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The New York Street

Un blog lleno de historias

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Lima

But there is no water

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(Don’t rain on my beach!)

–It doesn’t rain in Peru?

Of course there are places in Peru where it rains. There are beautiful rainy days in the mountains. And of course, we have the jungle.

However, that’s not the place where I grew up, Lima la Horrible, the gray one, la villa de polvo, the piece of land where I learned how was the life on Earth, the city where I never saw an umbrella but in cartoons and movies.

–Mom, the Peruvian coast is one of the most arid places on the world. They only get 2 inches of water per year, and most of that water is not rain but fog,  said Frances (she read it in 1491, that amazing book that old Sal, in Southampton, recommended me a few months ago)

The temperature of the Humboldt Current in the Pacific Ocean blocks the rain from the West. The rain from the East is blocked  by the peaks of the Andes. However, there is life (extraordinary life) in between the valleys created by the many rivers that come down from the melted ice and the lagoons on top of the Andes, all the way to the Pacific Ocean.

And there is no rain: Little lizards go under the rocks and the bunch of friends walk in line to the ocean, to the Pozo de los Compadres, where we are going to get fish, or get sea food, stuck to the rocks where the ocean splash into the coast, sea urchins stuck to the rocks on the bottom of the Pozo, and red crabs, hidden in between the huge black stones.

Sometimes it rains. And there, in the middle of the night in this town of the Peruvian coast called Silaca, everyone runs outside, and we help to put huge plastic bags on top of the roof remade every year with logs and totora straw. And we know now that we have El Niño, that current of hot water that once in a while, around Christmas, comes all the way South, bringing rain, a lot of rain, nightmares and destruction to these people not used to the abundance of water.

And that’s why I was surprised at 19, in Ubatuba, next to Sao Paulo in Brazil, when I saw sand, ocean and trees together, for the first time. And with the same awe, I bought a first umbrella in London, and I forgot it the same day, next to a public phone, when I called Lima from the Underground, and told my family, kind of amazed: It’s raining!

But sound of water over a rock

Where the hermit-thrush sings in the pine trees

Drip drop drip drop drop drop drop

But there is no water

(Eliot)

And here I am, waiting for the sun. Watching the leaves that hide the streets, the animals, the people who roam around this area in Long Island. From the airplanes you’d only see the jungle, the amazing arms of the trees, these people of the forest, surviving another storm, another summer full of rain.

There is rain and no beach (F**uck!)

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De maestros y de hombres

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“Fíjense en la pizarra. Así se escribe primero de mayo. En todos los paises del mundo, el primero de mayo es el día del trabajo. Excepto en los Estados Unidos porque este país cree que ésa es una celebración comunista. Por eso celebramos, en otra fecha, el Labor’s Day

Termino de darle el discurso a mis estudiantes y ya sé que debo hablar menos. A ellos no les importa lo que yo pueda decirles. Por último, están más concentrados pensando en qué momento les reparto la prueba sobre el imperfecto, el presente perfecto y el pluscuamperfecto del modo subjuntivo,  que en mis comentarios –tan fuera de lugar– acerca del día internacional del trabajo.

Algunos de mis amigos parecen recordar, con claridad,  frases y comentarios de sus maestros destinados a convertir su vida en un camino ascendente. Yo no.

Escarbando en mis recuerdos, en esas largas horas que pasaba frente a un pizarrón, sólo me llegan las memorias que me hacen sentir mal: esas lágrimas incomprensibles cuando por un error arruiné una prueba completa de ortografía, y la profesora Doris preguntó desde su carpeta por el inapropiado sonido de mi llanto; el día en que insulté a una compañera de la que estaba medio enamorado, llamándola gorda, y la profesora Zoila nos obligó a darnos la mano; la humillación frente a las barras a las que tenía que saltar y avanzar colgándome de dos en dos, y el profesor Atilio castigándome con dos vueltas completas a la cancha alta y a la cancha baja; la reunión, sentados en una banca de madera de color gris –todos mis recuerdos del colegio vienen con ese color– con el profesor Valiente, diciéndome que una de mis compañeras, una soplona, había descubierto mi intento ilegal por ayudar a un compañero a punto de repetir el año, jurándome que podían expulsarme pero que, para ser más justos, habían decidido expulsarlo a él.

