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The New York Street

Un blog lleno de historias

¿Master?

Joaquin Phoenix es uno de los protagonistas del filme de Paul Tomas Anderson, quien escribió el guión sobre detalles biográficos del fundador de la cienciología.

Tom Cruise era un muchachito con pinta de matálas callando que se bajaba de su avión a chorro después de varias piruetas aéreas y jugaba partidos de voleibol de playa sin que se le moviera la gorra de béisbol. Como muchos limeños de clase media,  dándonos tiempo entre apagón y apagón, suavizando nuestra juventud atolondrada por los balconazos de Alan García y la ominosa presencia de Sendero Luminoso en la vida peruana, yo y mis amigos nos encontramos en el cine Real, vimos Top Gun y salimos, cada cual a su manera masticando nuestro chicle bomba y creyéndonos que si mirábamos a las chicas desde el ángulo correcto nos iban a ver igualitititos a Tom Cruise.

¿Qué tipo de persona era Tom Cruise? Al parecer era inteligente. Pronto pasó de los papeles irrelevantes a otros con mucho más peso y compromiso político como Nacido el 4 de julio. Sin despeinarse en la transición de estrella juvenil a protagonista mediático, y sin dejar de sonreir como si fuera capaz de acostarse con todas las estrellas del cine; pronto Tom Cruise escogió como su pareja a Nicole Kidman, y  cerró su carrera ascendente protagonizando con ella Eyes Wide Shut, bajo la dirección de Stanley Kubrick.

Entonces llegó la cienciología.

Es imposible desatar la imagen de Tom Cruise de una historia como The Master, que ficcionaliza detalles históricos, bien documentados, sobre la vida de Ron Hubbard, el fundador de la cienciología.

La película ofrece escenas de una composición bellísima; la actuación de Philip Seymour Hoffman y Joaquin Phoenix es impecable; y la historia–que por ratos avanza a trompicones y se pone lenta y banal–le da al espectador una idea muy general sobre las condiciones en que se genera el nacimiento de esta secta. Porque no se puede llamar de otra manera a una organización con fines de lucro que afirma, entre algunas de sus creencias  más descabelladas–distribuidas a los fieles nivel a nivel, dependiendo del tamaño de las contribuciones del creyente–que la Tierra fue en algún momento poblada por millones de personas traídas a este planeta en naves espaciales comandadas por Xenu: un dictador extraterrestre.

Si bien hay personas [que parecen] inteligentes convencidas de que todo lo que hay en este mundo fue creado en siete días con el soplo de un Creador, o  que el hombre no tiene ningún parentesco con los monos a pesar de la evidencia científica, o que las damas no deben enseñar el cabello  ni los niños tocar la flauta en días sagrados; me parece que la mera existencia de Xenu–y otras barbaridades, como su lectura de la reencarnación–en los códices de la cienciología; pone en evidencia el burdo montaje de Hubbard, cuyo paralelo peruano lo pondría al nivel del loquito Mario Poggi, el exhubearante psicólogo, ventrílocuo,  asesino confeso, showman y autor libros de auto ayuda como Mi primer pajazo(1970).

Hay locos que van a prisión y se mueren misios e incomprendidos; y otros locos que triunfan. Hubbard, un oportunista que habría visto dinero en el negocio de la religión, fue uno de ellos. En una sociedad donde lo espiritual está tan conectado con lo económico, The Master denuncia la tremenda facilidad con que las masas tendemos a creer en lo que nos asegura una mente convencida de su superioridad.

Puede pasarle a Tom Cruise o a cualquiera de nosotros. Rebusquemos un poquito en nuestra fe y encontraremos creencias banales y/o irracionales asentadas como verdades absolutas.

Hace poco un amigo me obligó a no pasar debajo de una escalera. «No hay que tentar a la mala suerte», me dijo. Y yo le hice caso.

Es bueno revisar con cuidado aquello que nos dicen esas personas que se creen estar en una posición superior o saber más que nosotros: desde el púlpito, desde el pupitre o desde la pantalla de una computadora.

Toda verdad siempre merece una segunda revisión.

Hoja de vida

Celebrando un cumpleaños en Lima con mis amigos

Hace muchos años, ante la indecisión de estudiar lo que me gustaba o hacerle caso a mi padre y meterme a la carrera de derecho, mi madre me aconsejó seguir lo que mi corazón decía. No le hice caso. Bueno: a medias. La carrera de comunicaciones le dejaba cierto margen de movimiento a mi lado creativo y no me hacía parecer un vago sin intenciones ante mi padre, a quien sí le hubiera desilusionado que desde un principio me metiera a estudiar lo que mi corazón quería: literatura.

