Esta semana he publicado esta entrada en mi blog NEWYÓPOLIS en FronteraD. Trata sobre la experiencia de leer en la ciudad de Nueva York.
Foto por PerrySt-Flickr.
Un libro viejo mirándote desde un escaparate. ¿Cómo resistir la mirada de un libro viejo que uno quiere leer? Ese libro viejo te mira y entonces ¿qué más puedes hacer? De niño fui un mal lector. Le he echado la culpa al dinero escaso, pero la verdad es que mis aficiones literarias en Lima se redujeron a las recomendaciones de uno que otro amigo, a títulos que pescaba en la televisión o en alguna película. Fui un pésimo lector. Pasé de Julio Verne a Gabriel García Márquez y me conformé con una que otra novela de autores latinoamericanos. Me entusiasmaba demasiado Alfredo Bryce Echenique. No sabía leer a Borges. Nunca leí a los griegos ni a los latinos. Ya en Nueva York cometí la estupidez de preguntarle a un amigo que me hablaba de Esquilo «¿Los dramas se leen?»
Pero en Nueva York, con libros viejos y baratos en cada barrio ¿cómo no hacerle caso a los libros? Esta es una ciudad donde basta tener un poco de tiempo libre para disfrutar el día tumbado al lado de un ventanal, leyendo en librerías de anaqueles bien surtidos (No como en Lima, donde abres un libro y un empleado corre a pedirte que pases por caja antes de osar leerlo) En esta ciudad de millones de impacientes lectores, quedan aún librerías suficientes, pequeñas y grandes tiendas desperdigadas en sus diferentes barrios. Pero la madre de todas ellas, el paraíso de los libros usados, es Strand.
La primera vez que entré a Strand fue a un local que ya no existe, en Fulton Street, cerca del puerto de Manhattan y en pleno centro financiero. Una banderola roja flameaba en la entrada y sus «18 millas de libros» (ese es el eslogan de la tienda), parecían haberse apoderado de cada rincón. Era un local húmedo, inapropiado para tanto papel amontonado. Poco tiempo después se abrió el renovado segundo piso del ahora único local, a dos cuadras de Union Square. Strand es una librería modelo, siempre está abarrotada de gente. Cada vez que entro en ella me vuelve la fe en esta ciudad: en Nueva York aún leemos. En esta metrópoli apurada aún es posible entablar discusiones literarias con alguna persona en el tren subterráneo, aconsejar a un extraño tal o cual libro, tomarnos un café mientras preguntamos con amabilidad al vecino, o al pasajero que lee concentrado en el bus ¿qué tal es ese libro? Recuerdo a una enamorada judía, a la que abordé en un restaurante de esos que abren 24 horas, después de la medianoche, para decirle que me gustaban sus bucles pelirrojos. Después de una sonrisa de agradecimiento, ella me soltó su primera pregunta, mirando la edición de tapa blanda de la novela–comprada en Strand–que yo apretaba contra mi sobretodo: «¿Estás leyendo a Faulkner?» Era su autor favorito.
Ahora observo los libreros de mi casa y el signo de Strand está en muchos de esos tomos que el amor por la literatura me ha obligado a adquirir (¿Cómo resistir la mirada de tantos libros hermosos?) Son libros que fueron comprados a menos de la mitad del precio original, a veces con la ventaja de alguna nota conveniente de un buen lector, y en ocasiones con la dedicatoria de un padre cariñoso, un buen amigo o un amante. Allí están mis tomos de tapa dura de la Everyman’s Library: allí leí a Joyce por primera vez. También los cuentos de Rudyard Kipling–qué magnífica experiencia la lectura de The Man Who Would Be King–y las obras completas de Oscar Wilde–difícil resistir la carcajada con The Importance of Being Earnest. En esa misma colección, comprados a menos de ocho dólares, vino Mrs. Dalloway y To the Lighthouse, la imprescindible novela de Virginia Woolf. El enriquecedor diario de Mircea Eliade vino de los anaqueles de Strand, igual que The Sacred and the Profane. También la autobiografía de Ingmar Bergman, The Magic Lantern; y la biografía de Emir Rodríguez Monegal sobre Borges. Hay mucha poesía (Keats, Heaney, Lee Masters, Matthew Arnold, Auden, Plath) y libros que me iluminaron la vida: Macbeth en la edición de la Signet; The Complete Plays of Sophocles editado por Moses Hadas; las traducciones de Dryden y de Allen Mandellbaum de The Aeneid y la de Maude de War and Peace; y History of My Life de Giacomo Casanova (el tomo 1 y 2) De allí también salieron mis libros de ensayos de Eliot, de Pound, de William Carlos Williams; y esa interesante guía por el universo de la buena literatura que Harold Bloom me autografió una tarde con letra tembleque: The Western Canon.
En alguna página de las obras completas de Borges, saboreé hace tiempo un ensayo donde Emanuel Swedenborg pronosticaba que el paraíso prometido por Dios es un espacio para que conversen las almas de quienes fueron buenos lectores en vida. Gracias a mi experiencia en Nueva York, a sus libros usados y a Strand, creo estar cada vez mejor preparado, por si alguna vez me toca llegar a esa eterna tertulia celestial imaginada por el iluminado Swedenborg.
Tendremos en Palacio de Gobierno en Lima, a partir del 28 de julio, a un presidente de izquierda. Con asesores de izquierda y con masivo apoyo popular (en algunas regiones más pobres más del 70% de los votos)
Ahora veremos si ha llegado a la presidencia solo un aventurero o es que la izquierda peruana aprovecha su oportunidad de incorporar a la sociedad y a la economía a los que nada tienen, acortando las brechas sociales. Que no deje de promover la inversión extranjera, pero modificando las leyes laborales para que todos los peruanos tengan un trabajo digno, con leyes justas y estabilidad laboral. Ahora veremos que tanto de Lula da Silva tiene Ollanta Humala.
A trabajar por el Perú, a buscar puntos de concertación. A vigilar a los que se suben al carro con oportunismo, a los que siempre entran a robar. El pueblo peruano no se ha equivocado. Entre la hija de un dictador y el cambio, ha escogido el cambio. Esperemos que el cambio sea lo que necesitaba nuestro país.
Lago Titicaca, Puno/ Por Patty Mc. The Virtual Tourist
Hay una buena posibilidad de que en las elecciones por la segunda vuelta, en junio, la candidata Keiko Fujimori sea elegida como presidenta del Perú. En otros dos artículos he considerado por qué me parece que entre ambos candidatos ella es la major opción. Por otro lado, desde entonces hasta hoy, han aparecido signos muy preocupantes de lo que podría ser un gobierno al estilo fujimorista. O mejor dicho: de Keiko Fujimori gobernando un país que aún no ha madurado políticamente.
Amigos y compañeros, personas preocupadas por el futuro de un país al que quieren y al que quisieran ver siempre mejor, desde sus distintos puntos de vista, me han manifestado sus problemas respecto a la idea de Keiko Fujimori en el poder. Los más obvios: que la gente corrupta e inmoral que nos gobernó entre 1990 y 2000 vuelva a tomar el poder y vuelva a creer que el Perú es propiedad privada de los pocos hombres y mujeres del entorno de Keiko Fujimori y de su padre; también, que un gobierno de tendencia de derecha y defensor de un modelo económico liberal, se olvide de los graves problemas sociales que nos han conducido, otra vez, a esta encrucijada política de votar por dos de los candidatos con más interrogantes sobre sus cabezas y con más anticuerpos entre la población.
Considero que las propuestas económicas de Ollanta Humala no podrán ser aplicadas por Ollanta Humala. Y sin embargo, comparto sus más graves críticas al modelo económico: existe el riesgo de estar construyendo un país para unos pocos, de olvidarnos de la palanca central de cualquier desarrollo sostenido: todos los peruanos.
Sin embargo nacionalizar, estatizar, repartir, son palabras que en lenguaje peruano han significado siempre problemas, al menos en la práctica. Velasco lo intentó y fracasó. Alan García hizo una payasada de su discurso de dignidad nacional frente a la deuda y los organismos financieros. Aún recuerdo las confesiones, que escuché siendo niño, de la boca de cierto individuo que tenía contacto con mi familia; él afirmaba, riéndose, que los tractores de cierta cooperativa en el norte, nacionalizados por el gobierno velasquista, fueron subastados para su beneficio personal y el de los otros profesionales asignados a cooperativizar una empresa privada que generaba millones de dólares y que el gobierno velasquista mandó a la quiebra. Y me imagino que historias como aquella hay miles. Los vivazos, los pendejos, los comechados, los felpudinis, son los que copan posiciones importantes en gobiernos «nacionalistas» estatizantes; y las buenas intenciones se convierten en escándalos de corrupción amparados por el estado.
Y discrepo con quienes comparan al ex presidente Ignacio Lula da Silva con Ollanta Humala. Lula era un candidato 100% de izquierda, sus cambios ideológicos no fueron jamás tan graves y peligrosos como los de Ollanta Humala. Lula se formó y trabajó entre la clase trabajadora. Los miedos de la derecha brasileña eran por su posición izquierdista, los miedos ante Ollanta Humala nacen ante su incoherencia en los papeles que ha jugado antes de ser candidato (además de haber sido formado con las ideas trasnochadas, retrógadas y racistas de su padre, a las que solo ha rechazado cuando vio que le impedían llegar a ser presidente): militar dado de baja, traicionando–luego de haberle jurado lealtad–al gobierno de Alejandro Toledo; y admirador del modelo nacionalista de Hugo Chávez.
