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The New York Street

Un blog lleno de historias

En la National Gallery

Portrait of Cezanne by Pisarro at the London National Gallery
Retrato de Cezanne por Pissarro, en la London National Gallery

Rescate de un viaje a Londres: un poema en una hoja mordida por un conejo, entre varios papeles que pertenecen al año 2000, ese en que llegué a la capital inglesa a empezar a vivir mi primer invierno en el Norte. Entre la desesperación (entre otras cosas, por no tener dinero en el bolsillo y estar muy lejos de todo lo que había conocido) recuerdo siempre con cariño mis entradas a los museos londinenses, gratuitos al público. Fue la primera vez en que me atreví a pedir dinero en la calle: tenía que regresar de Luton a Londres y revisando en los bolsillos me di cuenta que no me alcanzaba para el tren. Fracasé. Recuerdo algunas miradas severas. Recuerdo haber regresado en el frío y el aire gris de Luton hasta el departamento de mi amiga irlandesa Janet Dunlevy​ a comerme mi orgullo y a pedirle algo de dinero. Una de sus roommates, la inglesa rubia gorda, millonaria y promiscua que vivía al fondo en un cuarto especial y nunca lavaba un plato mandó unas monedas. Recuerdo la caminata de regreso a la estación del tren, la desesperación. Acababa de cumplir 28 años, estaba lejos de todo y extrañaba mi mundo y a mis amigos. Gracias a Omar Pareja​ que me dejó extender un colchón en su pequeño apartamento de estudiante trabajador, que me dejó quedarme cuatro semanas en Londres a experimentar lo que es sentirse solo y pobre por primera vez. Gracias a mi familia que no sé de dónde sacó el dinero para un boleto de 300 dólares que milagrosamente me puso en Nueva York después de pasar por Reikiavic (recuerdo el nudo en la garganta mientras un ATM botaba los billetes como si fuera un milagro). Gracias a los Museos de Londres que siempre me hacen pensar que valió la pena el viaje, que siempre vale la pena un viaje, así te falte dinero y te coma la nostalgia.

 

En la National Gallery

Cezanne, Van Gogh, Gauguin,

Aquí entre ellos no siento ni la magia,

Ni la putamadre

Solo la amistad que los unía

Alrededor del color.

 

A mi derecha un cuadro de Pisarro

Un retrato de Cezanne, barbón

En una casaca gruesa

(Parece un oso ─ridículo─ posando)

Atrás: la silla que dibujó Van Gogh

De su amigo Gauguin.

 

Distintos, tal vez,

Mas buenos amigos

Basta ver los colores:

El amarillo de los girasoles

El de la silla que parece

Adorno de un cuarto de niños.

 

Qué amistad la de estos tipos

Como la que sentí esta mañana

Al abrir el ojo:

Mi amigo Omar me dijo que había tenido cuatro sueños

Cada cual más pastrulo que el otro.

 

Es que estoy en un ciudad donde hace mucho frío

Todos mis amigos están lejos

Cómo me gustaría volver a verlos

Y alegremente, locos y juntos

Como Van Gogh y Gauguin, garabatear unas sillas

Y tomarnos un trago.

 

National Gallery, Londres, 9 de noviembre de 2000

 

De neoyorquinos y de bárbaros

Artículo originalmente publicado en la edición  número 256 de la revista Ideele de Lima.

Portada Los Bárbaros 4/ César Vallejo frente a la New York Public Library
Portada Los Bárbaros 4/ César Vallejo frente a la New York Public Library

 

A propósito de una  nueva y prometedora aventura literaria.

La isla de Manhattan fue comprada a los indios que poblaban esa región por un puñado de florines holandeses. Poco tiempo después de fundada, la ciudad ya se había convertido en el símbolo del dinero en este lado del Atlántico. Con el progreso, la isla se llenó de aventureros miserables, inmigrantes que vivían hacinados en casuchas en el invierno y en el verano pasaban la noche desparramados en los callejones. La desigualdad social siempre ha sido el lado oscuro de Manhattan. La ciudad tendría hasta hoy un enorme problema de imagen de marca si no hubiera sido por, entre otras cosas, el arte. Los artistas descubrieron algo notable entre sus mil contradicciones. Bob Dylan, por ejemplo, tras pasar una temporada invernal en la pobreza, terminó alabándola y despreciándola al mismo tiempo en la letra de Talkin’ to New York, una de sus primeras canciones.

