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The New York Street

Un blog lleno de historias

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Lima

Odisea 86

Tenía una forma de mover el cuerpo y la boca que nos volvía locos. Tal vez era el maquillaje o su cabellera que se iba de un lado para otro mientras apretaba el micrófono y cantaba como si estuviera a punto de alcanzar el orgasmo. Susurraba, casi comiéndose el micro mientras hablaba de sexo. De deseo, de cópula y de masturbación. Era 1986 y nosotros nunca habíamos visto nada parecido. A nuestros quince años, Gustavo Cerati ya nos tenía cogidos de los huevos.

No sé en qué momento empezó la fiebre. Jorge Sayón, un amigo del colegio que vivía en Santa Leticia–ese barrio cruzando la Avenida Constructores que mis padres juraban que estaba lleno de drogadictos y de putas–; me dijo que lo acompañara hasta su casa y me prestaba el disco. Jorge se vestía de negro, usaba chancabuques y tenía un peinado a lo Cerati de color oxigenado amarillo caca. Con cierta reserva–la pintada de cabello lo había vuelto menos popular de lo que ya era–, lo acompañé a su casa. Me ofreció entrar para ver los posters de Soda que había pegado en la pared de su cuarto, pero guardé la calma y dije que ahí nomás lo esperaba, paradito en la calle : «Es que estoy apurado». Jorge salió minutos después con el disco metido en una bolsa negra –para que a nadie se le ocurriera robármelo. Regresé a casa ansioso, a paso ligero.

Además del Vita-Set, un popurrí fabricado por las radios, yo no había escuchado nada de Soda. Ese LP fue una revelación. Desde la portada me miraban Cerati, Zeta y Alberti, con los ojos bien delineados. Me vino la fiebre. Le tuve que devolver el disco a Jorge, pero pronto empezó a circular la droga musical por la radio: Sobredosis de TV, Nada personal, Cuando pase el temblor . Así me hice un Sodafán. Junté unas cuantas camisas negras (no hubo plata para el pantalón); incluso agarré el delineador e hice una mala raya debajo de uno de los ojos. Salpicó y me pasé los dos siguientes días con el ojo derecho irritado. Di explicaciones evasivas y por primera vez mi padre sospechó que yo era fumón.

Me paraba frente al espejo del baño de mis padres y daba saltos. Mi cabello no era lo suficientemente largo. ¡Mierda! no estaría listo antes del concierto. Así como lo oyen: Soda venía a Lima; y el padre de Jorge Sayón, que hacía espectáculos para los dueños de Radio Panamericana, conseguiría entradas gratis, preferenciales, para el Coliseo Amauta, para que su hijo Jorge y su mejor amigo fueran a encontrarse con sus ídolos. «Tal vez nos dejen pasar detrás del escenario para saludarlos», dijo Jorge antes de colgar, muy excitado.

Fueron días de ansiedad. Pensé en maquillarme antes del concierto y hasta en soltarme un poco de agua oxigenada sobre la cabeza, pero era demasiado peligroso. A Jorge Sayón el pelo color caca no le quedaba muy bien. Decidí que yo sería un Sodafán con personalidad: me memorizaría todas las letras para que Cerati me viera cantarlas a viva voz pero mi cabello seguiría negro y corto. Ya lo decía ese gran rocanrolero llamado Palito Ortega: La pinta es lo de menos.

Llegó el día y Jorge con su padre pasaron a recogerme en un agresivo Lada Niva de color rojo, con el mataperros más grande y el cromado más brillante que había visto en mi vida. Don Miguel «Chapulín» Sayón era un típico emigrante exitoso. Llevaba unos lentes oscuros un poco más grandes que el tamaño de su cara, sobre una nariz muy aplastada, parecida a la de Jorge. Sin embargo Don Miguel tenía el cabello muy negro, muy cortito y parado como sólidas púas; como si en lugar de echarle gel lo hubiera metido en un balde lleno de pegamento.

«Tú también eres Sodafán ¿di?», me preguntó don Miguel. Y empezó a conversarme–durante el largo recorrido hasta el coliseo Amauta–de su vida junto a lo más graneado de la cumbia tropical peruana. Mencionaba nombres de cantantes que al parecer causaban furor en los pueblos y ciudades a donde él viajaba casi a diario. «En este negocio las mujeres se te pegan como moscas», decía don Miguel, mientras le daba una palmada furiosa al hombro de su hijo. Una palmada que más parecía un gancho de box. El señor Sayón me miró detrás de aquellos lentes muy negros y pareció–¿o sólo me dio la impresión?–que quería echarse a llorar; mientras que Jorge siguió con la mirada fija en el camino, inmutable.