Recuerdo también momentos ligeros, bromas como las del profesor Castañeda haciéndonos saber que la mejor manera de combatir una infección era orinando encima de una herida; o del profesor Barrientos, moviendo las orejas al mismo tiempo que sus cejas al grito de “¡Por la patria!” (Saber que lo botaron del colegio por venderle los exámenes a los alumnos, no disminuye mi fascinación por ese panzón que nos mostraba los fondos agujereados de su saco de terno y nos decía, mientras pedía que lo ayudemos a empujar su Escarabajo que no prendía, que también dictaba en dos institutos y daba clases privadas para cubrir sus gastos).

Hace unos meses, de vacaciones en Lima, me tropecé de casualidad en una rampa de estacionamiento con el Padre Gastón Garatea. Doblado y agotado, me miró sin reconocerme. Aproveché para declararle mi simpatía por su pequeña lucha contra el dictador de mal carácter y cuestionable hoja de vida que sujeta hoy las riendas de la iglesia católica en el Perú. No sé si recordaba que frente a su escritorio, él sosteniendo unas fotocopias de caricaturas de alguno de mis profesores más tontos, él me perdonó la vida. En realidad, reforzó mi impresión de que no tenemos que hacer todo lo que nos dicen las autoridades: burlarnos de ellos es la consecuencia de juzgar el mundo en base a otros principios. “Que no se entere”, me dijo antes de devolverme los papeles, con un gesto de entendimiento que se complementaba bien con lo que nos enseñaba en sus clases de filosofía, de las cuales–lo confieso– sólo recuerdo un nombre: Hegel.

He escuchado reclamos que lanzan quienes compartieron la escuela conmigo. Muchos profesores me dieron todo lo que sabían y todo lo que eran capaces de dar. Otros abusaron de su autoridad: el libidinoso del chato Mendez, un energúmeno apellidado Martínez.

Los veo a todos, en la memoria, caminando gastados por los pasillos de patio, intentando hacerse de la vista gorda antes quienes no portábamos la insignia o nos olvidábamos –a propósito– de la horrible chompa gris del colegio. Pobre gente. De todo su tiempo frente a nosotros, qué poco recordamos.

Y allí estoy yo. Una tarde del primero de mayo. Parado frente a la clase, con la camisa que me aprieta, el chaleco que me abriga, el tobillo que aún me duele y la cojera que apenas me permite ir de una carpeta a otra, entregándoles la prueba. Intentando inspirarles la pasión por un idioma que llena mi vida. En ese intento, sobrellevando mis propias taras, conflictos, deficiencias e inseguridades, he hecho el ridículo, más de una vez.

Tal vez sea mejor: que no me brinden demasiada atención.

La pobreza en el Perú

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Ayer, 21 de marzo, en la página editorial del New York Times , Marie Arana escribió un artículo acerca de las desigualdades sociales en el Perú (“The Peru kids left behind by the Boom”). Tal vez resulta ocioso insistir en este tema. Sin embargo, me es imposible evitar la tentación de insistir –machacar, refregar, llámenlo como quieran– sobre el problema más urgente de nuestro país .

Si bien la economía sigue creciendo (“booming”,  escribe Arana) este crecimiento ha beneficiado mayormente a Lima, pues para los 20 millones de peruanos que no son limeños, la falta de oportunidades aún es un problema grave.

¿Vamos a hacer algo para cambiarlo? Me parece que el gran atractivo que tenía la elección de Ollanta Humala, era la posibilidad de que se invirtiera la riqueza en programas de desarrollo a largo plazo, entre la población más vulnerable y en múltiples regiones del país.

En 2008, mi regreso a Perú después de 8 años, la gente de los lugares que visité me hizo notar que cerca de la próspera ciudad del Cuzco o de la floreciente costa piurana, una parte significtiva de la población aún vive en extrema pobreza, no tiene acceso a una buena educación y depende de ingresos mínimos e informales para subsistir.

En la misma Lima, cerca del cerro El Agustino, un tío sacerdote, comprometido en una misión jesuita, me señaló las disparidades entre la Lima floreciente y la gris realidad de sus parrroquianos.

Somos una sociedad injusta, pero la percepción era que avanzábamos para olvidarnos de ella ¿Hemos aprendido la lección?¿La mezcla racial, de la cual nos enorgullecemos, nos solidarizará con quienes aún tienen muy poco, o la vida limeña –con su cada vez más bulliciosa economía, oportunidades de inversión y oferta cultural– nos volverá insensibles a las carencias de quienes viven muy cerca de nuestras casas?

