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The New York Street

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Fábula de Lima

Vivo en esta ciudad, rodeado de gente generosa

Vivir con un pie en dos universos distintos, algo que yo he conseguido (no sé muy bien cómo) creo que equivale, forzándolo un poco, al género fantástico. Es una experiencia que requiere reglas nuevas, precisa procesar y aprender nuevas posibilidades de error. El tema se me aproxima porque esta semana dos personas de zonas diferentes de mi vida, ambas radicando en el Perú, me han preguntado si Lima me gusta y si yo podría regresar a vivir en ella.

La respuesta, me parece que bastante aproximada a la verdad, es que Lima me encanta pero prefiero vivir en los Estados Unidos.

Si yo tuviera en Estados Unidos una situación económica estable (digamos un gran trabajo, una familia formada y un grupo numeroso de amigos) esta respuesta tendría bastante lógica. Una lógica basada en las posibilidades de encontrar la felicidad, de superarme profesional y personalmente, etc.

Pero no es mi caso. Si bien mis trabajos me gustan, ambos son tan inestables como los que algún día llegué a tener en Lima. El dinero, lo digo convencido y crédulo, no es una de mis motivaciones principales en la vida. Me parece que en breve podría acomodarme a las condiciones de esta sociedad que me abraza con afecto. Me siento a gusto en estas calles. Tan o más a gusto que en Nueva York, en Peekskill, en el Bronx, o en Brooklyn, los espacios donde me ha tocado sobrevivir la mayor parte de mi vida en los Estados Unidos.

Mi esposa, mi mitad, la persona que me falta cuando viajo solo, como esta vez; ha sido tan bien adoctrinada en los usos de los peruanos, ha concientizado tan bien la enfermiza costumbre de atribuirnos infinitas cualidades atribuibles meramente a nuestra nacionalidad que me imagino que sería capaz (en una eventual mudanza) de acoplarse a Lima. Esta ciudad, cuya desigualdad e inseguridad me espantaban hace muy poco, tal vez merced a mi periódica aproximación, se ha convertido otra vez en la metrópoli asombrosa por la que yo transitaba, sin reclamarme otra, durante mis primeros 28 años.

Y no. No me gustaría vivir otra vez en Lima. No me parece ninguna tragedia aquello de no ser «ni de aquí ni de allá». Mas bien me parece que  aquella característica, ese igrediente, es el que yo buscaba al partir. De algún modo, aquella cualidad -que muchos considerarían un defecto y una tragedia-se ha vuelto parte importante de mi personalidad.

Esta semana, también me he forzado en dos ocasiones, ante dos amigos diferentes, a reconocer mi egoísmo. Ese reconocimiento, que duele, pero que necesitaba; me pone a distancia de las personas que amo en este país, las que me conmueven cuando converso con ellas, cuando las abrazo o las hago reír: Ellos son tan generosos. Me hacen amar Lima. Sus actitudes me recuerdan esa parte de mí que a veces salta convencida de que se puede ser cariñoso, caluroso, amoroso y sentimental. Yo también, a veces, puedo ser así.

Este fin de año, por primera vez, me podría poner encima una camiseta que dijera Yo amo a Lima. Y subiría a sus omnibuses repletos, manejaría con paciencia observando con curiosidad los rostros congestionados y renegones por el espejo retrovisor. Mantendría mi distancia de los camiones que botan humo negro y me haría un poco de la vista gorda ante las desigualdades que aún nos aquejan. Comería con ganas. Tal vez llegaría al colmo de mantenerme a dieta, en Lima, para verme bien en ella, como parte de su paisaje: un limeño más sin panza entre sus calles.

La generosidad de mi familia y mis amigos son las que me definen. Sin embargo, yo no soy como ellos. Adoro vivir con ellos (¡Quién no!) pero un carácter cerrado, que adora la individualidad y que aún se cree capaz de avanzar por el mundo a solas (un egoísta) se siente más a gusto, creo entenderlo así, en el otro universo, en Nueva York.

La huachaferia según Vargas Llosa


Desde que me mudé al Bronx, he estado pocas veces en Brooklyn. La más interesante de mis escasas visitas, ha sido sin duda la de esta semana a la casa del profesor Joaquín Martínez.

