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The New York Street

Un blog lleno de historias

Autor

ulisesgonzales

Writer. Editor of the literary journal Los Bárbaros (New York) and Las Furias (París). Editor at Chatos Inhumanos Publishing House (New York). Professor at the Journalism and Media Studies Department, Lehman College, CUNY, Bronx.

Oceánico

El mar me ilusiona. Recuerdo haber estado caminando por Madrid, observando un punto «donde tenía que estar el mar». Al no encontrarlo sentí que la geografía había fallado. No me parecía posible vivir bien en una ciudad lejos del océano. En Ubatuba una argentina me dijo que conocía Lima. Su avión se quedó una noche de más y la mandaron a dormir a un hotel en el mugroso centro de los años 80s. Le pregunté si se había asomado por la Costa Verde, si había camnado por los malecones de Miraflores y Barranco. Me respondió que no sabía que Lima estaba al lado del mar. Casi le digo «¿cómo se te ocurre?».

En el invierno, mi hermano y yo íbamos a bogar en La Punta. Usualmente los ejercicios sucedían en un pedazo de mar calmo y estancado detrás de los rompeolas. Lo más riesgoso era darse la vuelta, mojarse y perder los remos en la maraña de plantas bajo el agua. Pero un sábado con sol nos lanzaron a competir en las regatas a mar abierto. Tenía 9 años y fue la primera vez que sentí con intensidad la fuerza del océano.

Tenía tal vez 15 cuando seguí a mis primos y salté desde una peña enorme que miraba hacia el mar abierto. Desde allí arriba parecía sencillo nadar en esa inmensidad y regresar. Sin embargo, allí adentro, demasiado consciente de que solo contaba con mis brazos para volver hasta las peñas, nunca me abandonó la idea de morir ahogado.

Alfonso Reyes tiene un buen ensayo en que escribe sobre los griegos y el mar. Se llama «Un dios del camino» y está incluído en una bella antología de sus estudios helénicos, editado por Fondo de Cultura: Junta de sombras. Allí Reyes desmitifica la imagen del griego que se trepa apenas puede a su barquichuelo y se va a navegar en busca de aventuras. «A ser dable, se prefería rodear los golfos y radas, mejor que cruzarlos», dice Reyes.

Estando en camino a Puerto Montt conocí un ferry. Es un crucero breve pero rodeado de automóviles y familias ruidosas. En Nueva York, el ferry gratuito que cruza hasta Staten Island es una experiencia que siempre recomiendo.

En Lima manejaba de más solo para poder encaramarme con mi refrigerio–un taco, un sánguche–sobre esas rocas al lado del Salto del Fraile, observando el mar. Cuando llego a una ciudad me llama el agua. Ese mundo líquido me promete en silencio, me lleva a otros mundos sin que yo me haya movido.

Visitando la playa, publicado en FronteraD.

De joven nunca tuve problemas escogiendo dónde me gustaría pasar el verano. Mi familia tiene acceso, desde hace más de un siglo, a una playa casi privada. Las familias de los veraneantes vienen del mismo pueblo, y todos ellos están emparentados de uno u otro modo.

La playa se llama Silaca y queda a poco más de 590 kilómetros de Lima.

De Silaca guardo muchas memorias. Casi todas maravillosas. Muchas de ellas están condensadas en este cuentito llamado «Visitando la playa» que he revisado y reescrito varias veces desde el año 2005. Es un cuento escrito en un estilo muy clásico, sin más pretensiones que rendirle un homenaje a un paisaje y a la familia de mi madre, que siempre me recibió con los brazos abiertos, que me alimentó, que me cuidó y que aguantó los errores que cometía este limeñito sin conocimiento de los códigos del pueblo, que llegaba allí para alimentar sus fantasías de escritor. Hoy, este cuento  ha sido publicado por el generoso equipo editorial de la revista española online Frontera D, que reviso regularmente desde que hace ya algún tiempo me llegara un cuento publicado en ella por Edmundo Paz Soldán.

El epígrafe de mi cuento es de Hamlet:  el drama de un joven privilegiado lleno de dudas y de inseguridades. Así es el personaje principal de Visitando la playa y así me veo yo en ese tiempo, cuando visitaba esa playa, olvidándome de la Lima donde la mayor parte de mis amigos pasaban otro tipo de vacaciones; sintiéndome privilegiado por acceder a ese universo donde podía experimentar otras sensaciones; amar y desear de un modo distinto que en la ciudad.

Ahora, ya publicado, estoy seguro de que no lo volveré a revisar. Esta versión en FronteraD es la definitiva.  Ojalá les guste. El cuento viene con una preciosa ilustración de Raúl.

La mami

Se llamaba Mami. Vivía en un caserón virreinal, bello pero endeble. Luego de tantos terremotos uno se preguntaba por qué jamás se había venido abajo. La mami era adinerada, decían, pero vivía con medios bastante discretos en aquella mansión desde donde daba consejos. Se la entregó en consignación un cusqueño millonario que la conoció en Lima. Al poco tiempo de vivir en ella, la Mami convirtió a esa casona en un refugio: allí llegaban muchachos que iban al Cuzco buscando la energía mística de la ciudad imperial. Mami los recibía en su habitación, apoyada contra las almohadillas, sobre una cama de metal dorado sobre la cual se amontonaban una capa sobre otra de sábanas y edredones de seda; telas de colores–tesoros familiares que ella heredó de sus antepasados franceses–que a Queso le evocaron dormitorios de realezas europeas.

La primera vez que fueron a verla–casi antes de la medianoche–, Yuyo entró a su habitación, mientras Queso y la Gringa esperaban sentados en dos sillitas de una antecámara. La Gringa intentaba resolver un problema de hilos enredados de la chompa que tenía puesta, mientras Queso observaba con ansiedad los desperfectos del piso de madera negra y de los rincones donde se juntaban las paredes con los techos altos.

Queso no se había recuperado aún del todo de su excursión de la tarde a las chicherías de la ciudad. Tenía el estómago descompuesto, y hubiera preferido echarse a dormir, pero ya estaba hecha la cita con la Mami, y tanto la Gringa como Yuyo querían que la conozca.

Se escuchó una carcajada en la recámara y unos pasos lentos y graves que se acercaban a la  puerta. Esta se abrió con una fuerza medida. La Mami tenía un ímpetu atemperado, demostraba interés y franqueza sin dejar de lado una cuota de misterio, que le serviría de recurso–pensó Queso–cuando le tocara dar consejos sin haber comprendido el problema del todo. Tenía ojos muy grandes y azules. Su ropa parecía la continuación de su cama: trozos de telas vaporosas, combinaciones de colores superpuestos según el ánimo de su espíritu. Su edad era bastante indefinida. Podía tener 60 como 40 y tantos. Su piel delataba muchos cuidados, sin embargo cuando sonreía–después de cada breve frase, de cada consejo rápido–saltaban todas las arrugas alrededor de su boca y de  sus ojos. La piel de sus manos era la de una anciana. Sus dedos se veían frágiles: volaban en gestos cuando ella hablaba, daban la sensación de abandonarse al destino.

Salió de su habitación para darle un abrazo redondo a la Gringa, sin decir palabras; y otro en triángulo al Queso, bendiciéndolo y dándole la bienvenida al Cuzco

–¿Quieren cerveza? dijo después de saludarlos.

Sin esperar la respuesta, avanzó hasta el umbral que daba al patio y dijo un nombre. Apenas terminaba de resonar su voz, cuando chirriaron los goznes de una de las tantas puertas que rodeaban el patio. Desde ella apareció un muchacho de aspecto bellísimo: cabello largo, rizado y muy claro, con anteojos de borde negro; que se acercó corriendo para saludarla. Le dijo a la Mami que ya se había acabado la cerveza, que solo quedaban unas botellas de whisky y de vodka. La mami volvió al cuarto. Desde donde estaban parados la vieron abrir uno de los cajones de su mesa de noche y regresar con un billete. Despachó al muchacho con instrucciones para un six pack de cerveza: «Cusqueña por favor, y trata de que te la den helada. Nunca tienen cerveza helada en estas tiendas». Después los hizo pasar a su cuarto. El Queso y la Gringa se acomodaron al lado de las esquinas de la cama y Yuyo se dejó caer de espaldas sobre el colchón, muy cerca de la Mami. Ella le acariciaba el cabello, y él parecía gozar del cariño de sus dedos largos:

–A veces–dijo la Mami–uno se va al mercado en busca de un mandado. Un tomate, digamos. Salgo en busca de un tomate, así y asá, un tomate perfecto para preparar una ensalada, digamos. Entonces uno se va hacia el mercado, cruzando la plaza de lado a lado, pensando en el tomate. No se fija en el cielo azul, bellísimo después de toda la temporada de lluvias. Tampoco se fija en la Catedral, en la complejidad de su piedras talladas que arrojan unas sombras preciosas bajo el sol. Uno se va a buscar el tomate perfecto, y en el camino al mercado no ve ni las piedras incaicas, ni las flores que parecen abrirse para él, ni la señorita de ojos grandes y dulces que lo mira pasar, que hace un gesto de acercarse, pero que lo ve pasar tan rápido en busca de su tomate que se detiene y ya no lo saluda. Entonces uno llega al mercado y se va al puesto de los tomates, y no se fija ni en las lechugas, ni en los rábanos, ni en las hogazas de pan recién hecho, ni en las frutas deliciosas que esperan ser cogidas, mordidas y entregarle a tu boca toda su dulzura. No. Digamos que uno estira la mano y coge su tomate y se regresa feliz a la casa, apurado sin mirar a ningún lado, a nada, a nadie. Así es nuestra vida a veces. Está llena de cosas interesantes, de descubrimientos, de aventuras excitantes, que no vemos, que ignoramos, que desperdiciamos por tener un solo objetivo en la cabeza. Es una vida pobre. No porque tenga que ser así, sino porque nosotros lo decidimos así, cuando nos negamos a fijarnos en nada más que en lo que queremos.

Lllegó el six pack de Cusqueña y la Mami destapó cervezas para todos, incluso para el joven de anteojos de borde negro que se acomodó con las piernas cruzadas sobre la alfombra del dormitorio.

–Así era la vida de Sandro–dijo la Mami, señalando a ese muchacho. En Buenos Aires, recibido de doctor en energía nuclear, listo para ser un genio de la ciencia a los 21 años. Entonces se dio cuenta que todo lo que había hecho en la vida era estudiar. Que era un extraño en su familia, que sus hermanos no sabían cómo tratar con él, que para las muchachas parecía un idiota que sólo sabía de ciencia y de números. Se dio cuenta de que tenía todo lo que había deseado y que eso no lo hacía sentirse mejor. ¿Entonces qué hiciste, Sandro?

–Mami, tuviste que decir además que yo pesaba 250 kilos–dijo Sandro.

–No tiene mayor importancia.

–Para mí sí, Mami. Era una pelota de playa. Me había empezado a fijar más en mi cuerpo y lo odiaba. La noche en que me recibí de ingeniero entré en una gran crisis. Me encerré en el baño, me deshice del diploma mientras cagaba, lo partí en pedacitos y lo pasé por el water. Luego me corté las venas. Entonces Sandro les enseñó las dos muñecas con el rastro apenas visible de los dos tajos.

–Y cuando despertó en el hospital dos días después, sus objetivos eran otros–dijo Mami.