No le hizo muy bien a mi popularidad escolar aparecer frente al Amauta con Jorge Sayón. Como teníamos entradas preferenciales y el padre de Jorge nos dejó–por error– en la entrada de popular; tuvimos que dar la vuelta al estadio por las calles aledañas, y encontramos en la fila a casi todo el colegio. Noté que algunos me saludaban muy rápido y se daban la vuelta. Algunos de mis compañeros me veían de lejos y preferían hacerse los distraídos. Jorge Sayón era un gorila de pelo amarillo, con 1.80 metros y unos 100 kilos de peso. Nadie podía no verlo. Sucedió algo peor cuando llegamos a las entradas para tribunas preferenciales: allí, en una colita que se formaba disciplinada frente a la entrada principal, estaban juntas las únicas tres chicas del colegio que a mí me importaba impresionar. Se llamaban Rossella, Morella y Fabiola: las tres gracias.  Las tres estaban demasiado arregladas para un concierto popular, muy rubias y estiradas, con los jeans perfectos y al cuete. Estaban con otra muchachita tan rubia y perfecta como ellas tres, que yo no conocía. Asumí que era de otro colegio. Todos estábamos muy cerca frente al portón de entrada y las cuatro tuvieron que haber visto al corpulento Jorge Sayón, moviéndose más disforzado que nunca, bamboleando de un lado a otro su pelo color amarillo caca; gritándole a los vigilantes con vozarrón de fan enamorado que lo dejaran pasar porque él era el hijo de Chapulín Sayón. «A mí y a mi amigo» dijo muy fuerte. Y detrás de él, sin querer averiguar por qué los guardias se hacían a un lado y arrimaban a todos para que pase Jorge, sintiendo una pizca de arrepentimiento por no haber pensado ni un minuto en lo que le esperaba a mi reputación escolar después de aquel concierto, yo lo seguí.

Fue un loquerío. Después de la primera canción (Satélites) Jorge Sayón estaba delirando, como un loco, saltando y agarrándose el cabello como si fuera la reencarnación de Cerati, cuando la marea popular empezó a descolgarse  de las tribunas más altas y nos empujó de golpe contra la masa de gente que cantaba apretada contra el estrado. La marea de gente había empujado a Jorge contra mí. Entonces noté que éste, a pesar de que había cierto espacio para maniobrar enmedio de la locura que eran 20,000 personas gritando Sobredosis de TV, se había pegado demasiado a mi espalda y seguía allí, apretado, sin intentar moverse. Escuchaba su vozarrón cantándome en la oreja y en un segundo supe lo que tenía que hacer.

Delante mío, enmedio de aquella marea de muchachos arrastrados por la corriente humana, había visto a la muchacha rubia que acompañaba a mis tres gracias. En el caos que siguió a la invasión de las tribunas populares, Rossella, Morella y Fabiola se habían separado violentamente de su amiga, y ella había terminado delante mío, en parálisis total, en clarísimo estado de tensión y de alarma, muy similar al que me estaba provocando el cuerpo de Jorge Sayón apretándose contra mi espalda y cantándome al oído. Saqué ambas manos–que había mantenido rígidas frente a mi cuerpo, para no chocar con los demás–y con un pequeño impulso, todo el que me permitía el estrecho espacio que me separaba, con los dedos abiertos y golosos, le metí la mano en el poto. Salté hacia un lado y me di la vuelta. Por el rabillo del ojo, ví la violencia con la que Jorge Sayón, paralizado, recibió la primera cachetada. Luego otra. Y otra.

Hace unos días me encontré con una de las tres gracias originales, en el Skype; y me dijo que casi se había olvidado del incidente. Dijo que su amiga le metió un rodillazo en el centro mismo de su masculinidad y que entre la bulla, el laberinto y el pánico, le juró que lo iba a denunciar a la policía. «Y todos pensábamos que era maricón ¿te acuerdas? ¡Tremendo sapazo el Sayón!»

Yo me fui a un rincón del Amauta, pegado a las cortinas.  Cuando Soda terminó de tocar, conseguí colarme hacia los vestuarios mostrando mi pase preferencial y fui hacia Cerati. Grité «¡Eres un grande!» Y Gustavo Cerati –quien fuera de escena parecía menos grande y mucho más flaco– levantó la mano y me gritó «gracias».

Jorge Sayón no fue a clases el lunes, faltó toda la semana. Cuando regresó tenía el cabello corto, negro y muy trinchudo. Nunca me volvió a hablar.

Por allí viene el invierno (2)

«Sólo maldecías que el mundo no girara alrededor tuyo y que no se te permitiera hacer lo que te diera la gana»

Tú te despertabas llorando ( o secándote dos o tres lágrimas). Sobre todo en el invierno. Entonces te maldecías por dormir en una habitación fría, porque el maricón del dueño apagaba el calefactor cada vez que la temperatura subía un grado.

Pensabas «Es enero en Lima» y te imaginabas el calor virulento de la ciudad. Pero esa humedad pegajosa de Lima–aquella ciudad a la cual creciste llamando «la horrible»–no te provocaba volver. Era más complicado. No llorabas porque extrañaras el infierno. Ni siquiera extrañabas a tu familia–a pesar de todo lo que dijeras después y las excusas que inventaste para justificar tu regreso. Sólo maldecías (en sueños, porque despierto eras un turista más atorado en Nueva York; sólo en tus sueños te comportabas interesante) que el mundo no girara alrededor tuyo y que no se te permitiera hacer lo que te diera la gana, que básicamente era: volver como héroe de tu autodestierro, pasar unos días reviviendo tu infancia, encontrarte con ella; y seguir viviendo como si nada hubiera pasado. Mejor dicho: como si lo que pasó– tus cinco años en Estados Unidos–hubiera sido un capítulo biográfico que te merecías: solo un escape de las líneas quebradas de tu adolescencia.

