: Yo llegué a vivir en un edificio en Mamaroneck que se caía a pedazos (fue demolido en 2004) y terminé viviendo en un departamentito en el Bronx.
Allí en mi estante, también de Sebald, esperan el 2012 Austerlitz,The Infinities de Banville, The Elementary Particles (Atomised) de Houellebecq, Istanbul de Pamuk, Historia abreviada de la literatura portátil de Vila-Matas y Cocaine Nights de Ballard. Esos serán, tal vez, mis primeros libros del 2012.
Antes de acabar el año, entre el 30 y el 31 de diciembre, me leí de un porrazo The Art of Fielding de Chad Harbach (el fundador-editor de n+1). Es un novelón que mira para atrás, pero sin la música de Franzen. Son casi 600 páginas de una historia bien estructurada, con las tensiones bien puestas, con mucho Herman Melville y mucha cultura americana (el béisbol sobre todo). Una joyita que con toda seguridad hará una gran película. Una última recomendación para los amantes de las buenas historias.
Mi amigo amaba a Melville. Puso cara de cojudo elegante frente a su tumba, se ajustó los anteojos con solemnidad y apretó el sobretodo más que por el frío para que se viera su copia de la Norton de Moby Dick (una copia de una edición hindú, un poco más pequeña y más barata que consiguió en Alibris) mientras yo le tomaba la foto. Detrás de él se ve un poco de nieve.
Fue el 31 de diciembre de 2005. Nos habíamos encontrado para almorzar cerca de Lehman College y habíamos tomado el tren hasta Woodlawn. Yo ofrecí caminar –me gusta el frío y la caminata– pero mi amigo era comodón y vago. Deambulamos por las calles del cementerio buscando la lápida gris y mohosa. Mi amigo recitaba las líneas de uno de los capítulos que se había aprendido de memoria (en español): «The Lee Shore». Quise enseñarle la tumba de Armstrong pero él se opuso. Quería que esa experiencia se limitara a Melville y solo a Melville.
Después nos fuimos a comprar champán barato. Recogimos a una amiga rumana que aceptó acompañarnos y que caminaba con dificultad por un jalón en la pierna durante sus clases de flamenco (así es Nueva York, a todos nos da por reinventarnos). Yo estaba fresco de haber terminado mi primer semestre de literatura inglesa y mi amigo quería recibir el año mirando a Manhattan desde el malecón de Brooklyn Heights.
Estábamos a un paso de las oficinas donde hace poco más de un siglo Whitman trabajó de periodista. Hacía mucho frío. Nos quedamos allí pasadas las doce, contando las bengalas que explotaban en los botes que circundaban la bahía y admirando el despliegue de luces dentro de los rascacielos donde alguna mano mandaba que las oficinas se incendieran intermitentemente desde el piso uno hasta el 97 y desde el 97 hasta el uno como si fueran cubitos de tetris cayendo desde lo más alto.