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The New York Street

Un blog lleno de historias

Autor

ulisesgonzales

Writer. Editor of the literary journal Los Bárbaros (New York) and Las Furias (París). Editor at Chatos Inhumanos Publishing House (New York). Professor at the Journalism and Media Studies Department, Lehman College, CUNY, Bronx.

Extradición de Fujimori


Estos últimos tres días he tenido una instructiva discusión a través del e-mail con una amiga, veterana de las protestas anti-Fujimori. Leer mis respuestas y las suyas me ha servido para aclarar ideas y establecer conclusiones:

Primero. Es necesario que se enjuicie a Fujimori, porque parece ser la única manera en que el ex presidente es capaz de sentarse y conversar sobre ciertos temas que no son de su agrado: violaciones de los derechos humanos durante su gobierno, manipulación de autoridades y medios de comunicación, entre otros.

Segundo: Es necesario que también se revisen los expedientes de Alan con el mismo celo con el que se han revisado los expedientes de Fujimori. Y que se discuta en los medios masivos por qué García sale librado de polvo y paja mientras Fujimori está sentado en el banquillo de los acusados.

Tercero: Es necesario darle crédito a Fujimori por haber intentado plantearse objetivos de gobierno y desarrollo más ambiciosos que los de sus antecesores Belaúnde y García. Mientras estos dos se contentaron con un país semi destrozado, parece que Fujimori se planteó la construcción de una nación moderna, estableciéndose metas que le permitirían conseguir objetivos más ambiciosos, como el del establecimiento de las bases para un país desarrollado.

Reconociéndo los logros, es posible hacer las críticas: Fujimori creyó que el poder era para siempre. Fujimori intentó perpetuarse en el poder. Fujimori estableció el culto a su persona. Fujimori nos llevó otra vez a la senda del caudillismo de la que los peruanos parecemos no poder librarnos nunca. Fujimori destruyó las instituciones democráticas puesto que éstas no estaban pensadas para funcionar si él no estaba dirigiéndolas.

Producto de ese autoritarismo es que suceden todos los abusos durante el gobierno de Fujimori. No es difícil imaginar funcionarios y autoridades que abusaban del poder (léase: asesinar, torturar, utilizar la SUNAT para establecer cargas tributarias sobre las empresas de sus enemigos y controlar la información que podía salir en los noticieros) creyendo que la presencia indefinida de Fujimori les aseguraba la impunidad.

Es cierto que muchos funcionarios honestos, que creían en la visión del Perú de Fujimori, contribuyeron a que se consiguieran muchos de los objetivos que Fujimori se adjudica. También es cierto que se necesitaba una cabeza lúcida, una persona trabajadora y provista de una visión a largo plazo en el cargo más importante del poder ejecutivo, el de presidente de la nación, para que el país consiga esos objetivos. Ambos fueron indispensables.

Fujimori representó en cierto momento de su presidencia esa opción. Sin embargo, por voluntad propia, decidió lo que decidió. No es extraño que hayan sucedido abusos durante su gobierno, pues este, a partir de cierto momento, se revisitió con todas las características de una dictadura.

Su figura crece cuando se le compara a la de Alan García y a la de Fernando Belaúnde porque estos dos fueron presidentes inefectivos, incapaces. De oratoria elocuente pero limitados en el manejo gerencial del país. Frente a ellos los problemas del país siempre parecieron enormes, irresolubles.

Fujimori creyó que era posible un país sin lucha armada, con un sistema de tributación moderno, con carreteras que unieran los pueblos más alejados, sin la dependencia económica del narcotráfico, con fronteras permanentes y conflictos fronterizos definitivamente solucionados. Y trabajó para conseguirlo, es ridículo afirmar que esos problemas se solucionarosn solos. Fujimori fue más efectivo que sus dos antecesores y en el futuro podremos comparar a los presidentes que vengan, sabiendo lo que es posible hacer cuando se habla poco y se trabaja más, cuando hay metas y voluntad política para solucionar los problemas.

Sin embargo, es indispensable el juicio a Fujimori para estar seguros de que se puede construír el Perú respetando el derechos de todos a opinar libremente. Y para que Fujimori confronte a las víctimas de los abusos y la persecusión de sus subordinados.

Además, porque necesitamos estar seguros de que él ha entendido el tamaño de la verguenza que atravezamos como país cuando él renunció por fax y se refugió en el Japón, dejándonos con el recuerdo de los vladivideos y con la lamentable certeza de haber sido engañados, de haber vivido en un país de fantasía donde la verdad y la mentira se dictaban desde una oficina del SIN.

Sin excesos, con respeto pero con decisión, queremos el juicio a Fujimori porque nos interesa que sepa la verdad de muchos peruanos. Y porque necesitamos que él nos diga la suya.

Contesta

El camino tomado
hacia Manhattan
nos llevó hacia el oeste

Hacia las calles del SOHO
hacia la tarde destreza
hacia tus puentes

En la tapa del New Yorker
gritan las visitas y
los trapecistas pobres

En una tarde agazapado
los trenes corren a la hora en punto
Se atraviesa Bob Dylan
deja un mensaje en la contestadora:
No tengo tiempo para atender provincias

Te pregunto sultanito de alfajores nuevos
Rey del laberinto sin muros
Mucama del tenebroso ojo de gato:
¿Qué hacemos?

Sé que dirás
que agarremos bien fuerte
las penas pasajeras

Tardaré en contestarte
Lo sabes de sobra
Pero tarde o temprano timbrará en tu casa

Por favor contesta.

Foto por «Jonas 79». Flickr.com

Tartufo (2): As Petunias de Capao Novo

Capitulo 2
Tartufo pasó tres días en un albergue en Foz al lado de las cataratas y al amanecer del cuarto día levantó su maleta, que por entonces ya pesaba casi tanto como él, y se dirigió a la estación de buses, a la que recién estaba acostumbrándose a llamar con el nombre portugués: rodoviaria.

Del gigantesco panel de destinos y horas de salida el nombre que más lo atraía era el de siempre: Río. Tartufo se percató de que su destino sería el capricho de su voluntad. Señaló Río con el índice firme para darse el gusto de indicar un nombre que le parecía sagrado.

La terminal de buses de Río de Janeiro era un escándalo de gente. Le recordaba el Mercado de frutas de Lima pero con temperaturas del trópico. Caminó unos metros y empezó a sentir el sudorcito escurriéndose bajo la camiseta desde el cuello: Río ardía.

Por teléfono le dijeron que podía tomar un bus que lo dejaría muy cerca del albergue, frente a la playa de Botafogo (otro nombre de fábula). Se paró a esperar bajo el techo herrumbroso de un paradero azul. Al pasar el torniquete de la puerta posterior del autobús, se dió cuenta que dos adolescentes lo seguían. Uno era alto, ambos vestían pantalones de tonos brillantes y dos desbargadas camisas de cuello y botones. Lo seguían. Tomó el asiento detrás del chofer.

Los adolescentes se quedaron unos asientos detrás, en diagonal a él. Era una situación ridícula: la maletota que llevaba se estaba descosiendo de lo barata que era. Tenía algunas monedas brasileñas en el bolsillo y, los cheques de viajero que solo él podia cobrar. Volteó y los miró de frente¿Qué podrían hacer en un autobús lleno de gente? Caminaron directamente hasta su asiento, le dijeron en portugués algo que no entendió pero pareció escuchar la palabra “Asauto”. El alto le indicó con los ojos una punta que parecía ser la de una cuchilla, envuelta en la tela de su camisa. Pero no vio la cuchilla ni entendió bien la pregunta. Le pareció más que adecuado usar las palabras que le había enseñado Alexei para cuando no pudiera comunicarse en portugués. Miró a los ojos del alto, que pretendían asustar pero sin poder esconder muy bien un brillito de miedo y le soltó en el mejor acento portugués que pudo: “No entendo porra nenhuma”.

El alto se quedó perplejo. Tartufo le repitió otra vez, con voz más alta y más clara, marcando el golpe de sus palabras en portugués masticado: “No te entiendo ni mierda”.

La puerta delantera estaba abierta. Los adolescentes corrieron a bajarse. Ni bien desaparecieron, Tartufo escuchó la escandalosa risa del chofer, que clamaba que esos eran unos asaltantes ineptos. Tartufo entendió durante el recorrido hacia Botafogo –porque éste iba gritándole la historia por la ventana a otros conductores– que él pensaba que los asaltantes eran unos idiotas. “Dinero, dinero eso es todo lo que tienes que decir”, escuchó frente a un semáforo en rojo. En otro momento, el chofer se volteó en su asiento–mientras conducía– para darle una buena mirada sin dejar de reírse. Otro hombre enternado, con aspecto ínfimo, desde el asiento de al lado, le “explicó” que lo habían tratado de asaltar. Un grupo de señoras con el rostro angustiado lo miraban sin decir nada. Tartufo entendió rápido: en Río era solo él. Nadie más.

Caminando desde el paradero hasta el albergue, Tartufo contó siete mendigos establecidos en casuchas temporales de cajas de cartón sobre las veredas. El último que contó se había apropiado de la esquina frente al albergue. Tenía una hornilla pequeña de gas y estaba preparando el almuerzo en una olla que más parecía un cubo, cubierta de ollín y de óxido.

El albergue era un edificio moderno de tres pisos. El encargado de registrarlo le dijo que era el primero de un proyecto para renovar todo el sistema de hostales de viajeros. Los cuartos y los baños estaban casi vacíos ( después le explicarían a Tartufo que el más popular de Río era un albergue juvenil que se caía alegremente a pedazos, frente a la playa de Copacabana). Su habitación contaba con cuatro camas camarote. Sólo una parecía estar ocupada. Cogió la que estaba al lado de la ventana si bien tras ella apenas si se adivinaba un cerro cubierto de vegetación. La mayor parte de la vista consistía en otros edificios.

