Hace un par de meses fui a ver a Villoro a la librería McNally Jackson en SoHo. Presentó el libro de Bruno H. Piché, periodista, cronista y director de Newsweek en español: «Robinson ante el abismo». Villoro nos conversó un poco de sus propias islas y de sus robinsones, incluyendo en la conversación a Proust, a Joyce, a Monterroso, a Bolaño o a Ballard, con ese talento único que él tiene para adornar sus ensayos y sus conferencias «con rarezas para el viajero frecuente y hospitalidad para el recién llegado».
Nunca fui fanático de Ribeyro.
Recordaba, con claridad, ciertas imágenes de Por las azoteas, que leí de niño en el colegio; y otras menos claras de La insignia, Silvio en el rosedal y Los gallinazos sin plumas, que releí después de ver la película de Lombardi (Caídos del Cielo) inspirada en el cuento. Pero ninguno de sus cuentos me había impactado como la delirante Muerte de Sevilla en Madrid o Con Jimmy en Paracas de Alfredo Bryce. Así que cuando emigré, mi edición barata de La palabra del mudo se quedó tomando polvo en una repisa de mi pequeño librero en Lima.
La única vez en que algo escrito por Ribeyro me llenó de emoción fue durante un retiro espiritual alcohólico en una playa del sur. Yo tenía 20 años y entre los pocos libros que encontré para matar el tiempo en una casa donde solo se hablaba de alcohol, de sexo y de cigarrillos fue Solo para fumadores. Me impactó, y alguna vez intenté buscarlo para releerlo, sin suerte. Supongo que tampoco le puse tantas ganas. Como les dije: Ribeyro no era lo mío. Si me preguntaban de cuentistas en español yo me limitaba a repetir que El rostro de tu sangre en la nieve y El verano feliz de la señora Forbes eran los dos mejores cuentos que había leído jamás.
Mi percepción de Ribeyro cambió a fines del 2009. Estaba en la librería del Fondo de Cultura en la Feria Internacional del Libro mexicana, buscando un tomo de ensayos de Alfonso Reyes, cuando de casualidad encontré Antología personal, la selección que Ribeyro realizó y prologó muy pocos meses antes de su muerte en 1994. La compré. Tal vez porque ya había escuchado hablar demasiadas cosas buenas de Ribeyro, o tal vez porque estaba más viejo y sabía un poquito más.
Me lei Antología personal de un tirón en el avión que me regresaba de Guadalajara a Nueva York, sin pasarme una sola página de los ensayos, de los cuentos, de las prosas apátridas, de los fragmentos del diario y de las obritas de teatro. Me leí todo y todo me gustó. Ahi estaba la apabullante Solo para fumadores, pero también estaba Silvio en el Rosedal que terminé de leer preguntándme como había podido menospreciar a esta pequeña obra maestra en mi adolescencia.
En agosto me publicaron un cuento en una revista universitaria mexicana y un profesor y destacado crítico español que suele interesarse por mis escritos, tuvo a bien leerlo y decirme como si me lanzara un gran elogio: «Me ha gustado. Me hizo recordar mucho al estilo de Ribeyro».
Por supuesto que me sentí halagado pero su opinión no me pareció del todo correcta. Al fin y al cabo lo único que había leído recientemente de Julio Ramón eran esas pocas páginas de su Antología.
Si hubiese alguna influencia en ese cuento, tendría que ser la del librito de crónicas imaginarias de Juan Villoro llamado Tiempo transcurrido porque después de leerlo, mientras me hamaqueaba frente al sol y el mar de Tanaka, recuerdo haber empezado a jugar con la idea de retratar ese momento épico en que mi padre y el padre de mis vecinos, los Durojeanni, entraron entre los maizales de la entonces casi despoblada Avenida Javier Prado Este, haciéndose camino a machetazos hasta el terreno donde se construiría nuestra urbanización.
Sin embargo unos días después, este profesor que me había sacado en cara la influencia de Ribeyro, me encontró en el pasillo de Lehman College para darme las fotocopias de ese cuento que a él tanto le gustaba y que era el que más le recordaba el estilo de mi cuento Los Duros. El cuento de Ribeyro se llamaba Los eucaliptos.
Me encerré en mi despacho a leerlo.
Y allí estaba: toda la influencia de un cuento que yo no había leído jamás. Un cuento bellísimo, casi un poema escrito en prosa que tocaba el tema de la transformación de la ciudad de Lima, de las calles y de los personajes que se había atragantado la metrópoli mientras crecía de manera vertiginosa. Allí estaba la clase media limeña lidiando con la hora peruana, la informalidad, la diferencia de clases y la amistad al lado de las huacas, del mar y entre los árboles.
Así que cuando hace una semana decidí prepararles a mis estudiantes de español una clase de comprensión de lectura, no solo escogí un cuento de Ribeyro («El banquete»), sino que durante muchas horas me dediqué a recopilar fotos, videos e información sobre Julio Ramón Ribeyro. Leí todo lo que encontré de su obra en Internet, las muchas reseñas de todo tipo; y me encargué a Lima los dos tomos de La palabra del mudo.
En muchas de las fotos que escogí para las diapositivas que presenté ante mis estudiantes en la clase, Ribeyro sale con su amigo el cigarrillo, en otras con su amante: la máquina de escribir. En muchas de las fotos él mira a la cámara como si mirara a otro lado, como ese personaje de Los eucaliptos que observa pensativo la calle de un barrio que se ha transformado para siempre frente a sus ojos.
Y me pregunto si así miraré yo a Lima. Con esos ojos que por más que quisieran no podrían olvidar.
La semana anterior la revista literaria Luvina de la Universidad de Guadalajara, México –la misma que organiza todos los años la muy concurrida Feria Internacional del Libro– publicó en su edición Otoño 2011 el cuento Los Duros, una primera versión de una historia que he venido trabajando desde el 2010.
Aquí pueden entrar a Los Duros de Luvina; pero también les dejo en este blog la última versión de la historia.
