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The New York Street

Un blog lleno de historias

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Cuento

Mudanzas/ MONÓLOGO DE LA MAMÁ NOY

Sé que ha llegado el verano porque en las habitaciones ya no se siente el fresco que en primavera todavía suele colarse entre la quincha y las cañas del techo. Desde el amanecer, entre los dinteles de madera de olivo, se mete el polvo caliente y llena los cuartos. Una mañana me levanté oliendo el calor y le dije a él, que siempre se despierta antes que yo pero se queda acostado con los ojos abiertos: «Organicemos el verano».

El dice que el próximo domingo, al final de la misa, se irá a la sierra llevándose el ganado. El viaje le ha de tomar un par de semanas. Mientras él viaja yo desarmaré las camas, las mesas, arrumaré las sillas y colectaré fruta y vino. Tendré las alforjas llenas y los toneles preparados para cuando él vuelva. Le pediré por favor, otra vez, que no se lleve esa bolsa de hoja de coca que le envenena los nervios. ¿De qué le sirve leer sus Reader’s Digest y comprarse buenos trapos para ir a Lima a ver los toros, si acá mastica coca como los peones y habla con ellos en quechua como si fuera otro indio?

Los peones partirán hacia la playa llevándose los muebles. Cuando él regrese-tres domingos más tarde, si no se le da por meterse a la quebrada a cazar guanacos-, estaremos esperándolo con su compadre y su comadre bien arreglados, los niños bien vestidos y peinados, las yeguas preparadas y las mulas cargadas: las alforjas llenas de fruta y poronguitos de manjar blanco, los toneles calafateados y colmados de dulce vino, los cartones de cigarrillos (tengo que mandar a comprar al pueblo). Entonces, empezaremos la marcha. Espero que el calor no nos gane. A veces no es ni la mitad de diciembre y ya uno se sofoca.

Bajaremos en fila hasta el cauce seco del río, por el sendero de tierra afirmada al lado del corral, bajo las buganvilias. Cruzaremos sobre las piedras y la lama resquebrajada hasta la banda y avanzaremos por la carretera afirmada hacia la siguiente quebrada. Acamparemos entre los cerros al llegar la noche y él nos contará las historias que más le gustan a los niños, a menos que estos estén muy cansados y se duerman pronto. Si no hay niños hablará de política. Así es siempre. A su compadre Belisario le gusta escucharlo tanto que no sabe interrumpirlo. Con su jarro lleno de vino, aspira el humo de su cigarrera de carey y mira como se van consumiendo los troncos de algarrobo mientras lo escucha hablar de política, de los militares, de la guerra.

En ocasiones lo interrumpo para hacerle preguntas, pero a él no le agrada. ¿Qué sé yo de política? se queja. Si está de buen ánimo, nos contará sus viajes a Lima, nos hablará de Acho, nos describirá las calles alrededor del camal, traerá noticias de los parientes que viven en Miraflores y en San Isidro, o de negocios que se le han ocurrido conversando con los ganaderos. A veces la comadre se aburre y se va a dormir temprano. Otras veces arropa a sus hijos y vuelve a sentarse a mi lado, me agarra del brazo y conversamos en voz bajita de otras cosas: de mis hermanas, de nuestras primas, noticias de los amigos que viven en el pueblo o que se fueron a estudiar al extranjero. Si está muy cansada, lo dejará a Belisario y se irá a dormir sola. Yo me quedaré a escucharlo hasta el final. El siempre se levanta de improviso y dice ‘nos vamos a dormir’, arroja un par de leños al fuego y dispara un par de tiros a la noche para espantar a los zorros.

El segundo día de marcha siempre es el más cansado. Cabalgaremos desde el alba y no nos detendremos hasta la noche. Él encenderá el fuego mientras los demás nos acomodamos para comer y leugo a dormir. La segunda noche nunca se cuentan historias.