La sala de television era el lugar de reunion. Pasó por allí antes de tomar una ducha y antes de salir hacia Copacabana pero no vió a nadie. Al parecer todos habían partido hacia la playa. Tartufo no se imaginaba que los turistas pudieran ir hacia otro lugar con aquella temperatura infernal.

El viaje a Copacabana fue incómodo. Sintió el mareo del que entra en una ciudad caótica y sopesa la posibilidad de perderse o terminar engullido. El bus lo dejó en una calle de un solo sentido y lejos de la playa. Trató de averiguar donde pescar el autobus de regreso pero se trabó con el idioma y cuando por fin lo hizo obtuvo una respuesta que no entendió. Memorizó el nombre de la avenida y los colores de algunos edificios. Desde donde se bajó podia ver el horizonte del asfalto de la calle, como una pendiente inclinada, donde se adivinaba en el fondo, el espacio cubierto por el mar. Pero no se podía ver el Océano Atlántico.

Por un momento se detuvo para establecer mentalmente la magnitud de su viaje: Ni dos semanas desde la partida de Lima. Había cruzado por 36 horas la sábana caliente del desierto de Atacama. En Santiago su alma pedía el mar y partió hacia Viña. Los tres días que pasó con Alexei, los argentinos y el ecologista belga, le alegraron el alma pues hasta ese momento no estaba tan seguro que un viaje solitario por Sudamérica hubiera sido una gran idea. La hermandad de Reñaca duró lo suficiente para demostrarle lo contrario, si bien para hacer feliz a Tartufo bastaba la promesa de una mujer bonita y alcohol suficiente para traspasar la madrugada brindando hasta el alba.

Alexei lo acompañó hasta Buenos Aires. Estuvo con él dos días y antes de partir le confesó a Tartufo que se sentía inseguro porque en Porto lo esperaba una mujer: Mirelle. Le contó que su hermana Tatiana tenía un grupo de amigas con las que celebraban carnaval todos los años. Él las llamaba sus “petunias”. Antes de irse a Machu Picchu había estado locamente enamorado de la petunia Mirelle. Pero tenía que hacer el viaje de su vida antes de decirle que la amaba. Ahora regresaba con el cabello largo y los ojos llenos. Ahora estaba preparado para ofrecerle el mundo. Tartufo lo acompañó hasta la estación de Retiro y lo despidió con un abrazo de hermano. Alexei le hizo prometer que intentaría visitarlo en Porto Alegre.

Caminando por esa calle, doblando esa pendiente–pensó Tartufo–, está el Atlántico. Lo cubrió el aura de los mitológicos exploradores que cruzaron el continente. Sabía que él era una especie diferente, que la magia de aquellos viajes inciertos no podia compararse con su aventura de paneles de información, horarios de salida y albergues juveniles baratos con desayuno incluído. Mas como no conocía a nadie de su edad que hubiera llegado solo hasta Río se sintió dueño de la gracia con que la humanidad enviste a los pioneros. Era pionero en su calle, en su barrio, en su clase, en su colegio tal vez. A los 19 años, a sus amigos no les interesaba atravesar el desierto, la cordillera y la pampa hasta la playa de Copacabana. Además Tartufo guardaba en la retina la magia de las aguas cascadas del Paraná, reventando en el infierno de la Boca del Diablo; y había sentido la indescriptible epifanía que siente el viajero que abandona por primera vez la seguridad del idioma para traspasar la frontera e internarse en un universo donde la boca no le sirve para decir nada. Se sentía poderoso.

Tartufo no sospechaba en ese momento, al terminar el recuento mental de los lugares visitados en su aventura transocéanica, que antes de que los dedos reventados de su pies viajeros sintieran la textura del nuevo mar, incluso antes de que sus ojos recién acostumbrados a preveer aventuras bajo el pálido horizonte divisaran el color profundo de la Bahía de Guanabara, de las azules playas de Copacabana, unas palabras lo devolverían al universo miserable de los temblorosos mortales a los que él creía haber logrado superar.

2.

Los hermanos Gil regresaron a Porto Alegre con la maleta sin deshacer. Alexei se dedicó a tiempo completo a un proyecto experimental que tenía postergado durante mucho tiempo. Tache, después de tres semanas aún no había podido recobrarse del susto y la angustia. Una mañana despertó bañada en llanto y sudor. En su cabeza giraban dos palabras ininteligibles. Las escribió en un papel. Estaba desayunando cuando reparó en el detalle: Esas eran las palabras de los asesinos que mataron a Tartufo.

Sonó el teléfono. Primero no entendió. Luego escuchó un nombre familiar: Antonio. Sí se acordaba, sí lo disculpaba por llamar tan temprano, no era molestia, estaba despierta. Era algo urgente. Antonio le contó su pesadilla: eran tres mujeres, tres ancianas las que habían matado a Tartufo. No solo eso. Antonio había entendido las palabras que ellas proferían mientras lo mataban: ióm ktanón. Una amiga había escuchado su historia y se las tradujo. “Es griego antiguo y significa…” Y en el teléfono Antonio hizo una pausa honda: Asesino de tu hijo. Son las tres Furias o tres personas disfrazadas de ellas. Las encargadas en la mitología griega de vengar los crímenes contra tu propia sangre.

“¿Estás hablando en serio?” “¿Qué me estás diciendo?” repitió Tache. Una amiga del trabajo la iba a pasar a recoger, se disculpó. Antonio le pidió solo unos minutos para terminar su idea. Dijo que estaba tan sorprendido como ella. Nunca le había gustado la literatura ni la mitología, ni tenía predisposición a ver imágenes o espíritus. Lo que estaba viviendo era perturbador: no rendía en el hospital, caminaba ansioso y tenso. Creía necesitar algún tipo de descanso pero él y su esposa acababan de estar dos semanas de visita en Perú y ella no entendía nada. Las pesadillas eran constantes, las imágenes de las asesinas lo perseguían en sus sueños. “Yo tengo que traer niños al mundo. Mi vida es el nacimiento y súbitamente, tengo que lidiar todos los días con la muerte, tú eres siquiatra, tal vez puedas entender y aguantar major que yo”. Se quedó en silencio. “He leído un libro que me explica la historia, si bien no sé cómo conectarlo con Tartufo, con el Bronx, con nosotros tres”. Los tres sobrevivientes del bar Pizelli, como los habían llamado–en un artículo escondido en la página de policiales–el New York Post. “¿Qué libro”, preguntó Tache. “Euménides de Esquilo. Te voy a enviar un e-mail con algunos párrafos”. “¿Tú tienes mi correo electronico?” A Tache no le molestaba saberlo, solo que no entendía cómo lo había conseguido. “En su habitación en Lima, Tartufo guardaba tu correspondencia. Hablé con su madre–explicó Antonio–en una postal le dabas tu teléfono y tu e-mail. Me dijo que ha pensado en llamarte, pero que está esperando que pase el tiempo.”

–Claro, mándame un e-mail–respondió Tache–“Ahora discúlpame, me tengo que ir.”
Su amiga estaba tocando la bocina en la puerta del edificio.

3.
Antes de caminar hasta la playa Tartufo creyó que tenía que llamar a Lima. Vio un teléfono de larga distancia en una esquina.

“Hola. Quién habla?” Era su hermano, con un tono de voz apagado “A qué no adivinas donde estoy” No pudo esperar a que él le respondiera “En Río”, dijo. “¿Mi mamá?” Tartufo escuchó la respuesta y su rostro se ensombreció.“¿Todos? ¿Al pueblo?” “…” “No” “Vuelvo a llamar. Diles que estoy bien”

No era un hombre aún. No estaba preparado para enfrentar la muerte.

Tartufo había dejado a su abuelo ya decaído y sin memoria. Pero pensaba regresar a verlo y contarle su historia aunque él no pudiera responderle. Su abuela había muerto con las heridas en las piernas que se le pudrían entre las gasas urgentes. Su abuelo se había dejado ir. Una vez se paró sin acabar su cena. “Dame la escopeta, le dijo”. “Vámonos al monte a matar indios”. Era como si le hablara en serio, pero nadie sino él le prestaba atención. Ahora él estaba lejos ¿De qué servía el mar?¿De qué sirve tu viaje Tartufo? ¿A quién podrás contarles tus aventuras al regresar si ellos han tenido una aventura mayor, si ellos han estado lidiando con la muerte?

Tartufo recordaba cómo eran esas caravanas fúnebres hacia el pueblo. Creía entender la magia que llevaban los muertos que regresaban de tierras extrañas a ser enterrados entre los suyos. El cuerpo de su abuelo iría tendido en la parte de atrás de la camioneta, como si estuviera enfermo. A ambos lados irían dos de sus hijas. Si la policía los detenía, dirían que estaban cuidándolo, le llenarían la cara de paños con alcohol para que pensaran que dormía con angustia. Uno de los hijos, el piloto, ordenaría las coronas y el féretro y designaría a los que se encargarían de tener todo dispuesto para el velorio. El viaje duraba ocho horas, y habría una caravana discreta de familiares que se les uniría conforme pasaran los pueblitos después de Nazca. A la salida del túnel de Palpa, el piloto bajaría para encender una vela al Cristo negro y fumarse un cigarro. Esa sería la única parada del viaje. Llegando al pueblo habría gente que los esperaría en la calle principal, a la entrada, para demostrarles su dolor.

