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The New York Street

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Lima

El ranking del verano 2011

Pelícano sobrevolando el mar de Silaca. Enero 2011

Alguien murmura que faltan solo 15 días para que se acabe el invierno. Yo pienso: ¡Qué bien! Sin embargo me queda la agradable sensación de haberle robado un mes a esta temporada de hielo, gracias a ciertas imágenes del verano en el Perú. Aquí está mi lista de las mejores:

1) La brisa entrando por la ventana de la sala del depa de la tía Chela en Surco.

2)Manejando con Frances hacia la casa de Sandra, pasando frente a los edificios iluminados de la avenida El Golf Los Inkas.

3)La mirada de una amiga, en un encuentro inesperado en el Jockey Plaza. Sorpresa ¿10 años tal vez?

4)Mamá manejando en las calles del Callao. Un poco tensa, sorteando los huecos de la avenida Gambetta.

5)El estante de la Roca, lleno de libros, en su depa en La Punta. Una sensación de vivir con mucho espacio, llena de luz.

6)Las botellas de dos litros llenas de agua, en los techos y en los frontis de casonas antiguas de La Punta.

También tienen aquí mi ranking de las mejores comidas del verano 2011, rankeadas según el recuerdo de las imágenes  y de los sabores asociados a estas:

1)Corvina completa sobre plato de papas fritas en «Doña Flor y sus 40 traileros» en Agua Salada.

2)Cerdo cocinado al barril, servido bajo un enramado en Silaca

3)Un barquillo, recién sacado con el nejo, trepándome sobre las peñas del Pozo de los hombres en Silaca.

4)Arroz con mariscos en La Punta, Don Giuseppe.

5)Picarones con malta Cusqueña en Tradiciones, en La Molina.

6)Cebiche al lado del mar en el Regatas de Chorrillos.

7)Empanadita de carne en el San Antonio de La Molina Vieja

8)Queso fresco jaquino, en el desayuno en Tanaka con aceitunas secas y la salsa huancaína de Naomi.

9)Chelitas  (Cristal) con Nicolás y Roxi en el Maraca de Tanaka.

10)Cena de año nuevo en la casa de Lucho en Tanaka (con un hambre descomunal después de haber viajado toda la tarde)

11)Desayunos en el jardín de la casa de La Molina.

11)Camotitos fritos luego de parar en un grifo de la carretera, en el carro de Toño.

12)Quinua, trigo y sopita preparados por Regina, en Tanaka.

13)Empanadita de carne en la panadería de la avenida Los Ingenieros

14)Tacuchaufa en Miraflores.

On/Off

"Quién sabe lo que hubiera pasado si Sofía le hubiera dejado un pequeño espacio entre la refrigeradora extra grande y la cocina eléctrica de cinco fogones"

El escenario es una casa entre los arenales de un barrio a medio construir. Una casa elegante–como es la elegancia en Lima: portón de madera, muros extra altos, espinas de metal sobre la pared y cerco eléctrico.

Sospecho que el individuo tiene 20 años. Le ha dado por leer literatura latinoamericana, ha viajado y está un poco extraviado en esa ciudad. Aún no trabaja,  reserva sus fuerzas para los estudios. En sus horas libres sale con amigos, desperdicia los fines de semana con ellos, deambula sin rumbo fijo por las noches de bares, se imagina cómo sería el universo con una pareja.

Entonces ella, la llamaremos Sofía ( no sé por qué, tal vez una forma de venganza contra la Vergara por insultar en público al Perú-actividad que debe ser reservada para los espacios privados y solo entre peruanos) ha invitado al individuo a una reunión en su casa. Nada especial. El  individuo solo recuerda que, con algún pretexto, Sofía lo llevó a la cocina. Allí, sin previo aviso, lo arrinconó contra uno de los muebles de su cocina extraelegante–dos mesas en cada rincón, treinta luces con intensidad variable, aquellas cocinas que se ven mejor sin gente en ellas–, y apretando su cuerpo con desesperación, como si se viniera al contacto con él , lo besó (casi lo mordió, se lo tragó). Y el individuo, que se creía algo así como dueño de los secretos del cosmos, después de haber leído tanto y tan mal, no supo qué hacer. Le dio miedo que Sofía lo dejara sin espacio para maniobrar, para correr, sin boca para pedir auxilio.  El individuo recuerda algunas palabras que en otro contexto lo hubieran encendido: «Vamos a mi cama, te deseo, quiero comerte…» Pero en ese contexto confuso, en el escenario ridículo de la cocina extraelegante y vacía,  le parecieron demasiado opresivos.

