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The New York Street

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Literatura

El Paraíso Perdido de Milton


Argumento:
Satanás es un fiel subalterno al que se le ha negado injustamente el ascenso que merece. Jesús, el hijo del jefe, ha sido nominado como su segundo. Satanás siente que se ha cometido una trágica injusticia y que se le ha humillado. Es entonces que decide sublevarse.

El patrón es todopoderoso, mas Satanás tiene la gran ventaja de no tener nada que perder. Con presteza y sin mucho problema convence a unos cuantos ángeles sin mucho cerebro de la justicia de su causa. Como era de esperarse, Dios los aplasta y los manda al infierno. Mientras lame sus heridas, Satanás descubre al hombre. Ya que no puede vencer a Dios decide corromper a su criatura–difícil encontrar un blanco más fácil–, Satanás convertido en serpiente tienta a la mujer y esta muerde el fruto prohibido. Adán, a quien un ángel ha prevenido que el enemigo está rondando, se da cuenta muy tarde que el enemigo ha sido más inteligente que su mujer y que ella está perdida. En un acto de amor muerde también la manzana. Si ella ya está jodida, jodámonos los dos (¿Qué me voy a hacer yo solito en este enorme paraíso?)
El jefe, que preside omnipotente sobre el tablero de su creación, ha predecido que Satanás le quitará con facilidad ese peón. Su venganza es convertir a los demonios idiotas en serpientes, –los hubiera convertido en cerdos pero Circe ya lo había hecho con la tripulación de Odiseo–. Su hijo, que acaba de probar su valor en la lucha contra los subversivos, se ofrece como sacrificio para devolverle el Paraíso a los hombres. Total, el hombre es una buena criatura, débil pero con buen corazón. Antes que eso suceda, habrá que inundar la Tierra alguna vez para exterminarlos y Dios escogerá entre todos los hombres solo a una raza, la que demuestre estar menos pegada a los bienes terrenales: los judíos.

Así se demuestra que tan efectivo puede ser Iago-digo, Satanás-en su tarea de corromper a los hombres, esos seres imperfectos.

Es la noche de las vírgenes suicidas. 30 de marzo

 

virgenes suicidas

No se me puede culpar de desear a Lux. Quién no lo haría.

Claro que los que me conocen, saben que nunca la dejaría dormida en el campo, nunca me iría vagando y desconcertado en la madrugada. Es que no se puede vivir con la culpa tan grande de una muerte como aquella.

William Blake despide inocencia en sus Cantos, luego suda experiencia. Pero no sabe nada usted caballero Bloom. He terminado casi como un golpe La Odisea, y he parido este “Autor de dos poemas”, que no he escrito, pero que ha de salir sobre los restos de las cinco hijas de la calle de Michigan. Con las letras de los títulos que parecen sacadas del American Splendor, como un comic, las cinco hijas de los Lambois, de Woods y Turner. Su cruz, como la cruz del padre de Alexander -si supiera Cristo todos los pecados que cometen sus Pedros favoritos-, si supiera que no una sino quinientos veces lo traicionan y que esos hijos, testigos de la Iglesia represora han aprendido a hacer cine, han aprendido a vengarse de las manos salvajes que los castigaban injustamente en el colegio y en la casa.

“No me dejes de mirar, espera a mis hermanas”. Descuelga a la menor de ese poste, rescata a Lux del gas del auto, con el tanque lleno para llegar hasta California, recuerda cómo hace el amor por las madrugadas, como una gata sobre el tejado de la casa vigilada. Deja una clave en morse para que la lean los vecinos a la medianoche.

Ten piedad de los asistentes a la sala, no sea que Hermes jale tu pata y te lleve hasta el Hades como a los pretendientes, o que llegue Odiseo cubierto de andrajos y traspase tu cuello con sus flechas.

Que el porquerizo ayude a morir a los que han inflamado de rabia al ingenioso Laertiada, que salgan como en el reino de los anillos, los tres de la misma casta: abuelo Laertes , nieto Telémaco y padre Odiseo, a defender la voluntad de Zeus.

No me maten al rey, que se lo lleven los negros bajeles y su cuerpo lo tiren al fuego y que honren con un túmulo su memoria. Las cinco hijas respiran mejor, sosegadas. Y la princesa de los feacios, la hija del rey que ordenara a los marinos que conduzcan al Laertiada es la que escribe La Odisea, pues el anciano de los harapos, la ha educado ya en el arte de las coplas heróicas.

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