Buscar

The New York Street

Un blog lleno de historias

Autor

ulisesgonzales

Writer. Editor of the literary journal Los Bárbaros (New York) and Las Furias (París). Editor at Chatos Inhumanos Publishing House (New York). Professor at the Journalism and Media Studies Department, Lehman College, CUNY, Bronx.

Aquella tarde en Brooklyn

brooklyn1

«Una de las enseñanzas que me ha dado la vida ─me dijo mi padre─ es que para conseguir aquello que quieres siempre debes ir directamente. Nunca des vueltas».

Estábamos en el automóvil, una noche en Lima. Tenía 19 años, estaba a punto de viajar y creo que mi viejo sintió la necesidad de entregarme la píldora más valiosa de su sabiduría. Nunca olvidé aquel consejo. Gran parte de lo poco que he conseguido se lo debo a esas palabras. Me estoy refiriendo a mis trabajos, a mi decisión de emigrar a los 27 años, a la facilidad con la que pude recomenzar mi vida en los Estados Unidos.

Sin embargo a veces, como en esta noche de insomnio en que la luna aparece entre las hojas de los pinos que mueve el viento del invierno, en una habitación oscura en un pedazo de tierra rodeado de agua muy al este de Long Island, recuerdo otras cosas: las que perdí por mi impaciencia, por estar determinado a creer que el único camino que valía la pena recorrer para conseguir algo en la vida era el más directo.

Pienso por ejemplo en Claudia.

En 2003 yo vivía en Brooklyn. Me acababa de mudar a un pequeño cuarto detrás de una chatarrera, a media cuadra de Atlantic, esa avenida informe, larga tira de asfalto que corta la isla desde Downtown Brooklyn hasta la autopista que cruza Long Island en dirección a Montauk. Aquella mudanza había sido una decisión impetuosa. Hasta entonces había vivido con comodidad en los suburbios, cerca de un trabajo de propinas que consumía mi fin de semana pero me permitía vivir con holgura de lunes a viernes. Tenía independencia y un auto propio: un Honda del 84 de carrocería oxidada al que se le caían los parachoques. Mi inglés había mejorado en meses de clases intensivas y mi familia en los suburbios era un sistema fabuloso de cordialidades que siempre me amparaba. Sin embargo, me sentía un impostor cuando escribía y decía estar viviendo en la ciudad de Nueva York, estando tan lejos de ella.

Gracias a mis amigos, con los que compartíamos un sótano de una sola habitación llena de cucarachas en el centro de White Plains, había conocido a una muchacha peruana. Con ella mantuve una relación de constantes encuentros, siempre afiebrados, ya fuera dentro de automóviles estacionados en calles oscuras, en espacios aislados que nos brindaba la suerte, o en cuartos de motel donde recaímos cada cierto tiempo, cuando nuestros cuerpos nos pedían una noche entera, que consumíamos en faenas maravillosas que nos dejaban satisfechos y exhaustos. Tal vez podía haber seguido con ella, formalizado, encontrado la manera de solucionar nuestros respectivos problemas de inmigrantes, empezado una familia, sucumbiendo a ese destino con el que se encuentran quienes descubren en algún minuto inesperado que la vida también puede consistir en tener alguien con quien seguirse muriendo acompañado, en conseguir un empleo honrado que te de suficiente dinero para vivir.

Si bien ella solía demostrarme un cariño que algunas veces iba más allá del momento en que despertábamos abrazados y tensos, era obvio que no era para mí. Estaba seguro─y así fue─que ella conseguiría muy pronto a algún novio que le solucionaría el tema de la residencia. Mudarme a Brooklyn, en gran parte también significaba alejarme de la comodidad y de ella y empezar otra vez.

Recuerdo el pánico de la primera mañana en que salí a encontrar mi dirección desde la estación Clinton-Washington. Sentí una duda: tal vez lo que había hecho era egoísta y terrible. Desde Lima mis padres me instaban a no alejarme de la familia. Tal vez mudarme a ese barrio era el pésimo paso que a veces dan los inmigrantes, el que los hace terminar muy mal.

