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The New York Street

Un blog lleno de historias

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New York City

Phoenix

Hay un bagel con crema de queso en el recuerdo de esta mañana y la vigilia antes de caminar con la bolsa al hombro y la computadora en las manos por la oscuridad de nuestras dos de la mañana, pasando la estación de servicio silenciosa, los autos con las ventanas abiertas y llenos de música, la muchacha con la cicatriz en la mejilla y una sonrisa que sube al elevador de la estación de tren. ¿Cuántas veces he sido una sombra con maleta caminando hacia una estación?

La llegada a Penn Station me recuerda que es viernes y veo un desfile de tacos mal caminados, de piernas que regresan de las discotecas, tumbadas en el piso esperando que salga el primer tren. Locos al lado de las columnas, hombres de aspecto penoso y más de trescientos kilos que arrastran los pies, contrarrestando esa música surreal de tiendas de moda. Ellas quieren ser más altas y más mujeres, sus piernas se mueven, se juntan con otras tantas en esa espera callada que tal vez no se recupera aún de los ruidos de los clubes, de las luces a oscuras en la pista de baile.

Un muchacho duerme apoyado contra una muchacha que le acaricia el cabello y le frota la espalda. Sus pies torcidos, una pareja de lesbianas abraza con cariño sus piernas cansadas, descansando en los peldaños de las escaleras. El viaje ha sido ese silencio. Un café helado y De Quincey y sus Confessions of an English Opium-Eater que he releído siempre con calma en estaciones de tren.

El boleto me ha llevado en aletargado ritmo de madrugada hacia el aeropuerto y me he quedado dormido ni bien he visto las ruedas del avión despegarse de la pista de Nueva York.

Phoenix desde el aire tiene cerros rojizos de tierra seca, sus calles son cuadriculadas, casas pequeñas extendidas sobre el desierto.

Oye Rock, No te me pongas viejo

En un estrado que se eleva sobre el campo de un estadio de fútbol con entradas agotadas, el guitarrista de una banda de rock and roll hace gemir a las cuerdas de su guitarra, con la sangre acogotada en las puntas de sus dedos que acarician con violencia.

El hombre se retuerce y suda. Suda sus mechones de pelo que no disimulan la calvicie; y la flacidez de su carne blanca y sin sol. Miramos todo, porque la magia de las pantallas gigantes nos permite ser testigos de cada detalle de su desgarradora carrera por el pasillo que comunica al estrado principal con ese pedestal mecánico que se eleva y lo pone sobre las cabezas de miles de asistentes que seguramente que lo aman.¿Cómo no amarte Angus Young?

A un lado del estrado, junto a un bajista con serios problemas de caída del cabello; el vocalista de esta banda–implacable perfil de estómago curvoso, fofa triple papada–contorsiona un cuerpo que pareciera pertenecerle a uno de esos felices sexagenarios limeños que te recuerdan con pasos enfáticos pero cansados como bailaban ellos cuando escucharon por primera vez un disco de Billy Holiday y sus Cometas.Cuesta creer que esa voz puede salir del cuerpo cansado de Brian Johnson.

Estos dos individuos han sido capturados antes en video y en audio. Se llaman AC/DC. Yo he gritado con ellos, en casete y en disco compacto–últimamente en iPod–e incluso los he escuchado en vinilo a escondidas y a oscuras, temeroso porque las malas lenguas decían que eran satánicos.

Esa noche de estadio-completamente lleno, hace 8 años que no hacen gira en los Estados Unidos–dos horas de tráfico y de túnel desde Manhattan; sus miserias rockanroleras me obligan a pensar que el ritmo más vital del siglo XX se nos puso viejo.

Una opinión personal: no vayan a verlos. Escuchen todos sus discos, griten sus letras que incriminan a un mundo que no se sabe divertir lo suficiente.

Pero verlos en vivo–sólo sombras de aquella imagen de una banda con cuya música tantos humanos habremos saltado sobre las cubrecamas adoloridas de nuestra adolescencia–es un mal viaje.

62 Kings Point Rd.

En la vereda está su silueta con aspecto de embarazo, apenas si puede andar unos pasos pero así y todo ha aceptado ser nuestra guía. Los dos la queremos besar.