Hay diferencias en la voz del narrador, en el principio y en el desenlace. Me parece que hay un mejor trabajo de los elementos de ficción en esta última. Pero es difícil para mí juzgar–porque leyéndola me doy cuenta que el narrador en primera persona tiene un efecto muy distinto en Los Duros de Luvina– si una versión es mejor que la otra. Lo dejo a su consideración. Solo espero que alguna les guste.
—–
Los Duros
–¿Te acuerdas de Cuki? preguntó Nicolás.
Estaba parado frente a la puerta de la casa de ella, esperando una respuesta. Se arrepintió de la pregunta. Muy tonta. Un perro: después de tantos años de lo único que se le ocurría hablar era de un perro. Miró la calle: nadie caminaba por las aceras. En otros barrios los jóvenes se apropiaban de las veredas. Había pandillas que secuestraban esquinas y creaban espacios para la amistad y el amor. Este era un típico barrio sin vida. Miró otra vez alrededor: paredes altas, cercos eléctricos, calles anchas y vacías. Pero sí había historias. Historias que merecían ser contadas, como ésta que sostenía entre sus manos: la historia de “Los Duros”.
Los Duros (Duro-zows-ky) tenían un perro que se llamaba Cuki. “Galletita en inglés” les explicaron los Duros a sus vecinos, los Segura. Los pelos le tapaban ambos ojos pero eso no impedía que Cuki cruzara la calle corriendo, ciego detrás de sus amos.
Los Duros fueron los únicos amigos de los Segura en aquél vecindario: la Urbanización de la Cooperativa de los Ingenieros. Allí había calles que rendían tributo a los ingenieros agrónomos, otras a los ingenieros químicos. A nadie se le ocurrió discriminar a los ingenieros sanitarios. De ese modo nació el nombre la calle más larga e iluminada de aquella urbanización. Frente a frente, sobre Los Sanitarios, vivían los Segura y los Duros.
El señor Durozowsky era polaco. Un ingeniero forestal corpachón y barbudo. Cuando hablaba siempre parecía estar rumiando algo, con una sarta de groserías en un español que arrastraba las erres. La señora Durozowsky era una profesora con gafas gruesas, a quien los Segura jamás vieron sin algún libro entre las manos. El señor Segura era ingeniero civil, retaco, con un bigotazo negro y una generosa panza. Tenía un singular talento para responderle al polaco con doble sentido pero sin usar nunca una mala palabra. La señora Segura era una prolija ama de casa con ojos inquietos, lectora voraz de la página de consejos nutritivos de la revista Buen Hogar.
El señor Segura y el señor Durozowsky se encontraron por primera vez en la época en que había que estacionar el auto a un kilómetro del proyecto de la urbanización –en un claro entre unas plantaciones de maíz– y hacerse camino a machetazos. Duro le invitó a Segura una cerveza que llevaba en su Combi. Le dijo que viajaba por todo el mundo. Segura sacó un destapador de la guantera de su Volkswagen Escarabajo. Respondió que él viajaba por todo el Perú.
De una mata de maíz a otra, enfangándose los zapatos, contando los pasos y buscando en sus planos las líneas azules de sus futuras casas, descubrieron que iban a ser vecinos. Se abrazaron y se dijeron convencidos: “Nuestros hijos serán amigos”.
Nicolás Segura, el mayor de la familia, nació la mañana en que los obreros plantaban los fierros del primer piso de la que sería su casa. Tadeusz Durozowsky, el primogénito de los Duros, vino al mundo una semana después. Kike Segura nació al año siguiente, mientras se inundaban los techos con cemento. Ryszard, el segundo Duro, un mes luego. Los Segura y los Duros se mudaron a Los Sanitarios el mismo día, tras la segunda mano de pintura, antes de un gran terremoto. Comprobaron que la Urbanización de los Ingenieros duraría siglos: sus casas se remecieron pero siguieron en su sitio. Ambas madres se encontraron en el centro de Los Sanitarios. Los mayores,Tadeusz y Nicolás, de pie a su lado, en pantaloncitos; Kike y Riszard, los segundos, envueltos en pañales, en sus brazos. Los padres se invitaron cervezas esa noche y brindaron por las construcciones antisísmicas y la ingeniería moderna.
El Cuki llegó por la época en que nació Cyprian, el tercer Duro. Era una bolita de pelo. Tadeuz y Ryszard cruzaron Los Sanitarios para mostrarles el perro a sus vecinos y la señora Segura casi lo pisa. Su barrigota de embarazada le impidió verlo. De ella estaba por salir Diana, la Segura menor.
Las madres cruzaban Los Sanitarios para compartir en sus salas los detalles de la vida asoleada de su vecindario rodeado de cerros, de paredes altas, de casas apiñadas una contra otra. Se quejaban de la lejanía de los supermercados, de la distancia de la playa. La señora Durozowsky le recomendaba a su amiga un buen libro; la señora Segura le proporcionaba a su vecina los últimos datos para preparar una sopa rica en proteínas y baja en grasas. Los niños se escabullían a los jardines: unos cuadraditos de césped donde jugaban a enterrar juguetes, a trepar árboles y a masacrar chanchitos de tierra.
Los televisores permanecían apagados y bajo llave porque ambas madres coincidían en que eran perniciosos. A cambio, les ofrecieron a sus hijos bicicletas. Querían que con ellas conquistaran el mundo. Tadeusz y Riszard, los Duros mayores, siempre se enfadaban con Cyprian, quien chiquitito y montado sobre su bicicleta de rueditas pretendía acompañarlos en sus expediciones. Nicolás y Kike Segura, se escapaban de Diana, asustados de sus pequeñas ambiciones en triciclo. Una vez descubrieron a Cyprian y a Diana siguiéndolos. Los Segura tuvieron que volver para encerrar a su hermana; y Los Duros regresaron a su hermano Cyprian. Antes de abandonarlo en la casa bajo llave, Tadeusz le destrozó las ruedas de su bicicletita a patadas, mientras le gritaba que aprendiera “a montar como hombre”.
