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The New York Street

Un blog lleno de historias

Autor

ulisesgonzales

Writer. Editor of the literary journal Los Bárbaros (New York) and Las Furias (París). Editor at Chatos Inhumanos Publishing House (New York). Professor at the Journalism and Media Studies Department, Lehman College, CUNY, Bronx.

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Lectura en McNally Jackson Bookstore: viernes 25 de abril a las 6 p.m.

Almudena Vidorreta, Alexis Iparraguirre, Alberto Valdivia, Gus Jiménez, Isabel Domínguez Seoane, entre otros.

Los bárbaros ya se puede conseguir en Amazon y también en McNally.

Viajar a Tombuctú

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Viajar: algunos vivimos y morimos fascinados por la sola idea del viaje.

Viajar puede significar escapar, como en la triste experiencia de inmigrantes que tuvieron que dejar una patria. Pero viajar también puede ser aproximarse, por voluntad propia, a quienes viven distinto.

Rossana Díaz Costa, en agosto de 1993, estaba sentada en un andén de la estación de trenes de Santa Cruz de la Sierra en Bolivia. Quería llegar al Atlántico cruzando el Pantanal, atravesando Brasil. Viajaba con una amiga que se había enamorado con locura la noche anterior. Esa amiga se llamaba Rosario, y estaba abrazada al oso de peluche que le regaló su novio de muchos años al despedirla en Lima. Lloraba por un joven de chaqueta de cuero negra que le había dado un beso antes de dejarlas en el andén boliviano. Lo había conocido la noche anterior en una calle de Santa Cruz. Había bailado con él en una discoteca, y aquella mañana creía estar cometiendo una traición de amor al abandonarlo para seguir viaje con Rossana hacia Brasil.

La historia era tan patética que era mejor no pensar en esas lágrimas que ahogaban al muñeco de peluche. Rosario caminaba por un lado del andén y Rossana –un poco harta– se había sentado en una banca, a esperar el tren. Ahí me vio.

Estaba ciega porque no le gustaba llevar los anteojos cuando se quería sentir cool ¡Era su gran viaje de aventuras por Sudamérica! Yo estaba pensando en lo feas que eran todas las chicas de Santa Cruz que caminaban por los alrededores de la estación. De pronto, me fijé en una muchacha desarreglada (pero cool) que se veía bonita y jiposa con su cabello largo, que miraba a los demás con interés. Me acerqué, cargando mi morral –con el que también planeaba llegar hasta Sao Paulo y vivir más de un mes– y observándola. Entonces me di cuenta de que la conocía. La había visto antes ¿pero dónde?

Me acerqué tanto que al final ella venció a la miopía y me reconoció.

Yo también: era la estudiante que asistía a las clases de guión de cine del amigo de Pablo Neruda: Domingo Piga, héroe del teatro experimental chileno, profesor de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad de Lima. Nos saludamos con emoción, con extrañeza por la casualidad. Habíamos comprado boletos para el mismo tren. Los dos nos íbamos a Brasil en viaje de aventuras. Rossana me contó con rapidez la telenovela de su amiga Rosario, la gordita que en ese momento apachurraba contra su abundante pecho al peluche que le regaló su novio limeño, mientras lloraba por un nuevo amor. Nos reimos de ella juntos. El tren boliviano –apellidado Bala– se demoró todo lo que podía hasta la frontera con Brasil y aquello nos dio tiempo para extendidas conversaciones, sentados en las gradas del vagón del tren, con las puertas abiertas a las vías del ferrocarril, mirando un desordenado paisaje de plantaciones y de vegetación interminable hasta la frontera.

En Sao Paulo nos despedimos pero ya éramos amigos. Dos años después recorreríamos tres países de Sudamérica con muy poco dinero, veríamos a los Rolling Stone en Santiago de Chile, bailaríamos una canción sobre Hombres Lobo en la discoteca más austral del mundo y casi moriríamos atropellados por un caballo en Puerto Montt. Comeríamos pizza en Buenos Aires y aprenderíamos todos los insultos posibles en San Luis, Argentina bajo una granizada atroz, cruzaríamos la cordillera en ambos sentidos, trepados en camiones, camionetas, autos y carros de bomberos. Aprenderíamos historias sobre las vidas de gente buena y distinta. Luego seguiríamos en contacto porque sus amigos también se hicieron amigos míos: la Rosario del peluche enamorado tendría capítulos en mi vida donde Rossana ya no estaba, Rosario adelgazaba, y otros valientes amigos míos se enamoraban de ella.

