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The New York Street

Un blog lleno de historias

Oye Rock, No te me pongas viejo

En un estrado que se eleva sobre el campo de un estadio de fútbol con entradas agotadas, el guitarrista de una banda de rock and roll hace gemir a las cuerdas de su guitarra, con la sangre acogotada en las puntas de sus dedos que acarician con violencia.

El hombre se retuerce y suda. Suda sus mechones de pelo que no disimulan la calvicie; y la flacidez de su carne blanca y sin sol. Miramos todo, porque la magia de las pantallas gigantes nos permite ser testigos de cada detalle de su desgarradora carrera por el pasillo que comunica al estrado principal con ese pedestal mecánico que se eleva y lo pone sobre las cabezas de miles de asistentes que seguramente que lo aman.¿Cómo no amarte Angus Young?

A un lado del estrado, junto a un bajista con serios problemas de caída del cabello; el vocalista de esta banda–implacable perfil de estómago curvoso, fofa triple papada–contorsiona un cuerpo que pareciera pertenecerle a uno de esos felices sexagenarios limeños que te recuerdan con pasos enfáticos pero cansados como bailaban ellos cuando escucharon por primera vez un disco de Billy Holiday y sus Cometas.Cuesta creer que esa voz puede salir del cuerpo cansado de Brian Johnson.

Estos dos individuos han sido capturados antes en video y en audio. Se llaman AC/DC. Yo he gritado con ellos, en casete y en disco compacto–últimamente en iPod–e incluso los he escuchado en vinilo a escondidas y a oscuras, temeroso porque las malas lenguas decían que eran satánicos.

Esa noche de estadio-completamente lleno, hace 8 años que no hacen gira en los Estados Unidos–dos horas de tráfico y de túnel desde Manhattan; sus miserias rockanroleras me obligan a pensar que el ritmo más vital del siglo XX se nos puso viejo.

Una opinión personal: no vayan a verlos. Escuchen todos sus discos, griten sus letras que incriminan a un mundo que no se sabe divertir lo suficiente.

Pero verlos en vivo–sólo sombras de aquella imagen de una banda con cuya música tantos humanos habremos saltado sobre las cubrecamas adoloridas de nuestra adolescencia–es un mal viaje.

Un sueño en EH…

Estamos celebrando una fiesta más en la casa, llena de familia italiana. Mientras coloco la alfombra azul, especial, un poco sucia con pedacitos de hojas y suciedad del campo, encuentro varias monedotas de oro, muy gruesas, el doble que fichas de sapo; y lingotes de chocolate envueltos en papel dorado, que recojo y junto, entrego a la mesa grande, donde están los abuelos invitados especiales-pienso que las pueden usar como propina al final del show- y me quedo con algunas, dos montoncitos que acomodo en la mesa donde me ha tocado sentarme a ver el show, y que espero repartir al final del dia. Me pongo a ver el show, un famoso grupo de septuagenarios que entran al patio e interpretan una sola cancion, grandes artistas que debe ser costoso contratar.
Está todo el patio muy lleno de gente, ademas de la familia italiana se aparecen los Basson que deja a su familia sentada y se va a dormir al segundo piso. Entra gente de la calle, familias de ricachones que casi nunca se han acercado a nuestra casa en la escuela, ni nos conocen más que de oídas. Estas mamis e hijos malcriados, levantan con la comida como desesperados, se sirven como cerdos, barren con todo como si no hubiera suficiente para todos.

Es una reunión a todo dar, al parecer los padres de familia se han pasado la voz porque llegan de todos lados, entran y se ponen a servirse comida, gente que ni saluda. Cuando termina la música me dejo de apoyar en la mesa y me doy cuenta que mis monedas- lingotes y chocolates dorados se los han robado las criaturas bien vestiditas de terno y me entra una rabia porque igual pensaba regalarlas, y me las agarro contra un niño sentado a mi mesa, lo agarro del cuello de su camisa y le pregunto si no le han enseñado modales, que podía por lo menos preguntar, no robar. Estoy furioso, subo al segundo piso a calmarme, y veo a Basson de reojo en una cama del segundo piso, mientras paso por el frente de un cuarto, la puerta esta abierta y Basson está acurrucado durmiendo en una cama muy pequeña para su talla(habran pasado dos horas y toda su familia esta en el patio divirtiendose) En el baño me relajo y vuelvo a bajar, alguien en otra mesa hace un comentario acerca de que en shorts se me ve mejor que a su esposa cuando tenia ella la misma edad. Los cantantes italianos solo han interpretado una canción, y se han ido, al parecer la dueña de la casa los ha visto y ha creido que eran una buena manera de reconciliarse con algunos de sus invitados, traerlos para que canten una buena canción italiana. Sólo una canción aparentemente ya es carísimo. Hemos llegado a la reunión puntualisimos y todo ha empezado puntual.