Algunas mañanas, Nicolás y Kike jugaban Lego en la casa de Los Duros. Pasaban el día construyendo naves espaciales en el cuarto del mayor, Tadeusz. La diversión terminaba cuando Cyprian aparecía para robarse las piezas. Tadeusz lo arrastraba, pateándolo y jalándolo de un brazo hasta sacarlo de la habitación. Mientras Tadeusz ponía el seguro, Cyprian golpeaba furioso la puerta hasta ponerse a llorar. Después desaparecía, pero al día siguiente regresaba a escondidas y estrellaba contra el piso, una por una, todas las naves intergalácticas.
Había un enorme ficus plantado en el jardín frente a la casa de los Duros. Este era el corazón de sus fiestas de cumpleaños. Entonces los Durozowsky envejecían un año y el mayor de los Segura, Nicolás, se volvía hombrecito jugando a las escondidas; contando del uno al veinte con los ojos cerrados contra el tronco del ficus, para luego salir hacia los recovecos de la calle Los Sanitarios, en búsqueda de Halina.
Halina: la reina de sus sueños infantiles. Era la prima hermana de los Duros y vivía en el mismo barrio, a dos cuadras de Los Sanitarios, en la calle Los Mineros. Halina tenía el cabello largo, rubio y a menudo bastante sucio. Su mirada era azul y sus dos dientes frontales parecían estar siempre a punto de escaparse de aquella boca que Nicolás anhelaba chapar. Tanto la amaba que solo se atrevía a mirarla tres veces al año –en los cumpleaños de los tres Duros– después de contar del uno al veinte contra ese ficus cuyo tronco latía como loco. Hizo algunas locuras: le agarró las manos, le tocó los hombros. Cierta tarde en que ella corría hacia el árbol para salvarse, apretó con desamparo su cintura mientras Cuki lo ladraba. No se atrevió a más: no estaba preparado para los amores polacos.
El padre de los Duros viajaba con mucha frecuencia a Costa Rica. Se había impuesto la misión de salvar sus bosques. La noche anterior, su maleta dormía en la Combi. Los Duros lo llevaban hasta el aeropuerto con horas de anticipación, lo despedían delante del mostrador de Costa Rica Airlines, y regresaban a casa. La señora Dura se sentaba a leer en el sofá de la sala, hasta el regreso de su marido.
Los hijos mayores, Nicolás y Tadeusz, estaban entrando a la misma escuela secundaria cuando el Perú le quedó chico al señor Duro. Consiguió un trabajo muy bien pagado para proteger los bosques de Costa Rica desde una oficina en Washington DC. El señor Segura cruzó Los Sanitarios con un whiskey de despedida y en la sala de Los Duros compartió con su amigo hielos e impresiones: El país se estaba yendo al diablo. Había que escaparse antes de que zozobrara el barco.
Al regresar del aeropuerto, tras despedir a sus amigos, Nicolás, Kike y Diana se sentían como los familiares de esos sicilianos de las películas que se iban para América. Estaban convencidos de que Los Duros aprenderían a jugar al béisbol y no regresarían jamás al Perú.
Cuki se quedó en la casa de los Duros, al cuidado de los inquilinos. Su prima Halina tampoco se movió de aquel barrio. Sin embargo, a falta de los cumpleaños de Los Duros, Nicolás solo la vería crecer desde lejos, alrededor de la calle Los Mineros ––dando interminables vueltas frente a su casa, espiando desde la bicicleta–– aquellos años en que Halina empezaba a lavarse más el cabello y a ponerse politos más anchos.
Nicolás y Tadeusz, los hermanos mayores, establecieron una correspondencia furiosa entre Perú y Estados Unidos, con cartas inundadas de confesiones. La vida de Nicolás Segura se hacía más fácil con ese amigo al que, gracias a la distancia, no le daba vergüenza contarle traumas típicos de adolescentes.
“No tienes idea de lo que te has salvado. La fiesta de pre promoción, la última porquería inventada por las madres de familia para acelerar el matrimonio de sus hijas bonitas y matar la poca dignidad de los tímidos del colegio”. “Tuve suerte, Tadeusz”, le decía Nicolás en una de sus cartas. “En el último minuto conocí a esta chica: Lupe. Bellísima y graciosíma. La vi en una fiesta en casa de mis parientes (mi tío Pancho, el aprista ¿te acuerdas?), así que le pregunté, entre broma y broma, si quería ir a mi fiesta de pre-pro. Me dijo que sí. Estuvo muy linda en la fiesta, con un vestido apretado (tiene unas tetazas). Bailamos toda la noche, la pasé espectacular”. A Nicolás sí le dio vergüenza contarle a Tadeusz las barbaridades que se le ocurrían hacer con los pechazos de Lupe, porque se sentía culpable de imaginarse las mismas fantasías tremebundas con los senos de su prima Halina.
Cada situación embarazosa en el colegio se transformaba en una carta de Nicolás a Tadeusz: “Nos están enseñando computación. No entiendo nada. Hay que aprenderse un montón de comandos solo para cambiar de párrafo. Prefiero mi máquina de escribir. La estoy utilizando mucho estos días, para escribir una historia. Te la voy a mandar”.
Así le llegó a Tadeusz una fotocopia de su epopeya “No a los Mercados del Pueblo”. Era una novelita en la cual las instalaciones de su colegio privado eran confiscadas por las fuerzas estatizadoras del gobierno del país. El supremo padre director del colegio era forzado a vender paquetes de calzoncillos arcoiris –siete colores, uno para cada día de la semana–; y la sagrada biblioteca era transformada en carnicería. En la novela, alumnos y profesores se organizaban militarmente y conseguían recuperar el colegio, tras derrotar al gobierno estatizador.
A Nicolás la secundaria se le terminó sin cariño: “No te he contado sobre la fiesta de promoción, Tadeusz. Nada bueno. Unos amigos me chantaron a una compañera que se cambió de colegio. No era fea, pero engordó. Parecía un tamal. No lo supe hasta que la fuimos a recoger a su casa y ya no me quedaba otra. ¡Qué diferencia con Lupe! Le pedí a Lupe que me acompañe pero no podía. Ahora tiene enamorado. Al menos me emborraché. Ya se acabó el colegio, pero ahora comienza lo más jodido. ¿Te dije que me matriculé en una academia preuniversitaria? Queda lejísimos del barrio, tengo que levantarme a las seis de la mañana para llegar a la clase.”
