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The New York Street

Un blog lleno de historias

Autor

ulisesgonzales

Writer. Editor of the literary journal Los Bárbaros (New York) and Las Furias (París). Editor at Chatos Inhumanos Publishing House (New York). Professor at the Journalism and Media Studies Department, Lehman College, CUNY, Bronx.

Creo

Que todo va a estallar en círculos
Una llama gigante envolverá a este tren
En este instante.

No pasa nada.

Circulo. Sobre la plataforma desgastada.
Recordando el ocio perfecto.
Siento mis manos, pegajosas.
Mis ojos tan débiles, quizás enfermos.
Se abre la puerta y penetra la magia:

«Soy la mujer más bella del mundo»
Y yo no puedo creerlo.
Todos los demás son tan feos.

(Sostenme Carlitos Williams)
Yo sonrío con el libro a medio metro.
Ella tiene los ojos muy cansados.
Quizás enfermos.

¿Es bella en realidad?
No es la más bella del mundo.
Pero tiene razón:
Me veo detenido en ese rugido.
«Yo tuve diecinueve abortos».
Definitivo: son sus ojos.

Si la vieras.

Venimos de dos mundos distintos
En el nuestro no se grita aquello.
Luces de plástico celebrando tu
Frente arrugada. Aire caliente enfriando
Mi emoción

(Carlitos Williams. Creo saber a qué te refieres)

«Es un libro que deben de leer
Todos los que quieran la literatura»
Ejercicio de imaginaciones,
Con un pie llegando al invierno.
Con el otro en Lima.

(¿Y a dónde más iban a huir, Billy?)

Salgo de la estación.
Entre los caníbales del Barrio Chino
Las carteras perfectas
Muchos ojos azules encima
Niebla, paseo de gente sacudida.

Caminas erguida entre la ropa
«Agáchate para verte mejor,
Espérate que acomodo la cámara»
Yo aburrido de tenerte ganas.
Y tu sonrisa dice tanto
De tu forma de besar.

Y tú con ni puta idea de lo que he estado pensando.
Nada.
«¿Cómo has estado?»
«Te he extrañado, baby»

Otra ves me sonríes mirando a la cámara
Tal vez tengas toda la razón
Tal vez seamos todos feos
Estemos todos percudidos, víctimas de la grasa.
Habrá que esperar hasta Navidad
Para ver lo que nos traigan las hadas
Entre los radares y parábolas de un país atrasado.

«Que haya venido a sacrificarse
Me parece tan parroquiano…»

Y el yate empieza su carrera
Se despierta Molly en su cofre cibernético
«Bienvenidos al desierto de lo inmoral»
Saca un número, me mira a los ojos otra vez
Y me dice:
Tú no eres el elegido

¿Quién se lo dirá a Morfeo?

Peekskill, 19.2.2011

Los Carbajal

Augusto fue dado de alta y se dedicó a ordenar su vida, salvó varios cursos de la universidad que se le iban para tricas, le pidió perdón a su padre, y fue más cariñoso con Luciana a la que se prometió no volver a engañar

Augusto, hijo de Renato Carbajal, torció mal en la salida de la Javier Prado y la avenida La Molina, derrapó con la moto, perdió el control y el pesado aparato japonés casi lo mata. Perdió el sentido al estrellarse contra una berma que circundaba los jardines laterales de la avenida. Lo recuperó en la clínica y vio a su novia, Luciana, y a sus padres, llorosos al lado de la cama.

–Casi la cago, fueron sus primeras palabras. Hizo un esfuerzo por reírse, dejó que ellos fueran los que bromearan acerca de su buen estado de salud, y se volvió a dormir.

Una semana después, Augusto fue dado de alta y se dedicó a ordenar su vida, salvó varios cursos de la universidad que se le iban para tricas, le pidió perdón a su padre, y fue más cariñoso con Luciana a la que se prometió no volver a engañar. Empezó a hacer amigos en sus clases, compañeros con los que no pensaba salir de juerga interminable, sino hacer empresa, ganar dinero, montar su propio negocio y, alguna vez, ser independiente, lejos de la fortuna que su padre, el millonario Renato Carbajal, le iba a legar.

