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The New York Street

Un blog lleno de historias

mes

marzo 2011

Otro señor elegante que conversa

"Borges in Central Park" by Diane Arbus

Pipino Barrueta se ajustó la bufanda antes de salir de su departamento en Brooklyn. Había que verlo levantando esa chalina, apretándose los anteojos sobre el puente de la nariz e inhalando el aire frío de marzo como si estuviera frente al mar de Puerto Montt y quisiera succionar toda su australidad.

–Tienes que levantarte todos los días y leer a Borges. Subrayar a Borges, copiar a Borges, rezarle a Borges. Solo así conseguirás ser alguien, me dijo Pipino

¡Y yo lo sabía! Pero cómo hacerle caso a Pipino, si yo tenía la semana repleta con lecturas de otras asignaturas para mis exámenes y con el corazón disparado entre una hebrea colorada que leía a Faulkner y que me había despreciado después de hacer gimnasio (y en pantalón de buzo); una china españolísima que me citaba de vez en cuando en el aeropuerto y que a través del teléfono me hacía sufrir; y una colombianita cuatro ojos, lectora voraz de Og Mandino y de Paulo Coelho que despertaba toda mi ternura pero que siempre esquivaba–con delicadeza– mis indirectas.

Pipino no trabajaba, lo cual le daba tiempo suficiente para despaturrarse todo el día sobre su cama-escritorio  en el departamento prestado por uno de los amigos del doctorado;  para apuntar datos trascendentales en sus libretas; y leer, leer y leer.  A Borges supongo–nunca había visto en acción al erudito–, porque los cinco tomos en tapa dura de las obras completas del maese Jorge Luis ocupaban un lugar privilegiado en su habitación, junto con sus discos piratas de Bach.

Esa tarde Pipino me había llamado con urgencia para comernos un chifa y contarme algo importantísimo que había descubierto en un libro de Borges. La idea me fascinó porque yo también había descubierto algo en un libro de Borges, un dato que nadie conocía, que compartí emocionado con Pepino,  y que a la larga resultó que ciertamente nada ni nadie conocía, ni siquiera Borges. Algo que yo había soñado. Aquellos percances solían sucedernos entonces, en esas intensas tertulias literarias de invierno y bufanda entre Brooklyn, Manhattan y el Bronx.

Había un resturante chino barato a dos cuadras del brownstone de Pipino. El único problema es que por lo barato, mucha gente le abría las puertas durante el tiempo en que nos terminábamos el chifa, y el frío nos dejaba cual sudamericanos tiritantes, bien envueltos, eso sí, en nuestras bufandas GAP y en nuestros abrigos Banana Republic. Esa noche, mientras yo raspaba los arrocitos finales de mi special fried rice, Pipino me repitió una lista de autores, me llenó de datos y me contó anécdotas, en las cuales, de una u otra manera, ya fueran las secuelas de safaris accidentales en Kafiristán, o las peripecias de un británico disfrazado de peregrino en los burdeles de La Meca; siempre terminó usando como referente al «divino ciego». No a Tiresias, sino al coprogenitor del encarcelado sabueso Don Isidro Parodi.

Había que verlo a Pipino levantando la bufanda mientras devoraba los arrocitos;  ensañándose con el dedo levantado contra los malos imitadores de Borges. Pero donde más sufría el pobre Pipino–y yo viéndolo a él–era cuando empezaba a mirar a la chinita que atendía el chifa, una jovencita de intensas  trenzas negras, una criatura de sonrisa enigmática, con dedos ágiles para tomar pedidos telefónicos y ensamblar las cajitas donde iban el arroz y los tallarines de los pedidos delivery; que seguro entendía muy pocas palabras de nuestro inglés americano con acento autodidacta.

A chiquen frairais esmól an a wontonsúp esmól–decía ella en al auricular, mientras armaba las cajitas. Y luego la muchacha giraba hacia la cocina y repetía las órdenes en chino puro y duro.

Sé que Pipino la deseaba con pasión, perdidamente enamorado de su rostro, de su voz y de sus gestos. Era un amor imposible, crudo y sombrío, vasto y oscuro, fundado en una sonrisa al pasar, en cierto brillo en los ojos que él creyo ver la primera vez que pidió un pato pekinés, y que tal vez no supo interpretar. Casi estoy seguro de que Borges, viéndolo en esos trances, hubiera estado orgulloso de él.