Es que la Urbanización de los Ingenieros siempre estuvo lejos de todo; y Los Sanitarios fue aquella calle que daba risa encontrarla en las invitaciones y daba rabia nunca encontrarla en los mapas. Las tarjetas de cumpleaños de los Segura siempre estaban acompañadas por un pequeño croquis: aquí termina la Javier Prado, ésta es la avenida La Molina, ésta es la extensión de la Javier Prado, aquí está el edificio de la IBM, al frente de la IBM están Los Sanitarios. No servía de mucho: los invitados siempre se perdían.
Cuando se fueron los Duros a Estados Unidos, Cuki ya no cruzaba la calle para visitar a los Segura. Los inquilinos lo encerraban. Nicolás lo escuchaba ladrar detrás de la puerta, cuando partía por las mañanas hacia la academia preuniversitaria. Sin embargo, Cuki aprovechaba cuando la familia abría el garaje para fugarse. Corría infatigable detrás de los carros y las bicicletas que pasaban frente a su casa. Hasta una tarde fatal en la cual, ya viejo, creyéndose aún el dueño y señor de Los Sanitarios, Cuki salió disparado para corretear a un automóvil. Lo arrollaron y se dieron a la fuga. Solo le alcanzaron las fuerzas para arrastrarse hasta el borde de la pista. Con la autorización de los inquilinos, los tres hermanos Segura enterraron a Cuki debajo del ficus, bajo el mismo pedazo de tierra donde Nicolás contaba del uno al veinte durante los cumpleaños de Los Duros, mientras Cuki lo ladraba –tal vez sospechando ya, que se tramaba algo con Halina.
Poco después de la muerte de Cuki, en un avión desde Washington DC, apareció Cyprian, el menor de los Duros. Tadeusz lo previno a Nicolás en una carta: “Se ha peleado con mis papás. Le ha venido de golpe toda la rebeldía y dice que quiere terminar el colegio en el Perú, con sus amigos de la promoción”. Los inquilinos consintieron en que Cyprian viviera con ellos, por unos meses. Así que allí apareció Cyprian una mañana, cruzando Los Sanitarios. Con un metro más de estatura y con una barba roja y desordenada que le cubría la infancia y parte de su adolescencia. Venía tan ansioso por acoplarse otra vez a los usos peruanos, que en su primera semana en Lima se metió en el cuerpo una tifoidea de cebiche de carretilla que lo dejó delgadísimo. Aguantó bien la fiebre. La señora Segura le preparaba sopas nutritivas y ella con Diana iban a su casa llevándoselas. El doctor le prohibió el alcohol. Tres meses después, Cyprian estaba curado y se tomó sus tres primeras botellas de ron con Coca-Cola. Entonces se creyó inmortal.
Diana Segura tenía la misma edad pero ninguna de las libertades de su amigo. Aún tenía que escabullirse del cerco protector que sus padres montaban alrededor de la casa, asustados de que Diana ya tuviera media docena de pretendientes. Diana cruzaba Los Sanitarios sin avisarle a nadie, para interrogar a Cyprian, para que éste le explique en privado cómo era ese país del que regresaba –y ese universo de fotos con que Cyprian empapeló las paredes de su cuarto, donde él parecía una especie de rocanrolero hippie. Entonces Diana supo que Cyprian –a quien ella solo recordaba montado sobre una bicicleta de rueditas y vestido con pantaloncitos cortos– cultivaba en su habitación una planta mágica. El Duro le ofreció a Diana ser su chamán particular, en sesiones especiales para ver el pasado y mejorar el futuro. En estas reuniones secretas, los hijos menores de ambas familias aprendieron los secretos de la pubertad.
Esos días explotó la bomba. El grupo terrorista Sendero Luminoso no estaba muy contento con la rapidez con la que el gobierno de turno estaba desarticulando su organización. Así que decidió reventarles a los de la IBM, al frente de Los Sanitarios, un automóvil con 300 kilos de anfo y de dinamita. Tal como habían resistido muchos años atrás los embates de un gran terremoto, los muros de ambas casas probaron ser a prueba de bombas. Los que se desplomaron fueron todos los vidrios de Los Sanitarios y, durante algunos días, la ignorada calle estuvo en los mapas.
“Toda la ciudad de Lima pasó a curiosear”, le contó Nicolás en una carta a su amigo Tadeusz. “Me encontré con una compañera del colegio y con su mamá, en el centro de mi sala. Me dijeron que pasaban en el auto y se les ocurrió entrar a las casas a mirar. Un pedazo del motor se estrelló contra nuestra pared, hizo un forado, rebotó y estuvo botando humito un buen rato en el medio del jardín. La IBM no quiere pagarnos ni un sol, y Defensa Civil solo nos ha dado cinco planchas de triplay.”
La familia Durozowsky había soportado entonces otra bomba mucho más devastadora que la de la IBM. Tadeusz se lo contó a su amigo Nicolás en una carta: “Mi papá nos dijo que hace muchos años que tiene otra relación con una señora de Costa Rica. Se fue de la casa y ahora todo está de cabeza. Ryzard y mi mamá se regresan pronto a vivir en Lima. Nicolás, tengo que acabar este semestre, pero ni bien termine yo también me regreso al Perú.” A los señores Segura no pareció sorprenderles demasiado la noticia: ya sospechaban que en Costa Rica no había tantos árboles que salvar.
