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The New York Street

Un blog lleno de historias

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Cine

La gran belleza

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Una fiesta no lo es si no dura hasta el amanecer. Necesito ver el rostro de mis invitados cuando desaparece la luna. Ver esta ciudad rodeado de amigos, dejándome llevar por la dulce alegría de saberme vivo. Sabernos vivos. Hay una magia adicional cuando un grupo termina entregándose al baile, recorriendo los espacios entre las mesas entregados a la necedad, la sinrazón. Que los pies nos conduzcan al abandono. Después, por la mañana, mientras la ciudad duerme, quiero caminar por la calles que me han otorgado la vida.

Conforme los años pasan, empiezan las voces del desaliento. El «sí, me gusta este estilo de vida, y sin embargo…», como si fuera un pecado descartar el futuro, no asumirse como miembro responsable de una sociedad. Los amigos que nos acompañan, cada cual buscando caminos distintos, tratando de abandonarse al delirio de la fiesta, y escarbando en los tiempos muertos para dejarnos ver que a pesar de la alegría, algo les molesta. Todos tienen una verdad acerca de su historia, todos quieren creer que han hecho lo necesario para no mirar atrás, antes de la muerte, y sentir el peso inmenso de la culpa.

En ciudades de momentos cincelados por los siglos es posible encontrar llaves de laberintos y palacios a los que sólo entran unos pocos. Ser de aquellos pocos fue siempre mi convicción. Decir lo que pensamos y aún tener esa libertad de caminar por cada habitación de nuestra ciudad sin que nadie sea capaz de cerrarnos el acceso. ¿Quien podría disfrutar mejor de esas vistas congeladas en el tiempo sino yo mismo? Escogiendo a mi acompañante, que sonreirá asombrada, porque nunca pensó que la ciudad tenía dueños.

Y entonces, una mañana de mucho solo, descubro (estoy seguro que ya lo sabía, pero esos resquicios de duda…) que todas son poses. Que los que se levantan a las 6 para tomar el tren de las 7 tampoco lo harían si es que no les atormentase la culpa. Que el sentido del deber los mantiene en un estado de insatisfacción, que quisieran hacer otra vez lo que nosotros hacemos, no pensar tanto en el ¿qué pasaría? y mucho más en la necesidad –que ahogan en promesas cívicas y religiosas cada vez que aparece – de abandonarse, de dejarse llevar, de ser felices sin pensar en nada más.

A veces encontramos en el camino a quienes el sacrificio les ha sido útil. Ellos llevaron una vida inspirada que consideran repleta de significado. A veces es un desconocido que nos sorprende con un comentario favorabla acerca de una novela. Nos halaga, si bien sabemos que no volveremos a escribir, que en ese momento se hizo porque estábamos enfermos con el amor ¿Ahora? Llenos de dudas, que se borran si es que creemos en lo que decimos creer: nuestra vida significa esto: ser el centro, vivir para los amigos, que nos adoren y nos adoremos juntos esperando las canas, las arrugas, el silencio final.

¿Y el gran invitado es feliz? No sé. Se tiende al lado de mujeres que no terminan de llenarlo, sigue pensando en una imagen dolorosa de adolescencia: esas rocas por donde caminaba descalzo, sin pensar en otra cosa que meterse al mar. En el sol que cae sobre las piedras mientras el océano se balancea como en una olla a punto de rebalsar. El horizonte. ¿Si se hubiera quedado con ella?¿Qué se hubiera sentido despertar por las mañanas al lado de una mujer que amas?

No quisiera mirar tantas veces atrás. Dedicado al placer, entregado a una vida donde él es el centro, donde tiene la capacidad de organizar las fiestas y también de arruinarlas. De no pensar en otra cosa que en sí mismo: somos todos ridículos, con nuestras ambiciones minúsculas, con nuestros vicios y secretos. Y claro, siempre tiene que volver a pensar en ella. En el día de sol cuando saltaba entre las rocas, salía del mar, la miraba y estaba cubierto de amor. Se lo ocurre que podría seguir escribiendo, que es posible para él una vida sin fiestas, con un poco más de significado. Es posible esa gran belleza.