La tercera jornada la cabalgata será breve, como siempre. Ya casi estaremos al lado del mar. Descenderemos sobre el camino afirmado, bordeando la quebrada, entre flores de cactus y pitajayas, e ingresaremos al pueblo atravezando la plaza. Las cocineras se nos acercarán diciéndonos que el desayuno está servido y los peones se amontonarán frente al portal de la casa para ayudarnos a desmontar. Él meterá las manos a las alforjas, las retirará llenas de monedas y recompensará a todos, mientra les pide ayuda para amarrar a las bestias. Les conversará en quechua, los interrogará sobre su jornada hasta la playa, sobre el mar y la pesca, les preguntará si hay suficientes mariscos entre las peñas, si han encontrado cangrejos y erizos -que le encantan- si han visto agua en el puquial que utilizamos de lavadero, si los higos y las peras de las matas de la quebrada están maduros, si hay suficiente agua en el estanque, si sus familias están bien acomodadas, si necesitan algo. Belisario se quedará a escucharlos, pretendiendo que le agrada el sonido de su lengua-sin entenderles nada-, yo me iré con mi comadre y los niños a la casa, a revisar la mesa. Seguramente habrá que volver a calentar la leche, o tendremos que moler más café, reemplazar las aceitunas servidas por otras más frescas y tostar más cancha para los niños. Cuando la mesa esté lista, mandaré llamar a todos y nos sentaremos a desayunar.

Desde principios de diciembre ya extraño el olor de las peñas y el aracanto, el aire salado y fresco que llena nuestra casa de playa. Ojalá que al llegar nos espere manso el mar. Me encantaría darme unas zambullidas y estrenar esa truza de baño que él me ha traído desde Lima. Quisiera tener la poza para mí sola por algunos días, antes de que lleguen más familias y Silaca se llene de gente.

No es que me disguste ver gente. Las tardes de los domingos, sentados todos-primos, hermanos y familias amigas- alrededor de las pozas, son las más amenas. Sin embargo, prefiero zambullirme sola en la poza, observando mis carnes blancas bajo el agua. Al menos los primeros días. Durante la temporada me agrada bajar al mar con la comadre Angela y mis hermanas, pero a principios del verano prefiero venir sola. Tal vez la truza nueva necesite arreglos, a veces me ajustan los pechos, a veces no me gusta como atrapan las piernas.

Mis hermanas se tardarán al menos una semana en llegar. Siempre que nosotros partimos ellas recién están mandando el ganado a la sierra. Me pregunto si es porque en Anqui hace más calor. Las chacras de ellas están metidas en la quebrada y los cerros tapan el sol. Ellas tienen la ventaja de no asfixiarse en sus casas hasta después de la Navidad (sin embargo sus uvas nunca son tan dulces como las nuestras).

Tal vez, como dice él, sea porque sus esposos son flojos. Sólo una vez se fue con ellos a la sierra, porque quería presentárselos al alcalde de Coracora e interceder para que les brinden buenos pastos y les protejan al ganado. No quiso mandarlos solos porque ninguno entiende el quechua. ‘No son buenos cazadores y no saben encender buenas fogatas’, me dijo él. En los cerros los zorros, gatos y lobos son hábiles ladrones de ganado. Al esposo de Marina ya le comieron varios becerros y al esposo de Adela siempre le roban el charqui y las provisiones. A veces ellos se hacen acompañar de peoncitos, pero los chiquillos igual se quedan dormidos o les da miedo. Si están despiertos y escuchan rondar a un zorro me imagino que se esconden o se hacen los que duermen.

Mi esposo siempre va sólo. Él dice que así se lo pasa mejor. Mis hermanas sugieren que le gusta acostarse con las cholas y no quiere testigos. Yo les respondo que a él siempre le ha gustado hacerse todo solo y que lo de las indias a mí no me me consta. Cierta vez apareció un indio a almorzar, camino del pueblo, y se puso a decirme que lo había conocido a mi esposo allá, que en Coracora muchos niños llevaban su nombre. Uno de sus hijitos se llamaba como él, me dijo.

Y se reía el cholo, desdentado y los ojos brillosos de borracho. Yo no hice comentarios ni preguntas, le puse el ají que les gusta masticar crudo, le dije a la cocinera que le prepare un par de alforjitas con pan y manjar blanco. ¿Para qué saber más? Mi esposo siempre que se va a Lima me trae regalos: lindos vestidos, truzas como esta que voy a estrenar. Siempre está pensando en lo que necesitan su hijos y en que hay que pagarle las escuelas. A diario trabaja desde la madrugada para zanjar acequias, alimentar y ordeñar al ganado, preparar la uva, organizar la vendimia. Siempre está haciendo negocios y buscando ojos de agua, reparando el estanque, atento a la bajada del río, para que no nos falte dinero, para que Anqui siempre se mantenga verde y los árboles cargados de fruta.

