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The New York Street

Un blog lleno de historias

Crash

En Canadá abundan los caraduras. No hay suficiente gasolina para apuntalar todas las cosas que habría que reventar de una vez por todas. Líos legales, papeles, fresas desparramadas sobre la consola del automóvil. De pronto todo está estático. Un mal movimiento y las cuatro ruedas se escapan de control.

El espacio galáctico ha sido formado por seres de la misma calaña de Vaughan. No hay que ser un genio para percatarse que los espacios se han acortado, que el tiempo corre cada vez más rápido, que ya no tenemos ni siquiera una hora y media de nuestra vida para dedicarla a escuchar un concierto de música clásica. El espacio galáctico está cubierto con las cicatrices de seres como Vaughan y tal vez sea lo mejor.

Recuerdo las carreras de motos en la playa, una chica rubia con el pezón escapándose ligeramente de la ropa de baño. ¿Sentía lo mismo que yo? ¿Es indispensable el vértigo para evolucionar? ¿Seremos en algún momento máquinas? ¿Y la poesía?

En algún momento nacerá en este país la niña robot poeta. Sus lágrimas se deslizarán por sus mejillas y su voz temblará con la misma calidad con que tiemblan las niñas reales. Y alguien exclamará entre sollozos en el público reunido para apreciar su arte: ¡Te amo!

Escondido entre las cortinas del teatro, su creador sonreirá orgulloso, pero sin olvidar los tres o cuatro detalles que deberá modificar y reparar para su siguiente modelo.

Los e-mails cada vez serán más personales y podremos verter lágrimas en ellos con la misma facilidad con que caían las gotas en las cartas antiguas. Y los errores gramaticales serán menos comunes. Serán nuestras cartas y nuestra escritura y las amaremos porque nosotros seremos tan mecánicos como ellas. Nuestros circuitos tendrán marca de fábrica, como ya la tienen algunos corazones, pulmones, córneas, estómagos.

En ese tiempo, no tan lejano, nuestros pensamientos estarán todavía rondando y alguien los captará entre la telaraña de señales y mensajes del pasado. En ese instante mis dedos correrán, listos para agarrarlo: El futuro.

Art Spiegelman en Barnes and Noble

Casi de casualidad me enteré que Art Spiegelman (Maus ) iba a estar en Barnes and noble de Union Square para hablar sobre su libro In the Shadow of No towers. Todo como parte de la conmemoración de los cinco años desde los ataques del 11 de septiembre del 2001. Spiegelman es muy crítico del papel que jugó el gobierno americano luego de los atentados y se queja en cada cuadrito del modo como este atentado fue «secuestrado» -secuestraron el secuestro- por el gobierno de los Estados Unidos. Apenas si los neoyorquinos se estaban recuperando de las heridas y empezando a darse cuenta que habían sido agredidos por el terrorismo, cuando ya, EN SU NOMBRE, se les estaba utilizando para preparar una guerra de características apocalípticas. Las páginas, que no fueron publicadas originalmente por ningún medio masivo en los Estados Unidos (salvo el Forward, un medio orientado a la comunidad judía), fueron reunidas el 2004 para realizar este libro de precioso acabado. Allí Spiegleman describe como fue su experiencia el día de los atentados (el vivía y trabajaba a la espalda de las Torres Gemelas) y cómo se las arregló para superar el trauma de aquél día, gracias a la lectura de antiguas historietas publicadas en las tradicionales páginas a todo color de los antiguos periódicos norteamericanos: Little Nemo, The Katzenjammer Kids, Educando a Papa, La Gata Loca, etc.
Con diapositivas que hicieron didáctica la presentación, Spiegelman describió sus experiencias personales con todo el tema de las Torres Gemelas, detalles de su vida que cambiaron aquél día e incluso compartió su experiencia más reciente, junto a su esposa y co-editora, desde los años de su legendaria revista RAW, Francois, con quien está publicando una revista de comics para niños.
Allí al comienzo de esta entrada, está la foto de mi ejemplar autografiado. Uno de los tantos detallitos que hacen tan especial la vida en Nueva York.

