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The New York Street

Un blog lleno de historias

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New York City

Juan Villoro en Nueva York

Hace un par de meses fui a ver a Villoro a la librería McNally Jackson en SoHo. Presentó el libro de Bruno H. Piché, periodista, cronista y director de Newsweek en español: “Robinson ante el abismo”. Villoro nos conversó un poco de sus propias islas y de sus robinsones, incluyendo en la conversación a Proust, a Joyce, a Monterroso, a Bolaño o a Ballard,  con ese talento único que él tiene para adornar sus ensayos y sus conferencias “con rarezas para el viajero frecuente y hospitalidad para el recién llegado”.

La ciudad y el mar

Este es el artículo publicado esta semana en mi blog de FronteraD

The cure for anything is salt water. Sweat, tears, or the sea”

Isak Dinesen

Una tarde creí ver el mar en Madrid. Era junio y yo deambulaba cerca de un castillo donde mi guía decía que vivía el rey. Al lado se veía una gran cantidad de cielo y yo, ingenuo, mal acostumbrado al paisaje limeño, le dije: “Ahí tiene que estar el mar. Ahí debería de estar el mar”. Aquella noche, en una disco cerca de Lavapiés, discutimos aquella sensación. “Jamás podría vivir en una ciudad lejos del mar”, me dijo ella. Y coincidimos, tal vez tercermundistamente, que incluso en los días más ajetreados de nuestra experiencia limeña, saber que el océano estaba a un paso, así solo fuera para observarlo, hacía más llevaderas nuestras vidas.

Nueva York está rodeada por el mar. Sus residentes han conservado espacios que aprovechan la cercanía de la metrópolis al agua. Es cierto que la mayoría de postales representan a Newyópolis en complicidad con el Hudson –ese río de proporciones amazónicas que sube y baja desde la zona montañosa de los Adirondacks–; pero el agua del Atlántico alimenta a este río que los primeros exploradores españoles bautizaron alguna vez como San Antonio. Además, las playas de los neoyorquinos no son dulces.

Mis primeros veranos, cuando dependía de los vehículos de parientes, la experiencia playera consistía en expediciones  de muchas horas hacia Long Island, en las afueras de la metrópoli. Allí están las arenas más visitadas: Jones Beach y Long Beach, cuya popularidad transforma al tráfico del fin de semana en un infierno. La cerveza debe ser consumida a escondidas, y la comida debe ser protegida de unas gaviotas gordas como puercos que deambulan alrededor de los cientos de tachos de basura colocados cada veinte pasos sobre la arena. Sin embargo,  al conocer mejor las rutas del tren subterráneo, mi oferta playera se amplió: cuatro de los cinco barrios que conforman Nueva York tienen arenas que moja el Atlántico.

La más conocida es Coney Island, en la punta sur de Brooklyn. Antes de la invención del automóvil, este era el único destino veraniego de los neoyorquinos. Aún quedan vestigios de su vieja gloria. El viento y las llamas se llevaron a los lujosos y colosales hoteles a la medida de las ambiciones del país; pero aún están allí tres de sus principales atracciones, que reciben cada verano a la sudorosa marea de visitantes: los juegos mecánicos –incluyendo al Cyclone, la primera montaña rusa–; el maravilloso Acuario de Brooklyn, y el restaurante donde los americanos dicen haber reinventado el hot-dog: Nathan’s, que cada 4 de julio revive su fama cuando un grupo de trogloditas compiten para ver quien es capaz de embutirse más salchichas en la boca.

Muy cerca de Coney Island, a poco más de media hora de caminata, está mi playa favorita: Brighton Beach. Es el balneario tradicional de los inmigrantes rusos. Cuesta creer que estando tan cerca de Coney Island sea una playa tan distinta. Coney Island es ruidosa y muy juvenil. Brighton Beach es familiar. Lo que más abunda en Coney Island son jóvenes retozando en la arena. Allí el sexo es un elemento que vibra en el ambiente. Sobran las miradas lascivas. Brighton Beach, al menos en mi experiencia, es más calmada. Lo que abundan son familias: abuelas rusas muy gordas, padres de familia panzones, criaturas que saltan en el agua. En Brighton Beach podía leer un libro y escuchar el mar. En Coney Island era imposible alejarse lo suficiente de los muchachos con equipos de radio o gargantas a todo volumen. En invierno, ese paisaje es  muy distinto. Ver la arena de Coney Island cubierta de nieve, con la sombra de sus parques de atracciones silenciosos, es todo un espectáculo.

Un verano me doblé el tobillo. Coincidió con la primera visita de mis padres a mi pequeño departamento en el Bronx. Les anuncié que visitaríamos una parte de la ciudad donde se reposara y no se tuviera que caminar (Ambos estuvieron de acuerdo. Sus anteriores visitas –al Nueva York turístico– estuvieron cargadas de subidas y bajadas por las escaleras del subway, y por caminatas de muchas horas entre calles y parques, no muy condescendientes con sus piernas sexagenarias). Además de Coney Island y Brighton Beach, llegamos en un bus hasta Orchard Beach, en el Bronx, una paradisíaca frontera con el mar, que la población hispana convierte cada fin de semana en una fiesta, llena de sabores tropicales, salsa y bachata. También fuimos en el tren, cruzando una bellísima zona de pantanos, hasta Far Rockaway Beach, en Queens. Es una playa de aguas turquesas, de arena blanca entre las que se puede ver a los cangrejos cavando hoyos. A esta playa hay que llegar de día, pues está muy cerca de barrios peligrosos. Se puede llegar sin cruzarlos, pero nosotros, novatos, tuvimos que caminar por una calle de casas abandonadas, sin puertas ni ventanas, con sus habitantes desarrapados, con la mirada rojiza y perdida, que nos observaban mientras deambulaban como zombis, bien abrigados en el calor del verano.

El barrio menos conocido es Staten Island. Los neoyorquinos recomiendan a los turistas subirse al ferry gratuito que conecta a ese barrio con Manhattan, solo para ver de cerca la Estatua de la Libertad. A llegar a Staten Island hay que bajarse del barco, darse una vuelta de un par de minutos por el terminal y tomar el ferry de regreso. Nunca había puesto los pies afuera del terminal, hasta que se nos ocurrió ir a South Beach, una preciosa playa de arenas rojizas, de apariencia muy familiar, con un malecón menos bullicioso que el de Jones Beach y con impresionantes vistas del puente Verrazano y la costa de Brooklyn.

