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The New York Street

Un blog lleno de historias

Autor

ulisesgonzales

Writer. Editor of the literary journal Los Bárbaros (New York) and Las Furias (París). Editor at Chatos Inhumanos Publishing House (New York). Professor at the Journalism and Media Studies Department, Lehman College, CUNY, Bronx.

Discovering Shelter Island


¿No sabías que en el hueco del caballo estaban esperándote los griegos? ¿Por qué no le hicieron caso al disciplinado troyano que marchó hacia su ombligo murmurando que a los griegos no se les podía creer nada?

En tu ombligo escribiré un nombre nuevo, uno que todavía nadie ha usado. Tiene olor, forma y color de caramelo. Siempre estoy preguntándome si tu nombre habrá de definir tu destino, como el mío. Creo que no debo de preocuparme tanto. Posiblemente el destino haya ya decidido este nombre.

No quiero pronunciar nada sobre una mesa de madera vieja. Hay una chica francesa vendiendo palabras mal pronunciadas. Algunas de ellas son muy interesantes.

Las conchitas sobre la arena producen unas alucinaciones deliciosas. Estuve besándolas un buen rato, quería deshacerme del aroma de jabón. Creo que me llevaré unos pedacitos al laboratorio. Otros trocitos irán a parar al pabellón quirúrgico, se merecen una buena pintada.

No se puede ver la caída del sol entre los árboles. Hay un pez metido de cabeza en la grama de una de las casas de Shelter Island y la mesera dice que se le han terminado los mojitos. Nos cambian mojito por caipirinha y el sol viene a pasear entre nosotros y nos murmura cochinadas en el oído. Me gusta escuchar las cochinadas contigo, lástima que ambos estemos tan cansados.

Me gustó mirar el mar en Shelter Island. Me gustó respirar esta noche contigo.

El borracho

Todos vieron al borracho. Terno arrugado y camisa abierta. Balbucea algo, agarrado a su vaso. El borracho no ha dejado de conversar toda la noche. De mesa en mesa contaba su historia, suplicaba que lo escuchen. Hacia las tres ha tratado de parar la borrachera con un tacu tacu montado. Antes de las cinco se le vino el huaico y se encerró en el baño más de media hora. Salió casi al amanecer, los ojos rojos y la boca balbuceando carajos.

Pocos conocen su relación con el carnicero, su hermano. El carnicero ha entrado una mañana por la puerta trasera, ha medido a su hermano, lo ha cargado en hombros y lo ha dejado al sol para que lo encuentren los militares que a esta hora disfrutan con los borrachos desparramados sobre las calles como costales de papas, para vengarse a patadas de sus frustraciones diarias.

Con un hilo de sangre en la frente, el borracho se ha despedido de ellos. Llevaba las manos firmes en los bolsillos mientras marchaba hacia su casa caminando recto. Unas cuadras más allá se ha caído. El sol está muy arriba y nadie ha venido a recogerlo.

Reflexiones sobre Mefistófeles


Invocar al demonio. Vender el alma. ¿A cuánto? ¿Existe el cielo y el infierno? ¿Dónde quedan?¿Se acabará el mundo?¿Habrá un Juicio Final?

Recuerdo cierta conversación en mi niñez, sentado en una banca entre el patio de primer y segundo grado, sobre el Apocalipsis. Algunos de mis compañeros de colegio lo tenían bien estudiado y podían dar fechas y explicar cómo iba a suceder el fin del mundo con lujo de detalles.

Siempre tuve problemas con ese párrafo en el que se explica que Dios llegará a la habitación el día del Juicio Final, escogerá un hermano y lo salvará y el otro morirá. De niño compartía mi cuarto con mi hermano y si bien estaba seguro que quien se salvaría sería él, no me parecía justo. Esa fue una de las razones por las cuales, al comienzo de la pubertad, decidí que quería tener mi propia habitación y me mudé al cuartito donde la empleada solía mirar sus telenovelas, el que todos en la casa llamábamos «el cuarto de planchar».

En una de mis peores pesadillas de niño una ola gigantesca mezclada con un terremoto empezaba a destruir Lima y los meteoritos empezaban a caer sobre autos y peatones en la Javier Prado. Recuerdo haber sentido por primera vez el peso inmenso de la pregunta: ¿Para qué sirve nuestra vida en la Tierra?

El año 2000 lo recibí con primos y amigos en una playa de Arequipa. Los primos estacionamos los autos a cierta distancia de la orilla, ya que si el Juicio Final sucedía en ese preciso momento el mar estaba supuesto a salirse y las olas tenían que llevarse algunos cuantos carros de encuentro.