La O


En las mejillas marcaba una tenue sonrosura. Su madre lo estaba esperando con la furia abierta. «Te has pasado de la raya» le dijo tranquilamente mientras el niño empezaba a llorar a causa de la pega. «¿Dónde has estado , malcriado?» decía la madre llorando y el niño respondía con lágrimas y gemidos, que apagaban un tanto el sonido de la golpiza. Como fondo, un noticiero de la televisión, de vez en cuando comerciales. La reprimenda duró un cuarto de hora.

Despúes comieron. La señora había preparado frejolitos verdes con arroz. Los hermanitos miraban el plato en silencio, abrazaban sus cucharitas con toda la boca, intentaban concentrarse en el sonido de su baba reseca y en no prestar atención a los sollozos de su hermano mayor.

El mayor tenía las mejillas coloradas, las orejas calientes, el cabello desordenado sobre el rostro. Solllozaba por el dolor que le carcomía la piel, pero intentaba reconstruír mientras tanto, en su cabeza, los hechos de aquél magnífico día.

Como siempre me he levantado a las cinco y media de la mañana. No había nadie en la calle y todo estaba silencioso cuando he agarrado mis bolsas y me he ido caminando por el borde de la pista hasta la colectora de basura. Había un perro de lengua larga y pelo amarillo, con una cicatriz mal curada debajo de la jeta, que conocía de siempre. El y los otros niños que simpre recogían desperdicios por la madrugada sabían que era el del ciego.

-¿Cómo estás Mandrake? El perro sacó la lengua, bostezó enorme. Y le dijo:

-Tengo que enseñarte algo.

La mesita era inestable y de vez en cuando, si se movían mucho en las sillas, temblaba la mesa. El foco desnudo colgaba sobre sus cabezas. Sólo se escuchaban ellos mismos. Cuatro hermanos. El mayor, el menor y las gemelas.

-¿Qué has estado haciendo todo el día hasta esta hora? Preguntó su madre, que sorbía despacio los frejoles verdes pero hacía menos ruido que todos al comer.

«¿Qué le digo?» pensé. «No puedo decirle que me fui con Mandrake, que visité la tumba del pobre ciego, que me arañaron las calaveras de las pesadillas que lo protegen, que adelanté mi vida en sesenta y cinco años, que la vi muerta y vi la muerte mía y de mis hermanos. Que sé que en pocos meses a esta zona de La Lavandería se la comerá el fuego, pero que yo entonces, ya no estaré aquí. ¿Qué le digo?»

-Me encontré con unos amigos y nos fuimos a jugar fútbol. Hablaba sollozando, todavía le dolía. Sus hermanos se concentraban más que nunca en los frejolitos verdes, en cada granito de arroz, en la blancura de su platito de plástico, en los filos de la cuchara semi oxidada.

-No te creo. ¿Donde fuiste?

-Sígueme, dijo Mandrake. Y el perro empezó a caminar dando tumbos por el borde de la carretera. Dio unos pasos y volteó para asegurarse que el mayor lo seguía.

No pude responderle nada. Siempre le hablaba a Mandrake: Mandrakito para aquí, Mandrakito para allá. A veces encontraba algunas frutas podridas y se las lanzaba. Al principio (y eso se debe acordar Mandrake) también le tiró piedras. Le acerté una vez en la cabeza. Mandrake huyó dando gemiditos. El perro venía temprano con el ciego. El ciego estaba más temprano que todos los niños y se iba al rato que yo venía, cojeando, con su perro. Mandrake siempre regresaba, una media hora después, solo, y se quedaba mirándonos. No ladraba, husmeaba como todos entre la basura, comía una cosita por aquí, otra por allá. Pero al comienzo a los niños nos gustaba apedrearlo, le tirabamos rocones que casi siempre Mandrake esquivaba. Pero una vez le di con una piedra en la cabeza. Y de eso, Mandrake se debe acordar.

