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The New York Street

Un blog lleno de historias

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New York City

La gravedad (todo es tan relativo), 13 de marzo

Portada de la novela de Thomas Pynchon

Entre aquellos inofensivos–tan norteamericanos–letreritos verdes de la carretera también se puede morir. Horrible muerte por degollamiento-mutilación-instantánea. Quién lo diría. Allí están los carteles parados al lado de la autopista 95 esperando a sus víctimas. Esta vez fueron 14 noctámbulos regresando de un casino en Connecticut.

Manejando  hacia la salida 11 de la 287, rumbo a Port Chester. Voces en el teléfono desde Cajamarca: el carnaval. Las horas que pasan mientras leo y me piden un café, dos cafés. Las hojas que se pasan, los cuadraditos capítulo tras capítulo. Es Gravity’s Rainbow: matemáticas, fórmulas, personajes entrecruzados, trozos de vidas, símbolos de la guerra, voces, canciones, búsquedas entre los escombros, recuerdos, pedazos que arman el todo pero que se pueden leer como pedazos y como todo. ¿Qué son las memorias? ¿Qué son los recuerdos? ¿Qué es una risa? En la pista, frente a casa, en mi barrio, juego baloncesto y fútbol con un niño. Disparo con una pistola de plástico que arroja aritos de colores.

En Japón se esperan más desastres. Paz, tranquilidad, rebotes aquí y allá, malas noticias, buenas noticias. Cielo despejado, se va el frío, cambian la hora (ni bien se termina de deshacer el hielo ya hay que adelantar el reloj. Salvajada) ¿Qué es el pánico? ¿Qué es un terremoto? La foto de un anciano con los ojos entrecerrados al lado de los escombros; y la foto de unas ancianas en un botecito remolcado por un grupo de soldados, como si ellas fuesen las guardianas del templo, las portadoras de flores, las madres de la patria. Una voz me habla de Belgrado y de mirar atrás, de volver a hacer lo mismo, de olvidar, de mantener la distancia. Un e-mail en el teléfono–extraña sensación de leer el correo en la pequeña pantalla– me da muy buenas noticias desde una frontera en España.

Ya es de noche, pero de hoy recuerdo bien el silencio del pasto durante la mañana y la tarde, pasto que está allí, a la espera al verano. Recuerdo el cielo sin tormenta, calmado. Un lugar en el espacio, mi lugar. El lugar de tantos otros que miran y no ven lo que yo veo; o que no miran porque no necesitan mirar. Preguntas. A dónde nos llevan las interrogantes, las dudas, las ganas de triunfar, de llegar a donde nadie ha llegado.

Un mapa hecho solo de esperanzas. En esa foto de la ruma de los automóviles–uno sobre otro llenos de lodo– se puede ver miles de horas de trabajo, se pueden ver miles de horas de personas creando, imaginando soluciones a problemas, inventando problemas. “Dios está harto” dice alguien durante el almuerzo mientras observa el lodo que avanza sobre las casas y los puentes en el televisor. El viejo tema de la venganza. Como si ahora importara la venganza, como si pudiera el hombre sentarse a planificar una respuesta diferente a la perversa sensación de que, no importa lo que hagamos, todo está de muchas maneras enlazado con la carta marcada de la suerte.

En The New Yorker leo un artículo sobre uno de los alumnos de William James, Hall, descendiente directo de peregrinos del Mayflower, anfitrión de Freud y de Jung en su primer viaje a los Estados Unidos–fascinado por el psicoanálisis–y un mentiroso empedernido. Se debe a Hall la leyenda de William James encontrándose con Freud y saludándolo como  “un tipo muy sucio”. Tal era la percepción de Freud entre los científicos erupeos de la época: el “cochino” de Freud y sus asquerosas teorías de interpretación de los sueños.

Notas sobre el libro de Pynchon: Imágenes, algunas fascinantes; información que se desplaza por la página amarrada con la ficción, con la descripción de estados de ánimo, de personajes que vagan enmedio de la guerra, de paisajes oscuros y mañanas iluminadas pero sin futuro. Como los inviernos fríos pero con sol. Esos soles magníficos que no nos calientan.

Otro señor elegante que conversa

"Borges in Central Park" by Diane Arbus

Pipino Barrueta se ajustó la bufanda antes de salir de su departamento en Brooklyn. Había que verlo levantando esa chalina, apretándose los anteojos sobre el puente de la nariz e inhalando el aire frío de marzo como si estuviera frente al mar de Puerto Montt y quisiera succionar toda su australidad.

