Buscar

The New York Street

Un blog lleno de historias

Autor

ulisesgonzales

Writer. Editor of the literary journal Los Bárbaros (New York) and Las Furias (París). Editor at Chatos Inhumanos Publishing House (New York). Professor at the Journalism and Media Studies Department, Lehman College, CUNY, Bronx.

Algunas preguntas a mi libro/ 7 de abril

¿Sabía usted que en MacSorleys la cerveza la sirven de a dos? Dos vasitos chorreando de espuma. ¿Sabía usted que los taxistas neoyorquinos después de la una de la mañana, manejan con una mano en el timón y otra en el celular? ¿Sabía usted que se puede evitar el peaje del puente Hudson desviándose por Dyckman y cruzando Inwood para agarrar el puente -sin peaje-de la Avenida Broadway?¿Sabía que se puede conseguir estacionamiento, fácil, los domingos, en una esquina de la Avenida 10?(no diré la calle para que no me roben mi sitio)

¿Sabías que los cuentos de Padre Brown son lo mejor que he descubierto el mes de abril? Tanto escuchar de Chesterton y recién ahora me pregunto por qué no lo leí antes. ¿Sabías que después de la una de la mañana es muy difícil tomar el bus 10 en el Bronx? ¿Sabías que están saliendo las primeras flores amarillas entre los troncos de invierno pelados de mi cuadra? ¿Sabías que no hay que pedir nada con salsa de tomate en el Chelsea Restaurante de la 8va Avenida?¿Sabías que la película de Oliver Stone sobre Dubya Bush es mala pero decente? ¿Sabías que la mejor manera de saber lo que pasa en el mundo es escuchando NPR? ¿Y las mejores somosas del Bronx están en el Barbeque Pit de Mosholu Avenue? ¿Que los cupcakes de Carrot Cake frente a Van Cortland Park son mucho más ricos que los famosos cupcakes de Magnolia Bakery?

¿Sabías que hoy me he desperatado con un extraño mareo?

Me mira mi libro y no me responde. Lo sabe supongo, sólo que es lacónico y bien misericorde.

31 de marzo/ El invierno en la ciudad

Al menos este año me libré de enero, debería decir.
A las heladas tardes de febrero pude enfrentar las memorias de algunas mañanas bastante acomodadas entre la arena de la playa y la brisa del mar.
A mi piel cuarteada por el hielo le pude exigir que recordara el sudor insoportable de algunas madrugadas de moscos y fuego en una cabaña en el norte del Perú.
Hoy he salido–por primera vez en el año–pálido de ropas, y he caminado sin frío. Este es mi mejor recuerdo de hoy.
El de los ayeres de los primeros meses del año son varios: entre las lecturas a medianoche de la novela terminada, el recolectar de cuentos y el empezar a bocetear lo que comienza a asomar como un segundo libro.
Además está el viaje al sur, el cruce de la colina sobre la bahía que es el puente de Chesapeake Bay en Virginia y algunos días creyendo que los siglos se han enredado en el pasado de un pueblo colonial en Williamsburg.
Comidas largas y charlas fructíferas entre caídas de sol tras las ventanas cerradas. Y caminatas heladas en noches largas regresando de Manhattan.
Hamburguesas al lado de la carretera y cenas fabricadas con lo que la tarde proveía.
Se fueron los amaneceres oscuros y ciertas finanzas amargas. Somos dueños del futuro, otra vez. Con un pedazo semanal sobre las arenas amarillas–y falsas–de Virginia Beach.
A las películas en la cama y a los libros en los autobuses y en el subterráneo, les dedico el invierno. No he leído tanto como hubiera querido pero sí todo lo que he podido. Habrá que ordenar la casa–en eso estamos. (Miro las tablas blancas esperándome, de mi nueva oficina. Necesito hacerle dos huecos en la pared)
Los periódicos de la semana acumulándose sobre el piso, algunas caminatas al borde del río. Amor que tengo y que no me falta. Un buen invierno en la ciudad.