-Sígueme, volvió a repetir Mandrake. Con un tono de autoridad que el mayor reconoció. Estaba tan acostumbrado a temer a su padre. Hablaba siempre con el tonito de mando de Mandrake. No sabía que un perro podía imitar tan bien la voz de su padre. Se sorprendió pensando en todo el tiempo que había pasado desde que este se había marchado. Eran casi siete años que no lo veía y todavía se acordaba del tonito mandón de su voz.

El iba detrás del perro, por el borde de la carretera. Caminaron hasta la puerta abierta de la casa del ciego. Había algo en la estufa que olía muy bien, como a cerdo. Chicharrones tal vez. Entraron a la casa

-Siéntate y sírvete-,dijo Mandrake. Así que tomé asiento en una mesa pequeñita, con dos sillas. En un rincón había una cama tendida y al lado de la cama había un anaquel. Sobre el anquel, dos libros gruesos encuadernados en cuero. Sobre la mesa, confirmando la predicción de mi olfato, un enorme sandwich de chicharrón de chancho. No me atreví a comer. Entonces se apareció el ciego, me tocó la espalda y tomó asiento en la otra silla, frente a mí.

Era la primera vez que se me congelaba la sangre. El ciego me hizo una mueca divertida y me volvió a invitar a comer. Era la primera vez en mi vida que estaba tan cerca de él y, cosa curiosa, lo primero que me impresionó es que el ciego mañoso veía. Pasé por alto el hecho que me habría causado más pánico: Mi madre y yo habíamos ido al entierro del ciego.

-¿Qué hiciste todo el día?

-Jugué fútbol mamá. Y fui al centro.

-¿Al centro?¿Y a qué fuiste al centro? Ella tampoco estaba mirándolo a los ojos, sino al plato de frejolitos verdes. El mayor esperó por un momento, esperaba que los frejolitos verdes le contestaran. Sus hermanos estaban estáticos. El menor había dejado de comer. Lo miró.

Yo nunca he ido al centro. Debe ser interesante el centro, a veces he escuchado de él en los noticieros. Creo que cuando tenga tiempo voy a ir con mi hermano mayor al centro. Iremos los dos.

Y el hermano menor se sintió por primera vez en su vida, orgulloso de su hermano mayor. Y curioso: ¿Qué podría haber hecho el mayor en el centro? Tiene que haber hecho algo más interesante que ir al centro. El menor estaba esperando la respuesta mientras le daba vueltas a los frejolitos dentro de su boca.

-A pasear. Fui al centro a pasear

-¿Y con qué plata eh? ¿Qué plata tenías tú para ir al centro?

Y ahí tenía la respuesta perfecta. La única que me podía salvar de todos los problemas y de las otras preguntas y de contar mi verdadero viaje, mi extraña incursión en el mundo de los ciegos, de las pesadillas, de los fantasmas, de los perros que hablan.

-Me fui caminando.

Hasta donde me alcanzaba la memoria, era la primera vez que escuchaba de alguien que se fuera de La Lavandería hasta el Centro caminando. Eso me convertia en un pionero y en un viajero. Me sentí orgulloso de mi respuesta y recordé por primera vez las palabras del ciego que me acompañarían para siempre en mis futuros viajes: «Siempre quedan mundos por descubrir». (Continuará)

Niagara Falls


El barco Maid of the Mist parte de la base de la torre de observación y navega cerca de dos grandes cataratas del Niagara. Pasa a cierta distancia de una de ellas y muuy cerca de la más grande. Por eso resulta indispensable llevar el poncho plástico azul, si uno no quiere mojarse.

