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The New York Street

Un blog lleno de historias

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Literatura

Color playero

Mi piel es más oscura que la de mis hijos. Sin embargo, este verano uno de ellos se está acercando al mismo tono que el mío. Supongo que mi color tiene que ver esa juventud que pasé tostándome sin crema protectora. Miro a mi hijo que corre sobre la arena, se sumerge en el mar, sale de él, se echa sobre una toalla a mirar a los salvavidas jugando al vóleibol.

Si le pregunto «¿Necesitas una camiseta?», siempre dice que no.

Siento algo de angustia que tal vez tendrá que ver con las campañas de cremas y las decenas de artículos sobre el cáncer de piel. Intento ser un padre que vela por su hijo. Ese que corre y se mete al mar. Ese al que no le importa cómo su piel consigue el color de la melaza.

Qué tiempos los de Lima: esos veranos de los 80s y los 90s en el sur del mundo donde te quemabas y te pelabas con regularidad. La piel que se caía se parecía al concolón que yo escarbaba de la olla de arroz.

Claro que ahí estaba el tono de piel que querías: el playero, el que te asemejaba –o al menos eso creías– a los cuerpos de los comerciales de Pilsen, de Cristal.

¿Habrá algo que conecta lo que piensa tu hijo cuando corre por la arena de una playa en Nueva York con lo que pensaba ese tipo (yo) que se tumbaba sobre una toalla en las playas de Lima ? ¿Habrá un pulso genético que lo empuja a él –como me empujaba a mí– a absorber con persistencia e intensidad la vitamina D?

Un compañero de la Facultad llamaba «el gringo» al sol. Mi hijo, que tiene un lado gringo y solía tener la piel algo más clara que la mía, este verano parece haberse tomado en serio lo de su color playero.

La experiencia de tomar café

El café de esta mañana no es una urgencia. Es algo similar–sin serlo–a una rutina. Consiste en entrar a la cocina, mirar que esté limpio el percolador y llenarlo con agua del caño; echarle café (siempre pensando en la cantidad porque de eso dependerá el sabor), y enchufar la máquina.

No sé por qué lo hago. Tal vez porque he desarrollado esta singular forma de empezar el día sin comer hasta pasadas las 11 de la mañana. Lo único que me permito es agua y café. En algún lugar leí que puede ayudarme a perder peso. Lo cierto es que no estoy tan seguro y mi peso oscila siempre entre los mismos números. Entonces se trata de una rutina «semi inconsciente».

Si bien eso no existe ¿Cierto? O se piensa algo o no se piensa. Y ya sabemos que mi vida dista mucho de ser la del que mira concentrado todo lo que está haciendo.

No lo iba a hacer pero me provoca escribir algunas notas sobre La vida a plazos de Don Jacobo Lerner. Es un libro de fragmentos reordenados. Por ejemplo: el personaje Efraín es una exploración. Lo que le da consistencia al experimento son las entradas de Alma Hebrea, una publicación no sé si fidedigna, no sé si existió, pero que remite a una sociedad de judíos establecidos en el Perú, desde fines de los años 1920s hasta mediados de los años 1930.

(Sé que existía el Club Hebraica, sobre la Avenida La Molina, sé que existía el León Pinelo, donde estudiaron algunos amigos de la de Lima como Rosemberg ¿qué será de él? Y sé –por Luis C. y algún otro amigo– que hay una comunidad vibrante, involucrada con la sociedad peruana en general).

¿Es valiosa la novela? Claro que sí. Y la edición de Las afueras (la diagramación, el espacio, el diseño de la caja) creo que permite disfrutar de la experiencia de lectura. Si bien no tengo una edición anterior me permito creer que esto es esencial en este libro que aparece 40 años después de su primera impresión.

Pensé en las similitudes con País de Jauja pero en ese libro hay mucho más desarrollo de los personajes. Acá en La vida a plazos lo que hay son bocetos de ellos y un sostenido esfuerzo de abstracción que tal vez era la única manera de estampar la experiencia del judaísmo peruano en esos años, sobre todo en ese territorio provincial y a la vez tan conectado a Lima y en cierta medida mirando hacia Europa que era el Chepén donde nació su autor, Isaac Goldemberg. Por ejemplo: la conversación entre Efraín y la araña o la escena en que los niños entran a la casa del judío para asustar a la ciega y son descubiertos. O la escena del incendio.

El libro está muy bien escrito. Se disfruta más tal vez porque se aprende sobre una experiencia que representa a una comunidad. No me gustó más que País de Jauja (lo digo porque me parece que las críticas ambiguas no son honestas). Sí lo recomiendo. Es un libro muy interesante.