Es cierto que cinco años no son demasiados en estos tiempos de la ultra conexión electrónica. Si hoy «¿En qué momento se jodió el Perú?» hubiera sido un Tweet, habría pasado desapercibido entre tanto peruano interpretando la realidad desde la distancia. Pero tú estabas convencido de que los peruanos «nunca cambiamos ni cambiaremos» y esa convicción te permitió creerle a esa inocente bestia que te notaba afligido, y te escribía por e-mail «el Perú siempre va a estar allí». Como si sólo se tratara de subirse al tren unas estaciones más adelante.

Una mañana de enero,  tú te levantaste en tu cuartito helado de Brooklyn y encontraste un nuevo mensaje. Lo leíste unas diez veces antes de pensar en nada. «Voy a visitarte. No te vayas a ninguna parte en febrero ¿Ok?» En unos segundos, cogiste calor. Tenías legañas y una lágrima seca; y lo primero que hiciste fue apretar el almohadón contra tu vientre.  «Puede caer una tonelada de nieve entre esta mañana y febrero–pensaste–, pero por ti, resistiré».

El zambo

La gran pareja del criollismo durante la segunda mitad del siglo XX: Oscar Avilés y Arturo «Zambo»Cavero.

No resulta fácil liberarse de los nacionalismos.

Pedro Suárez Vértiz una vez cometió el error de lanzar ciertas arengas desde el escenario contra los ciudadanos del Ecuador. Algunas veces, confundimos amor patrio con competencia.

Ser un gran país no significa «ser mejor que tal país». Compararnos con otras naciones trae–por lo general–más perjuicios que beneficios.

La adjetivización positiva de un país debería venir de terceros. Es «el otro» el que puede decirnos si nuestro país es esto o aquello. El orgullo nacional debería, en todos los casos, evitar las comparaciones. Dejemos éstas para competencias y concursos.

Las comparaciones son nocivas tanto en lo positivo como en lo negativo. En más de una ciudad he escuchado «Estas cosas sólo pasan en este país», una sentencia que sólo demuestra la falta de experiencia de quien la dice.

Quien ha visto algo de mundo sabe que mejor se aplica este otro dicho: «en todos lados se cuecen habas».

Mi reflexión sobre el nacionalismo nace del homenaje que le hicieron esta mañana en la televisión al Zambo Cavero. En una entrevista del año 2006, Cavero decía querer ser recordado como quien «amó profundamente a su patria». La entrevista iba intercalada con imágenes de un concierto de Cavero y Avilés durante una reunión de la OEA en 1987, donde ellos se desgañitan cantando Contigo Perú.

Zambo Cavero amó a su país. Explotó su talento para darle al Perú una voz única; para cantar con esas espléndidas cuerdas vocales un texto que al ser leído podría verse banal y hasta simplón: Unida la costa, unida la sierra, unida la selva contigo Perú. Gracias a su fervor, quienes lo escuchamos somos capaces de abarcar aquella difícil abstracción: el amor a la patria.

Un hombre que ama a su patria hace lo mejor que puede. Si es trabajador, trabaja; y si es artista, crea.

Algunos peruanos han tenido el talento de encontrar en nuestra riqueza –cultural, geográfica, gastronómica–la materia prima para su vocación: Juan Acevedo: historietista cuya materia prima es la sociedad peruana con sus tantos matices; Gastón Acurio, cocinero y difusor de la cocina peruana;  Zambo Cavero, Oscar Avilés, Augusto Polo Campos. Lo que hace importantes a estos nombres no es la nacionalidad, sino la pasión por lo que hacen.

Así que a crear, así que a trabajar.

Hoja de vida

Celebrando un cumpleaños en Lima con mis amigos

Hace muchos años, ante la indecisión de estudiar lo que me gustaba o hacerle caso a mi padre y meterme a la carrera de derecho, mi madre me aconsejó seguir lo que mi corazón decía. No le hice caso. Bueno: a medias. La carrera de comunicaciones le dejaba cierto margen de movimiento a mi lado creativo y no me hacía parecer un vago sin intenciones ante mi padre, a quien sí le hubiera desilusionado que desde un principio me metiera a estudiar lo que mi corazón quería: literatura.

«Puedes estudiar derecho y escribir en tus ratos libres», decía él.

Era una preocupación económica. Las universidades deberían de proveer un conjunto de herramientas para ganarse la vida sin sufrir demasiado. Un abogado egresado de una universidad tiene muchas más opciones de llevar una vida sin angustias económicas que un escritor salido de una universidad prestigiosa. Además, la escritura tiene que ver con el talento. Ninguna universidad garantiza el éxito económico para un escritor y la calidad de escritura de un universitario depende de factores que poco tienen que ver con el pago de la matrícula y la superación de exámenes.

