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The New York Street

Un blog lleno de historias

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New York City

País de nada

Salvatore Romano de Madmen. Su primer encuentro homosexual

Esta semana, la carátula del New Yorker apareció con un dibujo de dos novias en la carátula. Dos novias tomadas de la mano: marida y esposa. Hace poco tiempo, unos días después de la toma de posición pública de Obama frente al matrimonio homosexual (podría ser amparado por las leyes federales), la carátula del New Yorker puso en la carátula un dibujo del frente de la Casa Blanca con las columnas pintadas en un jubiloso color arcoiris.

La idea del matrimonio gay aún mueve las billeteras de los hipócritas que lo usan como excusa para apoyar otras ambiciones “conservadoras” de la agenda republicana (más poder para las corporaciones, menos poder para los sindicatos de trabajadores y el gobierno que los apoya). Si bien, poco a poco, la idea de que en este país un matrimonio gay puede ser amparado por el gobierno federal empieza a alejarse del ámbito de la ciencia ficción.

Hace unas semanas, en un capítulo de la tercera temporada de MadMen (2009), veía que Salvatore Romano–director del departamento de arte de la agencia Sterling Cooper–vivía su primer encuentro homosexual (protegido por el “anonimato” de una habitación de hotel y un botones libidinoso y discreto). Una temporada atrás, Salvatore rechazaba una mano varonil en un bar y, confundido, pretendía negar lo innegable: la carga eléctrica que le generaba el perfil de ciertos caballeros.

Pero en Madmen también hay personajes como el guapo, lacónico, europeo y recién contratado ejecutivo creativo quien ante las insinuaciones de sus compañeros por su “interés” en la fogosa Peggy Olsen, de buenas a primeras aclara que él es homosexual. “A mí me gustan los hombres, no las mujeres”. La ciudad de Nueva York de Madmen (1960), contenía a los dos tipos de gays. Sin embargo, aquellas “escapadas del closet” eran asumidas entre el público–los neoyorquinos que elegían a JFK en vez de a Nixon–con una enorme dosis de repugnancia.

En ese sentido, Estados Unidos algo ha avanzado. Porque cuando JCPenny escogió a Ellen DeGeneres como su imagen de marca; y los grupos conservadores quisieron censurar a JCP por escoger a una lesbiana exitosa, transparente y sexualmente feliz; Estados Unidos–la mayoría, que la ama por su personalidad y por su carisma–les dio la espalda.

¿Cambiaremos? ¿Siglos y siglos de formación retrógada podrían terminarse–al menos en la vida pública–y se esfumaría el espejismo colectivo de que el homosexualismo es una enfermedad que condena a sus víctimas a la infelicidad (y al infierno)?

¿Esos papas que alguna vez prestaron su silencio para apoyar agendas como el holocausto nazi; la esclavitud y la pederastia, cerrarán la boca cuando se les pida opinión; y se dedicarán a temas más provechosos como: la justicia social, el abuso del poder y del capital; la protección del medio ambiente y los derechos humanos?

Conversemos sobre esos problemas, amigos conservadores. Dejemos a los homosexuales en paz.

The Falling Sequoias and the Frick

ImageIn my dream there was a highway surrounded by sequoia trees. We were going in two cars–mine was a nice black sport one–and all of a sudden, from the sky, the tips of the trees started to fall down. It was impressive and scary. It was one, two, and then the big branches were falling everywhere. “Still, they are too far–I thought–to be worried”.

Somehow, the dream has to be connected to the movie I watched this afternoon: Rise of the Planet of the Apes. Maybe just the images, and the ideas of a world, not too close, not too far, where a new civilization is starting to gain power. The dream is also connected to a documentary I watched a week ago about sequoias. A scientist at Yosemite National Park was climbing the trees and taking samples of their sap to study if global warming was affecting their capacity for survival.

Also (and I don’t have an explanation for this) the dream is connected to my yesterday’s short visit to the Frick Museum in Manhattan. To Rembrandt’s self portrait and to the big canvas painted by Turner of two different European ports. The strength of the strokes of painting around the hands of Rembrandt and the light in the landscapes by Turner are the ones in my dream. Those trees were real. I had to keep looking up to avoid them.