Témpanos


En la silueta de su cintura en bikini adiviné una grieta de solidaridad. Por eso me atreví a mirar entre la ranura de mis dedos y a espiar sus curvas sonrojadas, producto del sol de Punta Rocas, Santa María, San Bartolo y todo el circuito de playas donde ella, mi hermana y sus amigas se pasaban el verano. Fui ampayado.

Recuerdo el escándalo y los insultos que me soltaron ella y sus amigas─se los contó esa misma tarde─por haber cedido a la tentación. No sirvió que les replicara que no llegué a ver nada, que no abrí los ojos del todo, que no se podía ver sino la silueta y ningún detalle grueso. Me mandaron al calabozo por mañoso.

Por eso me sorprendió tanto recibir su llamada.

Desde que me fui de Lima solo la había vuelto a ver en versión online. Tenía la misma cintura expresiva de siempre, la misma manera de atar el pareo alrededor de sus muslos. Las cuatro fotos en ropa de baño llenaban la pantalla de su página. Espié: en su recuadro de conocidos estaban nuestras amigas de siempre. Entre sus sitios favoritos los lugares comunes de ambos y en su conversación los mismos temas de su juventud. En su muro tenía una lista de 85 arrechos con mensajes en tres idiomas. Wakabayashi hubiera dicho de ella lo que siempre dijo de la Princesita de Yungay: «es una jaladita con jale». Alguna vez le sugerí a mi padre que ella y yo podíamos llegar a ser enamorados. «Esa te da cuatro vueltas. De lejos se ve que es una pendeja», me dijo.

Ella llamó a mi celular. Se lo tuvo que haber dado mi hermana o alguna de nuestras amigas comunes. Encontré la excusa que necesitaba para convencerme de volver a verla en cada sílaba de su mensajito telefónico calentón. Nos encontraríamos en el JFK, tomaríamos un taxi a Manhattan e iríamos por allí «a caminar».

Mientras la esperaba, me di cuenta de que no me había preocupado en arreglarme. Mis jeans no los había lavado en un par de semanas y el polo de Gap estaba despintado y tenía el cuello vencido. Era demasiado tarde, los dados ya estaban lanzados. Había pensado en darle una vuelta por la ciudad, tal vez en llevarla a comer y ya. Pero allí esperándola en una sala del aeropuerto, me vino la cretina impresión de que aquello podría durar para siempre. Alentaron mi deseo las tardes de soleada soledad en la terraza de mi departamento con vista a las chatarreras de Atlantic Avenue y mi reciente lectura de un aburrido libro de Kerouac. Tal vez también mis patéticos amaneceres tomándome fotos solo sobre la nieve en el puente de Brooklyn y mis caminatas haiku por las veredas heladas, entre los témpanos de los puentes amarillos de Central Park.

Mientra la esperaba volví a entrar con ella en las oscuras tiendas de ropas de baño brasileñas de una calle estrecha de Miraflores. Acepté ser su ojo avizor cuando ella salía detrás de la cortina del probador en un bikini con manchas de piel de leopardo y me preguntaba: ¿Qué tal me queda éste? Volví otra vez a su cuarto, al lado de su cama, cuando ella me dijo: tápate los ojos que me voy a cambiar. Volví a mirar entre la ranura de mis dedos calientes y a imaginar ese beso de despedida que pudimos darnos y nunca nos dimos. Estaba despidiéndome de ella en Lima cuando la vi llegando a Nueva York.

Tenía los mismos rulos desordenados cubriéndole la mitad del rostro, la misma forma soslayada de mirarme, el mismo sentido del humor que despidieron siempre sus ojos rasgados. Me dijo que había pensado quedarse un par de días en Nueva York pero que en el último minuto había comprado una conexión baratísima a Madrid para esa misma noche. Así que le quedaban unas tres horas para vagar conmigo, otra hora para regresar a su avión. Dijo que quería pagarme lo que costara para darse una vuelta en taxi por la ciudad y que yo la acompañara de regreso hasta el aeropuerto.

Había pasado un poco más de media hora, cuando me atreví a darle un beso. Ella me miró a los ojos en la cabina de ese carro color girasol que avanzaba como un buque entre el espeso tráfico y la gente. Me cortó la respiración abriendo la boca y besándome con sus dedos largos y delgados detrás de mi cabeza.