La bonanza económica no durará para siempre. El dinero debería generar desarrollo sostenible. Hoy hay más programas de apoyo social; el gobierno y la empresa privada parecen trabajar en esa dirección. Sólo me preocupa que no se haga lo suficiente, que estemos dejando para después un tema que necesita solucionarse ahora.

The New Year in Lima

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It was another New Year’s Eve.

My parents left around 10 p.m. They looked happy. They were laughing and celebrating already, waving goodbye from the car. We were waving goodbye from the house’s balcony.

They were going to their traditional party at  Club Rinconada and we knew waht that meant: They would stay dancing all night by the pool, to the music of some famous band. They would receive the New Year drinking champagne, yelling ¡Feliz año! surrounded by friends.

And we would stay there, every year in the same balcony, looking towards the horizon, waiting for the usual events :

10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2, 1…..

Blackout!

The sound of  fireworks (cuetes, ratablancas, rascadores, etc.) would interrupt the usual darkness in Lima, when welcoming the new year.

Immediately, we climbed the staircase to the house’s roof, and we stayed over there, fixing our eyes as far as we could,  trying to find out how big was the darkness covering Lima…

Sometimes,  we could still see the light and hear the violent noise made by some new explosions: Somewhere in the mountains surrounding Lima, the designated soldiers of the  Shining Path would use dinamite to bomb as many as possible of the towers that carried the electricity to the capital. The Shining Path-and his leader: Abimael- loved to remind us of the war they were fighting against the government, not too far away from Lima.

We stayed asleep until everything looked dark and calm, and then we went to bed.

Some yearsa maid was in charge, she made sure that we were sleeping. Sometimes it was a cousin who lived nearby and came to stay for a while with us. I was maybe 11, my brother 10 and my sister 7. We knew that Rinconada had a generator and that a total blackout was not going to ruin my parent’s wish to celebrate. They worked very hard the whole year. My father had 2 jobs during the weekdays and was starting a business with my mother’s olive trees during the weekends. We were very excited to see them staying out all night.

The next morning I was awake very early. I loved to be the first to see their white Toyota station wagon from the house’s balcony. Sometimes my dad honked loudly.  He opened the door,  my mom looking sleepy but smiling, still wearing the yellow hat and making noise with the pitos and matracas from Rinconada. They usually had breakfast with aguadito at 5 inthe morning, danced a little bit more and were some of the last ones to leave.

After their arrival, I used to go outside, to the silent street during the first hours of the new year. I liked to search in the front yard of my neighbors for cuetecillos that hadn’t explode. I got matches and make the cuetecillos explode on the sidewalk, just to make some noise. My mom and dad gave us then a big hug ( I don´t know where did they get the energy), and offered us to get ready to go out to have some breakfast, to celebrate together the arrival of the New Year.

The streets were quiet and I was extremely happy.

Fábula de Lima

Vivo en esta ciudad, rodeado de gente generosa

Vivir con un pie en dos universos distintos, algo que yo he conseguido (no sé muy bien cómo) creo que equivale, forzándolo un poco, al género fantástico. Es una experiencia que requiere reglas nuevas, precisa procesar y aprender nuevas posibilidades de error. El tema se me aproxima porque esta semana dos personas de zonas diferentes de mi vida, ambas radicando en el Perú, me han preguntado si Lima me gusta y si yo podría regresar a vivir en ella.

La respuesta, me parece que bastante aproximada a la verdad, es que Lima me encanta pero prefiero vivir en los Estados Unidos.

Si yo tuviera en Estados Unidos una situación económica estable (digamos un gran trabajo, una familia formada y un grupo numeroso de amigos) esta respuesta tendría bastante lógica. Una lógica basada en las posibilidades de encontrar la felicidad, de superarme profesional y personalmente, etc.

Pero no es mi caso. Si bien mis trabajos me gustan, ambos son tan inestables como los que algún día llegué a tener en Lima. El dinero, lo digo convencido y crédulo, no es una de mis motivaciones principales en la vida. Me parece que en breve podría acomodarme a las condiciones de esta sociedad que me abraza con afecto. Me siento a gusto en estas calles. Tan o más a gusto que en Nueva York, en Peekskill, en el Bronx, o en Brooklyn, los espacios donde me ha tocado sobrevivir la mayor parte de mi vida en los Estados Unidos.