Also, I was wondering: Where is Cesar? Would it be another movie? I would prefer to know that or to meet Rembrandt and shake his hand?

I am still dreaming, here in New York, looking up for the falling sequoias

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La nieve te hizo tan blanca

Nieve sobre el puente de Brooklyn.

Quisiera haber apuntado en una libreta todos los detalles. Porque luego me encuentro con ella y me dice: “No, así no fue ¿no te acuerdas?” Y  lo que yo me acuerdo tiene que ver muy poco con lo que en realidad pasó.

Ella llegó una mañana de febrero en que nevó, como hoy. Yo era más joven, vivía en Brooklyn y poco sabía del invierno. Ella llegó al aeropuerto acompañada de una amiga que–cuando pasó lo que pasó–se dedicó a criticar sin mirarme a la cara. Yo creí que les había prometido un tour por Nueva York pero ella me dice que les había prometido el Empire State. Puede ser cierto porque cuando neva clausuran el balcón. Y nadie sube hasta allá para darle vueltas a la tiendita de recuerdos y tomarse un café.

Ella era trigueñita, del bello color de la arena mojada–como leí en una crónica cubana. Tenía mucho dinero y le disgustaba mojarse las botas. No sé porque nos quisimos, pero entre tantas dudas y malos recuerdos siempre parecemos concordar en aquello: nos quisimos. Fue una locura de invierno, de días cortos con noches largas. Casi siempe estuvimos metidos en la cama o en una bañera, tocándonos como quien ama por primera vez.

Su viaje estuvo cortado por un crucero que partía a las Bermudas desde un muelle en Manhattan; y por un viaje relámpago a Viena. Cuando llegó su crucero terminaba de nevar, cuando regresó desde Viena (para estar conmigo por cinco días, conocer Philadelphia y volver a Lima) nos estaba sepultando una nevada. Su amiga tomó un taxi en el muelle. Dijo que la encontraría el día de la partida, en el aeropuerto.

Caminamos por la 42. Ella miraba con espanto sus botas enterradas en el hielo de la calzada y yo forcejeaba con una maleta repleta de recuerdos vieneses. Ella sugirió que nos metiéramos a un restaurante carísimo para desayunar. Viéndola cubierta de nieve y con una mueca de angustia, intentando forzar una sonrisa debajo de su abrigo de esquimal yo le dije: “La nieve te hizo tan blanca”

–Así no fue. Yo me estaba muriendo de frío y quería tomarme algo caliente.

–Tú estabas molesta porque eran tus botas nuevas. Se te estaban arruinando.

–Y tú me dijiste que se me arruinaban y me comprabas otras ¿Eso no te acuerdas?

–¿Yo? ¡Si en esa época yo estaba más misio que nunca! No puede ser…

Ella se ríe en el teléfono. Se acuerda de otros detalles: quise que pasara la primera noche en mi departamento, que yo compartía con dos amigos. Un colombiano se hizo el huevón y quiso abrir la puerta del baño donde ella estaba calata. En Philadelphia me obligó a pagarnos un buen hotel. Sólo pude pagar una noche y ella pagó las siguientes (al parecer yo juré que le iba a mandar el dinero a Lima). La noche que se fue, lloró en el camino hacia el aeropuerto. Dice también que durante aquél viaje en taxi yo prometí acordarme de la fecha en que nos reencontramos en Nueva York después de tantos años, sin embargo

–Te olvidaste. Eso y todo lo que te conviene. Sólo te acuerdas de los polvos.

–¡Que malhablada!

Suelta una carcajada. En ella no se notan heridas ni rencores. Éramos más jóvenes y más tarados. Desde entonces nos hemos encontrado muy poco, siempre en la computadora o en el teléfono. Nunca nos hemos vuelto a ver.

–No puedo creer que hayas venido tantas veces a Lima y jamás me hayas llamado.