Lula vivió la política y defendió sus ideas desde sus inicios como sindicalista radical hasta sus años de mandato como presidente de Brasil. Con Ollanta Humala me queda la duda, a mí al menos, si todo su discurso no es solo una estructura endeble, diseñada con el único objetivo de conseguir el poder. No hay coherencia entre las diferentes posiciones que ha asumido en la vida política reciente. Cuando ha debatido sus posiciones han sido vagas, sus ideas también; tan vagas que las ha ido modificando, enrumbando, como si no fueran principios sólidos. Yo quiero y creo, con firmeza, que el Perú necesita un BUEN PRESIDENTE DE IZQUIERDA. Pero Ollanta no es un buen candidato de izquierda, es un injerto de intenciones buenas con un discurso político muy endeble. Un buen presidente de izquierda para el Perú tiene que ser otra persona, no un caudillo improvisado como Humala.
El Perú necesita un estado pequeño, vigilante; y empresas privadas grandes. Esa es la garantía del desarrollo. Resalto lo de vigilante porque esa es la principal tarea de cualquier gobierno que salga elegido en la segunda vuelta. Deberá vigilar que los poderosos no se agarren más de lo que les corresponde, que los fascinerosos con dinero no abusen de los pobres sin voz.
Un estado que distribuya. A manos llenas, sobre todo en educación. Con criterio técnico. Priorizando una educación de primer nivel, sobre todo en las regiones donde la educación es peor. Descentralizar la educación superior. Cargar con más impuestos a las universidades instaladas en Lima y darle incentivos tributarios, grandes beneficios, a las universidadas que abran sus campus y sus laboratorios en otras ciudades del país. Los estudiantes de educación superior necesitan ver otra realidad que la de Lima. Pero eso no puede ser regulado por una ley desde el estado. Existen organismos internacionales y préstamos para educación. Empezar una campaña agresiva de educación: liberal, científica y técnica. Allí el estado puede ayudar distribuyendo beneficios tributarios y también invirtiendo la mayor parte del canon minero o exigiendo a las empresas mineras que sus contribuciones sean mayores, para construir mejores escuelas. Se debe aprovechar la experiencia de instituciones educativas de primer nivel para hijos de trabajadores extranjeros, que funcionan en los enclaves mineros: esa misma educación se les debe dar a TODOS los niños de la zona. El estado puede exigir, colaborar, o simplemente vigilar para que el grueso de los impuestos pagados por las compañías mineras sea gastado en escuelas y universidades. Los profesores, egresados de universidades privadas y nacionales limeñas, después de recibir certificados de su calificación, deberían recibir fuertes exoneraciones tributarias para que se disputen la enseñanza en escuelas y universidades en zonas alejadas de la capital. La enseñanza fuera de Lima, de esta manera, se convierte no en un sacrificio sino en una opción de trabajo con beneficios económicos.
El estado debe invertir mucho dinero en infraestructura educativa en provincias. Es la única manera de avanzar.
Ahora, a los votantes de Keiko Fujimori: si ella sale elegida, si no se concretan en las urnas las peores pesadillas de quienes votan por Fujimori, no por convicción, sino asustados por el peligro de un gobierno de intervencionismo estatal a lo Hugo Chávez; les quedan pendientes varias tareas. Primero, la de no ser cómplices. ¿Cómo se puede ser cómplice de un gobierno fujimorista? De distintas maneras:
1. Ignorando que los medios de comunicación peruanos son apostadores, que velan solo por sus intereses y que son subjetivos pero quieren dar la imagen de objetivos. El mejor ejemplo han sido los videos de Ollanta Humala en Madrid, groseramente editados por Frecuencia Latina; o algunas de las primeras páginas de El Comercio.
En Estados Unidos los medios endorsan a un candidato y ya sabemos a quien defienden y nos atenemos a eso cuando los consumimos. En Perú, tanto El Comercio como los canales de televisión, deciden a quien van a darle su apoyo en cerradas sesiones de directorio, y luego nos venden sus informaciones sesgadas, viéndonos la cara de imbéciles, haciéndonos creer que son 100% objetivos. Solo defienden sus intereses y algunas veces distorsionan la verdad con descaro.
Respeto a los periodistas objetivos, a los que tratan de serlo, que también los hay en el Perú. Y respeto también a los periodistas subjetivos, como Jaime Bayly, que siempre ha sido enemigo del autoritarismo y la prepotencia de Hugo Chávez y simpatizante de Keiko Fujimori. Él tiene su público y si quiere darle a su público su punto de vista y no lo disfraza como «objetividad», ése es su derecho. Y el simpatizante de Humala tiene derecho a no verlo y a criticarlo. El problema está en noticieros como el de Canal 2 que «juegan» a informar imparcialmente y tienen una línea editorial que no repara en manipular, disfrazar, con tal de atacar al candidato Humala. Además, manipulaciones descaradas como la de El Comercio o Frecuencia Latina no sé si beneficien a su candidata en las elecciones. La rápida distribución de la información a través del Internet desenmascara estos trucos con gran rapidez y el votante puede sentirse asqueado, como me he sentido yo, después de ver como se manipularon las imágenes de Ollanta Humala en Madrid para hacernos creer que él era simpatizante de Sendero Luminoso.
2. Se puede ser cómplice del fujimorismo, creyendo, si es que Keiko Fujimori gana, que todo en el Perú está mejorando. Que los Wongs de Asia o el último mundial de surf son símbolos de progreso. Si el votante de Keiko se sube otro verano a su cuatrimoto o ve la playa desde la sala con pisos de mármol de su casa y piensa que el Perú es un país con futuro: no solo es un cacaseno, también es cómplice de que el Perú jamás alcance los estándares de vida de Chile ni de otros países desarrollados.
3.Se es cómplice de un modelo económico equivocado si no pensamos TODOS LOS DIAS en los peruanos que viven en la pobreza extrema.
4.Se puede ser cómplice, si al pensar en comprar un auto nuevo para la familia o en un viaje al extranjero, no pensamos en los millones de peruanos que apenas si pueden adquirir comida, que ni siquiera pueden soñar en comprase un pequeño auto o darse el gusto de viajar en automóvil por el Perú.
5. Se puede ser cómplice de un gobierno injusto, si apoyamos la desigualdad social en nuestra casa, asignándoles a las empleadas de servicio más tareas de las que su sueldo vale. Si pagamos sueldos miserables o creemos que ese mesero que nos sirve la mesa no tiene también derecho a gozar de beneficios económicos, a tener un sueldo justo, a poder ahorrar para comprarse un automóvil o mandar a sus hijos a una buena universidad.
Somos un país de hermanos peruanos. Tenemos distintas ideas y distintos fervores políticos. Lo que para unos es imperdonable, para otros se puede excusar si aquello conduce, al final, al bien común. Pero de lo que nadie podrá disculparnos es de transformarnos, después de las elecciones de junio, en cómplices de un gobierno que beneficie solo a unos pocos y no a todos los peruanos.
Ilustración original de FronteraD para el blog Newyópolis.
A partir de esta semana empecé a escribir una página-blog para la revista madrileña online FronteraD. Se llama Newyópolis y es una bitácora de experiencias vividas en esta ciudad que si a veces duerme lo hace bien caleta para que nadie se de cuenta. Esta es la primera entrada, publicada hoy. Se llama El nuevo idioma. Espero que les guste:
En una plataforma de la estación Times Square tuve mi primer gran encuentro con el subterráneo. Era mi primer día de clases de inglés intensivo en Nueva York. Ahí estaba yo, dudando en subirme o no a ese ruidoso tren con un número 1 al frente, cuando se abrieron las puertas y vi gente. ¿Cómo averiguo si va “uptown” o “downtown”? ¿Cómo se dice en inglés lo que yo quiero preguntar? pensé. En un impulso, dirigiéndome a un muchacho que viajaba aferrado a un pasamanos, le pregunté en castellano: ¿Va a la 34? y el muchacho me respondió “Sí, sí va” con perfecto español y amable acento de México.
Recuerdo haber experimentado una sensación de alivio. Pasara lo que pasara, el idioma que yo manejaba me iba a servir de herramienta en esta nueva ciudad. Y así se los digo a mis amigos que me visitan de vez en cuando, o a las tías que temen perderse en los laberintos turísticos del tren subterráneo: “Si necesitas ubicarte, mira alrededor. Siempre hay alguien que habla español”. A mi padre no tuve jamás que sugerirle nada, pues él, con desparpajo, se lanza a preguntarle en español tanto al chino del restaurante de Chinatown como al polaco de la bodega de Astoria. A veces tiene suerte y recibe una correcta respuesta en ese idioma, otras veces recibe una sonrisa de ignorancia y de vez en cuando un “no hablou espaniol” como excusa. Pero él no desespera y pasa a su siguiente víctima hasta que alguien lo entiende y le responde. Si hablas español no puedes perderte en Nueva York: Ciudad Gótica se ha castellanizado.
Casi once años después de aquella primera experiencia en el subterráneo, esta semana vi a mis estudiantes sufrir en un examen de conjugaciones: pretéritos perfectos e imperfectos. Era una prueba solo con verbos regulares. Sin embargo, para algunos de ellos, esas palabras parecen ser acertijos indescifrables.
Mi clase está compuesta por estudiantes que provienen de familias hispanas pero que han nacido y crecido en Nueva York. Les menciono los viajes que podrían hacer a ciudades interesantes como Buenos Aires o México DF. Les enseño imágenes de lugares que podrían visitar, como el barrio de La Candelaria, como las pirámides de Chichen Itza, las ruinas de Machu Picchu, las cataratas de Iguazú o el volcán Arenal; y les digo lo útil que les sería el español en estos sitios. Los insto a viajar porque sé–por experiencia–cuantas cosas nos enseñan los viajes cuando no sabemos nada de la vida. Y así creo que estos jóvenes le toman un poco más de gusto a memorizarse palabras como “pretérito”, “participio” o “gerundio”.