–Tienes que levantarte todos los días y leer a Borges. Subrayar a Borges, copiar a Borges, rezarle a Borges. Solo así conseguirás ser alguien, me dijo Pipino

¡Y yo lo sabía! Pero cómo hacerle caso a Pipino, si yo tenía la semana repleta con lecturas de otras asignaturas para mis exámenes y con el corazón disparado entre una hebrea colorada que leía a Faulkner y que me había despreciado después de hacer gimnasio (y en pantalón de buzo); una china españolísima que me citaba de vez en cuando en el aeropuerto y que a través del teléfono me hacía sufrir; y una colombianita cuatro ojos, lectora voraz de Og Mandino y de Paulo Coelho que despertaba toda mi ternura pero que siempre esquivaba–con delicadeza– mis indirectas.

Pipino no trabajaba, lo cual le daba tiempo suficiente para despaturrarse todo el día sobre su cama-escritorio  en el departamento prestado por uno de los amigos del doctorado;  para apuntar datos trascendentales en sus libretas; y leer, leer y leer.  A Borges supongo–nunca había visto en acción al erudito–, porque los cinco tomos en tapa dura de las obras completas del maese Jorge Luis ocupaban un lugar privilegiado en su habitación, junto con sus discos piratas de Bach.

Esa tarde Pipino me había llamado con urgencia para comernos un chifa y contarme algo importantísimo que había descubierto en un libro de Borges. La idea me fascinó porque yo también había descubierto algo en un libro de Borges, un dato que nadie conocía, que compartí emocionado con Pepino,  y que a la larga resultó que ciertamente nada ni nadie conocía, ni siquiera Borges. Algo que yo había soñado. Aquellos percances solían sucedernos entonces, en esas intensas tertulias literarias de invierno y bufanda entre Brooklyn, Manhattan y el Bronx.

Había un resturante chino barato a dos cuadras del brownstone de Pipino. El único problema es que por lo barato, mucha gente le abría las puertas durante el tiempo en que nos terminábamos el chifa, y el frío nos dejaba cual sudamericanos tiritantes, bien envueltos, eso sí, en nuestras bufandas GAP y en nuestros abrigos Banana Republic. Esa noche, mientras yo raspaba los arrocitos finales de mi special fried rice, Pipino me repitió una lista de autores, me llenó de datos y me contó anécdotas, en las cuales, de una u otra manera, ya fueran las secuelas de safaris accidentales en Kafiristán, o las peripecias de un británico disfrazado de peregrino en los burdeles de La Meca; siempre terminó usando como referente al “divino ciego”. No a Tiresias, sino al coprogenitor del encarcelado sabueso Don Isidro Parodi.

Había que verlo a Pipino levantando la bufanda mientras devoraba los arrocitos;  ensañándose con el dedo levantado contra los malos imitadores de Borges. Pero donde más sufría el pobre Pipino–y yo viéndolo a él–era cuando empezaba a mirar a la chinita que atendía el chifa, una jovencita de intensas  trenzas negras, una criatura de sonrisa enigmática, con dedos ágiles para tomar pedidos telefónicos y ensamblar las cajitas donde iban el arroz y los tallarines de los pedidos delivery; que seguro entendía muy pocas palabras de nuestro inglés americano con acento autodidacta.

A chiquen frairais esmól an a wontonsúp esmól–decía ella en al auricular, mientras armaba las cajitas. Y luego la muchacha giraba hacia la cocina y repetía las órdenes en chino puro y duro.

Sé que Pipino la deseaba con pasión, perdidamente enamorado de su rostro, de su voz y de sus gestos. Era un amor imposible, crudo y sombrío, vasto y oscuro, fundado en una sonrisa al pasar, en cierto brillo en los ojos que él creyo ver la primera vez que pidió un pato pekinés, y que tal vez no supo interpretar. Casi estoy seguro de que Borges, viéndolo en esos trances, hubiera estado orgulloso de él.

Bloomsday, 23 de febrero

James Joyce, autor de Ulysses

A fines de diciembre, Frances me comentó que en el Graduate Center estaban dictando esta clase dedicada al estudio del Ulysses de James Joyce. Y como quien no quiere la cosa averigüé el nombre del profesor y le mandé un e-mail explicándole que me gustaría asistir a su clase como observador. Aceptó (después de tomarse casi tres semanas) y desde Tanaka le contesté, confirmando que ahí nos veríamos en febrero.