Así que siempre fui un comunicador de medio pelo. El título–cartón que debe de estar en algún lugar debajo de la ruma de papeles al lado de mi escritorio–sirve para muchas cosas útiles, mas no para cambiarnos la vocación. Mis experiencias con las cámaras y otros equipos de la universidad fueron penosas, los guiones que escribí para programas de radio y experimentos televisivos fueron apenas más excitantes que los preparativos escolares para los examenes de la quinta nota. Mis bocetos publicitarios fueron salidas al paso, tal vez ingeniosas. Mis fotografías no transmitieron nada que no comunicara cualquier fotógrafo calichín. Al parecer–según las confidencias posteriores de algunos de los excelentes maestros que tuve en la universidad–donde yo destacaba era en mis examenes escritos. Ciertas basuras teóricas eran bien explicadas y perfectamente analizadas en mis largos párrafos de correcta gramática y casi perfecta ortografía. Tenía facilidad para enlazar oraciones y hacerlas decir algo.

Mis realizaciones personales durante mis primeros años de egresado, consistieron en la creación de algunos personajes de historieta–mediocre, si lo comparamos con la obra de maestros del género como Juan Acevedo–; y la constancia con que me aferré a mis amistades. Cierta facilidad en el trato me ha llevado por la vida llenándome de conocidos a quienes estimo y que, sin exagerar, considero mis amigos.

Muchos años despúes, desempañándome en oficios alejados de la profesión, haciendo mi vida tal vez un poco más complicada de lo que debió ser, he llegado hasta el 2012 seguro de que mi vocación por la escritura es la que me permite trascender, la que me llena y me permite soñar en cosas más grandes. Y he llegado rodeado de amigos, que me soportan y de vez en cuando me leen.

Por mí, porque cualquier mejora en la forma y en el contenido del texto dependerá del sacrificio de otras actividades para darle más tiempo a la lectura y a la escritura; y para ellos–mis amigos, viejos y futuros–es que sigo escribiendo.

Lima parada

En esta toma de la pantalla del CanalN, un caballo de la policía montada limeña, –con una pierna destrozada–intenta abrirse paso entre la turba de delincuentes del barrio de La Parada.

Ella, que desde la oscuridad me acusaba de ser un ocioso, de inventar excusas para no presentarme a clase, me llamó una tarde sólo para decirme que había estado leyendo la novela y le había chocado mucho uno de los párrafos.

«Yo no puedo ir al Perú hace años, pero cuando llegué a esa línea…era como si tú estuvieras describiendo la imagen que yo tenía de Lima en mi cabeza.»

Yo temo sus llamadas porque con bastante frecuencia las usa para lanzarme críticas o decir alguna estupidez que–por motivos extraños–siempre me afecta. Así que le dije que siguiera leyendo, que me comentara cuando acabara de leerla. En unos meses ella iba a regresar a Lima después de vivir 10 años en Nueva York y yo sabía que le iba a chocar.

«¿Cómo es?¿Cómo se siente volver a ver todo lo que has dejado atrás?» me preguntó.

Me hubiera gustado tener, en aquel momento, la paciencia para describirle la angustia previa. Pero con ella nunca tengo paciencia, o temo que entienda mi paciencia como debilidad y la utilice para burlarse de mis defectos. Así que sólo le dije «No pasa nada».

Durante ocho años, mi pesadilla recurrente era la de volver al Perú y descubrir que ya no podía regresar. Había terminado mi novela apresurado, con la convicción de que si volvía a ver Lima se iba a arruinar la fotografía que yo tenía de ella. Las imágenes que yo guardaba de mi ciudad–me convencí–no iban a coincidir con ese monstruo en permanente transformación que era la Lima del siglo 21.

Tenía razón–en parte–pues el camino desde el aeropuerto hasta mi casa había sido recuperado al polvo y al descuido. Sin embargo, bastaba salirse algunas cuadras de ese «callejón imaginario de progreso» para encontrarse con la misma ciudad de antes.

La ciudad a la que me refiero, no tiene que ver con las tiendas y los túneles nuevos, si no con algunas actitudes limeñas. Ciertas maneras que tiene el misio para pararse en una esquina, ciertas actitudes que mantiene el achorado para caminar al borde de la calzada, cierta forma de mirar del choro, el delincuente–atento, pero como si lo que hicieran los demás no le interesara.

Vi en Lima una sensación de orden endeble. Como si se le hubiera aplicado al caos una primera mano de pintura, pero aquella primera capa solo sirviera para disfrazar la precariedad. En los viajes siguientes esta sensación se ha ido debilitando. Al parecer ya vamos por la tercera o cuarta capa de orden. Conforme pasen los años es posible que de la Lima de 1999 ya no quede nada.

Los desmanes de La Parada son el recuerdo de lo que sigue mal.

Cuesta creer que esas pandillas de delincuentes vayan a desaparecer de un día para otro. La violencia que vi en la televisión, me hizo recordar la energía negativa de la que yo mismo participaba cuando me metía en el estadio: el ritual delincuencial de la tribuna (del que yo formaba parte por unas cuantas horas) que para muchos barristas significa una forma de vida.

