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The New York Street

Un blog lleno de historias

El juguete rabioso

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El 28 de enero de 2011 estuve varado en Bogotá por un tema de cambio de aerolíneas. Entre el amanecer en el hotel Tequendama y la hora en que salía el avión hacia Nueva York me quedaban algunas horas que decidí matar caminando hacia el centro de la ciudad. Lo había hecho antes en 1996─aquél otoño en que decidí irme por tierra a ver el Rock al Parque─ y en abril de 2000, a pedido de una amiga que me insistió en dejar estacionado mi auto en una calle de Quito para tomar un avión hacia ella y pasar juntos la Semana Santa.

Recordaba con vaguedad las calles que había recorrido pasando por el Museo del Oro hacia un restaurante grasiento donde tomé mi primera cerveza Aguila. También me acordaba de la desordenada ruta del descenso desde las calles empinadas de la Plaza del Chorro en La Candelaria hacia un club especializado en salsa vieja, en aquellos primeros años del alcalde Mokus y su Ley zanahoria.

Lo que no recordaba para nada eran las librerías de viejo con las que me encontré esa mañana. Eran varias, surtidas, prometedoras.

En una de ellas, en la Carrera 8 (Libros del Centro), encontré una edición de Bruguera de un libro de Roberto Arlt, con prólogo de Juan Carlos Onetti.

Había escuchado muchas veces el nombre de Arlt asociado al asombro pero jamás había abierto una de sus páginas. Esa mañana en el Tequendama, esperando el bus que me llevaría al aeropuerto, recuerdo haber leído las palabras que le dedicaba Onetti, recordando su primer encuentro en las oficinas del diario El Mundo.

Lamentablemente no leí más. Cuatro años de otros libros se metieron entre Arlt y yo, hasta ayer en que volví a encontrarlo en mi biblioteca, abrí la novela y no pude detenerme hasta terminarla.

Hoy puedo sumarme a la larga lista de lectores que suele decir que El juguete rabioso es un libro imprescindible. Lo leí en un tren desde Westchester y mientras observaba la neblina de la bahía de Nueva York en un bote que me llevaba a Staten Island. Lo terminé mientras esperaba la puesta de sol de un día muy nublado en Long Island.

El libro te enseña─si ya no lo aprendiste─ a desconfiar de los finales dulces y de las historias que te hablan de la miseria sin conocerla. “Baldía y fea como una rodilla desnuda es mi alma” dice Silvio y esa frase representa mejor que tantas otras mucho más elaboradas, la frustración de quien presiente que no tiene las herramientas para sortear su vida y sus penurias.

Silvio Astier─el aprendiz de ladrón, el huérfano de un padre suicida, el miserable que no conoce a nadie con influencias─ recibe un beso de una mujer bella que en vez de impulsarlo a la esperanza lo sepulta en el dolor y lo hace consciente de que jamás tendrá una mujer como aquella, del jamás que se interpone entre su realidad y las cosas grandes a las que él aspira.

Arlt desbarranca a Silvio Astier. Lo obliga a querer matarse. Nos lleva por el borde del precipicio y nos enseña una novela sobre la mentira y la verdad. Como dice Onetti, sin estar muy bien escrita, está escrita con suficiente coraje para seguir diciéndonos, desde 1929, todas las cosas sobre la vida que son importantes.

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Regreso a Riverdale

Casas Bronte
Las casas Bronte en Riverdale, Bronx NY. Foto de Mark Garbowski.

Una vez compré en Manhattan una postal con una foto en blanco y negro. Era la tarjeta perfecta para enviársela a una amiga que solía corresponder hermosas fotografías desde su nuevo hogar en Indonesia. En esta foto una anciana descansaba en una silla y detrás de ella se veía el paisaje de un río.