La noche anterior llegamos justo antes de los fuegos artificiales, cinco minutos después de las 10 de la noche, se ven bien las cataratas de noche pero no se aprecia igual que de día, cuando se puede ver en toda su dimensión la caída del agua.Las cataratas de Iguazú son más espectaculares. Sí. Pero estas también son impresionantes.
Hay otras cosas que visitar, una caminata hasta la base de una de las cataratas, pero como no tenemos mucho tiempo y queremos llegar pronto, nos contentamos con el viaje en el barco. La ciudad Niagra Falls, parece ser una ciudad en decadencia. Se ven edificios y hoteles que parecen haber tenido su época de esplendor en los 50s o 60s. Lo que más me impresionó a mí fue ver la gran cantidad de visitantes de la India. Por todos lados ves turistas de rasgos hindús. Miki dice al bajar con ellos al elevador hacia el barco, que el olor de ellos no es muy agradable. Acá mi compadre necesita una buena lavada de ala , reclama Miki.
Ya ha pasado el susto del puente con el Canadá, el auto sale disparado en contra y sobre la puerta automática. Incluso nos tomamos una foto en la entrada al cruce peatonal. La hindú que administra el hostal tiene pinta de estafadora. El desayuno en el Little Italy estuvo rico, la mesera se parece a una de las tías de Knollwood. Hay conexión pobre en Internet pero Lissette me manda unas fotos artísticas muy bien tomadas. Desde Lima Carolina llama y le confirmo que ya compré en Internet la Tanita que necesitaba para sus pacientes de nutrición. Desde Lima también, Enrica me confirma que compró las entradas para la ópera. Somos temporada de ópera en Nueva York. Ahora falta que Steve confirme las entradas para Shakespeare in the Park, pero no ha llamado y YA ES TARDE.. Tal vez mañana lunes. Cristi también llama para invitarnos a su restaurante en la 38. Y en la tele, después del pollito Castañeda habla sobre sus planes para un segundo período. Hablan del tren eléctrico. Qué malos recuerdos de aquel tren fantasma…

Haciendo ni Michigan ( Holidays in The Wolverine State )

 

Estas eran las vacacioncitas indispensables antes de empezar otra vez la universidad. Kinde representa una de las caras de los Estados Unidos que no se ve en Nueva York. Es un pueblo pequeño, dependiente de la agricultura y de algunos pequeños negocios (sobre todo ahora que a la industria automovilística de Detroit, la capital del estado, no le va tan bien)

Esta región en particular es muy activa en materia turística. Alrededor del Lago Huron, que limita a un lado con los Estados Unidos y al otro con el Canadá, hay un par de decenas de pueblitos que dan al lago, con playas y hoteles que viven mayormente de los ingresos generados durante el verano. Una de las playas más grandes está en Port Austin que fue donde pasamos un par de mañanas disfrutando del agua dulce y apacible del lago, de la arena y el sol, que no quema tanto en estos días de fines de verano.

A fines de septiembre del 2002 ya había visitado Michigan con Lucho, el hermano de Miki, pero habíamos estado más con la familia de Jo, que fue la madre adoptiva de Coqui, mi cuñado, cuando Coqui estuvo como estudiante de intercambio en 1985. Jo vive en Caseville (área de Sands Point) otro balneario importante del Condado del Lago Huron. Esta vez también la visitamos a Jo y a su segundo esposo, Tom.

Mike condujo hasta Sands Point y Jo nos hizo pasar una tarde agradable con ellos, mostrándonos las fotos de sus nietos, nietas, hijos, hijas y también la nueva adquisición: a los 70 años se acaba de comprar una moto Kawasaki 400, y recién ha terminado el curso de dos semanas para conducir motocicleta. Tom está feliz porque Jo siempre se quejaba que no le gustaba ir en el asiento de atrás de su moto. Jo habla de viajar a Perú pero a Tom no le gusta la idea. Si bien es motociclista y navegante (tiene un pequeño yate anclado en el muelle de su casa en Sands Point) acaba hace unos días de sacar por primera vez su pasaporte. Tiene más de 70 años y aún no le gusta la idea de viajar fuera de los Estados Unidos.