Teodoro extraña a Samantha

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Ir a Brooklyn es una experiencia extraña. Para mí es volver al pasado. Una vez, en 2003, después de leer Notes from the Underground, me senté en una silla con vista a la Avenida Atlantic para escribir en un cuaderno una larga y pésima novela sobre ese lugar que–aquí incluir un gran suspiro─ninguno de ustedes leerá. Caminar por la avenida Fulton, frente a las estaciones de metro de la línea azul que me recuerdan tantas pequeñas escenas de mi vida preconyugal, fue tan extraño como el filme que llegamos a ver anoche, a las carreras, vagando semiperdidos, en el BAM.

La película se llama Her. El director es Spike Jonze, de quien recuerdo muy bien Being John Malkovich. Primero: porque la vi en Boston, en algún momento de julio de 2000, en mi recién estrenada faceta de pasajero en trance en los Estados Unidos. Segundo: porque esa primera vez me quedé dormido.

Her, ambientado en una ciudad de Los Angeles maquillada para la ocasión ─con más rascacielos y menos inmigrantes mexicanos─ podría entenderse como una pieza de época. Sus personajes, que parecieran haber salido de un casting en el tren L de Nueva York, me hacen también pensar en Ghost World de Daniel Clowes o en algunas escenas de Frazen: a ratos Amy parece ser la hermana/chef  de The Corrections, a ratos ella y su esposo podrían ser los esposos Berglund de Freedom. Sin embargo, Her es  también una reflexión semifuturista sobre la soledad y las relaciones del hombre con sus máquinas. Alguno de mis amigos la entendió como un canto más a la victoria de la computadora. La película es, sobre todo ─si nos ceñimos al guión, dejando al lado las interpretaciones filosóficas─ una exploración de los diferentes caminos que puede tomar la vida de un hombre cuando se siente solo, no tiene muchas amigas y quien mejor lo comprende es su computadora.

Es una comedia. Podríamos empaquetarla como tal, si no nos encontráramos a nosotros mismos, mirando demasiado a la pantalla, recordando nuestra primera sesión de sexo virtual en el chat, o ─sólo unas horas antes de llegar al cine─ preguntándole a Siri: ¿cómo carajos llego al BAM?

Las conversaciones que puede generar la película son muy interesantes. La nuestra sucedió en un restaurán alemán acogedor, en una calle congelada de Brooklyn que me trajo sus no pocas memorias. Se recomienda ir a verla con compañía inteligente. Si va con su teléfono, aténgase a las consecuencias.

Los mejores actores de la película son Joaquin Phoenix, como Teodoro; y la voz ultrasensual de la computarizada Scarlett Johansson, como Samantha.

Vampiros y Nueva York

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Vi Cronos en Nueva York, la ciudad donde los vampiros salen de dia. Me gustó. Si bien jamás entendí si la acción sucedía en una callejuela de Buenos Aires o en un barrio viejo y feo del DF. Más difícil que comprender la trama de Cronos, es entender esta obsesión antigua de los humanos con los chupadores de sangre: estos condes eternos, odiadores de ajos, durmientes de ataúd.

La mejor actuación del filme, además de la de Federico Luppi (a quien recordaré para siempre con el sonido interminable de las maquinitas del reloj), es la de la niña Aurora (Tamara Shanath): la nieta que permanece siempre al lado del abuelo que cree que ha rejuvenecido, que acompaña en todas sus aventuras a este venerable vendedor de antigüedades que tiene la dignidad de tocarle la puerta al hijo de puta que le ha mandado destrozar el negocio.

¿Qué habrá sido de Tamara?¿Permanecerá en algún lugar de su memoria ese viejo actor al que se le caía la cara en una escena y en otra se metía a dormir en un féretro? ¿Recordará a la cucaracha que tuvo que aplastar para que Guillermo del Toro siguiera rodando?

Los vampiros han aparecido con cierta regularidad en mi vida. La primera vez yo tenía 7 años, y a mi hermano y a mí nos prohibieron ver el estreno de Drácula en Panamericana, en el horario de medianoche. Nos agenciamos un televisor Imaco en blanco y negro, y vimos la película hasta la primera escena en la que Drácula le mete los dientes filudos a alguien, mientras sus ojos se le irritan y la piel se le blanquea. Desenchufamos el aparato de un tirón, lo devolvimos a su encierro en el cuarto de las visitas –donde la empleada del hogar veía con nosotros Los ricos también lloran– y nos echamos asustados a dormir.