A más de dos horas de la ciudad, queda una franja de playas que recién descubriría años más tarde gracias a la relación con la familia de mis esposa: los Hamptons. La surferísima Montauk y otra docena de pueblos ubicados en la punta de la Isla Larga (Long Island) fueron en algún momento el paraíso de pescadores y de balleneros. Durante el siglo XX se transformaron en lugares privilegiados para el veraneo de las familias más acomodadas de Nueva York. Allí se mudan en los meses de verano muchos artistas y millonarios (la familia de mi esposa, lamentablemente, no es ni lo uno ni lo otro). Alguna vez, aquí pasaron el verano Los Beatles. Paul McCartney aún mantiene una residencia frente al océano. Aquí se prometieron amor eterno los divorciados Alec Baldwin y Kim Basinger. Billy Joel le ha dedicado algunas canciones a esos territorios; y John Steinbeck se refugió al lado de esas playas para escribir algunas de sus novelas. Los Hamptons tiene un encanto que proviene de que los habitantes han sabido conservar su paisaje semi salvaje, protegiendo a las especies animales que aún se reproducen y caminan con libertad por la zona. No es dificíl tropezarse con una tortuga o una familia de pavos salvajes cruzando las pistas, ni que decir de los venados. Los pobladores también han conservado, con sacrificio y mucha lucha, una rica tradición granjera; y aún quedan extensos terrenos dedicados al maíz, papas, viñedos, entre otros cultivos. Los millonarios del verano, a quienes los habitantes locales detestan, pues encarecen los precios y malogran el tráfico; conviven y comparten con los lugareños estas magníficas playas con vista hacia el Atlántico.

Esta semana calurosa, mientras observaba una zona protegida para las aves (East Hampton ha decidido mover sus tradicionales juegos artificiales del 4 de julio al mes de octubre para que no perturben el período de incubación de una especie de aves en peligro de extinción); al lado del cual tomábamos el sol yo y otros bañistas, pensaba en esta combinación del mar y la salud, en esa famosa frase de Dinesen que he puesto en el epígrafe. Es cierto: existe una estrecha relación entre la salud y el mar.

Y recordé otra vez aquella ocasión en que creí encontrar el océano en Madrid. Lo siento por ustedes madrileños, no sé como pueden. A mí tampoco me gustaría vivir lejos de él.

La isla y los libros

Esta semana he publicado esta entrada en mi blog NEWYÓPOLIS en FronteraD. Trata sobre la experiencia de leer en la ciudad de Nueva York.

Foto por PerrySt-Flickr.

Un libro viejo mirándote desde un escaparate. ¿Cómo resistir la mirada de un libro viejo que uno quiere leer? Ese libro viejo te mira y entonces ¿qué más puedes hacer? De niño fui un mal lector. Le he echado la culpa al dinero escaso, pero la verdad es que mis aficiones literarias en Lima se redujeron a las recomendaciones de uno que otro amigo, a títulos que pescaba en la televisión o en alguna película. Fui un pésimo lector. Pasé de Julio Verne a Gabriel García Márquez y me conformé con una que otra novela de autores latinoamericanos. Me entusiasmaba demasiado Alfredo Bryce Echenique. No sabía leer a Borges. Nunca leí a los griegos ni a los latinos. Ya en Nueva York cometí la estupidez de preguntarle a un amigo que me hablaba de Esquilo “¿Los dramas se leen?”

Pero en Nueva York, con libros viejos y baratos en cada barrio ¿cómo no hacerle caso a los libros? Esta es una ciudad donde basta tener un poco de tiempo libre para disfrutar el día tumbado al lado de un ventanal, leyendo en librerías de anaqueles bien surtidos (No como en Lima, donde abres un libro y un empleado corre a pedirte que pases por caja antes de osar leerlo) En esta ciudad de millones de impacientes lectores, quedan aún librerías suficientes, pequeñas y grandes tiendas desperdigadas en sus diferentes barrios. Pero la madre de todas ellas, el paraíso de los libros usados, es Strand.

La primera vez que entré a Strand fue a un local que ya no existe, en Fulton Street, cerca del puerto de Manhattan y en pleno centro financiero. Una banderola roja flameaba en la entrada y sus “18 millas de libros” (ese es el eslogan de la tienda), parecían haberse apoderado de cada rincón. Era un local húmedo, inapropiado para tanto papel amontonado. Poco tiempo después se abrió el renovado segundo piso del ahora único local, a dos cuadras de Union Square. Strand es una librería modelo, siempre está abarrotada de gente. Cada vez que entro en ella me vuelve la fe en esta ciudad: en Nueva York aún leemos. En esta metrópoli apurada aún es posible entablar discusiones literarias con alguna persona en el tren subterráneo, aconsejar a un extraño tal o cual libro, tomarnos un café mientras preguntamos con amabilidad al vecino, o al pasajero que lee concentrado en el bus ¿qué tal es ese libro? Recuerdo a una enamorada judía, a la que abordé en un restaurante de esos que abren 24 horas, después de la medianoche, para decirle que me gustaban sus bucles pelirrojos. Después de una sonrisa de agradecimiento, ella me soltó su primera pregunta, mirando la edición de tapa blanda de la novela–comprada en Strand–que yo apretaba contra mi sobretodo: “¿Estás leyendo a Faulkner?” Era su autor favorito.

Ahora observo los libreros de mi casa y el signo de Strand está en muchos de esos tomos que el amor por la literatura me ha obligado a adquirir (¿Cómo resistir la mirada de tantos libros hermosos?) Son libros que fueron comprados a menos de la mitad del precio original, a veces con la ventaja de alguna nota conveniente de un buen lector, y en ocasiones con la dedicatoria de un padre cariñoso, un buen amigo o un amante. Allí están mis tomos de tapa dura de la Everyman’s Library: allí leí a Joyce por primera vez. También los cuentos de Rudyard Kipling–qué magnífica experiencia la lectura de The Man Who Would Be King–y las obras completas de Oscar Wilde–difícil resistir la carcajada con The Importance of Being Earnest. En esa misma colección, comprados a menos de ocho dólares, vino Mrs. Dalloway y To the Lighthouse, la imprescindible novela de Virginia Woolf. El enriquecedor diario de Mircea Eliade vino de los anaqueles de Strand, igual que The Sacred and the Profane. También la autobiografía de Ingmar Bergman, The Magic Lantern; y la biografía de Emir Rodríguez Monegal sobre Borges. Hay mucha poesía (Keats, Heaney, Lee Masters, Matthew Arnold, Auden, Plath) y libros que me iluminaron la vida: Macbeth en la edición de la Signet; The Complete Plays of Sophocles editado por Moses Hadas; las traducciones de Dryden y de Allen Mandellbaum de The Aeneid y la de Maude de War and Peace; y History of My Life de Giacomo Casanova (el tomo 1 y 2) De allí también salieron mis libros de ensayos de Eliot, de Pound, de William Carlos Williams; y esa interesante guía por el universo de la buena literatura que Harold Bloom me autografió una tarde con letra tembleque: The Western Canon.