Seis meses después consiguió una práctica en una empresa chilena de aparatos de pesaje. Casi estaba por terminar la carrera, le ofrecieron empezar como empleado de ventas, pero el dueño, que apenas tenía unos años más que él, quedó más impresionado con las historias de motocicleta que Augusto, primero muy a su pesar y luego ya resignado, le contaba. Pedro Leyva, chileno, era un aficionado como él y le ofreció un día escaparse hacia las dunas cerca de un fundo que había comprado su padre en Ica, donde podrían derrapar en la moto sin problemas, lanzarse a velocidad sobre la arena, hacer acrobacias. Augusto dijo que le iba a costar trabajo negarse pero que le había ofrecido a su novia Luciana, entre otras cosas, no subirse de nuevo a una moto. No dijo que no lo iba a pensar.

El lunes siguiente estaba de mejor humor que siempre porque había empezado la mañana con dos ofertas importantes y era probable que después de almuerzo cerrara dos contratos gigantes. Por eso contestó la llamada de su Nextel a la que hace algunos meses había denominado “Línea 2”: Vanessa. “Tal vez”, le dijo, antes de colgar, feliz, anticipando que si cerraba los dos contratos la podía ir a buscar a la salida de su trabajo. A toda velocidad.

Tenía un Mitsubishi negro deportivo. A Vanessa le encantó desde que lo vio parquearlo en el estacionamiento donde Augusto llegó para hacer sus primeras prácticas pre-profesionales. “La secretaria de gerencia merece montarse a…ese carro” le dijo Vanessa a otra de las secretarias mientras Augusto y el gerente general se daban una vuelta por la planta de producción para que conozca a sus nuevos compañeros. Unos meses después hubo un almuerzo de confraternidad en un club campestre, a ella se le ocurrió decirle que tenía una voz que mejoraba después de tener sexo y terminaron cantando a dúo en un hotelito de carretera con cochera. Tomaron desayuno en la playa y, mientras regresaban a toda velocidad hacia Lima, ella se las arregló para convencerlo que se volvieran a ver al caer la noche.

Fue la época de sus primeras peleas con Luciana, que se empecinó en “adivinar” que él estaba tirándose a alguien, a lo que a Augusto solo se le ocurrió responder como “ridículo”, asustado y fascinado al mismo tiempo por la certeza de ese sexto sentido femenino del que otros amigos y familiares le habían prevenido pero con el que nunca antes había tenido contacto, porque hasta conocer a Vanessa, Augusto había sido un hijo de puta pero fiel a Luciana.

En la línea 2, Vanessa parecía más feliz que nunca y solo le hizo bromas e insinuaciones. Ningún reproche por haberse desaparecido. Ninguna línea discordante que no fuera la que correspondía a una amiga con un cuerpo excepcional con la que había chocado en alguna ocasión, ningún síntoma de molestia, ni celos. Solo líneas juguetonas, apelaciones indirectas al tamaño de su hombría, juegos de palabras con los arabescos que sus cuerpos podían componer sobre una cama.

Augusto cerró los dos contratos a las 3 de la tarde y a las 3:45 ya estaba en la puerta de la planta esperando a Vanessa. Antes llamó a Luciana, que felizmente no contestó el celular, y le dejó un mensaje cancelando el cine de la noche porque se iba a quedar en la oficina hasta un poco tarde cerrando un contrato. Era verdad. Pensó que iba a ser sencillo conversar con Luciana acerca del contrato. Iba a poder emocionarse con ella, explicarle los detalles de las comisiones que le iban a tocar. Vanessa apareció en la puerta a las 4 en punto y Augusto se demoró solo 30 minutos en llegar a la cochera donde una cara familiar le abrió el portón y le facilitó las llaves de la mejor habitación del local.

Regresó a la oficina cuando ya estaba de noche y llamó a Luciana desde el teléfono del trabajo. Ella también estaba cansadísima. Augusto le explicó algunos detalles del contrato que ella dijo no querer escuchar, que en fin se los podía explicar al día siguiente si quería ir con ella a almorzar, a comerse un cebiche. Cuando le colgó, Renato todavía temblaba, tenía los recuerdos de la línea 2 frescos y felices. Vio que Vanessa le había mandado un mensajito. Era la onomatopeya del rugido de un león.

