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The New York Street

Un blog lleno de historias

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Perú

Lima parada

En esta toma de la pantalla del CanalN, un caballo de la policía montada limeña, –con una pierna destrozada–intenta abrirse paso entre la turba de delincuentes del barrio de La Parada.

Ella, que desde la oscuridad me acusaba de ser un ocioso, de inventar excusas para no presentarme a clase, me llamó una tarde sólo para decirme que había estado leyendo la novela y le había chocado mucho uno de los párrafos.

“Yo no puedo ir al Perú hace años, pero cuando llegué a esa línea…era como si tú estuvieras describiendo la imagen que yo tenía de Lima en mi cabeza.”

Yo temo sus llamadas porque con bastante frecuencia las usa para lanzarme críticas o decir alguna estupidez que–por motivos extraños–siempre me afecta. Así que le dije que siguiera leyendo, que me comentara cuando acabara de leerla. En unos meses ella iba a regresar a Lima después de vivir 10 años en Nueva York y yo sabía que le iba a chocar.

“¿Cómo es?¿Cómo se siente volver a ver todo lo que has dejado atrás?” me preguntó.

Me hubiera gustado tener, en aquel momento, la paciencia para describirle la angustia previa. Pero con ella nunca tengo paciencia, o temo que entienda mi paciencia como debilidad y la utilice para burlarse de mis defectos. Así que sólo le dije “No pasa nada”.

Durante ocho años, mi pesadilla recurrente era la de volver al Perú y descubrir que ya no podía regresar. Había terminado mi novela apresurado, con la convicción de que si volvía a ver Lima se iba a arruinar la fotografía que yo tenía de ella. Las imágenes que yo guardaba de mi ciudad–me convencí–no iban a coincidir con ese monstruo en permanente transformación que era la Lima del siglo 21.

Tenía razón–en parte–pues el camino desde el aeropuerto hasta mi casa había sido recuperado al polvo y al descuido. Sin embargo, bastaba salirse algunas cuadras de ese “callejón imaginario de progreso” para encontrarse con la misma ciudad de antes.

La ciudad a la que me refiero, no tiene que ver con las tiendas y los túneles nuevos, si no con algunas actitudes limeñas. Ciertas maneras que tiene el misio para pararse en una esquina, ciertas actitudes que mantiene el achorado para caminar al borde de la calzada, cierta forma de mirar del choro, el delincuente–atento, pero como si lo que hicieran los demás no le interesara.

Vi en Lima una sensación de orden endeble. Como si se le hubiera aplicado al caos una primera mano de pintura, pero aquella primera capa solo sirviera para disfrazar la precariedad. En los viajes siguientes esta sensación se ha ido debilitando. Al parecer ya vamos por la tercera o cuarta capa de orden. Conforme pasen los años es posible que de la Lima de 1999 ya no quede nada.

Los desmanes de La Parada son el recuerdo de lo que sigue mal.

Cuesta creer que esas pandillas de delincuentes vayan a desaparecer de un día para otro. La violencia que vi en la televisión, me hizo recordar la energía negativa de la que yo mismo participaba cuando me metía en el estadio: el ritual delincuencial de la tribuna (del que yo formaba parte por unas cuantas horas) que para muchos barristas significa una forma de vida.

Esa gente del barrio de San Pablo y esos jóvenes que crecen en el cerro El Pino, deben tener una imagen bastante distorsionada de “nuestro” futuro limeño. ¿Son en realidad una minoría? Porque el discurso formal–y la opinión pública–parecen apuntar a que el comercio formal y el modelo económico Gamarra es lo que ambiciona un pequeño negociante. La Parada sería “el pasado”. No sé que tan cierto sea este diagnóstico.

La precaria Lima sin reglas parece estar cediendo el paso a una comunidad integrada alrededor de leyes parecidas a las que sostienen modelos urbanos civilizados. Para que se redondee la ecuación, tal vez también tendrían que desaparecer los negocios que hacen dinero violando la propiedad intelectual (Conseguí 300 canciones de rock en español, en dos CDs, por 2 dólares ) pero dado que la piratería se realiza de modo similar en ciudades del primer mundo–si bien no tan abiertamente como en Lima– ese podría ser un problema no tan estrechamente relacionado con la precariedad limeña.

La cultura es el siguiente paso. Ahí también hay avances.

Fui al teatro después de muchos años. Las caras en el escenario y en la tribuna son multiraciales. Y basta con encender la televisión para comprobar que desde el canal nacional público hasta los privados del cable, la oferta televisiva es mayoritariamente local, las producciones nacionales–sean copias de programas extranjeros o proyectos peruanos originales–van en el camino de crear una identidad nacional reflejada en la oferta televisiva. Es decir: el limeño ve al limeño. El limeño juzga al limeño, se ríe del limeño, odia e idolatra al limeño.

No sólo los artistas locales se están beneficiando de mayores oportunidades de ingresos. Es de esperar que los guionistas se alejen poco a poco de los clichés importados. Así discrepemos con los productores sobre el valor de estupideces mediáticas como Combate o Esto es guerra; el peruano está viendo a peruanos en su pantalla, se está enamorando de las piernas y de los muslos de personas con las que podría cruzarse en la calle. No están muy lejos los tiempos en que lo más inteligente y lo más estúpido de la televisión venía enlatado o que todas las caras en la televisión nacional tenían rostro blanco y ojos claros.

A ella la voy a ver mañana. Estoy seguro que me va a preguntar lo que pienso acerca de La Parada.

Me dijo que le habían robado la cartera (y con ella mi novela) así que no espero ningún comentario constructivo sobre mi escritura. Con suerte habrá leído esta entrada, y antes de hacerme una pregunta, conocerá la dirección y el tono de mis reflexiones.

Le recordaré el párrafo que me mencionó hace algunos años. Creo que será inútil: ella ya estuvo en Lima dos veces, y después de verla, las fotos del pasado tienden a evaporarse.

Quiero pensar que este fenómeno es bueno: que el tiempo borrará–también–el dolor asociado con aquella ciudad.

Aquella salsa

Las canciones de Marc Anthony me hacen recordar la Panamericana Sur. Especialmente una curva en la carretera, a la altura de la quebrada de Agua Salada, donde recibí mi primera lección de salsa:

Escucha hijito. Ésto es música–dijo mi prima, mientras sonstenía el timón de su auto con una mano y con la otra trataba de hacer funcionar la casetera.

La carretera iba al borde de un precipicio. Desde la tapa me miraba un flaco de lentes y despeinado. No recuerdo si fue una sensación cercana al vértigo, ni si aquella tuvo que ver con la fuerza con que aquella música se fijó en mi memoria. Sólo sé que años después–muchos años después–aún escucho cualquier canción de Marc Anthony y vuelve a repetirse en mi cabeza aquella carretera al borde de los acantilados. ¿A dónde íbamos? La Panamericana Sur, que estuvo a punto de desaparecer durante los 80’s, había sido completamente reparada. Las líneas amarillas y blancas brillaban sobre el nuevo asfalto. El viaje entre la playa de Silaca y el puerto de Chala duraba la mitad que cuando la carretera estaba parchada de agujeros. Por lo tanto, no pudieron ser más de cuarenta minutos de música.

No me importa su vida sexual (ni con Jennifer López ni con Miss Puerto Rico);  pero lo escucho y aquella carretera aparece en mi memoria con la música de fondo y un Tercel azul que chilla en las curvas a casi 100  kilómetros por hora…

Jamás fui salsero: un salsero sabe bailar y yo no lo sé. Mi torpeza se extiende hasta la pubertad (¿14 años?), hasta la espalda de una muchacha que me tuvo que detener porque en medio de un quinceañero, sin darme cuenta de nada, siguiendo el ritmo de la salsa con mis dedos en su espalda, estaba a punto de desabrochar su brassiere.

Mis mejores memorias: sentado sobre una silla Comodoy, pegado a la pared, en el salón de la casa de mis primos, durante las fiestas de año nuevo familiares, viendo a tíos y a tías bailando Fuma el barco y Caballo viejo.

También están los recuerdos incómodos: una y otra mujer queriendo enseñarme a mover los hombros, las caderas, a enderezar lo que parecía no enderezable.  Mi madre forzándome a bailar con ella, mi hermana forzándome a bailar con ella. Y en otras ocasiones me veo feliz, ebrio, aprendiendo a dar vueltitas, a repetir el mismo paso una y otra vez, o marchando abrazado al tren interminable mientras los parlantes anunciaban que yo dejé mi corazón que sólo vive, en un mágico rincón de mi Caribe.

Pero si escucho: Yo que te conozco bien, me atrevería a jurar que vas a regresar que tocarás mi puerta... la memoria viaja hacia una geografía específica y a un tiempo específico de mi adolescencia.

Creo que se debe a cierto tipo de barrera inconsciente: a mí me gustaba andar con los chancabuques altos y la camisa de franela. No me gustaba el sistema. Me gustaba el rock subterráneo y no la salsa, porque la salsa era parte del sistema. Todo lo que sucedía en la radio era parte del sistema. Y para aquel muchacho que era yo, el iluso que creía marchar a los márgenes de la sociedad, Marc Anthony no podía pasar aquella barrera.

Sin embargo, él la pasó.