Rossana emigraría a España. Yo la visitaría en A Coruña, donde me daría cabida en su pequeño hogar con ventanales gigantes a la Avenida Finisterre. Nadaríamos juntos bajo el puente romano de Allariz, brindaríamos con calimoxo en Riazor, caminaríamos al lado de los carriles de tren de Pontedeume. Me presentaría a unas amigas simpáticas y medias locas. Una de ellas me ofrecería empleo de periodista. Rossana me empujaría a irme sin dinero a conocer Portugal, a dormir en estaciones de tren, en iglesias vacías y sobre las veredas de un teatro, a mochilear trepado en camiones de paso con los que alcanzaría Alemania y regresaría a A Coruña para despedirme y marcharme a Londres y luego a Nueva York.

Todos la llamamos La Roca. Sabemos que anda un poco zafada y que lo que la hace más feliz es el helado. Sabemos que escribe unos cuentos deliciosos, llenos de una sensibilidad capaz de tocarte el corazón. Sabíamos que estaba escribiendo guiones, que algún maldito productor cuyo apellido comienza con Sol la estafó; que sabía repartir su tiempo para hacer miles de cosas y que, al regresar a Perú, siguió con la rutina de siempre querer hacerlo todo.

Uno de los guiones de Rossana se llamaba Viaje a Tombuctú.

Como todos los guiones que acumulan premios y cuya directora tiene agallas y exprime el tiempo para persistir, en algún momento del año 2013 el guión se convirtió en película. Se transformó en un extraordinario filme que este último jueves vi por tercera vez (en mi versión especial, mi Director’s cut ), esta vez con mis estudiantes de Spanish 114, los Heritage speakers del programa College Now: alumnos que están terminando la escuela secundaria, a quienes se les da la oportunidad, tras pasar un examen, de ganar unos créditos universitarios.

Quienes en algún momento hemos dejado familia y amigos atrás, quienes vivimos ese momento en que había que mirar todo alrededor para poder recordarlo durante muchos años, entenderemos la fascinante historia de Viaje a Tombuctú .

Mis alumnos, hispanos, con edades entre 16 y 18 años,  también pasaron por esa experiencia, en circunstancias distintas.

Fue interesante ver sus expresiones mientras avanzaba la peícula. La historia de amor contada desde la sensibilidad de una niña (rockera, con gustos cinemeros) creo que alcanza más a las muchachas. Sin embargo, en la película hay muchas escenas que tocan a hombres y mujeres, de modos distintos. Te tocan no solo si tuviste una juventud difícil, no solo si viviste la niñez y la adolescencia en un país en guerra y en crisis.

También te toca si tuviste una pandilla de amigos y amigas, si espiabas a la niña que te gustaba en el cine y si montabas bicicleta con ella. Si te gustaban los fuegos artificiales al lado del mar, si alguna vez el carro de tu padre se quedó atorado en la arena y si tuviste conversaciones maravillosas con tus abuelos. Te tocan si gritaste como loco/loca en un concierto de Soda Stereo, si empapelaste tu cuarto con posters de músicos que adorabas y si coleccionabas casetes pirateados de las bandas que idolatrabas. También te toca si viviste la violencia de una sociedad vigilante (donde el abuso tenía carta blanca para «protegerte» de la violencia desconocida) si fuiste de viaje por la sierra con tus amigos, en épocas en que era un tema peligroso, si la juventud fue un momento maravilloso de tu vida, etc.

Hay tantas imágenes memorables en esta película de Rossana Díaz que no me cansaré de recomendarla. Además: el fondo musical es excepcional. Con la música uno ingresa a una especie de cuento de hadas con personajes reales, con jóvenes buenos y desesperados en búsqueda de la felicidad, acá o allá: en Tombuctú.

Los bárbaros

Barbaros

Era una clase de teoría literaria. Era el Profesor Oswaldo Zavala mencionando a Alfonso Reyes, a Caliban, a Foucault-Barthes-Steiner-Eco convertidos en fans enamorados de Borges.

Alguien mencionó a Kavafis (recordé la novela de Coetzee) y en algún lugar del cerebro apareció la imagen: una revista que se llamaría Los bárbaros. ¿Qué día fue? Ayer les enseñaba a los sectarios el cartel original. Es un aviso en blanco y negro que pegué en la sala de lectura del departamento, con los nombres de todos ellos: mis primeros colaboradores. Me parece que era fines de noviembre. La fecha límite de entrega era el 31 de diciembre: el fin del último año sin ellos.