Mucho después, mientras conducía por el barrio en el que viviría durante tres años, encontré el lugar donde se tomó aquella foto. Apoyadas en una colina, frente a frente con las colinas al otro lado del río Hudson, se ubican las casas Bronte: dos viviendas de color tierra, techo de tejas rojas, escalerillas de piedra y pequeños jardines de setos frondosos entre ambas, balcones adornados de flores y paredes trepadas por enredaderas que reciben sobre ellas la brisa del río y la luz más clara de la ciudad. Entre las casas se veía el mismo paisaje maravilloso de la postal que llamara mi atención.

Riverdale fue mi hogar entre 2006 y 2010. Solía caminar frente a las casas Bronte al principio de la primavera, solo para constatar que seguían allí. Supe -por Google y por un pintor que ofrecía 20 versiones distintas de las casas Bronte- que yo no era el único entusiasmado por ellas. Alguna vez he realizado largos desvíos solo para poder mostrárselas a los amigos que me visitan: es un espacio detenido en el tiempo, la pieza clave de un rompecabezas que ya no existe.

Hoy volví. Tras 90 minutos conduciendo desde el final de Long Island, sabía que aquellas casas eran el sitio perfecto para reimaginarme el verano. La luz que cae sobre sus casas sigue igual de clara (si bien los rayos del sol hoy las golpean con intensidad) y ahí sigue ese espacio libre entre las viviendas que permite ver las colinas verdes y el Hudson azul.

Sospecho que todos requerimos sitios así. En Lima, me bastaba con sentarme entre las piedras donde reventaban las olas en Chorrillos para saber que los problemas de mis veinte años iban a desvanecerse. En Silaca, entre dos piedras desde donde se podían espiar al mar reventando contra las peñas y a los lobos marinos, era capaz de imaginarme el futuro. Las casas Bronte en Riverdale -en realidad toda aquella esquina del Bronx- me llevan de inmediato hacia un espacio tranquilo en el pasado, a las calles donde caminaba un muchacho soltero,14 años menor que yo, hacia las horas del dia llenas de preguntas cuando este hombre caminaba por las calles de Nueva York e imaginaba el recorrido de su sombra.

Playa

Allá todo se olvida me dijeron. Bajo la suavidad de un mar de color azul, al final de Long Island. Con los brazos abiertos respirando otra vez. Semestre over, que vengan las olas.

Desde el agua

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Painting by Samantha Frech

En el borde de la piscina todo es válido. “Más aún en una piscina de los Estados Unidos”, pienso. Me agarro lo que me sobra de panza con los dedos y me lanzo de cabeza. Necesito pensar.

Abro los ojos y miro al niño que nada un poco más allá, agarrado a una boya. Podría estar meándose ¿y cómo saberlo? Pensé que ya se habrían popularizado esos químicos que delatan a los que orinan en el agua, pero parece que aún no. Jamás he visto que se formen esos aros azules alrededor del culpable.

Eso es en lo que necesito pensar: la culpabilidad ¿Cuándo se es culpable de algo? Por ejemplo, en Lima: creo saber cuándo me porté como un animal. Lo sé porque esa gente que antes traté con tanta confianza hoy ya ni me habla. Alguna vez me los he cruzado en alguna reunión y nos hemos saludado por compromiso y he vuelto a la casa y me han venido los recuerdos. Es fácil desechar las culpas pero queda una perturbadora sensación de habernos portado mal. Patán: pude serlo y lo fui. Creía que me vengaba de las patanerías que sufrí, como si alguien tuviera que pagar para que se mantuviera un equilibrio cósmico, como si no tuviera la fuerza para ser yo el último de la cadena, la voz que dijera: basta, no podemos continuar viéndonos de esta manera, no podemos continuar mintiéndonos. Como si lo que tenemos fuera una fuerza natural de la que no podemos escaparnos.

Somos dos adultos: dos seres que necesitan espacio adicional, dos personas que necesitan brazos ajenos para seguir. “Infiel, eres un infiel”, grita una voz allí, en la piscina. Nado, mientras intento ordenar una serie de impulsos de odiarme, de amarme, de cambiarlo todo. Ella es una infiel pero qué interesa, si todo lo que ella hace es porque tú se lo has ordenado, porque le has añadido a la amistad esa nota adicional que ella ─tú sabías─ ella siempre necesitaba.