Hoy lo escucho en el auto mientras marcho a comprar lo que necesito para sobrevivir al desastre. Por estas calles de troncos caídos, su voz sigue llevándome a una época en que la música y el amor eran lo más importante. Avanzando con cautela hacia una tienda A&P, sin querer pensar en otra cosa que una lista de víveres, aparece su voz y mi mente viaja hacia el pasado, hacia aquella carretera donde Llegaste a mí.

La amargura

Juani amaba a Perséfone. En las horas muertas de la tarde, cuando terminaba de recoger las frutas maduras y de pasear a caballo, vigilante entre las matas de aquella tierra que le pertenecía a su familia; Juani imaginaba a Perséfone con él. Su padre se la había llevado a Lima a la fuerza, con el cuento de que tenía que estudiar.

La discusión empezó en la casa de ella. El tio Jesús llegó de la chacra y empezó a decirle que se tenía que ir a Lima en dos meses, que ya había conversado todo con la tía Olivia, que tenía un cuarto para ella y hasta se podía llevar el auto porque con el crimen que había en Lima era necesario. “Ya eres una mujercita, necesitas ponerte formal” le dijo el tío Jesús, que curó las quejas de su hija con una cachetada. Fue tan fuerte que Juani, sentado a su lado sobre el sillón de la sala,  tembló como si se la hubieran dado a él. “No me discutas, Persi”, dijo el tío Jesús, y se fue para la bodega a verle el agua a sus aceitunas.

Al día siguiente y durante las semanas que siguieron, trataron de olvidarse del tema e hicieron su vida normal. Juani la esperaba a la salida del colegio, la acompañaba hasta su casa, almorzaba con ella y con su tía, regresaban a la casa de Juani y si no había nadie (casi nunca había nadie en casa de Juani) se encerraban en el dormitorio. Una de esas tardes, más caliente de lo normal, a Juani se le antojó que se lo quería hacer por atrás y Persi se dejó. Se quejó por un instante del dolor, pero al final fue como si lo hubieran hecho siempre; y se quedaron empapados de sudor, abrazados, él encima de ella. Luego se sentaron en la sala a ver una película de la tele. Después caminaron hacia el río. Juani le enseñó como domaba a uno de los caballos de su padre que se estaba portando chúcaro. Cuando la tarde enfrió, se fueron para la casa de Persi. Sentados en la mesa del comedor, la tía Rosa y sus cuatro hijas–Perséfone era la mayor–jugaron a las barajas hasta muy tarde. Como otras tantas noches, el tío Jesús nunca llegó a dormir.

Una de aquellas tardes, a Juani le trajeron del correo una postal de su hermano Damián, que vivía en Los Angeles. Él y su novia gringa le mandaban una postal de un viaje de vacaciones (la postal venía desde la ciudad de Vancouver). “Te extraño hermanito” escribía él detrás de la foto, antes de firmarla: Lauren y Damián .

Siempre que le llegaban noticias de su hermano, Juani se ponía de mal humor. Perséfone sabía que le tocaba estar atenta. A la primera ocasión le gustaba soltar cosas como “Me voy a ir a vivir a California”. Sin embargo esta vez–quizá porque Perséfone se iba y aquella amargura dolía tanto que le cerraba la boca–no dijo nada. La postal se quedó olvidada en la cocina. Miraron televisión en la sala hasta pasada la medianoche, cuando Perséfone se despidió y se fue. Desde la puerta, Juani la vio cruzar la plaza.

Al día siguiente, muy temprano, le vinieron a dar la mala noticia: El tío Jesús había esperado a Perséfone, sin decirle nada la arrastró hasta su camioneta y se la llevó a Lima.

–Son siete horas, ya debe estar allá.

Juani nunca recordaba si fue él quien hizo el comentario acerca de las horas del viaje y la probabilidad de Perséfone llegando a Lima, a la nueva vida que su padre le ofrecía. De todos modos, aquella mañana en que Juani intentaba hacer su vida normal, miró una y otra vez las calles de Jaquí y sólo vio lo que siempre había en aquellas calles: polvo. Y le llegaba con claridad, la sensación que acompañaba aquella vista: sentía que se convertía en una especie de bicho, sin alas, un insecto que se arrastraba sobre el polvo, atrapado por aquél paisaje desierto que lo descorazonaba.

Todo el colegio

La puerta de fierro se ha ensanchado

Para que entren todos.

“Educación para los anacoretas del mundo”

Reza el letrero que escribió el Padre

Lanssiers con tinta negra.

Pero nadie entra.

Las narices de los niños

Se han quedado pegadas a la luna

Que separa a todo el mundo del colegio.

Hay silencio

Un silencio pegajoso

Que retumba en las orejas en atención.

Mi oreja,

Se ha roto al oír el estrepitoso sonido del silencio

Y entre la tumba de concreto

He gritado.

La profesora de los ojos negros

Se ha espantado

Sus lentes cayeron hechos trizas

Sobre los últimos capítulos

De mi extraordinaria pesadilla.

Tras el vidrio que separa a los niños del colegio

Se comenzó a separar el mundo.

Una inmensa grieta

Se suspende sobre el aire

Una gota de lluvia se esconde

En el abismo

Por ahí se sumerge el examen

La profesora, su pupitre, el colegio,

Yo.

¡Sobre las últimas palabras

del Apocalipsis estalla mi voz!

Revienta y el estruendo de otras olas

La poseen.

Se ha acabado el colegio: ¡Misericordia!

Allí abajo en la gruta que se ha hecho,

Me espera un cuervo,

Un lapicero, un profesor,

Un gallinazo, un perro,

Una hoja del examen de admisión.

Lima, 19 de noviembre 1989

*Este poema fue escrito poco antes del último día de clases al terminar la secundaria. Lo he encontrado este verano, entre otros papeles bastante viejos.

Los insoportables peruanos

Esta es la entrada publicada el 17 de noviembre en la bitácora Newyópolis de FronteraD

Somos una peste cuando empezamos a hablar de nuestro país. Lo reconozco. Se nos va la lengua mientras enumeramos mentalmente las callecitas orinadas de las ciudades serranas, las piedras desordenadas y casi siempre abandonadas; y los paisajes infinitos que hemos conocido –la mayoría de nosotros en tediosas y complicadas mini-aventuras de viajes de promoción o de fines de semana largo (muchas veces semi o totalmente alcoholizados)– para confirmarnos, ante el mundo entero, que venimos de una tierra maravillosa.

Cuando nos ponemos a hablar del Perú frente a los ignorantes que se arriesgan a indagar sobre nuestro país, se repite aquella escena de las tiras de Mafalda en que ella le pregunta al padre sobre sus años de servicio militar. Si nos jalan la lengua la víctima tiende a ser sumergida, sin compasión, en esa larga lista de exageraciones que conforman las “verdades” de nuestro patriotismo: la capital gastronómica de América; el milagro económico (que nadie sabe a quién adjudicárselo); el auténtico pisco, la reserva biológica de la humanidad, la cuna de la papa…etcétera. Tendemos a indigestar con la violencia de un rocoto relleno arequipeño sobre el estómago poco preparado.

No sé si suceda lo mismo entre otras tribus de Newyópolis. Me ha tocado conversar con españoles a los que es difícil contradecir cuando empiezan a enumerar la calidad de vida en sus pueblos (pre-recesión europea) allá en la península; con colombianos que me han dado clasecitas magistrales sobre la calidad única de su café y la pureza de su castellano; con un turco que comparó a sus playas mediterráneas con el paraíso; y con algún argentino que me repitió en alguna época (también pre-recesión) que Buenos Aires es la Nueva York del sur. Pero repito, ninguna tribu tan capaz de exagerar sin argumentos ni tan insoportable cuando habla de su país como la nuestra: la peruana.

Claro que a veces los otros se la buscan. Nos mencionan algún ají de gallina –que nosotros sabemos mal hecho– como lo mejor que han comido en su vida; o nos dicen–como un amigo brasileño–que su sueño era morirse tocando flauta en las alturas de Machu Picchu. De repente nos sorprenden con su conocimiento de las 8,000 variedades de nuestra papa y nos jalan la lengua comparando un viaje al Perú en la época del terrorismo (mucho peor: en la época en que Alan era presidente y Gorgojo Del Castillo era alcalde de Lima) con su última travesía durante este año donde se empacharon en cuarenta restaurantes distintos y subieron 8 kilos mientras miraban el mar, alucinados por la transformación de Lima.

Me duele reconocerlo, pero los peores peruanistas–es decir los más acérrimos–son los chilenos. Es como si se sintieran culpables de algo. Ni bien reconocen tu peruanidad te dicen de frente que el pisco no lo crearon ellos, que es un hecho evidente que el pisco peruano es más rico que el chileno y que ellos solo han sabido comercializarlo mejor. O les pongo el caso de un poeta mapochino, moderno y antipoeta hasta el tuétano, que con casi 60 años en la brega literaria me soltó en la cara que “Neruda no es nadie si lo comparas con Vallejo”.