En la casa vieja, la única hija que la ocupaba saldría a mirar el cuerpo de su padre. Se encargaría de vestirlo. Con un terno oscuro solemne. Le llenarían la boca de algodón. Debajo de sus brazos cruzados colocarían al señor crucificado de hierro, bendecido en el Vaticano a mitad de siglo. Habría silencio en la sala de pintura blanca carcomida y la luz de los velones se reflejaría en los cristales de las fotos descoloridas de sus hijos colgadas en las paredes. Allí estaría la primera comunión de su madre y la foto del menor con el cabello engominado y el fondo de la ciudad de Nueva York. Las hijas mayores estarían totalmente vestidas de negro y sorberían el café con disciplina. La mayor de las hijas contaría historias y el profesor Dongo empezaría a quejarse en algún momento de la mierda que estaban haciendo con los recursos de la provincia, de las cagadas en las que estaba metido el tipo ese que se llevó la plata para arreglar el motor del alumbrado público y que los terrucos estaban dando vueltas. Y de repente, levantando los ojos del piso, con el cigarillo humeando entre los labios, preguntaría: ¿Y dónde está Tartufo?

Embriagado aún por el sopor de la notica que había recibido, Tartufo se detuvo sobre un malecón de figuras negras y blancas y empezó a reconocer el paisaje: aquél horizonte de edificios gigantes que asomaba al borde de la playa era Río de Janeiro, esa franja de arena blanca, poblada de hombres y mujeres con cuerpos mayormente atléticos y mallas de baño diminutas era la playa de Copacabana, aquella franja azul que se extendía hasta el horizonte, desde donde soplaba un viento fresco que calmaba el ardor de la ciudad era el Océano Atlántico, la Bahía de Guanabara. Y el pequeño hombre con una camiseta blanca, pantalones cortos azules y una toalla de motives geométricos colgada al hombro, que hacía un esfuerzo enorme para no empezar a llorar, era él.

Las mujeres eran de un color asombroso. Tartufo caminaba por la playa y trataba que no se le confundieran ambas cosas. Acababa de llegar a Río de Janeiro. Acababa de morir su abuelo, el que llevaba su nombre. Tuvo muchas cosas en qué pensar mientras disfrutaba del agua mojándole los pies. Mientras intentaba recrear la vista en los senos alegóricos que se escurrían de agua saliendo del mar. Caminó por Copacabana hasta que se acabó la playa, siguió caminando por Ipanema y llegó hasta la playa de Leblon. No fue tan difícil encontrar el camino de vuelta al paradero de autobús. Miró al pasar el teléfono por donde la habían comunicado la noticia. Sintió frío. Pensaba que todo podia haber sido diferente si se hubiese quedado en Lima. Lo hubiera visto morir. Se preguntó si todo no había sido tramado por él, este viaje de dos meses, predestinado para no encargarse de ningún trámite de ningún sufrimiento directo relacionado con la muerte. Trató de olvidarse y se dio cuenta que no le sería tan difícil y que el sentimiento de culpa no le podia durar demasiado. Esa revelación lo dejó atónito. Sabía que bastaba que el hiciera un mínimo esfuerzo, en ese instante, que lo quisiera simplemente, para que todo el asunto de la muerte de su abuelo pasara al olvido, que la culpa no lo persiguiera. Sabría que tendría que cargar con cierto remordimiento, pero Tartufo también sabía que eso era lo que realmente quería. Llegó a Botafogo y el ambiente era distinto: estaba lleno de gente.

4.
Tatiana trabajaba en el ultimo piso del hospital público siquiátrico de Porto Alegre. Alexei tenía su consultorio dos pisos abajo de ella. Desde la ventana la vista era gris. No podia simplemente levantar el teléfono y llamar. ¿O sí? Era demasiado interés por alguien que no había visto sino dos veces en su vida. Había una brecha de más de diez años¿No había sido acaso ya demasiado trágico verlo morir frente a ella? ¿No le bastaba con escuchar las balas en pesadillas y esas voces de ultratumba que ahora, gracias a la llamada de Antonio, tenían un significado siniestro? “Asesino de tu hijo”.

Tomó un café y se sentó frente a la computadora. Mientras sorbía el líquido oscuro, con descuido iba adentrándose en la maraña de la red y leyendo historias que la conducían a lo que le había revelado Antonio. Las Furias atacaban criminales ensangrentados con la sangre familiar. Su decision era determinante y el final siempre era la muerte excepto si algún dios decidía invocar a la justicia y el acusado era declarado inimputable. Repitió varias veces, en voz alta, un nombre que inmediatamente le inspiró cariño: Orestes. El resto del día transcurrió entre reuniones con pacientes y conversaciones banales con sus compañeras. En la tarde se encontró en uno de los pasillos con su hermano Alexei con quien conversó de la preparación de un matrimonio y una fiesta con amigos comunes. Al regresar a su departamento sintió la necesitad de un baño de agua caliente. Mientras el agua la cubría y se le endurecían la punta de los senos, sus dedos trazaron un camino húmedo que la hicieron distenderse. Pronto se sacudieron sus nervios y en el momento en que parecía estar olvidándolo todo, recordó la última mirada de Tartufo y sintió lo mismo que aquella mañana que Alexei abrió la puerta de su habitación para presentarlos y la encontró desnuda y en vilo bajo las sábanas. Tartufo nunca supo que con él, ella, la reina del carnaval, enredada a los 17 años en la llamarada de la pira de las hojas de bronce, se había masturbado por primera vez.

Translating Mrs. Dalloway


So near and yet so far! Which is what one feels about her art
E.M. Forster. The Early Novels of Virginia Woolf.

We would not be at the trouble to learn a language
if we could have all that is written in it just as well in a translation.
James Boswell. The Life of Samuel Johnson.

 

In an interview with James Joyce by the Czech writer, Adolf Hoffmeister, (241, Granta Magazine /89, Spring 2005) Joyce talked about the difficulties translating Finnegans Wake: “ Work in Progress is not written in English or French or Czech or Irish. Anna Livia does not speak any of those languages, she speaks the speech of a river,” said Joyce (250.) Joyce also admonished the Czech writer by saying that if anybody had to translate it, that person must be a poet with the greatest poetic freedom to choose any river of the Czech geography because Finnegans Wake had been written, specifically listening to the river Liffey in Ireland. He even added: “I do not want to be translated. I have to remain as I am only explained in your language” (250.) Joyce’s words about his novel can be applied to the case of Virginia Woolf’s Mrs. Dalloway.

Even if it is possible to translate successfully the story of Clarissa Dalloway–her walk through London from Westminster to Regent’s Park, her thoughts, and those inside the minds of Septimus Warren Smith or Peter Walsh– into any modern language, to translate the cadence and the rhythm is an extremely difficult task. Mrs. Dalloway being a novel, could be read in English as a long poem or as a performance, remarks Sigrid Nunez: “It’s like remembering a performance of Schubert.” (“On Rereading Mrs. Dalloway,” in The Mrs. Dalloway Reader, Harcourt, New York, 2003, page 141.) I would ask: how can you change any of the notes without changing the entire meaning and the intensity of a Schubert’s composition? The rhythm and beauty of the text is so important to Woolf that her use of the stream of consciousness technique, praised by many essayists, serves to create aesthetic beauty as Erich Auerbach remarks on his essay “The Brown Stocking.”: “The erlebte rede were used in literature much earlier, but not for the same aesthetic purpose.” (“The Brown Stocking” in Mimesis, Princeton 2003, p.535)

I was never so angry about a translation as when, after finishing Mrs. Dalloway for the first time in English, I decided to read a Spanish version that a friend gave to me a few years ago. While I reread Mrs. Dalloway in Spanish, the music from the original text started to sound in my mind perhaps irrevocable and I could not stop making corrections to the text. Even the word “irrevocable,” which comes so natural and beautiful in the fourth paragraph of the novel, as if it were a couplet on a Shakespearean sonnet, sounded dull and affected when translated:

Before Big Ben strikes. There out it boomed. First a warning musical, then the hour, irrevocable. (Woolf, New York 1992)
Antes de las campanadas del Big Ben. ¡Ahora! Ahora sonaba solemne. Primero un aviso, musical, luego la hora, irrevocable. (Woolf, Madrid 1999) 1

The translation attempts to imitate the musicality of the word “strike” whose sound in English suggests the act of striking. Not in Spanish. The same can be said about “boomed”. The repetition of the words “¡Ahora! Ahora” imitates the cadence and rhythm that came naturally in the English version with “boomed.” These words at the end: “For there she was,” keep the reader’s fascination after finishing the story. The words are not the same when translated as: “Sí, porque allí estaba.” The comma, maybe unavoidable in Spanish, alters the meaning and music intended by Woolf. The translator erased the original beauty of the rhythm in English by trying to keep the literal meaning.

Thinking about the difficulties of a literal translation inevitably Borges came to my mind. He translated Woolf’s Orlando and gave a lecture on the topic “Music-World and Translation” during the 1970s in Harvard where he says: “According to a widely held superstition, all translations betray their originals.” (“Lecture 4. World-Music and Translation” in This Craft of Verse Harvard University, 2000.) Later on the lecture, Borges follows Matthew Arnold and defends a translation that privileges the aesthetic beauty over the literal meaning.

My bad experience with this translation of Mrs. Dalloway, made me think about the words of Dr. Johnson in Boswell’s book and all the precious hours dedicated to learn the English language. Perhaps those were the same reasons why Borges did not try to translate Mrs. Dalloway consciously knowing that the only correct way to read it was in English, as with Finnegans Wake.