Cerró dos contratos más ese mes y salió un par de veces más con Vanessa sin que Luciana pareciera darse cuenta. En una de aquellas salidas se topó con Pedro Leyva, cuando el Mitsubishi salía de la cochera. Se le olvidó subir las lunas polarizadas y no le quedó otra que responderle el saludo. Pedro estaba acompañado por su secretaria pero se le veía contento y nada incómodo. Esa noche Luciana lo llamó y Augusto estuvo más cariñoso que nunca cuando entró a su casa. Luciana no tenía ganas de ir a ningún lado donde hubiese gente, se ofreció a acariciarlo y a dejarse acariciar dentro del auto. Augusto ofreció quererla para siempre y cortar de una vez por todas la línea 2. Con esta muchacha se iba a casar. “No puedo cagarla”, pensó.

Como venía un fin de semana largo decidió irse con ella de viaje. La madrastra de Augusto tenía una agencia de viajes y les consiguió el mejor hotel de Cancún por un precio de hostal limeño. Los cuatro días que estuvo con ella no recibió ningún mensaje ni llamada de Vanessa. El domingo, al amanecer, a Augusto le dio por hablar del futuro y preguntarle a Luciana si quería ser su esposa.

Otra jugada del destino

Esa tarde. A veces el hombre vuelve a recordar aquella tarde e intenta desenredar los sucesos que ocurrieron como si así estos pudieran cobrar otro significado. Y nunca puede pasar de los recuerdos, como si su inconsciente se esforzara por borrar los detalles importantes. Apenas un esbozo: En esa época, recién llegado de un viaje de descubrimiento por Sudamérica, con 19 años, cierta mirada novedosa de las relaciones personales, y una perspectiva más amplia de lo que podría llegar a ser su vida si se enfocaba hacia tal o cual dirección; el joven que era él, se dedicaba a ganarse un poco de dinero repartiendo a domicilio alimentos y embutidos de la planta procesadora de la familia de su amigo.

Su amigo–en realidad más amigo de su hermano que de él, pero por la manera como los hermanos compartían a sus amistades siempre terminaban haciendo paseos y actividades como grupo–había llegado a la casa aquella tarde, a pie, como muchas otras veces, preparado para sacar cuentas de sus ventas y esperando ciertas órdenes de pollo y embutidos que el joven tenía para esa semana. El amigo–llamésmolo Daniel–solía hacer visitas a la casa por diferentes razones. A veces sólo iba para conversar, para almorzar con ellos. Otras veces se quedaba a cenar o a tomar unas cervezas. Otras veces llegaba en su vehículo de seguridad, acompañado por hombres armados, porque las amenazas de secuestro, al parecer, eran bastante reales.

Daniel era–hay que explicarlo–un muchacho de una personalidad singular y con una historia un poco difícil. Era introvertido. Su padre había muerto cuando él era un niño. Su madre murió pocos años despúes, luego de contraer matrimonio con un segundo marido. Daniel, su hermana y el hermanito que nació del segundo matrimonio, quedaron al cuidado de un padrastro que era más introvertido que Daniel. Era un hombre de negocios reservado y muy poco dado a la conversación. En la casa gigante que la familia tenía en una callecita de Monterrico, él pasaba la mayor parte del tiempo en su dormitorio, un cuarto oscuro, al fondo de la casa. Era muy raro que saliera a saludar o a conversar con los amigos de sus hijos. Había una señora muy amable y ya mayor que se encargaba del día a día de la casa, de los almuerzos, de los víveres. Esa mujer era la que hacía de madre, la que servía de intermediario entre el empresario ocupado y sus hijos.

Así Daniel creció, acostumbrado a cierta obligatoria soledad, con sueños y ambiciones que lo llevaban en direcciones distintas en la vida que las que su padrastro imaginaba para él. Daniel quería ser soldado de las fuerzas especiales. Le gustaban las armas y había desarrollado cierta disciplina con la cultura física por la cual tenía una musculatura, resistencia y agilidad que eran poco comunes entre sus compañeros de escuela.