Así que ya empezó. Entre alusiones a la luz y el tiempo y el espacio, el profesor Epstein y Stephen Dedalus me acompañan los lunes y los miércoles de 2 a 4 de la tarde. Las últimas dos clases se han prolongado hasta casi las 5; y el próximo lunes entra en ellas el inolvidable Mr. Bloom.

Epstein lee los capítulos con paciencia, intercalando comentarios que van desde el significado de las palabras en griego o los juegos con el latín, hasta las alusiones a cánticos, adivinanzas o figuras patrióticas irlandesas. Hoy hemos recorrido la playa con el joven Dedalus, y lo acompañamos en sus interminables monólogos creativos que marchan desde la casa de su tía y su tío alcohólico hasta las calles de París, combinándose con sus severas impresiones de los irlandeses en el exilio.

¿Novedades? Bueno, leí este conjunto de cuentos de Cesare Pavese: La Playa, donde Pavese intercala diálogos con su apreciación de las decisiones, los movimientos y los cambios de ánimo de los personajes–pintados con sencillez, con precisión. Y después de pasar enero entre Freedom de Jonathan Franzen y La promesa del alba de Romain Gary, empecé a leer Auto de fe de Canetti, cuya lectura he seguido intermitentemente mientras se cruzaba Pavese; también algunos cuentos de Ribeyro en una pésima edición encontrada en una libreria de segunda en Bogotá (no hay nada mejor que aquella Antología personal del Fondo de Cultura para empezar a leerlo) ; Summertime, la autobiografía ficcionada de los inicios como escritor de J.M. Coetzee; y algunos artículos muy bien escritos en The New Yorker (el que escribió Francisco Goldman–sobre la muerte de su esposa en un accidente en el mar de México–es chocante por el detalle con que expone su relación con ella y la clarísima simplicidad con que una tragedia inesperada arruina su vida); y otras lecturas vinculadas al libro de Joyce (mis notas para el examen de la maestría y el librito de Gilbert sobre todo; si bien me queda por leer lo de Edmund Wilson en Axel’s Castle).

Manhattan sigue fría y hermosa. A los que se quejan de la ciudad no tengo nada que decirles. Puedo caminar por ella muchas veces sin aburrirme. Nunca me canso.

Creo

Que todo va a estallar en círculos
Una llama gigante envolverá a este tren
En este instante.

No pasa nada.

Circulo. Sobre la plataforma desgastada.
Recordando el ocio perfecto.
Siento mis manos, pegajosas.
Mis ojos tan débiles, quizás enfermos.
Se abre la puerta y penetra la magia:

“Soy la mujer más bella del mundo”
Y yo no puedo creerlo.
Todos los demás son tan feos.

(Sostenme Carlitos Williams)
Yo sonrío con el libro a medio metro.
Ella tiene los ojos muy cansados.
Quizás enfermos.

¿Es bella en realidad?
No es la más bella del mundo.
Pero tiene razón:
Me veo detenido en ese rugido.
“Yo tuve diecinueve abortos”.
Definitivo: son sus ojos.

Si la vieras.

Venimos de dos mundos distintos
En el nuestro no se grita aquello.
Luces de plástico celebrando tu
Frente arrugada. Aire caliente enfriando
Mi emoción

(Carlitos Williams. Creo saber a qué te refieres)

“Es un libro que deben de leer
Todos los que quieran la literatura”
Ejercicio de imaginaciones,
Con un pie llegando al invierno.
Con el otro en Lima.

(¿Y a dónde más iban a huir, Billy?)

Salgo de la estación.
Entre los caníbales del Barrio Chino
Las carteras perfectas
Muchos ojos azules encima
Niebla, paseo de gente sacudida.

Caminas erguida entre la ropa
“Agáchate para verte mejor,
Espérate que acomodo la cámara”
Yo aburrido de tenerte ganas.
Y tu sonrisa dice tanto
De tu forma de besar.

