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The New York Street

Un blog lleno de historias

Para Joyce

Escrito luego de terminar de leer
A Portrait of the Artist as a Young Man

A los amigos todos en licencioso beso
Los despido cariño cuatro cosas
Somos los mismos hombres los liceo
los cuatrocabras pintos Anatoles

Adelantemos esta despedida
Con exilio y denodada suspicacia
Que al silencio no le guarden respeto
Tengo que decir quiero
Debo arreglarme la vida

Y en el coraje hermoso de mi sexo
En la constancia de mi pensamiento
En la tercera persistencia e intelecto
He creido encontrar la dicha ciega

Sopesaré París (lo que aquí junto)
Entregaré Dublín a cuatro tacos
Martillaré al llanero y al casino
Y con mis dedos de furia
Masturbaré a la letra y
Auscultaré el infierno
He de morir y ella dirá: «No puedo traicionarlo yo tan pronto»

Ha de sembrar semillas
Con mi miembro
Con tu cabello atado a la cintura

Sopesaré las armas que me dejas
Alumbraré el cuartito asomadito al catre
La manivela de porcelana vieja
El caño descascarado
La biografía mitológica
Tus mejores líneas

Asumiré tu genio
Tus letras, tus reservas

Octubre 4. 2007

Mudanzas/ MONÓLOGO DE LA MAMÁ NOY

Sé que ha llegado el verano porque en las habitaciones ya no se siente el fresco que en primavera todavía suele colarse entre la quincha y las cañas del techo. Desde el amanecer, entre los dinteles de madera de olivo, se mete el polvo caliente y llena los cuartos. Una mañana me levanté oliendo el calor y le dije a él, que siempre se despierta antes que yo pero se queda acostado con los ojos abiertos: «Organicemos el verano».

El dice que el próximo domingo, al final de la misa, se irá a la sierra llevándose el ganado. El viaje le ha de tomar un par de semanas. Mientras él viaja yo desarmaré las camas, las mesas, arrumaré las sillas y colectaré fruta y vino. Tendré las alforjas llenas y los toneles preparados para cuando él vuelva. Le pediré por favor, otra vez, que no se lleve esa bolsa de hoja de coca que le envenena los nervios. ¿De qué le sirve leer sus Reader’s Digest y comprarse buenos trapos para ir a Lima a ver los toros, si acá mastica coca como los peones y habla con ellos en quechua como si fuera otro indio?

Los peones partirán hacia la playa llevándose los muebles. Cuando él regrese-tres domingos más tarde, si no se le da por meterse a la quebrada a cazar guanacos-, estaremos esperándolo con su compadre y su comadre bien arreglados, los niños bien vestidos y peinados, las yeguas preparadas y las mulas cargadas: las alforjas llenas de fruta y poronguitos de manjar blanco, los toneles calafateados y colmados de dulce vino, los cartones de cigarrillos (tengo que mandar a comprar al pueblo). Entonces, empezaremos la marcha. Espero que el calor no nos gane. A veces no es ni la mitad de diciembre y ya uno se sofoca.

Bajaremos en fila hasta el cauce seco del río, por el sendero de tierra afirmada al lado del corral, bajo las buganvilias. Cruzaremos sobre las piedras y la lama resquebrajada hasta la banda y avanzaremos por la carretera afirmada hacia la siguiente quebrada. Acamparemos entre los cerros al llegar la noche y él nos contará las historias que más le gustan a los niños, a menos que estos estén muy cansados y se duerman pronto. Si no hay niños hablará de política. Así es siempre. A su compadre Belisario le gusta escucharlo tanto que no sabe interrumpirlo. Con su jarro lleno de vino, aspira el humo de su cigarrera de carey y mira como se van consumiendo los troncos de algarrobo mientras lo escucha hablar de política, de los militares, de la guerra.

En ocasiones lo interrumpo para hacerle preguntas, pero a él no le agrada. ¿Qué sé yo de política? se queja. Si está de buen ánimo, nos contará sus viajes a Lima, nos hablará de Acho, nos describirá las calles alrededor del camal, traerá noticias de los parientes que viven en Miraflores y en San Isidro, o de negocios que se le han ocurrido conversando con los ganaderos. A veces la comadre se aburre y se va a dormir temprano. Otras veces arropa a sus hijos y vuelve a sentarse a mi lado, me agarra del brazo y conversamos en voz bajita de otras cosas: de mis hermanas, de nuestras primas, noticias de los amigos que viven en el pueblo o que se fueron a estudiar al extranjero. Si está muy cansada, lo dejará a Belisario y se irá a dormir sola. Yo me quedaré a escucharlo hasta el final. El siempre se levanta de improviso y dice ‘nos vamos a dormir’, arroja un par de leños al fuego y dispara un par de tiros a la noche para espantar a los zorros.

