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The New York Street

Un blog lleno de historias

Autor

ulisesgonzales

Writer. Editor of the literary journal Los Bárbaros (New York) and Las Furias (París). Editor at Chatos Inhumanos Publishing House (New York). Professor at the Journalism and Media Studies Department, Lehman College, CUNY, Bronx.

Ida: en blanco y negro

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Las tragedias nacionales a veces requieren de historias sencillas, de saltos al vacío limpios como el de Ida.

«Me olvidaba que yo soy una puta y tú eres una santa», dice la camarada Wanda Gruz. Ida ni siquiera sabe besar. Quienes la respetan asesinaron a su familia. Ida tiene el ritmo de una trágica melodía de jazz. Amará en blanco y negro, después de haber seguido el consejo de la tía Wanda y haber vivido por unas horas como el resto de los polacos. «¿Y después» «Tenemos un perro. Nos casamos, tenemos hijos, una casa» «¿Y después» «Lo normal. La vida».

ida2Como si se pudiera abrazar la vida después de haber llevado los restos de tu madre en una manta y haber removido la tierra para encontrarles una tumba. Ida es un poema bello y trágico, una de aquellas historias sencillas que se requieren para entender mejor el peso de la tragedia de un país.

When the Levees Broke

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Cinco dias después de la inundación de New Orleans, miles de refugiados aún esperaban a los autobuses que los evacuarían. La temperatura bordeaba los 40 Celsius. Bandas de grupos armados cerraban las autopistas. La turba saqueaba los supermercados y la policía apuntaba a los civiles que se deshidrataban en las afueras del Centro Cívico. Los rumores: los blancos habían dinamitado los diques para que se inundara el barrio de los negros, los presos negros habían huído y se paseaban armados por las calles de Nueva Orleans.

El documental de Spike Lee, When the Levees Broke, es el recordatorio de una vergüenza nacional. Soledad O’Brien, reportera de CNN, cuatro días después de la inundación reta en cámaras a Michael Brown, director de la Administración Federal de Emergencias (FEMA), por saber menos acerca de lo que sucedía en el centro de la ciudad que su asistente de edición, un practicante de 23 años. Un hombre relata la muerte de su madre anciana y cómo el cuerpo se descompuso en un pasillo del Centro Cívico sin que nadie supiera qué hacer con ella. Otros cuerpos se descomponían en los bordes de las autopistas, al lado de quienes esperaban los autobuses.

Entre los videos de los cadáveres flotando entre las calles, emergen las tensiones políticas entre el alcalde y Kathleen Blanco, la gobernadora de Louisiana (él había apoyado a su rival en las elecciones del Estado). El alcalde, Ray Nagin, llama por teléfono a una radio e insulta al gobierno que no puede enviar agua, comida ni autobuses en casi una semana. Alguien lo acusa de que antes de declarar la evacuación de la ciudad su primera llamada de consulta fue a la Oficina de Negocios de la ciudad.

katrinaCondoleeza Rice, nacida en Alabama, la mañana siguiente al desastre, compraba zapatos en una tienda Salvatore Ferragano. George W. Bush, la segunda noche después de la inundación, daba un discurso acerca de la situación en Iraq. Dick Cheney jugaba al golf, la mañana en que las víctimas de Katrina intentaban sobrevivir en una ciudad con un calor endiablado, sin electricidad, sin agua y con el sistema de desagüe colapsado. Alguien recuerda que la misma noche en que el huracán Betsy golpeó la ciudad en 1965, el presidente Lyndon Johnson se paseaba por las calles oscuras e inundadas con una linterna apuntándole la cara diciendo: Soy su presidente, aquí estoy para ayudarlos.

When the Levees Broke (2006) es la prueba mayor de la ineficacia de un gobierno que siempre estuvo centrado en prioridades distintas a las del pueblo al que tenía que servir. Hilados con paciencia, allí están las imágenes y los testimonios que brindan fuerza a las acusaciones en contra de la administración de George W. Bush. Hay que recordarlas cada vez que se nos ocurra pensar que aquella administración, su familia o sus aliados, merece volver al poder.

bush en el avion

The Prairie Home Companion

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Al escuchar eso de ser «Real American», como a muchos, me viene la alergia. El adjetivo se suele emplear para sacarle provecho a una imagen idealizada (y falsa) de un universo en que la economía depende de la granja, todos nos rompemos la garganta cantando el himno el 4 de julio y nuestros vecinos disfrutan tanto si empieza la misa del domingo como si se inicia la temporada de caza y pueden salir a ufanarse de los rifles que recibieron por Navidad. Además, el «Real American» estadounidense siempre tiene que formar fila detrás de sus líderes cuando estos van a la guerra, sin cuestionar los motivos.