Y tú con ni puta idea de lo que he estado pensando.
Nada.
“¿Cómo has estado?”
“Te he extrañado, baby”

Otra ves me sonríes mirando a la cámara
Tal vez tengas toda la razón
Tal vez seamos todos feos
Estemos todos percudidos, víctimas de la grasa.
Habrá que esperar hasta Navidad
Para ver lo que nos traigan las hadas
Entre los radares y parábolas de un país atrasado.

“Que haya venido a sacrificarse
Me parece tan parroquiano…”

Y el yate empieza su carrera
Se despierta Molly en su cofre cibernético
“Bienvenidos al desierto de lo inmoral”
Saca un número, me mira a los ojos otra vez
Y me dice:
Tú no eres el elegido

¿Quién se lo dirá a Morfeo?

Peekskill, 19.2.2011

Pasajero en trance (2005)


Recuerdo siempre a un compañero de escuela, que el primer día de clases, en abril, me contaba su verano esquiando en unas montañas de Chile. Recuerdo las narraciones de mis primos hermanos, cuyos padres tenían más dinero que los míos, recontando sus periplos por ciudades europeas. Alguna vez pregunté a mi padre si podríamos irnos de viaje y la respuesta fue que no había dinero suficiente. No me estoy quejando de mi infancia. Disponía de más comodidades que las del peruano medio y mis vacaciones eran al lado del dulce río de la pequeña chacra de mis abuelos y el frío mar de la costa arequipeña, entre la calidez pueblerina de agricultores y marisqueadores, los parientes de mi madre. ¿Pero que había más allá de las fronteras de mi país? Esa era mi gran pregunta.

En 1987 mi padre empezó a hacer más trabajos independientes, plata extra a su magro salario de empleado bancario y de repente hubo dinero para “El viaje”. Toda la familia, los cinco. No en avión como me contaban mis amigos del colegio si no en autobús. Nos iríamos hasta Buenos Aires, a visitar a la buena amiga y comadre de mi mamá. Llevaríamos a su ahijada, la pelirroja Carolina, que a los 11 años guardaría para siempre el recuerdo de este idílico viaje familiar hasta las riberas del Mar del Plata.

Mi madre recuerda mejor que yo la alegría de mi primera incursión en tierras extranjeras. Cruzamos el desierto hasta Santiago en un bus de la Flota Barrios, escuchando Soda Stereo que era el grupo de moda. Atravesamos los Andes con un viejo taxista mendocino, escandalizado al escucharnos decir “Estamos entrando a la tierra del rock”. Mi padre tuvo que sobornar al vendedor de los boletos de la estación ferroviaria para conseguir cinco pasajes en un tren de Mendoza a Buenos Aires que iba casi vacío. Vivimos en la casa de la comadre y volvimos en el autobús, haciendo felices escalas en Antofagasta, en Iquique –para visitar la entonces próspera Zona Franca–, y en Arica.

En 1992 volví a hacer el viaje por tierra a Buenos Aires pero me seguí de largo hasta Río de Janeiro. Me anunciaron por teléfono la muerte de mi abuelo, un recuerdo que acompaña siempre mi escandaloso descubrimiento de los hilos dentales de Copacabana y la noche de fiesta pre carnavalesca en una discoteca de Ipanema. En un bus de Paraná hacia Rio Grande, conocí a una rubia de senos implacables que me enseñó a brindarle placer a una mujer guardando el más completo silencio. Aprendí portugués en el litoral de Sao Paulo y las playas de Florianópolis y gasté tres rollos de fotos deslumbrado con las Cataratas de Iguazú. Pasé miércoles de ceniza con unos amigos en una playa cerca de Porto Alegre, crucé a pie la frontera con el Paraguay y volví a mi tierra en un bus de la tarde, haciendo una escala en Chile para comparar las olas de Viña del Mar con los recuerdos de mi primera visita.

En 1993 hice el mismo viaje a Brasil, esta vez cruzando el paisaje boliviano, enfrentando la desesperante pasividad de los campesinos de Desaguadero, el silencio bruto de los paceños que me negaron un baño limpio, el clima meridional de Cochabamba y la tropical y emergente Santa Cruz. El tren bala boliviano–que de bala nada–me brindó los mejores recuerdos del Pantanal del Brasil, asomado a ellos sobre el borde de una puerta del vagón, junto a la que se convertiría en mi mejor compañera de viajes, Rossana–alias la Roca–Díaz.