El segundo día de marcha siempre es el más cansado. Cabalgaremos desde el alba y no nos detendremos hasta la noche. Él encenderá el fuego mientras los demás nos acomodamos para comer y leugo a dormir. La segunda noche nunca se cuentan historias.

La tercera jornada la cabalgata será breve, como siempre. Ya casi estaremos al lado del mar. Descenderemos sobre el camino afirmado, bordeando la quebrada, entre flores de cactus y pitajayas, e ingresaremos al pueblo atravezando la plaza. Las cocineras se nos acercarán diciéndonos que el desayuno está servido y los peones se amontonarán frente al portal de la casa para ayudarnos a desmontar. Él meterá las manos a las alforjas, las retirará llenas de monedas y recompensará a todos, mientra les pide ayuda para amarrar a las bestias. Les conversará en quechua, los interrogará sobre su jornada hasta la playa, sobre el mar y la pesca, les preguntará si hay suficientes mariscos entre las peñas, si han encontrado cangrejos y erizos -que le encantan- si han visto agua en el puquial que utilizamos de lavadero, si los higos y las peras de las matas de la quebrada están maduros, si hay suficiente agua en el estanque, si sus familias están bien acomodadas, si necesitan algo. Belisario se quedará a escucharlos, pretendiendo que le agrada el sonido de su lengua-sin entenderles nada-, yo me iré con mi comadre y los niños a la casa, a revisar la mesa. Seguramente habrá que volver a calentar la leche, o tendremos que moler más café, reemplazar las aceitunas servidas por otras más frescas y tostar más cancha para los niños. Cuando la mesa esté lista, mandaré llamar a todos y nos sentaremos a desayunar.

Desde principios de diciembre ya extraño el olor de las peñas y el aracanto, el aire salado y fresco que llena nuestra casa de playa. Ojalá que al llegar nos espere manso el mar. Me encantaría darme unas zambullidas y estrenar esa truza de baño que él me ha traído desde Lima. Quisiera tener la poza para mí sola por algunos días, antes de que lleguen más familias y Silaca se llene de gente.

No es que me disguste ver gente. Las tardes de los domingos, sentados todos-primos, hermanos y familias amigas- alrededor de las pozas, son las más amenas. Sin embargo, prefiero zambullirme sola en la poza, observando mis carnes blancas bajo el agua. Al menos los primeros días. Durante la temporada me agrada bajar al mar con la comadre Angela y mis hermanas, pero a principios del verano prefiero venir sola. Tal vez la truza nueva necesite arreglos, a veces me ajustan los pechos, a veces no me gusta como atrapan las piernas.

Mis hermanas se tardarán al menos una semana en llegar. Siempre que nosotros partimos ellas recién están mandando el ganado a la sierra. Me pregunto si es porque en Anqui hace más calor. Las chacras de ellas están metidas en la quebrada y los cerros tapan el sol. Ellas tienen la ventaja de no asfixiarse en sus casas hasta después de la Navidad (sin embargo sus uvas nunca son tan dulces como las nuestras).

Tal vez, como dice él, sea porque sus esposos son flojos. Sólo una vez se fue con ellos a la sierra, porque quería presentárselos al alcalde de Coracora e interceder para que les brinden buenos pastos y les protejan al ganado. No quiso mandarlos solos porque ninguno entiende el quechua. ‘No son buenos cazadores y no saben encender buenas fogatas’, me dijo él. En los cerros los zorros, gatos y lobos son hábiles ladrones de ganado. Al esposo de Marina ya le comieron varios becerros y al esposo de Adela siempre le roban el charqui y las provisiones. A veces ellos se hacen acompañar de peoncitos, pero los chiquillos igual se quedan dormidos o les da miedo. Si están despiertos y escuchan rondar a un zorro me imagino que se esconden o se hacen los que duermen.

Mi esposo siempre va sólo. Él dice que así se lo pasa mejor. Mis hermanas sugieren que le gusta acostarse con las cholas y no quiere testigos. Yo les respondo que a él siempre le ha gustado hacerse todo solo y que lo de las indias a mí no me me consta. Cierta vez apareció un indio a almorzar, camino del pueblo, y se puso a decirme que lo había conocido a mi esposo allá, que en Coracora muchos niños llevaban su nombre. Uno de sus hijitos se llamaba como él, me dijo.

