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The New York Street

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Nueva York

Las mejores peliculas del 2006


La gran sorpresa de la semana pasada fue abrir el Village Voice y ver que entre las películas seleccionadas por los críticos como las mejores del 2006 estaba el filme rumano, la Muerte de Mr. Lazarescu, una pelicula oscura, brillante, que vi hace meses en una sala de cine arte en Manhattan. El Sr. Lazarescu es un pobre alcohólico amante de los gatos que vive solo, en un pequeño apartamento sucio y que se cae a pedazos, en un complejo habitacional para gente de escasos recursos en Bucarest. La película detalla su odisea desde que empieza a sentirse enfermo –horribles dolores en el vientre– hasta que la ambulancia viene a recogerlo y empieza su viaje al infierno por hospitales públicos de la ciudad donde nadie quiere hacerse cargo del destino de Lazarescu. Es una tragi comedia, donde lo más notable es la decadencia de los ambientes y del personaje principal, que va deteriorándose al mismo tiempo que el director enseña el deterioro de la sociedad que permite que Lazarescu realice este atroz periplo por los lugares que deberían proveerle la cura que necesita urgentemente.
Otro filme en la lista del Village Voice, con el cual estoy de acuerdo, es United 93, que es una excelente combinación de técnicas narrativas de ficción con el estilo de un documental.
A propósito de este número del Village Voice, realicé mi propia lista de los mejores filmes del 2006, que necesariamente incluyen muchos de los filmes que me llegan a casa en DVD gracias la magia y al buen servicio de Netflix. Una pequeña lista de los 15 mejores filmes que vi el año que pasó, y que recomiendo a quien quiera que le guste el buen cine:

1. Les Enfants du Paradise. TIENEN que ver esta película.
2. Double Indemnity, tal vez el mejor filme de cine negro, dirigida por Billy Wilder
3. O Brother, Where Art Thou?, 2000 Brillante épica, dirigida por los hermanos Cohen
4. I Vitelloni, 1956. Una de las mejores películas de Fellini. Excelentes diálogos y escenas imborrables.
5. 12 Angry Men, Uno de los mejores ejemplos de como filmar una gran película en una sola locación.
6. The Third Man, 1949. La actuación de Orson Welles es breve pero intensa.
7. United 93, 2006
8. The City of Lost Children, 1995 . Que gran ejemplo combinando magia y ciencia ficción
9. Delicatessen. La estética de la película es fabulosa. Te quedas pegado en los detalles.
10. Howl’s Moving Castle. Tal vez no es el mejor pero un muy buen ejmplo del cine de Miyazaki
11. Floating Weeds. Bellísimo filme de Ozu
12. Grand Illusion. Pertenece a la breve y sagrada línea de los filmes imprescindibles
13. The Apartment. Tal vez la mejor comedia romántica de la historia del cine. Dirige Billy Wilder
14. The Man Who Would Be King. Fabulosa adaptación de un cuento de Ruyard Kipling. Sean Connery magistral.
15. Ugetsu. el filme japonés que fue pionero en el realismo mágico en el cine. Extraodinario Mizoguchi.

Crash

En Canadá abundan los caraduras. No hay suficiente gasolina para apuntalar todas las cosas que habría que reventar de una vez por todas. Líos legales, papeles, fresas desparramadas sobre la consola del automóvil. De pronto todo está estático. Un mal movimiento y las cuatro ruedas se escapan de control.

El espacio galáctico ha sido formado por seres de la misma calaña de Vaughan. No hay que ser un genio para percatarse que los espacios se han acortado, que el tiempo corre cada vez más rápido, que ya no tenemos ni siquiera una hora y media de nuestra vida para dedicarla a escuchar un concierto de música clásica. El espacio galáctico está cubierto con las cicatrices de seres como Vaughan y tal vez sea lo mejor.

Recuerdo las carreras de motos en la playa, una chica rubia con el pezón escapándose ligeramente de la ropa de baño. ¿Sentía lo mismo que yo? ¿Es indispensable el vértigo para evolucionar? ¿Seremos en algún momento máquinas? ¿Y la poesía?