En alguna página de las obras completas de Borges, saboreé hace tiempo un ensayo donde Emanuel Swedenborg pronosticaba que el paraíso prometido por Dios es un espacio para que conversen las almas de quienes fueron buenos lectores en vida. Gracias a mi experiencia en Nueva York, a sus libros usados y a Strand, creo estar cada vez mejor preparado, por si alguna vez me toca llegar a esa eterna tertulia celestial imaginada por el iluminado Swedenborg.

Newyópolis

Ilustración original de FronteraD para el blog Newyópolis.

A partir de esta semana empecé a escribir una página-blog para la revista madrileña online FronteraD. Se llama Newyópolis y es una bitácora de experiencias vividas en esta ciudad que si a veces duerme lo hace bien caleta para que nadie se de cuenta. Esta es la primera entrada, publicada hoy. Se llama El nuevo idioma. Espero que les guste:

En una plataforma de la estación Times Square tuve mi primer gran encuentro con el subterráneo. Era mi primer día de clases de inglés intensivo en Nueva York. Ahí estaba yo, dudando en subirme o no a ese ruidoso tren con un número 1 al frente, cuando se abrieron las puertas y vi gente. ¿Cómo averiguo si va “uptown” o “downtown”? ¿Cómo se dice en inglés lo que yo quiero preguntar? pensé. En un impulso, dirigiéndome a un muchacho que viajaba aferrado a un pasamanos, le pregunté en castellano: ¿Va a la 34? y el muchacho me respondió “Sí, sí va” con perfecto español y amable acento de México.

Recuerdo haber experimentado una sensación de alivio. Pasara lo que pasara, el idioma que yo manejaba me iba a servir de herramienta en esta nueva ciudad. Y así se los digo a mis amigos que me visitan de vez en cuando, o a las tías que temen perderse en los laberintos turísticos del tren subterráneo: “Si necesitas ubicarte, mira alrededor. Siempre hay alguien que habla español”. A mi padre no tuve jamás que sugerirle nada, pues él, con desparpajo, se lanza a preguntarle en español tanto al chino del restaurante de Chinatown como al polaco de la bodega de Astoria. A veces tiene suerte y recibe una correcta respuesta en ese idioma, otras veces recibe una sonrisa de ignorancia y de vez en cuando un “no hablou espaniol” como excusa. Pero él no desespera y pasa a su siguiente víctima hasta que alguien lo entiende y le responde. Si hablas español no puedes perderte en Nueva York: Ciudad Gótica se ha castellanizado.

Casi once años después de aquella primera experiencia en el subterráneo, esta semana vi a mis estudiantes sufrir en un examen de conjugaciones: pretéritos perfectos e imperfectos. Era una prueba solo con verbos regulares. Sin embargo, para  algunos de ellos, esas palabras parecen ser acertijos indescifrables.

Mi clase está compuesta por estudiantes que provienen de familias hispanas pero que han nacido y crecido en Nueva York. Les menciono los viajes que podrían hacer a ciudades interesantes como Buenos Aires o México DF. Les enseño imágenes de lugares que podrían visitar, como el barrio de La Candelaria, como las pirámides de Chichen Itza,  las ruinas de Machu Picchu, las cataratas de Iguazú o el volcán Arenal; y les digo lo útil que les sería el español en estos sitios. Los insto a viajar porque sé–por experiencia–cuantas cosas nos enseñan los viajes cuando no sabemos nada de la vida. Y así creo que estos jóvenes le toman un poco más de gusto a memorizarse palabras como “pretérito”, “participio” o “gerundio”.

Uno de ellos tiene padres puertorriqueños. Aprendió con gran facilidad a identificar el pasado imperfecto del pasado perfecto, pero cuando habla no puede deshacerse de un fuerte acento “gringo”. Tiene solo 18 años. Me dice que siente vergüenza cuando encuentra hispanos que le hablan en español y él tiene que responder que no les entiende. Le sugiero que viaje y aprenda el idioma hablando con personas de otro país. Él me responde que en la esquina de la avenida Grand Concourse con la calle Fordham en el Bronx puede escuchar todo el español que quiera. Otra de mis estudiantes habla de un abuelito que le conversa en un inglés quebrado. Yo le sugiero que le converse en español todos los días “aunque sea un ratito”. Ella tiene una perfecta pronunciación, pero le ha tomado tiempo entender la diferencia entre el pretérito perfecto y el imperfecto; o más aún,  diferenciar una palabra grave de una aguda o una esdrújula. “Suena muy extraño” me dice uno de ellos cuando pronuncia “ce-ná-ba-mos”. Yo trato de convencerlo de que para los verbos regulares de primera terminación hay una reglas que son como las matemáticas: apréndete las terminaciones e identifica la raíz.

Sin embargo, hay momentos de gran felicidad en este proceso. La última clase uno de mis estudiantes se acercó y me dijo “profesor, pregúnteme cuantos países conozco” “¿Cuántos países conoces?” Su dedo señaló el suelo y me dijo “Solo éste”. Él quiere viajar a Sudamérica. Quiere ir a la Argentina y ver un partido de fútbol. Me complace saber que tal vez un día él estará en Buenos Aires, tal vez con la duda de cómo llegar hasta la cancha de Boca; y preguntará–como lo hice yo en Nueva York, mi primer día–direcciones en español. Habrá entonces vencido el temor a esas palabras extrañas que debió aprender para una clase universitaria, el miedo a todas aquellas reglas que dificultan el aprendizaje; y se sentirá en posesión de una poderosa herramienta: un nuevo idioma.

En los suburbios

Este es el artículo publicado esta semana en mi blog Apuntes en Nueva Ítaca en la revista Suburbano de Miami:


Llegué a Nueva York en un vuelo sin accidentes desde Londres. Un primo lejano, de quien conservaba el vago recuerdo de una fiesta de carnavales en La Punta ( ese balneario embellecido por los inmigrantes italianos que llegaron al puerto del Callao en los 1900, mágico apéndice de tierra que un tsunami puede tragarse de un solo bocado) me recogió del aeropuerto John F. Kennedy y cruzamos a bordo de su Hyundai rojo fuego, las calles en cuadrícula de la Ciudad de la Furia. Desde el asiento del piloto me apuntó Times Square, tomó el desvío hacia uno de los túneles y me llevó hasta la ciudad de Hoboken, cruzando el río Hudson, para que pudiera contemplar desde Nueva Jersey esa fortaleza de rascacielos iluminados enfrentándose al paredón de los Palisades: Manhattan. Era fines de noviembre y hacía frío. Mi primo–que además de la colección completa de La Fania y de Héctor Lavoe posee una bien surtida discoteca de rock en español en la maletera–pulsó los controles del equipo de sonido y sonó la guitarra de “En camino”, una de las canciones mejor concebidas entre la discografía de Soda Stereo.

