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The New York Street

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Cuento

El prisionero, 12 de marzo

Photo: Kusi Semninario/Flickr.

Es una habitación sin luz. Más que un cuarto es una prisión, que huele a tierra mojada, a lodo, a montañas. Afuera, la lluvia no para. El sonido del agua sin control lo atolondra, éste se mezcla con el rugido del viento, con el de truenos y tierra que se desborda y precipita quebrada abajo. Debe ser el ruido del purgatorio piensa él. Allí está él esperando su minuto. De pronto, siente que detrás de la puerta de su prisión, alguien rasca la tierra. Empujan un pedazo de papel que se moja y se queda pegado contra el lodo. El prisionero se acerca gateando y lo coje: un pedazo de papel, un mensaje, piensa.

No ha visto comida ni agua en dos noches; tampoco ha escuchado voces humanas desde que lo empujaron a ese agujero de piedras y cerraron la puerta. Pero allí está el mensaje. ¿Esperanza? ¿de qué? ¿Por qué no abrir la puerta y darle la carta? ¿Por qué no decírselo en la cara? Enmedio de la tormenta, en la noche, un mensaje solo puede significar esperanza. Grita, por si el mensajero aún está allí. Se arrepiente de haber guardado silencio, ya el mensajero se ha ido. Solo escucha otra vez el sonido confuso de la naturaleza anunciando desastres.

El hombre toma el pedazo de papel con manos temblorosas. Sus manos están frías, todo su cuerpo tirita: aún así sufre de angustia. Por más que aguza la vista no puede ver: es en una ratonera, aquí los ojos no sirven. Se arrastra, pega su cuerpo enlodado contra la tierra, acerca el papel contra la ranura debajo de la puerta, por si encuentra ayuda en un rayo. No sucede nada. Solo escucha el sonido de un cauce violento y los troncos, las ramas y las hojas de los eucaliptos batiéndose a duelo contra la tormenta.

Tiene que aguantar su angustia, estirado en el suelo, sintiéndose un animal, consciente de que todo su poder está suprimido: su inteligencia, su buena voz, su capacidad didáctica, su buen juicio, su disciplina, su lealtad. Se aferra otra vez a la hoja de papel y sucede el milagro. Enmedio de las hojas y el viento viene la luz, como un flash consistente e intenso que por unos segundos ilumina, deja ver el arroyo que se mete en su cárcel y define con claridad los caracteres escritos en esa hoja de papel rayada, la letra bien caligrafiada en tinta negra, gruesa:

Chay hatun runakuna niwanchis mana allinkuna kanki nispa.

Paykuna wañuchinakunku ñoqanchisman juchawananchiqpaq.

Llaqtay masiy wayqeykuna chayqa ama t’athqaykisunkichu.

Wakchalla kanchinanchiskama paykunaqa juchachiwasunchis imamantapas.

Llaqtay masi wayqeykuna chayqa ama t’athqaykisunkichu.

Llapallan llaqtanchiskuna ñak’arin chay mana allin runakunawan.

Claros, bien definidos, los signos negros. Signos negros, signos negros: nada más. Siente venir a la desesperanza, cree que no va a poder moverse más aquella noche. Entonces se apaga la luz y aparecen retumbando los truenos que asolan esas sierras y cae por fin toda el agua y se lo lleva. Lo arrasta junto a las piedras y a los eucaliptos que no resisten el embiste, en pedazos, dando tumbos, por todo lo largo y profundo de la quebrada hasta alcanzar el río.

En la selva


En la selva a veces uno se despierta y debajo de la cama se encuentra una serpiente de la talla de una anaconda rondándote los pasadores. Vi los ojos de una tarántula colgada sobre mi cama, a escasos centímetros. Todos los días son distintos. Siendo sinceros, para eso vine: no te puedes aburrir en la jungla.

En eso estaba la mañana del 25 de octubre, del año 2___, escribiendo en la computadora, soplándome el calor de la cabaña, el único lugar donde podía escribir a salvo de los mosquitos. La noche anterior subió el río y se llevó mis botas. Las recuperé, las puse a secar. Estaban colgadas de una liana en una de las esquinas. Fui a cogerlas, creí que había perdido el equilibrio. Toda la cabaña se vino abajo. Ese fue el primer terremoto.