Regresó de Madrid a las dos semanas, para seguir mirándonos a los ojos por unos días antes de volver a Lima. Se quedó una semana más entre mis cubrecamas pasadas de moda. Nos amamos en un hotel de cortesía que le pagaba el trabajo en un viaje relámpago a Boston. Se fue despacio pero se fue y nos mandamos cartas de amor de lo más tontas durante algunos meses.

La primera vez en Nueva York me tapé los ojos para mirarla desnudarse. No sé si se acordaría pero no dijo nada. Quitó mis manos, resbaló su rostro contra mi cuerpo y sólo me preguntó si me había bañado esa mañana. Con la respiración entrecortada, fascinado, le respondí que sí.

La Cucaracha (No)


Gracias al efectivo comercial, el slogan de Cucarachas No quedó grabado en la mente de millones de televidentes.

Las cucarachas se pusieron de acuerdo en que era necesario tomar medidas de emergencia. El producto no era tan bueno (las más viejas sospechaban que el fabricante estaba reciclando el viejo Black Flag Mata Todo), pero el daño ya estaba hecho. Reunidas en su cueva secreta, las cucarachas decidieron tomar medidas excepcionales: no salir después de las 6 de la mañana y andar siempre con un pito en el cuello para prevenir a sus compañeras de algún ataque inesperado.

El plan dio resultado. Pronto los habitantes corrieron la voz de que el nuevo producto no era tan efectivo y las ventas del nuevo veneno cayeron estrepitosamente. Los dueños de la compañía amonestaron a los ejecutivos de producto y convocaron al departamento de marketing para crear un nuevo nombre (sabiendo que usarían el mismo veneno). Dice la leyenda que así fue derrotado Cucarachas No.

Foto: Cucaracha Trinerfeña por Priner/Flickr

Épica, 17 de julio

En el sexto día del séptimo mes del séptimo año del siglo veintiuno, el hombre descubrió que no estaba solo. Miró alrededor suyo, limpió el polvo de uno que otro libro de su biblioteca, revisó su colección de DVDs, escogió un disco de su colección y -mientras empezaba a sonar el primero de los surcos- se fue al baño y meó.

Fue una meada generosa, prolongada, épica. Mientras la orina pasaba de su aletargado cuerpo, hacía un arco fabuloso y terminaba asentada en el fondo de la bacinica de mármol, el hombre se percató que estaba empezando una nueva etapa en su vida. La luz penetraba lubricantemente en la habitación de baño e iluminaba uno que otro rezago de las beatíficas tardes de su verano feliz: toallas mojadas, ropas de baño cubiertas de arena y camisetas que no había tenido tiempo de llevar hasta el cesto de la ropa sucia.

Sobre la bacinica de mármol una foto impresionante de una ola de Waikiki Beach le anunció en aquél bendito minuto en que el hombre consagraba toda su energía a la descarga de la pichi dorada, que los dioses guiarían sus pasos. Vagamente vio el perfil de Júpiter entre la luz del sol y oyó el retumbar del mar que anunciaba que en esta empresa estaban juntos Poseidón y su hermano, el dios de todos los dioses. Para que el hombre (algo diletante, propenso a la divagación y al relajo) se convenciera completamente de los designios de Olimpo, se abrió la puerta del dormitorio de baño y apareció Venus, apenas cubierta con una tanga carmesí y los pezones iluminados con polvo dorado.

Entre camisetas sucias, el hombre recibió de Venus el mensaje de su condición sobrehumana. Se lo susurró al oído y se lo repitió mientras se lavaban mutuamente. Los dioses aprobaron satisfechos cuando al día siguiente el hombre y Venus se subieron a la camioneta Toyota y partieron en busca de su destino. Cielo, tierra y mar estaban con ellos.

Fotos: Floripa por Gogoboy.Baño del Cuzco/Flickr

Lee la versión de este cuento publicada en The Barcelona Review (2009)

Profesionales del sexo

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Una furiosa puta se dispuso a escribir una queja ante el editor del diario más importante de Resinápolis. A pesar de sus 54 años la mujer se mantenía en forma en base a una dieta estricta de rábano y garbanzos.

La carta había sido una idea de Juan, el hombre mayor de Coop City que la estaba ayudando a recolectar información para escribir sus memorias. Juan sabía de editoriales y creia que las memorias de una prostituta puertorriqueña del Bronx, que había vivido los años locos del apagón, las redadas de Guliani y la waltdisneyzación de Times Square tenía mucho que contarle a los lectores.