Además tiene el añadido que el autor es uno de los símbolos más importantes de la presencia intelectual peruana en la vida neoyorquina. Alguna vez fui a la presentación de un libro de Issac en McNally. Él colaboró con mucho gusto en un par de libros de Los Bárbaros.

Ya se acabó el café. Y casi son las 11. A ver qué como.

El infinito en un junco

Un gran libro y dos famosos pistoleros.

Estos libros que aparecen de la nada, cuyo nombre se te cruza de repente. Como esas llamadas que crees que son spam y las ignoras. Las pasas. Pero claro: al final contestas.

Así fue como llegó El infinito en un junco. Se me antojaba un libro banal. Entonces alguien en el taller lo recomendó. Y alguien más. Lo busqué en Internet. Muy caro. Me encantan los libros de Siruela pero era muy caro. Los costos de envío ya eran más de lo que podía pagar. Hasta que un día en el invierno, tal vez caía aún la nieve (porque este 2022 ha sido muy extraño), ahí estaba a un precio amable. Apreté un botón en la web. Pim. Mañana llega.

Y claro: el disfrute, la sorpresa. Toda esta información junta, de una manera tan hermosa. Busqué la foto de la autora: no era la anciana librera que yo imaginaba sino una chica joven, hermosa, de Zaragoza. Una nerd de biblioteca con ese brillo fantástico en los ojos que parece que nos viene a los humanos como regalo, tras la lectura de ciertos libros. La dicha del conocimiento.

Por esos días en que empezaba con Vallejo, escuché un discurso de Juan Villoro en Michoacán en el que hablaba de la importancia de la lectura. El escritor mexicano me llevó hasta una imagen de San Agustín mirando a San Ambrosio, asombrado de verlo leer en silencio. Vallejo también lo menciona. Leer en silencio: esa revolución.

Después de leer algunos capítulos tuve que abrir La Ilíada y La Odisea, irme a leer lo que dice Plutarco de Cleopatra (en mi querida traducción de Dryden para la Modern Library). Hoy leí una entrevista con Jesús Marchamalo que me recordó que este gusto por lo que ha escrito Vallejo tiene mucho que ver con la fascinación que sentí al leer Ex-Libris de Anne Fadiman.

Aún no termino El infinito en un junco porque–con la escritura de la tesis– es poquísimo el tiempo que me queda para leer por placer. Y sí, es placer. Del mejor.

[Humillantes]Escenas de barrio

 

Tómbolas del alma en que, a dedo, dos capitanes te designaban como el malazo. Primero escogían a los que tiraban bola. Después a los más o menos. Al final: el relleno. El grito de victoria cuando te vinieron a buscar, un sábado. Necesitaban uno más, te traían el short y la camiseta rojas. Corrieron hacia la canchita del colegio Lisson. Fue un mal partido, haces lo que puedes. Tu corazón palpita, aceptas: No sirves para el fútbol.

*

Los viejos de Yi eran dueños de la bodega donde comprabas figuritas para el álbum de moda: Érase una vez el hombre, Sankuokai, El porqué de las cosas. Yi, y los que se juntaban contigo en la esquina de Los Mineros con Los Mecánicos, eran tres o cuatro años más grandes. Tú los escuchabas. Se te ocurre decirle a Yi que no diga «mierda», que no diga «putamadre». Tus viejos te han enseñado a no decir malas palabras. La cara con la que te mira. Eres una lorna.

*

Al maricón de César no le gustaba perder. Sacaba pa fuera el poto fofo que ya tenía a los ocho años. Su mamá, en asquerosa complicidad, lo llamaba.  «Cesiiiiiitar, a comeeeer», gritaba la vieja desde la casa y el pavo triste se iba corriendo. Y nosotros teníamos que quedarnos con uno menos en el equipo.  A veces era su pelota y se la llevaba. No le gustaba perder al huevón.  Por eso una vez en su casa, me robó mis canicas. Se llevó mis dos cholones y varias ojo de leche. No dije nada. Supuse que a los tramposos les llega la venganza en algún momento. Tal vez hoy.

*

«Agárrate uno, si este huevón tiene varios», dice Bolvo. Y tú le crees porque el papá de Edmundo es político y seguro que le sobra la plata. Y después llega Edmundo y dice «¿Quién se ha choreado un casete? Habían seis» y tú tienes que comerte la vergüenza y sacar el casete de la maleta donde lo habías metido. Y Bolvo se caga de la risa.