Desperté en una caverna. Sin recuerdos, sin botas, casi desnudo. Calculé el tiempo por el hedor de mi piel y el largo de mis uñas. Hacía calor, a mi costado había quedado un paquete de golosinas. Alguien me estuvo alimentando, pensé. Encontré una vasija con un poco de agua, bebí. Nadie vino ese día, esperé. En la caverna guardaban conservas y galletas. Nadie regresó al día siguiente, exploré los alrededores. Sólo encontré hierba, me perdí, volví a la cueva. Esa noche sin luna fui una mancha negra en la selva.

En esa oscuridad me encontró el segundo terremoto. Conseguí escapar de la caverna, sin ropa, sin comida. Salvé de ser aplastado por un árbol. Tras comprobar la destrucción, empecé a caminar entre la hierba, en un sendero cortado por árboles caídos. No encontré a nadie en mi camino. Vi arañas, serpientes arrastrándose a lo lejos. Recordé nombres de personas que me conocian ¿Dónde estarían? La nostalgia ofrece nada, envuelta como un regalo valioso. Es una ruta solitaria la que uno sigue en la jungla. Por cierto dolor en el cuello supe que había estado herido. Alguien se encargó de curarme. Sentía agradecimiento ¿A quién? En la selva las horas pasan como si nada. Trepé un árbol y arranqué frutas, deseé compartir mi almuerzo. Pensé en la infancia. En un viaje de promoción hasta los límites del universo. Siempre había querido llegar y vivir en la jungla. Difícil aburrirse con este calor.

De joven leí un par de historias de naufragios. Te enseñan a contar los días haciendo marcas en los árboles y a engañar a la mente para no perder la cordura. A usar bien la luz del día y a guarecerte de las fieras y los extraños que aprovechan de la oscuridad para atacar. Todo eso lo apliqué en esos días que vagué entre los árboles. Miraba las alturas, donde se cruzaban las hojas, y entre ellas encontraba pedacitos de cielo azul escurriéndose. Caí enfermo una tarde y no me pude mover.

Arranqué raíces y comí tierra. La lluvia me obligó a seguir viviendo a pesar del dolor. Recordé tardes familiares y el calor del hocico de un perro rozándome la mano. De esa comodidad huí. De ese aburrimiento escapé para perderme en la selva. Enmedio de la oscuridad, deliré recordando ciertas palabras de aliento y una tarde en que terminé un partido de fútbol y me saqué la ropa transpirada.

Desperté al lado de una serpiente que se deslizaba sobre el barro. Podía sentir el frío de su piel sin tocarla. Antes que cayera la noche estuve mejor. Dormí, resistí la tentación de comerme la tierra, la mañana siguiente era capaz de moverme, caminé unos pasos y encontré una fruta que hizo las veces de desayuno. El primero de mi nueva vida. Al mediodía supe que era imprescindible tomar una decisión: Seguir camino o acampar. Sentar cabeza, formar un hogar entre aquellos troncos, cerca de las anacondas y el agua del río. O seguir viaje: buscar salidas en el bosque, escribir un diario y ser esclavo de él, viajar para poder llenar las hojas de hechos y sus detalles. Razoné que necesitaría, algún día, que los nietos se apoyen sobre una almohada y escuchen mis historias. Una voz interior con tos convulsiva me dijo que siga caminando, me dio instrucciones para que no me pierda. Decidí seguir viaje. Vine a esta selva para no aburrirme: lo estaba consiguiendo.

Durante el tercer terremoto estaba desnudo, metido hasta la cintura en las aguas. Vi que toda la jungla se movía. Sin embargo el río seguía su ruta hacia el este, buscando el mar. Unos peces blancos con manchas rosadas me besaron los dedos del pie. En el fondo del agua encontré una moneda. Un halcón se elevó entre los árboles y otra ave más grande y agresiva le saltó encima. Se revolcaron en el cielo hasta perderse a lo lejos entre las copas de los árboles. Unas horas después me percaté de que había sido una pelea silenciosa.

Una nube tenía forma de sexo femenino. Hice como que miraba a través de un telescopio con las manos, y así me quedé hasta que el viento la deshizo. Acampé al lado del río y la siguiente mañana empecé a seguirlo.

¿Sabes a qué sabe la tierra mojada? Tampoco sabía como conversar con las serpientes, ni acariciar el agua. La jungla me enseñó todo esto. Y yo aprendí, con el afán de sentarme alguna vez frente a un papel y escribirlo. En mis sueños me encontraba con seres que me acompañaban a dormir, me arropaban y me daban de comer antes de marcharme a trabajar. Recordé cierta forma de saludar de un buen amigo.

