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The New York Street

Un blog lleno de historias

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Cuento

La O


En las mejillas marcaba una tenue sonrosura. Su madre lo estaba esperando con la furia abierta. «Te has pasado de la raya» le dijo tranquilamente mientras el niño empezaba a llorar a causa de la pega. «¿Dónde has estado , malcriado?» decía la madre llorando y el niño respondía con lágrimas y gemidos, que apagaban un tanto el sonido de la golpiza. Como fondo, un noticiero de la televisión, de vez en cuando comerciales. La reprimenda duró un cuarto de hora.

Despúes comieron. La señora había preparado frejolitos verdes con arroz. Los hermanitos miraban el plato en silencio, abrazaban sus cucharitas con toda la boca, intentaban concentrarse en el sonido de su baba reseca y en no prestar atención a los sollozos de su hermano mayor.

El mayor tenía las mejillas coloradas, las orejas calientes, el cabello desordenado sobre el rostro. Solllozaba por el dolor que le carcomía la piel, pero intentaba reconstruír mientras tanto, en su cabeza, los hechos de aquél magnífico día.

Como siempre me he levantado a las cinco y media de la mañana. No había nadie en la calle y todo estaba silencioso cuando he agarrado mis bolsas y me he ido caminando por el borde de la pista hasta la colectora de basura. Había un perro de lengua larga y pelo amarillo, con una cicatriz mal curada debajo de la jeta, que conocía de siempre. El y los otros niños que simpre recogían desperdicios por la madrugada sabían que era el del ciego.

-¿Cómo estás Mandrake? El perro sacó la lengua, bostezó enorme. Y le dijo:

-Tengo que enseñarte algo.

La mesita era inestable y de vez en cuando, si se movían mucho en las sillas, temblaba la mesa. El foco desnudo colgaba sobre sus cabezas. Sólo se escuchaban ellos mismos. Cuatro hermanos. El mayor, el menor y las gemelas.

-¿Qué has estado haciendo todo el día hasta esta hora? Preguntó su madre, que sorbía despacio los frejoles verdes pero hacía menos ruido que todos al comer.

«¿Qué le digo?» pensé. «No puedo decirle que me fui con Mandrake, que visité la tumba del pobre ciego, que me arañaron las calaveras de las pesadillas que lo protegen, que adelanté mi vida en sesenta y cinco años, que la vi muerta y vi la muerte mía y de mis hermanos. Que sé que en pocos meses a esta zona de La Lavandería se la comerá el fuego, pero que yo entonces, ya no estaré aquí. ¿Qué le digo?»

-Me encontré con unos amigos y nos fuimos a jugar fútbol. Hablaba sollozando, todavía le dolía. Sus hermanos se concentraban más que nunca en los frejolitos verdes, en cada granito de arroz, en la blancura de su platito de plástico, en los filos de la cuchara semi oxidada.

-No te creo. ¿Donde fuiste?

-Sígueme, dijo Mandrake. Y el perro empezó a caminar dando tumbos por el borde de la carretera. Dio unos pasos y volteó para asegurarse que el mayor lo seguía.

No pude responderle nada. Siempre le hablaba a Mandrake: Mandrakito para aquí, Mandrakito para allá. A veces encontraba algunas frutas podridas y se las lanzaba. Al principio (y eso se debe acordar Mandrake) también le tiró piedras. Le acerté una vez en la cabeza. Mandrake huyó dando gemiditos. El perro venía temprano con el ciego. El ciego estaba más temprano que todos los niños y se iba al rato que yo venía, cojeando, con su perro. Mandrake siempre regresaba, una media hora después, solo, y se quedaba mirándonos. No ladraba, husmeaba como todos entre la basura, comía una cosita por aquí, otra por allá. Pero al comienzo a los niños nos gustaba apedrearlo, le tirabamos rocones que casi siempre Mandrake esquivaba. Pero una vez le di con una piedra en la cabeza. Y de eso, Mandrake se debe acordar.

