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The New York Street

Un blog lleno de historias

Autor

ulisesgonzales

Writer. Editor of the literary journal Los Bárbaros (New York) and Las Furias (París). Editor at Chatos Inhumanos Publishing House (New York). Professor at the Journalism and Media Studies Department, Lehman College, CUNY, Bronx.

Acerca del peligro

En ese bar de jóvenes con corbata y con camisa abierta, antes que amanezca, uno de los de camisa abierta tendrá sexo con la mujer de uno de los de corbata.

Algunos escritores le echarán la culpa al alcohol, a la iluminación y a las largas colas para entrar al baño. Escribirán sobre la soledad de los bares neoyorquinos y el color gris de las relaciones personales en aquella ciudad.

Sin embargo, ninguno podrá escribir acerca de cómo se las arreglaron sus sexos necesitados de intimidad entre tanta gente. Tampoco acerca de la urgencia con que aquellos recuerdos vuelven, mientras ambos envejecen calmados, bien emparejados y fuera de peligro.

Compañía.

En la sala de un hospital una mujer fuma un cigarrillo. Los doctores la miran impacientes pero no se atreven a decirle nada. Su hijo ha muerto, su hombre está en cuidados intensivos, esperando la misma suerte.

Uno de los doctores es joven, ha terminado una cirugía complicada y mientras rellena los papeles antes de irse para casa, mira los labios de la mujer y el humo que flota entre ambos. No sabe de qué rincón de su memoria salen las palabras, pero son de consuelo y le salen fáciles. Se acerca hasta donde ella y se las dice. No hay necesidad de más, allí sobra el cigarillo. Ella encaja su cuerpo con el de él, con ese hombro que está listo para las lágrimas.

Cuando los doctores la buscan para darle la mala noticia ella está más calmada. Hay varias colillas apagadas en el suelo y en su bolso tiene un pedazo de papel con un número garabateado. El del único hombre en la ciudad que gustosamente se tomaría con ella una cerveza.

Los avaros

El toro ha caído al suelo con estrépito y a su caída se han iluminado los postes que llevan hasta el paredón.
Allí han asesinado a muchos de los avaros, los han metido en bolsones de yute y han vaciado las metralletas en su carne.
Las bolsas de los avaros ruedan cubiertas de sangre por las calles mal iluminadas de la ciudad, algunos detectives empiezan a seguir sus rastros pero ninguno puede dar con las huellas de las manos detrás de los gatillos. Todos llegan hasta el sonido del toro y en vez de contentarse con un espectáculo tan horrendo y vistoso al mismo tiempo, se vuelven avaros y quieren solucionar los crimenes.
Siempre terminan sorprendidos en una esquina y en bolsas de yute, donde esperan la muerte hasta el amanecer.

Érase una vez un hombre

Érase una vez un hombre, cómodo de brazos y de ojos, bello de piel y armado de voluntad ligera. Difícil de convencer, valiente, vigoroso y talentoso para resoplar vida y espantar los muertos.

Vivía en una isla y resoplaba por las mañanas su café, adornaba de humo caliente las escaleras de los autobuses, las gangrenadas estaciones del metro. Cogido de los pasamanos turbios de los carros de los trenes frenéticos, caminaba por las calles llenas de humanos como él. Vivía bien, comía bien, amaba los libros y los paisajes urbanos, las pequeñas cosas que sucedían entre las comisuras de los edificios, a las sombras de las nubes que entretenían sus mañanas pausadas de media semana.

Sus pasos eran pequeños y su tiempo bien dispuesto le daba para conseguir dinero, conseguir placer, entretener el alma y el cuerpo. Ambos eran poco exigentes: su angustia de conocimiento se calmaba entre las mil y una historias de los anaqueles pesados de las bibliotecas; y el cuerpo se aligeraba de culpa con charlas largas con mujeres hermosas, tardes de cine y camas tibias donde purgaba las pasiones con fervor de aficionado y; algunas veces, la sangre se le calmaba sólo con la contemplación del pasado, la revisión de viejas fantasías, la paciente búsqueda entre memorias amarillas en otros continentes y en otros años de su vida.