El rostro de William Shakespeare (The Cobbe portrait)

Una mañana, entre los primeros rayos gualdos que traía la primavera de 2005, sentado en una deslucida butaca de salón de clases, escuché leer a Shakespeare por primera vez.

Es decir del original, porque vivir en este siglo significa haberlo escuchado al menos en alguna de sus tantas líneas robadas por otros autores, cineastas, músicos o publicistas. El profesor Clement Dunbar empezaba su clase 308 sobre Shakespeare leyendo uno de los Sonetos:

When forty winters shall besiege thy brow
And dig deep trenches in thy beauty’s field,
Thy youth’s proud livery, so gazed on now,
Will be a tattered weed of small worth held…

En meses sucesivos escuché por su boca al desventurado Dromio, a la astuta Portia, al intrigante Ricardo III, al osado Enrique V, al vacilante Hamlet, a la víbora de Iago y a la inocente Miranda; y me fui de aquél semestre con el amor incondicional con que se van todos los que le conocieron (tal vez con la excepción de Tolstoi, que le profesaba un rencor edípico).

Y ese primer día el profesor Dunbar nos dijo que, de ponernos a transcribir lo fáctico sobre la vida del bardo de Stratford-upon-Avon, nos bastaría para la tarea apenas una página, pues tan poco se sabe sobre Shakespeare.

Entonces ¿Cómo así se han escrito tantos libros sobre él?

En la respuesta a esta pregunta yace parte del talento divinizador de los ingleses: porque lo aman.

Si bien cuatro siglos casi se han terminado desde la muerte del poeta, sólo existía de él aquella imagen grave en blanco y negro que embellece la mayoría de las publicaciones sobre su obra. Hasta hoy.

Recojo el New York Times de mi puerta, esta mañana, y me saluda desde la primera página el nuevo gran hallazgo de Ios ingleses: el rostro de Shakespeare. El retrato, secuestrado en una colección privada de más de 300 años, ha vuelto a la vida muy parecido al pésimo actor que lo interpretara en Shakespeare enamorado.

Tengo mis dudas.

No es que me disguste verle por fin el color de los cachetes a Shakespeare y el tono rojizo de la barba a quien escribió algunas de las páginas más extraordinarias de la literatura. Sin embargo, este retrato pareciera ser–espero equivocarme–una de aquellas falsificaciones fanáticas que suelen fabricar los ingleses enamorados.

Tartufo en Brooklyn

Desde el borde de la acera sobrevino el sonido de los renacuajos asomándose. La ciudad se escondía del viento que golpeteaba las puertas y las ventanas y el pueblo se refugiaba en los hogares sagrados al pie de la leña crepitando y el fuego amable, para escapar de la furia del frío. Nadie más que Tartufo temía tanto al frío en su calle de Brooklyn porque el frío de alguna manera perforaba su piel, se deslizaba dentro de su cuerpo y le calcinaba los órganos. Le aletargaba la memoria y se alejaba dejándolo sin tacto, sin gusto, sin olfato y le disminuía la visión y el oído lentamente. Pronto, gracias al frío, Tartufo sería un completo inútil. Así habían pasado ya cinco inviernos desde que Tartufo se percatara que el frío lo atacaba a él de una manera distinta que a los otros. Y en ese tiempo había aprendido ciertas argucias de superviviencia.
Ya no desperdiciaba su vida en caminatas, pues ellas le robaban la energía que necesitaba para las lecturas.
Tomaba el subterráneo y aprendió de memoria los planos de las estaciones en los cuales podía encontrar amparo, y cuidados en caso de alguna emergencia.

Eterno retorno

28 de febrero
No podemos salvar la Tierra, sin embargo tal vez podamos salvar Tierra 2. Debe haber algún medio de comunicarse con ellos. En eso estoy.

1 de marzo
Asisto paralizado al espectáculo, incapaz de impedir la hecatombe que borrará Tierra 2. El planeta que recién descubrimos gracias a Kepler, avanza inexorablemente hacia su encuentro con el meteorito Selene. Una luna y una tierra que no son las nuestras, se destruirán mutuamente. Tal vez sea un anticipo de la suerte que le espera a nuestro planeta. Llámenme ingenuo, mas yo creía que si la vida terminaba en Tierra, nos quedaría el consuelo de alcanzar algún día Tierra 2.

