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The New York Street

Un blog lleno de historias

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Nueva York

15 de julio, Todos somos Corleone


Le contaba a Miguel que después de ser presentado a toda la familia DiSalvo y recibir las felicitaciones de rigor, me sentía parte de los Corleone. Dicen que hay una ropa de baño en la sala por si quiero meterme a la piscina. Los veo jugar bola bacci que se parece un poquito a las bochas, y recuerdo aquellas tardes en familia jugando al tejo en el patio de la casa de Anqui.

Uno de los hijos de uno de los primos de Frances me dijo que él era el arquero en su colegio y me preguntó si era italiano. Le dije que no, que era peruano y me miró otra vez sin saber qué pensar de mí. Al final terminamos en los tiros al arco y por lo menos le pude demostrar al mocoso que yo pateaba al arco mejor que lo que él tapaba con su sangre italiana y ocho cuartos.

Otro chibolo vino a intimidarme con su polo de Italia tetracampeón pero sus tiros al arco parecían los tiros al cielo de mi pata Diego Durojeanni cuando recién llegó a Perú después de pasar 5 años en Virginia. ¿Y tu eres italiano? le pregunté al chibolo. «Yo soy ambos» me dijo y dejó la pelota abandonada para irse a despedir de alguna tía que repartía besos de despedida.

La tia Joanne es experta en artes marciales y también hizo su breve show de kung fú. Dice que nos va a avisar para conocer al Yoda filipino que de vez en cuando viene a EEUU a hacer demostraciones de kickboxing.

A John David lo metieron con zapatillas, pantalón y billetera a la piscina y me hizo recordar cierta noche de juerga en casa de Paloma en La Molina.

«¿Sabes que todavía puedes escaparte?» dice el tío Allen, antes de contar que el hijo mayor está en alguna fraternidad de surferitos en New Jersey, de playa en playa. Despedida para tomar el tren de regreso en Huntington, beso con las primeras páginas de Decline and Fall of the Roman Empire, prefacio de Moses Hadas.

El tren de Long Island demora 1 hora y media desde Huntington hasta Penn Station. Sobre los peldaños de Bryant Park espero el bus expreso que llega a Riverdale pasada la medianoche.

Profesionales del sexo

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Una furiosa puta se dispuso a escribir una queja ante el editor del diario más importante de Resinápolis. A pesar de sus 54 años la mujer se mantenía en forma en base a una dieta estricta de rábano y garbanzos.

La carta había sido una idea de Juan, el hombre mayor de Coop City que la estaba ayudando a recolectar información para escribir sus memorias. Juan sabía de editoriales y creia que las memorias de una prostituta puertorriqueña del Bronx, que había vivido los años locos del apagón, las redadas de Guliani y la waltdisneyzación de Times Square tenía mucho que contarle a los lectores.

La carta al editor del periódico cumpliría la función de despertar el interés del público por el tema de la prostitución. La matrona empezaba su carta así:

«Quiero dejar constancia que he ejercido mi trabajo en las peores condiciones que la ciudad brindaba a las prostitutas. Me considero una sobreviente del oficio, en cierta forma una heroína de las rameras de Nueva York.»

La matrona miró su laptop, reordenó algunas palabras, miró por encima de su café late a algunas parejas que caminaban por la vereda de Kingsbridge Road y prosiguió:

«Sin embargo, hoy que las condiciones son óptimas para el ejercicio de mi profesión, que gracias a la tecnología puedo seleccionar a mis clientes y mantener cierta seguridad sobre mis contactos, la ciudad ha inventado una nueva estratagia para evitar que pueda ejercer mi oficio…»

La ramera se detuvo un instante. Se puso a pensar si lo que escribía era sincero o si toda esa farsa del libro de memorias no era tan solo un pretexto para vengarse de Sofía.

Sofía. Sofía. Sofía.

Le preguntó como eligieron sus padres un nombre tan bonito mientras la miraba parada en la calle e imaginaba su lengua debajo de la minifalda. Ella le dijo que nació en Sofía, y cuando la puta le preguntó donde quedaba Sofía, la tachó de ignorante. «Zorra puertorriqueña, anda a la escuela antes que te apeste tanto el coño que no puedas trabajar».