Entonces yo, después de 6 meses de intenso camino, aterrizando en Nueva York tras andar varado en Europa sin un centavo en los bolsillos, me apropié de esa canción. Aquel tema que habla de desvíos y espejismos fue la culminación de una pequeña odisea que había comenzado seis meses antes en Lima, y que había seguido mientras mochileaba por España, Portugal, Francia, Alemania e Inglaterra. En aquél momento en que mi primo cruzaba el puente George Washington para llevarme a su casa, las últimas luces que vi al despegar del aeropuerto Jorge Chávez de Lima ya eran para mí una imagen brumosa.

Mi primo cruzó la parte alta del Bronx y nos metimos en un territorio desconocido: los suburbios. Desde Lima, una tarde me dieron malas noticias: el país se derrumbaba. Nuestro dictador había renunciado por fax y la sociedad se estaba reorganizando para salvar la debilitada democracia con un gobierno de transición. Los hombres que habían transitado muy orondos con saco y corbata por la historia peruana de fines del siglo XX, estaban desfilando hacia la prisión. El consejo de mi familia era que yo esperara en Estados Unidos a que se aclarara el horizonte político y económico. Conociendo la historia peruana, aquello podía tomar años.

En diciembre enfrió aún más. Una tía me había prestado un pequeño departamento en el cuarto piso de un edificio en una calle llamada New. El edificio se caía a pedazos, pero en aquél momento en que mi vida parecía comenzar de nuevo, “New” parecía el nombre apropiado. Desde la ventana de aquél departamento vi caer los primeros copos de la temporada. Pronto los suburbios se cubrieron de nieve. Ya las voces moderadas de mi familia me habían aconsejado que me acomodase al frío y esperase tiempos mejores en el estudio de la calle New. No tenía trabajo ni dinero. En un pequeño conciliábulo de primos, ellos acordaron darme un número de seguro social y conseguirme empleo, gracias a sus contactos, en la garita de un centro médico. Allí, mientras regaba las escasas flores del estacionamiento, abriendo las puertas a los dueños del edificio y apretando el botón de una cerca eléctrica para que estacionaran los autos de los pacientes, en un horario de lunes a viernes y de 8 de la mañana a cinco de la tarde, podía ganar más dinero que en los tres empleos “prestigiosos” que había dejado en Lima antes de viajar a Europa; trabajos con horarios que iban de 7 de la mañana a 10 de la noche, de lunes a domingo. Con ese primer trabajo y con esporádicos empleos estacionando autos en un club de golf solo para ciudadanos judíos, pude pagar mi renta en el estudio de la calle New. Además, entre pequeños gastos de ropa y comida, ahorré para comprar una computadora y un viejo Honda.

Fue un invierno frío. Yo creía, ilusamente, que habiendo visto a personajes del cine con aventuras entre calles tapadas por el hielo, ya conocía aquella sensación de la nieve escabulléndose entre los zapatos y las medias, o el salvaje frío filoso de la nevada congelándote el rostro y las manos. Tenía el vívido recuerdo de una escena de una película de aquel genio del cine que fue Ingmar Bergman: sus personajes marchaban sobre la nieve que cubría la ciudad de Upsala. Llegó el día en el cual tuve que caminar en una tormenta de nieve, y con cada paso que daba, el sonido del hielo machacado por mis zapatos me recordaba aquella película y me hacía ver mi absoluta ignorancia limeña acerca de temperaturas inclementes.

Sin embargo, aprendí. Mi siguiente invierno fue menos cruento y al subsiguiente ya me atrevía a aconsejar a algún recién llegado sobre tal o cual marca de botas, o sobre la inconveniencia de intentar abrir un paraguas en una tormenta.

Cuando por fin llegó el momento de mudarme a vivir en la ciudad, en Brooklyn, uno de los corazones del monstruo neoyorquino, mis familiares que habían vivido toda a su vida de inmigrantes en ese pueblo a cuarenta minutos de Manhattan, no podían entenderlo: ¿qué le puedes ver a Nueva York? me decían. Desde Lima mi madre me instó a permanecer cerca de ellos. Como si la pesadilla del terrorismo no hubiera sido suficiente para disuadirme de mudarme a esa ciudad. Yo dije que los suburbios no tenían el encanto del concreto de la metrópolis, que la única razón para dejar el Perú era para disfrutar a plenitud de la vitalidad de aquella isla mitológica; dije que tenía que vivir en Nueva York para poder saber de lo que hablaban los escritores que habían utilizado su mejor ingenio y pluma para describirla y–una y otra vez–reinventarla.

Viví en varios departamentos en la ciudad de Nueva York. Desde mi primera habitación se podía ver el Empire State y el departamento tenía una terraza con una vista preciosa a un cementerio de chatarra. Como todo neoyorquino viví con ratones y con cucarachas. Otro departamento quedaba en el piso arriba de un club social albanés, a dos lotes de distancia de una bodega dominicana donde podía pedir emparedados a la medianoche. Comprando allí mis víveres o haciendo mi cola frente a la caja para pagarlos, aprendí lo poco que sé sobre la cultura reguetonera, gracias a la radio a todo volumen de la señora bodeguera. Mi último departamento en la ciudad de Nueva York tenía garaje privado y desde la ventana de la habitación–que compartía con quien entonces era mi novia– podíamos ver el río Hudson y los Palisades, aquella imponente pared de piedra que tanto me recordaba mi primera noche en Estados Unidos. Sin embargo, cuando apareció la oportunidad de comprarnos una casa, la lógica de formar una familia nos empujó otra vez cruzando las fronteras de la metrópolis, hasta uno de aquellos pueblitos en los suburbios donde había empezado mi vida en Norteamérica.

Esta mañana he bajado a contemplar el arroyo que pasa frente a mi propiedad. Frente a mi casa hay una reserva natural y la sensación de los árboles alrededor me hacen creer que estoy en una ciudad apartada cuando en realidad solo vivo a 40 millas de Manhattan. El cauce de ese arroyo termina una media milla hacia el oeste, en el río Hudson. Cuando llueve su caudal aumenta y desde mi pequeña oficina en la casa, mientras escribo, puedo escuchar el correr del agua. De vez en cuando, mi esposa sorprende a los venados alimentándose con las flores de nuestro jardín; y alguna vez hemos descubierto a una familia de mapaches banqueteándose en nuestros tachos de basura. Hay una buena distancia entre mi casa y la del vecino; entre ambas hay árboles que esta primavera se han llenado de flores blancas. Debajo de las ventanas de mi sala, asoman ya las primeras rosas y despuntan–de todos los colores–los tulipanes. En una de las esquinas del jardín crecen espárragos y debajo de las escaleras que llevan a mi cocina crecen matas de menta.