Hasta hace unas décadas, la Europa y la Latinoamérica intelectual miraban con desprecio a esta ciudad de empresarios ignorantes forrados en dinero, sin pasado cultural, sin arte. El cambio fue lento y generacional. Sabemos que hasta en las mejores familias siempre aparece un heredero con ambiciones artísticas para quien el dinero tiene escaso valor. Alguno de los tataranietos de los primeros barones de la bolsa debió de convencer a sus habitantes de que una ciudad de primer nivel necesitaba capital cultural. Los millonarios neoyorquinos se dedicaron a comprarlo: reservaron grandes espacios para galerías, centros culturales y museos, se trajeron templos egipcios hasta la isla, piedra por piedra.

Nueva York no fue considerada la capital del arte si no hasta las últimas décadas del siglo XX. Los artistas que notaron cómo el dinero desbordaba los bolsillos de estos ricos necesitados de buen gusto, empezaron a llegar aquí a ofrecer sus servicios. Así sucedió el acto de magia: los artistas no identificaron en esta ciudad a un monstruo sino que percibieron las características de una epopeya: la Babilonia de nuestros tiempos se estaba construyendo frente a sus ojos.

Es preciso anotar que los neoyorquinos querían comprar una cultura pero no la multiculturalidad multilingüística de la que ahora gozan: los inmigrantes que pisaron Manhattan ansiosos de dólares, lo primero que dejaron atrás fue su ropa vieja. Lo segundo fue su idioma. Así que este fenómeno de una ola de escritores que llegan a escribir en español entre sus calles es bastante nuevo. Si bien tiene antecedentes interesantes: José Martí describió a Nueva York en español, a lo largo de múltiples crónicas pagadas y publicadas por los periódicos latinoamericanos de su época. Federico García Lorca también pensó a Nueva York en español y transformó ante sus lectores esta máquina de hacer dinero en un poema.

A los escritores del siglo XXI también nos convence el sonido del metal: el dinero viene hoy en forma de becas. Las universidades ofrecen un plan de cinco años que incluye una pequeña suma de dólares─suficiente para caminar a diario entre sus bibliotecas públicas y para participar ─sin morirse de hambre─ de la oferta cultural buena, bonita y barata que ofrece la ciudad de Nueva York. En realidad muchas universidades de Estados Unidos ofrecen becas similares, pero solo las que están ubicadas en Manhattan (o cerca de ella) pueden ofrecer como parte del paquete la manzana acaramelada: la experiencia única de vivir en la ciudad de la que tanto nos ha comentado la literatura o el cine. Todos sabemos además, que hoy no se puede caminar bajo las luces de Times Square sin imaginarnos a los personajes de Marvel y DC lanzańdose a salvar el día frente a los pantallones de luz.

En una de aquellas universidades, en las aulas del Programa de Literaturas Hispánicas y Luso Brasileñas del Graduate Center de la Universidad Pública de la Ciudad de Nueva York (CUNY) nació la idea de Los Bárbaros. Me refiero a esta revista en formato de un libro de 100 páginas, que viene publicando la obra de algunos de estos hispanohablantes que sobreviven en Nueva York gracias a las becas de estudios: fotografía, historieta, ilustración, cuento, poesía, crónica literaria. En Los Bárbaros hay un poco de todo lo que puede caber en un libro.

Los Bárbaros fue el resultado de una epifanía foucaultiana. Sucedió en una clase de crítica literaria, a fines del semestre de otoño de 2013. El mexicano Oswaldo Zavala, un Doctor en Literatura egresado de Austin y de La Sorbona, especializado en Bolaño y en las literaturas de la frontera, hablaba de Foucault y de Borges en una sola oración. Él les recordaba a sus estudiantes que las facultades de literatura de las universidades de los Estados Unidos, si bien estuvieron dominadas en algún momento por la crítica francesa, los ensayos de Tel Quel y la literatura pensada desde Europa (Cortázar, Sarduy, Vargas Llosa, Donoso), hoy ya estaban 100% conquistadas por la literatura y la crítica reflexionada desde la hispanidad. Desde la lectura de un ensayo de Alfonso Reyes, Zavala recordó unos versos de Kavafis para hacerle saber a sus estudiantes que los bárbaros que pensaban en español habían tomado el control. Los profesores de francés ahora languidecían en algún rincón de las facultades de idiomas mientras los hispanohablantes aparecían vigorosos, en una ola constante, ocupando puestos en una academia estadounidense que estaba viviendo su cuarto de hora de amor por el idioma castellano. Nosotros, dijo Zavala, éramos los bárbaros que estaba esperando el imperio americano y─por supuesto─ ya habíamos llegado. A eso se debe que la primera portada de Los Bárbaros invoque a un cuento de Borges: el viejo y el joven Borges encontrados en un vagón del tren subterráneo, el joven Borges leyendo la traducción al inglés de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño.