Se imaginó las piernas bronceadas de Sofía y los senos firmes de pezones duros debajo de las camisetas sin mangas que tanto le gustaban. En la mesa al lado de la puta, una pareja de soldados comentaba que la temperatura estaba en 100 grados. Uno de ellos la miró a los ojos. Era un soldadito pendejo. Le preguntó su nombre. La invitaron a sentarse con ellos pero la matrona dijo que tenía que acabar de escribir sus e-mails. Pensó otra vez en Sofía. Volvió a la pantalla y escribió el final de su carta al editor:

«Tiempos complicados para las profesionales de la prostitución. La tecnología nos vuelve voces, sonidos, imágenes. El roce de la piel ya no es el objetivo del sexo. Ahora las máquinas han creado entornos a los que las profesionales de cierta edad no estamos acostumbradas. El mundo es más fácil pero a la vez más complicado. Las decisiones tomadas por la ciudad en las últimas semanas no contribuyen a simplificar esta transición .»

Se percató que no podía concentrarse en escribir con la cabeza en la entrepierna de Sofía. Era la primera vez que la ramera le pagaba a una puta.

Cerró la laptop y aceptó sentarse con los soldados. Les prometió que lo iban a pasar muy bien si ellos pagaban por un cuarto con aire acondicionado y la dejaban quedarse sola a pasar la noche. Les dijo que necesitaba concentrarse en un examen para una carrera que estaba estudiando en Internet. Envuelve con sus historias y promesas a los muchachos que se percatan que a pesar de las arrugas el cuerpo de la mujer es prometedor. Ella les ofrece acceso total y algunas variantes que no han visto antes. Los soldados asienten, ella insiste en el aire acondicionado y recuerda que Sofía debe estar malográndose con el calor en alguna cama ajena. Imagina sus labios entreabiertos y la tremenda soledad entre sus piernas.

Se siente toda una puta cuando recuerda decirles a los muchachos que el pago es por adelantado. Se siente tremenda mientras marcha con ellos y toma el taxi en la esquina de la 63, cuando acaricia sus recuerdos al mismo tiempo que su filosa excitación, mientras manosea ambos bultos al mismo tiempo que le da direcciones al chofer el taxi. Se siente satisfecha, orgullosa, toda una profesional.

Fast Memo


En el edificio hay dos puertas levadizas. Ninguna tiene seguro contra choques. «Si no hubiera sido por el seguro total no hubiéramos podido comprar la Toyota». Mamaroneck se inundó. Apareció en la primera página del Journal News la foto del edificio donde viví cuando llegué a Nueva York. Parece que se va a derrumbar. Es una decadente y llena de cucarachas torre de Pisa. Las mejores memorias son ciertas tardes de sol acompañado por ella y ciertos fines de semana mirando de corrido El Padrino 1, 2 y 3 junto con Buenos Muchachos.

Hay por algún lado un video de la primera vez que salí a trabajar en el invierno con toda esa nieve. El guatemalteco Herman decía que quería que le presentase algunas peruanas porque no conocía a ninguna (estaba casado, le gustaban las motos, las correas y botas de cuero de serpiente y mencionaba a todos que Guatemala había tenido 25 años de guerra civil).

A Cristóbal , el ecuatoriano que trabajaba de superintendent en el edificio, le gustaba repetir que Herman estaba mal de la cabeza. Cristóbal va de compras a Home Depot y compra doble de todo «uno para el doctor otro para mi casa». Creo que ahora vive en alguna de las Carolinas intentando encontrar la fórmula para trabajar menos pero siempre sacar el doble de provecho.

Es la primera vez (creo) que ordeno una Cider Ale. No estaba mala. En el restaurante Harvest de Hastings on Hudson el bisteck estaba demasiado cocido. Demasiado elegante para tan mala comida. Mejor estaba el muffin de esta mañana con energy drink.

Ha salido el sol. Estamos esperando que aparezca el camión con el último The Bronx Journal. Tengo que seguir escribiendo sobre Middlemarch. Me aceptaron para el curso de 3 días de Writing Across the Curriculum en Lehman.

The Best Critical Essay


Ejem. Estoy muy orgulloso. Quisiera agradecer. No tengo palabras para..
Bueno, una breve ceremonia en el auditorio de la Art Gallery de Lehman College. La profesora Patricia Cockram se encargó de llevar una fotocopia de mis poemas para que yo se los leyera al pequeño auditorio (Yo que creía haberme salvado de eso). Y me entregaron dos diplomas. El de poesía por mis tres breves experimentos en inglés, mi mezcla de Li Po con Ingmar Bergman, García Márquez y Mircea Eliade. El otro, el que he puesto aquí, es el que mejor me hace sentir, porque es el premio al mejor ensayo crítico del programa de maestría del departamento de literatura inglesa: The Best Critical Essay in the Field of English or American Literature, por el ensayo que escribí el semestre pasado sobre las influencias de Ezra Pound y sus Cantos en el poema Paterson de William Carlos Williams. Un honor. Muy agradecido, muy agradecido, muy agradecido.