En esos días Daniel era enamorado de una muchacha de la escuela, que si bien era agraciada y amable, llevaba una vida social muy distinta que la de Daniel. Era fácil preveer que su relación no duraría. Era fácil preveer que si la relación no duraba quien más sufriría por el rompimiento sería Daniel. Por otro lado: Daniel era fuerte y le gustaban las armas. Sería un soldado de las fuerzas especiales. Dormiría en la selva con su cuchillo y su perro (al que tendría que sacrificar para comer, según las leyendas del entrenamiento de las fuerzas especiales que por entonces corrían entre los adolescentes) Una relación frustrada no le impediría ser exitoso y disfrutar de una vida plena haciendo lo que más le gustaba. Ese era su destino y quienes lo conocían sabrían que su amigo siempre estaría un poco loco pero les sería fiel y se lo imaginaban saltando en algún rescate o asalto armado desde los segundos pisos de los edificios (cosa que hacía con regularidad en el colegio y en su casa). Todos creían que Daniel superaría la ruptura y volvería a ser el mismo muchacho loco de siempre.

Por eso resulta tan extraño saber que una tarde, recién cumplidos los 18 años, Daniel empezó a jugar con una vieja pistola de su abuelo y se disparó un tiro. Por eso el joven regresa una y otra vez a sus memorias de esa tarde e intenta ordenar los hechos, recordar la mirada deprimida, el aliento a alcohol de su amigo, su llegada a la casa, sus silencios, su pretensión de estar bien; su mirada sorprendida cuando el padre del joven vio el arma cargada y se la confiscó, sacó las balas y las puso encima de la refrigeradora «Nada de armas en mi casa», tal vez creyendo que había prevenido el desastre: este tenía otra manera de seguir su curso. El joven trata de recordar algún signo visible en el cielo de aquella tarde que podría haber parecido tan similar a tantas otras. ¿Alguna huella que no siguió? ¿Detalles en los que no se percató? ¿Qué tan urgente era esa clase de la universidad a la que tenía que llegar, por la cual dejó a su amigo y a su hermano aún terminando el almuerzo? ¿Qué tan urgente era ese helado de postre por el cual su madre y su hermana salieron de la casa en el auto, rumbo al supermercado?¿Qué tan urgente era el trabajo por el cual su padre tuvo que salir corriendo de la casa, subirse a su auto y ofrecerle al joven jalarlo hasta la universidad? ¿Qué tan urgente eran los alimentos que su hermano comía con paciencia mientras Daniel cogía de la parte de encima de la refrigeradora esa pistola–que no se fabricaba desde la Guerra del Pacífico y que de tan vieja parecía inofensiva–y le ponía las balas? ¿Qué tan urgentes eran los platos que lavaba el empleado de servicio de la casa y que le impidieron prestar atención a Daniel empuñando su arma con peligro? ¿Qué tan urgente era el destino que todos los que pudieron preveer lo que pasaba tuvieron que salir y dejarlo consigo mismo, tal vez deprimido, angustiado, vacío?

Por más que los recuerdos vuelven y vuelven a esa tarde lo único que aparecen son más preguntas.

Su padre tenía que tomar la ruta de la Circunvalación para llegar al Centro de Lima así que no podía llevarlo hasta la Universidad de Lima. Esa ruta no le convenía al joven, así que se bajó del carro dos cuadras más allá y decidió que era más sencillo regresar hacia la casa y darle la vuelta a la manzana para tomar una combi en la Avenida Javier Prado. En ese lapso de cinco o diez minutos, el joven iba caminando en dirección al portón de su casa, por la mitad de la pista, cuando escuchó un disparo. Lo único que pensó fue que «Daniel está jugando con su pistola». Y entonces, vio abrirse la puerta y vio salir al muchacho de servicio de la casa con el rostro de desesperación diciendo algo acerca de una «desgracia». El joven entró a la casa corriendo, sin saber lo que podía esperar, y vio a Daniel cayendo al suelo con un agujero reciente en la frente y la sangre empezando a brotar. Vio a su hermano paralizado en su silla, con una cuchara de sopa a medio camino de su boca. El joven no supo qué hacer. Recuerda haberle soltado una serie de insultos a Daniel por hacer algo tan estúpido como dispararse. Recuerda que al no haber autos en la casa porque la madre estaba en camino hacia los helados y el padre en camino hacia el Centro de Lima, tuvo que ir hacia la casa del vecino, tocar el timbre y rogarle a la vecina que le prestara el automóvil para llevar a Daniel a la clínica. Recuerda la sangre, los gritos en el auto para que se despertase, la mirada vacía de su amigo, la llegada a la clínica Montefiori. Recuerda la llegada del padrastro a la clínica, la mirada sospechosa de los hombres de su seguridad.