Y se reía el cholo, desdentado y los ojos brillosos de borracho. Yo no hice comentarios ni preguntas, le puse el ají que les gusta masticar crudo, le dije a la cocinera que le prepare un par de alforjitas con pan y manjar blanco. ¿Para qué saber más? Mi esposo siempre que se va a Lima me trae regalos: lindos vestidos, truzas como esta que voy a estrenar. Siempre está pensando en lo que necesitan su hijos y en que hay que pagarle las escuelas. A diario trabaja desde la madrugada para zanjar acequias, alimentar y ordeñar al ganado, preparar la uva, organizar la vendimia. Siempre está haciendo negocios y buscando ojos de agua, reparando el estanque, atento a la bajada del río, para que no nos falte dinero, para que Anqui siempre se mantenga verde y los árboles cargados de fruta.

DORIS LESSING and the NOBEL PRIZE

«Nobody is going to believe this, but when I wrote The Golden Notebook, I had no idea I was writing a feminist book,» she said in a recent interview. «Because I had been putting into it the sort of thing women had been saying in their kitchen. But something said doesn’t have the effect of something written. People behaved as if I had done something amazing, yet I just wrote down what women were saying.»

American literary critic Harold Bloom called the academy’s decision «pure political correctness.»

«Although Ms. Lessing at the beginning of her writing career had a few admirable qualities, I find her work for the past 15 years quite unreadable … fourth-rate science fiction,»

Al consultarle al profesor Dunbar: «Esa es la opinión de Bloom. Es un poco injusto, Lessing ha seguido publicando ensayos, crítica y artículos muy interesantes durante todo este tiempo.»

Dicen los cronistas que la esperaron en la puerta de su casa que Lessing regresaba de hacer shopping y al enterarse de la noticia saltó en un pie (tiene 87 años) y dijo: «¡Qué excelente racha!, ¡Ya gané todos los malditos premios literarios europeos!»

THE DELUGE AT NORDERNEY/ Isak Dinesen

Baronesa Blixen y amante de Las mil noches y una noche, Dinesen escribe uno de los cuentos más hermosos que he leído. Los reseñadores de editorial Michael Joseph Limited intentan resumir en la contraportada las virtudes de los cuentos que conforman Seven Gothic Tales, pero les resulta imposible transmitir lo más importante: la experiencia de leerlos.

Conversaba con teléfono con el Maltés y le decía que ningún cuento peruano está a la altura de lo que escribe Dinesen. Sólo algunas joyitas de Loayza han sido escritas con tanta técnica y sólo El derby de los penúltimos de Iwasaki iguala la elaborada música del lenguaje, sin alcanzar la riqueza visual del cuento de la baronesa pues El diluvio de Norderney es una fuente colmada de imágenes deliciosas.

Dinesen juega a ser Scherezade y lo consigue. Los personajes nos enseñan sus caretas, se las sacan y cambian por nuevas máscaras con tal destreza que el lector no puede sino asistir fascinado al espectáculo creativo.

Cronicas Bronxianas

Dibujado el 2005
(Hacer click en la historieta para agrandar)

Cronicas Bronxianas (2)

>
Hacer click en la historieta para agrandar.

Extradición de Fujimori


Estos últimos tres días he tenido una instructiva discusión a través del e-mail con una amiga, veterana de las protestas anti-Fujimori. Leer mis respuestas y las suyas me ha servido para aclarar ideas y establecer conclusiones:

Primero. Es necesario que se enjuicie a Fujimori, porque parece ser la única manera en que el ex presidente es capaz de sentarse y conversar sobre ciertos temas que no son de su agrado: violaciones de los derechos humanos durante su gobierno, manipulación de autoridades y medios de comunicación, entre otros.

Segundo: Es necesario que también se revisen los expedientes de Alan con el mismo celo con el que se han revisado los expedientes de Fujimori. Y que se discuta en los medios masivos por qué García sale librado de polvo y paja mientras Fujimori está sentado en el banquillo de los acusados.

Tercero: Es necesario darle crédito a Fujimori por haber intentado plantearse objetivos de gobierno y desarrollo más ambiciosos que los de sus antecesores Belaúnde y García. Mientras estos dos se contentaron con un país semi destrozado, parece que Fujimori se planteó la construcción de una nación moderna, estableciéndose metas que le permitirían conseguir objetivos más ambiciosos, como el del establecimiento de las bases para un país desarrollado.

Reconociéndo los logros, es posible hacer las críticas: Fujimori creyó que el poder era para siempre. Fujimori intentó perpetuarse en el poder. Fujimori estableció el culto a su persona. Fujimori nos llevó otra vez a la senda del caudillismo de la que los peruanos parecemos no poder librarnos nunca. Fujimori destruyó las instituciones democráticas puesto que éstas no estaban pensadas para funcionar si él no estaba dirigiéndolas.