Me la encontré en el andén de la estación de tren de Santa Cruz y viajamos juntos hasta Sao Paulo donde nos encontramos con un brasilero que partía de aventuras a Inglaterra y la India. Me perdí unos días en la europeizada Curitiba; volví a Iguazú y a la sofocante Buenos Aires antes de regresar en un Ormeño–de oferta–, directo a Lima.

En 1995 el Perú estuvo en guerra con el Ecuador y se frustró una bien planeada expedición a Bogotá. Rossana me convenció a partir con ella hacia Santiago. Cogimos el tren al sur hasta la isla de Chiloé, bañándonos en las playas heladas de todos los pueblos grandes entre Valdivia y Castro. En mi memoria permanece magnífico el recuerdo del volcán de Osorno y el viento del tramo en barco hasta el desembarcadero de Ancud.

Regresamos a Santiago para el concierto de los Rolling Stones, que por primera vez en su 25 años de historia posaban sus pies en Sudamérica. Luego de los Rolling, aprendí con Rossana a vivir de mochilero en 15 días de aventura por las carreteras, tirando dedo hasta Buenos Aires y de regreso hasta Lima, sobreviviendo con 40 dólares en los bolsillos. Es interminable la lista de camiones, autos y camionetas que se compadecieron de la peruana con pinta de argentina rockera, pidiendo que la jalaran al borde de las recién privatizadas carreteras argentinas. Dormimos en una estación de bomberos en un pueblito cercano a Luján, en los sillones de la estación de policía de Tocopilla, en un bulín prestado en San Martín, y sobre un colchón hippie bajo el ruido de una granizada apocalíptica en las afueras de San Luis.

En 1996 fui hacia el norte. Un video de Mano Negra reavivó los deseos de conocer Colombia. Meses antes había conocido en Lima a la vocalista de Los Aterciopelados y me atolondró con el recuento del Rock al Parque, que se realizaba cada año en Bogotá. Ese fue el pretexto. Con 180 valiosos dólares en una época de fructífero desempleo, tomé un bus directo a Tumbes y de allí me las ingenié para cruzar Ecuador y llegar a Ipiales en Colombia. En el bus desde la frontera hasta Quito, una terramoza gentil de majestuosas nalgas morenas se me entregó alrededor de la medianoche. Fueron tres intensas horas en el último asiento del autobús, mientras por las cortinas oteaba un interminable paisaje de plantaciones de bananos.

En Bogotá, además de llenarme la cabeza de nombres de bandas colombianas, me enamoré de una mujer de Villavicencio que decía llevar en el estómago tenias voraces desde muy niña. Recuerdo su cuerpo apenas cubierto con una minúscula tanga blanca, caminando entre las sombras de una habitación frente a la plaza del Chorro de Quevedo en La Candelaria. Allí conocí también al Divine, un tablista de lenguas barbas y largo cabello lacio, que sonreía con la misma paz que una vez me sorprendió en Lima el hijo menor de Bob Marley. El Divine caminaba siempre flanqueado por dos sacerdotisas: dos mujerones de rostro angelical que le seguían por las calles del centro, alrededor de la Carrera 13, suplicando donaciones para que el Divine financiara los porritos y las botellas de vino con las que me agasajaron, él y sus amigos, en un salsódromo casi íntimo, una casita minúscula cerca de la Jimenez llamado El Goce. Siempre vuelve a mi memoria el grafitti garabateado con gruesas letras de pintura fosforescente sobre el lavatorio del baño: “El país se derrumba y nosotros…de rumba”.

Luego de volver a Lima, tres viajes al Cuzco y un amor intenso mas no correspondido, de aquellos que todo lo transforman en cenizas, viajé a Europa.

Para entonces había conseguido tres trabajos que me daban holgura económica y me dispuse a conocer a bordo de los trenes la geografía europea en mis primeras vacaciones de 30 días. Era 1999 y ya se empezaba a percibir en la economía del país un olor a podrido proveniente del Asia. Estaba casi seguro que aquella sería mi última oportunidad para recorrer Europa así que planifiqué conocerlo todo. De París hasta Burdeos, para hacer el amor doucement con una francesa poeta de ardiente sonrisa, al lado de una próspera granja de cerdos y patos y en el estrecho colchón de un cuarto de estudiantes en la ciudad universitaria, escuchando a lo lejos las guitarras de los gitanos; y luego a Italia: Roma, Florencia, Nápoles, Sorrento, Pompeya y Venecia en una semana. Atravecé Suiza por Berna hasta Frankfurt en Alemania y de allí a España, desde Galicia hasta Barcelona y la parada final para tomar el avión de regreso en Madrid. Se me quedaron las ganas de ir a Holanda e Inglaterra, pero los trámites de visa, en Europa, demoraban más de una semana. Era demasiado.