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1 La Señora Dalloway Editorial Millenium, Madrid 1999; Mrs. Dalloway, Everyman’s Library, 2002

Discurso homérico (in full view)

Para mi chochera Camilo

Desde las puntas coloreadas como las puntas de sus senos
bajan los dioses en mancha, llenos de gloria

El mundo es uno solo
y ellos están completamente ebrios
se puede oler sus gargantas de vino
el arrebatador aroma de sus sexos

Allá en la cima del cerro veo los truenos que provoca
Su alegría
Están tomando y las manos se les van detrás de las cinturas
de las bocas sedientas de las diosas

Llueve: las higueras, los almendros
Parece que van a ser arrancados del universo
El agua nueva viene por la quebrada
Golpean poderosas las piedras de la montaña

Los animales locos
Los rugidos, los maullidos, los ladridos hacen eco
A lo largo de la chacra
Incluso el imperturbable fantasma vestido de blanco
Mira de soslayo, espía
Mientras las ramas del granado vibran
Y retumba la tierra con los truenos poderosos, eléctricos

Mi cuerpo está temblando
Sentado sobre la piedra que mira a los olivos
Mi rostro recibe la luz de los rayos
Mis pupilas dilatadas tiemblan de angustia
Mis manos se aferran a las sangrantes rodillas

Es de noche, hace frío.
sobre una piedra de Anqui veo, claramente
La destrucción de la Tierra.

Témpanos


En la silueta de su cintura en bikini adiviné una grieta de solidaridad. Por eso me atreví a mirar entre la ranura de mis dedos y a espiar sus curvas sonrojadas, producto del sol de Punta Rocas, Santa María, San Bartolo y todo el circuito de playas donde ella, mi hermana y sus amigas se pasaban el verano. Fui ampayado.

Recuerdo el escándalo y los insultos que me soltaron ella y sus amigas─se los contó esa misma tarde─por haber cedido a la tentación. No sirvió que les replicara que no llegué a ver nada, que no abrí los ojos del todo, que no se podía ver sino la silueta y ningún detalle grueso. Me mandaron al calabozo por mañoso.

Por eso me sorprendió tanto recibir su llamada.

Desde que me fui de Lima solo la había vuelto a ver en versión online. Tenía la misma cintura expresiva de siempre, la misma manera de atar el pareo alrededor de sus muslos. Las cuatro fotos en ropa de baño llenaban la pantalla de su página. Espié: en su recuadro de conocidos estaban nuestras amigas de siempre. Entre sus sitios favoritos los lugares comunes de ambos y en su conversación los mismos temas de su juventud. En su muro tenía una lista de 85 arrechos con mensajes en tres idiomas. Wakabayashi hubiera dicho de ella lo que siempre dijo de la Princesita de Yungay: «es una jaladita con jale». Alguna vez le sugerí a mi padre que ella y yo podíamos llegar a ser enamorados. «Esa te da cuatro vueltas. De lejos se ve que es una pendeja», me dijo.

Ella llamó a mi celular. Se lo tuvo que haber dado mi hermana o alguna de nuestras amigas comunes. Encontré la excusa que necesitaba para convencerme de volver a verla en cada sílaba de su mensajito telefónico calentón. Nos encontraríamos en el JFK, tomaríamos un taxi a Manhattan e iríamos por allí «a caminar».

Mientras la esperaba, me di cuenta de que no me había preocupado en arreglarme. Mis jeans no los había lavado en un par de semanas y el polo de Gap estaba despintado y tenía el cuello vencido. Era demasiado tarde, los dados ya estaban lanzados. Había pensado en darle una vuelta por la ciudad, tal vez en llevarla a comer y ya. Pero allí esperándola en una sala del aeropuerto, me vino la cretina impresión de que aquello podría durar para siempre. Alentaron mi deseo las tardes de soleada soledad en la terraza de mi departamento con vista a las chatarreras de Atlantic Avenue y mi reciente lectura de un aburrido libro de Kerouac. Tal vez también mis patéticos amaneceres tomándome fotos solo sobre la nieve en el puente de Brooklyn y mis caminatas haiku por las veredas heladas, entre los témpanos de los puentes amarillos de Central Park.

Mientra la esperaba volví a entrar con ella en las oscuras tiendas de ropas de baño brasileñas de una calle estrecha de Miraflores. Acepté ser su ojo avizor cuando ella salía detrás de la cortina del probador en un bikini con manchas de piel de leopardo y me preguntaba: ¿Qué tal me queda éste? Volví otra vez a su cuarto, al lado de su cama, cuando ella me dijo: tápate los ojos que me voy a cambiar. Volví a mirar entre la ranura de mis dedos calientes y a imaginar ese beso de despedida que pudimos darnos y nunca nos dimos. Estaba despidiéndome de ella en Lima cuando la vi llegando a Nueva York.

Tenía los mismos rulos desordenados cubriéndole la mitad del rostro, la misma forma soslayada de mirarme, el mismo sentido del humor que despidieron siempre sus ojos rasgados. Me dijo que había pensado quedarse un par de días en Nueva York pero que en el último minuto había comprado una conexión baratísima a Madrid para esa misma noche. Así que le quedaban unas tres horas para vagar conmigo, otra hora para regresar a su avión. Dijo que quería pagarme lo que costara para darse una vuelta en taxi por la ciudad y que yo la acompañara de regreso hasta el aeropuerto.

Había pasado un poco más de media hora, cuando me atreví a darle un beso. Ella me miró a los ojos en la cabina de ese carro color girasol que avanzaba como un buque entre el espeso tráfico y la gente. Me cortó la respiración abriendo la boca y besándome con sus dedos largos y delgados detrás de mi cabeza.

Regresó de Madrid a las dos semanas, para seguir mirándonos a los ojos por unos días antes de volver a Lima. Se quedó una semana más entre mis cubrecamas pasadas de moda. Nos amamos en un hotel de cortesía que le pagaba el trabajo en un viaje relámpago a Boston. Se fue despacio pero se fue y nos mandamos cartas de amor de lo más tontas durante algunos meses.

La primera vez en Nueva York me tapé los ojos para mirarla desnudarse. No sé si se acordaría pero no dijo nada. Quitó mis manos, resbaló su rostro contra mi cuerpo y sólo me preguntó si me había bañado esa mañana. Con la respiración entrecortada, fascinado, le respondí que sí.

Anqui, la chacra

El sonido del río viene lamiendo los troncos del último aluvión. Arropados entre las frazadas que huelen a tiempo estancado, a fragancia de siglo viejo, escuchamos el río, el ladrido de los perros y gritos que se confunden con el craqueteo de los resortes de los catres. Se levanta el abuelo, lo sigue el tío. El río está llegando por la quebrada, se está comiendo parte de la tierra de la chacra, viene cargado de lodo y hay que apurarse en cerrar las tomas de agua antes que el barro llegue e inunde las acequias, atore las tomas y cubra para siempre el estanque que abastece de agua a la hacienda.

Los ruidos se apagan pronto, se alejan los dos hombres con los perros y con sus linternas, por el sendero que lleva hacia las bocatomas, entre las piedras bajo el árbol de higo, sobre la húmeda tierra de la madrugada, debajo del granado, entre los almendros, apuran el paso sobre las pircas que dividen al estanque, van con la hoz cortando la hierba alrededor de los peros, sus pies empiezan a embarrarse con el agua que corre entre el bambú, cerca del ojo de agua del manantial. Casi treinta minutos después, agitados, alcanzan la toma de agua, mueven las piedras, cierran las entradas. El rugido del río se escucha cada vez más cerca pero ya el peligro ha pasado. El abuelo se pasa la mano para secarse unas gotas de sudor sobre el bulto de carne de su frente. El tío sigue moviendo algunas piedras, asegurándose. Después se agacha sobre el arroyuelo, hace una poza de agua entre sus manos y con el agua fresca se enjuaga la cara.

Nosotros no nos levantamos porque somos turistas. Después de la bulla nos volvemos a dormir, la fragancia vieja nos envuelve, nos mira la escopeta Remington colgada sobre la cama, nos calma la brisa de la noche que se mete entre las rendijas de la puerta de madera, el haz de luz de luna que apenas ilumina nuestras camas. A las cinco nos despiertan los gallos y nos volvemos a levantar con el jarro de metal para ordeñar las vacas, para beber directamente de la ubre caliente. El tío y el abuelo han regresado, han ido a cortar grama y se las han arreglado para encarcelar a los becerros mientras nosotros seguíamos durmiendo. Entre los sorbos de la espuma, sobre la tierna humedad de la tierra del corral, respiramos el aire del campo. Sobre la casa, en el corral del cerro, empiezan a despertarse los cuyes. Sobre la bodega de los vinos dos palomas caminan levantando el pecho y susurrando algo que no entendemos. Después de la leche la madre nos lleva a sacar las tunas. Con las manos envueltas en la áspera hoja de los higos, saca las espinas, abre la cáscara con un cuchillo y un tenedor firme. El dulce del mordisco chorrea entre nuestros dientes. Por aquí y por allá un perro camina asegurando las patas sobre la tierra, con lentitud, dejando sombras entre el pasaje de las buganvilias.

Cruzando la chacra y el cauce del río (Ayer apagado triste, hoy vivo y violento) está el auto en el que hemos llegado la tarde anterior. Qué poco tiempo ha pasado desde el final de nuestro viaje, arrumados en la parte de atrás del Toyota. Qué pocas horas desde que trepamos la tierra que se resbala, entre los maderos cruzados que sirven de entrada, que separan al río de la chacra. Qué pocas horas desde que vimos las raices de ese árbol de pacae que amenaza con caerse sobre el río si éste se acerca lo suficiente. Entre los sonidos que recordamos siempre está el sonido de Anqui, la chacra, gritándonos en una mañana de frío, obligándonos a que abramos los ojos.