Las mentiras piadosas


Manhattan está bañado en neblina. Lo cubre una lluvia que cae a trompicones. El temporal se alarga indefinidamente. No vemos el sol desde el sábado.

En la autopista, un patrullero bloquea la pista y asistimos al espectáculo de un carro triste, cubierto hasta la mitad en un charco de agua. Algunos estacionan su auto a un costado, las llantas clavadas en el fango. Trato de esquivar las patrullas, los bomberos. Nos desvían hacia la autopista. Todo se ve con una luz distinta bajo el charco de esta lluvia.

Anoche se detuvo por un momento. Caminábamos hacia la espalda del edificio agarrados de la mano. Todavía me pregunto qué es lo que me hace reír tanto. No es su risa, no es su mirada. Le digo que por momentos creo estar metido en un sueño. Tanto manejar para volver a quedarnos estancados en el tiempo. Varias tazas de café. La rutina de la pantalla en blanco, la falta de azúcar. Manejando a las siete de la mañana por la autopista a Westchester, enmedio de la lluvia, nos damos cuenta de que el planeta se ha paralizado.

Tienen un aire de pueblito los restaurantes de los suburbios. Hay tanta gente sonriente. Hemos cambiado los tamales peruanos por un par de omelets. Los chicharrones por un par de tostadas. Hace un mes y medio se salió el río y los sótanos de los edificios de las calles de los suburbios quedaron debajo del agua. Por la avenida Mamaroneck, entre los autos estacionados, circulaban los botes rescatando pasajeros. He quedado satisfecho con el jugo de naranja.

El sábado era un breve episodio de primavera. No importaba si el viernes todos reclamaban ¿Qué ha pasado con el invierno? ¿Por qué se ha quedado tanto tiempo? Yo recuerdo que el verano duró hasta mediados de enero, así que no me quejo tanto. Tal vez es mejor recibir la primavera por episodios, en avances. Al final el frío siempre se termina yendo y nos quedamos con los aires acondicionados y el sudor.

En mi primer episodio de primavera estuve leyendo los Versos Satánicos. El famoso episodio del capítulo 2, -que alguien en clase dijo que podíamos pasar por alto-, resulta siendo muy interesante. Es la historia ficcionada del nacimiento del Islam, la guerra entre las tribus que no querían a Mahoma y su religión de un solo Dios. Baal es una especie de rapero, un talentoso Eminem contratado por el jefe del pujante oasis para que dedique sus mejores versos a atacar al mensajero de Alá y a sus cuatro tristes seguidores. He abierto el tomo 3 de la Historia de las Religiones de Mircea Eliade y leo la breve biografía de Muhammed. Coincide con la ficción. Eliade recalca la importancia de Mahoma: es el único creador de alguna de las cuatro religiones modernas de importancia del cual se conserva una biografía casi completa. Su estudio permite estudiar cómo se crea una fe, cómo se establece una religión y cómo esta se esparce por el mundo.

Me imagino que es como el marxismo. Nace de un hombre y una idea poderosa que resuelve un problema de actualidad. El problema con las religiones es que es más difícil de probar si funciona o no funciona. No es como derribar un muro y probar con las estadísticas de cuanto te demorabas antes en instalar una línea telefónica o en hacer la cola para el papel higiénico. A las religiones sólo hay que tenerles mucha fe.

De todos modos la prosa de Salman Rushdie es funcional, la historia es hasta cierto punto ágil y queda la buena impresión de estar siempre aprendiendo algo nuevo. Si bien sea cómo funciona el aparato de las estrellas Bollywoodenses y las relaciones patriarcales en Bombay. Pero lo de Mahoma ha sido suficiente. Me alegra saber que estoy llegando a la página 175, donde tengo que leer hasta mañana martes antes de la clase. No había leído nada mientras avanzaba con la lectura de Middlemarch y con mi propuesta de investigación sobre Amalia Elguera.

A medianoche, tratando de escribir, me acordé otra vez de las risas y de los ojos y volví a la cama para darle un beso. Después me fue más fácil regresar a la computadora, a resumir mi propuesta de investigación. Se refrescó la memoria sobre algunos puntos que había leído entre sus papeles, diarios, capítulos mecanografiados y conferencias manuscritas. Leo entre mis apuntes que Elguera dedica una charla y muchas páginas a estudiar a George Eliot páginas a las cuales claro, ahora me gustaría volver.