El 21 de marzo Los bárbaros abrieron los ojos y el mundo parecía un laberinto.

La fecha límite para el número 2 es el 30 de junio. Su aparición está proyectada para algún día a finales de agosto.

Bienvenidos a San Gregorio

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Queremos que México salga adelante. ¿Díganme cómo? Así laboriosos: haciendo que gire la rueda de la fortuna con pistoleros contratados: muerte: ponte la venda, no mires, te llevamos a un pueblo llamado San Gregorio: te soltamos a bordo de una camioneta BMW para que te encargues de la familia Montaño, de esos muchachos Martina y Candelario, de ese Valente: insolente, que después de laborar, vuelve a su humilde hogar: ambición desmedida: una pizzería para el pueblo de San Gregorio. Mata al prójimo: muéstranos el camino.

Dice Francisco Goldman que el torrente de palabras con que describe a México Daniel Sada, lo tenemos que poner a contraluz de la escasez con que Rulfo describía los inhóspitos desiertos mexicanos. Rulfo tenía toda la intención de hacernos llorar de pena. Sada quiere que nos desternillemos de risa. El humor dramático: risa sanadora, curativa.

Juan Villoro dice que Sada ha plantado exhuberancia en el desierto abandonado. Sus frases son como baldes de agua. Entramos a San Gregorio y un paisano quiera darnos la bienvenida. Nos sienta y nos dice: tómate un vaso de cerveza y ahora te cuento: esto pasa en mi Mágico querido.

Ante Sada no es posible tomarnos todo en serio, es mejor pensar que se ha dedicado a recrear en la sequedad de la arena mexicana aquella escena en la que Leopoldo Bloom le daba vueltas a la estatua desnuda frente a la gran biblioteca, buscando la respuesta a la pregunta que lo torturaba: ¿esculpieron el ano, sí o no? En Sada también se da esta venia al descalabro como motivo de risa y reflexión. Sólo así podemos entender que un padre y un hijo que han sido capos de la droga se droguen durante varios días, se queden duros esperando el futuro en la casa de un narco en los Estados Unidos. Solo así tiene sentido ese Candelario Montaño que quiere ver el mundo. Ese muchacho que deja la pizzería del padre para irse a fumar marihuana con su mejor amigo, para pedirle trabajo al padre en eso que los ha hecho ricos, equivale al “Welcome ¡Oh life!” con que Stephen Dedalus se va a ver el mundo en el final de A Portrait of the Artist as a Young Man”.

Sada ha sido influenciado por los clásicos: por Virgilio, por Homero (Sada siempre quiso ser poeta, hasta que llegó al DF y le dijeron que los poemas ya no eran como en la época del Ciego. Ahora eran abstractos y muy cortos: Sada se cambió a la prosa) y por Joyce. Su preocupación fue instalar un lenguaje moderno en el territorio donde se plantó a contarnos el mundo. Su mundo es el mundo de las culebras que se arrastan bajo el sol del desierto. Yendo de un ambiente a otro, de una cabeza a otra, burlándose de la realidad que les ha tocado vivir a sus compatriotas del campo, así se escribe El lenguaje del juego. Su esposa dice que se encerraba 12 horas a escibir, después del desayuno, y que salía para la cena con una sonrisa satisfecha, encantado de un territorio que creaba frase a frase, mientras inventaba una lengua nueva.

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La gran belleza

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Una fiesta no lo es si no dura hasta el amanecer. Necesito ver el rostro de mis invitados cuando desaparece la luna. Ver esta ciudad rodeado de amigos, dejándome llevar por la dulce alegría de saberme vivo. Sabernos vivos. Hay una magia adicional cuando un grupo termina entregándose al baile, recorriendo los espacios entre las mesas entregados a la necedad, la sinrazón. Que los pies nos conduzcan al abandono. Después, por la mañana, mientras la ciudad duerme, quiero caminar por la calles que me han otorgado la vida.

Conforme los años pasan, empiezan las voces del desaliento. El «sí, me gusta este estilo de vida, y sin embargo…», como si fuera un pecado descartar el futuro, no asumirse como miembro responsable de una sociedad. Los amigos que nos acompañan, cada cual buscando caminos distintos, tratando de abandonarse al delirio de la fiesta, y escarbando en los tiempos muertos para dejarnos ver que a pesar de la alegría, algo les molesta. Todos tienen una verdad acerca de su historia, todos quieren creer que han hecho lo necesario para no mirar atrás, antes de la muerte, y sentir el peso inmenso de la culpa.