Recuerda también cierta parálisis en el universo, cierta lentitud en el modo como sucedían las cosas aquella tarde. Recuerda (¿o tal vez eso lo imagina ahora?) haber pensado : «Así es una desgracia». Aunque seguro que toda esa tarde y esa noche estuvo pensando que era imposible, porque Daniel era el más fuerte de sus amigos y tenía solo 18 años y le tocaba ser soldado de las fuerzas especiales y aún era un muchacho con mucho mundo y camino que recorrer. Seguro que pensaba «así son las pesadillas». Al día siguiente uno se levanta y allí están las buenas noticias, diciéndote que todo fue solo un susto y que el mundo no está de cabeza, que Daniel se está recuperando.

Unos meses atrás, así había sido. Daniel había estado caminando con ellos, un grupo grande de amigos, por las calles sin veredas de Cieneguilla. Una camioneta destartalada lo había cogido, levantado y dejado tendido al lado de la pista. El joven había visto por un segundo los ojos sin vida de Daniel. Vio las heridas y rasguños luego de que el cuerpo de Daniel cayó como un saco pesado sobre el pavimento. Pero unos días después, Daniel estaba fuera de peligro. Sonrió otra vez, los llamó «muchaaachos» como le gustaba. Y a la semana siguiente ya estaba fuera del hospital, otra vez haciendo bromas, riéndose de la ridiculez de sus proyectos, recién llegado del viaje por Sudamérica. Y allí fue que al joven se le ocurrió lo de vender embutidos y pollo, yendo en la bicicleta alrededor del barrio: servicio a domicilio, mucho más barato que el supermercado. Era su primer negocio. Daniel se había recuperado de un terrible accidente y ya nada podía suceder que arruinara su destino.

Pero a la mañana siguiente, muy temprano, su madre vino a despertarlos y cuando ellos abrieron los ojos, ella no sabía qué decirles: «Chicos, tienen un amigo menos…»

¿Qué detalles se han pasado, piensa el hombre, que evitan que él desarme el rompecabezas después de tantos años, y lo vuelva a armar en una posible nueva dimensión donde el arma desaparece, el destino se esfuma y Daniel sale de esa casa después de haber almorzado, tomado helado, hacia ese destino que lo esperaba, esa vida rodeado de amigos fieles dispuestos a disfrutar con sus locuras, orgullosos de escuchar sus heroicas aventuras?

Summertime

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2 de enero
Cinco individuos caminan entre los piedrones de Silaca. La luz es espléndida. Hay un tipo particular de silencio que se quiebra con sus suelas. Las lagartijas los observan desde las ranuras entre las rocas: con las patas tensas, listas para la huída. En el cielo, las aves marchan en bandadas y se susurran en su lengua. En el mar los lobos gruñen, dicen algo sobre la calidad del agua, la consistencia azul del océano. Había cinco individuos atravezando este paisaje, conscientes de cierta magia brindada por el principio del año 2011.

***

Los dedos sobre los erizos, estos luchan pero pierden. Una roca en forma de punta de lanza acuchilla las espinas y cuando las puas flotan en el mar, los pececillos se amontonan para comerse la carne del erizo que se aferra a la roca. Un hombre se lanza al Pozo de los Hombres, con la piedra en una mano y, desde otro ángulo, intenta limpiar las rocas por donde luego tendrá que encaramarse para salir.

