* El 2008, el día de mi regreso luego de 8 años al Perú, escribí ésto. Hablaba un poco sobre los peligros de creer que el país «se va para arriba» y que «no nos para nadie». Analicemos otra vez, revisemos otra vez. Como dice Eduardo Adrianzén: pensemos. No tildemos a nadie de ignorante. Veamos qué pasó. El discurso de Toledo reconociendo que la gente ha manisfestado su descontento por el modelo económico, me gustó. Me hubiera gustado escucharlo así cuando se les pedía a los candidatos que eligieran un candidato de consenso. (PPK ascendía, el riesgo de tener a Humala y Fujimori en la segunda vuelta era evidente, lo lógico hubiera sido que Toledo renunciara). Estamos un poquito tarde para la primera vuelta, pero nunca es tarde para revisar y pensar. Ojalá estos líderes que tenemos se agrupen y le den espacio a los miles de jóvenes que en estas elecciones han manifestado con emoción su interés por la política. Formar partidos y preparar a los dirigentes es la única manera de evitar candidatos y agrupaciones con programas improvisados.
Salí del Perú el 10 de julio de 2000. Regresé el 18 de diciembre de 2008. Me fui a los 27 años, regresé de 36. Tenía una tarea pendiente entonces: vivir en una ciudad diferente de Lima, aprender lo que significa vivir lejos de mi familia y mis amigos, de mi país.
Los que me conocen de antes dicen que soy un aventurero. Yo, que me conozco mejor, sé que todo partió del deseo de aprender. Y que fue una aventura calculada, sin grandes riesgos. Hubo factores inesperados y decisiones que no fue tan difícil de tomar. Fueron muchos los factores y las personas que ayudaron a que yo me quede fuera del Perú.
Escogí Nueva York. Ahora que regreso sé que escogí bien. No hubiese conocido a mi esposa, no hubiese podido trabajar y estudiar con tanta facilidad una carrera que hoy me apasiona: la literatura inglesa.
El Perú ha cambiado. Es una maravillosa experiencia ver que se está haciendo realidad, con cierta pereza, el sueño del desarrollo. El orden y la limpieza de Lima son reales, el crecimiento económico y la integración social son evidentes. Somos más marrones y más lindos los peruanos. Somos más Perú que antes. Es decir, más orgullosos de nuestras mezclas. Estamos integrados mucho más que antes y nuestro destino parece que por fin es común. De todos los peruanos, independiente de la raza y la clase social. No hay lugar en este nuevo país para el racismo y mucha gente está comprendiendo la importancia de convertirnos en una nación integrada antes de pretender ser potencia.
Otros no. Mi esperanza es que alguien ilumine a esa minoría de peruanos que aún no se han dado cuenta que el secreto del desarrollo es la disminución de las brechas de riqueza y la desaparición de las barreras sociales.
Regresé al Perú a mirar, a ver, a comparar. He comparado todo el tiempo.
He regresado a Nueva York y me he vuelto a enamorar de su color, de su cielo, de su frío y de la intensidad de su fuerza. Quiero al Perú y a su gente, pero me siento en casa entre esta gente que no habla mi idioma, entre esos edificios que no miran hacia el sur sino hacia el cielo, entre esas calles que no susurran el nombre de mi patria sino que mencionan tareas multiculturales y multinacionales.
Del Perú sólo puedo decir cosas buenas y prevenir que hay demasiadas tareas pendientes. Avisar a los que se entusiasman con los edificios grandes que aún hay rincones en el Perú donde no podrå pasar el crecimiento económico sino pasa primero la educación. Que en la misma Lima hay enormes bolsones de pobreza que amenazan con desterrar cualquier eventual progreso económico, que todos esos restaurantes de lujo, centros comerciales fabulosos y barrios enrejados están todavía rodeados de calles de miedo, de zonas pobres, de limitaciones que es necesario alcanzar y transformar.
En el Cuzco se nota mejor que en ningún otro lado el efecto distribuidor del turismo. Hay una revolución comercial de la que se benefician desde el taxista y el guía de turismo hasta el panadero de la esquina, el mesero y el vendedor de chucherías. Pero incluso a pocas horas del Cuzco hay comunidades donde la gente vive con 3 soles al día. No seamos ciegos. Eso no puede seguir así.
Esa pobreza que a veces no vemos, porque cierta belleza superficial nos venda los ojos, es la principal amenaza para el Perú posible.
¿Irse o no irse del país? Hubo una época, no muchos años atrás, en la que los abuelos amanecían y miraban la pobreza de la chacra que cosechaban, la humildad de la pequeña casa en la que pasaban sus días y se preguntaban: ¿Me voy a Lima? O el jovencito estaba ya en la edad, terminaba el colegio y las cosechas eran buenas. La pregunta entonces era: ¿Lo mando a Lima? De uno u otro modo, toda o parte de la familia terminaba en la capital. Y de allí nadie regresaba. Algunas veces la idea de emigrar empezaba como una aventura y al cabo de algunos años ya no se podía agarrar una maleta que pesaba demasiado y regresar. Pero Lima se volvió grande e inmanejable. De ser interesante se convirtió en peligrosa y las oportunidades se convertían en batallas desiguales. Irse del país siempre fue una última opción ¿Para qué? Sobre todo si no sabías dónde encontrar gente cariñosa esperándote al aterrizar. ¿Para qué? fue la primera pregunta que se hizo Queso en el avión, antes de aterrizar en Lisboa. Su vida en la oficina era insoportable. Tenía que cruzarse con la abogada al menos dos o tres veces a la semana. Además, si iba a la gerencia general y la secretaria le decía que no podían atenderlo «porque la abogada estaba reunida con el gerente de la compañía», Queso desarrollaba en su mente las escenas del porno más crudo mientras miraba la puerta de gerencia. Su trabajo se convertía en diez largas horas de agonía.
Uno de aquellos días, mientras mataba sus minutos de ocio al lado de la ventana de su oficina, observando el nuevo Peugeot que adquirió después de meses de contingencias y mentiras y fotocopias con préstamos de terceros–porque su sueldo al parecer no era decente y sus facturas en garajes convertidos en cebicherías eran demasiadas–; abrió el parte. Supo lo que estaba dentro del sobre ni bien lo vio. Habían dos, ambos iguales. Uno para la familia. El otro estaba especialmente diseñado para él, de La Gringa. Ella que se había despedido de Queso en el aeropuerto del Cuzco, con la sensación de que tenía un nuevo amigo. Ella había seguido las instrucciones del Queso: el único ser humano en el planeta que no había entendido que la relación entre la Gringa y el Yuyo tenía que ser así: tormentosa, ridícula, tenía que ser un fracaso tras fracaso con explosiones. Una relación en la que jamás había que inmiscuirse, sino alejarse, cuidándose de aquellas chispas capaz de provocar grandes incendios. Diez años después, en el taxi que lo llevaba a Barranco, la Gringa ni se acordaba del breve discurso del Queso debajo de la bóveda de estrellas del Cuzco, sobre las escaleritas de su habitación, frente a patio de piedras. Un discursito ridículo, más bien. Que le había servido al Queso, todos estos años, para vivir con la convicción más o menos estúpida de que Yuyo y la Gringa habían regresado porque él se los había recomendado. La noche antes de tomar el avión a Lima, Queso le dijo a la Gringa que superen las infidelidades, y que ambos se declaren, oficialmente, el uno para el otro.