¿Ambicioso? No lo era. Si bien le gustaba imaginarse todopoderoso y eligiendo sus playas y sus vuelos de verano. Sabía que las pocas cosas que lo hacían realmente feliz no tenían precio y estaban muy al alcance de su mano. Era independiente y fraterno, simple en sus gustos y en su apreciación de la vida que lo había tratado mejor que lo que él la había tratado a ella: todas sus cicatrices eran auto infligidas, marcas con algo que decir, pacientes testigos de sus búsquedas.

El hombre conoció a una mujer. Vestido de largo traje y con libro en los bolsillos, una noche el hambre lo colocó en el lugar indicado y encontró a la muchacha que dirigía a las multitudes y examinaba a los viajeros. Se acostaron en Navidad, le hizo feliz su olor a hembra y a ella le encantaron las cosquillas que ablandaron las dudas de su departamento. Examinaron las cuerdas del puente de Brooklyn viendo pasar los galeones para turistas. Se dieron la mano al final del camino, cuando ella respiró deseo en su oreja por última vez. Enderezó sus huesos y le prometió mejorar sus opciones en un próximo encuentro. El amor se convirtió en su excusa.

Érase una vez un hombre que nunca usaba los dedos para saber de dónde venía el viento. Una isla lo veía salir por las mañanas agarrado de los bolsillos del pantalón, lidiar sin pasiones por los asientos vacíos de los autobuses, concentrado más en la lectura; y caminando por las veredas ligeras al lado de las tiendas, los cafecitos, las puestas de sol que devoraba algún río más allá de las puntas de los edificios que lo cobijaban.

Érase un hombre convencido de que nunca jamás podría ser una isla.

Foto:Flickr.com

La vergüenza

La vergüenza ¿Qué cosa era la vergüenza? pensaba Coliflor Rojas, rojo de ella, frente a la tribuna, con los chimpunes asustados, las manos flojas de cólera a la cintura y el que resentía cualquier intento de pararse otra vez, de limpiar su nombre, de arremeter con su cabeza y su corazón en frentazo directo contra todas las alternativas que le brindaba la vida y le negaba esta serpiente desnutrida parada en dos patas rezando por piedad.

Nueva York es para gente con ganas de no morir nunca

Dice Frances que las lluvias de abril traen las flores de mayo, pero ha llovido de todo en las dos primeras semanas del mes y recién parece que el solcito se decide a quedarse, felizmente que aún no viene con calor.

Estoy escribiendo y tratando de publicar los cuentos que he escrito pero parece que son demasiado malos o es que la publicación toma demasiado tiempo.

Leo todo lo que puedo entre trabajos porque otra cosa a la que me he metido es al trabajo duro y casi no tengo descanso. La buena noticia es que tratamos de ajustarnos a ciertos objetivos de ahorro y, al menos hasta ahora, se están cumpliendo.

Demasiado tiempo en el Facebook. Sí, es cierto. Debería dedicarle más a la escritura y a mis historietas, tengo allí escritos dos planes para ellas. Pero toma tiempo y necesito escanear, copiar, dibujar y escribir. Escribo, pero a veces tengo las teclas y no vienen las ideas. ¿Volverán?

Un dolorcito en el brazo,se desapega, se vuelve incompetente, y no agarra como antes. Es la vejez. He ido al doctor, al parecer todo bien, mi presión bien, me ha recomendado pastillitas de B12 que lo curan todo.

Ayer en el tren el disco de Bob Dylan, se puede vivir solamente escuchándolo a él.No hay que desprenderse de nada, hay que saber pensar con Dylan, llorar con REM, volverse ridículamente alegre en las calles de Manhattan con Bob Marley.

En el NYT Review of Books publicaron un artículo sobre una biografía de Richard F. Burton. Allí está su filosofía en una frase maldita. Una entrevista al republicano que se ha pasado al partido demócrata, una historia personal sobre vivir con depresión aguda.