Nicolás había adquirido la costumbre de robarse la camioneta de su padre por las noches. Se iba a visitar a una noviecita chiclayana y flaca, medio poeta, que le tocaba guitarra y con quien cantaba nueva trova hasta el amanecer. Nicolás devolvía la camioneta por la mañana, apurado; y se escapaba hacia la universidad, para evitar los colerones de su padre y sus: “nunca necesité de un auto para enamorar a tu madre”. Hasta que uno de aquellos días, al amanecer, mientras metía la camioneta en el garaje, vio a Ryszard, el segundo de los hermanos Duros, parado al lado del ficus, fumándose un cigarrillo: era su primera mañana en Lima. También llevaba una barba rojiza y desordenada. Acababa de llegar a su casa desde el aeropuerto, junto a su madre. Nicolás dio media vuelta a la camioneta y se lo llevó para que reconozca la ciudad. Fueron a una cantina. “Mi viejo entenderá”, le dijo a Ryszard, mientras le explicaba el asunto de la camioneta robada.
Tadeusz, en unas cartas cargadas de condenas a la adolescencia y al sistema gringo, le había contado a Nicolás sus aventuras de dormitorio. Al parecer –según le confirmó Ryszard aquella mañana– era cierto lo que se veía en las películas: los chicos podían ingresar o salir de los cuartos de sus mujeres por las escaleras de incendios o colgándose de las ramas de los árboles. Nicolás, en otra carta, le confesó a su amigo que había perdido su virginidad en un prostíbulo, en el entretiempo de las clases de su academia preuniversitaria. También le contó, en dos cartas extensas, de su relación romántica con la poetisa chiclayana, confesándole a su amigo que allí donde él quería ir, su enamorada no lo dejaba llegar. “No me puedes tocar ni las tetas hasta que nos casemos”, le había dicho ella, cuando Nicolás se arriesgó y metió ambas manos debajo de su camiseta.
“Tadeusz viene a fin de año” le dijo Ryszard al depedirse, casi al mediodía, mientras Nicolás dejaba la camioneta en el garaje y se escapaba hacia la universidad.
Y así fue. Pronto llegó la carta de Tadeusz anunciando su regreso. Volvía con un bachillerato en antropología, ansioso por retomar la vida en su país. Nicolás decidió que el día de la llegada de su amigo, se robaría la camioneta para recibirlo.
Llegó la hora. Nicolás ya arrancaba la camioneta apurado cuando vio, cruzando Los Sanitarios, el auto de Los Duros. La señora le hacía señas. Ella no podía ir al aeropuerto a recoger a su hijo. “¿Quieres ir con ellos?” le preguntó, señalando el auto. Allí estaban Ryszard sentado al volante, Cyprian de copiloto y, en el asiento de atrás, con las manos cruzaditas sobre sus blue jeans bien apretados; y con el cabello largo y limpio amarrado en una colita, estaba sentada Halina.
En el aeropuerto, esperaron a Tadeusz apoyados contra la barandilla de las llegadas internacionales. “En el cuarto de Ryszard encontré una historia tuya sobre tu colegio. Me he reído mucho” dijo Halina. Nicolás notó que sus dientes frontales habían retrocedido y dejaban ver mejor la carnecita de sus labios. Sintió que la vida le daba otra oportunidad.
Llegó Tadeusz. Nicolás y su amigo se abrazaron con fuerza. Conversaron mientras caminaban hacia el estacionamiento y mientras encajaban su enorme equipaje, a la fuerza, en la maletera. Tadeusz le dijo que sus planes eran obtener un doctorado en Lima y ponerse a trabajar en algún proyecto de desarrollo social con las comunidades del campo. No quería irse del país. “El Perú está cambiando. Ahora hay futuro” dijo Tadeusz; y Nicolás asintió –pensando en la captura de los cabecillas de Sendero Luminoso y en los buenos indicadores económicos de fines del siglo XX.
En el auto en que regresaban al barrio de Los Ingenieros, Nicolás les sugirió ir a un bar, a tomar unos tragos y a brindar por el futuro de las dos familias en el Perú. A recordar los viejos tiempos de Los Sanitarios. “Tú dirás”, aprobaron Los Duros.
Y se fueron. En ese auto donde apenas si entraban. Ryszard manejaba, su hermano Tadeusz iba de copiloto –después de mandar atrás a Cyprian, a quien no le molestaba ceder el asiento a su hermano mayor si tenía la ventana para seguir fumando. Al centro iba Nicolás; y a su lado, pegadita, iba Halina.
**
Unos años después del regreso del mayor de los Duros; Nicolás, el mayor de los Segura, se largó del Perú. Consiguió –por intermedio de un tío metido en el gobierno– una beca para estudiar literatura una pequeña ciudad al este de los Estados Unidos. En ese lapso sucedió la primera gran crisis entre ambas familias: el señor Segura encontró a su hija Diana y a Cyprian besándose en el patio de la casa. Todo no hubiera pasado de una pequeña reprimenda, si el señor Segura no hubiera descubierto, escondido detrás de las cortinas de la sala, que el cigarrillo que Cyprian y Diana se pasaban entre beso y beso no era de tabaco. Botó a Cyprian de su casa. También se consiguió el teléfono de su padre en Costa Rica para gritarle en el auricular que su hijo menor no solo se había convertido en un borracho sino también en un fumón. “La borrrragcherrga y la fumaderrrga son cojudeces de adolescentes” dijo el señor Duro, pero el señor Segura le prometió, que si lo volvía ver a Cyprian rondando a Diana, no solo iba a golpear a su hijo; sino que se subiría al avión e iría a Costa Rica para “sacarte la mugre, porque además de ser un hueveras infiel, eres un padre irresponsable”. El señor Segura le encargó a Kike reforzar la vigilancia de su hermana Diana y le prohibió a toda la familia, –incluída a su esposa– visitar a los vecinos.
Desde los Estados Unidos, Nicolás entabló con su amigo Tadeusz una intensa correspondencia electrónica. Nicolás le contó a Tadeusz acerca de sus enormes dificultades para aprender el inglés; y de los trabajos de supervivencia que ejercía en Estados Unidos. “He sido parqueador de autos, mesero, lavador de platos, limpiador de baños y vendedor de ollas”. Nicolás estaba convencido: apenas terminara los estudios regresaría a Lima. Quería escribir una novela y dedicarse a enseñar literatura en una buena universidad.