Es la tercera vez que nos reunimos con él y con Camilo y, para variar, ellos hablaron casi todo el tiempo y yo escuché. Ávido, sintiéndome afortunado, como aquél norteamericano con perfecto español que hace unos años se paró de una mesa contigua antes de retirarse, para saludar y lamentarse, pues había estado durante varias horas «disfrutando de la conversación».

Entre otras cosas, el tema más recurrente fue el de los libros leídos. Como siempre, he hecho una lista de los que me gustaría leer. La reunión anterior fueron The Winter’s Tale , de Shakespeare y Le Planetarium de Sarraute; esta vez han sido El maestro y Margarita de Bulgakov, The History of the Conquest of Mexico de Prescott e Historia de mi vida de Casanova (que ya he empezado).

Joaquín ha terminado de leer el libro de Prescott y parece muy impresionado por el trabajo del norteamericano, quien describe con pelos y señales un país que nunca había visitado, usando gran imaginación y capacidad de síntesis.

Uno de los temas de la conversación, entre muchos otros, fue el de la huachafería. Camilo mencionó un artículo de Vargas Llosa sobre el tema, que hoy he encontrado buscando en Internet: («¿Un champancito, hermanito?»). Me parece tan feliz, que aquí lo copio. Fíjense en el párrafo final, soberbio; y en su mención a Manuel Scorza («en Scorza, hasta las comas y los acentos parecen huachafos»).

Huachafería es un peruanismo que en los vocabularios empobrecen describiéndolo como sinónimo de cursi. En verdad, es algo más sutil y complejo, una de las contribuciones del Perú a la experiencia universal; quien la desdeña o malentiende, queda confundido respecto a lo que es este país, a la psicología y cultura de un sector importante, acaso mayoritario de los peruanos. Porque la huachafería es una visión del mundo a la vez que una estética, una manera de sentir, pensar, gozar, expresarse y juzgar a los demás.

La cursilería es la distorsión del gusto. Una persona es cursi cuando imita algo -el refinamiento, la elegancia- que no logra alcanzar, y, en su empeño, rebaja y caricaturiza los modelos estéticos. La huachafería no pervierte ningún modelo porque es un modelo en sí misma; no desnaturaliza patrones estéticos sino, más bien, los implanta, y es, no la réplica ridícula de la elegancia y el refinamiento, sino una forma propia y distinta -peruana- de ser refinado y elegante.

En vez de intentar una definición de huachafería -cota de malla conceptual que, inevitablemente, dejaría escapar por sus rendijas innumerables ingredientes de ese ser diseminado y protoplasmático- vale la pena mostrar, con algunos ejemplos, lo vasta y escurridiza que es, la multitud de campos en que se manifiesta y a los que marca.

Hay una huachafería aristocrática y otra proletaria pero es probablemente en la clase media donde ella reina y truena. A condición de no salir de la ciudad, está por todas partes. En el campo, en cambio, es inexistente. Un campesino no es jamás huachafo, a no ser que haya tenido una prolongada experiencia citadina. Además de urbana, es antirracionalista y sentimental. La comunicación huachafa entre el hombre y el mundo pasa por las emociones y los sentidos antes que por la razón; las ideas son para ellas decorativas y prescindibles, un estorbo a la libre efusión del del sentimiento. El vals criollo es la expresión por excelencia de la huachafería en el ámbito musical, a tal extremo que se puede formular una ley sin excepciones: para ser bueno, un vals criollo debe ser huachafo. Todos nuestros grandes compositores (de Felipe Pinglo a Chabuca Granda) lo intuyeron así y, en las letras de sus canciones, a menudo esotéricas desde el punto de vista intelectual, derrocharon imágenes de inflamado color, sentimentalismo iridiscente, malicia erótica, risueña necrofilia y otros formidables excesos retóricos que contrastaban, casi siempre, con la indigencia de ideas. La huachafería puede ser genial pero es rara vez inteligente; ella es intuitiva, verbosa, formalista, melódica, imaginativa, y, por encima de todo, sensiblera. Una mínima dosis de huachafería es indispensable para entender un vals criollo y disfrutar de él; no pasa lo mismo con el huayno, que pocas veces es huachafo, y, cuando lo es, generalmente es malo.