Ni bien llego por las noches de la estación de tren, después de dictar mis clases en el Bronx, donde camino 50 minutos diarios–entre la parada del tren y la universidad–para no olvidar el gusto de caminar por la ciudad; me detengo a observar por la ventana de mi dormitorio las estrellas que alumbran el pueblo. Y sin traicionar al cariño que le profeso a la ciudad que me ha regalado tantas enseñanzas, me confieso que a mí me agrada esta forma de vida, esta combinación afortunada del campo y de la ciudad: yo también soy un hombre suburbano.

Apuntes en la Morgan Library, 31 de marzo

Uno de los sellos cilíndricos en la Morgan Library al lado de la copia en formato plano.

Algunos financistas dilapidan su dinero en empresas absurdas. Otros se apasionan con tener una biblioteca valiosa, piezas de arte únicas y una colección de más un millar de pequeños sellos y tabletas con escritura cuneiforme de la antigua Mesopotamia. Pierpont Morgan, uno de los financistas más poderosos del mundo a fines del siglo XIX y comienzos del XX, gastó una fortuna en coleccionar arte, libros y restos arqueológicos que le apasionaban, como aquellos encontrados en las excavaciones de la mitológica ciudad de Nínive.

Lo más fascinante del museo han sido estos sellos cilíndricos (parecen corchos de botella), con diminutos grabados de gran detalle referentes a historias de la vida, los mitos y las leyendas de los habitantes de aquella región. Estos sellos pertenecen a una civilización que floreció  2000 años antes de Cristo. Fue tan brutal–y tan perdida en la noche del tiempo–la desaparición  de la espléndida ciudad de Nínive, que cuando Herodoto escribió sus Historias, en el año 400 antes de Cristo, no la menciona. Sin embargo, en las tablillas encontradas en las excavaciones, emerge la historia de una civilización muy avanzada. Entre sus símbolos cuneiformes, se han encontrado evidencias de epopeyas que han llegado hasta nosotros por otros medios, como la de un hombre bueno al que los dioses encargaron rescatar un ejemplar de cada especie animal, subiéndolo a bordo de una gran barcaza, porque la Tierra iba a ser inundada. Estas tablillas originales-que se encuentran en exhibición, acompañadas de traducciones al inglés- cuentan también la historia de reyes avaros asesinados por sus parientes; y la de un rey muy noble que se vestía de obrero para moldear el primer ladrillo de un templo, enseñando a su pueblo que los reyes tenían que ser humildes para ser respetados por sus deidades.

Otras cosas que me impresionaron en este museo: La Biblia de Gutemberg, una de las tres que adquirió Morgan; y el primer globo terráqueo (data de 1532) en bronce dorado, donde se dibuja la costa de Norteamérica que el cartógrafo ya había bautizado con su nombre: Verrazana; una partitura original de Mozart,  obsequiada al rey de Bavaria y que se encuentra en una cajita acolchada con terciopelo; el retrato Cobbe de Shakespeare, que este año salió por primera vez de Gran Bretaña para llegar a la Morgan (junto con la pintura del Earl de Southhampton, protector del bardo); un par de hojas manuscritas del diario de Walt Whitman visitando a los heridos de la Guerra Civil y de Toureau cuando vivía en su famosa cabaña; una carta de John Adams cuando ya tenía más de 80 años, con la letra tembleque; la máscara que un escultor le hiciera en vida a George Washington; y por último: todos esos lomos de libros únicos que Morgan coleccionó–algunos de ellos protegidos de cualquier desgracia dentro de una bóveda de acero impenetrable–entre los que se cuentan primeras ediciones de los más grandes escritores en lengua inglesa: Dickens, Wilde, Johnson, Swift, Shakespeare; pero también de Balzac y de Goethe, en francés y en alemán. Algo que me llamó la atención: las varias copias que tenía Morgan, alrededor de salones y anaqueles de su vasta biblioteca, de un libro en particular: Las aventuras de Robinson Crusoe.

Descargo de consciencia

The Denial of Saint Peter by Caravaggio (Met Museum, NY)

–Hasta la mitad del pasillo, doble a la izquierda y suba las escaleras.

Plap-plap-plap brum. Tanta gente que habla Did you come in January too. Moooom. Shuuut up. Las voces de los miles de visitantes hacen eco en los pasillos de las escaleras mientras subimos al segundo piso. Puertas de vidrio, dos guardianes, un hombre y una mujer bien enternados. ¿Guachimanes?¿Cuánto le pagarán a estos vigilantes del Met? Tal vez es requisito que te guste el arte. Algunos se ven un poco aburridos. Pisos bien encerados. Parecen no darse cuenta pero si te acercas mucho a los cuadros allí aparecen, te señalan la maleta: On the side or in the front, not in the back. Te imaginas a un distraído cualquiera volteando de improviso para buscar un pasillo por donde se ha perdido alguien y de repente. PumCrssshhh. ¿Era eso un Rodin?

Sudor. Hace unos minutos Marcelo se ajustaba la chalina en la 86 caminando hacia Central Park, sosteniéndose el sobretodo con una mano porque se le han caído todos los botones, con el gorrito de alpaca que se le sale la peluza y deja ver la frentaza. Voces del pasado: su madre exprimiendo limones para que el cabello se quede pegado hacia atrás. Que se vea bien la frente. Sino se calza la frente. Pero huele a limón. Un niño sentado en la carpeta con el cabello oliéndole a limón. La señorita Zoila poniéndolo en una fila de a dos, hora de educación física. Esa chiquita morenita con dos trenzas a un lado pidiéndole que la cubra para ponerse el short azul. Su primera amiga. Mami, tengo un amiguito con olor a limón. Y ahora todo el calor de golpe. Buscando la puerta, la gente, allá está. Un grupo grande con pinta de turistas.