Quienes estudiamos la literatura del mundo hispano desde Nueva York─en Columbia University, NYU, CUNY─y en las universidades satélite─Princeton, Yale, Brown, Rutgers, UPenn─somos los protagonistas de ese fenómeno. Los lectores de Ideele podrían sospechar que alguien nos está inflando el mito. Tal vez, si no fuera porque Antonio Muñoz Molina enseña en NYU, Vargas Llosa viene un semestre sí y otro no a CUNY y a Princeton ─donde también estuvo enseñando Piglia y a donde llega con regularidad Villoro. Tal vez pensaríamos que nos han inflando el mito, si es que no pasaran por esta ciudad cada dos por tres los nombres más importantes de la literatura hispanoamericana.

La revista Los Bárbaros germinó en esas aulas de CUNY con el objetivo explícito de convertirse en el registro impreso más importante de estos años de literatura en español en la ciudad. Este mes de diciembre llegamos al número 6 con un especial dedicado a las autoras: Las Bárbaras.

Nosotros, dijo Zavala, éramos los bárbaros que estaba esperando el imperio americano y─por supuesto─ ya habíamos llegado. A eso se debe que la primera portada de Los Bárbaros invoque a un cuento de Borges

Desde marzo de 2014, Los Bárbaros se ha presentado en sucesivas jornadas literarias en universidades de la ciudad, en la librería McNally Jackson (el ágora neoyorquina, administrada por el librero uruguayo Javier Molea, por donde pasan todos los escritores hispanoamericanos que quieren hacer acto de presencia en Manhattan), en el Centro Cultural Barco de Papel, una pequeña librería de Queens que sirve a los lectores de ese barrio; en Sarah Lawrence, universidad de tradición elitista de los suburbios de Westchester cuyo Departamento de Español es conducido por Eduardo Lago, novelista y periodista de El País; en el Instituto Cervantes de Manhattan, en la Book Expo América 2014, la feria del libro más importante de los EEUU; y también en la FIL de Lima 2014 (si bien el dinero de la venta de Los Bárbaros 1 y 2 en Lima ha desaparecido entre las manos de la distribuidora) y la FIL 2015 (donde se distribuyeron los números 3, 4 y 5, bajo el empuje y auspicio de la editorial Animal de Invierno).

En Los Bárbaros han publicado muchos de esos escritores contemporáneos en cuya obra Nueva York ha dejado alguna marca: Juan Villoro, Antonio Muñoz Molina, Mercedes Cebrián, Gabriela Alemán, Lina Meruane, Martín Caparrós, Alfonso Armada, Eduardo Lago, Eduardo Halfon, Ana Diz, María Negroni, Mariela Dreyfus, Isaac Goldemberg, Pablo Brescia, Roger Santiváñez, Diego Trelles Paz y Fernanda Trías. Junto a estos nombres que ya tienen una obra reconocida, se han publicado los trabajos de artistas que llegaron y recién empiezan a hacerse un nombre en el universo de las letras en castellano: poetas como Lena Retamoso, Soledad Marambio, Ethel Barja o Almudena Vidorreta; narradoras como Mariana Graciano, Sara Cordón, Úrsula Fuentesberain, Isabel Díaz, Esteban Mayorga, Claudia Salazar, Jennifer Thorndike, Carolina Tobar, Francisco Ángeles o Alexis Iparraguirre; historietistas e ilustradores como Jesús Cossio, David Galliquio, Eduardo Yaguas, Renso & Amadeo Gonzales, Diego Guerra, Jugo Gástrico, y Manuel Gómez Burns; fotógrafos como Mike Fernández y Diana Bejarano; artistas plásticos como Jorge Maita, el autor de nuestra última carátula. Está claro que la falta de espacio nos impide mencionarlos a todos.