Así que esos sobres que el cartero lanzó por debajo de la puerta era su oficialización. Metió ambos en el bolsillo y no abrió el suyo hasta llegar a su oficina, después de haber pasado por gerencia, ya con el germen en la cabeza de una idea que se le ocurrió mientras conducía hacia el trabajo. Pasó por gerencia también para comprobar la situación de su abogada. “Están en reunión”, le dijo la secretaria, sentada delante de la puerta, como si no lo supiera. Queso pensó, mientras la miraba, en la vida de esa secretaria, haciendo como que no veía nada, sonriendo, negando la disponibilidad de su jefe. Diciéndole su mensaje casualmente, para que él no se diera cuenta que sospechaba. Si bien Queso sabía que la secretaria sabía. Queso pensó en todo eso mientras ella le sonreía y le decía que el gerente general de la compañía estaba reunido con la abogada. Tal vez sabiendo, porque las mujeres se cuentan todo y alguien de la oficina le habría contado, no exactamente la abogada –que no conversaba más que con él y con los gerentes–, que ambos habían salido juntos un par de veces, que Queso se moría por ella, que…Entonces Queso siguió de largo, cerró la puerta de su oficina y se sentó a su escritorio mientras miraba por la ventana su nuevo Peugeot, azul como lo había pedido cinco meses atrás, sin sospechar que los papeleos para que le autorizaran el crédito iban a demorarse tanto. Mirándolo, tomó el parte de su bolsillo, lo cogió entre sus manos y lo abrió. Era el certificado de su firme convicción de que el amor lo puede todo. El certificado de su certeza–a pesar de las Olgas y los ingleses, de los pirañitas familiares que se meten donde nadie los ha llamado–de que aquella energía que mueve al mundo los ha llamado «pareja» y nada ni nadie podrá evitar que ellos se junten para siempre. Era también un certificado de la estupidez de Queso. Se imaginó entrando a la iglesia, rodeado de sus primos, de sus tíos, de la madre de la Gringa que lo iba a mirar igual que cuando cargaba aquellas dos fotografías para su hija envueltas en papel Kraft. Todos pensarían que en ese terno impecable parecía un simpático pingüino. Mirarían atrás en el tiempo, no muchos años atrás, ¿dos, tal vez? Y se preguntarían ¿No fue Queso quien les dijo que estaba saliendo con la Gringa? Y algunos de sus primos le dirían después de un par de vasos de whiskey, palmoteándole la espalda, que «por lo menos esa modelito se iba a quedar en la familia» ¿No era ese Queso el mismo que maldijo al Yuyo, borracho, por tratar a su novia, la Gringa, como una cualquiera, por no valorarla? El mismo Queso a quien Yuyo ayudaba a vomitar en sus primeras chupetas, con quien se emborrachaba de corrido desde el 31 de diciembre hasta el 2 de enero– si bien Queso se quedaba dormido en varios puntos de aquella maratón, para volverse a levantar y seguir tomando. El mismo Queso a quien Yuyo abrazaba una tarde regresando de todos los bares de la ciudad imperial y besaba en el cachete porque pocas veces habían tenido oportunidad de emborracharse tan bien como esa vez.
Queso jamás había pensado en lo que haría de darse esta nueva situación. No estaba prevenido. Tenía que estar con ellos en la iglesia, mirándolos, saludándolos, deseándoles lo mejor. Luego se subiría a su precioso Peugeot azul del año, se iría a casa, dormiría el domingo, el lunes iría a trabajar para tocar la puerta del gerente. La secretaria le sonreiría porque otra vez el gerente ni la abogada lo podían atender. “Están revisando los contratos de las nuevas impresoras” adelantaría la secretaria, como para que se despejaran las dudas y quedara claro que ella estaba al tanto de todas las cosas que sucedían dentro de la compañia. Y Queso–muy decidido– pasaría delante de la secretaria, armado. Si la puerta estaba con seguro, la abriría con una bala y entonces, al ver al gerente general cabalgando las nalgas de la abogada, con los senos apachurrados contra el escritorio, les dispararía y acabaría con su pesadilla. Sino podía recurrir a este recurso–porque su carácter le impedía elaborar un poco mejor los detalles de esa solución que Queso llamó en su mente “la extrema”–haría lo que hizo: marcó el teléfono de la agencia de viajes. Pidió un pasaje para Europa. Tenía que ser el mismo día del matrimonio. No sabía nada de Lisboa, solo que podía desde allí coger el tren a París y sabía quién lo iba a recibir en Francia. O en España, o en Irlanda. Para que no existiera la posibilidad de arrepentirse, Queso compró el pasaje por teléfono. Dio su número de tarjeta de crédito, su clave personal. No había cambios ni devoluciones.
Así se embarcó Queso en su viaje al olvido, avergonzado en su propio Padna. Fue gracias a esa mañana, a ese parte con certificado de felicidad incompleta, que se cruzó seis años después en el bosque de Leiría con esa enfermera de Quebec. Aquella enfermera que estaba muy enterada de la pobreza en el Perú, de los problema de epidemias y pandemias, de la falta de educación para prevenir las enfermedades venéreas y que, solo por dos noches se quedaba alojada en el albergue internacional de estudiantes al lado del castillo de Leiría, pero juró que quería conversar un poco más sobre la pobreza en su país y los proyectos que ella llevaba a cabo, y su trabajo social en Portugal con los inmigrantes africanos. “Muchos llegan de Mozambique y de Angola, ya con SIDA. Es imprescindible una campaña educativa.” Karine se llamaba ella. Era de noche y hacía un poco de frío, pero ella vestía unos pantalones cortos reversibles de montañista y una camiseta que decía “pro-inmigrante”. Se iba a un festival de verano en un pueblo, acá muy cerca, cruzando el bosque. ¡Qué casualidad! Yo también. El Queso le contó que un camionero lo había dejado en Leiría en la mañana, que venía de Porto donde trabajaba como diseñador gráfico para esta compañía que creaba libros educativos. Karine había llegado al bosque después de haberle pedido una jalada a un campesino que pasaba en su camioneta. El campesino ofreció llevarla hasta el festival. Pero de modo muy sospechoso, a mitad de camino en la carretera, el campesino le había dicho que primero iba a entrar a su casa a sacar algo, que ella lo iba a acompañar. Que iba a tomar un desvío inesperado. Y Karine dijo que no, casi gritó que la deje allí, enmedio del bosque, que ella iba a caminar. Salió casi corriendo, cayéndose mientras huía de la camioneta del campesino. ¿Es un festival muy famoso no? preguntó ella. «Famosísimo», dijo Queso. Sus compañeros de trabajo en Porto le habían hablado todo el año acerca de ese festival: de las marionetas que representaban a cada pueblo de la zona, de los fuegos artificiales con figuras alegóricas, de las comidas que preparaban los pobladores y ofrecían sin costo a los visitantes. Solo duraba una noche. Siempre la misma noche, llueva o truene, una especie de ofrenda a sus fundadores portugueses.
