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The New York Street

Un blog lleno de historias

Su nombre es Fujimori: la otra historia de los años 90 en el Perú

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La historia siempre es una ficción. Es una media verdad aceptada por una mayoría. La razón de las profundas divisiones entre profujimoristas y antifujimoristas es dos versiones opuestas de la historia reciente del Perú. Esta es mi versión, resumida, construida con retazos de lo que vi y oi, seguramente tergiversada por mi orientación política y mi procedencia social, semiordenada después de ver el documental “Su nombre es Fujimori”. Se aceptan todo tipo de añadidos y comentarios.

Entre 1980 y 1985 Belaúnde retoma el poder que le arrancó el golpe del General Velasco, devuelve los medios de comunicación a sus dueños, abre el mercado peruano al comercio exterior, liberaliza la economía y ofrece mejoras económicas. Algunos hombres de su partido, Acción Popular, se llenan de dinero (Raúl Diez Canseco, un político de clase media, hizo su fortuna en ese período). El Perú se endeuda con todos los organismos internacionales y la plata de los préstamos desaparece en manos de gente del gobierno. El estado es un monstruo ineficaz, los políticos ven que todo se les va de las manos. Ineficacia: el Fenómeno del Niño de 1982 sacude al país, paraliza el norte, deja a Lima desabastecida y el gobierno no sabe qué hacer. Empieza el terrorismo y el gobierno de Belaúnde no sabe qué hacer. Cuando reacciona ordena acciones militares. Se producen aniquilamientos de autoridades. La ineficacia define a ese período. Se suele decir que Belaúnde era honesto pero todo el mundo robaba y él no veía nada.

Entre 1985-1990: Alan García es el mal menor, elegido para frenar la posibilidad de Izquierda Unida en el poder. Tiene apoyo popular, promete que el Perú no se iba a arrodillar frente a los organismos internacionales. Que pagaría solo un porcentaje de lo que ingresara al Perú por nuestras exportaciones. Quiere promover el agro. No sabe qué hacer con el terrorismo. Es un gobierno ineficaz y corrupto. Su estrategia económica se frustra porque los organismos internacionales cierran el caño de dinero y el Banco Central de Reserva tiene que imprimir más dinero. Quiere controlar la economía y los precios de todo. Hiperinflación. Quiere construir un monstruo llamado tren eléctrico. Corrupción en la elección de contratistas. Todo se hace al caballazo. Quiere estatizar los bancos y los empresarios e inversionistas lo abandonan. Su ego es tan grande que no ve cómo el país se le va de las manos. Organiza un golpe para poder huir del país como héroe pero los militares no lo secundan: Tiene que terminar su período de cinco años. Manda asesinar a los presos por terrorismo porque le quieren arruinar la imagen de líder socialista que quiere proyectar al mundo. El peor gobierno peruano del siglo XX, de lejos. Deja un país destruido, una economía muy precaria. El que puede se va del país: las opciones son quedarse a ver un país en la ruina y con el poder tomado por Sendero Luminoso.

Entre 1990-2000: Alberto Fujimori encuentra a un peón que le ofrece un plan para sacar al país del desastre. Aliado con los grupos de poder económico y con el control de la cúpula militar, Montesinos despeja el camino: se manda matar o a silenciar a lideres sindicales, se organiza una máquina que silencie todo lo malo que sucede en el país mientras Fujimori parece solucionar uno a uno los problemas que arrastrábamos por 10 años.

Se malbaratean las empresas públicas, se venden y el Estado se reduce. Se dan medidas para sanear la economía: paquetazos y el “sálvese quien pueda”. Se cierra el Congreso y se colocan peones serviles en puestos claves. Se pisotea la Constitución. Se renegocia la deuda externa y pronto empieza a llegar otra vez el dinero de los organismos internacionales. Montesinos orquesta la derrota de Sendero en sus términos. Se promueven grupos de aniquilamiento. El terrorismo recrudece pero la captura de Abimael Guzmán devuelve la esperanza a los peruanos. Desde el SIN se organiza una campaña de medios para que parezca que la captura de Abimael y el posterior descalabro de Sendero es obra del gobierno. Montesinos compra a todos los que quieren ser comprados.