La carta al editor del periódico cumpliría la función de despertar el interés del público por el tema de la prostitución. La matrona empezaba su carta así:

«Quiero dejar constancia que he ejercido mi trabajo en las peores condiciones que la ciudad brindaba a las prostitutas. Me considero una sobreviente del oficio, en cierta forma una heroína de las rameras de Nueva York.»

La matrona miró su laptop, reordenó algunas palabras, miró por encima de su café late a algunas parejas que caminaban por la vereda de Kingsbridge Road y prosiguió:

«Sin embargo, hoy que las condiciones son óptimas para el ejercicio de mi profesión, que gracias a la tecnología puedo seleccionar a mis clientes y mantener cierta seguridad sobre mis contactos, la ciudad ha inventado una nueva estratagia para evitar que pueda ejercer mi oficio…»

La ramera se detuvo un instante. Se puso a pensar si lo que escribía era sincero o si toda esa farsa del libro de memorias no era tan solo un pretexto para vengarse de Sofía.

Sofía. Sofía. Sofía.

Le preguntó como eligieron sus padres un nombre tan bonito mientras la miraba parada en la calle e imaginaba su lengua debajo de la minifalda. Ella le dijo que nació en Sofía, y cuando la puta le preguntó donde quedaba Sofía, la tachó de ignorante. «Zorra puertorriqueña, anda a la escuela antes que te apeste tanto el coño que no puedas trabajar».

Se imaginó las piernas bronceadas de Sofía y los senos firmes de pezones duros debajo de las camisetas sin mangas que tanto le gustaban. En la mesa al lado de la puta, una pareja de soldados comentaba que la temperatura estaba en 100 grados. Uno de ellos la miró a los ojos. Era un soldadito pendejo. Le preguntó su nombre. La invitaron a sentarse con ellos pero la matrona dijo que tenía que acabar de escribir sus e-mails. Pensó otra vez en Sofía. Volvió a la pantalla y escribió el final de su carta al editor:

«Tiempos complicados para las profesionales de la prostitución. La tecnología nos vuelve voces, sonidos, imágenes. El roce de la piel ya no es el objetivo del sexo. Ahora las máquinas han creado entornos a los que las profesionales de cierta edad no estamos acostumbradas. El mundo es más fácil pero a la vez más complicado. Las decisiones tomadas por la ciudad en las últimas semanas no contribuyen a simplificar esta transición .»

Se percató que no podía concentrarse en escribir con la cabeza en la entrepierna de Sofía. Era la primera vez que la ramera le pagaba a una puta.

Cerró la laptop y aceptó sentarse con los soldados. Les prometió que lo iban a pasar muy bien si ellos pagaban por un cuarto con aire acondicionado y la dejaban quedarse sola a pasar la noche. Les dijo que necesitaba concentrarse en un examen para una carrera que estaba estudiando en Internet. Envuelve con sus historias y promesas a los muchachos que se percatan que a pesar de las arrugas el cuerpo de la mujer es prometedor. Ella les ofrece acceso total y algunas variantes que no han visto antes. Los soldados asienten, ella insiste en el aire acondicionado y recuerda que Sofía debe estar malográndose con el calor en alguna cama ajena. Imagina sus labios entreabiertos y la tremenda soledad entre sus piernas.

Se siente toda una puta cuando recuerda decirles a los muchachos que el pago es por adelantado. Se siente tremenda mientras marcha con ellos y toma el taxi en la esquina de la 63, cuando acaricia sus recuerdos al mismo tiempo que su filosa excitación, mientras manosea ambos bultos al mismo tiempo que le da direcciones al chofer el taxi. Se siente satisfecha, orgullosa, toda una profesional.

Discovering Shelter Island


¿No sabías que en el hueco del caballo estaban esperándote los griegos? ¿Por qué no le hicieron caso al disciplinado troyano que marchó hacia su ombligo murmurando que a los griegos no se les podía creer nada?

En tu ombligo escribiré un nombre nuevo, uno que todavía nadie ha usado. Tiene olor, forma y color de caramelo. Siempre estoy preguntándome si tu nombre habrá de definir tu destino, como el mío. Creo que no debo de preocuparme tanto. Posiblemente el destino haya ya decidido este nombre.

No quiero pronunciar nada sobre una mesa de madera vieja. Hay una chica francesa vendiendo palabras mal pronunciadas. Algunas de ellas son muy interesantes.

