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The New York Street

Un blog lleno de historias

Autor

ulisesgonzales

Writer. Editor of the literary journal Los Bárbaros (New York) and Las Furias (París). Editor at Chatos Inhumanos Publishing House (New York). Professor at the Journalism and Media Studies Department, Lehman College, CUNY, Bronx.

Los creyentes y las guerras

Los católicos hemos progresado mucho desde el oscurantismo ¿progresarán también los musulmanes?

¿En qué creemos?

Si las religiones enseñan a querernos los unos a los otros–y se parecen tanto ¿no?–¿Entonces por qué nos bombardeamos unos a los otros e inmediatamente invocamos el nombre de sus creencias: judíos, cristianos, musulmanes?

Pakistán y la India se quisieron bombardear mutuamente durante décadas (y no me extrañaría que el furor, la moda retro, les regrese en cualquier momento) invocando las diferencias religiosas.

Cierto que detrás de estas guerras hay temas más importantes que las creencias. A veces la religión es tan solo una máscara de los objetivos específicos: territorios, dinero, minerales, tráfico ilegal de lo que sea, odios personales. Por ejemplo: detrás de los 8 años de invasión e intervención de los EE.UU. en Irak siempre me sorprendía escuchar el argumento–en medios «serios», por gente «seria»–de que uno de los motivos que empujaba a George W. Bush era deshacerse de la persona que había armado un complot para asesinar a su padre.  Y ya deben saber del discurso de despedida del presidente Eisenhower–la línea de partida del excelente documental de Eugene Jarecki Why we Fight–en el cual previene a sus conciudadanos acerca del excesivo poder que están empezando a tener las compañías dedicadas a la producción masiva de armamento.

(Estas semanas Eisenhower ha tenido cierta presencia en los medios de EE.UU., mas no por su discurso contra los fabricantes de armas, sino por su famosa relación extramarital, en vista del reciente lío del General David Petraeus con su biógrafa)

¿Por qué nos seguimos matando, después de varios siglos y seguimos renegando: moros contra cristianos, judíos contra moros, judíos contra cristianos, etc.?

No me creo el cuento del fundamentalismo musulmán como la principal causa de lo que está sucediendo entre Gaza e Israel, porque la matanza lleva tantos años que la responsabilidad recae sobre ambas partes. Tal vez la religión musulmana, en algunas partes del mundo, esté aún al nivel en el que estaba nuestra religión cristiana. Es decir, al nivel primitivo en el que sólo los hombres eran capaces de ofrecer misa, se condenaba el uso de anti conceptivos y casi se le equiparaba con el aborto, se les prohibía a los sacerdotes tener relaciones sexuales como si fueran seres humanos con otra condición genética…ups. Espera ¿el catolicismo todavía cree en esas cosas? ¡No puede ser!…pero si los católicos somos tan avanzados.

Debe haber religiones en niveles de progreso distinto. Hace no muchos siglos era cosa de todos los días para los católicos matar a un emperador sólo por haber dejado caer la Biblia al piso. O torturar a los vecinos en las mazamorras de las catacumbas para que confesaran sus pactos con el demonio. O quemar vivas a las mujeres por haber hecho brujería, o por gozar demasiado del sexo. Así que las religiones progresarán, avanzarán (o retrocederán: si escuchamos las quejas de los fanáticos cristianos que quisieran que la misa se siguiera dando en Latín)

En algún momento los musulmanes avanzarán y su religión tampoco les prohibirá a los homosexuales que puedan vivir juntos, con los mismos derechos que una pareja heterosexual. Porque todos sabemos que la homosexualidad es un tema que viene desde el nacimiento, no es una decisión ni una enfermedad. Ya, felizmente, hemos dejado aquellas épocas «oscuras» del catolicismo y ahora ningún cura católico puede ser castigado por opinar –algo tan lógico–que los homosexuales, por ser personas iguales a todas las demás tienen derecho a vivir juntos; o que las mujeres si son violadas podrían tener derecho al aborto ¿Sí pueden ser castigados? No me digas. ¡Pero si los católicos somos tan avanzados!