«Puedes estudiar derecho y escribir en tus ratos libres», decía él.

Era una preocupación económica. Las universidades deberían de proveer un conjunto de herramientas para ganarse la vida sin sufrir demasiado. Un abogado egresado de una universidad tiene muchas más opciones de llevar una vida sin angustias económicas que un escritor salido de una universidad prestigiosa. Además, la escritura tiene que ver con el talento. Ninguna universidad garantiza el éxito económico para un escritor y la calidad de escritura de un universitario depende de factores que poco tienen que ver con el pago de la matrícula y la superación de exámenes.

Así que siempre fui un comunicador de medio pelo. El título–cartón que debe de estar en algún lugar debajo de la ruma de papeles al lado de mi escritorio–sirve para muchas cosas útiles, mas no para cambiarnos la vocación. Mis experiencias con las cámaras y otros equipos de la universidad fueron penosas, los guiones que escribí para programas de radio y experimentos televisivos fueron apenas más excitantes que los preparativos escolares para los examenes de la quinta nota. Mis bocetos publicitarios fueron salidas al paso, tal vez ingeniosas. Mis fotografías no transmitieron nada que no comunicara cualquier fotógrafo calichín. Al parecer–según las confidencias posteriores de algunos de los excelentes maestros que tuve en la universidad–donde yo destacaba era en mis examenes escritos. Ciertas basuras teóricas eran bien explicadas y perfectamente analizadas en mis largos párrafos de correcta gramática y casi perfecta ortografía. Tenía facilidad para enlazar oraciones y hacerlas decir algo.

Mis realizaciones personales durante mis primeros años de egresado, consistieron en la creación de algunos personajes de historieta–mediocre, si lo comparamos con la obra de maestros del género como Juan Acevedo–; y la constancia con que me aferré a mis amistades. Cierta facilidad en el trato me ha llevado por la vida llenándome de conocidos a quienes estimo y que, sin exagerar, considero mis amigos.

Muchos años despúes, desempañándome en oficios alejados de la profesión, haciendo mi vida tal vez un poco más complicada de lo que debió ser, he llegado hasta el 2012 seguro de que mi vocación por la escritura es la que me permite trascender, la que me llena y me permite soñar en cosas más grandes. Y he llegado rodeado de amigos, que me soportan y de vez en cuando me leen.

Por mí, porque cualquier mejora en la forma y en el contenido del texto dependerá del sacrificio de otras actividades para darle más tiempo a la lectura y a la escritura; y para ellos–mis amigos, viejos y futuros–es que sigo escribiendo.

Lima parada

En esta toma de la pantalla del CanalN, un caballo de la policía montada limeña, –con una pierna destrozada–intenta abrirse paso entre la turba de delincuentes del barrio de La Parada.

Ella, que desde la oscuridad me acusaba de ser un ocioso, de inventar excusas para no presentarme a clase, me llamó una tarde sólo para decirme que había estado leyendo la novela y le había chocado mucho uno de los párrafos.

«Yo no puedo ir al Perú hace años, pero cuando llegué a esa línea…era como si tú estuvieras describiendo la imagen que yo tenía de Lima en mi cabeza.»

Yo temo sus llamadas porque con bastante frecuencia las usa para lanzarme críticas o decir alguna estupidez que–por motivos extraños–siempre me afecta. Así que le dije que siguiera leyendo, que me comentara cuando acabara de leerla. En unos meses ella iba a regresar a Lima después de vivir 10 años en Nueva York y yo sabía que le iba a chocar.

«¿Cómo es?¿Cómo se siente volver a ver todo lo que has dejado atrás?» me preguntó.

Me hubiera gustado tener, en aquel momento, la paciencia para describirle la angustia previa. Pero con ella nunca tengo paciencia, o temo que entienda mi paciencia como debilidad y la utilice para burlarse de mis defectos. Así que sólo le dije «No pasa nada».

Durante ocho años, mi pesadilla recurrente era la de volver al Perú y descubrir que ya no podía regresar. Había terminado mi novela apresurado, con la convicción de que si volvía a ver Lima se iba a arruinar la fotografía que yo tenía de ella. Las imágenes que yo guardaba de mi ciudad–me convencí–no iban a coincidir con ese monstruo en permanente transformación que era la Lima del siglo 21.