-Sígueme, volvió a repetir Mandrake. Con un tono de autoridad que el mayor reconoció. Estaba tan acostumbrado a temer a su padre. Hablaba siempre con el tonito de mando de Mandrake. No sabía que un perro podía imitar tan bien la voz de su padre. Se sorprendió pensando en todo el tiempo que había pasado desde que este se había marchado. Eran casi siete años que no lo veía y todavía se acordaba del tonito mandón de su voz.

El iba detrás del perro, por el borde de la carretera. Caminaron hasta la puerta abierta de la casa del ciego. Había algo en la estufa que olía muy bien, como a cerdo. Chicharrones tal vez. Entraron a la casa

-Siéntate y sírvete-,dijo Mandrake. Así que tomé asiento en una mesa pequeñita, con dos sillas. En un rincón había una cama tendida y al lado de la cama había un anaquel. Sobre el anquel, dos libros gruesos encuadernados en cuero. Sobre la mesa, confirmando la predicción de mi olfato, un enorme sandwich de chicharrón de chancho. No me atreví a comer. Entonces se apareció el ciego, me tocó la espalda y tomó asiento en la otra silla, frente a mí.

Era la primera vez que se me congelaba la sangre. El ciego me hizo una mueca divertida y me volvió a invitar a comer. Era la primera vez en mi vida que estaba tan cerca de él y, cosa curiosa, lo primero que me impresionó es que el ciego mañoso veía. Pasé por alto el hecho que me habría causado más pánico: Mi madre y yo habíamos ido al entierro del ciego.

-¿Qué hiciste todo el día?

-Jugué fútbol mamá. Y fui al centro.

-¿Al centro?¿Y a qué fuiste al centro? Ella tampoco estaba mirándolo a los ojos, sino al plato de frejolitos verdes. El mayor esperó por un momento, esperaba que los frejolitos verdes le contestaran. Sus hermanos estaban estáticos. El menor había dejado de comer. Lo miró.

Yo nunca he ido al centro. Debe ser interesante el centro, a veces he escuchado de él en los noticieros. Creo que cuando tenga tiempo voy a ir con mi hermano mayor al centro. Iremos los dos.

Y el hermano menor se sintió por primera vez en su vida, orgulloso de su hermano mayor. Y curioso: ¿Qué podría haber hecho el mayor en el centro? Tiene que haber hecho algo más interesante que ir al centro. El menor estaba esperando la respuesta mientras le daba vueltas a los frejolitos dentro de su boca.

-A pasear. Fui al centro a pasear

-¿Y con qué plata eh? ¿Qué plata tenías tú para ir al centro?

Y ahí tenía la respuesta perfecta. La única que me podía salvar de todos los problemas y de las otras preguntas y de contar mi verdadero viaje, mi extraña incursión en el mundo de los ciegos, de las pesadillas, de los fantasmas, de los perros que hablan.

-Me fui caminando.

Hasta donde me alcanzaba la memoria, era la primera vez que escuchaba de alguien que se fuera de La Lavandería hasta el Centro caminando. Eso me convertia en un pionero y en un viajero. Me sentí orgulloso de mi respuesta y recordé por primera vez las palabras del ciego que me acompañarían para siempre en mis futuros viajes: «Siempre quedan mundos por descubrir». (Continuará)

Las hojas que caen

Alrededor de una mesa de madera oscura, en el bar de un club de golf, cuatro hombres juegan a las cartas. El más viejo se llama Carmile, hijo de dublineses, enseña una herida de guerra que le ha malogrado un ojo. El más robusto, que carga herencia siciliana y lleva las gafas pegadas a un rostro sonrosado y liso se llama Matty. El tercero, alto y tullido por desgracia de la polio, de herencia napolitana y carácter explosivo, se llama Lenny-. Tony es el cuarto: pequeño y delgado, de bigote boscoso y ronca voz de fuerte acento español. Los cuatro hombres se han reunido a jugar cartas alrededor de aquella mesa, casi la mitad de todos los domingos de su vida. Carmile tiene 84 años, Matt 82, Lenny y Tony acaban de cumplir 80. Esa tarde, el bar está lleno de gente y sobre el campo de golf, muy cerca de la casa club, flamea al tope del asta una imponente bandera de los Estados Unidos.