Leer sobre el diablo y las consecuencias de vender el alma, siempre me trae a la memoria esas tardes en que escuchaba ansioso los relatos sobre el Apocalipsis, alrededor de aquella banca en un oscuro pasillo entre los patios de primero y segundo grado del colegio Recoleta.

Metropolitan Museum & Rodeo Bar

Desde el techo del Metropolitan Museum, Central Park parece un bosque. Sirven Martinis y cerveza, algunos turistas solo miran, nos miran pasar, se pasean entre las esculturas recalentadas. Es uno de los primeros fines de semana que hace calor de verano.

Las canas de la guía se mueven con mayor rapidez que el grupo. Pasamos de los retratos de las tumbas de los egipcios y las momias conservadas con su cargamento de oro, del templo desenterrado y regalado por Nasser piedra por piedra, hasta el retrato de Lavoisier por David (un poco antes que le cortara la cabeza la guillotina) y a la soberbia imagen de Aristóteles apoyado en el busto de Homero cargando la cadena y el escudo de Alejandro Magno. Rembrandt, que influencia a Goya. Esas sombras que esconden sin tapar del todo, los gatos oscuros a raya a medio metro del hijo del enano y el estilo que aprovecha Manet cuando empieza a pintar. Y de Manet vamos al techo. Un Martini sin cereza y a mirar. En las veredas del Met abundan los retratos de geishas, el hot dog en Lexington Avenue, los vendedores de frutas parecian un trio de albaneses. Tal vez griegos.

¿Mesa para 10? ¿Para 12? Al final fueron como 15 porque no contaba con Gianpaolo y sus amigos. 3 pisco sours al hilo, jarras de sangría, las velas y el happy birthday to you. Jillian consigue un pollo saltado sin pollo al mismo precio, y el del pelo grasoso no la deja de mirar. Río ha llegado desde Panamá y Patricia a recoger sus cuadros con el novio. Lucy vino con el del pelo grasoso pero creo que ya se ha arrepentido de traerlo. Antes de irnos ya todos estamos un poco cansados. Juego de palabras con el conejo. Siempre el doble sentido que se presta para la cochinada y las carcajadas de Gillian que acaba de filmar un documental en el South Bronx. Llamada desde Rodeo Bar, correr a ver a Elana James, ganadora del Grammy, con violin y folk music, bajo, country, bandera de Texas (Elana es de Austin). Alejandra me saca a bailar, un par de Coronas extras y a tomar el taxi con parada en la 86.

Hay dos formas de alcanzar el cielo. Sonrisa en el taxi. Casi nos quedamos dormidos, el taxista conversa en el celular todo el camino, cruzamos la 87, salida 10. Me lo dice. Subimos a oscuras, pongo mi alarma para despertarme, si puedo, antes de las 6.

Faustus and forgiveness

 

matchpoint
Scarlett Johansson and Jonathan Rhys en una escena de Match Point, el filme de 2005 dirigido por Woody Allen.

 

Si el taxista sube en la siguiente esquina
si los hombres se alojan en las bodegas
si las mujeres golpean con los terrones de lona
si la bola muerta entra de todas maneras

Tanta cerda en vilo
tanto contramano.

Entre los rieles de los trenes y la ruta. Gimnasio, dos vueltas con libro. Los acantilados de Neruda, las ruinas de Paz. Las notas en el registro, varias A. 86 grados. Como que no quieren pero van a escribir el ensayo contra MVLL. No sobre literatura sino sobre convicciones politicas. Juan me dice que anda depre, pero igual me avisan que ha llegado a Lima el Pobre Diablo. Alejandra me recuerda que no me olvide sus telas. Me invitan de nuevo a recordar el picnic mas largo del mundo. En el tren 1 a Manhattan subrayo la llamada de Faustus a Mefistófeles. Se arrepiente de haberle entregado su alma pero es que lo quiere todo. Y no cree en nada. Desfilan los pecados capitales, todavia podemos pedir forgiveness.

Me llevo una pila de libros a la casa, el de Marlowe y el de Moll Flanders que tengo que leer para el examen. Los diarios de Eliade, Barthes, etc.

No regresaremos al vegetariano del especial de la noche, los precios han subido las chicas no son tan delicadas en el trato. Una de ellas es bastante grosera. Hay que ver todas las pelis de Alec Guiness. Hay que ver The Proposition que ayer encontré a $5 en el Blockbuster.