2.
Estamos en Silaca y he pensado en cavar otro pozo, para hacer más fácil el proceso de bañarse. Dos bañistas se lanzan desde la entrada al patio de cabeza para probar si el pozo está bien construido o no, se lanzan y parece que donde caen no hay suficiente profundidad. Repiten dos veces esa acción de lanzarse de cabeza. Se paran y corren de regreso sobre las piedritas del fondo del mar mientras el mar se retira (yo los veo como si estuviera en la perspectiva de un hombre metido al otro lado de la piscina, sólo veo sus pies que se lanzan. y luego los veo caminando de regreso para volver a intentar lanzarse. Alguien comenta que tal vez el nuevo pozo haya cambiado el modo como entra el mar a la bahia de Silaca, que el pozo ha destruido otros pozos. Pero otra persona afirma que no, que si los viejitos quieren ir a Pozo de las Viejas pueden hacerlo caminando pegaditos a la izquierda, sin cruzar por el medio (donde ahora entra el agua al pozo )
Vagamente, en el sueño, recuerdo caminar por la cocina de la casa, perdido entre pasillos intentando llegar al patio donde estaban todos.

3.
Estaba conversando con María la muchacha, y conversábamos que todo el mundo se había ido del Perú, su hermana también, había ido a Nigeria, pero la habían tratado muy mal, se había escapado y ahora trabajaba en la Tuscanía. Casi se pone a llorar, decía que no le iba tan bien, en cuanto a dinero, y era la típica conversación, que trabajaba un montón y la plata apenas si alcanzaba…

62 Kings Point Rd.

En la vereda está su silueta con aspecto de embarazo, apenas si puede andar unos pasos pero así y todo ha aceptado ser nuestra guía. Los dos la queremos besar.

Hay ciertas personalidades que cubren toda una vida, se mantienen firmes en tus recuerdos personales y construyen su camino hacia el inconsciente donde se cuelan en tus mejores sueños, ni aún en ellos se dejan besar. O no sabes todavía como hacerlo.

Hay paz en esos recuerdos de caminatas por el desierto argentino, por los recodos de los caminos portugueses, donde la maleta vieja y barata se deshacía sobre un hombro cansado. Cierto apremio sobre circunstancias en las cuales debí haber actuado diferente o puse en riesgo mi vida. Aquellas memorias vuelven una y otra vez, tal vez sea urgente consagrarle un cuento a esa noche durmiendo en una vereda al lado del teatro en Porto o al cruce del bosque a la noche de Leiria.

Tengo todo el personaje de una novela en la cabeza y cuando me siento preparado para escribirlo no se aparece, tal vez sea un problema de técnica.

Me han dejado recuerdos del 28 de julio. Uno que otro saludo, dos intentos frustrados de borrachera patria. Y aquí en este rincón de la isla no hay siquiera un buen plato de cebiche.

Sigo leyendo bajo la sombra verde en la arena, admirando como el sol no quema, como se renueva tan fresca el agua del mar, las siluetas de las bañistas. Es una playa casi virgen. Hugh ha entrado a servirse café en el barco donde esperaba encontrar gonorreas y comida vomitiva, ha querido transfomarse en Marlowe y no le ha salido bien la transformación. Su ukelele lo sigue en su aventura marina. Los marineros aún se asombran de que un niño bien trabaje para ellos y les limpie la cubierta.

Leyendo: Bajo el volcán

Malcolm Lowry, autor de la novela "Bajo el volcán"
Malcolm Lowry, autor de la novela «Bajo el volcán»

He pasado tantas veces frente a ese libro en Strand y jamás asocié su nombre con la de aquella película en la que Nicolas Cage agota su vida consumiendo licor en un motel barato. Otra prueba de que los libros muestran una cara y esconden otra. Otro dato firme de que la literatura te transforma la vida. Esta tarde he leído en voz alta unos pasajes que ciertamente transmiten toda la belleza de una caminata entre las ramas de una trocha de tierra afirmada, por el campo de México. Así que he recordado los caballos alrededor del pueblo y al mismo tiempo al pescador inglés que me hablaba hace unos meses de matrimonio, acerca de un pueblito cerca de Cabo San Lucas, donde se puede vivir sin que la civilización se entrometa.
Es sol y es playa y es cena a la luz del sol, mirando el jardín, descubriendo si han asesinado a las avispas que constuyeron su panal entre las maderas de la casa, si los vecinos de al lado se van a callar de una vez, si ese Consul que camina entre las polvorientas calles de un poblado mexicano conversa con su delirio, ¿Por qué entonces no podemos comunicarnos con los cerebros confundidos, las miradas esquivas en otros puntos de interés? ¿Hay caminos que cruzan por el infierno?
¿Por qué llama el punto y aparte a la hora nueva, y se desafinan las cuerdas apenas tocan base, apenas llama como puede e invoca a la autoridad, a la moral, a las buenas costumbres y a los compromisos celebrados en la misa?
Somos hombres religiosos, pero hombres y eso nos pone las comillas, los puntos suspensivos, los acentos, las preguntas y respuestas que se manejan en cuartos secretos de algún territorio desconocido, de algún infierno personal donde se ha muerto el piloto y el copiloto no recuerda la contraseña y la palabra clave que permita cambiar de rumbo enmedio del temporal.

