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The New York Street

Un blog lleno de historias

Autor

ulisesgonzales

Writer. Editor of the literary journal Los Bárbaros (New York) and Las Furias (París). Editor at Chatos Inhumanos Publishing House (New York). Professor at the Journalism and Media Studies Department, Lehman College, CUNY, Bronx.

La gran belleza

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Una fiesta no lo es si no dura hasta el amanecer. Necesito ver el rostro de mis invitados cuando desaparece la luna. Ver esta ciudad rodeado de amigos, dejándome llevar por la dulce alegría de saberme vivo. Sabernos vivos. Hay una magia adicional cuando un grupo termina entregándose al baile, recorriendo los espacios entre las mesas entregados a la necedad, la sinrazón. Que los pies nos conduzcan al abandono. Después, por la mañana, mientras la ciudad duerme, quiero caminar por la calles que me han otorgado la vida.

Conforme los años pasan, empiezan las voces del desaliento. El «sí, me gusta este estilo de vida, y sin embargo…», como si fuera un pecado descartar el futuro, no asumirse como miembro responsable de una sociedad. Los amigos que nos acompañan, cada cual buscando caminos distintos, tratando de abandonarse al delirio de la fiesta, y escarbando en los tiempos muertos para dejarnos ver que a pesar de la alegría, algo les molesta. Todos tienen una verdad acerca de su historia, todos quieren creer que han hecho lo necesario para no mirar atrás, antes de la muerte, y sentir el peso inmenso de la culpa.

En ciudades de momentos cincelados por los siglos es posible encontrar llaves de laberintos y palacios a los que sólo entran unos pocos. Ser de aquellos pocos fue siempre mi convicción. Decir lo que pensamos y aún tener esa libertad de caminar por cada habitación de nuestra ciudad sin que nadie sea capaz de cerrarnos el acceso. ¿Quien podría disfrutar mejor de esas vistas congeladas en el tiempo sino yo mismo? Escogiendo a mi acompañante, que sonreirá asombrada, porque nunca pensó que la ciudad tenía dueños.

Y entonces, una mañana de mucho solo, descubro (estoy seguro que ya lo sabía, pero esos resquicios de duda…) que todas son poses. Que los que se levantan a las 6 para tomar el tren de las 7 tampoco lo harían si es que no les atormentase la culpa. Que el sentido del deber los mantiene en un estado de insatisfacción, que quisieran hacer otra vez lo que nosotros hacemos, no pensar tanto en el ¿qué pasaría? y mucho más en la necesidad –que ahogan en promesas cívicas y religiosas cada vez que aparece – de abandonarse, de dejarse llevar, de ser felices sin pensar en nada más.

A veces encontramos en el camino a quienes el sacrificio les ha sido útil. Ellos llevaron una vida inspirada que consideran repleta de significado. A veces es un desconocido que nos sorprende con un comentario favorabla acerca de una novela. Nos halaga, si bien sabemos que no volveremos a escribir, que en ese momento se hizo porque estábamos enfermos con el amor ¿Ahora? Llenos de dudas, que se borran si es que creemos en lo que decimos creer: nuestra vida significa esto: ser el centro, vivir para los amigos, que nos adoren y nos adoremos juntos esperando las canas, las arrugas, el silencio final.

¿Y el gran invitado es feliz? No sé. Se tiende al lado de mujeres que no terminan de llenarlo, sigue pensando en una imagen dolorosa de adolescencia: esas rocas por donde caminaba descalzo, sin pensar en otra cosa que meterse al mar. En el sol que cae sobre las piedras mientras el océano se balancea como en una olla a punto de rebalsar. El horizonte. ¿Si se hubiera quedado con ella?¿Qué se hubiera sentido despertar por las mañanas al lado de una mujer que amas?