Producto de ese autoritarismo es que suceden todos los abusos durante el gobierno de Fujimori. No es difícil imaginar funcionarios y autoridades que abusaban del poder (léase: asesinar, torturar, utilizar la SUNAT para establecer cargas tributarias sobre las empresas de sus enemigos y controlar la información que podía salir en los noticieros) creyendo que la presencia indefinida de Fujimori les aseguraba la impunidad.

Es cierto que muchos funcionarios honestos, que creían en la visión del Perú de Fujimori, contribuyeron a que se consiguieran muchos de los objetivos que Fujimori se adjudica. También es cierto que se necesitaba una cabeza lúcida, una persona trabajadora y provista de una visión a largo plazo en el cargo más importante del poder ejecutivo, el de presidente de la nación, para que el país consiga esos objetivos. Ambos fueron indispensables.

Fujimori representó en cierto momento de su presidencia esa opción. Sin embargo, por voluntad propia, decidió lo que decidió. No es extraño que hayan sucedido abusos durante su gobierno, pues este, a partir de cierto momento, se revisitió con todas las características de una dictadura.

Su figura crece cuando se le compara a la de Alan García y a la de Fernando Belaúnde porque estos dos fueron presidentes inefectivos, incapaces. De oratoria elocuente pero limitados en el manejo gerencial del país. Frente a ellos los problemas del país siempre parecieron enormes, irresolubles.

Fujimori creyó que era posible un país sin lucha armada, con un sistema de tributación moderno, con carreteras que unieran los pueblos más alejados, sin la dependencia económica del narcotráfico, con fronteras permanentes y conflictos fronterizos definitivamente solucionados. Y trabajó para conseguirlo, es ridículo afirmar que esos problemas se solucionarosn solos. Fujimori fue más efectivo que sus dos antecesores y en el futuro podremos comparar a los presidentes que vengan, sabiendo lo que es posible hacer cuando se habla poco y se trabaja más, cuando hay metas y voluntad política para solucionar los problemas.

Sin embargo, es indispensable el juicio a Fujimori para estar seguros de que se puede construír el Perú respetando el derechos de todos a opinar libremente. Y para que Fujimori confronte a las víctimas de los abusos y la persecusión de sus subordinados.

Además, porque necesitamos estar seguros de que él ha entendido el tamaño de la verguenza que atravezamos como país cuando él renunció por fax y se refugió en el Japón, dejándonos con el recuerdo de los vladivideos y con la lamentable certeza de haber sido engañados, de haber vivido en un país de fantasía donde la verdad y la mentira se dictaban desde una oficina del SIN.

Sin excesos, con respeto pero con decisión, queremos el juicio a Fujimori porque nos interesa que sepa la verdad de muchos peruanos. Y porque necesitamos que él nos diga la suya.

Contesta

El camino tomado
hacia Manhattan
nos llevó hacia el oeste

Hacia las calles del SOHO
hacia la tarde destreza
hacia tus puentes

En la tapa del New Yorker
gritan las visitas y
los trapecistas pobres

En una tarde agazapado
los trenes corren a la hora en punto
Se atraviesa Bob Dylan
deja un mensaje en la contestadora:
No tengo tiempo para atender provincias

Te pregunto sultanito de alfajores nuevos
Rey del laberinto sin muros
Mucama del tenebroso ojo de gato:
¿Qué hacemos?

Sé que dirás
que agarremos bien fuerte
las penas pasajeras

Tardaré en contestarte
Lo sabes de sobra
Pero tarde o temprano timbrará en tu casa

Por favor contesta.

Foto por «Jonas 79». Flickr.com

Tartufo (2): As Petunias de Capao Novo

Capitulo 2
Tartufo pasó tres días en un albergue en Foz al lado de las cataratas y al amanecer del cuarto día levantó su maleta, que por entonces ya pesaba casi tanto como él, y se dirigió a la estación de buses, a la que recién estaba acostumbrándose a llamar con el nombre portugués: rodoviaria.

Del gigantesco panel de destinos y horas de salida el nombre que más lo atraía era el de siempre: Río. Tartufo se percató de que su destino sería el capricho de su voluntad. Señaló Río con el índice firme para darse el gusto de indicar un nombre que le parecía sagrado.

La terminal de buses de Río de Janeiro era un escándalo de gente. Le recordaba el Mercado de frutas de Lima pero con temperaturas del trópico. Caminó unos metros y empezó a sentir el sudorcito escurriéndose bajo la camiseta desde el cuello: Río ardía.