Los Bárbaros es un proyecto ambicioso que ha empezado con el corazón lleno y con los bolsillos vacíos. No tiene otros auspiciadores que los autores que donan sus textos, los artistas que donan sus obras para ser publicadas, las librerías, los centros culturales y las universidades que le brindan los espacios para presentarse. En 2015 el proyecto ha crecido con la aparición de los programas de radio en formato podcast dirigidos por la periodista argentina Teodelina Basovilbaso. Ella entrevista a escritores que publican en la revista y organiza clubes de lectura con sus obras. El próximo paso de Los Bárbaros es la edición de un libro antológico que cubra sus primeros dos años de vida. Además, está en los planes la realización de un programa de televisión que intente abarcar en imaǵenes estos años en los que la cultura neoyorquina en castellano sigue ganando espacios. Existe un proyecto para publicar una antología online de trabajos traducidos al inglés, para organizar un concurso literario y hay invitaciones para presentar la revista en bibliotecas públicas, universidades, conferencias y festivales literarios en el continente.

El número 4 de la revista estuvo dedicado a la poesía. En la portada, César Vallejo posaba agarrado de su sombrero, apoyado contra los leones de la New York Public Library. El número 5 estuvo dedicado a la crónica literaria, con una carátula en la que Don Quijote y Sancho se abrían paso entre el tráfico de Broadway y la 42 en Times Square. El número 6 fue solo para escritoras y el número 7, el primero del 2016, estará dedicado a eso que los hispanoamericanos acostumbrados a la pulcritud con la que se dice adiós la gente en Santa María, a la alharaca con la que se hace el amor en Macondo y a la naturalidad con que marchan los muertos por Comala, llamamos literatura fantástica.

La revista ha lanzado ya la convocatoria para los siguientes números. Estos aparecerán en la primavera, en el verano y en el otoño de 2016. Los Bárbaros sigue buscando a esas mujeres y hombres que trabajan en su obra mientras intentan amoldarse al mundo del norte y que, sin embargo, no pueden dejar de pensar jamás en aquello que sucede en el sur.

El juguete rabioso

jugueterabioso

El 28 de enero de 2011 estuve varado en Bogotá por un tema de cambio de aerolíneas. Entre el amanecer en el hotel Tequendama y la hora en que salía el avión hacia Nueva York me quedaban algunas horas que decidí matar caminando hacia el centro de la ciudad. Lo había hecho antes en 1996─aquél otoño en que decidí irme por tierra a ver el Rock al Parque─ y en abril de 2000, a pedido de una amiga que me insistió en dejar estacionado mi auto en una calle de Quito para tomar un avión hacia ella y pasar juntos la Semana Santa.

Recordaba con vaguedad las calles que había recorrido pasando por el Museo del Oro hacia un restaurante grasiento donde tomé mi primera cerveza Aguila. También me acordaba de la desordenada ruta del descenso desde las calles empinadas de la Plaza del Chorro en La Candelaria hacia un club especializado en salsa vieja, en aquellos primeros años del alcalde Mokus y su Ley zanahoria.

Lo que no recordaba para nada eran las librerías de viejo con las que me encontré esa mañana. Eran varias, surtidas, prometedoras.

En una de ellas, en la Carrera 8 (Libros del Centro), encontré una edición de Bruguera de un libro de Roberto Arlt, con prólogo de Juan Carlos Onetti.

Había escuchado muchas veces el nombre de Arlt asociado al asombro pero jamás había abierto una de sus páginas. Esa mañana en el Tequendama, esperando el bus que me llevaría al aeropuerto, recuerdo haber leído las palabras que le dedicaba Onetti, recordando su primer encuentro en las oficinas del diario El Mundo.

Lamentablemente no leí más. Cuatro años de otros libros se metieron entre Arlt y yo, hasta ayer en que volví a encontrarlo en mi biblioteca, abrí la novela y no pude detenerme hasta terminarla.

Hoy puedo sumarme a la larga lista de lectores que suele decir que El juguete rabioso es un libro imprescindible. Lo leí en un tren desde Westchester y mientras observaba la neblina de la bahía de Nueva York en un bote que me llevaba a Staten Island. Lo terminé mientras esperaba la puesta de sol de un día muy nublado en Long Island.

El libro te enseña─si ya no lo aprendiste─ a desconfiar de los finales dulces y de las historias que te hablan de la miseria sin conocerla. “Baldía y fea como una rodilla desnuda es mi alma” dice Silvio y esa frase representa mejor que tantas otras mucho más elaboradas, la frustración de quien presiente que no tiene las herramientas para sortear su vida y sus penurias.

Silvio Astier─el aprendiz de ladrón, el huérfano de un padre suicida, el miserable que no conoce a nadie con influencias─ recibe un beso de una mujer bella que en vez de impulsarlo a la esperanza lo sepulta en el dolor y lo hace consciente de que jamás tendrá una mujer como aquella, del jamás que se interpone entre su realidad y las cosas grandes a las que él aspira.