¿Recuerdas el momento en que se encontraron por primera vez? Solos, en ese aeropuerto. Ella llena de maletas, sola, como no la habías visto en tantos años, porque los hijos y el esposo y la familia y los admiradores y las cámaras, etcétera.

Él también la engaña. Eso te hace sentir mejor, es tu coartada ¿Qué tanto vale una coartada? “Este es nuestro secreto y lo será para siempre”, te dice ella en la cama. Mientras te abraza y te vienes y vuelves a tu casa y tiras las llaves y dices que la oficina ha estado terrible, que las mil reuniones y el tránsito en la calle Madison, bla bla bla.

¿Crees que ella no lo sabe?, te preguntas. Ella también te podría engañar ¿no? En noches como aquella en que la encontraste saliendo del gimnasio, sudando junto a otros muchachos, tal vez no tan jóvenes pero en mejor forma que tú: regordete, pálido. Cinco años sin hacer deporte, cinco años comiendo las hamburguesas de mierda y la comida basura que hacen en este país. Y sabes que no te engaña, porque ella no tiene esa porquería que tú tienes en la cabeza, que te altera cuando ves a una amiga, como ella, que te excita. Como se tienen que excitar todas las bestias, enfermos, con los que no puedes dejar de compararte después de que lo haces con ella. Cuando te llama para decirte que aterriza en el JFK otra vez y que se hospeda en ese hotel cerca de Grand Central, que te queda tan cerca del instituto, de ese despacho que cierras una hora antes para poder irte caminando y tirártela como no te has tirado a tu esposa en muchos años, mientras ella se estira en la cama y parece que botara espuma, porque también te pide que la cojas. Que se la  metas hasta el fondo. Que lo hagas mal.

Es una piscina fría. Ya empezó a hacer calor y ahora no importa lo helada que está el agua. Sientes calor en el pecho: puedes salir mojando todo y sentarte en el borde y mirarla. Una y otra vez. Sabes que está mal y te gusta y no puedes soportarlo. Ella también lo sabe y posiblemente el mundo que está muy viejo y millones de otros hombres y mujeres que hacen lo mismo que tú han pasado por experiencias similares. Le han puesto nombre a la infidelidad, han debatido si detenerse, si seguir, si mentirle al cuerpo y confesarse para no volver a hacerlo.

Otros se han vuelto lo que tú eres. Vamos, vuelve a lanzarte al agua y ahora sí: mea.

Antolojía de FronteraD

Alfonso Armada soñó con hacer una revista de periodismo serio. El sueño ─ mezcla de pasión, insensatez y locura─ se produjo mientras Armada miraba el río Este de Manhattan, detrás de los ventanales de la cafetería del edificio de las Naciones Unidas. Fronterad nació en 2009.

A principios del año 2011 yo tenía un solo cuento publicado. Éste había aparecido en una antología impresa en Lima, el año 2008. Desde entonces yo había trabajado mucho la historia y me interesaba volver a publicarla, esta vez en la web . En esa búsqueda, leí en algún espacio literario que alguien mencionaba al editor de esa revista. Decidí escribirle.

vistando la playa
Ilustración de Raúl para mi historia “Vistando la playa” Marzo de 2011, FronteraD.

Armada me dijo que la historia le había encantado pero que necesitaba tiempo para que la trabajara el ilustrador. Así apareció mi cuento “Visitando la playa” en marzo de 2011, con una ilustración de Raúl. Me gustó tanto el resultado que ─lanzando los dados de la suerte─ le propuse escribir una bitácora desde la experiencia de vivir en Nueva York. Así nació el blog Newyópolis, acompañado por la bella cabecera ilustrada de Dodot. Quedé desde entonces enganchado a este proyecto que a fines de 2014 cumplió 5 años publicando, semanalmente, contenidos originales, escritos por autores que viven a ambos lados del Atlántico.

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Revista Five. Madrid, diciembre de 2013.