El último día de nuestra estadía hemos regresado al hospitalario Bar-Hotel de Port Hope, un silencioso pueblo de pescadores, donde se arma una agradable tertulia en la barra, entre nosotros, la bar tender, un jugador de golf, un veterano de la guerra de Corea, un camionero, un pescador y otros visitantes a los que todos conocen. Tal vez lo más evidente en estos pueblos pequeños de Michigan es que la edad de los habitantes ronda entre la base 6 y la 9. El bar/bowling de Kinde al que fuimos la noche anterior, apenas tenía un par de otros parroquianos y ellos también rondaban la base 7. Es extraño porque aún es época de vacaciones. Lo que más se ve en las calles es viejos o niños. Al parecer los jovenes o no frecuentan los bares, no salen a la calle, o abandonan pronto el pueblo para irse a las ciudades.

Se respira tranquilidad y silencio. Se puede estar muchas horas en el porche de la casa de Mike sin ver pasar a nadie. Ni peatones ni vehículos. Las iglesias más importantes parecen ser la presbiteriana (a la que pertenece Mike) y la luterana. Mike, comisionado del condado, dice que ambas iglesias suelen trabajar juntas, en muchos casos.

Cuando Andrew, jefe mío y de Miguel en el club de golf nos despidió en nueva York nos deseó «good luck and get some pussy». La buena suerte se puede conseguir en estos pueblos pero la segunda parte de sus buenos deseos, en el mejor de los casos, podría limitarse a algo entre los 50 y los 70. Gill, la hija de Mike, casada y con una hija de menos de un año, nos ofrece conseguirnos una lancha para ir a pescar, pero cae la lluvia esa noche y la mañana siguiente y el tiempo no es propicio para la pesca. También ofrece presentarnos gente, pero no es fácil con la niña que le quita todo el tiempo. Le dice a Mike que si le hubiéramos avisado, ella iba con nosotros al bowling…

El veterano de la guerra de Corea mira nuestras botellas y nos pregunta por qué le echamos un limón a la Corona. Se ríe. Me pregunta cuando nací y le digo 1972. ¿Qué estaba haciendo usted en 1972? le pregunto. Probably screwing my wife responde, y todos en el bar se cagan de risa. What part of Mexico are you from? pregunta Don el camionero. Miki le repite (por tercera vez) que somos peruanos. Don se caga de risa y nos pide disculpas. Sabe algunas palabras en español: Cabrón, cerveza..

El golfista nos ha pagado una ronda y la mujer de la barra nos ofrece dos Coronas de cortesía. Luego el amigo del veterano (que bebe Pepsi Light porque tiene que manejar) nos regala otro par de Coronas. Es más de las 7 cuando regresamos a Kinde. Se supone que ibamos a estar en la casa de Mike Gage para la cena de despedida pero yo llamo para decir que vamos a estar tarde: Nos han retenido en el Hotel de Port Hope. Mike pregunta si podemos manejar de regreso.

Hay sudaderas de varios colores y tallas y la chica de la barra nos vende una por 25 dólares. Nos tomamos una foto con esta polera con un diseño de una cerveza y la cabeza de un marcianito al lado del logo: Port Hope Hotel. ¿Por qué un marciano? le pregunto a la chica y no sabe responder.

La gente alrededor de la barra también quiere saber, pero ella no tiene una respuesta. Pero sí tiene la sudadera en otros colores por si alguien quiere una. En un rincón hay un padre y su niña jugando hockey de mesa, en la tele están pasando un partido del mundial de las ligas menores y en otra tele pequeña siempre se juegan los números de las loterías estatales de Michigan. Está metiéndose el sol entre los sembríos de maíz y de frijol de soya. Se ven flores amarillas por todos lados, eso significa que el frijol está listo para la cosecha. El maíz está vendido en su mayor parte a la compañía Pioneer que produce etanol para el combustible

Mike tiene en mismo sentido del humor de su hija Gill. Al despedirnos nos dice: Port Hope will never be the same. El sol se mete entre los sembríos de maíz. El Honda Accord verde avanza entre los cruces interminables del dedo gordo de Michigan, por las rutas llenas de casas abandonadas, tractores John Deere y semáforos de luz roja intermitente. En la playa he avanzado unas cincuenta páginas de La Guerra y la Paz. Los rusos acaban de perder en Austerlitz y Nicolás ha descubierto que no necesita amar a Sonia para ser feliz. Entre los aristocráticos galpones de Moscú, rodeado por la joven nobleza, condecorado y admirado, cabalga su brioso caballo, pensando en su amor y lealtad por el Zar.