*

Dicen que su papá es gerente de los caramelos Ambrosoli, pero al Loco Güili lo único que le vacila es la droga y la hermana del Tío Chivo. Hace tiempo que no lo ves, pero esa tarde en que estás en la redondela del parque con tu amigo de la universidad, el Loco Güili aparece. Quiere invitarte un preparado en un botellón de Coca Cola, casi vacío. Se ve feo y caliente. Cuando ustedes dicen que pasan, Güili les grita que «si se creen más que él». Se calma y les pide 20 soles para ir a comprar unos quetes a Santa Felicia. No tienes plata pero tu amigo le da un billete de 20. Güili jura por su madrecita que va a regresar, compra al toque y ya viene. Ya viene.

*

Javier te cuenta que se corre la paja con el sostén de su mamá. Y te mira preguntándote si tú también. Lo más normal. No sé qué cara habrás puesto. Tú te corrías la paja con las calatas en blanco y negro de Caretas que colocabas en fila sobre la alfombra de tu casa. Y con la última página de la revista Zeta que Rucho escondía bajo el colchón del catre en Jaquí. Además,  la vieja de Javier es muy fea y muy gorda, piensas «¿Cómo va a ser?»

*

La pobre Blanca se fue sin decir chau. Quién le manda contarle a la novia de tu hermano que eran enamorados. Que si podían ir al cine los cuatro. Tenías muy presente la historia del primo tuyo al que la empleada acusó de haber embarazado. Blanca te quería quitar el jebe cada vez que te lo ponías. Unos años después volteaste tu cama y encontraste un corazón de lapicero del tamaño del colchón, con tus iniciales y la de ella. Extraño es el amor.

 

 

 

 

De neoyorquinos y de bárbaros

Artículo originalmente publicado en la edición  número 256 de la revista Ideele de Lima.

Portada Los Bárbaros 4/ César Vallejo frente a la New York Public Library
Portada Los Bárbaros 4/ César Vallejo frente a la New York Public Library

 

A propósito de una  nueva y prometedora aventura literaria.

La isla de Manhattan fue comprada a los indios que poblaban esa región por un puñado de florines holandeses. Poco tiempo después de fundada, la ciudad ya se había convertido en el símbolo del dinero en este lado del Atlántico. Con el progreso, la isla se llenó de aventureros miserables, inmigrantes que vivían hacinados en casuchas en el invierno y en el verano pasaban la noche desparramados en los callejones. La desigualdad social siempre ha sido el lado oscuro de Manhattan. La ciudad tendría hasta hoy un enorme problema de imagen de marca si no hubiera sido por, entre otras cosas, el arte. Los artistas descubrieron algo notable entre sus mil contradicciones. Bob Dylan, por ejemplo, tras pasar una temporada invernal en la pobreza, terminó alabándola y despreciándola al mismo tiempo en la letra de Talkin’ to New York, una de sus primeras canciones.

Hasta hace unas décadas, la Europa y la Latinoamérica intelectual miraban con desprecio a esta ciudad de empresarios ignorantes forrados en dinero, sin pasado cultural, sin arte. El cambio fue lento y generacional. Sabemos que hasta en las mejores familias siempre aparece un heredero con ambiciones artísticas para quien el dinero tiene escaso valor. Alguno de los tataranietos de los primeros barones de la bolsa debió de convencer a sus habitantes de que una ciudad de primer nivel necesitaba capital cultural. Los millonarios neoyorquinos se dedicaron a comprarlo: reservaron grandes espacios para galerías, centros culturales y museos, se trajeron templos egipcios hasta la isla, piedra por piedra.

Nueva York no fue considerada la capital del arte si no hasta las últimas décadas del siglo XX. Los artistas que notaron cómo el dinero desbordaba los bolsillos de estos ricos necesitados de buen gusto, empezaron a llegar aquí a ofrecer sus servicios. Así sucedió el acto de magia: los artistas no identificaron en esta ciudad a un monstruo sino que percibieron las características de una epopeya: la Babilonia de nuestros tiempos se estaba construyendo frente a sus ojos.

Es preciso anotar que los neoyorquinos querían comprar una cultura pero no la multiculturalidad multilingüística de la que ahora gozan: los inmigrantes que pisaron Manhattan ansiosos de dólares, lo primero que dejaron atrás fue su ropa vieja. Lo segundo fue su idioma. Así que este fenómeno de una ola de escritores que llegan a escribir en español entre sus calles es bastante nuevo. Si bien tiene antecedentes interesantes: José Martí describió a Nueva York en español, a lo largo de múltiples crónicas pagadas y publicadas por los periódicos latinoamericanos de su época. Federico García Lorca también pensó a Nueva York en español y transformó ante sus lectores esta máquina de hacer dinero en un poema.