A fines de 2013, Fronterad publicó en papel una primera colección de textos. Apareció en la revista Five, junto con los artículos de otras cuatro revistas periodísticas que trabajan en formatos online: Alternativas económicas, Materia, Periodismo Humano y Jot Down. Armada me invitó a participar con un texto que resumiera el contenido de mi blog. Así apareció “Las posibilidades de Nueva York” una breve crónica que pretendía resumir, en menos de 600 palabras, la situación casi kafkiana de quienes alguna mañana nos dimos cuenta de que nos habíamos transformado en un insecto de complicada definición: un neoyorquino latinoamericano. En Five, entre una selección de textos provenientes de la experiencia fronteriza, Armada describía su aventura editorial , titulándola: “Elogio de la sutileza”:

Nos gusta huir del trazo grueso, de la ideología que aplica plantillas de acero y hormigón a nuestra escurridiza naturaleza, la economía, el arte y los sueños. Porque las fronteras son fruto de la historia, pero como los insectos de la poeta polaca Wislawa Szymborska, se pueden salvar, de noche y de día, con una linterna azul, con un mapa y una alforja llena de deseos. Un afán lleno de cómplices.
¡Vénganse!

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Portada de Antolojía (2009─2014: cinco años contra el ruido) Madrid, 2015.

Este 2015, como parte de las celebraciones por los cinco años de Fronterad, Armada me invitó a formar parte de un libro llamado Antolojía (la j como homenaje a Juan Ramón Jiménez) que llegó a mis manos en enero. Es una edición bellísima que los invito a adquirir y a leer aquí. Se trata de una selección de las historias que aparecieron online. Son 400 páginas de deliciosa lectura. Entre ellas está incluído un “Breve diccionario de la crónica hispanoamericana” de Lino González Veiguela─que ya he compartido con mis alumnos de periodismo─ así sea para que sepan las precariedades con las que se enfrentan quienes aman el periodismo literario: esos Quijotes dispuestos a sacrificar cientos de horas por una pasión, por orgullo y por ─si hay suerte─ un puñado de dólares. Antolojía contiene además diversos artículos sobre arte, ciencia, literatura y política ─desde las secciones “Arpa”, “Periodismo elegante”, “Mientras tanto” y “Acordeón”─ que tienen la virtud de mantenerse relevantes a pesar del tiempo transcurrido. Es que lo que publica FronteraD pertenece a una categoría que a mí me gustaría denominar periodismo para siempre: textos que uno lee para aproximarse, de una manera hermosa, a la realidad.

Son cinco años batallando viernes a viernes contra el ruido. Desde esta calle de Nueva York honramos a Alfonso Armada y a su equipo, por enseñarnos que los sueños, con paciencia y trabajo, se pueden convertir en una revista periodística semanal de tanta calidad.

Video de la presentación de Los Bárbaros

Un museo cerca del Parque. El Met de Nueva York

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Hércules mata a un jabalí

Qué precioso es Central Park en invierno. Sobre todo ahora que cada caminata por esos lugares me trae recuerdos: que la vez que ésto y lo otro, que con ella y que con él, con ellos, o solo con mi alma. Frente a ese césped que hoy está cubierto de nieve donde alguna vez nos sentamos sobre unas mantas para merendar, por ese recoveco entre los arbustos donde recuerdo haber jugado fútbol con un grupo internacional de amigos, con botas y bluejeans. Caminando por ese camino donde una madrugada llegué para hacer mi larga cola y conseguir dos entradas para ver a Rosario Dawson en Two Gentleman of Verona, de Shakespeare in the Park. Debajo de ese puente de piedra por donde pasé otras veces, cuando recién llegado, tanto tiempo atrás.

Esta tarde lo más interesante es un halcón de pecho blanco y plumas de color marrón. Espera sobre las ramas de un árbol a que una ardilla descuidada se le ofrezca de almuerzo. Lo vi planear y escoger con cuidado su posición, atento, detrás de unas ramas sin hojas. No me quedé para ver el desenlace. Seguí caminando hacia el este, gozando con ese ruido blando de voces, de ramas, de pasos que ofrece el Parque.

