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The New York Street

Un blog lleno de historias

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Cine

La gran belleza

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Una fiesta no lo es si no dura hasta el amanecer. Necesito ver el rostro de mis invitados cuando desaparece la luna. Ver esta ciudad rodeado de amigos, dejándome llevar por la dulce alegría de saberme vivo. Sabernos vivos. Hay una magia adicional cuando un grupo termina entregándose al baile, recorriendo los espacios entre las mesas entregados a la necedad, la sinrazón. Que los pies nos conduzcan al abandono. Después, por la mañana, mientras la ciudad duerme, quiero caminar por la calles que me han otorgado la vida.

Conforme los años pasan, empiezan las voces del desaliento. El «sí, me gusta este estilo de vida, y sin embargo…», como si fuera un pecado descartar el futuro, no asumirse como miembro responsable de una sociedad. Los amigos que nos acompañan, cada cual buscando caminos distintos, tratando de abandonarse al delirio de la fiesta, y escarbando en los tiempos muertos para dejarnos ver que a pesar de la alegría, algo les molesta. Todos tienen una verdad acerca de su historia, todos quieren creer que han hecho lo necesario para no mirar atrás, antes de la muerte, y sentir el peso inmenso de la culpa.

En ciudades de momentos cincelados por los siglos es posible encontrar llaves de laberintos y palacios a los que sólo entran unos pocos. Ser de aquellos pocos fue siempre mi convicción. Decir lo que pensamos y aún tener esa libertad de caminar por cada habitación de nuestra ciudad sin que nadie sea capaz de cerrarnos el acceso. ¿Quien podría disfrutar mejor de esas vistas congeladas en el tiempo sino yo mismo? Escogiendo a mi acompañante, que sonreirá asombrada, porque nunca pensó que la ciudad tenía dueños.

Y entonces, una mañana de mucho solo, descubro (estoy seguro que ya lo sabía, pero esos resquicios de duda…) que todas son poses. Que los que se levantan a las 6 para tomar el tren de las 7 tampoco lo harían si es que no les atormentase la culpa. Que el sentido del deber los mantiene en un estado de insatisfacción, que quisieran hacer otra vez lo que nosotros hacemos, no pensar tanto en el ¿qué pasaría? y mucho más en la necesidad –que ahogan en promesas cívicas y religiosas cada vez que aparece – de abandonarse, de dejarse llevar, de ser felices sin pensar en nada más.

A veces encontramos en el camino a quienes el sacrificio les ha sido útil. Ellos llevaron una vida inspirada que consideran repleta de significado. A veces es un desconocido que nos sorprende con un comentario favorabla acerca de una novela. Nos halaga, si bien sabemos que no volveremos a escribir, que en ese momento se hizo porque estábamos enfermos con el amor ¿Ahora? Llenos de dudas, que se borran si es que creemos en lo que decimos creer: nuestra vida significa esto: ser el centro, vivir para los amigos, que nos adoren y nos adoremos juntos esperando las canas, las arrugas, el silencio final.

¿Y el gran invitado es feliz? No sé. Se tiende al lado de mujeres que no terminan de llenarlo, sigue pensando en una imagen dolorosa de adolescencia: esas rocas por donde caminaba descalzo, sin pensar en otra cosa que meterse al mar. En el sol que cae sobre las piedras mientras el océano se balancea como en una olla a punto de rebalsar. El horizonte. ¿Si se hubiera quedado con ella?¿Qué se hubiera sentido despertar por las mañanas al lado de una mujer que amas?

No quisiera mirar tantas veces atrás. Dedicado al placer, entregado a una vida donde él es el centro, donde tiene la capacidad de organizar las fiestas y también de arruinarlas. De no pensar en otra cosa que en sí mismo: somos todos ridículos, con nuestras ambiciones minúsculas, con nuestros vicios y secretos. Y claro, siempre tiene que volver a pensar en ella. En el día de sol cuando saltaba entre las rocas, salía del mar, la miraba y estaba cubierto de amor. Se lo ocurre que podría seguir escribiendo, que es posible para él una vida sin fiestas, con un poco más de significado. Es posible esa gran belleza.

Carajadas

No siempre sorprende el «sorprendente»…

Llega a las pantallas un nuevo proyecto de Spider-Man y el comentario parece ser unánime: es una porquería.