La sensación de desamparo se esfumó muy pronto.  Me acomodé a esas calles con relativa facilidad. Recuerdo con cariño incluso el frío que me acompañaba durante las muchas cuadras que caminaba de madrugada hasta la lavandería más cercana en la Avenida Fulton. Vivía con una española que conocí en la escuela de inglés y a la que le gustaba leer, cantar y cocinar. Éramos muy amigos en ese departamento en el que compartíamos no solo la habitación sino también los libros. A veces organizábamos reuniones ─mejor sería decir que ella las organizaba y yo colaboraba. En los ratos libres nos sentábamos a escribir juntos, y recuerdo que alguna vez lo hicimos para imaginarnos nuestra vida, la que tenemos hoy.

Cuando estaba acomodado a esa vida entre mi universidad en el Bronx ─a la que me demoraba 90 minutos en llegar─y las calles de Brooklyn, me encontré con Claudia.

Teníamos recuerdos de nuestros compañeros comunes en la universidad. Fue alguno de ellos, en un correo electrónico, quien me anunció que Claudia llegaba a Nueva York. La fui a buscar, a la pequeña sala que había convertido con paciencia en departamento. Escuchamos, tumbados en un sofá, las canciones de su excelente colección de música brasilera. Caminamos juntos por el Parque Central, y me quedé a dormir con ella, al lado de su cabello que olía a almendras─sin tocarla, pensando que lo que tendría que suceder, en algún momento sucedería.

Una tarde, cuando llegamos desde Chinatown hasta mi departamento con bolsas de limones y pescado, nos invadió a los dos una sensación de camaradería que no creo errar si califico de mágica. El departamento de Brooklyn tenía un balcón por donde se colaba un halo de luz blanca. Tendría que ser mayo o junio, porque recuerdo una tibieza tierna que nos acompañó mientras cortábamos los limones, sazonábamos el pescado, almorzábamos y conversábamos de nosotros dos, de nuestros sueños. Ella quería ser antropóloga pero no estaba segura de cómo empezar a conseguirlo. Yo le hablaba de ser periodista otra vez, de mis clases, de las tantas personas que había empezado a conocer en la universidad.

Nos tendimos en mi cama a descansar, uno al lado del otro, como otras veces en que habíamos dormido juntos sin que pasara nada. Recuerdo haberme sacado la camiseta y haber empezado a conversar de lo que conversaba hace diez años. Claudia me escuchaba, tal vez interrumpía de vez en cuando con una voz muy suave y se reía con una dulzura que pocas veces volví a encontrar en esta ciudad. Estábamos solos en Nueva York, dos muchachos de la misma universidad, cubiertos de luz blanca, echados uno al lado del otro en una tarde de Brooklyn. Claudia apoyaba la cabeza sobre mi hombro y puso sus dedos sobre mi pecho, como queriendo tocar algo que yo llevaba escondido adentro.

Nunca pude explicar lo que pasó. Tal vez esta noche lo consiga. Creo que tiene que ver con aquellas palabras que alguna vez me dijo mi padre. Sus dedos resbalaron sobre los vellos de mi pecho y sentí que me asomaba a un mundo distinto, que aquél podía ser uno de aquellos momentos en que se abre una puerta, solo por unos segundos, para que atisbes un universo paralelo. La miré como si lo que siguiera en ese instante fuera inevitablemente el momento de poseerla. Recordé aquella noche en que vi su perfil desnudo en la oscuridad de una habitación en Manhattan y la mañana en que desperté antes que ella y me quedé observando la boca semiabierta y los ojos cerrados y tranquilos de un rostro que combinaba tan bien con el olor de las almendras.

En ese momento la miré como si fuera el salvaje delirante que acaba de descubrir la fuente del fuego. Sus dedos se desprendieron de mi pecho y yo entendí que si abría la boca para decir algo habría cruzado una línea invisible, que el camino recto que sugería mi padre me iba a conducir a un cruce de vías, que la puerta se cerraba y yo estaba a punto de quedarme adentro. Tal vez fue lo contrario. Tal vez solo tenía que abrir la boca y decirle lo que quería: que la deseaba.

Ha pasado mucho tiempo y hemos seguido siendo amigos. Alguna vez, una Nochebuena, poco después de su primer divorcio, Claudia fue la que alentó a una judía de cabello colorado para que no dudara más y se metiera en mi cama. Tiempo después, cuando ella vivía con un muchacho distinto y ya se había comprado su propio departamento en el Soho, le dije que me casaba. Me dio la bendición y un regalo muy valioso que aún conservo. Ambos hemos recorrido largos caminos. Ambos hemos sobrevivido a las tormentas. Ninguna de ellas nos ha obligado a marcharnos.