Seguridad ciudadana

La policía peruana debería tener a la ley de su lado para combatir el crimen. No la tiene.

En enero de este año tuve que ir a una comisaría limeña. Alguien estuvo forzando la tapa del medidor de electricidad de la casa y mi padre sospechaba que era algún delincuente con ganas de desactivar la alarma para meterse a robar.

Estando en la comisaría, conversando con uno de los policías, llegó un patrullero con un joven esposado y una muchachita (unos 20 y tantos años) acompañada de su madre. El muchacho la había seguido por una vereda, le había arranchado la cartera y la había empujado hacia la pista. Era de tarde. El asalto había sucedido a plena luz del día. Ella tuvo suerte de que en aquel momento no pasara por la pista ningún automóvil.

El que no tuvo mucha suerte fue el delincuente. Un grupo de transeúntes con cierta idea de la justicia vieron el incidente y lo persiguieron. No sólo recuperaron la cartera, también capturaron al delincuente y le propinaron un par de patadas.

«En unas horas lo vamos a tener que soltar» nos dijo el policía, mientras asistíamos a toda la escena y el ladrón miraba con aire de aburrimiento que la muchacha –aún con rezagos del trauma del asalto–daba su declaración.

«¿Cómo que lo van a soltar?» preguntó mi padre.

«Eso dice la ley. No podemos retenerlo más de cierto tiempo. Y él lo sabe».

Nos dijo que retener a un delincuente más del tiempo permitido es ilegal. Que la policía se arriesgaba a que regresara el delincuente bravucón con un abogado a decir que se habían violado sus derechos. «Esto no pasaba con Fujimori», dijo el policía, ante la complacencia y aprobación de mi padre, simpatizante fujimorista.

Hoy, en la televisión peruana, presentaron el caso de un caballero que mató a dos delincuentes armados que intentaron asaltar la camioneta donde viajaba con su novia. El caso (muy publicitado en Lima) ha desatado una gran controversia porque –tras un año de investigaciones, falsas acusaciones e intentos de chantaje–un fiscal ha decidido que el caballero que mató a los dos delincuentes en defensa propia es culpable y debe ir a prisión.

Su novia se presentó en televisión y dijo que en estos tiempos en que todos estamos hartos del nivel de delincuencia,  este caso ponía a prueba a nuestro sistema judicial. Tiene razón.

No comparto la idea de un gobierno «ideal» de mano dura. Tal vez la justicia contra el crimen organizado funcionara mejor en el decenio fujimorista porque la mafia en el poder tenía un control más directo: siempre es posible ser diligente, rápido, dar órdenes, cuando se puede pisotear los debidos procesos.

Hay que respetar las formas legales. Sin embargo, por el bien de los ciudadanos que aún creemos en ellas, es imprescindible endurecer los castigos para los delincuentes. Si no es así, la policía creerá–con mucha razón–que perseguir a los asaltantes y pirañas de todo tipo, es una pérdida de tiempo.

Un fiscal no puede mandar a prisión a un ciudadano que se defendió y mató a dos criminales. El respeto a la seguridad de todos debe estar por encima de los derechos de un par de maleantes armados.

Un Dios con sentido del humor

Esta novela de David Lodge se llamó originalmente «How Far Can You Go?» en Gran Bretaña.

Cuando vino por primera vez a Nueva York, en invierno, a mi padre le extrañó mucho el sol. El sol que no calienta. «Explícame ¿cómo es posible que haga ese solazo y tremendo frío?»

Nuestros inviernos cuentan con muchos días oscuros y depresivos; y de pronto, una mañana se aparece un sol que no calienta nada pero colorea el ánimo.

Hoy fue un día de aquellos. Un sábado reposado de lectura. Le comenté a Tommy McGirr sobre lo que decía mi padre y me dijo:

«En invierno el sol está más cerca ¿sabías o no?»