A veces, al entrar al Met, consigo que me dejen pasar con la maleta colgada de un hombro. Esta tarde ansiaba la comodidad, así que me deshice de la maleta y del abrigo en los guardadores.  Encontré el programa para ese día y era perfecto: en 10 minutos comenzaba una visita guiada. Los Highligts Tours son paseos organizados al azar. Los guías te enseñan lo que se les antoja durante un lapso de una hora. El programa se elabora según su capricho.

Alguna vez, el guía te llevará a ver el Templo de Dendur. Otra vez, irá directamente hacia los vitrales diseñados por Louis Comfort Tiffany, o hacia un jardín chino de la Dinastia Ming. Otra tarde, quizá te lleve hacia el paisaje panorámico de los jardines y el palacio de Versalles pintado por John Vanderlyn, a ver a los Reyes Magos de Giotto, o al Aristóteles que acaricia la cabeza de Homero, según Rembrandt. Otro día te llevará a ver a los paisanos tomando la siesta retratados por El Viejo Pieter Bruegel, el retrato de Juana de Arco de Bestien Le Page, los cipreses de Van Gogh, las mujeres de Gauguin enseñándote la sandía y los pechos jugosos, invitándote a tumbarte a su lado en la hamaca de la siesta polinésica.

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Jeroglifos en la pared del Templo de Dendur.

En otra ocasión, el guía preferirá llevarte a que conozcas los tapices que alguna vez colgaron sobre las altas paredes de algún castillo medieval, o la soberbia mesa de mármol que adornaba el palacio del Cardenal Fernese. Quizá también te llevará a que conozcas unos tejidos fabricados con alambres y material reciclado por el ganés El Anatsui, o te contará la historia de cómo Rosa Bonheur, disfrazada de hombre, consiguió pintar la Feria de Caballos de París. Y si tienes más suerte, el guía te llevará una tarde─para que por fin la conozcas─ante el retrato de Gertrude Stein (el de Picasso), o frente al trasero desnudo de una prostituta parisina mirándose frente al espejo, pintada por Toulouse-Lautrec.

budaEsta tarde, mi guía tiene gustos hogareños. Nos enseña primero las habitaciones y los murales pintados al estilo griego en las paredes de una villa romana sepultada por la lava, en la zona del Boscoreale, cerca de Pompeya. Luego, vamos hacia las complicadas figuras simétricas de las alfombras del arte religioso musulmán. Nos explica el valor que tenían aquellos tejidos entre los mercaderes holandeses ─tanto o más que los tulipanes. Luego nos conduce frente a un retrato de Vermeer, el de una empleada que se ha quedado dormida sobre una mesa soñando con su amado. Allí, frente al fresco, señala la alfombra persa, que los holandeses colocaban encima de sus mesas y no en el piso. La guía sigue por los pasillos hasta un cuadro de Degas ─el de las bailarinas que se preparan en desordenado conjunto, detrás del escenario, y hacia la galería americana para que veamos el retrato de Madame X por John Singer Sargent. Frente a esta mujer, de piel blanca como la muerte y vestida de negro, nuestra guía nos explica el detalle del vestido descolgado, el escándalo que fue ver a esta mujer de sociedad en el Salón de Pintura de París: chismes de pintores que han sobrevivido al tiempo.

FullSizeRender (2)Después de la visita guiada, la libertad: dibujos originales de Leonardo Da Vinci, miniaturas de cobre de un Hércules joven con detalles dorados en el cabello, armaduras japonesas, cascos alemanes tallados con preciosas figuras, estatuas de Shiva con dos manos de piedra negra desprendidas, una estatua imponente de Buda, papiros con los mandamientos escritos en el Libro de los Muertos, vasijas amarillas con formas vegetales, patios y balcones españoles, una tarde de toros pintada por Goya, la escultura de una mujer echada, como en una dulce muerte, frente a la cual una muchacha que parece japonesa me enseña su cámara y me pide que le tome una foto.