¿Qué responderle? Si nuestro ego ya está demasiado torcido por nuestra auto complacencia. Si nuestra sangre ya casi corre en chorritos blanquirrojos. ¿Cómo evitar hablarles de nuestro último viaje a la bellísima sierra de La Libertad donde Vallejo creció incubando esa dulce tristeza que impregnaba sus versos? Y si una amiga serbia nos dice al vernos–casi conteniéndose de abrazarnos al saber que somos peruanos–que estuvo en Cuzco y Machu Picchu y que aquella fue la experiencia más impresionante de su vida ¿Cómo no mencionarle las recién descubiertas estructuras de Choquequirao, en un paisaje tan imponente como el que ella acaba de visitar? Y si nos jalan la lengua no nos queda otra cosa que hablarles de las ruinas de Sipán y su museo; de Kuélap, de la momia Juanita en Arequipa, de Caral, la ciudadela más antigua de América; de la Semana Santa ayacuchana, etc.

En fin. Creo que me entendieron. No quiero ser comparado con un rocoto relleno.

Los Duros

La semana anterior la revista literaria Luvina de la Universidad de Guadalajara, México –la misma que organiza todos los años la muy concurrida Feria Internacional del Libro– publicó en su edición Otoño 2011  el cuento Los Duros, una primera versión de una historia que he venido trabajando desde el 2010.

Aquí pueden entrar a Los Duros de Luvina; pero también les dejo en este blog la última versión de la historia.

Hay diferencias en la voz del narrador, en el principio y en el desenlace. Me parece que hay un mejor trabajo de los elementos de ficción en esta última. Pero es difícil para mí juzgar–porque leyéndola me doy cuenta que el narrador en  primera persona tiene un efecto muy distinto en Los Duros de Luvina– si una versión es mejor que la otra. Lo dejo a su consideración. Solo espero que alguna les guste.

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Los Duros

–¿Te acuerdas de Cuki? preguntó Nicolás.

Estaba parado frente a la puerta de la casa de ella, esperando una respuesta. Se arrepintió de la pregunta. Muy tonta. Un perro: después de tantos años de lo único que se le ocurría hablar era de un perro. Miró la calle: nadie caminaba por las aceras. En otros barrios los jóvenes se apropiaban de las veredas. Había pandillas que secuestraban esquinas y creaban espacios para la amistad y el amor. Este era un típico barrio sin vida. Miró otra vez alrededor: paredes altas, cercos eléctricos, calles anchas y vacías. Pero sí había historias. Historias que merecían ser contadas, como ésta que sostenía entre sus manos: la historia de “Los Duros”.

Los Duros (Duro-zows-ky) tenían un perro que se llamaba Cuki. “Galletita en inglés” les explicaron los Duros a sus vecinos, los Segura. Los pelos le tapaban ambos ojos pero eso no impedía que Cuki cruzara la calle corriendo, ciego detrás de sus amos.

Los Duros fueron los únicos amigos de los Segura en aquél vecindario: la Urbanización de la Cooperativa de los Ingenieros. Allí había calles que rendían tributo a los ingenieros agrónomos, otras a los ingenieros químicos. A nadie se le ocurrió discriminar a los ingenieros sanitarios. De ese modo nació el nombre la calle más larga e iluminada de aquella urbanización. Frente a frente, sobre Los Sanitarios, vivían los Segura y los Duros.

El señor Durozowsky era polaco. Un ingeniero forestal corpachón y barbudo. Cuando hablaba siempre parecía estar rumiando algo, con una sarta de groserías en un español que arrastraba las erres. La señora Durozowsky era una profesora con gafas gruesas, a quien los Segura jamás vieron sin algún libro entre las manos. El  señor Segura era ingeniero civil, retaco, con un bigotazo negro y una generosa panza. Tenía un singular talento para responderle al polaco con doble sentido pero sin usar nunca una mala palabra. La señora Segura era una prolija ama de casa con ojos inquietos, lectora voraz de la página de consejos nutritivos de la revista Buen Hogar.

El señor Segura y el señor Durozowsky se encontraron por primera vez en la época en que había que estacionar el auto a un kilómetro del proyecto de la urbanización –en un claro entre unas plantaciones de maíz– y hacerse camino a machetazos. Duro le invitó a Segura una cerveza que llevaba en su Combi. Le dijo que viajaba por todo el mundo. Segura sacó un destapador de la guantera de su Volkswagen Escarabajo. Respondió que él viajaba por todo el Perú.

De una mata de maíz a otra, enfangándose los zapatos, contando los pasos y buscando en sus planos las líneas azules de sus futuras casas, descubrieron que iban a ser vecinos. Se abrazaron y se dijeron convencidos: “Nuestros hijos serán amigos”.

Nicolás Segura, el mayor de la familia, nació la mañana en que los obreros plantaban los fierros del primer piso de la que sería su casa. Tadeusz Durozowsky, el primogénito de los Duros, vino al mundo una semana después. Kike Segura nació al año siguiente, mientras se inundaban los techos con cemento. Ryszard, el segundo Duro, un mes luego. Los Segura y los Duros se mudaron a Los Sanitarios el mismo día, tras la segunda mano de pintura, antes de un gran terremoto. Comprobaron que la Urbanización de los Ingenieros duraría siglos: sus casas se remecieron pero siguieron en su sitio.  Ambas madres se encontraron en el centro de Los Sanitarios. Los mayores,Tadeusz y Nicolás, de pie a su lado, en pantaloncitos; Kike y Riszard, los segundos, envueltos en pañales, en sus brazos. Los padres se invitaron cervezas esa noche y brindaron por las construcciones antisísmicas y la ingeniería moderna.

El Cuki llegó por la época en que nació Cyprian, el tercer Duro. Era una bolita de pelo. Tadeuz y Ryszard cruzaron Los Sanitarios para mostrarles el perro a sus vecinos y la señora Segura casi lo pisa. Su barrigota de embarazada le impidió verlo. De ella estaba por salir Diana, la Segura menor.

Las madres cruzaban Los Sanitarios para compartir en sus salas los detalles de la vida asoleada de su vecindario rodeado de cerros, de paredes altas, de casas apiñadas una contra otra. Se quejaban de la lejanía de los supermercados, de la distancia de la playa. La señora Durozowsky le recomendaba a su amiga un buen libro; la señora Segura le proporcionaba a su vecina los últimos datos para preparar una sopa rica en proteínas y baja en grasas. Los niños se escabullían a los jardines: unos cuadraditos de césped donde jugaban a enterrar juguetes, a trepar árboles y a masacrar chanchitos de tierra.

Los televisores permanecían apagados y bajo llave porque ambas madres coincidían en que eran perniciosos. A cambio, les ofrecieron a sus hijos bicicletas. Querían que con ellas conquistaran el mundo. Tadeusz y Riszard, los Duros mayores, siempre se enfadaban con Cyprian, quien chiquitito y montado sobre su bicicleta de rueditas pretendía acompañarlos en sus expediciones. Nicolás y Kike Segura, se escapaban de Diana, asustados de sus pequeñas ambiciones en triciclo. Una vez descubrieron a Cyprian y a Diana siguiéndolos. Los Segura tuvieron que volver para encerrar a su hermana; y Los Duros regresaron a su hermano Cyprian. Antes de abandonarlo en la casa bajo llave, Tadeusz le destrozó las ruedas de su bicicletita a patadas, mientras le gritaba que aprendiera “a montar como hombre”.

Algunas mañanas, Nicolás y Kike jugaban Lego en la casa de Los Duros. Pasaban el día construyendo naves espaciales en el cuarto del mayor, Tadeusz. La diversión terminaba cuando Cyprian aparecía para robarse las piezas. Tadeusz lo arrastraba, pateándolo y jalándolo de un brazo hasta sacarlo de la habitación. Mientras Tadeusz ponía el seguro, Cyprian golpeaba furioso la puerta hasta ponerse a llorar. Después desaparecía, pero al día siguiente regresaba a escondidas y estrellaba contra el piso, una por una, todas las naves intergalácticas.

Había un enorme ficus plantado en el jardín frente a la casa de los Duros. Este era el corazón de sus fiestas de cumpleaños. Entonces los Durozowsky envejecían un año y el mayor de los Segura, Nicolás, se volvía hombrecito jugando a las escondidas; contando del uno al veinte con los ojos cerrados contra el tronco del ficus, para luego salir hacia los recovecos de la calle Los Sanitarios, en búsqueda de Halina.

Halina: la reina de sus sueños infantiles. Era la prima hermana de los Duros y vivía en el mismo barrio, a dos cuadras de Los Sanitarios, en la calle Los Mineros. Halina tenía el cabello largo, rubio y a menudo bastante sucio. Su mirada era azul y sus dos dientes frontales parecían estar siempre a punto de escaparse de aquella boca que Nicolás anhelaba chapar. Tanto la amaba que solo se atrevía a mirarla tres veces al año –en los cumpleaños de los tres Duros– después de contar del uno al veinte contra ese ficus cuyo tronco latía como loco. Hizo algunas locuras: le agarró las manos, le tocó los hombros. Cierta tarde en que ella corría hacia el árbol para salvarse, apretó con desamparo su cintura mientras Cuki lo ladraba. No se atrevió a más: no estaba preparado para los amores polacos.

El padre de los Duros viajaba con mucha frecuencia a Costa Rica. Se había impuesto la misión de salvar sus bosques. La noche anterior, su maleta dormía en la Combi. Los Duros lo llevaban hasta el aeropuerto con horas de anticipación, lo despedían delante del mostrador de Costa Rica Airlines, y regresaban a casa. La señora Dura se sentaba a leer en el sofá de la sala, hasta el regreso de su marido.