Photo: «Cuidando el Campo» de Eduardo Amorim/Flicker

El submarino negro (Tercera parte)

Un miércoles por la noche llegó tarde y le dijeron que había una llamada para él. Contestó. Era la chica del laboratorio fotográfico:

Hola ¿Cómo estás?
Bien bien, llegando de trabajar. ¿Y tú?
Aburrida, en mi casa (risa nerviosa)
Me llamaste el otro día
Sí. Te he estado llamando toda la semana pero nunca te encuentro.
¿Y por qué me llamas tanto?
Ya te dije. Me gustas.
Pero si sólo me has visto una vez.
Eso basta para mí. Yo a la gente la conozco rápido
Con sólo mirarla a los ojos.
Sí, con sólo mirarla a los ojos ¿Tú tienes enamorada?
¿Yo? No.
¿Por qué no tienes?
No lo sé. He tenido una pero hace tiempo que no estoy saliendo con nadie. ¿Y tú?
Yo nunca he tenido enamorado.
¿Nunca? ¿Cuántos años tienes?
Nunca, es que los chicos que yo les gustaba a mí no me gustaban. Tengo diecisiete ¿Y tú?
Yo veinticuatro.
¿Y qué estás haciendo ahora?
Pensaba escribir un rato en la computadora y después irme a dormir.
¿No quieres conversar?
Sí quiero conversar. ¿Tú estás sola?
Mi abuelito está en su cuarto y mi tía ha salido con mis primas.
¿Sólo vives con ellos?
Sí. Mi abuelito es como mi papá porque él me ha criado. Mis tios no quieren que yo viva acá pero me aceptan porque siempre he estado junto a mi abuelito.
¿En qué parte de la sala estás?
En la sala. Acá está el teléfono y la televisión.
¿Puedes hablar mucho tiempo?
No. Mis tios no quieren que llame, pero si llegan yo les digo que tú eres el que me has llamado (risita)
¿Oye, no prefieres mejor que nos veamos en algún lado para conversar?
¿Puedes?
Sí, claro. Después de mi trabajo.
Yo sólo puedo los lunes porque los otros días mi tía me pasa a buscar por mi trabajo. ¿Qué quieres hacer?
Conversar. También quiero conocerte bien porque apenas me acuerdo de ti.
Yo sí me acuerdo bien de ti (risita)
¿Sí?¿Por qué?
Porque me gustaste (risa nerviosa)Ya te dije.
¿Y siempre llamas a los hombres que te gustan?
No, es la primera vez que lo hago. Pero tú me gustaste porque me sonreiste. Por eso te llamé.

Quedaron en encontrarse al lunes siguiente en la puerta del Cine Pacífico. Ricardo aprovechó para recoger unos discos que tenía que comentar en la sección de música de la revista. Esa mañana había estado reunido coordinando con la señora Trocadero el asunto del nombre de la revista y se había dado cuenta que todo el proyecto sería muy complicado. La gente del Jockey era una ladilla de culo. Querían que sus amigos en el mall, unos cuantos pedantes dueños de tiendas, sobre todo un ex-modelo de insoportable actitud, tuvieran mayor presencia. Querían que sólo aparecieran las tiendas que a ellos les agradaban y los productos que ellos aprobaban. Y querían revisar cada línea del texto que escribía Ricardo.
Habían llegado a un acuerdo sobre el nombre de la revista (Encuentros) pero no podían llegar a un acuerdo sobre el tipo de letra a utilizar en la carátula. El ingeniero estuvo coordinando la llegada de las ejecutivas de publicidad pero habían pasado dos semanas y no sólo no aparecían por la oficina donde les esperaba un cuarto especial con línea telefónica, sino tampoco habían dado aviso de haber vendido ningún espacio publicitario. El ingeniero lo llamó después del almuerzo para contarle un chiste malísimo y después decirle que estaba precupado por las implicancias de la crisis asiática.

Estacionó su carro frente a un parquímetro que no funcionaba. Una trabajadora municipal se acercó para cobrarle el parqueo. Se ubicó en la puerta del cine y al poco rato apareció ella. Color de piel muy trigueño y con cara de tímida. Llevaba una especie de strapless transparente de hilo negro encima de una camiseta blanca y unos blue jeans apretados. Calzaba unos zuecos de suela alta. Lo saludó, le sonrió, le dió la mano. Por fin se atrevió a acercarse más y recibió un beso en la mejilla.

¿Hace mucho que llegaste?
No, acabo de llegar. Estaba recogiendo un material en un edificio atrás del cine.
Mi prima ha venido conmigo y se ha ido a dar una vuelta pero tengo que encontrarme con ella en dos horas ¿Qué vamos a hacer?

Se le notaba nerviosa. Qué diablos pensó Ricardo, ella era la que había comenzado a llamarlo, ella era la causante de que él estuviera esa tarde frente al cine Pacífico.

Acá está mi carro. Te voy a llevar a un sitio que me gusta desde donde se va el mar. Pero sólo puedo estar contigo un par de horas. Mi prima me va a estar esperando.
Vamos a estar menos de dos horas. Es acá cerca.

Se subió al submarino.

La miraba de reojo. No le gustaba su nariz pero tenía algo bonito en la parte de los ojos y en la barbilla. Le pareció que ella transpiraba. Se frotaba las manos constantemente, estaba nerviosa.

Ricardo se fue por el camino de playas hasta la curva antes de la Herradura.Le dijo que se iban a sentar en esa explanada natural a ver la caída del sol. Había unos cuantos pescadores, un par de familias sentadas. Le preguntó a ella si alguna vez había venido y le dijo que nunca había estado en ese lugar. Había venido a la Herradura a bañarse pero nunca se detuvo en ese recodo de piedras.

Estaba tensa, rígida. No lo miraba a él, miraba directamente al mar. Ricardo contó un par de cosas sobre el mar pero no consiguió que se relajara. Todo el asunto le estaba pareciendo estúpido y le mujer no lo miraba, no se reía, era un manojo de nervios.

«Vamos ya», dijo. Se levantó y le hizo señas para que lo siguiera. Se metió en el auto y se fue manejando sin decir palabra.

¿Dónde te va esperar tu prima?
Déjame en una esquina del parque, allí esta bien. Yo camino.

Estacionó en una luz roja, la chica con un gesto rápido le dio un beso en la mejilla y se bajó. Ricardo ni siquiera la siguió con la mirada. Estaba seguro de que la prima no existía.

                                                                                                   ***
Alguien le había prevenido ya de España. Le dijeron que era un continente aparte. Un amigo de su padre le dijo ─con un whisky en la mano─ que los alemanes decían que África comenzaba en los Pirineos. Pero también le dijeron que los alemanes iban a España a divertirse porque en sus sociedades reprimidas no existía el espacio suficiente. Llegó en un tren directo de París, donde se encontró con la francesita que venía de Inglaterra. Durmió en el aeropuerto creyendo que su avión no había llegado y a la mañana siguiente se topó con ella que lo venía bucando toda la madrugada pero en un piso inferior del aeropuerto. No intentó explicarle que en su cabeza de aeropuertos tercermundistas ni se le había pasado por la cabeza que podía buscarla en otro piso que no fuera aquel en que lo dejó el autobús que tomó desde la última estación del metro.

La experiencia parisina fue mucho mejor que la primera vez, aunque tampoco le gustó la idea de pagar lo que pagó por un simple cuarto de hostal cerca de Montparnasse, desde donde ella tenía que partir para Burdeos.

Después de una sencilla despedida, luego del almuerzo, se besó con ella en el andén y marchó para el Louvre donde los sindicatos habían dado una tregua al gobierno municipal para abrir las puertas aún con los reclamos salariales sobre la mesa de negociaciones. Ya por ese entonces se le había metido en la cabeza que el mejor cuadro del mundo era El nacimiento de la Primavera de Boticelli, el que colgaba del museo de Florencia. Así que tampoco le dio demasiada pena no poder acercarse lo suficiente a La Gioconda, que lo miraba tras su vidrio protector, acordonada por un enjambre de japoneses y japonesas armados con sus cámaras Nikon.

Tanto leer de Portugal se dio cuenta que no se había enterado nada de España, pues le sorprendió que los pasajeros del tren que lo llevaba a Coruña fueran cambiando su idioma cada cuatro horas. Primero el vagón se llenó de vascos cruzando la frontera, donde un gendarme francés le hizo el único interrogatorio serio de todo su recorrido por Europa. Quería saber el nombre de la compañía donde trabajaba en Perú. Por joderlo le inventó un nombre y le dijo en francés que esa compañia de mierda sólo tenía sucursal en Lima. El gendarme abrió la boca para decir algo pero se quedó callado. Alguien en Francia le dijo que los policías franceses eran los más jodidos de Europa, aunque en España le previnieron de los Guardias Civiles, con fama de hinchapelotas entre los que viajaban a dedo y de mano dura con los indocumentados. Por un instante se acordó del ilegal ecuatoriano del bus parisino, agradeció por no estar buscando trabajo de ilegal sino ser uno de los hijos de puta tercermundistas que todavía podían recorrer Europa como turista.