La ruta 53 nos lleva desde Kinde hasta Imlay City a tomar desayuno. The waitress there are cuter and cuter..» dice Mike de las meseras en ese restaurante. Demás está decir que las meseras tienen más de 50 años.

Natasha está enamorada de un bailarín. «No me voy a casar con alguien que no sea un bailarín» dice mientras abraza a su hermano Nicolenka. El oficial Denisov se ha perfumado y acicalado especiaalmente para esa noche. En un pueblito abandonado, entre la retaguardia de las fuerzas conujuntas ruso-austríacas el Zar Alejandro llora desconsolado mientras Nicolás no sabe qué hacer. El príncipe Andrés trata de descifrar lo que siente por Napoléon, su héroe, al que ve entre sombras bajo un intenso e inmenso cielo. Como está muy herido, los franceses deciden dejarlo al cuidado de los habitantes de aquella provincia. Antes de despedirnos Mike nota que la bandera de los Estados Unidos frente a su casa está un poco doblada. La arregla y ella vuelve a flamear, muy poco por culpa de la llovizna. Mike Nos desea God allows you a safe trip home Las callecitas de Kinde siguen solitas. El cartelito de Kinde Village Limit nos hace adiós. Por estas rutas sólo se puede ir a 60 millas por hora.

Arriving to Kinde, Michigan

My brother Miguel was an exchange student in 1986. After 20 years we are visiting the little town in Michigan where he spent 2 months, and the family with whom he lived with over there. They haven’t seen in 20 years. We left New York on Monday morning and we arrived to Kinde almost 15 hours later

There is a green sign at the side of Kinde road that reads: Kinde Village Limit. We have been driving all the way from New York, almost 16 hours. The town is dark, you can see the shapes of the corn plants moving gently with the wind but not much else. The lights are off in most of these small one-story houses. Miguel stops thecar in front of the green sign. He takes out the camera and handle it to me: Take a picture, he says.

The brights are on and you can see the inviting sign of Kinde but nothing else. It is quiet, as most of the towns in Huron County, Michigan should be at this time of the night. I check the time on my watch: 10:30.

I take a picture. A car slowly coming from Kinde seems to stop in front of us. I can see just its lights, but somehow the way it comes and the sound of the engine running, makes me feel that someone is watching me behind that windshield. I take another picture, the flash came out and the car turns right on one of the small streets that seem to go all the way into the corn fields. I try to imagine the person behind the wheel asking himself: Is there really somebody taking a photo of that sign at this time of the night?

The wind is a little bit stronger, but it is still warm. Miguel jumps off the car and tells me to take a picture of him in front of the sign. I do it. Then he drives into the town, that seems to be empty. I can hear the breeze of the Lake Huron coming through the window. Passing in front of a body shop there is a guy working, bended in front of the hood of a car, with a lantern. He has a clear but funny accent. He gives us some directions to get to the street where Mike Gage lives. He does not know his house but seems pretty confident giving us the directions to get there.

We kept going all the way through Kinde road, looking for a flag and the Fire Department building. The town finishes and we keep going where there are just corn fields and abandoned houses.The directions are wrong, and there is nobody in the streets to ask for. We turn around over Kinde road and, at least, we find the Fire Department building.

Like in a puzzle, suddenly all the details of Mike Gage’s address fit together. Miguel drives towards a white, one-story house, the only one in the middle of a desertic street. There is an old man with white hair, a round and big belly and wearing glasses, standing in front of its main door, waving to us, We wave back: twenty years and a heart attack have passed since 1986, but Mike embraces Miguel, his Peruvian son, as if it was yesterday when he left Kinde. Mike is wearing a white T-shirt where I read: Michael Gage, Huron County Commisioner.