En 2000 tuve otras vacaciones de un mes. La crisis asiática había contaminado todo y la economía se caía a pedazos. Todos hablaban del temido desempleo, a lo que se sumaba la inestabilidad política generada por las luchas por el poder previas a las elecciones generales. Un sábado por la tarde decidí empezar mis vacaciones con una amiga fotógrafa, manejando mi camioneta hasta el Ecuador. La vida era muy barata y muy tranquila. Conocimos Guayaquil, Santo Domingo de los Colorados, Quito, el ídilico albergue de Tongoyape, las playas azules de Esmeralda y por algunas horas la Cuenca histórica de apariencia virreinal. Regresé a Lima preparado para aconsejarle a todo el que me preguntara que realizara aquél viaje. El último tramo lo manejé desde Pimentel hasta Lima parando esporádicamente para beber un café y merendar algún bizcocho. Recuerdo haber conversado con los paisanos en los restaurantes de la carretera, diciendo que iban a votar por Fujimori, pero sin convicción. Se empezaba a percibir entre ellos el torbellino generado por la lucha entre los poderes políticos y económicos que terminaría por arrebatarle el poder al señor dictador.

En Lima ya no tenía sino un empleo y aquél no me ofrecía lo mismo de antes. Me imagino que mi historia no es peor que las muchas historias de quienes abandonaron el país. Mi jefe era un tipo insoportable y enfermizo al que le interesaban nada los horarios normales de trabajo. De lunes a sábado, de siete de la mañana a diez de la noche. A veces más. Empecé a sentir un dolor en la espalda cada mañana que ahora asocio con el comienzo de un ataque de estrés. Los proyectos que me habían ofrecido al contratarme en 1998 estaban todos archivados a la espera de tiempos mejores. Decidí partir. El dueño de la compañía, al que aprecio como el mejor de los amigos, me aconsejó lo mismo.

El 10 de julio de 2000 salí de Lima. Mi plan era volver a Europa, donde mi amiga Rossana me había ofrecido armar una productora y ponernos a trabajar en proyectos de cine. Como algunas veces sucede, aquél “proyecto” era sólo eso.

Viajé con ella y su esposo alrededor de Galicia. Luego de un mes de abusiva vagancia, con el dinero escaso, ella me sugirió partir. Me fui de mochilero hasta Lisboa, durmiendo en calles, caminando de noche para ahorrarme el dinero del alojamiento, o esperando a la puerta de las estaciones de trenes, que abran para dormir la mañana en una de sus bancas de madera. A la salida de un teatro en el centro histórico de Porto, donde yo trataba de conciliar el sueño sentado sobre el borde de la vereda y apoyado en mi mochila, una mujer elegante y cubierta de pieles me miró con desprecio.

Un camionero de gorda sonrisa, que conocí llegando a Lisboa, me ofreció un trabajo de ayudante en un viaje de dos semanas hacia Nuremberg en Alemania. Transportaba bajo la lona de la tolva un aparatoso cargamento de corchos para embotelladoras de vino francesas y una rueda de tren monumental destinada a una planta de la Siemens en Alemania. Fueron 15 días de instructivo camino por las ordenadas autopistas de Portugal, España, Francia y Alemania, bebiendo vino portugués y alimentandonos con improvisadas parrilladas a la vera de las rutas locales, conversando con otros camioneros solitarios que se ganaban la vida por las carreteras europeas.

Llegando a las afueras de San Sebastián me despedí de mi amigo camionero. Pasé una semana en una casa a media hora de la playa de La Concha, escuchando el mar que reventaba contra el hierro del Peine del Viento, disfrutando del clima de fin de verano y del ambiente de fiesta del famoso festival de cine de esta capital del País Vasco.

Al volver a Galicia una periodista que había conocido en mi primer mes en Coruña, me ofreció trabajar como encargado de la página de cine, televisión y espectáculos de La Opinión, una aventura editorial que no tenía ni dos semanas de historia y que pretendía convertirse en la alternativa de los coruñeses ante el todopoderoso La Voz de Galicia. Hice muy buenos amigos allí y junté el dinero que necesitaba para seguir viaje.