***

El perro (Athos) salta, brinca, corretea con la lengua colgándole sobre la arena mojada de la playa mientras el brillo del atardecer hace de él una sombra que camina por la orilla. Al hombre le cuesta aceptar que traerlo a la playa fue la mejor decisión. En ese momento a solas, caminar con el perro lo llena de felicidad. Se fija en su propio estado de ánimo. En su paciente recorrido después de haber regresado de un chapuzón en La Batea, fresco, buceando en el agua helada. Mira las huellas que dejan él y Athos en la arena de Tanaka; disfruta como un cerdo ese momento de disipación total, de ningún problema. Presiente que en esos instantes de dejadez completa está cierta semilla importante para sus próximos libros, que aquella caminata es parte de la investigación para su novela y tal vez parte de la trama.


Y esto lo escribe el mismo hombre, ahora rodeado de nieve. Mirando las estalactitas que cuelgan de la casa de los vecinos y la luz blanca de su barrio. Lo escribe después de haber estado una tarde picando la nieve y pensando que Dios es un raspadillero. ¿Es el mismo hombre?

Vargas Llosa: Veinte años después de la pica pica

«Es preciso que todos lo comprendan de una vez: mientras más duros y terribles sean los escritos de un autor contra su país, más intensa será la pasión que lo una a él. Porque en el dominio de la literatura, la violencia es una prueba de amor.»

Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego

La semana pasada terminé de leer El sueño del celta. Anoche vi en YouTube un tremendo documental sobre la vida de Mario Vargas Llosa. Ambas experiencias me llevaron a recordar los momentos de mi vida en los cuales su obra me entretuvo, o por lo menos aligeró la pesadez del camino.

El año 1990 fue clave para entender el presente peruano. Allí, en dos podios, a pocos pasos uno del otro, Mario Vargas Llosa y Alberto Fujimori eran los protagonistas principales del debate previo a la segunda vuelta electoral. Vargas Llosa les puso como ejemplo a los peruanos a naciones como Suiza, cuya riqueza no consistía en la cantidad de territorios sino en la capacidad productiva de sus nacionales. Habló de libre empresa y de iniciativa privada. Fujimori, por su parte, fustigó a Vargas Llosa por querer asesinar a los peruanos con un sinceramiento de precios. Lo acusó también– y en ese momento la ficción superó a la realidad– de haber probado drogas en su juventud. El estilo combativo de Fujimori y sus promesas de un cambio progresivo y no traumático, con apoyo del Japón; prevaleció ante los peruanos, quienes desconfiábamos de las imágenes fantásticas que ofrecía Vargas Llosa, de un Perú semejante al Paraíso prometido, sin violencia, con crecimiento y prosperidad basada en la inversión privada.

Aún no tenía edad para votar. Sin embargo, mis convicciones estaban del lado de ese escritor, ya famoso, que había decidido rodearse de los intelectuales y economistas para promover un cambio basado en la iniciativa privada y la libertad de empresa. Mario Vargas Llosa fue apabullado en las urnas. Más del 60% del país, decidió que lo que necesitábamos era un cambio progresivo y le dio la espalda a la plataforma del Frente Democrático, liderada por Vargas Llosa, pero conformada también por dos de los partidos tradicionales que representaban a las más agria oligarquía peruana. Si bien la elección la recibí entonces con la tristeza de un cataclismo que impediría el progreso del país, bastó con que se conociera el veredicto de las urnas para que una sarta de animales maquillados como motores renovadores en el Frente Democrático, se sacara las máscaras y mostrara sus colmillos.

Yo había adquirido, casi de niño, a la salida de un supermercado, una versión en papel barato y tapa sencilla de La ciudad y los perros. Ese libro fue una tremenda revelación: una historia podía estar llena de malas palabras y ser a la vez un novelón; sin embargo, entre los juegos pueriles de mi adolescencia, me había alejado casi completamente de Vargas Llosa (La guerra del fin del mundo, que leí de un tirón en el pueblo de mis abuelos, me dejó el regusto de una obra maestra a la que el autor no se tomó el trabajo de resumir).