Después conocí a una vampiresa que me dejaba escucharla mientras tocaba el piano, y a otra que tocaba muy bien la guitarra. Por fin, ya en Nueva York, me tropecé con una vampiresa judía, estudiante de NYU, que tenía cierta perversión por el oboe.

Así es: asocio el deseo de sangre con los aparatos musicales. No puedo explicar por qué. Jamás he tenido oído para ningún instrumento y esa podría ser –sospecho, quizás– la razón por la que aquellas vampiresas pasaron por mi vida sin dejarme otra marca que su esfumoso recuerdo.

Piropo a Buenos Aires

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La siguiente nota ha aparecido publicada en la revista Suburbano de Miami

«Señorita secretaria ¿se ha muerto un santo en el día de hoy?» «¿Por?» «Porque veo a un ángel vestido de luto»

Así va la escena en que la secretaria del juez, la señorita Irene Hastings, recién egresada de Cornell y con su primer trabajo en los tribunales de Buenos Aires, pasa delante del escritorio de Benjamín Espósito, el hombre enamorado, el que estará dispuesto a revivir las ardientes cenizas del pasado y de un caso inconcluso (el de la violación y el asesinato de Natalia Coloto) para no quemarse con los recuerdos que lo persiguen después de haberse jubilado de una vida dedicada a las leyes.

Y en ese momento, a punto de meterme en la trama de la película de Campanella, me toman por sorpresa las imágenes de una mañana bonaerense.

Es 1992. Tenemos una avenida ancha y los negocios que acaban de abrir. Por la vereda camina una mujer espigada con unas hermosas piernas y el cabello  largo y rubio que danza al compás de sus pasos, detrás de su cuello. No hay mucho tránsito, yo soy un espía que acaba de aterrizar y camina por Buenos Aires antes de regresar a Lima. Por la vereda del frente, marcha un muchacho delgado y con un terno fino, marrón y de saco extendido, que le queda bien. Va con dos amigos, conversando, les hace un gesto que yo apenas si alcanzo a distinguir como un «espérenme» y mirando con rapidez a ambos lados de la calle, cruza la avenida a paso ligero. No es una de aquellas avenidas limeñas angostas y descuidadas que tientan al claustrofóbico, más bien una ancha, larga y elegante, la glotonería de algún urbanista.

El muchacho trota hasta acercarse a la sombra de la muchacha y empieza a conversarle. Se acerca con respeto, sin pretender rozarla, sin estorbarle el camino. Marcha a su lado con una sonrisa y las manos en los bolsillos en posición desarmada. La muchacha sonríe y sigue caminando, pareciera que los ojos miran a las nubes mientras ella disfruta aquella arquitectura de palabras, eso que llamamos un piropo.

Los tenderos, que a esa hora ya son unos cuantos, colorados y panzones,  miran la escena y alientan al muchacho cuando pasa por el frente. «Vamos, macho» escucho a uno. Es una escena adorable. El sol parece salir con un poco más de fuerza por una de las esquinas de la avenida y el muchacho mira otra vez con rapidez el tráfico aún detenido y cruza ágil, en diagonal, hacia donde siguen caminando su amigos. Sigue hablando con ellos. Miro a la muchacha que sigue caminando, sin modificar la postura, tal vez con un gesto vago, nuevo, en el rostro, que yo quisiera creer que es una sonrisa.

«Piropo» Escribo en la pizarra. Entonces procedo a explicarle a mis estudiantes la escena que les he contado. «Así como algunos cuando están aburridos matan el tiempo jugando con el Play Station, en algunos países se mata el tiempo dando piropos». Insisto en que la calidad de aquellos elogios pueden definir a la sociedad que los produce.

En la pantalla del proyector, sobre la pizarra de la clase, en una escena congelada, Benjamín Espósito le propina un puñetazo a Romano, su enemigo de la Secretaría 18 «a dos perejiles agarraste» le grita. Y así sigue.

Entre tropiezos propios de la burocracia y una andanada de insultos que bien podrían resumir el dilema de la nación que los profiere, la procesión de verdades que definirán la tragedia que Benjamín y Sandoval –su compinche, su amigo– habrán de presenciar; también encontramos la singularidad de un detalle tan sencillo, cuya fama, al menos en mi memoria, asociada a la mención de una ciudad y de sus habitantes, también podría calificarse como un piropo.

Tenue, velado y casi olvidado: un piropo a Buenos Aires.

25 de febrero, al lado del Hudson.