Tenía razón–en parte–pues el camino desde el aeropuerto hasta mi casa había sido recuperado al polvo y al descuido. Sin embargo, bastaba salirse algunas cuadras de ese «callejón imaginario de progreso» para encontrarse con la misma ciudad de antes.

La ciudad a la que me refiero, no tiene que ver con las tiendas y los túneles nuevos, si no con algunas actitudes limeñas. Ciertas maneras que tiene el misio para pararse en una esquina, ciertas actitudes que mantiene el achorado para caminar al borde de la calzada, cierta forma de mirar del choro, el delincuente–atento, pero como si lo que hicieran los demás no le interesara.

Vi en Lima una sensación de orden endeble. Como si se le hubiera aplicado al caos una primera mano de pintura, pero aquella primera capa solo sirviera para disfrazar la precariedad. En los viajes siguientes esta sensación se ha ido debilitando. Al parecer ya vamos por la tercera o cuarta capa de orden. Conforme pasen los años es posible que de la Lima de 1999 ya no quede nada.

Los desmanes de La Parada son el recuerdo de lo que sigue mal.

Cuesta creer que esas pandillas de delincuentes vayan a desaparecer de un día para otro. La violencia que vi en la televisión, me hizo recordar la energía negativa de la que yo mismo participaba cuando me metía en el estadio: el ritual delincuencial de la tribuna (del que yo formaba parte por unas cuantas horas) que para muchos barristas significa una forma de vida.

Esa gente del barrio de San Pablo y esos jóvenes que crecen en el cerro El Pino, deben tener una imagen bastante distorsionada de «nuestro» futuro limeño. ¿Son en realidad una minoría? Porque el discurso formal–y la opinión pública–parecen apuntar a que el comercio formal y el modelo económico Gamarra es lo que ambiciona un pequeño negociante. La Parada sería «el pasado». No sé que tan cierto sea este diagnóstico.

La precaria Lima sin reglas parece estar cediendo el paso a una comunidad integrada alrededor de leyes parecidas a las que sostienen modelos urbanos civilizados. Para que se redondee la ecuación, tal vez también tendrían que desaparecer los negocios que hacen dinero violando la propiedad intelectual (Conseguí 300 canciones de rock en español, en dos CDs, por 2 dólares ) pero dado que la piratería se realiza de modo similar en ciudades del primer mundo–si bien no tan abiertamente como en Lima– ese podría ser un problema no tan estrechamente relacionado con la precariedad limeña.

La cultura es el siguiente paso. Ahí también hay avances.

Fui al teatro después de muchos años. Las caras en el escenario y en la tribuna son multiraciales. Y basta con encender la televisión para comprobar que desde el canal nacional público hasta los privados del cable, la oferta televisiva es mayoritariamente local, las producciones nacionales–sean copias de programas extranjeros o proyectos peruanos originales–van en el camino de crear una identidad nacional reflejada en la oferta televisiva. Es decir: el limeño ve al limeño. El limeño juzga al limeño, se ríe del limeño, odia e idolatra al limeño.

No sólo los artistas locales se están beneficiando de mayores oportunidades de ingresos. Es de esperar que los guionistas se alejen poco a poco de los clichés importados. Así discrepemos con los productores sobre el valor de estupideces mediáticas como Combate o Esto es guerra; el peruano está viendo a peruanos en su pantalla, se está enamorando de las piernas y de los muslos de personas con las que podría cruzarse en la calle. No están muy lejos los tiempos en que lo más inteligente y lo más estúpido de la televisión venía enlatado o que todas las caras en la televisión nacional tenían rostro blanco y ojos claros.

A ella la voy a ver mañana. Estoy seguro que me va a preguntar lo que pienso acerca de La Parada.

Me dijo que le habían robado la cartera (y con ella mi novela) así que no espero ningún comentario constructivo sobre mi escritura. Con suerte habrá leído esta entrada, y antes de hacerme una pregunta, conocerá la dirección y el tono de mis reflexiones.

Le recordaré el párrafo que me mencionó hace algunos años. Creo que será inútil: ella ya estuvo en Lima dos veces, y después de verla, las fotos del pasado tienden a evaporarse.

Quiero pensar que este fenómeno es bueno: que el tiempo borrará–también–el dolor asociado con aquella ciudad.