Esa gente del barrio de San Pablo y esos jóvenes que crecen en el cerro El Pino, deben tener una imagen bastante distorsionada de «nuestro» futuro limeño. ¿Son en realidad una minoría? Porque el discurso formal–y la opinión pública–parecen apuntar a que el comercio formal y el modelo económico Gamarra es lo que ambiciona un pequeño negociante. La Parada sería «el pasado». No sé que tan cierto sea este diagnóstico.

La precaria Lima sin reglas parece estar cediendo el paso a una comunidad integrada alrededor de leyes parecidas a las que sostienen modelos urbanos civilizados. Para que se redondee la ecuación, tal vez también tendrían que desaparecer los negocios que hacen dinero violando la propiedad intelectual (Conseguí 300 canciones de rock en español, en dos CDs, por 2 dólares ) pero dado que la piratería se realiza de modo similar en ciudades del primer mundo–si bien no tan abiertamente como en Lima– ese podría ser un problema no tan estrechamente relacionado con la precariedad limeña.

La cultura es el siguiente paso. Ahí también hay avances.

Fui al teatro después de muchos años. Las caras en el escenario y en la tribuna son multiraciales. Y basta con encender la televisión para comprobar que desde el canal nacional público hasta los privados del cable, la oferta televisiva es mayoritariamente local, las producciones nacionales–sean copias de programas extranjeros o proyectos peruanos originales–van en el camino de crear una identidad nacional reflejada en la oferta televisiva. Es decir: el limeño ve al limeño. El limeño juzga al limeño, se ríe del limeño, odia e idolatra al limeño.

No sólo los artistas locales se están beneficiando de mayores oportunidades de ingresos. Es de esperar que los guionistas se alejen poco a poco de los clichés importados. Así discrepemos con los productores sobre el valor de estupideces mediáticas como Combate o Esto es guerra; el peruano está viendo a peruanos en su pantalla, se está enamorando de las piernas y de los muslos de personas con las que podría cruzarse en la calle. No están muy lejos los tiempos en que lo más inteligente y lo más estúpido de la televisión venía enlatado o que todas las caras en la televisión nacional tenían rostro blanco y ojos claros.

A ella la voy a ver mañana. Estoy seguro que me va a preguntar lo que pienso acerca de La Parada.

Me dijo que le habían robado la cartera (y con ella mi novela) así que no espero ningún comentario constructivo sobre mi escritura. Con suerte habrá leído esta entrada, y antes de hacerme una pregunta, conocerá la dirección y el tono de mis reflexiones.

Le recordaré el párrafo que me mencionó hace algunos años. Creo que será inútil: ella ya estuvo en Lima dos veces, y después de verla, las fotos del pasado tienden a evaporarse.

Quiero pensar que este fenómeno es bueno: que el tiempo borrará–también–el dolor asociado con aquella ciudad.

Lima parada

En esta toma de la pantalla del CanalN, un caballo de la policía montada limeña, –con una pierna destrozada–intenta abrirse paso entre la turba de delincuentes del barrio de La Parada.

Ella, que desde la oscuridad me acusaba de ser un ocioso, de inventar excusas para no presentarme a clase, me llamó una tarde sólo para decirme que había estado leyendo la novela y le había chocado mucho uno de los párrafos.

«Yo no puedo ir al Perú hace años, pero cuando llegué a esa línea…era como si tú estuvieras describiendo la imagen que yo tenía de Lima en mi cabeza.»

Yo temo sus llamadas porque con bastante frecuencia las usa para lanzarme críticas o decir alguna estupidez que–por motivos extraños–siempre me afecta. Así que le dije que siguiera leyendo, que me comentara cuando acabara de leerla. En unos meses ella iba a regresar a Lima después de vivir 10 años en Nueva York y yo sabía que le iba a chocar.

«¿Cómo es?¿Cómo se siente volver a ver todo lo que has dejado atrás?» me preguntó.

Me hubiera gustado tener, en aquel momento, la paciencia para describirle la angustia previa. Pero con ella nunca tengo paciencia, o temo que entienda mi paciencia como debilidad y la utilice para burlarse de mis defectos. Así que sólo le dije «No pasa nada».

Durante ocho años, mi pesadilla recurrente era la de volver al Perú y descubrir que ya no podía regresar. Había terminado mi novela apresurado, con la convicción de que si volvía a ver Lima se iba a arruinar la fotografía que yo tenía de ella. Las imágenes que yo guardaba de mi ciudad–me convencí–no iban a coincidir con ese monstruo en permanente transformación que era la Lima del siglo 21.

Tenía razón–en parte–pues el camino desde el aeropuerto hasta mi casa había sido recuperado al polvo y al descuido. Sin embargo, bastaba salirse algunas cuadras de ese «callejón imaginario de progreso» para encontrarse con la misma ciudad de antes.

La ciudad a la que me refiero, no tiene que ver con las tiendas y los túneles nuevos, si no con algunas actitudes limeñas. Ciertas maneras que tiene el misio para pararse en una esquina, ciertas actitudes que mantiene el achorado para caminar al borde de la calzada, cierta forma de mirar del choro, el delincuente–atento, pero como si lo que hicieran los demás no le interesara.