–Quería vivir. Me fui de mi casa, encontré amigos–no los mejores, es la verdad. Empecé a hacer cocaína. Perdí muchísimo peso, me fui a vivir con una muchacha adicta, al norte de Argentina. Nueve meses después de mi primer intento de suicidio me internaron otra vez en un hospital donde estuve en coma por una semana. Al salir de allí, tenía pocas esperanzas. Entonces vi a una enfermera, una muchachita trigueña y muy delgada, quien me observaba desde detrás del mostrador del hospital, cuando yo estaba saliendo. Ella me miraba como si me estuviera estudiando. Era una mirada de una compasión aterradora. Yo no me había visto en un espejo en mucho tiempo y no podía juzgar mi apariencia. Sin embargo ya entonces mi peso estaba por los 90 kilos y mi ropa era la que había empacado cuando salí de Baires y pesaba 250. Pero la cocaína me había arrasado el rostro, le había quitado la vida a mis ojos. Estaba listo, otra vez, para matarme. Entonces me detuve a mirar a la enfermera. La tengo que haber mirado con infinita devoción, porque ella se acercó y me dio un número de teléfono. “Si lo llamas, él te va a ayudar. Tu vida al fin tendrá sentido”, me dijo ella.  Pensé que me estaba dando el número de una iglesia, de algún cura. Recuerdo haber metido el papelito con el teléfono en el bolsillo de mis jeans pensando que me iba a decepcionar otra vez. Sin embargo no tenía grandes opciones. Estaba esperando el autobús. Me iba a buscar a la muchacha adicta que lo primero que iba a hacer sería enseñarme de dónde robarnos el dinero para comprar la coca. Yo sabía que no podría hacer aquello por más tiempo. Que después de hacerlo tal vez una vez o dos veces más, agarraría el valor para cortarme las venas o para lanzarme frente a las llantas de un camión. Así que me moví del paradero y me fui hasta un teléfono público en la puerta del hospital. De allí llamé. No era el teléfono de un cura, sino de un chamán.

Sandro miró alrededor. Sabía que su pequeña audiencia estaba intentando imaginarse cómo ese ingeniero nuclear con las muñecas tajadas y 250 kilos llegó a convertirse en lo que era ahora.

­­–El chamán me dijo que estaba esperando mi llamada. No solo eso. Me dijo que mis padres habían muerto en un accidente. Que no debía regresar a Buenos Aires porque mis hermanos estaban trancados en una batalla de mala sangre por el dinero de la herencia y las propiedades. Dijo que iba a recogerme, que lo esperara en dos horas en la gasolinera de la carretera 9. Lo fui a esperar. No solo por lo que sabía de mí–creo que en otro momento de mi vida aquella información me habría hecho huir–; sino porque me dio confianza su voz y porque, como ya dije, mis opciones eran mínimas. En ese momento me chocó percatarme de lo poco que me interesaba mi familia. Palabras como «padres» o «hermanos», que para muchos tienen un contendido sentimental muy fuerte, para mí eran solo sílabas unidas entre sí. Entendí que lo que necesitaba era llenar mi vida de sentido y que ese chamán me iba a indicar el camino.

Él llegó puntual,  en una camioneta amarilla y un poco oxidada; una pick up Ford de una cabina. Se llamaba Julián. Además de ser trigueño (extraño color para nosotros los porteños, pero que era tan normal en aquella región alrededor de Jujuy), Julián era alto y con contextura de ropero. Tenía una barba semigris y cuidada, el cabello completamente blanco, muy largo y amarrado en una colita. Lo primero que hizo fue darme un abrazo. Entonces empecé a llorar. Por un rato largo, consciente y muy avergonzado de estar mojándole el hombro con mis lágrimas, pero incapaz de contenerlas. Julián me dijo que allí se acababa una vida y empezaba otra. Me preguntó si no me importaba dejar las propiedas y el dinero–al menos por ahora, dijo–mientras me concentraba en un objetivo más trascendente. Si no me molestaba vivir entre las montañas, lejos de la gente. Le dije que quería cambiar, que no me importaba nada, que quería vivir, pero de otra manera.  Me dio un beso en la frente y me subí a su camioneta. Vivía solo. Yo iba a ser su asistente. Meses después le pregunté por qué me había escogido a mí y no a otro. Me contestó que yo era su misión. Cada cierto tiempo tenía misiones como la mía, que se las mandaba la madre naturaleza. Era energía descompuesta que tenía que ser reparada y puesta en marcha otra vez. Julián me enseñó a leer el cielo, a escuchar a las montañas, a ver ciertas cosas en los ojos de la gente. Estudiábamos al aire y a la tierra. Julián tenía una colección enorme de rock de los 70s y no era raro que nos quedemos por la noche escuchando a Led Zepellin y tomando cerveza. Una noche de esas, me contó cómo se convirtió en chamán. Tuvo una esposa y una niña, pero los perdió por culpa del licor. Entonces vivía en Córdoba. Conoció a una turista norteamericana que viajaba hacia el Perú. Después de pasar una noche juntos, ella lo invitó a acompañarla. Cruzaron Bolivia en un par de semanas, se alojaron unos días en una isla en el Titicaca y al final llegaron al Cuzco. Julián dijo que para entonces ya no eran pareja. Él había vuelto a tomar, dormían en el mismo cuarto pero en camas distintas, y Julián se emborrachaba tanto que ni distinguía a los hombres que se acostaban con la mujer. En un pueblo del valle del Urubamba, un indio lo encontró tumbado a la salida de un bar y se lo llevó cargado. Julián me dijo que despertó de la borrachera en casa de este hombre y pensó en huir. El indio sólo hablaba quechua pero de una manera tan clara que Julián entendió todo. Ese día parecía que iba a granizar y las siembras de su gente estaban a punto de ser cosechadas, el hielo las iba a arruinar. El indio lo estaba invitando a que sea su ayudante y lo acompañara. Julian aceptó. Le dijo que iría con él pero que después se largaría. Así que ambos subieron a un monte cercano donde el indio preparó una infusión con mezclas de hierbas y hojas de coca. Julian me contó que se arrodillaron y el indio empezó a rezar. El indio besó la tierra y abrió el pequeño morral que cargaba cruzado sobre el pecho. Sacó una vara. Se levantó con lentitud y alzando la vara hacia el cielo, hizo un movimiento brusco de un lado a otro: las nubes que tapaban el cielo se movieron, se disolvieron y brilló el sol. Julián se quedó helado. Atribuyó el milagro a su resaca, a las hojas de coca, a las hierbas de la infusión. Sin embargo al regresar, la sala de la humilde casa del indio estaba repleta de las ofrendas: sacos de todo tipo de grano; tamales y otras comidas; gallinas y cuyes amarrados a las patas de las sillas; y porongos repletos de chicha. Julián le dijo al indio que quería aprender. Éste le señaló un cuero de llama tirado sobre la tierra del suelo: su cama . Julián se quedó allí, durante algunos años, como aprendiz.

–Por eso es que cuando yo pude salir; después de aprender, de vivir con Julián durante casi tres años, después de olvidarme de aquella pesadilla que fue mi vida, listo para regresar a Buenos Aires y recomenzar–de cero, sin carga–lo primero que quise hacer, antes de volver, fue venir al Cuzco. Y acá, encontré a la Mami.

–¿Y has buscado al chamán que le enseñó a Julián?–preguntó la Gringa

–Se murió hace varios años. Julián ya me lo había dicho porque al parecer conversan de vez en cuando. Sin embargo fui a su tumba y dejé un regalo.

–Chicos: mañana vamos a ir al valle porque es noche de luna llena–dijo la Mami. Vamos a hacer una sesión de San Pedro ¿Quieren ir?

Un puchito en San Luis

El piloto de la camioneta les ofreció un cigarrillo como si les ofreciera un bote salvavidas. Los había encontrado a ambos, Renato y María, tirando dedo al borde de la carretera que cruzaba la pampa rumbo a la ciudad. Eran las 8 de la tarde. Renato y María se habían detenido a pocos pasos de un grifo, luego de caminar un par de kilómetros desde San Luis. Llevaban casi todo el día en los bordes de la autopista, pues venían cruzando la montaña, con la idea de llegar al otro lado del continente antes del día siguiente.

Renato y María aceptaron el cigarro, subieron sus maletas a la vieja camioneta pick up, y se fueron con él.  No les prometió llevarlos hasta la siguiente ciudad–porque el siguiente pueblo estaba a más de dos horas de camino–pero sí les ofreció alojarlos en su casa. El hombre se llamaba Vicente, su esposa se llamaba Sofía, y sus tres hijas pequeñas se llamaban Rina, Elena y Catalina.

Vicente y Sofía, a los 22 años, habían recorrido la Argentina a bordo de aquella camioneta. Hacía mucho calor en las madrugadas del verano, así que cargaban con ellos un colchón dos plazas, al que llamaban El Muerto. Tiraban el colchón sobre la tolva y dormían al aire libre. De norte a sur, de este a oeste del país. Fueron sus años hippies. Después Vicente intentó hacer empresa en la capital, llegó a tener un chalet de clase media en Ituzaingó, un pueblo a una hora de tren desde la estación de Constitución; pero se aburrió de eso y de la vida sedentaria y se movió para San Luis. Con esa camioneta repartía las galletas que su hermano, dueño de una fábrica en Buenos Aires, le enviaba todas las semanas. Era un trabajo que le daba lo necesario para comer, para educar a sus hijas y para no deberle nada a nadie.

De la carretera se abría una pequeña trocha, y desde allí el carro entraba hasta su casa de campo: terraza de troncos cubierta de vides, árboles frutales, un huerto de hortalizas y legumbres. Vicente tenía una barba larga y canosa, el jean gastado,  la camiseta descolorida y una frente amplia. Su esposa era más bien menuda, muy delgada y enfundada en unos blue jeans desgastados pero muy ajustados que dejaba ver unas piernas bien conservadas. Llevaba el pelo negro lacio y largo. Tenía una sonrisa traviesa y unos ojos pequeños que se le achinaban al enseñar los dientes.

Entraron en la casa y empezó una lluvia torrencial. Renato y María cruzaron una mirada, pensando qué hubiera sido de su viaje por la carretera si Vicente no los hubiera recogido. Se imaginaron corriendo a buscar guarida debajo del techo de la estación de servicio. Vicente les ofreció sentarse, conversar, más cigarros y cervezas. Ese fue el comienzo de una seguidilla de ofrecimientos a lo largo de la noche, porque a ambos anfitriones les encantaba hablar con gente que viajaba, les encantaba volver a hablar de su travesía desde los Andes hasta la Patagonia; les encantaba decir que estaban felices en esa pequeña casa en medio de la nada y que la vida de la ciudad nunca podía compararse con el esplendor de una buena parrillada bajo el sol de San Luis.

Además─dijo Vicente─ lo habían hecho pensando en las niñas, que crecían mucho más tranquilas en ese ambiente campestre que en el violento  y despersonalizado centro de la capital. «Cuando terminen la escuela secundaria, las tres tendrán la posibilidad de escoger–ya maduras, ya formadas–si se van de casa, si se quedan a cosechar, a sembrar, a hacer vida de campo o se largan para la capital.»

Vicente invitó a sus hijas a salir a hacer unas compras. Ellas se subieron a la camioneta y partieron enmedio del aguacero, rumbo a la ciudad. De lo que se trataba era de comprar una pizza casera tamaño familiar, mucho más vino, cerveza, cigarrillos y comida. Porque si bien María y Renato explicaron que no querían ser una molestia─con haber conseguido una cama ya eran muy felices─, los anfitriones insistieron.