Arlt desbarranca a Silvio Astier. Lo obliga a querer matarse. Nos lleva por el borde del precipicio y nos enseña una novela sobre la mentira y la verdad. Como dice Onetti, sin estar muy bien escrita, está escrita con suficiente coraje para seguir diciéndonos, desde 1929, todas las cosas sobre la vida que son importantes.

arlt

Regreso a Riverdale

Casas Bronte
Las casas Bronte en Riverdale, Bronx NY. Foto de Mark Garbowski.

Una vez compré en Manhattan una postal con una foto en blanco y negro. Era la tarjeta perfecta para enviársela a una amiga que solía corresponder hermosas fotografías desde su nuevo hogar en Indonesia. En esta foto una anciana descansaba en una silla y detrás de ella se veía el paisaje de un río.

Mucho después, mientras conducía por el barrio en el que viviría durante tres años, encontré el lugar donde se tomó aquella foto. Apoyadas en una colina, frente a frente con las colinas al otro lado del río Hudson, se ubican las casas Bronte: dos viviendas de color tierra, techo de tejas rojas, escalerillas de piedra y pequeños jardines de setos frondosos entre ambas, balcones adornados de flores y paredes trepadas por enredaderas que reciben sobre ellas la brisa del río y la luz más clara de la ciudad. Entre las casas se veía el mismo paisaje maravilloso de la postal que llamara mi atención.

Riverdale fue mi hogar entre 2006 y 2010. Solía caminar frente a las casas Bronte al principio de la primavera, solo para constatar que seguían allí. Supe -por Google y por un pintor que ofrecía 20 versiones distintas de las casas Bronte- que yo no era el único entusiasmado por ellas. Alguna vez he realizado largos desvíos solo para poder mostrárselas a los amigos que me visitan: es un espacio detenido en el tiempo, la pieza clave de un rompecabezas que ya no existe.

Hoy volví. Tras 90 minutos conduciendo desde el final de Long Island, sabía que aquellas casas eran el sitio perfecto para reimaginarme el verano. La luz que cae sobre sus casas sigue igual de clara (si bien los rayos del sol hoy las golpean con intensidad) y ahí sigue ese espacio libre entre las viviendas que permite ver las colinas verdes y el Hudson azul.

Sospecho que todos requerimos sitios así. En Lima, me bastaba con sentarme entre las piedras donde reventaban las olas en Chorrillos para saber que los problemas de mis veinte años iban a desvanecerse. En Silaca, entre dos piedras desde donde se podían espiar al mar reventando contra las peñas y a los lobos marinos, era capaz de imaginarme el futuro. Las casas Bronte en Riverdale -en realidad toda aquella esquina del Bronx- me llevan de inmediato hacia un espacio tranquilo en el pasado, a las calles donde caminaba un muchacho soltero,14 años menor que yo, hacia las horas del dia llenas de preguntas cuando este hombre caminaba por las calles de Nueva York e imaginaba el recorrido de su sombra.

Playa

Allá todo se olvida me dijeron. Bajo la suavidad de un mar de color azul, al final de Long Island. Con los brazos abiertos respirando otra vez. Semestre over, que vengan las olas.

Desde el agua

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Painting by Samantha Frech

En el borde de la piscina todo es válido. “Más aún en una piscina de los Estados Unidos”, pienso. Me agarro lo que me sobra de panza con los dedos y me lanzo de cabeza. Necesito pensar.

Abro los ojos y miro al niño que nada un poco más allá, agarrado a una boya. Podría estar meándose ¿y cómo saberlo? Pensé que ya se habrían popularizado esos químicos que delatan a los que orinan en el agua, pero parece que aún no. Jamás he visto que se formen esos aros azules alrededor del culpable.

Eso es en lo que necesito pensar: la culpabilidad ¿Cuándo se es culpable de algo? Por ejemplo, en Lima: creo saber cuándo me porté como un animal. Lo sé porque esa gente que antes traté con tanta confianza hoy ya ni me habla. Alguna vez me los he cruzado en alguna reunión y nos hemos saludado por compromiso y he vuelto a la casa y me han venido los recuerdos. Es fácil desechar las culpas pero queda una perturbadora sensación de habernos portado mal. Patán: pude serlo y lo fui. Creía que me vengaba de las patanerías que sufrí, como si alguien tuviera que pagar para que se mantuviera un equilibrio cósmico, como si no tuviera la fuerza para ser yo el último de la cadena, la voz que dijera: basta, no podemos continuar viéndonos de esta manera, no podemos continuar mintiéndonos. Como si lo que tenemos fuera una fuerza natural de la que no podemos escaparnos.