Los hijos mayores, Nicolás y Tadeusz, estaban entrando a la misma escuela secundaria cuando el Perú le quedó chico al señor Duro. Consiguió un trabajo muy bien pagado para proteger los bosques de Costa Rica desde una oficina en Washington DC. El señor Segura cruzó Los Sanitarios con un whiskey de despedida y en la sala de Los Duros compartió con su amigo hielos e impresiones: El país se estaba yendo al diablo. Había que escaparse antes de que zozobrara el barco.

Al regresar del aeropuerto, tras despedir a sus amigos, Nicolás, Kike y Diana se sentían como los familiares de esos sicilianos de las películas que se iban para América. Estaban convencidos de que Los Duros aprenderían a jugar al béisbol y no regresarían jamás al Perú.

Cuki se quedó en la casa de los Duros, al cuidado de los inquilinos. Su prima Halina tampoco se movió de aquel barrio. Sin embargo, a falta de los cumpleaños de Los Duros, Nicolás solo la vería crecer desde lejos, alrededor de la calle Los Mineros ––dando interminables vueltas frente a su casa, espiando desde la bicicleta–– aquellos años en que Halina empezaba a lavarse más el cabello y a ponerse politos más anchos.

Nicolás y Tadeusz, los hermanos mayores, establecieron una correspondencia furiosa entre Perú y Estados Unidos, con cartas inundadas de confesiones. La vida de Nicolás Segura se hacía más fácil con ese amigo al que, gracias a la distancia, no le daba vergüenza contarle traumas típicos de adolescentes.

“No tienes idea de lo que te has salvado. La fiesta de pre promoción, la última porquería inventada por las madres de familia para acelerar el matrimonio de sus hijas bonitas y matar la poca dignidad de los tímidos del colegio”. “Tuve suerte, Tadeusz”, le decía Nicolás en una de sus cartas. “En el último minuto conocí a esta chica: Lupe. Bellísima y graciosíma. La vi en una fiesta en casa de mis parientes (mi tío Pancho, el aprista ¿te acuerdas?), así que le pregunté, entre broma y broma, si quería ir a mi fiesta de pre-pro. Me dijo que sí. Estuvo muy linda en la fiesta, con un vestido apretado (tiene unas tetazas). Bailamos toda la noche, la pasé espectacular”. A Nicolás sí le dio vergüenza contarle a Tadeusz las barbaridades que se le ocurrían hacer con los pechazos de Lupe, porque se sentía culpable de imaginarse las mismas fantasías tremebundas con los senos de su prima Halina.

Cada situación embarazosa en el colegio se transformaba en una carta de Nicolás a Tadeusz: “Nos están enseñando computación. No entiendo nada. Hay que aprenderse un montón de comandos solo para cambiar de párrafo. Prefiero mi máquina de escribir. La estoy utilizando mucho estos días, para escribir una historia. Te la voy a mandar”.

Así le llegó a Tadeusz una fotocopia de su epopeya “No a los Mercados del Pueblo”. Era una novelita en la cual las instalaciones de su colegio privado eran confiscadas por las fuerzas estatizadoras del gobierno del país. El supremo padre director del colegio era forzado a vender paquetes de calzoncillos arcoiris –siete colores, uno para cada día de la semana–; y la sagrada biblioteca era transformada en carnicería. En la novela, alumnos y profesores se organizaban militarmente y conseguían recuperar el colegio, tras derrotar al gobierno estatizador.

A Nicolás la secundaria se le terminó sin cariño: “No te he contado sobre la fiesta de promoción, Tadeusz. Nada bueno. Unos amigos me chantaron a una compañera que se cambió de colegio. No era fea, pero engordó. Parecía un tamal. No lo supe hasta que la fuimos a recoger a su casa y ya no me quedaba otra. ¡Qué diferencia con Lupe! Le pedí a Lupe que me acompañe pero no podía. Ahora tiene enamorado. Al menos me emborraché. Ya se acabó el colegio, pero ahora comienza lo más jodido. ¿Te dije que me matriculé en una academia preuniversitaria? Queda lejísimos del barrio, tengo que levantarme a las seis de la mañana para llegar a la clase.”

Es que la Urbanización de los Ingenieros siempre estuvo lejos de todo; y Los Sanitarios fue aquella calle que daba risa encontrarla en las invitaciones y daba rabia nunca encontrarla en los mapas. Las tarjetas de cumpleaños de los Segura siempre estaban acompañadas por un pequeño croquis: aquí termina la Javier Prado, ésta es la avenida La Molina, ésta es la extensión de la Javier Prado, aquí está el edificio de la IBM, al frente de la IBM están Los Sanitarios. No servía de mucho: los invitados siempre se perdían.

Cuando se fueron los Duros a Estados Unidos, Cuki ya no cruzaba la calle para visitar a los Segura. Los inquilinos lo encerraban. Nicolás lo escuchaba ladrar detrás de la puerta, cuando partía por las mañanas hacia la academia preuniversitaria. Sin embargo, Cuki aprovechaba cuando la familia abría el garaje para fugarse. Corría infatigable detrás de los carros y las bicicletas que pasaban frente a su casa. Hasta una tarde fatal en la cual, ya viejo, creyéndose aún el dueño y señor de Los Sanitarios, Cuki salió disparado para corretear a un automóvil. Lo arrollaron y se dieron a la fuga. Solo le alcanzaron las fuerzas para arrastrarse hasta el borde de la pista. Con la autorización de los inquilinos, los tres hermanos Segura enterraron a Cuki debajo del ficus, bajo el mismo pedazo de tierra donde Nicolás contaba del uno al veinte durante los cumpleaños de Los Duros, mientras Cuki lo ladraba –tal vez sospechando ya, que se tramaba algo con Halina.

Poco después de la muerte de Cuki, en un avión desde Washington DC, apareció Cyprian, el menor de los Duros. Tadeusz lo previno a Nicolás en una carta: “Se ha peleado con mis papás. Le ha venido de golpe toda la rebeldía y dice que quiere terminar el colegio en el Perú, con sus amigos de la promoción”. Los inquilinos consintieron en que Cyprian viviera con ellos, por unos meses. Así que allí apareció Cyprian una mañana, cruzando Los Sanitarios. Con un metro más de estatura y con una barba roja y desordenada que le cubría la infancia y parte de su adolescencia. Venía tan ansioso por acoplarse otra vez a los usos peruanos, que en su primera semana en Lima se metió en el cuerpo una tifoidea de cebiche de carretilla que lo dejó delgadísimo. Aguantó bien la fiebre. La señora Segura le preparaba sopas nutritivas y ella con Diana iban a su casa llevándoselas. El doctor le prohibió el alcohol. Tres meses después, Cyprian estaba curado y se tomó sus tres primeras botellas de ron con Coca-Cola. Entonces se creyó inmortal.

Diana Segura tenía la misma edad pero ninguna de las libertades de su amigo. Aún tenía que escabullirse del cerco protector que sus padres montaban alrededor de la casa, asustados de que Diana ya tuviera media docena de pretendientes. Diana cruzaba Los Sanitarios sin avisarle a nadie, para interrogar a Cyprian, para que éste le explique en privado cómo era ese país del que regresaba –y ese universo de fotos con que Cyprian empapeló las paredes de su cuarto, donde él parecía una especie de rocanrolero hippie. Entonces Diana supo que Cyprian –a quien ella solo recordaba montado sobre una bicicleta de rueditas y vestido con pantaloncitos cortos– cultivaba en su habitación una planta mágica. El Duro le ofreció a Diana ser su chamán particular, en sesiones especiales para ver el pasado y mejorar el futuro. En estas reuniones secretas, los hijos menores de ambas familias aprendieron los secretos de la pubertad.

Esos días explotó la bomba. El grupo terrorista Sendero Luminoso no estaba muy contento con la rapidez con la que el gobierno de turno estaba desarticulando su organización. Así que decidió reventarles a los de la IBM, al frente de Los Sanitarios, un automóvil con 300 kilos de anfo y de dinamita. Tal como habían resistido muchos años atrás los embates de un gran terremoto, los muros de ambas casas probaron ser a prueba de bombas. Los que se desplomaron fueron todos los vidrios de Los Sanitarios y, durante algunos días, la ignorada calle estuvo en los mapas.

“Toda la ciudad de Lima pasó a curiosear”,  le contó Nicolás en una carta a su amigo Tadeusz.  “Me encontré con una compañera del colegio y con su mamá, en el centro de mi sala. Me dijeron que pasaban en el auto y se les ocurrió entrar a las casas a mirar. Un pedazo del motor se estrelló contra nuestra pared, hizo un forado, rebotó y estuvo botando humito un buen rato en el medio del jardín. La IBM no quiere pagarnos ni un sol, y Defensa Civil solo nos ha dado cinco planchas de triplay.”

La familia Durozowsky había soportado entonces otra bomba mucho más devastadora que la de la IBM. Tadeusz se lo contó a su amigo Nicolás en una carta: “Mi papá nos dijo que hace muchos años que tiene otra relación con una señora de Costa Rica. Se fue de la casa y ahora todo está de cabeza. Ryzard y mi mamá se regresan pronto a vivir en Lima. Nicolás, tengo que acabar este semestre, pero ni bien termine yo también me regreso al Perú.” A los señores Segura no pareció sorprenderles demasiado la noticia: ya sospechaban que en Costa Rica no había tantos árboles que salvar.