El dinero de los narcontraficantes llega a las manos del director del SIN. Este se reparte a la gente afín, a los socios, empresarios y políticos. El pueblo mira asombrado como se empiezan a abrir centros comerciales espectaculares, llegan inversionistas internacionales─sobre todo chilenos─que ven un mercado con posibilidad de crecimiento. Hay más trabajo: la liberalización y la competencia hacen que los precios y la inflación estén controlados. En ese clima de aparente calma, Montesinos hace lo que le da la gana desde el poder. Los aliados de Fujimori planean quedarse unos años más de los que la Constitución les permite. La gente parece feliz con tener carreteras nuevas, una sensación de orden después de 10 años de desorden e ineficacia.

Todo parece funcionar bien porque los medios no dejan que sepas lo que el equipo de Fujimori ha hecho: corromper a los medios, corromper a los políticos para tener mayoría, negarle acceso a los medios masivos a la gente que denuncia las matanzas, las esterilizaciones forzadas, la desaparición de enemigos políticos y periodistas, el asesinato de traidores al regimen. Todo tiene que parecer obra de Fujimori: el orden que se necesitaba.

El orden que los empresarios querían para comenzar a hacer dinero. Para que chorree a los pobres. Nadie quería escuchar las protestas de los estudiantes porque eso significaba el desorden que había quedado atrás. Pero el desorden también significaba la justicia, el derecho a criticar, el derecho a fiscalizar, el derecho a que el dinero y el bienestar llegara a todos y que si querías hacer politica nadie eliminara tu reputación desde los diarios chicha y los canales de televisión que recibían puntualmente el dinero de Valdimiro Montesinos. Se eliminó políticamente a Alberto Andrade.

Sin embargo hubo gente que protestó contra aquello: gente que nos abrió los ojos. El orden costó demasiado. El orden que implica que otro decida por ti no es orden sino es dictadura. El orden que te elimina o te embarra si protestas no es un orden sino dictadura. El orden que no escucha a las minorías no es orden. Los que lucharon contra ese orden dirigido desde el SIN, los que escucharon los testimonios desgarradores de las mujeres esterilizadas a la fuerza y de las familias de los estudiantes asesinados. Los que saben del flujo del dinero del narcotráfico que alimentó a la prensa silenciada y al congreso servil al fujimorismo miran con asco la posibilidad de que regresemos a esos años. No somos terroristas, ni radicales, ni gente que odia por odiar. Somos peruanos que no queremos que nos gobiernen personas deshonestas, prepotentes que creen que el progreso significa callar a los que se oponen a un gobierno dominado por ideologías políticas neoliberales, que creen que el progreso solo significa carreteras y puentes.

No. El progreso significa también escuchar a la gente que no está de acuerdo y propone soluciones que incluyen a las mayorías, que incluyen a los que no tienen voz, que incluyen a quienes no se les ha escuchado en mucho tiempo, que incluyen condenar y mandar a prisión a los poderosos que mandaron matar y silenciar para que nadie levantara la voz en contra de un gobierno. Progreso significa este video SU NOMBRE ES FUJIMORI que cuenta otra historia de esos años. Una historia que todos deberíamos de conocer. No solo porque tenemos que votar, sino porque nos va a hacer mucho bien como nación.

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MMMQ vs. Rafo León

  
Acá está la pequeña nota de OPINIÓN escrita por el periodista Rafo León a propósito de la exeditora—y pésima redactora— de El Comercio: Marta Meier Miró Quesada. 

MMMQ ha denunciado a RL por los “insultos” y ahora una jueza parece estar a punto de condenar al buen Rafo León.

Juzgue usted quién de los dos merece ir a la cárcel:

Personaje extraño MMMQ, su militante ecologismo (de un océano de extensión y un centímetro de profundidad), la viene distinguiendo por años como “su tema”. Pero para ser un auténtico ecologista hay que saber respetar también las áreas de amortiguamiento de otros derechos que tenemos los seres humanos, como la libertad de elegir, la opción del laicismo, el pensamiento sin límites. Sin embargo, resulta que mientras la señora defiende a las taricayas de Pacaya Samiria, en una columna vecina se alía con el cardenal Cipriani en las opiniones más cochambrosas y naftalineras posibles, sobre la unión civil, el aborto terapéutico, la defensa cerrada y unívoca de la familia occidental y cristiana. Y un par de páginas más allá, en Sociales, aparece envuelta en zorros, tomando el té con las cuatro condesas que dan lustre a nuestra Lima.

Straight Outta Compton: la película

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¿Qué hubieras hecho tú en una situación así?