Queso y Karina caminaron juntos por el bosque, entraron al pueblo y deambularon de grupo en grupo, se juntaron con la masa amontonada frente a carpas y kioskos para ver el espectáculo de las marionetas. Eran pequeñas representaciones de leyendas locales, con los muñecos vestidos a la usanza de la época medieval. Se repetían con pequeñas variaciones. Y si bien al principio Queso las encontró singulares y divertidas, después de verlas repetirse una y otra vez durante dos horas, terminaron por aburrirlo, y encontró más entretenido observar a los padres con sus hijos jugando en las tómbolas y en los juegos de azar, en los que podías ganar una botella de vino si lanzabas los aros con puntería o un muñeco de peluche si disparabas la escopeta de aire con precisión. Pasada la medianoche empezaron los fuegos artificiales, y Karine le confesó–con una media sonrisa de pavor–que nunca había estado frente a una de estas explosiones de colores y figuras tan conmovedoras. Después de los fuegos artificiales, si bien la feria proseguía y los kioskos de juegos seguían abiertos, la mayor parte de los asistentes empezó a retirarse. Queso buscó un carro entre los que se marchaban. Un muchacho que viajaba en una camioneta con la esposa y los hijos ofreció llevarlos si no les molestaba viajar en la parte de atrás, al descubierto. Se treparon. Si bien el clima era agradable, el viento a esas horas de la noche era intenso. Queso se quitó su sudadera y la pasó alrededor de los hombros de Karine. La abrazó mientras se tapaban la cara porque la camioneta estaba levantando polvo mientras cruzaba el bosque. El muchacho los dejó frente a la puerta del edificio donde estaban alojados–una mansión de hacienda que había sido restaurada en su esplendor de riqueza de provincia para transformarla en albergue para mochileros eruropeos–que a esa hora estaba muy oscuro y silencioso, como el resto de la pequeña ciudad de Leiría. Cruzaron la recepción del albergue, en dirección a la zona de las habitaciones, conversando con la voz casi susurrando: “Quiero que me cuentes más de tus proyectos de salud, de prevención de enfermedades. Tal vez yo pueda ayudar con diseño gráfico” dijo Queso. “Sí, sí, me encantaría” “¿Nos podemos encontrar mañana para desayunar?” “Oh sí. Me encantaría” dijo Karine y Queso notó que ella miraba de un modo distinto, con ímpetu, y claro, pensó, si la había encontrado en pantaloncitos y camiseta enmedio de un bosque, yendo a un festival de marionetas. Se había mandado a caminar enmedio de un bosque, sola, de noche. Cualquier persona que cruzase el océano para ayudar a otros, para dedicar su vida a salvarle la vida a inmigrantes de los cuales jamás había escuchado antes, tenía que ser impetuosa, estar llena de buena energía. Le brillaban las mejillas con un rojo intenso, su rostro casi no tenía ninguna de aquellas marcas que definen la vida. Tenía dos manos muy activas y delicadas, que movía mucho cuando conversaba. El cabello era largo y rubio, lo llevaba amarrado con una liga en colita, unas mechas se salían de la liga y caían sobre el rostro acentuando sus facciones.
Queso acompañó a Karine hasta la puerta de su habitación y se fue a la suya a dormir. Habían pasado seis años desde que salió de Lima. ¿Cómo tomaría Karine su historia? No le importaría. Repasó en su cabeza como habían sucedido las cosas: Él había salido de Leiría, mal orientado, y se había perdido al momento de cruzar el bosque. Karine había conseguido un auto que la llevara y solo ciertas circunstancias la habían obligado a huir y caminar hacia donde Queso marchaba, solo por el bosque. Se habían encontrado al final de dos caminos que partían, uno desde Quebec, con deseo de salvar a los inmigrantes de las pestes y del maltrato europeo; el otro desde su escritorio en Lima con parte matrimonial y su deseo de no hacer el ridículo en una ceremonia religiosa. “Está escrito” pensó Queso, incapaz de conciliar el sueño. Se levantó de su cama, salió al pasillo y fue hacia la habitación de Karine. Al abrir la puerta notó que ella se movía en la cama, pero que no dijo nada. Como si entre las posibilidades para aquella noche hubiera previsto aquél desenlace. Queso se acercó a la cama, Karine le hizo un espacio, movió la cubrecama y Queso se echó al lado ella. Se besaron, ambos labios aún estaban fríos. Él deslizó sus manos debajo de la camiseta. Ella movió también las manos, heladas, sobre su cuerpo. Karine se detuvo un instante para palpar algo dentro del bolsillo de los pijamas de Queso. Preguntó: “¿Qué tienes aquí?” Y Queso le respondió: “Un condón”.
A los amigos todos en licencioso beso
Los despido
Somos los mismos hombres
Los liceo
Adelantemos esta despedida:
Con exilio y suspicacia
Con la terca persistencia
Con nuestros dedos de furia
Masturbaremos a la letra
Y auscultaremos al infierno
He de sembrar semillas
Con mi miembro
Con tu cabello atado a la cintura.
Alumbraré el cuartito, asomadito al catre
La manivela de porcelana vieja
El caño descascarado
La biografía mitológica
Tus mejores líneas, Joyce.
Asumiré tu genio
Tus letras, tus reservas.
*Escrito después de leer A Portrait of the Artist as a Young Man
¿Quién soy yo para opinar de política? Un mero observador. Un don nadie. Un sujeto sin herramientas suficientes para analizar unas candidaturas de las cuales apenas si conoce la superficie. Personajes de los que apenas si conoce el boceto de una caricatura. ¿Cuánto dinero ha gastado Castañeda en su campaña? ¿Toledo?¿PPK? ¿Humala dijo tal o cual cosa y ahora se contradice?¿Su hermano lo denunció? ¿Keiko nunca fue al Congreso cuando la eligieron, la rodean una banda de incapaces?
Por ahí aparece César Hildebrandt para decirnos lo que piensa de la candidatura de PPK y lo tildan de amargado, de higadito, de ventarrón de metro y medio. ¿El Perú ha avanzado o ha retrocedido? ¿Ser presidente es una aventura, un reto o un compromiso? Para no contradecirme–algo que he tenido que hacer en mi adolescencia para entender los vaivenes de la política peruana–y manifestar mi opinión, que a pocos le interesa, a mí más que a nadie; repetiré que ser presidente es un trabajo. Así que abajo las banderolas y que se apaguen los himnos y los coritos. Un presidente no es un equipo de fútbol, es un empleado que tiene la obligación desde el primer dia de desanudarse la corbata y ensuciarse las manos tratando de conseguir lo que ha prometido que hará durante su campaña, aquello por lo cual los electores-empleadores han votado por él. Por eso preocupa la imagen de un Humala dos caras, la pesadillesca situación de un candidato Fujimori al revés, que es votado para hacer algo pero hace todo lo opuesto. Asusta. ¿En qué baso mi crítica de Humala? En comentarios de otros, en lo poco que he visto de él en presentaciones en televisión, donde su discurso presenta ciertos matices de crítica contra la opinión de moda de que un Perú más abierto al intercambio comercial con el mundo es un país mejor.
Humala, por otro lado, es el único de los principales candidatos, que cuestiona un problema que los peruanos que no creemos en el capitalismo sin control tememos: que la bonanza económica está enriqueciendo a pequeños grupos económicos hasta el punto que la sociedad peruana resultante será una donde las brechas entre ricos y pobres sean imposibles de cerrar.
Por ese discurso de igualdad social de Chávez han votado millones de personas no solo en Venezuela sino también en Ecuador, Bolivia, Argentina, Venezuela y Brasil (el gran Lula que todos felicitan ahora, recordemos que era el lider del partido obrero, el dirigente del Partido Comunista de Brasil). Así que tampoco hay que quemar las fábricas y renovar el pasaporte antes de tiempo. ¿Pero Humala no es Lula sino Chávez? He ahí el terror a eso que hablaba: Fujimori al revés. Fujimori dijo que iba a proteger nuestros salarios y que los precios no iban a subir. Y entonces aplicó las teorías del libre mercado, creyéndose capaz de resolver los problemas del país uno por uno, a pulso, con ayuda de sus colaboradores más cercanos, escuchando las líneas de Montesinos que sabía de donde cojeaba cada empresario y político corrupto en el Perú de principios de los 90s. Y ahora estamos aquí: 2011, un país que crece económicamente, un lugar seguro para las inversiones, una posibilidad increíble–si comparamos este país con el Perú que nos dejó Moráles Bermudez, Belaúnde o la mazamorra de problemas que dejara Alan García en 1990–de reducir los niveles de pobreza e incrementar el nivel de vida de los peruanos en los próximos 100 años. Y otra vez la tentación del péndulo. No, por Humala no. Basta de péndulos.