A los escritores del siglo XXI también nos convence el sonido del metal: el dinero viene hoy en forma de becas. Las universidades ofrecen un plan de cinco años que incluye una pequeña suma de dólares─suficiente para caminar a diario entre sus bibliotecas públicas y para participar ─sin morirse de hambre─ de la oferta cultural buena, bonita y barata que ofrece la ciudad de Nueva York. En realidad muchas universidades de Estados Unidos ofrecen becas similares, pero solo las que están ubicadas en Manhattan (o cerca de ella) pueden ofrecer como parte del paquete la manzana acaramelada: la experiencia única de vivir en la ciudad de la que tanto nos ha comentado la literatura o el cine. Todos sabemos además, que hoy no se puede caminar bajo las luces de Times Square sin imaginarnos a los personajes de Marvel y DC lanzańdose a salvar el día frente a los pantallones de luz.

En una de aquellas universidades, en las aulas del Programa de Literaturas Hispánicas y Luso Brasileñas del Graduate Center de la Universidad Pública de la Ciudad de Nueva York (CUNY) nació la idea de Los Bárbaros. Me refiero a esta revista en formato de un libro de 100 páginas, que viene publicando la obra de algunos de estos hispanohablantes que sobreviven en Nueva York gracias a las becas de estudios: fotografía, historieta, ilustración, cuento, poesía, crónica literaria. En Los Bárbaros hay un poco de todo lo que puede caber en un libro.

Los Bárbaros fue el resultado de una epifanía foucaultiana. Sucedió en una clase de crítica literaria, a fines del semestre de otoño de 2013. El mexicano Oswaldo Zavala, un Doctor en Literatura egresado de Austin y de La Sorbona, especializado en Bolaño y en las literaturas de la frontera, hablaba de Foucault y de Borges en una sola oración. Él les recordaba a sus estudiantes que las facultades de literatura de las universidades de los Estados Unidos, si bien estuvieron dominadas en algún momento por la crítica francesa, los ensayos de Tel Quel y la literatura pensada desde Europa (Cortázar, Sarduy, Vargas Llosa, Donoso), hoy ya estaban 100% conquistadas por la literatura y la crítica reflexionada desde la hispanidad. Desde la lectura de un ensayo de Alfonso Reyes, Zavala recordó unos versos de Kavafis para hacerle saber a sus estudiantes que los bárbaros que pensaban en español habían tomado el control. Los profesores de francés ahora languidecían en algún rincón de las facultades de idiomas mientras los hispanohablantes aparecían vigorosos, en una ola constante, ocupando puestos en una academia estadounidense que estaba viviendo su cuarto de hora de amor por el idioma castellano. Nosotros, dijo Zavala, éramos los bárbaros que estaba esperando el imperio americano y─por supuesto─ ya habíamos llegado. A eso se debe que la primera portada de Los Bárbaros invoque a un cuento de Borges: el viejo y el joven Borges encontrados en un vagón del tren subterráneo, el joven Borges leyendo la traducción al inglés de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño.

Quienes estudiamos la literatura del mundo hispano desde Nueva York─en Columbia University, NYU, CUNY─y en las universidades satélite─Princeton, Yale, Brown, Rutgers, UPenn─somos los protagonistas de ese fenómeno. Los lectores de Ideele podrían sospechar que alguien nos está inflando el mito. Tal vez, si no fuera porque Antonio Muñoz Molina enseña en NYU, Vargas Llosa viene un semestre sí y otro no a CUNY y a Princeton ─donde también estuvo enseñando Piglia y a donde llega con regularidad Villoro. Tal vez pensaríamos que nos han inflando el mito, si es que no pasaran por esta ciudad cada dos por tres los nombres más importantes de la literatura hispanoamericana.

La revista Los Bárbaros germinó en esas aulas de CUNY con el objetivo explícito de convertirse en el registro impreso más importante de estos años de literatura en español en la ciudad. Este mes de diciembre llegamos al número 6 con un especial dedicado a las autoras: Las Bárbaras.

Nosotros, dijo Zavala, éramos los bárbaros que estaba esperando el imperio americano y─por supuesto─ ya habíamos llegado. A eso se debe que la primera portada de Los Bárbaros invoque a un cuento de Borges

Desde marzo de 2014, Los Bárbaros se ha presentado en sucesivas jornadas literarias en universidades de la ciudad, en la librería McNally Jackson (el ágora neoyorquina, administrada por el librero uruguayo Javier Molea, por donde pasan todos los escritores hispanoamericanos que quieren hacer acto de presencia en Manhattan), en el Centro Cultural Barco de Papel, una pequeña librería de Queens que sirve a los lectores de ese barrio; en Sarah Lawrence, universidad de tradición elitista de los suburbios de Westchester cuyo Departamento de Español es conducido por Eduardo Lago, novelista y periodista de El País; en el Instituto Cervantes de Manhattan, en la Book Expo América 2014, la feria del libro más importante de los EEUU; y también en la FIL de Lima 2014 (si bien el dinero de la venta de Los Bárbaros 1 y 2 en Lima ha desaparecido entre las manos de la distribuidora) y la FIL 2015 (donde se distribuyeron los números 3, 4 y 5, bajo el empuje y auspicio de la editorial Animal de Invierno).