Matt se levanta de la mesa a mitad del juego para ir a la barra, Lenny protesta que Matt siempre lo hace cuando va perdiendo. Matt dice que no está perdiendo, que necesita beber algo y que no se demora. El muchacho que sirve los tragos, un dominicano de piel cetrina, le pregunta como van los negocios. Sabe que Matty adora conversar sobre dinero.
–Escucha: ayer vendí lo que quedaba de mi companía. No me gustó, pero tuve que hacerlo ¿Tú sabes que tenía una flota de carros para distribuir aceite?
–Lo sé Matty. ¿Con hielo?
–Con poco hielo. De joven yo era el único de mi manzana que tenía un auto. Todas las muchachas me pedían que las llevase a la playa ¿Te he contado eso?
–Varias veces Matty. ¿Algo para picar?
–Un poco de maní. Eran otros tiempos, este país ya no es lo mismo. ¿Sabes tú lo que ha malogrado a este país?
–No Matty. ¿Qué ha malogrado a este país?
–Los negros y los hispanos. Están en todos lados.
–Yo soy hispano Matty.
–No, no. No me refiero a tí. A otros hispanos ¿Entiendes? Antes también había inmigrantes…pero era diferente. Más controlado ¿Entiendes?
–Tu bebida con hielo y tu maní Matty. Entiendo.
–Mi familia llegó desde Sicilia sin dinero y hablando italiano, pero yo y todos mis hermanos aprendimos inglés ¿Te he contado eso?
–Muchas veces Matty.
–O.K. Gracias ¿Eh? Gracias, gracias.

Sobre la mesa, Lenny mueve el brazo accidentalmente y descubre que Matt esconde dos cartas bajo su servilleta.
–¡Es la última vez que juego con Matt!–, grita.
Carmile trata de calmarlo: si él ya sabe que el viejo es un tramposo.
-¡Y un cochino! –agrega Tony– ¡Siempre habla con la boca llena de comida! ¡Un tramposo y un vulgar! Tony lanza sus cartas, se para y ayuda a Lenny a levantarse.

Matt regresa a la mesa arrastrando los pies, tratando de no derramar bebida ni de voltear el recipiente de maní. Algunos socios, desde sus mesas, levantan sus jarros de cerveza y brindan a su salud. Matt brinda, extiende la mano, hace un comentario coqueto a una mesera regordita y le apreta un cachete con sus dedos embarrados de sal. Mientras Matt regresa, Lenny ya arrastra su andador, camino a la puerta de salida, seguido por Tony. Al llegar Matt a la mesa, Carmile lo recibe con una sonrisa fría. «Eres un maldito tramposo, Lenny no quiere volver a jugar cartas contigo». Matt dice que no le importa. Se sienta, bebe de su refresco, derrama un poco de líquido que chorrea hacia el borde del cuello. Estira el recipiente de maní hacia Carmile, que lo mira con la mirada extraviada de su ojo dañado y piensa: “¿Qué pasará por la cabeza de este viejo hijo de su madre?”

Matt insiste en jugar cartas pero Carmile le dice que no. Que ha arruinado la tarde, que ya no quiere jugar. Prefiere mirar el campeonato de golf, en una enorme pantalla de television. El golfista toma impulso para golpear la bola. El silencio en ese lejano campo de Virginia se contagia a los socios que llenan las mesas del bar de este club de golf en Nueva York. El jugador golpea. Es un pésimo golpe, la bola vuela por encima de los árboles hasta donde la cámara no la puede seguir. Algunos socios en el bar aplauden divertidos. Matt es uno de ellos. Carmile lo mira.