Vi en Lima una sensación de orden endeble. Como si se le hubiera aplicado al caos una primera mano de pintura, pero aquella primera capa solo sirviera para disfrazar la precariedad. En los viajes siguientes esta sensación se ha ido debilitando. Al parecer ya vamos por la tercera o cuarta capa de orden. Conforme pasen los años es posible que de la Lima de 1999 ya no quede nada.

Los desmanes de La Parada son el recuerdo de lo que sigue mal.

Cuesta creer que esas pandillas de delincuentes vayan a desaparecer de un día para otro. La violencia que vi en la televisión, me hizo recordar la energía negativa de la que yo mismo participaba cuando me metía en el estadio: el ritual delincuencial de la tribuna (del que yo formaba parte por unas cuantas horas) que para muchos barristas significa una forma de vida.

Esa gente del barrio de San Pablo y esos jóvenes que crecen en el cerro El Pino, deben tener una imagen bastante distorsionada de «nuestro» futuro limeño. ¿Son en realidad una minoría? Porque el discurso formal–y la opinión pública–parecen apuntar a que el comercio formal y el modelo económico Gamarra es lo que ambiciona un pequeño negociante. La Parada sería «el pasado». No sé que tan cierto sea este diagnóstico.

La precaria Lima sin reglas parece estar cediendo el paso a una comunidad integrada alrededor de leyes parecidas a las que sostienen modelos urbanos civilizados. Para que se redondee la ecuación, tal vez también tendrían que desaparecer los negocios que hacen dinero violando la propiedad intelectual (Conseguí 300 canciones de rock en español, en dos CDs, por 2 dólares ) pero dado que la piratería se realiza de modo similar en ciudades del primer mundo–si bien no tan abiertamente como en Lima– ese podría ser un problema no tan estrechamente relacionado con la precariedad limeña.

La cutura es el siguiente paso. Ahí también hay avances.

Fui al teatro después de muchos años. Las caras en el escenario y en la tribuna son multiraciales. Y basta con encender la televisión para comprobar que desde el canal nacional público hasta los privados del cable, la oferta televisiva es mayoritariamente local, las producciones nacionales–sean copias de programas extranjeros o proyectos peruanos originales–van en el camino de crear una identidad nacional reflejada en la oferta televisiva. Es decir: el limeño ve al limeño. El limeño juzga al limeño, se ríe del limeño, odia e idolatra al limeño.

No sólo los artistas locales se están beneficiando de mayores oportunidades de ingresos. Es de esperar que los guionistas se alejen poco a poco de los clichés importados. Así discrepemos con los productores sobre el valor de estupideces mediáticas como Combate o Esto es guerra; el peruano está viendo a peruanos en su pantalla, se está enamorando de las piernas y de los muslos de personas con las que podría cruzarse en la calle. No están muy lejos los tiempos en que lo más inteligente y lo más estúpido de la televisión venía enlatado o que todas las caras en la televisión nacional tenían rostro blanco y ojos claros.

A ella la voy a ver mañana. Estoy seguro que me va a preguntar lo que pienso acerca de La Parada.

Me dijo que le habían robado la cartera (y con ella mi novela) así que no espero ningún comentario constructivo sobre mi escritura. Con suerte habrá leído esta entrada, y antes de hacerme una pregunta, conocerá la dirección y el tono de mis reflexiones.

Le recordaré el párrafo que me mencionó hace algunos años. Creo que será inútil:  ella ya estuvo en Lima dos veces, y después de verla, las fotos del pasado tienden a evaporarse.

Quiero pensar que este fenómeno es bueno: que el tiempo borrará–también–el dolor asociado con aquella ciudad.

La amargura

Juani amaba a Perséfone. En las horas muertas de la tarde, cuando terminaba de recoger las frutas maduras y de pasear a caballo, vigilante entre las matas de aquella tierra que le pertenecía a su familia; Juani imaginaba a Perséfone con él. Su padre se la había llevado a Lima a la fuerza, con el cuento de que tenía que estudiar.

La discusión empezó en la casa de ella. El tio Jesús llegó de la chacra y empezó a decirle que se tenía que ir a Lima en dos meses, que ya había conversado todo con la tía Olivia, que tenía un cuarto para ella y hasta se podía llevar el auto porque con el crimen que había en Lima era necesario. «Ya eres una mujercita, necesitas ponerte formal» le dijo el tío Jesús, que curó las quejas de su hija con una cachetada. Fue tan fuerte que Juani, sentado a su lado sobre el sillón de la sala,  tembló como si se la hubieran dado a él. «No me discutas, Persi», dijo el tío Jesús, y se fue para la bodega a verle el agua a sus aceitunas.

Al día siguiente y durante las semanas que siguieron, trataron de olvidarse del tema e hicieron su vida normal. Juani la esperaba a la salida del colegio, la acompañaba hasta su casa, almorzaba con ella y con su tía, regresaban a la casa de Juani y si no había nadie (casi nunca había nadie en casa de Juani) se encerraban en el dormitorio. Una de esas tardes, más caliente de lo normal, a Juani se le antojó que se lo quería hacer por atrás y Persi se dejó. Se quejó por un instante del dolor, pero al final fue como si lo hubieran hecho siempre; y se quedaron empapados de sudor, abrazados, él encima de ella. Luego se sentaron en la sala a ver una película de la tele. Después caminaron hacia el río. Juani le enseñó como domaba a uno de los caballos de su padre que se estaba portando chúcaro. Cuando la tarde enfrió, se fueron para la casa de Persi. Sentados en la mesa del comedor, la tía Rosa y sus cuatro hijas–Perséfone era la mayor–jugaron a las barajas hasta muy tarde. Como otras tantas noches, el tío Jesús nunca llegó a dormir.