Tarantino

No podríamos haber escogido una mejor vista para esta ruta que es, para muchos de nosotros, la más despiadada: el viaje de todos los días al trabajo. Viajamos al borde de un río placentero. No sólo lo es su cauce, sino también las colinas que limitan sus márgenes. Como otros paisajes de esta región, también éste cambia bruscamente con las estaciones, haciendo aún más difícil que nos cansemos de verlo. Y ciertos años (como este 2013), la nieve cae con lentitud sobre el río y los bloques de hielo navegan sin apuro sobre el agua, haciendo de las distintas vistas del invierno un espectáculo inagotable.

A veces me da pena concentrarme en las tareas, porque pareciera que no ver el paisaje significara sacrificar uno de los momentos más agradables del día. Sigo manteniendo que conducir 40 minutos hacia Nueva York, pudiendo subirse a este magnífico ferrocarril que trota por el margen del Hudson, es un desperdicio. ¿Por qué someterse voluntariamente al tráfico sin solución que corre hacia la ciudad?

Hoy, sin embargo, he desperdiciado otra vez mi viaje metiendo las narices en un libro. La novela se llama Changing Places y la escribió David Lodge. Es una comedia que hace escarnio de los intelectuales que cambian la vida por la enseñanza (¿seré yo señor?). En ella, dos catedráticos marchan de intercambio hacia dos universidades distintas del planeta: un norteamericano vuela a Inglaterra y un británico viaja a los Estados Unidos.

Así que tal vez por eso (creo yo), mal influenciado por la lectura,  esta mañana he sentido una cierta pesadez al caminar por los pasillos desiertos de Lehman. ¿Qué hago acá? Miro al espejo y encuentro una cana: el tiempo.

Uno quisiera creer que el tiempo no pasa, que tal vez uno es como ese río que circula frente a nuestro tren de todas las mañanas, que uno jamás se va a cansar de estar vivo. De vez en cuando –como hoy– me queda valor para mirarme, tratar de entender el tiempo y burlarme de la minúscula seriedad de nuestros objetivos privados.

Anoche, mientras disfrutaba la ceremonia del Oscar, pensaba en la sonrisa amplia de Jack Nicholson: quien todo lo ha vivido. Todo el auditorio no es sino un circo lleno de actores. Nicholson también actúa: es un hombre viejo que ha visto todo ¿Eso es la felicidad?¿En eso no consiste llegar a viejo? Quisiera creer –la ignorancia me lo va a permitir– que mientras Ben Affleck dedicó la mitad del 2012 a trabajar para que lo respeten como director, Nicholson no trabajó; consiguiendo que lo respeten por ser quien ya no está interesado en nada.

Creo que hay un engaño terrible en aquella ceremonia. Tal vez la temperatura de las luces y la cordialidad de los invitados nos hace creer que los conocemos hasta el punto de saber en lo que piensan. Y de pronto se aparecen allí sobre el podio, balbuceando un agradecimiento (como Ben Affleck),  gastando una broma (como Daniel Day Lewis), invocando al Dios de las películas (como Ang Lee) o gozando como perro por la victoria (como Quentin Tarantino); y nos damos cuenta de la distancia que nos separa de ellos.

Parecería que se tratara sólo de una distancia lógica y natural entre los famosos y los desconocidos. Sin embargo, ésa es la misma distancia que nos separa –cuando estamos solos metidos en nuestros pensamientos, mirándonos al espejo, leyendo sobre otros mundos u otros profesores de ficción que hace 30 años cruzaban el Atlántico–de todos los seres humanos.

Para su desconsideración

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Para mí, Jessica Chastain y Zero Dark Thirty deberían llevarse el Oscar. Ella es la mejor actriz y ésa es la mejor película de 2012.

En enero leí una mala crítica en el diario La República contra Argo. Una reseña de un filme muy mal visto. Pensé en escribirles –decirles que el reseñista no había leído bien la historia– pero jamás lo hice. Argo no tapa la intromisión de los Estados Unidos en la política iraní. Por el contrario, desde el principio de la cinta se nos revela que la actitud de EEUU fue torpe y ofensiva para la dignidad de los iraníes. Baste con recordar las imágenes, humillantes, de los oficiales de la embajada en Teherán destruyendo las evidencias al tiempo que la turba trata de ingresar. Argo es una muy buena película.

Sin embargo, Zero Dark Thirty es mejor.