 

Solo puedes imaginártelo porque no eres negro, no eres pobre, no empezaste allá abajo, en Compton, California. Jamás recibiste esa mano de tu madre que te volteó la cara, gritándote: “hice muchos sacrificios para sacar adelante a ti y a tu hermano y no voy a dejar que tú lo arruines todo”. Dr Dre en el piso, escuchando música: la música, la que te salva y te justifica. El dedo medio que se levanta en una canción: Fuck Tha Police.

 

Entonces ves la mirada de odio del joven Ice Cube ─y vas a entender el problema con los Oscar y la injusticia de que nadie pusiera entre los candidatos el nombre de O’Shea Jackson Jr., magnífico interpretando a su padre─entrando en el estudio, a seguir trabajando, a no darle ninguna importancia a ese hombre uniformado que se toma la libertad de tirarlo al piso, pararse sobre él, esposarlo y despreciarlo porque debe de ser un gangster, alguien que estorba. “Son artistas de rap” dice el manager judío y entonces aquello cobra sentido para el policía negro: “El rap no es arte”. 

 

Fuck the police coming straight from the underground

A young nigga got it bad cause I’m brown

And not the other color so police think

They have the authority to kill a minority

Fuck that shit, cause I ain’t the one

For a punk motherfucker with a badge and a gun

To be beating on, and thrown in jail

We can go toe to toe in the middle of a cell

Fucking with me cause I’m a teenager

With a little bit of gold and a pager

Searching my car, looking for the product

Thinking every nigga is selling narcotics.

 

Las letras que escribe Cube conectan con una inmensa mayoría que siente que el artista le está dando voz. Es como si ellos también dijeran: “Yo también tengo 18 años y así es mi mundo”

 

Straight outta Compton, another crazy ass nigga

More punks I smoke, yo, my rep gets bigger

I’m a bad motherfucker and you know this

But the pussy ass niggaz don’t show this

But I don’t give a fuck, I’ma make my snaps

If not from the records, from jackin the crops

Just like burglary, the definition is ‘jackin’

And when illegally armed it’s called ‘packin’

 

Este filme es la historia de unos muchachos que salieron de donde la opinión pública, la policía y el gobierno decían que no había salida. Un grupo de músicos que escaparon denunciando, desde un escenario, una sociedad que los juzgaba por no vivir en el barrio correcto. Rags to riches, dicen, pero el filme es más: es verle la cara al racismo, a la pobreza, a la ignorancia, al capitalismo, a la violencia, a la misoginia.

 

En ese camino viene  el intento por escenificar el caos y la violencia que siguieron a la absolución de los policías que golpearon en el piso a Rodney King. Era 1992 y cuando ardía L.A. se presagiaba el futuro de Ferguson, de Baltimore, de Chicago and many other places: Police brutality, lack of opportunities.

 

Y aquellas imágenes deben de aterrorizar aún a los miembros del NRA y a quienes siempre se imaginan que el mundo se va a acabar con una guerra entre zombies. Es una secuencia de escenas de magnífica composición cinematográfica con planos generales, paneos rápidos, cámaras en mano y acercamientos a pequeños detalles. Como esas pañoletas de dos colores que simbolizan a dos pandillas unidas contra la brutalidad policial. La cámara se mueve entre las calles y vemos el desastre, el descontrol, el rap escupido en imágenes: Esta es mi vida, acá en esta mierda vivo yo.

 

Necesitamos recordar Straight Outta Hampton cada vez que nos apuremos a juzgar el arte que nos acerca a una sociedad que de alguna otra manera no podríamos ver.

 

Como espectador, la película entrega lo que todos los amantes del cine queremos: 167 minutos de una historia con todos los ingredientes para volverla apasionante. Desde la secuencia con el tanque de la brigada antidrogas que arranca la pared de una casa en Compton hasta los excesos que terminan con Eazy-E muriendo de SIDA en el hospital. Desde la euforia de los conciertos y las giras pero también los desencuentros que ensucian la amistad por el dinero y el control sobre los derechos de su música (como en todo biopic que se respete).

 

El director F.Gary Gray (con la producción de Dr.Dre y de Ice Cube) pone en la pantalla una magnífica película filmada en las calles de Compton y L.A., con el apoyo de mucha gente convencida de que la historia de su juventud se ve retratada en las imágenes. Straight Outta Compton: un enorme filme acerca de la vida de un grupo de muchachos que vivieron una época determinada por las drogas, la pobreza y la violencia, que encontraron su destino en un escenario y que con su rebeldía y su ambición transformaron para siempre la historia de la música.

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Ñaño: el superhéroe ilegal

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Corren los primeros años del siglo XXI y la vida se pone difícil para los ilegales que viven en Nueva York.