Uno de ellos tiene padres puertorriqueños. Aprendió con gran facilidad a identificar el pasado imperfecto del pasado perfecto, pero cuando habla no puede deshacerse de un fuerte acento “gringo”. Tiene solo 18 años. Me dice que siente vergüenza cuando encuentra hispanos que le hablan en español y él tiene que responder que no les entiende. Le sugiero que viaje y aprenda el idioma hablando con personas de otro país. Él me responde que en la esquina de la avenida Grand Concourse con la calle Fordham en el Bronx puede escuchar todo el español que quiera. Otra de mis estudiantes habla de un abuelito que le conversa en un inglés quebrado. Yo le sugiero que le converse en español todos los días “aunque sea un ratito”. Ella tiene una perfecta pronunciación, pero le ha tomado tiempo entender la diferencia entre el pretérito perfecto y el imperfecto; o más aún, diferenciar una palabra grave de una aguda o una esdrújula. “Suena muy extraño” me dice uno de ellos cuando pronuncia “ce-ná-ba-mos”. Yo trato de convencerlo de que para los verbos regulares de primera terminación hay una reglas que son como las matemáticas: apréndete las terminaciones e identifica la raíz.
Sin embargo, hay momentos de gran felicidad en este proceso. La última clase uno de mis estudiantes se acercó y me dijo “profesor, pregúnteme cuantos países conozco” “¿Cuántos países conoces?” Su dedo señaló el suelo y me dijo “Solo éste”. Él quiere viajar a Sudamérica. Quiere ir a la Argentina y ver un partido de fútbol. Me complace saber que tal vez un día él estará en Buenos Aires, tal vez con la duda de cómo llegar hasta la cancha de Boca; y preguntará–como lo hice yo en Nueva York, mi primer día–direcciones en español. Habrá entonces vencido el temor a esas palabras extrañas que debió aprender para una clase universitaria, el miedo a todas aquellas reglas que dificultan el aprendizaje; y se sentirá en posesión de una poderosa herramienta: un nuevo idioma.
Este es el artículo publicado esta semana en mi blog Apuntes en Nueva Ítaca en la revista Suburbano de Miami:
Llegué a Nueva York en un vuelo sin accidentes desde Londres. Un primo lejano, de quien conservaba el vago recuerdo de una fiesta de carnavales en La Punta ( ese balneario embellecido por los inmigrantes italianos que llegaron al puerto del Callao en los 1900, mágico apéndice de tierra que un tsunami puede tragarse de un solo bocado) me recogió del aeropuerto John F. Kennedy y cruzamos a bordo de su Hyundai rojo fuego, las calles en cuadrícula de la Ciudad de la Furia. Desde el asiento del piloto me apuntó Times Square, tomó el desvío hacia uno de los túneles y me llevó hasta la ciudad de Hoboken, cruzando el río Hudson, para que pudiera contemplar desde Nueva Jersey esa fortaleza de rascacielos iluminados enfrentándose al paredón de los Palisades: Manhattan. Era fines de noviembre y hacía frío. Mi primo–que además de la colección completa de La Fania y de Héctor Lavoe posee una bien surtida discoteca de rock en español en la maletera–pulsó los controles del equipo de sonido y sonó la guitarra de “En camino”, una de las canciones mejor concebidas entre la discografía de Soda Stereo.
Entonces yo, después de 6 meses de intenso camino, aterrizando en Nueva York tras andar varado en Europa sin un centavo en los bolsillos, me apropié de esa canción. Aquel tema que habla de desvíos y espejismos fue la culminación de una pequeña odisea que había comenzado seis meses antes en Lima, y que había seguido mientras mochileaba por España, Portugal, Francia, Alemania e Inglaterra. En aquél momento en que mi primo cruzaba el puente George Washington para llevarme a su casa, las últimas luces que vi al despegar del aeropuerto Jorge Chávez de Lima ya eran para mí una imagen brumosa.
Mi primo cruzó la parte alta del Bronx y nos metimos en un territorio desconocido: los suburbios. Desde Lima, una tarde me dieron malas noticias: el país se derrumbaba. Nuestro dictador había renunciado por fax y la sociedad se estaba reorganizando para salvar la debilitada democracia con un gobierno de transición. Los hombres que habían transitado muy orondos con saco y corbata por la historia peruana de fines del siglo XX, estaban desfilando hacia la prisión. El consejo de mi familia era que yo esperara en Estados Unidos a que se aclarara el horizonte político y económico. Conociendo la historia peruana, aquello podía tomar años.
En diciembre enfrió aún más. Una tía me había prestado un pequeño departamento en el cuarto piso de un edificio en una calle llamada New. El edificio se caía a pedazos, pero en aquél momento en que mi vida parecía comenzar de nuevo, “New” parecía el nombre apropiado. Desde la ventana de aquél departamento vi caer los primeros copos de la temporada. Pronto los suburbios se cubrieron de nieve. Ya las voces moderadas de mi familia me habían aconsejado que me acomodase al frío y esperase tiempos mejores en el estudio de la calle New. No tenía trabajo ni dinero. En un pequeño conciliábulo de primos, ellos acordaron darme un número de seguro social y conseguirme empleo, gracias a sus contactos, en la garita de un centro médico. Allí, mientras regaba las escasas flores del estacionamiento, abriendo las puertas a los dueños del edificio y apretando el botón de una cerca eléctrica para que estacionaran los autos de los pacientes, en un horario de lunes a viernes y de 8 de la mañana a cinco de la tarde, podía ganar más dinero que en los tres empleos “prestigiosos” que había dejado en Lima antes de viajar a Europa; trabajos con horarios que iban de 7 de la mañana a 10 de la noche, de lunes a domingo. Con ese primer trabajo y con esporádicos empleos estacionando autos en un club de golf solo para ciudadanos judíos, pude pagar mi renta en el estudio de la calle New. Además, entre pequeños gastos de ropa y comida, ahorré para comprar una computadora y un viejo Honda.
Fue un invierno frío. Yo creía, ilusamente, que habiendo visto a personajes del cine con aventuras entre calles tapadas por el hielo, ya conocía aquella sensación de la nieve escabulléndose entre los zapatos y las medias, o el salvaje frío filoso de la nevada congelándote el rostro y las manos. Tenía el vívido recuerdo de una escena de una película de aquel genio del cine que fue Ingmar Bergman: sus personajes marchaban sobre la nieve que cubría la ciudad de Upsala. Llegó el día en el cual tuve que caminar en una tormenta de nieve, y con cada paso que daba, el sonido del hielo machacado por mis zapatos me recordaba aquella película y me hacía ver mi absoluta ignorancia limeña acerca de temperaturas inclementes.
Sin embargo, aprendí. Mi siguiente invierno fue menos cruento y al subsiguiente ya me atrevía a aconsejar a algún recién llegado sobre tal o cual marca de botas, o sobre la inconveniencia de intentar abrir un paraguas en una tormenta.
Cuando por fin llegó el momento de mudarme a vivir en la ciudad, en Brooklyn, uno de los corazones del monstruo neoyorquino, mis familiares que habían vivido toda a su vida de inmigrantes en ese pueblo a cuarenta minutos de Manhattan, no podían entenderlo: ¿qué le puedes ver a Nueva York? me decían. Desde Lima mi madre me instó a permanecer cerca de ellos. Como si la pesadilla del terrorismo no hubiera sido suficiente para disuadirme de mudarme a esa ciudad. Yo dije que los suburbios no tenían el encanto del concreto de la metrópolis, que la única razón para dejar el Perú era para disfrutar a plenitud de la vitalidad de aquella isla mitológica; dije que tenía que vivir en Nueva York para poder saber de lo que hablaban los escritores que habían utilizado su mejor ingenio y pluma para describirla y–una y otra vez–reinventarla.
Viví en varios departamentos en la ciudad de Nueva York. Desde mi primera habitación se podía ver el Empire State y el departamento tenía una terraza con una vista preciosa a un cementerio de chatarra. Como todo neoyorquino viví con ratones y con cucarachas. Otro departamento quedaba en el piso arriba de un club social albanés, a dos lotes de distancia de una bodega dominicana donde podía pedir emparedados a la medianoche. Comprando allí mis víveres o haciendo mi cola frente a la caja para pagarlos, aprendí lo poco que sé sobre la cultura reguetonera, gracias a la radio a todo volumen de la señora bodeguera. Mi último departamento en la ciudad de Nueva York tenía garaje privado y desde la ventana de la habitación–que compartía con quien entonces era mi novia– podíamos ver el río Hudson y los Palisades, aquella imponente pared de piedra que tanto me recordaba mi primera noche en Estados Unidos. Sin embargo, cuando apareció la oportunidad de comprarnos una casa, la lógica de formar una familia nos empujó otra vez cruzando las fronteras de la metrópolis, hasta uno de aquellos pueblitos en los suburbios donde había empezado mi vida en Norteamérica.
Esta mañana he bajado a contemplar el arroyo que pasa frente a mi propiedad. Frente a mi casa hay una reserva natural y la sensación de los árboles alrededor me hacen creer que estoy en una ciudad apartada cuando en realidad solo vivo a 40 millas de Manhattan. El cauce de ese arroyo termina una media milla hacia el oeste, en el río Hudson. Cuando llueve su caudal aumenta y desde mi pequeña oficina en la casa, mientras escribo, puedo escuchar el correr del agua. De vez en cuando, mi esposa sorprende a los venados alimentándose con las flores de nuestro jardín; y alguna vez hemos descubierto a una familia de mapaches banqueteándose en nuestros tachos de basura. Hay una buena distancia entre mi casa y la del vecino; entre ambas hay árboles que esta primavera se han llenado de flores blancas. Debajo de las ventanas de mi sala, asoman ya las primeras rosas y despuntan–de todos los colores–los tulipanes. En una de las esquinas del jardín crecen espárragos y debajo de las escaleras que llevan a mi cocina crecen matas de menta.