No hay reglas para los amores del pasado, tampoco para las amistades duraderas. Las personas se juntan por leyes de atracción que funcionan sin que movamos un dedo. Gracias a estas mismas leyes, al reencontrarse, las personas vuelven a ese afecto. Disminuído, porque se acabó “la llamarada”, pero siempre allí: un afecto de llamadas cariñosas, de bromas subidas de tono. Son jueguitos semi civilizados para no dejar de ser nosotros mismos, para no olvidarnos de nuestros errores y ser, a nuestra manera, amigos inmortales.

El plan

Portada de la novela de Orhan Pamuk sobre su ciudad natal: Estambul.

Mi amigo se ha alojado muy cerca de Times Square,  en un hotel con noches en oferta que tiene su acceso privado a un Night Club. Ya fue, ha desayunado dos huevos sunny side con jamón mientras mientras miraba a las stripper. Se ha pasado la servilleta por la boca cubierta de migajas antes de pagar 20 dólares para que una dominicana le ofrezca un bailecito privado. Era una canción de Rihanna, una que todas las mañanas me despierta cuando la radio automáticamente se enciende en el show de Nick Cannon. Sobre un sillón a oscuras, ella le ha acercado sus tetas cibaeñas y él ha besado la piel tibia aún con el saborcito en la garganta a huevo frito. Después ha subido los escalones del club y me ha encontrado en la calle 44,  frente al hotel.

Está un poco más arrugado. Más de 10 años sin verte, así es como uno pierde poco a poco a los amigos.  Divorciado, lleno de vida, un poco más gordo, negocios viento en popa en Lima y en la Florida. Me pregunta: ¿Qué vamos a hacer?Establecemos el plan de los principiantes: ferry a Staten Island, Sea Port, caminata sobre el Puente de Brooklyn. Luego, me vas a acompañar a Queens, es una conferencia a cargo de un Premio Nobel de literatura: Orhan Pamuk ¿Lo has leído?

Todo parece interesarle,  es un niño por primera vez en el zoológico. Trepamos al ferry y nos tomamos fotos con la estatua de la libertad, él despide aquella mirada de todos los turistas al comprobar su tamaño, ¿y eso es todo? La primera actriz de las postales neoyorquinas es una enana. Ayudamos a un par de coreanas a salir juntas con el paisaje de los rascacielos en el fondo; tomamos un bus gratuito hacia el puerto, almorzamos apurados una pizza, después de despreciar los bocaditos que nos ofrecen los restaurantes chinos.  Tomamos un taxi–parte del tour– hacia el puente. Apoyamos la espalda contra los cables,  nos fotografiamos bajo los arcos de piedra sobre el East River, las puertas de entrada a Brooklyn ¿Sabes cuánta gente murió en la construcción de este puente? Decenas de bicicletas, pasan de uno a otro lado de la ciudad, interrumpiendo a dos amigos que no conversaban desde el siglo anterior. Hay que hablar de Lima, de Nueva York, no hay muchas cosas que decirnos: las conversaciones no se pueden construir con tantos saltos aislados en el tiempo. Resumiré: es feliz. Ya caminamos por Brooklyn. Las luces de la tarde empiezan a marchitarse. Paseamos por el Promenade inspirador y nos zambullimos en los trenes subterráneos, rumbo a Queens.

Mi tercer Nobel. El primero fue Seamous Heaney en la Morgan Library y el segundo Mario Vargas Llosa en una premiación en el PEN Institute en la cual se sentaba y se le podía ver el final de los calcetines. Le explico a mi amigo la estrategia: yo voy a entrar al auditorio como periodista, hablando con los organizadores (una mujer de anteojos que veo que saluda distraída a los invitados al lado de la puerta); mientras él ingresa con mi carnet de profesor, la foto es sorprendentemente parecida y, además, en estos eventos nadie mira muy de cerca las identificaciones. Dspués de rogar un poco porque me he olvidado de llamar con anticipación “Please, don’t do this the next time” la muchacha me deja pasar y me alcanza un folleto para prensa de una serie de eventos alrededor del mismo tema: no sabía que Queens College estaba celebrando el año de Turquía (tampoco que Pamuk era tan joven. Pensé que la foto de la contraportada de Istanbul era antigua y retocada.) El evento en en realidad una conversación sobre el escenario, grabada para NPR, a cargo del famoso Leonard Lopate. Son dos famosos discutiendo Istanbul y la última novela de Pamuk, que no es otra cosa que la continuación de sus memorias de una ciudad donde ha vivido ininterumpidamente desde su infancia.