***

Tony y Carmile juegan golf todos los sábados por la mañana. Se unen a Matt y Lenny para jugar a las cartas los domingos. El convenio tácito es que Lenny debe soportar los trucos de Matty (más descarados conforme pasan los años) y que ellos tres deben aguantar el carácter explosivo de Lenny. Matt y Lenny han peleado muchas veces. Matt siempre pretende que el juego de cartas no le interesa, pero odia perder. Carmile intenta ser neutral, si bien le hacen gracia las malas bromas de Matty y las rabietas de Lenny. No le desagrada que Matty le ponga apodos. Como aquél cuando apenas se estaba haciendo a la idea de su cicatriz en el ojo y a mitad de un juego de cartas Matt lo apodó: «Mira con Truco». Matt también intentó una vez apodar a Lenny y a sus piernas destrozadas: Lenny lo cogió del cuello con ambas manos. Casi lo estrangula, frente a todos. Matt a veces agarra el bigote de Tony, se lo sacude y le dice que no parece un gallego sino un cuatrero mexicano. Tony se desquita insultándolo, gritándole que es un sucio y un vulgar, un mal educado. A veces todos terminan levantándose la voz. Se insultan, botan las cartas y se largan del club jurando no volverse a ver nunca más.

El sábado siguiente Carmile y Tony juegan golf. Después de ajustar las correas de las bolsas al carrito de golf, el caddy master les asegura que no tendrán jugadores esperando detrás de ellos. Carmile le agradece la información con un billete de veinte dólares. A Carmile le gusta tomarse su tiempo en cada hoyo y detesta cuando otros socios lo apuran. Algunos tienen pésimos modales. Años antes, al ver su cicatriz, los socios, los administradores y los empleados lo llamaban “General” con respeto. Ahora, piensa Carmile, muchos de los socios y de los empleados ni siquiera saben lo que significa “La gran generación”.

A Carmile le agrada jugar golf con Tony porque casi no habla. Avanzan por el campo haciendo mínimos comentarios. Ese sábado son sólo dos pero durante muchos años fueron cuatro: Carmile, Tony, Lenny y Matty. Lenny tenía el mejor juego de los cuatro, hasta que la polio le terminó de arruinar las piernas. Matt siempre jugó mal e hizo el papel del payaso del grupo. Hasta que su columna se arruinó. Las peleas entre Matty y Lenny empezaban el sábado en el campo de golf y seguían los domingos en el juego de cartas. Esa era su rutina de los fines de semana. Tony usualmente hacía causa común con Lenny, si bien en algunas ocasiones le comentaba a Carmile en privado–invocando cierta complicidad por sus ancestros celtas–, que aquellos altercados eran comunes entre sicilianos y napolitanos. “Esto es cosa de mafiosos italianos”, decía.

Ese sábado demoraron casi cuatro horas en jugar los dieciocho hoyos. El campo tiene la peculiaridad de un hoyo adicional. El 19, el hoyo de la despedida. Desde el hoyo 19 se puede ver muy de cerca la casa club y por eso es el más importante: los socios, a través de los ventanales, sentados alrededor de las mesas del bar o bajo los toldos de la terraza de la casa club, pueden apreciar cuan malos golfistas son los otros socios. Es el hoyo que los jugadores escogen para sus apuestas más jugosas. El caddy les comenta que un grupo de socios apuesta siempre mil dólares en el hoyo 19. Los jugadores de cartas fueron siempre más modestos y apostaron invariablemente la misma cantidad: el almuerzo del domingo.

Esa tarde gana Tony en el 19. Carmile reconoce molesto que si bien ha ganado en el resultado general, a él le tocará pagar el almuerzo del domingo. Carmile ha conversado por teléfono con Lenny y le ha prometido que jugará sólo si no juega Matt. Que no volverá a jugar nunca con Matt. Matty no lo ha llamado durante la semana, pero Carmile espera que juegue. “El viejo tramposo no podrá resistir la tentación de venir. Así sea sólo para vernos jugar”, piensa.