Por teléfono le dijeron que podía tomar un bus que lo dejaría muy cerca del albergue, frente a la playa de Botafogo (otro nombre de fábula). Se paró a esperar bajo el techo herrumbroso de un paradero azul. Al pasar el torniquete de la puerta posterior del autobús, se dió cuenta que dos adolescentes lo seguían. Uno era alto, ambos vestían pantalones de tonos brillantes y dos desbargadas camisas de cuello y botones. Lo seguían. Tomó el asiento detrás del chofer.

Los adolescentes se quedaron unos asientos detrás, en diagonal a él. Era una situación ridícula: la maletota que llevaba se estaba descosiendo de lo barata que era. Tenía algunas monedas brasileñas en el bolsillo y, los cheques de viajero que solo él podia cobrar. Volteó y los miró de frente¿Qué podrían hacer en un autobús lleno de gente? Caminaron directamente hasta su asiento, le dijeron en portugués algo que no entendió pero pareció escuchar la palabra “Asauto”. El alto le indicó con los ojos una punta que parecía ser la de una cuchilla, envuelta en la tela de su camisa. Pero no vio la cuchilla ni entendió bien la pregunta. Le pareció más que adecuado usar las palabras que le había enseñado Alexei para cuando no pudiera comunicarse en portugués. Miró a los ojos del alto, que pretendían asustar pero sin poder esconder muy bien un brillito de miedo y le soltó en el mejor acento portugués que pudo: “No entendo porra nenhuma”.

El alto se quedó perplejo. Tartufo le repitió otra vez, con voz más alta y más clara, marcando el golpe de sus palabras en portugués masticado: “No te entiendo ni mierda”.

La puerta delantera estaba abierta. Los adolescentes corrieron a bajarse. Ni bien desaparecieron, Tartufo escuchó la escandalosa risa del chofer, que clamaba que esos eran unos asaltantes ineptos. Tartufo entendió durante el recorrido hacia Botafogo –porque éste iba gritándole la historia por la ventana a otros conductores– que él pensaba que los asaltantes eran unos idiotas. “Dinero, dinero eso es todo lo que tienes que decir”, escuchó frente a un semáforo en rojo. En otro momento, el chofer se volteó en su asiento–mientras conducía– para darle una buena mirada sin dejar de reírse. Otro hombre enternado, con aspecto ínfimo, desde el asiento de al lado, le “explicó” que lo habían tratado de asaltar. Un grupo de señoras con el rostro angustiado lo miraban sin decir nada. Tartufo entendió rápido: en Río era solo él. Nadie más.

Caminando desde el paradero hasta el albergue, Tartufo contó siete mendigos establecidos en casuchas temporales de cajas de cartón sobre las veredas. El último que contó se había apropiado de la esquina frente al albergue. Tenía una hornilla pequeña de gas y estaba preparando el almuerzo en una olla que más parecía un cubo, cubierta de ollín y de óxido.

El albergue era un edificio moderno de tres pisos. El encargado de registrarlo le dijo que era el primero de un proyecto para renovar todo el sistema de hostales de viajeros. Los cuartos y los baños estaban casi vacíos ( después le explicarían a Tartufo que el más popular de Río era un albergue juvenil que se caía alegremente a pedazos, frente a la playa de Copacabana). Su habitación contaba con cuatro camas camarote. Sólo una parecía estar ocupada. Cogió la que estaba al lado de la ventana si bien tras ella apenas si se adivinaba un cerro cubierto de vegetación. La mayor parte de la vista consistía en otros edificios.

La sala de television era el lugar de reunion. Pasó por allí antes de tomar una ducha y antes de salir hacia Copacabana pero no vió a nadie. Al parecer todos habían partido hacia la playa. Tartufo no se imaginaba que los turistas pudieran ir hacia otro lugar con aquella temperatura infernal.

El viaje a Copacabana fue incómodo. Sintió el mareo del que entra en una ciudad caótica y sopesa la posibilidad de perderse o terminar engullido. El bus lo dejó en una calle de un solo sentido y lejos de la playa. Trató de averiguar donde pescar el autobus de regreso pero se trabó con el idioma y cuando por fin lo hizo obtuvo una respuesta que no entendió. Memorizó el nombre de la avenida y los colores de algunos edificios. Desde donde se bajó podia ver el horizonte del asfalto de la calle, como una pendiente inclinada, donde se adivinaba en el fondo, el espacio cubierto por el mar. Pero no se podía ver el Océano Atlántico.