Quién sabe lo que hubiera pasado si Sofía le hubiera dejado un pequeño espacio entre la refrigeradora extra grande y la cocina eléctrica de cinco fogones. Quién sabe si solo le hubiera dicho «Te espero». El individuo de 20 años tal vez hubiera actuado diferente. Tal vez hoy vivirían en Lima y de vez en cuando él hubiera probado los manjares preparados en aquella cocina súper elegante. Tal vez tendrían hijos. Tal vez.

Sofía vio que el individuo se iba de su casa y lo llamó poco hombre. (Tal vez eso era) Y al ver su cara de enfado y su disposición a marcharse, apurado hacia el auto; otra vez se le colgó de los brazos, lo arrinconó contra la pared del intercomunicador al lado de la puerta, y oprimiendo los pezones y todo el cuerpo, con los labios carnosos medio abiertos, los ojos brillosos, le rogó que le hiciera caso, que la perdonara, que la siguiera hasta su cuarto. Y el individuo de 20 años la miró por encima, como quien mira un plato mal cocinado, una cerveza caliente.

Habrá que saltarlas

Las calles de Lima antes del amanecer están apagadas por la neblina. No se ve mucho detrás de aquella manta de agua fina que cubre su cemento. Entre sus veredas de calma, caminaba yo, por primera vez en la ciudad después de mucho tiempo.

Pasa el primer colectivo, la luz de sus faros se abre paso entre la neblina, estiro la mano y me subo. Los pasajeros adormecidos parecen notar que visto diferente, les debe extañar que cargue un sobretodo negro hasta los tobillos. Al chofer no le gusta como me visto. El y su cobrador me gritan que me baje. Les ruego que me lleven unas cuadras más allá, que no les voy a causar demora. Las gargantas de los pasajeros se unen a la del chofer. Me gritan que no sea problemático. Saco la metralleta debajo del sobretodo, los ametrallo. Me apeo en la siguiente esquina y sigo caminando.

Desde los jardines de las residencias antiguas,protegidas por paredes altas, alambres de púas y cercos eléctricos, viene hasta mí una música de grillos. No sé si es la queja por sentirse encarcelados, si bien en este tiempo han de haber ya encontrado consuelo en su pedazo de tierra, en su lote de grama emparedado. Esa música me trae recuerdos, me hace temblar con presentimientos.»Estoy harto. Tengo que verla a ella, decirle cuanto la quiero», pienso. Entre las veredas de paredes altas, con la música de los grillos, sigo caminando.

Los cerros

Rodean a la capital como sus hermanos o como centinelas. Trepan hasta la sierra y escriben los bordes del desierto. No tienen el verde de otras montañas pero sí despiden más vida y más muerte.

¿Acaso nuestros gallinazos no se han alimentado de su polvo? En esas lomas de arena rancia, miles de hombres de sierra han levantado sus chozas, protegido sus pertenencias y empezado una nueva vida de deliciosas promesas.

Muchos han de haber sido consumidos por el hambre con que esta ciudad devora la esperanza. Sin embargo, otros habrán descifrado los secretos de su silencio, de la paz con que el viento adereza las tardes cuando sopla apacible sobre sus sequedades.

Desde allí se ve el mar, además. No poca cosa. Imagínate limeño a ese muchacho que revienta de pastos y de cielo azul, descubriendo el desierto y la vastedad del océano.Buscando entre aquellos cerros que rodean a la capital, la fuerza para transformar el universo.

Entre aquellos hermanos que la rodean, encontrarás magia.

La Catedral

Nunca había mirado de aquella manera la Catedral. Creo que malinterpreté su físico exhuberante y me concentré demasiado en el contenido. En la oscuridad entre sus paredes y el altar.

Jamás me fijé con detenimiento en las puntas que cortaban la neblina de agosto, ni en sus campanas que conectaban a quienes fueron testigos de todas las barbaridades que se cometieron frente a ella.

Alguna vez los tiranos piadosos que tuvimos, se persignaron mirando como se alzaba su arquitectura. Y sus malos pensamientos fueron barridos por el repique aburrido de sus siglos.

Nunca me fijé, hasta hoy, amedrentado por esta novela, en las amenazas que alzaban sus puntas contra el cielo. La batalla desigual contra la garúa que había librado esta Catedral de Lima, flor virreinal.