Elguera tiene una tragedia sobre los momentos posteriores al duelo entre París y Menelao. El rey y Héctor instan al príncipe a devolver a Helena y este se niega con la misma frialdad con la que algunos ladrones se niegan a devolver el billete que se te ha caído del bolsillo momentos antes. No le importa haberse salvado de morir gracias a la providencia. No le importa que si no entrega a la mujer por la que toda una escuadra de griegos fue mandada a la muerte, la ciudad sea devorada por las llamas. Tampoco le interesa el amor de Helena, sólo su engreimiento justifica su fechoría.

Hay otro ensayo sobre Dante, donde Elguera descalifica a Marx por haber citado mal a Dante en El Capital. No sabía que Marx era fan de la Comedia. Sospecho que tal vez hubiera podido conversar de libros con Borges, entre mordida y mordida, citando al poeta y Borges mirándolo entre la neblina de sus legañas sospechando que si bien el gordo había leído a Dante, lo cierto es que lo había leído muy mal.

Un nuevo invierno, 8 de marzo


Al comenzar enero me quejaba porque estaba haciendo clima de verano. Poco después de salir a conocer la estación de tren en Riverdale, disgustado por lo grueso de los blue jeans, Miguel llamó para decir si no quería trabajar el domingo en el club de golf. El mundo estaba loco ¿Caminando en polo y extrañando un short? ¿Golf en los primeros días de enero?

Pero haciéndole caso a los que presagiaban malos tiempos, el invierno llegó. Ya cayeron varias nevadas y las temperaturas en estos dias siguen alrededor de los 18 F (-15 C ). Ya perdí un par de guantes y un gorro de lana en el metro (lo usual son dos pares por invierno), ya tuve que palear nieve y hielo para sacar mi auto y patinarlo de una a otra vereda. Anoche hacía demasiado frío dentro del departamento y las pístas amanecieron otra vez cubiertas de nieve. Así que podemos decir que el invierno y yo ya estamos parches. Ya estamos marzo. ¿Dónde está la primavera?

Pasando a otra cosa, no mencioné nada de mis lecturas de In Memorian de Tennyson. En la misma clase de Victorian Poetry and Poetics donde estuvimos leyendo a Matthew Arnold. Tennyson se demora diecisiete años para escribir lo que a Arnold le tomó unas cuantas líneas en Dover Beach. La decadencia de la fe, el advenimiento de una era que prometía calamidades y cambios impredecibles. In Memorian es un auto bombo a Tennyson y a su arte poética (¡Autobombo!, geniales los peruanismos). Bellísimo para los cánones de su tiempo, intragable para los de hoy. Hay líneas bellísmas. Es cierto. La reina Victoria llegó a decir que In Memorian era el segundo libro más importante escrito en la historia de la humanidad. Bueno ¡Qué diablos sabía de libros la reina! Y la Biblia es muchísima más interesante. Sólo el capítulo de Noé y sus relaciones con las hijas tiene cosas más interesantes que contar que Tennyson. No hablemos de los nuevos testamentos. Lo que deben haber sufrido los primeros escribanos tergiversando los testamentos para que todo coincida. Para borrar a María Magdalena. Ahora, leo en el New Yorker, James Cameron viene a decir que se encontró la tumba de Jesús. Con sus padres, su hermano, la Mariamne y su hijo Judah.

¿Y si no hubiera resucitado? Pues se cae todo el edificio católico. ¿Se cae? Estuve leyendo un libro que cuestiona la existencia de Dios y pone en duda a todos los que dicen que el mundo estaría peor si no fuera por la religión. No sabía que en algunas parroquias de EEUU se cantaba el Imagine de John Lennon censurando la parte Imagine NO RELIGION.

Lo que hay que escuchar.

Tuve un sueño en el que nadaba en alta mar en una corriente escandalosa, con mi hermano Nicolás. Al querer regresar encontraba un muro de alambre altísimo. Lo trepé y me lancé al otro lado, a seguir nadando. ¿Dónde se quedó Nicolás? Si hay algún psicoanalista por allí que me de la interpretación del sueño. La escena era fabulosa. He tenido un montón de sueños rarísimos por estos días. Algunos muy interesantes. El problema es que sólo recuerdo fragmentos.