No quisiera mirar tantas veces atrás. Dedicado al placer, entregado a una vida donde él es el centro, donde tiene la capacidad de organizar las fiestas y también de arruinarlas. De no pensar en otra cosa que en sí mismo: somos todos ridículos, con nuestras ambiciones minúsculas, con nuestros vicios y secretos. Y claro, siempre tiene que volver a pensar en ella. En el día de sol cuando saltaba entre las rocas, salía del mar, la miraba y estaba cubierto de amor. Se lo ocurre que podría seguir escribiendo, que es posible para él una vida sin fiestas, con un poco más de significado. Es posible esa gran belleza.

Las palabras soeces

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No sé por qué me cuesta usar palabras fuertes cuando escribo.

Creo que le debo ese desapego por las lisuras a mi padre, a quien incluso en los peores colerones, las palabrotas se le transformaban en nombres de minas mitológicas como Chuquicamata, sus carajos terminaban convertidos en tímidos carachos, y las mentadas de madre en delgados puñales.

Es verdad que cuando se abusa del lenguaje soez, pierde su impacto. Un caso: si el famoso coronel a quien nadie le escribía no se hubiera mantenido en sacrificado silencio durante toda la novela, la palabra Mierda no hubiese acumulado el titánico poder que aún conserva cuando el personaje de García Márquez la suelta–espléndida e invencible–en la última oración del libro.

No tengo el mismo problema cuando tengo que describir la anatomía humana. Me resulta sencillo hablar de situaciones íntimas, de nalgas y genitales y (evitando ser vulgar) de las diferentes variantes del sexo. Sin embargo, cuando se trata de lisuras (tacos, le llaman los españoles) me sorprendo a mí mismo –si es que los llegué a colocar– eliminándolos después de la primera lectura, casi con la misma diligencia con que me agrada deshacerme de los adverbios.

Pocas veces sucede que los insultos se quedan en la página,  resistiéndose una y otra vez a las revisiones. Aquella es la mejor prueba que necesito para saber que son indispensables. Me convence que  los personajes que he creado necesitan decirlos, que ya no poseen la extraordinaria voluntad de mi padre para cambiarlos en el último segundo.

Entonces salen de los personajes como un vómito y suelo mirarlos satisfecho, complacido.

Lima es un trapo

A esa ciudad que nos vio nacer. Que los cumplas feliz.

La costa

Puente Charles Cullen en Delaware
Puente Charles Cullen en Delaware

La costa este de los Estados Unidos abunda en islas. Algunas son pequeños mundos. Una de ellas es Long Island, en cuyo territorio están dos barrios de Nueva York (Queens y Brooklyn) y también el pueblo de Montauk.

Un poco más al norte, están Cape Cod, Martha’s Vineyard y Nantucket. Cape Cod no es en realidad una isla porque hay un pedazo de tierra que lo mantiene pegado al continente. Sin embargo, su conexión con el mar es total. Estas islas, muy asociadas con la historia de la familia Kennedy –ahora son el destino de verano de los Obama–, forman parte de un sistema económico (antes era la industria de los balleneros, luego la pesca, ahora el turismo) que quienes viven del mar conocen bien. Entre el continente y estas islas hay gran movimiento de turistas y de trabajadores –vía ferry– que dice mucho del dinero que genera la industria del placer y el descanso en los grandes balnearios asentados en ellas.

Hacia el sur de Nueva York, la costa este de los Estados Unidos ofrece un paisaje similar. La orilla de Nueva Jersey es también una especie de brazo colgado del continente. En la parte más baja de ese brazo está Cape May, uno de los primeros balnearios de la costa. Alguna vez fue residencia de verano de jefes de estado y negociantes acaudalados, pero decayó al mismo tiempo que aumentaba la fortuna de Atlantic City. Estuvo moribundo desde la Segunda Guerra Mundial hasta que, a fines del siglo XX, recibiera un nuevo impulso de dinero y de voluntades que lo pusieron otra vez de pie. El balneario hoy se mide, desde las inmensas columnas de grandes hoteles –como el remodelado Congress Hall– con sus contrapartes más famosas del norte.