Nicolás había adquirido la costumbre de robarse la camioneta de su padre por las noches. Se iba a visitar a una noviecita chiclayana y flaca, medio poeta, que le tocaba guitarra y con quien cantaba nueva trova hasta el amanecer. Nicolás devolvía la camioneta por la mañana, apurado; y se escapaba hacia la universidad, para evitar los colerones de su padre y sus: “nunca necesité de un auto para enamorar a tu madre”. Hasta que uno de aquellos días, al amanecer, mientras metía la camioneta en el garaje, vio a Ryszard, el segundo de los hermanos Duros, parado al lado del ficus, fumándose un cigarrillo: era su primera mañana en Lima. También llevaba una barba rojiza y desordenada. Acababa de llegar a su casa desde el aeropuerto, junto a su madre. Nicolás dio media vuelta a la camioneta y se lo llevó para que reconozca la ciudad. Fueron a una cantina. “Mi viejo entenderá”, le dijo a Ryszard, mientras le explicaba el asunto de la camioneta robada.

Tadeusz, en unas cartas cargadas de condenas a la adolescencia y al sistema gringo, le había contado a Nicolás sus aventuras de dormitorio. Al parecer –según le confirmó Ryszard aquella mañana– era cierto lo que se veía en las películas: los chicos podían ingresar o salir de los cuartos de sus mujeres por las escaleras de incendios o colgándose de las ramas de los árboles. Nicolás, en otra carta, le confesó a su amigo que había perdido su virginidad en un prostíbulo, en el entretiempo de las clases de su academia preuniversitaria. También le contó, en dos cartas extensas, de su relación romántica con la poetisa chiclayana, confesándole a su amigo que allí donde él quería ir, su enamorada no lo dejaba llegar. “No me puedes tocar ni las tetas hasta que nos casemos”, le había dicho ella, cuando Nicolás se arriesgó y metió ambas manos debajo de su camiseta.

“Tadeusz viene a fin de año” le dijo Ryszard al depedirse, casi al mediodía, mientras Nicolás dejaba la camioneta en el garaje y se escapaba hacia la universidad.

Y así fue. Pronto llegó la carta de Tadeusz anunciando su regreso. Volvía con un bachillerato en antropología, ansioso por retomar la vida en su país. Nicolás decidió que el día de la llegada de su amigo, se robaría la camioneta para recibirlo.

Llegó la hora. Nicolás ya arrancaba la camioneta apurado cuando vio, cruzando Los Sanitarios, el auto de Los Duros. La señora le hacía señas. Ella no podía ir al aeropuerto a recoger a su hijo. “¿Quieres ir con ellos?” le preguntó, señalando el auto. Allí estaban Ryszard sentado al volante, Cyprian de copiloto y, en el asiento de atrás, con las manos cruzaditas sobre sus blue jeans bien apretados; y con el cabello largo y limpio amarrado en una colita, estaba sentada Halina.

En el aeropuerto, esperaron a Tadeusz apoyados contra la barandilla de las llegadas internacionales. “En el cuarto de Ryszard encontré una historia tuya sobre tu colegio. Me he reído mucho” dijo Halina. Nicolás notó que sus dientes frontales habían retrocedido y dejaban ver mejor la carnecita de sus labios. Sintió que la vida le daba otra oportunidad.

Llegó Tadeusz. Nicolás y su amigo se abrazaron con fuerza. Conversaron mientras caminaban hacia el estacionamiento y mientras encajaban su enorme equipaje, a la fuerza, en la maletera. Tadeusz le dijo que sus planes eran obtener un doctorado en Lima y ponerse a trabajar en algún proyecto de desarrollo social con las comunidades del campo. No quería irse del país. “El Perú está cambiando. Ahora hay futuro” dijo Tadeusz; y Nicolás asintió –pensando en la captura de los cabecillas de Sendero Luminoso y en los buenos indicadores económicos de fines del siglo XX.

En el auto en que regresaban al barrio de Los Ingenieros, Nicolás les sugirió ir a un bar, a tomar unos tragos y a brindar por el futuro de las dos familias en el Perú. A recordar los viejos tiempos de Los Sanitarios. “Tú dirás”, aprobaron Los Duros.

Y se fueron. En ese auto donde apenas si entraban. Ryszard manejaba, su hermano Tadeusz iba de copiloto –después de mandar atrás a Cyprian, a quien no le molestaba ceder el asiento a su hermano mayor si tenía la ventana para seguir fumando. Al centro iba Nicolás; y a su lado, pegadita, iba Halina.

**

Unos años después del regreso del mayor de los Duros; Nicolás, el mayor de los Segura, se largó del Perú. Consiguió –por intermedio de un tío metido en el gobierno– una beca para estudiar literatura una pequeña ciudad al este de los Estados Unidos. En ese lapso sucedió la primera gran crisis entre ambas familias: el señor Segura encontró a su hija Diana y a Cyprian besándose en el patio de la casa. Todo no hubiera pasado de una pequeña reprimenda, si el señor Segura no hubiera descubierto, escondido detrás de las cortinas de la sala, que el cigarrillo que Cyprian y Diana se pasaban entre beso y beso no era de tabaco. Botó a Cyprian de su casa. También se consiguió el teléfono de su padre en Costa Rica para gritarle en el auricular que su hijo menor no solo se había convertido en un borracho sino también en un fumón. “La borrrragcherrga y la fumaderrrga son cojudeces de adolescentes” dijo el señor Duro, pero el señor Segura le prometió, que si lo volvía ver a Cyprian rondando a Diana, no solo iba a golpear a su hijo; sino que se subiría al avión e iría a Costa Rica para “sacarte la mugre, porque además de ser un hueveras infiel, eres un padre irresponsable”. El señor Segura le encargó a Kike reforzar la vigilancia de su hermana Diana y le prohibió a toda la familia, –incluída a su esposa– visitar a los vecinos.

Desde los Estados Unidos, Nicolás entabló con su amigo Tadeusz una intensa correspondencia electrónica. Nicolás le contó a Tadeusz acerca de sus enormes dificultades para aprender el inglés; y de los trabajos de supervivencia que ejercía en Estados Unidos. “He sido parqueador de autos, mesero, lavador de platos, limpiador de baños y vendedor de ollas”. Nicolás estaba convencido: apenas terminara los estudios regresaría a Lima. Quería escribir una novela y dedicarse a enseñar literatura en una buena universidad.

La noche de su regreso, a escondidas de su padre, Nicolás Segura cruzó Los Sanitarios con una botella. Tadeuz lo abrazó con fervor. Conversaron a lo largo de la noche. Coincidieron en que estaban viejos pero en el fondo seguían siendo los mismos cojudos que crecieron frente a frente en la misma calle. Nicolás le pudo enumerar algunas experiencias con muchachas: sus escaleras de incendios y sus cuartos universitarios. Tadeusz mencionó de casualidad aquella vez en que él regresó al Perú y la tarde que pasaron en un bar, conversando acerca de su futuro. Nicolás reconoció que le daba vergüenza, pero que apenas si podía recordar lo que pasó. Terminó muy mal, vomitó toda la noche. “Halina está viviendo otra vez en Los Mineros”, dijo Tadeusz. Le contó que su prima había estado estudiando en Buenos Aires; pero que había vuelto para buscar trabajo en Lima.

–No se ha casado ni tiene enamorado ¿Por qué no la visitas? En ese bar estuviste abrazándola todo el tiempo ¿De verdad no te acuerdas?

**

Y era cierto que la abrazaba. Como si pretendiera reconstruir el rompecabezas del tiempo perdido, Nicolás les contaba a Los Duros detalles de sus fiestas de cumpleaños: cuando jugaban juntos a las escondidas y su pecho latía contra el tronco del ficus. En esa mesa del bar, entre brindis y brindis, cada cual más efusivo, Nicolás les recordaba sus aventuras en bicicletas; les hablaba de la despedida en el aeropuerto, del dolor que sintieron los hermanos Segura haciéndole adiós al avión en que se marchaban a Washington DC.  Nicolás casi lloraba cuando les confesó a sus amigos cuanto le habían hecho falta, que la vida en esos años no fue la misma sin ellos. Que fueron muy tristes los funerales de Cuki. Y después, unos segundos antes de enterrar la cabeza entre sus brazos y quedarse dormido, pasó los dedos entre los cabellos limpios de Halina, la besó en los labios y le ofreció que escribiría, dedicándosela a ella, una nueva historia. Le dijo que la llamaría “Los Duros”. También le prometió que, apenas la terminara, la iría a buscar. Y que entonces, venciendo el miedo, la invitaría a salir.

¿Sabes que yo le puse el nombre de Cuki? dijo Halina.

Nicolás recuperó el aire. Las calles del barrio seguían en silencio. A ella se le veía más bonita. Más mujer.

–No tenía ni idea.

–Mis primos tenían una sarta de nombres horribles: Mercurio, Burbuja, Lobo (¿puedes creerlo?) Cuki era el nombre del perrito de mi papá, antes de que nos mudáramos a este barrio. Soy muy buena poniendo nombres. Y apodos también.

–No me digas

–¿Quieres que te diga cuál era el apodo que te puse a ti? Te lo puse por esa época en que te la pasabas rondando por la calle frente a mi casa, montado en tu bicicleta. Eras todo un espía.