Esta noche en que no puedo dormir, me la imagino a Claudia navegando por un río de aguas apacibles en la oscuridad, bajo la sombra de alguna montaña. Los dos vamos en balsas distintas, la de ella al lado de la mía. A Claudia y a mí se nos ve despreocupados, acurrucados en las esquinas de nuestras balsas. Ambos nos dejamos llevar por la corriente, y nos saludamos en medio de la noche, apenas reconociéndonos con la luna, sin atrevernos a quebrar el silencio.

brooklyn

Podemos en Nueva York

IMG_1777 (1)

La mayor virtud de Pablo Iglesias es la de haber conseguido articular un mensaje de esperanza para una sociedad deprimida por la corrupción y el fracaso de las políticas del PP y el PSOE.

Iglesias estuvo ayer, en el Auditorio Proshansky del Graduate Center CUNY (abarrotado de gente, muchas personas se quedaron afuera del edificio) para presentar sus propuestas y responder preguntas. Lo trajo a Nueva York un grupo de izquierdas, lo presentó al público Amy Goodman, una periodista y figura radial de izquierdas.

Iglesias es de izquierda y no lo niega. Achacarle sus simpatías por algunas políticas chavistas a un hombre de izquierdas es como criticarle a una admiradora de Sex in the City que le hayan aficionado los zapatos de tacón alto, si bien después de caminar unas horas con ellos, es probable que ella misma se los quite.

El modelo chavista falla por sus ideas anti imperialistas trasnochadas y su vocación dictatorial. A Chávez no lo quisimos porque nos asqueaban sus discursos demagogos que no daban cabida a la autocrítica. El discurso de izquierdas de Iglesias parece autocrítico y democrático. Lo que más pueden temer los españoles es que un gobierno de izquierda demuestre lo innecesaria que resulta la monarquía y que les abra la posibilidad de votar por su independencia a los habitantes de los gobiernos autónomos.

Escuchar a Iglesias es un ejercicio sano. Es la única voz ─coherente─ que les habla a quienes han perdido la fe en una democracia que gobierne no solo para beneficio de los grupos de poder. Es un respiro entre la desvergüenza con que encara la corrupción el PP y la hipocresía con que trata de cubrir su inoperancia el PSOE.

IMG_1771Al momento de las preguntas, un hombre de derechas, que se disfrazó como «agnóstico de la política» intentó achacarle a Pablo Iglesias su apoyo al terrorismo de ETA. Mis amigos españoles me hablaban de las tantas veces en que se usaban ese tipo de preguntas para luego editar las respuestas de Iglesias y hacerlo aparecer como el terrorífico castrista que va a llevar la noche a España.

Entre tanta inoperancia de dos partidos que no saben cómo hacer para que «España vaya bien» me parece que Iglesias es la luz que enseña un camino distinto, y que las fuerzas de derecha, los que gobiernan pensando que el pueblo es una masa que no piensa y no se queja, son los que quisieran bajarse aquella luz a pedradas.

Hostal Antún en Hermano Cerdo

hermanocerdo3

Escribir el cuento «Hostal Antún» me ha tomado algunos meses. Quisiera creer que el extenso trabajo de edición y reescritura ha contribuido a mejorar la idea original. No lo sé. De lo único de lo que estoy seguro es que es un placer verlo tan bellamente publicado. El cuento aparece hoy aquí en la prestigiosa revista literaria digital mexicana Hermano Cerdo. Espero que les guste.

Un hombre flaco

FullSizeRender

José Muñoz me trajo el libro de España. Se demoró casi 20 minutos en entregármelo. Parecía sentir la obligación de darme primero una relación de lo que le había gustado del texto. Así que allí estuve todo ese tiempo en su despacho, escuchándolo, mientras él me hablaba desde su silla y balanceaba el libro con una mano: Un hombre flaco. Retrato de Julio Ramón Ribeyro de Daniel Titinger. El libro es un perfil periodístico de Julio Ramón Ribeyro, en base a las conversaciones con su esposa, sus amigos y familiares.

Mientras escuchaba a José, resistía la tentación de arrebatarle el libro y largarme a leerlo.