En Match Point el tema de la suerte el movimiento ascendente, la identidad con el sujeto cuyo lugar es deseado. Las nalgas de Scarlet Johanssonn bajo la lluvia. En 2001, el libro, el final de Hal es muy claro, se analiza desde un punto de vista psicoanalítico. Y en Dora Freud no dio pie con bola. Al gallego le dieron una clase de teoria literaria, pero ha fracasado. Entra Hunter. La reina de Inglaterra se queda estancada al cruzar el arroyo. Y esos cuernos hermosos desafiantes, se decide el destino de la reina. A ver si alguien se acuerda: Reyna es el tipo que marcaba a Maradona.

Antojito de arroz zambito

«En el versículo 7, el Capitán Cavernícola dice que no se puede comer pan con mango». Eso recitaba el cuatrero barato. Medias de nylon con cartelito de Koyama, bluejeans roídos, tabas de remate de Superepsa.

En esa época no existían aún las combis y los carros viejos como el mío costaban casi 10 mil dólares y llevaban en alguna parte de la guantera su sello: Ensamblado en Perú.

Puse el radio en Mar, la que siempre escucho, la voz del Ronco me hizo acordar que la flaca me estaba esperando con su uniforme de colegiala. Lamenté no haber recogido los papuleles que me atoré el otro día con ella. Así nos hubiéramos divertido más. Pero no todo es perfecto. Al fin y al cabo estamos en Lima.

«Siéntate perdedor» me dijo el cuatrero barato. De nada sirvió que volviera a mirar con desprecio sus medias Koyama. Se me empezó a contagiar la desgracia y hasta me acordé que alguna vez, paseando por el Jirón antes que lo transformasen en supermercado, también compré algunas cositas en el Tía frente a la Iglesia.

El cuatrero barato es el mejor peluquero de Lince. Entre cortada y cortada, como para inspirarse, se iba detrás de la cortina y se metía su traguito de pisco. De pico. Creo que con dos clientes se acababa la botella el chino. Después cerraba el local y se iba a chupar.

«Hay que catequizar a estos mierdas» dijo la pelada. Y le zampó una bofetada tecnológica a la perra esa de Patricia. Me acuerdo que me sentaba con ella en el asiento de atrás, camino al colegio. Ya tenía las piernas regordetas. No me extrañaría que se la hayan comido las várices.

«Lima tiene demasiada leche condensada» Facilito se la lleva este huevón. Nunca supe de donde sacaba sus frases célebres, pero se podía pasar toda la tarde llenándote la cabeza de esa basura. Te ibas con menos pelo (corte alemán) pero con una tonelada de carga radioactiva en el cerebro y luego no sabías qué hacer con ella.

Respiré hondo. Había cada vez más humo en las calles de Lima. Qué bueno es vivir a cuatro pasos de la peluquería. Abro la puerta de mi casa. Me acaban de dar la copia de las llaves. Basta de mostrarle el aliento a mi mamá. Basta del «¿has tomado?». Si ya sabe que sólo a eso voy. A chupar. Para qué molestarse en constatar que el aliento siempre me apestará a alcohol.

Retiro lo dicho. No sólo voy a chupar. Me encantaría agarrarme a Silvana, pero por alguna razón todo lo que digo cuando estoy frente a ella siempre está mal. Mi adolescencia siempre ha sido una cagada. Demasiadas ideas condensadas. Demasiada leche en bolsa. El cuatrero miserable tiene la razón. Nunca me he divertido tanto como ahora, a la distancia. Cuando puedo imaginarme a Lima en llamas, su raquítica niebla cayendo pesada sobre los edificios de sus acantilados de pesadilla. Pensar que alguna vez caían gotas. En mi Toyota de 10,000 dólares. Recuerdo haber mirado a los bañistas de la Costa Verde duchándose bajo las cascaditas.

«Esa es tu Lima que se fue». Y sí pues. ¿Qué están chupando? ¿Sirve de algo preguntar? Igual me lo voy a empujar. Bonito, bonito, todo para adentro. Como la siniestra mirada con la que reventábamos la pelota contra la puerta de la casa. Lo ideal era hacer mucha bulla. Mi barrio era clasemediero. La Molina sólo el nombre, un sitio bastante aburrido. Desde que se separó el grupito que jugaba al fútbol en uno de los pedazos del parque, desde que se fue Patricia y sus caramelos con sabor a Coca Cola. Creo que ella debió de haber sido la protagonista de mis primeros sueños eróticos.

¿Por qué cuando la penetro no pienso en ella? ¿Por qué ya no me interesa para nada si Perú va a un mundial? ¿Por qué me cuesta fijarme en un tiempo determinado? ¿Por qué no recuerdo el nombre de la perrita que conocí en el bus a Quito? ¿Por qué no me basta mirar sino que tengo que juzgar?