Después de los atentados del año 2001 el gobierno ha impuesto una serie de medidas que complican aún más la vida de quienes residen en esta ciudad sin visa de los Estados Unidos ni tarjeta verde.

Para colmo de males, la MTA decide que para mejorar el lamentable servicio de transporte público que le brinda a sus usuarios, debe de aumentar –de manera drástica– el costo de los pasajes y las MetroCard ¿Quién puede ayudar a los pobres latinoamericanos que sobreviven, mal que bien, paralizados entre las amenazas terroristas, los aumentos del costo de vida y las maniobras políticas de ese presidente impresentable llamado George W.Bush?

Así nace Ñaño: El superhéroe ilegal. Un embanderado de la justicia que hace su trabajo superheroístico en la ilegalidad porque ha entrado a EEUU cruzando la frontera por los aires, sin detenerse en los controles migratorios. Un ciudadano cuyo único documento de identidad es el que le ha expedido una nación sudamericana en permanente crisis económica y política.

El único poder de Ñaño es el poder de convencimiento. Y armado con él, viaja por los cielos de los cinco condados neoyorquinos, haciendo el bien.

Sangre mala

The New York Street


I was there, on the subway, on the train, over the bridge. Just shivering as the other ones. They waited at the platform or looked through the window to the man dying. Over the tallest building a signal of hope: A yellow star pretending to be black. This guy of the blue gaze, just before the seizures, was admiring the weather while the train was running over the Manhattan bridge, pretending to be blind: “Yo hablo español, solo que no lo he desarrollado mucho.”

What kind of accusation against him? How to spread the idea without the help of his eyes? ¿Cómo interpretar la historia sin la permamente acusación de su historia? ¡No temeremos a las mariposas incrustadas en el pergamino de Agamenón! ¡No desperdiciaremos el tiempo mal ganado en las pesadillas de otros! “Is that not the truth Omar?”, he asked, just before his agony. We were too busy…

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La Toma (revista Resina 1997)

Siempre me pareció que hubieron puntos que no quedaron muy claros en el asunto de la toma de la residencia del embajador japonés en Lima, el 17 de diciembre de 1996. Por ejemplo, si la crema y nata de la política peruana estaba reunida esa noche ¿Por que no fue a la reunión Alberto Fujimori? (si su madre y su hermano estaban entre los invitados). Si Vladimiro Montesinos estaba tan al tanto de los tejes y manejes del narcotráfico y de la lucha antiterrorista ¿Cómo es que no supo nada del plan del MRTA?¿Qué tanto se divertían los invitados en la residencia que nadie se dio cuenta de lo que pasaba hasta que ya fue demasiado tarde?¿De dónde le vino la inspiración al presidente para el famoso túnel por donde entraron los comandos del ejército?

En esos meses de angustia porque los emerretistas no cedían, había llegado a Lima la súper modelo alemana Claudia Schiffer (en ese entonces comprometida con el ilusionista norteamericano David Copperfield). Una tarde escuché una noticia acerca de un posible encuentro entre Fujimori y la Schiffer. Me fui a dormir la siesta y ahí tuve una epifanía: aparecieron ordenados con claridad los eventos que comenzaron en la noche de la toma y desembocaron en esa famosa operación de rescate el 22 de abril de 1997. Dibujé aquello que la providencia me dictó y que es lo que ustedes verán a continuación.

La historieta que mereció una mención honrosa en el concurso nacional de historieta Calandria de 1997 era de sólo 4 páginas. Lo que ven ahora es una versión mejorada y ampliada a 8 páginas que debió aparecer en la revista 4 de RESINA. Resinoso apetit.

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Coiman en Nueva York

Allá por el año 2011, mi amigo Renso Gonzales, uno de los editores del fanzine limeño Carboncito me preguntó si tenía algo para enviar a una exhibición de comics que iban a montar en el festival Entreviñetas en Medellín. Hasta donde yo recuerdo esta historieta que dibujé con Coiman (el primer policía con calculadora) la hice en blanco y negro y fue trabajada con mucha rapidez y algo de descuido en Photoshop para que se vaya pronto a Colombia. Hoy estuve rebuscando entre el material que se publicó en Carboncito y encontré el archivo original en alta. Espero que se lea y se vea bien.

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El Hombre Pus (Resina Producciones)

Desde Resinápolis y el tunel del tiempo. Desde un lugar muy lejano allá por los 90s: El Hombre Pus, un cortometraje en video. Basado en la historieta de la revista RESINA (Historietas para mentes cochinas). Filmado en Lince, con la cámara de Payé Cussianovich y la edición de Renzo Delgado. La dirección general es de Gonzalo “Sayo” Hurtado.