Lima parada

En esta toma de la pantalla del CanalN, un caballo de la policía montada limeña, –con una pierna destrozada–intenta abrirse paso entre la turba de delincuentes del barrio de La Parada.

Ella, que desde la oscuridad me acusaba de ser un ocioso, de inventar excusas para no presentarme a clase, me llamó una tarde sólo para decirme que había estado leyendo la novela y le había chocado mucho uno de los párrafos.

«Yo no puedo ir al Perú hace años, pero cuando llegué a esa línea…era como si tú estuvieras describiendo la imagen que yo tenía de Lima en mi cabeza.»

Yo temo sus llamadas porque con bastante frecuencia las usa para lanzarme críticas o decir alguna estupidez que–por motivos extraños–siempre me afecta. Así que le dije que siguiera leyendo, que me comentara cuando acabara de leerla. En unos meses ella iba a regresar a Lima después de vivir 10 años en Nueva York y yo sabía que le iba a chocar.

«¿Cómo es?¿Cómo se siente volver a ver todo lo que has dejado atrás?» me preguntó.

Me hubiera gustado tener, en aquel momento, la paciencia para describirle la angustia previa. Pero con ella nunca tengo paciencia, o temo que entienda mi paciencia como debilidad y la utilice para burlarse de mis defectos. Así que sólo le dije «No pasa nada».

Durante ocho años, mi pesadilla recurrente era la de volver al Perú y descubrir que ya no podía regresar. Había terminado mi novela apresurado, con la convicción de que si volvía a ver Lima se iba a arruinar la fotografía que yo tenía de ella. Las imágenes que yo guardaba de mi ciudad–me convencí–no iban a coincidir con ese monstruo en permanente transformación que era la Lima del siglo 21.

Tenía razón–en parte–pues el camino desde el aeropuerto hasta mi casa había sido recuperado al polvo y al descuido. Sin embargo, bastaba salirse algunas cuadras de ese «callejón imaginario de progreso» para encontrarse con la misma ciudad de antes.

La ciudad a la que me refiero, no tiene que ver con las tiendas y los túneles nuevos, si no con algunas actitudes limeñas. Ciertas maneras que tiene el misio para pararse en una esquina, ciertas actitudes que mantiene el achorado para caminar al borde de la calzada, cierta forma de mirar del choro, el delincuente–atento, pero como si lo que hicieran los demás no le interesara.

Vi en Lima una sensación de orden endeble. Como si se le hubiera aplicado al caos una primera mano de pintura, pero aquella primera capa solo sirviera para disfrazar la precariedad. En los viajes siguientes esta sensación se ha ido debilitando. Al parecer ya vamos por la tercera o cuarta capa de orden. Conforme pasen los años es posible que de la Lima de 1999 ya no quede nada.

Los desmanes de La Parada son el recuerdo de lo que sigue mal.

Cuesta creer que esas pandillas de delincuentes vayan a desaparecer de un día para otro. La violencia que vi en la televisión, me hizo recordar la energía negativa de la que yo mismo participaba cuando me metía en el estadio: el ritual delincuencial de la tribuna (del que yo formaba parte por unas cuantas horas) que para muchos barristas significa una forma de vida.

Esa gente del barrio de San Pablo y esos jóvenes que crecen en el cerro El Pino, deben tener una imagen bastante distorsionada de «nuestro» futuro limeño. ¿Son en realidad una minoría? Porque el discurso formal–y la opinión pública–parecen apuntar a que el comercio formal y el modelo económico Gamarra es lo que ambiciona un pequeño negociante. La Parada sería «el pasado». No sé que tan cierto sea este diagnóstico.

La precaria Lima sin reglas parece estar cediendo el paso a una comunidad integrada alrededor de leyes parecidas a las que sostienen modelos urbanos civilizados. Para que se redondee la ecuación, tal vez también tendrían que desaparecer los negocios que hacen dinero violando la propiedad intelectual (Conseguí 300 canciones de rock en español, en dos CDs, por 2 dólares ) pero dado que la piratería se realiza de modo similar en ciudades del primer mundo–si bien no tan abiertamente como en Lima– ese podría ser un problema no tan estrechamente relacionado con la precariedad limeña.

La cutura es el siguiente paso. Ahí también hay avances.