No entendí muy bien cuál es el motivo por el que se tiene que reinventar a un superhéroe que se ha reinventado hace sólo 10 años (además de los motivos económicos). Esta semana en The New Yorker, Anthony Lane lo destroza. Critica desde la falta de sentido del humor de los personajes (y los diálogos estúpidos de Parker) hasta la escasez de imaginación del director. Esta apuesta por el dinero fijo y el mal cine, sólo revuelve alrededor de la capacidad de los efectos especiales por llegar más arriba y hacer el mayor ruido posible. (Como ese otro bodrio llamado Transformers )

Hace unas semanas leí una serie de comentarios devastadores sobre The Avengers en una página dedicada a los comics. Los fanáticos descargaban bilis acerca de la infidelidad de la película hacia el «espíritu» de Los Vengadores. Sin embargo, a mi me había encantado el tono sarcástico con que el que se autorretratan en aquella película los superpoderes, las superflaquezas y la relación de estos engendros disfrazados con la ciencia y con los humanos. Está muy en la línea de lo que hizo Alan Moore con Watchmen.

The Avengers, con la gran capacidad para burlarse de ellos mismos, me parece no una falta de respeto, sino una puerta de acceso (tal vez la única) para quienes quieran seguir trabajando con la reinvención filomográfica de héroes que no necesitan de «reinvención».

Recordemos que aquella capacidad de los dioses y semidioses de reirse de sus propios poderes y debilidades –enmedio de la inevitabilidad de su tragedia– es una de las grandes cualidades de las obras de –entre otros– Sófocles y Homero. Con menos humor y nada de transgresión, la saga de este hombre con poderes de araña sólo tiene  futuro en la taquilla de las siguientes semanas.

Después vendrá el olvido y se la tragará.

Farewell

Emir Kusturica como Sergei Gregoriev en la película francesa "Farewell"

Unión Soviética, 1985

Vamos a entregarte la lista con los nombres a cambio de un par de casetes de Queen, un disco de este cantante romántico que tanto me gusta y un walkman para mi hijo. Y nada más. Este país necesita un cambio. La revolución que nos hizo salir de la edad media y que en menos de cincuenta años nos llevó a poner un hombre en el espacio necesita un remezón para que los rusos volvamos a ocupar el lugar de vanguardia que siempre hemos tenido. Los rusos ¿Qué sería del mundo sin los rusos? ¿Se imaginan? Literatura, pintura, música, política, ciencia y ajedrez. Todo lo que nos ha legado el bloque soviético. Un adornito me mira desde mi mesa de noche y me recuerda ¿El Kremlin? También una foto de Vallejo en Moscú y un bolero que llega desde algún rincón del pasado : La Plaza Roja desierta, la nieve dibujaba un tapiz, tenía un lindo rostro mi guía: Natalí.

Kusturica, Emir

Imposible perderlo de vista. Este cara de loco, esos ojos que nos sugieren que tomemos distancia. Kusturica es como uno de esos personajes salidos de una carpa de los gitanos –irrepetible– o de una pintura de Macondo ¿José Arcadio Buendía? Abraza a su hijo, le miente a su esposa y a su amante, convence al francés disminuído pero entusiasmado de que solo ellos dos son capaces de hacer lo que están por hacer: decirle a los Estados Unidos que sus mejores secretos nunca lo fueron.

Ronald Reagan, la caricatura

Reagan mira una película y hace comentarios tontos sobre el cine, sobre los franceses y los rusos. Caricaturizar a los Estados Unidos: pasatiempo favorito de los franceses. Así hubiera sido nuestra imagen de los norteamericanos, si Hollywood hubiera filmado en París y no en California. Así como para nosotros los rusos eran Iván Drago–aquella estatua de hielo que se daba de guantazos con Rocky en una pelea a doce asaltos–para los franceses Reagan era el vaquero que arengaba con frases hechas. Hasta Willem Defoe luce grosero como el agente de la CIA. Imagínense qué papel para este actor que crucificaron en La última tentación de Cristo. El único que no salta las alarmas del estereotipo es Kusturica.

Una vida, una bala

En la Siberia, nada menos. En esa planicie blanca por donde se tambaleaba Dersu Uzala. Allí llega Kusturica, traicionado por su traición, sin chance alguno. Hace un gesto inigualable con las manos para decirle al  pelotón que proceda. Que Rusia siga, sin él.

Finlandia

Hay países que aparecen de la nada, tal como Finlandia aparece en Farewell. Es como esa Islandia repentina en un poema de Borges. Llega como sinónimo de libertad. Ese es el clímax: allí está la intensidad de la huída, el rostro de la esposa recordándonos todos los reproches y todos los riesgos.