Vicente y sus niñas regresaron con muchas bolsas y más cuentos de su vida en la ciudad de San Luis.  Al llegar a la casa empezaron los truenos. Renato y María volvieron a mirarse; y agradecieron por haberlos salvado de aquella pesadilla eléctrica. El granizo comenzó a destrozarlo todo. Fue como una avalancha encima de la casa. El granizo rebotaba por todos lados. Renato y María contaron asombrados que era su primera experiencia con los trozos de hielo y Vicente dijo que iba a abrir un poquito la puerta y por una hendidura sacó una varita de madera y arrastró un trozo de hielo enorme, como una de esas rocas que las madres usaban en la cocina para chancar ajos. Cerró la puerta apoyándose con todo su cuerpo, un poco preocupado porque la tormenta era más fuerte de lo que acostumbraba ser. Se sentaron alrededor de la mesa y empezaron a hablar bajo el sonido del hielo. Su esposa preparaba la pizza en el horno, pero salía a cada minuto de la cocina para seguir la conversación, reirse y preguntarles qué es lo que los había llevado hasta San Luis.

Renato les contó que él había planeado un viaje al norte aquel verano. Lo más al norte que se pudiera, tal vez cruzando el Canal. Pero María quería ir hacia el sur, asistir a un concierto de los Rolling Stones en Santiago; y después recorrer toda la zona de los lagos e intentar llegar hasta el Atlántico, y luego lo más al sur que se lo permitiera el tiempo y el dinero. Renato dijo que ya estaban a punto de irse por dos caminos distintos, cuando comenzó la guerra con el país del norte. María lo llamó por teléfono apenas escuchó las noticias y a Renato no le quedó otra que acompañarla porque ese verano de verdad quería viajar. Y si bien quería conocer Ecuador, Colombia y Venezuela, tampoco le disgustaba la idea de ver el sur de Chile y a los Rolling Stones. Así que estuvieron primero recorriendo de norte a sur. Tomaron un tren que los llevó hasta Valdivia y después durmieron en posadas baratas hasta Puerto Montt donde el frio parecía ya provenir del Polo Sur. Después tuvieron que regresar a Santiago para el concierto y, cuando se dieron cuenta, se habían gastado casi la totalidad de su dinero entre posadas, comidas, y uno que otro gasto extra: como aquella noche que dijeron «a la mierda» y se fueron a bailar a la discoteca más austral del mundo y caminaron con el mar de la Antártida al costado y el frío polar encima. A la mañana siguiente a Renato casi lo atropella el caballo de una carroza que apareció de la nada cuando caminaban de regreso hacia su posada, medio congelados pero agradecidos por la noche y aún con la voz del vocalista de La Unión cantando Lobo Hombre en París en los oídos.

Un camión  los cruzó de un país a otro. Luego los llevaron carros,  una furgoneta, una camioneta de aquellas con grúa articulada de la compañía telefónica, camiones y vehículos particulares. María le contó a Vicente y a su  esposa como había pescado una bacteria cuando se lavó con el agua de una pileta, en Mendoza. Una conjuntivitis que le transformó uno de sus ojos en una pelota de tenis.

María enseñó su ojo todavía no completamente deshinchado, aunque mucho mejor que aquella mañana en que tuvo que gastarse una parte importante de su poco dinero en comprar una crema carísima para la conjuntivitis. Entonces estaban pensando seguir así a la mañana siguiente, esperando llegar al mar antes de la noche porque ya no les quedaban muchos días: María necesitaba matricularse en la universidad y Renato tenía que volver a su trabajo. La pizza estuvo lista. Vicente invitó cerveza y las niñas se fueron a dormir antes de la sobremesa, que fue donde la tormenta se puso más fuerte y se fue la luz y Sofía les informó que se había cortado el teléfono.

Prendieron las velas y siguieron conversando acerca de los diferentes insultos en los distintos países. Hablaron de Brasil y de Argentina, de Perú,  de Lima y de Buenos Aires y de un lado a otro; de caminos que les faltaban por recorrer pero que ellos ya habían seguido; y de la política, la cerveza, el vino y la pizza. Fue la mejor velada de la historia.

Duró hasta que se hizo tan tarde que Vicente sacó al Muerto: el histórico colchón que sobrevivía echado sobre el ropero del dormitorio y que podía ser ofrecido a dos viajeros como Renato y María, sin remordimientos, porque El Muerto se ha hecho no para la casa sino para la aventura, y en este caso eran dos muchachos que bien podrían ser ellos, en una casa caliente pero en medio de la nada. El Muerto estaría satisfecho.
Amaneció en San Luis y el sol ya estaba otra vez sobre la casa y todos estaban despiertos menos Renato. Vicente ofreció preparar un asado en el patio, al que ni María ni Renato podían decir que no. El tiempo para llegar hasta Buenos Aires y regresar hasta Lima se ponía escaso, pero la barriga de los viajeros decía que no se desperdicia un pedazo de buena carne de la pampa cuando has estado varios días al borde de mendigar comida. Así que aceptaron la carne, el vino, la cerveza y los cigarrillos otra vez; y comprobaron que la tormenta había barrido con todas las parras y todas las uvas para ese año. Era un desastre. Sin embargo Vicente dijo estar seguro –lo repitió–de que nada era grave en el campo. A diferencia de la ciudad donde la violencia, la delincuencia, el ritmo de vida, etcétera…

Esa mañana Renato y María conocieron a los perros: cinco pastores alemanes hermosos, de orejas atentas, gordos pero ágiles que oyeron ladrar enmedio de la tormenta. Los perros estaban dando vueltas por el patio de la casa, mientras Vicente calentaba la parrilla y sacaba la carne y ofrecía cientos de historias a los jóvenes hippies. Renato y María sabían que tenían que marcharse, que si no seguían su camino aquella tarde iba a ser difícil que les alcanzara el tiempo para visitar Buenos Aires y hacer el camino de regreso. Dijeron que partían después del almuerzo. Vicente y Sofía insistieron en que tenían que ir a dar una vuelta por los alrededores para enseñarles  un par de sitios preciosos a los que tenían que regresar cuando tuvieran más tiempo y estuvieran de vuelta. Tenía que ser rápido porque ya regresaban las niñas de la escuela y había que recibirlas.

Regresando del paseo sucedió la desgracia: Vicente dijo que iba a sacar la camioneta del garaje para llevarlos al camino, que las niñas ya estaban por llegar.

La camioneta estaba metida en un garaje techado, a un lado de la casa. Alrededor saltaban los perros. A uno de ellos le gustaba echarse detrás de la llanta. Renato lo vio, vio lo que iba a pasar, pero no pudo hacer nada. Fue demasiado rápido. La llanta patinó en la cabeza del perro, la sangre salpicó hacia todos lados mientras el animal se sacudía antes de morir. Vicente bajó del carro con la cara descompuesta por el horror. Todos los demás se habían quedado paralizados. Secándose el sudor de la frente le pidió a Renato que le ayudara con una lampa a hacer un hoyo en el patio. Tenía que ser muy rápido porque las niñas estaban por llegar. Echaron el cuerpo, un paquete de huesos que sólo unas horas antes había sido uno de los perros más alegres y vivaces sobre la tierra. Los perros acompañaron de cerca el pequeño entierro, sin entender lo que estaba pasando.

¿Entenderían? Soló unos minutos después de la última palada de tierra, aparecieron las niñas tras la verja de una casa contigua. Traían regalos para Renato y María: una pirámide de cuarzo y un llavero de mármol con la forma de la provincia de San Luis. Aunque el clima era tenso y el silencio no disimulaba nada, las niñas parecían no haberse dado cuenta. El viaje hasta la carretera fue como la bienvenida: muy alegre. A pesar de que la garganta de Vicente aún no articulaba bien, Vicente hizo algunas bromas sobre el camino y volvió a invitarlos a quedarse si es que nadie los recogía aquella tarde. Vicente encendió un último cigarrillo con Renato, y le dijo que un día iba a viajar de nuevo hacia el norte, queria visitar Lima y comprobar si ésta había cambiado desde la última vez que llegó manejando, allá por los años 70.

Con el puchito final se abrazaron y se despidieron. El último regalo fue una bolsa gigante de galletas para el camino y un beso en la frente. Siguieron haciendo hola y dando vueltas por allí durante la hora que les tomó encontrar un auto que los llevara. A Renato no le disgustaba mucho quedarse otra noche entre aquella familia, pero María–que era la voz de la razón cuando se trataba de viajr contra el tiempo–lo obligó a considerar que ya no podían quedarse más, ni abusar de una hospitalidad exagerada como aquella.

Así que se subieron al primer camión destartalado que se detuvo. María hizo como que no vio que el chofer tenía los bigotes sucios y manejaba sin camisa y tenía cicatrices y tatuajes. Que apestaba a alcohol y que cargaba una botella de plástico con trago en una mano y un cigarrillo en la otra mientras conducía. La familia de San Luis volvió a pasar unas horas más tarde y ya no los encontró. Entonces se alejaron en su camioneta levantando el polvo de esa trocha en medio de la nada. Mientras tanto, el camión que llevaba a María y a Renato se abrió paso entre la bruma y el calor, lento, despacio, por esa autopista que iba directo hacia un mar de plata.

Stephen entre Escila y Caribdis, Vallejo en Sandymount Strand

Una maleta más que entra en la sala, la puerta a la Quinta Avenida, el cortaviento empapado. Breve caminata desde la 35. Son solo 31 minutos desde Kingsbridge Road. A la sombra del Empire State. Y antes cogía el 4 pero el D es mejor, mucho mejor. Siempre hay asiento, hoy he venido bien sentado leyendo a Ellmann y a Gilbert. Una chica miraba la portada del libro bien agarrada a su cartera.

Epstein se arrastra desde su oficina en estos pasillos del cuarto piso del Graduate Center con diseño dedicado a Borges. 4432 en la pared, doblar a la derecha, puerta abierta. Uno siempre se pierde. Felizmente hay una pintura que señala con un dedo. Pasamos el dedo.  Allí están todas las cabezas de siempre, preparadas para la entrada de Hamlet, las teorías de Stephen. Comenzamos:»La escena es la oscuridad» dice Epstein. Su teoría del espacio oscuro: fantasmagoria. Este es el segundo capítulo en un interior oscuro. No sé por qué recuerdo una casa en las afueras de Chaclacayo. Te asomabas a la oscuridad y los murciélagos empezaban a volar, como esas imágenes de Gravity’s Rainbow: Rocketman entrando a la ciudad destruída, a un sótano donde se ve la caca de los murciélagos sobre el piso de madera y El hombre cohete se pasea entre los sobrevivientes…

Epstein y la luz.  Parece no incomodarle el andador, la semana pasada lo vi entrar al baño sin dificultad. La semana pasada les dije a mis estudiantes un chiste tonto y uno de ellos sabía el acertijo de la esfinge. Epstein empieza a describir al portero de la Biblioteca Nacional de Dublín. Un cuáquero. Es amable pero quiere demostrar que ha leído tal o cual libro, darse aires frente a los literatos que se reúnen a conversar sobre Hamlet: el tema del día. Todo el capítulo 9 del libro alrededor de la teoría del artista adolescente peleando con sus argumentos contra las seis cabezas de Escila, los naturalistas, los platónicos, a los que Stephen opone Aristóteles y su visión del mundo real: más importante que el espiritual. «¿Cómo te atreves a hablar de lo espiritual si no has entendido la realidad?»

La biblioteca está igual que cuando Bloom y Dedalus llegaron allí; Bloom venía del museo, después de cerciorarse si las esculturas de las diosas desnudas tenían o no un agujero en el ano. «No se habla mucho de esto, dice Epstein, pero Joyce tenía una gran idea del estilo de composición de Beethoven» (¿exagera Epstein?). Todo el libro está escrito siguiendo el método que utilizó Beethoven para componer su Novena Sinfonía. Ayer leyendo Gravity’s Rainbow: la gente ya no va a los conciertos porque ahí va una sarta de ignorantes que prefieren una sencilla melodía de Rossini que algo más elaborado de Beethoven. La música debe llegar al alma no solo al oído, la buena música tiene que tocarte el corazón. Y recuerden que en Shakespeare todos los personajes buenos tienen un gusto musical. Claro que Joyce consideraba a Ibsen mejor dramaturgo que a Shakespeare.