Fui al teatro después de muchos años. Las caras en el escenario y en la tribuna son multiraciales. Y basta con encender la televisión para comprobar que desde el canal nacional público hasta los privados del cable, la oferta televisiva es mayoritariamente local, las producciones nacionales–sean copias de programas extranjeros o proyectos peruanos originales–van en el camino de crear una identidad nacional reflejada en la oferta televisiva. Es decir: el limeño ve al limeño. El limeño juzga al limeño, se ríe del limeño, odia e idolatra al limeño.

No sólo los artistas locales se están beneficiando de mayores oportunidades de ingresos. Es de esperar que los guionistas se alejen poco a poco de los clichés importados. Así discrepemos con los productores sobre el valor de estupideces mediáticas como Combate o Esto es guerra; el peruano está viendo a peruanos en su pantalla, se está enamorando de las piernas y de los muslos de personas con las que podría cruzarse en la calle. No están muy lejos los tiempos en que lo más inteligente y lo más estúpido de la televisión venía enlatado o que todas las caras en la televisión nacional tenían rostro blanco y ojos claros.

A ella la voy a ver mañana. Estoy seguro que me va a preguntar lo que pienso acerca de La Parada.

Me dijo que le habían robado la cartera (y con ella mi novela) así que no espero ningún comentario constructivo sobre mi escritura. Con suerte habrá leído esta entrada, y antes de hacerme una pregunta, conocerá la dirección y el tono de mis reflexiones.

Le recordaré el párrafo que me mencionó hace algunos años. Creo que será inútil:  ella ya estuvo en Lima dos veces, y después de verla, las fotos del pasado tienden a evaporarse.

Quiero pensar que este fenómeno es bueno: que el tiempo borrará–también–el dolor asociado con aquella ciudad.

Noche cerrada

Fuente en el Palacio Belvedere (Viena)

¿Y si La Noche está cerrada

qué vamos a hacer?

Tus ojos serán mis ojos y nuestra pierna nos perderá por estas calles

tan vacías de camino.

Somos Noche, mujer. Somos Noche, hombre

Girasol encerrado en una calle soñolienta:

¡Espía lo que hace el sol!

Quisiéramos algo más/ Farolas viejas…

Porque dos ojos que se miran

Sólo se miran

Y un par de manos que se vuelven a tocar cierran el Círculo

No te necesitamos esta noche, Noche mía.

Mandaremos sobre el humo

¿Más de una cerveza? ¿Un chilcano de pisco para montar guardia?

La señora que ilumina el bar nos tiende dos soles tendidos: tiene acento europeo,

Pero cobra como limeña vieja, contra ese ángulo de la pared

Donde no llega

La pintura/ Ni el ruido de nuestros pasos.

Nos tambaleamos de alegría frente a los Diablos Rojos…

Se nos ha cerrado La Noche

¿Qué haremos?

Desharemos el día a partir de hoy,

Nos reiremos

Y en la risa vendrá la paz.

¡Comenzaremos un calendario bisiesto!

Mujer de La Noche, Hombre de La Noche.

Siempre estaban en lo cierto:

No importa La Noche cerrada,

Fuera de sus puertas, envolvente

Tú serás el Centro.

Aquella salsa

Las canciones de Marc Anthony me hacen recordar la Panamericana Sur. Especialmente una curva en la carretera, a la altura de la quebrada de Agua Salada, donde recibí mi primera lección de salsa:

Escucha hijito. Ésto es música–dijo mi prima, mientras sonstenía el timón de su auto con una mano y con la otra trataba de hacer funcionar la casetera.

La carretera iba al borde de un precipicio. Desde la tapa me miraba un flaco de lentes y despeinado. No recuerdo si fue una sensación cercana al vértigo, ni si aquella tuvo que ver con la fuerza con que aquella música se fijó en mi memoria. Sólo sé que años después–muchos años después–aún escucho cualquier canción de Marc Anthony y vuelve a repetirse en mi cabeza aquella carretera al borde de los acantilados. ¿A dónde íbamos? La Panamericana Sur, que estuvo a punto de desaparecer durante los 80’s, había sido completamente reparada. Las líneas amarillas y blancas brillaban sobre el nuevo asfalto. El viaje entre la playa de Silaca y el puerto de Chala duraba la mitad que cuando la carretera estaba parchada de agujeros. Por lo tanto, no pudieron ser más de cuarenta minutos de música.