Faustus and forgiveness

 

matchpoint
Scarlett Johansson and Jonathan Rhys en una escena de Match Point, el filme de 2005 dirigido por Woody Allen.

 

Si el taxista sube en la siguiente esquina
si los hombres se alojan en las bodegas
si las mujeres golpean con los terrones de lona
si la bola muerta entra de todas maneras

Tanta cerda en vilo
tanto contramano.

Entre los rieles de los trenes y la ruta. Gimnasio, dos vueltas con libro. Los acantilados de Neruda, las ruinas de Paz. Las notas en el registro, varias A. 86 grados. Como que no quieren pero van a escribir el ensayo contra MVLL. No sobre literatura sino sobre convicciones politicas. Juan me dice que anda depre, pero igual me avisan que ha llegado a Lima el Pobre Diablo. Alejandra me recuerda que no me olvide sus telas. Me invitan de nuevo a recordar el picnic mas largo del mundo. En el tren 1 a Manhattan subrayo la llamada de Faustus a Mefistófeles. Se arrepiente de haberle entregado su alma pero es que lo quiere todo. Y no cree en nada. Desfilan los pecados capitales, todavia podemos pedir forgiveness.

Me llevo una pila de libros a la casa, el de Marlowe y el de Moll Flanders que tengo que leer para el examen. Los diarios de Eliade, Barthes, etc.

No regresaremos al vegetariano del especial de la noche, los precios han subido las chicas no son tan delicadas en el trato. Una de ellas es bastante grosera. Hay que ver todas las pelis de Alec Guiness. Hay que ver The Proposition que ayer encontré a $5 en el Blockbuster.

En Match Point el tema de la suerte el movimiento ascendente, la identidad con el sujeto cuyo lugar es deseado. Las nalgas de Scarlet Johanssonn bajo la lluvia. En 2001, el libro, el final de Hal es muy claro, se analiza desde un punto de vista psicoanalítico. Y en Dora Freud no dio pie con bola. Al gallego le dieron una clase de teoria literaria, pero ha fracasado. Entra Hunter. La reina de Inglaterra se queda estancada al cruzar el arroyo. Y esos cuernos hermosos desafiantes, se decide el destino de la reina. A ver si alguien se acuerda: Reyna es el tipo que marcaba a Maradona.

Terry Gilliam’s Movie Night en IFC


A Terry Gilliam se diría que lo ponen nervioso las luces. Que no sirve para orador principal. Sin embargo lleva bien la conversación. Las primeras preguntas son acerca de la película que acabamos de ver.

Interesante idea la de esta velada en el cine IFC (West 4 and 6th Ave en Manhattan): se invita a un director de primer nivel, se le propone que presente al público un filme que le parece importante; al final de la película, se arma una ronda de preguntas. Esta noche el director de primer nivel es nada menos que Terry Gilliam, cuyo filme Brazil no solo es una joya del género de ciencia ficción sino que ha sido considerado por muchos críticos como una de las películas más importantes de los últimos cincuenta años.

La película que Gilliam presenta esta noche es un filme belga de 1991: Toto le Heros. Semi fantástica historia de Tomás, un niño que está seguro de haber sido suplantado por otro bebé tras un incendio en la maternidad. Tomás vive, crece y envejece con la obsesión de ser el hijo del vecino. El hijo del vecino es el millonario dueño de los supermercados Kant. Y el hijo de Kant, Alfred, es quien provoca todas las pesadillas del protagonista, pues Tomás está seguro que este no solo le ha robado su vida, sino a su padre (el padre «suplente» de Tomás es aviador y muere en medio de una tormenta, haciendo un viaje con un cargamento de mermelada de naranja para los supermercados Kant) y además el corazón de su hermana Alice, de quien el niño Tomás vive perdidamente enamorado. Filme de personajes-espejos con estética fantástica y onírica, robada de Fellini, y una deliciosa escena narrada por el pequeño Tomás, que me hizo recordar al Pip de Great Expectations, la novela de Dickens, cuando este se da cuenta que las cosas existen y tienen un nombre.

Gilliam cuenta que la película la vio por primera vez en una sala de Londres, pocos días después de acabar de filmar The Fisher King. Entró sin tener ni idea de qué se trataba el filme, y salió del cine completamente deslumbrado.