Los deseos

De niño tarareaba, como todos, esa canción que habla de los pasajeros en trance. Los aeropuertos me fascinaban por su posibilidad de convertirse en entradas al más allá. Sin embargo era un ignorante en aeropuertos. La escasez de dinero me había convertido en visitante asiduo de sus parientes pobres: las estaciones de buses. Había estado esperando en ellos, desesperando en ellos, durmiendo en ellos.

Irme lejos. Esa era la más grande posibilidad de quien viaja. Huir de las responsabilidades y de los parientes. Demostrar que era un rebelde, que la vida estaba escrita en las canciones de protesta. Así me metí a un bus por primera vez. Y allí juré que viajando, me quería morir.

¿Por qué viajas tanto? Me preguntó una vez una mujer en bikini. Casi me estaba ofreciendo un concubinato feliz en el verano. Y yo tenía otros planes. ¿Por qué viajas tanto? ¿A dónde esta vez? ¿Con qué dinero? No me creyó que los viajes felices cuestan poco, que la falta de dinero te acerca a los pueblos, te hace ver lo mejor de las personas, despierta la solidaridad del vecino y de los camioneros. Ella no podía salir ni a la playa sin la billetera llena. Felizmente tenía un trabajo pagado en la televisión, y sus ojitos prometían una carrera larga de actriz de telenovelas. Los míos estaban llenos de miseria de estar aquí. Ganas de experimentar.

Difícil de explicar. Lo mío era deseo de conocer el mundo. De gritar he conocido tal y cual cosa, he visto a un hombre vestido de mujer en esta playa, he visto a un mendigo calentándose la sopa en esta calle; he conversado con una diosa morena a oscuras, y ella no conocía mi idioma. Para estar libre de ver es que viajaba solo. Esto me permitía vivir sin testigos, y menos pendiente de los pecados.

La camioneta de Rina

Rina pasaba por el pueblo a recoger la ropa sucia. Tenía una camioneta Datsun Station Wagon cubierta de polvo, con la que recorría el camino hasta la ciudad. Hacía el mismo viaje varias veces al mes y la gente, acostumbrada a las cubrecamas y sábanas limpias, se lo agradecía.

No te conocías

Son dos fotocopias: ella y él, reproducidas en cada detalle del carácter, de la forma de ser. Igualitos, hubiera dicho mi abuela, roncando de risa mientras la familia esperaba que terminara de preparar sus tamalitos verdes.

Ambos eran nietos fuera del matrimonio y amantes de una boda con lluvia que arruinó el toldo árabe y la comida criolla. Debajo de las mesas se escondieron hasta que pasó el temporal y allí le cogió la mano por segunda vez y ella se dejó besar.

Se dejó. No le preocupó que terminara la lluvia y él le propusiera esconderse por el día en una remota casa de playa fuera de la ciudad, no le preocupó el olor de humedad con que se abrió la puerta principal ni el sonido a vacío de los resortes de su cama.Se entregó a él. Caminó por los tramos empolvados del pueblo, bajo las paredes descascaradas. El cielo limpio. Pasaron la noche frente a un fuego a las orillas y regresaron a la humedad del dormitorio para amarse con mayor precisión y conocimiento, para borrar algunas dudas y que ella supiese para siempre que su cuerpo era una caja de sorpresas. Que él tenía razón en pensar que–siendo Escorpio–no se conocía, que tenía la pasión dormida con un sigilo de adolescente.

Ella volvió a la universidad al lunes siguiente. Llovía en la vereda donde tomó el colectivo y el silencio de la caminata hasta la facultad la terminó de absorber. Somos almas gemelas dijeron los recuerdos del sábado. Vamos a durar poco dijeron los silencios del domingo. Tengo que pasar por esto otra vez dijo su cabellera negra, larga, esperando una llamada o un mensaje que nunca llegó.

Fueron almas gemelas, dos fotocopias, dos hijos de la ciudad de las lamentaciones y las azoteas de polvo. Fueron copiados por otros, malinterpretados y finalmente se filmó una película sobre su primer encuentro donde se extraviaron sus nombres. Esa fue la película que nosotros vimos, la que nos obligó a tener hijos, nietos, yernos, para que no prosperara el infortunio del desamor original.

La vergüenza

La vergüenza ¿Qué cosa era la vergüenza? pensaba Coliflor Rojas, rojo de ella, frente a la tribuna, con los chimpunes asustados, las manos flojas de cólera a la cintura y el que resentía cualquier intento de pararse otra vez, de limpiar su nombre, de arremeter con su cabeza y su corazón en frentazo directo contra todas las alternativas que le brindaba la vida y le negaba esta serpiente desnutrida parada en dos patas rezando por piedad.

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