Nicolás sintió que su rostro enrojecía. Y supo entonces, con una vaga certeza de escritor primerizo y romántico, que la historia de los Segura y los Duros –después de tantos años y de tantas vueltas– tendría final feliz.

Lunes otra vez

Tendremos en Palacio de Gobierno en Lima, a partir del 28 de julio, a un presidente de izquierda. Con asesores de izquierda y con masivo apoyo popular (en algunas regiones más pobres más del 70% de los votos)

Ahora veremos si ha llegado a la presidencia solo un aventurero o es que la izquierda peruana aprovecha su oportunidad de incorporar a la sociedad y a la economía a los que nada tienen, acortando las brechas sociales. Que no deje de promover la inversión extranjera, pero modificando las leyes laborales para que todos los peruanos tengan un trabajo digno, con leyes justas y estabilidad laboral. Ahora veremos que tanto de Lula da Silva tiene Ollanta Humala.

A trabajar por el Perú, a buscar puntos de concertación. A vigilar a los que se suben al carro con oportunismo, a los que siempre entran a robar. El pueblo peruano no se ha equivocado. Entre la hija de un dictador y el cambio, ha escogido el cambio. Esperemos que el cambio sea lo que necesitaba nuestro país.

Yo tu hermano, tú mi hermano (lista de intenciones para los votantes de Keiko Fujimori)

Lago Titicaca, Puno/ Por Patty Mc. The Virtual Tourist

Hay una buena posibilidad de que en las elecciones por la segunda vuelta, en junio, la candidata Keiko Fujimori sea elegida como presidenta del Perú.  En otros dos artículos he considerado por qué me parece que entre ambos candidatos ella es la major opción. Por otro lado, desde entonces hasta hoy, han aparecido signos muy preocupantes de lo que podría ser un gobierno al estilo fujimorista. O mejor dicho: de Keiko Fujimori gobernando un país que aún no ha madurado políticamente.

Amigos y compañeros, personas preocupadas por el futuro de un país al que quieren y al que quisieran ver siempre mejor, desde sus distintos puntos de vista, me han manifestado sus problemas respecto a la idea de Keiko Fujimori en el poder. Los más obvios: que la gente corrupta e inmoral que nos gobernó entre 1990 y 2000 vuelva a tomar el poder y vuelva a creer que el Perú es propiedad privada de los pocos hombres y mujeres del entorno de Keiko Fujimori y de su padre; también, que un gobierno de tendencia de derecha y defensor de un modelo económico liberal, se olvide de los graves problemas sociales que nos han conducido, otra vez, a esta encrucijada política de votar por dos de los candidatos con más interrogantes sobre sus cabezas y con más anticuerpos entre la población.

Considero que las propuestas económicas de Ollanta Humala no podrán ser aplicadas por Ollanta Humala. Y sin embargo, comparto sus más graves críticas al modelo económico: existe el riesgo de estar construyendo un país para unos pocos, de olvidarnos de la palanca central de cualquier desarrollo sostenido: todos los peruanos.

Sin embargo nacionalizar, estatizar, repartir, son palabras que en lenguaje peruano han significado siempre problemas, al menos en la práctica. Velasco lo intentó y fracasó. Alan García hizo una payasada de su discurso de dignidad nacional frente a la deuda y los organismos financieros.  Aún recuerdo las confesiones, que escuché siendo niño, de la boca de cierto individuo que tenía contacto con mi familia; él afirmaba, riéndose, que los tractores de cierta cooperativa en el norte, nacionalizados por el gobierno velasquista, fueron subastados para su beneficio personal y el de los otros profesionales asignados a cooperativizar una empresa privada que generaba millones de dólares y que el gobierno velasquista mandó a la quiebra. Y me imagino que historias como aquella hay miles. Los vivazos, los pendejos, los comechados, los felpudinis, son los que copan posiciones importantes en gobiernos “nacionalistas” estatizantes; y las buenas intenciones se convierten en escándalos de corrupción amparados por el estado.

Y discrepo con quienes comparan al ex presidente Ignacio Lula da Silva con Ollanta Humala. Lula era un candidato 100% de izquierda, sus cambios ideológicos no fueron jamás tan graves y peligrosos como los de Ollanta Humala. Lula se formó y trabajó entre la clase trabajadora. Los miedos de la derecha brasileña eran por su posición izquierdista, los miedos ante Ollanta Humala nacen ante su incoherencia en los papeles que ha jugado antes de ser candidato (además de haber sido formado con las ideas trasnochadas, retrógadas y racistas de su padre, a las que solo ha rechazado cuando vio que le impedían llegar a ser presidente): militar dado de baja, traicionando–luego de haberle jurado lealtad–al gobierno de Alejandro Toledo; y admirador del modelo nacionalista de Hugo Chávez.

Lula vivió la política y defendió sus ideas desde sus inicios como sindicalista radical hasta sus años de mandato como presidente de Brasil. Con Ollanta Humala me queda la duda, a mí al menos, si todo su discurso no es solo una estructura endeble, diseñada con el único objetivo de conseguir el poder. No hay coherencia entre las diferentes posiciones que ha asumido en la vida política reciente. Cuando ha debatido sus posiciones han sido vagas, sus ideas también; tan vagas que las ha ido modificando, enrumbando, como si no fueran principios sólidos. Yo quiero y creo, con firmeza, que el Perú necesita un BUEN PRESIDENTE DE IZQUIERDA.  Pero Ollanta no es un buen candidato de izquierda, es un injerto de intenciones buenas con un discurso político muy endeble. Un buen presidente de izquierda para el Perú tiene que ser otra persona, no un caudillo improvisado como Humala.

El Perú necesita un estado pequeño, vigilante; y empresas privadas grandes. Esa es la garantía del desarrollo. Resalto lo de vigilante porque esa es la principal tarea de cualquier gobierno que salga elegido en la segunda vuelta. Deberá vigilar que los poderosos no se agarren más de lo que les corresponde, que los fascinerosos con dinero no abusen de los pobres sin voz.

Un estado que distribuya. A manos llenas, sobre todo en educación. Con criterio técnico. Priorizando una educación de primer nivel, sobre todo en las regiones donde la educación es peor. Descentralizar la educación superior. Cargar con más impuestos a las universidades instaladas en Lima y darle incentivos tributarios, grandes beneficios, a las universidadas que abran sus campus y sus laboratorios en otras ciudades del país. Los estudiantes de educación superior necesitan ver otra realidad que la de Lima. Pero eso no puede ser regulado por una ley desde el estado. Existen organismos internacionales y préstamos para educación. Empezar una campaña agresiva de educación: liberal, científica y técnica. Allí el estado puede ayudar distribuyendo beneficios tributarios y también invirtiendo la mayor parte del canon minero o exigiendo a las empresas mineras que sus contribuciones sean mayores, para construir mejores escuelas. Se debe aprovechar la experiencia de instituciones educativas de primer nivel para hijos de trabajadores extranjeros, que funcionan en los enclaves mineros: esa misma educación se les debe dar a TODOS los niños de la zona. El estado puede exigir, colaborar, o simplemente vigilar para que el grueso de los impuestos pagados por las compañías mineras sea gastado en escuelas y universidades. Los profesores, egresados de universidades privadas y nacionales limeñas, después de recibir certificados de su calificación, deberían recibir fuertes exoneraciones tributarias para que se disputen la enseñanza en escuelas y universidades en zonas alejadas de la capital. La enseñanza fuera de Lima, de esta manera, se convierte no en un sacrificio sino en una opción de trabajo con beneficios económicos.

El estado debe invertir mucho dinero en infraestructura educativa en provincias. Es la única manera de avanzar.

Ahora, a los votantes de Keiko Fujimori: si ella sale elegida, si no se concretan en las urnas las peores pesadillas de quienes votan por Fujimori, no por convicción, sino asustados por el peligro de un gobierno de intervencionismo estatal a lo Hugo Chávez; les quedan pendientes varias tareas. Primero, la de no ser cómplices. ¿Cómo se puede ser cómplice de un gobierno fujimorista? De distintas maneras:

1. Ignorando que los medios de comunicación peruanos son apostadores, que velan solo por sus intereses y que son subjetivos pero quieren dar la imagen de objetivos.  El mejor ejemplo han sido los videos de Ollanta Humala en Madrid, groseramente editados por Frecuencia Latina; o algunas de las primeras páginas de El Comercio.

En Estados Unidos los medios endorsan a un candidato y ya sabemos a quien defienden y nos atenemos a eso cuando los consumimos. En Perú, tanto El Comercio como los canales de televisión, deciden a quien van a darle su apoyo en cerradas sesiones de directorio, y luego nos venden sus informaciones sesgadas, viéndonos la cara de imbéciles, haciéndonos creer que son 100% objetivos. Solo defienden sus intereses y algunas veces distorsionan la verdad con descaro.