En los meses previos a las elecciones de 1990, quise leerlo. Quitándole tiempo a las horas del programa de Estudios Generales, leí La casa verde, Conversación en La Catedral, La Tía Julia y el Escribidor, El hablador, Historia de Mayta, Lituma en los Andes y ¿Quién mató a Palomino Molero?, en préstamos de tres días de la biblioteca de la universidad. Fueron lecturas veloces, inmaduras, de obras que merecían tiempo, lápiz y papel.

No lo volvería a leer sino hasta finales del año 2000, cuando llegó a mis manos El pez en el agua libro al que perseguí mientras hacía mis pininos como mochilero europeo: primero en un ejemplar prestado en Lima, después en La Coruña; en una sala de lectura en Porto; en San Sebastián y, como compañero de tardes desoladas de viajero pobre, en una pequeña librería pública cerca de Picadilly Circus en Londres. Lo terminé meses después, ya habiendo aceptado mi condición de inmigrante, en los fabulosos salones de la New York Public Library en Manhattan. Este libro es un ensayo fascinante sobre un hombre comprometido en cuerpo y alma con el destino de su país.

En Nueva York lo conocí cuando recibía un premio PEN el año 2001, entre otros varios escritores. Departió algunas palabras conmigo, y pareció interesarse en mis primeras experiencias viviendo en Nueva York, a las que comparó con sus años de escritor novato en París. En una conferencia en el recién inaugurado local del Instituto Cervantes, respondió con amabilidad a mis preguntas sobre Faulkner. El año 2009 asistí al homenaje que le brindaron en Guadalajara, México y pude por fin ver la muestra itinerante sobre su vida en una magnífica casona colonial en el centro de la ciudad.

He terminado de leer El sueño del Celta, con la misma felicidad con la que terminé antes La fiesta del Chivo, Las travesuras de la niña mala y El paraíso en la otra esquina. Sin embargo, estos años, mi experiencia más valiosa con sus libros han sido sus ensayos literarios. La verdad de la mentiras es una fuente de información tremenda para el buen lector de literatura inglesa. Allí Vargas Llosa ha reunido sus ensayos sobre autores como Joseph Conrad, James Joyce, Virginia Woolf, Francis Fitzgerald, William Faulkner, Ernest Hemingway, John Steinbeck, Graham Greene y Saul Bellow. Este libro es el compañero imprescindible de muchas de mis lecturas .

El regalo de Humboldt

A veces, menos de las que debería, viene a mi memoria una imagen espantosa. En ella yo tengo quince años y estoy solo y sin saber qué hacer, en la sala del hospital donde se muere mi abuelo. Huele a humedad, a sábanas sudadas, a remedios. Una medialuz muy triste cubre la suciedad de las paredes, del suelo y a todos los enfermos. El doctor me lleva entre unas camillas distribuidas de cualquier manera en la estrechez de la sala, hasta el cuerpo agonizante «Es mejor que se lo lleven a su casa, esta no es manera de morir» dice.

El abuelo llevaba algunos años paralizado en su cuarto. Él que había sido tan parlanchín, juerguero y mujeriego, casi ya no hablaba y se negaba a que lo muevan de la cama y del cuarto hediondo donde pasaba los días tumbado. «Habrá hecho muchas cosas malas el abuelo, pensé, pero nadie merece morirse de ese modo». El abuelo me miró fijamente desde su camilla. Sus pupilas eran la tristeza. Por su mejilla rodó una lágrima y mi retirada del hospital fue sombría.

La siguiente escena de la historia vendría días después, de madrugada, cuando una llamada de mi tío Ricardo, el sacerdote, nos anunció que teníamos que ir a la morgue del hospital a vestir al cadáver. Frío y verde, en esa sala lúgubre, miré a quien tantas veces me había abrazado de niño. Me moví, cabizbajo, entre otros bultos cubiertos con una lona, algunos muy pequeños, todos echados en camillas tan heladas como la de él.