Más al sur, conectados con un ferry que mueve importantes negocios aún en los peores inviernos, están las costas de Delaware –otro brazo que se abre hacia el mar– y las islas de Maryland y Virginia. Allí las playas del Atlántico, largas franjas de arena, son el principal atractivo turístico. Sin embargo, los habitantes se las ingenian para atraer a sus visitantes. Una de estas islas es Chincoteague, isla gemela de Assanteague, reserva natural donde vive, en estado protegido, una manada de casi 200 caballos salvajes.

Todos los años, en la última semana de julio, los caballos son arreados por vaqueros que los obligan a nadar desde el refugio hasta la ciudad de Chincoteague. Este espectáculo único, de una manada de caballos cruzando un estrecho de agua salada a nado, es visto por unos 50,000 espectadores que vienen desde muchos pueblos de los Estados Unidos, llenan los hoteles de la pequeña isla, repletan sus excelentes restaurantes de pescados y mariscos, y participan en el festival y en una subasta organizada por el departamento de bomberos. Los bomberos, encargados de la logística, subastan una cantidad determinada de estos caballos salvajes y cumplen con dos objetivos: mantener a la población en un número constante y manejable; y juntar el dinero necesario para operar durante los siguientes 12 meses.

La costa de los Estados Unidos también tiene muchos ejemplos de pueblos que parecen iguales, repletos de carteles de negocios, de tiendas con el mismo nombre, de aburridas zonas de compras asfaltadas con cabañas cerca de la playa. Sin embargo, lugares como Chincoteague, Assanteague, Cape May, Edgartown (en Martha’s Vineyard), Montauk (en Long Island) o Provincetown (en Cape Cod), convierten a estas islas en magníficos destinos turísticos, perfectos para quienes gustan combinar las horas de ocio con el disfrute de la naturaleza y del mar.

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Un rebaño de caballos salvajes pastando en la isla de Assanteague en Maryland
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Faro de Assanteague Island, Maryland
Amanecer frente al mar, visto desde Congress Hall. Cape May, New Jersey
Amanecer frente al mar, visto desde Congress Hall. Cape May, New Jersey
Patos en el puerto de Chincoteague Island, Virginia
Patos en el puerto de Chincoteague Island, Virginia

Teodoro extraña a Samantha

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Ir a Brooklyn es una experiencia extraña. Para mí es volver al pasado. Una vez, en 2003, después de leer Notes from the Underground, me senté en una silla con vista a la Avenida Atlantic para escribir en un cuaderno una larga y pésima novela sobre ese lugar que–aquí incluir un gran suspiro─ninguno de ustedes leerá. Caminar por la avenida Fulton, frente a las estaciones de metro de la línea azul que me recuerdan tantas pequeñas escenas de mi vida preconyugal, fue tan extraño como el filme que llegamos a ver anoche, a las carreras, vagando semiperdidos, en el BAM.

La película se llama Her. El director es Spike Jonze, de quien recuerdo muy bien Being John Malkovich. Primero: porque la vi en Boston, en algún momento de julio de 2000, en mi recién estrenada faceta de pasajero en trance en los Estados Unidos. Segundo: porque esa primera vez me quedé dormido.

Her, ambientado en una ciudad de Los Angeles maquillada para la ocasión ─con más rascacielos y menos inmigrantes mexicanos─ podría entenderse como una pieza de época. Sus personajes, que parecieran haber salido de un casting en el tren L de Nueva York, me hacen también pensar en Ghost World de Daniel Clowes o en algunas escenas de Frazen: a ratos Amy parece ser la hermana/chef  de The Corrections, a ratos ella y su esposo podrían ser los esposos Berglund de Freedom. Sin embargo, Her es  también una reflexión semifuturista sobre la soledad y las relaciones del hombre con sus máquinas. Alguno de mis amigos la entendió como un canto más a la victoria de la computadora. La película es, sobre todo ─si nos ceñimos al guión, dejando al lado las interpretaciones filosóficas─ una exploración de los diferentes caminos que puede tomar la vida de un hombre cuando se siente solo, no tiene muchas amigas y quien mejor lo comprende es su computadora.