Como me dijo Martín Haro, después de pasarme esta versión digitalizada de VHS, esto es “volver a las raíces”. Es un trabajo de grupo para el Taller de Cine de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad de Lima (me encontrarán de extra quedándome dormido enmedio de la programación de Resina News y cayendo muerto tras un tiro de “Niño Bonito” Burstein). El “avión” García hace de Jesucristo y Payé dobletea como “Abuela Dinamita”. La música de los Cadillacs suena espectacular. Los efectos especiales son de temer: recuerdo haber estado ayudando a crear con papel rojo ese famoso cartucho de dinamita. Y esos carteles de “Boom” y “Bang” siguen funcionando bien 22 años después.

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Summer Hours (L’heure d’été)

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Sylvie y sus amigos entran en la casa que ya no es más que una cáscara. Se han llevado los muebles, los armarios, los cuadros, los jarrones. Los objetos se han convertido en piezas de museo. “Mi abuela Hélène me dijo que algún día regresaría aquí con mis hijos. Mi abuela ahora está muerta y la casa ha sido vendida”, dice Sylvie. ¿Qué queda de una casa cuando se va la gente que la habitaba y los objetos que la llenaban?

La casa donde él está escribiendo fue construída en 1953. Allí vivía una familia que se apellidaba Salvati. El señor Salvati adquirió los lotes adyacentes para tener el terreno necesario y que su hija mayor, Lorraine, y su hijo menor, David, construyeran dos pequeñas casas al lado de la gran casa paterna. Plantó manzanos, peros, arbustos de cerezas. Salvati enviudó en 1990. Dicen los vecinos que por esos días el hijo estaba muy metido en las drogas y que llegaba dando gritos enmedio de la noche, sin importarle que la madre estuviera enferma.

Lorraine se casó y se mudó a una casa en Cold Spring, a 20 minutos de su padre. Lo visitaba todos los fines de semana. A sus gemelas─Claire y Josephine─les encantaba colgarse de las ramas del manzano. Su abuelo las llevaba hacia el parque Blue Mountain por el borde del riachuelo Dickey que lindaba con la propiedad. El último verano las dejaron caminar desde Blue Montain, acompañadas de su perro Hubbert, el Spanish Water que les regaló su padre por su noveno cumpleaños. Cruzaron el riachuelo sobre un tronco podrido y entraron a la casa con Hubbert y sus patas mojadas. El abuelo las reprimió con una sonrisa cansada. Ya sabía que tenía cáncer.

Cuando murió Salvati, Lorraine pasó en esa casa varios fines de semana. Se dedicó a empaquetar los artículos del sótano y del ático, la ropa de cama, las vasijas. Cuando tomó el exprimidor de naranjas que pertenecía a su madre se puso a llorar ahí en la cocina, mirando el arroyo y las hojas de los árboles de color naranja. Ese fin de semana extrañó más que nunca a su padre. El siguiente lunes pusieron la casa en venta.

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Las gemelas acompañaban a su madre. Mientras ella trabajaba se iban con Hubbert hacia la calle Washington y trepaban la loma hacia el parque Blue Mountain. Atravezaban el puente colgante sobre el lago, se metían por los senderos en el bosque y regresaban a la casa bordeando el arroyo.

Un sábado entre los árboles, desde la orilla antes de cruzar el Dickie, vieron al tío David conversando con mamá debajo de un manzano. Casi nunca veían a su tío. Él les preguntó si querían ayudarlo a limpiar el cobertizo. Mientras movía las cosas les contó que vivía con una chica hermosa de Montana que conoció en el verano, que uno de esos días iba a ir con ella a visitarlas en Cold Spring. Les entregó el pequeño balde de metal rosado donde el viejo Salvati guardaba las herramientas que usaban sus nietas cada primavera para mover la tierra y plantar los tomates en la huerta. Les hizo adiós mientras arrancaba su camioneta. “Se parece tanto a papá”, pensó Lorraine y se puso triste otra vez.