Claro que no. En la Recoleta teníamos un profesor de ciencias naturales que era una bestia. Además, nunca le presté suficiente atención a la ciencia. «En verano está más lejos pero el sol cae directo y eso crea el calor. En invierno la posición del sol hace que los rayos caigan con un ángulo, por eso no calienta». Terminó su clase y se fue despacito por la calle, apretando su carrito solar. Qué bella tarde.

Hoy tuve una conversación con República Checa. Horas y horas de interminables comentarios estúpidos. Supongo que la intención era entretenernos los unos a los otros. De eso se trata la vida ¿no? Entretenernos mientras nos queda tiempo.

«Seize tomorrow» leo en un anuncio sobre un nuevo libro: El arte de perder el tiempo (The Art of Procrastination). Al parecer un filósofo se dio cuenta de que era un gran vago pero, por alguna extraña razón, tenía fama de ser muy productivo. Tres años después de la idea: BUM. Ahí está el libro. «¿Qué espera para correr a comprarlo?»

Y sigo leyendo: Souls and Bodies de David Lodge. Otro autor recomendado desde Dresde.

Fíjense en esta reflexión que hace–citado dentro del libro– un personaje de Graham Green, el gran literato del dolor católico en el siglo XX: «When I was a boy I had faith in the Christian God. Life under his shadow was a very serious affair…Now that I approached the end of life it was only my sense of humour that enable me sometimes to believe in Him».

Tengo fe ¿Pero en qué? Tendrán que entender que el sol optimista de Nueva York ya se ha ido a estas horas (8 de la noche) así que la reflexión seguirá allí girando, dando vueltas y esperando. ¿Esperando qué? ¿Sólo Dios dirá?

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¿Cuántas razones tenemos para no conocer el mundo? Pocos seres humanos se dan el lujo de recorrer las trochas de lugares considerados exóticos, o de deambular por valles que no figuran en el mapa, compartiendo noches con las estrellas, pasando hambre con la ilusión de guardar algún dinero para llegar más allá, para vivir la próxima aventura.

Para algunos de nosotros, la próxima aventura es una entrada apurada en una oficina o en un salón de clase, una cadena de minutos que se suceden desde la hora de entrada hasta la hora de salida. Para otros, aventura es conocer. Perderse entre gente a la que jamás hemos visto, vivir algún tiempo sin ningún plan, dejar que esa gelatina que une a cada parte de lo que existe en el universo nos envuelva y nos haga sentir parte de un todo gigantesco, de un organismo único compuesto por individuos, por naturalezas…

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Sobre tumbas, comerciales y política

El comercial salió en junio y los votantes en noviembre decían que era casi el único que recordaban.

En el imaginario popular, tal vez no hay imagen más terrible que la del asesino que te obliga a cavar tu propia tumba. Es una escena que hemos vista repetida en la literatura y en la cinematografía ya sea con mafiosos, con nazis o con sicarios del narcotráfico.

Las últimas elecciones usaron esta misma figura para posicionar a uno de los candidatos en la mente de los votantes, con excelentes resultados.

La periodista Jane Mayer, en la edición más reciente de la revista The New Yorker, escribe sobre la efectividad de un anuncio publicitario que salió en junio de este año en los canales de televisión de Ohio y que sirvió para posicionar a Mitt Romney como enemigo de la clase trabajadora.

Del universo de votantes entrevistados después del proceso electoral en noviembre, más del cincuenta por ciento mencionaba recordar «muy vívidamente» la historia de Mike Earnest, contada en un comercial de 30 segundos.

Earnest trabajaba en una planta papelera en Indiana. Un día, sus empleadores le pidieron a él y a otro grupo de empleados, que levantaran un gran estrado de casi 10 metros de ancho. Una vez levantado, los empleadores pidieron que los trabajadores de la planta, los tres turnos, se formaran frente al estrado. Allí apareció un grupo de representantes de Bain Capital–la compañia de capitales que dirigía Mitt Romney, famosa por comprar empresas, reorganizarlas y luego revenderlas con un gran margen de ganancia–para anunciarles que la fábrica se clausuraba y que todos los trabajadores estaban despedidos.