Pero sería una equivocación deducir de esto que sólo hay huachafos y huachafas en las ciudades de la costa y que las de la sierra están inmunizadas contra la huachafería. El «indigenismo», explotación ornamental, literaria, política e histórica de un Perú prehispánico estereotipado y romántico, es la versión serrana de la huachafería costeña equivalente: el «hispanismo», explotación ornamental, literaria, política e histórica de un Perú hispánico estereotipado y romántico. La fiesta del Inti Raymi, que se resucita anualmente en el Cusco con millares de extras, es una ceremonia intensamente huachafa, ni más ni menos que la Procesión del Señor de los Milagros que amorata Lima (adviértase que adjetivo con huachafería) en el mes de Octubre.

Por su naturaleza, la huachafería está más cerca de ciertos quehaceres y actividades que de otros, pero, en realidad, no hay comportamiento u ocupación que la excluya esencialmente. La oratoria sólo si es huachafa seduce al público nacional. El político que no gesticula, prefiere la línea curva a la recta, abusa de las metáforas y las alegorías y, en vez de hablar, ruge o canta, difícilmente llegará al corazón de los oyentes. Un «gran orador» en el Perú quiere decir alguien frondoso, florido, teatral y musical. En resumen: un encantador de serpientes. Las ciencias exactas y naturales tienen sólo nerviosos contactos con la huachafería. La religión, en cambio, se codea con ella todo el tiempo, y hay ciencias con una irresistible predisposición huachafa, como las llamadas -huachafísicamente- ciencias «sociales». ¿Se puede ser «científico social» o «politólogo» sin incurrir en alguna forma de huachafería? Tal vez, pero si así sucede, tenemos la sensación de un escamoteo, como cuando un torero no hace desplantes al toro.

Acaso donde mejor se puede apreciar las infinitas variantes de la huachafería es en la literatura, porque, naturalmente, ella está sobre todo presente en el hablar y en el escribir. Hay poetas que son huachafos a ratos, como Vallejo, y otros que los son siempre, como José Santos Chocano, y poetas que no son huachafos cuando escriben poesía y sí cuando escriben prosa, como Martín Adán. Es insólito el caso de prosistas como Julio Ramón Ribeyro, que no es huachafo jamás, lo que tratándose de un escritor peruano resulta una extravagancia. Más frecuente es el caso de aquellos, como Bryce y como yo mismo, en los que, pese a nuestros prejuicios y cobardías contra ella, la huachafería irrumpe siempre en algún momento en lo que escribimos, como un incurable vicio secreto. Ejemplo notable es el de Manuel Scorza en el que hasta las comas y los acentos parecen huachafos.

He aquí algunos ejemplos de huachafería de alta alcurnia: retar a duelo, la afición taurina, tener casa en Miami, el uso de la partícula «de» o la conjunción «y» en el apellido, los anglicismos y creerse blancos. De clase media: ver telenovelas y reproducirlas en la vida real; llevar tallarines en ollas familiares a las playas los días domingos y comérselos entre ola y ola; decir «pienso de que» y meter diminutivos hasta en la sopa («¿Te tomas un champancito, hermanito?») y tratar de «cholo» (en sentido peyorativo o no) al prójimo. Y proletarias: usar brillantina, mascar chicle, fumar marihuana, bailar rock and roll y ser racista.

Los surrealistas decían que en el acto surrealista prototípico era salir salir a la calle y pegarle un tiro al primer transeúnte. El acto huachafo emblemático es el del boxeador que, por las pantallas de televisión, saluda a su mamacita que lo está viendo y rezando por su triunfo, o del suicida frustrado que, al abrir los ojos, pide confesión. Hay una huachafería tierna (la muchacha que se compra el calzoncito rojo, con blondas, para turbar al novio) y aproximaciones que, por inesperadas, la evocan: los curas marxistas, por ejemplo. La huachafería ofrece una perspectiva desde la cual observar (y organizar) el mundo y la cultura. Argentina y la India (si juzgamos por sus películas) parecen más cerca de ella que Finlandia. Los griegos eran huachafos y los espartanos no; entre las religiones, el catolicismo se lleva la medalla de oro. El más huachafo de los de los grandes pintores es Rubens; el siglo más huachafo es el XVIII y, entre los monumentos, nada hay tan huachafo como el Sacre Coeur y el Valle de los Caídos. Hay épocas históricas que parecen construidas por y para ella: el Imperio Bizantino, Luis de Baviera, la Restauración. Hay palabras huachafas: telúrico, prístina, societal, concientizar, mi cielo (dicho a un hombre o a una mujer), devenir en, aperturar, arrebol. Lo que más se parece en el mundo de la huachafería no es la cursilería sino lo que en Venezuela llaman la pava. (Ejemplos de pava que le oí una vez a Salvador Garmendia: una mujer desnuda jugando billar, una cortina de lágrimas; flores de cera y peceras en los salones). Pero la pava tiene una connotación de mal agüero, anuncia desgracias, algo de lo que -afortunadamente- la huachafería está exenta.