Athos en Tanaka

Athos en uno de los pozos de Tanaka

Sacado de «Diario»

5 de enero, 6:31 pm.

Athos brinca y corre con la lengua desparramada y babeante. Salta sobre la arena mojada de la playa mientras que el brillo del sol hace de él solo una sombra. Una sombra que se agita sin control, que fatiga la orilla detrás de las gaviotas, que parecen tentarlo a alcanzarlas. Él cree que casi lo consigue, que depende de su fuerza y de su constancia alcanzar a esos pájaros que levantan vuelo cuando parece que ya los coge…

El escritor observa a cierta distancia y acepta que fue una buena decisión traerlo a la playa. La algarabía de Athos se le antoja como parte de otras sensaciones placenteras y de ideas felices.

Ha sido un buen tramo de caminata desde el pozo–donde se han refrescado, abriendo los ojos bajo el agua helada. El sol, amigo reposado y gualdo, los ha acompañado. Se fija en las huellas que dejan Athos y él sobre la arena y se siente como un cerdo feliz, disfrutando de la desconexión total del verano y de la irresponsabilidad. Además, presiente que aquellos instantes de dejadez completa guardan la semilla de sus próximos libros, que aquella caminata es parte de la investigación, que la alegría de Athos es en gran parte creativa, que sus cabriolas a la caza de las gaviotas también son impulsos de su imaginación.

El ranking del verano 2011

Pelícano sobrevolando el mar de Silaca. Enero 2011

Alguien murmura que faltan solo 15 días para que se acabe el invierno. Yo pienso: ¡Qué bien! Sin embargo me queda la agradable sensación de haberle robado un mes a esta temporada de hielo, gracias a ciertas imágenes del verano en el Perú. Aquí está mi lista de las mejores:

1) La brisa entrando por la ventana de la sala del depa de la tía Chela en Surco.

2)Manejando con Frances hacia la casa de Sandra, pasando frente a los edificios iluminados de la avenida El Golf Los Inkas.

3)La mirada de una amiga, en un encuentro inesperado en el Jockey Plaza. Sorpresa ¿10 años tal vez?

4)Mamá manejando en las calles del Callao. Un poco tensa, sorteando los huecos de la avenida Gambetta.

5)El estante de la Roca, lleno de libros, en su depa en La Punta. Una sensación de vivir con mucho espacio, llena de luz.

6)Las botellas de dos litros llenas de agua, en los techos y en los frontis de casonas antiguas de La Punta.

También tienen aquí mi ranking de las mejores comidas del verano 2011, rankeadas según el recuerdo de las imágenes  y de los sabores asociados a estas:

1)Corvina completa sobre plato de papas fritas en «Doña Flor y sus 40 traileros» en Agua Salada.

2)Cerdo cocinado al barril, servido bajo un enramado en Silaca

3)Un barquillo, recién sacado con el nejo, trepándome sobre las peñas del Pozo de los hombres en Silaca.

4)Arroz con mariscos en La Punta, Don Giuseppe.

5)Picarones con malta Cusqueña en Tradiciones, en La Molina.

6)Cebiche al lado del mar en el Regatas de Chorrillos.

7)Empanadita de carne en el San Antonio de La Molina Vieja

8)Queso fresco jaquino, en el desayuno en Tanaka con aceitunas secas y la salsa huancaína de Naomi.

9)Chelitas  (Cristal) con Nicolás y Roxi en el Maraca de Tanaka.

10)Cena de año nuevo en la casa de Lucho en Tanaka (con un hambre descomunal después de haber viajado toda la tarde)

11)Desayunos en el jardín de la casa de La Molina.

11)Camotitos fritos luego de parar en un grifo de la carretera, en el carro de Toño.

12)Quinua, trigo y sopita preparados por Regina, en Tanaka.

13)Empanadita de carne en la panadería de la avenida Los Ingenieros

14)Tacuchaufa en Miraflores.

Sobre la primera

Son las cuarenta bocas las que llaman mi atención

La boca que temblaba junto a la mía

La boca que juraba amor

Entre las rocas.

 

 

Son los pechos de ella los que tiemblan en el recuerdo

Atrapados en el tiempo y entre mis dedos antiguos

Y su cabello entrenado para caer lentamente,

Y sus ojos preparados para jurar.

 

 

Son las pisadas en la madrugada, pegados al recinto colorado,

Cuando mirábamos juntos el universo

Y despintábamos las cenizas de nuestra pobreza

(¡A quién le importaba entonces la pobreza!)