Alejandra llama para quejarse que nadie la quiere sacar al cine. Prometo llevarla uno de estos días con Frances. Es muy raro que Alejandra llame siquiera a decir hola. Ayer escuché el podcast de Poetry magazine y había un poema interesante (pero no creo que tan bueno como lo pintaban, sobre el Report to the Academy de Kafka. Tengo que leer a John Ashbery, he escuchado su nombre bastante en las últimas semanas. Tengo que empezar a leer el libro de una nigeriana para la clase de Literatura anglófona en el mundo, tengo que terminar el ensayo sobre Neuromancer, tengo que hacer un comic para una antología del comic peruano, tengo que mandarle un ensayo para Hueso a Don Abelardo. Tengo que mandar una lista de los mejores prosistas peruanos. Tengo que hacer algo con mis libros. ¿Ponerlos en un storage, por mientras?

Toby nos mira en la mañana desde la alfombra, contrito, silencioso y con las orejas congeladas. Como decía al principio, el invierno y yo ya estamos parches. ¿Dónde carajos está la primavera?

The God of Small Things

 

This is my review for the class English and the Anglophone World.
The book is The God of Small Things by the Indian writer Arundhati Roy.

 

The clue to Arundhati Roy’s story is in this passage taken from the khatakali episode. As a kathakali dance, Roy mixes real life and mythology to create great story:

The Great Stories are the one that you heard and want to hear again. The ones that you can enter anywhere and inhabit comfortably. They don’t deceive you with thrills and trick endings. They don’t surprise you with the unforeseen. They are as familiar as the house you live in. Or the smell of your lover’s skin. You know how they end, yet though you listen as though you don’t…In the Great stories you know who lives, who dies, who finds love, who doesn’t. And yet you want to know again (Roy, 218)

The novel is a Heart of Darkness where you have to enter with your heart on your hand. The plot of The God of Small Things develops in circles around a single event, a single day. The novel is made of small things, significant things. All of them together build the whole drama.

There is a villain who loves, Baby Kochama who still writes I love you in her diary, many years after the death of Father Mulligan. And there are lovers who are villains: all the other characters. From the ambassador Estha «Elvis» to the Ambassador Rahel, from Velutha to Ammu or the laconic Sophie Mol. Everybody loves and everybody kills in their own way. And even some of the most pathetic stories of love in this book are full of sadness and crime at the same time.

Is it a tragedy? Is it a love story? Both of them. A tragic love story. A Romeo and Juliet with Indian flavor, with a river and magnificent secondary characters. It is difficult not to get surprised by some of the turns of the plot. I was amazed by the narrative of Margareth Kochamma and Chacko’s first encounter. And through the whole episode after the death of Velutha and Sophie Mol, as a good optimist, I was looking for the pony too.

There is play with destiny. The unavoidable destiny where all the characters are conducted by their own choice. As Rahel and Estha noticed, they choose to save Ammu, comdemning Velutha. Velutha choose to condemn himself, loving Ammu.

The drama of Rahel develops through the whole book. They are the more developed characters, the most intriguing. However, the big tragedy is Ammu’s one. The episode at the end, the full description of Ammu and Velutha’s first sexual contact, after the recitation of the whole tragedy, serves to reaffirm the triumph of love over death, if not in real life, at least in the mythical world.

La carta más hermosa del mundo


Antes de que se acabe el dia, déjenme compartir extractos de una carta preciosa que me acaba de llegar. (Solo omitiré algunos detalles muy personales)

Dearest Ulises:

All day long today I have been telling myself that you are absolutely
perfect for me. My students wanted to know how many sugars were in my
coffee, because I was so smiley. My officemate asked about you, and I
could just feel this uncontrollable grin on my face. She must have seen it
too because she wished us good luck.

During class, my students were roudy, and I knew it was because I was
exuding this devil-may-care attitude, as in: Who cares!? I have
Ulises!

I wanted to write this letter to you because I wanted to share with you
how blessed and lucky I feel to be with you, to have found you, to not have
been successful in pushing you away…Lucky because I finally let you kiss me!

It is the little things that make me grateful to know you and to be
alive. I love your little slits of brown eyes (brown light) peeking through in
the morning. I love how you cross the studio to say to me “Tell me, mi
amor.”

I love the way you do little things backwards, but with love, like the
shower curtains, the cuisine art, the coffee cup in the pots and pans
cabinet (you put that there, not me!).

I love the way you pay close attention—you listen, you watch, you exude
love. You have become my reason for living. Is this bad? Is it
enough to turn my fiancé away? I love you. I am excited to spend the rest of my
life with you. And I know you are too.