Es una comedia. Podríamos empaquetarla como tal, si no nos encontráramos a nosotros mismos, mirando demasiado a la pantalla, recordando nuestra primera sesión de sexo virtual en el chat, o ─sólo unas horas antes de llegar al cine─ preguntándole a Siri: ¿cómo carajos llego al BAM?

Las conversaciones que puede generar la película son muy interesantes. La nuestra sucedió en un restaurán alemán acogedor, en una calle congelada de Brooklyn que me trajo sus no pocas memorias. Se recomienda ir a verla con compañía inteligente. Si va con su teléfono, aténgase a las consecuencias.

Los mejores actores de la película son Joaquin Phoenix, como Teodoro; y la voz ultrasensual de la computarizada Scarlett Johansson, como Samantha.

Recuento de novelas (2013)

Diego Trelles PazBioy me lo llevé a la costa de Arequipa. Fue una de las mejores novelas que he leído en mucho tiempo. Mientras leía, encontré los defectos que algún crítico le había señalado. Ya lo había empezado a fines de 2012, y lo dejé en los primeros capítulos, descorazonado por la violencia exagerada con que se abre la novela. De todos modos, sus virtudes son muchas más que sus defectos. En segundo intento, pasadas las primera páginas, el libro se sostiene como un mastodonte de imágenes. Bioy es una novela que se merece Lima. Las calles y las esquinas por donde pasa la violencia de la historia, son elevadas a categorías de títulos, que avanzan con un ritmo que invoca al vértigo.

El enanel enano de ampueroo, esa breve Historia de una enemistad, pergeñada hace ya muchos años por Fernando Ampuero, la encontré en el librero de una de sus primas lejanas.  Fue la novela ideal para el verano de 2013. Contada desde la anécdota de la relación laboral del autor con un tal César Hildebrant, la figura de este periodista de malos modales –quien para muchos de nosotros, televidentes engañados, alcanzó la talla de semidiós de la pantalla–se hunde página a página bajo la descarga de tinta. La novela, llena de humor, es una revancha escrita con pasión. Al terminarla, me paseé por Quilca buscando otra novelitas de Ampuero: Puta linda. Otra historia breve y muy ágil.

Al ensoldadosdesalaminatrar a Soldados de Salamina, ya estaba entrenado en el ritmo de Javier Cercas (por Anatomía de un instante), e igual me tomó por sorpresa la aparición del personaje Bolaño, que convierte a ese episodio–poco trascendente– de un narrador sufrido en busca de personaje, en una novela desenfrenada, con múltiples lecturas: una máquina de la literatura que apela a las armas del fantaseador de Los detectives salvajes.

El placer de mi lectura de Arrecife de Juan Villoro consistió–además de constatar su capacidad para sorprender con frases frescas y conexioArrecifenes inesperadas–en imaginar la manera como Cocaine Nights de Ballard había sido reimaginada por Villoro en México, con su andanada de solitarios, drogadictos  y artistas delirantes en un ambiente de pánico matizado con esa fantasía moderna que son los viajes con todo incluído.

all that isJames Salter, el escritor que penetró en mi vida con una foto a dos páginas y un perfil en The New Yorker, presentó en 2013 una novela que le tomó más de una década. Me propuse conocerlo. Primero con la lectura de lo que encontré a mano: Last Night, su impecable colección de cuentos, y después con All That Is, maravillosa recreación de una vida que empieza como soldado en el Pacífico y que transcurre con belleza y pasión por Europa, lugares de EEUU y Nueva York. Es una obra maestra. Luego, quiso la fortuna que pudiéramos compartir el sol de la tarde en su terraza de Long Island mientras Salter se preocupaba por el destino de la ciudad después de Bloomberg. Es un deber dejar dicho que leí también A Sport and a Pastime, la joya erótica de Salter, basada en sus experiencias juveniles en Francia.