«Se lee en una noche» me dijo José, quien desde que descubrió a Ribeyro hace algunos años no ha dejado de amarlo. Cuando yo ya sostenía el botín y me quería ir a buscar un sitio solitario para empezar la lectura, él me retuvo para seguir hablando de los cuentos que más le gustaban. Me dijo el título de dos de ellos: «Los jacarandás» y «El ropero, los viejos y la muerte». Fue a un armario, abrió unos cajones, sacó unas fotocopias subrayadas y me leyó:

porque sabía que pronto iba a morirse y que ya no necesitaba del espejo para reunirse con sus abuelos, no en otra vida, porque él era un descreído, sino en ese mundo que ya lo subyugaba, como antes los libros y las flores: el de la nada.

José terminó el cuento, suspiró y me dejó ir.

Empecé a leer el libro en el sofá de mi despacho en la universidad. Retomé la lectura en el tren rumbo a casa. Lo seguí leyendo a la mañana siguiente en el subterráneo que me lleva a Manhattan y en el que me regresa al Bronx. Casi lo terminé en un sillón debajo de una lámpara en mi sala. Por fin, tumbado en la cama, llegué a la página 166, al Y no dijo nada más con que Titinger termina.

El libro es un testimonio del cariño de los lectores peruanos al trabajo del escritor y a la figura de Ribeyro. El texto, ese coro de voces que ha compilado Titinger, contribuye a ver al escritor como un todo, con las distintas facetas de su vida agrupadas en la página. Es una fotografía tridimensional de su personalidad.

Desde que leí «Solo para fumadores» en un fin de semana en Pulpos, allá por el año 1992, había quedado conmovido por el mito del escritor que se moría de hambre en París. Es una imagen de Ribeyro que se reforzó con la lectura de sus diarios. Como si se me curara al leerlo una herida muy vieja, sentí alivio al enterarme, gracias a Un hombre flaco, que buena parte de su vida en París Ribeyro la pasó en el departamento de lujo que compró su esposa, que los viernes se deshacía de sus obligaciones de embajador para almorzar y brindar con sus amigos, que se enamoró de una muchacha en Lima y que se la trajo para conocer con ella Nueva York─de donde regresó muy mal─, que murió sin dejar el cigarrillo, pintando y metiéndose al mar al anochecer, celebrando la vida, después de haber sido testigo del principio de la canonización de su obra y haber recibido los aplausos y el cariño de quienes lo leían con entusiasmo.

Un hombre flaco es un libro, primero que nada, para quienes leen a Ribeyro con entusiasmo. Es una obra de amor, escrita para satisfacción de sus lectores.

Ida: en blanco y negro

ida1

Las tragedias nacionales a veces requieren de historias sencillas, de saltos al vacío limpios como el de Ida.

«Me olvidaba que yo soy una puta y tú eres una santa», dice la camarada Wanda Gruz. Ida ni siquiera sabe besar. Quienes la respetan asesinaron a su familia. Ida tiene el ritmo de una trágica melodía de jazz. Amará en blanco y negro, después de haber seguido el consejo de la tía Wanda y haber vivido por unas horas como el resto de los polacos. «¿Y después» «Tenemos un perro. Nos casamos, tenemos hijos, una casa» «¿Y después» «Lo normal. La vida».

ida2Como si se pudiera abrazar la vida después de haber llevado los restos de tu madre en una manta y haber removido la tierra para encontrarles una tumba. Ida es un poema bello y trágico, una de aquellas historias sencillas que se requieren para entender mejor el peso de la tragedia de un país.

When the Levees Broke

levees

Cinco dias después de la inundación de New Orleans, miles de refugiados aún esperaban a los autobuses que los evacuarían. La temperatura bordeaba los 40 Celsius. Bandas de grupos armados cerraban las autopistas. La turba saqueaba los supermercados y la policía apuntaba a los civiles que se deshidrataban en las afueras del Centro Cívico. Los rumores: los blancos habían dinamitado los diques para que se inundara el barrio de los negros, los presos negros habían huído y se paseaban armados por las calles de Nueva Orleans.