Ni bien llego por las noches de la estación de tren, después de dictar mis clases en el Bronx, donde camino 50 minutos diarios–entre la parada del tren y la universidad–para no olvidar el gusto de caminar por la ciudad; me detengo a observar por la ventana de mi dormitorio las estrellas que alumbran el pueblo. Y sin traicionar al cariño que le profeso a la ciudad que me ha regalado tantas enseñanzas, me confieso que a mí me agrada esta forma de vida, esta combinación afortunada del campo y de la ciudad: yo también soy un hombre suburbano.
La política peruana es tan mala o peor que el fútbol peruano. Hay que desenmascarar a quienes usan el miedo para impulsarnos a votar por uno de los candidatos. Pero lo mínimo que podemos hacer en esta segunda vuelta es escoger una estrategia de desarrollo social y económico que pueda funcionar. Y no me gusta la estrategia del autogol.
Recuerdo y entiendo a quienes ven indignados la posibilidad de que la hija de Alberto Fujimori vuelva al poder. Cómo olvidar que se fue del gobierno mandándonos un fax desde el Japón y que intentó postular al congreso japonés demostrando que lo único que le interesaba era una tajada de poder. Fujimori sabía que si regresaba al Perú se le iba a someter a un juicio, así que es bastante jalado de los pelos el intento de sus partidarios por querer retratarlo como una víctima. Pero la repugnancia por los chanchullos que sucedieron durante el gobierno dictatorial de Fujimori también me obliga a recordar que antes de él otros políticos prometieron inclusión social cargada de demagogia. Y no quiero que un gobierno de Humala se trate de otro experimento de izquierda como el aprista de 1985. El modelo de crecimiento económico empezado en 1990 y continuado tanto por el presidente Paniagua como por Toledo y García, debe ser mejorado y corregido. Pero no debemos dejar que la economía y la sociedad peruana sean sometidas a otro tipo de experimento, que se aplique una ideología nacionalista trasnochada que ya probó ser ineficaz, contraria al crecimiento económico.
Yo pegué carteles de niño. Con mi primo prepárabamos el engrudo por la tarde y por la noche recorríamos el pueblo empapelando las puertas de las casas con la fotografía del rostro sonrosado del ex presidente Beláunde. ¡Adelante, Perú! decía el poster. En mi inocencia, creía que pertencer a un partido político y querer al Perú eran la misma cosa.
En Lima, otro de mis tíos me sacó de la ignorancia: Belaúnde representaba a los grupos que siempre habían estado en el poder. Si yo quería que mi país cambie, tenía que darle todo mi apoyo al APRA.
Para que mi aprendizaje fuera más didáctico, mi tío me llenó las manos de estrellitas que se podían pegar en las ventanas de mi cuarto y posters para adornar las paredes de mi habitación; además me obsequió un disco de vinilo con canciones en ambos lados. En uno de ellos, la voz grave del cantante me situaba enmedio de una batalla en los alrededores de Trujillo, entre hombres que derramaban su sangre luchando por las ideas de un pensador que se llamaba Victor Raúl. ¡Qué viva el APRA mis compañeros, que viva el pueblo que ha de triunfar! decía la canción y mi imaginación volaba al infinito y más allá. Desde el otro lado del disco, otra voz estentórea entonaba la Marsellesa aprista, que yo ya había escuchado desde el nido en su versión original y por lo tanto me apestaba a copia. Los posters que mi tío me daba decían todos «Armando» y el nuevo slógan para que el Perú sea por fin próspero era: ¡La estrella alumbrará nuestro destino!
Se dieron las elecciones, en las que yo participé como encuestador: a mis ocho años no encontraba nada más divertido en las reuniones de los adultos, que pasear por la sala de la casa entre la gente y pedirle sus intenciones de voto. Los resultados eran bastante parejos, pero en todos ellos ganaba Armando Villanueva, el hombre del partido del pueblo.
Cuál no sería mi decepción cuando escuché mi primer flash electoral y supe que el país le había dado la victoria a un anciano que fue cargado en hombros hasta el patio de Palacio de Gobierno. El APRA perdió por un margen pequeño. Debió contentarse con observar como los partidarios del arquitecto–que parecía ver muy bien hacia el futuro a pesar de sus pobladas cejas blancas–se aliaba con el PPC y establecía un modelo de libre mercado, mientras corregía los excesos anti democráticos de la dictadura de Morales Bermúdez ( a quien solo recuerdo en una pose de dictador bastante alicaído, sobre todo cuando lo comparo con la imagen altanera que tenía del todopoderoso de aquella época, el bigotudo Pinochet).
Aparte del crecimiento de Sendero Luminoso, el gobierno del arquitecto Beláunde fue bastante malo. Él era un buen orador y al parecer un hombre honesto y soñador, pero pronto quedó claro que sus recetas económicas y sociales funcionaban mal. La importación indiscriminada liquidó lo poco que quedaba de la industria nacional, la deuda del país creció a un ritmo vertiginoso y las obras que deberían ser la consecuencia directa de lo préstamos no se concretaban o seguían invisibles. Hubo pequeñas crisis, como las lluvias del fenómeno del Niño y una escaramuza con Ecuador (el famoso Falso Paquisha) que Belaúnde no supo manejar como los peruanos hubiéramos querido. El tema de fronteras con el Ecuador no se resolvió y–mientras llovía en la costa norte y escaseaban los alimentos en Lima–fue patética la incapacidad del gobierno para reconectar aquella región del país. La burocracia era enorme y el partido Acción Popular no parecía bien preparado para reducirla sino para incrementarla. La migración a Lima se aceleró con los avances del terrorismo en la sierra. El alcalde Orrego–otra victoria en las urnas para AP–parecía todo un caballero, pero tampoco estaba muy preparado para lidiar con la migración, las invasiones ilegales y el caótico comercio ambulatorio.
Algo de orden regresó a Lima con la elección de Alfonso Barrantes Lingán como alcalde, quien con su programa de los Vasos de Leche y su decisión de incorporar a las damas en el recojo de la basura limeña, alivió un poco la impresión de una ciudad que se enfrentaba repentinamente a las cosecuencias de cientos años de centralismo y desorganización.
Así llegaron las elecciones de 1985, y los peruanos como yo –que seguían creyendo en la estrella que alumbraría nuestro destino–enfrentamos el más duro de nuestros reveses. ¡Cómo olvidarnos! Apenas tenía 13 años y me parecía maravilloso escuchar los discursos de ese caballero melenudo, de rostro fresco y sonriente, de verbo cultivado; hipnotizándome con frases como «no al pago de la deuda» «el Perú podrá llegar a ser una potencia económica en tres años». No recuerdo haber asistido a ningún mítin político, pero sí haber creído, embobado, las promesas de transformación, y de pan con libertad. Creí, ciego de optimismo, que este hombre de solo 35 años podía ser el cambio que el Perú necesitaba: el comienzo del bienestar, de un socialismo con desarrollo económico.
No hay nada que se compare, ni siquiera el mismo Alan de hoy, con la imagen de ese muchacho de voz clara, agitando un pañuelo blanco desde lo alto de un balcón de Palacio de Gobierno en 1985, hipnotizándonos a todos para que en aras de los intereses nacionales desconozcamos los compromisos económicos que habíamos firmado por nuestros préstamos del FMI (préstamos que se esfumaron en los bolsillos de quién sabe quién), para pagar la deuda solo en las cantidades que lo permitían nuestros ingresos (dedicar al pago de la deuda no más del 5% de nuestras exportaciones). Ni Ollanta , ni Keiko, ni PPK, ni Alejandro tienen ese don que tenía el muchacho aprista encantador de serpientes. Esa lengua hechicera que hizo lo suyo con sus compatriotas de todas las razas y de todas las edades. De un día para otro el nombre Alan se multiplicó en las maternidades de todo el Perú. Recuerdo ver llegar a mi tío a la casa para enseñarme fotos de las paredes en Buenos Aires donde las pancartas socialistas decían algo así como «Patria mía, dame un presidente como Alan García».
Alan: el terrible error. La incapacidad multiplicada por mil. La improvisación multiplicada por un millón. La demagogia representada en un solo hombre. Alan García Perez, un socialista que prometió sacar al Perú de la pobreza con las recetas aprendidas de su maestro y guía Víctor Raúl; aliviar las penas del pobre dándole prioridad a la agricultura y a los campesinos; descentralizando el poder de Lima y dándoselo a las regiones, distribuyendo la riqueza entre los pobres, cuidando a los menos favorecidos con programas de trabajo temporal (PAIT); mientras hacía uso de su carisma y su sonrisa para tratar de conquistar a los inversionistas internacionales, para que vieran las potencialidades de un país como el nuestro, de grandes recursos.
A los dos años en el poder, ya todo se había derrumbado. Los poderes económicos se vieron amenazados por sus bravuconadas el 28 de julio de 1987 y le cortaron el poco respaldo que hasta entonces tenía. Empezaron a desenmascararse las promesas falsas, el manejo irresponsable de los recursos, las pocas posibilidades del Perú como inversión. Sendero Luminoso jamás le dio tregua y Alan García les respondió dando la orden para liquidar a todos los presos ya rendidos tras el motín en la cárcel de la isla El Frontón.
Yo tenía 15 años cuando Alan García intentó estatizar la banca. Joven que hoy tienes 15 años: no sabes lo que fue aquello.