Kathryn Bigelow ha conseguido resolver, otra vez, la difícil tarea de asombrarnos con una historia de la que ya conocemos la trama y el final. Sin concesiones a la política –falsamente acusada de hacerle publicidad a Obama, o de defender la tortura como herramienta antiterrorista–, con un guión que incide más en el drama del personaje principal que en los eventos históricos; y con una limpia recreación del momento culminante: el asalto a la casa de Abbottabad y la eliminación física del líder de Al Qaeda. Bigelow está entre los mejores directores de EEUU y Mark Boal (el periodista de 39 años que también le escribió la contundente The Hurt Locker) en la primera línea de los guionistas que trabajan para Hollywood.

Me gustó Lincoln, pero no tiene la contundencia narrativa de Argo ni de Zero Dark Thirty. Me gustó Life of Pi pero los mayores méritos de la película vienen del libro de Yann Martel. Me gustó Beasts of the Southern Wild pero no puede competir con el impacto y la ambición de ninguna de las cuatro películas anteriores (sin menospreciar la belleza de su realización).

Me gustaría que la película No consiguiera el Oscar a mejor película extranjera, pero no creo que la actuación reposada de Gael García ni el simpático retrato de la campaña plebiscitaria chilena le dé el aliento suficiente. Es muy probable que Amour se quede con esa estatuilla.

Eso sí: Daniel Day Lewis se llevará un tercer Oscar.

Yo también creía que Affleck era poco más que su facha. Sin embargo, ya tiene un par de buenos filmes y la pretensión de la Academia de ningunearlo como director ha convertido a su criatura (apadrinada por George Clooney) en una de las mejores candidatas.

Si los votantes se olvidaron que el simpático amigo de Matt Damon fue amante y pelele de Jeniffer López, tal vez premiarán al carisma de este director y no a la logradísima película de Bigelow ni a la maquinaria publicitaria de Spielberg. Tal vez mañana en la noche Argo y Affleck nos den la sorpresa.

Casi un final digno de la ciencia ficción.

Ayrton Senna, el documental

¿Recuerdan a ese deportista que se mató chocando contra el poste de un tobogán en las olimpiadas de invierno en Vancouver? A veces la muerte llega así, absurda e inesperada. Otras veces se aparece como si fuera un final triste pero adecuado para una buena película y eleva a ciertos seres humanos a la categoría de ídolos. De eso se trata este documental llamado «Senna».

Nunca ha sido fanático del automovilismo. Claro, como todo niño limeño con tiempo libre los fines de semana, pasé muchas horas frente a las transmisiones en vivo de los Grand Prix de Fórmula Uno. Fue a través de aquel programa de televisión que cambiaba de número con los años (Auto 82, Auto 83, Auto 84, etc, etc). Ya de adolescente–en Río, en Sao Paulo, en Curitiba y en Porto Alegre–fui testigo cercano del fervor de los brasileños por su compatriota corredor de autos. Sin embargo, solo después de ver este documental, pude entender por completo como se tejió esta leyenda, esta especie de James Dean verde y amarillo.

Ayrton era el más veloz y el más querido. Senna creía en el Brasil y en Dios, y no le daba vergüenza hablar en público de su fe. Mientras su archirrival Alain Prost no sabía cómo ocultar su envidia hacia un joven mucho más dotado en la pista y más transparente, Ayrton Senna rompía los cronómetros y–confiado en sus capacidades–no se callaba para criticar el ego y la política de quienes dirigían el automovilismo.

Se entregaba a su carrera sin ponerle condiciones, confiando en que cuando alcanzara cierta edad se retiraría y disfrutaría agradecido de su fama, de su dinero y de su tiempo libre. Acostumbrado al amor de la gente, al calor del Brasil, él podía ver o escuchar a Dios mientras saltaba ágilmente las olas del Atlántico o mientras conducía en una carrera de Grand Prix.

¿Aún hay deportistas así? Senna se desmaya dentro de la cabina de su auto al terminar  de correr el GP de Grandes Lagos. Tenía que ganar. Era un profeta en su propia tierra. «Es lo único bueno que tenemos en el Brasil» dice una de sus admiradoras entre lágrimas. Casi veinte años después de su muerte este documental termina de cimentar la leyenda, acercándonos a un hombre que lo pudo hacer todo y lo hizo todo. De eso se trata «Senna».