En la ronda de preguntas Gilliam conversa, cuenta chistes, bromea sobre sí mismo. Después lo invitan a la cafetería del IFC para seguir con la charla informal y los autógrafos.
Mientras estampa su firma en mi DVD de Brazil, le digo que alguna soporífera tarde de domingo de mi adolescencia, encontré en un canal de televisión de Lima una descabellada y maravillosa película sobre el Baron de Munchausen y que siempre quise saber quien era el director. Mientras termina de firmar, con el dedo se señala a sí mismo, ensancha la sonrisa y me responde: «Me«

Movies en Bryant Park

Todos los veranos desde que se renovó Bryant Park, en la esquina de la 42 y la 6ta Avenida, se realiza el festival de cine al aire libre. Al caer el sol, se proyectan en pantalla gigante una serie de películas, generalmente filmes clásicos. Esta tarde fue The Birds de Alfred Hitchcock. Demás está decir que la película es solo un pretexto para reunirse, para que los neoyorquinos tomen por asalto el parque y hagan un mini picnic hasta que acaba la película y cierran el parque (como a las 11 de la noche). Hubo Coronas, Brooklyn Lager, vino blanco, guacamole con papitas y «»chorros» de cerveza. El actor prinicpal nunca se despeinaba ni se desabrochaba la corbata y la actriz caminaban sobre la arena de la playa con los tacazos y el abrigo de pieles. El sonido no es muy bueno, pero es que estábamos un poco lejos de la pantalla. De todos modos el espectáculo es único -te elimina el mito del neoyorquino estresado- y sucede 8 lunes consecutivos durante el verano. En la mañana tuvimos que viajar hasta Fishkill a cerrar, con billetes de uno, la cuenta de Manolo en el Citizens Bank. El cebiche del Acuario mirando el mundial estuvo a la altura de las yuqitas fritas. Para llegar a Fishkill: la Taconic Parkway hasta la 84 West y la 84 West hasta la Route 9. Fuera de la ciudad, el estado de Nueva York parece un selva. Como dice Carling, después de depredar el bosque original, los ingleses conservaron los árboles. La sensación que progreso y naturaleza pueden convivir sin estorbarse permanece durante todo el viaje. Algunos paisajes, -sobre todo los cruces de ríos y los puentes-, son espectaculares.

¿Tú le crees al presidente de los Estados Unidos?

Ahora este gobierno de George W. Bush ha creado un magnífico sistema para ayudar a los pobres a salir de su miserable situación. Un alucinante programa lleno de oportunidades para su desarrollo personal y su incorporación activa a la sociedad. Una organización tan efectiva que el joven de los Estados Unidos puede por fin sentir como el gobierno se preocupa por generar oportunidades de empleo y superación para los más necesitados. Esa organización se llama: ARMY. El ejército reparte todas las semanas volantes en Lehman College, donde yo trabajo, ofreciéndole a los jóvenes del Bronx –que saben que tras cinco años de universidad nada les asegura que vayan a conseguir un empleo decente–, la oportunidad de su vida: El ejército. Son tan cretinos en su «estrategia de marketing para el reclutamiento» que en uno de esos volantes ofrecen, además de los beneficios de estudios y desarrollo profesional, que si te registras te regalan un código para que te bajes dos canciones de iTunes a tu iPod: «Sólo firma aquí abajito y el mundo es tuyo, Caracortada».

Anoche vi el documental Why we fight. Tal vez lo más relevante fueron las imágenes de archivo en las cuales, despidiéndose de los norteamericanos que lo habían elegido presidente, Dwight D. Eisenhower prevenía a sus compatriotas de los peligros de permitir que la industria de la guerra se apoderara de las decisiones de gobierno en los Estados Unidos. El documental quiere demostrar que eso es precisamente lo que ha pasado: la industria de las armas ha tomado el control del gobierno y nadie quiere, y si quiere no puede, cambiar esta situación. Las predicciones de Eisenhower se han cumplido.

Una y otra vez se nos demuestra, no con vagas teorías conspiratorias sino con audio e imágenes de sus principales personajes (Bush, Cheney, Rumsfeld, Wolfowitz) que la guerra en la que ahora Estados Unidos está metido hasta el cuello, fue una creación, una mentira con la que se han hecho millonarios políticos y militares que trabajan en el Congreso, en el Pentágono y en todas las esferas del poder.

George W. Bush aparece diciendo: «Yo nunca dije que había lazos entre Saddam Hussein y los atentados del 11 de setiembre..». Rumsfeld dice: «Todos saben que Irak tiene armas de destrucción masiva, nosotros los sabemos, los ingleses lo saben». Cheney aparece declarando: «Estoy convencido que los iraquíes nos van a saludar como liberadores».