tumblr_mkfwin8zlX1rarsdao1_1280-1La recomendación de leer El pasado de Alan Pauls vino de otro libro: Entre paréntesis, la colección de crónicas de Bolaño donde éste, además de rescatar aspectos positivos del alma narrativa de Bayly, pone a Pauls como representante de lo que debería ser el futuro de la novela latinoamericana. Es una novela muy argentina, en el sentido Rayuela del término argentino. Se tiene que leer, se aprende mucho de imágenes y personajes, y la novela se extiende, con excesiva generosidad, hasta que el lector acaba por sentir piedad–y rogar por el amor–mientras el personaje se coquea y se masturba hasta sacarse sangre.

Un episodio en la vida del pintor viajero comienza con una tranquila descripción de una vida dedicada al arte. Las páginas, escritas con bGM11913.jpgelleza por César Aira, tienen el talento de prepararnos para lo inesperado. Sin paciencia, el lector cree que la historia avanza sin mayor trayectoria, hasta que llega «el» episodio, y es entonces como si una tormenta hubiera desgarrado el breve libro en dos partes y, a partir de allí, lo que queda lo leemos con la intensa electricidad del choque que una sola imagen produce en nuestra mente. Aira demuestra la capacidad para pintar que tienen las palabras.

TanDon Quijote importante como las novelas mencionadas, ha sido la lectura de Don Quijote de La Mancha. Ese bloque blanco que es la edición de Francisco Rico, lo compré a 10 soles en el otoño gris del campo ferial Amazonas de Lima, y durante 2013 conoció conmigo los subterráneos, los aviones y los cafés de Nueva York. Lo había leído de niño, en fascículos que descubrí este año en mi antigua habitación, con las páginas amarillentas. Sospecho que mi niñez pasó por esas páginas sin sentirlas. Esta vez fue distinto. Si es leída con atención–y con notas–la vida de nadie debería de ser igual, tras terminar esa epopeya de humor y de sabiduría, escrita en dos tomos por Cervantes.

Este texto, con ligeras variaciones, apareció en mi blog de FronteraD hace una semana.

Oh mi Hellboy

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Cuando Julia se despertó, el hombre estaba sentado en el asiento a su lado, mirándola. Julia lo inspeccionó, incrédula. Él tenía lentecitos y vestía traje.

El autobús había salido de la capital a medianoche. Antes de quedarse dormida, Julia recordaba que su compañera de asiento era una señora con trenzas, que cabeceaba contra el asiento de adelante, con un costal de yute entre las piernas. ¿De dónde salió este hombre? pensó.

Este hombre la miraba con amabilidad. No esperó mucho tiempo, la miró a los ojos y le hizo una propuesta: le ofreció dinero por venderle el alma de esa criatura que ella tanto recordaba. Marcelo ya no es una criatura, Julia, le dijo. ¿De qué está hablando usted?, joven. No te voy a pedir que te abras el mandil ni que me enseñes los pechos, dijo el hombre. Julia se puso muy colorada.

—El trato es muy simple, dijo el hombre. Yo te doy cien soles. Mira, acá sobre tu vestido voy a dejar este billete nuevecito. Es verdadero, puedes chequearlo. Y te voy a dar este papelito, con este lapicero, y tú vas a escribir “sí”.

Julia trato de mirar por sobre el hombre, por la ventana,¿Habrían ya pasado la pampa?¿El desvío de la Panamericana, por esa carretera recién construída, que otras personas decían que la llevaba en casi nada de tiempo hasta su pueblo? No se veía nada. Muy oscuro estaba.¿De qué hablaba este hombre?