Aquél fue el motor de mi marcha. Idea vaga y asustadiza, que mi doctor hubiera adjudicado a los golpes que me hicieron perder el sentido tras el primer terremoto. Mi siquiatra se hubiera interesado por las medicinas que tomé estando inconsciente y la temperatura que soporté en las jornadas de mi caminata. Ningún día fue aburrido, todos fueron diferentes. Seguí el camino al lado del río y vi fantasmas. Mis deseos los consolé con agua fresca. Perdí el sentido, lo recuperé.

Hasta que se acabó la jungla. El río desembocaba en una bahía pantanosa, al borde de un pedazo de asfalto, con un mirador donde alguna vez las parejas se juntaron para mirar las copas de los árboles. Una señal me indicó una pista quebrada, levantada por las raíces y semitapada por las hojas, la ruta que tenía que seguir para llegar a la ciudad. Caminé por unos días, no pude reconocer la entrada. Entré en la ciudad ya demasiado tarde para ver el humo. Unas cenizas blancas saltaron del suelo cuando las pisé, marcando con profundidad el silencio de mi llegada.

Habrá que saltarlas

Las calles de Lima antes del amanecer están apagadas por la neblina. No se ve mucho detrás de aquella manta de agua fina que cubre su cemento. Entre sus veredas de calma, caminaba yo, por primera vez en la ciudad después de mucho tiempo.

Pasa el primer colectivo, la luz de sus faros se abre paso entre la neblina, estiro la mano y me subo. Los pasajeros adormecidos parecen notar que visto diferente, les debe extañar que cargue un sobretodo negro hasta los tobillos. Al chofer no le gusta como me visto. El y su cobrador me gritan que me baje. Les ruego que me lleven unas cuadras más allá, que no les voy a causar demora. Las gargantas de los pasajeros se unen a la del chofer. Me gritan que no sea problemático. Saco la metralleta debajo del sobretodo, los ametrallo. Me apeo en la siguiente esquina y sigo caminando.

Desde los jardines de las residencias antiguas,protegidas por paredes altas, alambres de púas y cercos eléctricos, viene hasta mí una música de grillos. No sé si es la queja por sentirse encarcelados, si bien en este tiempo han de haber ya encontrado consuelo en su pedazo de tierra, en su lote de grama emparedado. Esa música me trae recuerdos, me hace temblar con presentimientos.»Estoy harto. Tengo que verla a ella, decirle cuanto la quiero», pienso. Entre las veredas de paredes altas, con la música de los grillos, sigo caminando.

Divino en Bogotá

El Divino corría olas y remataba polos de sus viajes para recursearse cuando regresaba a casa. El último negocio que se le había ocurrido, luego de ver a una morena hacer lo mismo en las calles de Santiago, era ofrecerle fotos a la gente vendiéndose como el hijo de Dios. Dos de sus mejores amigas fueron reclutadas como adoratrices, y lo seguían en la calles cerca de la Carrera Séptima y la Caracas. Ofrecían marcadores de libros con la imagen del Divino, vendían oraciones y arreglaban fotos con él, que se tomaban con la cámara de los clientes, considerando la posición del sol.

A Marcelo se lo presentaron antes de salir en grupo hacia la discoteca El Goce. «El Divino conoce tu país» le dijo la dueña de la casa, Hilda, la muchacha que había conocido la tarde anterior entre los periodistas que esperaban a que terminara el concierto en el Parque Simón Bolívar para entrevistar al cantante de La Pestilencia; y que lo había invitado a pasar unas noches en su pequeño departamento de soltera, sobre la Plaza del Chorro en La Candelaria.

«Estuve en el norte y en la ciudad de la Mugre» dice con seriedad, mientras pasa lo que resta del cigarrito a su adoratriz, que con la mirada concentrada, lo sostiene y se lo lleva. El Divino se ha cambiado la túnica blanca con la que recorre las calles de Bogotá y ahora viste una camiseta estampada de Chicama Beach. Sostiene en la mano derecha una botella de vino. «Espero que te guste la salsa»–dice él–»porque el lugar a donde vamos a ir es el mejor lugar para bailar salsa en todo Bogotá». Marcelo asiente y mira de reojo a una de las adoratrices, que también se ha despojado del vestido vaporoso con el que llegó y luce una camiseta escotada.