Nuestro dinero no servía para nada. Eran pocos los destinos posibles por carretera en las vacaciones, no solo porque las pistas no existían o eran más huecos que pistas, sino porque la mitad del país vivía en estado de emergencia y entrar en aquellas zonas restringidas era exponerte a ser víctima de las redadas de Sendero o de los abusos del ejército que gobernaba sin control. Mi memoria más vívida de aquellos años eran las historias de mis primos en el pueblo: todos habían visto a senderistas, todos sospechaban de todos, a mi tío el alcalde lo habían amenazado de muerte. Y los viajes de regreso a Lima eran siempre parecidos, duraban mil horas y había que conducir pegando la cara al parabrisas, esquivando las zanjas y los socavones, atentos a la policía que te detenía en cualquier momento para pedirte la libreta electoral y la militar. Y las noticias no eran nunca esperanzadoras. Todos los días habían nuevos rumores de que Alan García y los militares estaban preparando un autogolpe para poder ser defenestrado con cierta dignidad democrática e irse a otro lugar donde su fracaso no lo persiguiera. El riesgo de una dictadura era siempre inminente.
Había que convivir con la realidad patética de supermercados recién inaugurados donde nunca había ningún alimento, formándose frente a camiones que aparecían de la nada para repartir bolsas de leche, o haciendo enormes colas frente a las estaciones de gasolina para poder comprar combustible un día antes del incremento recién anunciado. A todo esto, sumémosle el racismo de uno y otro lado, la incoherencia de los planteamientos de la izquierda, los patéticos intentos de la derecha por querer enrostrarle al APRA todos los males como si AP y PPC no hubieran tenido también gran parte de la culpa de ese desastre socioeconómico en el que nos encontrábamos ahogados. Un hombre de 90 años, Luis Alberto Sánchez, recibió la cartera de primer ministro y con sus 70 años de experiencia en la política peruana nadie recuerda que haya podido hacer nada. El pan que desayunábamos en la mañana estaba hecho a base de la nacionalista kiwicha, cada vez más pequeño a pesar de que pagábamos el mismo precio. Ese experimento duró lo que duró su gobierno. Fue un desastre.
Y después vinieron los 90. En 1992 la imagen siniestra de Abimael Guzmán estaba detrás de rejas, Alan García en Europa y los congresistas elegidos por el pueblo atrincherados, vociferando mientras que todo se resolvía por decretos.
Después de la derrota del Frente Democrático–una alianza del Movimiento Libertad con AP, SODE y el PPC que parecía convocar a todos los peruanos brillantes para lavarle la cara al Perú antes de entrar al siglo XXI–empezó mi apatía política. Izquierda y derecha habían intentado aplicar sus planes de gobierno y los resultados habían sido desastrosos. Aún en los peores años del gobierno aprista, mantuve escondido en el fondo del ropero de mi cuarto de adolescente, el poster que me regaló mi tío en la campaña de 1985, con el rostro a colores de Alan García. Me avergonzaba de haberle creído. De cierto modo aún era un incrédulo: no me convencía del todo de que aquél socialismo, ese pan con libertad nacionalista, esa rebeldía en lo que yo había creído con firmeza, que era la receta para el desarrollo del Perú no era nada más que una mentira. Recuerdo las palabras de mi tío cuando escuchábamos el mensaje de nacionalización en las fiestas patrias de 1987 y yo exclamaba con 15 años que aquello no podía estar bien, que Alan estaba precipitándose, que nacionalizar no podía ser una buena opción. «Eso es lo que se merecen esos banqueros de mierda, sobrino. Vas a ver que a partir de ahora todo va a mejorar», me dijo.
En 1989, a los 17 años, muy desilusionado de Alan y su izquierdismo trasnochado, creí que Mario Vargas Llosa era la última oportunidad para que los peruanos estableciéramos planes de gobierno coherentes y enderezáramos ese país en el que nos había tocado vivir.
Jamás voté por Fujimori. El 90 no lo hice porque aún no tenía libreta electoral–y era 100% fredemista– y el 95 porque vicié mi voto, ya que me parecía que el dictador de todos modos iba a ganar y quería, inocentemente, protestar ante la irresponsabilidad de haber asumido todos los poderes y destrozado el sistema democrático.
Pero, a diferencia de los dos anteriores gobiernos, en ese país de los 90, hubo cambios y transformaciones básicas. Había un clima de tranquilidad y optimismo que jamás conocí en los gobiernos de Belaúnde y de García. Los problemas crónicos del Perú, los que parecía que iban a frenar para siempre las posibilidades de desarrollo, parecían ir resolviéndose como si alguien los estuviera chequeando en una lista de deberes:la reincorporación del Perú en la comunidad financiera internacional; la firma del tratado de paz con el Ecuador; la reorganización del sistema tributario; la simplificación de los trámites burocráticos; la reducción del papel del Estado en el aparato productivo con la venta de empresas públicas, y el registro y titulación de peruanos con casas y terrenos productos de invasiones ilegales e inmigración. Incluso el problema del narcotráfico, que parecía tan grave como el que vivía Colombia en los 80s, pareció disminuir en los 90s.
Algo más sencillo pero que a mí me tocó mucho: la carretera por la que yo iba a mi pueblo con regularidad, ese pueblo donde empapelaba las paredes a los 8 años con el rostro de Belaúnde, fue reconstruida y por fin supe lo que era tener un sistema de carreteras bien asfaltadas y comunicación rápida entre la capital y los pueblos, algo que ya había visto–y me había causado gran envidia–en un viaje por tierra desde Arica hasta Santiago de Chile en 1987.
Es obvio que mucho del dinero de la venta de empresas se derivó a bolsillos de particulares o del asesor Montesinos. Es obvio que los peruanos vivimos bajo una manipulación constante de la información.
Pero a diferencia de los dos gobiernos anteriores–de los que yo puedo dar mi testimonio–durante esos años en que gobernó Fujimori se vieron avances significativos. Es cierto que los mayores avances en aquél período de gobierno entre 1990-2000 se debieron no al talento innato del dictador Alberto Fujimori, sino a la aplicación de un modelo económico liberal, que hizo al Perú beneficiario de una ola de inversiones extranjeras, la misma ola que había beneficiado y permitido el desarrollo de otra economía de la región, la chilena, entre 1982 y 1990.
Por otro lado, la centralización del poder en un solo hombre y su grupo de ayayeros políticos, simplificó el proceso de decisiones y de debates.
No es lo mejor en una democracia.
Esta semana vi otra vez imágenes de los vladivideos. Me dio asco. Y entendí mejor a quienes me han escrito en sus comentarios sobre la Segunda Vuelta, acerca de mantener intacta nuestra capacidad de indignación. Pero la justicia peruana pudo enjuiciar a los responsables y mandarlos a prisión. Espero que sigan allí. Igual que Abimael Guzmán, otro fanático que creyó que experimentando una guerra popular con su ideología trasnochada podía hacerle un bien al país. A él le debo un intento de asesinato a un miembro de mi familia–en el frustrado intento por tomar el pueblo donde mi tío era alcalde– y dos bombas que acercaron la guerra a la espalda de mi casa, destruyendo los vidrios de todas las residencias de nuestro barrio de clase media. Creo que su captura hizo posible cualquier tipo de desarrollo en el país desde 1992 y no me gusta cuando alguien llama a ese fanático asesino «un preso político».
Saúl carga la cara mal afeitada. Cabalga su yegua albina siguiendo la línea irregular de las laderas traicioneras al borde del Chañaral. Ha matado la mayor parte del día tendido sobre la grama de sus sembríos y le parece que se merece el descanso, que el maldito sol le está jugando un truco. Su yegua aligera el paso, escudriña la tierra, rebusca con las pezuñas entre las piedras: mata el tiempo, también.
Al final Saúl ve aparecer a Lorena, a paso lento entre los granados de la casa hacienda, cruzando la acequia frente a las matas de membrillos, avanzando sobre la reseca costra del cauce del río, sin ningún temor: Lorena, la que busca y encuentra, la que lleva la voz, envuelta en un vestido que la cubre como si fuese sólo un vapor, una idea. Viene a darle alcance. Saúl inspecciona el cielo. Todo está planeado y sin embargo aún le tiemblan las manos, le siente el frío a esa caspa de agua que le moja la palma.
Cuando ella está más cerca, lo necesario para verle las líneas del rostro, Saúl hace girar al animal sólo para que Lorena lo admire. Ya no es posible admirar a esas horas. Todo ha sido teñido de un tono anaranjado y triste. Lorena lo observa, aguarda a que Saúl acomode la grupa de la yegua y le ofrezca la mano para treparla. Saúl la seca al pasar, la palma contra los pelos del lomo. Sin embargo no puede evitar que Lorena toque su nerviosismo, su milímetro de duda húmeda en esa palma que todavía le teme a las consecuencias, a pesar de encontrarse cuarteada, recia y muy bien entrenada en el campo.
Así cabalgan ahora ambos, apretados sobre el lomo, al lado del río Chañaral, por el cauce seco, entre las rocas.
–¿Eso es todo? le pregunta Lorena, cuyo cuerpo se convierte poco a poco en sólo una sombra, en una mancha negra que avanza por la banda del río, muy adelante del perfil de la hacienda que desaparece en la oscuridad de la quebrada, muy hacia el fondo.
«Eso es todo», piensa Saúl. Asiente en silencio. Siguen por la quebrada, aceptando el paso con el que la yegua los decide llevar. Se les hace de noche en la pampa. La cruzan en silencio, escuchando aquí y allá los quejidos de los zorros y las pataletas de los guanacos. Antes de la hora de la cena ya están entrando en el pueblo, pegados a las pircas de las chacras. No hay luz eléctrica y faltan almas en esas calles.
Cortan camino por el lado de la iglesia, hasta la sombra de una casa que hasta hace algunas semanas estaba tapada por el polvo y las telas de araña. La yegua se acomoda por un portón de acero e ingresa con ellos a las caballerizas. Huele a alfalfa. Mientras Saúl amarra a la yegua, ya apenas si se puede ver. Le levanta el vestido a Lorena. Sus dedos se meten entre las piernas y palpan una humedad más desesperada que la suya.