A Epstein le encanta interrumpir la clase para recitarnos: tal o cual verso libre de la época en que Joyce escribía, canciones populares, rimas con doble sentido. Mi mujer es descendiente de este personaje, apunta esa página: un crítico literario dublinés que leyó lo primero que publicó Joyce y todo ese grupo retratado en las salas de la biblioteca. Esos naturalistas contra los que Stephen desenvaina su espada, tratando de probar que Shakespeare ha sido engañado, que su esposa le ha sacado la vuelta con sus propios hermanos: de allí viene la decisión de ponerle a sus villanos los nombres de sus hermanos de sangre. (Nada en su teoría disparatada que Dedalus sea capaz de probar,  pero suficientes argumentos como para establecerse una reputación en los círculos intelectuales de la ciudad). El fantasma del rey estaba en el purgatorio (los protestantes no creen en el purgatorio, por eso el 90% de los ingleses que vio el primer montaje de Hamlet creía que el fantasma del rey era el Diablo. Tenía que ser él, de otor modo no se explicaba que andara vagando por Dinamarca). Pero la única manera de que el rey, muerto mientras dormía, supiera que lo habían envenenado era porque alguien se lo dijo después.

La rabia de Shakespeare, el artista, alimenta sus primeras obras, esas obras sobre la rabia que siente, alimentan la obra escrita acerca de la obra con rabia y esta nueva obra rabiosa sobre sus obras creadas con rabia genera una rabiosa obra de rabia sobre rabia. Todo un torbellino de Caribdis donde Stephen podría ahogarse solo, tratando de esquivar a Escila–sus propios fantasmas–que lo persigue desde el lecho de su madre moribunda. Ganar por ganar, argumentar por el placer de argumentar. «Tiene que haber conocido el Tractatus Coislinianus–dice Epstein–, lo debe haber leído cuando estaba en París. Solo así se explica que Joyce utilice el diminutivo de Sócrates (Socratididion) para generar una risa, el placer más directo e instantáneo, según el estudio perdido sobre la comedia de Aristóteles. Mucho antes que Umberto Eco hablara de ese manuscrito perdido en El nombre de la rosa. Y allí está también en las páginas la figura  del hombre oscuro, el arreglista, poniendo frases, cambiando estilos, para que las cabezas que hablan contra Stephen tengan voces de los tiempos isabelinos».

La luz insuficiente del cuarto de reuniones, varios vasos de café sobre la mesa, las ediciones de Gabler siendo interrogadas, subrayadas. Mi reino por una canción de Epstein sacada de los tiempos de Joyce. James era un buen tipo, que puso a sus enemigos en fila y con nombre propio en el capítulo 9 de su novela. Allí empezó el verano de su alegría. Los comentarios breves–algunos muy acertados– y algunas risas, las perlas que son sus ojos clavados en el texto, en esa letras negras sobre papel blanco (bueno, crema paliducho); como ese paseito de Stephen por la playa Sandymount Strand,  en un día jueves que escribo estas líneas, porque tiene que ser un jueves, 16 de junio de 1904, cuando sucede todo.

Porque ese poema de Vallejo–quien ya había pasado su midway on our life’s journey– no es sino un enorme homenaje a Stephen Dedalus, imaginando versos en Sandymount Strand, colocando piedras negras sobre piedras blancas, letras negras sobre un pedazo de papel arrancado de una carta, solo al lado del mar, decidiendo su destino, como una imparable corriente que fluye–como la orina sobre la playa–desde su subconsciente, una marea que abarca ese momento, todas sus dudas sobre Dios y la inmortalidad, la evolución del hombre; y también los fantasmas que lo acosan, que lo obligan a crear cosas, a tener sueños; como lo hacen también con este muchacho dublinés, este poeta que imagina versos en Dublín, mientras piensa y camina con dirección a París.

Bombardeo

El país vuelve a la normalidad: Hoy empezamos a bombardear Libia.

 

A propósito de bombardeos, acá van algunas bombas bonitas sacadas de conversaciones con Borges:

«La idea que tenía Wilde de fine writing era mencionar cosas bonitas, como los modernistas, como Gabriel Miró. El estilo de Stevenson es incomparablemente mejor: frase por frase feliz, con una perfecta economía de medios».

«El expresionismo alemán que para mí contiene ya todo lo esencial de la literatura posterior…Es más serio y refleja toda una serie de preocupaciones profundas: la magia, los sueños, las religiones y las filosofías orientales, el anhelo de hermandad universal».

«Todo lo que yo he hecho está en Poe, Stevenson, Wells, Chesterton».

«A mis amigos de habla inglesa les digo a veces que no vale la pena que se pongan a estudiar otros idiomas porque con saber inglés ya tienen acceso a lo mejor de la literatura».

«En Henry James se puede encontrar a Kafka por entero».

«Si hubiera que reducir Occidente a dos países yo diría Grecia e Israel. No Roma, que es una sucursal de Grecia. Pero todos somos un poco griegos y un poco hebreos».

«Tengo la impresión de que hemos pasado del francés al inglés y del inglés a la ignorancia».

«Usted ¿no tiene miedo?»

«Toda obra humana es deleznable, pero la ejecución de esta obra es importante».

«Soy vanidoso con cierta astucia»

«Un país civilizado es superior a un país bárbaro, pero puede no ser muy interesante».

Citas sacadas de «Encuentro con Borges» y «Borges, sus días y su tiempo»

La Gringa

1.

¿Por qué le decían Gringa, si no lo era? ¿Por qué le decían blanca? Si su sangre y su piel tenían un poco de india, de negra, de blanca mezclada con todo. Así que había que aceptar nunca ser parte de ellos, venir de una clase acomodada, ser gringa porque eso significaban sus ojos, sus modales, su forma de vestir, la música que escuchaba, los libros que leía. Mira, si escuchara a Madonna y a Michael Jackson, hasta a Cobain, mira, te atraco. Pero si yo sólo escucho a Charly, a Spinetta, a Fito. Si ni siquiera sé leer en inglés y me encanta Argüedas, Cortázar, Benedetti…