¿Debo terminar este artículo con una frase huachafa? He escrito estas modestas líneas sin arrogancia intelectual, sólo con calor humano y sinceridad, pensando en esa maravillosa hechura de Dios, mi congénere: ¡el hombre!

– Mario Vargas Llosa. Publicado en El Comercio, Lima, 28 de agosto de 1983. Derechos Reservados.

A la Mona

A la vera del calavero loco supuse que arreglaría la compuerta pero la supe hecha y deshecha, la quise cobrar y perdió empuje.

No me arredra tanta leprería pues a la misma tanto que la gima y le persiguen con cuentos. Ahora mismo en el teléfono hay dos cuartos menos que en la mañana. No la culpo, tendremos que prestar mas cuidado en la temporada.

A tí a tí te hablo cuquita fresca. Vasito de agua. Sepas que escribo contigo y por ti, que lecturo en tu polito tranquilo. ¡Qué sol! Casi me había olvidado del verano

En fin, que las compuertas no tienen por qué permanecer en su sitio, hay tanta libra en este barrio que si tus ojos quieren, se puede volver a mirar desde una nueva perspectiva. Estoy a veces un poquito harto pero de nada tienes que acusar a la reina.

Entras por sangre santa, casi me he olvidado del número de trenes que tomé para llegar hasta tu puerta. Caminé cortando camino por la vereda del frente y me diste el alcance. Se llega a tu ropero por un camino secreto. Casi palidezco cuando vi como te escondías entre la ropa interior, con cuanta delicadeza contabas los dedos con los que yo te tocaba. Se tiene que lavar las manos, se tiene que lavar los dedos, se tiene que lavar la cara..De eso también estaba un poquito harto. Sin embargo no es tan injusto como perseguir por Comas a la secretaria ¿ Dije Comas? No, Los Olivos.

Baño de piel entre tus soles. Caminamos entre las piedras y nos sentamos a ver el atardecer. Hay vientos que soplan el futuro. El tuyo, se deja soplar muy bien.

Cinco labiales

I

Entra en tus brazos el deseo
El deseo posee tus brazos
Tus brazos se dejan poseer
Al poseerte cobran vida

II
Hombre y mujer
Grandes dolores de la celda
Del simulado precipicio
De la ventana incompleta

III
Quedando en el tierno tiempo
En la recta del recto tierno
En el tiempo de la mujer
En su piernura

IV

Acerca el 1 al 1
Y se caen
Abrazados y en el futuro
En una copa de vino

V
Entre las similitudes y el retorno
Amanece y los gatos tuercen pardos
Vuelve el sol, la línea de misericordia
El deseo de volver a entrar.

Yo soy el deseo

Arena y barro

La aspereza del desierto es como una goma de textura lija. No soy hombre de arena. Si bien la he visto como espectador curioso. Tal vez en el futuro he de aprender a querer a la arena y la arena ha de aprender a quererme.

Mas bien soy hombre de barro. Mantengo un antiguo aprecio por el lodo. Grata mezcla del agua y de la tierra. Entre el barro, sobre el barro, metido hasta la frente en el barro, he sido y creo poder volver a ser feliz.
El sonido del barro viene con carga de electricidad y de vida. No tiene ese mudo desprecio de la arena, que toca y se va. El barro te invita revolcarte entre sus brazos. O a pisotearlo.

Con Eneas en la 57

Camino a paso rápido por la calle 57. Estoy matando el tiempo en el mejor sentido posible. Salgo de mi clase de latín, y me dirijo hacia la estación del subterráneo para tomar el tren hacia Lehman. Ya me han empezado a entregar las primeras páginas que necesitan ser diagramadas para el Bronx Journal.

Según los informes de la radio esta mañana, el clima iba a ser bondadoso. Sin embargo, tengo las manos heladas.