El inglés de mi amigo es demasiado básico para esta conversación entre literatos, este paseo por el Huzun de Constantinopla, las tardes del Bósforo con los ferrys cruzando del oriente al occidente, los amantes deteniéndose en las orillas del río para ver las fogatas con las que se consumían los últimos palacios de madera del imperio otomano; o las terribles tardes masturbatorias del joven Orhan, disecado en un edificio de museo donde sus antepasados se adjudicaban para vivir pisos distintos, intentando escapar de su destino con apasionados amores por las revistas antiguas sobre Estambul, los poemas sobre Estambul, las pinturas de Estambul y cada pedacito de historia contado por los ilustres visitantes que contrajeron  la gonorrea, el chancro blando o la sífilis allí, como Flaubert.

La noche es redonda. Al salir de Queens College somos más amigos de antes. Yo tengo mi tercer Nobel y él su primero. Yo estoy demasiado cansado para seguir la noche: tengo libros que releer, clases que preparar. Nos arrastramos por Times Square, tomamos una última foto para mi álbum de visitantes ilustres y me voy a casa.

Mi amigo se queda parado frente a la puerta de su hotel: su avión sale algunas horas más tarde, pero él cree ver unas tetas del Cibao que lo llaman locas y desesperadas desde allá abajo, entre la música disco del Night Club. Así que decide bajar las escaleras y meterse un rato más, pasar la última noche en su nuevo Estambul.

La exposición en la NYPL

Hace muchos meses que no pasaba frente al edificio de la New York Public Library y hace mucho tiempo que quería entrar a las salas renovadas y a la exposición que celebra el centenario de la institución.

Esta semana, haciendo un espacio entre una y otra obligación, me metí a la NYPL y escribí este texto que ha salido publicado en mi blog Newyópolis de la revista FronteraD.

Ojalá puedan también darse un tiempo para visitar la exhibición:

Hay un libro que me lamió las heridas. Eran heridas de transición, causadas por un peregrinaje que desembocaría en Nueva York. Lo empecé a leer en Lima, poco antes del 10 de julio de 2000; y lo continué (en breves visitas de algunas horas, entre otros viajes) en bibliotecas públicas de A Coruña, San Sebastián, Porto, Lisboa y Londres. Había dado con el libro buscando un texto. Se titulaba “Perú Promesa” y contaba las andanzas de un muchacho que descubría, viajando por ciudades distintas y conociendo a personas diversas, su amor por la patria. El texto, que venía en un libraco gigante de fotos, de aquellos que solo caben sobre una mesa en medio de la sala, años después pasó a formar parte de esa intensa crónica de una desventura política llamada “El pez en el agua”.

En diciembre de 2000 estaba sin un sol en los bolsillos –hasta cierto punto gozando de las irresponsabilidades del apátrida– y deambulaba por primera vez por las calles de Manhattan. Esa mañana fría de intenso sol subí los escalones de un edificio flanqueado por dos leones y me metí a buscar “mi” libro en la New York Public Library. Vargas Llosa cuenta en sus memorias que algunos de sus mejores textos vieron la luz en estos claustros de la sabiduría occidental llamados bibliotecas públicas. Fue por eso que en mis caminatas londinenses enfilé una tarde hacia la London Library y me encontré con arcos y pasillos de una biblioteca en plena renovación, pero también con una fascinante exposición de grabados de Doré y de Goltzius. Newyópolis no podía ser menos.