Respeto a los periodistas objetivos, a los que tratan de serlo, que también los hay en el Perú. Y respeto también a los periodistas subjetivos, como Jaime Bayly, que siempre ha sido enemigo del autoritarismo y la prepotencia de Hugo Chávez y simpatizante de Keiko Fujimori. Él tiene su público y si quiere darle a su público su punto de vista y no lo disfraza como “objetividad”, ése es su derecho. Y el simpatizante de Humala tiene derecho a no verlo y a criticarlo. El problema está en noticieros como el de Canal 2 que “juegan” a informar imparcialmente y tienen una línea editorial que no repara en manipular, disfrazar, con tal de atacar al candidato Humala. Además, manipulaciones descaradas como la de El Comercio o Frecuencia Latina no sé si beneficien a su candidata en las elecciones. La rápida distribución de la información a través del Internet desenmascara estos trucos con gran rapidez y el votante puede sentirse asqueado, como me he sentido yo, después de ver como se manipularon las imágenes de Ollanta Humala en Madrid para hacernos creer que él era simpatizante de  Sendero Luminoso.

2. Se puede ser cómplice del fujimorismo, creyendo, si es que Keiko Fujimori gana, que todo en el Perú está mejorando. Que los Wongs de Asia o el último mundial de surf son símbolos de progreso. Si el votante de Keiko se sube otro verano a su cuatrimoto o ve la playa desde la sala con pisos de mármol de su casa y piensa que el Perú es un país con futuro: no solo es un cacaseno, también es cómplice de que el Perú jamás alcance los estándares de vida de Chile ni de otros países desarrollados.

3.Se es cómplice de un modelo económico equivocado si no pensamos TODOS LOS DIAS en los peruanos que viven en la pobreza extrema.

4.Se puede ser cómplice, si al pensar en comprar un auto nuevo para la familia o en un viaje al extranjero, no pensamos en los millones de peruanos que apenas si pueden adquirir comida, que ni siquiera pueden soñar en comprase un pequeño auto o darse el gusto de viajar en automóvil por el Perú.

5. Se puede ser cómplice de un gobierno injusto, si apoyamos la desigualdad social en nuestra casa, asignándoles a las empleadas de servicio más tareas de las que su sueldo vale. Si pagamos sueldos miserables o creemos que ese mesero que nos sirve la mesa no tiene también derecho a gozar de beneficios económicos, a tener un sueldo justo, a poder ahorrar para comprarse un automóvil o mandar a sus hijos a una buena universidad.

Somos un país de hermanos peruanos. Tenemos distintas ideas y distintos fervores políticos. Lo que para unos es imperdonable, para otros se puede excusar si aquello conduce, al final, al bien común. Pero de lo que nadie podrá disculparnos  es de transformarnos, después de las elecciones de junio, en cómplices de un gobierno que beneficie solo a unos pocos y no a todos los peruanos.

La escuela Perú

Foto Flicker/Vigilancia

La política peruana es tan mala o peor que el fútbol peruano. Hay que desenmascarar a quienes usan el miedo para impulsarnos a votar por uno de los candidatos. Pero lo mínimo que podemos hacer en esta segunda vuelta es escoger una estrategia de desarrollo social y económico que pueda funcionar. Y no me gusta la estrategia del autogol.

Recuerdo y entiendo a quienes ven indignados la posibilidad de que la hija de Alberto Fujimori vuelva al poder. Cómo olvidar que se fue del gobierno mandándonos un fax desde el Japón y que intentó postular al congreso japonés demostrando que lo único que le interesaba era una tajada de poder. Fujimori sabía que si regresaba al Perú se le iba a someter a un juicio, así que es bastante jalado de los pelos el intento de sus partidarios por querer retratarlo como una víctima. Pero la repugnancia por los chanchullos que sucedieron durante el gobierno dictatorial de Fujimori también me obliga a recordar que antes de él otros políticos prometieron inclusión social cargada de demagogia. Y no quiero que un gobierno de Humala se trate de otro experimento de izquierda como el aprista de 1985. El modelo de crecimiento económico empezado en 1990 y continuado tanto por el presidente Paniagua como por Toledo y García, debe ser mejorado y corregido. Pero no debemos dejar que la economía y la sociedad peruana sean sometidas a otro tipo de experimento, que se aplique una ideología nacionalista trasnochada que ya probó ser ineficaz, contraria al crecimiento económico.

Yo pegué carteles de niño. Con mi primo prepárabamos el engrudo por la tarde y por la noche recorríamos el pueblo empapelando las puertas de las casas con la fotografía del rostro sonrosado del ex presidente Beláunde. ¡Adelante, Perú! decía el poster. En mi inocencia, creía que pertencer a un partido político y querer al Perú eran la misma cosa.

En Lima, otro de mis tíos me sacó de la ignorancia: Belaúnde representaba a los grupos que siempre habían estado en el poder. Si yo quería que mi país cambie, tenía que darle todo mi apoyo al APRA.

Para que mi aprendizaje fuera más didáctico, mi tío me llenó las manos de estrellitas que se podían pegar en las ventanas de mi cuarto y posters para adornar las paredes de mi habitación; además me obsequió un disco de vinilo con canciones en ambos lados. En uno de ellos, la voz grave del cantante me situaba enmedio de una batalla en los alrededores de Trujillo, entre hombres que derramaban su sangre luchando por las ideas de un pensador que se llamaba Victor Raúl. ¡Qué viva el APRA mis compañeros, que viva el pueblo que ha de triunfar! decía la canción y mi imaginación volaba al infinito y más allá. Desde el otro lado del disco, otra voz estentórea entonaba la Marsellesa aprista, que yo ya había escuchado desde el nido en su versión original y por lo tanto me apestaba a copia. Los posters que mi tío me daba decían todos “Armando” y el nuevo slógan para que el Perú sea por fin próspero era: ¡La estrella alumbrará nuestro destino!

Se dieron las elecciones, en las que yo participé como encuestador: a mis ocho años no encontraba nada más divertido en las reuniones de los adultos, que pasear por la sala de la casa entre la gente y pedirle sus intenciones de voto. Los resultados eran bastante parejos, pero en todos ellos ganaba Armando Villanueva, el hombre del partido del pueblo.

Cuál no sería mi decepción cuando escuché mi primer flash electoral y supe que el país le había dado la victoria a un anciano que fue cargado en hombros hasta el patio de Palacio de Gobierno. El APRA perdió por un margen pequeño. Debió contentarse con observar como los partidarios del arquitecto–que parecía ver muy bien hacia el futuro a pesar de sus pobladas cejas blancas–se aliaba con el PPC y establecía un modelo de libre mercado, mientras corregía los excesos anti democráticos de la dictadura de Morales Bermúdez ( a quien solo recuerdo en una pose de dictador bastante alicaído, sobre todo cuando lo comparo con la imagen altanera que tenía del todopoderoso de aquella época, el bigotudo Pinochet).

Aparte del crecimiento de Sendero Luminoso, el gobierno del arquitecto Beláunde fue bastante malo. Él era un buen orador y al parecer un hombre honesto y soñador, pero pronto quedó claro que sus recetas económicas y sociales funcionaban mal. La importación indiscriminada liquidó lo poco que quedaba de la industria nacional, la deuda del país creció a un ritmo vertiginoso y las obras que deberían ser la consecuencia directa de lo préstamos  no se concretaban o seguían invisibles. Hubo pequeñas crisis, como las lluvias del fenómeno del Niño y una escaramuza con Ecuador (el famoso Falso Paquisha) que Belaúnde no supo manejar como los peruanos hubiéramos querido. El tema de fronteras con el Ecuador no se resolvió y–mientras llovía en la costa norte y escaseaban los alimentos en Lima–fue patética la incapacidad del gobierno para reconectar aquella región del país. La burocracia era enorme y el partido Acción Popular no parecía bien preparado para reducirla sino para incrementarla. La migración a Lima se aceleró con los avances del terrorismo en la sierra. El alcalde Orrego–otra victoria en las urnas para AP–parecía todo un caballero, pero tampoco estaba muy preparado para lidiar con la migración, las invasiones ilegales y el caótico comercio ambulatorio.

Algo de orden regresó a Lima con la elección de Alfonso Barrantes Lingán como alcalde, quien con su programa de los Vasos de Leche y su decisión de incorporar a las damas en el recojo de la basura limeña, alivió un poco la impresión de una ciudad que se enfrentaba repentinamente a las cosecuencias de cientos años de centralismo y desorganización.

Así llegaron las elecciones de 1985, y los peruanos como yo –que seguían creyendo en la estrella que alumbraría nuestro destino–enfrentamos el más duro de nuestros reveses. ¡Cómo olvidarnos! Apenas tenía 13 años y me parecía maravilloso escuchar los discursos de ese caballero melenudo, de rostro fresco y sonriente, de verbo cultivado; hipnotizándome con frases como “no al pago de la deuda” “el Perú podrá llegar a ser una potencia económica en tres años”. No recuerdo haber asistido a ningún mítin político, pero sí  haber creído, embobado, las promesas de transformación, y de pan con libertad. Creí, ciego de optimismo, que este hombre de solo 35 años podía ser el cambio que el Perú necesitaba: el comienzo del bienestar, de un socialismo con desarrollo económico.