Por un momento se detuvo para establecer mentalmente la magnitud de su viaje: Ni dos semanas desde la partida de Lima. Había cruzado por 36 horas la sábana caliente del desierto de Atacama. En Santiago su alma pedía el mar y partió hacia Viña. Los tres días que pasó con Alexei, los argentinos y el ecologista belga, le alegraron el alma pues hasta ese momento no estaba tan seguro que un viaje solitario por Sudamérica hubiera sido una gran idea. La hermandad de Reñaca duró lo suficiente para demostrarle lo contrario, si bien para hacer feliz a Tartufo bastaba la promesa de una mujer bonita y alcohol suficiente para traspasar la madrugada brindando hasta el alba.

Alexei lo acompañó hasta Buenos Aires. Estuvo con él dos días y antes de partir le confesó a Tartufo que se sentía inseguro porque en Porto lo esperaba una mujer: Mirelle. Le contó que su hermana Tatiana tenía un grupo de amigas con las que celebraban carnaval todos los años. Él las llamaba sus “petunias”. Antes de irse a Machu Picchu había estado locamente enamorado de la petunia Mirelle. Pero tenía que hacer el viaje de su vida antes de decirle que la amaba. Ahora regresaba con el cabello largo y los ojos llenos. Ahora estaba preparado para ofrecerle el mundo. Tartufo lo acompañó hasta la estación de Retiro y lo despidió con un abrazo de hermano. Alexei le hizo prometer que intentaría visitarlo en Porto Alegre.

Caminando por esa calle, doblando esa pendiente–pensó Tartufo–, está el Atlántico. Lo cubrió el aura de los mitológicos exploradores que cruzaron el continente. Sabía que él era una especie diferente, que la magia de aquellos viajes inciertos no podia compararse con su aventura de paneles de información, horarios de salida y albergues juveniles baratos con desayuno incluído. Mas como no conocía a nadie de su edad que hubiera llegado solo hasta Río se sintió dueño de la gracia con que la humanidad enviste a los pioneros. Era pionero en su calle, en su barrio, en su clase, en su colegio tal vez. A los 19 años, a sus amigos no les interesaba atravesar el desierto, la cordillera y la pampa hasta la playa de Copacabana. Además Tartufo guardaba en la retina la magia de las aguas cascadas del Paraná, reventando en el infierno de la Boca del Diablo; y había sentido la indescriptible epifanía que siente el viajero que abandona por primera vez la seguridad del idioma para traspasar la frontera e internarse en un universo donde la boca no le sirve para decir nada. Se sentía poderoso.

Tartufo no sospechaba en ese momento, al terminar el recuento mental de los lugares visitados en su aventura transocéanica, que antes de que los dedos reventados de su pies viajeros sintieran la textura del nuevo mar, incluso antes de que sus ojos recién acostumbrados a preveer aventuras bajo el pálido horizonte divisaran el color profundo de la Bahía de Guanabara, de las azules playas de Copacabana, unas palabras lo devolverían al universo miserable de los temblorosos mortales a los que él creía haber logrado superar.

2.

Los hermanos Gil regresaron a Porto Alegre con la maleta sin deshacer. Alexei se dedicó a tiempo completo a un proyecto experimental que tenía postergado durante mucho tiempo. Tache, después de tres semanas aún no había podido recobrarse del susto y la angustia. Una mañana despertó bañada en llanto y sudor. En su cabeza giraban dos palabras ininteligibles. Las escribió en un papel. Estaba desayunando cuando reparó en el detalle: Esas eran las palabras de los asesinos que mataron a Tartufo.

Sonó el teléfono. Primero no entendió. Luego escuchó un nombre familiar: Antonio. Sí se acordaba, sí lo disculpaba por llamar tan temprano, no era molestia, estaba despierta. Era algo urgente. Antonio le contó su pesadilla: eran tres mujeres, tres ancianas las que habían matado a Tartufo. No solo eso. Antonio había entendido las palabras que ellas proferían mientras lo mataban: ióm ktanón. Una amiga había escuchado su historia y se las tradujo. “Es griego antiguo y significa…” Y en el teléfono Antonio hizo una pausa honda: Asesino de tu hijo. Son las tres Furias o tres personas disfrazadas de ellas. Las encargadas en la mitología griega de vengar los crímenes contra tu propia sangre.