En ciudades de momentos cincelados por los siglos es posible encontrar llaves de laberintos y palacios a los que sólo entran unos pocos. Ser de aquellos pocos fue siempre mi convicción. Decir lo que pensamos y aún tener esa libertad de caminar por cada habitación de nuestra ciudad sin que nadie sea capaz de cerrarnos el acceso. ¿Quien podría disfrutar mejor de esas vistas congeladas en el tiempo sino yo mismo? Escogiendo a mi acompañante, que sonreirá asombrada, porque nunca pensó que la ciudad tenía dueños.

Y entonces, una mañana de mucho solo, descubro (estoy seguro que ya lo sabía, pero esos resquicios de duda…) que todas son poses. Que los que se levantan a las 6 para tomar el tren de las 7 tampoco lo harían si es que no les atormentase la culpa. Que el sentido del deber los mantiene en un estado de insatisfacción, que quisieran hacer otra vez lo que nosotros hacemos, no pensar tanto en el ¿qué pasaría? y mucho más en la necesidad –que ahogan en promesas cívicas y religiosas cada vez que aparece – de abandonarse, de dejarse llevar, de ser felices sin pensar en nada más.

A veces encontramos en el camino a quienes el sacrificio les ha sido útil. Ellos llevaron una vida inspirada que consideran repleta de significado. A veces es un desconocido que nos sorprende con un comentario favorabla acerca de una novela. Nos halaga, si bien sabemos que no volveremos a escribir, que en ese momento se hizo porque estábamos enfermos con el amor ¿Ahora? Llenos de dudas, que se borran si es que creemos en lo que decimos creer: nuestra vida significa esto: ser el centro, vivir para los amigos, que nos adoren y nos adoremos juntos esperando las canas, las arrugas, el silencio final.

¿Y el gran invitado es feliz? No sé. Se tiende al lado de mujeres que no terminan de llenarlo, sigue pensando en una imagen dolorosa de adolescencia: esas rocas por donde caminaba descalzo, sin pensar en otra cosa que meterse al mar. En el sol que cae sobre las piedras mientras el océano se balancea como en una olla a punto de rebalsar. El horizonte. ¿Si se hubiera quedado con ella?¿Qué se hubiera sentido despertar por las mañanas al lado de una mujer que amas?

No quisiera mirar tantas veces atrás. Dedicado al placer, entregado a una vida donde él es el centro, donde tiene la capacidad de organizar las fiestas y también de arruinarlas. De no pensar en otra cosa que en sí mismo: somos todos ridículos, con nuestras ambiciones minúsculas, con nuestros vicios y secretos. Y claro, siempre tiene que volver a pensar en ella. En el día de sol cuando saltaba entre las rocas, salía del mar, la miraba y estaba cubierto de amor. Se lo ocurre que podría seguir escribiendo, que es posible para él una vida sin fiestas, con un poco más de significado. Es posible esa gran belleza.

Las palabras soeces

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No sé por qué me cuesta usar palabras fuertes cuando escribo.

Creo que le debo ese desapego por las lisuras a mi padre, a quien incluso en los peores colerones, las palabrotas se le transformaban en nombres de minas mitológicas como Chuquicamata, sus carajos terminaban convertidos en tímidos carachos, y las mentadas de madre en delgados puñales.

Es verdad que cuando se abusa del lenguaje soez, pierde su impacto. Un caso: si el famoso coronel a quien nadie le escribía no se hubiera mantenido en sacrificado silencio durante toda la novela, la palabra Mierda no hubiese acumulado el titánico poder que aún conserva cuando el personaje de García Márquez la suelta–espléndida e invencible–en la última oración del libro.

No tengo el mismo problema cuando tengo que describir la anatomía humana. Me resulta sencillo hablar de situaciones íntimas, de nalgas y genitales y (evitando ser vulgar) de las diferentes variantes del sexo. Sin embargo, cuando se trata de lisuras (tacos, le llaman los españoles) me sorprendo a mí mismo –si es que los llegué a colocar– eliminándolos después de la primera lectura, casi con la misma diligencia con que me agrada deshacerme de los adverbios.