«Mitt Romney ganó más de 100 millones de dólares al cerrar  la planta papelera; al mismo tiempo que destruía nuestras vidas. Así que cuando levanté ese estrado, fue como si hubiera fabricado mi propio ataúd. Pensar en eso me enferma.»

Se me ocurre sólo un ejemplo de aviso de campaña política publicitario tan efectivo. Es aquel famoso anuncio aprista, utilizando imágenes de Pink Floyd, para criticar las políticas del Shock del FREDEMO. Aquel anuncio atacaba el temor de los peruanos al cataclismo de la subida de precios y el despido masivo con la misma efectividad que este anuncio describía a Romney como un «enterrador», un mercenario del capitalismo.

Earnest cuenta que consiguió trabajo reparando maquinaria para Chrysler y que ahora está jubilado.»El señor Obama nos dio a mí y a Chrysler una segunda oportunidad. Me siento muy satisfecho con ese comercial. Yo sólo dije la verdad. Tal cual».

«Edith ha mejorado todas mis novelas»

Breve video de la conversación entre Mario Vargas Llosa y Edith Grossman, sobre la edición en inglés de «El sueño del celta»

El poeta visita la ciudad, el esclavo habla de sus libros

Esta noche MVLL presentó la edición en inglés de su novela The Dream of the Celt en The Americas Society de Manhattan.

En el ensayo que acompaña a la edición conmemorativa de los cincuenta años de La ciudad y los perros, Javier Cercas dice: «Vargas Llosa ha escrito, al menos, desde mi punto de vista, cinco novelas que son obras maestras: La ciudad y los perros, La casa verde, Conversación en La Catedral, La tía Julia y el escribidor y La fiesta del Chivo. Que yo sepa nadie ha escrito un conjunto de novelas comparables a ese. Nadie».

Y esta noche allí estaba. Sentado frente a nosotros en una conversación íntima con su traductora, Edith Grossman: el único escritor de novelas en español que ha producido, al menos, cinco obras maestras. Un setentón que conversa con calma y responde las preguntas del público con delicada cortesía. «No puede firmar libros. Se ha sometido a una cirugía la semana pasada y nos pidió que no podía firmar», dice uno de los organizadores.

La conversación íntima se ha prolongado por más de una hora. A las preguntas formuladas con cautela y con respeto, Vargas Llosa responde con el fanatismo del amante literario. Dice que nunca ha releído Los tres mosqueteros por miedo a no sentir lo que sintió cuando leyó a Dumas de joven. Renueva su pasión por Faulkner y por Dos Passos y refresca memorias del bendito día en que llegó a sus manos una traducción de Santuario. Dice que, después de todos estos años, ha descubierto que pasar varios meses de su vida tratando de entender Question de méthode de Sartre fue una pérdida de tiempo.  Defiende la presencia de la sexualidad en toda novela escrita con ambición. Dice que nunca escribirá una novela con un personaje estadounidense, pero que tampoco pensaba escribir una novela sobre un independentista irlandés «y ya ven lo que pasó».

Dice estar escribiendo otra novela basada en una historia del Perú. Se explaya en Joaquín Balaguer, en esa frase con la que el viejo mandatario lo enmudeció: «La corrupción llegó hasta la puerta de mi despacho pero nunca entró». Nos asegura que el riquísimo personaje del ex presidente dominicano se merece una novela. Dice que está contento con la elección de Barack Obama y que «si yo hubiera sido ciudadano americano, yo hubiera votado por Obama». Asiente cuando Edith Grossman recuerda haberle pedido acceso a «los originales» de una carta mencionada en La fiesta del Chivo » y  que Vargas Llosa le respondió, como denotando que aquella carta jamás existió: «Edith, yo soy escritor.»

¿Es fuego la literatura?

Mario Vargas Llosa y Edith Grossman conversan como dos viejos compadres. Ahí está el hombre que alguna vez quiso ser presidente de una república. Ahi está el Premio Nobel, respondiéndole al respetable. Ahí estamos nosotros pensando en el compromiso inquebrantable que tiene un escritor con el universo. Vargas Llosa responde una última pregunta: ¿Por qué no hay amor en La guerra del fin del mundo?