No hay nada que se compare, ni siquiera el mismo Alan de hoy, con la imagen de ese muchacho de voz clara, agitando un pañuelo blanco desde lo alto de un balcón de Palacio de Gobierno en 1985, hipnotizándonos a todos para que en aras de los intereses nacionales desconozcamos los compromisos económicos que habíamos firmado por nuestros préstamos del FMI (préstamos que se esfumaron en los bolsillos de quién sabe quién), para pagar la deuda solo en las cantidades que lo permitían nuestros ingresos (dedicar al pago de la deuda no más del 5% de nuestras exportaciones). Ni Ollanta , ni Keiko, ni PPK, ni Alejandro tienen ese don que tenía el muchacho aprista encantador de serpientes. Esa lengua  hechicera que hizo lo suyo con sus compatriotas de todas las razas y de todas las edades. De un día para otro el nombre Alan se multiplicó en las maternidades de todo el Perú. Recuerdo ver llegar a mi tío a la casa para enseñarme fotos de las paredes en Buenos Aires donde las pancartas socialistas decían algo así como “Patria mía, dame un presidente como Alan García”.

Alan: el terrible error. La incapacidad multiplicada por mil. La improvisación multiplicada por un millón. La demagogia representada en un solo hombre. Alan García Perez, un socialista que prometió sacar al Perú de la pobreza con las recetas aprendidas de su maestro y guía Víctor Raúl; aliviar las penas del pobre dándole prioridad a la agricultura y a los campesinos; descentralizando el poder de Lima y dándoselo a las regiones, distribuyendo la riqueza entre los pobres, cuidando a los menos favorecidos con programas de trabajo temporal (PAIT); mientras hacía uso de su carisma y su sonrisa para tratar de conquistar a los inversionistas internacionales, para que vieran las potencialidades de un país como el nuestro, de grandes recursos.

A los dos años en el poder, ya todo se había derrumbado. Los poderes económicos se vieron amenazados por sus bravuconadas el 28 de julio de 1987 y le cortaron el poco respaldo que hasta entonces tenía. Empezaron a desenmascararse las promesas falsas, el manejo irresponsable de los recursos, las pocas posibilidades del Perú como inversión. Sendero Luminoso jamás le dio tregua y Alan García les respondió dando la orden para liquidar a todos los presos ya rendidos tras el motín en la cárcel de la isla El Frontón.

Yo tenía 15 años cuando Alan García intentó estatizar la banca. Joven que hoy tienes 15 años: no sabes lo que fue aquello.

Nuestro dinero no servía para nada. Eran pocos los destinos posibles por carretera en las vacaciones, no solo porque las pistas no existían o eran más huecos que pistas, sino porque la mitad del país vivía en estado de emergencia y entrar en aquellas zonas restringidas era exponerte a ser víctima de las redadas de Sendero o de los abusos del ejército que gobernaba sin control.  Mi memoria más vívida de aquellos años eran las historias de mis primos en el pueblo: todos habían visto a senderistas, todos sospechaban de todos, a mi tío el alcalde lo habían amenazado de muerte. Y los viajes de regreso a Lima eran siempre parecidos, duraban mil horas y había que conducir pegando la cara al parabrisas, esquivando las zanjas y los socavones, atentos a la policía que te detenía en cualquier momento para pedirte la libreta electoral y la militar. Y las noticias no eran nunca esperanzadoras. Todos los días habían nuevos rumores de que Alan García y los militares estaban preparando un autogolpe para poder ser defenestrado con cierta dignidad democrática e irse a otro lugar donde su fracaso no lo persiguiera. El riesgo de una dictadura era siempre inminente.

Había que convivir con la realidad patética de supermercados recién inaugurados donde nunca había ningún alimento,  formándose frente a camiones que aparecían de la nada para repartir bolsas de leche, o haciendo enormes colas frente a las estaciones de gasolina para poder comprar combustible un día antes del incremento recién anunciado. A todo esto, sumémosle el racismo de uno y otro lado, la incoherencia de los planteamientos de la izquierda, los patéticos intentos de la derecha por querer enrostrarle al APRA todos los males como si AP y PPC no hubieran tenido también gran parte de la culpa de ese desastre socioeconómico en el que nos encontrábamos ahogados. Un hombre de 90 años, Luis Alberto Sánchez, recibió la cartera de primer ministro y con sus 70 años de experiencia en la política peruana nadie recuerda que haya podido hacer nada. El pan que desayunábamos en la mañana estaba hecho a base de la nacionalista kiwicha, cada vez más pequeño a pesar de que pagábamos el mismo precio. Ese experimento duró lo que duró su gobierno. Fue un desastre.

Y después vinieron los 90. En 1992 la imagen siniestra de Abimael Guzmán estaba detrás de rejas, Alan García en Europa y los congresistas elegidos por el pueblo atrincherados, vociferando mientras que todo se resolvía por decretos.

Después de la derrota del Frente Democrático–una alianza del Movimiento Libertad con AP, SODE y el PPC que parecía convocar a todos los peruanos brillantes para lavarle la cara al Perú antes de entrar al siglo XXI–empezó mi apatía política. Izquierda y derecha habían intentado aplicar sus planes de gobierno y los resultados habían sido desastrosos. Aún en los peores años del gobierno aprista, mantuve escondido en el fondo del ropero de mi cuarto de adolescente, el poster que me regaló mi tío en la campaña de 1985, con el rostro a colores de Alan García. Me avergonzaba de haberle creído. De cierto modo aún era un incrédulo: no me convencía del todo de que aquél socialismo, ese pan con libertad nacionalista, esa rebeldía en lo que yo había creído con firmeza, que era la receta para el desarrollo del Perú no era nada más que una mentira. Recuerdo las palabras de mi tío cuando escuchábamos el mensaje de nacionalización en las fiestas patrias de 1987 y yo exclamaba con 15 años que aquello no podía estar bien, que Alan estaba precipitándose, que nacionalizar no podía ser una buena opción. “Eso es lo que se merecen esos banqueros de mierda, sobrino. Vas a ver que a partir de ahora todo va a mejorar”, me dijo.

En 1989, a los 17 años, muy desilusionado de Alan y su izquierdismo trasnochado, creí que Mario Vargas Llosa era la última oportunidad para que los peruanos estableciéramos planes de gobierno coherentes y enderezáramos ese país en el que nos había tocado vivir.

Jamás voté por Fujimori. El 90 no lo hice porque aún no tenía libreta electoral–y era 100% fredemista– y el 95 porque vicié mi voto, ya que me parecía que el dictador de todos modos iba a ganar y quería, inocentemente, protestar ante la irresponsabilidad de haber asumido todos los poderes y destrozado el sistema democrático.

Pero, a diferencia de los dos anteriores gobiernos, en ese país de los 90, hubo cambios y transformaciones básicas.  Había un clima de tranquilidad y optimismo que jamás conocí en los gobiernos de Belaúnde y de García. Los problemas crónicos del Perú, los que parecía que iban a frenar para siempre las posibilidades de desarrollo, parecían ir resolviéndose como si alguien los estuviera chequeando en una lista de deberes:la reincorporación del Perú en la comunidad financiera internacional;  la firma del tratado de paz con el Ecuador; la reorganización del sistema tributario; la simplificación de los trámites burocráticos; la reducción del papel del Estado en el aparato productivo con la venta de empresas públicas, y el registro y titulación de peruanos con casas y terrenos productos de invasiones ilegales e inmigración. Incluso el problema del narcotráfico, que parecía tan grave como el que vivía Colombia en los 80s, pareció disminuir en los 90s.

Algo más sencillo pero que a mí me tocó mucho: la carretera por la que yo iba a mi pueblo con regularidad, ese pueblo donde empapelaba las paredes a los 8 años con el rostro de Belaúnde, fue reconstruida y por fin supe lo que era tener un sistema de carreteras bien asfaltadas y comunicación rápida entre la capital y los pueblos, algo que ya había visto–y me había causado gran envidia–en un viaje por tierra desde Arica hasta Santiago de Chile en 1987.

Es obvio que mucho del dinero de la venta de empresas se derivó a bolsillos de particulares o del asesor Montesinos. Es obvio que los peruanos vivimos bajo una manipulación constante de la información.

Pero a diferencia de los dos gobiernos anteriores–de los que yo puedo dar mi testimonio–durante esos años en que gobernó Fujimori se vieron avances significativos. Es cierto que los mayores avances en aquél período de gobierno entre 1990-2000 se debieron no al talento innato del dictador Alberto Fujimori, sino a la aplicación de un modelo económico liberal, que hizo al Perú beneficiario de una ola de inversiones extranjeras, la misma ola que había beneficiado y permitido el desarrollo de otra economía de la región,  la chilena,  entre 1982 y 1990.

Por otro lado, la centralización del poder en un solo hombre y su grupo de ayayeros políticos, simplificó el proceso de decisiones y de debates.

No es lo mejor en una democracia.

Esta semana vi otra vez imágenes de los vladivideos. Me dio asco. Y entendí mejor a quienes me han escrito en sus comentarios sobre la Segunda Vuelta, acerca de mantener intacta nuestra capacidad de indignación. Pero la justicia peruana pudo enjuiciar a los responsables y mandarlos a prisión. Espero que sigan allí. Igual que Abimael Guzmán, otro fanático que creyó que experimentando una guerra popular con su ideología trasnochada podía hacerle un bien al país. A él le debo un intento de asesinato a un miembro de mi familia–en el frustrado intento por tomar el pueblo donde mi tío era alcalde– y dos bombas que acercaron la guerra a la espalda de mi casa, destruyendo los vidrios de todas las residencias de nuestro barrio de clase media. Creo que su captura hizo posible cualquier tipo de desarrollo en el país desde 1992 y no me gusta cuando alguien llama a ese fanático asesino “un preso político”.

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