El documental de Spike Lee, When the Levees Broke, es el recordatorio de una vergüenza nacional. Soledad O’Brien, reportera de CNN, cuatro días después de la inundación reta en cámaras a Michael Brown, director de la Administración Federal de Emergencias (FEMA), por saber menos acerca de lo que sucedía en el centro de la ciudad que su asistente de edición, un practicante de 23 años. Un hombre relata la muerte de su madre anciana y cómo el cuerpo se descompuso en un pasillo del Centro Cívico sin que nadie supiera qué hacer con ella. Otros cuerpos se descomponían en los bordes de las autopistas, al lado de quienes esperaban los autobuses.

Entre los videos de los cadáveres flotando entre las calles, emergen las tensiones políticas entre el alcalde y Kathleen Blanco, la gobernadora de Louisiana (él había apoyado a su rival en las elecciones del Estado). El alcalde, Ray Nagin, llama por teléfono a una radio e insulta al gobierno que no puede enviar agua, comida ni autobuses en casi una semana. Alguien lo acusa de que antes de declarar la evacuación de la ciudad su primera llamada de consulta fue a la Oficina de Negocios de la ciudad.

katrinaCondoleeza Rice, nacida en Alabama, la mañana siguiente al desastre, compraba zapatos en una tienda Salvatore Ferragano. George W. Bush, la segunda noche después de la inundación, daba un discurso acerca de la situación en Iraq. Dick Cheney jugaba al golf, la mañana en que las víctimas de Katrina intentaban sobrevivir en una ciudad con un calor endiablado, sin electricidad, sin agua y con el sistema de desagüe colapsado. Alguien recuerda que la misma noche en que el huracán Betsy golpeó la ciudad en 1965, el presidente Lyndon Johnson se paseaba por las calles oscuras e inundadas con una linterna apuntándole la cara diciendo: Soy su presidente, aquí estoy para ayudarlos.

When the Levees Broke (2006) es la prueba mayor de la ineficacia de un gobierno que siempre estuvo centrado en prioridades distintas a las del pueblo al que tenía que servir. Hilados con paciencia, allí están las imágenes y los testimonios que brindan fuerza a las acusaciones en contra de la administración de George W. Bush. Hay que recordarlas cada vez que se nos ocurra pensar que aquella administración, su familia o sus aliados, merece volver al poder.

bush en el avion

The Prairie Home Companion

prairiehome

Al escuchar eso de ser «Real American», como a muchos, me viene la alergia. El adjetivo se suele emplear para sacarle provecho a una imagen idealizada (y falsa) de un universo en que la economía depende de la granja, todos nos rompemos la garganta cantando el himno el 4 de julio y nuestros vecinos disfrutan tanto si empieza la misa del domingo como si se inicia la temporada de caza y pueden salir a ufanarse de los rifles que recibieron por Navidad. Además, el «Real American» estadounidense siempre tiene que formar fila detrás de sus líderes cuando estos van a la guerra, sin cuestionar los motivos.

Las intenciones políticas son diferenciar al hombre que «conserva» las tradiciones de «patria, religión y pistolas» del nuevo inmigrante, del que vive en la ciudad o en los suburbios y no tiene conocimiento alguno de la tierra americana. Se suele asumir que al «Real American» no le interesa salir de las fronteras de esta tierra, casi todo lo que sabe lo ha aprendido en la Biblia, a la que respeta por encima de cualquier otro libro, solo habla en inglés, detesta la metrópolis, ama el campo, ama la música country y se viste a la moda de los catálogos de Sears o JCPenny.

Sería ese un mundo primitivo, de costrumbres básicas en el que todos se conocen y se saludan al encontrarse en el Diner o en el bar, van juntos a la iglesia y conservan las buenas costumbres proclamadas por la religión.

Es una vida muy distinta a la de Nueva York. Es probable que sea por ese motivo que las grandes ciudades siguen recibiendo inmigrantes y los pequeños Real American towns adolezcan de problemas relacionados al envejecimiento de su población. Lo cual no quiere decir que las ideas y valores que representan se trasladen a los gustos políticos de una gran mayoría de estados norteamericanos, muchos de ellos dependientes de la agricultura subsidiada, de explotación de minerales, del procesamiento químico o de la industria generada a partir de estos minerales y de la maquinaria militar.