Pocas veces sucede que los insultos se quedan en la página,  resistiéndose una y otra vez a las revisiones. Aquella es la mejor prueba que necesito para saber que son indispensables. Me convence que  los personajes que he creado necesitan decirlos, que ya no poseen la extraordinaria voluntad de mi padre para cambiarlos en el último segundo.

Entonces salen de los personajes como un vómito y suelo mirarlos satisfecho, complacido.

Lima es un trapo

A esa ciudad que nos vio nacer. Que los cumplas feliz.

La costa

Puente Charles Cullen en Delaware
Puente Charles Cullen en Delaware

La costa este de los Estados Unidos abunda en islas. Algunas son pequeños mundos. Una de ellas es Long Island, en cuyo territorio están dos barrios de Nueva York (Queens y Brooklyn) y también el pueblo de Montauk.

Un poco más al norte, están Cape Cod, Martha’s Vineyard y Nantucket. Cape Cod no es en realidad una isla porque hay un pedazo de tierra que lo mantiene pegado al continente. Sin embargo, su conexión con el mar es total. Estas islas, muy asociadas con la historia de la familia Kennedy –ahora son el destino de verano de los Obama–, forman parte de un sistema económico (antes era la industria de los balleneros, luego la pesca, ahora el turismo) que quienes viven del mar conocen bien. Entre el continente y estas islas hay gran movimiento de turistas y de trabajadores –vía ferry– que dice mucho del dinero que genera la industria del placer y el descanso en los grandes balnearios asentados en ellas.

Hacia el sur de Nueva York, la costa este de los Estados Unidos ofrece un paisaje similar. La orilla de Nueva Jersey es también una especie de brazo colgado del continente. En la parte más baja de ese brazo está Cape May, uno de los primeros balnearios de la costa. Alguna vez fue residencia de verano de jefes de estado y negociantes acaudalados, pero decayó al mismo tiempo que aumentaba la fortuna de Atlantic City. Estuvo moribundo desde la Segunda Guerra Mundial hasta que, a fines del siglo XX, recibiera un nuevo impulso de dinero y de voluntades que lo pusieron otra vez de pie. El balneario hoy se mide, desde las inmensas columnas de grandes hoteles –como el remodelado Congress Hall– con sus contrapartes más famosas del norte.

Más al sur, conectados con un ferry que mueve importantes negocios aún en los peores inviernos, están las costas de Delaware –otro brazo que se abre hacia el mar– y las islas de Maryland y Virginia. Allí las playas del Atlántico, largas franjas de arena, son el principal atractivo turístico. Sin embargo, los habitantes se las ingenian para atraer a sus visitantes. Una de estas islas es Chincoteague, isla gemela de Assanteague, reserva natural donde vive, en estado protegido, una manada de casi 200 caballos salvajes.

Todos los años, en la última semana de julio, los caballos son arreados por vaqueros que los obligan a nadar desde el refugio hasta la ciudad de Chincoteague. Este espectáculo único, de una manada de caballos cruzando un estrecho de agua salada a nado, es visto por unos 50,000 espectadores que vienen desde muchos pueblos de los Estados Unidos, llenan los hoteles de la pequeña isla, repletan sus excelentes restaurantes de pescados y mariscos, y participan en el festival y en una subasta organizada por el departamento de bomberos. Los bomberos, encargados de la logística, subastan una cantidad determinada de estos caballos salvajes y cumplen con dos objetivos: mantener a la población en un número constante y manejable; y juntar el dinero necesario para operar durante los siguientes 12 meses.

La costa de los Estados Unidos también tiene muchos ejemplos de pueblos que parecen iguales, repletos de carteles de negocios, de tiendas con el mismo nombre, de aburridas zonas de compras asfaltadas con cabañas cerca de la playa. Sin embargo, lugares como Chincoteague, Assanteague, Cape May, Edgartown (en Martha’s Vineyard), Montauk (en Long Island) o Provincetown (en Cape Cod), convierten a estas islas en magníficos destinos turísticos, perfectos para quienes gustan combinar las horas de ocio con el disfrute de la naturaleza y del mar.

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Un rebaño de caballos salvajes pastando en la isla de Assanteague en Maryland
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Faro de Assanteague Island, Maryland
Amanecer frente al mar, visto desde Congress Hall. Cape May, New Jersey
Amanecer frente al mar, visto desde Congress Hall. Cape May, New Jersey
Patos en el puerto de Chincoteague Island, Virginia
Patos en el puerto de Chincoteague Island, Virginia

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