La señora que parece ser la guía. Fíjate en el membrete colgándole del cuello y la cinta azul: Met_opoli_an Mus__n. Debe ser.  Alguna experiencia tendré después de haber venido tantas veces. El color de las paredes, limpio, dejando que los cuadros sean los personajes…the half face here. You would say she is the main character. I would say he is, because we know his name..rich family from Florence. Everything belonged to him, the landscape in the back, even she belonged to him... Vestida de rojo, porque rojo era un color caro por la receta secreta de los bichitos españoles, el segundo más caro en Florencia después del lapizlázuli. Y el vestido diseñado para que los ojos de todos se fijen si la chica estaba en Bolivia. Allí estaba el heredero. The king is dead. Long live the king ¿A quién se le ocurrirá esa jerga? Jeringa. Y cuando caminaba por la calle debe haber sido como en Lima, cuando lo dejaban en el auto parado frente al Banco Hipotecario de la esquina de Larco con Benavides, frente a un edificio donde había una galería en el segundo piso.  Y durante una hora, mirando a la gente pasar por allí, a los vendedores ambulantes, a las mujeres, a los hombres con anteojos. ¿Por qué se acordará de un hombre con anteojos de luna un poco gruesa y marco de carey, vestido con una chompa color café claro? Avenida Larco y los pasos de los limeños, las limeñas. Sintiéndose un voyeur, entendiendo que se puede pasar el tiempo mirando a la gente, alguien que voltea a mirarle el poto una señorita bonita. En esa época no se usaban aún los jeans al cuete. ¿Quién les habrá puesto “al cuete”? ¿El mismo que inventó lo de “en Bolivia”? Mucha gente que no lee en el país y sin embargo todos esos juegos de palabras. Cuando estaba de moda el modelo Trinitron, a este muchacho con una cabeza prominente le llamaban trimitrón. Y ese otro chiste: los muchachos pegados a la reja de la casa gritádole a su amigo “Cabezónnnnnn, cabezóooooon”. La mamá sale furiosa y les da una reprimenda a los muchachos acerca de sus modales. Y por fin ellos cabizbajos le preguntan si su hijito está en casa, ella dice un momentito y grita hacia la casa

–¡Cabezóoon, te buscan tus amigos!

Las palabras son para jugar. En algún lugar leyó Marcelo que no se puede tomar en serio la literatura. Como ese muchacho que pide que le pongan la foto tal, una foto muy posada y tal y que la foto vaya con leyenda y nombre del fotógrafo y que todo sea escrito en inglés. “¿Es tu amigo? ¡Qué hincha las pelotas que es el tipo ese!”

La guía sigue hablando sobre la pintura en Florencia. Muchos detalles, describe como se pintaba en esos años con la yema del huevo y el pigmento que venía en unos bloques que el pintor debía transformar en polvo. Pero los colores se mantienen a lo largo de los siglos. El óleo en cambio se oscurece. Recuerda su entrada por las escaleras mecánicas hacia la Capilla Sixtina, mientras por los altavoces se les daba instrucciones en todos los idiomas. Los frescos habían sido recién pintados. Los colores eran brillantes, tal y cual habían sido cuando Michelangelo pintaba allí de espaldas sobre los andamios, tal vez pensando en sus deudas, sin imaginarse que esos dos deditos que se tocaban alguna vez iban a estar fotocopiados en una historia en tono burlesco en un periodiquito del colegio Recoleta. Ja. Mariátegui dice al final de La casa de cartón, que si hubieran sido otros tiempos a Mr. Benavides lo hubieran matriculado en la Recoleta. Pero como esos tiempos ya eran otros tiempos, fue matriculado en el colegio alemán y pum, leyó buena literatura en vez de tanto bodrio de la edad de oro española, se volvió agnóstico y le salió una novela brillante. Y eso que era un vago. Igual terminó sus días en Larco Herrera. Es un arte para locos. Los ensayos de Luis Loayza Sobre el 900 están llenos de esa gente, exalumnos recoletanos. García Calderón, Riva Aguüero; en los salones de Francia llenos de pompa. Pompa fúnebre. Esos son los white dead man de la literatura peruana. Ya nadie los lee ¿Con razón? Su francés les daba para meterse en los salones y lucir sus trajes comprados con el dinero que producían sus haciendas. Mi francés apenas si me alcanzó. Pero te alcanzó Marcelo. De qué te quejas. La mamá de ella preguntó si hablaba francés y Marcelo repitió su veintiúnica frase con correcto acento Madame Madicló-Madame Fransuás. Y la mamá cachetona complacida empezó a delirar en francés explicándole toda la lista de quesos de la región dispuesta en fila sobre la mesa. Para qué te quejas, Marcelo, para qué te quejas. El papá era medio autista, pero muy simpático fueron a comprar langosta en el Renault y descubrió que los pescadores franceses tenían bolsas impresas con el nombre de su negocio y eran empresarios respetables, con cuotas y leyes que protegían al gremio.

If there are no more questions, please follow me. Nunca tengo preguntas. Todo es nuevo. Escucho lo que me dicen y lo asimilo, luego lo olvido. Por eso tiene sentido escribirlo un día después o tal vez no tenga sentido. Como dijo Maltés “si al menos lo escribieras en inglés” pero claro que en inglés no se siente la misma soltura. Pero por eso mismo. Para que practiques. Dah. Comodidad. Esa es la palabra. El mínimo esfuerzo. Un esfuercito. Umm. Yatá.

Si fuera un texto 100% joyceano, acá deberíamos mencionar que los dos llegaron tarde–corriendo escaleras arriba en busca de la guía–porque se demoraron en el baño, porque se agacharon con disimulo detrás de cada estatua para ver si el escultor había hecho el trabajo completo. También tendríamos que mencionar a su Catita. Catita por el lado peruano, muy Adán; y su Molly por el lado inglés, muy Dedalus. Ja. Más en edad de Bloom. Su Catita y su Molly. Su Molly mataría a sus pretendientes agarrada de su almohadón pensando en sus cupones del domingo. Su Catita Adán vagaría por el malecón, volviéndolo loco. Basta. Ahí hay un libro. Qué libro va a haber.  Sigue a la dama. Se olvida de las cosas, agarra viada y luego se para en seco. ¿Primeros síntomas del Alzheimer?