En algún momento nacerá en este país la niña robot poeta. Sus lágrimas se deslizarán por sus mejillas y su voz temblará con la misma calidad con que tiemblan las niñas reales. Y alguien exclamará entre sollozos en el público reunido para apreciar su arte: ¡Te amo!

Escondido entre las cortinas del teatro, su creador sonreirá orgulloso, pero sin olvidar los tres o cuatro detalles que deberá modificar y reparar para su siguiente modelo.

Los e-mails cada vez serán más personales y podremos verter lágrimas en ellos con la misma facilidad con que caían las gotas en las cartas antiguas. Y los errores gramaticales serán menos comunes. Serán nuestras cartas y nuestra escritura y las amaremos porque nosotros seremos tan mecánicos como ellas. Nuestros circuitos tendrán marca de fábrica, como ya la tienen algunos corazones, pulmones, córneas, estómagos.

En ese tiempo, no tan lejano, nuestros pensamientos estarán todavía rondando y alguien los captará entre la telaraña de señales y mensajes del pasado. En ese instante mis dedos correrán, listos para agarrarlo: El futuro.

Art Spiegelman en Barnes and Noble

Casi de casualidad me enteré que Art Spiegelman (Maus ) iba a estar en Barnes and noble de Union Square para hablar sobre su libro In the Shadow of No towers. Todo como parte de la conmemoración de los cinco años desde los ataques del 11 de septiembre del 2001. Spiegelman es muy crítico del papel que jugó el gobierno americano luego de los atentados y se queja en cada cuadrito del modo como este atentado fue «secuestrado» -secuestraron el secuestro- por el gobierno de los Estados Unidos. Apenas si los neoyorquinos se estaban recuperando de las heridas y empezando a darse cuenta que habían sido agredidos por el terrorismo, cuando ya, EN SU NOMBRE, se les estaba utilizando para preparar una guerra de características apocalípticas. Las páginas, que no fueron publicadas originalmente por ningún medio masivo en los Estados Unidos (salvo el Forward, un medio orientado a la comunidad judía), fueron reunidas el 2004 para realizar este libro de precioso acabado. Allí Spiegleman describe como fue su experiencia el día de los atentados (el vivía y trabajaba a la espalda de las Torres Gemelas) y cómo se las arregló para superar el trauma de aquél día, gracias a la lectura de antiguas historietas publicadas en las tradicionales páginas a todo color de los antiguos periódicos norteamericanos: Little Nemo, The Katzenjammer Kids, Educando a Papa, La Gata Loca, etc.
Con diapositivas que hicieron didáctica la presentación, Spiegelman describió sus experiencias personales con todo el tema de las Torres Gemelas, detalles de su vida que cambiaron aquél día e incluso compartió su experiencia más reciente, junto a su esposa y co-editora, desde los años de su legendaria revista RAW, Francois, con quien está publicando una revista de comics para niños.
Allí al comienzo de esta entrada, está la foto de mi ejemplar autografiado. Uno de los tantos detallitos que hacen tan especial la vida en Nueva York.

Me llaman el desaparecido (Manu Chau en Brooklyn)

Después de los problemas para entrar al concierto de Cerati el sábado, Natalia no quería arriesgar. A las 5 p.m. estaba agarrada de la reja, en la primera fila para entrar al parque. Tony, su amigo mexicano, había perdido el ticket y Natalia estaba traumada porque las entradas estaban agotadas y no sabía si iba a poder conseguir otra. Mi ticket lo cambié por un pase de prensa, pero igual terminamos al frente del escenario junto con toda la gente. Se llenó. Y Manu tocó una y otra vez. No le gustaba la idea de irse. Volvió para tocar Mala Vida que Alejandra le pedía a voz en cuello. Stephanie nunca lo había visto en vivo y estaba alucinada.