Hay bares donde vendan a la justicia y le regalan un tamal para el desayuno, le roban el vuelto y la mandan a su casa con el taxista que cobra comisión, hay cirugía de por medio, crimen pasional.

De todos modos, se detiene el poeta. Aspira el aie puro de este rincón de la isla, de estas siluetas de silenciosa paz frente al mar, de felicidad.

No te conocías

Son dos fotocopias: ella y él, reproducidas en cada detalle del carácter, de la forma de ser. Igualitos, hubiera dicho mi abuela, roncando de risa mientras la familia esperaba que terminara de preparar sus tamalitos verdes.

Ambos eran nietos fuera del matrimonio y amantes de una boda con lluvia que arruinó el toldo árabe y la comida criolla. Debajo de las mesas se escondieron hasta que pasó el temporal y allí le cogió la mano por segunda vez y ella se dejó besar.

Se dejó. No le preocupó que terminara la lluvia y él le propusiera esconderse por el día en una remota casa de playa fuera de la ciudad, no le preocupó el olor de humedad con que se abrió la puerta principal ni el sonido a vacío de los resortes de su cama.Se entregó a él. Caminó por los tramos empolvados del pueblo, bajo las paredes descascaradas. El cielo limpio. Pasaron la noche frente a un fuego a las orillas y regresaron a la humedad del dormitorio para amarse con mayor precisión y conocimiento, para borrar algunas dudas y que ella supiese para siempre que su cuerpo era una caja de sorpresas. Que él tenía razón en pensar que–siendo Escorpio–no se conocía, que tenía la pasión dormida con un sigilo de adolescente.

Ella volvió a la universidad al lunes siguiente. Llovía en la vereda donde tomó el colectivo y el silencio de la caminata hasta la facultad la terminó de absorber. Somos almas gemelas dijeron los recuerdos del sábado. Vamos a durar poco dijeron los silencios del domingo. Tengo que pasar por esto otra vez dijo su cabellera negra, larga, esperando una llamada o un mensaje que nunca llegó.

Fueron almas gemelas, dos fotocopias, dos hijos de la ciudad de las lamentaciones y las azoteas de polvo. Fueron copiados por otros, malinterpretados y finalmente se filmó una película sobre su primer encuentro donde se extraviaron sus nombres. Esa fue la película que nosotros vimos, la que nos obligó a tener hijos, nietos, yernos, para que no prosperara el infortunio del desamor original.

Long Island

-Pretty legs you have my dear
-Thank you!

Abnormality in the air, a bunch of light excuses to pretend to know better, to leave the sand, to abandon the town and take the phone numbers of everybody around us.

My car is broken, enemies. You can attack at anytime. I’ll be waiting in the back seat, smoking a cigar.

Acerca del peligro

En ese bar de jóvenes con corbata y con camisa abierta, antes que amanezca, uno de los de camisa abierta tendrá sexo con la mujer de uno de los de corbata.

Algunos escritores le echarán la culpa al alcohol, a la iluminación y a las largas colas para entrar al baño. Escribirán sobre la soledad de los bares neoyorquinos y el color gris de las relaciones personales en aquella ciudad.

Sin embargo, ninguno podrá escribir acerca de cómo se las arreglaron sus sexos necesitados de intimidad entre tanta gente. Tampoco acerca de la urgencia con que aquellos recuerdos vuelven, mientras ambos envejecen calmados, bien emparejados y fuera de peligro.

Compañía.

En la sala de un hospital una mujer fuma un cigarrillo. Los doctores la miran impacientes pero no se atreven a decirle nada. Su hijo ha muerto, su hombre está en cuidados intensivos, esperando la misma suerte.

Uno de los doctores es joven, ha terminado una cirugía complicada y mientras rellena los papeles antes de irse para casa, mira los labios de la mujer y el humo que flota entre ambos. No sabe de qué rincón de su memoria salen las palabras, pero son de consuelo y le salen fáciles. Se acerca hasta donde ella y se las dice. No hay necesidad de más, allí sobra el cigarillo. Ella encaja su cuerpo con el de él, con ese hombro que está listo para las lágrimas.

Cuando los doctores la buscan para darle la mala noticia ella está más calmada. Hay varias colillas apagadas en el suelo y en su bolso tiene un pedazo de papel con un número garabateado. El del único hombre en la ciudad que gustosamente se tomaría con ella una cerveza.

Los avaros

El toro ha caído al suelo con estrépito y a su caída se han iluminado los postes que llevan hasta el paredón.
Allí han asesinado a muchos de los avaros, los han metido en bolsones de yute y han vaciado las metralletas en su carne.
Las bolsas de los avaros ruedan cubiertas de sangre por las calles mal iluminadas de la ciudad, algunos detectives empiezan a seguir sus rastros pero ninguno puede dar con las huellas de las manos detrás de los gatillos. Todos llegan hasta el sonido del toro y en vez de contentarse con un espectáculo tan horrendo y vistoso al mismo tiempo, se vuelven avaros y quieren solucionar los crimenes.
Siempre terminan sorprendidos en una esquina y en bolsas de yute, donde esperan la muerte hasta el amanecer.

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