Mientras conducen el carrito de golf hacia la casa club, ven algo que les provoca escalofríos. Dos empleados desatan el nudo de la bandera que flamea sobre la casa club. Con la fuerza del viento la bandera se enreda sobre sí misma y el asta se estremece. Los empleados rehacen el nudo peleando con la fuerza del viento y, mientras Carmile y Tony se acercan en el carro de golf, silenciosos, sin dejar de mirarla, la bandera empieza a flamear a media asta.

Durante sus más de cien años de existencia, aquél ha sido el signo tradicional de respeto ante la muerte de uno de los socios. Carmile no recuerda en qué momento de su vida empezó a ver el detalle de la bandera como un símbolo de extrema importancia. No recuerda cuando empezó a pensar, que alguna vez, aquél detalle significaría que él había muerto. Tal vez después de su primer ataque al corazón. Carmile mira como flamean las estrellas blancas y las líneas rojas. Sabe que no necesita decir nada, que Tony está pensando lo mismo que él: mientras no estén los cuatro juntos siempre han de sentir esa ansiedad en el pecho que los llevará, como ese sábado, hacia la casa club. No se dan cuenta que sus zapatos de dos tonos van dejando una larga huella de barro sobre la alfombra del club.

Carmile y Tony se detienen bajo el portal de la oficina de gerencia. Atentos y en silencio, frente a la puerta abierta, observan por un instante a la gerente, que aún no lo has visto, preocupada en la lectura de documentos. Carmile suelta de golpe la pregunta que lo tortura:

–¿Quién se murió?

La gerente levanta la vista de sus papeles y lo mira por unos segundos, extraviada. Piensa por un instante en lo que debe decir. Se demora una eternidad en contestar. Por fin, con la mirada fija en el ojo malo de Carmile, les dice un nombre: «Mister…»

Los dos amigos escuchan atentos, inmóviles. Entonces se abre en su mente un agujero y por allí viajan sus recuerdos, hacia las hojas que caen.

Noticias del sabado

El estudiante es alto y siempre parece que estuviera a punto de estrellarse la cabeza contra un poste. De vez en cuando saca la lengua para refregarse los labios: el frío quema y ella no llega.

Las calles están llenas de animales y de gente. Es sábado en la noche, por aquí y por allá cree ver alguna cara conocida: alguna compañera, la pelirroja que cruza apresurada. El estudiante mueve las manos en los bolsillos, mira hacia la esquina: no vive tan lejos del tren, debe estar a punto de llegar, piensa él.

A los 45 minutos de espera el estudiante se resigna, da la vuelta y empieza a caminar hacia el paradero: suena el celular, mete apurado las manos en uno de los bosillos del sobretodo, mira el nombre en la pantalla del aparato y se desilusiona: ¿Aló?

El estudiante le miente a su amiga la negra: ha cenado con unos amigos, pero puede pasar por su casa a ver unas películas. Echa otra mirada. Una flaca con rostro de animal tejano cruza la calle: tampoco es ella.

La ha abrazado a la negra como siempre, se ha pasado un poco con las manos y esta vez–como ciertas veces– ella lo ha dejado seguir. La compañera argentina no va llegar sino hasta la mañana siguiente, chupa los pezones, le presiona la cabeza y ella acepta.

Se despierta a mitad de la noche para mirarla. Tiene los labios entreabiertos y los ojos apretados como si estuviera sufriendo. Mira el perfil de su cuerpo delicado bajo las sábanas. Hace calor en esa pieza, quisiera abrir la ventana pero tendría que pasar por encima de ella y despertarla. No lo va a hacer. Camina hacia la cocina y se sirve un vaso grande de bebida. Está terminándoselo cuando la puerta de la calle se abre y entra la argentina. El estudiante se fija largamente en su cabello pelirrojo, las pecas en la nariz que lo vuelven loco.

–¿Qué tal estuvo la fiesta? pregunta el estudiante.