Las intenciones políticas son diferenciar al hombre que «conserva» las tradiciones de «patria, religión y pistolas» del nuevo inmigrante, del que vive en la ciudad o en los suburbios y no tiene conocimiento alguno de la tierra americana. Se suele asumir que al «Real American» no le interesa salir de las fronteras de esta tierra, casi todo lo que sabe lo ha aprendido en la Biblia, a la que respeta por encima de cualquier otro libro, solo habla en inglés, detesta la metrópolis, ama el campo, ama la música country y se viste a la moda de los catálogos de Sears o JCPenny.

Sería ese un mundo primitivo, de costrumbres básicas en el que todos se conocen y se saludan al encontrarse en el Diner o en el bar, van juntos a la iglesia y conservan las buenas costumbres proclamadas por la religión.

Es una vida muy distinta a la de Nueva York. Es probable que sea por ese motivo que las grandes ciudades siguen recibiendo inmigrantes y los pequeños Real American towns adolezcan de problemas relacionados al envejecimiento de su población. Lo cual no quiere decir que las ideas y valores que representan se trasladen a los gustos políticos de una gran mayoría de estados norteamericanos, muchos de ellos dependientes de la agricultura subsidiada, de explotación de minerales, del procesamiento químico o de la industria generada a partir de estos minerales y de la maquinaria militar.

Ver The Prairie Home Companion, la película de 2006 dirigida por Robert Alman (con la ayuda de Paul Thomas Anderson) con Meryl Streep, Tommy Lee Jones, Kevin Kline, Woody Harrelson, Lindsay Lohan; significa remontarnos a ese universo idealizado de la «verdadera nación americana» que vive aún pendiente del curso del Mississippi. La película está basada en el show del mismo nombre, escrito y dirigido por Garrison Keillor, una de las voces más reconocidas de los Estados Unidos: The Prairie Home Companion es un espectaçulo de variedades que se escucha todas las semanas en las estaciones de radio pública (NPR). GK escribió el guión para la película, donde hace el papel de sí mismo.

La película tiene algunos problemas: la idea del fantasma que ronda el espectáculo no está bien realizada. Sin embargo, es un filme muy emotivo. Es una trama, tal vez floja y bastante simple: los dueños de la radio que financia el show han vendido los derechos a una corporación y ésta, que no le ve ningún sentido comercial, decide demoler el teatro desde donde se transmite, para construir un edificio de estacionamientos. La película cubre lo que sería la última transmisión en vivo de The Prairie Home Companion desde el teatro Fitzgerald en San Paul en Minnesota.

Las partes más felices de la película son los diálogos de Keillor, quien no solo actúa y canta, sino también inventa los comerciales y un famoso segmento en el que se refiere a un pueblo ficticio (Lake Wobegon) en las praderas de los Estados Unidos, poblado de inmigrantes escandinavos, olvidado por el tiempo; y, sobre todo, las performances sobre el escenario (Meryl Streep recibió el premio de la crítica por su papel): música country, baladas, gospel y chistes. En el show se leen cartas y saludos de los lectores.

El show radial, una vez al año, dedica las dos horas solo a contar chistes. Es una extraordinaria colección que se puede encontrar en formato de CD en cualquier librería de los Estados Unidos. Es el disco ideal para el viaje hacia el trabajo. En la película Woody Harrelson y Jonh C. Reilly, los Singing Cowboys, cuentan un repertorio de chistes malos al ritmo country de sus guitarras. Esa escena es hilarante.

Si les gusta la película, pueden sintonizar el show que aún se sigue transmitiendo en vivo, o pueden viajar a Minnesota en el verano: a la feria agrícola, donde se realiza el show una vez al año. El espectáculo es itinerante, pueblos y ciudades de EEUU suelen recibir a TPHC, con salas llenas. El show, y la película es un viaje al espíritu «Real American», que complace al público porque da la impresión de ser un mundo que disfruta de las bondades de la vida sencilla, incluyendo aquella virtud tan necesaria: la tolerancia.