Somos dos adultos: dos seres que necesitan espacio adicional, dos personas que necesitan brazos ajenos para seguir. “Infiel, eres un infiel”, grita una voz allí, en la piscina. Nado, mientras intento ordenar una serie de impulsos de odiarme, de amarme, de cambiarlo todo. Ella es una infiel pero qué interesa, si todo lo que ella hace es porque tú se lo has ordenado, porque le has añadido a la amistad esa nota adicional que ella ─tú sabías─ ella siempre necesitaba.

¿Recuerdas el momento en que se encontraron por primera vez? Solos, en ese aeropuerto. Ella llena de maletas, sola, como no la habías visto en tantos años, porque los hijos y el esposo y la familia y los admiradores y las cámaras, etcétera.

Él también la engaña. Eso te hace sentir mejor, es tu coartada ¿Qué tanto vale una coartada? “Este es nuestro secreto y lo será para siempre”, te dice ella en la cama. Mientras te abraza y te vienes y vuelves a tu casa y tiras las llaves y dices que la oficina ha estado terrible, que las mil reuniones y el tránsito en la calle Madison, bla bla bla.

¿Crees que ella no lo sabe?, te preguntas. Ella también te podría engañar ¿no? En noches como aquella en que la encontraste saliendo del gimnasio, sudando junto a otros muchachos, tal vez no tan jóvenes pero en mejor forma que tú: regordete, pálido. Cinco años sin hacer deporte, cinco años comiendo las hamburguesas de mierda y la comida basura que hacen en este país. Y sabes que no te engaña, porque ella no tiene esa porquería que tú tienes en la cabeza, que te altera cuando ves a una amiga, como ella, que te excita. Como se tienen que excitar todas las bestias, enfermos, con los que no puedes dejar de compararte después de que lo haces con ella. Cuando te llama para decirte que aterriza en el JFK otra vez y que se hospeda en ese hotel cerca de Grand Central, que te queda tan cerca del instituto, de ese despacho que cierras una hora antes para poder irte caminando y tirártela como no te has tirado a tu esposa en muchos años, mientras ella se estira en la cama y parece que botara espuma, porque también te pide que la cojas. Que se la  metas hasta el fondo. Que lo hagas mal.

Es una piscina fría. Ya empezó a hacer calor y ahora no importa lo helada que está el agua. Sientes calor en el pecho: puedes salir mojando todo y sentarte en el borde y mirarla. Una y otra vez. Sabes que está mal y te gusta y no puedes soportarlo. Ella también lo sabe y posiblemente el mundo que está muy viejo y millones de otros hombres y mujeres que hacen lo mismo que tú han pasado por experiencias similares. Le han puesto nombre a la infidelidad, han debatido si detenerse, si seguir, si mentirle al cuerpo y confesarse para no volver a hacerlo.

Otros se han vuelto lo que tú eres. Vamos, vuelve a lanzarte al agua y ahora sí: mea.

Antolojía de FronteraD

Alfonso Armada soñó con hacer una revista de periodismo serio. El sueño ─ mezcla de pasión, insensatez y locura─ se produjo mientras Armada miraba el río Este de Manhattan, detrás de los ventanales de la cafetería del edificio de las Naciones Unidas. Fronterad nació en 2009.

A principios del año 2011 yo tenía un solo cuento publicado. Éste había aparecido en una antología impresa en Lima, el año 2008. Desde entonces yo había trabajado mucho la historia y me interesaba volver a publicarla, esta vez en la web . En esa búsqueda, leí en algún espacio literario que alguien mencionaba al editor de esa revista. Decidí escribirle.

vistando la playa
Ilustración de Raúl para mi historia “Vistando la playa” Marzo de 2011, FronteraD.

Armada me dijo que la historia le había encantado pero que necesitaba tiempo para que la trabajara el ilustrador. Así apareció mi cuento “Visitando la playa” en marzo de 2011, con una ilustración de Raúl. Me gustó tanto el resultado que ─lanzando los dados de la suerte─ le propuse escribir una bitácora desde la experiencia de vivir en Nueva York. Así nació el blog Newyópolis, acompañado por la bella cabecera ilustrada de Dodot. Quedé desde entonces enganchado a este proyecto que a fines de 2014 cumplió 5 años publicando, semanalmente, contenidos originales, escritos por autores que viven a ambos lados del Atlántico.