Ella responde: un evento social aburrido como los de las tres últimas semanas. Dice que siempre se trata de la misma gente que le habla de las mismas cosas y que, para empeorarlo todo, su novio se ha peleado con ella por una estupidez. Estaba demasiado borracho y se largó de la fiesta dejándola sin dinero para el taxi. Ella dice que ha regresado en el metro y que se ha congelado de frío caminando desde la estación. “¿La negra?” Pregunta ella. El estudiante responde: se ha quedado dormida. La argentina le dice en voz muy baja: ha estado muy mal desde que se separó del grieguito. “Algo me ha contado” dice el estudiante y se termina la gaseosa, como preparándose para volver a la cama.

La argentina le pregunta si quiere tomar un café. El estudiante nota, sorprendido, que entran por la ventana de la cocina las primeras luces azules del día. Acepta.

Mientras llena la cafetera de agua y esta empieza a calentarse, el estudiante la mira. La argentina parece no darse cuenta, sugiere que se sienten en la sala a esperar que caliente. Va a encender la televisión, bajito «para que no se despierte la negra», dice la argentina.

Se calienta el café y se calientan ellos. Dejan la television prendida y como a las once de la mañana la negra abre la puerta de su habitación para apagarla. Hay dos tazas de café sobre la mesa de centro de la sala y la puerta del cuarto de su compañera argentina está cerrada. La ropa del estudiante sigue desparramada en la alfombra de su habitación. La dobla sobre el sillón de la sala: la luz entra por una claraboya celeste y la inunda. Una arañita inmóvil de triste mirada, cuelga sobre un cojín de tela.

En la habitación de la argentina, el estudiante contiene el aliento y escucha los pasos de la negra, alejándose delicados y la puerta de su cuarto que se cierra con suavidad. La argentina ronca dulcemente con los blancos brazos cansados alrededor de él.

El estudiante siente mucho calor. Empuja las sábanas de la cama hasta el suelo y se dedica, con paciente cuidado, a contemplar el techo por un rato y a poner otra vez su mente en blanco.

La trágica comedia, 7 de enero

–Ojos de perro azul. Dijo ella. Y lo miró, ciertamente, como se mira a un perro.

No importaba el paisaje: una mañana inmortal al lado de los acantilados. No interesaba la música. (Adióooos amor..) Tampoco el olor a mariscos frescos. Interesaba lo que ella decía. Y lo que ella decía apestaba.

Se había tirado por varias horas el carro de su viejo y se había metido en contra del tráfico por la carretera al lado de la costa. A ella no parecía importarle mucho al comienzo (fue muy divertido, pasado el pánico) pero se lo sacó en cara apenas se sentaron a comer. ¿Tenía que repetirle que se había tirado el carro por ella? No, que se joda, pensó él.

Lo había tratado como a un perro y eso era todo lo que veía, o quería ver. Al diablo con los ojos y con el azul. Y eso que ella le había dicho cuanto le gustaban los ojos azules. Al diablo porque sus ojos no eran azules. Caramelo. Verdosos a veces, con el sol indicado. Pero nunca azules. Qué perra. Hacerle esto a él.

–¿Sabes lo que más recuerdo de este tiempo que hemos estado saliendo juntos?

¿Quería una respuesta? A ella le encantaba esa retórica. Para qué apurarla. Se había indigestado con su indiferencia en un concierto, se había odiado en una cena carísima de pésimo desenlace, la había visto tocar el piano, para enterarse que ella solo lo veía como a un amigo.

Pero sí había momentos inolvidables. Tardes en que la había visto sonreír con alguna frase inspirada, momentos de ternura en que casi, casi, creía que le iba a conceder el deseo de besarla. Y esas noches en que la cubría de pies a cabeza con una manta antes de retirarse a pie hasta el paradero, cabizbajo por su cobardía. Solo para escucharla luego relatar historias con su amado inmóvil en las que lo único que faltaba contarle era de qué manera se la habían cachado. Pero la quería. Sí. La quería. Y estaban los momentos en que ella se apareció con el vestido de colores tierra, falda vaporosa, de mirada inalcanzable y musa, para acompañarlo a la cita con el oftalmólogo.