–Hace tiempo que nadie me toca, dice Lorena, sabiendo que él no necesita la explicación. En la oscuridad, gracias a un hilo de luz de luna, aún se puede adivinar al lado de la yegua, la forma de la cama de heno. Allí se tienden. Él quiere demorarse en las lamidas. Le teme al apuro y a la impaciencia, pero ella le exige que proceda.
Cuando le vinieron a decir que Lorena se casaba con ese bueno para nada, Saúl cerró la casa y vendió sus últimas reses. Se fue a la costa: buceó para los turistas, entretuvo a las criaturas paseándolas en botes con forma de banano–hizo el ridículo. Al regresar al pueblo, para ordenar sus tierras y regalarlas, lo encontraron los compañeros y le dijeron que Lorena había estado indagando por él.
Por cierta razón que entonces Saúl no entiende del todo, al final del primer chorro desesperado, la hombría se le vuelve a levantar. Saúl apoya las manos contra la piel de Lorena, pensando si le debe pedir permiso. Pero Lorena le exige que proceda, que presienta donde su carne tiembla con más fuerza. Saúl lo hace, sin darle crédito a ese estúpido dolor de viejas tardes cabizbajas, de octubres en los que sólo creía en la venganza.
Lorena tiene piel canela, y eso es todo lo que Saúl andaba buscando.
Andes en el departamento del Cuzco. Foto MonoAndes/Flickr
Ver a los muchachos pitucos insultando a la mayoría de los peruanos que votaron por Humala, despotricando en sus páginas de Facebook contra un Perú desinformado y que se merece «lo que se viene con Humala» nos hace pensar por momentos, a mí al menos, si esa pitucada no se merece un gobierno que la ponga en vereda.
Pero solo por momentos. Gente desubicada, millonarios desinformados, hijos de papá que se creen más por la familia de donde proceden o la playa donde vacacionan hay en todos los países. Ese no es el tema. No debería ser. De todos modos racismo y clasismo hay de ambos lados. Sé que muchísimos peruanos se jactan de poderte endilgar en una sola exclamación una raza y luego agregarle el conchatumadre como si ese fuera el más brillante de los insultos. Aún abunda en nuestro país esa gente que baja la ventanilla del carro de pronto y suelta con desparpajo un ¡»negro-cholo-serrano-zambo-chino o blanquiñoso» conchatumadre! y después se acomoda en el asiento del auto y se va manejando orgullosa.
Uno de mis amigos del colegio, descendiente chino, en la época previa a la segunda vuelta de 1990, fue víctima de las conchasumadreadas de sus vecinos, unos chicos rubios y muy blancos de no más de 15 años, que lo insultaban desde el otro lado de su pared por ser chino, asumiendo que era «japonés» y que él iba a votar por Fujimori en 1990 contra la que esa vez era la opción de «la gente decente»: Mario Vargas Llosa. (y mi amigo y sus padres no solo eran fredemistas, sino que además habían sido entusiastas donantes y asistentes a los mítines del Movimiento Libertad) Uno de mis peores desencantos políticos sucedió en 1990 cuando el FREDEMO–que yo consideraba como la mejor opción para mi país–perdió las elecciones. Apenas se conocieron los resultados de la segunda vuelta, todos los programas de apoyo social que se habían implementado antes de las elecciones, y que daban la impresión de que se trataba de un movimiento político con un proyecto social, se cancelaron abruptamente. La plata se retiró y muchísima gente empezó a salir a las calles con sus polos estampados «yo no voté por él». El año 2000, al asistir a un mitín de Toledo, vi también con temor, junto a un amigo nisei, como una señora gritaba a voz en cuello «Chino conchatumadre» y mantenía los ojos fijos en mi amigo, como si tener los mismos ojitos lo equiparara a ser parte del equipo de Fujimori.
El Perú tiene que superar estas taras racistas. Deben haber leyes más severas contra las agresiones verbales y físicas. No debería haber impunidad para quien desprecie en público a otro peruano por su color de piel o su origen social. Racismo hay en todos los países pero es una lacra. Y habrá racistas en uno y otro bando en estas elecciones presidenciales en que Humala y Fujimori disputen el derecho a ser presidentes del Perú. Sin ir muy lejos, recuerden que fue Pérez de Cuellar, ilustre secretario general de las Naciones Unidas y perdedor de las elecciones de 1995 contra Alberto Fujimori quien dijo muy orondo «cuando yo era niño los japoneses solo me cortaban el pelo en la peluquería». Y este movimiento «etno-cacerista» de donde proviene Ollanta Humala también está fundado sobre conceptos de odio racial, de supremacía de una raza nacional que debe mandar sobre otra raza «importada».
Un amigo me exigió que si yo le reconocía cosas buenas al gobierno de Fujimori debería decirlas sin temor. Reconozco que Fujimori hizo cosas buenas, le contesté. Pero lo importante al momento de juzgar a la hija que ahora es candidata no son las cosas buenas sino las malas. ¿Vamos a poder confiar en que su gobierno será el mejor entre las dos opciones? Una de mis teorías es que los grandes culpables de los atropellos que cometió Fujimori en su gobierno fuimos los peruanos, quienes le dimos carta blanca, asustados ante la perspectiva de que las únicas alternativas eran él o el caos: el terrorismo, la incertidumbre financiera, el aislamiento internacional.
Quienes critican a Fujimori tratando de menospreciar sus logros caen en el mismo error de quienes lo alaban sin darle importancia a sus defectos. Los abusos del poder permitieron que su gobierno fuera bastante efectivo en la pacificación nacional y la estabilidad económica. Discrepo con quienes dicen que la captura de Abimael y la derrota de Sendero era inminente sin Fujimori. Discrepo con quienes dicen que todo lo bueno económicamente fue un espejismo para robar a manos llenas.
Hubo progreso económico y el estado se modernizó y se hizo mucho más eficiente. Toledo ni nadie hubieran podido manejar un país con intis millón, repudiado por el FMI, con el dólar MUC y un ingreso por recaudación tributaria cercano a cero.Era un ataque común en aquél tiempo decir que el modelo económico de Fujimori se lo había robado a Vargas Llosa. Ahora resulta que todo lo bueno que sucedió entre 1990 y el 2000 no fue obra de Alberto Fujimori, pero sí todo lo malo.
¿Corrupción? Sí, la hubo. Pero también la hubo y a manos llenas en el gobierno de Belaúnde AP-PPC 1980-1985; en el de Alan García entre 1985 y 1990; ¿Violaciones de los derechos humanos? Las hubo también en el gobierno de Belaúnde, con las primeras incursiones de la policía y la marina en Ayacucho en la batalla perdida contra Sendero Luminoso. Y las hubo en el gobierno de Alan García, con la matanza en El Frontón y las aniquilaciones selectivas del comando Rodrigo Franco.
Y a los que recuerdan el 5 de abril como un día nefasto (que lo fue, era la prueba de que los partidos políticos no podían servirle a otros intereses que a los suyos propios, y acá incluyo tanto a los partidos de la derecha como a los de la izquierda y el APRA demagoga) no recuerdan que la constitución y las leyes de 1979 le garantizaban, en caso de ser capturado, un juicio justo a Abimael Guzmán. Con esas leyes que los congresistas se negaban a revisar y mejorar–sin olvidarnos que había simpatizantes senderistas infiltrados en el Congreso de la República–era muy posible que de haber sido capturado Abimael Guzmán en 1992, hubiera salido libre con rapidez, debido a la falta de pruebas. Y los jueces jamás hubieran podido dictar una sentencia contra un senderista sin ser víctimas de la mano siniestra de Sendero que amenazaba su vida y la de sus familiares. La gran derrota de Sendero, de la que se jacta Fujimori, no hubiera sido posible sin jueces sin rostro, sin ventajas carcelarias para quienes colaboraran denunciando a sus compañeros, sin la máquina aceitada desde el SIN por el nefasto Montesinos.
¿Fue una guerra sucia? Sí. Fue asquerosa. Pero la alternativa era seguir viviendo con Sendero Luminoso indefinidamente. Los peruanos de aquella época no queríamos eso. Es sencillo hablar ahora de lo que se pudo haber hecho. Pero no lo hicieron AP ni el PPC ni el APRA, que demostraron ser bastante ineficaces para luchar no solo contra ese problema de la subversión sino contra otros: el desastre del Niño en 1982 paralizó el país durante casi un año ( prueba de aquella tragedia está en la novela de Bryce Echenique «La última mudanza de Felipe Carrillo»). Belaúnde no supo manejar los recursos y hubo una época en la cual no había azúcar ni arroz por ningún lado. Ese gobierno se despidió en 1985 con 5% de aprobación. Si alguien te ha dicho que el Perú democrático del arquitecto Belaúnde fue mejor que la dictadura de Fujimori es un mentiroso, un descarado. Fortunas como las de Raúl Diez Canseco–y otras tantas cercanas al arquitecto–se afianzaron en esos cinco años. Mientras el presidente Belaúnde daba clases de democracia, con prensa libre y fronteras abiertas a la importación, el país se derrumbaba en todos los frentes. Y del gobierno de Alan García y el APRA mejor no hablar.
La prueba de que los mayores culpables de que hubiera corrupción durante el gobierno de Fujimori fuimos los peruanos, son los videos del servicio de inteligencia ¿El poder corrompe? Sí. Mea culpa, peruanos, por dejar que un gobierno ejerza el poder sin control, por esperar a ver los videos de la corrupción para darnos cuenta de la podredumbre que se había asentado en el poder. Por no cuestionar. Por no mirar más allá de los medios comprados y manipulados. Por sentarnos a ver «Luz María», «Natacha» y «De Dos a Cuatro» y olvidar que le estábamos dejando toda la responsabilidad de nuestro futuro a una sola persona.