Sharon se quedó sin entrada, lo escuchó detrás de la reja. Alejandra se moría de ganas de ir a la fiesta , pero entre la quinta y la quinta decidimos que no valía la pena ir hasta el muelle 17 de Manhattan sin saber si Manu tocaba o no. Entre las masas apareció otra vez el luchador de la máscara plateada. Y el Cromañón parado delante mío, el Trucu-Tru, saltaba salvajemente con su bandera de Colo Colo y la agitaba sin darse cuenta de que tapaba todo y nos jodía a los que estábamos parados detrás. Hasta que Manu lo vió y lo hizo feliz gritándole: «Colo Colo, presente.» Con la boina roja y la camisa verde, Manu criticó el «White House terrorism» ( y le mandó su saludito al Sub Comandante Marcos…)

Esperando en la puerta, mientras calentaban el escenario los malísimos Plastelina Mosh veo a la poeta portorriqueña que me presentó Elisa hace meses en la casa del periodista colombiano. A la fotógrafa peruana que me presentó Camilo, a mi amiga Katy, profesora de Lehman. Stephanie vino manejando desde Port Washington. Lisa baila con el bebe en la panza. Todos somos clandestinos en el cemento de Prospect Park. Manu canta Volver y las luces del parque estallan otra vez. A algunas calles de distancia, Ale y yo somos invitados a la casa de los amigos de Stephanie y Sharon. Hay un tabladillo sobre el techo, desde donde se ve Manhattan. La vista, el ambiente, la cerveza de Clavo y Canela de la que Sharon se ha enviciado gracias a un largo invierno en Brooklyn, están espectaculares. Como a las tres de la mañana llego al Bronx, a enterrarme, trapo, en la colchoneta al lado de la cama donde duermen placidamente mis viejos. «Me llaman el desparecido», me dice Stephanie en un mensaje de texto…El cuerpo no da para más.

Los tambores de Manhattan

Habría que declarar que los tambores tienen luz propia. Cómo negarlo. Sería egoísta calificar a lo que estos instrumentos emiten, de simples «sonidos». Los tambores emiten luz y sensaciones, algunas de estas de carácter permanente.

 

Después del concierto de Cerati, las huestes desadaptadas- se movieron hacia el centro del parque, donde las tribus se habían juntado para el espectáculo del sonido. Se convocaron magos y magas, druidas, bailarines desacreditados. Gabriela aún no ha gritado: ¡Qué viva Sullorqui! detrás de los espectadores sentados de Perú Negro. Todavía está en camino, seguimos andando hacia el Lincoln Center.

El Dj Naf en Baraza


El Dj es tunecino–pero ha vivido toda su vida en París–, la música va intermitentemente de latina hacia árabe. El local es el estrecho callejón de Baraza en el East Village. Breve entrada y salida–al menos es lo que todos juran a la 11 de la noche– porque a todos les está costando más trabajo que nunca levantarse temprano en estos días. Sabine tiene que irse pronto, renueva la invitación para la gran despedida, antes de su viaje a Brasil. Laura promete quedarse hasta antes de las 3, su amiga Marianne nació en Ginebra y estuvo casada con un peruano que la llevó a visitar a su familia en Villa El Salvador. El francés está aprendiendo a bailar. Ya sabe dos pasos. Laura le enseña a no mirarse los pies, ojalá fuera tan simple. El dueño del Baraza escucha los elogios al bar y a la música mientras enciende un cigarrillo en la vereda de la avenida C. Naufel intenta entusiasmar a la mancha de gente, no mucha. Y los taxis siguen llenos hacia el este. Con el primo Manolo nos vamos después de dos Coronas. ambos coincidimos en que si pedíamos una cerveza más, no salíamos de allí hasta las 4 de la mañana. Es bueno conocerse tan bien. Hemos quedado en un partido de tenis, pero no contábamos con la lluvia. En el tren de regreso abro The Ruined Cottage de Wordsworth y la ponencia en Cambridge sobre la crítica de Arnold a Wordsworth. Arnold se propone salvar a Wordsworth de quienes quieren elevarlo a la categoría de filósofo (Coleridge entre ellos). Arnold rescata la pureza de sus mejores versos, el modo como Wordsworht puede sublimar al hombre simple y convertirlo en poesía. Consigo una antología de Seamous Heaney, quien va a disertar mañana, en la Morgan Library, sobre la trascendencia de Wordsworth.
Camino por la calle frente al parque de Poe, salgo de la biblioteca con la cabeza todavía un poco revuelta. El teléfono suena y la voz se va y viene desde unos edificios en California. No hay nada más que decir, no hay llamadas de ida y vuelta. No hay dolor tampoco, algo de incertidumbre pero supongo que tiene su lógica. Extraña, pero alguna lógica tendrá que tener, por momentos parece tener cierto sentido, en otros parecer carecer de toda significación. La siesta por la tarde estuvo deliciosa.