Una de aquellas tardes, a Juani le trajeron del correo una postal de su hermano Damián, que vivía en Los Angeles. Él y su novia gringa le mandaban una postal de un viaje de vacaciones (la postal venía desde la ciudad de Vancouver). «Te extraño hermanito» escribía él detrás de la foto, antes de firmarla: Lauren y Damián .

Siempre que le llegaban noticias de su hermano, Juani se ponía de mal humor. Perséfone sabía que le tocaba estar atenta. A la primera ocasión le gustaba soltar cosas como «Me voy a ir a vivir a California». Sin embargo esta vez–quizá porque Perséfone se iba y aquella amargura dolía tanto que le cerraba la boca–no dijo nada. La postal se quedó olvidada en la cocina. Miraron televisión en la sala hasta pasada la medianoche, cuando Perséfone se despidió y se fue. Desde la puerta, Juani la vio cruzar la plaza.

Al día siguiente, muy temprano, le vinieron a dar la mala noticia: El tío Jesús había esperado a Perséfone, sin decirle nada la arrastró hasta su camioneta y se la llevó a Lima.

–Son siete horas, ya debe estar allá.

Juani nunca recordaba si fue él quien hizo el comentario acerca de las horas del viaje y la probabilidad de Perséfone llegando a Lima, a la nueva vida que su padre le ofrecía. De todos modos, aquella mañana en que Juani intentaba hacer su vida normal, miró una y otra vez las calles de Jaquí y sólo vio lo que siempre había en aquellas calles: polvo. Y le llegaba con claridad, la sensación que acompañaba aquella vista: sentía que se convertía en una especie de bicho, sin alas, un insecto que se arrastraba sobre el polvo, atrapado por aquél paisaje desierto que lo descorazonaba.

Poesía del siglo XXI

La actriz coreana Jeong-hie-Yun en una escena de una gran película: Poetry.

Un balazo que te hace temblar. Un hombre que se cae de una silla con un agujero rojo en la frente. Minutos de desesperación, gritos, recriminaciones. Una vida que se va: joven, casi completa, repleta de espejos, de aniversarios, de días especiales. Un día que no tenía por qué ser especial un joven desaparece.

El día siguiente no parece ser muy diferente. Es más, ni siquiera puedo recordar las fechas exactas. Sé que tenía 19 años, sé que estudiaba en la universidad. Sé que fue una noche incómoda y que al despertar me dieron la noticia: se fue. Parece una vulgaridad que nosotros tuviéramos que seguir con nuestras vidas, que una vida menos no oscureció la mañana, no empañó nuestros mejores momentos en el futuro o nos consoló en nuestros días más flacos, en nuestras tardes más desesperadas. Se fue y allí sigue él, flotando en la incertidumbre de un universo que algunos susurran que nos toca todos los días. Que a veces incluso nos respira en la oreja y hasta nos abraza.

Así se sienten nuestros muertos. Creemos que no están hasta que una línea de un libro o una imagen en la televisión nos alcanza con la imagen correcta y la memoria de una pérdida resuena como una melodía a veces dulce y a veces muy amarga. Nos reconciliamos con el olvido y el abandono temporal; nos imaginamos historias con nuestro muerto, como si él siguiera vivo. Somos hombres con alma, parece decirnos el recuerdo. La estupidez no tiene cabida en la nostalgia. La memoria nos permite, paradójicamente, sentirnos afortunados, hasta orgullosos del camino andado, insensibles a los logros por venir: He llegado ¿qué más me da el futuro?

Entonces, una muerte transforma el día. Una muerte se vuelve el tema de una memoria, de un poema, de una lágrima que sí tiene sentido.

La muerte generadora de vida. Ese es un gran poema.

La Rucoleta

La Rucoleta: no sé dónde escuché por primera vez ese sobrenombre derivado del nombre de mi colegio. Supongo que al finalizar la secundaria. En nuestros retiros espirituales todos los colegios de Lima pasaban por la paleta creativa y eran rebautizados.

Años después, una noviecita se me ofendió cuando le dije que ella había estudiado en el Regina Pachis. Supongo que por la misma experiencia habrá pasado mi hermana y sus amigas mujeres, cuando los enamorados «listos» de otros colegios les preguntaran si ellas eran estudiantes de La Rucoleta. Es que en la escuela secundaria, todas nuestras conversaciones tenían que girar o entrar de lleno en una deliciosa charla monotemática: el sexo.

Era el tiempo del descubrimiento del desodorante,  de las confrontaciones hormonales y el bigotito ralo, cuando la jungla negra se apropiaba de todo el espacio vacío de nuestra ropa interior. Recuerdo mi pavor intenso cuando después de varias horas de vigoroso ejercicio, de improviso brotó algo caliente y mi cama se cubrió de vergüenza.