Todos caminan entre los empedrados húmedos de las callecitas estrechas de barrio, bajando hacia el corazón de la ciudad, hacia el cruce ruidoso donde una modesta puerta de madera y una luz verde los invita a pasar. «Este es el Goce, ahora a bailar» parecen decir todos, mientras llegan las primeras cervezas a sus manos, porque ellos saben que viaja sin dinero y no necesita pedirles nada. El Divino lo deja bailar con sus adoratrices y hacerle un sanguchito a la del escote atrevido. Se llena la madrugada lentamente, con un baile que respira sudor y vejez neoyorquina, cuando Rubén Blades llega a El Goce con toques de música mágica y Lavoe abre la última página de un periódico de los 70s.

Su amiga Hilda le mencionó una nota sobre la música en Medellín, las tendencias del metal pesado que se han apropiado de la escena bogotana. Nada de aquella influencia se nota en este viejo bastión del último mundo con sabor, nadie piensa en camisetas negras y sudor furioso cuando mueve sus caderas al ritmo del Gran Combo. Se sucede la noche en cansadas metáforas de adolescente que se transforman en adultos y la barba gentil del Divino lo abraza de amistad y le brinda toda la cerveza necesaria, esa ganada a punta de caminatas por la Séptima y fotos-souvenirs.

Cierra El Goce porque hay cierta norma que rige los clubes para que se callen pronto, la ley Zanahoria, y el grupo se antoja por barrios más modernos, dentro de un edificio de elevadores y vidrios nuevos, dentro de un cuarto, en un sótano donde otras bandas alternativas que rinden su pleitesía al rock sobre un escenario diminuto y frente a una bandera colombiana desgastan la madrugada a escondidas. Muy apretados, muy jóvenes, el Divino es uno más de los que disfruta del concierto con las piernas cruzadas sentado sobre el suelo del departamento.

Se marchan entre tropas de otros lados, por calles de las que Marcelo jamás sabrá los nombres. Persigue a una de las amigas que le brinda hogar sobre El Chorro y ella le ofrece una historia sacada de su infancia en Villavicencio, donde la niñez feliz y los estragos de la guerra se confunden con tenias que le arruinan el estómago. A su lado, El Divino marcha entre las dos adoratrices y discute la sencillez del mundo en un monólogo al que ellas parecen adorar. Marcelo sigue el rastro de la mujer de las llanuras y encuentra el camino hasta su cuarto donde toma solo lo necesario. Luego ella le pide que se marche, porque su amiga va a llegar de otra fiesta y duermen juntas, así que Marcelo se extravía casi a oscuras en una sala donde hay demasiada gente durmiendo en el suelo y se acurruca en un espacio en blanco.

Enmedio de la noche, siente que alguien lo está protegiendo del frío. Abre un poco los ojos, lo necesario para ver al Divino, que se ha bajado de su sofá para cubrirlo con una manta. «Duerme bien» le dice. Y Marcelo se queda para siempre con el timbre de voz con claridad profética del mensajero.

Amanece pronto en esas esquinas y la luz lo obliga a ponerse de pie. Todos duermen, él no. Marcelo camina sobre los pijamas, los trapos aventados en alcohol, las mujeres que reclaman atención, los pequeños hombres despatarrados en los rincones de la sala en posición fetal. Se deshace por la puerta y sube hasta  la azotea por los recatados escalones de la escalera de caracol del edificio. Una vecina madrugadora baja los escalones con una batea llena de ropa y ni siquiera se molesta en mirarlo. Tal vez lo odia.

Cuando mira en silencio la ciudad, su amiga Hilda aparece por las escaleras y avanza entre los tendederos de ropa para quedarse a su lado, observando una ciudad paciente, bellamente cansada.

Ella le ofrece un cigarro. Marcelo deja que Hilda se lo encienda, mira otra vez los techos de la ciudad. No sabe qué decir, así que sigue observando y aquello lo llena.

La camioneta de Rina

Rina pasaba por el pueblo a recoger la ropa sucia. Tenía una camioneta Datsun Station Wagon cubierta de polvo, con la que recorría el camino hasta la ciudad. Hacía el mismo viaje varias veces al mes y la gente, acostumbrada a las cubrecamas y sábanas limpias, se lo agradecía.

Eviten comerse los unos a los otros

Colgadas sobre aquellas paredes de adobe sin pintar, siempre hay un calendario. Y aquellas camas–catres les decía el abuelo–por lo general necesitan una afinada de los resortes y un poco más de relleno en los colchones.