Nunca había entrado al local de Borders en la esquina de la 57 con Park Avenue. Encontré el libro que reseñaron con tanto desprecio en el NY Times Review : My Unwritten Books de George Steiner. Se me ocurre que es posible adaptar ese camino de la envidia de los personajes hacia sus creadores. En la foto de la contraportada se le ve muy viejo al señor Steiner.

Nota, clase de mitología: ¡Qué hija de puta la Venus! Y las hermanas de Psique ¡Pirañas!

White Teeth de Zadie Smith, por recomendación de una profesora feminista de la escuela de idiomas, resultó ser el primer libro en inglés que leí ya viviendo en Nueva York. Me atrae la carátula anaranjada y abro la primera página para encontrar un epígrafe tomado de una novela de E.M. Forster que estuve leyendo en enero: Where Angels Fear to Tread. Leo las dos primeras páginas de la novela y me sorprende la facilidad para leer la misma página que en el 2001 me tomó tanto trabajo. La prosa de Smith es ingeniosa si bien después de haber leído a Rushdie, Smith ya no sorprende.

La diosa me comenta lo que yo ya sé. Hay fuerzas mucho más grandes que la voluntad. Allí no te puede dar apoyo ningún librito de auto ayuda. Pienso en la tarde de ayer, en la otra parada más placentera sobre el grass de Central Park. La vida te entrega sueños y ellos se te van escurriendo conforme caminas. Cuando abres la bolsa para ver los que te quedan a veces sólo descubres el reflejo de tus arrugas.

Martel explica cómo nació Life of Pi: Derrotado y en la India, frustrado al no haber podido darle forma a una novela histórica ambientada en Portugal, se tomaba un café. Se disponía a marcharse cuando un anciano se le aproxima y le ruega que lo escuche, que quisiera contarle una historia «capaz de hacernos creer en Dios». Presto un poco más de atención a los tacazos de las mujeres que caminan por la calle 57. En el subway, por lo general, todos usan zapatos planos o zapatillas.

Tom O’Hanlon se acerca hasta la puerta de mi oficina y me narra su epifanía de las ocho de la mañana:

 

Venía desde la casa manejando y maldiciendo todo lo que tengo que hacer hoy, y de repente se me ocurrió pensar que mi día nunca podría ser tan malo como el que le esperaba a Eliot Spitzer

Y de todo el escándalo, de los cristales rotos de la carrera política de Eliot Spitzer, como de las cenizas, resurge el próximo gobernador del estado de Nueva York: ¡Nuestro gobernador es el primer gobernador negro (el tercero en la historia de los EEUU) y es ciego (el primero en la historia de los EEUU)!

Se vienen buenos tiempos en Albany.

Y a la deliciosa prostituta inspiradora de sus infidelidades, no han dudado en crucificarla con titulares en el Daily News y el New York Post. Como si no bastase que el NY Times nos haya otorgado el enlace a su página en myspace, donde ella resume su infancia difícil, los abusos a que fue sometida. El New York Post llena su portada: Conozca a la ramera que provocó la caída de Spitzer.

Otra nota (esta vez de mi clase de latín ¡Qué bien que escribe Ovidio!):

hoc opus, haec pietas, haec prima elementa fuerunt
Caeseris ulcisci iusta per arma patrem.

 

El viaje en ferry

Era la primera vez que ella se subía a un ferry. Cuando las plataformas del muelle descendieron para recibir a los pasajeros, el mecanismo hizo un ruido escandaloso.

-Lo malo es que después de haber visto Nueva York, cualquier otra ciudad del mundo te va a parecer pequeña.

No creo que viajar en ferry y atracar en otra ciudad del mundo provoque la misma sensación de insignificancia. Pero puedo equivocarme.

Naoko también venía por primera vez. Ella tenía sus ojitos casi cerrados en una sonrisa. Me hubiera gustado saber lo que estaba pensando.

Además, el viaje es gratis. Difícil tener una mejor vista de la ciudad por ese precio. (La segunda mejor vista es desde el mirador de Brooklyn Heights, cruzando el puente.)

La estatua es el principal atractivo. Si bien te acostumbras a su tamaño, no puedes olvidar la imagen gigantesca que tenías de ella antes de conocerla. Ella es sólo un elemento más en el paisaje. Es más impresionante la vista de la ciudad. Pero claro, la estatua siempre se roba todos los flashes.