Por algún motivo, tal vez la angustia de sus páginas, tal vez solo la hora avanzada en que las leo, estas imágenes han regresado vívidas al recorrer algunas escenas de esta maravillosa novela de Bellow: Humboldt’s Gift

Entrevista en Bronxnet acerca de Pais de hartos

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Vean aquí el video de la entrevista de 30 minutos en el programa Diálogo abierto del 13 de octubre del 2010. El programa fue transmitido en vivo (y por eso se ven ciertos errores en el set) en el canal Bronxnet, una estación que transmite al condado del Bronx a través de la televisión por cable (Canal 67 en Cablevision, 33 en FIOS).
La entrevista gira en torno al proceso de creación de la novela. Se hacen algunas preguntas que tratan de entender la conexión entre algunos hechos políticos peruanos y la trama del libro.
Fue una experiencia muy simpática. Sobre todo porque el presentador me dio amplia libertad para hablar, a pesar de que–según me confesó al final del programa–su intención original era que hablemos acerca del rescate de los mineros chilenos en la región de Atacama.

The Adventures of Augie March


By Saul Bellow, 1953
Penguin Books, New York
585 pp

«Tres cosas hay en la vida/Salud dinero y amor» writes Saul Bellow (390) when Augie March roams the streets of a little town in Mexico where he has arrived with a girl (Thea) and an eagle (Caligula); and hears through a loudspeaker attached to a gramophone the lyrics of that popular song that, in a certain way, summarizes the whole book.

Augie is the son of Jewish immigrants from Ukraine and the poster child of the Great Depression. He goes through life–and almost 600 pages–looking for health, money and love. We, the readers, follow him. Maybe because we fall easily for these kinds of characters: lads making all the stupid mistakes we all made.

His numerous family teaches Augie how to go through life. There is a bossy grandma, an almost blind mother, and an older brother: Simon. Simon, whom Augie loves and respects, believes that money and power are the only two dice that Americans need to play the game of life.

In a certain way, The Adventures of Augie March is more than anything else a novel about America. That is the reason why Bellow opens the first page with these words: «I am an American, Chicago born…» The March kids, Simon and Augie, have to learn first how to make money in order to make love later. Thus, a lot of the conflicts that Augie faces, come from an urgency to accommodate his own interests in life (books and adventures)with Simon’s interests (money and respectability.)

We follow Bellow, gladly, through the episodes. He is such a great writer. We go with Augie when he learns to ride a horse and to steal books. We follow Augie to the Navy and to the raft in front of the coasts of Africa where he discusses boredom with his fellow castaway. We discover with him, while he is making love to Stella, that in life «After much making with sense, it is senselessness that you submit to» (426).

However, at the end…What are we left with?: a summary of Augie’s tribulations. There is no big portrait of a generation. The Adventures of Augie March is the work of a genius but it is not a masterpiece. This is no more than the first big novel of a great writer in the process of learning to rein his horses (he was 38 when he wrote it). It is a comfortable trip, but not a memorable one.

Absalom, Absalom

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By William Faulkner, 1936
Vintage International, New York
313 pp.

Once upon a time there was a student at Harvard who felt guilty of belonging to a rotten society: the American south. In order to explain his guilt and to soothe it, this student tells his Yankee roommate the tragedy of a certain Thomas Sutpen: his efforts to fulfill a dream by concealing his black blood, hiding his criminal past, and protecting his daughter from an incestuous relationship. This could be one reading of Absalom, Absalom.

The book starts with young Quentin Compson’s first encounter with Rosa Coldfield. He was about to leave his little town to go to Harvard when he is summoned by Coldfield. She is an old woman confined to her house for half a century, who believes that by giving Quentin more details about the drama of the Sutpen’s clan, the whole tragedy of the South could be better explained to the world.

The narration develops in circles. Faulkner jumps in time and does sudden changes of voice. The sentences are long. The subjects and verbs are purposely muddled up. The same facts are told from different angles. This technique contributes to create a feeling of despair in the reader: The same kind of dismay that wraps up Compson when he narrates the story to his Harvard roommate.

At the end of the war the South of Absalom, Absalom has disappeared. The world of Coldfield has been vanquished and removed. Faulkner uses the tragedy of Sutpen, his clan, and his victims, to show us the dire dimensions of that collapse.

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