El Queso aprovechó el siguiento trago de su vaso de chilcano de pisco para mirarla otra vez, para ubicarla en esas calles donde ella caminaba todos los días, entre esos muros de nueve y dieciséis ángulos por donde la Gringa se paseaba con su cámara fotográfica intentando retratar la hora de su vida. Con esa mochilita donde cargaba sus lentes, su ojo de pez, su teleobjetivo, sus filtros, intentando retratarlos, ser fiel a sí misma, mirar más allá de donde le habían enseñado sus ojos maleducados en Lima, en colegio de niñas ni más ni menos, en una academia privada, en sus caminatas de medianoche por el malecón, aproximándose a la baranda, dejando que su cuerpo se meciera y su cabello flotara hacia el Océano Pacífico. Allí nadie la hubiera llamado Gringa, tenía razón en quejarse. ¿Por qué pues? ¿Por qué aceptar esa otra forma de racismo? ¿Por qué doblarse ante la ignorancia, ante la falta de interés por saber que este país no era solo de indios, que le pese a quien le pese existía, para bien o para mal toda una corriente de inmigración europea desde los 1500, que así ellos hayan saqueado y sembrado sus iglesias sobre las paredes de los incas, este país era más colores que marrón ¿No tenía derecho a reclamar ser llamada por su nombre? ¿Qué justicia tenía pasar tanto tiempo tratando de descifrar una cultura si te miraban todos y te catalogaban inmediatamente como extranjera. Si por lo menos te llamaran limeñita, sin ofender, pero al menos entonces podrías defenderte, asumir los vicios de venir de la capital y las culpas del abandono de la montaña por la ciudad, de la centralización, de tantos siglos en los cuales nadie se fijó que el país estaba más allá de esos cerros que rodeaban el centro de Lima. Pero por favor, el país también estaba entre estos cerros, pegado a ese mar donde ella se asomaba a mirar, a imaginar, algunas veces, que podía dejarse caer, flotar, volar hasta el suelo. Y Queso la miraba otra vez, estaban cerrando ya, le estaban pasando el papelito con la cuenta, lo estaban invitando a moverse de aquella mesa en el rincón del bar donde se había instalado tan cómodo a contemplar a La Gringa, a contemplar el pasado, su pasado, el de él, porque nunca hubo nada entre ambos, si bien todo estuvo claro de su lado, jamás se arregló esa situación tan poco franca con la que él diez años atrás (exactamente la misma fecha, pensó el Queso, exactamente, pensó otra vez y ya no supo si era el pisco que le hacía imaginar fechas o era verdad, que alguna vez, en el vértigo de una mañana él decidió comprar un pasaje e ir a visitarla). La miró de nuevo y se imaginó cómo podía caminar la Gringa con su mochilita entre tanta piedra, tanta mirada, entrando en esa caverna convertida en casa social, club y discoteca donde solían sentarse ella y el Yuyo a mirar el techo, a decirse lo hicimos, estamos viviendo nuestro sueño, hemos dejado Lima y nos hemos ido a vivir en esta ciudad y todo va a salir bien como en la canción de Charly: Seremos ambos pasajeros en trance. La Gringa un poquito más flaca que al despedirse del laboratorio que su padre la dejó armar en la casa, de sus hermanos que consintieron en acompañarla hasta el aeropuerto y a darle el adiós a esa mala idea, tal vez ya viéndose otra vez recibiéndola, cargada de una maleta muy poco pesada y tantos recuerdos un poco incómodos, un poco fuera de lugar recordar. Así entraron, ambos viviendo la novela y Queso en Lima, recordando un intento de besarla, atormentado porque sus labios quisieron acercarse y ella miró para el otro lado, donde el último disco de Spinetta sonaba a varias revoluciones por minuto y decía muchas más cosas que las que él estaba preparado para oir. La Gringa y su Yuyo vivieron la novela. Entonces, una mañana cualquiera, hace exactamente diez años, cuando Queso ya había aceptado órdenes y contraórdenes y escuchado sugerencias y buenos consejos y apelaciones al sentido común, en aquella telenovela donde él era la víctima y ellos los felices herederos de las llaves de la felicidad; Queso se revolvió entre las sábanas y se levantó queriendo volver a mirarla. Quería escaparse de todo entre sus ojos, sucumbir a cierto modo como pronunciaba ella sus ideas, al ritmo con el cual mecía su cintura cuando caminaba con él y le enseñaba ese paseíto entre Miraflores y Barranco por donde ella caminaba siempre para ver el mar. Y fue. Hubiera llegado a tiempo y a la hora al aeropuerto, pero tenían que suceder otras cosas: Se le ocurrió al Queso preguntarle por teléfono si la Gringa deseaba que le llevara algo, si extrañaba alguna cosa de Lima. Y a la Gringa se le vino el antojo del turrón de Doña Pepa, que se puede conseguir en cualquier bodega de Lima durante el mes de octubre de los milagros, pero antes y después de octubre solo se consigue en esa tiendita frente al colegio de la Gringa. En esa callecita por donde iba su movilidad, la que la dejaba en las mañanas con su falda azul y blusa blanca, las tiritas afuera y la chompa de mangas demasiado largas; “aunque tal vez–le comentó una señora de pantalones apretados que pasaba frente a la puerta metálica cerrada porque la tiendita solo abría hasta las seis– ¿ha intentado en el Centro?¿En la Avenida Tacna?” Y si bien el Queso sabía que en la Avenida Tacna era donde hacía muchas décadas se había jodido el Perú y que por allí sus compañeros de la universidad empezaban a hacer sus prácticas en la sección de deportes del diario Expreso, no tenía mucha idea de cómo se llegaba manejando hasta la avenida Tacna. Pero llegó. Allí estaba en letras gigantes y moraditas la tienda central de los turrones San José, que son–como todos los peruanos sabemos–los más suavecitos, aquellos que cualquier Gringa que se preciara, se antojaría de comer en esa temporada fría y de lluvia serrana a donde el Queso quería ir porque no soportaba no poder verla. Así y todo hubiera llegado en punto al aeropuerto del Cuzco si hubiese seguido de largo por la Via Expresa y no se le hubiese ocurrido visitar a una amiga a mitad de camino, sin saber nada de aquella ruta por la que nunca viajaba–porque, para ser francos, a los pitucos de la Universidad de Lima les interesaba muy poco manejar hasta el Centro de Lima, mucho menos de noche, para comprar turrón. Entonces chocó, lo chocaron mas bien, por detrás. Me chocaron, Gringa. Ahí se empezó a descomponer toda la idea de llegar a tiempo al Cuzco.Y así regresó muy tarde a la casa, después de pelearse al costado de la Vía Expresa con el conductor del otro automóvil porque él no quería tener la culpa de chocarlo por detrás. Porque ese malcriado no quería pagar por los faros rotos. Se acostó muy tarde y no se pudo levantar al amanecer. Así que llegó un avión después, cuando la Gringa ya se había marchado del aeropuerto, entre esas callecitas de piedra donde ella y Yuyo vendían cerámicas, pedacitos de yeso con motivos pre-incaicos, soñando todavía en que se podía construir un paraíso entre los museos de piedra, entre las paredes de esa ciudad que se parecía tan poco a su infancia, a su adolescencia. Creyendo con firmeza que podían aprender y fundar algo que se llamara hogar, futuro, familia, etc. Entonces Queso miró otra vez sobre su mesa en el rincón del bar, ese papelito que decía “Pagapé”. Antes de pagar, Queso se terminó el último trago de su chilcano de pisco y sugirió que lo más apropiado era moverse a otro local ¿no? Total la noche es tan joven. Y ya vas llegando, vas llegando otra vez al tema de fondo. La identidad que no tienes, que construyes, la identidad que se basa en demasiadas cosas al mismo tiempo pero que algunos quisieran fundamentar solo en el color de la piel, documentar basándose tan solo en el lugar de nacimiento, como si no fuera duro para quienes nacen en una nación resquebrajada desde tanto tiempo atrás, moverse en ese universo nacional donde a uno por no ser como tienes que ser, es decir cobrizo, ni escuchar la misma música que todos ellos escuchan en la radio, es decir cumbia, chicha o como quieras llamar a esa mezcla nueva y tan moderna; se pierde la peruanidad. Tanto hablan de mezclas, oye; y se dice tanto sobre el mestizaje,  entonces ¿Por qué yo tengo que ser “Gringa”? Y sin dejar de reconocer las ventajas cuando uno viaja, de poder mezclarse mucho mejor en una ciudad europea, en los Estados Unidos, donde solo ser cobrizo ya implica pertencer a una cultura que no es muy occidental. ¿No será mucho peor, digo yo Gringa–dice el Queso–parecer indio y no serlo? Es decir, si tu aspecto fuera peruano-peruano, no sería mucho más fregado viajar y que todo el mundo te pregunte si tocas quena, si escuchas música andina, si hablas quechua. Porque conozco amigos que escuchan la misma música que yo, que leen lo mismo que yo leo y viven en el mismo círculo que yo vivo, pero parecen más peruanos que yo ¿Entiendes? ¿No será más feo? Como tanta gente que se va a Italia o a Alemania a vivir, que exigen su nacionalidad por el pasaporte y reclamando derechos de sus ancestros para luego llegar a las calles de Berlín y no saber qué decir, o pisar el aeropuerto de Roma creyendo que va a ser fácil comunicarse en español, entendiendo a último momento que aquellas clasecitas que les sugirieron tomar en el Antonio Raimondi no hubieran estado nada mal…La identidad ¿Qué identidad tienes tú, Queso? Peruano, mezclado, se nota ¿o no? Mira esta nariz, mira esta boca, de indio como de blanco, qué ridículo que sería llamarte blanco, desconocerte como peruano. Y sin embargo le ha pasado, Gringa. Ha llegado a un tren, rumbo a Arica y unos hombres se le han acercado a pedirle que él “por ser chileno” les pase algún bulto por la frontera. Y no le creen, lo miran como bicho raro, aún después de haberles enseñado el DNI. Soy tan peruano como ustedes señoras y señores. Que tengas que llegar a ese punto, qué bravo. Que no te consideren su compatriota porque eres tan diferente de ellos, y en ese punto, bueno, basta comprobar la experiencia de subirse a una combi, cualquier combi. A ti te debe haber pasado: levantar la cabeza de repente, mirar alrededor y darte cuenta que el único en toda la combi que tiene tu color de piel eres tú, que todos son mucho más cobrizos. Entonces la entiendes. Para la Gringa debe ser peor, porque teniendo la piel tan blanca, los ojos tan verdes, el cabello tan amarillo, mezclada en estas callecitas, caminando como ella camina, como si el mundo jamás se fuera a terminar, como si todos tuviéramos que esperar a que ella pasara, pero a la vez con esa urgencia inmensa por entender su situación en ese rompecabezas, queriendo ser parte de un proyecto más grande y sintiendo la frustración de no poder considerarse ante los ojos de ellos, de los que pasan por su costado en el Cuzco, ni siquiera peruana. Ser extranjera de arranque. De qué te sirve entre ellos saber que eres tan nacional como ellos si sabes que te miran distinto. Y tú miras distinto también, pero quisiera creer que es porque tienes el ojo artístico, de fotógrafa. Al menos así siempre lo he entendido yo, dice el Queso. Desde que la vio en esa primera exposición de sus trabajos de diseñadora gráfica, parada en esa esquina, con una copa de vino en la mano. Tantas veces la había visto ya en esa posición. Por ejemplo, cuando la Gringa se cachueleaba como super modelo, con ese vestido blanco, al lado de un automóvil ultra moderno, repartiendo volantes sobre la marca, información adicional sobre el motor. Sin embargo, hasta ese día la había visto siempre como la novia de su primo hermano, la enamorada eterna del colegio, la artista que había conocido el Yuyo en esas fiestas de promoción a las que se colaba aprovechando que tenía una mancha de amigos que corrían tabla cuando se iba con ellos no a correr tabla sino a mirar el mar, a encontrar inspiración, para poder pintar ese cuadro inmenso que Yuyo, su primo hermano, sabía que un día iba a pintar, que iba a empezar a bocetear de joven y solo iba a culminar de viejo, poco antes de que le avisaran que se lo tenían que llevar de emergencia al hospital para que se muera: “Un cuadro eterno, Queso”–le dijo una tarde allí en el Cuzco, cuando Queso ya no lo miraba con ojos de primo hermano sino como a un rival.

Así que en esa exposición, bajo la luz blanca de aquella galería donde ambos estaban exponiendo sus diseños, cuando Queso la seguía viendo como la novia de Yuyo, se acercó a saludarla como se saluda agradecido a la mujer hermosa que se acerca cruzando la sala para darte un enorme abrazo y probarle a todos esos otros hombres que te están viendo desde sus esquinas de artistas incómodos, poco convencidos, inseguros, que no eras un “Loser” más, que no estás allí para levantarte a nadie, para ver qué liga, para mirar distraidamente si alguna chica se acerca a ver tus diseños de principiante colgados en la pared de la galería, para en secreto inflar el pecho y darte ínfulas y llenarte de dicha y amor por una extraña a la que tal vez, tal vez, te acerques a insinuar que tú eres el artista. No, esta vez allí estaba la Gringa para cruzar a toda prisa la sala y darle un abrazo como ese de las películas; y él mirándola, a su futura prima, buscando a Yuyo en algún rincón, para ir a tomarse unos tragos después de esta aburrida presentación ¡Quién quiere ver los cuadros de uno colgados! Habiendo tantos lugares para ir acá en Miraflores, o en San Isidro, o en La Noche de Barranco, listo para decirles que él los invita, porque sabes que si bien los papás de Yuyo, sus tíos, tienen algo de plata, su primo desde que se ha dedicado al arte camina siempre con una mano adelante y otra detrás, pero feliz, pensando en ese cuadro eterno que va a pintar un día con los colores del crepúsculo del mar de Lima; mientras que al Queso, la buena fortuna lo está llamando por fin, después de haber pasado un par de años sin suerte, por fin te han contratado, de presidente editorial nada menos, productor general de los proyectos artísticos de esa gran empresa gráfica, y ahora que los cheques le empiezan a aparecer gorditos y puntuales en su cuenta de ahorros, pues tal vez será la hora de invitarle unos tragos al primo, aunque sea unos años mayor que tú. Al primo y a la futura prima que por lo que parece ha decidido ponerse seria mezclando su fotografía y el diseño digital, tan seria que la han premiado, con una medallita que va a adornar la sala de la casa de sus padres, o tal vez a mezclarse primero entre las sábanas de ese cuarto catastrófico y tan de artista donde a veces los sábados Yuyo lo deja entrar, tal vez solo para que vea lo feliz que se puede ser sin dinero pero durmiendo al lado de la Gringa el fin de semana. A sentarse los tres en ese colchón radioactivo, donde todavía se respira un verano más o menos hippie, y al fin y al cabo son todos de la familia, son todos Carbajal ¿no Queso? Allí lo está buscando a su primo, el del cabello más largo de la familia, el de la sonrisa, el de las borracheras que jamás se acaban, que nunca terminan si no ha llegado una o dos veces el alba y que pueden prolongarse en varios lugares diferentes de la ciudad para conversar de la vida, del arte, de Charly “Porque Charly se tira un pedo y yo me lanzo a olerlo primo”. Así que tal vez los pueda invitar esta noche a los dos ¿Vamos?

–Hemos terminado, Queso. Hace tres meses que no estamos.

Y esas palabras tal vez explican todo. El por qué Queso está allí, con ella, diez años después. Se explica el cuándo y el cómo se entremezclan las cosas y se complican como nunca se había imaginado antes. Explica también el choque, el turrón, la caminata por el malecón donde el Queso se asomó al mar al costado de la Gringa y le dio ganas de en algún momento saltar a volar juntos. Explica la llegada en el segundo avión, la identidad, la enemistad con un primo hermano que siempre será tu primo hermano, aunque él quisiera otra cosa, aunque hubiera mil perdones, excusas de por medio, incluso oportunidades y sacrificios, llanto, desesperación, viajes interprovinciales e intercontinentales para olvidar. Caminan por el malecón después de pagar, la noche es muy joven, es cierto, y la Gringa está contando otra vez un poco lo que pasó hasta entonces, cómo así llegó a este lugar donde está ahora–con dos hijos, divorciándose–como así la encuentra después de tanto tiempo. Que sí, que quería verla, que le interesaba saber cómo se sentía. Cómo un día miró Queso la herida, y se dio cuenta de que había sanado y que tal vez, como le dijeron tantos amigos consejeros, no debió meterse en una relación en la que no tenía ningún sentido una tercera persona, un ángulo incorrecto desde todo punto de vista. Han caminado unas cuadras, el Queso ofrece tomar un taxi para ir hasta el mirador desde donde, tal vez, todavía se podrían sentar en una mesa y observar el mar. Sabe que no está pidiendo nada de más, que la Gringa sabe que las estrellas son generosas y que son otras circunstancias. Han salido de la galería y Queso ya sabe que ella no es más la novia del Yuyo. Y la Gringa está ofreciéndole a Queso salir uno de estos días al cine, ir a ver alguna película, tomarse unos tragos. Queso era muy joven y estúpido entonces, como todos los artistas frustrados de 23 años que han crecido en cierto círculo social de clase media blanca, limeñito, blanquiñoso, dejémoslo ahí, para no volver a insistir en el tema de la identidad. Y también tiene él sus rollos andando por otro lado que no le conviene ni discutir, que no debería discutir, pero por qué no. Así que salen, hace 10 años, y se van conversando por el costado del mar; y 10 años depués se van conversando por el costado del mar, entre esos diez años y este momento, entre esa Gringa y esta Gringa, entre esa noche y esta noche, todo está por explicarse.