Llegó a Coruña y Rosana lo esperaba con la alegría inmensa por verlo por primera vez desde que se marchó de Perú. Son embargo había estado nerviosa calculando si Ricardo llegaría de Frankfurt a tiempo. Cuando el tren llegó a Coruña sólo faltaba media hora para que saliera el colectivo que los llevaría desde el centro de la ciudad hasta la explanada en las afueras de Vigo donde se presentaría REM. En Frankfurt se había comprado el último disco y lo estuvo escuchando en el tren. Rosana se lo había comido canción por canción y ya estaba diciéndole que quería que tocaran At My Most Beautiful y que si no lo hacían se iba a sentir muy decepcionada.

Rosana le presentó a sus amigos, casi todos de la Escuela de Imagen de Galicia, la mayoría de ellos con el pelo largo largo y la sonrisa fácil. El más amigo de ella era Leandro que ni bien llegado a Vigo le preparó un trago de calimoxo y le ofreció armarle un porro de jachís. En la Garconne de Francia había ido a una feria juvenil en las afueras del pueblo con su francesita y amigos, y se había metido a algunas carpas de espectáculos y a un concierto al aire libre, pero aquello no se parecía ni un poco al espectáculo que veía en la explanada de Vigo con los cuatro o cinco mil personas haciendo barullo, tomando calimoxo del pico de sus botellas plásticas de Coca Cola y figurándose siempre algo divertido para hablar, de modo que la espera no resultara muy larga. A Ricardo no le pareció ni larga ni aburrida y ya estaba amando España cuando REM apareció el escenario y saltó con Rosana pegado a la reja de seguridad con It´s the End of the World (and we know it) y aceptó que ella le rompiera los oídos gritándole a Michael Stipe que le tocara At My Most Beautiful hasta que REM tocó la canción y ella le reventó el tímpano con el alarido de felicidad.

Había una chica entre las amigas de Rosana, pequeña y habladora, con los ojos traviesos, que le estuvo preparando los calimoxos extras que se tomaron sobre el pasto de la explanada mientras esperaban el colectivo de regreso. Rosana le previno que ni se le acercara demasiado porque ella era enamorada de su amigo. Así que sólo la estuvo escuchando hablar, sentado a su lado, describiéndole una playa de ensueño al lado de un pueblito como en los cuentos donde el sol salía más hermoso que en toda España, donde los jóvenes se subían a un puente peatonal por donde pasaba el tren de ENFE sólo por el gusto del susto que les daba ver al tren pasar a unos centímetros de ellos. Decía que desde la ventana de la habitación donde ella creció se podía saltar un clavado directo al mar. Hablando de aquello llegaron de regreso a Coruña casi a las tres de la madrugada, se despidió de ella con un beso en la mejilla y se fue caminando hacia la casa con Rosana que quería presentarle a su esposo. A esas horas la avenida Finisterre parecía un cementerio.

8.

-Te estuve esperando todo el fin de semana y no me llamaste. Llámame.

Era la voz de Leyla. No sé qué le vió a Leyla la primera vez que le dió un beso. No era femenina. Y eso le disgustaba. Pero la primera noche fue natural. Pasaron de unas cervezas en un bar en Barranco hasta su cuarto, le tendió una cama al lado de la suya. Se pusieron a conversar, ella mirándolo hacia el suelo.

Nunca se había fijado en Leyla. Había salido varias veces con Claudia, su mejor amiga, pero no con Leyla. Sin embargo ella estaba hablando y él le dió un beso mordiéndole la boca.

-¿Y eso?
-Porque eres linda.

Lo era. Tenía un alma bellísima. Laentablemente él no estaba buscando almas en ese tiempo. Pero estaba tan desesperado buscando el corazón de Karina que Leyla fue un respiro. Una chica sin complicaciones, simpática y que además sabía hablar de todo. La convenció esa misma noche para dormir con ella. “No me gusta dormir solo”, dijo cuando se subió a su cama. Se bajó los shorts y pegó su pene al cuerpo de ella. ¨¿Qué haces?¨ Ella se apartó asustada. ¨Tranquilízate. Sólo que me han dado ganas de hacerte el amor.¨ Leyla no se tranquilizó, pero tampoco dijo nada más. El cogió su mano y se la puso encima de su pene. Ella lo agarró y lo comenzó a sobar. ¨No vamos a hacer nada esta noche¨, dijo. Y no hcieron nada. Ricardo Stoll le metió la lengua hasta la garganta y trató de pegarse un poco más. Tampoco dejó que le agarraran las tetas. Pero se quedaron dormidos con ella sosteniéndole el pene. Ricardo pensó que tal vez estaba con la regla.

Lo mejor fue a la mañana siguiente cuando Leyla le dijo que su papá les había preparado desayuno. Ricardo se metió al baño para echarse agua a la cara y después bajó a la cocina. Al señor lo había visto unas cuantas veces, cuando vino con Claudia a reuniones en casa de Leyla. Era arquitecto, pero para variar en esos años, no encontraba ninguna clase de trabajo y estaba casi un año sin tener ningún ingreso vinculado a su carrera. La mamá de Leyla estaba trabajando en Estados Unidos y desde allí les mandaba plata a él y a sus dos hijas. Con eso sobrevivían. Tomaron jugo de papaya , café, hicieron una sobremesa breve y él se fue. En la puerta de su casa le dio un pequeño beso. Y eso había sido toda su relación con Leyla hasta dos semanas luego cuando escuchó ese mensaje en la contestadora.

La llamó. Primero porque la semana había sido jodida y necesitaba conversar con alguien. Y toda la semana habia tratado de salir con Karina y ella no le había dado ni puta bola.

Hola
Hola, por fin el desaparecido…
Es que he estado hasta arriba de trabajo.
No te creo.
Es verdad.
Pero podrías aunque sea llamarme un ratito ¿no?
Tenía razón. Toda la razón. Pero como decirle a alguien que no te dio la gana ni tenías las ganas de llamarla.
¿Quieres salir esta noche?
Es Martes! ¿A dónde?
Me han hablado mucho de ese bar en el Centro.
¿El Centro?
Lo sabía. La mayoría de sus amigas se hubieran escandalizado si les hubiera dicho que quería llevarlas al centro. Karina lo hubiera mandado a la mierda asi de fácil. Pero pensó que Leyla era distinta. Se le veía mucho más abierta de mente que sus otras amigas.
¿Al Zurich?
Sí. ¿Has ido?
Una vez. Es bacán. Pero hay que ir temprano. Se llena.

Pasó a recogerla en el submarino alrededor de las nueve. Salió con una camiseta blanca y unos bluejeans sueltos. Qué distinta de Karina pensó Ricardo. Ella siempre habría salido con los jeans al cuete. Ajustadísimos. Pero a Leyla le daba lo mismo su figura. Y ese no era su fuerte. Su sonrisa. Ese era su mayor atractivo.

Conversaron de muchas cosas pero nunca de amor ni de nada parecido. Fue divertido. Se cagaron de risa todo el tiempo en su mesa al lado de la orquesta. Y le invitaron una ronda a los músicos antes de largarse. Nunca había estado Ricardo en una cantina estilo alemán. Tampoco había frecuentado bares en el Centro de Lima. Salieron y se fueron haia la Plaza San Martín. Ricardo la apoyó sobre una columna en los pasadizos frente a la Plaza. La besó. La besó otra vez. Metió su lengua todo lo que pudo. Levantó sus brazos y tapándola con su cuerpo, en las sombras, le acarició los pechos por encima del polo. Apretó su cuerpo para que ella sintiera el pene endurecido. Ella se apretó contra él. Estuvieron así un rato más, caminando por las sombras del pasadizo, besándose sobre distintas columnas. Ricardo supo para qué la había traído al centro: siempre había querido hacer eso. Desde que Luis, su amigo de infancia, le dijo que estuvo paseando con una novia por el Centro y se metieron a un hotelito con vista a la Plaza de Armas. Despertar en el Centro de Lima. Era una idea atractiva para su puto background de clase media. En ese ambiente era mucho más difícil que alguien los reconociera, se podía pasear por la plaza besándola y manoseándola en público. Nadie iría a contárselo a nadie. Todo quedaría entre él y ella. Nadie más lo sabría si se metían luego a un hotelito con vista a la Plaza de Armas.

Tengo ganas de bailar.
¿Ah, si? ¿Dónde?
Conozco una discoteca. En Zárate.
¿Zárate?

Había leído un artículo en El Comercio sobre la movida en ese barrio. Antes de eso Zárate sólo era conocido por estar lleno de choros, estar cerca a Lurigancho. Con su viejo, Ricardo también había venido a Zárate a un taller de reparaciones de autos. Y un amigo del colegio, el chino Fujiyama, tenía su fábrica de omnibuses en Zárate, donde construyó un patio gigante al lado de las máquinas y celebraba los cumpleaños de su hijo.

-Hicimos un trabajo de investigación para el taller de periodismo y fuimos allí. Es bacán.
-Vamos pues. ¿En carro?
-No, déjalo en la playa. Mejor tomamos un taxi.

En el taxi estuvieron besándose todo el camino. Ricardo metió su mano entre las piernas y tocó su vagina por encima de la tela del bluejean. La sobó. La dejó ahí y ella cerró las piernas y la apretó.

La discoteca quedaba en un segundo piso de un edificio construído según sus amigos llamaban “el estilo Miami”: colores pasteles, vidrios de todos los colores, luces de neón por aquí y por allá. Todo pastel, como si el mar de Florida estuviera allí a dos pasos. La pista de baile daba a un ventanal, con una impresionante vista de Lima. La vieja planta recicladora de metales, los cerros inundados de casas, la negrura del cementerio más allá donde no alcanzaba la vista. La punta en cruz de las iglesias coloniales en el Centro. Era excitante. No bailaron. Él delineó la forma de su pechos sobre la ropa al ritmo de “Cuentos de la Cripta”. Metió su lengua en ella mientras Leyla le apretaba el paquete y él comenzaba a soñar con que se la chupara. Tomaron una cerveza y regresaron al Centro. El taxi los dejó a dos cuadras de la Plaza de Armas frente a un soldado que dormía de pie con una metralleta en la mano. Dormía. Ricardo volvió a mirarlo para cerciorarse. Tenía los ojos cerrados y el dedo en el gatillo.