2 de marzo
Si mis ojos estuviesen allí, qué cosas verían. Tal vez el inicio de civilizaciones parecidas a la nuestra. Secretos de conviviencia entre tecnología y naturaleza que nos permitirían aplicar a la salvación de nuestro mundo. La etapa heróica griega o Egipto levantando su primera pirámide. Quizás este sea el equivalente al cataclismo que alguna vez terminó con los dinosaurios. Sin embargo Selene es enorme y va con demasiada velocidad. Mis científicos preveen destrucción total.

3 de marzo
He intentado anunciarles el desastre usando los transmisores dispuestos en el exterior de la galaxia. Fue encantador ver una vez más a toda la tripulación trabajando con frenesí, como si Tierra 2 fuera en realidad nuestro planeta y no sólo una esperanza azul flotando en el universo. Mi esposa me consuela y me dice que siga aferrándome a la hipótesis del exterminio de los dinosaurios. Tal vez ésta sólo sea la colisión que necesitaba Tierra 2 para que los pequeños mamíferos empezaran a dominar el planeta.

4 de marzo
El choque es inevitable. Estamos siguiendo el desenlace de Tierra 2 en un panel que hemos instalado en la nave central. Hemos despachado anuncios de luz y mensajes de radio. No hemos recibido respuesta. Si fueran una civilización avanzada habrían podido identificar señales provenientes de otros mundos. Hubieran encontrado la manera de comunicarnos, decirnos que no nos preocupemos, que dejemos el problema en sus manos.

5 de marzo
He tomado todas las fotos que he podido. Ordenaré hacer una imagen tridimensional y dispondré que sea proyectada durante algunos meses en la nave central. He visto a otros tripulantes tomando fotos a escondidas. Tierra 2 se esfumará poco después de la medianoche y con ella nuestra fantasía de conocer su historia y la de sus habitantes.

6 de marzo
No ha pasado nada. Selene ha desaparecido y Tierra 2 sigue donde estaba. No ha habido colisión. Nadie puede explicarme lo que ha pasado. He mandado los primeros informes oficiales a Tierra. Hasta la hora en que me he retirado a dormir, no he recibido respuesta.

7 de marzo
No hay Tierra. No volveré a escribir, no tiene sentido. ¿Quién leerá este diario mal escrito que lleva mi nombre? Podría enviarlo en la cápsula sellada que lanzaremos hacia Tierra 2, que sigue allí, bellísima, como lanzándonos un acertijo o una maldición. La vida continúa en Tierra 2, ya no hay vida en nuestra Tierra original. Los ingenieros intentan darme una explicación racional de lo que ha sucedido. ¿Estuvimos viendo los últimos minutos de nuestro planeta sin saberlo? El juez los ha mandado matar a todos. No he podido cancelar esa orden. He llorado contemplando en la pantalla las últimas imágenes que tomé de Tierra, mi Tierra. Siento rabia.

8 de marzo
No voy a escribir más. Creo que varios en esta misión vamos a perder la cordura. Transposición de imágenes le ha llamado al fenómeno uno de nuestros científicos más viejos. Dice que presentó un informe hace 2 años, oral. No lo recuerdo, no lo debo haber tomado en serio. ¿O es que se están transponiendo nuestras ideas igual que las imágenes? Mi esposa me consuela diciéndome que era muy poco lo que hubiéramos podido hacer. De todos modos, no tiene sentido que siga. No hay Tierra y Tierra 2 está asaz lejos para que lleguemos sin ayuda. Saquen su cuenta.

El rey y la suicida

Las losetas aún llevan la sombra donde cayó su cuerpo, ellas y el rey son los únicos que han sido marcados con su historia. Las manchas en el piso se borrarán pronto, la limpieza se encarga de ellas al amanecer. Es la marca en el alma del rey la que me preocupa, allí no tenemos cómo llegar.

La fiesta

Entonces yo era codorniz del grupo de los poetas en la universidad e iba mal vestida a las reuniones, donde leía con fingido desgano aquellos versos que me había costado la noche entera escribir.