Salí del Met porque ya cerraban. Aún era de día, caminé por la calle 79 hacia Lexington, mirando ese edificio del Centro Cultural Ucraniano al que le falta la bandera, unos edificios más allá, la Misión de Irak. El mundo sigue su curso, la nieve aún no se ha derretido. Miro una esquina y recuerdo aquella vez en que caminaba por allí, después de unas clases en Hunter, y la noche en que salía de un concierto en el Summer Stage de Creedence Clearwater Revival, la vez que caminé por primera vez hacia el zoológico, por esa camino de piedras, junto al Parque Central, en otros días lejanos, acá en Nueva York.

Aquella tarde en Brooklyn

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“Una de las enseñanzas que me ha dado la vida ─me dijo mi padre─ es que para conseguir aquello que quieres siempre debes ir directamente. Nunca des vueltas”.

Estábamos en el automóvil, una noche en Lima. Tenía 19 años, estaba a punto de viajar y creo que mi viejo sintió la necesidad de entregarme la píldora más valiosa de su sabiduría. Nunca olvidé aquel consejo. Gran parte de lo poco que he conseguido se lo debo a esas palabras. Me estoy refiriendo a mis trabajos, a mi decisión de emigrar a los 27 años, a la facilidad con la que pude recomenzar mi vida en los Estados Unidos.

Sin embargo a veces, como en esta noche de insomnio en que la luna aparece entre las hojas de los pinos que mueve el viento del invierno, en una habitación oscura en un pedazo de tierra rodeado de agua muy al este de Long Island, recuerdo otras cosas: las que perdí por mi impaciencia, por estar determinado a creer que el único camino que valía la pena recorrer para conseguir algo en la vida era el más directo.

Pienso por ejemplo en Claudia.

En 2003 yo vivía en Brooklyn. Me acababa de mudar a un pequeño cuarto detrás de una chatarrera, a media cuadra de Atlantic, esa avenida informe, larga tira de asfalto que corta la isla desde Downtown Brooklyn hasta la autopista que cruza Long Island en dirección a Montauk. Aquella mudanza había sido una decisión impetuosa. Hasta entonces había vivido con comodidad en los suburbios, cerca de un trabajo de propinas que consumía mi fin de semana pero me permitía vivir con holgura de lunes a viernes. Tenía independencia y un auto propio: un Honda del 84 de carrocería oxidada al que se le caían los parachoques. Mi inglés había mejorado en meses de clases intensivas y mi familia en los suburbios era un sistema fabuloso de cordialidades que siempre me amparaba. Sin embargo, me sentía un impostor cuando escribía y decía estar viviendo en la ciudad de Nueva York, estando tan lejos de ella.

Gracias a mis amigos, con los que compartíamos un sótano de una sola habitación llena de cucarachas en el centro de White Plains, había conocido a una muchacha peruana. Con ella mantuve una relación de constantes encuentros, siempre afiebrados, ya fuera dentro de automóviles estacionados en calles oscuras, en espacios aislados que nos brindaba la suerte, o en cuartos de motel donde recaímos cada cierto tiempo, cuando nuestros cuerpos nos pedían una noche entera, que consumíamos en faenas maravillosas que nos dejaban satisfechos y exhaustos. Tal vez podía haber seguido con ella, formalizado, encontrado la manera de solucionar nuestros respectivos problemas de inmigrantes, empezado una familia, sucumbiendo a ese destino con el que se encuentran quienes descubren en algún minuto inesperado que la vida también puede consistir en tener alguien con quien seguirse muriendo acompañado, en conseguir un empleo honrado que te de suficiente dinero para vivir.

Si bien ella solía demostrarme un cariño que algunas veces iba más allá del momento en que despertábamos abrazados y tensos, era obvio que no era para mí. Estaba seguro─y así fue─que ella conseguiría muy pronto a algún novio que le solucionaría el tema de la residencia. Mudarme a Brooklyn, en gran parte también significaba alejarme de la comodidad y de ella y empezar otra vez.