El humor amenazado

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Alguna vez dibujé una historieta de varias páginas en las que el personaje principal era Alberto Fujimori.

Había una orgía en la casa del embajador japonés, a la que él no había asistido porque tenía un plan de última hora. El plan consistía en tirar en el carro con una de sus trampas frente al mar de la Costa Verde. Hasta allí llegó Montesinos (recibiendo la maldición de Fujimori por el coitus interruptus) para anunciarle la toma de la casa del embajador japonés por los comandos dirigidos por Nestor Cerpa Cartolini. Nadie parecía saber cómo solucionar la crisis. Sin embargo Fujimori (asociando la toma con la reciente visita al Perú de la supermodelo Claudia Schiffer) recibió la respuesta, que le fue revelada durante un sueño húmedo: allí, él se imaginaba convertido en la toallita higiénica de la modelo alemana. Entonces, gracias a la visión inspirada por la vagina de la Schiffer, tuvo la brillante idea de cavar un túnel y rescatar a los rehenes.

Dibujar la historieta me había costado un par de semanas de trabajo, entre el dibujo y el entintado. Estaba lista y pensaba publicarla en el siguiente número de la revista Resina. Llevé las páginas sueltas al trabajo. Más o menos a las 10 de la mañana, el vigilante de la empresa llamó a mi oficina. Dijo que tenía que salir a la calle a conversar con unos oficiales que estaban haciendo preguntas sobre mi auto.

Salí a la calle y, a una media cuadra de la empresa, frente al parque Mariscal Castilla en Lince, vi a varios patrulleros, motos y unos 20 oficiales uniformados rodeando mi automóvil estacionado. Me presenté y el que parecía dirigir el operativo, me exigió que abriera la puerta. El oficial tomó del asiento del copiloto las páginas sueltas de mi historieta. Tuve que explicarle el contenido, mientras me observaba con el ceño muy fruncido: que las arengas emerretistas eran lanzadas mientras se interrumpía la orgía en honor al emperador japonés, que la presencia de Fujimori convertido en toalla higiénicharliehebdo2ca era una prueba más de mi pésimo sentido del humor.

Al final, el oficial me miró con una sonrisa socarrona que nunca supe si era apreciativa o de absoluta burla por mi trabajo. Dijo que «tenga cuidado». Los veinte oficiales se treparon a sus patrulleros y a sus motos y desaparecieron.

Nunca supe qué pasó esa mañana. Tal vez fue la culpa de algún vigilante alarmado, que llamó a la policía. Supongo que imaginó que en ese auto estaban las pistas que necesitaba el gobierno para desarticular a los últimos reductos de la subversión. Claro que me gustaría creer que quien me denunció fue un fujimorista que pasaba por allí, desencantado por encontrar a su líder dibujado calato.

No era la primera vez que pasaba por una situación similar. En quinto de secundaria, alguien me denunció con el padre director por dibujar caricaturas y escribir historias satíricas. Alguien me dijo que el denunciante fue un profesor sin sentido del humor. Otros me dijeron que fue un compañero de clase con alma de espía y de sobón. Nunca lo supe. Un día me encontré en el despacho del Reverendo Padre Gastón Garatea Yori, explicándole que la idea de que el gobierno de Alan García estatizara al colegio Recoleta para convertirlo en un mercado popular, tal vez por una tara congénita, me provocaba mucha gracia. El director me explicó que no iba a recibir ningún castigo pero que era aconsejable que me abstuviera de escribir ese tipo de historias dado que otros (profesores) no compartían mi sentido del humor.

Recuerdo esto hoy que un par de fanáticos ingresaron repartiendo tiros a la casa de la revista satírica Charlie Hebdo y mataron a doce humoristas. La risa está con la bandera a media asta.

Doce humoristas asesinados sí es motivo para ponerse serios. Hace muy poco Sony detuvo el estreno de una película porque recibió amenazas de Kim Jong Un. La risa es tan inexplicable como la muerte. Sin embargo, nadie en su sano juicio pondrá en duda cuánto la necesitamos.