Hay ciertas personalidades que cubren toda una vida, se mantienen firmes en tus recuerdos personales y construyen su camino hacia el inconsciente donde se cuelan en tus mejores sueños, ni aún en ellos se dejan besar. O no sabes todavía como hacerlo.

Hay paz en esos recuerdos de caminatas por el desierto argentino, por los recodos de los caminos portugueses, donde la maleta vieja y barata se deshacía sobre un hombro cansado. Cierto apremio sobre circunstancias en las cuales debí haber actuado diferente o puse en riesgo mi vida. Aquellas memorias vuelven una y otra vez, tal vez sea urgente consagrarle un cuento a esa noche durmiendo en una vereda al lado del teatro en Porto o al cruce del bosque a la noche de Leiria.

Tengo todo el personaje de una novela en la cabeza y cuando me siento preparado para escribirlo no se aparece, tal vez sea un problema de técnica.

Me han dejado recuerdos del 28 de julio. Uno que otro saludo, dos intentos frustrados de borrachera patria. Y aquí en este rincón de la isla no hay siquiera un buen plato de cebiche.

Sigo leyendo bajo la sombra verde en la arena, admirando como el sol no quema, como se renueva tan fresca el agua del mar, las siluetas de las bañistas. Es una playa casi virgen. Hugh ha entrado a servirse café en el barco donde esperaba encontrar gonorreas y comida vomitiva, ha querido transfomarse en Marlowe y no le ha salido bien la transformación. Su ukelele lo sigue en su aventura marina. Los marineros aún se asombran de que un niño bien trabaje para ellos y les limpie la cubierta.

Long Island

-Pretty legs you have my dear
-Thank you!

Abnormality in the air, a bunch of light excuses to pretend to know better, to leave the sand, to abandon the town and take the phone numbers of everybody around us.

My car is broken, enemies. You can attack at anytime. I’ll be waiting in the back seat, smoking a cigar.

Acerca del peligro

En ese bar de jóvenes con corbata y con camisa abierta, antes que amanezca, uno de los de camisa abierta tendrá sexo con la mujer de uno de los de corbata.

Algunos escritores le echarán la culpa al alcohol, a la iluminación y a las largas colas para entrar al baño. Escribirán sobre la soledad de los bares neoyorquinos y el color gris de las relaciones personales en aquella ciudad.

Sin embargo, ninguno podrá escribir acerca de cómo se las arreglaron sus sexos necesitados de intimidad entre tanta gente. Tampoco acerca de la urgencia con que aquellos recuerdos vuelven, mientras ambos envejecen calmados, bien emparejados y fuera de peligro.

Érase una vez un hombre

Érase una vez un hombre, cómodo de brazos y de ojos, bello de piel y armado de voluntad ligera. Difícil de convencer, valiente, vigoroso y talentoso para resoplar vida y espantar los muertos.

Vivía en una isla y resoplaba por las mañanas su café, adornaba de humo caliente las escaleras de los autobuses, las gangrenadas estaciones del metro. Cogido de los pasamanos turbios de los carros de los trenes frenéticos, caminaba por las calles llenas de humanos como él. Vivía bien, comía bien, amaba los libros y los paisajes urbanos, las pequeñas cosas que sucedían entre las comisuras de los edificios, a las sombras de las nubes que entretenían sus mañanas pausadas de media semana.

Sus pasos eran pequeños y su tiempo bien dispuesto le daba para conseguir dinero, conseguir placer, entretener el alma y el cuerpo. Ambos eran poco exigentes: su angustia de conocimiento se calmaba entre las mil y una historias de los anaqueles pesados de las bibliotecas; y el cuerpo se aligeraba de culpa con charlas largas con mujeres hermosas, tardes de cine y camas tibias donde purgaba las pasiones con fervor de aficionado y; algunas veces, la sangre se le calmaba sólo con la contemplación del pasado, la revisión de viejas fantasías, la paciente búsqueda entre memorias amarillas en otros continentes y en otros años de su vida.