Me desagradaba mi aspecto, mas sabía que en ese grupo era bien visto el mal gusto y que incluso el descuido aparente con que me amarraba los cabellos causaba admiración. Estaban todos locos pero los quería. Y a él más que a nadie. El único del grupo que parecía consagrado al objetivo de nunca dedicarme una mirada.

Así fue toda la noche en aquella fiesta. Me vestí peor que nunca pero cuidando que se adivinaran circulares mis pechos. Me ajusté el más desgarrado de los jeans asegurándome que destacaran las nalgas. Nunca me pongo labial pero los llevaba medio abiertos y humedecidos cada vez que pasaba frente a él. Igual nunca me miró. Así que me dediqué a tomar. Tal vez no eres su tipo, me habían dicho mis amigas tratando de suavizarme el rencor. Tal vez si me pusiera esos lentes ridículos de carey negro que usa ella, pensaba yo. Esa poeta que parece atraerlo tanto, la extranjera.

Tenía que escoger una cerveza. La luz y el hielo me paralizaron un instante. Allí estaban todas, alineadas, heladitas. ¿Por qué iba a escoger ésta? ¿Sólo porque estaba más cerca? ¿Porque brillaba más la chapita y el capuchón? ¿Porque la luz la había iluminado de cierto modo? ¿Era acaso cierta posición, cierta gota fría que se había deslizado por el cuello de la botella? Cogí la cerveza, cerré el refrigerador y con ella en la mano me metí a la fiesta.

Dejé que la botella me condujera entre la gente, hacia ese sofá debajo de esos cuadros. El otro poeta maldito de la clase mencionó algo sobre antropología comprometida. Pasé otra vez frente a mi ídolo con la boca bien cerrada. Me dediqué a bailar. El primer hombre fue un amigo de la dueña de la casa, al que apenas conocía. Estudiante de cine, mencionó dos cortometrajes y miró insistentemente mis pechos ¿Se dará cuenta? El segundo hombre fue mucho más discreto, me conversó de un viaje necesario y transformador a unas ruinas en las afueras de la capital, una calamitosa expedición por las carreteras de la sierra. Luego quiso hablarme de política pero le pedí disculpas y me metí a la cocina en busca de otra cerveza.

Allí estaban otra vez. Escogí la que estaba atrás de todas ¿Porque está más helada? ¿Porque nadie ha pensado en ella y no la han tocado? Así era yo, compasiva. La destapé y me metí otra vez a la fiesta.

La extranjera estaba riéndose y me dedicó una mirada. Nunca le había prestado demasiado atención. No era tan fea, mira tú. Tenía bonitos ojos detrás de esos lentes de carey que me horrorizaban. Sus jeans estaban menos rotosos que los míos y no mostraban nada. Su cabello era sedoso, largo, me provocaba tocárselo. Me acerqué y rocé con mi blusa el borde de la suya.

–¿Así son las fiestas en Dinamarca?
–Sí sí. Más o menos iguales. Iguales de borrachos.

Se le veía cómoda, como si estuviera instalada en un pedestal mirándonos. Cómo me habría gustado entrar en esos ojos. ¿Qué imágenes se mezclarían con las que yo veía? Traté de ver mentalmente una fiesta danesa, pero no lo conseguí.

–¿Y dónde aprendiste castellano?
–En un viaje a España primero, viví por un año, terminé la escuela en Zaragoza. Luego, viajando por Sudamérica, viviendo en el Cuzco.
–¿Viviste mucho tiempo en el Cuzco?
–Año y medio.

A quién quería engañar. Ella me había visto en las reuniones del grupo, había escuchado mis poemas y sabía que apestaban. Los debía haber escuchado más vívidos y mas limpios en alguna otra ciudad europea. Casi me convencí–mirándola, escuchándola hablar sobre ciertas malas costumbres que aprendió en el sur–, de que ni siquiera mi ídolo le interesaba. Sólo estaba asumiendo su posición de diosa y dejándose adorar.