Recuerdo el pánico de la primera mañana en que salí a encontrar mi dirección desde la estación Clinton-Washington. Sentí una duda: tal vez lo que había hecho era egoísta y terrible. Desde Lima mis padres me instaban a no alejarme de la familia. Tal vez mudarme a ese barrio era el pésimo paso que a veces dan los inmigrantes, el que los hace terminar muy mal.

La sensación de desamparo se esfumó muy pronto.  Me acomodé a esas calles con relativa facilidad. Recuerdo con cariño incluso el frío que me acompañaba durante las muchas cuadras que caminaba de madrugada hasta la lavandería más cercana en la Avenida Fulton. Vivía con una española que conocí en la escuela de inglés y a la que le gustaba leer, cantar y cocinar. Éramos muy amigos en ese departamento en el que compartíamos no solo la habitación sino también los libros. A veces organizábamos reuniones ─mejor sería decir que ella las organizaba y yo colaboraba. En los ratos libres nos sentábamos a escribir juntos, y recuerdo que alguna vez lo hicimos para imaginarnos nuestra vida, la que tenemos hoy.

Cuando estaba acomodado a esa vida entre mi universidad en el Bronx ─a la que me demoraba 90 minutos en llegar─y las calles de Brooklyn, me encontré con Claudia.

Teníamos recuerdos de nuestros compañeros comunes en la universidad. Fue alguno de ellos, en un correo electrónico, quien me anunció que Claudia llegaba a Nueva York. La fui a buscar, a la pequeña sala que había convertido con paciencia en departamento. Escuchamos, tumbados en un sofá, las canciones de su excelente colección de música brasilera. Caminamos juntos por el Parque Central, y me quedé a dormir con ella, al lado de su cabello que olía a almendras─sin tocarla, pensando que lo que tendría que suceder, en algún momento sucedería.

Una tarde, cuando llegamos desde Chinatown hasta mi departamento con bolsas de limones y pescado, nos invadió a los dos una sensación de camaradería que no creo errar si califico de mágica. El departamento de Brooklyn tenía un balcón por donde se colaba un halo de luz blanca. Tendría que ser mayo o junio, porque recuerdo una tibieza tierna que nos acompañó mientras cortábamos los limones, sazonábamos el pescado, almorzábamos y conversábamos de nosotros dos, de nuestros sueños. Ella quería ser antropóloga pero no estaba segura de cómo empezar a conseguirlo. Yo le hablaba de ser periodista otra vez, de mis clases, de las tantas personas que había empezado a conocer en la universidad.

Nos tendimos en mi cama a descansar, uno al lado del otro, como otras veces en que habíamos dormido juntos sin que pasara nada. Recuerdo haberme sacado la camiseta y haber empezado a conversar de lo que conversaba hace diez años. Claudia me escuchaba, tal vez interrumpía de vez en cuando con una voz muy suave y se reía con una dulzura que pocas veces volví a encontrar en esta ciudad. Estábamos solos en Nueva York, dos muchachos de la misma universidad, cubiertos de luz blanca, echados uno al lado del otro en una tarde de Brooklyn. Claudia apoyaba la cabeza sobre mi hombro y puso sus dedos sobre mi pecho, como queriendo tocar algo que yo llevaba escondido adentro.

Nunca pude explicar lo que pasó. Tal vez esta noche lo consiga. Creo que tiene que ver con aquellas palabras que alguna vez me dijo mi padre. Sus dedos resbalaron sobre los vellos de mi pecho y sentí que me asomaba a un mundo distinto, que aquél podía ser uno de aquellos momentos en que se abre una puerta, solo por unos segundos, para que atisbes un universo paralelo. La miré como si lo que siguiera en ese instante fuera inevitablemente el momento de poseerla. Recordé aquella noche en que vi su perfil desnudo en la oscuridad de una habitación en Manhattan y la mañana en que desperté antes que ella y me quedé observando la boca semiabierta y los ojos cerrados y tranquilos de un rostro que combinaba tan bien con el olor de las almendras.