“¿Estás hablando en serio?” “¿Qué me estás diciendo?” repitió Tache. Una amiga del trabajo la iba a pasar a recoger, se disculpó. Antonio le pidió solo unos minutos para terminar su idea. Dijo que estaba tan sorprendido como ella. Nunca le había gustado la literatura ni la mitología, ni tenía predisposición a ver imágenes o espíritus. Lo que estaba viviendo era perturbador: no rendía en el hospital, caminaba ansioso y tenso. Creía necesitar algún tipo de descanso pero él y su esposa acababan de estar dos semanas de visita en Perú y ella no entendía nada. Las pesadillas eran constantes, las imágenes de las asesinas lo perseguían en sus sueños. “Yo tengo que traer niños al mundo. Mi vida es el nacimiento y súbitamente, tengo que lidiar todos los días con la muerte, tú eres siquiatra, tal vez puedas entender y aguantar major que yo”. Se quedó en silencio. “He leído un libro que me explica la historia, si bien no sé cómo conectarlo con Tartufo, con el Bronx, con nosotros tres”. Los tres sobrevivientes del bar Pizelli, como los habían llamado–en un artículo escondido en la página de policiales–el New York Post. “¿Qué libro”, preguntó Tache. “Euménides de Esquilo. Te voy a enviar un e-mail con algunos párrafos”. “¿Tú tienes mi correo electronico?” A Tache no le molestaba saberlo, solo que no entendía cómo lo había conseguido. “En su habitación en Lima, Tartufo guardaba tu correspondencia. Hablé con su madre–explicó Antonio–en una postal le dabas tu teléfono y tu e-mail. Me dijo que ha pensado en llamarte, pero que está esperando que pase el tiempo.”

–Claro, mándame un e-mail–respondió Tache–“Ahora discúlpame, me tengo que ir.”
Su amiga estaba tocando la bocina en la puerta del edificio.

3.
Antes de caminar hasta la playa Tartufo creyó que tenía que llamar a Lima. Vio un teléfono de larga distancia en una esquina.

“Hola. Quién habla?” Era su hermano, con un tono de voz apagado “A qué no adivinas donde estoy” No pudo esperar a que él le respondiera “En Río”, dijo. “¿Mi mamá?” Tartufo escuchó la respuesta y su rostro se ensombreció.“¿Todos? ¿Al pueblo?” “…” “No” “Vuelvo a llamar. Diles que estoy bien”

No era un hombre aún. No estaba preparado para enfrentar la muerte.

Tartufo había dejado a su abuelo ya decaído y sin memoria. Pero pensaba regresar a verlo y contarle su historia aunque él no pudiera responderle. Su abuela había muerto con las heridas en las piernas que se le pudrían entre las gasas urgentes. Su abuelo se había dejado ir. Una vez se paró sin acabar su cena. “Dame la escopeta, le dijo”. “Vámonos al monte a matar indios”. Era como si le hablara en serio, pero nadie sino él le prestaba atención. Ahora él estaba lejos ¿De qué servía el mar?¿De qué sirve tu viaje Tartufo? ¿A quién podrás contarles tus aventuras al regresar si ellos han tenido una aventura mayor, si ellos han estado lidiando con la muerte?

Tartufo recordaba cómo eran esas caravanas fúnebres hacia el pueblo. Creía entender la magia que llevaban los muertos que regresaban de tierras extrañas a ser enterrados entre los suyos. El cuerpo de su abuelo iría tendido en la parte de atrás de la camioneta, como si estuviera enfermo. A ambos lados irían dos de sus hijas. Si la policía los detenía, dirían que estaban cuidándolo, le llenarían la cara de paños con alcohol para que pensaran que dormía con angustia. Uno de los hijos, el piloto, ordenaría las coronas y el féretro y designaría a los que se encargarían de tener todo dispuesto para el velorio. El viaje duraba ocho horas, y habría una caravana discreta de familiares que se les uniría conforme pasaran los pueblitos después de Nazca. A la salida del túnel de Palpa, el piloto bajaría para encender una vela al Cristo negro y fumarse un cigarro. Esa sería la única parada del viaje. Llegando al pueblo habría gente que los esperaría en la calle principal, a la entrada, para demostrarles su dolor.

En la casa vieja, la única hija que la ocupaba saldría a mirar el cuerpo de su padre. Se encargaría de vestirlo. Con un terno oscuro solemne. Le llenarían la boca de algodón. Debajo de sus brazos cruzados colocarían al señor crucificado de hierro, bendecido en el Vaticano a mitad de siglo. Habría silencio en la sala de pintura blanca carcomida y la luz de los velones se reflejaría en los cristales de las fotos descoloridas de sus hijos colgadas en las paredes. Allí estaría la primera comunión de su madre y la foto del menor con el cabello engominado y el fondo de la ciudad de Nueva York. Las hijas mayores estarían totalmente vestidas de negro y sorberían el café con disciplina. La mayor de las hijas contaría historias y el profesor Dongo empezaría a quejarse en algún momento de la mierda que estaban haciendo con los recursos de la provincia, de las cagadas en las que estaba metido el tipo ese que se llevó la plata para arreglar el motor del alumbrado público y que los terrucos estaban dando vueltas. Y de repente, levantando los ojos del piso, con el cigarillo humeando entre los labios, preguntaría: ¿Y dónde está Tartufo?