Y se mete por última vez en un personaje, en la mente ya derrotada del Marqués de Cañabrava, que somete a una sirvienta creyendo someter al Brasil entero. Se cierra la sesión. MVLL es apurado hasta el elevador. Patricia lo espera. Fin de la noche.

Odisea 86

Tenía una forma de mover el cuerpo y la boca que nos volvía locos. Tal vez era el maquillaje o su cabellera que se iba de un lado para otro mientras apretaba el micrófono y cantaba como si estuviera a punto de alcanzar el orgasmo. Susurraba, casi comiéndose el micro mientras hablaba de sexo. De deseo, de cópula y de masturbación. Era 1986 y nosotros nunca habíamos visto nada parecido. A nuestros quince años, Gustavo Cerati ya nos tenía cogidos de los huevos.

No sé en qué momento empezó la fiebre. Jorge Sayón, un amigo del colegio que vivía en Santa Leticia–ese barrio cruzando la Avenida Constructores que mis padres juraban que estaba lleno de drogadictos y de putas–; me dijo que lo acompañara hasta su casa y me prestaba el disco. Jorge se vestía de negro, usaba chancabuques y tenía un peinado a lo Cerati de color oxigenado amarillo caca. Con cierta reserva–la pintada de cabello lo había vuelto menos popular de lo que ya era–, lo acompañé a su casa. Me ofreció entrar para ver los posters de Soda que había pegado en la pared de su cuarto, pero guardé la calma y dije que ahí nomás lo esperaba, paradito en la calle : «Es que estoy apurado». Jorge salió minutos después con el disco metido en una bolsa negra –para que a nadie se le ocurriera robármelo. Regresé a casa ansioso, a paso ligero.

Además del Vita-Set, un popurrí fabricado por las radios, yo no había escuchado nada de Soda. Ese LP fue una revelación. Desde la portada me miraban Cerati, Zeta y Alberti, con los ojos bien delineados. Me vino la fiebre. Le tuve que devolver el disco a Jorge, pero pronto empezó a circular la droga musical por la radio: Sobredosis de TV, Nada personal, Cuando pase el temblor . Así me hice un Sodafán. Junté unas cuantas camisas negras (no hubo plata para el pantalón); incluso agarré el delineador e hice una mala raya debajo de uno de los ojos. Salpicó y me pasé los dos siguientes días con el ojo derecho irritado. Di explicaciones evasivas y por primera vez mi padre sospechó que yo era fumón.

Me paraba frente al espejo del baño de mis padres y daba saltos. Mi cabello no era lo suficientemente largo. ¡Mierda! no estaría listo antes del concierto. Así como lo oyen: Soda venía a Lima; y el padre de Jorge Sayón, que hacía espectáculos para los dueños de Radio Panamericana, conseguiría entradas gratis, preferenciales, para el Coliseo Amauta, para que su hijo Jorge y su mejor amigo fueran a encontrarse con sus ídolos. «Tal vez nos dejen pasar detrás del escenario para saludarlos», dijo Jorge antes de colgar, muy excitado.

Fueron días de ansiedad. Pensé en maquillarme antes del concierto y hasta en soltarme un poco de agua oxigenada sobre la cabeza, pero era demasiado peligroso. A Jorge Sayón el pelo color caca no le quedaba muy bien. Decidí que yo sería un Sodafán con personalidad: me memorizaría todas las letras para que Cerati me viera cantarlas a viva voz pero mi cabello seguiría negro y corto. Ya lo decía ese gran rocanrolero llamado Palito Ortega: La pinta es lo de menos.