En sucesivas visitas, que yo sentía como urgentes peregrinaciones, sentado en la fastuosa sala de lectura de la NYPL, volví a encontrarme con mi libro lamedor de heridas. Allí sentado, puse en la balanza las ventajas y desventajas de vivir solo en una metrópoli angloparlante a los 28 años; y también –rodeado de libros a los que se accedía sin ningún dinero– se me ocurrió que en esa ciudad podía llegar a ser feliz. Casi podría decir, que le debo la vida que he llevado a la Biblioteca Pública de Nueva York. Por eso hace algunos días, en la disyuntiva de quedarme unas horas más en Manhattan o regresar a la oficina en el Bronx a preparar una clase, opté por enfilar hacia los renovados escalones, pasar entre Paciencia y Fortaleza y meterme de nuevo entre los elegantes pasillones de mármol y sólida madera: la NYPL había cumplido cien años de vida en el 2011 y (entre el ajetreo de las clases y otras actividades extra-curriculares) yo no había podido visitar la sala donde se exponen (hasta marzo) algunas de las piezas más importantes de la inmensa colección de documentos de la NYPL, a modo de fiesta conmemorativa.

El bastón de Virginia Woolf

Ya han escrito muchos acerca de esta exposición del centenario de la NYPL. Es verdad que para quien es lector aficionado la simple vista del bastón de Virginia Woolf, sencillo artilugio de madera encontrado en el río horas después del suicidio, es un hecho mágico. Allí está el pedazo de madera, flotando en una caja de plástico transparente, al lado del diario abierto de su dueña, en una entrada escrita a cuatro días de su última gran decisión. Era como un capítulo de To the Lighthouse, excepcional narración sobre la permanencia y la eternidad. Mirar el bastón de Woolf (o una mesa más allá, el abridor de cartas de Charles Dickens, adornado con la pata de su gato Bob) significaba, para mí, volver a las reflexiones en silencio de Mr. Ramsey en To the Lighthouse quien ante la incógnita de la eternidad se preguntaba de qué podía servir la obra de los grandes artistas si al final todos ellos estaban destinados a perderse en la niebla del olvido.

Cada vez que preparo mi clase, dejo (para uso de los estudiantes) archivos, diagramas y resumenes en un programa llamado Blackboard, bajo un botoncito en mi pantalla llamado “Documentos”. Casi nunca me pongo a pensar en una palabra como aquella, tan ubicua en la vida académica. Sin embargo, en el contexto de esta exposición de la NYPL la palabra “Documento” equivale a la corona de laureles en los tiempos romanos, a las bulas papales cuando estas podían dividir el mundo en dos, a las tablas de la ley enfrentadas a la mirada desubicada del pueblo elegido (y todos estos ejemplos, mire usted, son “documentos”). Desde las bóvedas de la biblioteca aparecen en esta exhibición toda clase de documentos para recordarnos que nuestra memoria está, mal que bien, compuesta por una serie de ellos.

Si eres intelectual sin remedio, te interesará el borrador de la carta de aceptación del Nobel, garabateado con lápiz y letra de colegial por Ernest Hemingway en las hojas finales de un libro de tapa dura: “Tantos escritores que lo merecen no lo han recibido, así que debo enfrentar este premio con mucha humildad.” También mirarás con tremenda curiosidad el cofre transparente donde se exhibe una de las pocas Biblias de Gutemberg. Esta bellísima edición ya prometía en latín todas las transformaciones sociales que vendrían con la invención de la imprenta. Tampoco me cabe duda de que obsevarás con detalle, desde todos los ángulos, la menuda letra de Jorge Luis Borges, en ese cuadernito barato que en la tapa dice “Lanceros argentinos” donde éste escribió con letra muy chiquita su cuento La biblioteca de Babel.

Si bien yo ya había visto en imprenta las correcciones de Pound a Eliot, tiene un atractivo singular ver a cinco dedos de distancia esa página mecanografiada por T.S Eliot donde  “el mejor orfebre” tachoneó, garabateó y sugirió los cambios que, aceptados por Eliot, convertirían a The Waste Land en uno de los poemas más significativos del siglo XX.