Mi esposa, mi mitad, la persona que me falta cuando viajo solo, como esta vez; ha sido tan bien adoctrinada en los usos de los peruanos, ha concientizado tan bien la enfermiza costumbre de atribuirnos infinitas cualidades atribuibles meramente a nuestra nacionalidad que me imagino que sería capaz (en una eventual mudanza) de acoplarse a Lima. Esta ciudad, cuya desigualdad e inseguridad me espantaban hace muy poco, tal vez merced a mi periódica aproximación, se ha convertido otra vez en la metrópoli asombrosa por la que yo transitaba, sin reclamarme otra, durante mis primeros 28 años.

Y no. No me gustaría vivir otra vez en Lima. No me parece ninguna tragedia aquello de no ser “ni de aquí ni de allá”. Mas bien me parece que  aquella característica, ese igrediente, es el que yo buscaba al partir. De algún modo, aquella cualidad -que muchos considerarían un defecto y una tragedia-se ha vuelto parte importante de mi personalidad.

Esta semana, también me he forzado en dos ocasiones, ante dos amigos diferentes, a reconocer mi egoísmo. Ese reconocimiento, que duele, pero que necesitaba; me pone a distancia de las personas que amo en este país, las que me conmueven cuando converso con ellas, cuando las abrazo o las hago reír: Ellos son tan generosos. Me hacen amar Lima. Sus actitudes me recuerdan esa parte de mí que a veces salta convencida de que se puede ser cariñoso, caluroso, amoroso y sentimental. Yo también, a veces, puedo ser así.

Este fin de año, por primera vez, me podría poner encima una camiseta que dijera Yo amo a Lima. Y subiría a sus omnibuses repletos, manejaría con paciencia observando con curiosidad los rostros congestionados y renegones por el espejo retrovisor. Mantendría mi distancia de los camiones que botan humo negro y me haría un poco de la vista gorda ante las desigualdades que aún nos aquejan. Comería con ganas. Tal vez llegaría al colmo de mantenerme a dieta, en Lima, para verme bien en ella, como parte de su paisaje: un limeño más sin panza entre sus calles.

La generosidad de mi familia y mis amigos son las que me definen. Sin embargo, yo no soy como ellos. Adoro vivir con ellos (¡Quién no!) pero un carácter cerrado, que adora la individualidad y que aún se cree capaz de avanzar por el mundo a solas (un egoísta) se siente más a gusto, creo entenderlo así, en el otro universo, en Nueva York.

Los artistas que se venden

El paraíso del diablo, de Christian Bendayán. Premio nacional de cultura 2012.
El paraíso del diablo, de Christian Bendayán. Premio nacional de cultura 2012.

Nos estamos quedando sin espacios para el arte, dicen los que saben. Es un tiempo sombrío para la literatura de autor, dice alguien que sabe lo que es trabajar durante años y años en un proyecto para que te maleteen apenas lo publicas; nuestra cultura debería de darnos asco, dicen las pintas en los muros del Facebook; el pueblo se está acostumbrando al espectáculo y desacostumbrándose a pensar, dice el Premio Nobel.

Sin embargo, visto desde el exterior, pareciera que en el Perú hay una saludable movida cultural. La aparición –uno tras otro– de espacios de discusión en Internet, más lo que se mueve entre  las redes sociales y las páginas de quienes empiezan a trabajar o prosiguen con sus diferentes ambiciones artísticas;  presenta la ( ¿ilusión?) de que el arte está más presente que nunca entre los peruanos. Gran parte de este impulso viene del contacto: viajamos más, miramos más hacia afuera (y mezclamos con lo de adentro), nos preparamos más; y poco a poco la mediocridad que antes campeaba en muchos de los productos artisticos, donde se solía premiar lo peruano por ser peruano y siempre tomar en consideración los escasos recursos y el esfuerzo titánico del pobre artista, empieza a perder espacio.

Tal vez quienes más se quejen sean quienes estemos acostumbrados (o deformados) por una visión estrecha de lo que es el arte.

Me explico: buscando arte en el Perú yo veo historietas, ilustraciones,  revistas de crónicas, teatro de improvisación, fotografía urbana, publicaciones varias, de todo tema y en formatos novedosos; estampados en camisetas y grafitis en lugares públicos, pinturas que retratan las diferentes personalidades de nuestra patria y que se distancian de los patrones occidentales del arte, animación, videos experimentales, películas no comerciales que tocan temas tabú, o que se enfilan hacia el cine bien hecho de corte ultra comercial: los espacios viejos desaparecen pero se crean nuevos géneros, los peruanos creamos. De otra manera, pero seguimos creando. Incluso los nuevos espacios de crítica y discusión en Internet son una muestra saludable de que tenemos temas de los cuales hablar: poetas que criticar, novelistas que maletear, blogueros que pisotear,  pintores que lamentar.