Cinderella y Gillian Murphy


Uno cree que ya lo sabe todo, que más o menos se imagina como puede ser tal o cual cosa. Y de pronto vas al ballet. No es cualquier ballet, sino el American Ballet Theatre , una de las mejores compañías del mundo (segunda tal vez, luego del ballet ruso). Y la bailarina principal se llama Gillian Murphy, que entre quienes saben es considerada poco menos que una diosa. Y la obra es Cinderella de Prokofiev. Producción de estreno de ABT. Y jamás vi a nadie hacer arte bailando, volando por los aires, tocando el suelo sin tocarlo. Casi como la ópera pero en puntitas de pies. Anoche en el Metropolitan Opera, en Lincoln Center, aprendí a apreciar otro arte. Y me acordé del poema de Wiesse con epígrafe a Romeo y Julieta de Prokofiev, bailando el argentino Bocca y la italiana Alessandra Ferri. Se puede escribir poesía bailando. Gillian Murphy y David Hallberg en los papeles principales. Y las hermanastras en puntitas de pies y demasiado tabas, robándose las risas y los aplausos, así como los hombres calabaza marcando la llegada de la medianoche y las hadas entregándole a la Cenicienta el más hermoso de los regalos: una zapatilla de cristal

El picnic más largo del mundo

Quienes esperaban que las nubes negras se marcharan hacia el oriente se sintieron defraudados. Siguieron su curso inevitable hacia el Sheep Meadow de Central Park y dejaron caer la tormenta con furiosa elocuencia. Pero el lunes, que había empezado con una auspiciosa mañana de sol en Brighton Beach y un frustrado partido en el centro tenístico de la 96, siguió en el departamento de Naufel.

Tunecino, Naufel emigró de París a Manhattan hace algunos años con sus baquetas, panderetas, cello, piano, guitarra y quién sabe cuantos otros instrumentos, tal vez escondidos debajo de la cama o guardados en alguno de esos espacios de almacenaje para alquilar.

Sobre las cinco y media el primo Manolo y yo aparecimos, quemados por el sol de Brooklyn, sobre la acera de la 66 y Broadway. Nos esperaba Laura, cuyo cabello rubio y sus ojos verdes eran lo único que susurraban algo acerca de su herencia y nacionalidad helvética. Su acento era español, de la costa brava; sus memorias eran del mundo. Las que más nos interesaron – y que compartió con nosotros durante toda la noche– eran peruanas. Sus padres vivieron en el norte, como empleados de Nestlé. Su padre les recordaba, hasta antes de morir, a ella y a su hermana, que es chiclayana pero vive desde niña en Europa, que tal vez las mejores olas del mundo son peruanas. Laura tiene recuerdos recientes del Perú. Paseó por los tres pisos de La Noche la última vez que estuvo en Barranco y ahora está empeñada en hacer funcionar una organización que ha tomado como ejemplo la empresa de reciclaje de sólidos de una humilde y emprendedora mujer de la selva.