No me importa su vida sexual (ni con Jennifer López ni con Miss Puerto Rico);  pero lo escucho y aquella carretera aparece en mi memoria con la música de fondo y un Tercel azul que chilla en las curvas a casi 100  kilómetros por hora…

Jamás fui salsero: un salsero sabe bailar y yo no lo sé. Mi torpeza se extiende hasta la pubertad (¿14 años?), hasta la espalda de una muchacha que me tuvo que detener porque en medio de un quinceañero, sin darme cuenta de nada, siguiendo el ritmo de la salsa con mis dedos en su espalda, estaba a punto de desabrochar su brassiere.

Mis mejores memorias: sentado sobre una silla Comodoy, pegado a la pared, en el salón de la casa de mis primos, durante las fiestas de año nuevo familiares, viendo a tíos y a tías bailando Fuma el barco y Caballo viejo.

También están los recuerdos incómodos: una y otra mujer queriendo enseñarme a mover los hombros, las caderas, a enderezar lo que parecía no enderezable.  Mi madre forzándome a bailar con ella, mi hermana forzándome a bailar con ella. Y en otras ocasiones me veo feliz, ebrio, aprendiendo a dar vueltitas, a repetir el mismo paso una y otra vez, o marchando abrazado al tren interminable mientras los parlantes anunciaban que yo dejé mi corazón que sólo vive, en un mágico rincón de mi Caribe.

Pero si escucho: Yo que te conozco bien, me atrevería a jurar que vas a regresar que tocarás mi puerta... la memoria viaja hacia una geografía específica y a un tiempo específico de mi adolescencia.

Creo que se debe a cierto tipo de barrera inconsciente: a mí me gustaba andar con los chancabuques altos y la camisa de franela. No me gustaba el sistema. Me gustaba el rock subterráneo y no la salsa, porque la salsa era parte del sistema. Todo lo que sucedía en la radio era parte del sistema. Y para aquel muchacho que era yo, el iluso que creía marchar a los márgenes de la sociedad, Marc Anthony no podía pasar aquella barrera.

Sin embargo, él la pasó.

Hoy lo escucho en el auto mientras marcho a comprar lo que necesito para sobrevivir al desastre. Por estas calles de troncos caídos, su voz sigue llevándome a una época en que la música y el amor eran lo más importante. Avanzando con cautela hacia una tienda A&P, sin querer pensar en otra cosa que una lista de víveres, aparece su voz y mi mente viaja hacia el pasado, hacia aquella carretera donde Llegaste a mí.

Austerlitz o la balada del niño del tren

A Sebald hay que leerlo varias veces y en la altura ¿Qué tan alto? A 40,000 pies. En un avión. Es más, en varios aviones de este a oeste, de norte a sur y de sur a norte. Hay que leerlo con los oídos tapados por la presión y con una lamparita de luz blanca fija en la página. No existe otra forma de leer a Sebald y entender la magnitud de su libro: Austerlitz. El hombre que mira hacia el futuro y no entiende nada, hasta que el pasado le pasa la factura. Austerlitz: el niño estúpido, el viejo sabio, el ignorante, el excéntrico; el inglés, el checo y el francés; el experto en arquitectura, en historia y en arte; el erudito, el ermitaño, el desamparado.

Un libro para que contenga a todos los libros: como el anillo. Unas páginas que contengan a todas las páginas que se han escrito sobre las consecuencias del holocausto.Una novela que te ponga –a mitad del libro– en la situación de decidir si es mejor seguir leyendo o ponerse a vomitar, a llorar o a escupir al cielo. Un álbum lleno de fotos, con un niño-anciano que las recorre como camina Europa y describe la insensatez de levantar fuertes indestructibles o magníficas estaciones de tren. Una tertulia que se extiende por un número indefinido de años: que marcha de los franceses, a los ingleses; de los alemanes a los checos, de un edificio en Antwerp hasta un campo de concentración en Terezin.

Una novela que intenta explicar la locura y la barbarie sin gritar. Una historia que se resume (tan bien) en esas manos arrugadas de una mujer que se cubre los ojos –porque no puede creerlo– y pregunta «¿Eres tú Jacques?«.

Hay que leerlo, bajo las condiciones establecidas. Porque intenté acabarlo antes y no me pareció lo mismo. Porque sólo lejos del suelo firme parece entenderse el tamaño de la reflexión. Max Sebald, muerto antes de los 60: alemán y escritor. Austerlitz: batalla, Austelitz: librazo.

Ciudadano de tal

Los dientes de Guillermo son muy blancos. Hace años que se convenció de que era la única parte de su rostro que podía transformar (podría haber pagado una cirugía, pero aquello lo hubiera convertido en el punto de las burlas de sus amigos).