El humor amenazado: vaya manera de comenzar el 2015.

Conferencia sobre la lluvia en Nueva York

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La obra de teatro escrita por Juan Villoro y celebrada está noche en el Graduate Center de CUNY en Manhattan, es una declaración insistente sobre el poder de las palabras.

Villoro le ha dado vida al personaje de Auto de fe de Elias Canetti y, al mismo tiempo, ha elaborado un monólogo dedicado a ese Dante que llevamos dentro, ése que observa hacia atrás, mira la mitad del camino transcurrido y recuerda las apacibles tardes en que era tan bello amar a Beatriz.

La obra puesta por la Compañía Nacional de Teatro mexicana se apoya sobre dos pilares: el texto inspirado de Villoro y la vibrante actuación de Arturo Beristáin (quien tiene que ser uno de los mejores actores de Latinoamérica). Es un soliloquio construido bajo el pretexto de un conferencista que, a punto de empezar, descubre que ha perdido los papeles de una prometedora «Conferencia sobre la lluvia».

Desde la tragedia del conferencista, se arma un discurso donde se amarran los traumas personales, los episodios cotidianos y las reflexiones —llenas de citas— de este personaje, que trabaja en una biblioteca al lado del obeso compañero Mendívil y ha convertido su casa en un anexo feliz, donde los libros se amontonan incluso en la cocina, para desesperación de su mujer.

La búsqueda de la felicidad, que se parece asumir como la travesía en pos de una pareja ideal, ofrece los mejores momentos de este monólogo que Villoro y Beristáin se encargan de fabricar con un ritmo que jamás declina (a pesar de que se prolonga más de 90 minutos) hasta un desenlace que, sin ser feliz, es generoso con quien se ha desnudado ante el público, improvisando ante el auditorio una conferencia excepcional sobre sus miedos, sus esperanzas, y su enorme fe en el placer inagotable que nos brindan los libros.

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Ayer en el McNallyson Square Garden

ARTE POSTER

El viento también mueve las hojas por acá

 

la foto

Quisiera que hubieras visto mi rostro cuando me dijo que le había gustado.

«Así fue. Tal y como lo cuentas».

Los hechos habían sucedido como los había imaginado. Como que los soñé. Pero no los soñé. No estuve allí. Nunca estuve allí. Fui un viajero de capital haciendo una escala en el pueblo. Me acerqué al forado que se hizo entre nuestra casa y el puesto de policía. Busqué con cara de tonto entre las piedritas en la pista sin asfaltar alrededor de la plaza, como si después de un año aún fuera posible encontrar casquillos de bala. ¿Quién me lo habrá contado? Con pelos y señales. Sabía que La Gringa era la encargada de lanzar el ataque desde los cerros de la quebrada, bajar hasta el pueblo y organizar a la gente asustada. No sabía que uno de ellos pertenecía a las huestes del Malón: ese hijodeputa que degolló a sangre fría a un policía, más allá de Pueblo Nuevo (eso ya es Ayacucho), sin saber que su hermano, militar, iba a viajar con un grupo armado hasta esa zona para buscarlo, que lo iba a acorralar y lo iba a matar de a poquitos en la plaza, cortándole los testículos, los dedos de la mano, los pies, que se iba a acercar hasta su cuerpo moribundo, a escuchar un último deseo y recibir de Malón el escupitajo con su sangre.

En esa quebrada sin río

Sin cielo serrano, sin hoces y sin martillos, de un botazo

destrozándole la cara

Murió Malón de varios tiros,

A manos del hermano de quien molió a balazos.

Jamás pidió perdón.

 

Tampoco supe (lástima, la novela ya está escrita) que fue por intermedio del alcalde (que sabía adelantarse a los hechos porque paró tantos años de arriba a abajo por la quebrada con su padre) que mandaron los refuerzos que evitaron que el pueblo cayera en manos de los terroristas.

» Acarí lo tomaron y mataron al alcalde. Él era contemporáneo de mi papá. Mi papá se subió a la camioneta con 20 botellas de vino y se fue a Arequipa. El comandante que estaba a cargo pidió un vaso y probó. Carajo, de dónde ha sacado esta delicia. A ver ¿qué me va a pedir?»