Las conchitas sobre la arena producen unas alucinaciones deliciosas. Estuve besándolas un buen rato, quería deshacerme del aroma de jabón. Creo que me llevaré unos pedacitos al laboratorio. Otros trocitos irán a parar al pabellón quirúrgico, se merecen una buena pintada.

No se puede ver la caída del sol entre los árboles. Hay un pez metido de cabeza en la grama de una de las casas de Shelter Island y la mesera dice que se le han terminado los mojitos. Nos cambian mojito por caipirinha y el sol viene a pasear entre nosotros y nos murmura cochinadas en el oído. Me gusta escuchar las cochinadas contigo, lástima que ambos estemos tan cansados.

Me gustó mirar el mar en Shelter Island. Me gustó respirar esta noche contigo.

Liv


Nos conocimos en un seminario de yoga al que había asistido de curioso, en una de la callecitas abandonadas (ahora rejuvenecidas con discotecas y bares) de la zona del mercado de pescadores.

Se le ocurrió estudiar yoga luego de un viaje de dos meses a la India. Encontró el anuncio de clases semanales por menos de 100 dólares en Craigslist y se inscribió inmediatamente.

A la tercera semana de clases la invité a cenar. Le pregunté si conocía algún restaurante de sushi cerca y ella me dijo que había uno en Gramercy Park a la vuelta de su depa. Aprendí esa noche que a Liv le encantaba hacer caras. Achinar los ojos, encojer los labios, agrandar las bolas de los ojos. Era una experta en muecas.

Conseguí que me invitara a su departamento. Era un estudio pequeño. No había separaciones entre la sala y el dormitorio. La cama, ordenada y cubierta con una muy femenina cubrecama de rayas rosadas me miraba todo el rato. Quise besarla.

-Creo que estamos yendo demasiado rápido-me dijo. Y yo no insistí.

Estuvimos haciendo boberías, contándole de mis clases avanzadas de guitarra y de mi breve experiencia como corresponsal de guerra en Afganistan. Casi se orina de risa cuando le dije que todo había sido culpa de mi falta de inglés y de mi mala costumbre de no tener un aparato de televisión durante más de diez años. «Yo pensé que la guerra ya se había acabado». Estaba entre sorprendida y desconfiada de mi absoluto desconocimiento de los temas de actualidad

-¿Cómo puedes trabajar de fotógrafo para periódicos si no sabes lo que pasa en el mundo? Liv tenía (tiene aún) , un modo muy peculiar de interrogar con la mirada. Mueve las cejas así y asá, giran los rulitos castaños sobre su frente y sus pechos parecen rebalsar debajo de la camiseta.

Le expliqué que mi trabajo poco tenía que ver con la actualidad. Por ejemplo: fotografiaba un árbol a punto de derrumbarse en una calle de Brooklyn, fotografiaba animales que merodeaban debajo de ese árbol y usaba la computadora para hacer collages fotográficos. Ilustraciones que parecieran fotografías. Me gustaban los colores vivos, los rojos Almodóvar, los amarillos Kubrick. No me entendió lo de Almodóvar ni lo de Kubrick con lo cual me di el gusto de replicar que si bien mi desconocimiento de la actualidad era terrible, su ignorancia acerca de películas era total.

-La última vez que fui al cine fue antes del 2000. Una película de drogas y lesbianas atolondradas.

Le respondí que esa bien podría haber sido una película de Almodóvar. Le mencioné todos los títulos pero ella no parecía acordarse de ninguno. Apenas si recordaba una escena en que una salchicha de carretilla se transformaba en nave espacial. Me dejó en la luna. Me lancé otra vez a besarla y esta vez me dejó. Sus labios eran frescos y tiernos.

-Creo que estamos yendo demasiado rápido-murmuró. Y con las manos apretó mis bolsillos y me preguntó -¿Qué llevas acá?
-Un condón-respondí. Y no paramos de reirnos mientras nos desnudábamos con prisa.

En la mañana Liv volvió a hacer sus muecas deliciosas mientras me recitaba un largo menú con todo lo que podía prepararme para el desayuno. Le dije que si me alcanzaba la guitarra que colgaba en la pared, le podía dedicar una canción. Le compuse una melodía que ella escuchó en silencio, mientras jugaba con su manos debajo la sábana, volviéndome un amasijo de ternura mientras intentaba traducir en música lo que sentía por ella esa mañana.

Creo que lo conseguí.