Se la llevaron a bailar y me quedé sola otra vez. Se la llevó mi segundo hombre, a quien noté dudando en invitarme. Ella es extranjera, me dije. Se sintió atraído por ese modo medio inclinado como ella se para, pensé. Bailaron salsa. Ella como si hubiese nacido bailando. Traté de imaginarme cómo serían las fiestas en Dinamarca, pero no pude.

Allí estaba yo. La poeta desgarbada y pechugona con su cerveza, sola en medio de la sala, gritando: ¡Mírenme! ¿Los otros poetas del grupo? Todos borrachos. ¿Habían escogido ignorarme? Unas horas antes les estuve declamando mis mejores versos y ahora que los necesitaba…

Debo dejar de preocuparme, pensé. Busqué en el fondo del bolsillo y no pude encontrar cigarrillos. En la cocina encontré a mi primer hombre, borracho, asomándose al refrigerador y ofreciéndome una cerveza. No le pude decir que aquél era mi ritual, que me dejase escoger a mí. Seleccionó su botella y la mía, me ofreció un cigarrillo y salimos a la calle a fumar.

Habló de cine y yo le seguí la corriente. Qué poco que sé de filmes europeos. Pero he visto mis películas y puedo llevar una conversación. Luego me senté sobre el borde de la vereda y lo dejé sentarse apretado contra mí. Me hace reír, me está mirando mucho más a los ojos pero sigue buscando por el rabillo los senos. Me echo en el suelo y él se aprovecha y se echa sobre mí y me besa y siente mi aliento fuerte y me trata de acariciar por encima de la blusa pero eso sí, eso sí que no lo dejo. Siento el mareo que me alcanza todo de golpe y su boca que apenas si sabe besar. El fue el primer hombre y yo fui su primera mujer. Estaba amaneciendo cuando entré a la cocina por una vaso de agua y vi a mi primer hombre con la danesa, apachurrados contra una esquina. La diosa danesa se había bajado del pedestal, un poco envidiosa de las sanas diversiones de los hombres.

Yo era una mala poeta y entonces tenía ciertas manías por detalles de mi ropa, de mi personalidad y de los objetos que escogía. Viajé mucho, conocí Europa y viví dos años con un hombre que me hizo mucho daño. Aprendí que vestir de mal gusto era contagioso. Me enamoré por épocas, evitando fiestas como aquella, buscando reuniones donde fuese posible transformarme en una diosa extranjera. Funcionaba. Miraba alrededor:muchachos y muchachas celebrando ritos que yo ya conocía, en lenguas extrañas que provocaban el efecto de hacerme sentir mejor.

También encontré a los tímidos que pasaban por las segundas filas tratando de llamar mi atención. Quise ignorarlos pero nunca fui buena para eso. Siempre me daba por estirar las manos y escogerlos, prefiriéndolos a los que se colocaban ruidosos al frente, invitándome a que los mire. Esos tenían una vida más fácil, ellos no me necesitaban.

Grandioso

El Emperador era paisano de los pescadores. No resultó traumático su encuentro y pronto estaban todos alrededor de él y frente al fuego del crepúsculo, conversando de rutinas del verano, de viejos amigos, de parientes fallecidos.

Les sorprendió la familiaridad con la que él los trataba; y a él le agradó que ellos se olvidaran pronto de las formalidades, entendieran sus bromas y se dejasen tutear. Las mujeres se aparecieron con frutos del campo y gaseosas y se sentaron en segunda fila sobre el toñuz, silenciosas, sin poder creérselo, pensando en las muchachas que se morirían de envidia esa noche cuando regresaran al pueblo y les dijeran: hemos estado con el Emperador.

Se escucharon críticas respetuosas y se dieron consejos que los más inteligentes aprovecharían a lo largo de su vida. Esa era una zona virgen, no la habían manchado de publicidad y de comercio los turistas, así que se podía poner en práctica el sentido común colectivo y empezar pronto los trabajos indispensables para prevenir el caos cuando el irremediable progreso llegara a esas costas.