Cuando la guerra era inevitable, recuerdo haber pensado, (muy ingenuamente), que si se van a cometer tantos sacrificos, ojalá que las «ideas» que EEUU vendía (El ejemplo democrático se va a expander por el Oriente Medio, Saddam está preparando un gran complot terrorista contra los EEUU) fueran verdad. Esperaba, ya que la guerra era inevitable, que al menos ellos tuvieran razón.

Pero NUNCA TUVIERON RAZON. SIEMPRE FUERON CONSCIENTES DE QUE ESTABAN MINTIEND. Estados Unidos tuvo en algún momento a todo el mundo detrás, compadeciéndolo por la pérdida de vidas en los atentados del 11 de septiembre. Estos politicos despreciables, utilizaron esa fuerza, ese apoyo, para cimentar la idea de Estados Unidos como un imperio todo poderoso y la maquinaria de la industria de la guerra agarró la oportunidad para volverse multimillonaria.

Eso apesta. Ningún gobierno en los Estados Unidos le ha mentido de un modo tan descarado a su población.

Y no solo eso: en su discurso por el Estado de la Unión, Bush anunció que se iban a promover todos los métodos de energía alternativa, que su prioridad de ahora en adelante iba a ser encontrar energías alternativas al petróleo. ¿Cuál fue el siguiente paso a este revolucionario mensaje?: El gobierno de George W. Bush cortó significativamente el presupuesto para investigaciones relacionadas con nuevas energías que reemplacen al petroleo.

Lo peor es que documentales como este te venden la ilusión que el conocimiento y la información son garantías de cambio, que son la prueba fehaciente que existe libertad de expresión en este país. ¿Pero qué va a cambiar? Sólo había cuatro gatos viendo el documental, cuatro gatos que ya sabemos lo que nos estaban diciendo: hay una poderosa maquinaria de producir dinero detrás de cada guerra en la que está metido este país. Hay gente vinculada a esas empresas que se hacen multimillonarias con la guerra, y mucha de esta gente está metida, como nunca antes, en los círculos que deciden las estrategias de gobierno. Y nada va a cambiar. Es deprimente.

Marcel Carné: Les Enfants du Paradis

Hace unos meses, en una entrevista que le hicimos con el maltés a Harold Bloom, le pregunté qué películas le habían gustado y Bloom respondió que, si bien nunca iba al cine, había visto hacía siglos una película deslumbrante: Les Enfants du Paradis. Ayer, entre mi lectura de los tediosos discursos de Emerson, por fin la pude ver.

Terry Gilliam decía que ya no se hacen películas que sean a la vez poemas y éxitos de taquilla. Les Enfants du Paradis fue ambas. El filme es una historia fascinante poblada de personajes hábilmente construídos y al mismo tiempo es un poema al amor y a las posibilidades del cine como arte.

Marcel Carné había dirigido varios filmes exitosos cuando su productor le dijo, con absoluta certeza, que su siguiente paso tenía que ser una película épica. Era 1943 y Francia estaba ocupada por los alemanes. Carné y su guionista Jacques Prevert estaban dándole vueltas a algunas posibles ideas cuando, por coincidencia, se tropezaron en una calle de Niza con el actor Jean Louis Barrault a quien no veían desde el comienzo de la ocupación alemana. Fueron inevitables unos tragos y una larga conversación sobre el cine y el teatro. Entonces Barrault le contó a Carné la historia de un famoso mimo francés de principios del siglo XIX: Baptiste.

Baptiste, el más admirado y elogiado mimo de Francia, paseaba una tarde con su dama por el famoso “Boulevard de Crime” cuando un borracho la insultó. Como este siguió con los insultos, Baptiste no tuvo más remedio que golpearlo, con tan mala suerte que el borracho murió. Fue apresado y a su juicio asistió todo París: no por morbosidad sino porque todos los parisinos tenían curiosidad por saber cuál era la voz de Baptiste.

La historia lo entusiasmó tanto a Carné que empezó una minuciosa investigación sobre aquel período del teatro francés y encontró una gama de interesantes personajes históricos. El guionista Prevert le daría forma final al argumento y Jean Luis Barrault asumiría el papel de Baptiste. El título de la película, decidido por el director incluso antes de que el guión estuviera terminado, proviene de una jerga entonces ya en desuso: a los asientos más baratos del teatro– los que nosotros llamamos cazuela–se les llamaba “Paradis” (Paraíso). (El traductor de la película al inglés descubrió que los ingleses los llamaban “Gods” (dioses) y es así como figura en los subtítulos).