Sin embargo, como “documentos” es una palabra muy amplia, la exposición se va por otros ángulos. Para quien comparte intereses por la ciencia o por la historia, serán maravillosas las fotografías de la Tierra captadas por los primeros astronautas; los delicados dibujos de Audobon de las aves de los Estados Unidos; el autorretrato de Rembrandt, a quien creemos conocer mejor que a muchos grandes artistas porque dejó una enorme cantidad de rostros autorretratados mirándonos desde museos diversos; la primera impresión de la carta de Colón a los Reyes Católicos explicándoles detalles sobre la personalidad de los indios que había encontrado en su viaje; el diario del periplo por el África de MalcolmX; los prendedores que se engancharon a la camisa quienes participaron en las marchas por los derechos civiles de Martin Luther King; los primeros dibujos del perfil del Gran Cañón del Colorado; el boceto del acta de independencia de los Estados Unidos,  los mini-libros anti-Nazis que los rusos escondían mañosamente en latas de pasta de tomate para que fueran leídas por los alemanes contrarios a Hitler; posters al estilo Warhol en favor de la reforma agraria peruana de 1968 (que nunca vi en otro lado); y dibujos alegóricos pacifistas de Goya publicados póstumamente.

Además también hay cartas de Picasso, piedras con grabados cuneiformes, un mandil de los del Ku-Klux-Klan, una guía de emergencia para homosexuales capturados por la policía neoyorquina en los disturbios anti-gay de los 60s; videos de los ensayos de algunas de las danzas más representativas de la carrera de Jerome Robbins; los muñequitos originales que inspiraron la creación de Winnie The Pooh y –qué coincidencia–un fantástico grabado de Henrik Goltzius (tal vez de la misma serie que vi el año 2000 en la biblioteca de Londres) representando la caída de Ícaro.

Cuando salí a la calle, Manhattan todavía estaba allí. Era más oscuro –está anocheciendo a las 5 de la tarde– y ya no quedaba tiempo para ir a la oficina en el Bronx, solo para un retorno fugaz en el tren a casa. Bajé los largos peldaños de piedra y pasé otra vez entre ellos dos: lucen más elegantes ahora que han sido renovados, pero de cierta forma se les ve menos fieros a los famosos leones. Creo, casi puedo jurar, que me dijeron hasta pronto.

Blue and happy

Eli Manning. Getty Images. New York Post website

In Peru when you are still in your mom’s belly, your father has already decided which is going to be your favorite soccer team. Parents welcome you to the world with a little uniform of their team. That’s life in countries where Fútbol is the only passion.

As the years went by,  I  discovered the exhilarating experience of sharing the passion for my soccer team with my friends, and even with strangers (whom you only met once a week at the stadium) when all together and sweaty, you embrace and jump and yell and sing until you lose your voice, raving for your team.

When I came to live in New York I thought I was never going to able to find a sport like Fútbol. I went twice to the baseball Stadiums–once to the Yankees, once to the Mets.  I enjoyed a Rangers game and even raved a little bit for the Devils, but hockey was not the same.

Until something happened  four years ago.

It was a winter night and I was one of the many strangers in an Irish bar in the Bronx, watching in awe, with my mouth open, how the Giants defeated the unbeatable Patriots. That night, I felt electricity running in the marrow of my bones, touching all the nerves of my body when the Giants made it happen. I yelled, I jumped, I was so happy.

Yesterday night I discovered myself jumping like a kid when Mario Manningham got that impossible ball. I jumped and yelled, full of joy, when our players managed to block the Patriots from getting that almost-perfect, last-minute ball. We are the champions my friend. Again.

Yesterday night, watching that game, it felt as good as I when I was a kid, jumping in that Estadio Nacional de Lima. I never considered myself a  football fan. But maybe I am becoming one: a New York Giants Fan.

Berlín dividido en Nueva York. Juan Villoro y Soledad Marambio

Conversación sobre Berlín dividido en McNally. Juan Villoro y Soledad Marambio

Video de la presentación del libro de crónicas Berlín [dividido] en la librería McNally Jackson de Manhattan. Conversación entre Juan Villoro y Soledad Marambio, el 8 de diciembre de 2011. Puedes ver el video presionando sobre la foto del evento.