Tampoco Keiko, porque si bien no sé casi nada de su propuesta–a pesar de venir ambos del mismo colegio Recoleta, de haberla visto en un par de ocasiones en el apogeo del poder con su padre y de haberla tratado como una estudiante más, agobiada de examenes en su minúsculo departamento en Nueva York–Keiko representa nada más que los votos de millones de peruanos que creyeron que Fujimori era el mesías y que no comprenden como este señor al que le adjudican tantos logros y tantos avances, puede estar en prisión mientras que Alan García, el fabulador y el incapaz gobernante de los años 80s dirige al país y se lleva todo el crédito. Estos votantes fujimoristas tampoco entienden cómo algunos de esos empresarios y políticos incapaces y corruptos que se hicieron ricos con la dictadura de Morales y Velazco; con el primer gobierno de Beláunde (porque la gente se hacía rica con Belaúnde y con García tanto como con Fujimori, la diferencia es que nadie les hizo un video) no están en la cárcel. Y los presidentes ordenaban masacres, como la ordenó Alan García contra los prisioneros de la cárcel de El Frontón y les daba la bendición a comandos de aniquilamiento como el Rodrigo Franco (y les preparaba un túnel de escape a los del MRTA). Pero Fujimori está en la cárcel y García no. Pero no se puede votar por Keiko solo por eso. No vamos a votar por ella solo para que salga su padre de la cárcel–a quien alguien lo engañó, haciéndole creer que regresar de Japón era una buena idea–ni por las injusticias del pasado. Vamos a votar por alguien que sea capaz de mirar al futuro con las posibilidades que se le presentan al país, que sea capaz de escuchar las críticas y de enmendar los errores y hacer la mejor faena posible con un mínimo de desaciertos.
Y Castañeda. Pobre Castañeda. ¿Quién le mintió que llenando Lima con cartelitos con su nombre se aseguraba el poder y la fama para siempre? Castañeda no es Andrade, gordito carismático, enamorado de los parques y de los jardines. Tampoco es Barrantes, chato florero, instruído, con talento para hablarle a las masas. Ni siquiera el colorado Belmont, simpático libro de superación personal andante. Castañeda es un oscuro burócrata con cierto talento para manipular los números. ¿Ese asesor que contrató en Venezuela, no estará trabajando por lo bajo para Humala?
Toledo y PPK. Esas son las mejores opciones que tenemos en el Perú de hoy. Porque ambos prometen utilizar con provecho las favorables condiciones económicas en las que se encuentra el país y distribuir la riqueza entre todos para que las contradicciones no se agranden. Porque prometen–y tenemos cierta garantía, en base a su obra y sus políticas pasadas–de que mirarán para adelante. Pero ambos tendrían que escuchar a las voces furiosas como las de Humala o las de Hildebrandt. No deberían cerrar las orejotas a las críticas del modelo económico. Ambos tienen que prestar atención a las quejas de los fujimoristas que reclaman que después de Fujimori muchas cosas básicas como la seguridad, la salud y los servicios públicos en los pueblos del Perú no funcionan con la misma eficacia y prontitud que en aquellos tiempos.
Hay que escuchar a los que dicen que este modelo liberal está abandonando al pueblo para prestarle más oído a los ricos. Hay que hacer una revolución para los pobres desde arriba, ahora que aún hay tiempo porque de otro modo estos pobres un dia se van a hartar y van a escoger soluciones radicales como las de Chávez. Hay que llenar el país de pequeños empresarios. Sí ¿Pero y qué pasa con los que no quieren ser pequeños empresarios sino simplemente quieren un país justo con un poco de riqueza para todos? ¿Qué pasa con los que solo quieren educación de primer nivel para todos los peruanos? ¿Qué pasa con los que solo quieren alcaldes y funcionarios eficaces y honestos? ¿Qué pasa con los que quieren empresarios que inviertan en el Perú pero sin mano de obra barata?
Ese rollo de que de la pobreza solo se sale volviéndonos todos empresarios no sirve. PPK o Toledo. Esas son mis opciones. Ojalá que si cualquiera de ustedes dos es elegido presidente, sepa contener la avalancha, poner las primeras piedras de un país justo, entender las contradicciones de un país que no solo quiere riqueza sino también oportunidades y justicia para todos. Un trabajador eficaz, un empleado eficiente, que escuche consejos, acepte las críticas y cumpla con lo que ha dicho. Eso es a todo lo que debería aspirar el Perú en estas elecciones.
Uno de los sellos cilíndricos en la Morgan Library al lado de la copia en formato plano.
Algunos financistas dilapidan su dinero en empresas absurdas. Otros se apasionan con tener una biblioteca valiosa, piezas de arte únicas y una colección de más un millar de pequeños sellos y tabletas con escritura cuneiforme de la antigua Mesopotamia. Pierpont Morgan, uno de los financistas más poderosos del mundo a fines del siglo XIX y comienzos del XX, gastó una fortuna en coleccionar arte, libros y restos arqueológicos que le apasionaban, como aquellos encontrados en las excavaciones de la mitológica ciudad de Nínive.
Lo más fascinante del museo han sido estos sellos cilíndricos (parecen corchos de botella), con diminutos grabados de gran detalle referentes a historias de la vida, los mitos y las leyendas de los habitantes de aquella región. Estos sellos pertenecen a una civilización que floreció 2000 años antes de Cristo. Fue tan brutal–y tan perdida en la noche del tiempo–la desaparición de la espléndida ciudad de Nínive, que cuando Herodoto escribió sus Historias, en el año 400 antes de Cristo, no la menciona. Sin embargo, en las tablillas encontradas en las excavaciones, emerge la historia de una civilización muy avanzada. Entre sus símbolos cuneiformes, se han encontrado evidencias de epopeyas que han llegado hasta nosotros por otros medios, como la de un hombre bueno al que los dioses encargaron rescatar un ejemplar de cada especie animal, subiéndolo a bordo de una gran barcaza, porque la Tierra iba a ser inundada. Estas tablillas originales-que se encuentran en exhibición, acompañadas de traducciones al inglés- cuentan también la historia de reyes avaros asesinados por sus parientes; y la de un rey muy noble que se vestía de obrero para moldear el primer ladrillo de un templo, enseñando a su pueblo que los reyes tenían que ser humildes para ser respetados por sus deidades.
Otras cosas que me impresionaron en este museo: La Biblia de Gutemberg, una de las tres que adquirió Morgan; y el primer globo terráqueo (data de 1532) en bronce dorado, donde se dibuja la costa de Norteamérica que el cartógrafo ya había bautizado con su nombre: Verrazana; una partitura original de Mozart, obsequiada al rey de Bavaria y que se encuentra en una cajita acolchada con terciopelo; el retrato Cobbe de Shakespeare, que este año salió por primera vez de Gran Bretaña para llegar a la Morgan (junto con la pintura del Earl de Southhampton, protector del bardo); un par de hojas manuscritas del diario de Walt Whitman visitando a los heridos de la Guerra Civil y de Toureau cuando vivía en su famosa cabaña; una carta de John Adams cuando ya tenía más de 80 años, con la letra tembleque; la máscara que un escultor le hiciera en vida a George Washington; y por último: todos esos lomos de libros únicos que Morgan coleccionó–algunos de ellos protegidos de cualquier desgracia dentro de una bóveda de acero impenetrable–entre los que se cuentan primeras ediciones de los más grandes escritores en lengua inglesa: Dickens, Wilde, Johnson, Swift, Shakespeare; pero también de Balzac y de Goethe, en francés y en alemán. Algo que me llamó la atención: las varias copias que tenía Morgan, alrededor de salones y anaqueles de su vasta biblioteca, de un libro en particular: Las aventuras de Robinson Crusoe.