En Los Bárbaros han publicado muchos de esos escritores contemporáneos en cuya obra Nueva York ha dejado alguna marca: Juan Villoro, Antonio Muñoz Molina, Mercedes Cebrián, Gabriela Alemán, Lina Meruane, Martín Caparrós, Alfonso Armada, Eduardo Lago, Eduardo Halfon, Ana Diz, María Negroni, Mariela Dreyfus, Isaac Goldemberg, Pablo Brescia, Roger Santiváñez, Diego Trelles Paz y Fernanda Trías. Junto a estos nombres que ya tienen una obra reconocida, se han publicado los trabajos de artistas que llegaron y recién empiezan a hacerse un nombre en el universo de las letras en castellano: poetas como Lena Retamoso, Soledad Marambio, Ethel Barja o Almudena Vidorreta; narradoras como Mariana Graciano, Sara Cordón, Úrsula Fuentesberain, Isabel Díaz, Esteban Mayorga, Claudia Salazar, Jennifer Thorndike, Carolina Tobar, Francisco Ángeles o Alexis Iparraguirre; historietistas e ilustradores como Jesús Cossio, David Galliquio, Eduardo Yaguas, Renso & Amadeo Gonzales, Diego Guerra, Jugo Gástrico, y Manuel Gómez Burns; fotógrafos como Mike Fernández y Diana Bejarano; artistas plásticos como Jorge Maita, el autor de nuestra última carátula. Está claro que la falta de espacio nos impide mencionarlos a todos.

Los Bárbaros es un proyecto ambicioso que ha empezado con el corazón lleno y con los bolsillos vacíos. No tiene otros auspiciadores que los autores que donan sus textos, los artistas que donan sus obras para ser publicadas, las librerías, los centros culturales y las universidades que le brindan los espacios para presentarse. En 2015 el proyecto ha crecido con la aparición de los programas de radio en formato podcast dirigidos por la periodista argentina Teodelina Basovilbaso. Ella entrevista a escritores que publican en la revista y organiza clubes de lectura con sus obras. El próximo paso de Los Bárbaros es la edición de un libro antológico que cubra sus primeros dos años de vida. Además, está en los planes la realización de un programa de televisión que intente abarcar en imaǵenes estos años en los que la cultura neoyorquina en castellano sigue ganando espacios. Existe un proyecto para publicar una antología online de trabajos traducidos al inglés, para organizar un concurso literario y hay invitaciones para presentar la revista en bibliotecas públicas, universidades, conferencias y festivales literarios en el continente.

El número 4 de la revista estuvo dedicado a la poesía. En la portada, César Vallejo posaba agarrado de su sombrero, apoyado contra los leones de la New York Public Library. El número 5 estuvo dedicado a la crónica literaria, con una carátula en la que Don Quijote y Sancho se abrían paso entre el tráfico de Broadway y la 42 en Times Square. El número 6 fue solo para escritoras y el número 7, el primero del 2016, estará dedicado a eso que los hispanoamericanos acostumbrados a la pulcritud con la que se dice adiós la gente en Santa María, a la alharaca con la que se hace el amor en Macondo y a la naturalidad con que marchan los muertos por Comala, llamamos literatura fantástica.

La revista ha lanzado ya la convocatoria para los siguientes números. Estos aparecerán en la primavera, en el verano y en el otoño de 2016. Los Bárbaros sigue buscando a esas mujeres y hombres que trabajan en su obra mientras intentan amoldarse al mundo del norte y que, sin embargo, no pueden dejar de pensar jamás en aquello que sucede en el sur.

Un hombre flaco

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José Muñoz me trajo el libro de España. Se demoró casi 20 minutos en entregármelo. Parecía sentir la obligación de darme primero una relación de lo que le había gustado del texto. Así que allí estuve todo ese tiempo en su despacho, escuchándolo, mientras él me hablaba desde su silla y balanceaba el libro con una mano: Un hombre flaco. Retrato de Julio Ramón Ribeyro de Daniel Titinger. El libro es un perfil periodístico de Julio Ramón Ribeyro, en base a las conversaciones con su esposa, sus amigos y familiares.

Mientras escuchaba a José, resistía la tentación de arrebatarle el libro y largarme a leerlo.