Ver The Prairie Home Companion, la película de 2006 dirigida por Robert Alman (con la ayuda de Paul Thomas Anderson) con Meryl Streep, Tommy Lee Jones, Kevin Kline, Woody Harrelson, Lindsay Lohan; significa remontarnos a ese universo idealizado de la «verdadera nación americana» que vive aún pendiente del curso del Mississippi. La película está basada en el show del mismo nombre, escrito y dirigido por Garrison Keillor, una de las voces más reconocidas de los Estados Unidos: The Prairie Home Companion es un espectaçulo de variedades que se escucha todas las semanas en las estaciones de radio pública (NPR). GK escribió el guión para la película, donde hace el papel de sí mismo.

La película tiene algunos problemas: la idea del fantasma que ronda el espectáculo no está bien realizada. Sin embargo, es un filme muy emotivo. Es una trama, tal vez floja y bastante simple: los dueños de la radio que financia el show han vendido los derechos a una corporación y ésta, que no le ve ningún sentido comercial, decide demoler el teatro desde donde se transmite, para construir un edificio de estacionamientos. La película cubre lo que sería la última transmisión en vivo de The Prairie Home Companion desde el teatro Fitzgerald en San Paul en Minnesota.

Las partes más felices de la película son los diálogos de Keillor, quien no solo actúa y canta, sino también inventa los comerciales y un famoso segmento en el que se refiere a un pueblo ficticio (Lake Wobegon) en las praderas de los Estados Unidos, poblado de inmigrantes escandinavos, olvidado por el tiempo; y, sobre todo, las performances sobre el escenario (Meryl Streep recibió el premio de la crítica por su papel): música country, baladas, gospel y chistes. En el show se leen cartas y saludos de los lectores.

El show radial, una vez al año, dedica las dos horas solo a contar chistes. Es una extraordinaria colección que se puede encontrar en formato de CD en cualquier librería de los Estados Unidos. Es el disco ideal para el viaje hacia el trabajo. En la película Woody Harrelson y Jonh C. Reilly, los Singing Cowboys, cuentan un repertorio de chistes malos al ritmo country de sus guitarras. Esa escena es hilarante.

Si les gusta la película, pueden sintonizar el show que aún se sigue transmitiendo en vivo, o pueden viajar a Minnesota en el verano: a la feria agrícola, donde se realiza el show una vez al año. El espectáculo es itinerante, pueblos y ciudades de EEUU suelen recibir a TPHC, con salas llenas. El show, y la película es un viaje al espíritu «Real American», que complace al público porque da la impresión de ser un mundo que disfruta de las bondades de la vida sencilla, incluyendo aquella virtud tan necesaria: la tolerancia.

El humor amenazado

charlie-hebdo

Alguna vez dibujé una historieta de varias páginas en las que el personaje principal era Alberto Fujimori.

Había una orgía en la casa del embajador japonés, a la que él no había asistido porque tenía un plan de última hora. El plan consistía en tirar en el carro con una de sus trampas frente al mar de la Costa Verde. Hasta allí llegó Montesinos (recibiendo la maldición de Fujimori por el coitus interruptus) para anunciarle la toma de la casa del embajador japonés por los comandos dirigidos por Nestor Cerpa Cartolini. Nadie parecía saber cómo solucionar la crisis. Sin embargo Fujimori (asociando la toma con la reciente visita al Perú de la supermodelo Claudia Schiffer) recibió la respuesta, que le fue revelada durante un sueño húmedo: allí, él se imaginaba convertido en la toallita higiénica de la modelo alemana. Entonces, gracias a la visión inspirada por la vagina de la Schiffer, tuvo la brillante idea de cavar un túnel y rescatar a los rehenes.

Dibujar la historieta me había costado un par de semanas de trabajo, entre el dibujo y el entintado. Estaba lista y pensaba publicarla en el siguiente número de la revista Resina. Llevé las páginas sueltas al trabajo. Más o menos a las 10 de la mañana, el vigilante de la empresa llamó a mi oficina. Dijo que tenía que salir a la calle a conversar con unos oficiales que estaban haciendo preguntas sobre mi auto.