Sé que al cuatrero enamorado le daría demasiada risa todo lo que he escrito. Sé que a la pelada le temblaría la mano si tuviera que darme una bofetada. No podría. Sé que en algún rincón de su inconsciencia sonreiría ante tanta confesión, ante tanta miseria.

No me había perdido montando la bicicleta. Aún recuerdo el dolor de aquellas primeras caídas, de aquellas silenciosas rondas, de su perfume de precio módico (no tan barato) quejándose de que le estaba poniendo la cabeza encima de su chuchita. Nunca me voy a correr como me corrí esa noche borracho sobre su cuerpo ardiendo. Nunca voy a besar a nadie como besaba sus labios en esos tubos inmensos de desagüe. La buena notica es que parece que nunca voy a estar tan solo como cuando murmuraba su nombre y lloraba.

¿Por qué me vienen estas memorias? ¿Por que tengo antojo de arroz zambito?

Fast Memo


En el edificio hay dos puertas levadizas. Ninguna tiene seguro contra choques. «Si no hubiera sido por el seguro total no hubiéramos podido comprar la Toyota». Mamaroneck se inundó. Apareció en la primera página del Journal News la foto del edificio donde viví cuando llegué a Nueva York. Parece que se va a derrumbar. Es una decadente y llena de cucarachas torre de Pisa. Las mejores memorias son ciertas tardes de sol acompañado por ella y ciertos fines de semana mirando de corrido El Padrino 1, 2 y 3 junto con Buenos Muchachos.

Hay por algún lado un video de la primera vez que salí a trabajar en el invierno con toda esa nieve. El guatemalteco Herman decía que quería que le presentase algunas peruanas porque no conocía a ninguna (estaba casado, le gustaban las motos, las correas y botas de cuero de serpiente y mencionaba a todos que Guatemala había tenido 25 años de guerra civil).

A Cristóbal , el ecuatoriano que trabajaba de superintendent en el edificio, le gustaba repetir que Herman estaba mal de la cabeza. Cristóbal va de compras a Home Depot y compra doble de todo «uno para el doctor otro para mi casa». Creo que ahora vive en alguna de las Carolinas intentando encontrar la fórmula para trabajar menos pero siempre sacar el doble de provecho.

Es la primera vez (creo) que ordeno una Cider Ale. No estaba mala. En el restaurante Harvest de Hastings on Hudson el bisteck estaba demasiado cocido. Demasiado elegante para tan mala comida. Mejor estaba el muffin de esta mañana con energy drink.

Ha salido el sol. Estamos esperando que aparezca el camión con el último The Bronx Journal. Tengo que seguir escribiendo sobre Middlemarch. Me aceptaron para el curso de 3 días de Writing Across the Curriculum en Lehman.

Pensando en voz alta

 

Quiero escribir un ensayo sobre Middlemarch. Tengo como fuentes de información el libro de LeavisThe Great Tradition– y el Western Canon de Harold Bloom. Tengo los ensayos de la edición de la Norton, con esta terminante declaración de Henry James en un ensayo de 1873:No hay nada más poderoso que esas escenas en toda la ficción inglesa, y ciertamente nada más inteligente.

James se refiere a las escenas donde Tertius Lydgate, el doctor del pueblo, joven y voluntarioso, que cree contar con la energía necesaria para transformar completamente la historia de la medicina moderna, tropieza con los problemas comunes del hombre vulgar: deudas contraídas para amueblar la casa, una renta demasiado cara, chismes cuando las tiendas empiezan a negarle el crédito, y una esposa bellísima pero engreída a la que no le interesa nada sino ella misma.

James habla del «drama humano» retratado magníficamente por Eliot, de «las luchas de un alma ambiciosa al tropezar con los sórdidos desencantos y las verguenzas comunes a las que se tienen que enfrentar los simples mortales».

Estaba un poco desencantado con la idea de que nadie lee Middlemarch, de que poca gente se atreve a enfrentarse con las más de 500 páginas (en letra pequeña) de la magistral novela de Eliot. Sin embargo me alivia saber que estoy equivocado. El 2008 Sam Mendes, el de American Beauty, empieza la adaptación de Middlemarch para el cine.

Me interesa el retrato de Mr. Casaubon. Estuve pensando si el personaje no tiene unas dimensiones que aún no han sido suficientemente valoradas, porque se trata del típico envidioso intelectual frustrado cuyo único pecado -o pecado original- es haber estado demasiado tiempo metido entre los libros y carecer de las herramientas para juzgar el mundo. Una especie de Lobo estepario que nunca alcanza la redención. Y sin embargo Herman Hesse escribe sobre un intelectual aislado, Casaubon es un intelectual que busca el contacto con la sociedad y al que además le interesa mucho el qué dirán. Casaubon es el hombre que se juzga mejor que todos pero no puede probar ningún resultado intelectual que amerite la fama que él mismo se otorga, que sobrevalora aquella «futura obra», aquella Llave de todas las mitologías que nunca verá la luz.