Ella, la selvática que lo había conducido con delicadeza, hasta con cariño, por las escaleras hacia su habitación, ahora lo estaba mirando como si fuera un estorbo, y parecía suplicarle que la exima del suplicio, que se largue para dejarla dormir. Él–no sabía por qué, tal vez por alguna coincidencia que tenía que ver con esa noche, por toda la chicha fermentada o tal vez por culpa de esas velas que le alumbraban el camino en la iglesia antes de que fueran a buscarlo para traerlo hasta allí–no se venía, y todo el placer que podía haber sentido se le transformaba en culpa. Prestaba más atención al calendario colgado en la pared, a la imagen religiosa dibujada sobre los números del mes, que lo miraba acusándolo, como diciéndole que ya tuvo su oportunidad, o que nunca la tendría; que lo estaban observando fuerzas más grandes que aquellas patéticas maniobras que él hacía en la cama con esa muchacha, con ese culo perfecto en el que buscaba perderse para olvidarse del amor y de su incapacidad para conseguir a la mujer que deseaba.

Amor, palabra manoseada ¿Acaso no amaba también esa fuerza que salía desde el centro de su organismo y la penetraba?¿Acaso no amaba la indiferencia con que podía encaramarse sobre otro cuerpo para simplemente olvidar la imagen que lo torturaba?

Entonces sonaron los golpes en la puerta, anunciando que el valor de sus monedas–sus veinticinco monedas– se había terminado, que debía volver a la calle aún semioscura, a una mañana donde seguía transcurriendo la oscuridad de una relación que jamás entendió bien. Tenía que salir a los pasillos de aquella casa refugiada en el anonimato de las afueras del pueblo, donde el enemigo lo esperaría con aquella media risa de doble filo con que lo había tentado aquella tarde por las calles empedradas de la comarca y lo había abrazado mientras tomaban uno y otro vaso de un líquido fermentado y amargo; demostrándole su absoluto dominio de la situación y lo desatinado de su intromisión en esa vida de pareja construída con sufrimiento, poco a poco, a lo largo de tantos años.

Porque ¿Quién era él para creer que podía venir desde la ciudad, desde donde se habían escapado ellos, a gritarle por su incapacidad para mantenerla? A ella que, para que lo sepas, no solo ha cambiado tu vida sino la mía. En esta aventura somos solo dos y no puedo aceptar ni traiciones ni terceros, ni amenazas de retirada, porque este amor tortuoso pertenece a dos amables y tortuosos individuos. Así que no retires tu mano, abraza tu vaso y en estas calles llénalo otra vez del fermento espumoso, de esta savia que ha enceguecido a una raza durante tantos siglos, para que no entienda que su banco de oro está siendo saqueado, porque mi reino no es de este mundo, indio, mi reino es del oro y de la plata.

Y él se imaginó entonces que incluso el Inca había comprobado como el placer de la chicha cerraba los ojos del pueblo: mientras el Imperio seguía extendiéndose, ellos trabajaban, tomaban sin quejarse y de pronto llegaba a esas tierras la iglesia y lo confundía todo. Se prendían las miles de velas antes de que salieran las andas de la Virgen a caminar por el pueblo y la chicha seguía colmando los vasos y, esa madrugada, la selvática  lo invitaba a darle la mano y seguirlo hasta el segundo piso, para entender el poder de sus juventud, de su semen que –por fin, presionado por los golpes en la puerta que le exigían que cumpla su parte del trato, que deje dormir a la muchacha–se desparramaba sobre su cuerpo como la sangre de un animal herido.

Entonces él se apartó de ella, se vistió y salió otra vez a los pasillos para entender que era un hombre vencido, que tal vez debería acostumbrarse mejor a las derrotas, a los caminos truncos; acostumbrarse a pagarle mejor a esas muchachas que lo jalaban con cariño por las escaleras oscuras hacia sus dormitorios.

Allí en la sala de baile, satisfecho, lo esperaba su enemigo. Lo recibió victorioso, con esa media risa con la que alguna vez le enseñó la media pintura de su vida, la que nunca pensaba terminar y que escondía detrás de unas sábanas descoloridas para que su mujer creyera que vivía con un artista. Le dijo que su vida era el arte, si bien su mejor arte era esa forma de mirarlo, sometiéndolo.