Se habló de los alcaldes y se escucharon las quejas del último de ellos, aprovechador, aventajado delincuente. Sólo hubo elogios para el recién elegido. Éste había ordenado las cuentas municipales, restaurado los servicios indispensables, conseguido buenos tratos comerciales con las mineras y establecido justicia en el reparto de las aguas. La sabiduría imperial dictó que no miraran atrás pero que fueran prudentes cuando les tocara elegir a nuevas autoridades. Los dioses y el destino les habían enseñado las dos caras del gobierno, les tocaba a ellos aprovechar la lección, recordar para siempre y enseñarle a sus hijos los alcances de corrupción del poder y también el poder tranformador de su buen empleo.

Les prometió destruir los muros que el alcalde había levantado alrededor de su casa, con ladrillos firmes, rompiendo con el estilo de las casas gentiles y la armonía de la playa. Pero no les aconsejó proseguir acciones más severas. Sólo aprender, mirar a una buena autoridad en ejercicio y dejar constancia de aquellas buenas obras. Tal vez su poder le permitiría castigar al alcalde malo, les dijo, pero les sugería dejar la idea del castigo sólo en sus manos.

Antes de irse a dormir les enseñó a mirar las estrellas y a interpretar en ellas la voluntad del universo. Les mostró las coordenadas en las que se acentuaba la prudencia de aventurarse en el mar para la pesca; y también las líneas imaginarias donde la esfera eterna auspiciaba abandonarse a los espíritus del ocio. No todo en la vida es trabajo, les dijo antes de subirse a su litera y dejarse llevar por su hombres hasta el siguiente campamento.

Buenas historias dejó la visita del Emperador y los pescadores aún respetan su figura más que la de quienes lo siguieron: reyes que sólo ven en los periódicos y escuchan en las radios, jefes que hablan de grandes obras, venganzas terribles y proyectos que no realizan nunca.

Hacia el centro

La comida está servida. Hay cuarenta banquetas en posición horizontal esperando las nalgas felices de la jubilación. Hay cada cachetada en esta nueva vida vertical, en esta cadencia superior de ciudad elevada. Desde el balcón, me agacho sobre la barandilla y contemplo sus tetas estampadas en la vereda.

–Ya te abro ¡Sube!

Sus truculentos catálogos de libros viejos y un vasito de ron para empezar el concierto.No me interesa, no me interesa, no me interesa. Ella sigue mostrándome los plásticos de los DVDS a cuatro lucas mientras sigue creyendo que yo tengo algún interés en ellos.

Tal vez se hace la tonta. Porque le conviene, porque sabe que si tuviéramos que conversar en serio, cerraríamos en este instante todos los catálogos del universo y nos meteríamos a la cama. Horizontal-vertical, el mundo es redondo. Muevo mis espejuelos de sol, la miro levantar la barbilla y me vuelvo a enamorar. ¿De dónde has sacado esos ojitos que me vuelven loco?

Ahora dice que se va. Como si no tuviéramos nada que conversar aparte de los DVDs piratas. Hace mucho calor y me ha aceptado el ron. Noto que se despeina un poquito. Eso es intereante, desde todo punto de vista.

Mis amigos están ayudándome a mudar, aún tengo varias cajas de libros esperando ser etiquetadas, archivadas y subidas al camión. Pero podría postergar toda vida feliz si sólo fuera por ti. Si sólo me prometieras que nosotros vamos a tener un hijo.

No se pueden hacer promesas antes del almuerzo y ella no ha querido quedarse ni siquiera para la ensalada. Le digo que tengo buenas manos para la ensalada y creo que ella lo ha tomado como un intento de avanzar hacia su blusa. No hay resentimientos, sé que me adora y que algún día ha de venir con otras intenciones que venderme discos y libros. Sé que algún día nos sentaremos al borde de la chimenea y me dirá que le falta un botón a tu camisa. Ese que perdí en la piscina esperándote.

Sol, cómo te odio. Quisiera estar en la playa y no metido en este agujero. Quisiera que me enseñases el camino y no los poros, cómo se abren y transpiran. Glop, glop. Sube a su auto, hace una venia antes de doblar por la Alameda, yo me meto a la ducha. Después de tanta excitación siempre necesito agua.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