«Se lee en una noche» me dijo José, quien desde que descubrió a Ribeyro hace algunos años no ha dejado de amarlo. Cuando yo ya sostenía el botín y me quería ir a buscar un sitio solitario para empezar la lectura, él me retuvo para seguir hablando de los cuentos que más le gustaban. Me dijo el título de dos de ellos: «Los jacarandás» y «El ropero, los viejos y la muerte». Fue a un armario, abrió unos cajones, sacó unas fotocopias subrayadas y me leyó:

porque sabía que pronto iba a morirse y que ya no necesitaba del espejo para reunirse con sus abuelos, no en otra vida, porque él era un descreído, sino en ese mundo que ya lo subyugaba, como antes los libros y las flores: el de la nada.

José terminó el cuento, suspiró y me dejó ir.

Empecé a leer el libro en el sofá de mi despacho en la universidad. Retomé la lectura en el tren rumbo a casa. Lo seguí leyendo a la mañana siguiente en el subterráneo que me lleva a Manhattan y en el que me regresa al Bronx. Casi lo terminé en un sillón debajo de una lámpara en mi sala. Por fin, tumbado en la cama, llegué a la página 166, al Y no dijo nada más con que Titinger termina.

El libro es un testimonio del cariño de los lectores peruanos al trabajo del escritor y a la figura de Ribeyro. El texto, ese coro de voces que ha compilado Titinger, contribuye a ver al escritor como un todo, con las distintas facetas de su vida agrupadas en la página. Es una fotografía tridimensional de su personalidad.

Desde que leí «Solo para fumadores» en un fin de semana en Pulpos, allá por el año 1992, había quedado conmovido por el mito del escritor que se moría de hambre en París. Es una imagen de Ribeyro que se reforzó con la lectura de sus diarios. Como si se me curara al leerlo una herida muy vieja, sentí alivio al enterarme, gracias a Un hombre flaco, que buena parte de su vida en París Ribeyro la pasó en el departamento de lujo que compró su esposa, que los viernes se deshacía de sus obligaciones de embajador para almorzar y brindar con sus amigos, que se enamoró de una muchacha en Lima y que se la trajo para conocer con ella Nueva York─de donde regresó muy mal─, que murió sin dejar el cigarrillo, pintando y metiéndose al mar al anochecer, celebrando la vida, después de haber sido testigo del principio de la canonización de su obra y haber recibido los aplausos y el cariño de quienes lo leían con entusiasmo.

Un hombre flaco es un libro, primero que nada, para quienes leen a Ribeyro con entusiasmo. Es una obra de amor, escrita para satisfacción de sus lectores.

Celestina en busca de autores

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¿Yo?Melibeo só, y a Melibea adoro, y en Melibea creo, y a Melibea amo

La Celestina, Primer Acto

Entrar en La Celestina es penetrar en uno de los más disputados enigmas sin resolver de la literatura. Sólo se han escrito más palabras sobre las peregrinaciones de Don Quijote por los paisajes áridos de Iberia, que acerca de esta Tragicomedia en 21 actos que perpetúa para siempre, no tanto a los protagonistas enamorados: Calisto y Melibea, sino a los personajes que giran alrededor de ambos, que tejen esta historia de engaños y picardía.

¿Quién imaginó la venenosa lengua de Pármeno, previniedo a su amo que cuando Celestina cruza frente a las piedras «una piedra topa con otra, luego suena ¡vieja puta!»?¿O la de Sempronio, tocando a la puerta y haciendo «tah, tha, tha», inventando la onamotopeya en esa España recién reconquistada de finales de los 1400?

Los personajes de este libro se mueven por las páginas despertando el cariño del lector, pintando una historia que parecería no ser la criatura de un oscuro Bachiller del que se sabe muy poco ( y que jamás escribió nada más)–Fernando de Rojas–sino de un literato no tan sólo con vasta experiencia en la representación teatral, sino también con extraordinarias capacidades para interpretar el corazón humano. Si se quiere, para soltar un nombre (del que creemos conocer un poco más): un William Shakespeare,  un siglo antes, y en español.

Apropiada por los académicos, que siempre buscan más que los lectores, el nombre de Rojas ya ha sido borrado de alguna edición reciente. Hay suficientes evidencias de la incapacidad de Rojas para producir los mejores pasajes de este libro con su nombre. Las tesis abundan, sin embargo, parece lógico inclinarse por quienes creen que él apenas habría sido culpable de encontrar pedazos de un texto muy bueno y acabarlo bastante mal.