¿Ambicioso? No lo era. Si bien le gustaba imaginarse todopoderoso y eligiendo sus playas y sus vuelos de verano. Sabía que las pocas cosas que lo hacían realmente feliz no tenían precio y estaban muy al alcance de su mano. Era independiente y fraterno, simple en sus gustos y en su apreciación de la vida que lo había tratado mejor que lo que él la había tratado a ella: todas sus cicatrices eran auto infligidas, marcas con algo que decir, pacientes testigos de sus búsquedas.

El hombre conoció a una mujer. Vestido de largo traje y con libro en los bolsillos, una noche el hambre lo colocó en el lugar indicado y encontró a la muchacha que dirigía a las multitudes y examinaba a los viajeros. Se acostaron en Navidad, le hizo feliz su olor a hembra y a ella le encantaron las cosquillas que ablandaron las dudas de su departamento. Examinaron las cuerdas del puente de Brooklyn viendo pasar los galeones para turistas. Se dieron la mano al final del camino, cuando ella respiró deseo en su oreja por última vez. Enderezó sus huesos y le prometió mejorar sus opciones en un próximo encuentro. El amor se convirtió en su excusa.

Érase una vez un hombre que nunca usaba los dedos para saber de dónde venía el viento. Una isla lo veía salir por las mañanas agarrado de los bolsillos del pantalón, lidiar sin pasiones por los asientos vacíos de los autobuses, concentrado más en la lectura; y caminando por las veredas ligeras al lado de las tiendas, los cafecitos, las puestas de sol que devoraba algún río más allá de las puntas de los edificios que lo cobijaban.

Érase un hombre convencido de que nunca jamás podría ser una isla.

Foto:Flickr.com

Nueva York es para gente con ganas de no morir nunca

Dice Frances que las lluvias de abril traen las flores de mayo, pero ha llovido de todo en las dos primeras semanas del mes y recién parece que el solcito se decide a quedarse, felizmente que aún no viene con calor.

Estoy escribiendo y tratando de publicar los cuentos que he escrito pero parece que son demasiado malos o es que la publicación toma demasiado tiempo.

Leo todo lo que puedo entre trabajos porque otra cosa a la que me he metido es al trabajo duro y casi no tengo descanso. La buena noticia es que tratamos de ajustarnos a ciertos objetivos de ahorro y, al menos hasta ahora, se están cumpliendo.

Demasiado tiempo en el Facebook. Sí, es cierto. Debería dedicarle más a la escritura y a mis historietas, tengo allí escritos dos planes para ellas. Pero toma tiempo y necesito escanear, copiar, dibujar y escribir. Escribo, pero a veces tengo las teclas y no vienen las ideas. ¿Volverán?

Un dolorcito en el brazo,se desapega, se vuelve incompetente, y no agarra como antes. Es la vejez. He ido al doctor, al parecer todo bien, mi presión bien, me ha recomendado pastillitas de B12 que lo curan todo.

Ayer en el tren el disco de Bob Dylan, se puede vivir solamente escuchándolo a él.No hay que desprenderse de nada, hay que saber pensar con Dylan, llorar con REM, volverse ridículamente alegre en las calles de Manhattan con Bob Marley.

En el NYT Review of Books publicaron un artículo sobre una biografía de Richard F. Burton. Allí está su filosofía en una frase maldita. Una entrevista al republicano que se ha pasado al partido demócrata, una historia personal sobre vivir con depresión aguda.

Dice Ana que ninguna ciudad se puede comparar a Nueva York. Es de todos y cada uno de los que toman el bus en la esquina del edificio o los que se cuelgan del pasamanos antes de salir en la 14. Su ciudad, sus calles, su metro. Y podemos renegar de ella creyendo que tenemos los mismos derechos que quien nació llorando con vista a Central Park.

Un vaso de vodka, dos vasos de vodka, una conversación sobre meseras sumisas y Ronaldinho que nos bota del bar porque ese día el no se va a quedar hasta las 3 de la mañana.

Descubrimos una deli al lado, habrá que hacerle caso a los arquitectos que proponen una solución tripartita a la línea de la Concordia, coger las petacas y subirlas todas a un barco y largarse de una ciudad que no te respeta, que no te abre las puertas si te sientas a esperar; que te ignora, que clava tus mejillas de deseos, de frío, de sudor que resbala por los brazos en las estaciones intensas.