Llegó el día y Jorge con su padre pasaron a recogerme en un agresivo Lada Niva de color rojo, con el mataperros más grande y el cromado más brillante que había visto en mi vida. Don Miguel «Chapulín» Sayón era un típico emigrante exitoso. Llevaba unos lentes oscuros un poco más grandes que el tamaño de su cara, sobre una nariz muy aplastada, parecida a la de Jorge. Sin embargo Don Miguel tenía el cabello muy negro, muy cortito y parado como sólidas púas; como si en lugar de echarle gel lo hubiera metido en un balde lleno de pegamento.

«Tú también eres Sodafán ¿di?», me preguntó don Miguel. Y empezó a conversarme–durante el largo recorrido hasta el coliseo Amauta–de su vida junto a lo más graneado de la cumbia tropical peruana. Mencionaba nombres de cantantes que al parecer causaban furor en los pueblos y ciudades a donde él viajaba casi a diario. «En este negocio las mujeres se te pegan como moscas», decía don Miguel, mientras le daba una palmada furiosa al hombro de su hijo. Una palmada que más parecía un gancho de box. El señor Sayón me miró detrás de aquellos lentes muy negros y pareció–¿o sólo me dio la impresión?–que quería echarse a llorar; mientras que Jorge siguió con la mirada fija en el camino, inmutable.

No le hizo muy bien a mi popularidad escolar aparecer frente al Amauta con Jorge Sayón. Como teníamos entradas preferenciales y el padre de Jorge nos dejó–por error– en la entrada de popular; tuvimos que dar la vuelta al estadio por las calles aledañas, y encontramos en la fila a casi todo el colegio. Noté que algunos me saludaban muy rápido y se daban la vuelta. Algunos de mis compañeros me veían de lejos y preferían hacerse los distraídos. Jorge Sayón era un gorila de pelo amarillo, con 1.80 metros y unos 100 kilos de peso. Nadie podía no verlo. Sucedió algo peor cuando llegamos a las entradas para tribunas preferenciales: allí, en una colita que se formaba disciplinada frente a la entrada principal, estaban juntas las únicas tres chicas del colegio que a mí me importaba impresionar. Se llamaban Rossella, Morella y Fabiola: las tres gracias.  Las tres estaban demasiado arregladas para un concierto popular, muy rubias y estiradas, con los jeans perfectos y al cuete. Estaban con otra muchachita tan rubia y perfecta como ellas tres, que yo no conocía. Asumí que era de otro colegio. Todos estábamos muy cerca frente al portón de entrada y las cuatro tuvieron que haber visto al corpulento Jorge Sayón, moviéndose más disforzado que nunca, bamboleando de un lado a otro su pelo color amarillo caca; gritándole a los vigilantes con vozarrón de fan enamorado que lo dejaran pasar porque él era el hijo de Chapulín Sayón. «A mí y a mi amigo» dijo muy fuerte. Y detrás de él, sin querer averiguar por qué los guardias se hacían a un lado y arrimaban a todos para que pase Jorge, sintiendo una pizca de arrepentimiento por no haber pensado ni un minuto en lo que le esperaba a mi reputación escolar después de aquel concierto, yo lo seguí.

Fue un loquerío. Después de la primera canción (Satélites) Jorge Sayón estaba delirando, como un loco, saltando y agarrándose el cabello como si fuera la reencarnación de Cerati, cuando la marea popular empezó a descolgarse  de las tribunas más altas y nos empujó de golpe contra la masa de gente que cantaba apretada contra el estrado. La marea de gente había empujado a Jorge contra mí. Entonces noté que éste, a pesar de que había cierto espacio para maniobrar enmedio de la locura que eran 20,000 personas gritando Sobredosis de TV, se había pegado demasiado a mi espalda y seguía allí, apretado, sin intentar moverse. Escuchaba su vozarrón cantándome en la oreja y en un segundo supe lo que tenía que hacer.