Sentía una gran desesperanza. Por primera vez la Gringa hablaba de aquello. Yuyo no estaba vendiendo sus cuadros, no encontraban más trabajo que algunas cositas sueltas, cachuelos por aquí y por allá. La Gringa estaba tratando de que la contraten como responsable del archivo fotográfico de la Casa de la Cultura y estaba en conversaciones, pero eso podía demorar ¿Y mientras tanto? Su papá le había mandado un poco de plata, pero le daba vergüenza pedirle más. Ella se había mudado con la historia de que en el Cuzco todo sería más fácil, que la vida de artista estaría combinada con una vida económica, sin penurias y sin hambre. Era temporada de lluvias y no hay ningún turista que compre artesanías. En el teléfono se podía escuchar el crepitar de las gotas furiosas contra las piedras de las calles alrededor de la Plaza de Armas. Había silencios que él interpretaba como estrofas inexplicables, canciones que podrían explicar todo, himnos al amor que él también conocía pero de los cuales en ese instante no se sabía ninguna de las letras. ¿Era así? ¿De eso se trataba ser feliz? Los tres estaban buscando la felicidad por caminos distintos. Había tanta poesía en esa historia de irse a vivir el sueño de artistas, de rentar una casita con patio, una pequeña comunidad artística a tiro de piedra de la fortaleza de Sacsahuamán, vivir de las cacerías de los gringos entre las calles del Cuzco por artículos interesantes, por arte que no fuera el típico y convencional cholito con la llamita, la chompa con diseños de montañas, de alpacas. La Gringa y el Yuyo acuclillados sobre un plástico azul debajo de la piedra de los doce ángulos, ofreciendo pedacitos de pinturas, muñequitos que hacían con arcilla, reproducciones de las fotografías que tomaba la Gringa y abstracciones con motivos incas. Detalles que podían quedar bastante muy bien en una sala con ventana en un departamento pequeño en Auckland: como el departamento que dice que tiene Olga, una muchacha flaca y de intensos ojos marrones, que le da su tarjeta, no a la Gringa, sino a Yuyo. Y Yuyo que se la mete con rapidez al bolsillo y le sonríe, y le pregunta algo sobre Nueva Zelanda en inglés. Yuyo que le explica a la Gringa que Olga tal vez quiera comprarle más de esos cuadritos que ha diseñado ella. Inspirada en diseños míos, Queso. Eso le dice en el teléfono la Gringa, un poco harta de las bromas, pero sin estar muy segura de estar haciendo lo posible, mientras se escuchan en el auricular los chorros de agua de lluvia que se deslizan por las tejas rojas de los techos y golpean con estrépito el cuadrado de la plaza. Felizmente hay un locutorio en cada esquina, Queso. A éste número me puedes llamar porque ya me conocen; les puedes dejar un mensaje para mí, les puedes dejar dicho a qué hora me vas a llamar y yo te espero. Queso: Espero que tú me llames. Entonces, piensa el Queso, aquello tampoco era la felicidad. Él estaba haciendo muy bien en olvidarse del arte. Ya ni siquiera boceteaba en sus horas libres, la computadora la estaba utilizando para descubrir las infinitas posibilidades del Photoshop, del Illustrator, del Quark Xpress y la empresa le estaba pagando un sueldo sustancial, con la promesa de nuevos proyectos que empezaban  a llegar, que con la promesa de la vida después de la muerte, de la revolución modernizadora de las empresas que llegaban y empezaban a invertir en el país, Queso podía imaginarse que iba a ascender, que el dinero en dólares iba a llegar y que su promesa de quedarse a vivir para siempre en el país con un trabajo bien pagado era una realidad. Esa también era la felicidad, la estabilidad, la seguridad de que no te puede faltar comida, que si abren una nueva cebichería en un  antiguo garaje puedes ir a almorzar, llamar por el celular a tus amigos que también están colocándose en puestos importantes, que ya tienen sus tarjetas que dicen Gerente general, Editor general, Jefe de redacción, Presidente del directorio.  Si bien a veces, como hace unos años, cuando dejó su primer trabajo, se encontraba con pintas en las paredes como aquella de la Avenida Benavides: “No dejes que se mueran tus sueños, imbécil” ¿Y no era su sueño ser artista? ¿Hacer sus historietas? ¿Era acaso éste su sueño: Despertarse a las siete de la mañana para ir a trabajar, de lunes a viernes, engordar en los nuevos garajes convertidos en restaurantes, luego vagar por las calles hasta algún bar, tomar unas copas, después largarse en su auto nuevo, en su cuatro por cuatro, a bostezar en la Javier Prado hasta el nuevo departamento, el de tus sueños, con guachimán y cochera privada? Y extrañando en el teléfono a la Gringa.  A ella que estaba viviendo su sueño, corriendo bajo esa lluvia intensa que atoraba de barro los desagües del Cuzco, hacia esa casita de adobe y quincha a donde llegaba empapada, protegiendo con ambas manos al maletincito con la cámara fotográfica. A la Gringa que sacaba del bolsillo de sus jeans, debajo del impermeable, esa llave oxidada y grande, la llave que abría el cerrojo de ese portón de madera pintado de celeste. Para correr otra vez y meterse a su cuarto, alrededor de ese patio de piso de piedra donde una vez  ella y Yuyo llegaron de Lima, para celebrar la realización de sus sueños de pareja adolescente, que todo lo puede, que no se amilana ante nada, que no puede dejar que la falta de dinero les arrebate esa llamita que arde dentro de sus corazones de artistas. Porque Cuzco es el ombligo de los sueños, allí se llega a buscar la armonía con el centro magnético de la tierra. En esa casita celeste de piedra, no está Yuyo esta noche. La Gringa siente más pesadas esas botas de cuero que se compró en Inglaterra. Dentro de su cuarto, se sienta sobre el colchón de su cama y las mira, todas salpicadas de barro; se saca las botas haciendo fuerza contra los maderos de su cama, esa cama debajo de una bóveda de vidrio por donde se pueden ver las estrellas que bailan sobre el Cuzco. Ya se ha olvidado que Queso le ha ofrecido volver, porque no tiene sentido. Si ya vino una vez, si ya se dio cuenta que esta historia no tiene salida ni final feliz. Allá en Lima se puede dejar llevar por la corriente, seguir su sueño de ser ejecutivo de su propia empresa editorial, tener en sus manos las decisiones de publicar a tal o cual autor, de hacer libros retrospectivos de los historietistas que admira, de Juan Acevedo, que ya le ha dicho en una reunión que estaría encantado de publicar tantas tiras de los 70s y de los 80s que están por allí desparramadas. Juan, artista a tiempo completo, de izquierda, con compromisos sociales y ojos de uva, bien blanco, cabello castaño claro. Queso se preguntaba si no tendría los mismos problemas de identidad de La Gringa, claro que él había solucionado todo volviéndose famoso, volviéndose el responsable de un arte que hablaba desde el Perú y sobre el Perú; que militaba con los objetivos de transformación en los que él creía. Que casi eran los mismos de la Gringa y de Queso, si bien Queso engordaba comiendo jaleas en ex-garajes y haciendo nada que se pareciera ni remotamente al arte de Juan, vendiendo sus ideas y sus sueños por un cheque gordo al final del mes, su ambición de ser feliz siendo artista por la seguridad del carro y del depa, en busca de la bella mujer.