Rachel también esperaba en la vereda de Laura, con tomatitos cortados en rodajas y fruta fresca. Luego se unió a la mancha furiosa Sabine, hija de peruanos pero neoyorquina desde niña, consultora de profesión, que anunció con bombos y platillos (literalmente, pues ya conté que la casa de Naufel está llena de instrumentos musicales) que se iba en un mes a Brasil a vivir por un año. Había fiebre brasilera en el departamento. Manolo cargaba un polo de Buzios, Naufel ni bien llegó a su casa se colocó la camiseta de la selección pentacampeona y nos saludó la noche con samba y clases de pandereta carioca en video on-line. Para hacer más brasilera la noche, conseguí en la deli del primer piso dos cajitas de 6 (six pack le llamamos algunos) de cerveza Brahma. Hubo un pedido de receso entre trago y trago, y subimos a la azotea del edificio donde la vista del paisaje de los rascacielos, mezclado con las historias de Laura, de Sabine, de su hermano Manfred, de Naufel, de Rachel, de Manolo, de Sarah, la alemana que bailaba como colombiana, generaron amable sensación de camaradería. Herson, dominicano, el que mejor bailaba en la fiesta, aseguró que conocía a pocos peruanos pero que todos parecían estar en permanente juerga.

Pero la lluvia. ¡Oh, la lluvia mi lluvia! Ya nos había corrido de Central Park y nos terminó por correr de vuelta hacia el departamento (muchas escaleras en pendiente abajo) de Naufel. Había esta vez fiebre futbolera. Entre la voz de Laura que describía las diferencias sociales en Miraflores, Marko consideraba sus favoritos para el mundial y Linda, la ecuatoriana, confesaba lo complicado que puede resultar ganarle a Alemania en su casa.

No sé como se nos hizo tan tarde, pero alguien propuso cerca de la medianoche, caminar hasta las mejores hamburguesas de la ciudad, en la 71 con Columbus. No sé por qué comí una hamburguesa, ni puedo explicar por qué acepté subirme al taxi que nos llevó directamente hasta el bar Baraza en el East Village. Lo más sorprendente es que los únicos desertores habían sido Sarah (la alemana que bailaba como colombiana) y uno de los amigos de Naufel, que al parecer vivía demasiado cerca como para caminar 15 cuadras en busca de una hamburguesa. Manolo cree que el fin de la fiesta fue su culpa. No lo creo. Una resbaladita y un poco de chela sobre el sofá es un pecado que comete cualquiera. Manfred, el hermano menor de Sabine, a pesar de su escasa aptitud para el baile (tan pobre como la mía), tampoco desertó. Linda, al parecer, suele desaparecer y dejar a sus admiradores en suspenso. No se puede negar su ilustre mirada y singular belleza, tampoco se puede negar que las posibilidades de Ecuador en el Mundial son escasas. Parece que hasta el más alemán de los alemanes se siente tentado esta vez a apostar por Brasil.

En el Baraza hubo unos cuantos güiskachos y cervezas. Un poco de baile, lo que la gente daba. Y la gente ya no daba para más: A Laura las sandalias le habían destrozado los pies, a Manolo la erisipela le impedía cargar con su raqueta, a Rachel el estómago le estaba jugando una mala pasada y a Marko el sueño lo atacó en forma de mareo y sillón de emergencia. Yo hice lo que pude, nadie me creía que tenía que terminar un ensayo de 20 páginas sobre Whitman: nunca hubo más principio que ahora/ni más juventud ni vejez que ahora/Ni habrá más perfección que ahora, /ni más infierno ni cielo que ahora.

Llegué a casa como a las 2. Son las 8 de la noche y aún no acabo el ensayo sobre Whitman. Pero de nada sirve elaborar. Como dice Whitman: éso, los doctos y los ignorantes lo saben.

Susana Baca en NY

Acaba de terminar. Qué conciertazo. Uno de los mejores que he visto en Nueva York. Lleno total en el Joe´s Pub del Village y respeto absoluto del público–estadounidenses en su mayoría. Fascinante la combinación de ritmos negros y andinos, la facilidad con que se le van los pies a Susana, su control de la voz, del susurro al grito en unos segundos. Fabulosa. Y el otro y el otro y los aplausos. Y las velas, y la percusión, para aplaudir de pie. Y Susana bailando y metiéndose en el corazón de todos, suavecito nomás. Las luces del Village reciben el calor del verano, el primer día en que se siente la temperatura fuerte y la lluvia juntas. Unas cervecitas en el McSorleys para acompañar el vino del Joe’s Pub. Qué bonita noche.

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