En ese momento la miré como si fuera el salvaje delirante que acaba de descubrir la fuente del fuego. Sus dedos se desprendieron de mi pecho y yo entendí que si abría la boca para decir algo habría cruzado una línea invisible, que el camino recto que sugería mi padre me iba a conducir a un cruce de vías, que la puerta se cerraba y yo estaba a punto de quedarme adentro. Tal vez fue lo contrario. Tal vez solo tenía que abrir la boca y decirle lo que quería: que la deseaba.

Ha pasado mucho tiempo y hemos seguido siendo amigos. Alguna vez, una Nochebuena, poco después de su primer divorcio, Claudia fue la que alentó a una judía de cabello colorado para que no dudara más y se metiera en mi cama. Tiempo después, cuando ella vivía con un muchacho distinto y ya se había comprado su propio departamento en el Soho, le dije que me casaba. Me dio la bendición y un regalo muy valioso que aún conservo. Ambos hemos recorrido largos caminos. Ambos hemos sobrevivido a las tormentas. Ninguna de ellas nos ha obligado a marcharnos.

Esta noche en que no puedo dormir, me la imagino a Claudia navegando por un río de aguas apacibles en la oscuridad, bajo la sombra de alguna montaña. Los dos vamos en balsas distintas, la de ella al lado de la mía. A Claudia y a mí se nos ve despreocupados, acurrucados en las esquinas de nuestras balsas. Ambos nos dejamos llevar por la corriente, y nos saludamos en medio de la noche, apenas reconociéndonos con la luna, sin atrevernos a quebrar el silencio.

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Podemos en Nueva York

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La mayor virtud de Pablo Iglesias es la de haber conseguido articular un mensaje de esperanza para una sociedad deprimida por la corrupción y el fracaso de las políticas del PP y el PSOE.

Iglesias estuvo ayer, en el Auditorio Proshansky del Graduate Center CUNY (abarrotado de gente, muchas personas se quedaron afuera del edificio) para presentar sus propuestas y responder preguntas. Lo trajo a Nueva York un grupo de izquierdas, lo presentó al público Amy Goodman, una periodista y figura radial de izquierdas.

Iglesias es de izquierda y no lo niega. Achacarle sus simpatías por algunas políticas chavistas a un hombre de izquierdas es como criticarle a una admiradora de Sex in the City que le hayan aficionado los zapatos de tacón alto, si bien después de caminar unas horas con ellos, es probable que ella misma se los quite.

El modelo chavista falla por sus ideas anti imperialistas trasnochadas y su vocación dictatorial. A Chávez no lo quisimos porque nos asqueaban sus discursos demagogos que no daban cabida a la autocrítica. El discurso de izquierdas de Iglesias parece autocrítico y democrático. Lo que más pueden temer los españoles es que un gobierno de izquierda demuestre lo innecesaria que resulta la monarquía y que les abra la posibilidad de votar por su independencia a los habitantes de los gobiernos autónomos.

Escuchar a Iglesias es un ejercicio sano. Es la única voz ─coherente─ que les habla a quienes han perdido la fe en una democracia que gobierne no solo para beneficio de los grupos de poder. Es un respiro entre la desvergüenza con que encara la corrupción el PP y la hipocresía con que trata de cubrir su inoperancia el PSOE.

IMG_1771Al momento de las preguntas, un hombre de derechas, que se disfrazó como “agnóstico de la política” intentó achacarle a Pablo Iglesias su apoyo al terrorismo de ETA. Mis amigos españoles me hablaban de las tantas veces en que se usaban ese tipo de preguntas para luego editar las respuestas de Iglesias y hacerlo aparecer como el terrorífico castrista que va a llevar la noche a España.

Entre tanta inoperancia de dos partidos que no saben cómo hacer para que “España vaya bien” me parece que Iglesias es la luz que enseña un camino distinto, y que las fuerzas de derecha, los que gobiernan pensando que el pueblo es una masa que no piensa y no se queja, son los que quisieran bajarse aquella luz a pedradas.

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