Solo quería que mandaran refuerzos. Temía que bajaran a matarlo igual que al alcalde de Acarí. Tú sabes cómo es mi papá. Conversaron de todo, se cagaron de risa, se tomaron varias botellas juntos. Se cayeron muy bien. Ordenó que fueran al pueblo 40 refuerzos. Pero no cualquier refuerzo: 40 policías contrainsurgentes. Esos que estaban entrenados para la lucha antiterrorista. También mandó a tres espías a trabajar en las chacras de la quebrada. Esos tres espías fueron la clave de todo. Ellos se comunicaron con la comisaría apenas vieron que los terrucos empezaban a organizarse para bajar. Cuando estuvieron listos para atacar el pueblo, la policía ya los estaba esperando.

«Hasta la cantidad de los que mataron fue así como tú cuentas».

En la chacra, de niño, yo olía el viento. Por la tarde, cuando la brisa movía las ramas, se escuchaba un ruido muy débil y había un olor especial que llegaba hasta la casa. A veces, en Nueva York (como el jueves pasado en Amagansett) encuentro otra vez ese olor: Por unos segundos aparece en mi cabeza la imagen completa de la puesta de sol en la quebrada, el ruido del viento y las hojas, el olor a hierba que me alcanzaba en la mecedora debajo del enramado donde leía alguna novela (¿Rayuela?)

Durante el día (cómo sabían que yo era un inútil para el campo) mientras ellos cosechaban el algodón, ensanchaban o tapaban las zanjas que llevaban el agua, yo tenía permiso para pasearme por el cerro, patear las piedras que resbalaban hasta la acequia, irme caminando hasta el estanque, vagar debajo de los árboles, recordando cómo alguna vez mi abuela cosechaba ahí, al lado del agua, las almendras, mientras sus nietos, colgados como monos de la ramas, abríamos las vainas y nos llenábamos la boca del algodón dulce de los pacaes.

Entonces yo solo apuntaba (No sé qué. Ni siquiera sé dónde quedaron esas libretas de notas. Creo que me fijaba en ciertos detalles de las frutas, del agua que caía en un chorro muy débil por uno de los lados del estanque.) Durante el almuerzo me quedaba en la cocina. Después de cenar me quedaba en el comedor, preguntándoles cómo se llamaba ese maíz que trituraban, mezclaban con azúcar fina y se comían de postre. Quería saber cómo se llamaban esos pájaros que seguían volando entre la paja del techo de la bodega hasta que se cerraba la noche sobre la chacra y sólo se escuchaba el ruido del viento y aparecían las estrellas.

La violencia era solo una sospecha, y nadie entendía por qué mi tío quería volver a ser candidato a alcalde si ese pueblo no tenía salvación.

Cada noche, esos niños con los que no podía competir en el verano porque sabían caminar entre las piedras (descalzos) mucho mejor que yo,  y también sabían sacar mariscos de las rocas del fondo del pozo con una red amarrada a la cintura, mientras alguien les avisaba si la ola venía; se metían al mar con zapatos (jamás pude hacerlo: encontraba tan poco placentero eso de meterme al mar con los pies envueltos), esos niños que vivían en ese pueblo todas las demás estaciones, dormían sabiendo que podía ser la última.  Y a veces se iban al cine, a mirar películas en un televisor de 24 pulgadas. Allí los encontró el ruido de las balas.

Supe que abandonaron todo. Era el año 1990. Yo acababa de ingresar a la universidad y el mundo en que vivíamos se estaba derrumbando sin que supiéramos que se podía hacer algo para salvarlo. Éramos clase media alta y creíamos en eso que dice el himno nacional: seámoslo siempre. Ya nos habían ofrecido emigrar pero estábamos esperando primero a que se hunda el barco. Se hundía de a pocos. Las últimas esperanzas estaban puestas en una elección presidencial que nos había colocado a todos contra todos.

En la universidad, con mis compañeros, recorrimos las cárceles de Lima buscando a gente a quien el pastel les hubiera arruinado la vida por completo: encontramos a algunos cuantos, nos los pusieron enfrente para que los filmáramos: había un tipo que cada semana terminaba en prisión. Otro día nos llevaron a Castro Castro para que le hiciéramos una entrevista a El Padrino, representante legal de los presos. Entramos a Santa Mónica. En cada uno de esos penales éramos recibidos como unos payasos a quienes nadie conoce, que son bienvenidos porque vienen acompañados de los dueños del circo.