Si bien, muchas veces, estos artistas no llegan a aparecer en su pantalla chica–porque los buenos artistas muchas veces son pésimos vendedores–la verdad señores es que, comenzando el siglo XXI, pareciera que el Perú sí tiene talento.

Y que siga la función.

El significado de la Navidad

Los cuetes no podían faltar en la Nochebuena de Lima.
Los cuetes no podían faltar en la Nochebuena de Lima.

Mi tío Santiago. ¡Qué seriedad! Con esos anteojos de marco dorado, y esas cejas semifruncidas, pareciera que estaba a punto de gritarnos o reclamarnos algo. Y de pronto,  aparecía en el jardín, parsimonioso. Con el cigarrillo encendía un paquete rojo de cohetecillos; y paso a paso, sin miedo, esperaba que la mecha estuviera en el punto preciso para lanzar el paquete al jardín donde los cuetes, todos al mismo tiempo, empezaban a reventar.

¡Feliz Navidad!

Por más que he leído crónicas y escuchado testimonios de otras gentes, de otras latitudes; por más que he participado en la celebración con otras familias con otros credos, más regalos y muchas más fotos; no soy capaz de entender la Navidad sin esa explosión  simultánea. Ese jolgorio empaquetado en China. Hasta los 27 años pasé 26 Nochebuenas con mi familia, en Lima. La única fuera de Lima, la recibí en Jaquí, Arequipa. Y la noche tal vez hubiera sido tan memorable como las otras, si al sonido de las 12 campanadas que anunciaban la medianoche no hubiera yo entrado corriendo a la casa y colisionado frente contra frente con mi hermano que salía. Después, los otros años, allí estaba el tío Santiago en el jardín,  con sus múltiples paquetes de cohetecillos chinos.

Y el tío Pancho, con otro estilo: cogiendo el cartucho de las bolas de colores apuntando al cielo. Esperando que empezaran a volar una por una, que la oscuridad limeña se coloreara para él y su familia. Y también, como si la Navidad fuera una competencia de valentía, el tío era experto en reventar cuetes en la mano. Prendía uno con la punta del cigarrillo y lo sostenía entre dos dedos, con el brazo estirado.

¡Pum! Qué valiente que es mi tío.

Navidades: música de villancicos, olor a chocolate caliente; sabor de panetón. Y en mis memorias instantáneas, las peleas fingidas con mi padre, agarrando cada uno una pierna de pavo–a lo Picapiedra–, listos para el duelo de las 12. Las guirnaldas en el árbol, el nacimiento con un pedacito de algodón cubriéndole el rostro a la pequeña figura de Jesús. ¿Los regalos eran importantes? Supongo que sí. Sólo así se explica el misterio con que se escondían los obsequios en la casa de mis primos vecinos; sólo así la preocupación de mamá y papá por ordenar con mucho tiempo el último de los placeres: el Atari (o las bicicletas, o el futbolín de mano)

De vez en cuando me encuentro con personas que sobreviven a la Navidad con melancolía. Para ellos, los recuerdos no les obligan a nada bueno. Tal vez soy un buen destilador de malas memorias. Si he llorado por quienes estaban lejos, no lo recuerdo.

Me sentiré afortunado si podemos estar otra vez, juntos a la medianoche. Entonces, guardaré con cariño los recuerdos, para que me acompañen cuando no estemos todos. La Nochebuena es la ocasión inventada para probarme que tengo fe. Es mi fiesta consagrada a la memoria selectiva; una excusa–válida–para recordar que, como decían las Azúcar Moreno: sólo se vive una vez.

Mundo color chicha

chicha

Escuchaba solo música de combi

Suave camay amigo, ponte al toque, lleva conmigo, sube al chévere

Remoto tenor, maldito pies de plato, bolsa de heno

consagrada a tu frío.

La ciudad cosecha vientos que soplan en 1980 sobre la pampa desierta

entre el Cerro San Cristóbal y la Circunvalación

perros pálidos, lentos, como pesas con hambre

olvidadas por sus dueños, libres para encontrar la muerte

A su lado, esos niños descalzos y resistentes

Detrás, el humo negro de la chatarra:

Esa sensación llamada Lima.