Dorothea es un personaje magnífico. James la considera «una creación brillante». Podemos sentir a Dorothea casi levitando de contenta cuando realiza una obra de bien. Su problema -ser corta de vista-no le impide alcanzar su objetivo, previo matrimonio con Will Ladislaw.

Sin embargo, el personaje de Dorothea tiene ya varias copias. Sin ir muy lejos: las dos heroínas en las que se basó Eliot para crearla: Antígona y Santa Teresa de Ávila.

Casaubon no sé si tenga copias. Y no sé si haya sido estudiado lo suficiente.

Liv


Nos conocimos en un seminario de yoga al que había asistido de curioso, en una de la callecitas abandonadas (ahora rejuvenecidas con discotecas y bares) de la zona del mercado de pescadores.

Se le ocurrió estudiar yoga luego de un viaje de dos meses a la India. Encontró el anuncio de clases semanales por menos de 100 dólares en Craigslist y se inscribió inmediatamente.

A la tercera semana de clases la invité a cenar. Le pregunté si conocía algún restaurante de sushi cerca y ella me dijo que había uno en Gramercy Park a la vuelta de su depa. Aprendí esa noche que a Liv le encantaba hacer caras. Achinar los ojos, encojer los labios, agrandar las bolas de los ojos. Era una experta en muecas.

Conseguí que me invitara a su departamento. Era un estudio pequeño. No había separaciones entre la sala y el dormitorio. La cama, ordenada y cubierta con una muy femenina cubrecama de rayas rosadas me miraba todo el rato. Quise besarla.

-Creo que estamos yendo demasiado rápido-me dijo. Y yo no insistí.

Estuvimos haciendo boberías, contándole de mis clases avanzadas de guitarra y de mi breve experiencia como corresponsal de guerra en Afganistan. Casi se orina de risa cuando le dije que todo había sido culpa de mi falta de inglés y de mi mala costumbre de no tener un aparato de televisión durante más de diez años. «Yo pensé que la guerra ya se había acabado». Estaba entre sorprendida y desconfiada de mi absoluto desconocimiento de los temas de actualidad

-¿Cómo puedes trabajar de fotógrafo para periódicos si no sabes lo que pasa en el mundo? Liv tenía (tiene aún) , un modo muy peculiar de interrogar con la mirada. Mueve las cejas así y asá, giran los rulitos castaños sobre su frente y sus pechos parecen rebalsar debajo de la camiseta.

Le expliqué que mi trabajo poco tenía que ver con la actualidad. Por ejemplo: fotografiaba un árbol a punto de derrumbarse en una calle de Brooklyn, fotografiaba animales que merodeaban debajo de ese árbol y usaba la computadora para hacer collages fotográficos. Ilustraciones que parecieran fotografías. Me gustaban los colores vivos, los rojos Almodóvar, los amarillos Kubrick. No me entendió lo de Almodóvar ni lo de Kubrick con lo cual me di el gusto de replicar que si bien mi desconocimiento de la actualidad era terrible, su ignorancia acerca de películas era total.

-La última vez que fui al cine fue antes del 2000. Una película de drogas y lesbianas atolondradas.

Le respondí que esa bien podría haber sido una película de Almodóvar. Le mencioné todos los títulos pero ella no parecía acordarse de ninguno. Apenas si recordaba una escena en que una salchicha de carretilla se transformaba en nave espacial. Me dejó en la luna. Me lancé otra vez a besarla y esta vez me dejó. Sus labios eran frescos y tiernos.

-Creo que estamos yendo demasiado rápido-murmuró. Y con las manos apretó mis bolsillos y me preguntó -¿Qué llevas acá?
-Un condón-respondí. Y no paramos de reirnos mientras nos desnudábamos con prisa.

En la mañana Liv volvió a hacer sus muecas deliciosas mientras me recitaba un largo menú con todo lo que podía prepararme para el desayuno. Le dije que si me alcanzaba la guitarra que colgaba en la pared, le podía dedicar una canción. Le compuse una melodía que ella escuchó en silencio, mientras jugaba con su manos debajo la sábana, volviéndome un amasijo de ternura mientras intentaba traducir en música lo que sentía por ella esa mañana.

Creo que lo conseguí.

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