Llegan hasta un tríptico. Patinir. Un holandés. Se abre en tres cuadros bellísimos con fondo de paisaje bucólico, río, árboles, campo, largo y profundo campo en perspectiva, mientras al frrente se flagela San Jerónimo por haber traducido mal la biblia del griego al latín y haberle puesto cuernos a Moisés: el cornuuudo. Acá todo encaja: Moisés el cornudo y Bloom el cornudo, paseando por el Met. Si hubiera estado bailando al costado de la fogata allá en su dulce Silaca de junco y barquillos los muchachos se le hubieran prendido y lo hubieran rodeado mientras bailaba gritándole: y que no me digan en la esquina, el venao, el venao. Behind there is a painting. Sin embargo nunca se asomaron a verle el behind. Con las tres plaquitas de esta versión holandesa del retablo ayacuchano pero 2-D (lo que prueba de que estaban adelantadas en algo aquellas civilizaciones del período quechua tardío ¿o era horizonte tardío?) se acaba la explicación y el grupo se mueve hacia otros maestros holandeses que ya ha visto. Yala, yala. Nada nuevo. Y acá llega. Tatáaan: Caravaggio. El bravucón, rebelde, peleador, muchachada del karamanduka; todo junto, un artista con p de patria, embravecido, no se metan conmigo, ¡En mi caravaggio no! Una puñalada de más y se nos fue exiliado hasta Malta y después a Nápoles. Allí pinta esta obra maestra: La negación de San Pedro. Ojitos por donde andarán. Cariño bonito.  Y sus ojitos me quieren mirar pero si Caravaggio no los deja, ni siquiera parpadear. Sin compasión, el guardián entre sus senos, a Holden Caulfield también le gustaba el Met. Señalándolo todos al culpable, ignorante San Pedro porque esto fue antes de su epifanía. Ajá. Todo conecta ¿no? El viejo mundo, el nuevo mundo y eso que decía el bendito ciego sobre que todos tenemos de hebreos y de griegos. Mil años después alguien dirá todos tenemos de peruanos. Qué va. Deliras de nacionalismo Mr. Leopoldo Bloom. Y tú también Dedalus, sin embargo mira lo que hiciste con Dublín. Tengo que ir, pasearme. Sé que hay temporadas en que los pasajes bajan de precio. No te cuestan un ojo de la Caravashio. Como argentino. Borges. Un pasaje sobre la pampa en el libro de Pynchon. Criaturitas de Dios decía Inodoro Pereyra. No te vayas por la tangente. Caravaggio: bien pintado.

Habían pasado por la sala de artistas contemporáneos y ella le dijo que el arte es importante solo si significa algo para ti. No importa nada más. Si te dice algo. Las demás cosas alrededor del arte tienen que ver con una serie de factores que siempre escapan de las manos del artista adolescente. Casi lo mismo sucede con la literatura, dijo Marcelo. Una obra de arte hecha de palabras. No hay que buscar una historia sino sensaciones. Sensaciones negras sobre pantalla blanca. Mirando esas abstracciones, círculos, goma sobre óleo, ojos sin vida como los de Modigliani, ahorro de material como los de Giacometti. Marcelo recuerda el día que una obra de arte le dijo algo espectacular. Una pintura de Boticelli en la Galleria de los oficios. Esa sensación es tuya. Nadie va poder sentir lo que tú has sentido. Los críticos de arte están arruinados para experimentarlo porque han perdido esa inocencia con la que una persona se detiene frente a un cuadro y se deslumbra. Así pasó otra vez ese sábado en esa sala.  Eran tres figuras en una tela: un Caravaggio. Seguro que ella era una prostituta, él era un ladrón tal vez. Hombre de poca fe, acércate y niégame antes de que cante el gallo. Por favor.

Stephen entre Escila y Caribdis, Vallejo en Sandymount Strand

Una maleta más que entra en la sala, la puerta a la Quinta Avenida, el cortaviento empapado. Breve caminata desde la 35. Son solo 31 minutos desde Kingsbridge Road. A la sombra del Empire State. Y antes cogía el 4 pero el D es mejor, mucho mejor. Siempre hay asiento, hoy he venido bien sentado leyendo a Ellmann y a Gilbert. Una chica miraba la portada del libro bien agarrada a su cartera.

Epstein se arrastra desde su oficina en estos pasillos del cuarto piso del Graduate Center con diseño dedicado a Borges. 4432 en la pared, doblar a la derecha, puerta abierta. Uno siempre se pierde. Felizmente hay una pintura que señala con un dedo. Pasamos el dedo.  Allí están todas las cabezas de siempre, preparadas para la entrada de Hamlet, las teorías de Stephen. Comenzamos:”La escena es la oscuridad” dice Epstein. Su teoría del espacio oscuro: fantasmagoria. Este es el segundo capítulo en un interior oscuro. No sé por qué recuerdo una casa en las afueras de Chaclacayo. Te asomabas a la oscuridad y los murciélagos empezaban a volar, como esas imágenes de Gravity’s Rainbow: Rocketman entrando a la ciudad destruída, a un sótano donde se ve la caca de los murciélagos sobre el piso de madera y El hombre cohete se pasea entre los sobrevivientes…

Epstein y la luz.  Parece no incomodarle el andador, la semana pasada lo vi entrar al baño sin dificultad. La semana pasada les dije a mis estudiantes un chiste tonto y uno de ellos sabía el acertijo de la esfinge. Epstein empieza a describir al portero de la Biblioteca Nacional de Dublín. Un cuáquero. Es amable pero quiere demostrar que ha leído tal o cual libro, darse aires frente a los literatos que se reúnen a conversar sobre Hamlet: el tema del día. Todo el capítulo 9 del libro alrededor de la teoría del artista adolescente peleando con sus argumentos contra las seis cabezas de Escila, los naturalistas, los platónicos, a los que Stephen opone Aristóteles y su visión del mundo real: más importante que el espiritual. “¿Cómo te atreves a hablar de lo espiritual si no has entendido la realidad?”

La biblioteca está igual que cuando Bloom y Dedalus llegaron allí; Bloom venía del museo, después de cerciorarse si las esculturas de las diosas desnudas tenían o no un agujero en el ano. “No se habla mucho de esto, dice Epstein, pero Joyce tenía una gran idea del estilo de composición de Beethoven” (¿exagera Epstein?). Todo el libro está escrito siguiendo el método que utilizó Beethoven para componer su Novena Sinfonía. Ayer leyendo Gravity’s Rainbow: la gente ya no va a los conciertos porque ahí va una sarta de ignorantes que prefieren una sencilla melodía de Rossini que algo más elaborado de Beethoven. La música debe llegar al alma no solo al oído, la buena música tiene que tocarte el corazón. Y recuerden que en Shakespeare todos los personajes buenos tienen un gusto musical. Claro que Joyce consideraba a Ibsen mejor dramaturgo que a Shakespeare.

A Epstein le encanta interrumpir la clase para recitarnos: tal o cual verso libre de la época en que Joyce escribía, canciones populares, rimas con doble sentido. Mi mujer es descendiente de este personaje, apunta esa página: un crítico literario dublinés que leyó lo primero que publicó Joyce y todo ese grupo retratado en las salas de la biblioteca. Esos naturalistas contra los que Stephen desenvaina su espada, tratando de probar que Shakespeare ha sido engañado, que su esposa le ha sacado la vuelta con sus propios hermanos: de allí viene la decisión de ponerle a sus villanos los nombres de sus hermanos de sangre. (Nada en su teoría disparatada que Dedalus sea capaz de probar,  pero suficientes argumentos como para establecerse una reputación en los círculos intelectuales de la ciudad). El fantasma del rey estaba en el purgatorio (los protestantes no creen en el purgatorio, por eso el 90% de los ingleses que vio el primer montaje de Hamlet creía que el fantasma del rey era el Diablo. Tenía que ser él, de otor modo no se explicaba que andara vagando por Dinamarca). Pero la única manera de que el rey, muerto mientras dormía, supiera que lo habían envenenado era porque alguien se lo dijo después.