Causa, sube y no me converses,

saco la chaira ¿sabes?

tengo filo en las uñas

causa, causa, causita

¿Has visto mi cicatriz? Me la hicieron en Luri

Guarda con avisarle a nadie. Sigue tranquilito.

¿Qué es un niño que camina con miedo?

Un encuentro afortunado con la realidad

Chispa que divide a quienes entienden lo que sucede

y los que viven alterados en una casa de paja,

frente a la tele

¿Con qué concha te atreves?

Un dolor en el estómago porque el puñetazo había perforado mi barriga

¿Así se muere?

Aprendemos a vivir a golpes,

¿y quienes reciben la puñalada antes?

Antes del necesario choque protector.

Dicen que no hay que comer pescado

pero si ayer nos hemos atragantado un cebiche

Ojos de sospecha, tal vez acostumbrándonos a la idea

de que en este lugar es tan fácil morir.

Luego descubrieron que solo los pobres mueren del cólera

El divino protector extendió su manto invencible

sobre mi familia y mis amigos

mi casa de paja

mis vecinos,

sobre mí.

Choleando, choleándonos

Discutiendo la "raza" peruana.
Discutiendo la “raza” peruana.

El documental Choleando, iluminador reportaje, es una entrada feliz y necesaria para quien esté interesado en la identidad peruana.

“En el Perú hay mucho racismo” concluye una reportera, tras sus entrevistas en la calle. A quienes nos toca el tema, nos ha bastado la observación empírica (reforzada por el testimonio de una reportera de Media Networks para quien sus órdenes siempre eran: “que no salgan marrones”) para decir lo mismo.

Sin embargo, uno de los entrevistados reclama: “No hay racismo porque las razas no existen”.

En ese momento, Choleando investiga–en la sociología, la lingüística, la psicología–para explicar el “racismo” desde la razón. Porque el “choleo” es tal vez un problema más grande que el de las supuestas razas.

Las razas no existen. Son construcciones mentales, basadas en apariencias, con el objetivo de incluirnos en un grupo y excluirnos de otro. La belleza no tiene que ver con los fenotipos: nos lo dice un cirujano plástico, que nos explica las milenarias fórmulas de la estética griega o renacentista; y nos lo confirma un brichero y una brichera que atestiguan que a los hombres y mujeres blancas que llegan en manadas al Cuzco les aloca el color de piel cholo, el olor cholo, el cabello cholo.

Una italiana sufre porque la piropean “como si fuera un perro” en las calles limeñas; una peruana negra nos dice que está cansada de que la crean jamaiquina o cubana; una congresista puneña nos explica que nadie le hace caso en la cola de los hospitales, que la ningunean mientras dejan pasar a otras mujeres que lucen occidentales.

Si bien reconocernos parte de un grupo y ponerle a otro grupo características negativas basadas en sus rasgos físicos, es una tendencia humana; las leyes tienen que evitar que se discrimine y se ofenda con impunidad.

Choleando conversa con un ejecutivo del INDECOPI (del área de protección al consumidor) Enseña los videos difundidos por el programa Panorama, a la entrada de la discoteca Café del Mar, de propiedad del jugador del Bayern Munich Claudio Pizarro; donde los porteros niegan el ingreso a una pareja de resgos mestizos; mientras dejan ingresar a otra de rasgos caucásicos. Café del Mar fue clausurada por seis meses y multada–por ser reincidente–por 241,500 soles (US$93,000).

El racismo es una forma de discriminación asentada en sociedades estamentales. El racismo es ignorancia; y es también un esfuerzo desesperado por impedir la movilidad social.

Choleando concluye que el racismo está en retirada en el Perú. Poco a poco, el éxito de individuos de raza mestiza hace que las voces “racistas” se apaguen. Hoy, por fin, quienes sufren la discriminación sienten que la justicia está de su lado.

Se podría acelerar el proceso de eliminación de esta torpe herramienta de control social: denunciándolo. También invirtiendo en infraestructura educativa y luchando contra conductas racistas que llevamos incorporadas en nuestra personalidad.

Los desastrosos videos de Alan García, usando en sus discursos la variada gama de sus estereotipos sobre los seres humanos de los Andes, de Europa y del África; es una muestra perfecta del racismo manifestado sin ningún autocontrol.

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