Me gusta mucho más la suposición de la existencia de un grupo de autores. Esa breve hermandad de mentes agudas y disipadas, de reconocido ingenio, que en toda literatura nacional siempre aparece. Esas personalidades literarias circunspectas, obligadas a guardar en público el decoro, que escriben en privado por el mero gusto de despertar el ingenio y para divertirse. Se me ocurre tal vez a Juan de Mena, a Diego de SanPedro, o a cualquier otro autor que ya se había ganado la voluntad y el cariño de la corte –merced a las venias interminables y a la lealtad televisada–, sentados en una mesa, compartiendo el vino, aburridos de hablar de libros, imaginando las descabelladas, frescas y subversivas frases que componen los actos de la Comedia en La Celestina.

Acabar la obra–el acto final de la Comedia, interpolaciones en el texto y actos añadidos de la Tragicomedia– puede haber sido fruto de la paciencia del Bachiller Fernando De Rojas. Sin embargo,  para que nos hablen como hablan los personajes de La Celestina, se necesitaba la magia de quien ha conocido bien el mundo: una mente que no creyera en la mentira de que el arte tenía que ser un panfleto sobre la virtud. Ya lo sabía Cervantes cuando se burlaba de la seriedad de los caballeros andantes: el mundo más brillante no es el de los circunspectos y los rectos, sino de quienes saben que la vida es otra cosa.

Y Contarlo todo

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La publicación de La ciudad y los perros en Barcelona, en 1963, supuso el inicio de un período esencial para la literatura latinoamericana. Era la primera vez que una novela peruana se escribía con técnicas que se venían anunciando en textos de algunos precursores, y en Borges.

El auge de la doctrina marxista, la fértil discusión ideológica en París, revoluciones, dictaduras y gritos independentistas, fueron la materia prima con la que los escritores latinoamericanos, calcando a los intelectuales franceses, se convirtieron en protagonistas de la lucha política activa. Varga Llosa tuvo alumnos aplicados: Javier Cercas y Antonio Muñoz Molina, por citar sólo dos ejemplos, jamás han evitado mencionar la importancia que tuvo en su carrera la lectura de La ciudad y los perros. Vargas Llosa ha estado vinculado, ya sea por su palabra o por sus letras, a los eventos intelectuales y políticos de los últimos 50 años.

Sin embargo, desde hace algún tiempo, las casas editoriales han estado buscando a su reemplazo.

En apenas dos años, el nombre del Nóbel ha sido utilizado como carnada para atraer a los lectores hacia las novelas de dos escritores.  Entre los peruanos, la influencia es más terrible y por eso el juego de las semejanzas para profetizar a una figura central de nuestras letras se da con mayor frecuencia y fracasa con mayor ruido.

Diego Trelles Paz y su novela Bioy, cargaron en el 2012 el peso de aquella comparación: «Si Vargas Llosa tuviera treinta años y sus orígenes fueran otros pero la potencia narrativa la misma, podría haber firmado este libro. La ciudad y los perros 2.0» decía el escritor Gabi Martínez en la contraportada, marcando desde el inicio el viaje del lector por sus páginas. Trelles, recién terminados sus estudios de doctorado en los Estados Unidos, apareció en los medios peruanos con esa promesa de satisfacer al destino. Algunas críticas fueron demoledoras. «Incapacidad para crear personajes…la historia se va deshaciendo sin solución…hegemónica banalidad» son algunas de las puyas lanzadas por el crítico Yrigoyen desde la revista literaria buensalvaje. Lo que parecía molestarle a muchos no era tanto la calidad de Trelles para contar su historia sino un aspecto que Yrigoyen también mencionaba en su reseña:»precedida por una hábil campaña publicitaria». La habilidad, consistía en la facilidad con la que Planeta sugería una similitud entre Bioy y La ciudad y los perros. A Trelles Paz se le juzgaba por la mentira marquetera de querer comparar a un escritor novel con un Vargas Llosa ya consagrado. La novela sufre desde el principio en los rangos académicos –que tienen que lidiar con una comparación planteada para hablar de Bioy. La estrategia es útil para posicionar a un autor en el mercado. Luego, éste tiene que defender su calidad midiéndose con la vara del Nóbel.

Así llegamos a fines de 2013 y, utilizando una agresiva campaña de medios, Mondadori junta a Vargas Llosa y al escritor Jeremías Gamboa en los salones repletos de la Feria del Libro de Guadalajara para proclamar la llegada del sucesor. La estrategia es una copia–más ambiciosa y con mayor presupuesto–de la de Planeta con Bioy. Ahora el lector, interesado en leer a Gamboa, se ve enredado desde antes de entrar a las páginas de la novela, por una sola pregunta: ¿Se parece o no se parece?¿Es Gamboa el nuevo Vargas Llosa? La respuesta es no.