Al cumplirse el tiempo de mi visa europea (tres meses) me quedaban dos opciones. O quedarme de ilegal en España o seguir hacia Londres. Mi amiga Rossana, que había sufrido recientemente todas las visicitudes de la ilegalidad, me sugirió partir. Su piel blanca la había librado de la discriminación y del racismo de la policía, pero incluso así había sufrido crueles experiencias en las manos de los servicios de inmigración.

Así que el día que cumplí 28 años, 1 de noviembre de 2000, aterrizaba con escasos dólares y una maleta cansada en el aeropuerto de Heathrow. Los amigos de La Opinión me habían despedido con interminables copas de champagne y dos de ellos se habían tomado la molestia de recibir mi cumpleaños en un bar de Santiago de Compostela antes de acompañarme al aeropuerto.

En A Coruña los españoles me habían comentado lo sencillo que era conseguir trabajo en Londres así que iba allí con esa esperanza. Descubrí que era relativamente fácil para los europeos, pero no para los sudamericanos sin permiso de trabajo. Mi magra bolsa de viaje con la que pensaba sobrevivir holgadamente al menos durante el primer mes, se agotó en menos de dos semanas. Sólo conseguí un trabajo para repartir revistas en una salida del subterráneo.

En un estado de desesperanza económica, fueron las visitas a los museos, gratuitos, y la lectura de libros en la sala de la biblioteca de Londres, los que aliviaron un poco mi pena.

Me veo aún boquiabierto ante la exposición de los frisos del Partenón, expuestos en el célebre museo del Imperio Británico. Y recuerdo mi descubrimiento, casi por casualidad, de la vitrina blindada donde, solitaria, se exponía la brillantez oscura e hipnótica de la Piedra de Rosetta.

Dejé Londres, tapizado de hojas amarillas, el 27 de noviembre de 2000. Por si no había sido suficiente mi breve experiencia londinense con el temprano invierno del hemisferio norte, el avión hizo escala en Islandia, para que comprobara como lucía un país sepultado por la nieve. Era una noche fría de otoño, y mi avión aterrizaba, dejándome ilusionado y quebrado en el aeropuerto Kennedy.

En septiembre del año 2001 vi por primera vez el humo cubriendo la ciudad desde una esquina entre Park Avenue y la calle 34; en 2002 me mudé a Brooklyn y compartí mi habitación con una mujer asombrosa, reflejo de la mezcla de nacionalidades de Nueva York. Posee tres pasaportes: europeo, cubano e israelí. A punto de vencerse el término de su estadía de tres meses, Rachel consiguió un empleo en el departamento de español de las Naciones Unidas y aún sigue allí.

Estudié inglés por dos años, terminando la escuela ingresé a la universidad Lehman en el Bronx, donde terminé una segunda especialidad en periodismo. El año 2004, a pocas semanas de graduarme, el decano me ofreció trabajo como profesor. A fines de agosto de este año 2005, tras varios meses de intensas lecturas y dueño de un renovado amor por las letras, empecé mis estudios de maestría en literatura inglesa.

Han pasado 17 años desde que crucé las fronteras hacia Arica y cinco años desde que vi por última vez el cielo color gris de Lima. Y al recontar mis viajes y experiencias experimento la dulce y amarga sensación de saber que aún hay lugares que no conozco como otros a los que deseo volver.

Y me agrada todavía definir mi situación como la de un pasajero en trance, a medio camino, viviendo en Nueva York.

Me has de traer el mal

Enredada como un ovillo en la cama. Su piernas reflejando la intensa luz rosada del cuarto. Por la ventana un ruido donde se mezclan bocinas y voces que pasean sus cuerpos fríos en diciembre. Una cantina hubiera hecho el truco, pero ahora la he encontrado a ella. ¿Me vas a decir lo que sigue? Se acurruca a mi lado. Siento placer en estar calmado y en paz. “Sé que tú me has de traer el mal. De a poquitos, en bocanadas de respiración artificial” 😉

Miro el pasado. Percibo detalles que hasta entonces jamás me habían perturbado, nunca se me había cruzado por la cabeza pensar en arrepentirme ¿De qué? ¿Acaso pude hacer algo mejor? Lo tenía todo planeado. El mundo funcionaba como una máquina perfecta. Y al control de esa máquina, estaba yo.