No sé qué es lo que hace a Guillermo tan feo. Tal vez sean las convenciones de lo que llamamos simétrico o asimétrico. O quizá es alguna condición genética. Su rostro es como un boceto de rostro. Es una obra en la que al creador le faltaron minutos para poner todos los elementos en orden. Su cara es una cosa cubista, y dentro de aquél cubo, sus dientes brillan. Además de los dientes, Guillermo tiene una voz perfecta. Jamás la ha trabajado, fluye como si perteneciera a otro. La ha usado para el mal: es cierto. No son pocas las mujeres que han caído atrapadas en sus discursos ingeniosos y sus trampas telefónicas. De joven –cuando el teléfono aún era la forma más común de comunicarse entre los jóvenes y Guillermo tenía más tiempo porque no trabajaba 80 horas a la semana en el empleo que ahora le permite pagar 200o dólares por blanquearse los dientes–, planeaba sus incursiones telefónicas con la misma astucia conque los muchachos guapos planeamos nuestros encuentros cara a cara. A nosotros nos preocupaba lo visual: Guillermo vivía obsesionado con los detalles auditivos.

Caminaba por Lima en búsqueda de números telefónicos. Las presas más fáciles eran las secretarias que atendían en tiendas y oficinas. Si le gustaban, conseguía los números en la guía y las llamaba. Una vez que las tenía en la línea era sencillo engatusarlas. Sabía cómo ordenar sus palabras, como modificar el timbre de voz para generar confianza, intriga, convicción y esperanza. Prometía amor y le creían. Después de tres o cuatro largas conversaciones en la oficina, ellas le confiaban el número de sus casas. Prometían estar solas en la noche, con el teléfono muy pegado al cuerpo para escuchar lo que la voz les ofrecía. Y a solas, él les prometía lo que jamás se iba a atrever a decirles cara a cara. «Su voz» pensaban ellas, mientras la electricidad les bajaba por el espinazo y las cruzaba de dicha «¿Cuándo te veo mi amor?» decían ellas y si él se aburría de su insistencia decidía olvidarlas.

Intentó ser locutor, pero en la conversación masiva su voz era fragil. Su talento se apagaba si la conversación no era de uno a una, si más de un oído recibía su mensaje.

Al terminar la secundaria consiguó un trabajo estable y pudo pagarse las prostitutas que le aliviaron la sensación pecaminosa de masturbarse demasiado al teléfono. Intentó vendar a  una de ellas, pero el resultado no fue el mismo:ella sabía que aquella voz provenía de una cara deforme. No se entregaban con la misma pasión de las muchachitas telefónicas. Guillermo también intentó con una muchacha ciega pero aquella vez lo consumió la autoculpa. Cuando la muchacha le pidió que la tocara, él no se atrevió. Por más que quería, no se le paraba.

Por esa época, cuando casi no le interesaba conocer mujeres porque creía haberse acostumbrado a su dieta semanal de putas,  conoció a una satipeña con los dientes blanqueados y le asombró que por prestarle demasiada atención a la dentadura se demoró en percatarse de ciertos defectos del rostro que otras veces le hubieran resultado inaguantables. Se le ocurrió una estrategia combinada : la magia de los dientes blancos serviría de droga de acercamiento. Sería una pantalla que bloquearía la primera impresión desafortunada que siempre provocaba su rostro. Los dientes le comprarían el tiempo necesario para hablar. En los segundos posteriores al encontronazo, mientras la blancura cegadora bloqueaba los otros sentidos de la víctima, Guillermo trabajaría la entrada al corazón de ellas con su voz. «Será hipnotismo puro», pensó Guillermo entusiasmado, mientras se lavaba los dientes.

Consiguió los números de los especialistas. Se inscribió en un tratamiento intensivo que incluía blanqueo y detalles estéticos. En unas semanas estuvo listo. Marcó un número telefónico al que le venía dando vueltas en la cabeza desde hacía algunos meses. Se llamaba Mariana: puta de alto vuelo. Carraspeó en el auricular, habló sin entonar, cortando las palabras, negoció el precio y el tiempo antes del encuentro. Ella llegó a su departamento y él abrió la puerta: 5, 10, 15, 20, 25 segundos….un pequeño destello antes de que Mariana pusiera ese gesto de rechazo que Guillermo conocía tan bien. Ella dudaba pero era una profesional. Él le apretó la cintura y le dejó saber que se trataba de un buen cliente.