Con buenas o malas intenciones, Fujimori fue un dictador. Pero a este monstruo lo dejamos crecer los peruanos, lo aplaudimos tanto que se la creyó. Claro que durante esos diez años de dictadura los partidos políticos fueron tan ineficaces produciendo alternativas que cuando por fin se fue Alberto Fujimori a Japón, el próximo presidente no fue uno de ellos sino otro candidato improvisado: Alejandro Toledo.
Algunos amigos que quieren votar por Humala dicen que quienes comparan a Ollanta Humala con Hugo Chávez están desinformados. Que los que van a votar por Keiko son los mismos racistas pitucos que votaron por PPK. Creo que el voto por Humala en verdad es un voto de descontento. Algo que Alejandro Toledo expresó muy bien en su discurso de aceptación de la derrota: «El progreso económico no está llegando a todos».
Pero también creo que los antifujimoristas están ridiculizando a quienes van a votar por Keiko Fujimori como si se tratase de idiotas que no tienen el respeto a los derechos humanos y a la democracia entre sus prioridades. Se les caricaturiza como gente sin conciencia y olvidadizos. Uno de los problemas mayores de los antifujimoristas es esa «caricatura» que hacen del votante de Keiko: un pelele ciego y sordo que cree que se necesita mano dura para que el país no se desintegre.
Creo que el votante de Keiko es una persona que ha vivido el desastre previo a Fujimori. El votante de Keiko ha visto lo que propone Humala y no cree que sea capaz de mantener sus promesas de cambio, integración y respeto a la pluralidad de opiniones una vez en el poder.
Los votantes de Keiko desconfiaron de Toledo porque es obvio que miente demasiado, que su matrimonio fue arreglado antes de las elecciones, como que le gusta la juerga y la buena vida, la cual–como la universidad de Keiko o los viajes en helicóptero de Kenyi–también fue pagada por el pueblo peruano. Y detestan bastante a su esposa, manipuladora, capaz de sacarle provecho al odio racial para beneficio de su candidatura.
El votante de Keiko habrá escuchado lo que dice Humala: «Abimael es un preso político» y se habrá sentido en la Luna, porque ese candidato que dice representar al Perú más profundo, al peruano honesto que vive de su cosecha, ve los horrores de Sendero Luminoso desde una perspectiva extraña. Humala al decir aquello, ignora el horror de Sendero Luminoso. El votante de Keiko no se identifica con esa frase infeliz ni con otras frases peligrosas como «Velasco fue un buen presidente», «Hay que transformar la constitución» o «hay que estatizar los medios de comunicación limeños». El votante de Keiko, en resumen, no es un ser estúpido, como lo pintan esas personas que ponen en sus perfiles «No a Keiko». El votante de Keiko no quiere cambiar el modelo económico ni acepta que los grandes problemas del Perú son la dependencia y el entreguismo a Chile. El votante de Keiko no quiere otro péndulo hacia la izquierda porque cree que esa no es la manera de alcanzar el progreso.
La manera de competir de igual a igual con Chile no es expulsando o haciéndole la vida difícil a los chilenos, sino seguir creciendo, compitiendo, mejorando. Me alegraría mucho que Keiko Fujimori también dijera que hay que ser más estrictos con los inversores foráneos, porque HAY QUE SER MAS ESTRICTOS CON LOS INVERSORES FORANEOS. Pero facilitando la inversión y la competencia. No pueden venir los inversores solo a beneficiarse de la «mano de obra barata». Los peruanos también queremos estabilidad laboral: pero no la mafia de los sindicatos que reinaba antes de Fujimori. No hay que hablar de persecusiones sindicales y achacarle todo el problema a Alberto Fujimori. Hubo intransigencia del CGTP, del SUTEP, de la CTP. Ese país de sindicatos mafiosos tampoco iba a ningún lado. Queremos sindicatos, pero modernos, que peleen por los trabajadores y no por unas ideologías trasnochadas y mal entendidas. Así que habrá que pedirle a Keiko Fujimori que ofrezca un plan para que las empresas den estabilidad y beneficios suficientes a sus trabajadores eficientes.
Pero no se puede justificar el voto por Humala por el » odio a los pitucos» . El mayor castigo de los pitucos es ese pesado vacío en sus estúpidas cabecitas que les permite ver progreso solo si va acompañado de centros comerciales y luces de neón.
Y hay que gobernar el Perú sin despreciar a los ricos, sin ahuyentarlos. Porque hubo épocas–antes del gobierno de Alberto Fujimori–en que para ser rico en el Perú se precisaba, o un jugoso «contrato-convenio-robo» con el Estado o una extensa plantación de coca en la selva. Los peruanos somos emprendedores y trabajadores. El votante de Keiko también es un empresario al que le asusta la palabra «estatización», «nacionalización» o «control de la libertad de expresión». Al votante de Keiko lo que más le interesa no es la lucha de clases sino que «lo dejen trabajar».
El votante de Keiko no le cree a Humala. Pero el votante de Keiko tampoco debería ser ciego. Debe ver que esa señora gordita está rodeada de un montón de los lameculos de su padre. El votante de Keiko tiene que saber que su voto esta vez no puede ser un voto a ciegas. Un desastre fujimorista apuraría un gobierno radical tan malo o peor que la perspectiva de Ollanta Humala en el poder.
Fujimori es una mejor alternativa de gobierno que Humala pero el votante debería exigirle mucho más a Keiko. Limpiar la imagen de su padre también requiere rodearse de gente capacitada y dejar que los corruptos se pudran en la cárcel.
¿A quién le interesan estas reflexiones? A mí más que a nadie. Tratando de explicarme por qué prefiero a Fujimori que a Humala. Por qué me parece que esta es otra guerra de aquella que libran de vez en cuando las figuras inútiles de los partidos políticos tradicionales, los trasnochados, los que ya se equivocaron una vez en 1990, los que me hicieron creerles que por ser «demócratas puros» eran mejores que los políticos pragmáticos.
Un hombre enternado en el congreso vale igual que un trabajador en el campo. Esa es la democracia. Respetémosla, seamos críticos, votemos por un Perú más serio, porque en los términos en los que está planteándose la rivalidad entre fujimoristas y humalistas, puede convertirse en el mismo chiste de siempre.
Antes de la primera vuelta me pareció que las mejores opciones para gobernar el país eran las de Alejandro Toledo y la de PPK. Ahora, de cara a la segunda vuelta, como muchos de los votantes de Keiko Fujimori, voy a apoyar esa opción, que me parece mucho más favorable para el país que la de Ollanta Humala. Voy a darle el beneficio de la duda y alegrarme de que una mujer recoletana sea la primera presidenta del Perú.
E inmediatamente me voy a poner, como deberíamos de ponernos todos los peruanos, salga quien salga, en la tribuna de la oposición, vigilando que la tragedia del pasado no se repita.
A veces no teníamos ni para comprar comida. Nos sentábamos en nuestro plastiquito y poníamos en exhibición sus cuadros de la semana anterior, las reproducciones de mis fotos y una que otra figurita de arcilla. En todo el día nadie se detenía a mirarlos. Y allí estábamos Yuyo y yo, cada vez más tensos. No solo porque no íbamos a no comer nada al volver a casa sino también porque esa Olga lo había invitado a su hotel a conversar de arte ¿Y quién era yo para decirle que no fuera? Sin embargo se me ocurría, allí sentada, sin nada en el estómago, que Yuyo no le estaba poniendo suficientes ganas a ésto porque al fin y al cabo él se iba a ir a pasar la noche con ella y yo era la que me regresaba a casa con el estómago vacío.
Queso sabía cómo era pasar hambre. No la quiso interrumpir.No le pareció apropiado. En Europa él también había pasado hambre. Vagando por Portugal después de haber fracasado en París, de haber sido expulsado de Frankfurt. Cuando no le alcanzaba el dinero para comprar ningún boleto de regreso y ya se iba haciendo a la idea de vivir en la pobreza, de la incertidumbre del día siguiente. Felizmente en Lisboa los metros no tenía que pagarlos. Queso se metía a los vagones. Le parecía la idea más revolucionaria del mundo: que nadie le controlase, que el transporte estuviera al alcance de quienes lo pudieran pagar y también de quienes andaran por aquellos días cortos de efectivo, como él.
Pero la Gringa seguía hablando–ahora ya sentados en un rincón de La Noche–, Queso con otro vaso de chilcano de pisco y ella con otra botella de cerveza, observando a un grupo de adolescentes sentados alrededor de una mesa larga de madera. Queso empezó a estudiarlos ¿Cuál de ellos estaría perdidamente enamorado de cuál de ellas? ¿Quién de ellas le rompería el corazón a quién de ese grupo? Porque estaba seguro que su historia no podía ser mejor ni peor que todas las historias de desamor que había escuchado hasta entonces. Queso habría estado muriéndose de hambre en Europa, pero por culpa del amor otros chiquillos se cortaban las venas. Yuyo ni siquiera ofrecía acompañarla a la casa. De allí nomás cogía su parte de las cosas y las bolsas, y la dejaba a la Gringa sentada sobre los plastiquitos para que regresara con los costales, cuesta arriba hacia la casa. Estaban muy cerca del hotel de Olga, no tenía sentido que él se cansara subiendo hasta la casa, para unos minutos después tener que recorrer todo el camino en sentido contrario. «Esto es lo que siempre he querido», se repetía la Gringa durante la noche mirando las estrellas a través de la claraboya encima de su cama; en silencio porque todos sus casetes y discos los había escuchado hasta la saciedad con Yuyo, y escucharlos la ponían mal. ¿De eso se trataba realizar los sueños? Había motas de polvo flotando frente a sus ojos. Y la Gringa quería autoconvencerse de que no sentía celos. Y no le bastaba, dijo la Gringa, decirse a sí misma que no tenía ningún derecho a ningún tipo de celos porque ella no era la enamorada de Yuyo. Era solo «su compañera» y eso les aseguraba a ambos absoluta libertad para hacer y deshacer su vida del modo que quisieran. Esas habían sido las reglas que se impusieron antes de mudarse de Lima. Las que iban a asegurarles que su vida–juntos pero separados–transcurriría sin mayores dramas: Yuyo focalizado en sus pinturas, ella en sus fotografías.