Tienes que volver Julia, le dijeron sus parientes. Todo está muy cambiado. Vas a encontrar tu casa, igualita, sólo necesitas levantar un poco de piedras del muro de la cocina que se han caído con las últimas lluvias. Y ponerle más paja al techo. Pero si toda mi familia se ha venido, todos están en la capital. No todos Julia ¿Te acuerdas de tu primo? ¿el Ciro?

—Yo lo sé todo, Julia. Ya tú me debes estar reconociendo. Tú me has visto en la televisión ¿no? Sólo te voy a dar este papelito y tú sólo tienes que escribir “sí”. Nada más. Y me lo das. Total, tú ya no vas a regresar a la ciudad, te vas a quedar a vivir en tu pueblo ¿no?. A ti que te puede importar lo que le pase a Marcelo o a su familia. ¿Que cómo sé yo que te regresas para siempre, harta de la capital? Yo lo sé todo, Julia. Sólo escribe SÍ.

Julia sentía un frío que le penetraba por los zapatos y le provocaba escalofríos. Creyó que su cuerpo se había vuelto débil, que había perdido la costumbre de la helada en tantos años de costa. Miró hacia los asientos de adelante, todos estaban cubiertos con frazadas y tiritaban. El único al que no parecía importarle nada la temperatura, era a este hombre que le alcanzaba un lapicero y un papel, que le insistía, recordando memorias que Julia creía que ya no tenía.

—¿Te quería Marcelo?¿Como a una madre?¿Por eso dejaste que succionara tus pezones tibios?¿Recuerdas que tu primito Ciro te pidió lo mismo?¿Que abrió la puerta de tu habitación mientras tú te cambiabas la ropa y repasó con su lengua ambos pechos?¿Recuerdas que puso su mano allá abajo? Todo lo sé, Julia. Escribe sí y te prometo que no te voy a molestar jamás, que puedes hacer de tu vida lo que quieras.

Y Julia dejó que Marcelo besara sus senos porque quería sentir lo mismo que le hizo sentir su primo. Y ahora ella regresaba y lo iba a volver a ver. Sólo a eso iba, si era sincera. Porque nunca creyó esa mentira del dinero para la reconstrucción, de la necesidad del regreso que algunos de sus amigos mencionaban. Regresaba hacia Ciro. Además de él sólo le quedaban del pueblo sus malos recuerdos, toda esa sangre que recordaba, la noche que asesinaron a su padre. ¿Podría acaso volver a asomarse por el valle? ¿Se atrevería a reconocer la piedra donde él apoyaba la cabeza antes de que lo asesinaran? De Marcelo ni nadie de esa familia sé nada. Dónde estarán, seguro que bien, porque ellos tenían una buena escuela, iban todas las mañanas. Julia le había preparado una buena lonchera, le había asegurado su corbatita para el desfile. Ella había jugado con él a ser mayores, su primera familia en la ciudad después de la desgracia. Eran otros tiempos, pensó Julia.

—Ya está. Un sí escrito bien claro. Eso es todo. Ahora me voy. No querrás que te arruine tu llegada contándote detalles de la vida de Ciro. No. Me has vendido el alma de Marcelo, con el derecho que te da haber sido la única mujer a la que él ha amado de verdad, la única en la que hubo reciprocidad. Y eso es todo lo que necesito. Tú ya habías cumplido con la primera condición de este trato. Abriste una noche las ventanas del cuarto de Marcelo ¿Recuerdas ese sueño en el que te pedí que dejaras las ventanas abiertas? Lo hiciste. No te pongas colorada Julia, ya nada sobre este muchacho te debería importar.