Delante mío, enmedio de aquella marea de muchachos arrastrados por la corriente humana, había visto a la muchacha rubia que acompañaba a mis tres gracias. En el caos que siguió a la invasión de las tribunas populares, Rossella, Morella y Fabiola se habían separado violentamente de su amiga, y ella había terminado delante mío, en parálisis total, en clarísimo estado de tensión y de alarma, muy similar al que me estaba provocando el cuerpo de Jorge Sayón apretándose contra mi espalda y cantándome al oído. Saqué ambas manos–que había mantenido rígidas frente a mi cuerpo, para no chocar con los demás–y con un pequeño impulso, todo el que me permitía el estrecho espacio que me separaba, con los dedos abiertos y golosos, le metí la mano en el poto. Salté hacia un lado y me di la vuelta. Por el rabillo del ojo, ví la violencia con la que Jorge Sayón, paralizado, recibió la primera cachetada. Luego otra. Y otra.

Hace unos días me encontré con una de las tres gracias originales, en el Skype; y me dijo que casi se había olvidado del incidente. Dijo que su amiga le metió un rodillazo en el centro mismo de su masculinidad y que entre la bulla, el laberinto y el pánico, le juró que lo iba a denunciar a la policía. «Y todos pensábamos que era maricón ¿te acuerdas? ¡Tremendo sapazo el Sayón!»

Yo me fui a un rincón del Amauta, pegado a las cortinas.  Cuando Soda terminó de tocar, conseguí colarme hacia los vestuarios mostrando mi pase preferencial y fui hacia Cerati. Grité «¡Eres un grande!» Y Gustavo Cerati –quien fuera de escena parecía menos grande y mucho más flaco– levantó la mano y me gritó «gracias».

Jorge Sayón no fue a clases el lunes, faltó toda la semana. Cuando regresó tenía el cabello corto, negro y muy trinchudo. Nunca me volvió a hablar.

Por allí viene el invierno (2)

«Sólo maldecías que el mundo no girara alrededor tuyo y que no se te permitiera hacer lo que te diera la gana»

Tú te despertabas llorando ( o secándote dos o tres lágrimas). Sobre todo en el invierno. Entonces te maldecías por dormir en una habitación fría, porque el maricón del dueño apagaba el calefactor cada vez que la temperatura subía un grado.

Pensabas «Es enero en Lima» y te imaginabas el calor virulento de la ciudad. Pero esa humedad pegajosa de Lima–aquella ciudad a la cual creciste llamando «la horrible»–no te provocaba volver. Era más complicado. No llorabas porque extrañaras el infierno. Ni siquiera extrañabas a tu familia–a pesar de todo lo que dijeras después y las excusas que inventaste para justificar tu regreso. Sólo maldecías (en sueños, porque despierto eras un turista más atorado en Nueva York; sólo en tus sueños te comportabas interesante) que el mundo no girara alrededor tuyo y que no se te permitiera hacer lo que te diera la gana, que básicamente era: volver como héroe de tu autodestierro, pasar unos días reviviendo tu infancia, encontrarte con ella; y seguir viviendo como si nada hubiera pasado. Mejor dicho: como si lo que pasó– tus cinco años en Estados Unidos–hubiera sido un capítulo biográfico que te merecías: solo un escape de las líneas quebradas de tu adolescencia.

Es cierto que cinco años no son demasiados en estos tiempos de la ultra conexión electrónica. Si hoy «¿En qué momento se jodió el Perú?» hubiera sido un Tweet, habría pasado desapercibido entre tanto peruano interpretando la realidad desde la distancia. Pero tú estabas convencido de que los peruanos «nunca cambiamos ni cambiaremos» y esa convicción te permitió creerle a esa inocente bestia que te notaba afligido, y te escribía por e-mail «el Perú siempre va a estar allí». Como si sólo se tratara de subirse al tren unas estaciones más adelante.

Una mañana de enero,  tú te levantaste en tu cuartito helado de Brooklyn y encontraste un nuevo mensaje. Lo leíste unas diez veces antes de pensar en nada. «Voy a visitarte. No te vayas a ninguna parte en febrero ¿Ok?» En unos segundos, cogiste calor. Tenías legañas y una lágrima seca; y lo primero que hiciste fue apretar el almohadón contra tu vientre.  «Puede caer una tonelada de nieve entre esta mañana y febrero–pensaste–, pero por ti, resistiré».

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