Caminata por la 57

Portal de entrada de la librería Rizzoli en la calle 57. Foto de Jim in Times Square (Flickr)

La calle 57 de Manhattan es como la Larco de Miraflores. Es casi tan elegante y de alto vuelo como la Quinta Avenida –que no tiene equivalente limeño ( si alguna vez la tuvo supongo que fue en aquellas épocas de trompo con huaraca cuando el Jirón de La Unión era el Perú y los yuntas de Colónida compartían el rapé y la mulita de pisco en el Palais Concert). La 57 es una calle con fachadas elegantosas, intercaladas con uno que otro Diner, entreveradas con galerías de prestigio, restaurantes cinco estrellas, pizzerías  y oficinas.

En una de las cuadras de la 57, en una casona de tres pisos con el número 31, queda Rizzoli.

Entre paredes recubiertas de roble, pintados con una iluminación acogedora, aguardan en sus estantes los libros, discos, almanaques y otros objetos a la venta en esta librería especializada en arte y literatura italiana. No es tan raro que los eventos de Rizzoli empiecen en los salones de la librería y terminen con los invitados, el queso y los vinos, en las salas o estudios de los artistas que viven en alguno de los edificios cerca de Rizzoli.

Llegué hasta sus puertas buscando comprobar el chisme que me llegó hace una semana en los pasillos de Lehamn: en el tercer piso, en uno de aquellos ambientes alfombrados y lujosos de Rizzoli, se había armado una de las mejores colecciones de oferta de libros español de la ciudad. Parecía mentira que entre las cantaletas del “nadie lee”, haya en Nueva York quienes todavía se tomen el delicado trabajo de organizar un rincón dedicado a los libros. Literatura, filosofía, historia, éxitos de ventas y libros para niños en castellano. Son libreros de cuatro niveles, con un nivel inferior donde reconozco a Muñoz Molina, a Javier Marías, a Vila-Matas. Ellos están al lado de clásicos: Castalia, Cátedra, Alianza Editorial (me pareció un poco exagerado ver tantos libros juntos de Benito Pérez Galdós).

Tomé al azar un libro de Vila-Matas.”Él único que tenemos de él” reconoció el librero, que se acercó con discresión a indagar si necesitaba algo. Se llama Pedro, es un muchacho con acento caribeño. Me contó que acababan de empezar, que están pensando en organizar actividades, que aceptan pedidos de profesores, que pueden ayudarme a conseguir los textos necesarios para una buena clase.

Metí la nariz en el libro de Vila-Matas y ésta se quedó allí. El libro se llama Dietario voluble y es una especie de diario que cubre algunos años de la última década.  Me hace pensar en los desordenados y egocéntricos diarios de Dalí: confiesa haber estado sentado en el café de una plaza con el único propósito de ver pasar a Catherine Deneuve, reconoce haber espiado desde su mesa de restaurante a John Banville, combinando impresiones al vuelo sobre su apariencia con elogios a su prosa; describe su primera caminata sobre el puente de Brooklyn para ver el crepúsculo neoyorquino, y haber metido la pata en una conferencia con franceses.

Encontré unas líneas donde se refiere a sus caminatas al azar por calles y plazas. Allí entresaca un comentario en un blog peruano y repite con fascinación los nombres de barrios limeños que no conoce y por los que aún no ha caminado: Chacarilla y Magdalena.

Vila-Matas me obliga a pensar en esas horas de recorrido entre asombrado y pensativo que algunos escritores de tendencia urbana, solemos combinar con otra caminata solitaria: la lectura. Ayer estuve haciendo eso: caminar por la 57 después de salir del tren 4, con una idea muy vaga de llegar al Met. Decidí seguir hasta Colombus Circle, solo porque por esas avenidas podía respirar imagenes de Manhattan. Coger el tren a Prince St, caminar hasta otra librería, volver a meter la nariz en otro libro, en fin: vivir.