En aquella época–difíciles 80s–era difícil encontrar material educativo. Me llenan de nostalgia las fotografías de algunas muchachitas hermosas en revistas del hogar que coleccionaba mi madre (¿Se habrá dado cuenta de que le faltaban ciertas páginas?) La imaginación era la más intensa productora de imágenes. Estas  servían para calmar aquella etapa de locura temporal llamada pubertad.

Era un proceso complicado. Por ejemplo: recuerdo a una compañera que se sentaba frente a mi carpeta. Entre sonrisa y sonrisa creí estar enamorándome de ella. Una vez se puso un clavel en la oreja y volteó a preguntarme si me gustaba. Me gustaba. Por esas tardes, en una conversación informal de hora de almuerzo–masticando alguna salchipapa con bastante ketchup y mostaza–escuché que uno de mis compañeros contaba que mi musa se le ponía a los más bravos de su barrio. «Es una ruca. Se la ha chupado a varios» dijo él –jurando con los dedos cruzados sobre la boca, para que no quedaran dudas. Cuando volví a ver a la muchacha, lo que me interesaba de ella ya no era el destello que despedían sus ojos, sino esas curvas debajo de la blusa, aquellas formas redondeadas debajo de la falda gris. No podía mirar su boca sin que me diera calentura.

Durante algunos meses mis noches eran ella. Hasta que en algún recreo, otro compañero desvió mi atención. Me pidió que me sentara junto a él (¡caleta, caleta!) sobre una banca de madera: frente a nuestra banca, cruzando el patio; con los tirantes sueltos, las medias bajas y las piernas completamente abiertas, una de mis compañeras nos invitaba a prestarnos unos prismáticos y meternos de cabeza en la zanja prometida. ¿Cómo podía hacernos esto? A nosotros, a quienes la genética tenía condenados a ser–siglos después de la invención de la civilización–marionetas de nuestro instinto de conservación. Agarrados a la banca con ambas manos, pretendiendo ensayar distintas poses para ver mejor sin llamar su atención, observábamos muy agudos aquellas piernas largas que se abrían de par en par. Interpretábamos la sonrisa de la muchacha como una propuesta cochina. Su sonrisa sería la luz en la oscuridad de nuestra habitación: contra esa boquita de 13 años iría–entre sueños–el intenso chorro blanco de nuestra desesperanza.

Una tarde nos avisaron que se realizarían examenes médicos obligatorios. Nos formaron en grupos y nos hicieron esperar al lado de la oficina del tópico. Los compañeros que salían del tópico nos daban claves de lo que nos iba a pasar: nos desnudarían, nos tocarían, examinarían nuestro recto y nos harían preguntas incómodas. Recuerdo que un compañero dijo que el doctor le había preguntado si se masturbaba: «¿Qué es eso?», dije yo, genuino ignorante. «Si te corres la paja» me explicó el compañero, y yo comprendí, muy avergonzado, que aquél día me harían confesar el delito, el crimen al que había forzado mi cuerpo durante quién sabe cuantas miles de ocasiones. Llegado mi turno, ya desnudo, noté que el doctor, tras examinarme, hacía aspas o cruces al lado de una lista de palabras en jerga médica. Entonces me preguntó: «¿Te masturbas?» Y yo, sin saber nada aún de mis Derechos Miranda, negué enfáticamente. El médico marcó una cruz al lado de una frase inescrutable y yo supe ( o creí saber) que había descubierto mi mentira.

Tiempo después, casi al terminar la media, un amigo me mostró lo que había escrito contra la madera de su carpeta. Ya habíamos discutido mucho el tema y habíamos concluído–solo en base a su larga experiencia–que el único colegio con mujeres realmente bellas, era uno al cual él, por intemedio de un primo con las hormonas más alborotadas de Lima, tenía acceso casi ilimitado. Eran todas rubias, delgadas y maravillosas, como las modelos de piernas abiertas de Penthouse que su padre escondía bajo un montón de ropa en un armario. Mi amigo había escrito en la carpeta: «Más vale correrse un pajazo en la carpeta, que tirarse a una chica de la Rucoleta».

Recuerdo bien la risa estúpida con la que él celebraba su rima original y consonante.  También recuerdo mi cara cojudísima celebrando su eslógan (¿por qué mi amigo siempre tendría tan malas notas en literatura?) y la baba que tragué cuando me ofreció que él y su primo–que ya los conocía todos–podían invitarme a un prostíbulo.

No acepté. Hasta hoy me arrepiento (a pesar de que a mi amigo le conocí épocas oscuras en las que se le pegaron bichos y debió afeitarse de los pies a la cabeza). No acepté por miedo. También, por cierta creencia estúpida de que mi primera experiencia tendría que ser sin pagar, con una chica bonita como aquella que se sentaba delante mi carpeta; o una que al menos me abriera las piernas con una sonrisa de gusto, como aquella en el patio del recreo.

No fue así. Poco tiempo después acabó el colegio y yo–tímido y desesperado–robé cien viejos soles del bolsillo de mi padre y me fui de putas.

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