FIVE portada
Revista Five. Madrid, diciembre de 2013.

A fines de 2013, Fronterad publicó en papel una primera colección de textos. Apareció en la revista Five, junto con los artículos de otras cuatro revistas periodísticas que trabajan en formatos online: Alternativas económicas, Materia, Periodismo Humano y Jot Down. Armada me invitó a participar con un texto que resumiera el contenido de mi blog. Así apareció “Las posibilidades de Nueva York” una breve crónica que pretendía resumir, en menos de 600 palabras, la situación casi kafkiana de quienes alguna mañana nos dimos cuenta de que nos habíamos transformado en un insecto de complicada definición: un neoyorquino latinoamericano. En Five, entre una selección de textos provenientes de la experiencia fronteriza, Armada describía su aventura editorial , titulándola: “Elogio de la sutileza”:

Nos gusta huir del trazo grueso, de la ideología que aplica plantillas de acero y hormigón a nuestra escurridiza naturaleza, la economía, el arte y los sueños. Porque las fronteras son fruto de la historia, pero como los insectos de la poeta polaca Wislawa Szymborska, se pueden salvar, de noche y de día, con una linterna azul, con un mapa y una alforja llena de deseos. Un afán lleno de cómplices.
¡Vénganse!

antolojia
Portada de Antolojía (2009─2014: cinco años contra el ruido) Madrid, 2015.

Este 2015, como parte de las celebraciones por los cinco años de Fronterad, Armada me invitó a formar parte de un libro llamado Antolojía (la j como homenaje a Juan Ramón Jiménez) que llegó a mis manos en enero. Es una edición bellísima que los invito a adquirir y a leer aquí. Se trata de una selección de las historias que aparecieron online. Son 400 páginas de deliciosa lectura. Entre ellas está incluído un “Breve diccionario de la crónica hispanoamericana” de Lino González Veiguela─que ya he compartido con mis alumnos de periodismo─ así sea para que sepan las precariedades con las que se enfrentan quienes aman el periodismo literario: esos Quijotes dispuestos a sacrificar cientos de horas por una pasión, por orgullo y por ─si hay suerte─ un puñado de dólares. Antolojía contiene además diversos artículos sobre arte, ciencia, literatura y política ─desde las secciones “Arpa”, “Periodismo elegante”, “Mientras tanto” y “Acordeón”─ que tienen la virtud de mantenerse relevantes a pesar del tiempo transcurrido. Es que lo que publica FronteraD pertenece a una categoría que a mí me gustaría denominar periodismo para siempre: textos que uno lee para aproximarse, de una manera hermosa, a la realidad.

Son cinco años batallando viernes a viernes contra el ruido. Desde esta calle de Nueva York honramos a Alfonso Armada y a su equipo, por enseñarnos que los sueños, con paciencia y trabajo, se pueden convertir en una revista periodística semanal de tanta calidad.

Video de la presentación de Los Bárbaros

Un museo cerca del Parque. El Met de Nueva York

caballos
Hércules mata a un jabalí

Qué precioso es Central Park en invierno. Sobre todo ahora que cada caminata por esos lugares me trae recuerdos: que la vez que ésto y lo otro, que con ella y que con él, con ellos, o solo con mi alma. Frente a ese césped que hoy está cubierto de nieve donde alguna vez nos sentamos sobre unas mantas para merendar, por ese recoveco entre los arbustos donde recuerdo haber jugado fútbol con un grupo internacional de amigos, con botas y bluejeans. Caminando por ese camino donde una madrugada llegué para hacer mi larga cola y conseguir dos entradas para ver a Rosario Dawson en Two Gentleman of Verona, de Shakespeare in the Park. Debajo de ese puente de piedra por donde pasé otras veces, cuando recién llegado, tanto tiempo atrás.

Esta tarde lo más interesante es un halcón de pecho blanco y plumas de color marrón. Espera sobre las ramas de un árbol a que una ardilla descuidada se le ofrezca de almuerzo. Lo vi planear y escoger con cuidado su posición, atento, detrás de unas ramas sin hojas. No me quedé para ver el desenlace. Seguí caminando hacia el este, gozando con ese ruido blando de voces, de ramas, de pasos que ofrece el Parque.