Los insoportables peruanos

Esta es la entrada publicada el 17 de noviembre en la bitácora Newyópolis de FronteraD

Somos una peste cuando empezamos a hablar de nuestro país. Lo reconozco. Se nos va la lengua mientras enumeramos mentalmente las callecitas orinadas de las ciudades serranas, las piedras desordenadas y casi siempre abandonadas; y los paisajes infinitos que hemos conocido –la mayoría de nosotros en tediosas y complicadas mini-aventuras de viajes de promoción o de fines de semana largo (muchas veces semi o totalmente alcoholizados)– para confirmarnos, ante el mundo entero, que venimos de una tierra maravillosa.

Cuando nos ponemos a hablar del Perú frente a los ignorantes que se arriesgan a indagar sobre nuestro país, se repite aquella escena de las tiras de Mafalda en que ella le pregunta al padre sobre sus años de servicio militar. Si nos jalan la lengua la víctima tiende a ser sumergida, sin compasión, en esa larga lista de exageraciones que conforman las “verdades” de nuestro patriotismo: la capital gastronómica de América; el milagro económico (que nadie sabe a quién adjudicárselo); el auténtico pisco, la reserva biológica de la humanidad, la cuna de la papa…etcétera. Tendemos a indigestar con la violencia de un rocoto relleno arequipeño sobre el estómago poco preparado.

No sé si suceda lo mismo entre otras tribus de Newyópolis. Me ha tocado conversar con españoles a los que es difícil contradecir cuando empiezan a enumerar la calidad de vida en sus pueblos (pre-recesión europea) allá en la península; con colombianos que me han dado clasecitas magistrales sobre la calidad única de su café y la pureza de su castellano; con un turco que comparó a sus playas mediterráneas con el paraíso; y con algún argentino que me repitió en alguna época (también pre-recesión) que Buenos Aires es la Nueva York del sur. Pero repito, ninguna tribu tan capaz de exagerar sin argumentos ni tan insoportable cuando habla de su país como la nuestra: la peruana.

Claro que a veces los otros se la buscan. Nos mencionan algún ají de gallina –que nosotros sabemos mal hecho– como lo mejor que han comido en su vida; o nos dicen–como un amigo brasileño–que su sueño era morirse tocando flauta en las alturas de Machu Picchu. De repente nos sorprenden con su conocimiento de las 8,000 variedades de nuestra papa y nos jalan la lengua comparando un viaje al Perú en la época del terrorismo (mucho peor: en la época en que Alan era presidente y Gorgojo Del Castillo era alcalde de Lima) con su última travesía durante este año donde se empacharon en cuarenta restaurantes distintos y subieron 8 kilos mientras miraban el mar, alucinados por la transformación de Lima.

Me duele reconocerlo, pero los peores peruanistas–es decir los más acérrimos–son los chilenos. Es como si se sintieran culpables de algo. Ni bien reconocen tu peruanidad te dicen de frente que el pisco no lo crearon ellos, que es un hecho evidente que el pisco peruano es más rico que el chileno y que ellos solo han sabido comercializarlo mejor. O les pongo el caso de un poeta mapochino, moderno y antipoeta hasta el tuétano, que con casi 60 años en la brega literaria me soltó en la cara que “Neruda no es nadie si lo comparas con Vallejo”.

¿Qué responderle? Si nuestro ego ya está demasiado torcido por nuestra auto complacencia. Si nuestra sangre ya casi corre en chorritos blanquirrojos. ¿Cómo evitar hablarles de nuestro último viaje a la bellísima sierra de La Libertad donde Vallejo creció incubando esa dulce tristeza que impregnaba sus versos? Y si una amiga serbia nos dice al vernos–casi conteniéndose de abrazarnos al saber que somos peruanos–que estuvo en Cuzco y Machu Picchu y que aquella fue la experiencia más impresionante de su vida ¿Cómo no mencionarle las recién descubiertas estructuras de Choquequirao, en un paisaje tan imponente como el que ella acaba de visitar? Y si nos jalan la lengua no nos queda otra cosa que hablarles de las ruinas de Sipán y su museo; de Kuélap, de la momia Juanita en Arequipa, de Caral, la ciudadela más antigua de América; de la Semana Santa ayacuchana, etc.

En fin. Creo que me entendieron. No quiero ser comparado con un rocoto relleno.

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