Embriagado aún por el sopor de la notica que había recibido, Tartufo se detuvo sobre un malecón de figuras negras y blancas y empezó a reconocer el paisaje: aquél horizonte de edificios gigantes que asomaba al borde de la playa era Río de Janeiro, esa franja de arena blanca, poblada de hombres y mujeres con cuerpos mayormente atléticos y mallas de baño diminutas era la playa de Copacabana, aquella franja azul que se extendía hasta el horizonte, desde donde soplaba un viento fresco que calmaba el ardor de la ciudad era el Océano Atlántico, la Bahía de Guanabara. Y el pequeño hombre con una camiseta blanca, pantalones cortos azules y una toalla de motives geométricos colgada al hombro, que hacía un esfuerzo enorme para no empezar a llorar, era él.

Las mujeres eran de un color asombroso. Tartufo caminaba por la playa y trataba que no se le confundieran ambas cosas. Acababa de llegar a Río de Janeiro. Acababa de morir su abuelo, el que llevaba su nombre. Tuvo muchas cosas en qué pensar mientras disfrutaba del agua mojándole los pies. Mientras intentaba recrear la vista en los senos alegóricos que se escurrían de agua saliendo del mar. Caminó por Copacabana hasta que se acabó la playa, siguió caminando por Ipanema y llegó hasta la playa de Leblon. No fue tan difícil encontrar el camino de vuelta al paradero de autobús. Miró al pasar el teléfono por donde la habían comunicado la noticia. Sintió frío. Pensaba que todo podia haber sido diferente si se hubiese quedado en Lima. Lo hubiera visto morir. Se preguntó si todo no había sido tramado por él, este viaje de dos meses, predestinado para no encargarse de ningún trámite de ningún sufrimiento directo relacionado con la muerte. Trató de olvidarse y se dio cuenta que no le sería tan difícil y que el sentimiento de culpa no le podia durar demasiado. Esa revelación lo dejó atónito. Sabía que bastaba que el hiciera un mínimo esfuerzo, en ese instante, que lo quisiera simplemente, para que todo el asunto de la muerte de su abuelo pasara al olvido, que la culpa no lo persiguiera. Sabría que tendría que cargar con cierto remordimiento, pero Tartufo también sabía que eso era lo que realmente quería. Llegó a Botafogo y el ambiente era distinto: estaba lleno de gente.

4.
Tatiana trabajaba en el ultimo piso del hospital público siquiátrico de Porto Alegre. Alexei tenía su consultorio dos pisos abajo de ella. Desde la ventana la vista era gris. No podia simplemente levantar el teléfono y llamar. ¿O sí? Era demasiado interés por alguien que no había visto sino dos veces en su vida. Había una brecha de más de diez años¿No había sido acaso ya demasiado trágico verlo morir frente a ella? ¿No le bastaba con escuchar las balas en pesadillas y esas voces de ultratumba que ahora, gracias a la llamada de Antonio, tenían un significado siniestro? “Asesino de tu hijo”.

Tomó un café y se sentó frente a la computadora. Mientras sorbía el líquido oscuro, con descuido iba adentrándose en la maraña de la red y leyendo historias que la conducían a lo que le había revelado Antonio. Las Furias atacaban criminales ensangrentados con la sangre familiar. Su decision era determinante y el final siempre era la muerte excepto si algún dios decidía invocar a la justicia y el acusado era declarado inimputable. Repitió varias veces, en voz alta, un nombre que inmediatamente le inspiró cariño: Orestes. El resto del día transcurrió entre reuniones con pacientes y conversaciones banales con sus compañeras. En la tarde se encontró en uno de los pasillos con su hermano Alexei con quien conversó de la preparación de un matrimonio y una fiesta con amigos comunes. Al regresar a su departamento sintió la necesitad de un baño de agua caliente. Mientras el agua la cubría y se le endurecían la punta de los senos, sus dedos trazaron un camino húmedo que la hicieron distenderse. Pronto se sacudieron sus nervios y en el momento en que parecía estar olvidándolo todo, recordó la última mirada de Tartufo y sintió lo mismo que aquella mañana que Alexei abrió la puerta de su habitación para presentarlos y la encontró desnuda y en vilo bajo las sábanas. Tartufo nunca supo que con él, ella, la reina del carnaval, enredada a los 17 años en la llamarada de la pira de las hojas de bronce, se había masturbado por primera vez.

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