Tocaron el portón de un hotel que él conocía estaba lleno todo el año de turistas. Por una ventanita de la puerta les ofrecieron un cuarto, pero sin baño. No aceptaron porque los dos estaban meándose. Caminaron hasta otro hotel y les dijeron que todo estaba lleno. Ricardo se acordó de un hostal frente a lo que antes eran las tiendas Oeschle. Solía ver el cartel cuando pasaba de niño con la familia, yendo a recoger a su padre del trabajo. Entraron. Subieron más de cuarenta peldaños y el conserje les enseñó la habitación. Ella entró al baño. Ricardo esperó su turno. Cuando salió del baño una luz de mesa estaba encendida al lado de la cama y ella estaba tendida con ropa y con laa piernas abiertas. Le sacó el jean mientras ella lo ayudaba. Ella le desabotonó la camisa. Sacó su polo y ella lo ayudó a desabrochar el brassiere. Leyla se acomodó sobre la cama y le enseñó el trasero redondo y cobrizo. Las lineas de la ropa de baño estaban bien marcadas alrededor de su pubis. Ricardo intentó entrar. Ella se dobló y gritó. Ricardo se asustó y se retiró. “Eres un bruto”, le dijo después en Nueva York.

-Se me antojó, no me di cuenta, creeme. No lo pensé.

Terminaron de hacer el amor, él sobre ella. Y se quedaron dormidos abrazados. Cuando despertó Ricardo, Leyla estaba duchándose. Puso los pies desnudos sobre el parquet del suelo y dio dos pasos hacia la ventana. Trató de abrirla con fuerza pero no pudo. Forzó la perilla y por fin comenzó a ceder. Abrió. Había una pared del otro lado, casi pegada a su nariz, como si el cuarto fuese un cubículo de cemento, una cárcel. No había una puta vista. Entonces se le ocurrió mirar el reloj y se dio cuenta de que era muy tarde.

9.
Semanas antes de viajar fuera del país, por primera y única vez en el submarino, ya sentía Ricardo que su mundo se estaba desmoronando. El ingeniero no lo quería reconocer pero el trato con el Centro Comercial le estaba reventando los huevos. Cada vez que había un problema de dinero ellos se negaban a cubrir cualquier costo. Ricardo había comenzado a recibir también llamadas del fotógrafo y los productores le decían lo que se demoraban en cobrar los cheques, que tenían que perseguir al contador para que los considerara en los pagos de cada quincena. Las ventas de pulicidad no eran lo que habían esperado en un principio. De aquello Ricardo se dio cuenta ni bien intentaron publicar las primeras secciones pagadas para el número de estreno. Todo el esquema consisitía en que las tiendas del Centro Comercial estarían tan interesadas en aparecer en la revista del Jockey Plaza que no les importaría dar dinero. Con lo que nadie contaba es que la mayor parte de los dueños de estas tiendas atravesaba problemas económicos porque las ventas no eran las esperadas y porque estaban hartos de pagar una renta que consideraban “asesina”. Todas las tiendas estaban a punto de la bancarrota. Ni siquiera las grandes anclas del Centro Comercial─las dos megatiendas de departamentos que anunciaban abundantemente en televisión y en prensa─ estaban dispuestas a dar dinero para un proyecto de revista con el nombre del Centro Comercial. Y el sólo mencionar a Solís y a Tocadero los ponía a la defensiva.

La revista de cable también estaba en ruinas. El golpe de gracia para la alicaída empresa y sus trabajdores fue el traspaso del negocio de la compañia americana─Bell South─a sus dueños originales, los Delgado, acostumbrados a sobrevivir en condiciones históricas adversas. Para ellos la criollada de pagar a destiempo o regatear aumentos del personal era un asunto sobre el cual podían brindar una clase magistral. El editor estaba a punto del colapso nervioso porque su trabajo demandaba largas horas en la oficina y la carga adicional de supervisar las ventas publicitarias. Dos veces lo llamaron parta asistir a reuniones de reducción de personal. El editor les dijo que tenían mucha suerte que no hubieran tocado el dinero ni el puesto de nadie de la revista pero que aquello sólo parecía que seguiría empeorando.

La revista del Jockey Plaza estaba parada por falta de decisiones. En una reunión de comienzo de semana, días antes de llevar el material a imprenta, el ingeniero le dijo que estaba tentado de mandar a la mierda a Solís y Trocadero. No sólo no le devolvían las llamadas sino que cuando lograba ubicarlos decían que cualquier problema económico era responsabilidad de la editora, que todo aquello estaba escrito en el contrato. Y tenía razón. Si bien nadie en la empresa, ni Ricardo ni el ingeniero, al brindar por el parto de Paula el primer día y sobarse las manos pensando en el negocio del siglo, se imaginaron que la economía del país se iría al diablo de una manera tan acelerada. En picada.

Unas tardes después, el ingeniero lo llamó a su despacho y le dijo que la revista no iba más. Que prefería no imprimir nada, pagar a los productores y al fotógrafo y dejar todo en el aire. Que prefería no seguir haciendo negocio con esos hijos de puta. Que Ricardo se encargaría de supervisar otros proyectos que el ingeniero tenía pendientes, hasta que saliera alguna cosa importante. Ricardo aprovechó para recordarle que le tocaban vacaciones en una semana y preguntó si podía tomarse las cuatro semanas. «Por supuesto», respondió el ingeniero. Ricardo suspiró aliviado, los últimos doce meses habían sido los más estresantes de su vida. Necesitaba viajar. Durante esa semana fue a visitar al editor de la revista de cable y le dijo que pensaba tomarse unas vacaciones. El editor le respondió que era el momento más apropiado. Abrió un folder debajo de una ruma de cosas y sacó un papel membratado con el logo de la empresa, firmado por el Gerente General.

─Es tu carta de renuncia voluntaria. “Te la iba a dar la semana pasada y la guardé porque queria encontrar el momento apropiado.” Creo que este es.

Foto: Hubse: «Yet Another Village in the Coast of Spain»/Flickr.com

BORRADOR de El submarino negro (primera parte)


-Entonces tenias la pasion de un personaje de Trainspotting.

Carmela Gil estaba terminando la cerveza cuando le soltó esa frase y Ricardo Stoll no supo de donde la había sacado. Pero ella se levantó de la mesa y asaltó la calle dejando las puertas bamboleantes del bar y largándose hacia la estación del metro. Fue una pena para Ricardo pero nunca más volvió a saber de ella.

Cuatro meses atrás Ricardo estaba en la redacción del periódico, tenía que llenar una nota para la página de Metropolitana y no sabía de qué escribir. Salió al pasillo a fumarse un cigarro. Estaba fumando cuando vio su vida clara. Le había sucedido dos veces : Una a los diecinueve cuando se fue de viaje a Brasil. La otra a los 25 cuando se largó tirando dedo hacia Colombia. Habían pasado cinco años más y esta vez no tenía idea de adonde iría, pero sabía que tenía que moverse. Esa tarde antes de salir del periódico un viejo compañero de la sección de deportes le dijo que había leído “Sostiene Pereira”. Entonces se acordó que nunca había ido a Portugal.

Esa noche manejaba por la Javier Prado rumbo a su casa y Ricardo se sentía en un submarino: todo alrededor era mar y burbujas de aire. Las calles, la gente, los semáforos, las veia todos los días al salir a trabajar y al regresar, algunas veces le provocaban intriga o respeto, otras veces como esa noche sólo le generaban desidia y hartazgo. A veces sus amigos regresaban de madrugada acelerando por la avenida, no respetaban ningún semáforo. Intentó acelerar pero aquello no era lo suyo. La velocidad no le despertaba ningún vértigo, ningún estallido de júbilo, ninguna alegría inmensa. Lo suyo eran los viajes. El submarino seguía allí y por las ventanas sólo veía una ciudad aburrida.

Llegó a la casa y entró a su cuarto. encendió la computadora y escuchó sus mensajes. Lo estaban invitando a celebrar un cumpleaños en un bar nuevo en Barranco. no tenía ganas de ir pero tenía que hacerlo. Era una buena amiga para la que su presencia significaba algo. Comenzó a releer en la pantalla el artículo que estaba escribiendo para una revista y le pareció tan soso y aburrido como su vida. Decidió dormir una siesta y luego irse a la fiesta. Ricardo llegó a creer que rodeado de conocidos y con algunas cervezas desaparecería la sensación inconfortable de ser uno más.

Se había despertado pasada la medianoche, se había bañado y se había ido para la fiesta. Como lo imaginaba eran pocos los invitados que conocía. Su amiga estaba vestida elegantemente y los amigos, de otro círculo que él no conocía, tambien. Los pocos amigos de él estaban vestidos igual que él, con un polo salido y un blue jean. Estaba Bernardino, el periodista deportivo que siempre tenía un buen chisme que contarle y después se dedicaba a carajear su vida y contar que se largaba por fín del país que estaba haciendo contactos en el extranjero, que estaba aburrido de todo. Media hora después llegó otro grupo que sí conocía bien y toda la conversación giró en torno al fútbol. Dos de ellos también eran periodistas y tenían que partir el domingo a Cerro de Pasco a ver un partido clave para el descentralizado. A uno de ellos la altura le había afectado la última vez que fue y comenzó a pactar para que al terminar el partido pudiera llamar al que sí iba y le diera los comentarios para redactar su nota. Su amiga se acercó coqueta al grupo y les increpó que no bailaran. Como ninguno le hizo mucho caso lo sacó a bailar a Ricardo. Era muy malo para la salsa pero dio algunos pasos, movió un poco la cintura y regresó para pedirse su tercera botella de cerveza.