David fue a visitarlas unas semanas después. Sin su chica porque estaban peleados. Le temblaban las manos. Hablaba como conteniendo la respiración. En un momento empezó a gritar, primero vocalizando y luego como si no pudiera contenerse: “Just sell the fucking house”. Se fue de la casa gritando. Por esos días el presidente George W. Bush acababa de anunciar el colapso del mercado de valores y el inicio de la gran depresión. Bancos y grandes compañías de inversión se habían declarado en quiebra. Dorine Giordano, la corredora, había llamado esa mañana para preguntarle a Lorraine si aún quería seguir vendiendo la casa de Salvati: los precios se habían desplomado.

Meses después, a principios de la primavera, Dorine los llamó. Tenían una oferta. Era casi la tercera parte del precio que habían pactado en las oficinas de Coldwell Banker durante el verano. “La otra opción sería esperar. Pueden pasar unos años antes de que los precios regresen a su nivel”, dijo Giordano. “Sell the house Lorraine” dijo David cuando su hermana lo llamó para consultar.

summerposter“A le gente le gusta lo tranquilo que se está aquí.También que está a muy poca distancia de Paris” dice el alcalde del pueblo de Valmondois, dando a entender que  la casa encontrará un buen precio en el mercado y que el municipio debe invertir en reparar el cementerio donde enterrarán a Hélène. Su hijo Frédéric detiene el auto en un recodo del camino de regreso a la ciudad porque no puede soportar la desolación ante lo que está por suceder: van a desmantelar la casa en la que ha vivido su infancia, el museo que su madre ha construido en honor del gran amor de su vida, el famoso pintor Berthier.

Cuando el escritor y su esposa llegaron por primera vez a la casa de Salvati lo que más les gustó fue que desde la sala se pudiera escuchar el sonido del arroyo. Les gustaron las plantas de manzanos, el cerco vivo que los separaba de la calle, que la propiedad estuviera en un calle dead end y que la casa no fuera de madera sino de cemento. El ático y el sótano eran enormes. La familia había dejado los pisos alfombrados y algunos objetos de decoración: frente a la chimenea estaba la pequeña mesa de ajedrez donde Salvati solía jugar con su hijo David.

El escritor y su esposa acordaron que se desharían de las alfombras, pulirían los pisos de madera, instalarían una mejor iluminación en los techos y renovarían la cocina. Las ventanas de marco de aluminio tendrían que ser reemplazadas por unas nuevas que ahorraran energía.

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Se observa con cuidado los objetos, se les pone un precio. El Musée D’Orsay los quiere hace bastante tiempo. “No vamos a poder venir a Francia en los veranos, la casa no la vamos a aprovechar”, han dicho Jérémie y su esposa, a punto de mudarse con su compañía de Shangai a Pekín. Adrienne anuncia que se casará en Nueva York y que le será difícil acercarse otra vez a ese país del que ya se considera tan distante.  Se descuelgan los cuadros, se sacan los armarios, se apilan las sillas. Éloise, la sirvienta que los hermanos recuerdan desde su niñez, se empina sobre las ventanas y las puertas cerradas y lo único que ve es una cáscara sin vida.

El escritor y su esposa le pidieron a Dorine que  la casa se quedara vacía. Que limpiaran el muro de piedras apiladas al lado de la entrada. Que vaciaran el cobertizo. “Están comprando una casa con una base sólida”, les dice Lorraine, el día del cierre, desde el otro lado de la mesa de negociación. No puede evitar llorar mientras firma los papeles que le entrega su abogado. Esa noche David estaciona frente a la casa de Cold Spring y Lorraine le entrega un cheque. Dobla el cheque, se lo mete en el bolsillo del pantalón y se va.

Msummerhours3eses después, la noche de Halloween, golpean la puerta. Son dos niñas. “We used to live here” le dicen al escritor que les ha abierto mientras él mete la mano en una bolsa con golosinas para sacar Snickers y Butterfingers. Se siente incómodo porque no sabe si debe de invitarlas a pasar, si tiene que dejarlas que miren en qué se ha convertido la casa del abuelo: lo poco que queda de la que ellas conocían. Las gemelas le hacen adiós y se van hacia la calle. Detrás del cerco vivo el escritor ve a un perro y la sombra de Lorraine.

Al escritor le gusta su casa sea tan tranquila y que quede tan cerca de Nueva York. “50 minutos en automóvil” les dijo Giordano. Le gusta ver el arroyo desde los altos y escuchar el murmullo del agua desde la mesa donde se sienta por las mañanas a escribir. A veces se pone a pensar en lo que pasará con la casa una vez que ya no esté allí.

Todos los fotogramas de esta entrada pertenecen al magnífico filme Summer Hours (L’heure d’été) dirigida por Olivier Assayas en 2008.

 

 

 

 

 

 

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