La abogada empezó a cruzarse menos en su camino en la oficina. Queso había dado por concluído ese tema. Había empezado a tener otro tipo de sueños: la Gringa. ¿Sabía acaso la familia que Yuyo ya no estaba con ella? No podía preguntar así de un día para otro. Tenía que esperar un momento que no le pareciera sospechoso a nadie, buscar el tono para decirlo sin que atrajera más atención de la necesaria. Caminó con la Gringa por el malecón, regresando del bar de las camisas bien puestas y los bluejeans ajustados. La Gringa se asomó a la barandilla, observó al mar. ¿Qué es la muerte, Queso? ¿Por qué estamos tan obsesionados con detenerla? ¿No sería mejor que cada uno se enfrentara a ella con sus propias convicciones? ¿O que dado el caso la invitara a venir? Ella había pasado todas las tardes por aquel camino, regresando del laboratorio. Tras estar inclinada por horas de horas en un cuarto oscuro, revelando aquellas fotos que le servían para olvidarse de que la vida no tenía sentido. Se olvidaba del mundo y luego caminaba al lado de la baranda y miraba el mar. Parecía tan sencillo subir sobre ella y arrojarse.
El gerente de la compañía ha tenido un hijo. Le regaló un habano. Así que, pensó Queso, ya que voy a ver a la Gringa esta noche, su primera cita, tal vez quería acompañarlo a fumárselo. Estuvieron en una banca del parque Salazar jugando con los fósforos. ¿Sabes que van a cerrar el parque la próxima semana? Van a construir un centro comercial. Restaurantes, cines, bares con vista al mar. Ya era hora. Queso trató de descubrir lo que pensaba la Gringa de todo aquello, pero ella estaba concentrada en encender el habano. No dejaba que la mire a los ojos. Todo está cambiando, Queso. La ciudad que conocimos los dos, no la vamos a reconocer cuando seamos adultos. Esta banca es probable que ya no exista. Escuché que le quieren poner una cúpula al puente para que la gente no salte. Entonces ya nadie va a poder asomarse a la barandilla y mirar. Si tengo hijos, jamás podré enseñarles lo mucho que significaba para mí apoyarme sobre este fierro y dejar que la brisa me toque, que el viento de las olas llegara hasta donde yo estaba parada; creyéndome tan libre como para imaginar que podía lanzarme. ¿Ves ese camino entre la hierba detrás del murito donde termina el parque? La Gringa opina que entre aquella hierba debe haber nidos de ratas. El Queso cuenta que una noche, él y sus hermanos bajaron por aquél camino, siguiendo la huella entre la grama. Dice que llegaron hasta un rinconcito sobre las columnas que sostienen al puente. Dice que se sentaron a tomar un six pack de cervezas que habían comprado y podían sentir la vibración de los autos cuando pasaban encima. Nunca vio una rata. La Gringa le dijo que en Londres, durante su primer año viviendo allí, jamás vio una rata en el subterráneo. Hasta que una amiga le explicó que allí estaban siempre y que el problema era que ella no se había fijado bien. La amiga se la llevó hasta el borde de uno de los andenes de la estación y le enseñó una rata pasando por debajo de los rieles, comiéndos los restos de una manzana. Después de ese día, la Gringa empezó a ver ratas por todos lados. Una pasó frente a la banca donde estaba sentada. Gritó y un muchacho negro que pasaba encaró a la rata y la pateó hacia los rieles. La rata blanca giró en el aire, dio una vuelta olímpica perfecta y cayó sobre sus cuatro patas para seguir corriendo y merodeando entre los rieles. La Gringa no se había percatado hasta ese momento, de que posible vivir sin enterarse de nada de lo que sucedía alrededor. Se podía seguir viviendo sin ver cosas tan evidentes como las traiciones o las mentiras. Solo bastaba no prestarles suficiente atención, concentrarse en otras tareas, llenar la cabeza de preocupaciones diferentes. Fue en esos años en que La Gringa empezó a desarrollar una cierta sensibilidad para sentirse culpable por las cosas evidentes en las que nunca se había fijado antes y de las cuales empezaba a darse cuenta. Acostada en la cama de su cuarto en Camden, pasó noches completas con los ojos abiertos y empezó a ver cosas de su familia, de sus relaciones personales, de sus parejas, y de Yuyo; que jamás había visto viviendo en Lima. Y comenzó a sentirse culpable por ellas, por nunca haberles prestado atención y por haberlas evadido. Todavía ignoraba muchas cosas. Pero si la Gringa se daba cuenta que había ignorado algo, entonces se le desarrollaba un sentimiento de culpa que la atormentaba por dentro, que la privaba del sueño, que la perseguía durante el día y no la abandonaba durante un largo período de tiempo.
Aquella fue la primera vez en que la Gringa le habló de los planes de irse a vivir al Cuzco con Yuyo. “Tal vez lo haremos, así ya no estemos” dijo la Gringa. Aquél debió haber sido el primer aviso serio para el Queso. La Gringa no iba a volver con él, pero vivir allá era un tema que habían conversado tanto y planificado tanto tiempo atrás que les parecía imposible no realizar. Rentarían una casita antigua con espacio para un taller y para un laboratorio fotográfico, ella se matricularía a estudiar pintura en Bellas Artes y conseguiría trabajo de investigación en un instituto de la imagen. Trabajarían diseñando y pintando los muros de restaurantes y de pubs del Cuzco o venderían sus cuadros a los turistas. Yuyo ya tenía elaborada una serie de más de cien temas para los cuales solo necesitaba un poco más de tiempo libre y la energía de esa ciudad. Organizarían a los pintores, fotógrafos y otros artistas gráficos cuzqueños y celebrarían festivales. Vivirían 100% del arte. Así no fueran ya más pareja, así otros sueños como los de casarse o tener hijos se tuvieran que dejar de lado. La Gringa extrañaría sus trabajitos de modelo en Lima, que le daban un buen ingreso, pero que la hacían sentir tan mal cuando pensaba en la cantidad de horas que estaba desperdiciando sin hacer las cosas artísticas que a ella le gustaban, sin tomar fotos, sin entrar al cuarto oscuro. Es decir, aquella vida en el Cuzco era la promesa que se tenía que cumplir, antes de claudicar todos los sueños por la manía de ser adultos, de volverse uno más. ¿Acaso Queso no había renunciado a su trabajo anterior porque también quería dedicarse a tiempo completo a dibujar, a terminar sus historietas, a publicar esa revistita que tuvo mucha circulación entre los kioskos de la Avenida Brasil? Un año entero lo iban a dedicar a intentar ser artistas.