Los periódicos amarillean al lado de la ventana. Hay un hedor a rata y humedad que no me deja dormir. Tengo que hacerlo, de otro modo sólo me voy a poner a pensar. Pensar y pensar, imaginar que puedo llamar a éste, a este otro. Que puedo tejer otra vez todo y enredar a ese y a ese tal vez. Reclamar favores que me deben ,exigir que se me respete. Volverme loco pensando en todo el poder que he perdido. Caer en picada. ¿Arrepentirme? De algo me va a servir el haber estado en peor posición que esta. Yo he pasado hambre también. Se han meado en mi antes. Puedo soportar el hedor de las ratas. Es que apenas si ha pasado una hora y..tengo que dejar de pensar. Dejar que transcurra el tiempo. Imaginar que soy un tipo normal, sin poder, sin nada.

Venados

Vi dos venados en el parqueo de Knollwood. Se les veía extraviados. Ha llovido, gotas delgaditas, que apenas mojan. Se ha llenado de gente.

Un mensaje que me dice que un retrato está casi listo me ha alegrado la mañana. He leído toda la revista TIME mientras esperaba que salgan de la cena. Medialuz en una caseta enmedio de un club de golf. Silencio de lluvia que no moja y hojas amarillas que cubren la pista.

La puerta medioabierta. 1010 Wins en la radio, retazos del tercer partido de los Yankees. Sonidos del público en Filadelfia.

En la mañana, la Saw Mill medio lluviosa, escuchando NPR, In the Media: Una empresa de California crea la información que leerán millones de ávidos internautas basada en logaritmos. Antes contrataba editores que escogían los temas de los artículos y los encabezados. Hoy los logaritmos, mucho más precisos, hacen ese trabajo.

Un AUDI negro hace sonar la pista mojada. Lubalin me dice que su club de golf es precioso y se ahorra mil dólares todos los meses.

Frances me comenta sobre mi besador anónimo en el teléfono. Se ríe y esa risa me transporta a sitios santos. Hoy tengo 36, mañana tendré 37. Reloj que marcas las horas.

En una silla vieja

En una silla vieja un libro busca dueño. Si lo ves flotar colócalo otra vez encima del ropero y préstale atención las siguientes treinta y tres horas.

En una tienda de ropa un manicomio ha cerrado la puerta trasera, se han escapado los contadores con el dinero.

En un país los rubios se han cortado el pelo y no han dejado nada de propina. Los negros han vendido su ganado y han comprado quinelas.

En una luz viajan dos mosquitos con corazón dorado.

Sábado

Hay tantas noches como esta…
Y tantas otras en que el celular espera. Pregunto ¿Solo yo?

Desde un bar una llamada apurada, está terminando de trabajar. Me piden que me relaje, que lea un buen libro “Salman Rushdie me desilusiona un poco”, me dice.

Mis piernas cansadas. Mi cercanía a la cama, mis memorias vuelan veloces y se alejan. Me levanto como un autómata pero descansado. Duermo mejor, el aire acondicionado es muy frío, pero en automático se apaga sólo un poquito después de cuando debería apagarse.

Pensaba escribir, usar la noche para condensar alguna cosa o tenderme en la cama a leer, subrayar, alguna palabrita nueva. La única que he aprendido recientemente es “impervious” y ni aún ahora recuerdo su significado. Hace unos meses estaba leyendo a Faulkner y subrayando como loco. Lo mismo con Rushdie, lo mismo con Joyce.

Vargas Llosa: El Pez en el agua. Siete trabajos cuando se casó con Julia, su tía. Y aquí escándalo de primas hermanas. Nada nuevo bajo el sol. Un reportaje sobre “Al fondo hay sitio” la magia de los guiones bien hechos, de los actores que tienen carisma.

Tengo que terminar esa historia de Comanse los unos a los otros. Un solo dia en el Cuzco, centro del imperio, ombligo del mundo.

¿Qué será del mundo? ¿Por qué no va más rápido? ¿Por qué no gira en torno a mí?

Solo vemos lo que nos ponen-o nos ponemos-frente a los ojos.
Definitivamente estar cansado no es una buena receta para escritor. Pero sin bajar la guardia, escribir, escribir, y más allá.

La recompensa está en nosotros mismos. Al menos escribí mi historia sobre el truco, basada en una línea de Borges. Ya.

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