El hambre la estaba obligando a desviarse de su meta. La hacía sentirse recelosa de relaciones que no le deberían importar a nadie más que a Yuyo. La Gringa creyó que tal vez era la incertidumbre (¿y si Yuyo se enamora de alguna de esas muchachas y decide abandonar el proyecto? ¿valdría la pena quedarse sola en esa ciudad sin él? Trató de convencerse de que lo que estaba sintiendo era producto del futuro incierto. No pudo. Siguió sin dormir, viendo como esos espíritus negativos flotaban frente a sus ojos: polvo que cae del cielo para enterrarla, dándose cuenta de que lo que sentía en ese momento ya no era hambre, ni celos, sino un tenaz deseo de morirse.
A la mañana siguiente Yuyo apareció en la casa con bolsas de alimentos, latas de comida, huevos, jugos, arroz, menestras y una hogaza de pan. Empezó a cocinar mientras ella escuchaba desde su habitación, olía el aceite mientras él lo calentaba y luego los cuatro pasos desde la cocina y los dos golpes con calma en la puerta de la habitación para decirle a La Gringa que el desayuno estaba listo. Ella se sentó a la mesa y allí en su silla hizo el gesto como de estar sacándose las legañas, e hizo como que se desperezaba mirando los huevos y el arroz en el plato, el pan y la mantequilla a un lado–tal vez ya imaginándose que necesitaba un pedacito de turrón de Doña Pepa en esa mesa–incapaz de arruinarle la sonrisa de felicidad a Yuyo para decirle que no había podido dormir durante toda la noche.
¿No eran celos, sabes Queso? Era mi incredulidad de que Yuyo no se percatara de que había una manera mucho mejor de vivir este sueño. Un sueño perfecto donde ambos teníamos que estar juntos para disfrutarlo con intensidad. Un universo donde a mí no me importara que las ideas para sus cuadros–que yo le dictaba mientras me despertaba en la mañana–, él las copiara al día siguiente sin darme ningún crédito. Porque en ese sueño seríamos los dos parte de lo mismo y nos podríamos morir de hambre y tener otras relaciones, pero sin olvidarnos que los dos eramos parte de la misma unidad, que nos debíamos el uno al otro, más que a nada en el mundo. Era una pena tremenda que él no se diera cuenta de lo que se estaba perdiendo al dejarme ir. No me dolía que me hiciera a un lado, sino que no se diera cuenta de que ninguna realidad iba a ser mejor que aquella donde los dos éramos cómplices, dijo la Gringa mientras sorbía su primera cerveza en La Noche. Y la Gringa desayunaba con Yuyo, pretendiendo que estaba de mejor ánimo. Y Yuyo anunciaba que lo habían invitado a una exposición en Lima, que partía ya y que le iba a dejar comida para toda la semana. A la Gringa le daba igual si le dejaban comida o no. Lo único que la hacía sufrir era ver como Yuyo decidía dejar la posibilidad de un sueño que podía ser perfecto, por la imperfección de una aventura de algunas semanas. No eran celos. En esos pensamientos no había una tercera persona a la cual odiar sino solo Yuyo, solo él. Su figura demacrada, sus ojos hundiéndose más y más y alejándose otra vez, incapaz de quedarse al lado de la Gringa como si todo lo que habían vivido no fuera suficiente para convencerlo de que su felicidad no podía ser sino con ella. Se iba por una semana y regresaba. Tocaba la puerta o iba a buscarla por la ciudad y no le preocupaba encontrarla siempre sola, como si lo supiese, como si no se diera cuenta de que ella no tenía que estar sola, que le estaba dando otra chance, esperando a que Yuyo abra los ojos y se fije en lo que se estaba perdiendo, en la posibilidad que estaba dejando pasar.
Entonces La Gringa conoció al colombiano y le cayó bien. Lo invitó a la casa y se sirvió comida con él y le cayó muy bien, tanto que lo despidió temprano y se excusó de todas las maneras para no verlo por la noche en un bar donde él iba a estar con unos amigos, todos de paso hacia Ecuador. Y cuando apareció Yuyo después de un fin de semana con Olga–que regresó dos días para comprar unas artesanías que no pudo conseguir en ningún otro lado en Sudamérica–, La Gringa le contó a Yuyo sobre este muchacho colombiano (porque ella seguía respetando las reglas de contárselo todo, a pesar de que Yuyo hacía tiempo que las había olvidado y se guardaba grandes trozos de sus horas con Olga solo para él). Y hubo un detalle en su historia, acerca de la sonrisa del muchacho, que hizo que Yuyo se sobresalte y que no escuchase la historia como escuchaba las otras que ella le contaba e hiciera preguntas. No, ninguna pregunta, una leve mueca que no se le movió del rostro ese día ni el siguiente; justo por los días en los cuales La Gringa le dijo a Yuyo que había estado conversando por teléfono con su primo Queso, que iba a venir a visitarlos.
Es muy difícil hablar de fidelidad cuando has pasado lo que nosotros hemos pasado. Recuerda que Yuyo y yo nos volvimos a juntar cuando estaba enferma en Lima y él vino a visitarme. Él se sentía traicionado por la vida que yo llevaba en Europa, muy lejos de él. Y yo me sentí traicionada de modo inevitable, creía yo, por lo que sucedió entre él y mi prima. Así y todo conseguimos construír una buena relación en los tres años que estuvimos juntos desde que regresé. Claro que los celos…los celos. Él no es de los que explotan de celos y te lo dicen en la cara. Yuyo sigue sonriéndote y comportándose como si nada pasara. Pero cambiaban nuestras rutinas. De pronto ocurrían silencios con mucha frecuencia, él se dedicaba a sus pinturas y yo pasaba a un segundo plano. Celos injustificados: desde que regresé a Lima, con el único hombre con el que estuve fue con él. Bastaba que le mencionara el nombre de uno de mis compañeros de las clases de fotografía, de alguno de los profesores que admiraba mi trabajo o que ofrecía ayudarme a mejorar mi estilo con el revelado. Yuyo se encerraba en sí mismo, ponía sus discos de Sui Generis o de Los Abuelos y ya no éramos uno sino dos. Yuyo se perdía. Así yo estuviera a su lado en la cama. No contestaba mis preguntas, no escuchaba, no respondía. Me miraba. No era un mirada de celos, era una mirada perdida, como si algo lo estuviera agarrando y llevando a un lugar donde yo no podía meterme. Así que una mañana terminé con él. «Nada complicado», me dije. «No podemos seguir así Yuyo. Yo te hablo y tú no me escuchas. No quieres que te ayude, no quieres hablar del futuro. No me deseas.»
Y era una de aquellas mañanas en las cuales él se levantaba de la cama, buscaba un casete que le gustaba, lo ponía y se quedaba sentado en la cama escuchándolo. A veces encendía un cigarrillo y fumaba y escuchaba. Yo le podía decir algo y él hacía un gesto como si estuviera tocando las baquetas, o rasgando la guitarra, o decía “Escucha, escucha” como si todo aquello que él quisiera decirme, todo lo importante que había que decir en ese momento estuviera en la voz de Charly García o de Miguel Abuelo. Una de esas mañanas, ya acostumbrada a ser ignorada, después del desayuno, yo le dije que no tenía sentido que sigamos juntos. Le expliqué, mientras él tomaba su café, como si yo le estuviera diciendo algo más sencillo: me voy de compras, a tomar fotos, qué sé yo. Sonrió y yo odié esa sonrisa que no decía nada. Odié sentirme culpable, porque eso era su sonrisa, su esfuerzo más intenso para que yo me sintiera culpable por hablarle de otros hombres, de mencionar a otros fotógrafos, otros profesores. Me fui y no nos volvimos a ver por varios meses.
Esa fue la época en que tú y yo nos encontramos en la galería, Queso. Esos eran los días en que yo me concentraba en ser una chica normal. Otra vez me dedicaba a mis trabajos, salía a la calle y me iba por lugares donde él y yo no habíamos ido: son tan pocos. A veces creo que cada calle de Lima y del Cuzco tiene alguna memoria de él. Que viví demasiado tiempo a su lado y que solo me queda acostumbrarme a vivir con esos “flashes” con él, cada vez que camino por Miraflores, por Barranco, por Surco. Acá mismo en La Noche. Me sentaba, cada vez menos, ya no con tanta fuerza, pero igual me sucede: me siento contigo, miro alrededor, y aparecen en mi mente cientos de fotitos con él. Y a veces lamento no haber seguido ese camino. Tal vez hoy me habría olvidado de todo y tendría otro tipo de vida ¿no? Tal vez no.
Estábamos demasiado enredados el uno con el otro y un día se apareció, volvimos a salir, como amigos, y esa noche después de unas cervezas ya estaba yo riéndome otra vez de sus historias y conversábamos otra vez de ir al Cuzco, de quedarnos allá, de formar una colonia de artistas, de todos los planes donde estaba sobre entendido que él iba a ser un gran pintor y yo iba a ser su mujer. Y parecía correcto, Queso. Entendía que lo que había sucedido era un proceso natural de descanso. Habíamos necesitado una pausa y eso era todo. Podíamos adelantar el siguiente paso. Ninguno habló de regresar. Conversamos de contarnos todo, de ser amigos antes que nada más. Y allí fue donde tú nos encontraste Queso, en el Cuzco, unas semanas antes que él decidiera irse a Chile para visitar su neozelandesa, irse, dejarme, y en esos días en que yo también creí que tenía que dejarlo todo porque ya no aguantaba vivir en Cuzco sin él.