Ahora las luces de la mañana entraban por las ventanas irregulares del prostíbulo, para decirle que otra vez había sido vencido. Alguien, muy dentro de sí mismo, le gritaba una línea que no sabía si atribuirle a la descarga en el dormitorio, a la paciente intoxicación de la tarde, o a alguna tara adquirida en una educación religiosa y larga que nunca servía para vencer al enemigo: «No se coman los unos a los otros».

Los dos cruzaron la pista de baile vacía, aquella donde una hora antes la muchacha apareció reluciente y despertada para conducirlo a su habitación, por algunos minutos, para susurrarle al oído que no todo estaba perdido, que las fuerzas de otros abismos lo iban a sostener mientras durase su peregrinación. Pero que no podían ayudarlo a cruzar el infierno, aquella era tarea de hombres, no de niños.

No te conocías

Son dos fotocopias: ella y él, reproducidas en cada detalle del carácter, de la forma de ser. Igualitos, hubiera dicho mi abuela, roncando de risa mientras la familia esperaba que terminara de preparar sus tamalitos verdes.

Ambos eran nietos fuera del matrimonio y amantes de una boda con lluvia que arruinó el toldo árabe y la comida criolla. Debajo de las mesas se escondieron hasta que pasó el temporal y allí le cogió la mano por segunda vez y ella se dejó besar.

Se dejó. No le preocupó que terminara la lluvia y él le propusiera esconderse por el día en una remota casa de playa fuera de la ciudad, no le preocupó el olor de humedad con que se abrió la puerta principal ni el sonido a vacío de los resortes de su cama.Se entregó a él. Caminó por los tramos empolvados del pueblo, bajo las paredes descascaradas. El cielo limpio. Pasaron la noche frente a un fuego a las orillas y regresaron a la humedad del dormitorio para amarse con mayor precisión y conocimiento, para borrar algunas dudas y que ella supiese para siempre que su cuerpo era una caja de sorpresas. Que él tenía razón en pensar que–siendo Escorpio–no se conocía, que tenía la pasión dormida con un sigilo de adolescente.

Ella volvió a la universidad al lunes siguiente. Llovía en la vereda donde tomó el colectivo y el silencio de la caminata hasta la facultad la terminó de absorber. Somos almas gemelas dijeron los recuerdos del sábado. Vamos a durar poco dijeron los silencios del domingo. Tengo que pasar por esto otra vez dijo su cabellera negra, larga, esperando una llamada o un mensaje que nunca llegó.

Fueron almas gemelas, dos fotocopias, dos hijos de la ciudad de las lamentaciones y las azoteas de polvo. Fueron copiados por otros, malinterpretados y finalmente se filmó una película sobre su primer encuentro donde se extraviaron sus nombres. Esa fue la película que nosotros vimos, la que nos obligó a tener hijos, nietos, yernos, para que no prosperara el infortunio del desamor original.

Acerca del peligro

En ese bar de jóvenes con corbata y con camisa abierta, antes que amanezca, uno de los de camisa abierta tendrá sexo con la mujer de uno de los de corbata.

Algunos escritores le echarán la culpa al alcohol, a la iluminación y a las largas colas para entrar al baño. Escribirán sobre la soledad de los bares neoyorquinos y el color gris de las relaciones personales en aquella ciudad.

Sin embargo, ninguno podrá escribir acerca de cómo se las arreglaron sus sexos necesitados de intimidad entre tanta gente. Tampoco acerca de la urgencia con que aquellos recuerdos vuelven, mientras ambos envejecen calmados, bien emparejados y fuera de peligro.

Compañía.

En la sala de un hospital una mujer fuma un cigarrillo. Los doctores la miran impacientes pero no se atreven a decirle nada. Su hijo ha muerto, su hombre está en cuidados intensivos, esperando la misma suerte.

Uno de los doctores es joven, ha terminado una cirugía complicada y mientras rellena los papeles antes de irse para casa, mira los labios de la mujer y el humo que flota entre ambos. No sabe de qué rincón de su memoria salen las palabras, pero son de consuelo y le salen fáciles. Se acerca hasta donde ella y se las dice. No hay necesidad de más, allí sobra el cigarillo. Ella encaja su cuerpo con el de él, con ese hombro que está listo para las lágrimas.

Cuando los doctores la buscan para darle la mala noticia ella está más calmada. Hay varias colillas apagadas en el suelo y en su bolso tiene un pedazo de papel con un número garabateado. El del único hombre en la ciudad que gustosamente se tomaría con ella una cerveza.

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