¿Tuvo el amor algo que ver? Es que acaso era parte de la misma búsqueda. Juan había encontrado lo que quería, él era feliz con la tinta negra desparramándose sobre sus dedos, construyendo ese mundo de cuadraditos, de rectangulitos, de crash boom y zap, donde El Cuy, el Perro, La Araña No, avanzaban por sus aventuras en un país construido a medida del sentido del humor comprometido con la historia de amor de su autor. Queso y la Gringa y el Yuyo eran personitas insignificantes buscando todavía el camino, encontrándolo y perdiéndolo otra vez, sin compromisos, egoistas en el sentido de que su arte era una tema que les servía para ocultar que no tenían el valor de enfrentarse a temas más grandes, a las dificultades de una pareja, a la necesidad de seguridad. Juan tampoco había tenido una vida sin accidentes, su vida sentimental era parecida al caos de la informalidad, sus batallas no siempre se libraban con la seguridad de la estabilidad económica a fin de mes. Lo podían llmar para un trabajo como podían también ignorarlo. Si él se hubiera sentado al lado de Yuyo para que le explique su idea del cuadro eterno, del crepúsculo que se va pintando toda la vida y se termina con un último brochazo antes que lo vengan a buscar para morirse, tal vez Juan le hubiera dado un buen golpe, no le habría molestado reirse en su cara, pedirle que se pusiera serio, que se ensuciara un poco las uñas de las manos, que la vida no era así, tan fácil. Tal vez les daría crédito por intentarlo, por sentarse a vivir entre las piedras, a vender su arte debajo de una roca sin más comida que una lata a mediodía, sin más esperanzas que las de una luz que un día se despegaría del techo, les alumbraría el rostro y los haría reconocidos como dioses, como los nuevos Humareda, Chávez, Szyslo, los predestinados a modificar el arte peruano en el siglo XXI, los iluminados. Tal vez Juan tampoco tendría piedad de los sueños de la Gringa, de verla correr entre los chorros de agua y los relámpagos por esa callecita inclinada donde los indios vomitaban al bajar del cerro para ir hacia el mercado, hacia sus fiestas, hacia esa ciudad que ya se parecía cada vez menos a la de su infancia, ahora llena de negocios, de turistas, como esa Gringa que acampa con su marido, sentados sobre un plástico azul, y vende pedacitos de pinturas a extranjeras que deciden inclinarse, mirar más de una vez, imaginarse esos retazos de arte inca colgados de las paredes de sus amigos en una ciudad europea. Y Olga, la turista australiana, que decide invitar al artista, tomarse unas cervezas, saber otra vez qué espera Yuyo de ella, escuchar tal vez la historia, muy seductora, de un cuadro de un crepúsculo perfecto. Acaso le quedaba a Queso la excusa del destino. Que como la identidad era impredecible y veleidosa, que la puso a la Gringa en una galería bajo la luz perfecta hace diez años, que la hizo verlo a él, desamparado y artista también, correr a abrazarlo, invitarse a seguir caminando con ella por el malecón, a volver a esas calles como amigos, porque “ya hace varios meses que no estoy con Yuyo”. Si solo entonces Queso hubiera sabido la razón por la que ella y su primo ya no estaban, si hubiera sospechado que todo no puede ser tan simple ni tan superficial como las rupturas que él imaginaba. Y si tan solo hubiera escuchado las voces que le sugirieron alejarse. Queso puede decir bastantes cosas, el destino es una máquina con auto generador, con cables sueltos. Cómo iba a saber él que después de la galería ella lo iba a llamar, que lo iba a invitar a verse. Y la Gringa no sospechaba siquiera, o tal vez sí, porque la Gringa podía leer los ojos con la misma facilidad con que leía la fortuna en los dados, que Queso tenía el corazón peor que roto por aquella aventura con la abogada de la compañía. La Gringa no podía tener idea de las sospechas, de las dudas, de la miseria que le carcomía el corazón al Queso, cuando ella lo llamó para decirle si quería ir al cine. Y Queso, que se había precipitado hacia el teléfono, pensando que era la abogada, que tal vez lo llamaba para disculparse, para decirle que si le había hecho daño de algún modo no había sido intencional, que la perdonara, que estaba otra vez a punto de enamorarse de él pero que tenía que tenerle un poquito más de paciencia “porque las mujeres somos así”. Así hubiera sido culpa del Queso malinterpretar la invitación al cine con el destino. Un clavo que saca otro clavo, hubieran dicho con cierta calle y certeza sus amigos del trabajo. A los que no podía contarles nada porque a la abogada todos la conocían y tal vez no eran tan tontos y ya se habían dado cuenta de que él babeaba por ella. Y llegó el Queso al Cuzco,  por segunda vez, para encontrarse con la Gringa a la salida de una lavandería, con la ropa caliente y bien doblada en un cesto de mimbre. Él no cargaba sino una pequeña maleta con una muda de ropa y dos fotografías de formato grande envueltas en papel Kraft que había recogido de la casa de la Gringa, que ella esperaba vender a un bar que estaba por abrir al costadito del Kamikaze, ese hueco legendario del Cuzco subterráneo. Dos fotografías que había compuesto durante intensas semanas de laboratorio en San Isidro, dos juegos de espejos y luz en blanco y negro, que compuso pensando en una galería pero que estaba dispuesta ahora a vender por cien soles para que adornaran la pared a la entrada del bar. Allí donde entran tantos turistas y tal vez, quién sabe, alguno se le puede ocurrir levantar los ojos, mirar a los espejos y la luz en ese papel fotográfico en blanco y negro y después preguntar de dónde ha llegado el talento a esta fotógrafa que juega tan bien con los espejos y con la luz. Y ese turista tal vez tendría gran necesidad por dos fotografías como aquella para su estudio en Tel Aviv, tal vez tendría contactos con una compañía de arquitectos que estaba interesada en fichar a fotógrafas como aquella, de piernas largas, de ojos azules, de deseos perdidos en una tormenta de lluvia y en callecitas de piedra. La mamá de la Gringa había hecho esperar a Queso en la sala. Lo había mirado con curiosidad. Tal vez quería contarle toda la historia, darle detalles. Al Queso se le ocurrió que la mamá estaba estudiándolo para saber si “este tipo traerá a la Gringa de vuelta a Lima”. Si él le sacará de la cabeza esas ideas tan tontas de vivir la vida del artista. Si él la ayudaría a sentar cabeza y formar un hogar, tantas cojudeces que se le ocurrían entonces al Queso desde su perspectiva de ejecutivo de la editorial. Sin embargo la mamá no quería decirle eso. Queso sólo lo entendió después, ya mirando para atrás, coleccionando las piezas del rompecabezas una por una. La mamá de la Gringa lo que hubiera querido es sentarse con él, en la salita de la casa, y explicarle las mismas razones que Queso ya había escuchado antes en boca de otros, los mismo motivos por los cuales no debía aproximarse demasiado a esos dos, por las cuales tenía que dejarlos solos y no entrometerse. Si la mamá le hubiera tenido suficiente confianza, hubiese abierto una botellita, se habría sentado con él en la sala y, antes de entregarle las fotografías en el papel Kraft, le hubiera contado la historia completa que entonces Queso no conocía, le hubiera dado los datos que necesitaba para no perderse en ese segundo avión que lo llevaba para ningún lado. La mamá de la Gringa le hubiese amarrado los cordones de los zapatos para que no se caiga otra vez, añadiendo que su historia con la abogada podía ser mucho menos peligrosa que este viaje, que esas dos fotografías envueltas en papel Kraft, que él llevaba con la misma ilusión con la cual antes le había llevado el turrón de Doña Pepa. Ya sabes que gracias a ese viaje, Queso chocó su auto. A pesar de las horas que discutieron los detalles y las responsabilidades de pago, a pesar que el tipo de atrás, el que no supo frenar, le ofreció su tarjeta y un taller donde podía planchar todo y darle nuevos faros, allí estaba todavía su carro con la abolladura y el faro roto, con los cablecitos colgando. Pero la mamá de la Gringa apenas lo conocía así que no le invitó una botella. Supuso que si Queso era primo hermano de Yuyo, ya tenía que conocer también la historia. Ella no sabía que, a diferencia de su familia de tantas mujeres, donde se saben tan de prisa las traiciones y los amarres y los amores frustrados; en la de Yuyo, de pasado más bien provincial y recatado, temas como aquél no se ventilan nunca. Tal vez si le hubiera tenido más confianza al Queso lo habría sentado por algunos minutos en esa sala y le hubiera explicado ¿no? Allí no te puedes meter porque simplemente no entras ¿no? Lo que están haciendo está condenado al fracaso pero tienen que fracasar para que se den cuenta ¿no? La cabeza de mi hija siempre estuvo llena de fantasías y de aventuras y tiene que vivirlas todas antes de dedicarse al tipo de vida que él le podía ofrecer ¿no? Porque se la podía ofrecer ¿no? La Gringa le había hablado bien de él, de su trabajo, de la posición, del dinero que estaba haciendo, y sin embargo la mamá sólo veía un carro con una abolladura y unos cables colgando, estacionado frente a su casa ¿Su carro?¿No tenía plata para plancharlo, para comprarse otro faro? De todos modos, amigo, déjeme que lo llame amigo porque no me nace, no puedo llamarlo Queso como lo llama mi hija, porque queso, pues, no sé, es una palabra tan cargada de otro sentido ¿Como si tú fueras de la sierra, no? Pero si eres blanquito y puedes pasar piola en cualquiera de las fiestas de nuestra familia, donde tenemos otras primas que tienen la misma edad que la Gringa y tal vez ellas…Ellas que sí se fijan un poquito más en la estabilidad, en la responsabilidad, en la seguridad. Que sí aspiran a formar un hogar como el de nuestros padres, con una casa, un trabajo permanente, que no aspiran a pasar hambre en el Cuzco, a vivir a salto de mata, rematando fotografías que les ha costado meses (¡meses!) y mucho dinero terminar. Porque yo recuerdo haber ido a depositar en el banco para que mi hija pague sus matrículas del taller de fotografía, cuando regresó de Europa. Pero en fin, eso ya se lo habrá contado ella. Para qué aburrirlo, para qué. Semanas y semanas yendo a ese laboratorio al costado del malecón, encerrada en el cuartito oscuro, metida en un gran proyecto, mintiéndose a si misma, sin atreverse a llamar a Yuyo ni a sus primas, porque qué le iban a decir ellas. Qué explicación podía pedir la Gringa, si allá en Europa, ella también… Pero con su prima…lo más inexplicable. Así, encerrada en ese cuartito oscuro, la Gringa se tuvo que hacer miles de preguntas, debió respirar más del aire envenenado por los químicos que el recomendado por los doctores, pero salió de esas semanas con las dos impresiones, con esos espejos y esa luz que los atravezaba en el papel, que quería reflejar todas las inseguridades y el futuro que ella esperaba y que no se iba a materializar, tal vez jamás, porque no estaban preparados, ni ella ni él. No sabían qué hacer con tanto arte libre. No sabría que después de aquellas sesiones en el laboratorio se la llevaron de emergencia a la clínica, que recobró el sentido varias horas después, que su padre envejeció cuchocientos años allí al lado de su cama, perdiendo todas las ganas de cualquier colerón que se le podría haber ocurrido antes, cuando le dieron la noticia de la prima, pero no ahora. Su niña, su Gringa estaba en cuidados intensivos y él estaba dispuesto a todo lo que tuviera que hacer para mantenerla viva. Así que la madre no le contó como apareció otra vez Yuyo por la cama del hospital, cuando toda la familia se dio cuenta cuenta que aquél era el único modo de devolverle los ánimos a la Gringa. Y Yuyo se comió el orgullo y la desesperación de haberla visto partir a Europa dejándole nada más que un palpitante mostruo, un músculo rojo que botaba sangre y que aceptó rendirse a la evidencia de no verla jamás. No sólo eso: un músculo asqueroso que creyó que era una perfecta idea volver a visitar la casa, tal vez sólo para darle gusto a las primas que lo adoraban, al pobre flaco que es artista al fin y al cabo, que ha sido abandonado, que no recibe ninguna carta desde le otro lado del océano, que tiene que resignarse a vivir las tardes mirando ese crepúsculo magnífico que pintará todos los días hasta el día que lo busque la muerte. El papá de la Gringa ha tenido que aceptar salir de la clínica a dar una vuelta, para que pueda entrar Yuyo a verla, a inclinarse sobre ella para darle un beso en la frente, a dejar un ramo de rosas al lado de la cama, a prometer volver durante la semana. El papá ha tenido que aceptar que Yuyo estuviera al lado de su hija, apretándole la mano, cuando se la llevaron de vuelta a la casa por fin recuperada. Él ha tenido que aceptar que vuelvan a salir juntos, que parezcan normales otra vez esos fines de semana en los que ella se desaparecía de la familia para participar con él en esas borracheras de amigos que duraban hasta la tarde siguiente, hasta que la familia Carbajal, el tío Uriel que siempre fue aficionado a las cucharas, cantara a dúo con su hijo en la guitarra: “Un fracaso más que importa…” Mientras tanto, en la casa de al lado, la prima de la Gringa, adolorida, esperaba. La mamá de la Gringa le hubiera contado la historia completa, pero ella creía que Queso ya lo sabía y que hubiera sido perder el tiempo en un tema que no tenía sentido. Así que solo le dio las fotografías y le deseó suerte, desde la sala se despidió de él, porque no tenía ganas de volver a verlo subirse a ese  automóvil abollado, sin faro y con los cablecitos colgando. ¿Sabes cuando me enfurece más que me llamen Gringa, Queso? Cuando me doy cuenta de todo el tiempo que le he dedicado a estudiar a este país, a memorizarme nombres, historia, fechas, al cerciorarme, vez tras vez, de que el único país en el que yo sueño con ser reconocida es en éste. Que no me importa la fama o el prestigio artístico en cualquier otra ciudad del mundo, sino en Lima. Porque me gustaría llevar a mis padres, que los entrevisten, que les hagan hablar sobre las cosas que yo hacía cuando era chiquita, cómo cogía de la tierra y limpiaba la primera cámara que tuve, como me encerraba durante horas frente a una ventana para tomarle fotos a los cachorritos de nuestra perra. No quiero que pasen los años y descubrir que el Perú me va a seguir mirando como extranjera, como si yo no fuera parte de este sistema, de este universo; como si yo no girara como todos alrededor del mismo problema, de la misma cagada, a decir verdad, porque el arte en este país… Pero qué sabía Queso cuando la vio en esa galería, cuando aceptó salir con ella y entendió que lo que estaba pasándole no era otra cosa sino la misma fuerza de las circunstancias y una ceguera circunstancial que podría volverse defintiva, si, como Queso lo hizo, en vez de aprovecharse de la situación, él decidía enamorarse, si en vez de difrutar, él decidía sufrir. Y si sintió en algún momento algún escrúpulo, aquél se le fue después de salir con ella, cuando la Gringa apareció de la nada una noche de cine, y después decidió acompañarlo por el malecón, enseñarle como se bamboleaba en la baranda frente al mar, confesarle sus inseguridades y bajonazos en esa relación larguísima y aparentemente sin futuro con Yuyo. Caminaron más hacia el oeste, por el borde de los acantilados, y Queso señaló el local, las luces, los ruidos, donde el fin de semana anterior la abogada lo había llevado para enseñarle cómo eran sus noches en el distrito bohemio: nada de artistas, nada de apariencias extrañas ni caras mal afeitadas. Por el contrario, esas camisas bien puestas y los blue jeans de moda, al cuete, la tela linda de las blusas, los tragos caros. Y Queso cometió el error de llevar a La Gringa de la mano hasta ese lugar, porque intentaba conjurar el mal rato de la semana anterior con una revancha, porque quiso pensar que la calle de sus amigos era muy necesaria y que un clavo saca otro clavo, sin percatarse de que la Gringa no sólo era un clavo mucho más largo, filudo, que tenía la punta más oxidada, que ella era una invitación al tétanos. Entró con ella. Barranco estaba en las calles. Dentro del local, entre aquella semioscuridad y esa música de moda, entre esas luces de fondo y espíritu de oficina colectivo, escogió una mesa que no fue la del sábado anterior, lejos de aquella silla donde la abogada le había pedido que se siente. Entonces procedió a explicarle a la Gringa, con muchos pelos y detalles,  su relación desafortunada. Porque Queso no estaba pensando con la cabeza, porque carecía de los recursos, de toda esa calle que sus amigos le espetaban en la cara. Desconocía esa virtud, era un antisocial, una célula perdida cuando entraba en contacto con esos jóvenes que sí se sentían cómodos dentro de aquella farsa de club de moda. Detalles, detalles, Queso le dio todos los detalles a la Gringa y ella le dijo que esa relación estaba podrida, que tenía que olvidarse de ella, recomenzar todo otra vez. Así nomás, con valentía. Entonces se hizo más oscuro y empezaron a salir del club y alguien se acercó por la espalda de Queso y le puso la mano sobre los ojos, como una venda. Queso retiró las manos, sin poder responder a la pregunta: “¿Quién soy?” Ella era, la abogada. Queso hizo las presentaciones y le pareció que la sonrisa nerviosa de la abogada era de impotencia; mientras que los ojos de la Gringa, fijos e inexpresivos contra el rostro de la otra, eran una señal. La abogada le sugirió que ambos podían unirse a su mesa, donde un grupo de encorbatados bohemios discutían las proezas de la vida política nacional. Queso se disculpó nervioso, tenía que irse, otra noche tal vez. La Gringa le agarro la mano, miró a la abogada desde esos ojos claros y esa piel limpia de amiga que quería tal vez remediar, que deseaba solo ayudar, sin proponerse ser otra cosa que un punto y coma en la vida de Queso, sin proponerse ser el párrafo inicial de otra historia en su vida. Agarró esa mano que hasta entonces la abogada tenía cogida delicadamente, como invitándolo al Queso a dejarse de tonterías y a seguirla hasta aquél rincón donde la abogada y otros dos muchachos parecían estar pasándola muy bien. La Gringa fue la que le dijo: “Disculpa, pero ya nos tenemos que ir”. Agarró a Queso de la mano y lo jaló hasta la puerta del local. “¿Ves? Punto final”, dijo la Gringa.  Eso fue hace diez años. Exactamente diez años, cuando el Cuzco aún no existía, ni los viajes para olvidar, ni la distancia que lo cura todo. Pero habían pasado diez años desde aquellos eventos. Ahora la noche era tan joven, la Gringa estaba otra vez con él, mirando más allá, con tantas cosas de más, tanto lastre en la maleta. Caminaron juntos otra vez, sobre la avenida Larco que aún no se iba a dormir, en dirección al mar, buscando unos minutos más para recordar.