Los Niños del Paraíso es una película que fue filmada con un presupuesto millonario para su tiempo pero con el inconveniente de tener que ser supervisada por los censores alemanes–el comentarista describe las dificultades de Carné para burlar a los alemanes que no querían ni siquiera extras judíos en el filme–. Cuando se terminó de editar la película la victoria de los Aliados era inminente y Carné decidió postergar su estreno hasta 1945 para poder incluir entre los créditos los nombres de sus colaboradores judíos (a los que se les reconoce su aporte “desde la clandestinidad”).

El filme–al igual que Fanny y Alexander otra gran película del siglo XX–, es un homenaje al teatro en general y a Shakespeare en particular. Mientras las obsesiones del Alexander de Bergman son el joven Hamlet, la suplantación de Claudio y el fantasma del asesinado rey de Dinamarca; la de estos personajes de Carné son los celos de Othello, el odio de Iago y el crimen de Desdemona.

La bella Garance es quien provoca los celos de los personajes del filme: los de Baptiste, cuyo talento es anulado cada vez que es consciente de que Garance no lo ama como él la ama a ella; los de Nathalie, ciegamente enamorada de Baptiste; los de Larcenier, asesino con aspecto de dandy que proclama que los seres humanos son todos aborrecibles; los del Conde, esposo de Garance, capaz de aceptar no ser amado por ella, pero no de que Garance ame a alguien más. Y por último los de Frederick: brillante actor y ex amante, quien gracias a Garance descubre una sensación que no había experimentado jamás: los celos. Esa experiencia le brinda lo único que le faltaba para sentirse capaz de interpretar al personaje dramático que más admiraba: Othello de Shakespeare.

Los diálogos abundan en frases inspiradas y el guión dimensiona adecuadamente a los personajes principales: Prevert hace que en algún momento del filme ellos cuenten los pormenores de su niñez. El manejo de los actores es muy preciso, sobre todo en las escenas en el teatro de Funambules; y la iluminación acentúa las escenas más dramáticas, los gestos y las sonrisas habladoras de los actores.

Por último: la escenografía construída para las escenas en el Boulevard es magnífica. Allí los extras fluyen interminables como si se tratase del mundo real, contando pequeñas historias en cada ángulo de la pantalla. En la escena culminante, la luz baña todo: esa multitud de París que celebra el carnaval, mientras Baptiste avanza abriéndose paso entre la gente y gritando el nombre de su amada Garance.

The Conversation, Francis Ford Coppola


Filmada entre El Padrino 1 y El Padrino 2, La Conversación es, según el propio director, la más personal de su películas y su idea de lo que debería ser un director exitoso: uno que escribe guiones originales y los lleva al cine.
El argumento que usa Coppola toma ideas de Michelangelo Antonioni -Blow Up- y también del libro que Coppola había terminado de leer y al que le interesaba rendir homenaje: El Lobo Estepario. Por eso Hackman se llama Harry en la película y por eso Harry es un tipo desconfiado de los demás, encerrado en su universo de aparatos de chuponeo. En el estilo Coppola dice haber sido influenciado por la lectura de «A Streetcare Named Desire» de Tennessee Williams. Tal vez esto se aprecia mejor en la escena de la pequeña fiesta luego del congreso de chuponeadores–, parecida a la escena en la casa de New Orleans y la partida de poker de Polanski y sus amigos. Pero en The Conversation el único personaje principal es Harry y el tipo interpretado por Hackman–imponente con su impermeable de plástico semi-transparente que no se quita ni para dormir- no se parece en nada al impetuoso inmigrante de polacos representado por Brando en la versión cinematográfica.
Los espacios sobrios donde vive el personaje, con las paredes casi desnudas, contrastan con el complejo sentimiento de culpa que lo retuerce internamente. El solo de piano, que repite el mismo tema una y otra vez, y los solos de saxo de Harry, alimentan esta impresión.
Una de las escenas más conmovedoras es aquella en la que Harry desbarata su casa para saber si él también está siendo escuchado. Destroza las paredes y el piso, los muebles y los aparatos eléctricos. Lo único que no se atreve a tocar es una imagen de plástico de la Virgen María. Pero cuando se da cuenta que es lo único que le queda por revisar, la destruye con una furia cataclísmica, en la que se proyectan todas sus angustias. La actuación de Hackman es excepcional.

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