Gente indiferente, como uno mismo, tierna de estar perdida. Ella golpea mi codo y lo toca para cerciorarme de que estoy bien. La doctora me dice que un especialista puede ver mi caso, pero que definitivamente estoy bien, fuerte. Aún.

Barcelona habrá cambiado a la gente, Londres espera con sus miles de muchachos cantando en Trafalgar Square. La vida es pra compartirla junto a ti, para decirte hola, dame un abrazo, confiesa que has vivido, súbete una maleta a la espalda y dirígete hacia la estación de tren, di a donde quieres ir. Y anda. Ve.

Nueva York es para gente con ganas de no morir nunca.

Algunas preguntas a mi libro/ 7 de abril

¿Sabía usted que en MacSorleys la cerveza la sirven de a dos? Dos vasitos chorreando de espuma. ¿Sabía usted que los taxistas neoyorquinos después de la una de la mañana, manejan con una mano en el timón y otra en el celular? ¿Sabía usted que se puede evitar el peaje del puente Hudson desviándose por Dyckman y cruzando Inwood para agarrar el puente -sin peaje-de la Avenida Broadway?¿Sabía que se puede conseguir estacionamiento, fácil, los domingos, en una esquina de la Avenida 10?(no diré la calle para que no me roben mi sitio)

¿Sabías que los cuentos de Padre Brown son lo mejor que he descubierto el mes de abril? Tanto escuchar de Chesterton y recién ahora me pregunto por qué no lo leí antes. ¿Sabías que después de la una de la mañana es muy difícil tomar el bus 10 en el Bronx? ¿Sabías que están saliendo las primeras flores amarillas entre los troncos de invierno pelados de mi cuadra? ¿Sabías que no hay que pedir nada con salsa de tomate en el Chelsea Restaurante de la 8va Avenida?¿Sabías que la película de Oliver Stone sobre Dubya Bush es mala pero decente? ¿Sabías que la mejor manera de saber lo que pasa en el mundo es escuchando NPR? ¿Y las mejores somosas del Bronx están en el Barbeque Pit de Mosholu Avenue? ¿Que los cupcakes de Carrot Cake frente a Van Cortland Park son mucho más ricos que los famosos cupcakes de Magnolia Bakery?

¿Sabías que hoy me he desperatado con un extraño mareo?

Me mira mi libro y no me responde. Lo sabe supongo, sólo que es lacónico y bien misericorde.

31 de marzo/ El invierno en la ciudad

Al menos este año me libré de enero, debería decir.
A las heladas tardes de febrero pude enfrentar las memorias de algunas mañanas bastante acomodadas entre la arena de la playa y la brisa del mar.
A mi piel cuarteada por el hielo le pude exigir que recordara el sudor insoportable de algunas madrugadas de moscos y fuego en una cabaña en el norte del Perú.
Hoy he salido–por primera vez en el año–pálido de ropas, y he caminado sin frío. Este es mi mejor recuerdo de hoy.
El de los ayeres de los primeros meses del año son varios: entre las lecturas a medianoche de la novela terminada, el recolectar de cuentos y el empezar a bocetear lo que comienza a asomar como un segundo libro.
Además está el viaje al sur, el cruce de la colina sobre la bahía que es el puente de Chesapeake Bay en Virginia y algunos días creyendo que los siglos se han enredado en el pasado de un pueblo colonial en Williamsburg.
Comidas largas y charlas fructíferas entre caídas de sol tras las ventanas cerradas. Y caminatas heladas en noches largas regresando de Manhattan.
Hamburguesas al lado de la carretera y cenas fabricadas con lo que la tarde proveía.
Se fueron los amaneceres oscuros y ciertas finanzas amargas. Somos dueños del futuro, otra vez. Con un pedazo semanal sobre las arenas amarillas–y falsas–de Virginia Beach.
A las películas en la cama y a los libros en los autobuses y en el subterráneo, les dedico el invierno. No he leído tanto como hubiera querido pero sí todo lo que he podido. Habrá que ordenar la casa–en eso estamos. (Miro las tablas blancas esperándome, de mi nueva oficina. Necesito hacerle dos huecos en la pared)
Los periódicos de la semana acumulándose sobre el piso, algunas caminatas al borde del río. Amor que tengo y que no me falta. Un buen invierno en la ciudad.

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