We have the same career goals, which is a blessing, because I know what
kind of support you need to be successful—you need the same things I need,
that you give! The reciprocity of us is one of the most beautiful things
that we have. We make good bedmates; we keep each other warm, both literally
and figuratively.
When I told mom we were serious, she asked me does he want to be with
you all the time? And I said «YES,» and «me too.» So apparently this is
what love birds do.

You are so intelligent. You live in the present. You can do
anything. I admire you in a way that I have never admired anyone else. I want to
be like you, I want you to admire me. I know you do, and this is more
meaningful than anything else because it means the most coming from
you.

You, who speaks many languages, who had one career already, who is
brave and confident and happy. You who gives all that you are all the time,
everyday.

Thank you.

I am writing this outside of your classroom (because I am cutting
Jacques, long story, wrong venue), watching you teach.
You look like you are good at it.

Love,

Frances

La mejor manera de empezar el año

Siempre pensé que la mejor manera de empezar el año era en una casita de madera frente al mar. O, en todo caso, en una carpita acogedora frente al mar. Siempre frente al mar.

Que sorpresa darme cuenta que uno de mis mejores fines de año, lo he pasado al lado de las montañas, bastante lejos del mar. Bueno, eso sí, en una casita de madera.

A Frances la conocí en mi clase de graduados en literatura inglesa. Ella es profesora de inglés en la universidad Bronx Community College de CUNY, graduada en educación de Columbia University y actualmente una indecisa que no sabe si hacer su doctorado en educación o en literatura (parece que literatura va adelante en las apuestas).

«La conocí vendiendo ají en La Parada» dice el valsecito criollo. A Frances la conocí mejor cuando la invité a bajar a la cafetería de la facultad a comprar un cafecito antes de la clase. La conocí mucho mejor cuando le pregunté (oh valiente yo) si conocía algún restaurante de sushi en el Bronx. Dio la casualidad que su restaurante favorito es uno japonés en su barrio, Riverdale. Da la casualidad de que uno de los barrios que me gustan más en el Bronx es Riverdale. Así que nuestra primera cena juntos fue un sushi en Palace of Japan en Riverdale. Nuestra primera película fue Volver de Almodóvar en el Lincoln Cinema y la primera vez que nos doblamos de risa juntos fue escuchando El Burrito Sabanero (Tuki, tuki tuki tuki) en un restaurancito de Riverdale.

A pesar de todas esas buenas coincidencias, no pensé que, apenas 12 días después de habernos conocido mejor (es decir: besado, etc, etc, etc) iba a pasar junto a ella uno de los mejores días de año nuevo de mi vida, en una casita de madera en las montañas (de Nueva York), conocidas como los Catskills Mountains, que si bien son una broma de tamaño frente a las cordilleras andinas, igual tienen su encanto.

La mejor mañana fue el desayuno de año nuevo, en la casita de madera, con unos delicados aperitivos en base a caviar y salmón ahumado y un sufflé que al parecer es la envidia de toda la región. El 2 de enero volvimos a NY, pasando antes por un pueblito que se hizo famoso allá por la década de los 70s: Woodstock.

Woodstock es lo más alucinante de la zona, con su colección de casas de hippies diseñadas y construídas por sus dueños, su festival de cine independiente y sus cafés que dejan respirar aire a libertad y a campo, a sólo una hora y media en automóvil desde la ciudad de Nueva York. Camino de regreso, pasamos por Ashokan, un gigantesco reservorio que es el principal surtidor de agua de la ciudad de NY y que parece un fabuloso lago artificial donde, previo permiso y licencia, se puede pescar truchas.

Así empieza el 2007, con una compañera que sonríe con los ojos, que prepara unos panqueques deliciosos, que se ha vuelto adicta a las tardes de natación en la piscina de Lehman y a los sandwiches de prosciutto en Little Italy en el Bronx; y que disfruta leyendo los argumentos de mi monografía sobre Ezra Pound y William Carlos Williams y se emociona cuando la llamo para decirle que encontré un paralelo entre Cien Años de Soledad y unas notas que encontré rebuscando en el diario de Mircea Eliade. Allí está el mar otra vez, alrededor de esta ciudad inmensa. Si no es el mar, es el agua de este río Hudson que veo ahora, en este atardecer desde la ventana de un apartamento en Riverdale, con el sol poniéndose en sus aguas templadas gracias a las temperaturas moderadas de este invierno de mantequilla.

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