Como supo pronto que de su arte él no podía vivir, se dedicó a viajar. Aprovechar bien doce meses, recorrer la montaña en autobús, a pie. Despertó a media noche al lado del mar en Máncora–después de celebrar la llegada del año nuevo, el final de sus doce meses de experimentación–y empezó a caminar hacia unas luces que se podían ver desde la playa, una casa de adobes donde él había estado hasta que lo agarró el cansancio y se fue a buscar su bolsa de dormir sobre la arerna. Al lado de la casa, conversaban dos de sus mejores amigos, sentados sobre cajas de cerveza, debajo de las ramas de un algarrobo. Un árbol que tenía más de cien años, un vecino más al que nadie se atrevía a molestar. Conversaban de los viajes que iban a realizar, de proyectos de ir a Europa, de comprarse un terreno cerca de Las Pocitas, de incrementos de sueldo. Queso escuchó, esos futuros que llegaban a sus oídos junto con el silbido del viento, vio madurar frente a él lo que aquellos muchachos llamaban un año próspero. Él también quería ir a Europa, comprarse un terrenito frente al mar, tal vez no tan lejos, cerca de Lima. Queso iba a recordar para siempre aquél algarrobo, donde la luz del sol del nuevo año parecía tener un color diferente, un color naranaja salpicado de rojo que se reflejaba en los rostros del grupo sentado al lado del tronco, bajo la copa del árbol. Lo iba a recordar porque esa mañana decidió dedicar el nuevo año a buscar un trabajo donde pudiera ahorrar, juntar lo necesario para un pasaje de avión que lo llevara a Europa, tener la plata que le permitiera ir de ciudad en ciudad subido en un tren y ver las callecitas empedradas de Roma, trepar hasta la cima de la torre Eiffel, y contemplar toda la tarde el río Arno desde el puente viejo de Florencia. Queso consiguió ese nuevo año el nuevo empleo, perfecto para la ocasión, para los ahorros, para los sueños. Ni bien entrado a la oficina le presentaron a la abogada y ella hizo un tema del mes escoger el restaurante donde Queso decidió invitarla a comer así tuviera que gastarse más de la mitad del dinero que había recibido. Así tuviera que aceptar que fuera ella la que condujera porque ofreció ir en transporte público y ella le dijo que “jamás, óyelo bien Queso, jamás me subiré a una combi” Entonces Queso empezó a jugar a eso y la abogada parecía comprender bien sus instintos artísticos, no le disgustaba incluir conversaciones sobre tal o cual director de cine que ella consideraba aborrecible porque no tenía ninguna sensibilidad europea, encargándose de dejar en claro que conversaba solo para no hacerlo sentir mal, porque le agradaba su compañía. ¿Cuánto le agradaba? preguntó Queso, esa noche que los dos partían un bisteck que le costaría a Queso otra tajada del cheque. Valió la pena porque la abogada le estaba contando que su padre era diplomático, su madre era diplomática y los tres viajaban por todo el mundo, cambiaban de casa cada dos años. Pero no en el Perú donde ya estaba viviendo más de diez y quería quedarse. Un portón eléctrico con vigilante en la puerta, un vigilante que seguía el auto a paso rápido cuando la puerta ya se había cerrado y le abría la puerta a la abogada y saludaba a su amigo. Una casa donde todo tenía que suceder en silencio. Ella bajaba la voz y hasta los pasos se amortiguaban con el grosor de las alfombras. Entonces la abogada sacó una botella de vino, le sirvió un vaso de Pinot Grigio helado, le confesó que le agradaba mucho salir con él–ante la insistencia de Queso. Le dijo que se había convertido en su mejor amigo y que, por lo tanto, tenía que empezar a contarle de sus salidas furtivas con el dueño de la compañía donde trabajaban, que él era casado, pero la invitaba a la oficina con cualquier pretexto para besarse y le dijo que al comienzo ella se había resistido y había pedido renunciar pero que él se había comportado como todo un caballero.
Tres días después de aquella confesión, Queso estaba parado en una galería de arte, con una copa de vino helado en la mano, cuando la Gringa apareció para sacarlo de la duda. En el nuevo universo, la Gringa también tenía sus sueños de artista y estos no sucedían en Lima ni en Europa. En ese universo, Queso trabajaba diez, doce horas al día y juntaba dinero para un viaje de un mes de vacaciones recorriendo Europa, mientras la Gringa vivía con Yuyo, el ex enamorado, su sueño de vivir en el Cuzco dedicada a su arte. Esos dos universos eran imposibles de juntar. Si bien cabía la posibilidad que marchasen uno al lado del otro ¿no es cierto? Si no, cómo puedes explicar Gringa que estemos otra vez aquí, diez años después, olvidando de lo que pasó, de que nada resultó como tú lo habías querido, que yo me largué no solo de esta ciudad sino del destino que no me ofrecía lo que yo quería tener. Porque parecía que algo se iba a reventar dentro mío, tal vez solo una esperanza es verdad, pero yo había vivido hasta entonces como el más tonto de los esperanzados y tal vez Heráclito y Bellow tenían razón y mi futuro era mi carácter, y mi carácter Gringa, es así.
Y Queso no tuvo más que decir, no quiso decir más porque sentía que si alguna vez había triunfado la amistad fue esa noche. Ni antes ni después. Y que todo lo que tuvo que decirle antes de largarse del Cuzco, aquella mañana después de la sesión de San Pedro a donde los llevó la Mami, estuvo bien. Fue acertado abrirle su corazón y decirle a La Gringa que ella tenía que intentar otra vez con Yuyo, ser paciente, tratar de quererlo otra vez, seguir sus sueños. Antes de marcharse al aeropuerto se lo repitió, para que la Gringa no creyera que después de lo que pasó esa noche él se había olvidado. Le repitió las mismas palabras que parecían dictadas por esas estrellas que llenaban la noche sobre el patio de la casita taller: ella y el Yuyo habían decidido anclar para dedicarse a soñar. En Lima solo lo esperaba esa oficina, diez horas al día de trabajo. Si bien ya no se cruzaba tan seguido con la abogada y ella al final había perdido la costumbre de dejarle mensajitos idiotas en el celular. ¿Fue un buen consejo?
Miraron el mar, mientras que el mesero del restaurante les decía, bajando los ojos como disculpándose por querer irse temprano a su casa: “Solo les puedo servir un último trago a los señores porque estamos cerrando” Se fijaron en la bahía de Miraflores. Aprendieron que aquella era la mejor hora para venir a este lugar. Era, tal vez, la única hora del día en la cual podían escoger esa mesa–la mejor del restaurante–la única desde donde se podía ver las luces de Chorrillos y Barranco, los barcos adormecidos reflejando la luna, anclados al lado del Regatas. Y a esa hora, sin sentirse culpable de nada, ni por estar quitándole a nadie la mejor vista, con el mar a la espalda. Esa muchacha le sonreía mientras él le recordaba alguna frase que intercambiaron cuando caminaron la primera vez por el malecón. Queso pidió un chilcano de pisco y ella otra cerveza. La amistad había vencido, pensó Queso. ¿De qué otro modo se podía explicar que él estuviera otra vez al lado de ella, conversando de toda la vida como si no hubiera pasado nada? Sin ningún deseo de besarla, apreciando las dificultades de la Gringa; mientras ella escuchaba las insignificancias de una vida que era bastante feliz. “Nunca dudé que ibas a conseguir una muchacha linda” Fue una noche con bastantes silencios. El Queso sintió que cada silencio era como una fachada sostenida por toneladas de voces que llegaban del pasado, de recuerdos que se expresaban como mejor podían. La Gringa lo miró mientras sorbía el primer trago de su cerveza. Así nomás, dijo ella, mirándolo a los ojos con una sonrisa desde atrás del pico de su botellita, dejando que el mesero se alejara de su mesa con pasos torpes y con la cabeza baja, como disculpándose porque la Gringa no usaba el vaso mal lavado que le había dejado al lado, o tal vez por las luces que se habían bajado de intensidad porque el restaurante ya estaba cerrando, porque era casi la una de la madrugada y a ellos dos se le estaban acabando las opciones. Una amiga que estaba sufriendo, pensó Queso. Mucho más que lo que él sufrió cuando le llegó ese sobre con los detalles bordados y vio ese pedazo de cartulina blanca en la que sus tíos y los padres de la Gringa los invitaban al matrimonio de sus queridos hijos Yuyo y la Gringa. Sírvase pasar a los salones después de la ceremonia. Mucho más tristeza, con seguridad–pensó Queso–que aquél minuto luego de abrir el sobre, en la oficina, cuando tras echarle una mirada a su saldo en el banco llamó a la agencia de viajes y compró un pasaje para Europa. “Ese día, tiene que ser para ese día. ¿No hay vuelos para París?¿Para donde entonces? Está bien. Un pasaje para Lisboa, a las diez de la mañana. Escala en Nueva York, claro, muy bien”. Ahora ella le podía hablar de sus hijas, del dolor que le significaba el abandono de su padre. Le podía decir que ellas se estaban olvidando, que ya no preguntaban tanto por él. La Gringa le podía contar con detalles cómo la más pequeña, la que más se parece a Yuyo está yendo a clases de ballet, y le gusta. Y que la menorcita dibujaba muy bien. ¿Y ella? Ella estaba viviendo nomás. Siempre tenía que hablar con voz de tragedia ¿no?¡Dramaqueen! Así la llamaban los otros miembros de la familia ¿Y las fotos? ¿Estás haciendo fotografía? La Gringa le podía contar que estaba en este proyecto con un artista inglés, que había venido dos veces a Lima para verla.