Preciosa ¿Tu enamorada? No es mi enamorada. Y en la misa de cuerpo presente, con una cafarena blanca, ávida del Cielo. Y su tía: ¡Linda tu enamorada! No es mi enamorada. Y las frases elocuentes, los poemas inspirados. Las rosas, dejadas con mensajero para que nadie se diera cuenta de que eran suyas. Travesías nocturnas, almuerzos deliciosos en su casa, bromas cómplices, historias breves, heladitos en pareja. Tardes de cine, algunas afortunadas. Sí, hubieron muchos momentos en que ella lo hizo feliz.

Momentos imborrables. Reconociendo, claro, que se le caía la baba por ella.

–El momento que más recuerdo es cuando le dimos esa comida a ese mendigo en la carretera, regresando de este restaurante, de esta tarde de mariscos, de esta maldita tarde de tráfico en contra, de recuerdos, de sus ojos clavados en sus ojos que no son azules. Y sus pestañas larguísimas. Sí. ¿Te las quieres rizar? Y otra vez su risa regresando. Y sus puños clavados en la cama. ¿Te irías a un hotel conmigo? ¿Y adivina quién soy? Y otra vez el vestido elegante, bellísimo y vaporoso esta vez en un bar recién inaugurado. Y él, asombroso. Abrazado a otra mujer más bonita que ella, otro torpe aprendizaje.
-No sabes cuan cerquita estuve de decirte que sí, dijo ella.

Él Puede reírse. Ahora. En ese momento sólo tanía ganas de decirle vete al diablo, ojitos de perra. Perrita chihuahua.

El F**ucking Latino writer, 6 de enero

¿Quiénes están a cargo del mundo? dijo el mendigo. La portera del edificio, una hembra negra, gorda, con los labios destrozados por el frio y los dientes careados, respondió: Yo.
Esto lo exasperó. Él estaba seguro que su pregunta era trascendental, que nadie (y mucho menos ella) estaba en el derecho de burlarse.
-Lárgate de acá viejo de mierda, dijo la portera, mientras agitaba su manotas en forma de mangos podridos y espantaba al mendigo fuera del edificio.
-I am a fucking latino writer. I am a fucking latino writer. Gritó. Pero ella no lo escuchaba. Además de ignorarlo se puso los auriculares gigantes y la música se desparramaba más allá de sus alcachofadas orejas hasta los oídos necios del mendigo que seguía quejándose, diciendo que él era un fucking latino writer y que tenían que respetarlo.
La portera seguía escuchando su música. Sacó un sandwich del amplio bolsillo del abrigo, un sandwich de algo que apestaba. El mendigo no podía soportar aquello así que se dio la vuelta y salió.
Hacía frio en la calle. Todo el viento de Central Park le caía en la cara. El viento y una que otra meada con regalito de los pájaros que pasaban de gira todas las mañanas sobre los caballos del parque. La muñeca vino caminando directamente hacia él, con los rulos dorados y la sonrisa inmortal.
-You are a fucking homeless. le dijo. Y el mendigo no pudo entender o no quiso. Obvio, él quería ver la belleza y la inocencia de la niñita rubia, pero no contaba conque era hija de dos padres intelectuales. Allí venían detrás de ella, a cierta distancia, como para no asustar a la pequeña o para no asustar al homeless. Seguramente tendrían preparada para ella una brillante educación privada y ya le habían enseñado la palabra fucking, como algo normal. Estamos en Nueva York pues.
-¿Quiénes controlan el mundo? dijo el mendigo, como probando y tratando de tragarse la tristeza.
-Yo, dijo la niña, agarrándose un rulito, coquetona, como para probarle que además de ser muy lista, también había aprendido español la condenada. Homeless violenta retirada, por la veredita escondida del parque. ***

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