La noche de su regreso, a escondidas de su padre, Nicolás Segura cruzó Los Sanitarios con una botella. Tadeuz lo abrazó con fervor. Conversaron a lo largo de la noche. Coincidieron en que estaban viejos pero en el fondo seguían siendo los mismos cojudos que crecieron frente a frente en la misma calle. Nicolás le pudo enumerar algunas experiencias con muchachas: sus escaleras de incendios y sus cuartos universitarios. Tadeusz mencionó de casualidad aquella vez en que él regresó al Perú y la tarde que pasaron en un bar, conversando acerca de su futuro. Nicolás reconoció que le daba vergüenza, pero que apenas si podía recordar lo que pasó. Terminó muy mal, vomitó toda la noche. “Halina está viviendo otra vez en Los Mineros”, dijo Tadeusz. Le contó que su prima había estado estudiando en Buenos Aires; pero que había vuelto para buscar trabajo en Lima.
–No se ha casado ni tiene enamorado ¿Por qué no la visitas? En ese bar estuviste abrazándola todo el tiempo ¿De verdad no te acuerdas?
**
Y era cierto que la abrazaba. Como si pretendiera reconstruir el rompecabezas del tiempo perdido, Nicolás les contaba a Los Duros detalles de sus fiestas de cumpleaños: cuando jugaban juntos a las escondidas y su pecho latía contra el tronco del ficus. En esa mesa del bar, entre brindis y brindis, cada cual más efusivo, Nicolás les recordaba sus aventuras en bicicletas; les hablaba de la despedida en el aeropuerto, del dolor que sintieron los hermanos Segura haciéndole adiós al avión en que se marchaban a Washington DC. Nicolás casi lloraba cuando les confesó a sus amigos cuanto le habían hecho falta, que la vida en esos años no fue la misma sin ellos. Que fueron muy tristes los funerales de Cuki. Y después, unos segundos antes de enterrar la cabeza entre sus brazos y quedarse dormido, pasó los dedos entre los cabellos limpios de Halina, la besó en los labios y le ofreció que escribiría, dedicándosela a ella, una nueva historia. Le dijo que la llamaría “Los Duros”. También le prometió que, apenas la terminara, la iría a buscar. Y que entonces, venciendo el miedo, la invitaría a salir.
–¿Sabes que yo le puse el nombre de Cuki? dijo Halina.
Nicolás recuperó el aire. Las calles del barrio seguían en silencio. A ella se le veía más bonita. Más mujer.
–No tenía ni idea.
–Mis primos tenían una sarta de nombres horribles: Mercurio, Burbuja, Lobo (¿puedes creerlo?) Cuki era el nombre del perrito de mi papá, antes de que nos mudáramos a este barrio. Soy muy buena poniendo nombres. Y apodos también.
–No me digas
–¿Quieres que te diga cuál era el apodo que te puse a ti? Te lo puse por esa época en que te la pasabas rondando por la calle frente a mi casa, montado en tu bicicleta. Eras todo un espía.
Nicolás sintió que su rostro enrojecía. Y supo entonces, con una vaga certeza de escritor primerizo y romántico, que la historia de los Segura y los Duros –después de tantos años y de tantas vueltas– tendría final feliz.
Camino al Sur. El Restrepo es un barrio con cierto aire a zona industrial. Las calles son como figuras geométricas y en una de aquellas, angosta, se apiñan los hoteles escondidos, las puertas de entrada a rinconcitos y garajes.
«10,000. 3 horas» dice un cartel en uno de los edificios. Aceptamos. No nos hacen preguntas, solo nos extienden una llave de habitación en el tercer piso. Por un megáfono se anuncia que estamos subiendo. Tal vez es un tema de seguridad.
«Estense listos» dicen. Limpian los trastos. Y entonces ella hace un movimiento entusiasmado con los dedos (juega con ellos) y con los ojos.
Era un cuarto pequeño. Una cama grande con sábanas que parecían no estar tan limpias. En el televisior programaban una película que solo se podía ver en las habitaciones del hotel. Porno del peor. Eran dos morenos obesos: obesos como yo. Me miro en el espejo mientras ella se coloca de espaldas para que yo me deshaga de su brassiere. Y entonces me río. Como un gran tonto, intentando encontrar una frase que se ajuste al momento. Y me hundo en ella. En El Restrepo.
De aquella vaga memoria solo me queda firme, la espléndida imagen de tu rostro encendido mientras tus caderas se movían; y la de tu silencioso duchazo antes de irnos.
Este es el artículo publicado esta semana en mi blog de FronteraD
The cure for anything is salt water. Sweat, tears, or the sea»
Isak Dinesen
Una tarde creí ver el mar en Madrid. Era junio y yo deambulaba cerca de un castillo donde mi guía decía que vivía el rey. Al lado se veía una gran cantidad de cielo y yo, ingenuo, mal acostumbrado al paisaje limeño, le dije: «Ahí tiene que estar el mar. Ahí debería de estar el mar». Aquella noche, en una disco cerca de Lavapiés, discutimos aquella sensación. «Jamás podría vivir en una ciudad lejos del mar», me dijo ella. Y coincidimos, tal vez tercermundistamente, que incluso en los días más ajetreados de nuestra experiencia limeña, saber que el océano estaba a un paso, así solo fuera para observarlo, hacía más llevaderas nuestras vidas.
Nueva York está rodeada por el mar. Sus residentes han conservado espacios que aprovechan la cercanía de la metrópolis al agua. Es cierto que la mayoría de postales representan a Newyópolis en complicidad con el Hudson –ese río de proporciones amazónicas que sube y baja desde la zona montañosa de los Adirondacks–; pero el agua del Atlántico alimenta a este río que los primeros exploradores españoles bautizaron alguna vez como San Antonio. Además, las playas de los neoyorquinos no son dulces.