The Grocery Store


Grandpa walked every morning, by the olive tress, on the dusty road from the main plaza towards the grocery store of his best friend: Manu.

Once, when I was 7 years old, I went with him to the store. Out of curiosity I asked him who was the oldest one. Grandpa lighted his cigarette, puffed once, smiled looking to the roof and never answered. I did not ask him again.

Grandpa died when I was 19. At that time he had forgot almost everything, he passed the whole day walking around our house in the capital and spitting over the floors just waxed. One day he opened the door and started to walk away. He walked a long distance before we could find him. I asked where he was going and he barked back that he was going towards the mountains «to kill Indians». His eyes were red and I could feel that he was going to spit to my face if I dared to oppose him.

When I was a kid I liked to run from the old house, bare foot, towards the grocery store. There were always people around the streets that knew me, old aunts, uncles, young cousins. The last time that I went to the town I was 30. While driving around the main plaza I could not recognize anybody sat down on the benches there.

A pinky-cheeks guy of my age waved hello to me. He asked for my family. «Everybody moved to Lima,» I said, from my almost brand new 4-wheel drive black SUV. He told me that he married with the daughter of the school’s director and worked the olives of her family. I said bye and drove towards Manu’s store.

Manu was still there, as old as the things that he displayed on the shelves of his store. He did not recognized me at first. When he did, he seemed to be happy to know that my family was surviving in the capital.
-Who was the oldest of you Manu? I asked before leaving. It was the kind of stupid question that you ask because you don`t have anything else to say.
-Your grandpa did not tell you? We were born the same day. He smiled and turned around to look for some invisible cigarettes.

I smiled back. I knew he was lying.

El mito del eterno Macondo


En el galeón español regresan de los Estados Unidos los inmigrantes asustados. Se fueron agarrándose a su última esperanza, pero ahora regresan absolutamente desesperanzados a terminar su vejez.

Sin embargo el destino, que va en círculos, les tenía preparada una última sorpresa. Cuando el capitán del galeón, un marsellés de mal carácter, intentaba ganar una atajo para desembarcar la carga en el Perú rapidito y seguir viaje hacia las minas del sur, se le atracaron los mástiles en una maraña de lianas y vegetación salvaje.

Al bajar del barco para comprobar la magnitud de los daños, los marineros se encontraron con una turba de inmigrantes hambrientos y haraposos que habían partido 2 años antes, huyendo de los fantasmas y los gallos de pelea, en busca del camino del mar.

Pero el mar no estaba por ningún lado. Lo único que quedaba de todo el desastre era el velamen del destrozado galeón y un montón de jaulas vacías con las que los maquinistas coreanos, en complicidad con el capitán, querían hacerse un sencillito extra a su regreso a los Estados Unidos, capturando loros en peligro de extinción y monos tití.

Todo lo demás era espacio y silencio, que sería llenado de mineral una vez que el barco anclara en las costas doradas del sur.

Como el marsellés ni los coreanos parecían saber en lo que se habían metido, los dos peruanos, con ayuda de los más forzudos de los haraposos aventureros, se hicieron del dominio del galeón y procedieron al reparto equitativo de los víveres y de las gaseosas.

Cuando no quedó más que repartir, los peruanos y los aventureros– todos hombres honrados de la costa de Barranquilla–(¡ve tu a saber como terminaron los coreanos y el marsellés metiéndo al galeón por el Caribe!) decidieron seguir por una trocha misteriosa entre la ciénaga, donde creyeron que se pudo haber escondido el mar.

A los pocos días llegaron a un terreno que les pareció propicio y uno de los peruanos, que tenía sueño fácil, despertó sudando y gritando que había visto la imagen de un cóndor gigante cargando entre sus garras dos carneros dorados bañados en sangre.

El líder de los barranquilleros, que parecía tener talento para descifrar los sueños y que además parecía haberle cogido afecto a los peruanos, les dijo a los otros «Hasta aquí nomás llegamos. Acá se funda la ciudad».

Sin embargo no aceptó el nombre que, según el peruano, le había gritado el cóndor mientras él dormía: Resinacocha.

El líder de los colombianos ya tenía el nombre pensado desde hace bastante tiempo y hasta parece que había escrito un par de cuentos acerca de una ciudad con ese nombre.

Hincó un huesito de pollo en la ciénaga y allí volvió a fundar Macondo.

(Escrito en Austin, Texas. January 31st, 2007)

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