El crítico, a quien también se le ha preguntado lo mismo, tiene que responder y acusar el mismo descubrimiento de Yrigoyen: «precedida de una hábil campaña publicitaria». Luego sucede lo que tiene que suceder. Empiezan las reseñas negativas, las que se lanzan en contra del libro, acusando una estafa promovida por la editorial: «507 páginas que defraudan las promesas del departamento de ventas» dice Guillermo Espinosa Estrada en su comentario en El Universal.

¿Tenía que suceder? Las comparaciones con Vargas Llosa son innecesarias. Muchos escritores peruanos necesitamos medirnos con el héroe que nos entregó La ciudad y los perros. Sin embargo, el intelectual que floreció en aquel mundo donde París era una luz y Odría era la personificación de una sociedad abyecta, no puede germinar del mismo modo en una ciudad que mira hacia Nueva York, desde barrios que, por más periféricos que sean–todas las combis de Lima terminan en Santa Anita–están conectados al universo vía Claro, Cable Mágico y Movistar.

Gabriel Lisboa, el protagonista de Contarlo todo,  merced a ese departamento de ventas de Mondadori,  tal vez permanezca algunos años más en la memoria de unos cuantos miles de lectores engañados por la comparación. Sin embargo, a quienes nos gusta sentirnos orgullosos de nuestros héroes literarios, lamentaremos que se pretenda coronar a un escritor sólo con las armas del mercado. Es cierto que el escritor tiene que comer. Es verdad que resulta penoso que algunos de nosotros tengamos que estacionar automóviles, atender mesas o congelarnos sin calefacción para seguir escribiendo. Sería ideal que las fuerzas del mercado pudieran hacer realidad (todos los meses) el sueño del novel escritor con talento que puede sólo escribir bien y vivir con holgura entre Lima y Londres, mientras espera que se le conceda el Premio Nóbel. La realidad es que así no es.

No habrá otro Vargas Llosa. Los escritores que vengan, los que pretendan convencernos de su calidad, como Gamboa o como Trelles Paz, pueden asumir su figura como reto. Pueden apoyar sus ambiciones políticas en la carrera de Vargas Llosa, si bien necesitan empezar el camino midiéndose con otros nombres, invocando otros universos, alejados de ese padre creador del Jaguar, El poeta y El esclavo.

V for Vendetta

En el poema «Dover Beach», el poeta y ensayista británico Matthew Arnold, hace una comparación bellísima entre él, en la playa Dover de la costa inglesa, contemplando las luces de la costa francesa 18 millas hacia el sur; con el último ser humano en la historia que creyó en la existencia divina de los dioses griegos, en Zeus, Hera, Atenea.

Me imaginé una escena paralela: el último hombre que contemple una cruz con respeto, que levante los ojos al Cielo e imagine al Dios en el que creemos los cristianos. ¿En qué creemos hoy? La fe de Arnold no era la misma fe de los sacerdotes medievales a los que él visitó en los Alpes franceses -«hombres muertos en vida», dice de ellos-.

A pesar de todos los adelantos de la vida moderna y del pensamiento crítico, Arnold ve con pena la pérdida de la fe, esa corriente que le daba sentido a la existencia. ¿Cuál es es el sentido de la fe ahora? ¿La intolerancia? Matar en nombre de Dios debería ser castigado como el peor de los pecados, sin embargo, del otro lado del espectro político la perspectiva no es muy alentadora, ¿Qué hay de esos individuos que se aprovechan del miedo de las masas para gobernar, para recortar libertades y estupidizar al pueblo con el pretexto de la seguridad y la amenaza terrorista?

De eso trata V for Vendetta, una de las primeras novelas gráficas de Alan Moore (Watchmen), llevada al cine por los hermanos Wachowski. Hay que tener mucho miedo cuando las opciones totalitarias son las que ganan mayores simpatías: Hamas en Palestina, los fundamentalistas en Irán, en Irak, la derecha radical en Europa, Chávez en Venezuela, Humala en el Perú. La gente está dispuesta a darle su voto y su conciencia a los que les ofrezcan orden. La libertad total es una religión que ya pasó de moda, como la religión de los griegos. Ahora la religión es la de la libertad controlada, la de las masas sumisas y homogéneas, donde todo puede ser sacrificado si se trata del bienestar común.

Otros gobiernos van más allá -porque pueden darse ese lujo: atemorizan a la población utilizando los medios de comunicación masivos, fabrican evidencia y mienten descaradamente acerca de sus motivaciones hasta que el Congreso-asustado también-los autoriza a organizar una guerra preventiva. Tres años después comprobamos que son unos idiotas no unos visionarios y que algunos de ellos se llenaron de dinero ¿Alguien los juzgará?¿La historia? ¿O es que ya no es malo predicar y al mismo tiempo ser un hijo de puta (con perdón de las putas)?

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