La rabia de Shakespeare, el artista, alimenta sus primeras obras, esas obras sobre la rabia que siente, alimentan la obra escrita acerca de la obra con rabia y esta nueva obra rabiosa sobre sus obras creadas con rabia genera una rabiosa obra de rabia sobre rabia. Todo un torbellino de Caribdis donde Stephen podría ahogarse solo, tratando de esquivar a Escila–sus propios fantasmas–que lo persigue desde el lecho de su madre moribunda. Ganar por ganar, argumentar por el placer de argumentar. “Tiene que haber conocido el Tractatus Coislinianus–dice Epstein–, lo debe haber leído cuando estaba en París. Solo así se explica que Joyce utilice el diminutivo de Sócrates (Socratididion) para generar una risa, el placer más directo e instantáneo, según el estudio perdido sobre la comedia de Aristóteles. Mucho antes que Umberto Eco hablara de ese manuscrito perdido en El nombre de la rosa. Y allí está también en las páginas la figura  del hombre oscuro, el arreglista, poniendo frases, cambiando estilos, para que las cabezas que hablan contra Stephen tengan voces de los tiempos isabelinos”.

La luz insuficiente del cuarto de reuniones, varios vasos de café sobre la mesa, las ediciones de Gabler siendo interrogadas, subrayadas. Mi reino por una canción de Epstein sacada de los tiempos de Joyce. James era un buen tipo, que puso a sus enemigos en fila y con nombre propio en el capítulo 9 de su novela. Allí empezó el verano de su alegría. Los comentarios breves–algunos muy acertados– y algunas risas, las perlas que son sus ojos clavados en el texto, en esa letras negras sobre papel blanco (bueno, crema paliducho); como ese paseito de Stephen por la playa Sandymount Strand,  en un día jueves que escribo estas líneas, porque tiene que ser un jueves, 16 de junio de 1904, cuando sucede todo.

Porque ese poema de Vallejo–quien ya había pasado su midway on our life’s journey– no es sino un enorme homenaje a Stephen Dedalus, imaginando versos en Sandymount Strand, colocando piedras negras sobre piedras blancas, letras negras sobre un pedazo de papel arrancado de una carta, solo al lado del mar, decidiendo su destino, como una imparable corriente que fluye–como la orina sobre la playa–desde su subconsciente, una marea que abarca ese momento, todas sus dudas sobre Dios y la inmortalidad, la evolución del hombre; y también los fantasmas que lo acosan, que lo obligan a crear cosas, a tener sueños; como lo hacen también con este muchacho dublinés, este poeta que imagina versos en Dublín, mientras piensa y camina con dirección a París.

“Eat. Drink. Be Irish”17 de marzo

Foto Jamienyc/Flickr

Una horda de jóvenes vestidos de verde. Antenitas de vinyl verdes. Tréboles de papel color verde, camisetas verdes y de pronto un gordo sonriente que camina con su madre ( o su hermana mayor) y ambos con un polo blanco y un lema estampado en el algodón: “Eat Drink Be Irish” (letras verdes).

Saint Patrick’s Day.  Alguien se equivocó de santo allá en Lima, este es el patrón que nos tocaba. Todos y cada uno de los miembros de la legión que se desparramaba esta mañana por el estacionamiento de la estación de trenes de Croton Harmon tenía una cara que decía: “Hoy voy a emborracharme hasta vomitar”. ¿Nada nuevo no? Tengo muchos amigos que salían todos los fines de semana con esa misma cara, sin santo patrono por el cual brindar.

En el bar de nuestra ciudad las puertas se abren hoy a las 7 de la mañana para ofrecer “Kegs and Eggs” un apetitoso desayuno irlandés combinado con una de las más sabrosas cervezas: Guiness. Una espléndida ocasión para acordarnos de todo lo que le debemos a Irlanda. Bastó leerme la última novela de Vargas Llosa para saber que si no hubiera sido por la furiosa tarea de un irlandés en la Amazonía peruana, Roger Casement, miles de indígenas de tribus selváticas hubieran perecido quién sabe durante cuantos años más, ante la vista y paciencia de los pobladores de Iquitos quienes aún siguen añorando la dorada época del caucho cuando aquella era una ciudad llena de moda y privilegios basadas en la explotación de los nativos, esos seres humanos que despectivamente aún muchas personas en el Perú llaman “los chunchos”.

Pero como fan de la buena literatura, le debo muchísimo a Irlanda. Empezando por ese magnífico libro satírico: Gulliver’s Travels de Jonathan Swift, hasta esa maravillosa novela llamada The Portrait of an Artist as a Young Man de James Joyce. Y seguro que mucha de la buena poesía que se ha escrito en el siglo XX ha sido un tipo de respuesta a W.B. Yeats–empezando por Joyce y terminando con Seamus Heaney (con quien tuve una suerte de complicada experiencia al escucharlo leer en Manhattan), quien aún me fascina cuando lo escucho en CD leyendo su versión del  Beowulf.

Además ¿Qué tipo de persona sería yo si no hubiera escuchado a U2? With Or Without You, Where the Streets Have No Name y Sunday Bloody Sunday son casi las únicas canciones cuya letra en inglés me memoricé cuando era un púber y aún las considero mis “canciones emblemas” para el amor, para la soledad y la libertad; y para la ira contra las injusticias (en ese orden). Los vi el año pasado en New Jersey y disfruté cada una de las canciones como un chancho. Y por último, Ulysses de Joyce, esa novela que estamos leyendo en el Graduate Center todos los lunes con el profesor Epstein y que me hace evocar cada semana a Dublín, con Epstein muy cocho–demasiado–recitándonos todos los chistes, explicándonos todos los dobles sentidos y cantándones las canciones satíricas populares que enriquecen y complican al mismo tiempo el texto de Joyce; o recordándonos su primer paseo por Dublín (allá por 1950), su ascenso a la torre Martello, sus paseos por Sandymount Strand, sus aventuras por las callejuelas de Dublín, que hoy no se deben parecer en nada a las que caminaba Mr. Leopold Bloom.

Así que le debemos mucho a Irlanda, aunque sea esa sana tradición de emborracharnos en olor de santidad. Feliz Saint Patrick’s Day. Come, diviértete y emborráchate. Sé irlandés or Póg mo thóin

(Actualización (12:49 p.m.):el cartero ha llegado a la casa con un sombrero verde tamaño extra large, con un trébol amarillo pegado al frente. Y después de entregar la correspondencia supongo que se irá a chupar. El cartero también tiene derecho.)

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