Salí a la calle y, a una media cuadra de la empresa, frente al parque Mariscal Castilla en Lince, vi a varios patrulleros, motos y unos 20 oficiales uniformados rodeando mi automóvil estacionado. Me presenté y el que parecía dirigir el operativo, me exigió que abriera la puerta. El oficial tomó del asiento del copiloto las páginas sueltas de mi historieta. Tuve que explicarle el contenido, mientras me observaba con el ceño muy fruncido: que las arengas emerretistas eran lanzadas mientras se interrumpía la orgía en honor al emperador japonés, que la presencia de Fujimori convertido en toalla higiénicharliehebdo2ca era una prueba más de mi pésimo sentido del humor.

Al final, el oficial me miró con una sonrisa socarrona que nunca supe si era apreciativa o de absoluta burla por mi trabajo. Dijo que «tenga cuidado». Los veinte oficiales se treparon a sus patrulleros y a sus motos y desaparecieron.

Nunca supe qué pasó esa mañana. Tal vez fue la culpa de algún vigilante alarmado, que llamó a la policía. Supongo que imaginó que en ese auto estaban las pistas que necesitaba el gobierno para desarticular a los últimos reductos de la subversión. Claro que me gustaría creer que quien me denunció fue un fujimorista que pasaba por allí, desencantado por encontrar a su líder dibujado calato.

No era la primera vez que pasaba por una situación similar. En quinto de secundaria, alguien me denunció con el padre director por dibujar caricaturas y escribir historias satíricas. Alguien me dijo que el denunciante fue un profesor sin sentido del humor. Otros me dijeron que fue un compañero de clase con alma de espía y de sobón. Nunca lo supe. Un día me encontré en el despacho del Reverendo Padre Gastón Garatea Yori, explicándole que la idea de que el gobierno de Alan García estatizara al colegio Recoleta para convertirlo en un mercado popular, tal vez por una tara congénita, me provocaba mucha gracia. El director me explicó que no iba a recibir ningún castigo pero que era aconsejable que me abstuviera de escribir ese tipo de historias dado que otros (profesores) no compartían mi sentido del humor.

Recuerdo esto hoy que un par de fanáticos ingresaron repartiendo tiros a la casa de la revista satírica Charlie Hebdo y mataron a doce humoristas. La risa está con la bandera a media asta.

Doce humoristas asesinados sí es motivo para ponerse serios. Hace muy poco Sony detuvo el estreno de una película porque recibió amenazas de Kim Jong Un. La risa es tan inexplicable como la muerte. Sin embargo, nadie en su sano juicio pondrá en duda cuánto la necesitamos.

El humor amenazado: vaya manera de comenzar el 2015.

Conferencia sobre la lluvia en Nueva York

IMG_0528.JPG

La obra de teatro escrita por Juan Villoro y celebrada está noche en el Graduate Center de CUNY en Manhattan, es una declaración insistente sobre el poder de las palabras.

Villoro le ha dado vida al personaje de Auto de fe de Elias Canetti y, al mismo tiempo, ha elaborado un monólogo dedicado a ese Dante que llevamos dentro, ése que observa hacia atrás, mira la mitad del camino transcurrido y recuerda las apacibles tardes en que era tan bello amar a Beatriz.

La obra puesta por la Compañía Nacional de Teatro mexicana se apoya sobre dos pilares: el texto inspirado de Villoro y la vibrante actuación de Arturo Beristáin (quien tiene que ser uno de los mejores actores de Latinoamérica). Es un soliloquio construido bajo el pretexto de un conferencista que, a punto de empezar, descubre que ha perdido los papeles de una prometedora «Conferencia sobre la lluvia».

Desde la tragedia del conferencista, se arma un discurso donde se amarran los traumas personales, los episodios cotidianos y las reflexiones —llenas de citas— de este personaje, que trabaja en una biblioteca al lado del obeso compañero Mendívil y ha convertido su casa en un anexo feliz, donde los libros se amontonan incluso en la cocina, para desesperación de su mujer.

La búsqueda de la felicidad, que se parece asumir como la travesía en pos de una pareja ideal, ofrece los mejores momentos de este monólogo que Villoro y Beristáin se encargan de fabricar con un ritmo que jamás declina (a pesar de que se prolonga más de 90 minutos) hasta un desenlace que, sin ser feliz, es generoso con quien se ha desnudado ante el público, improvisando ante el auditorio una conferencia excepcional sobre sus miedos, sus esperanzas, y su enorme fe en el placer inagotable que nos brindan los libros.

IMG_0525.JPG

Blog de WordPress.com.

Subir ↑