Mis primeros veranos, cuando dependía de los vehículos de parientes, la experiencia playera consistía en expediciones de muchas horas hacia Long Island, en las afueras de la metrópoli. Allí están las arenas más visitadas: Jones Beach y Long Beach, cuya popularidad transforma al tráfico del fin de semana en un infierno. La cerveza debe ser consumida a escondidas, y la comida debe ser protegida de unas gaviotas gordas como puercos que deambulan alrededor de los cientos de tachos de basura colocados cada veinte pasos sobre la arena. Sin embargo, al conocer mejor las rutas del tren subterráneo, mi oferta playera se amplió: cuatro de los cinco barrios que conforman Nueva York tienen arenas que moja el Atlántico.
La más conocida es Coney Island, en la punta sur de Brooklyn. Antes de la invención del automóvil, este era el único destino veraniego de los neoyorquinos. Aún quedan vestigios de su vieja gloria. El viento y las llamas se llevaron a los lujosos y colosales hoteles a la medida de las ambiciones del país; pero aún están allí tres de sus principales atracciones, que reciben cada verano a la sudorosa marea de visitantes: los juegos mecánicos –incluyendo al Cyclone, la primera montaña rusa–; el maravilloso Acuario de Brooklyn, y el restaurante donde los americanos dicen haber reinventado el hot-dog: Nathan’s, que cada 4 de julio revive su fama cuando un grupo de trogloditas compiten para ver quien es capaz de embutirse más salchichas en la boca.
Muy cerca de Coney Island, a poco más de media hora de caminata, está mi playa favorita: Brighton Beach. Es el balneario tradicional de los inmigrantes rusos. Cuesta creer que estando tan cerca de Coney Island sea una playa tan distinta. Coney Island es ruidosa y muy juvenil. Brighton Beach es familiar. Lo que más abunda en Coney Island son jóvenes retozando en la arena. Allí el sexo es un elemento que vibra en el ambiente. Sobran las miradas lascivas. Brighton Beach, al menos en mi experiencia, es más calmada. Lo que abundan son familias: abuelas rusas muy gordas, padres de familia panzones, criaturas que saltan en el agua. En Brighton Beach podía leer un libro y escuchar el mar. En Coney Island era imposible alejarse lo suficiente de los muchachos con equipos de radio o gargantas a todo volumen. En invierno, ese paisaje es muy distinto. Ver la arena de Coney Island cubierta de nieve, con la sombra de sus parques de atracciones silenciosos, es todo un espectáculo.
Un verano me doblé el tobillo. Coincidió con la primera visita de mis padres a mi pequeño departamento en el Bronx. Les anuncié que visitaríamos una parte de la ciudad donde se reposara y no se tuviera que caminar (Ambos estuvieron de acuerdo. Sus anteriores visitas –al Nueva York turístico– estuvieron cargadas de subidas y bajadas por las escaleras del subway, y por caminatas de muchas horas entre calles y parques, no muy condescendientes con sus piernas sexagenarias). Además de Coney Island y Brighton Beach, llegamos en un bus hasta Orchard Beach, en el Bronx, una paradisíaca frontera con el mar, que la población hispana convierte cada fin de semana en una fiesta, llena de sabores tropicales, salsa y bachata. También fuimos en el tren, cruzando una bellísima zona de pantanos, hasta Far Rockaway Beach, en Queens. Es una playa de aguas turquesas, de arena blanca entre las que se puede ver a los cangrejos cavando hoyos. A esta playa hay que llegar de día, pues está muy cerca de barrios peligrosos. Se puede llegar sin cruzarlos, pero nosotros, novatos, tuvimos que caminar por una calle de casas abandonadas, sin puertas ni ventanas, con sus habitantes desarrapados, con la mirada rojiza y perdida, que nos observaban mientras deambulaban como zombis, bien abrigados en el calor del verano.
El barrio menos conocido es Staten Island. Los neoyorquinos recomiendan a los turistas subirse al ferry gratuito que conecta a ese barrio con Manhattan, solo para ver de cerca la Estatua de la Libertad. A llegar a Staten Island hay que bajarse del barco, darse una vuelta de un par de minutos por el terminal y tomar el ferry de regreso. Nunca había puesto los pies afuera del terminal, hasta que se nos ocurrió ir a South Beach, una preciosa playa de arenas rojizas, de apariencia muy familiar, con un malecón menos bullicioso que el de Jones Beach y con impresionantes vistas del puente Verrazano y la costa de Brooklyn.
A más de dos horas de la ciudad, queda una franja de playas que recién descubriría años más tarde gracias a la relación con la familia de mis esposa: los Hamptons. La surferísima Montauk y otra docena de pueblos ubicados en la punta de la Isla Larga (Long Island) fueron en algún momento el paraíso de pescadores y de balleneros. Durante el siglo XX se transformaron en lugares privilegiados para el veraneo de las familias más acomodadas de Nueva York. Allí se mudan en los meses de verano muchos artistas y millonarios (la familia de mi esposa, lamentablemente, no es ni lo uno ni lo otro). Alguna vez, aquí pasaron el verano Los Beatles. Paul McCartney aún mantiene una residencia frente al océano. Aquí se prometieron amor eterno los divorciados Alec Baldwin y Kim Basinger. Billy Joel le ha dedicado algunas canciones a esos territorios; y John Steinbeck se refugió al lado de esas playas para escribir algunas de sus novelas. Los Hamptons tiene un encanto que proviene de que los habitantes han sabido conservar su paisaje semi salvaje, protegiendo a las especies animales que aún se reproducen y caminan con libertad por la zona. No es dificíl tropezarse con una tortuga o una familia de pavos salvajes cruzando las pistas, ni que decir de los venados. Los pobladores también han conservado, con sacrificio y mucha lucha, una rica tradición granjera; y aún quedan extensos terrenos dedicados al maíz, papas, viñedos, entre otros cultivos. Los millonarios del verano, a quienes los habitantes locales detestan, pues encarecen los precios y malogran el tráfico; conviven y comparten con los lugareños estas magníficas playas con vista hacia el Atlántico.