—Eso me dijo ese hombre de la televisión, y ahí nomás, yo me quedé dormida y él desapareció. Cuando abrí los ojos, allí estaba la señora de las trenzas, a mi lado, y en el bolsillo encontré un billete nuevo, de cien soles. Nunca se lo había contado a nadie. Fue en ese bus en el que regresé al pueblo, Ciro. Tú estabas casado pero igual me buscaste. Y yo de nada me arrepiento.

País de hartos. Lima: Estruendomudo, 2010. Impreso (pp. 129-131)

Oración

Mi lenguaje tiene que ser preciso y claro

Claro como la medialuna de la noche en que

Admiré tu cabello.

Diáfano como el timbre de tu voz

Al suplicarme cariño.

Natural: como Shakespeare

Porque él me gusta

Pero a ti te amo

Celestina en busca de autores

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¿Yo?Melibeo só, y a Melibea adoro, y en Melibea creo, y a Melibea amo

La Celestina, Primer Acto

Entrar en La Celestina es penetrar en uno de los más disputados enigmas sin resolver de la literatura. Sólo se han escrito más palabras sobre las peregrinaciones de Don Quijote por los paisajes áridos de Iberia, que acerca de esta Tragicomedia en 21 actos que perpetúa para siempre, no tanto a los protagonistas enamorados: Calisto y Melibea, sino a los personajes que giran alrededor de ambos, que tejen esta historia de engaños y picardía.

¿Quién imaginó la venenosa lengua de Pármeno, previniedo a su amo que cuando Celestina cruza frente a las piedras «una piedra topa con otra, luego suena ¡vieja puta!»?¿O la de Sempronio, tocando a la puerta y haciendo «tah, tha, tha», inventando la onamotopeya en esa España recién reconquistada de finales de los 1400?

Los personajes de este libro se mueven por las páginas despertando el cariño del lector, pintando una historia que parecería no ser la criatura de un oscuro Bachiller del que se sabe muy poco ( y que jamás escribió nada más)–Fernando de Rojas–sino de un literato no tan sólo con vasta experiencia en la representación teatral, sino también con extraordinarias capacidades para interpretar el corazón humano. Si se quiere, para soltar un nombre (del que creemos conocer un poco más): un William Shakespeare,  un siglo antes, y en español.

Apropiada por los académicos, que siempre buscan más que los lectores, el nombre de Rojas ya ha sido borrado de alguna edición reciente. Hay suficientes evidencias de la incapacidad de Rojas para producir los mejores pasajes de este libro con su nombre. Las tesis abundan, sin embargo, parece lógico inclinarse por quienes creen que él apenas habría sido culpable de encontrar pedazos de un texto muy bueno y acabarlo bastante mal.

Me gusta mucho más la suposición de la existencia de un grupo de autores. Esa breve hermandad de mentes agudas y disipadas, de reconocido ingenio, que en toda literatura nacional siempre aparece. Esas personalidades literarias circunspectas, obligadas a guardar en público el decoro, que escriben en privado por el mero gusto de despertar el ingenio y para divertirse. Se me ocurre tal vez a Juan de Mena, a Diego de SanPedro, o a cualquier otro autor que ya se había ganado la voluntad y el cariño de la corte –merced a las venias interminables y a la lealtad televisada–, sentados en una mesa, compartiendo el vino, aburridos de hablar de libros, imaginando las descabelladas, frescas y subversivas frases que componen los actos de la Comedia en La Celestina.

Acabar la obra–el acto final de la Comedia, interpolaciones en el texto y actos añadidos de la Tragicomedia– puede haber sido fruto de la paciencia del Bachiller Fernando De Rojas. Sin embargo,  para que nos hablen como hablan los personajes de La Celestina, se necesitaba la magia de quien ha conocido bien el mundo: una mente que no creyera en la mentira de que el arte tenía que ser un panfleto sobre la virtud. Ya lo sabía Cervantes cuando se burlaba de la seriedad de los caballeros andantes: el mundo más brillante no es el de los circunspectos y los rectos, sino de quienes saben que la vida es otra cosa.

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