Voces

Esa noche de julio un relámpago cortó el cielo en tres partes. Cada una de ellas estaba identificada por colores y estos eran–extraño, muy extraño–el verde, el amarillo y el rojo de nuestra bandera. Esa noche supe, asomado contra el alféizar de la ventana que miraba al río, mientras identificaba la corriente embravecida y la comparaba con el vuelo desordenado de chaucas y arrendajos que chillaban asustados en busca de guarida; que las tormentas a mí me hablaban en un lenguage cifrado (yo había nacido con un huracán). Acababa de cumplir seis años.

Después de aquella noche, mi padre –entusiasmadísimo porque mi autismo se desvanecía cuando el cielo se iluminaba–clavó dos alcayatas cerca de la ventana y de ellas colgó una hamaca para que me pudiera tumbar a observar las tormentas sin empaparme. Aquél se volvió un ritual común durante los veranos, cuando el clima solía ser más violento. Él inclinado sobre los libros que descifraba, y yo interpretando los relámpagos. Vivimos en ese apartamento hasta que cumplí los nueve.

Después de un verano intenso en signos, nos mudamos a una casita en la pampa y allí empecé a mejorar. Mi habitación estaba diseñada con una cúpula transparente: bastaba echarme sobre la cama para presenciar el apocalipsis. Allí las tormentas venían acompañadas con el granizo y descubrí palabras de la tormenta, manifestaciones de la naturaleza comunicándose conmigo. A los 13 ya se había desarrrollado mi lado matemático, me aceptaron en una clínica de la capital para muchachos con capacidades especiales y a mi padre solo lo vi de vez en cuando: él se tenía que quedar en la pampa entre sus libros, agachado entre enciclopedias y tomos cientificos que parecían ser capaces de absorber su memoria con la misma rapidez con la que le entregaban datos complejos y acertijos.

A los 14 volví a a ver María, mi madre, que me había abandonado al nacer, asustada por ciertas marcas en la atmósfera–que ella interpretó con fatalidad–y por la involución de mi padre, desbarrancado en esa «ciencia por la ciencia» que a María–más apegada a la interpretación empírica–la oprimía. Fue muy dulce conmigo. Lloró al borde de mi cama. Me pidió perdón. Fui capaz de desarrollar una fórmula para sentir amor de madre pero aún no podía pronunciarla. Las enfermeras fueron las únicas que se dieron cuenta del cambio significativo y anotaron con delicadeza en mi expediente que aquella noche tuve mi primera erección. Aquél fue el primer síntoma físico de mis facultades.

María se dedicaba a muchas causas. Sobrevivía gracias al dinero de compañías interesadas en la caridad. Ella conferenciaba con los ejecutivos, armada con evidencias como flores muertas, especies dañadas por la exposición al sol y cuadros estadísticos radicales. Después de sus rondas de las mañanas iba a verme a la clínica, almorzaba conmigo, regresaba después de la tarde para contarme cientos de historias. Esas apariciones de mi madre contenían fórmulas extrañas, alegorías que sirvieron para desarrollar mi sensibilidad. Sin ellas jamás habría salido del todo de mi condición.

Llegaron mis 15 años y las enfermeras anotaron más detalles. Mi evolución fue espectacular: me comuniqué a través de gestos, me sonrojé, manipulé a mi madre, mentí a mi padre sobre cosas que eran obvias para que ellas lo anoten, escribí mis primeras fórmulas en un papel.  La comunidad notó mi presencia pero no apareció.

Fueron dos años de cambios. Mi padre aceptó mudarse al lado de la clínica para participar del fenómeno. María abandonaba sus reuniones antes del almuerzo para pasar más tiempo conmigo. Una de las enfermeras se apasionó tanto por mí que perdió la objetividad y los papeles y casi arruina el registro de mi caso. Me mandó flores desde algún laboratorio donde se encerró para olvidarme.

A los 17 años yo ya estaba mejor preparado y la comunidad envió a su primer emisario: un muchacho chino con un cargo menor. Me hizo una pregunta y yo le respondí con una fórmula complicada. Se excusó. Al día siguiente apareció frente a mi cama el presidente de la comunidad (y la prensa se estacionó frente a las puertas de la clínica). El presidente se paró frente a mi cama sosteniendo en un papel las revelaciones que yo había declarado el día anterior. Me hizo saber que aquellas posibilidades aún no habían sido inventadas. Me dio a entender que incluso él, amante de la ciencia, no se había atrevido a jugar con aquellos logaritmos y cifras por miedo a descubrir la naturaleza negativa. Dijo que mi fórmula era bellísima y que si era capaz de escribirla a los 17 años no había la menor duda de que yo era él. Y se fue.

Así supe que yo era él. Amigo de los relámpagos, único entre los únicos. La comunidad me presta mucha atención y me espera. Sabe que ha llegado mi tiempo y que las voces completas pronto serán escuchadas. Aunque para decir la fórmula yo tenga que matarlos a todos. Pero aquél detalle ínfimo poco les importa.

Equipo de barrio

Photo eriotropus/ Flickr

El equipo de Marcelo, los muchachos que se juntaban cada mañana en la esquina del parque de su barrio eran: El chino Lau, hijo del dueño de la bodega, veloz para los insultos y el encuentro cara a cara; Carlos, que vivía cruzando la calle de Marcelo, sabía repartir la pelota por las bandas, bajaba pronto a defender el arco, no hacía figuras pero sabía dar pases precisos; Víctor, el mayor: sus piruetas con los pies embravecían a los rivales más duros–sobre todo a los panaderos de Santa Felicia–, nunca se quitaba su camiseta con el 10 de la selección y jamás aparecía hasta que Carlos silbaba la seña convenida: un silbido de dos soplos largos y uno corto; Ramirito, hijo de un senador del partido del viejo presidente: vivía en otra urbanización, a cinco minutos en bicicleta, dominaba con limitaciones y a veces sus jugadas arriesgaban la propia valla, pero siempre era titular porque traía su Tango de cuero, que hasta entonces los amigos del barrio sólo habían visto en la televisión; Enrique–con sus breves pelos negros en la barbilla, al que todos llamaban Tío Chivo– era el arquero, nunca se lanzaba en situaciones de riesgo, sin embargo sabía órdenar la defensa y salir del área con la pelota ( y Víctor siempre lo defendía cuando le marcaban un gol cojudo, porque estaba enamorado de su hermana mayor y porque era el único del grupo al que le gustaba tapar); Paulo: el más alto, el más gordo y el más fanfarrón de los niños del barrio, que sabía barrerse en la defensa pero siempre abandonaba el área por irse a atacar y era lento para regresar. A los rivales les encantaba patearlo. Si su equipo iba perdiendo, la mamá de Paulo aparecía en la esquina del parque para gritar: “Pauliiiiito” y el gordo Paulo abandonaba corriendo el parque, detrás de su mamá. El Chino Lau lo despedía insultándolo, jurando que la próxima vez lo reventaría a patadas.

Marcelo y su hermano eran los más pequeños del grupo. En ocasiones normales iban a la defensa, donde hacían lo mejor posible por patear a los rivales y no dejar que la bola llegara hasta el área de Tio Chivo. Cuando eran demasiados, o cuando enfrentaban rivales más fuertes–como Santa Felicia–, Víctor los mandaba a sentar. A ellos y a Paulo. El equipo de Santa Felicia lo integraban mecánicos, panaderos y albañiles, y su capitán era un carnicero que jugaba siempre descalzo y embestía las piernas. A Marcelo nunca lo dejaron jugar contra el equipo de Santa Felicia, así que hasta cierto punto le alegraba que  sus amigos siempre perdieran.

–Los de Santa Felicia huelen a mierda–dijo el chino Lau, una de las tardes en que regresaban a casa derrotados.

­–Lau ¿Por qué siempre tienes que decir mierda? ¿Por qué siempre dices malas palabras?–preguntó Marcelo.

–Algún día tú también dirás muchas lisuras, cojudo. Y ese día te acordarás de mí.

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