Guillermo, con paciencia, perfeccionó su técnica. En los 25 segundos, de alguna manera conseguía sacar su rostro del ángulo de visión de las muchachas. Acercaba la boca a la oreja, ponía las manos (gruesas, ásperas, intimidantes, calurosas) en el cuello de ellas, al comienzo de la espalda. Entonces tenía otros 15 ó 20 segundos adicionales para hipnotizarlas. Y eso era todo lo que necesitaba.

La amargura

Juani amaba a Perséfone. En las horas muertas de la tarde, cuando terminaba de recoger las frutas maduras y de pasear a caballo, vigilante entre las matas de aquella tierra que le pertenecía a su familia; Juani imaginaba a Perséfone con él. Su padre se la había llevado a Lima a la fuerza, con el cuento de que tenía que estudiar.

La discusión empezó en la casa de ella. El tio Jesús llegó de la chacra y empezó a decirle que se tenía que ir a Lima en dos meses, que ya había conversado todo con la tía Olivia, que tenía un cuarto para ella y hasta se podía llevar el auto porque con el crimen que había en Lima era necesario. «Ya eres una mujercita, necesitas ponerte formal» le dijo el tío Jesús, que curó las quejas de su hija con una cachetada. Fue tan fuerte que Juani, sentado a su lado sobre el sillón de la sala,  tembló como si se la hubieran dado a él. «No me discutas, Persi», dijo el tío Jesús, y se fue para la bodega a verle el agua a sus aceitunas.

Al día siguiente y durante las semanas que siguieron, trataron de olvidarse del tema e hicieron su vida normal. Juani la esperaba a la salida del colegio, la acompañaba hasta su casa, almorzaba con ella y con su tía, regresaban a la casa de Juani y si no había nadie (casi nunca había nadie en casa de Juani) se encerraban en el dormitorio. Una de esas tardes, más caliente de lo normal, a Juani se le antojó que se lo quería hacer por atrás y Persi se dejó. Se quejó por un instante del dolor, pero al final fue como si lo hubieran hecho siempre; y se quedaron empapados de sudor, abrazados, él encima de ella. Luego se sentaron en la sala a ver una película de la tele. Después caminaron hacia el río. Juani le enseñó como domaba a uno de los caballos de su padre que se estaba portando chúcaro. Cuando la tarde enfrió, se fueron para la casa de Persi. Sentados en la mesa del comedor, la tía Rosa y sus cuatro hijas–Perséfone era la mayor–jugaron a las barajas hasta muy tarde. Como otras tantas noches, el tío Jesús nunca llegó a dormir.

Una de aquellas tardes, a Juani le trajeron del correo una postal de su hermano Damián, que vivía en Los Angeles. Él y su novia gringa le mandaban una postal de un viaje de vacaciones (la postal venía desde la ciudad de Vancouver). «Te extraño hermanito» escribía él detrás de la foto, antes de firmarla: Lauren y Damián .

Siempre que le llegaban noticias de su hermano, Juani se ponía de mal humor. Perséfone sabía que le tocaba estar atenta. A la primera ocasión le gustaba soltar cosas como «Me voy a ir a vivir a California». Sin embargo esta vez–quizá porque Perséfone se iba y aquella amargura dolía tanto que le cerraba la boca–no dijo nada. La postal se quedó olvidada en la cocina. Miraron televisión en la sala hasta pasada la medianoche, cuando Perséfone se despidió y se fue. Desde la puerta, Juani la vio cruzar la plaza.

Al día siguiente, muy temprano, le vinieron a dar la mala noticia: El tío Jesús había esperado a Perséfone, sin decirle nada la arrastró hasta su camioneta y se la llevó a Lima.

–Son siete horas, ya debe estar allá.

Juani nunca recordaba si fue él quien hizo el comentario acerca de las horas del viaje y la probabilidad de Perséfone llegando a Lima, a la nueva vida que su padre le ofrecía. De todos modos, aquella mañana en que Juani intentaba hacer su vida normal, miró una y otra vez las calles de Jaquí y sólo vio lo que siempre había en aquellas calles: polvo. Y le llegaba con claridad, la sensación que acompañaba aquella vista: sentía que se convertía en una especie de bicho, sin alas, un insecto que se arrastraba sobre el polvo, atrapado por aquél paisaje desierto que lo descorazonaba.

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