Jorge se pasó la bufanda sobre la boca. Su desgarbada figura parecía la de Ribeyro después de las cinco mil cajetillas. Pero él no fumaba. En su foto parecen perseguirlo las gaviotas, que vuelan casi a ras del agua.

Hay otras fotos. Me gustaría saber en qué estarán pensando cada uno de ellos cuando posan con la estatua a la espalda ¿Con qué imagen de ella se estarán comparando? ¿A quién pensarán enseñársela? ¿Dónde terminarán esos retratos, en qué album, en qué cajón de recuerdos?

Yo tengo varias ¿Cuándo vine por primera vez? Creo que el 2001. Y seguramente que desde entonces he hecho el viaje del ferry al menos una vez cada año. Es obligación indispensable para con los amigos. Sobre todo porque es más difícil convencerlos de cruzar el puente de Brooklyn caminando.

Cierta tarde caminaba sobre las callecitas del bajo Manhattan buscando una dirección. El viento era terrible y yo iba en sentido contrario, maldiciéndolo. Las aguas de la bahía se agitaban desesperadas, formando pequeñas olas. Esa fue la misma tarde de la desgracia, aquella en la cual el capitán del ferry se quedó dormido, la proa se llevó de encuentro una de las esquinas del muelle y murieron unos cuantos pasajeros, comprimidos entre el bote y el cemento. Como cucarachas.

A mis amigos nunca les cuento nada de eso. No quiero arruinarles el viaje. No quiero malograrles la experiencia diciéndoles que ahora el viaje en ferry es más seguro pero que antes había más libertad para moverse por la cubierta, para ver la estatua y los edificios desde distintas posiciones.

No se los digo porque me gusta verlos observando Nueva York con una deliciosa mirada de satisfacción. Me imagino que se sienten maravillados de pertenecer al grupo de quienes han visto la puesta de sol sobre los vidrios de aquellos rascacielos, y descubierto el verde reflejo de la estatua de la libertad.

Tantos libros (So many books)

Cosas que recuerdo de Strand (18 miles of books):
1.Encontrar una primera edición de un libro de Richard Burton (y comprármelo a precio huevo)
2.Hallar la edición de Anábasis, la segunda traducción de T.S. Eliot
3.Leer las notas al Génesis de la edición original de la Biblia de Jerusalem y las menciones a los cíclopes.
4.Los libros de la Historia de la religión, El mito del eterno retorno y los diarios personales de Eliade
5.Todos los ensayos de Ezra Pound
6.The Western Canon de Harold Bloom
7.La biografía de Oscar Wilde
8.Buscar libros de drama griego y encontrar una edición traducida de los Comentarios Reales
9.Los versos de Yates
10.Los dramas de Shakespeare
11.La colección de la Everyman Library
12.Los ensayos de Montaigne en tapa dura
13.Los libros Taschen a 10 dólares (Fotografía siglo XX, Iconos del siglo xx, Forbidden Erotica)
14.Las mujeres entre los libros
15.Sobre las escaleras buscando entre los libros pegados al techo
16.Las miradas
17.Los laberintos del sótano
18.Las horas.
19.Un libro sobre la historia del blues por Robert Crumb
20.Los ensayos de E.B. White, recomendados por Iwasaki
21. Un libro viejísimo de Joseph Conrad

He leído más en los Barnes and Noble. De aquellas librerías tengo recuerdos más placenteros (de labios, de sonrisas, de escotes, de caminatas de atardecer, entre las sillas de alguna presentación). Tengo además el autógrafo de Zadie Smith, el de James Ivory, el buen trazo de la firma de Art Spiegelman y la de Frank Miller en Sin City.

Además, he escrito cosas importantes pegado a las ventanas de Broadway. El ambiente espacioso y moderno de B & N se presta más para la lectura que los atestados pasillos, los estrechos pasadizos y el excesivo calor de los locales de Strand.

Sin embargo, me sucede algo difícil de explicar. De los Barnes and Noble recuerdo el placentero silencio de mi lectura. Entre los libros viejos de Strand, siempre me parece estar escuchando una prolongada conversación.

Libros raros


El codo sobre el libro. Detrás de las ventanas del edificio, Harlem. Se ha gastado tanta tinta. Tantas palabras y tantos sueños han derivado de éste, el primero. En algún lugar de La Mancha dice la primera página de la novela. Y el gringo pone el codo sobre el lomo del Quijote. El peruano mira, con la boca abierta.

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