Podía escucharla sin sentir remordimiento. Es más, muy convencido de que la decisión de irse a vivir a Europa sin mucho dinero no fue tonta, ni apresurada. Que aquel viaje apresurado contribuyó a que se solucionaran ciertos temas. El matrimonio de Yuyo y la Gringa fue la mejor solución. ¿Se acordaba ella de lo que le dijo Queso antes de partir del Cuzco, la última vez? No, no se acordaba. Y Queso se sorprendió de que incluso aquello no le afectara. Que lo que él consideraba su diálogo perfecto en la despedida, a lo Casablanca, ella lo hubiera confundido en diez años de problemas. Porque tú no eres Humprey Bogart, Queso. Ella no era la mujer con la que tenías que saltar agarrado de la mano desde el puente, y tampoco existió jamás un mar perfecto al cual desbarrancarse gritando un poema de Keats.
La brisa, casi con ternura, complementaba el paisaje de la madrugada. ¿Quieres probar? Ella se acercó a probar un sorbo del chilcano de pisco. Dos vidas no tienen que estar condenadas al sufrimiento. Aquello es lo que hubiera sucedido. Queso se hubiera metido en sus proyectos, ella se hubiera inmiscuido en los proyectos del Queso (que eran: viajar, vivir pobre, sufir hambre, casi morir atropellado, despertar a media noche pensando en regresar, viajar en trenes con temor a ser atrapado y deportado, fumar todo tipo de porquerías en España, encontrar a una muchacha en un bosque de Leiría: ¿De dónde eres? ¿Quebec? Siempre he querido ir a Quebec. ¿Trabajas en Portugal? Mucho mejor, yo vivo en Porto. Haciendo libros para la comunidad, un proyecto muy bonito. ¿Tú eres enfermera? Tengo un dolor en el pecho, no sé qué tomar. Jamás hubiera encontrado a esa muchacha en Leiría, en ese bosque a la medianoche, si no recibía ese parte de matrimonio y decidía viajar.
Terminó su chilcano y la Gringa se acabó la botella de cerveza. ¿Dónde vamos? Aún hay lugares abiertos en Barranco y un taxi está casi esperándolos. El taxista abre la puerta. Ese no, dice la Gringa, como si supiera que aquél no era el auto donde el destino los estaba esperando, cruzando esa calle, ese barrio, ese semáforo en rojo. Esos son muy caros. «Mira, tomemos uno en la calle, ese que viene». ¿Tico? No quiero un Tico. Súbete nomás. Y ella al subir al taxi le coge con suavidad el poto y Queso piensa que solo los buenos amigos se pueden coger el poto de aquella manera tan suave y sin doble intención. Se sube al taxi y arrancan hacia Barranco.
The Denial of Saint Peter by Caravaggio (Met Museum, NY)
–Hasta la mitad del pasillo, doble a la izquierda y suba las escaleras.
Plap-plap-plap brum. Tanta gente que habla Did you come in January too. Moooom. Shuuut up. Las voces de los miles de visitantes hacen eco en los pasillos de las escaleras mientras subimos al segundo piso. Puertas de vidrio, dos guardianes, un hombre y una mujer bien enternados. ¿Guachimanes?¿Cuánto le pagarán a estos vigilantes del Met? Tal vez es requisito que te guste el arte. Algunos se ven un poco aburridos. Pisos bien encerados. Parecen no darse cuenta pero si te acercas mucho a los cuadros allí aparecen, te señalan la maleta: On the side or in the front, not in the back. Te imaginas a un distraído cualquiera volteando de improviso para buscar un pasillo por donde se ha perdido alguien y de repente. PumCrssshhh. ¿Era eso un Rodin?
Sudor. Hace unos minutos Marcelo se ajustaba la chalina en la 86 caminando hacia Central Park, sosteniéndose el sobretodo con una mano porque se le han caído todos los botones, con el gorrito de alpaca que se le sale la peluza y deja ver la frentaza. Voces del pasado: su madre exprimiendo limones para que el cabello se quede pegado hacia atrás. Que se vea bien la frente. Sino se calza la frente. Pero huele a limón. Un niño sentado en la carpeta con el cabello oliéndole a limón. La señorita Zoila poniéndolo en una fila de a dos, hora de educación física. Esa chiquita morenita con dos trenzas a un lado pidiéndole que la cubra para ponerse el short azul. Su primera amiga. Mami, tengo un amiguito con olor a limón. Y ahora todo el calor de golpe. Buscando la puerta, la gente, allá está. Un grupo grande con pinta de turistas.
La señora que parece ser la guía. Fíjate en el membrete colgándole del cuello y la cinta azul: Met_opoli_an Mus__n. Debe ser. Alguna experiencia tendré después de haber venido tantas veces. El color de las paredes, limpio, dejando que los cuadros sean los personajes…the half face here. You would say she is the main character. I would say he is, because we know his name..rich family from Florence. Everything belonged to him, the landscape in the back, even she belonged to him... Vestida de rojo, porque rojo era un color caro por la receta secreta de los bichitos españoles, el segundo más caro en Florencia después del lapizlázuli. Y el vestido diseñado para que los ojos de todos se fijen si la chica estaba en Bolivia. Allí estaba el heredero. The king is dead. Long live the king ¿A quién se le ocurrirá esa jerga? Jeringa. Y cuando caminaba por la calle debe haber sido como en Lima, cuando lo dejaban en el auto parado frente al Banco Hipotecario de la esquina de Larco con Benavides, frente a un edificio donde había una galería en el segundo piso. Y durante una hora, mirando a la gente pasar por allí, a los vendedores ambulantes, a las mujeres, a los hombres con anteojos. ¿Por qué se acordará de un hombre con anteojos de luna un poco gruesa y marco de carey, vestido con una chompa color café claro? Avenida Larco y los pasos de los limeños, las limeñas. Sintiéndose un voyeur, entendiendo que se puede pasar el tiempo mirando a la gente, alguien que voltea a mirarle el poto una señorita bonita. En esa época no se usaban aún los jeans al cuete. ¿Quién les habrá puesto «al cuete»? ¿El mismo que inventó lo de «en Bolivia»? Mucha gente que no lee en el país y sin embargo todos esos juegos de palabras. Cuando estaba de moda el modelo Trinitron, a este muchacho con una cabeza prominente le llamaban trimitrón. Y ese otro chiste: los muchachos pegados a la reja de la casa gritádole a su amigo «Cabezónnnnnn, cabezóooooon». La mamá sale furiosa y les da una reprimenda a los muchachos acerca de sus modales. Y por fin ellos cabizbajos le preguntan si su hijito está en casa, ella dice un momentito y grita hacia la casa
–¡Cabezóoon, te buscan tus amigos!