Tanta agua debajo del puente.

En esa época leía las historietas de Juan Acevedo, con títulos de ruidos (Trann) en una revista política. Hoy vengo en un tren, al lado de un río, y salen de la memoria esas imágenes. Entonces escribo esto que sale como una flaca corriente de ese riachuelo que bordeaba el estanque, mientras veo que el viento también mueve las hojas por acá.

Hay días en que merece la pena dar gracias. Algún aguafiestas me dirá que siempre hay que dar gracias. Hoy las doy, después de haber visto un video ilustrativo sobre lo que significa el Estado Islámico y otras zonas del universo no tan placenteras donde tal vez me toque reencarnarme, para odiar que las mujeres caminen sin velo, o que mi vecino se emborrache cuando le dé la gana, o que al otro lado de mi cerca, un buen pastor decida que le gusta más la poesía que el Libro Sagrado.

Doy gracias porque con todas las imperfecciones y broncas que nos tocó afrontar en nuestra historia, mi gente sigue libre y yo sigo libre, sentado en un café, haciendo lo que quiero: escuchando a una banda de rock maldecir en vivo, a una mujer de piernas muy largas sorber con lentitud una bebida caliente, a dos jóvenes aburridos pensando en lo que quieren hacer con su vida, decidiendo tal vez en este mismo momento que no quieren hacer nada con ella, que no quieran planificar los próximos veinte años. Para qué.

Sí, claro, señor: estoy muy agradecido.

quebrada

 

 

 

Acerca de andar perdido

Viajar

having no destination

i am never lost

Ikkyu

Viajar en avión es dejar el mundo por un rato. Tus pies en el cielo, tus ojos por encima de las nubes. Viajar largas distancias a bordo de un avión, a menos que se haya reducido a la rutina de un trabajo, a la necesidad de cumplir con compromisos pactados, suele ser un acto de vanguardia.

 

Nunca estoy perdido porque no tengo destino. Sentirse un pasajero en trance: la obsesión de quien cree en la refundación contínua, en la inestabilidad como destino. La tentación, entonces, será creer que hemos llegado, estancarnos, volvernos una planta con raíces, creer que nuestro mayor éxito será morirnos de pie.

Admiro la lucha contra la rutina, reconozco la intensidad creativa de las voces disonantes del deseo, del desorden, de la ira que algunas veces, cuando se disfruta de la calma, pareciera que han muerto sepultadas en el sótano de nuestro supuesto orden.

Me pregunto si la vida de quienes escribimos en este nuevo siglo será eso: el placer y el desorden encadenados a la silla, la dulzura de la calma, de la civilización, del silencio, del no hacer nada como una promesa que se acepta moviendo la cabeza, sin decir una palabra. ¿He luchado lo suficiente?¿Para qué? Nieve bajo los zapatos, soledades, viajes sin rumbo, el silencio como compañeros de cama.

Tal vez la edad juegue un papel. Se aprende a estimar, pero no a desear, aquello que nunca te hizo feliz.

Cantata de nueva estación

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¿Para qué sirves, verano? ¿Acaso cumplirás las promesas que dejaste pendientes? Rodeado de abejas que componen sus vidas entre mis ventanas, con las lluvias que hacen crecer las vulvas de las matas ¿A mentirnos de nuevo? Así seremos humanos (otra vez) pendientes del humo entre los árboles y las torres enmascaradas.  Las piernas se extenderán para nosotros, entre el vapor, seremos cruces y clavos en la multitud, camisas abiertas de deseo colectivo.

Los veranos que mejor recuerdo trajeron la agonía de ser nosotros mismos y no los monstruos que creímos. Como si bastara un poco de calor para olvidarnos de aquella que esquivaba nuestra mirada. Como si fuera suficiente desear la playa para tenerla, pisar la arena para germinar, tocar el agua para estancarnos en el tiempo.

Seremos verano de nuevo, y cuando tú lo creas conveniente, nos arrepentiremos: hundiremos nuestros dedos en las huellas que dejará el viento huracanado, nos volveremos compasivos y buenos, ángeles del invierno.

 

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