Farewell

Emir Kusturica como Sergei Gregoriev en la película francesa "Farewell"

Unión Soviética, 1985

Vamos a entregarte la lista con los nombres a cambio de un par de casetes de Queen, un disco de este cantante romántico que tanto me gusta y un walkman para mi hijo. Y nada más. Este país necesita un cambio. La revolución que nos hizo salir de la edad media y que en menos de cincuenta años nos llevó a poner un hombre en el espacio necesita un remezón para que los rusos volvamos a ocupar el lugar de vanguardia que siempre hemos tenido. Los rusos ¿Qué sería del mundo sin los rusos? ¿Se imaginan? Literatura, pintura, música, política, ciencia y ajedrez. Todo lo que nos ha legado el bloque soviético. Un adornito me mira desde mi mesa de noche y me recuerda ¿El Kremlin? También una foto de Vallejo en Moscú y un bolero que llega desde algún rincón del pasado : La Plaza Roja desierta, la nieve dibujaba un tapiz, tenía un lindo rostro mi guía: Natalí.

Kusturica, Emir

Imposible perderlo de vista. Este cara de loco, esos ojos que nos sugieren que tomemos distancia. Kusturica es como uno de esos personajes salidos de una carpa de los gitanos –irrepetible– o de una pintura de Macondo ¿José Arcadio Buendía? Abraza a su hijo, le miente a su esposa y a su amante, convence al francés disminuído pero entusiasmado de que solo ellos dos son capaces de hacer lo que están por hacer: decirle a los Estados Unidos que sus mejores secretos nunca lo fueron.

Ronald Reagan, la caricatura

Reagan mira una película y hace comentarios tontos sobre el cine, sobre los franceses y los rusos. Caricaturizar a los Estados Unidos: pasatiempo favorito de los franceses. Así hubiera sido nuestra imagen de los norteamericanos, si Hollywood hubiera filmado en París y no en California. Así como para nosotros los rusos eran Iván Drago–aquella estatua de hielo que se daba de guantazos con Rocky en una pelea a doce asaltos–para los franceses Reagan era el vaquero que arengaba con frases hechas. Hasta Willem Defoe luce grosero como el agente de la CIA. Imagínense qué papel para este actor que crucificaron en La última tentación de Cristo. El único que no salta las alarmas del estereotipo es Kusturica.

Una vida, una bala

En la Siberia, nada menos. En esa planicie blanca por donde se tambaleaba Dersu Uzala. Allí llega Kusturica, traicionado por su traición, sin chance alguno. Hace un gesto inigualable con las manos para decirle al  pelotón que proceda. Que Rusia siga, sin él.

Finlandia

Hay países que aparecen de la nada, tal como Finlandia aparece en Farewell. Es como esa Islandia repentina en un poema de Borges. Llega como sinónimo de libertad. Ese es el clímax: allí está la intensidad de la huída, el rostro de la esposa recordándonos todos los reproches y todos los riesgos.

I’m from Scotland. I need to go home now.


El presidente y otros miembros importantes de su partido estaban vestidos completamente de negro y caminaban a paso lento alrededor de la Plaza de Armas de Lima cargando un ataúd. Era el féretro con el cuerpo del finado Ramiro Prialé. Por alguna razón ese día me había vestido con una horrible camisa de colores hawaianos. Con el cajón al hombro, desde unos cinco metros, el caballo loco me miró extrañadísimo.

El joven médico escocés Nicholas Garrigan aterriza en Uganda en un desesperado viaje que pretende le dé cierto sentido a su vida. Un inesperado encuentro con Idi Amin, se transforma en una fuerte amistad cuando Garrigan le dispara a un animal agonizante, alarmando a la guardia personal del nuevo presidente. A Idi Amin le gustan los escoceses–porque también odian a los ingleses–y convierte al joven Garrigan en su médico personal, su consejero y confidente.

Entre colores asfixiantes y tambores sofocantes, con el rostro empapado de sudor y un torcido ideal –alimentado por un sueño en el que le fue revelado que nunca moriría en Uganda–, Forest Whitaker carga sobre sí el peso de toda la película. A sus espaldas se produce la gran matanza. Y Nicholas Carrigan pide por favor, que sólo lo dejen volver a Escocia. La respuesta es no.

Con letras blancas sobre fondo negro, el director nos recuerda que Idi Amin murió de viejo, en el exilio.

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