Esta semana calurosa, mientras observaba una zona protegida para las aves (East Hampton ha decidido mover sus tradicionales juegos artificiales del 4 de julio al mes de octubre para que no perturben el período de incubación de una especie de aves en peligro de extinción); al lado del cual tomábamos el sol yo y otros bañistas, pensaba en esta combinación del mar y la salud, en esa famosa frase de Dinesen que he puesto en el epígrafe. Es cierto: existe una estrecha relación entre la salud y el mar.
Y recordé otra vez aquella ocasión en que creí encontrar el océano en Madrid. Lo siento por ustedes madrileños, no sé como pueden. A mí tampoco me gustaría vivir lejos de él.

¿Cuántas razones tenemos para no conocer el mundo? Pocos seres humanos se dan el lujo de recorrer las trochas de lugares considerados exóticos, o de deambular por valles que no figuran en el mapa, compartiendo noches con las estrellas, pasando hambre con la ilusión de guardar algún dinero para llegar más allá, para vivir la próxima aventura.
Para algunos de nosotros, la próxima aventura es una entrada apurada en una oficina o en un salón de clase, una cadena de minutos que se suceden desde la hora de entrada hasta la hora de salida. Para otros, aventura es conocer. Perderse entre gente a la que jamás hemos visto, vivir algún tiempo sin ningún plan, dejar que esa gelatina que une a cada parte de lo que existe en el universo nos envuelva y nos haga sentir parte de un todo gigantesco, de un organismo único compuesto por individuos, por naturalezas, y por espacios distintos.
El deseo de conocer nos lleva a conocer. Y nada puede reemplazar a esa sensación de estar allí. Lo sabes tú también. Aquello que aprendió Thoreau viviendo al lado de una laguna en New England o Christopher McCandless en su viaje de descubrimiento hasta Alaska, no lo podrás comprender del todo ni aún leyendo varias veces Walden, ni repasando una y otra vez las escenas de Into the Wild. Cada una de esas historias pertenece a sus protagonistas. Ellos sacaron de aquellas experiencias enseñanzas, que les permitieron lidiar con sus propios conflictos y obsesiones. Lo que sí se puede encontrar muy claro en ambos casos –y en el de muchos otros que antes y después de ellos vivieron aventuras parecidas– es que gran parte de la felicidad de esa experiencia es compartirla, así sea solo para servir de guía y motivar a que otros individos –tal vez más jóvenes o más temerosos del mundo– se animen a vivir sus vidas, y a no dejarse vencer por la falta de dinero o esas otras miles de razones que uno se pone para no agarrar una maleta y viajar por el mundo.
Se puede ser feliz estando solo. Se puede ser absolutamente feliz sin tener un centavo en el bolsillo y sin saber qué depara el siguiente día. Se puede vivir a plenitud y encontrar respuestas a preguntas trascendentales que jamás nos enseñará un libro o una película. Un hombre puede reinventarse y dejar por algún tiempo la sociedad. Puede también encontrar la paz en un espacio sin demasiadas reglas ni trabas: un mundo que aún existe, que sigue allí, esperándonos.
De la película The Book of Eli, me queda la idea–ya bastante trabajada– de un libro que es capaz de ser usado como arma y herramienta de poder ¿Qué otra cosa ha sido sino la Biblia en la historia de Occidente? ¿O el Corán entre los musulmanes? Mircea Eliade escribe en su Historia de las religiones sobre cómo las profecías de Mahoma fueron utilizadas por los jeques del desierto en su propósito de unificar al mundo árabe; igual que la Biblia sirvió a los europeos para colonizar y mantener a raya a quienes dudaban de la autoridad de los reyes. En el futuro post apocalíptico de esta película, al no haber libros sagrados, destruídos por alguna mente lúcida ( harta o tal vez iluminada) el poseedor del libro sagrado tendría el poder de reinterpretar el mundo y de imponer su versión en los demás «Está escrito en El Libro» ¡Qué frase tan poderosa!¡Cuántas empresas titánicas y cuantas otras horrorosas le deben su inicio y su conclusión a esta sencilla oración.
Denzel Washington es un actor versátil. Su actuación sobria, como casi siempre, deja que la mirada se centre en otros aspectos de la historia, que el espectador se ablande de a pocos con los detalles de la barbarie de la guerra nuclear, imaginando la perspectiva de un mundo poblado por ancianos caníbales amantes de la radiola; o que desmenuce a Gary Oldman, ese actor al que todos odiamos desde que supimos que era tan imbécil como para ganarse la enemistad de Winona Ryder.
El universo de Juno–la primera película que pude ver en un flamante equipo BluRay–, descansa sobre todo en los diálogos frescos de la muchacha que es dueña de la ironía y del corazón tierno. A todos nos gustaría manejar un sentido del humor como el que la guionista Diablo Codi pone en labios de su personaje femenino. El embarazo infantil es un pretexto para enseñarnos a una mujer muy inteligente con un coeficiente de coquetería más peligroso que Lolita. Juno seduce con su sentido común. Lo único que no pareciera tener sentido es que se fijara en el nerd de Michael Cera.
Una película que me parece que carece de todo sentido común es DejaVu. Nada salva de la catástrofe a este filme que solo se apoya en la simpática idea de un aparato capaz de permitirnos viajar en el tiempo. Las relaciones entre los personajes son vagas, hay hilos de la trama que quedan en el aire, como si la guayabera al viento de Denzel Washington fuera capaz de camuflar los graves errores de guión.
Dos filmes predecibles, sin muchas pretensiones pero bien logrados: The Great Debaters e Invictus. En el primero, Denzel Washington convence a un grupo de pupilos de una universidad para muchachos negros, a medirse en un debate con los imbatibles gigantes de Harvard. En Invictus, Morgan Freeman personifica a Nelson Mandela, demostrándole a sus paisanos que para curar las heridas del appartheid no hay que mostrarle el puño cerrado a los blancos. El filme, que al igual que The Great Debaters está basado en hechos y personajes reales–destaca el papel de Mandela en la obtención del mundial de rugby para Sudáfrica, y cómo esta victoria fue el símbolo de su esfuerzo por unir a los blancos y negros de su país.