Me llaman el desaparecido (Manu Chau en Brooklyn)

Después de los problemas para entrar al concierto de Cerati el sábado, Natalia no quería arriesgar. A las 5 p.m. estaba agarrada de la reja, en la primera fila para entrar al parque. Tony, su amigo mexicano, había perdido el ticket y Natalia estaba traumada porque las entradas estaban agotadas y no sabía si iba a poder conseguir otra. Mi ticket lo cambié por un pase de prensa, pero igual terminamos al frente del escenario junto con toda la gente. Se llenó. Y Manu tocó una y otra vez. No le gustaba la idea de irse. Volvió para tocar Mala Vida que Alejandra le pedía a voz en cuello. Stephanie nunca lo había visto en vivo y estaba alucinada.

Sharon se quedó sin entrada, lo escuchó detrás de la reja. Alejandra se moría de ganas de ir a la fiesta , pero entre la quinta y la quinta decidimos que no valía la pena ir hasta el muelle 17 de Manhattan sin saber si Manu tocaba o no. Entre las masas apareció otra vez el luchador de la máscara plateada. Y el Cromañón parado delante mío, el Trucu-Tru, saltaba salvajemente con su bandera de Colo Colo y la agitaba sin darse cuenta de que tapaba todo y nos jodía a los que estábamos parados detrás. Hasta que Manu lo vió y lo hizo feliz gritándole: «Colo Colo, presente.» Con la boina roja y la camisa verde, Manu criticó el «White House terrorism» ( y le mandó su saludito al Sub Comandante Marcos…)

Esperando en la puerta, mientras calentaban el escenario los malísimos Plastelina Mosh veo a la poeta portorriqueña que me presentó Elisa hace meses en la casa del periodista colombiano. A la fotógrafa peruana que me presentó Camilo, a mi amiga Katy, profesora de Lehman. Stephanie vino manejando desde Port Washington. Lisa baila con el bebe en la panza. Todos somos clandestinos en el cemento de Prospect Park. Manu canta Volver y las luces del parque estallan otra vez. A algunas calles de distancia, Ale y yo somos invitados a la casa de los amigos de Stephanie y Sharon. Hay un tabladillo sobre el techo, desde donde se ve Manhattan. La vista, el ambiente, la cerveza de Clavo y Canela de la que Sharon se ha enviciado gracias a un largo invierno en Brooklyn, están espectaculares. Como a las tres de la mañana llego al Bronx, a enterrarme, trapo, en la colchoneta al lado de la cama donde duermen placidamente mis viejos. «Me llaman el desparecido», me dice Stephanie en un mensaje de texto…El cuerpo no da para más.

Perú Negro en Lincoln Center

Si Alejandra no hubiera llegado tarde para decirnos que tocaban en el Lincoln Center, no lo hubiéramos sabido. El promedio de edad era base 6. Los cinco cajoneros del grupo salieron al frente para gritar: El cajón es peruano. Al final ,después de empujarlos un poco, el público terminó parado coreando y bailando. La negra se menea..al ritmo de la batea…

http://youtube.com/v/PVE-ZWmS4Os

Los tambores de Manhattan

Habría que declarar que los tambores tienen luz propia. Cómo negarlo. Sería egoísta calificar a lo que estos instrumentos emiten, de simples «sonidos». Los tambores emiten luz y sensaciones, algunas de estas de carácter permanente.

 

Después del concierto de Cerati, las huestes desadaptadas- se movieron hacia el centro del parque, donde las tribus se habían juntado para el espectáculo del sonido. Se convocaron magos y magas, druidas, bailarines desacreditados. Gabriela aún no ha gritado: ¡Qué viva Sullorqui! detrás de los espectadores sentados de Perú Negro. Todavía está en camino, seguimos andando hacia el Lincoln Center.

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