Las palabras son para jugar. En algún lugar leyó Marcelo que no se puede tomar en serio la literatura. Como ese muchacho que pide que le pongan la foto tal, una foto muy posada y tal y que la foto vaya con leyenda y nombre del fotógrafo y que todo sea escrito en inglés. «¿Es tu amigo? ¡Qué hincha las pelotas que es el tipo ese!»
La guía sigue hablando sobre la pintura en Florencia. Muchos detalles, describe como se pintaba en esos años con la yema del huevo y el pigmento que venía en unos bloques que el pintor debía transformar en polvo. Pero los colores se mantienen a lo largo de los siglos. El óleo en cambio se oscurece. Recuerda su entrada por las escaleras mecánicas hacia la Capilla Sixtina, mientras por los altavoces se les daba instrucciones en todos los idiomas. Los frescos habían sido recién pintados. Los colores eran brillantes, tal y cual habían sido cuando Michelangelo pintaba allí de espaldas sobre los andamios, tal vez pensando en sus deudas, sin imaginarse que esos dos deditos que se tocaban alguna vez iban a estar fotocopiados en una historia en tono burlesco en un periodiquito del colegio Recoleta. Ja. Mariátegui dice al final de La casa de cartón, que si hubieran sido otros tiempos a Mr. Benavides lo hubieran matriculado en la Recoleta. Pero como esos tiempos ya eran otros tiempos, fue matriculado en el colegio alemán y pum, leyó buena literatura en vez de tanto bodrio de la edad de oro española, se volvió agnóstico y le salió una novela brillante. Y eso que era un vago. Igual terminó sus días en Larco Herrera. Es un arte para locos. Los ensayos de Luis Loayza Sobre el 900 están llenos de esa gente, exalumnos recoletanos. García Calderón, Riva Aguüero; en los salones de Francia llenos de pompa. Pompa fúnebre. Esos son los white dead man de la literatura peruana. Ya nadie los lee ¿Con razón? Su francés les daba para meterse en los salones y lucir sus trajes comprados con el dinero que producían sus haciendas. Mi francés apenas si me alcanzó. Pero te alcanzó Marcelo. De qué te quejas. La mamá de ella preguntó si hablaba francés y Marcelo repitió su veintiúnica frase con correcto acento Madame Madicló-Madame Fransuás. Y la mamá cachetona complacida empezó a delirar en francés explicándole toda la lista de quesos de la región dispuesta en fila sobre la mesa. Para qué te quejas, Marcelo, para qué te quejas. El papá era medio autista, pero muy simpático fueron a comprar langosta en el Renault y descubrió que los pescadores franceses tenían bolsas impresas con el nombre de su negocio y eran empresarios respetables, con cuotas y leyes que protegían al gremio.
If there are no more questions, please follow me. Nunca tengo preguntas. Todo es nuevo. Escucho lo que me dicen y lo asimilo, luego lo olvido. Por eso tiene sentido escribirlo un día después o tal vez no tenga sentido. Como dijo Maltés “si al menos lo escribieras en inglés” pero claro que en inglés no se siente la misma soltura. Pero por eso mismo. Para que practiques. Dah. Comodidad. Esa es la palabra. El mínimo esfuerzo. Un esfuercito. Umm. Yatá.
Si fuera un texto 100% joyceano, acá deberíamos mencionar que los dos llegaron tarde–corriendo escaleras arriba en busca de la guía–porque se demoraron en el baño, porque se agacharon con disimulo detrás de cada estatua para ver si el escultor había hecho el trabajo completo. También tendríamos que mencionar a su Catita. Catita por el lado peruano, muy Adán; y su Molly por el lado inglés, muy Dedalus. Ja. Más en edad de Bloom. Su Catita y su Molly. Su Molly mataría a sus pretendientes agarrada de su almohadón pensando en sus cupones del domingo. Su Catita Adán vagaría por el malecón, volviéndolo loco. Basta. Ahí hay un libro. Qué libro va a haber. Sigue a la dama. Se olvida de las cosas, agarra viada y luego se para en seco. ¿Primeros síntomas del Alzheimer?
Llegan hasta un tríptico. Patinir. Un holandés. Se abre en tres cuadros bellísimos con fondo de paisaje bucólico, río, árboles, campo, largo y profundo campo en perspectiva, mientras al frrente se flagela San Jerónimo por haber traducido mal la biblia del griego al latín y haberle puesto cuernos a Moisés: el cornuuudo. Acá todo encaja: Moisés el cornudo y Bloom el cornudo, paseando por el Met. Si hubiera estado bailando al costado de la fogata allá en su dulce Silaca de junco y barquillos los muchachos se le hubieran prendido y lo hubieran rodeado mientras bailaba gritándole: y que no me digan en la esquina, el venao, el venao. Behind there is a painting. Sin embargo nunca se asomaron a verle el behind. Con las tres plaquitas de esta versión holandesa del retablo ayacuchano pero 2-D (lo que prueba de que estaban adelantadas en algo aquellas civilizaciones del período quechua tardío ¿o era horizonte tardío?) se acaba la explicación y el grupo se mueve hacia otros maestros holandeses que ya ha visto. Yala, yala. Nada nuevo. Y acá llega. Tatáaan: Caravaggio. El bravucón, rebelde, peleador, muchachada del karamanduka; todo junto, un artista con p de patria, embravecido, no se metan conmigo, ¡En mi caravaggio no! Una puñalada de más y se nos fue exiliado hasta Malta y después a Nápoles. Allí pinta esta obra maestra: La negación de San Pedro. Ojitos por donde andarán. Cariño bonito. Y sus ojitos me quieren mirar pero si Caravaggio no los deja, ni siquiera parpadear. Sin compasión, el guardián entre sus senos, a Holden Caulfield también le gustaba el Met. Señalándolo todos al culpable, ignorante San Pedro porque esto fue antes de su epifanía. Ajá. Todo conecta ¿no? El viejo mundo, el nuevo mundo y eso que decía el bendito ciego sobre que todos tenemos de hebreos y de griegos. Mil años después alguien dirá todos tenemos de peruanos. Qué va. Deliras de nacionalismo Mr. Leopoldo Bloom. Y tú también Dedalus, sin embargo mira lo que hiciste con Dublín. Tengo que ir, pasearme. Sé que hay temporadas en que los pasajes bajan de precio. No te cuestan un ojo de la Caravashio. Como argentino. Borges. Un pasaje sobre la pampa en el libro de Pynchon. Criaturitas de Dios decía Inodoro Pereyra. No te vayas por la tangente. Caravaggio: bien pintado.
Habían pasado por la sala de artistas contemporáneos y ella le dijo que el arte es importante solo si significa algo para ti. No importa nada más. Si te dice algo. Las demás cosas alrededor del arte tienen que ver con una serie de factores que siempre escapan de las manos del artista adolescente. Casi lo mismo sucede con la literatura, dijo Marcelo. Una obra de arte hecha de palabras. No hay que buscar una historia sino sensaciones. Sensaciones negras sobre pantalla blanca. Mirando esas abstracciones, círculos, goma sobre óleo, ojos sin vida como los de Modigliani, ahorro de material como los de Giacometti. Marcelo recuerda el día que una obra de arte le dijo algo espectacular. Una pintura de Boticelli en la Galleria de los oficios. Esa sensación es tuya. Nadie va poder sentir lo que tú has sentido. Los críticos de arte están arruinados para experimentarlo porque han perdido esa inocencia con la que una persona se detiene frente a un cuadro y se deslumbra. Así pasó otra vez ese sábado en esa sala. Eran tres figuras en una tela: un Caravaggio. Seguro que ella era una prostituta, él era un ladrón tal vez. Hombre de poca fe, acércate y niégame antes de que cante el gallo. Por favor.