 

 

Son las toneladas de cariño batidas entre manos frágiles y

Besos, camino a su cuello

Son las súplicas a la noche, que no concedía más que

El silencio y el despertar a solas.

 

Son las miradas llenas de fracaso, los lagrimones impotentes

Con los que me castigaba

La furia del universo de los desentrenados,

De quienes no saben caer.

 

 

Esas mujeres siempre vuelven, en noches de frío

Todas ellas son las cuarenta bocas, que lejos de aquí, siguen su camino

Mis noches llevan sus marcas y algunos de mis días

Aún tienen el destino trastornado por aquellos labios

A los que nunca pude besar.

Hombre del oeste, 2 de marzo

Jimmy Carter jogging

Se levantó de la cama como una locura pasajera, le dio vuelta a las sábanas para rebuscar las medias que por las noches le quitaban los malos sueños, se puso las zapatillas, agitadas y ligeras; y salió a correr por la calle: su aventura.

50 calorías, 75 calorías, 100 calorías…

Era un atleta. Sus músculos se quejaban con torpeza, extrañando la posición cómoda y sin pretensiones en la cama y el clima ambientado de la habitación. El frío aún mecía el viento a principios de marzo, si bien, poco a poco, la carne, la sangre, la maquinaria completa entraba en calor: 125 calorías, 150…

Cruzó la vereda, entró en esa callecita que jamás había visto, imaginó una historia: Había una vez, cerraba un portón, penetraba por la puerta de una quinta secreta por última vez, respiraba el aire frío del hielo que vio por primera vez, encendía su cigarrillo y contemplaba la calle triste y vacía; corría por Westchester, rumbo a ninguna parte, quemando calorías…355 calorías, vuelta a la derecha, «para el carro, camina…»

¿Cuántas millas?¿Cuántos minutos?¿Cuántas coincidencias con la vida accidental de tantos otros seres humanos que comparten las grutas de concreto, papel prensado, madera revestida en este barrio de los suburbios de Nueva York: Peekskill, NY 10566. ¿El número de la bestia? El atleta se pone escritor y piensa en otra historia: los accidentes numéricos que marcarán su destino, las conjunciones astrológicas que determinaron su código postal, las desgracias en el futuro que acarreará ese número imaginario decidido en junta de directorio muchos años atrás; el día que los reporteros aparecerán para entrevistarlo si es que el arroyo que pasa al lado de su propiedad pierde el rumbo o la tormenta desploma esos árboles gigantes cuya sombra agradece durante la canícula.

El atleta convertido en amo de casa entra a la cocina, gira una perilla construída de imágenes que vienen desde los 1950s: los inmigrantes italianos observando con satisfacción su jardín inmenso, llegando del hospital donde había nacido su primer hijo; la segunda hija, el tercero; los besos después del desayuno, antes de marchar al trabajo, deseándose un día sin complicaciones; un beso robado antes de que ella pudiera cerrar la puerta, las miradas hacia el arroyo cuyo sonido entretiene la mañana en la que el hijo menor partió de la casa, las despedidas de amigos a los que no volverían a ver jamás. La llegada de los primeros nietos, los avisos de la muerte, las jornadas apacibles y solitarias en las que el viejo esperaba el momento propicio para salir a regar sus plantas, a deambular por su jardín, a cosechar los manzanos para que sus nietas contemplaran asombradas los frutos rojos y los mordieran con una sonrisa. Y luego la muerte: el último recuerdo de aquella perilla de la puerta que había tocado tantas veces despidiéndose, una última vez;  y la soledad, la resignación de su hija poniendo la casa a la venta, miles de memorias vendidas en una mesa con abogado, representantes de ambos lados, una oficina con alfombra, nervios y dinero sobre la mesa…Y luego dos manos de pintura, nuevo piso, reparaciones, una pareja que mira el arroyo y el jardín amplio e imagina una casa para siempre. El atleta y amo de casa, ya convertido en escritor, imagina los ciclos infinitos, las variables y las repeticiones, las posibilidades inimaginadas de una casa con jardín en los suburbios.

Se tomó un cafecito para empezar la mañana. El sudor cubrío la frente, los músculos se acomodaron otra vez al calor ficticio del interior, la vista vagó con cierta curiosidad sobre las superficies frescas de blanco brilloso, divagando sobre los papeles que protegían la madera nueva de color cerezo, los meses de proyectos que venían para transformar una casa en un elemento absoluto y nuevo: un hogar.

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