A veces, al entrar al Met, consigo que me dejen pasar con la maleta colgada de un hombro. Esta tarde ansiaba la comodidad, así que me deshice de la maleta y del abrigo en los guardadores.  Encontré el programa para ese día y era perfecto: en 10 minutos comenzaba una visita guiada. Los Highligts Tours son paseos organizados al azar. Los guías te enseñan lo que se les antoja durante un lapso de una hora. El programa se elabora según su capricho.

Alguna vez, el guía te llevará a ver el Templo de Dendur. Otra vez, irá directamente hacia los vitrales diseñados por Louis Comfort Tiffany, o hacia un jardín chino de la Dinastia Ming. Otra tarde, quizá te lleve hacia el paisaje panorámico de los jardines y el palacio de Versalles pintado por John Vanderlyn, a ver a los Reyes Magos de Giotto, o al Aristóteles que acaricia la cabeza de Homero, según Rembrandt. Otro día te llevará a ver a los paisanos tomando la siesta retratados por El Viejo Pieter Bruegel, el retrato de Juana de Arco de Bestien Le Page, los cipreses de Van Gogh, las mujeres de Gauguin enseñándote la sandía y los pechos jugosos, invitándote a tumbarte a su lado en la hamaca de la siesta polinésica.

dendur
Jeroglifos en la pared del Templo de Dendur.

En otra ocasión, el guía preferirá llevarte a que conozcas los tapices que alguna vez colgaron sobre las altas paredes de algún castillo medieval, o la soberbia mesa de mármol que adornaba el palacio del Cardenal Fernese. Quizá también te llevará a que conozcas unos tejidos fabricados con alambres y material reciclado por el ganés El Anatsui, o te contará la historia de cómo Rosa Bonheur, disfrazada de hombre, consiguió pintar la Feria de Caballos de París. Y si tienes más suerte, el guía te llevará una tarde─para que por fin la conozcas─ante el retrato de Gertrude Stein (el de Picasso), o frente al trasero desnudo de una prostituta parisina mirándose frente al espejo, pintada por Toulouse-Lautrec.

budaEsta tarde, mi guía tiene gustos hogareños. Nos enseña primero las habitaciones y los murales pintados al estilo griego en las paredes de una villa romana sepultada por la lava, en la zona del Boscoreale, cerca de Pompeya. Luego, vamos hacia las complicadas figuras simétricas de las alfombras del arte religioso musulmán. Nos explica el valor que tenían aquellos tejidos entre los mercaderes holandeses ─tanto o más que los tulipanes. Luego nos conduce frente a un retrato de Vermeer, el de una empleada que se ha quedado dormida sobre una mesa soñando con su amado. Allí, frente al fresco, señala la alfombra persa, que los holandeses colocaban encima de sus mesas y no en el piso. La guía sigue por los pasillos hasta un cuadro de Degas ─el de las bailarinas que se preparan en desordenado conjunto, detrás del escenario, y hacia la galería americana para que veamos el retrato de Madame X por John Singer Sargent. Frente a esta mujer, de piel blanca como la muerte y vestida de negro, nuestra guía nos explica el detalle del vestido descolgado, el escándalo que fue ver a esta mujer de sociedad en el Salón de Pintura de París: chismes de pintores que han sobrevivido al tiempo.

FullSizeRender (2)Después de la visita guiada, la libertad: dibujos originales de Leonardo Da Vinci, miniaturas de cobre de un Hércules joven con detalles dorados en el cabello, armaduras japonesas, cascos alemanes tallados con preciosas figuras, estatuas de Shiva con dos manos de piedra negra desprendidas, una estatua imponente de Buda, papiros con los mandamientos escritos en el Libro de los Muertos, vasijas amarillas con formas vegetales, patios y balcones españoles, una tarde de toros pintada por Goya, la escultura de una mujer echada, como en una dulce muerte, frente a la cual una muchacha que parece japonesa me enseña su cámara y me pide que le tome una foto.

Salí del Met porque ya cerraban. Aún era de día, caminé por la calle 79 hacia Lexington, mirando ese edificio del Centro Cultural Ucraniano al que le falta la bandera, unos edificios más allá, la Misión de Irak. El mundo sigue su curso, la nieve aún no se ha derretido. Miro una esquina y recuerdo aquella vez en que caminaba por allí, después de unas clases en Hunter, y la noche en que salía de un concierto en el Summer Stage de Creedence Clearwater Revival, la vez que caminé por primera vez hacia el zoológico, por esa camino de piedras, junto al Parque Central, en otros días lejanos, acá en Nueva York.

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