Dice Ana que ninguna ciudad se puede comparar a Nueva York. Es de todos y cada uno de los que toman el bus en la esquina del edificio o los que se cuelgan del pasamanos antes de salir en la 14. Su ciudad, sus calles, su metro. Y podemos renegar de ella creyendo que tenemos los mismos derechos que quien nació llorando con vista a Central Park.

Un vaso de vodka, dos vasos de vodka, una conversación sobre meseras sumisas y Ronaldinho que nos bota del bar porque ese día el no se va a quedar hasta las 3 de la mañana.

Descubrimos una deli al lado, habrá que hacerle caso a los arquitectos que proponen una solución tripartita a la línea de la Concordia, coger las petacas y subirlas todas a un barco y largarse de una ciudad que no te respeta, que no te abre las puertas si te sientas a esperar; que te ignora, que clava tus mejillas de deseos, de frío, de sudor que resbala por los brazos en las estaciones intensas.

Gente indiferente, como uno mismo, tierna de estar perdida. Ella golpea mi codo y lo toca para cerciorarme de que estoy bien. La doctora me dice que un especialista puede ver mi caso, pero que definitivamente estoy bien, fuerte. Aún.

Barcelona habrá cambiado a la gente, Londres espera con sus miles de muchachos cantando en Trafalgar Square. La vida es pra compartirla junto a ti, para decirte hola, dame un abrazo, confiesa que has vivido, súbete una maleta a la espalda y dirígete hacia la estación de tren, di a donde quieres ir. Y anda. Ve.

Nueva York es para gente con ganas de no morir nunca.

Los límites del día

Unas llamadas extrasensoriales.
Unas vacas danzando en la oscuridad
besos, ternura.

Abril 20

Con dos pies en el barro y la mano levantada
con la capa caída pero la aceituna entre los labios
Con la espuma en la boca pero de cerveza
Con mis amigos, mis compadres, mi gente

A las cuatro aguaitando el alma
a las cinco caminando en vilo
a las seis recitando mi vida
mi destino en los cuatro caminos

No se puede saber qué viene, sino cómo
le quitamos la dicha a la aventura
No podemos volver lo andado
Valga el camino, doblar, pisar.

Treinta veces de frente
Pies cansados
Alma buscando el alma
Cuatro canciones pidiendo permiso para entrar
Las voces escondiendose de ellos
de nosotros

Y entre vasos llenos y espíritus dichosos
la algarabía
Entre las simples palabras la sabiduría
en sus canciones la vida
He tirado todos sus discos al río
he levantado un monumento sobre mi cama
me ha despertado mi duda ajena
mi sombra buscando sombras
mi lado oscuro cada vez menos claro.

Escuché sus pasos entre la gente
y supe que marchaba por otros rumbos
Escuché sus palabras y volví a entender
lo que trae el viento

Nada sabes que gira
sino estás bien apuntado sobre tu sitio
Nada sabes que mira
si no los ves

Apura tanta embriaguez y cansancio
descanso viene llegando de años en años
y tus recuerdos seguirán siendo los mios

Una pernoctada en Lima
dos en caballos de ultramares
Lava tus manos y tu boca
La sangre que te mancha los dientes

Periodismo de roja insignia
labor de titanes, de extremos de escorpiones en busca de
pichoncitos indefensos

Tus manos saben a lento andar y a paso firme
a los besos de Dios
a tanto fusil.

April 9

I was impervious to the sheer light that stroke the back of my head.

However, I read the news and through that maze of lies perched over my reality, I could foresee the coming upheavals that would raze the country and give birth to a new one.

I could feel the vibration of the flipping wings of the vultures soaring from Hell and pointing at this moment towards the skirts of the capital; the voices commanding them to have no mercy, to grab every living creature with its sharpen claws and finished the task of the old patriarchs, the lazy bastards who left us to suffer in the middle of the mud.

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