La mañana siguiente se levantó con resaca a golpe de siete de la mañana. Llegando a la oficina se tomó un café en la bodega y un sandwich triple. No le paró el malestar pero le aguantó el sueño y el hambre toda la mañana y le permitió terminar un artículo mediocre. A la una salió a almorzar con unos compañeros del area de pre-prensa que le habían ayudado a retocar una foto que tenía que salir en la edición siguiente. Ellos lo invitaron a salir después del trabajo a “La tía Clarita” donde había cerveza barata y chicas que atendían.

Decidió ir porque nunca lo había hecho, pidió un par de cervezas y al rato salió del local con dos chicas y Caballero, el maestro de Photoshop del periódico. Ellas los llevaron en taxi hasta un hotelcito barato donde se metieron los cuatro en una habitación con dos camas. Mientras hacían el 69 ella se tiró un pedo.

“Lo siento” dijo y ella y su amiga se rieron. El polvo fue un desastre.

Una tarde decidió que iba a pedir permiso y no fue a trabajar. Se enfermó de algo e invitó a un amigo a la playa. Casi era invierno y en la semana las playas estaban vacías. Manejó hasta El Silencio, se sentó con su amigo bajo una sombrilla de paja y pidió un par de cervezas. Después se dio unas zambullidas en el agua y comieron una jalea mixta que tenía muchos calamares. Siguieron al sur hasta Santa María donde se estacionó frente la mar para ver la caida del sol. Era hermosa. Era su primer día de trabajo en que sentía que recordaría cada instante de la tarde. Manejó hacia Lima y se sintió mucho mejor. Su amigo le dijo que la tarde había estado de putamadre. Esa era la palabra.

La mañana siguiente chequeó en la computadora de la oficina el clima de Lisboa. Vio algunas fotos. No estaba mal.
A mediodía recibió una llamada del banco para decirle que estaba por vencerse la próxima cuota de su auto. En vez de almorzar aprovechó la hora del refrigerio para irse hasta una oficina del banco y cancelar su cuenta. Otra vez se dio cuenta que la mitad del sueldo se le iba en pagar el carro. El submarino negro era un juguete caro.

Cuando estaba pagando vio a una mujer que lo miraba apoyada contra el mostrador. Con uno de los brazos se tapaba parte de la cara. Sólo veía sus ojos. Parecía estar mirándolo y estar sonriendo. Ricardo sonrió porque no la reconocía.

Era la ex enamorada de un amigo, estaba haciendo una fiesta el fin de semana para celebrar su cumpleaños. Su casa quedaba a dos cuadras de allí, estaba invitado. Riardo le dijo que iría. Alguien le había dicho para hacer algo el sábado, pero le apetecía más la fiesta y los ojos de ella.

Cuando llegó a la casa por la noche estaba destrozado. Y aún así terminó en la computadora un artículo de música para la revista que tenía que entregar la mañana siguiente. Antes de sentarse a terminarlo bostezó varias veces y miró desde la ventana de su cuarto el cielo negro de la ciudad.

2.

Aterrizó en París porque el pasaje era más barato vía Francia. Le hubiera gustado aterrizar en Lisboa no sólo porque había leído también Sostiene Pereira sino porque había estado muy atareado las últimas semanas leyendo sobre la geografía y la historia de Portugal. Había una razón adicional: había comenzado a escribir una novela y en ella el personaje principal comenzaba su historia aterrizando en Lisboa.

Pero cuando fue a la agencia de viajes había una oferta. La señora era amiga de su madre y le consiguió un boleto muy barato vía París y con escala a la ida y a la vuelta en Nueva York. Los boletos a Lisboa eran muy caros y en Lisboa no tenía donde quedarse mientras que en París una amiga le había ofrecido alojamiento. Es triste pero es verdad que de los dos días que pasó en París lo que más recordaba era la primera llamada telefónica desde el aeropuerto De Gaulle. Le contestó la grabadora de la amiga que lo iba a alojar diciéndole que estarían ella y sus compañers de piso fuera de Francia por dos semanas, esquiando. Ricardo pensó de todos modos que aquello era su culpa por no haber llamado antes. De nada lo consolaba la idea que había querido darle una sorpresa. Se habia dejado simplemente seducir por la idea de aparecer de pronto en su puerta y aceptarle la oferta que le había hecho en Lima unos años antes:

“Duermo en un cuarto donde sólo tengo mis libros y una hamaca desde donde me echo y veo por la ventana la Torre Eiffel.”

Ricardo vagó por las calles de París intentando conseguir un sitio barato cerca del centro pero fue imposible. Fue al albergue juvenil cerca de los Campos Eliseos pero le dijeron que todo estaba copado y lo derivaron a otro en las afueras en un barrio judío desde donde el subterráneo demoraba casi una hora hasta el centro. La primera noche se fue solo a vagar por la ciudad y conoció a un inglés que trabajaba en el supermercado y que le dio unos datos de los lugares a los que tenía que ir. Para pasarla bien al Trocadero. Ricardo pensó que con aquél nombre el sitio tenía que ser divertido.

Ricardo había leído muchos libros de escritores viviendo en París y sin embargo ninguno le pareció demasiado acorde con la realidad que vio. La ciudad le pareció demasiado fría y dura, lo único que quería ver esa mañana era el Louvre pero cuando llegó hasta las puertas se dio cuenta que tampoco podría hacerlo: los trabajadores del Museo estaban en huelga y al parecer por varias semanas. Después del Louvre se fue a caminar, tomó unas fotos de la Torre desde abajo, completamente echado sobre la gravilla. Se fue a pasar por el Barrio Latino y no vio nada bohemio. Sólo restaurantes caros, casi todos griegos. Antes que le viniera la noche le tomó unas fotos a las gárgolas de Notre Dame. Al final de la tarde volvió a coger el teléfono para irse de París. Su esperanza era una francesa de la Garconne que estudiaba en Burdeos. La había conocido el verano anterior en el Cusco cuando la ayudó a tramitar los documentos que un ladronzuelo le había quitado en el tren camino a Machu Picchu.

Oui Oui.

Parecía emocionada, parecía feliz de volver a verlo y a él también le agradó saber que saldría de esa ciudad que le espantaba. Sabía francés pero casi no pudo conversar con nadie. Encontró a un ecuatoriano en el metro que le dijo de qué trabajaba. Cuando le respondió que estaba de turista dejó de hablarle. Es que era tan raro un latinoamericano de turista, todos venían a quedarse de ilegales y a hacer dinero y los que venían de turistas tenían tanto dinero que no viajaban en metro sino en taxis o en carros alquilados.

Llegando al albergue encontró a un nuevo huésped en su habitación. Era un peruano y quería salir con él a tomarse unos tragos. Ricardo le dijo que le habían recomendado el Trocadero, pero cuando llegaron todo estaba cerrado y lo que estaba abierto se veía deprimente. En uno de los bares sólo había un borracho en una banca frente a la barra. No tomaron nada. El bus pasaba cada hora y no querían tomar taxi porque el que cogieron para llevarlos al Trocadero se había embolsado un dineral. En el paradero del autobús había una pandilla de jóvenes mexicanos que tenía apariencia de familia rica. Estos le sacarn una botella de vino y les invitaron un par de tragos. Era la mejor manera de divertirse en Paris, dijeron ellos.

“Te compras unas botellas en el supermercado y eso lo bebes toda la noche. comprar alcohol en los bares es muy caro y no hay nada divertido porque las mejores fiestas son en departamentos de parisinos, lugares privados y en los bares de las afueras de París donde sólo se puede llegar en carro.”

El bus no pasaba y regresaron caminando. Todo estaba cerrado, no había ni siquiera un lugar para comerse un emparedado. El McDonalds estaba cerrando, los empleados estaban guardando las sillas de la vereda y no quisieron servirles ni una hamburguesa. Ricardo se sintió mejor sabiendo que la noche siguiente ya estaría en Burdeos.

Al día siguiente el peruano le dijo que quería ir a Roland Garros. Esa tarde jugaba un chileno contra un americano. No habían boletos así que compraron la reventa que les ofrecieron bajando del metro. Eran unos asientos carísimos y muy alejados de la cancha. El chileno jugó muy mal y perdió los dos sets, uno de ellos a cero. Después se enteró que al chileno le habían tomado fotos la noche anterior en una fiesta privada bailando hasta el amanecer con dos francesas que lo hacían emparedado. El tipo había conseguido lo que ellos no encontraron buscando toda la noche. Y gratis.

El tren de gran velocidad llegó en menos de cuatro horas a Burdeos. Allí estaba ella, gordita y bonita, con las mejillas sonrosadas. Fue tanta la alegría de verla que le dio de frente un beso. Llegaron hasta la residencia universitaria, al pequeño cuarto donde ella le había preparado un colchón inflable para que duerma al lado de ella en el piso.

Se sentía tan solo que queria dormir acompañado. Tenía tanto calor que se sacó la camiseta y se la sacó a ella que se quedó en tetas. Quiso abrirle las piernas mientras la besaba pero ella no quería. Al menos hasta que él no insistió y bajó su mano. Ella abrió las piernas e hicieron el amor riquísimo, casi antes del amanecer.

(Continuará…)


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